5.
Se había quedado plantada en el lugar. Después reaccionó y corrió tras el par de hombres. Cuando los encontró, vio a Ranma tirado en el suelo con un joven encima de él que trataba de atar sus extremidades, al lado, una enfermera preparaba una jeringa y el doctor sacudía su bata.
—Ellos se encargarán —dijo el psiquiatra— Acompáñeme al consultorio —y extendió la mano invitando a Akane a caminar.
Al llegar, ambos tomaron asiento. El médico buscó algo en uno de los cajones. Por su parte, Akane temía lo que el galeno tenía para decirle. Algo le decía que aquello no terminaría ahí. Incluso podía sentir sus propios latidos en los oídos, mareándola.
—¿Señora Saotome? —llamó el hombre. En su mano tenía ya algunos papeles, listo para darle noticias a la mujer. Ella asintió, dándole señal de que podía hablar. El hombre a pesar de todo no sabía cómo comenzar la charla. Desde hace unos cinco meses Ranma Saotome era su paciente pero siempre estuvo más en contacto con Akane, ya que era con ella con quien trataba cualquier asunto— Revisamos a profundidad los resultados de todas las pruebas que le realizamos a su marido y los comparamos con cada uno de los trastornos de los que sospechábamos —Guardó silencio por algunos segundos. Después habló de nuevo —Su esposo padece esquizofrenia —dijo, revelando la verdad.
Akane no se inmutó. Desde el inicio sabía que algo así podría estar aquejando con su marido, pero siempre guardó algo de esperanza.
El doctor no dijo nada más. Sabía que aquello no era fácil de asimilar. A lo largo de los años y la experiencia, había conocido casos parecidos y siempre estuvo ahí, presenciando las reacciones de los familiares. Este sin embargo, era un caso especial. La pareja Saotome era un matrimonio joven, uno que apenas y comenzaba el camino, y le parecía en cierta manera injusto. Akane le había platicado lo mucho que deseaba tener un hijo, pero ahora con Ranma y su enfermedad, aquello era imposible. Ella no podría hacerse cargo de dos personas que no son conscientes de sus acciones, y en todo caso de que pudiera, era peligroso. Ranma podría atacar a alguien en uno de sus delirios. Incluso para la misma Akane era inseguro vivir a solas con él.
Si bien era cierto que ella había lidiado con él a lo largo que los últimos meses, también era verdad el hecho de que los episodios eran cada vez más frecuentes y su comportamiento más violento.
El especialista reflexionaba tan a fondo la situación que no se enteró cuando Akane había comenzado a llorar.
Ella por su parte, y sin importarle la presencia del otro hombre, sacó la lagrimas que llevaba guardando desde hacía meses. Se sentía destrozada. Hasta ahí había llegado su (hasta hace unos meses) feliz matrimonio. Ranma seguiría ahí. Si, pero ya no era el mismo de antes. Ya no era el chico juguetón y necio. Ya no era el hombre que murmuraba su nombre mientras dormía. Ahora ni siquiera podría salir tranquilamente a pasear por las viejas calles de Nerima, como solían hacerlo cada fin de semana por la tarde. Tampoco podría entrenar con él cada día por la mañana, es más, desde que apareció "Ko-chan", Ranma había dejado las artes marciales.
El doctor miraba en silencio.
Minutos después Akane pasó sus manos por los ojos, limpiando las lágrimas. El doctor supo que ahora la mujer prestaría atención y prosiguió a explicarle todo lo relacionado con el tratamiento.
Afuera, Ranma yacía tranquilamente en la sala de espera. Como si la escena de hace algunos momentos nunca hubiera pasado. Internamente platicaba con Nana la gata, aquella linda gatita de pelaje blanco que apareció cuando Ko-chan se volvió más agresiva y que estaba ahí solo para pasar un buen rato con Ranma.
Transcurrieron unos minutos más.
—Lo siento mucho, señora Saotome —Dijo, para después agregar —Recuerde que no todo está perdido. Empezaremos con el tratamiento lo más pronto posible, y si todo va bien y la respuesta de su esposo a los medicamentos es la que esperamos, no tendrá mayor problema que acudir a la consulta de manera constante.
Akane solo asintió y se levantó con prisa, le urgía irse de esa clínica lo más pronto posible.
Dio las gracias y salió del consultorio. En la sala de espera estaba Ranma, quien miraba atentamente el techo, como si algo de su interés se encontrará ahí. No le sorprendió. Era la misma escena que había observado durante los últimos 14 meses.
En seguida, una enfermera se acercó. —Señora, le hemos aplicado una pequeña cantidad de sedante a su marido para que así no tenga problemas en llevarlo de regreso a casa. Aquí está la receta y esta tarjeta, cuando vaya a la farmacia muéstrela y le darán un descuento —Y se retiró.
—Vamos Ranma, tenemos que volver a casa.
—¡Oh, Akane! ¡Vamos! ¿Podemos llegar a la heladería? —Ranma se levantó pesadamente y camino junto a su esposa. A decir verdad, él seguía luciendo como una persona sana, más no era así, y Akane se alegró que de que al menos todavía la reconociera.
Caminaron y después de ir a la farmacia a comprar los medicamentos para Ranma, fueron a una heladería, la misma a donde solían ir durante su adolescencia después de clases. La señora Tsukishiro, los recibió con gusto, como siempre, y sin preguntarles les entregó un par de copas que contenían los sabores favoritos de cada uno. Ambos agradecieron y tomaron asiento.
Ranma comía contento, y Akane se dedicaba solo observar como el helado se derretía.
—Oye, ¿no piensas comerte eso? —preguntó el hombre. La mujer de ojos color avellana soltó una risa. Sabía que Ranma querría comer su helado, su glotonería no se había ido.
—No— dijo y le arrimó la copa al hombre, quien la tomo con gusto para comenzar a devorarla. A ella no le molestó. Aquellos pequeños momentos en que Ranma se encontraba en sus cinco sentidos eran los que le seguían dando los ánimos para continuar adelante. Se puso de pie. —Iré a hacer una llamada, no tardó— y camino hacía el viejo teléfono que había en el local. Después de un par de llamadas regresó.
—¿A quién has llamado?— preguntó Ranma.
—A papá, quería invitarlo a comer— dijo Akane dejando algo de dinero sobre la mesa. Invito al hombre a ponerse de pie y salieron rumbo a su hogar.
A unos cuantos pasos de la casa, pudo divisar una ya conocida cabellera negra. A sus adentros se alegró de que esta vez llegara justo a tiempo, tal y como se lo pidió.
—Mira quién esta ahí— dijo jalando la camisa de Ranma.
—¡Oh! ¡Pero si es Ryoga!— y corrió a saludar al hombre, quien era su mejor amigo.
Akane miraba todo a un par de metros. Pudo ver que la costumbre de ponerse en posición de ataque cada vez que se veían no había desaparecido. Después los hombres chocaron palmas para darse un abrazo y reír sonoramente.
Después, ella se acercó para saludar también a Ryoga. Le dio un abrazo —Una hora y treinta minutos— susurró y Ryoga le palmeo la espalda para darle a entender que capto su orden.
—Oye nenita, ¿Qué te parece si pelemos un poco?— dijo Ryoga.
Ranma miró hacia arriba y asintió.
—Ko-chan dice que no hay problema. Vamos al Dojo, te demostrare que sigo siendo el mejor— y entre risas se alejaron de la mujer.
Ella por su parte se quedó en la entrada, su padre y sus suegros no tardaban en llegar. Diez minutos más tarde, un viejo automóvil estacionó frente al domicilio. De el descendieron tres adultos. Una mujer que vestía un elegante kimono en color negro corrió a abrazar a la joven.
—Mi niña— dijo. La preocupación se podía notar en su voz —¿Cómo has estado?—
Akane aceptó el abrazó —Tía Nodoka— se limitó a decir.
Atrás, un par de hombres miraba en silencio. Cuando las dos mujeres se separaron, los cuatro caminaron hacia la residencia.
Adentro, tomaron asiento alrededor de la mesa del comedor. Ninguno decía nada. Ninguno de los tres adultos quería hablar. Nodoka, por su parte, al ver el estado de Akane sabía que no todo había salido bien con su hijo. A decir verdad, los tres lo sospechaban. Pero no estaban ahí para escuchar lo que ya sabían. Se presentaron para hacerle saber a la joven mujer que la ayudarían con todo lo que estuviera en sus manos.
Disorder capítulo 5: Diagnóstico.
