Había llegado a Boeringa a principios del verano. De eso ya tres meses. Había sido un cambio abrupto, uno al que se resistió de todas las maneras posibles. Tanto como para rehusarse a habitar la casa que le estaba destinada a quien tuviese el rango de sargento. Había vivido estos meses en el cuartel tal como sus soldados, los que partirían a Shinganshina cuando comenzara el invierno.
Jean creía que si su desempeño era bueno podría acudir con ellos a la ciudad amurallada y, finalmente, recibir la ansiada noticia de poder regresar a Sina. Pero ya era otoño y ni atisbos de su superior de manifestarse a liberarlo.
Comenzaba a cuestionarse qué ocurriría si no recibía noticias desde el muro Sina. ¿Tendría que pasar el invierno en Boeringa y quedar aislado del mundo hasta que las nieves cedieran? Sí, se lo cuestionaba. Podía ser que se estuviese mimetizando un poco, en el intento de hacer lo justo, de hacer un cambio positivo… o intentarlo. Al menos ser consecuente consigo mismo.
Y tal parecía que tendría tiempo para hacerlo.
–No hay irregularidades en las balanzas –informó Benson ingresando a la oficina. Eran las ocho y media de la mañana –Llevamos una semana sin ninguna balanza desalineada –hubo algo de sarcasmo –Creo que no debería pasearse por la feria el domingo –bromeó.
Jean recibió el documento que le entregaba y lo dejó sobre el escritorio.
–Con mayor razón iré, para que vean quien mantiene el orden en este lugar –se pavoneó –¿Alguna novedad del día de ayer?
–Ninguna –informó Benson –Hemos tenido gran cantidad de trabajadores ingresando a la ciudad. El tiempo de siembra es así. Haller y Hasse comenzaron un catastro ayer, para mañana seguro tienen registrados a todos los afuerinos.
–Perfecto –afirmó Jean –Deberíamos hacer una ronda por las cantinas y registrar sus visitantes. No de manera formal, claro. Nadie quiere ver invadida su privacidad. Pero sabemos que donde hay alcohol, hay quienes tratan de aprovecharse de ello y robarlos.
Benson se sonrió ligero.
–Creo que tampoco debería visitar las cantinas por lo pronto –bromeó el suboficial –Menos cuando lleguen las señoritas. Donde hay dinero y alcohol, hay señoritas dispuestas a distraer a los trabajadores –dijo Benson siguiéndole el tono a Jean.
–Donde metan el pito no es mi problema –dejó caer Jean con simpleza –Pero no quiero líos, no en mi pueblo –se puso de pie –Hablando de afuerinos, la familia de Robensen debería llegar en estos días a revisar sus pertenencias y desocupar la casa –tomó una carta donde se le informaba de ello –¿Puedes hacerte cargo?
–Me temo que es el sargento de turno quien entrega la propiedad. Pueden haber documentos referentes a la policía militar… o de carácter privado.
Jean se ajustó la chaqueta y se peinó con las manos frente al vidrio de la estantería.
–Conocías a Robensen mejor que yo. Creo que eres el indicado –Benson asintió –Me informas si llegan hoy y cuánto se quedarán en el pueblo. Cualquier cosa, estaré donde los Ackerman.
–¿Me permite una palabra antes que se marche, señor? –preguntó y Jean le hizo un gesto para que continuara –Creo que su iniciativa con los Ackerman es admirable y lo pensamos todos… o, más bien, casi todos. Más allá si lo hace para conseguir la que señorita Mikasa deje de verlo como a algo que se sacó de la nariz, ayudar a quienes lo necesitan es admirable.
–Te lo agradezco, Benson, pero si vas a darme un sermón…
–No, señor –lo interrumpió Benson –De hecho, con los chicos queríamos preguntarle si necesita ayuda. No, no me refiero a los Ackerman solamente… Me refiero a otros –hizo una pausa, Jean se veía sorprendido –Cuando llegué a Boeringa siempre creí que podía hacer más que estar en el cuartel, revisar balanzas y todo eso. Vine hasta aquí para ser un aporte y creo que muchos venimos por eso. Pero hasta ahora no habíamos podido pensar siquiera en ello…
–Vamos, dilo de una vez. Cada palabra reduce mi productividad en el campo.
