La pequeña cabaña de los Ackerman se mantenía especialmente cálida todo el invierno, Albert se preocupaba de mantener el fuego vivo en todo momento y para ello se había hecho de leña como cada año. Maika tenía la mesa llena de harina y se empeñaba en luchar con la masa, la que prácticamente arrojaba sobre la superficie para lograr que el pan quedara esponjoso. Según ella, ese era el secreto.

Taki estaba sentado en el suelo junto a la chimenea leyendo un libro, mientras Albert ingresaba retirándose las botas. Todos los días debía asegurarse de palear la nieve lejos de la puerta tanto de la casa como el potrero donde almacenaban lo necesario para pasar el invierno. Era un trabajo arduo mantener los alrededores sin nieve, pero debía aprovechar que ese día había dejado de nevar.

-¿Cuándo acabará el invierno? –preguntó Taki a su padre mirándolo desde su posición.

-Solo ha pasado un mes, hijo –respondió Albert revolviéndole el cabello –Un falta más de la mitad.

El chiquito soltó una espiración pesada y su padre pasó a calentarse frente a la chimenea retirando una silla para acercarla al fuego.

-El invierno es aburrido sin Mikasa –comentó el chiquito con un gesto triste –Pero ella está bien, ¿verdad?

-Seguro que sí –respondió el padre de buen humor –Llegó al pueblo. No te angusties por eso. A la velocidad que iba montando llegó en tiempo record, eso te lo aseguro –Taki sonrió amplio dejando ver el espacio del último diente que había perdido –Y no es una chica tonta, no volvería jamás con una tormenta desatándose.

Maika se sacudió las manos en el aire para retirar en algo la harina y luego se despejó la frente con la muñeca.

-Al menos las cortinas le gustaron por mucho que reclamara –comentó la mujer al aire y Albert se volteó hacia ella -¿Dónde crees que está ahora? No te hagas el desentendido –Albert se sonrió divertido –Espero que se esté comportando y ahora mismo no se estén sacando los ojos.

-¿Quiénes? –preguntó Taki algo perdido.

-Jean y Mikasa, claro –respondió Maika pasando a cortar la masa para hacer bolitas –No puedo creer que esa chiquilla imprudente se marchó al pueblo. Antes no quería asomar la nariz por allí y ahora se marcha para pasarse todo el invierno.

-Sus razones habrá tenido –respondió Albert volviéndose nuevamente al fuego.

-Por supuesto que sí –dijo Maika dejando una bolita separada –Taki, ve al cuarto.

El muchachito cerró su libro y se puso de pie para ir hasta la habitación y cerrar la puerta. Albert corrió la silla hasta junto a Maika, pasó a lavarse las manos en la batea junto a la estufa y se las secó en un paño antes de volver a la mesa y tomar un trozo de masa para ayudar a su esposa.

-No estoy preocupada por Mikasa, Albert –murmuró Maika –Sé que debe estar bien y que Jean, por muy dolido que pudiese estar con Mikasa por su falta de tino, jamás la dejaría sola. Solo me preocupa la reacción de la gente del pueblo.

-¿Cuál reacción? –preguntó Albert sin entender dejando una bola de masa a un lado –Ya deben estar acostumbrados a su presencia después de verla desde el verano ir y venir. Si supiera que está sola allí, estaría preocupado. Pero no es el caso. Si se hubiese empleado en el pueblo en casa de alguien temería por ella a cada segundo. Una muchacha siempre corre peligro en un mundo donde los poderosos creen que pueden hacer lo que deseen con los pobres. Menos teniendo en cuenta que Mikasa es mestiza –Maika asintió –Pero el pueblo es un lugar seguro para ella. Ahora lo es.

Maika cortó otro trozo de masa y comenzó a moldearlo en sus manos.

-Al menos habrá pasado poco tiempo hasta primavera –comentó mirando a su esposo con una sonrisa –No se le notará la preñez para cuando se case.

Albert se largó a reír de buena gana. Pero, al ver que Maika no reía, se detuvo.

-No bromeas…

-No –respondió dejando la bola a un lado –¿Crees que puedes encerrar a dos jóvenes enamorados en una casa durante tres o cuatro meses sin que se les olvide el pudor? –Albert calló –Por supuesto que no. No pongas esa cara, mi amado esposo. Al menos no andarán dando un espectáculo en el cuartel, tienen su casa donde andarse refregando por los rincones. La única forma que eso no ocurra sería que alguno de los dos estuviese enfermo todo el invierno.

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-¡Qué puto frío que hace! –exclamó Mikasa entrando a la casa.

Jean sacó la vista del libro que se había pasado leyendo hace un par de días. Finalmente podía ir hasta la sala y poder sentarse frente al fuego a hacer como que la vida era de lo más normal. Mikasa se retiró aquel abrigo que le quedaba demasiado largo y al que tenía que doblarle las mangas. También hizo lo propio con sus botas y caminó descalza hasta la chimenea donde dejó las botas al frente y ella se sentó en el suelo con los pies hacia el fuego en una postura bastante infantil doblando y estirando los dedos. Apoyó la espalda contra el sillón junto a una de las piernas del sargento.

-¿Mucha nieve en el camino?

-No tanta en realidad, solo me hundía así tanto –dijo llevando la cabeza hacia atrás para verlo y juntando el pulgar y le índice –Haller dijo que Benson vendría mañana a dejarte otros documentos.

Dobló las piernas para alcanzar las calcetas y finalmente se las retiró para dejarlas a un lado.

-Ponte otras calcetas –le dijo Jean indicándole a los pies –No te hace bien estar con los pies así frente la chimenea. Puede que te resfríes.

-Cierto –respondió la chica poniéndose de pie –¿Luego quién cuidaría de ti? –bromeó caminando hasta la escalera -¿Quieres cenar ya?

-Puedo esperar –afirmó –Y sería bueno que te cambiaras la falda –le indicó el ruedo y Mikasa bajó la vista –Pareciera que la nieve no estaba tan baja como dijiste y la arrastraste contigo todo el camino hasta el cuartel.

-¿Te he dicho que tienes complejo de padre? –respondió subiendo las escaleras recogiendo ligeramente su falda.

Jean dejó el libro a un lado. "El burro hablando de orejas". Se rió ante ese pensamiento y se apoyó en el sillón para ponerse de pie. Tenía que reconocer que Mikasa tenía razón, la recuperación sería cosa de paciencia. Lo había corroborado las últimas semanas en las que había logrado poder recobrar un poco la independencia. Al menos podía ya deambular por ahí y no estar anquilosado como un viejo tullido. Se agachó con algo de esfuerzo para recoger las calcetas que Mikasa había dejado tiradas en el suelo. Estaban mojadas. Las dejó sobre la silla de la cabecera de la mesa y fue hasta la chimenea para tomar una de las botas. La volteó y tocó la punta logrando separar la suela del cuero sin mayor dificultad.

-Mikasa –la llamó lo suficientemente fuerte como para que pudiese escucharlo.

-¿Qué? –escuchó en respuesta desde arriba -¿Necesitas algo de aquí?

-Necesito que bajes.

Al cabo de un momento, se escucharon pasos acelerados y bajó terminando de abotonarse la falda y dándole una vuelta alrededor de su cintura la acomodó cuando ya llegaba a la planta baja. Terminaba de introducir la blusa dentro de la falda.

-¿Qué? –volvió a preguntar al verlo de pie con una de las botas en la mano.

-¿Cómo que qué? –contra preguntó Jean -¿Hace cuánto que se arruinaron tus botas? –Mikasa se alzó de hombros -¿Me vas a decir que te has paseado por todo el pueblo con unas botas que se pasan? –Mikasa volvió a alzarse de hombros –Está bien que seas orgullosa, eso lo acepto. Pero ni tu padre ni tu madre dejarían pasar algo así.

-No seas escandaloso –dijo Mikasa con descuido y le retiró la bota de la mano para dejarla nuevamente junto al fuego –Se arruinaron hace un par de días –se sacudió las manos y lo miró de frente con las manos en las caderas –Solo cedió el pegamento por la nieve, son cosas que pasan. ¿O querías que fuera con tus botas que me deben quedar enormes y caminaría como un pato?

-Por supuesto que no –comenzaba a molestarse por la actitud de la chica –Llevas esta casa, sabes dónde guardo el dinero, era cosa que compraras unas nuevas y ya.

Mikasa pasó tras de él y se dirigió a la cocina ignorando por completo sus palabras. Jean la siguió con la mirada girándose sobre los talones. La puerta de la cocina estaba abierta y la podía ver sacando unas verduras de una bolsa. Las puso un tiesto con agua para limpiarlas. Jean caminó hasta la puerta y se apoyó en el marco a verla enjuagar las verduras.

-Mikasa…

La muchacha se volteó y sacando una mano del tiesto le indicó un piso de madera junto a uno de las despensas. Jean ingresó de pleno en la cocina y se sentó en aquel piso. La chica sacó un par de zanahorias del tiesto y tomando otro las dejó sobre el regazo del sargento y le entregó un cuchillo. Volvió a su lugar y sacó unas papas que comenzó a pelar de pie dándole la espalda.

-¿Vas a seguir ignorándome?

-No te ignoro -respondió la chica aun sin mirarlo -Te pasé las zanahorias, ¿no? -hizo una pausa -¿Te parece bien un guiso de verduras con papas doradas?

Jean bajó la vista a las zanahorias y comenzar a pelarlas.

-Me parece bien -respondió poniendo atención a su labor o, más bien, intentando interpretar el silencio de la chica -Te ofendí, ¿cierto?

Mikasa negó y su trenza se movió de un lado al otro. Continuó en silencio. Al rato se volvió, Jean terminaba las zanahorias. Lo espero para luego retirarle el tiesto.

-¿Podrás picar las verduras? -preguntó.

Jean se puedo de pie y llegó hasta ella. La chica dejó frente a él una tabla y un cuchillo. Dejó las papas sobre la tabla junto con las zanahorias. Se movió hacia un costado, sacó otra tabla y comenzó a pelar una cebolla.

-¿No prefieres que lo haga yo? -preguntó Jean.

-No, estoy bien -dijo haciendo a un lado las primeras capas.

Antes de continuar puso una olla con un poco de agua al fuego. No teniendo nada más que hacer para ayudarla en la cocina, Jean se volvió hacia el piso.

-Vuelve frente al fuego, la cocina está algo fría. Te puede sentar mal -le indicó dando el primer corte a la cebolla.

No había caso con intentar hablarlo. ¿Por qué tenía que ofenderse por algo así? Porque claramente estaba ofendida aunque no lo aceptara. Dejando su lugar en la cocina volvió al sofá siendo seguido por la mirada de Mikasa. Volvió la vista a la cebolla para continuar picando mientras los ojos se le irritaban y comenzaba a picarle la nariz. Se llevó la muñeca a los ojos para despejar las lágrimas y sorbió los mocos.

En la sala Jean no sabía si Mikasa sorbeteaba por la cebolla o porque estaba llorando por su orgullo herido. ¿Por qué tenía que ser así? Él no quería hacerla sentir mal, sino todo lo contrario. No era justo que cuidara de él y él no cuidara de ella en cosas que podía hacerlo. No podía ayudarla a limpiar ni a lavar. Con suerte era útil manteniéndose un tiempo de pie como para picar verduras, tender la ropa y hacer la cama.

La escuchó poner las verduras en la olla y taparla. Luego el correr del agua para lavarse las manos y la cara. Supuso que hoy no volvería a sentarse a su lado mientras esperaba que se terminara de cocer la cena. La vio subir con una cesta y al tiempo bajar con la cesta con ropa. Se sentó junto a él dejando la cesta en el suelo y comenzó a emparejar calcetines. Al tiempo de estar en silencio, finalmente éste se rompió.

-Cuando fui donde Testart hace una semana a comprar la pata de jamón que me encargaste, escuché a la señora Testart decirle a su esposo que se me veía más saludable. Que seguro me estaba… -hizo una pausa -que estaba… -se le quebró la voz -que me estaba cobrando la comida abriéndome de piernas. Y yo… cuando se arruinaron mis botas pensé en pedirte que me prestaras el dinero, pero si compro botas nuevas seguirán diciendo esas cosas horribles -puso sus manos sobre la falda y la apretó con fuerza -Odio este pueblo, odio a la gente… quiero volver a casa.

Se largó a llorar llevándose las manos al rostro. Jean la atrajo hacia a él para rodearla con firmeza mientras Mikasa se deshacía en llanto y su cuerpo temblaba. Su respiración era entre cortada y era un llanto que parecía no terminar.

-No volverás a salir de la casa si no quieres. Le diré a los muchachos que vayan por las compras. Solo harás una lista de lo que necesites por semana y ellos se encargarán. Sé que no habrá problema. Pero, por favor, no llores más, porque no sé qué hacer. Solo puedo sentir culpa por ponerte en una situación así. Lo siento, es mi culpa. Si yo no hubiese enfermado… si no me hubiese comportado como un niño inmaduro cuando Eren vino de visita, jamás hubieses tenido que venir hasta aquí.

Pero Mikasa estaba completamente quebrada. Odiaba todo eso, odiaba a la gente chismosa y mal intencionada. No solo era una bruja, ahora era una prostituta. Lo único que le quedaba frente a esa gente que la denostaba, su dignidad, ya no existía. No era una mujer decente ni orgullosa. Ahora era una vulgar mujer que se vendía por un plato de comida. Odiaba todo. Solo quería ir a casa, esconderse por siempre en la cabaña y no salir jamás de ahí.

-¿Por qué no me lo dijiste antes? -murmuró Jean cuando el llanto se calmaba de a poco.

Mikasa se apartó ligero y se pasó la manga por el rostro. Con las manos despejó el cabello de su cara. Fue Jean quien terminó de ordenarle el cabello tras las orejas.

-Porque te sentías abrumado por todo lo que está pasando -respondió con voz bajita y aún húmeda del llanto -Quería que te sintieras mejor, que estuvieras más animado. Tú eres quien importa ahora -le sonrió ligero.

Jean le acarició las mejillas retirando la humedad de ellas.

-Pero tú eres quien más me importa -respondió y ella soltó un suspiro -De verdad, lamento mucho que estés pasando por todo por mi culpa -Mikasa negó -Nunca medí lo que podría ocurrir o, tal vez, ni siquiera pensé en ello. Recuerdo que bromeamos con lo del reverendo Castle, pero…

-No es tu culpa. No podría serlo -le dijo con voz suave -Te lo dije antes, fue mi decisión quedarme a cuidar de ti y sigo manteniendo mi postura -se volvió a recargar en Jean y se acurrucó, él la volvió a abrazar y la besó en la coronilla -No voy a irme de aquí. Solo que… siento que estoy sola contra esa horrible gente. Antes éramos cuatro contra ellos y estando en casa nada podría dañarme. Pero aquí estoy expuesta a todos ellos.

La tapa de la olla comenzó a golpearse indicando que estaba hirviendo su contenido. Mikasa se puso de pie rápidamente para llegar a la cocina y destapar la olla. Jean la vio dejar la tapa sobre el mesón e introducir una cuchara de palo.

Volvió a ponerse de pie para ir hasta la cocina, se quedó en el umbral de la puerta.

-No estás sola, Mikasa.

La chica lo miró un momento con una dulce sonrisa, volvió a concentrarse en la olla. Soltó un suspiro.

-Gracias. Pero no lo entiendes -respondió en un ligero murmullo. Retiró la cuchara dejándola sobre un pequeño plato -Ve a sentarte frente al fuego -le indicó con un fingido regaño.

-Solo si vienes conmigo.

Mikasa lo miró un instante, parecía bastante serio. Sacó la olla del fuego, puso un paño sobre el tiesto con papas en rodajas listas para dorar. Si bien él le extendió la mano para llevarla de regreso al sofá, fue Mikasa quien terminó apoyándolo. Tomó una manta que estaba sobre un sillón y le cubrió las piernas. Se sentó junto a él con la mirada en el fuego.

-Sí lo entiendo -Jean alzó la voz -Para mí los asiáticos y la purga no era más que una historia muy vieja y que no parecía real -Mikasa lo miró con atención -Hasta que supe que en Boeringa vivían los últimos de ellos. La purga ya terminó, pero hay cosas que se quedan en las personas: los prejuicios, el miedo, la desconfianza -hizo una pausa para fijarse en las reacciones de Mikasa -Yo soy un simple tipo que no tiene nada de especial. Nadie podría decir que hay algo diferente y llamativo en mí. Salvo ser muy alto, lo que es un problema muchas veces -agregó de buen humor -Nunca sabré lo que se siente ser diferente ni que todos me apunten con el dedo solo por algo sobre lo que no tengo culpa alguna. Pero cualquiera puede inventar cosas de alguien y echar a correr un malicioso rumor -le tomó las manos -Sé que ya te lo dije, pero volveré a hacerlo. Eres la mujer más hermosa que haya visto en toda mi vida. Y si hay algo que temer de los asiáticos es que pueden destruirte con un par de palabras bien dichas -Mikasa le sonrió -No dejes que las palabras del resto sean las que te destruyan, ¿si? No estoy diciendo que no te molestes, porque yo mismo estoy muy molesto, pero no dejes que te hagan creer que eres lo que dicen -ella asintió -Además, mírame. Soy un maldito anciano tullido. No podría cogerme a nadie en este estado.

-¡Por Dios, Jean Kirstein, no estás en el cuartel con tus amigotes!

Se puso de pie rápido y a zancadas regresó a la cocina. Bueno, al menos ya tenía ganas de discutir. Un gran avance.

-Las cosas que tengo que aguantar -mascullaba, pero lo suficientemente fuerte como para que él la escuchara -Me desvivo todo el día para que esta casa funcione, para que haya comida y esté todo limpio. Y tengo que soportar ese lenguaje de taberna…

Jean la escuchaba risueño y volvía a tomar el libro para buscar dónde había quedado. Antes de retomar la lectura la observó con atención. Había dado su palabra en mantener las cosas lo más neutrales dentro de lo posible, pero no podía quedarse sin hacer nada. Él mismo, con su insistencia, había hecho que el pueblo especulara sobre la relación que ambos mantenían. Fue gracioso y anecdótico hasta antes que llegara el invierno. Una convivencia de dos personas a las que se asumía como novios o amantes no sería aceptada por nadie. Ni en Boeringa ni en ninguna de las ciudades amuralladas. Sea donde fuere, todos iban a hablar.

Desvió la mirada hacia las botas junto a la chimenea. Daba lo mismo si Mikasa comprara unas nuevas, si de pronto terminara vistiendo como la hija de Ritze o alguna de las chicas Gruen. Siempre iban a hablar. Aun cuando siguiese siendo la misma Mikasa de siempre, iban a hablar igual. Solo porque ella tuvo un corazón tan generoso como para ponerlo a él por sobre su familia y sobre ella misma. Mikasa no era una chica tonta, sabía a lo que se arriesgaba y, de todas formas, lo hizo.

Escuchó el crepitar del aceite y a Mikasa verter algo dentro, seguro eran las papas. ¿Cómo hablar con ella sin que se sintiera ofendida, presionada, incómoda o lo que fuese que pasaría en su mente?

La cena transcurrió en silencio, no uno incómodo. Jean continuaba dándole vueltas a una solución en su cabeza, mientras que Mikasa pensaba que no debió decirle a Jean todas esas cosas y sumarle problemas. Pudo, simplemente, decirle que compraría botas nuevas y todo hubiese quedado hasta ahí. Ahora daría más que hablar, los chicos del cuartel podían ser bastante prudentes y tener buena voluntad, pero podrían sentirse molestos de tener que asumir cosas que no correspondían a sus funciones. No quería que luego eso los llevara a enemistarse con Jean.

No podía dejar de pensar en ello, mientras él ya estaba a su lado ayudándola a lavar la loza.

-Lo menos que quiero es traerte problemas con los muchachos –dijo Mikasa tomando el plato desde las manos de Jean –No quiero que ellos tengan que hacerse cargo de cosas que yo puedo hacer –tomó un paño para secar la loza –La gente seguirá hablando, porque es lo que hacen. Ya lo hicieron una vez, hace bastantes años ya –dejó el plato sobre el mesón y tomó el siguiente desde la batea –Mamá tuvo muchos problemas para poder sostener sus embarazos luego de tenerme a mí –Jean se la quedó mirando dejando olvidado el servicio en el fondo del agua –El doctor Jaeger nos visitaba seguido por lo mismo. No solo era mi frágil salud, sino que la de mi mamá también. El frío, el hambre y el trabajo extenuante tienen repercusiones en niños, mujeres y ancianos –hizo una pausa y metió las manos al agua para enjuagar las cucharas –Cuando estaba por cumplir los catorce años, mamá volvió a embarazarse. Mis padres no hablaban de ello frente a mí, solo me enteraba cuando ya había ocurrido la pérdida. No son cosas que deban saber los niños, los embarazos son complicados –sacó las cucharas y las sacudió en el aire, tomó el paño –Coincidió con que papá, luego de ese verano, no permitió que volviera donde los Vilken. Fueron una serie de eventos seguidos los que, en la mente podrida de esta gente, terminaron por hacerlos creer que, como mamá no podía sostener un embarazo, Taki no podía ser más que mío.

Jean la miró de reojo y refregó uno de los cuchillos bajo el agua.

-Lo sé, alguien me hizo ese comentario –dijo manteniendo ahora la vista en el cuchillo, lo dejó nuevamente en el agua para tomar el siguiente.

Hubo silencio hasta que Jean sacó ambos cuchillos y los sacudió para entregárselos a Mikasa. Ya no quedaba loza dentro de la batea.

-¿Y lo creíste? –preguntó la chica comenzando a sacar los cuchillos.

-No es de mi incumbencia –respondió tomando los platos que estaban sobre el mesón para guardarlos en una de las gavetas –Hubiese sido verdad o no, no cambiaría en nada lo que pienso ni lo que siento por ti –cerró la gaveta y fue por los servicios. Abrió el cajón –Los hombres podemos ser muy hijos de puta y tomar ventaja de las mujeres prometiéndoles el cielo y la tierra, pero cuando eso tiene consecuencias, huimos lo más rápido que podamos. Si hubiese sido verdad, no serías ni la primera ni la última mujer en el mundo que hubiese tenido que afrontar una situación así. Y, cuando eso pasa, generalmente es la familia de esa mujer, la que asume la paternidad del hijo –dejó el servicio dentro del cajón y lo cerró –Nadie que tenga una cuota de cordura culparía a una muchacha por lo que un aprovechado sin corazón pudo hacerle. O, al menos yo, no lo haría.

Mikasa se mantuvo en silencio mientras Jean cargaba la tetera con agua y la ponía al fuego.

-¿Vas a querer un té? –le preguntó cuando iba a sacar las tazas.

-¿Cuándo escuchaste ese rumor? –preguntó Mikasa sin responder, Jean sacó dos tazas de igual forma.

-Después que Eren estuviera en Boeringa –respondió con voz plana –De hecho, para el pueblo él es el "padre" de Taki –hizo las comillas en el aire antes de abrir una de las despensas y sacar una lata de galletas.

-¡No puedo creer que te lo tomes con tanta calma! –exclamó Mikasa roja de la furia -¡Te das cuenta! ¡Eso es lo que digo! Esta gente de mierda se llena la boca inventando cosas de quienes no podemos defendernos. Ni siquiera asomaba mi nariz en este pueblo y ya todos tenían algo que decir de mí. ¡Y te lo dijeron más encima!

-Prefiero saberlo –dijo Jean apoyándose en el mesón –Así puedo decirte que, verdad o mentira, no me importa. O sea, sí me importa, pero no por Taki, sino por ti. Y antes que vayas a lanzarme cuanto plato y vaso exista en esta casa por la cabeza, voy a dejar las cosas claras –Mikasa dejó un vaso de regreso en el mesón –Una cosa es tener sentimientos por una chica que ha tenido un hijo con alguien más, eso le puede pasar a cualquiera y, aunque para otros sea algo espantoso, para mí no lo es. Pero, diferente es tener sentimientos por una mujer que ha tenido un hijo con alguien más a quien espera siéndole fiel más allá del tiempo y la distancia. Esa, es una batalla perdida hasta para el mejor soldado.

Tomó la caja de galletas y la llevó hasta el comedor. Mikasa fue quien terminó de preparar el té y dejó sobre la mesa. Jean sacó una de las galletas y le dio una mascada, la dejó en el platillo del té. Mikasa lo imitó.

-No le escribí a Eren porque lo esperaba fielmente más allá del tiempo y la distancia –dijo Mikasa rompiendo el silencio –De hecho, no me gustan esas historias. ¿Has leído alguna así? –Jean asintió –Pueden parecer románticas si se las lee por encima. Algo soñadoras y hacen creer que, si se espera lo suficiente y con todo el corazón, ese amor no correspondido llegará a sus brazos por el poder del amor. La vida no es así. No es que haya vivido mucho, ni tenga mucha experiencia… o más bien, ninguna –sonrió dulce –Pero, si el amor es como la huerta, si no hay nadie que cuide de ella, se va a marchitar y, tarde o temprano, morirá. La muerte no es romántica, el esperar eternamente no es romántico… es triste. La vida puede ser muy dura por circunstancias externas, pero no podemos volverla dura por opción propia, sino todo lo contrario –hizo una pausa y bebió de su taza –No fui a entregar una carta para recuperar un amor adolescente, fui a dejar una carta para saber de un amigo. Y, puede que haya sido un poco intensa…

-Mucho.

Mikasa frunció el ceño.

-Bueno, sargento Kirstein, puede que haya sido muy intensa –masculló y Jean se sonrió divertido –Pero tenía muchas ganas de recuperar el contacto luego de tantos años. Ahora, pensándolo bien, creo que di pie para que ese rumor resurgiera. Hago mi mea culpa.

-No es tu culpa, es la gente ociosa –respondió Jean.

-Sí, pero también te di una idea errónea de toda la situación. Aunque te lo merecías por aprovechado –dijo picándolo.

-¿Vas a sacarme eso en cara todavía? –gruñó Jean llevándose una galleta completa a la boca en actitud infantil.

-Toda la vida –respondió soltando una risa cantarina, Jean se llevó la taza a los labios –De hecho creo que es una buena historia para contarle a nuestros hijos.

Jean sintió como el té que ya llevaba a la mitad de la garganta se le desvió por el camino equivocado y comenzó a toser escupiendo todo fuera. Mikasa se levantó y le trajo un paño de la cocina. Él continuó tosiendo contra el paño y Mikasa limpió la mesa con total naturalidad. Volvió a sentarse y tomar de su taza hasta que Jean sintió que ya no moriría ahogado.

-Maldita sea, mujer. No se bromea cuando la gente está comiendo –masculló Jean con la voz húmeda aun del atragantamiento.

Mikasa dio un último trago a su té y lo dejó en la mesa. Se puso de pie.

-Ordena este desastre y deja el mantel en la batea con suficiente agua –se estiró –Iré a darme un baño.

Se inclinó para besarlo en la mejilla y se marchó escaleras arriba. Jean dejó el paño sobre la mesa. Esa mujer iba a volverlo loco… eso si ya no lo estaba.