Muchas gracias a quienes dejaron sus comentarios. De verdad que significa mucho para mí saber que les gusta esta historia. Me sacan sonrisas con cada uno de ellos.

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Aun no era mediodía y la taberna de Hochentroschen estaba completamente llena. Quizás era por los afuerinos que aún quedaban en el pueblo y que se preparaban para retirarse a sus respectivas localidades, y que estaban rematando la temporada.

–Salud –dijo Eren chocando su jarra de cerveza contra la de su compañero –Por ti, sargento Kirstein, el héroe de Boeringa –le dijo de buen humor –Los Ackerman hablaron muy bien de ti. Que lo sepas. De verdad, me siento orgulloso. Sé que no fuimos muy cercanos en la academia, pero siempre me pareció que tenías potencial para liderar a otros. Todos lo comentaban. Has hecho un buen trabajo.

Jean esbozó una sonrisa. En otro momento hubiese sacado una fanfarronada, pero aun tenía ese molesto dolor de cabeza.

–¿Sabes algo? –retomó Eren –Creo que fuera de los muros las cosas deben ser como en Boeringa. Una vez que no existan los titanes podremos salir de los muros y formar muchos poblados, tal y como estos. La humanidad podrá establecerse donde quiera, viviendo en paz. Es algo por lo que vale la pena luchar.

–Nunca he querido salir de los muros –respondió Jean algo seco –Supongo que acá, al menos, estoy lejos de los titanes.

Eren caviló. El muro María era lo único que separaba a Jean de los titanes. Y como tal, todos los poblados tenían instrucciones de evacuación en caso de un traspaso de los muros. Aunque eso nunca hubiese ocurrido.

–Sobre lo de ayer… –continuó el muchacho –¿Es mi idea o estás molesto?

Jean lo miró fijo un momento y relajó su postura.

–Llevo un par de días con jaqueca, no te sientas tan importante –dijo con su mejor tono altanero –Creo que estoy incubando una gripe –Eren le llevó una mano a la frente –¿Qué? No seas marica, Jaeger.

–Soy hijo de un médico –respondió serio –No tienes fiebre, pero tienes los ojos algo vidriosos y rojos. Puede que sea una gripe –alejó la mano –Vine a ver a Mikasa y me regreso con una gripe. Genial –bromeó dando por entender que Jean pudiese contagiarlo –Comenzar el invierno con una gripe no es lo ideal.

–Claramente –respondió Jean haciendo un intento por mantenerse de buen ánimo –¿Cuándo volverás a Boeringa?

Eren lo miró intrigado.

–¿Por qué? ¿Ya me extrañas?

Jean soltó una risa. Ese Jaeger era bien idiota. Pero se volvió serio de pronto.

–No vuelvas a dejarla tanto tiempo –dijo con voz calmada –Te ha extrañado muchísimo. Es una chica genial, no merece tu indiferencia.

Eren frunció el ceño ligero. No era molestia, era tratar de entender las palabras de Jean.

–Supongo que he estado demasiado concentrado en mis asuntos –se excusó y se inclinó hacia su colega –Las cosas… van a cambiar, Jean. Hay situaciones dentro del muro Sina que van a marcar un antes y un después en el resto de los muros. Ya lo podré comentar abiertamente, pero aun no –Jean asintió comprendiendo que era confidencial –Tengo… tengo una gran responsabilidad y, antes que esta situación se haga de conocimiento público, quería visitar a Mikasa. Recibí sus cartas y me hizo recordar buenos momentos. Venir a verla es lo menos que podía hacer. No puedo prometer que regresaré a Boeringa, pero espero poder haber enmendado en algo mi falta de consideración por tantos años con quien fue una buena amiga y a quien le guardo afecto.

Jean dejó su cerveza sobre la mesa. Y se llevó una mano a la sien.

–¿Se lo dijiste? –preguntó cerrando los ojos, la cabeza se le partía.

–No puedo explicarle a una chica como ella situaciones que jamás comprendería –respondió Eren –Mikasa no sabe de actividades encubiertas, ni de situaciones confidenciales. En su cabeza todo se reduce a la simpleza del campo.

–Debiste decírselo –masculló mirándolo fijamente –¿Sabes por cuánto tiempo deseaba poder contactarte? Si no lo hizo antes fue porque estaba aterrada del pueblo y su gente. Pero cuando su papá se accidentó no tuvo otra opción. El primer día que estuvo en el pueblo fue el día que fue a pedirme que te ubicara. El primer día, Jaeger. ¿Y me dices que no puedes ser honesto con ella y decirle que no regresarás? ¿Qué acaso no te importa? ¿Volverás a dejarla ilusionada a un eventual regreso que puede que jamás llegue?