–Pensamos que podemos ser útiles no solo acá, señor. Debe haber más necesidades que las de la Corona y la seguridad de Boeringa.
Jean sonrió satisfecho.
–Dile a Hasse que catastre los campos de la gente más necesitada. Siempre hay algo que hacer. Que la mano de obra corra por nuestra parte.
Benson se cuadró.
–Sí, señor.
Jean salió de la oficina rumbo donde los Ackerman, no sin antes recoger de la cocina del cuartel un par de emparedados para pasar el día.
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Las mañanas de siembra comenzaban antes que saliera el sol. Siempre había sido así, desde que Mikasa tenía memoria. Su padre desayunaría al alba y pronto estaría tras el arado para terminar a tiempo.
Su padre se recuperaba a tiempo prudente, pero dada la premura de las fechas, se volvía especialmente lento.
Terminar el arado solo sería el primer paso, luego vendría la siembra propiamente tal y, luego, ya podrían esperar. Antes, durante la espera a los brotes, su padre trabajaría para otros preparándose para el invierno. Recibiría una paga para comprar lo necesario antes de las nieves. Mikasa esperaba que se recuperara para entonces.
–Veo que me ganaste.
Mikasa pegó un respingo tras el arado al escuchar la voz del sargento. Tan concentrada se encontraba que ni siquiera lo sintió acercársele. Se volteó por sobre el hombro y detuvo su arar.
–Me temo que los tiempos en el campo son diferentes que en la ciudad, Jean –respondió –De hecho, llegas tarde. Aunque pensé que te habías dado por vencido. Tanto trabajo por un plato de comida no es lo que aprobarían tus padres.
Jean se quitó la chaqueta y se la arrojó a Mikasa, quien la atajó y la dejó bajo su brazo al tiempo que se apartaba del arado. Lo vio arremangarse la camisa.
–Mis padres tampoco aprobaron mi decisión de unirme a la milicia –respondió Jean tomando el arado.
–¿Y eso? Creí que para una familia de bien era un honor servir al Rey.
–Para una familia de bien, su hijo menor debió seguir el mismo camino que sus hermanos mayores y unirse al negocio familiar –dijo Jean comenzando a empujar el arado –Me temo que no cumplí las expectativas.
–Menos cuando terminaste en este pueblo –bromeó Mikasa, Jean continuó en silencio adelantándose unos metros. La chica lo alcanzó rápido –¿No lo saben?
–No.
Mikasa no lo siguió cuando se volvió a alejar. Tampoco el tono de voz daba con seguir insistiendo. Simplemente se retiró hacia la cabaña e ingresó viendo a su madre con sus bordados y a su padre limpiando unas zanahorias. Taki leía un libro.
–¿Pasó algo? –preguntó Maika al ver ingresar a su hija.
–Llegó mi relevo –anunció dejando la chaqueta de Jean tras una silla –¿En qué ayudo?
Albert dejó las zanahorias y fue por la escopeta. En el bolso de caza contó las municiones y revisó que hubiese suficiente pólvora.
–Sigue con las zanahorias, con Taki iremos de caza –dijo Albert.
–Yo también quiero –respondió Mikasa con un puchero y volteó hacia su madre –Por favor…
Maika sonrió amplio.
–De acuerdo. Taki se queda.
Mikasa sonrió triunfante, aunque esperaba que su hermanito reclamara, cosa que no pasó. El chico fue hasta donde estaba su padre antes con las zanahorias y tomó su lugar sin chistar.
Pronto, padre e hija habían salido de la cabaña. Maika enhebraba un hilo diferente para continuar su colorido bordado mientras que Taki miraba sus ya limpias zanahorias. Maika lo vio salir de la cabaña rápido, como alma que lleva el diablo.
La madre se puso de pie y lo siguió, creyendo que tomaría la ruta al bosque, pero lo vio bajar hasta la siembra. Maika volvió a ingresar a la cabaña.
–Papá siempre araba la tierra.
Jean se asustó al escuchar la voz tras él. Se volteó para ver al pequeño Taki ya junto a él mirándolo con curiosidad.
–Sí –respondió –Pero ahora está mal de su pierna y alguien tiene que hacerlo.
El niño asintió.
–Arar es trabajo de hombres –continuó el pequeño –Eso dice mamá. Por eso no quería que Mikasa arara la tierra. Yo creo que tiene razón. Cuando Mikasa ara la tierra termina muy cansada y se pone malgenio.
