Capítulo 24. ¿A qué le temes?
Cuando tenía cuatro años, me daba miedo el monstruo imaginario que se escondía en mi armario, tal y como seguramente le pasó, le pasa y le pasará a millones de niños en todo el mundo, con la diferencia de que a mí me asustaba un viejo paraguas que alguien había olvidado ahí. Esto sería muy, muy estúpido de no ser por mi tía Eriko, quien tenía la costumbre de contarles cuentos y creencias nipones a sus sobrinos haifu para que se familiarizaran con la que ella creía que debía ser su única cultura, es decir, la japonesa. Ésta era una de las muchas razones por las que mi mamá la odiaba ya que, a su parecer, los cuentos japoneses muchas veces no eran aptos para niños, o lo eran para los niños que sobrevivieron al horror de la Segunda Guerra Mundial con su bomba atómica, esos hijos del Sol Naciente que quedaron con secuelas físicas y psicológicas y que, por lo mismo, ya no se asustaban con nada; sin embargo, para el descendiente de un japonés que no ha conocido la guerra, que vivía en un país occidental y cuya única preocupación era la de no mojar la cama mientras dormía, contarle esas creencias eran demasiado, a decir de la doctora Del Valle, quien nunca estuvo de acuerdo con que su cuñada no pusiera filtros a la hora de hablar con sus mestizos retoños.
Al punto al que voy es que mi tía Eriko Misaki me contó alguna vez que en Japón se cree que los objetos que alcanzan los cien años de antigüedad adquieren vida propia y que, si no fuiste bueno con ellos durante el tiempo en el que los usaste, vendrán para vengarse de ti en cuanto tengan la capacidad de moverse. Cuando ella me contó esta superstición, no le creí y fui a hablar con el gran Genzo Wakabayashi quien me confirmó que, efectivamente, también él pensaba eso cuando era niño y que es por esta razón por la cual los japoneses les dan las gracias a las cosas de las cuales van a deshacerse, para evitar que uno de estos tsukumogami (o "espíritu artefacto") regresara después a vengarse (aunque me pongo a pensar en quién vivirá más de cien años para tener miedo de sufrir la venganza de un objeto maltratado). La doctora Del Valle, cuando escuchó esta historia, hizo una mueca y me aseguró que creer que un objeto común y corriente pudiera obtener vida de la nada sólo porque había llegado a un cumpleaños muy alto era algo muy tonto y que no debía hacer caso de las historias que mi tía Eriko me contaba. Y el asunto no hubiera pasado a mayores de no ser por ese maldito paraguas que tenía yo encerrado en el armario.
Ni siquiera sé cómo carajos llegó esa sombrilla ahí porque no era mía ni tampoco le pertenecía a alguno de los miembros de mi familia, pero la cuestión era que ahí estaba. El paraguas era viejo, sí, pero no llegaba a los cien años aunque al menos debía tener unos diez, lo cual, desde el punto de vista de un niño de cuatro años, era lo mismo que tener cien años. Y por las noches, el maldito paraguas me atormentaba porque estaba en mi armario desde que tenía uso de razón, tirado en una esquina, llenándose de polvo y de arañas (okey, de polvo y arañas no porque Mine hacía bien su trabajo pero se entiende lo que quiero decir), acumulando rencores contra la persona que lo dejó ahí y seguro que en el momento menos pensado se levantaría, abriría la puerta del clóset y saldría saltando, apoyándose en su mango, para saltar a mi cama y molerme a sombrillazos.
Lo sé, contado así es bastante hilarante, por no decir idiota, pero yo tenía cuatro años y en ese entonces la sola idea de que esa sombrilla pudiera matarme me hacía llorar del terror. A los pocos minutos de haber gritado se escuchaban las pisadas fuertes de mi padre, quien entraba con un gesto serio (lo cual le admiro porque yo me estaría muriendo de risa) a tomarme en brazos y decirme, por quién sabe cuánta ocasión, que los tsukumogami no existen y que ninguna sombrilla iba a hacerme puré. Es curioso pero el gran Genzo Wakabayashi no es supersticioso, no creía en la mala suerte ni en las miles de cosas absurdas en las que sí creen los japoneses promedio por lo que, cuando me decía que los tsukumogami no existen, me lo estaba diciendo en serio y no sólo para tranquilizarme, podía verlo en sus ojos. Invariablemente yo le creía y me quedaba dormido entre sus brazos, calmándome durante algunos días hasta la noche en la que mi clóset se quedaba abierto o bien yo iba a sacar un par de zapatos y veía otra vez ese paraguas. Este círculo vicioso se repitió durante varios meses porque yo no dejaba que nadie tocara la condenada sombrilla del infierno, temía que ésta la tomara contra la persona que se atreviera a moverla, pero hubo una noche en la que tuve una pesadilla muy vívida que impedía que me calmara a pesar de los enormes esfuerzos del gran Genzo Wakabayashi por lo que, harta de la situación, la doctora Del Valle tomó al maldito paraguas, a pesar de mis súplicas, para sacarlo de una vez por todas de mi habitación.
- Y ésta es una de las muchas razones por las que detesto a tu prima.- le soltó mi madre a mi padre antes de desaparecer con la sombrilla en la mano.