–Estás siendo algo melodramático, Jean. Y aun cuando es muy tú, creo que estás sobredimensionando las cosas. Mikasa me guarda mucho cariño porque fui su único amigo. Porque sé lo que signifiqué para ella, vine a verla antes de seguir con mis responsabilidades. Pero, tengo otras prioridades. Puede que, eventualmente, regrese a Boeringa. No lo sé –hizo una pausa –Me alegra que se esté abriendo al mundo. No debió serle fácil. Solía ser muy temerosa de todos. Me da tranquilidad saber que se mueve en el pueblo con tranquilidad y seguridad. Y sé que no hay mejor persona que tú para que este pueblo siga siendo seguro para los Ackerman.

Jean asintió y bebió de su jarra. No, no le traía nada de tranquilidad que Eren no confirmara un regreso. No era tan vil. Si estaba de regreso era para darle un final feliz a toda esta historia y no volver a dejar esperando a Mikasa por su regreso. Volvió a frotarse las sienes. No sabía ya si era por Eren y su mierda, por una gripe o por siquiera pensar en ver a Mikasa nuevamente ilusionada con respuestas vacías en miserables cartas que quién sabe cuándo volvería a recibir. Volvió a beber, quizá eso le quitaría la jaqueca.

–Jean –lo llamó Eren y el sargento lo miró –¿Es verdad que no están saliendo? Porque estás tomándote demasiado a pecho las cosas.

–No estamos saliendo. Somos amigos, nada más que eso –respondió con simpleza –A Taki le gusta molestar a Mikasa. Eso es todo. Supongo que vivir apartados de todos le hace creer que seré el príncipe de los cuentos que lee –dijo con el mismo tono que Eren se refirió a Mikasa, como si fuese una ignorante –La vida acá es simple, sin emociones grandes ni intrigas. Y así es perfecta para mí. Creo que Mikasa comprendería si le explicaras por qué puede que jamás regreses.

Eren asintió sorprendido de escucharlo hablar así.

–Le escribiré –dijo finalmente Jaeger –Cuando tenga un momento le escribiré.

Promesas vacías, como las que se le dicen a un niño. No sabía que le dolía más, saber que jamás tendría un espacio en el corazón de Mikasa, o saber que ella viviría eternamente esperando a alguien que no la apreciaba de la misma forma. O, tal vez, eran ambas cosas. Porque si él fuese lo que para Mikasa era Eren, jamás se apartaría de su lado. La vida es muy injusta cuando se trata del corazón.

–Ya sabes a dónde hacer llegar la correspondencia. Cada carta llegará sana y salva a sus manos –respondió Jean.

Ambos terminaban sus cervezas y era hora que Eren regresara a Shinganshina. Jean volvió al cuartel a terminar aquellos informes. Corrió el escritorio cerca del fuego, esa oficina parecía un témpano y sus colegas parecían no inmutarse con el frío.

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Tomó el saco de papas para dejarlo junto a ella, sentada a la mesa. Taki estaba frente a ella leyendo un libro. Mikasa tomó una de las papas y comenzó a pasar el cuchillo por ella para desprenderla de la cáscara y dejarla en una olla que estaba sobre la mesa.

Eren se había marchado hacía un par de horas rumbo al pueblo y, luego, a Shinganshina. Le había comentado que pasaría a despedirse de Jean antes de regresar.

Gracias por regresarme mi cadenita.

No fue nada.

Siquiera la había mirado. ¿Por qué todo lo ocurrido en la feria parecía haberse diluido de pronto? Ella realmente estaba agradecida y hubiese querido decirlo en un contexto más íntimo… Sí, ella estaba pensando en algo diferente. Pero no podía dejar que se marchara sin hacerle saber que había sido importante para ella.

Alzó la vista para encontrarse con la mirada de su hermano, quien la estudiaba en silencio.

–¿Quieres ayudarme? –le preguntó Mikasa.

Taki se puso de pie y se sentó a su lado. Mikasa le entregó unas vainas de arvejas para que las desgranara. Ella continuó con las papas.

–¿Por qué estás triste, Mikasa? –le preguntó poniendo las arvejas en un pequeño canasto y las vainas sobre la mesa.

Mikasa lo miró un momento y negó.