–Ni que lo digas –bromeó Jean –Ninguno de los dos quiere ver a tu hermana enfadada –se acercó a Taki en actitud cómplice –Da miedo.
–¿A ti también? Pero si eres un soldado.
–Créeme que tu hermana me da más miedo que el más horrible de los titanes.
–¿Has visto uno?
–Un par –respondió Jean sin interrumpir su trabajo, Taki caminando a su lado –Desde el muro. Cuando era un recluta, antes de unirme a la Policía, vi algunos titanes rodeando el muro María. Eran grandes, bobos y feos. Parecían perdidos o borrachos.
–Cuando fui un par de veces al pueblo con papá vi unos borrachos. Dan miedo.
–¿Ves? Así mismo son los titanes. Feos y brutos.
Jean continuó su trabajo en silencio, Taki caminaba junto a él viendo como el arado separaba la tierra.
–¿Sabes jugar a la pelota? –preguntó Taki de pronto.
–Por supuesto –respondió Jean y el niño lo miró con ilusión –Supongo que tu padre no puede jugar a la pelota contigo ahora… –el niño asintió –Hagamos algo. Cuando termine lo de hoy, antes que se oscurezca, jugaremos a la pelota. ¿Vale?
–Vale.
Con el trato hecho, Taki se retiró con la simpleza de un niño. Jean continuó su trabajo, un par de minutos más tarde el ruido sordo de un par de disparos llenó el ambiente. A la distancia, en el bosque, varios pájaros salían huyendo.
La jornada continuó tranquila. Se detuvo a mediodía a comer sus emparedados aun ante la reticencia de Maika diciéndole que había almuerzo. Solo aceptó agua y una manzana que la mujer insistió tanto. Albert tenía razón, podía ser muy insistente. No era que le molestara en todo caso, era agradable ver las molestias que se tomaba.
Para cuando el sol comenzaba a bajar cumplió su promesa con Taki y, aun cuando estaba exhausto, hizo su mejor esfuerzo. Entre dos árboles, darle en el tronco a cada uno marcaba los puntos. Trataba de no ganar siempre y hacerse el vencido, valía la pena. El muchachito se divertía muchísimo y, él mismo, también lo hacía.
La verdad, él no jugaba mucho a la pelota. De niño era lo suficientemente gordo como para que los chicos del barrio lo dejaran fuera y, de mayor, nunca logró desarrollar demasiada técnica. Por lo mismo, lo evitaba. Pero jugando con un niño llevaba ventaja… y lo volvía divertido. No por ganarle, sino que no tenía que esforzarse en ser el perfecto jugador ni demostrarle nada a nadie.
Estaba tan concentrado en ello, que no notaba que, desde la cabaña, era observado por dos pares de ojos.
–Se divierten –comentó Maika antes de volver a su bordado.
–Extraño jugar con él. Al menos encontró con quien jugar –comentó Albert apoyado en la muralla y bajó la vista a su rodilla para frotarla con una mano –Los dos se divierten.
Mikasa dejaba unas papas dentro de una olla donde ya las codornices estaban cociéndose. Había sido una buena caza. Dejando todo en orden, se sentó a la mesa con papel y lápiz.
Eren:
Me alegro mucho que estés cumpliendo tu sueño de estar en la Legión. Siento en tus palabras el orgullo de estar donde estás y eso me llena de alegría y tranquilidad.
Acá estamos en temporada de siembra y ha sido bastante difícil con la enfermedad de mi padre. Pero lentamente se recupera y sabemos que todo resultará bien.
Hemos tenido ayuda, eso le trae tranquilidad a papá, que se había sentido muy mal de tener que delegarme sus responsabilidades. Mamá puede dedicarse totalmente a sus bordados y a Taki, mientras que yo puedo ayudar en casa.
–Mikasa.
La chica alzó la vista de la carta que le tomaba tiempo pensar en qué escribir. Miró a su madre, ella le sonreía.
–La cena está lista.
Mikasa tomó el papel y lápiz y los guardó en su habitación. Ya retomaría. Salió de la cabaña hasta donde Jean y Taki jugaban. Sin pensarlo mucho, tomó el ruedo de su falda y se lanzó entre ellos para hacerse de la pelota y darle un certero golpe para que diera justo en uno de los troncos.