Nunca más volví a ver a ese objeto y, evidentemente, no regresó para matar a nadie a sombrillazos así que al final todo quedó en una superstición nipona que encontró terreno fértil para causar miedo en mi frágil e impresionable mente infantil. Después de una introducción tan larga, la cual quise hacer para remarcar lo que quiero comentar, les diré que en esas épocas siempre creí que el gran Genzo Wakabayashi, mi padre, no le tenía miedo a nada. ¡Vamos, ni siquiera le temía a los tsukumogami a pesar de que sus propios compatriotas aseguraban que sí eran peligrosos! No había algo en este ancho planeta que pudiera infundirle miedo al gran Genzo Wakabayashi, no señor, él era un hombre valiente, hecho y derecho, como cualquier padre puede llegar a serlo para su hijo pequeño.
Y después creces y te das cuenta de que eso no es cierto. Que tus padres son seres humanos, como tú, y que tienen miedo de algo, al igual que tú. Que no existen los hombres sin miedo, sólo los padres que pretenden cuidar de sus hijos mientras éstos no tengan la edad suficiente para protegerse a sí mismos. Que los hombres son expertos en ocultar sus temores porque así se los dicta la sociedad, porque antropológicamente hablando siempre han sido los responsables de cuidar de los más débiles e indefensos, para lo cual deben tragarse sus terrores y actuar como si de verdad no existiese en el mundo una cosa o un ser que tenga la capacidad de hacerlos creer en el infierno. La edad en la que descubres esto varía de acuerdo a la persona y a las circunstancias; en mi caso, sucedió a mis casi catorce años, cuando a mi hermana menor le diagnosticaron leucemia. En ese entonces yo no me cuestioné si algún día me encontraría en la misma situación, lo único en lo que podía pensar era en que había descubierto que mi padre, el gran Genzo Wakabayashi, sí le tenía miedo a algo, quizás no a un viejo paraguas olvidado en un armario pero sí a algo mucho más real.
Los grandes hombres le temen a la Muerte porque es lo único que no pueden detener pero es cierto que no les asusta su propia muerte si no la de aquellas personas a las que aman: sus padres, su esposa, sus hijos. En el caso del gran Genzo Wakabayashi, no era la muerte de su padre la que le causaba temor, ciertamente. Akira Wakabayashi, ese hombre que dicen que es mi abuelo, podía ser considerado como un hijo de puta, nunca fue particularmente unido a su tercer hijo y rara vez se preocupó por su vida, excepto cuando éste eligió casarse con una extranjera, ahí fue cuando a mi abuelo le inquietaron las decisiones que estaba tomando mi padre, lo que causó que su ya maltratada relación terminara yéndose al carajo. No, papá no se preocupaba por la muerte de Akira, sería la del señor Tatsuo Mikami la que podría estresarlo en vedad. El señor Mikami fue el entrenador personal del gran Genzo Wakabayashi cuando éste era niño aunque, en honor a la verdad, fue más una figura paterna, un mentor y un guía que un simple entrenador, incluso he de decir que ha sido un verdadero abuelo para mis hermanos y para mí a pesar de que no lo vemos tan seguido como quisiéramos. Sin embargo, me pareció haberlo mencionado ya, no creo que mi padre tuviese temor de la muerte del señor Mikami ya que éste es un hombre mayor, que ya ha vivido su vida, alguien que podría recibir a la Muerte como a una amiga, como el siguiente gran paso a dar en su camino. Su muerte le dolería a papá, en todo caso, pero no le temería, no tendría por qué hacerlo. No, las muertes que le causaban terror a mi padre eran las de su esposa e hijos porque esperaba pasar toda su vida con ellos, envejecer a su lado y compartir sus victorias, el gran Genzo Wakabayashi deseaba vernos triunfar y conseguir nuestras metas, definitivamente entre sus planes no estaba enterrar a alguno de nosotros y mucho menos a la menor de todos.
- ¿Estás bien, Daisuke?.- me preguntó mi padre, sacándome bruscamente de mis pensamientos.- Has estado mirándome durante todo el desayuno.
Así había sido, ciertamente. Desde que lo vi en el pasillo que conectaba las habitaciones hasta que nos sentamos a desayunar, yo no había podido dejar de ver a mi padre, quizás porque ahora lo hacía con una nueva luz y quería calar qué tanto había cambiado mi forma de pensar sobre él.
- Sí, padre, lo siento.- tenía ganas de decirle muchas cosas pero estaba seguro de que él me habría rechazado si le decía que ya sabía acerca de su secreto, el gran Genzo Wakabayashi siempre cumpliría bien con su papel de patriarca que jamás mostraba debilidad delante de uno de sus hijos.