–No estoy triste –le dijo con voz suave –De hecho, estoy muy contenta de haber visto a Eren después de muchos años –Taki asintió con una sonrisa –Cuando aun no nacías, Eren venía de cuando en vez con su papá. Él era el doctor del pueblo en ese entonces. Era mi único amigo –le pasó una mano por el cabello para ordenarle –Cuando estuvo lo suficientemente grande, ingresó a la academia de soldados. Desde entonces que no lo veía. Imagínate dejar de ver al hijo de Elliot por muchos años y reencontrarte con él. Seguro serías muy feliz –Taki asintió –Yo estoy muy feliz. Espero que regrese pronto.

Su hermanito volvió a romper otra vaina y sacar las arvejas. Escuchaba a Mikasa pasar el cuchillo por la papa y luego dejarla caer en una olla.

–¿Estás triste porque Jean está triste?

Mikasa miró a su hermanito, quien la miraba con un dejo de preocupación en su carita infantil.

–Jean no está triste. Él está bien. Ayer lo viste. Solo parecía cansado. Estaba algo pálido y los ojos un poco opacos. Debe tener mucho trabajo con la recaudación de impuestos. Ni siquiera se quedó a cenar –dijo ordenándole el flequillo –Y sabes cómo le gusta el guiso de verduras de mamá.

–Yo creo que está triste porque sintió que no lo quieres. Y él te quiere mucho.

Mikasa le sonrió y volvió a sus papas.

–No puedo hacerme cargo de los celos de Jean –hubo cierto regocijo en ello. Se sentía un poco bien ser celada –Tendrá que aprender a lidiar con ello.

Pero dentro de ella comenzó a hilar las ideas. ¿Sería que eran celos lo que podría explicar la disciplicencia que mostró para con ella al retirarse? No, Jean no era tan infantil. Él entendía lo que Eren significaba para ella y debía estar contento también de ver a un viejo amigo. Por lo mismo los acompañó el día de ayer, aunque estuviese cansado. Debía sentirse tan emocionado como ella.

–¿Qué son celos, Mikasa? –preguntó el muchacho dejando sus arvejas de lado.

–Celos son... –guardó silencio un momento buscando una forma de explicárselo a un niño –Por ejemplo, cuando Merriel –el hijo del señor Elliot –Va a jugar con otros amigos y tú querías que jugara contigo. Te sientes mal y triste –explicó con suavidad –Esos son celos. Porque crees que puedes perder el cariño de otra persona y que otros son más importantes que tú.

Taki ladeó la cabeza.

–Me gusta que Merriel tenga otros amigos –dijo con simpleza –Entiendo que yo no puedo ir a jugar con ellos, pero está bien que él sí pueda. A veces quisiera poder ir con él a jugar con los otros chicos, pero sus papás me miran raro. No les gusto porque me tienen miedo –calló un segundo –¿Por qué nos tienen miedo, Mikasa?

–Porque nos vemos diferentes –respondió su hermana con tranquilidad –La gente le tiene temor a quienes se ven diferentes –hizo una pausa –Por eso Merriel es importante para ti, por eso Eren es importante para mí. ¿Entiendes?

Taki tomó otra vaina de arvejas y comenzó a sacarlas con cuidado de no botar ninguna al suelo. Mikasa volvía a sus papas. Peló un par para cuando Taki volvió a hablar:

–¿Por qué Jean no nos tiene miedo?

–No lo sé –respondió Mikasa dejando las manos sobre la mesa –Supongo que no estuvo expuesto a todos los comentarios sobre nuestros orígenes. Recuerda que es del muro Rose, no es lo mismo para él que para alguien del muro María. Para lo que otros es temor, para él fue curiosidad –miró a su hermanito –¿Sabes? Yo también tenía mucho miedo de los otros. Aun lo tengo. Pero no tengo miedo de él.

–¿Por qué?

–Porque es totalmente inofensivo –respondió con una risita –Detrás de ese uniforme y esa actitud engreída, hay una buena persona, con buenos sentimientos. ¿Verdad que sí?

Taki asintió.

–¿Vas a casarte con Eren?

Mikasa se rio y negó. Taki y su obsesión heredada por su madre. Le daba ternura como para su hermanito, el que ella se casara era como el fin de un cuento de hadas.