–¡Punto! –exclamó con los manos en el aire en actitud triunfante.
–¡Eso es trampa! –exclamó Taki.
Mikasa retomó el aliento y se volvió hacia su hermanito.
–¿Trampa? –preguntó –Pero si yo juego por ti.
–Pero anotaste un punto en el árbol de Jean –reclamó el chiquito –Todo porque es tu novio.
Mikasa iba a responder, pero se calló, fingiendo no escuchar aquel reclamo. Fue Jean quien alzó la voz:
–Mikasa y yo no somos novios –aclaró con sencillez –Mi deber como sargento es que todos en el pueblo puedan tener sus cosechas a tiempo. Por eso estoy aquí.
Taki ladeó la cabeza pensativo. Antes que el pequeño pudiese contratacar, Mikasa interrupió:
–La cena está lista. Vayan a asearse –indicó y miró a Jean –Sobre todo tú, pareces un animal sudado.
Mikasa los volvió a la cabaña sin más. Ya dentro de ella, los vio bromear junto al pozo mientras se lavaban las manos y la cara. Algo dentro de ella se movió al verlos bromear, mentiría si no lo admitiese. Eran dos niños… y eso la conmovió. Por un instante al menos.
La cena transcurrió en paz, la conversación era cordial. Su padre daba cátedra sobre siembras explicándole a Jean cómo sobreviviría el trigo duro a las nieves y, como al cosechar volvería a preparar la tierra para las siembras de verano. Para su padre, el campo era todo lo que conocía. Era extraño que alguien de la ciudad pareciese tan interesado en ello. Mikasa aun se debatía entre si el interés era un real o a Jean solo le parecía folclórico.
Después de todo, ella no sabía absolutamente nada de él, salvo que era de la ciudad, un soldado y que era el menor de tres hermanos de una familia que nunca estuvo de acuerdo con sus decisiones. Eso lo volvía algo más humano.
Era extraño tener en casa, frente a ella, a alguien que si bien ya conocía no sabía nada de él. Se había despertado en ella la curiosidad. ¿Quién era realmente Jean Kirstein? No el sargento, sino él. ¿Qué lo motivó a ser soldado? ¿Qué hacía en su tiempo libre? ¿Tenía sueños o ambiciones personales?
–Mikasa.
Al escucharse nombrar pegó un respingo, miró a su madre sintiéndose descubierta en sus cavilaciones.
–No has tocado tu cena prácticamente. ¿Estás bien?
Mikasa asintió acelerada.
–Sí, sí. No es nada. Solo pensaba en la siembra. En si terminaremos a tiempo... en si Jean terminará a tiempo. No cuestiono tus habilidades, por cierto –aclaró mirando al sargento –Eres bueno en el campo.
Jean se sorprendió ante esa confesión y murmuró un "gracias" bastante sonrojado. Maika se sonrió ante esa reacción. Ese muchacho la conmovía. Para ser un soldado, tenía reacciones bastante ingenuas con Mikasa. Al menos ahora, porque si cada vez que Mikasa iba al pueblo o se lo topaba antes llegaba con un genio de perros, era porque el sargento también estaba a su altura. Mikasa tenía un carácter fuerte y notaba que Jean también. Sin duda era una relación difícil de llevar por el choque inevitable, pero les tenía fe. Algo le decía que Mikasa comenzaba a verlo con otros ojos, no como un enemigo precisamente. Si era una chica inteligente se daría cuenta que no cualquier hombre dejaría la comodidad por deslomarse en el campo, solo por ganarse su favor. Jean podía insistir que era solo por ayudar, pero si no se hubiese interesado en Mikasa jamás habría terminado conociéndolos ni haciéndose parte de una realidad que, en un comienzo, nada le interesaba.
–No soy solo yo –continuó Jean –Benson y los demás han comenzado a trabajar en otros campos. Creemos que podemos apoyar más allá de estando en el cuartel.
Albert se sorprendió gratamente.
–Es una generosa iniciativa. Me alegra que influyeras positivamente en ellos.
–Oh, no. Claro que no –se excusó Jean –Nació de ellos, no fue una imposición. Sé el efecto que tuvo la helada el año pasado, no estuve, pero me lo comentaron y revisé los informes de producción. Lamentablemente los impuestos no bajan precisamente, sino todo lo contrario. Un pueblo puede llegar a reducirse, y la población de los muros depende de la productividad de los campos, si existe migración solo tendremos las ciudades amuralladas repletas de gente que no encontrará sino más pobreza. O terminarán en las minas como los prisioneros.