Llegando a la escuela me olvidé por completo del asunto de los terrores de mi padre cuando caí en la cuenta de que muchos estudiantes llevaban el cabello rapado; hubiera sido imposible no notarlo, la mayoría pasaban junto a mí y me hacían la señal del pulgar levantado, como diciéndome que habían hecho un gran sacrificio por mí y que esperaban que yo fuese lo suficientemente agradecido como para notarlo. Por supuesto, no les contesté levantando mi dedo pulgar y si hubiese alzado el dedo que realmente quería alzar, habría terminado en la dirección así que tuve que limitarme a mirarlos con indiferencia. Para mi gusto, me di cuenta de que Jazmín se veía enferma y Benji parecía tener ganas de vomitar, quedaba claro que a ninguno le hizo particular gracia el chistecito de nuestros snobs compañeros, una cosa era que nuestros amigos quisieran apoyarnos cortándose el cabello y otra muy diferente que gente que no conocíamos más que de vista (y en algunos casos ni de eso) lo hicieran por moda. Qué verdadero asco pueden llegar a ser los adolescentes cuando se lo proponen, por todas partes veía cabellos cortos y cráneos rapados posando para tomarse las selfies del día que subirían a Facebook o Instagram.
- Bueno, lo están haciendo de buena fe.- dijo mi hermana cuando llegamos a nuestros casilleros.- Quieren mostrarnos su apoyo.
- Lo que quieren es ser populares, Jaz.- replicó el incorruptible Ichimei, en voz baja.- Ganarse unos cuantos "me gusta" en sus publicaciones…
- Me pregunto cuántos "me gusta" ganaría si subiera un vídeo de mí golpeando a algunos de esos tipos.- musité, enfurruñado.
- Ni se te ocurra, Daisuke.- replicó Jazmín, de inmediato.- Aún está muy reciente lo de Hoffman.
- Cierto, que ese tipo no tarda en volver.- comentó Benji, pensativo.
- Le faltan pocos días, me parece… .- mi hermana se detuvo a media frase cuando se dio cuenta de que los Schneider se acercaban a nosotros.- Nos vemos después, quedé de verme con Danielle en el patio principal.
Jazmín estaba tan ofuscada por la cercanía de Mijael que no se dio cuenta de que Danielle venía hacia nosotros, así que se marchó corriendo sin mirar hacia atrás; la italiana pasó delante de nosotros y nos saludó sin detenerse, haciéndome una seña extra con la cabeza para recordarme lo que habíamos acordado tras lo cual se fue detrás de mi atolondrada hermana. Por supuesto, la escena no pasó desapercibida para Benjamín, a quien era imposible ocultarle algo.
- ¿Qué le pasa a Jaz?.- cuestionó Benji.- Está más rara que de costumbre y está bien que es despistada pero en estos días ha llevado ese detalle de su personalidad al extremo.
- Supe que se le declaró un idiota y no sabe qué hacer al respecto.- suspiré.
- ¿En verdad? Es curioso, Jaz nunca ha tenido problemas para mandar a volar a alguien.- replicó el incorruptible Ichimei, pensativo.
- Totalmente cierto pero a éste no quiere mandarlo al cuerno.- dije, encogiéndome de hombros.- No que yo sepa.
- Eso significa entonces que ese muchacho debe de importarle lo suficiente como para que no quiera romperle el corazón.- insistió Benji.
- O también puede significar que siente algo más por él y no quiere reconocerlo.- rebatí de inmediato.- Ya sabes que Jaz siempre niega sus propios sentimientos.
- Bien, sí, eso también es verdad.- lo bueno es que el Fede aún estaba lejos o Benji hubiera podido partirle el corazón en dos.- No se daría cuenta de que está enamorada de alguien a menos que Danielle se lo dijera directamente. ¿Sabes quién es el muchacho en cuestión, hermanote?
Dudé durante un momento sobre si debía revelarle a mi hermano lo ocurrido con Mijael y con Jazmín pero al final decidí que merecía saberlo ya que ella también es su hermana. Benjamín escuchó muy atento el asunto y se limitó a esbozar una sonrisa sincera mientras yo hablaba.
- Hasta que se atrevió a hacerlo.- comentó el incorruptible Ichimei.- Nos hacían falta buenas noticias después de todo lo que ha pasado.
- ¿Es lo único que vas a decir?.- cuestioné, sorprendido.- Digo, me da gusto que te lo tomes así pero creí que pondrías algún tipo de objeción.
- No tengo alguna.- negó mi hermano.- Oye, al fin Jaz va a tener un novio decente y que en verdad la quiera, no un reprimido asocial amargado que solamente la quería para vengarse.
- ¿Vengarse de qué o de quién?.- pregunté, sorprendido.
- Yo qué sé.- Benji se encogió de hombros.- Habría que preguntárselo al reprimido en cuestión.
- Viéndolo desde ese punto de vista, supongo que tienes razón.- acepté, aunque seguía preguntándome qué quiso decir mi hermano con eso de la venganza ya que me supuse que estaba hablando de Kentin Hyuga.
- Mentí cuando dije que no tengo objeción.- suspiró Benji, en voz baja.- Sí tengo una pero es por el hecho de que yo estaba por declarármele a Vania.
- ¿A Vania?.- a pesar de todo no me sorprendió la noticia.- ¿Vania Schneider?
- ¿Conocemos a otra?.- el incorruptible Ichimei se ruborizó.- Creo que todos hemos llegado a la conclusión de que la vida es demasiado corta para desperdiciarla en inseguridades, o al menos creo que Mijael pensó como yo, espero que eso ayude a que no me golpee cuando le pida a su hermana que salga conmigo.