–No –volvió a reír y le revolvió el cabello –Deberías dejar de preguntarte si me voy a casar con cada hombre joven que pase por la puerta. Sé que muchas chicas de mi edad ya están casadas e, incluso, tienen hijos. Pero no es mi plan de momento. Mi plan de momento es que este campo pueda producir una gran cosecha, que vuelta a ser lo que fue cuando era niña. Que nunca falte comida en la mesa y que papá no tenga jamás que irse por mucho tiempo para que estemos bien. Y tú, cuando estés mayor, podrás ayudarme.

Taki ladeó la cabeza. Mikasa volvía a tomar una papa.

–Yo pensaba que te ibas a casar con Eren, porque le sonreías mucho –Mikasa se sonrió –Con Jean no eres así. Siempre le estás gruñendo y regañando. Ayer entendí por qué no te quieres casar con él.

Mikasa volvió a reír.

–¿Por qué sería según tú?

–Una vez me dijiste que cuando pensabas en casarte con alguien, no lo hacías con Jean. Ayer me di cuenta que te sueñas casada con Eren. Pero no estés triste porque eso ponga triste a Jean. Creo que pueden seguir siendo amigos, aunque te cases con Eren.

–No voy a casarme con Eren –insistió algo molesta esta vez –No quiero casarme con Eren. Es un amigo a quien quiero mucho y de quien no supe nada durante años. Por eso sonreía, porque estaba feliz. Estás viendo todo como blanco y negro. Que esté feliz de ver a un amigo, no significa que esté enamorada de él. ¿Entiendes? –Taki asintió –El amor es mucho más que la felicidad. Mira a mamá y papá. Ellos se aman, nos aman. Han pasado por muchas cosas juntos. Han salido adelante juntos. Son un equipo, son los mejores amigos. El amor es la decisión de construir algo con una persona que te hace feliz, pero que sabes que, cuando las cosas no estén bien y no todo sea felicidad, será tu mejor aliado y la persona que te apoye a ser mejor cada día.

–¿Entonces te vas a casar con Jean?

Mikasa soltó una espiración risueña.

–¿Quieres que te cuente un secreto? –le preguntó cómplice –Lo estoy considerando. Pero, primero que nada, tenemos que lograr que este campo vuelva a ser lo que fue. Sacaremos esto adelante, todos juntos. Sé que podremos. Las cosas han cambiado y, finalmente, podremos reponernos de todo.

Maika ingresó en la casa llevando una gallina descabezada y desplumada. La dejó dentro de una olla con agua hirviendo y se lavó las manos en una batea con agua junto a la estufa. Pasó la mirada por sus hijos, quienes parecían de lo más cómplices haciendo las verduras.

–¿Por qué están tan misteriosos? –preguntó Maika.

Mikasa continuó pelando las papas, Taki miró a su madre sonriente.

–Mikasa me contó un secreto. Me dijo que estaba considerando casarse con Jean.

La chica dejó la papa a medio pelar sobre la mesa y le tiró la patilla, Taki se quejó. Mikasa lo reprendió que era un secreto y que los secretos no se contaban. Taki se defendió en que los secretos de a dos no son de Dios y que su mamá decía que en la familia no había secretos. En esa trifulca se encontraban cuando Maika se sentó frente a Mikasa.

–Taki, ve a ayudar a tu papá. Está cortando leña.

El chico se bajó de la silla y salió de la cabaña dejando a ambas mujeres solas. Mikasa volvió a tomar la papa y reanudó su trabajo.

–Mikasa, mírame –le ordenó en tono neutro, la chica alzó la mirada –¿A qué estás jugando? ¿Crees que es justo?

–No estoy jugando a nada, mamá –dijo sin entender nada –Taki debería dejar de meterse donde no le importa.

–Y tú deberías tener un poco más de consecuencia –dijo su madre severa –Ayer te disparaste a los pies directo. Entiendo que estuvieses entusiasmada con la presencia de Eren. Lo extrañabas y fue la gran motivación de dirigirte al pueblo la primera vez. Te quedabas hasta tarde planeando qué escribir en tus cartas. Todo eso lo entiendo. Pero si quieres que otros entiendan eso, estás muy equivocada. No estoy enfadada por la visita, no me mal entiendas. Sé que estás muy feliz por ello –hizo una pausa –Pero eso no te da ningún derecho de herir los sentimientos de otros. Menos cuando ahora estás "considerando" una relación con la persona a quien le demostraste que te importa un rábano su presencia o no.

–¿Qué yo qué? –exclamó –Son cosas diferentes. Eren es mi amigo...

–Y espero que Jean lo haya entendido igual que tú. Porque será un milagro que lo encuentres después que se derritan las nieves.