Albert asintió grato, Maika miraba a Jean como si fuese lo mejor de universo. Pero Mikasa notó cierto discurso que no le gustó del todo.
–Finalmente todo se reduce a las ciudades y la Corona, ¿no? –dijo con molestia –No quieren hacerse cargo de lo que ellos mismos con sus altos impuestos han conseguido. Nuestros jóvenes se marchan a la ciudad no dispuestos a seguir siendo explotados, solo van quedando los mayores y eso solo hace que afuerinos lleguen a cobrar por su trabajo más de lo que se puede pagar, llegan con sus vicios y maldad. Seguro te has enterado también de lo mucho que aumentan los problemas en tiempos de siembra y cosecha. Debe estar en tus informes.
–Lo sé. Por lo mismo en el cuartel permanecerán algunos oficiales para asegurarse que todo marche bien. Pero una dotación de cinco efectivos es demasiado alta para un pueblo pequeño. A veces me pregunto la razón si no era ayudar en labores pesadas a los campesinos.
–Te lo diré de manera fácil por si aún no te das cuenta –retomó Mikasa –Porque Ritze lo solicita y con ello se asegura de mantener a la población controlada en caso que se negaran a pagar sus impuestos inventados y la sobre cuota que impone por llevar los impuestos de la Corona. Si hay alguien que está logrando la migración y el desorden es, precisamente, él.
Albert quiso intervenir, pero Jean se adelantó.
–Ese tema lo veré más adelante. De momento me interesa repuntar la productividad.
–Y asegurar los impuestos de la Corona y el abastecimiento de las ciudades.
–Debo velar por Shinganshina también. Es parte de mi trabajo. ¿Por qué siempre terminas cuestionándome? Trato de hacerlo bien y siempre te parece poco. ¿No te conformas con nada? Hago lo que puedo en un pueblo que está podrido por ese tipo y más no puedo hacer. Trataré de disminuir la cuota que exige por renta, investigaré el mercado, generaré informes para Shinganshina y...
–Informes, informes. ¿Crees que al intendente de Shinganshina le interese? Mientras reciba su parte todo está bien. Nunca se han preocupado por nosotros, ¿por qué sería ahora diferente? ¿Por qué tú tienes misericordia de nosotros y nuestra cruenta realidad? El mundo es un lugar cruel.
–No tiene por qué serlo y te lo demostraré. Hay cosas buenas en este mundo y estás tan obcecada en pensar lo contrario que solo te limitas a ver lo negro. De las debilidades pueden surgir oportunidades.
Mikasa ladeó la cabeza.
–De acuerdo. Intentarás hacer un cambio y eso es muy noble, no lo voy a negar. Pero, ¿qué pasará cuando regrese a Sina, sargento Kirstein? ¿Será quién lo reemplace tan noble como usted? Me pregunto qué lo hizo cambiar de opinión, cuando hasta hace un par de meses todos se llenaban la boca con su despotismo hacia el pueblo.
–Quizás reconocí una debilidad y vi en ella una oportunidad.
–¿Ah sí? ¿Cuál sería su debilidad, sargento?
Jean la miró serio.
–Alguien me hizo ver que no tenía nada que ofrecer. Sin embargo, sí hay algo, y esa es mi integridad. La misma que me llevó a salir de Sina. Y si llegué aquí por ello, no va a ser aquí que demuestre que he perdido todo y hacer caso a palabras sin asidero provenientes del solo ver lo negativo de tozuda manera.
Mikasa se sorprendió. ¿Tanto le habían afectado sus palabras aquella vez que llevó a cuestionarse sus convicciones? No pudo contratacar por mucho que hubiese querido. Esas palabras habían salido en caliente y, tal vez, sí carecían de asidero. No lo conocía realmente, pero...
–¿Qué pasará cuando regreses a Sina? –insistió cambiando a un tono tranquilo.
–Por lo pronto no pretendo regresar y tampoco podría. Me temo que mi retiro de Sina implicará una estadía larga, o mis convicciones me trasladarán a la Legión de Reconocimiento. Eso hacen cuando un Policía desobedece órdenes.