- En realidad, creo que el Fede se le declaró más por impulso que por otra cosa pero te entiendo.- a lo lejos vi pasar a Giovanna, acompañada por Katie y Anne Levin, y suspiré.- Me da gusto ver que eres más valiente que Jaz y que yo. Desde que Mijael se le declaró, ellos no han podido estar solos ni cinco minutos antes de que nuestra hermana salga corriendo.
- Hay que darle tiempo.- respondió Benji, sabiamente.- Jaz es chica y por tanto es rara pero sí que lo quiere, es sólo que está preocupada por Are y eso le distrae el pensamiento. Créeme, yo me siento igual y me estreso menos que ella, pero en algún momento aceptará las cosas.
- Deberías de decirle eso a Mijael.- sugerí, justo antes de que los Schneider llegaran hasta nosotros.- Seguro que le caerían bien tus palabras.
Benji no me respondió porque en ese momento nos saludaron los Schneider; noté que la primera mirada de Mijael no fue para mí sino para mi hermano, con quien intercambió una seña de reconocimiento que me desconcertó porque dudé de su significado, hasta que recordé que mi hermano pretendía declarársele a la hermana del Fede, quizás éste lo estaba retando. No me acordé en ese momento de que Benjamín acababa de darme a entender que Mijael aún no sabía acerca de su amor por Vania.
A pesar de que la mayoría de los alumnos pertenecíamos a algún equipo de deportes, teníamos que acudir a tres horas obligatorias de ejercicio físico a la semana porque la pertenencia a un club deportivo no era imperativa y había estudiantes que preferían estar en los de artes. Los alemanes sí que se toman en serio eso de "mente sana en cuerpo sano" y por tanto era impensable que alguien pudiera escaparse de la clase de deportes. Ni siquiera un lesionado como yo ya que, a decir del instructor, no corría con las manos así que bien podía dar varias vueltas al campo usando mis piernas. Mi grupo, el "D", salía al mismo tiempo que el grupo en donde se encontraban Giovanna y Katie, el "F", y el instructor constantemente enfrentaba a un grupo contra el otro en el primer deporte que se le viniera a la mente; en esa ocasión, serían las chicas quienes se confrontarían en un partido de hockey sobre pasto mientras los muchachos nos dedicaríamos a correr alrededor del campo. De inmediato supe que ése sería el momento perfecto para hablar con Marko, a pesar de que tenía muchas ganas de ver a Giovanna vistiendo el pequeño uniforme deportivo de las chicas (malditas hormonas…); mi amigo aún se resistía a hablarme de frente pero confiaba en que Danielle tuviera razón y que se relajara en cuanto le dijera que no tenía problemas con el hecho de que fuese mi sustituto. Sólo esperaba ser un buen actor para sonar sincero porque claro que yo sí creía que él me iba a quitar mi puesto, lo he dicho muchas veces ya.
- ¿Qué hay, camarada?.- me apresuré para quedar a su altura en cuanto comenzamos a correr.
- No mucho, realmente.- Marko me sonrió apenas, incómodo.- ¿Qué tal tú? ¿Cómo está Aremy?
- Los dos hemos tenido mejores momentos.- repliqué, aunque inmediatamente después me arrepentí porque eso podría darle una mala impresión a mi amigo.- Pero no es algo de lo que no podamos recuperarnos.
- No me queda duda.- esta vez Marko sonrió más abiertamente.- ¿Cómo van tus manos? ¿Estás listo para regresar a tu puesto?
- Claro que sí.- contesté, aguantándome las ganas de decirle que dudaba mucho que el entrenador Kaltz quisiera regresarme mi lugar considerando que mi sustituto era mejor.- Aunque no lo creas, las manos me queman de las ansias que tengo de ponerme los guantes otra vez.
- Eso es inevitable cuando eres portero.- respondió Marko, con los ojos brillantes.- Lo llevas en la sangre y no lo puedes evitar aunque quieras, es más fuerte que tú.
- Totalmente.- me reí al darme cuenta de que él tenía razón.- No sé por qué me niego tanto a las cosas.
- Porque tu padre te presiona mucho.- Marko se encogió de hombros.- Sé que no soy más que un amigo que ve las cosas muy superficialmente pero, a mi parecer, si él te diera más libertad, tú disfrutarías más del fútbol y estarías más dispuesto a aceptar sus consejos. Pero yo que sé, es sólo mi impresión.
- Totalmente.- repetí, suspirando.- Pero no es de mi padre de quien quería hablar, por supuesto, sino de ti. Camarada, desde que estás cubriendo mi lugar en el equipo de 14 a 17 años, has estado de lo más evasivo conmigo, me ves y sales corriendo como si estuviera persiguiéndote con un hacha oxidada. ¿Qué carajos te pasa?
- Eso no es verdad, no salgo corriendo cuando te veo.- replicó Marko, desviando la mirada.- Estamos hablando ahora, ¿no?
- Sí, pero estás corriendo.- repliqué.
- Pero porque el profesor de deportes lo está exigiendo.- Marko me lanzó una mirada furibunda.- Estás exagerando, Wakabayashi.
