Un repentino silencio reinó en el interior de la espaciosa tienda de Makarov. A pesar haber sido puestos al corriente de lo que iba a suceder allí aquella noche, nadie pudo evitar sorprenderse. Se miraban los unos a los otros mientras Laxus, con los ojos puestos en su anciano padre, trataba de aparentar una serenidad que estaba lejos de ser real. A sus oídos llegó el creciente murmullo de decenas de jefes y guerreros tuareg, procedentes de distintos lugares y tribus del Fezzan.

Makarov, con un gesto solemne, alargó una mano y tomo el afilado telek que su hijo le ofrecía.

—¿Estás completamente seguro de que esto es lo que deseas?

—Completamente, padre.

El anciano respiró hondo e hizo una señal a Freed para que se acercara.

—Entonces, así sea —dijo en voz alta al tiempo que entregaba el sable a su otro hijo—. A partir de ahora, será Freed quien gobierne la tribu de los lagos. ¡Ese es el deseo de mi hijo mayor y, por tanto, también el mío!

Todos los presentes acataron la orden. No hubo protestas ni oposición alguna. El viejo Makarov ocupó nuevamente su asiento y tras un largo minuto Freed izó la hoja de la reluciente espada sobre su cabeza, provocando que la multitud congregada allí esa noche estallara en un jocoso vocerío. Laxus se aproximó a su hermano y le dio un entrañable abrazo de felicitación.

—Tranquilo, Freed —dijo, posando una mano sobre el hombro de su hermano—, sé que lo harás muy bien.

—Gracias hermano. Trataré de ser tan buen regente como lo has sido tú.

—Serás mucho mejor.

—Tu confianza me halaga.

—Tan solo trata de tener cuidado con esa víbora de Mirajane —le advirtió Laxus—, ahora que ya no soy el cabecilla de esta tribu, no dudo de que tratará de echarte el lazo.

Freed lanzó una fugaz mirada por encima del hombro de su hermano, advirtiendo que la joven, todavía sentada en uno de los lujosos almohadones enfundados en seda, no cesaba de observarlos con los labios comprimidos y los ojos henchidos de furia.

—No creo que lo que has hecho hoy haya cambiado lo más mínimo las intenciones de Mirajane.

—Más vale que esa mujer ponga los ojos en otro tuareg. Por lo que a mí respecta, no deseo volver a tenerla cerca.

—Laxus…

A su espalda, la familiar voz de Gildarts atrajo su atención.

—Gildarts, amigo mío. —Sujetó el brazo del hombre a modo de saludo.

—Veo que esa americana ha conseguido que pienses algo menos en caballos —le dijo el hombre, mientras salían de la tienda para unirse a la celebración que se desarrollaba fuera.

—Puede.

—Ya veo. —Gildarts aceptó el vaso de té que una mujer puso en sus manos. Tras beberlo de un solo trago, miró a Laxus. Sus dientes asomaron en una infinita hilera blanca—. Así que finalmente te han atrapado. El cazador cazado, me gusta. Es refrescante saber que todo hombre tiene su punto débil. Esa americana debe de ser una mujer singular.

—Ni te lo imaginas —respondió Laxus con una sincera sonrisa.

Pero esa sonrisa desapareció en el instante que notó cómo Mirajane lo sujetaba por el brazo y tiraba de él. Tras despedirse a regañadientes de Gildarts, miró a la muchacha con irritación.

—¿Se puede saber qué bicho te ha picado? —Agitó el brazo y se deshizo de los finos dedos que lo apresaban—. ¿Qué demonios quieres?

—De sobra lo sabes, maldito mestizo —masculló entre dientes Mirajane, haciendo clara alusión a su ascendencia medio británica—. ¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¡Eres un bastardo!

—¿Hacerte qué, Mirajane? —masculló él, apretando los dientes en un vano intento por contenerse—. ¡Estás completamente loca!

—¿Loca? —explotó la muchacha—. ¿Y cómo llamarías a esa Kana? Esa mujer sí que está rematadamente chiflada.

—Ya veo que conoces muy bien a Kana, pero al menos ella ha tenido la decencia de reconocer que tenía un problema y se ha puesto en manos de un profesional, sin embargo tú no serías capaz de aceptar que estás como una maldita cabra ni en un millón de años. Trataste de asesinar a mi mujer. ¿De veras creías que no me enteraría? No solo estás loca, además eres una maldita víbora malnacida.

—¡No pienso permitir que me insultes de esa manera! —Mirajane apretó los puños y en sus ojos brilló una nota de profundo resentimiento.