–¿Y te arriesgarás a eso provocando a Ritze? –cuestionó Mikasa –No suena al Jean Kirstein que conozco.
Jean le sonrió ladino.
–Eso es porque no me conoces, Mikasa.
–¿Qué no te conozco? –exclamó cayendo en el juego otra vez –Te he tenido al frente tantas veces que sabía que no te aguantarías en lanzarme alguna pesadez solo para picarme.
Albert se acercó a Maika para susurrarle "aquí van otra vez". Maika asintió sin darle real importancia. Taki soltó un suspiro y se metió un trozo de papa a la boca.
–¿Picarte? Solo te he respondido. Crees que me conoces, pero no lo haces. No lo digo de mala fe, es la verdad. Tampoco te conozco, salvo una faceta –bajó la voz y murmuró risueño –Enojona.
–Odioso –respondió Mikasa mirándolo desafiante a los ojos y en un susurro.
La cena continuó regresando al tema del apoyo de la policía a la comunidad y el mayor tránsito de población flotante. Siempre era bueno para Jean saber la opinión de la única gente del pueblo que estaría abierta a hablar con él. Hasta cierto punto le gustaba haberle dejado en claro a Mikasa que no era el patán que ella creía, pero se sentía expuesto. Sin embargo, no había nada que esconder, ella con sus ácidas palabras habían logrado lo que su padre a punta de varillazos no pudo. Poco quedaba ya del malcriado muchacho y estaba orgulloso de su forzoso cambio. Se lo debía a esa chica frente a él... y a su propia resilencia.
Se retiró cuando la cena hubo terminado, dispuesto a regresar al día siguiente. Y lo haría al alba, incluso antes que Mikasa pusiera un pie fuera de la cabaña solo para molestarla.
Maika, por su parte, levantaba los platos y Albert se ponía de pie para lavarlos en la batea que llenó con agua. Maika tomó su bordado, mientras que Taki volvía con uno de sus libros.
–¿Por qué eres así con él? –preguntó Maika sin entender realmente –¿Tienes que siempre llevarle la contra? Jean ha sido amable con nosotros, no necesitamos problemas con la Policía Militar. Además, la ayuda se agradece siempre cuando viene de manera desinteresada. Creo que ese muchacho tiene más que claro que no tiene oportunidad contigo si sospechas que esto ya es solo por ti. Se lo has dejado más que claro en más de una ocasión.
Albert se volteó hacia la mesa alzó la voz:
–No estoy entendiendo nada de lo que haces. Pensaba que ya se empezaban a llevar mejor.
–¿Quieres saber por qué? –preguntó Mikasa finalmente –Porque lo tienen endiosado como si fuese la salvación de este pueblo. ¿Realmente creen que podrá contra Ritze y sus hombres? En el mejor de los casos lo trasladan a la Legión como él mismo lo dijo. Pero es más probable que lo encontremos muerto de un balazo en la cabeza. O colgado de un árbol, eso es más el estilo de Ritze. ¿O no recuerdan lo que le pasó a Rivers?
Maika bajó la vista a su bordado, pero Albert insistió:
–No me refiero solo a eso. ¿Acaso nos crees tan ingenuos como para no haber captado que eso de "no tener nada que ofrecer" no fue para ti? ¿Realmente dijiste eso? Mi hija no va ofendiendo a la gente por la vida, por mucho que no esté de acuerdo con sus modos.
Mikasa bufó molesta.
–¿Quieren saber por qué lo dije? Pues porque... porque... Pues porque me besó a la fuerza. ¿Eso te parece bien? –Albert iba a hablar, pero se quedó callado. Maika miraba a su hija sorprendida –No, no te parece bien. Esa clase de tipo es la que metieron a casa.
Sus padres guardaron silencio un momento y luego estallaron en risas, hasta Taki se unió.
–¿Dijiste esa brutalidad solo por un beso robado? –bromeó Maika –Por Dios, Mikasa. Alguien debe arriesgarse. Existen dos opciones, la correspondencia y el rechazo. Asumo que esa fue tu reacción, dado a cómo has llevado la situación. ¿Volvió a intentarlo? –Mikasa negó –Entonces respeta tu rechazo. Cosa diferente es que te hubiese abordado nuevamente.
–Pero me tomó por los brazos y de improviso. Fue increíblemente violento para mí.
Maika ladeó la cabeza.