- Claro que no lo hago.- negué, tratando de que mi atención no se desviara hacia Giovanna, quien había hecho una anotación y festejaba con Katie. ¡Vaya que esa chica pelirroja tenía buenas piernas, caramba!.- No creas que no me he dado cuenta de que tu nivel en los entrenamientos ha decaído mucho, ayer estuve presente en uno y me sorprendí con lo que vi, no es ése el nivel que tú sueles manejar, Hernández. ¿Qué te pasa, realmente? También supe que en el partido anterior te comiste un gol muy fácil para un portero de tu categoría, me da la impresión de que estás jugando mal a propósito aunque no sé por qué harías algo tan idiota.
Marko no contestó y corrió durante un rato con la cabeza agachada; pude ver que se había puesto rojo pero no sabía si por la vergüenza o por el esfuerzo físico, o quizás porque estaba viendo a Katie Levin de reojo. Me limité a mantenerme a su paso para darle a entender que no lo iba a dejar ir sin una explicación, mientras trataba de no soltarle otra de mis perlas de baja autoestima.
- Lo siento, Dai, de verdad.- soltó mi amigo, al fin.- Si piensas que he estado jugando mal a propósito es porque he estado jugando mal a propósito, no me gustaría que acabaran por sacarte del equipo titular por mi culpa. No me malinterpretes, no pienso eso porque crea que soy mejor que tú, todo lo contrario, considero que eres muy buen portero, incluso considero que eres mejor que yo, tu estilo es limpio y directo, como el de tu padre, y muy certero, así que cualquier equipo estaría feliz de tenerte bajo los palos, pero la situación en tu familia y en tu vida en general no ha sido particularmente buena y te has metido en algunos problemas…
- Sí, ya sé.- mascullé, avergonzado.- He actuado como todo un cabezotas.
- No me refería a eso pero sí.- Marko se rio brevemente.- Llámame estúpido pero pensé que si el entrenador Kaltz veía que soy capaz de mantener el nivel del equipo mayor, me dejaría en él para darte a ti un descanso prolongado con la finalidad de que te alejes un poco de toda la mierda que hay a tu alrededor en estos momentos. Si supiera que eso te haría bien, sin dudarlo yo mismo me ofrecería pero te conozco y sé que sacarte del equipo a la larga te haría más mal. No me queda duda de que, al inicio, te pondrías a saltar de la alegría porque tu papá ya no tendría motivos para presionarte pero después te sentirías mal por no poder jugar. Y a juzgar por lo que me has dicho de que te queman las manos por volverte a poner los guantes, veo que no estoy tan equivocado. Así pues, no voy a ponérselo fácil al entrenador Kaltz, al menos mientras tú no estés en condiciones de defenderte.
- Maldita sea, ¿desde cuándo eres tan buen psicoloco, camarada?.- bufé, tratando de evitar que el sudor me cayera en los ojos. Cualquiera creería que el no tener pelo evitaría el sudor.- Mira, te voy a decir la verdad y es que tu hermana fue la que me dijo que tenías la idea de que estabas empeorando las cosas para mí al ocupar mi puesto y pues pensaba mentirte y decirte que no, que yo no me siento preocupado por ti y que dejaras esas actitudes de lado pero es mentira, todo es una reverenda mentira porque te veo jugar y me pregunto por qué carajos querría el entrenador Kaltz tenerme a mí en la portería cuando puede ponerte a ti.
- Eres una nena de pies a cabeza.- mi amigo se rio a carcajadas.- ¿De verdad te sientes preocupado por el hecho de que pueda quitarte el lugar? ¿Qué nunca te has visto jugar, Wakabayashi?
- Mira, Hernández, si todos nos pudiéramos ver a nosotros mismos desde afuera, no pasaríamos por estas estupideces.- me reí yo también.- Soy un idiota, Marko, pero sí creo que eres mejor que yo y eso me intimida.
- Y yo creo que tú eres mejor que yo y eso también me intimida.- aceptó Marko.- Pero no creo que uno pueda opacar al otro; si nuestros padres no lo hicieron, no lo haremos nosotros.
- En vez de andar de idiotas autoboicoteándonos, deberíamos de dar lo mejor de nosotros mismos y esforzarnos por tener un lugar asegurado en el equipo.- dije, suspirando. En ese momento se acabó el partido de las chicas y las perdimos de vista durante un momento.- Si el entrenador Kaltz decide dejarte en el puesto titular de mi nivel, no voy a dejártelo fácil, camarada.
- Me da gusto escuchar eso.- Marko sonrió.- Pero por mi parte pienso decirle que quiero que me regrese a mi equipo anterior. Quiero competir contigo pero de otra manera, Daisuke. Algún día estaremos en el mismo campo, peleando por la Copa del Mundo, cada uno defendiendo una portería y dando lo mejor de sí mismo para ganar el Guante de Oro. En ese momento nos enfrentaremos para saber quién de los dos es el mejor guardameta pero, mientras tanto, dejaré pasar cualquier confrontación entre nosotros. Somos amigos, ¿no es así? Sé que tú harías lo mismo por mí pero por favor deja de creer que eres inferior porque no es verdad.