–¡Ay, por favor!

–Por favor, nada –sentenció la madre –Ayer te comportaste como si tu mundo girara de pronto en torno a Eren. Cuando, jamás se te olvide, que ese chico dejó de venir a Boeringa cuando se hizo recluta –alzó la mano para tocarse el meñique, pasó al anular –Segundo, jamás escribió antes que tú lo hicieras, el del medio –Apenas lo veías un par de días en el año, ni siquiera lo conoces bien –el índice –Entiendo tu entusiasmo, pero fue desmedido. Nunca debes olvidar a quienes han estado por ti cuando el mundo se vuelve en tu contra –bajó las manos y las dejó sobre la mesa –Pudiste hacer las cosas de manera diferente, muy diferente.

–¿Resulta que ahora tengo que medir cada cosa que haga pensando en si Jean va a tergiversarlo igual que tú? No es un niño que no pueda ponerse en mi lugar y entender mi entusiasmo...

–Él sí tiene que ponerse en tu lugar, pero tú no puedes ponerte en el de él. Básicamente le dijiste que no te interesaba si él estaba o no. No te interesaba ayudarlo con su casa... cuando él se deslomó por nuestro campo y si tenemos ese campo labrado es por él. Ten un mínimo de respeto por los sentimientos ajenos. Si las cosas hubiesen sido al revés, estarías llorando en tu habitación y jurando que jamás volverías a verlo en tu vida. ¿Te recuerdas cuando te peleaste con esa chica del campo de Vilken? ¿El año antes que decidimos que no volverías a trabajar allí? Estabas tan dolida y tan triste. Lo único que querías era desaparecer.

–Tenía doce años, no veinte. Estás mezclando peras con manzanas.

–No, Mikasa –dijo su madre negando con la cabeza –Las emociones no pasan por la cabeza. Siempre duelen, el cómo podemos controlarnos y vivir con ello es la diferencia que hace la edad. Le demostraste que no importa cuánto puedes dar por otra persona, puede más un recuerdo y una añoranza. Finalmente, que las ilusiones son más importantes que los hechos. ¿Qué ha hecho Eren por ti durante estos seis años? Te lo pregunto con todo el amor que te tengo. Porque no ha hecho nada más que responderte un par de cartas y venir a verte.

–Ahora todo se basa en deudas, ¿no?

Maika suspiró. La observó en silencio un momento.

–No. No se basa en deudas, no es lo que quiero decir. Quiero decir que si quieres a alguien, debes valorar lo que esa persona haya hecho por ti y respetar el afecto y sacrificio con que lo hizo. No es deber, es respeto. Tu displicencia hacia Jean dejó de ser gracioso cuando ya no fue un juego entre los dos, sino que involucró a alguien más. Le diste una respuesta a las dudas que tu jugarreta pudo instalar durante todo este tiempo. Ayer le demostraste que para ti no importa más que cualquier persona del pueblo. Ni siquiera es un amigo, porque nunca se mira en menos las cosas que le importan a un amigo. Si él no tuviese un interés romántico por ti, sería igualmente doloroso. ¿O acaso no estabas triste cuando Eren no respondía tus cartas? Creías que no era importante para él, ¿verdad? –Mikasa asintió –Ahora te demostró que sí eras lo suficientemente importante como para pasar a verte luego de haber recibido tus cartas. Y escucha bien lo que te dijo: luego de haber recibido tus cartas. No antes, no espontáneamente –hizo una pausa –No es culpa de Eren. No lo culpo por ello. A veces la importancia de algunas personas en la vida no es necesariamente recíproca. Pero, cuando sí lo es, debemos cuidar del afecto de la otra persona. Todo afecto requiere ser cuidado, tal como cuidamos el campo. Si queremos a otra persona, debemos demostrarle todos los días que nos importa, que la cuidamos, que la queremos. Porque, si no lo hacemos, se va a secar, tal como cuando no regamos la huerta. No hay excusas que valgan para cuidar del huerto. Si no lo cuido todos los días se va a arruinar –Mikasa bajó la vista –No basta como que solo esté ahí, para que siga ahí debemos cuidarlo. Y agradecer que tenemos algo hermoso que atesorar. Tal como nosotros cuidamos de la huerta, luego ella nos da sus frutos. Así funciona el amor. ¿Entiendes?

Mikasa dejó el cuchillo sobre la mesa y se puso de pie. Simplemente salió de la cabaña sin decir palabra. Maika entendió que había logrado hacerla comprender. Sintió que el corazón se le hacía pequeñito solo de verle el rostro descompuesto, pero ser madre no era solo amar, sino también decir las verdades por muy dolorosas que éstas sean.

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–¿Te sientes bien? –preguntó Benson ingresando a la oficina viendo a Jean con el escritorio junto a la chimenea –El frío de Boeringa logró calársete en los huesos, ¿no? –agregó de buen humor –Debe estar por nevar, entre hoy y mañana.

–Debería preocuparme de conseguir unas mantas extra –respondió Jean dejando un momento los informes de recaudación –Si está así de frío hoy, no me quiero imaginar cómo va a ser en cuanto nieve.

Benson asintió. El sargento parecía de buen humor, quizás los rumores de sus compañeros no eran nada de qué preocuparse. Los problemas de faldas siempre estarían y, como tales, serían superados. En Boeringa había varias chicas casaderas y guapas.

–Deberías tomarte el resto de la tarde para alistar tu nueva casa. Enciende la chimenea como primera cosa –le advirtió –Luego vas a comprar esas mantas –recomendó –Por cierto, llegaron las botellas de licor que pediste hace unos meses. Para que aproveches de llevarlas a la casa.

Jean asintió.

–Saquen una botella cada uno –le dijo con una ligera sonrisa –Para pasar la nevazón –bromeó.

–Como digas, sargento Kirstein –se cuadró contagiado del buen humor –Y, en serio, tómate la tarde. No querrás que la nieve te pille sin lo necesario y tengas que pasar la tormenta en el cuartel. Eso es solo para valientes –se halagó, ya que era el único que vivía en el cuartel, el resto tenía sus familias –Que tengas buena tarde.

–También tú –respondió Jean.

Se puso de pie y un escalofrío lo recorrió. Se frotó los brazos y se llevó una mano a la frente. Estaba afiebrado. Tanto estar junto a la chimenea le estaba sentando mal. Si era una gripe, debería cuidarse un poco. Iría por ese licor y luego a comprar las mantas. No pudo evitar recordar el día de la feria cuando conversaron de ese tema con Mikasa. Respiró profundo, otra vez una punzada en la cabeza.

–Se supone que debería dolerme el corazón y no la cabeza –se lanzó una broma.

Repasó la oficina con la vista y la bajó a los reportes sobre el escritorio. Corrió el mueble de regreso a su lugar y guardó todo en una carpeta. Todo esto era más que ella, todo. No era un chiquillo, era el sargento de Boeringa. Y, en cuanto terminara el invierno, se iría de putas a Shinganshina. Las mujeres van y vienen, él tenía una prioridad: sacar a ese pueblo adelante. Con Mikasa o sin Mikasa, las injusticias se debían detener. Y, si llegó a ese pueblo fue por eso.

Salió de la oficina y recogió la caja de botellas, de las cuales ya faltaban varias. Se despidió de buen humor de sus colegas. Nada había cambiado demasiado desde que era un muchacho, seguía siendo un perdedor con las chicas, seguía teniendo demasiado ego para su propio bien. Pero si la llegada de Eren le dejó algo, fue que, tal como él, había determinado que su vida estaba destinada en resguardar la seguridad de otros. Eren luchaba por la libertad de la humanidad, él luchaba por mantener la paz dentro de los muros.

Ingresó a la casa y dejó la caja a un lado. Aun cuando le dolía la cabeza, terminó de retirar las cosas que habían sobrado de las reparaciones. Las dejó en el patio trasero, en un pequeño galpón. Volvió a ingresar a la casa y miró hacia el ventanal que daba al patio.

–Las cortinas visten una casa –comentó antes de tomar la caja –Eso es muy cierto.

Dejó la caja de licores en la cocina y volvió a salir para ir por las mantas. Haría que todo valiera la pena. Todo. No dejaría que una ilusión, sobre la que comenzó a escribir esta historia, tirara abajo todo. Demostraría, una vez más, de lo que estaba hecho. Tesón y una cuota importante de tozudez. Como lo había dicho alguna vez, todo comenzó por Mikasa. Pero no tenía por qué terminar con ella. Dolería, sí. Un montón. Sin saber cómo, se había enamorado de ella y no estaba en sus planes. Tendría que aprender a vivir con eso, hasta que un día se hubiese esfumado. Porque se tendría que esfumar, ¿verdad?

Al menos tendría todo el invierno para templar su corazón.