–¿Te retuvo contra tu voluntad?
–No.
–O sea, solo fue un besito –insistió Maika bajándole el perfil –Me temo que sobredimensionaste la situación. Otra cosa sería que te hubiese forzado, te hubiese retenido. Solo fue el ímpetu de la juventud.
–¿Acaso tú hubieses aceptado eso? –exclamó molesta.
–Se lo aguanté a tu papá –dejó caer con simpleza –Te lo he contado.
–Ya... sí, pero se escuchaba más pacífico... incluso romántico.
–Sí, tan romántico que me dio un rodillazo en las tripas –canturreó Albert volviendo a los platos.
–¡Mamá! –exclamó Mikasa –No me contaste eso.
Maika sonrió inocente y cortó un hilo para cambiar el color. Mikasa masculló por lo bajo. Bueno, la historia de sus padres no era tan idílica como se la contó su mamá en algún momento. Tampoco como le explicó de dónde venían los bebés y después se enteró y... fue bastante traumático. Si no fuera porque a sus padres se les pasó que cierto libro contenía más información de la necesaria, jamás hubiera cuestionado nada. ¡Diablos, sus padres y sus cosas!
Pero más allá de eso, lo que hizo Jean no dejaba de importunarla. Y en su rostro se leía.
–¿Qué pasa ahora? –preguntó Maika al ver el rostro meditabundo y poco convencido de su hija.
–Pues, quién sabe a cuántas habrá besado de esa forma –masculló Mikasa cruzándose de brazos y apoyando su espalda en el respaldo de la silla.
Albert le sonrió.
–Esos son celos. En general, todos tenemos un pasado, Mikasa. No debes alborotarte de esa manera. Ese muchacho viene de la ciudad, las cosas allá son diferentes. Seguro sí –la miró directo a los ojos –Seguro sí besó a otras chicas de la misma manera y le dio resultado. ¿Eso es lo que te molesta?
–Y vimos que te besó, que lo sepas –comentó Maika –Más bien fue Taki desde tu habitación.
–¿Qué? Y aun así lo aceptan en casa. Sabiendo que se aprovechó de mí.
–A mí me pareció romántico –interrumpió Taki.
–Qué sabes tú de romance –exclamó Mikasa –Eres un niño. ¿No estás leyendo mis novelas? –Taki se hizo el desentendido –¡Mamá!
–Las seleccionamos para que sepas. No cometeremos los mismos errores con él que contigo –se excusó –Pero no incluye nada que lo "traume".
Mikasa frunció el ceño.
–Te estás burlando de mí –bufó.
Maika le sonrió dulce.
–¿De verdad no te gusta un poquitito? –preguntó su madre.
Mikasa se puso de pie.
–Buenas noches, mamá.
Se dirigió a su habitación para cepillar sus dientes en el tiesto de agua que mantenía sobre un mueble. Abrió la ventana para escupir hacia afuera. Se limitó a retirarse su vestido y meterse a la cama. Taki tardaría divertido con su lectura, después de todo era lo más divertido para hacer después de que cayera el sol.
Soltó un suspiro pesado acomodándose entre las tapas de la cama. ¿Realmente su padre había sido así de imprudente con mamá? Le parecía inaudito, pero... tal vez... No, claro que no. Se dio vuelta hacia la pared con poca delicadeza. Ella no iba a terminar casada con Jean jugando a la casita feliz en medio del campo y él arando la tierra y ella repartiendo semillas tras de él como si fuese lo más genial del mundo. Pero la imagen se le vino a la mente. Se golpeó la sien con la palma un par de veces.
Lo más probable que ocurriría era que Jean perdiese el interés en ella cuando se diera cuenta que no pegaban para nada. Que no era nada parecida a las chicas que seguro anduvo besando antes que a ella. ¿Cómo serían ellas? Y solo podía pensar en que se parecerían a las señoritas Gruen o a la hija del alcalde, Brigitte Ritze. De elegantes vestidos, sombreros con cintas, que salían de casa con guantes calados y preciosas sombrillas para no broncear su piel. Y Mikasa no era nada así... y jamás lo sería.
Una sensación pesada se instaló en su pecho. Ella nunca sería así. No lo seguiría a Sina, no dejaría el campo ni a su familia. Y él no se quedaría en Boeringa por siempre...
–Estúpido, Jean.
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