—Por si aún no te has dado cuenta, me importa un bledo lo que quieras o no, Mirajane. —Laxus levantó un dedo y su voz adquirió un tono amenazador—. Pero te lo advierto, si te vuelvo a ver rondando cerca de Lucy, no responderé de mis actos.

—¿Crees que necesito acercarme a tu zorrita para hacerle daño? Eres un estúpido si crees que me mancharé las manos con la sangre de esa sucia ramera.

—Te lo advierto, Mirajane, si continúas insultando a mi esposa, acabaré por perder la paciencia. Te aseguro que no querrás verme furioso. Imagina lo que haría Precht si llegase a sus oídos lo que tratasteis de hacer tú y Macbeth.

Laxus se puso repentinamente serio al mencionar aquel nombre. Algo no encajaba. Echó un vistazo a su alrededor y, tras verificar que Macbeth no se hallaba entre los hombres que habían acudido allí esa noche, puso las manos sobre los hombros de la muchacha y la zarandeó duramente.

—¿Dónde está tu hermano?

—No soy la guardiana de Macbeth —escupió las palabras en su cara.

—¡Maldita arpía degenerada! —La soltó bruscamente, provocando que ella trastabillase a un lado y estuviera a punto de caer al suelo.

—¡Eres un patán! —Mirajane a duras penas era capaz de contener su furia. Sus ojos brillaban como los de una serpiente a punto de atacar y su lengua parecía igual de venenosa—. ¡Juro que te arrepentirás de haberme tratado así! ¿Me has oído? —le gritó cuando advirtió que él giraba sobre sus talones y le daba la espalda—. ¡Te arrepentirás! ¡Lo juro! ¡Vendrás arrastrándote a mí! —Sus gritos se hacían cada vez más violentos y coléricos—. ¡Y entonces puede que te mande al infierno!

—Entonces, nos veremos allí —le dijo Laxus al tiempo que subía a su caballo.

Mirajane, roja de furia, se giró y apartó bruscamente la cortina que cubría la entrada de la tienda de Makarov, desapareciendo en el interior del tenderete.

—¡Laxus! —Gildarts se interpuso en su camino.

—Ahora no tengo tiempo, Gildarts.

—Tengo algo importante que decirte… —agarró las riendas del caballo, tratando de impedir que el animal continuara la marcha.

—¿Qué sucede? —La impaciencia y la falta de control se reflejaron en el rostro de Laxus.

—¡Es por tu esposa!

El color abandonó su rostro. Sintió como si en su estómago se clavaran cientos de cristales punzantes.

—¡Habla, Gildarts! ¡Por lo que más quieras!

—Puede que Macbeth esté pensando hacer algo detestable, Laxus. Gray estaba presente cuando esa arpía de Mirajane ordenó a su hermano que marchase al hotel donde tú y tu esposa os alojáis.

—¿Cuándo ha sucedido eso?

—Me ha sido imposible entender todo lo que Gray trataba de decir mediante gestos. Pero no me cabe duda de que ese malnacido y su detestable hermana están tramando hacer algo malo a tu esposa. Debemos ir a…

A Gildarts no le dio tiempo de concluir la frase. Laxus espoleó furioso a su caballo y partió a galope, levantando una gran nube de arena. Freed, a pocos metros de él, observaba la escena con el ceño fruncido.

—¡Muévete, Freed! —le dijo al tiempo que montaba a caballo—. Temo que si no detenemos a Laxus, cometa una tontería.

—¿Qué pasa? —asió las bridas de su propio animal y montó de un solo salto antes incluso de saber qué estaba sucediendo.

—Tu hermano va tras Macbeth. Por lo visto esa alimaña pretende dañar a su esposa.

No hubo que decir más, ambos agitaron sus talones y espolearon a sus monturas tratando de alcanzar a un Laxus que se hallaba demasiado alterado para pensar en otra cosa que no fuese matar al indigno de Macbeth.


El tiempo transcurría sin que Lucy pudiese conciliar el sueño. Desvió los ojos al techo del dormitorio y lo contempló durante un buen rato, antes de decidirse a abandonar la cama y dirigirse a la terraza. No se molestó en encender la luz de la lamparilla. Caminó hasta el balcón y en cuanto estuvo fuera inspiró una honda bocanada de aire. Necesitaba un soplo de tranquilidad, una brisa que refrescara su rostro y amortiguara la inquietud que invadía su cuerpo. No soportaba permanecer allí, encerrada, sin hacer nada.

Se aproximó a la pequeña mesa, se dejó caer en la silla y lanzó un dilatado suspiro de impaciencia.

Tenía que haber acompañado a Laxus. Haber insistido un poco más. Observó el cielo despejado y se quedó inmóvil, contemplando la vibrante luz de las estrellas.

«No ocurre nada malo», se repitió mentalmente una y otra vez, tratando de convencerse a sí misma de que aquella inquietud que sentía era tan solo fruto de su imaginación.

Un leve ruido hizo que Lucy se levantara de la silla de un salto y mirase hacia la puerta abierta del dormitorio, intentando ver algo a través de la penumbra.

—¿Quién anda ahí? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿Laxus? ¿Eres tú?

Notó que el estómago se le encogía al no recibir más respuesta que el silencio. Un desagradable escalofrío le recorrió la espalda, haciendo que se encogiera y rodeara su propio cuerpo con los brazos.

Se quedó sin aliento cuando Macbeth emergió de entre las sombras, con una sonrisa sórdida en los labios. Tragó saliva al reparar en cómo él la miraba.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le preguntó en tamahaq.

—¡Vaya! Me sorprendes. Veo que no eres demasiado cortés con los invitados.

Los lascivos ojos de Macbeth la recorrieron de arriba abajo recordándole que tan solo llevaba puesto un diminuto camisón de seda azul marino.

—Que yo sepa, nadie te ha invitado —le dijo. Rodeó la mesa y se colocó al otro lado de la misma, tratando de alejarse de él.

—Así que conoces mi idioma —masculló con voz ronca—. ¡Maldita ramera mentirosa! Puedes tratar de huir todo lo que te apetezca, pero al final te alcanzaré y, créeme, si me irritas será mucho peor para ti.

Lucy lanzó una mirada por encima de la balaustrada y calculó la distancia hasta el suelo. Si saltaba desde esa altura se haría daño, pero al menos conseguiría huir de ese hombre.

—Yo de ti no lo intentaría. Te alcanzaría incluso antes de que llegues a poner un solo pie cerca del borde.

Abrió los ojos aterrada, conteniendo la respiración. No se detuvo a pensarlo. Giró sobre sus talones y corrió al dormitorio, tratando de alcanzar la puerta en mitad de la oscuridad.

Sus dedos habían rozado ya el pomo, cuando sintió que las manos de Macbeth la aferraban de un brazo y tiraban bruscamente de ella. Una fracción de segundo más tarde, yacía tendida en el suelo, con aquel despreciable hombre sentado a horcajadas sobre ella.

—¡Quieta, tigresa! —dijo Macbeth con voz pastosa, aferrando sus manos e inmovilizándolas sobre su pecho.

—¡Suéltame, maldito bastardo! —gritó—. Laxus te matará cuando se entere de esto.

—Laxus no se va a enterar de nada, pequeña. En estos momentos mi querida hermana Mirajane debe de estar entreteniendo a tu esposo. No te imaginas lo buena que es cuando se propone algo.

—Eres un… —Lucy sintió que las palabras se le atragantaban en la boca, apretó los dientes y luchó para apartarlo de ella.

Las lágrimas estuvieron a punto de escapársele cuando Macbeth la golpeó en la cara. Soltó un grito ahogado y sintió que la mejilla le ardía intensamente. Durante un eterno segundo advirtió cómo él la miraba con una expresión furiosa. Alzó la mano, disponiéndose a abofetearla de nuevo, y repentinamente algo duro y contundente lo golpeó a él.

Lucy contuvo en su pecho un gemido de angustia. Los ojos de Macbeth se habían tomado opacos y vacíos. Aunque tenía la mirada puesta en ella, ya no la veía. Era como si se hallara en un lugar lejos de allí. Ni tan siquiera trató de amortiguar su caída cuando se derrumbó junto a ella, estrellando bruscamente el rostro contra el suelo.

Apartó la mirada de él y la clavó en Laxus. Jamás en su vida había visto a un hombre tan fuera de sí. Sintió un escalofrío cuando advirtió que su esposo deslizaba su mano por el cinto y extraía del mismo un afilado puñal.

—¡Laxus, no! —Trató de detenerlo.

Era inútil, la furia y el enojo que lo invadían no le dejaban oír o ver nada más. La luna se reflejó en la hoja de su cuchillo. Lucy retuvo un grito en su garganta y ocultó su rostro entre las manos.

Silencio era lo único que podía sentir Lucy, un sepulcral silencio. Apartó las manos lentamente de su rostro y levantó los parpados con pesadez, preparándose para contemplar una pesadilla. Porque eso sería su vida y la de Laxus después de haber arrebatado la vida al hijo de un dirigente tuareg: una auténtica pesadilla.

Cuando sus ojos se clavaron en la mano armada de Laxus, inmovilizada con fuerza por la de Freed, el aire que había contenido en sus pulmones hasta ese momento salió de golpe.