- Si no fuera porque se vería totalmente gay, te abrazaría y te besaría, camarada.- dije, tratando de no sonar como idiota porque ciertamente estaba muy conmovido.
- Eres un imbécil, Wakabayashi.- Marko se echó a reír otra vez.
- Lo sé, Hernández, lo sé.- yo reí con él.
El profesor de educación física nos dio una pausa para refrescarnos ya que estaba haciendo mucho calor. Estábamos en pleno mayo y los climas en Alemania suelen ser bastante contradictorios en esa época así que había que tomarse los ejercicios al aire libre con calma. Mientras me tomaba una refrescante bebida deportiva, vi a Lisa Marie jugar un partido de práctica con el club femenino de fútbol. Había que reconocer que mi prima es bastante buena en este deporte, daba pases precisos y sus tiros eran certeros, bastante letales a pesar de su corta edad. No era para sorprender considerando que la sangre Schneider corría por sus venas la cual, a diferencia de la Wakabayashi, no había sido tan selectiva con el género a la hora de dotar habilidades futbolísticas. Quién sabe, quizás en un futuro Mijael no sería el único Schneider en continuar con la tradición futbolística de su familia.
Cuando concluyó el primer tiempo del encuentro de fútbol femenil, mi atención se desvió hacia Giovanna, quien escudriñaba con mucha insistencia el grupito de chicas que estaba cerca de ella. Me supuse que buscaba a Katie, quien se había convertido en una de sus amigas más íntimas, lo cual me parecía curioso porque ambas tenían personalidades muy opuestas. Por pura ociosidad me puse a tratar de localizar a Katie yo también y comencé a preocuparme al no verla, se suponía que tendría que estar con las demás muchachas pero no veía a ninguna pelinegra de ojos azules pululando por ahí y entonces comprendí la inquietud de Giovanna. Sin embargo, no había motivo para preocuparse porque al fin y al cabo estábamos en la Wittelsbach, no había lugar más seguro para nosotros que la escuela, en teoría. No se me ocurrió pensar, pues, que el peligro podía provenir desde adentro porque se supone que todos somos alumnos responsables y respetuosos, o es lo que esperas de una escuela con estándares tan altos. Sin embargo, si te pones a pensar en que personas como Margus Hoffman y Kentin Hyuga son estudiantes de la Wittelsbach, llegas a la conclusión de que sus filtros de admisión tienen fallos bastante grandes. En cualquier caso, me costó trabajo encontrar a Katie pero lo hice: se encontraba en el rincón más alejado de las áreas al aire libre, discutiendo con un muchacho que a todas luces estudiaba en el nivel de preparatoria; no alcanzaba a escuchar qué decían pero se veía que ella no estaba muy feliz, todo su lenguaje corporal gritaba un "déjame en paz" bien claro que el otro parecía no entender, así que llegué a la conclusión de que él la estaba acosando y me enojé. ¿Quién se creía ese imbécil que era para venir a molestar a una chica de un nivel inferior al suyo?
Dándome cuenta de que se trataba de una situación seria, me apresuré para interrumpir porque nadie iba a lastimar a una de mis amigas, no me importaba que aún no acabara de cumplir mi castigo por el asunto con Hoffman, con tal de defender a Katie bien valía la pena una expulsión. Mientras me acercaba, vi que mi amiga le daba una patada al tipo para salir corriendo pero él la tomó con fuerza por el brazo y la jaló hacia atrás, como si de una muñeca se tratara. Hasta mis oídos llegó el grito de dolor de Katie, lo que me hizo enfurecer, eso ya se estaba convirtiendo en abuso físico. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, a mi lado pasó un manchón corriendo a toda velocidad, un manchón que llegó hasta la pareja para soltar un puñetazo directo a la mandíbula del acosador. Éste, que no se esperaba tremendo ataque, cayó hacia atrás, sorprendido, y ahí me di cuenta de que el inesperado rescatador no era otro más que Marko; sin pensarlo dos veces, el italiano había agarrado la cara del muchacho cual si se tratase de un balón de fútbol que necesitara ser despejado para hacerlo entender que no podía agredir así a una muchacha y salirse con la suya. El chico se retorcía en el pasto, aullando de dolor, mientras Marko lo miraba con los puños apretados.
- Tengo más de estos golpes.- lo amenazó, sin titubear.- Vuelve a ponerle un dedo encima a Katie o a cualquier otra chica y te los enseñaré todos.
Guau, sí que estaba impresionado, jamás había visto a Marko comportarse de esa manera ni tampoco lo había notado actuar tan enojado para, segundos después, cambiar su actitud a una de completa calma mientras le ofrecía su mano a Katie:
- Ven, te llevaré con el profesor, este tipo de comportamiento no se debe de quedar sin castigo.- le dijo, con una media sonrisa.- Si no le pones un alto ahora, será peor después.
- Lo sé, ya había decidido decirle al profesor que este tipo lleva un rato acosándome. Y gracias por defenderme.- Katie lo tomó de la mano y lo miró como si él fuese un príncipe italiano que hubiese ido a rescatarla y, en cierto, modo, sí que lo era.- Eres mi héroe.
- Siempre estaré dispuesto a ayudarte en lo que necesites.- Marko la miró, a su vez, como si ella fuese Julieta y él, Romeo, y supe entonces que esos dos ya habían caído en las redes del amor de manera irremediable.- Si este tipo, o alguien más, te vuelve a acosar, no dudes en llamarme.
De verdad, qué asco, pero tenía que admitir que me daba gusto por los dos. El acosador en cuestión fue llevado a la dirección, escoltado por un prefecto y por el profesor de deportes, con Katie y Marko cerrando la comitiva pues la chica iba decidida a hacer una denuncia formal, el muchacho llevaba varios días molestándola y ella ya había perdido la paciencia. Y a juzgar por la forma en cómo Marko miraba al sujeto, si éste conseguía escaparse del castigo del director, no lo haría de la paliza que le daría mi amigo. Esperaba que algo bueno saliera de este estúpido episodio, como una cita entre mis dos amigos por ejemplo, lo cual se veía muy probable considerando que ellos se habían gustado desde que se conocieron.
Cuando acabaron las clases volví a recordar el asunto de los miedos de mi padre. Tenía ganas de hablar con alguien sobre eso, alguien que supiera cómo era que el gran Genzo Wakabayashi conseguía mantener sus terrores bajo control. Quizás lo más natural habría sido preguntarle directamente a mi padre pero a estas alturas ya quedaba muy en claro que mientras menos nos habláramos sería mucho mejor, así nos evitaríamos problemas. Mi primera idea fue hablar con mi madre pero no tardé en desecharla, no sé por qué me dio la impresión de que había cosas que mi padre le ocultaba porque, a pesar de que la respetaba mucho y confiaba en su criterio, la doctora Del Valle seguía siendo su esposa y por lo mismo él sentía que era su deber protegerla hasta de sí mismo. Vaya uno a saber por qué los hombres somos tan pendejos pero lo somos. Hablar con mi tía Elieth quedaba descartado por una razón similar y charlar con Catrina habría sido repetir la conversación de la noche previa y yo lo que en verdad quería era hacerlo con alguien que conociera bien al gran Genzo Wakabayashi. Mi problema se resolvió cuando mi tío Karl nos anunció que se haría cargo de nosotros esa noche, seguramente él sabía muy bien cuáles eran las debilidades de mi padre. Así pues, aproveché que Jazmín y Benjamín se encerraron en sus habitaciones para acercarme a hablar con mi tío sin temor a que alguno de ellos nos escuchara, ése era un tema que quería guardarme sólo para mí.
- Tío, ¿puedo hablar contigo de algo muy personal?.- le pregunté al padre de Mijael cuando nos quedamos a solas en la cocina, en donde él buscaba ingredientes para prepararse un bocadillo.
- Si me dices en dónde encuentro las salchichas wurst, te digo lo que sea.- respondió el Káiser de Alemania, sonriente.
Estrictamente hablando, Karl Heinz Schneider no es mi tío pero es como si lo fuera. No sólo es el mejor amigo de mis dos padres sino que su hermana es mi tía política y mi hermana es su ahijada; en cierto modo, ha sido un verdadero tío para mis hermanos y para mí y todos sabemos que se puede confiar en él; cuando mi familia ha necesitado de ayuda, el Káiser ha sido de los primeros en ofrecer su mano (al igual que su esposa), y sus hijos son tan cercanos a nosotros que se puede decir que mis padres también contribuyen a su crianza, así como los señores Schneider intervienen en la nuestra. Es realmente curioso porque el Káiser de Alemania siempre mantuvo una especie de rivalidad amistosa con mi padre, una relación que los hacía querer enfrentarse en todo momento y llevarse la contraria cada que podían, incluso hubo gente que los catalogó como "enemigos" cuando la realidad era muy diferente. Ésta es una de las pocas cosas en las que no necesito que mi padre me explique su sentir, sé perfectamente bien que el gran Genzo Wakabayashi respeta, admira y aprecia a Karl Heinz Schneider, que lo considera como uno de sus amigos más cercanos y que confía plenamente en él sin importar lo que suceda. Lo sé bien porque es lo mismo que a mí me pasa con Mijael Schneider y siendo nosotros los hijos de aquéllos dos, queda claro que conozco cuál es el tipo de relación que el gran Genzo Wakabayashi y el Káiser de Alemania tienen, con la diferencia de que nosotros somos menos idiotas y admitimos que somos mejores amigos; en cambio, mi padre y mi tío Karl prefieren negarlo y pelear como perro y gato todo el tiempo, vaya par de necios.
- Me da la impresión de que quieres hablarme de tu padre, Daisuke.- comentó mi tío Karl mientras engullía las salchichas ya preparadas.
- ¿Cómo lo sabes, tío?.- sonreí a medias.
- Creo que es de lo único de lo que has hablado con los adultos de esta casa en los últimos días.- respondió el Káiser de Alemania, sonriendo.- No entiendo por qué, si tienes tantas dudas sobre él, no se las preguntas directamente.
- No es fácil hablar con papá últimamente.- me encogí de hombros.- Y no es para menos, así que voy a molestar a todos los adultos que lo conocen para que me den la versión que tienen sobre él. Quizás en algún momento tenga suficientes datos para sacar una imagen coherente y mejor de la que actualmente tengo.
- Me pregunto de dónde sacaste ese cinismo tan marcado, Daisuke.- me pareció que mi tío se aguantó las ganas de soltar una carcajada.- Tu padre y tu madre lo son pero no a ese extremo.
- Supongo que se mezclaron en mí el cinismo de cada uno.- respondí, con mucha tranquilidad.
- Admitir ser cínico te hace más cínico aún.- esta vez, el papá de Mijael sí soltó la carcajada.- No sé, Daisuke, confieso que te quiero como si fueras mi hijo pero reconozco que estoy agradecido de que no lo seas en verdad. Creo que, dios me ampare, prefiero batallar con la locura de Mijael que con tu insolencia.
- Lo cual ya es mucho decir.- me agradaba que mi tío fuese tan sincero, quizás por eso la gente que lo conocía confiaba en él.- No soy tan difícil de manejar, ¿o sí?
- No, pero con un padre como el tuyo sin duda que esto es una receta para el desastre.- el Káiser de Alemania se acabó la salchicha wurst de un bocado.- Wakabayashi es muy terco y cerrado, cuando una idea se le mete en la cabeza es difícil sacársela y siendo tú tan rebelde y descarado, no me sorprende que se peleen frecuentemente. Siempre creí que la horma de su zapato era tu madre pero ahora me doy cuenta de que eres tú. Por algo dicen que los padres pagamos con nuestros hijos los dolores de cabeza que les causamos a nuestros propios padres, aunque en mi caso estoy seguro de que nunca estrellé un vehículo contra la torre Eiffel.
No pude evitarlo y me reí. Un año atrás, cuando la vida aún era hermosa y Aremy estaba sana, fuimos de vacaciones a París, los Schneider y los Wakabayashi; no me quedó en claro cómo fue que ocurrió pero Mijael, quien tenía quince años y por tanto no tenía edad legal para conducir, acabó al volante de una de las camionetas que se rentaron para nuestro viaje, conmigo como copiloto, seguros de que conseguiríamos llegar hasta la torre Eiffel para tomar unas fotos y después regresar a la mansión de los Shanks, en donde nos hospedábamos, sin que nuestros padres se enteraran. Al final resultó que Mijael no era tan diestro al volante todavía, o quizás era que sus cálculos le salieron mal, pero el caso fue que la camioneta quedó estampada contra uno de los costados de la torre. Nosotros no sufrimos daño gracias a los cinturones y a las bolsas de aire pero sin duda que nuestros padres nos hubieran roto todos los huesos del cuerpo a golpes si nuestras madres los hubiesen dejado. Y creo que estuvieron muy cerca de hacerlo.
- Nunca se te va a olvidar eso, ¿verdad?.- tuve la decencia de avergonzarme.
- Definitivamente no.- mi tío Karl suspiró.- No creo que sea fácil olvidarse de algo así
- En fin.- traté de ponerme serio.- Cambiando de tema, eh, ¿a qué le tenías miedo cuando tenías mi edad?
- Qué pregunta tan más interesante.- el Káiser de Alemania inclinó un poco la cabeza, el mismo gesto que Mijael le copiaba sin darse cuenta.- A tu edad yo tenía miedo de perder a mi familia. Por esas épocas mis padres comenzaron a tener problemas en su relación y se separaron; si bien no se divorciaron al final, durante un tiempo sí temí que lo hicieran. Mi mayor miedo era que mi familia se fragmentara y que perdiera lo que era más importante para mí. Trataba de hacer lo posible para que ellos se reconciliaran, era tanta mi desesperación que no me daba cuenta de que eso no dependía de mí.
- Vaya, no lo sabía.- confesé, asombrado.- Cualquiera que viera a los abuelos de Mijael creería que siempre han sido muy unidos.
- Pues hubo un tiempo en el que no lo fueron.- mi tío sonrió a medias.- Y yo no sabía qué hacer para ayudar a mantener a mi familia unida. Fue una época muy negra para mí y yo no tenía a quién recurrir entonces, mi padre no vivía conmigo y no tenía muchos amigos en quiénes confiar.
- ¿Ni mi padre?.- quise saber.- Más o menos por esas fechas fue cuando ustedes se conocieron, ¿no?
- Tu padre y yo nos llevábamos bien en ese entonces pero ninguno era muy dado a hablar de su vida personal con el otro.- mi tío se encogió de hombros.- Además, no sabía si comprendería mi situación, yo sabía que él nunca ha sido muy unido a su propio padre y tal vez no hubiera entendido por qué me afectaba estar tan separado del mío, después de todo Wakabayashi no tuvo reparos en irse a vivir solo al otro lado del planeta, dejando atrás a su familia y a su patria, no creo que él hubiese comprendido el por qué a mí me dolía que mi papá viviese en otra casa en la misma ciudad. Al menos en aquéllas épocas no lo hubiera entendido, quizás ahora sí pueda hacerlo.
- ¿Por qué lo piensas?.- quise saber.
- Porque ahora él ya es padre.- respondió el Káiser de Alemania.- