Marty Hasse era una mujer nacida y criada en Boeringa, tal como su esposo. Se habían conocido de niños, se volvieron novios en algún momento de su adolescencia y, cuando Phillip fue designado nuevamente a Boeringa, contrajeron matrimonio. Tenían dos niños, de 14 y 11 años. Mientras Phillip estaba en el cuartel, Marty se hacía cargo de la casa y tenía un pequeño negocio de pasteles caseros. Eran una familia como tantas del pueblo, un pueblo tradicional, donde los hombres trabajaban en los campos y las mujeres se dedicaban a labores del hogar.
Los Hasse eran una familia tranquila, vivían en una casa dentro del pueblo, lo que le daba la posibilidad a Phillip de ir a almorzar con su familia. Sus hijos eran de los pocos que asistían a la escuela y, sus padres, no tenían mayores ambiciones para ellos. La hija mayor ayudaba a su madre en casa y con el pequeño negocio familiar, mientras el muchachito se preparaba para ingresar a la academia, tal como lo hizo su padre; y, quizás, retornar a Boeringa cuando se hubiese graduado.
-Estás raro, Phillip –comentó Marty cuando cortaba un trozo de pastel -¿Pasó algo en el cuartel?
Elisse, la hija de ambos, se quedó mirando a su padre con curiosidad. Franz, el menor se dedicaba a retirar la crema de sobre el pastel con un dedo, totalmente ajeno a la conversación. Phillip miró a su esposa, tratando de decidir si debía o no confesar el descubrimiento que hizo en el cuartel. No creía que Maurant o Haller fuesen a comentarlo con alguien más. Pero si Marty se enteraba que él ya estaba al tanto cuando terminara el invierno y para todos fuese evidente el matrimonio del sargento con Mikasa… se iba a armar la grande en su propia casa. ¡No quería ni imaginar cómo su esposita planearía su venganza por ocultarle esa noticia!
-Ay, Marty –suspiró el hombre con sin abandonar la reticencia de confesar –Solo pensaba en el sargento…
-¿Y qué con él? –preguntó la mujer sirviendo un trozo de pastel en un plato que le entregó a su hijo, el chico tomó de inmediato el tenedor para ensartarlo en el postre –Me dijiste que está mejor y que se recuperará pronto. Por algo Haller fue por el médico hasta Shinganshina, ¿no? Ese médico es muy bueno, dicen que logró parar los brotes de la peste en otros pueblos.
-Sí, se está recuperando y seguramente para primavera ya habrá regresado al cuartel y estará maldiciendo los informes de las cosechas –comentó con tranquilidad –Me temo que nos tendrá bastante ocupados durante todo ese tiempo –suspiró –sin contar con quién sabe qué idea se le ocurra para apoyar a los que tengan dificultades. Nunca pensé que sería así. Ni siquiera pensé que duraría hasta el invierno. Siempre decía que buscaría la forma de salir de Boeringa…
Marty dejó otro trozo de pastel frente a su esposo y otro para su hija.
-Bueno, no contábamos con el factor de la chica Ackerman –comentó con picardía mientras cortaba un trozo para ella –No te encariñes demasiado con tu sargento ni sus medidas sociales. Te aseguro que pronto se aburrirá de ella y se marchará de regreso a alguna ciudad amurallada. Ritze es un hueso duro de roer y ni toda la buena voluntad de Kirstein logrará hacer grandes cambios –Phillip masticaba un trozo de pastel pensativo –Vamos, tú sabes cómo son los tipos de las ciudades, no son buena gente. A veces, siento lástima por esa chica. No soy una fanática de su familia, su padre no me cae mal, no creas. Albert es buena persona, pero cayó en malas manos. Seguro esa mujer asiática lo hechizó… eso decía mi madre, que los asiáticos eran brujos.
-Si fuesen brujos, Marty, no sería la familia más pobre del pueblo –respondió Phillip.
-Sí, tienes razón –dijo la mujer –Con mayor razón esa chica me da tristeza. Cayó en las manos de un tipo que seguro ha jugado con muchas mujeres antes. Dicen que cortejaba a Birgitte Ritze en secreto –Phillip la miró totalmente incrédulo -¿Qué? Así son esos tipos. Sé que parece buena persona, que hace cosas por la gente desposeída y que trata de ser correcto. Pero lo hace por ego, por regresar a la capital. La chica Ackerman es solo una distracción.
Elisse escuchaba la conversación con atención.
-¿Y no puede ser que realmente esté enamorado de ella? –preguntó la muchachita –No más lo digo porque se le ve muy interesado en ella y Mikasa es algo bruta con él. Pero él es bastante… tierno. O eso creo. Me parece muy romántico pensar en que alguien como él se enamorara de la chica más pobre y temerosa del pueblo. Es como una novela romántica.
-¿Qué vas a saber tú de esas cosas, chiquilla? –desestimó la madre –Y no vayas por el pueblo repitiendo lo que escuchas en esta casa, ¿de acuerdo?
-Pues, Gina Rascall dice que el sargento y Mikasa son novios. Que eso le escuchó a sus abuelos. A mí me gusta la idea –refunfuñó –Me gustaría tener una historia así –suspiró ensoñada.
-Y es por eso mismo que no habrá más novelas románticas para ti –sentenció la madre –Te vas a casar con algún hombre de buena posición, pero que no te tenga de amante. Porque eso es la chica Ackerman, la amante del sargento. ¿Sabes lo que es una amante, Elisse?
-Marty…
-No, Phillip. Elisse es lo suficientemente grande para comprender estas cosas –interrumpió a su esposo –No niego que la chica Ackerman sea una buena muchacha, inocente y muy niña. Tanto como para que jugaran con ella cuando tenía tú edad –indicó a su hija –Y se embarazó de un soldado sin estar casada con él. Hay hombres buenos, Elisse. Pero los hay malos que solo quieren aprovecharse de la estupidez y romanticismo de las chiquillas ingenuas. Y ahora, esa chica cayó en el mismo juego con Kirstein y viven en su casa en pecado. Ojalá esta vez no quede embarazada, apenas los Ackerman pueden sobrevivir y llevaría otra boca que alimentar de un padre que se echará a volar en cuanto lo supiera…
-Basta, Marty –exclamó Phillip y toda la familia se lo quedó mirando fijo. Miró a su hija –Tu madre tiene razón en algunas cosas, hay hombres así. Esa conversación la tendremos más tarde –la chica asintió, Phillip observó a su esposa –Marty querida… me temo que sí ocurrió algo en el cuartel esta mañana –la mujer enarcó una ceja –Hoy nos hemos enterado que el sargento y la chica Ackerman están casados, desde antes del invierno. Creo que, esta vez, esa chica sí cumplió el sueño de las novelas románticas de Elisse. Y estuve a un paso de arruinarlo todo cuando le comenté al sargento la relación de Mikasa con el muchacho de la Legión –dijo con voz compungida -Estuve a un paso de arruinar un matrimonio… ¿tú me perdonarías algo así?
-Si ganaras lo que gana el sargento, es probable –lo bromeó, Phillip ladeó la cabeza –No sé si perdonar es la palabra.
-Si hay amor, todo es posible –alzó la voz Elisse –Estoy feliz por ella –sus padres la miraron con sorpresa –Por la señora Kirstein –agregó con una gran sonrisa.
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Boeringa no era un pueblo divertido, pero los chicos siempre encontraban una manera de pasar el tiempo. Quienes vivían en el pueblo mismo asistían a la misma escuela y formaban un grupo más o menos cohesionado. Los chicos con los chicos, las chicas con las chicas, y estaba el grupo de las muchachas hijas de los potentados de Boeringa: Brigitte Ritze, Olga y Karen Gruen.
Y, como solía ser cuando no nevaba, los muchachos se juntaban turnando las casas. Una de las favoritas, era el hogar de los Rascall. El señor Rascall, tenía una bodega casi tan grande como su mismo negocio donde había prácticamente de todo. Muebles, artefactos, ropa, baratijas. Y ese el lugar favorito de las chicas corrientes del pueblo. Los señores Rascall, como buenos abuelos, los dejaban jugar con solo una condición: no tocar nada del negocio. Que era una regla que rara vez se cumplía.
-Vamos a disfrazarnos para un baile –propuso Gina Rascall a sus amigas estando en la bodega y abriendo un enorme baúl –Yo me quedo con el vestido azul –hurgó dentro de las ropas.
Vilma Maurant se hizo de uno de los vestidos, uno oscuro con muchos volados. Sally Olgreen sacaba los sombreros desde el alto de un armario, mientras que Celia Testart recibía uno en tonos púrpura que le entregaba Gina. Elisse Hasse se mantenía sentada en un rincón suspirando ensoñada.
-Toma, este verde es el que te gusta –le entregó Gina a su amiga –Luego podemos rizarnos el cabello y ser unas verdaderas señoritas de la capital. Yo las peino, las he visto cuando hemos ido con mis abuelos a traer cosas desde allá. ¡Tendremos una gran fiesta!
-Como una fiesta en el castillo real –exclamó Celia con entusiasmo retirándose su vestido.
Elisse tomó el vestido verde y se puso de pie, lo puso contra su cuerpo fingiendo que lo traía puesto y se dio una vuelta bailarina. Tenía una gran sonrisa en su rostro.
-Que sea una elegante fiesta de boda –dijo animada.
-¿De la princesa? –preguntó Vilma tratando de entrar en el vestido con problemas por sus recientes grandes pechos -¡Me encantaría ir a una boda así! La boda del hijo del señor Gruen fue tan elegante –suspiró –Y la novia estaba hermosa. El vestido de Karen era precioso. Mucho más lindo que el de Brigitte.
-Debió estar muy molesta –se rió Sally Olgreen –De hecho, Olga me contó que no le habló por un mes completo. Dijo que la había humillado. Pero yo creo que Brigitte estaba molesta porque Karen bailó toda la fiesta con Peter Becker. Él es tan elegante –dijo con admiración -¿Crees que se casen?
-Es posible, Olga cumple los dieciocho dentro de dos meses –comentó Gina ajustándose el vestido azul –Dicen que Peter y ella intercambian cartas todos los meses. O eso le escuché al cartero que viene de Sterten cuando hablaba en la oficina de correos con Tim –se refería al encargado de correos de Boeringa -¿Se casarían aquí o en Sterten?
-Yo creo que aquí –respondió Vilma –Usualmente son los padres de la novia quienes organizan todo.
-¡Le pediré un vestido nuevo a mamá para la boda de Olga! Quiero que sea mucho mejor que el de Brigitte – dijo Celia con malicia.
-Eso costaría una fortuna –comentó Gina –Puedo prestarte el que usé para la boda de Nicholas Gruen. Ya no me queda y tú eres más pequeña –le sonrió amistosa. Desvió su mirada a Elisse quien terminaba de poner el vestido verde -¿Qué usarás para la boda de Olga?
-Me imagino que mamá coserá algo bonito –respondió volviéndole la espalda para que la ayudara con los botones, Gina comenzó a abotonarlos –Quizás podría pedirle que bordara algo.
-¡Buena idea! –exclamó Vilma –Ahora que Mikasa está en el pueblo podría hacerlo ella. Su mamá es muy buena bordando, seguramente ella también puede hacer un buen trabajo. Podríamos pedirle para ambas. No creo que se niegue, después de todo, nuestros padres trabajan con el sargento. Podría hacernos un precio, ¿no crees?
-¡Yo también quiero! –exclamó Gina con ilusión –Podría pedirle que pusiera algunas perlas, mi abuela tiene unas guardadas, dijo que eran para cuando me casara, pero podemos hacer una excepción, ¿verdad?
Celia ariscó la nariz.
-No creo que sea buena idea, muchachas –comentó la chica acomodando los volados de sus mangas –Mamá dice que Mikasa es una mujerzuela y no es con quien deberíamos hacer junta. Lo mejor es ni siquiera hablarle. Ya saben lo que dicen, "dime con quién andas y te diré quién eres". Vive con el sargento y ni siquiera están casados. Mamá dice que ella se… -bajó la voz –se le mete en la cama para comer bien y que le de dinero a su familia.
Elisse la miró fijamente. ¿Cómo podía decir algo tan horrible de Mikasa? Su propia madre lo había dicho, era una buena chica que había sido engañada y usada por un soldado perverso que la embarazó. Pero ahora ella era feliz. Había encontrado el verdadero amor, tal como en las novelas.
-¡Eso no es cierto! –exclamó Elisse –Ella no hace tal cosa. Ellos se aman de verdad, como en las novelas. Ellos… -guardó silencio al ver las caras de sorpresa de sus amigas –Ellos están casados.
-¿Qué? –gritaron todas al unísono.
-Pues eso –concluyó Elisse –Mi padre se lo contó a mamá durante el almuerzo –las miró con algo de reticencia –Y también me dijo que no repitiera nada de lo que se habla en casa… -murmuró cayendo en su error.
-Tiene sentido –afirmó Sally Olgreen –Hoy temprano los vi frente al negocio la señora Adler –relató mientras las chicas le ponían gran atención –Estaban así abrazados –rodeó a Celia con sus brazos –Así fue apretujados.
Celia se deshizo del abrazo rápidamente.
-Pues no me lo creo –dijo la misma Celia con seguridad –Seguro tu padre se lo dijo a tu madre porque Mikasa le tiró un hechizo para que mintiera. Brigitte dijo antes del invierno que el sargento iba a cenar con ellos a casa y que seguramente pediría su mano antes de primavera.
-¡Por favor! –Gina se largó a reír -¿Y tú le crees? Recuerda que fue la misma que dijo que Peter Becker era su novio y ahora resulta que se va a casar con Olga. Brigitte cree que el mundo gira a su alrededor y que solo porque es guapa y rica todos los hombres tienen que estar tras de ella. Si Brigitte es la prometida del sargento, pues yo soy la princesa heredera –volvió a reír.
-Yo tampoco creería una sola palabra de Brigitte –dijo Sally –No después de lo que vi. Si Mikasa fuese la amante, no andarían todos románticos en pleno pueblo. Eso solo lo hacen los novios…
-O los esposos –insistió Elisse.
Vilma asintió dándole la razón.
-Además, fueron juntos al festival de otoño –reafirmó Vilma –Y mi padre me comentó que el sargento urgía por poder habitar la casa de Robensen antes del invierno. De hecho, el señor Ackerman estaba dirigiendo las reparaciones. Y no nos olvidemos quién aró todo el campo de los Ackerman –ladeó la cabeza y miró a Celia –Si pasa en las novelas, pasa en la vida real.
Gina asintió reflexiva.
-¿Saben qué es lo mejor de todo esto? –preguntó de buen humor, las chicas la miraron atentas –Que Brigitte acaba de ser destronada. Si hay alguien más importante que su papi en este pueblo, es precisamente el sargento Kirstein. Este pueblo tiene una nueva señora y no es una Ritze –todas se sonrieron –Eso es lo mejor de todo.
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La familia Testart eran los dueños de la bodega de abarrotes del pueblo de Boeringa. Un matrimonio añoso, de cuyos hijos solo la menor, Celia de quince años, aún vivía con ellos. Los Testart tenían una buena posición dentro de las familias de Boeringa, pero el escalafón social los dejaría siempre bajo los Ritze y los Gruen, dado que ellos eran comerciantes y no terratenientes. Si bien, eso a los padres les tenía sin cuidado, era algo que a Celia sí le importaba. Podía tener todo lo que quisiera, incluso su padre podría mandar a pedir cosas hasta la capital… Pero siempre estaría delegada al grupo de Gina y las demás. Le hubiese gustado poder pasar el tiempo en casa de las Gruen o con Brigitte Ritze, por muy odiosa que pudiese ser, Brigitte era una especie de princesa en el pueblo.
-Muy pensativa, cariño –su madre peinaba el largo cabello húmedo de su hija luego del baño nocturno -¿Pasó algo con tus amigas?
Celia miró a su madre a través del espejo, la mujer detuvo su cepillado y se sentó en la cama frente a su hija.
-Mamá –inició la chica –Si supieras algo realmente importante, muy importante, pero no puedes decirlo porque lo prometiste… ¿qué harías?
-Depende –respondió la señora Testart –Si supiera quién robó algo o si alguien le ha hecho daño a otra persona… Esas son cosas importantes y deben ser dichas.
Celia asintió lentamente, pero su rostro continuaba con ese gesto preocupado.
-¿Y qué pasaría si supiera algo de una persona de la que están hablando mal, pero lo que dicen no es verdad?
-Bueno, siempre se debe ir con la verdad por delante. La gente va a hablar porque sí y porque no, ya te lo he dicho. Lo importante es que tú sepas discernir qué es real y qué no. Como ya sabes algo que no es real, cuando escuches lo que dicen de esa persona, pues diles que están equivocados. Haz lo que te dicte tu conciencia. Si no te parece importante, pues callas. Pero si crees que debes aclarar la situación, pues hazlo.
Celia asintió y su madre se puso de pie para terminar de cepillarle el cabello. La muchacha soltó una espiración pesada.
-Mamá.
-¿Sí, cariño? –respondió concentrada en un nudo.
-¿Recuerdas cuando me dijiste que la chica Ackerman era la prostituta del sargento Kirstein y que vivía con él para que favoreciera a su familia? –la madre dejó el nudo en paz y observó a su hija por el reflejo del espejo –Estás equivocada. Elisse Hasse nos contó hoy que la chica Ackerman no es eso que tú dices, sino que es la esposa del sargento –Celia se volteó para quedar frente a su madre –El padre de Elisse trabaja con el sargento, lo sabes, todo Boeringa lo sabe. Si lo dice el señor Hasse, es verdad –tomó ella misma el cepillo –Yo repetí lo que tú decías de ella y me burlé de ella con las chicas Gruen. A ellas no les agrada porque dicen que es rara y huele a pobre. A mí no me cae mal, ni siquiera la conozco. Solo la he visto pasar, porque cuando comenzó a venir al pueblo todos la señalaban con el dedo. "Mira, esa es la hija de Albert, la mestiza" No hubo un momento en que dejaran de hablar de ella, sobre todo cuando se corrió el rumor que el sargento había comenzado a frecuentar a los Ackerman –dejó el cepillo al lado –Tú dijiste que seguro la madre de Mikasa estuvo de acuerdo en entregársela a modo de protección, que eso hace la gente cuando está desesperada. Vende a sus hijas como concubinas de hombres con dinero. Y yo lo repetí –se llevó una mano al pecho y la voz se le quebró –Hablé mal de una persona que no conozco, pero que Gina y las demás no la juzgan ni le ponen nombres groseros. Pero yo sí. Repetí todo lo que dijiste y me siento horrible.
La señora Testart se arrodilló frente a su hija y le tomó las manos. No sabía muy bien qué decir al respecto. La veía muy contrariada, la nariz se le puso roja y los ojos húmedos. Su hija era una buena muchacha, de buenos sentimientos y la culpa la estaba consumiendo.
-¿Estás cien por ciento segura de lo que me estás diciendo? –le preguntó con voz calmada y la chica asintió –Hija, nunca te he mentido. Todo lo que dije… son cosas que pasan. Lo he visto, cuando vivíamos en el muro Rose con tu padre vimos eso muchas veces. El hambre y la desesperación llevan a las personas a eso. No lo dije de mala intención, solo lo dije porque lo creí cierto –la chica negó con vergüenza –Pero me equivoqué. Lo reconozco. Pero ya sabes lo que dicen de esa chica, que se involucró con ese muchachito del ejército, que su "hermanito" no lo es y…
-¿Y si eso también es mentira? –preguntó Celia ahora molesta, soltó las manos de su madre -¡Me siento horrible! Soy una persona horrible… y no está el reverendo ni siquiera para hablarlo con él y redimirme de esta espantosa culpa –murmuró -¿Por qué las personas tenemos que hablar de otras sin saberlo todo? ¡Me detesto en este mismo momento y no sé cómo repararlo!
Pero Celia no era la única que se sentía avergonzada, también lo hacía su madre. Pero, sobre todo, porque sabía que si el sargento se llegase a enterar de lo que decía de su esposa… Un miedo la invadió. Un hombre enojado, sobre todo con poder, podía llegar a destruir su pequeño imperio comercial.
-Tienes que estar tranquila, cariño –la confortó –No hiciste nada malo realmente. Son habladurías, todo el mundo habla demás. De ahora en adelante, tendremos más cuidado de hablar lo que demos por hecho y no sepamos realmente, ¿te parece bien?
-Tengo miedo de que ahora las chicas Gruen se hagan amigas de Mikasa y le digan todo lo que les comenté. ¡Eso podría arruinar a papá! ¿Crees que me lleven presa a Shinganshina? –preguntó nerviosa.
-No, eso no es posible –respondió la madre –Pero, tendremos que ser muy cuidadosas. Créeme que no somos solo esta familia quien ha hablado demás de esa muchacha. Si fuese por eso, medio pueblo tendría que irse encarcelado –le sonrió dulce –Nadie arruinará el negocio de papá, nadie. Solo, tendremos que retractarnos de nuestras palabras. Pero eso, déjamelo a mí.
Celia asintió con suavidad.
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Ya casi anochecía, Mikasa bajaba al sótano con un cesto para retirar las sábanas que ya se encontraban secas. Había una lámpara de aceite colando de una de las paredes junto a la escalera y la escasa luz que ingresaba por las ventanitas a ras de piso lograban iluminar lo suficiente el espacio. Vio algunas cajas fuera de lugar, de aquellas que habían conservado de las cosas de Robensen, y a Jean en una esquina retirando una sábana vieja de sobre una especie de mesa.
-¡Ja! –exclamó triunfante y dejó la sábana a un lado, se volteó hacia Mikasa al sentir los pasos –Te dije que había visto una de éstas.
Mikasa se acercó e él y pasó una mano por la máquina de coser investigándola. No utilizado una de ellas. Su madre hacía todo a mano, tal como ella misma. Sabía que existían, la había visto cuando iba por telas con su padre para las cortinas, en el fondo de la tienda de confecciones.
-¿Y cómo funciona? –le preguntó.
-Pues –rodó la rueda a un costado y la aguja apareció desde la zona inferior –Pasa el hilo por aquí y… -descorrió una lámina de metal de justo abajo –Aquí hay un carril donde pones más hilo –Mikasa se acercó para verlo –Una vez que está cargada, solo pones la tela bajo la aguja y con el pie –se hizo hacia atrás para indicarle una pedalera abajo –Pues presionas allí y listo.
-¿Cómo sabes esas cosas? –preguntó Mikasa con curiosidad alzando la mirada.
-Mi madre cosía nuestra ropa –aclaró con simpleza –No soy tan pijo como parezco –bromeó –Mi madre solía decir que hay que cuidar el dinero y una forma de hacerlo era ahorrar en estas cosas. Además, siempre quedará a tu entero gusto –observó la máquina cruzándose de brazos –Supongo.
Mikasa lo miró con reticencia.
-Dijiste que no querías comprar ropa nueva, pues puedes hacerla tú y ya –le dijo animado, Mikasa enarcó una ceja –Vele el potencial. Me dijiste que el bonito vestido que llevabas para el festival de otoño lo hiciste tú misma –ella asintió –Con esta maravilla demorarías mucho menos –golpeteó el soporte de madera de la máquina un par de veces –Podrías ayudar a tu madre y hacer crecer el negocio de los bordados. ¿O me vas a negar a que es una buena idea?
-Sí, lo es –sonrió cediendo –Pero tendría que practicar mucho…
-Seguro aprendes rápido, eres una chica habilidosa –dijo Jean con total convicción –Creo que puedes hacer un vestido más bonito que del que tanto se cree la mocosa esa.
-Eso es cierto –se jactó con las manos en las caderas –Tengo un gusto muchísimo más refinado.
Jean le sonrió amplio.
-Esa es mi chica –dijo orgulloso, Mikasa se volvió roja –Anda, vamos a subirla.
-¿Estás loco? –la tomó para arrastrarla –¡Es pesadísima! Vas a lastimarte las rodillas.
-A la mierda mis rodillas. No quiero volver a verte triste por los comentarios cizañeros de esas horribles mujeres del pueblo –tomó la máquina por un costado para moverla hasta el inicio de la escalera. Mikasa se lo quedó mirando –Anda, vamos. Tú vas por delante y yo la sujeto mientras subes. Pudiste con un arado, podrás con esto –la bromeó.
Mikasa fue hasta la escalera y se arremangó la falda para no tropezar con ella, sujetó el canto delantero de la máquina y dio un paso escalera arriba. Pesaba una tonelada, pero se las arreglaron para dejarla en la cocina y luego moverla en alto, sin rayar el piso de madera, hasta dejarla en la sala junto a una ventana. Jean se sentó a descansar en el sofá, Mikasa le alcanzó una manta.
-Es una buena idea –dijo Mikasa sentándose a su lado y volteando hacia donde habían dejado la máquina.
-Deberías ir por tela mañana, no vaya a ser que comience otra tormenta y nos obligue a quedarnos en casa una semana completa. Elije la más bonita que encuentres, recuerda que ahora serás la modelo de tus propias confecciones. Y, cómo sabes, puede convertirse en un buen negocio. De hecho –puso una mano sobre el hombro de la chica –seré tu socio capitalista. Es una buena inversión para mis ahorros.
Mikasa lo miró intrigada.
-Lo dices para que no te sermonee por el dinero, ¿verdad?
-Claro –respondió Jean de buen humor –Y antes que comiences de todos modos con eso, podrías poner agua para una bolsa caliente. Me duelen las rodillas un poquito.
-¡Lo sabía! –se puso de pie en actitud molesta –Te dije que descansaras cuando volvimos de las compras, pero te dio por ir a hurgar al sótano después de almorzar. Tu porfía me supera, de verdad.
Se perdió a zancadas dentro de la cocina. Jean la siguió con la vista y respiró profundo. Se volteó hacia la máquina de coser. Debería revisarla luego para ver que, efectivamente, estuviese en buen estado. Y después, cerciorarse que Mikasa estuviese convencida del negocio. Aunque, en realidad, solo quería que nunca más alguien la mirara como lo hizo Brigitte Ritze.
-Ten –Mikasa estaba de regreso con una bolsa de agua caliente envuelta en una toalla.
Jean estiró las piernas poniendo los pies sobre una banqueta y colocó la bolsa sobre sus rodillas. La chica se sentó a su lado subiendo las piernas ladeadas al sofá. Lo observó en silencio mientras él perdía la vista en el fuego de la chimenea. Mikasa se movió un poco hacia él, Jean la miró de reojo. Ella se sintió descubierta y se quedó muy quieta, hasta que sintió un brazo que la rodeada por los hombros que la atraía hacia él. Se le apegó y le apoyó su mejilla en el hombro. Soltó un suspiro.
-¿Todavía pensando en la chiquilla odiosa esa? –le preguntó Jean en voz baja.
Mikasa negó suavemente, la mirada perdida en el fuego. El corazón le latía furiosamente, muy rápido.
-Entonces… -insistió Jean.
La chica volvió a suspirar y se acomodó en su costado. Lo sintió tomarle el extremo de la trenza y juguetear lentamente con él entre sus dedos. Lo escuchó suspirar ligero. Mikasa se movió ligeramente para quedarle viendo, él seguía con la vista en el fuego dándole el perfil. Le llevó sus dedos a la barba con suavidad, pudo jurar que él dejó de respirar en ese instante y parpadeó lento. Mikasa le acarició la mejilla con la misma parsimonia, Jean seguía la vista en el fuego. De pronto ella le dio un ligero y juguetón toque en la punta de la nariz. Él se sonrió y se volteó a verla. Llevó una mano hasta la mejilla de la chica y le acomodó un cadejo de cabello que se había escapado tras de su oreja. No retiró la mano, sino que la dejó allí mientras la acariciaba con el pulgar.
Ya había anochecido, la luz de la chimenea iluminaba ligeramente sus rostros, completamente sonrojados, sus miradas clavadas en los ojos del otro, una nerviosa sonrisa en sus labios. Mikasa respiró profundo y aguantando la respiración en un intento de calmarse, se aventuró a acortar aún más la distancia entre ellos. Fue Jean quien terminó por borrar cualquier espacio rozando los labios de Mikasa con los propios. Sutil, suave hasta que sintió que ella correspondió tímidamente.
La sintió soltar un suspiro contra su boca, antes de volverle a atrapar los labios entre los propios. La atrajo hacia él, entre sus brazos, mientras ella lo rodeaba por el cuello. No era un beso ávido ni ansioso, todo lo contrario, era como una suave caricia, un descubrir las sensaciones que ese contacto traía, descubrir al otro en sus labios. Fue Jean quien se alejó ligeramente para verla a la cara, sosteniéndola con cuidado por las mejillas encendidas. Mikasa permaneció con los ojos cerrados y soltó un suspiro, para luego alzar la mirada y sonreírle con la mirada húmeda, solo para notar que él traía la misma expresión.
Un ruido en la cocina logró que ambos se voltearan hacia el lugar y Mikasa se puso de pie rápidamente.
-¡Mierda, las papas! –exclamó dando un par de pasos hacia la cocina, pero se detuvo y se volteó.
Jean la observaba en silencio algo pensativo. Mikasa se devolvió sobre sus pasos y se inclinó frente a él para darle un torpe beso.
-Regreso en un momento –le dijo con una tierna sonrisa –No te mueves de donde estás.
Jean se miró las piernas y recogió la bolsa que se había caído al suelo para volver a dejarla sobre sus rodillas.
-No creo que pueda tampoco –respondió para cuando Mikasa iba por la puerta de la cocina.
La chica lo miró con la misma sonrisa, una imagen que él jamás olvidaría. Esa noche hubo guiso de verduras con papas cocidas para cenar y muchos besos más antes de dormir.
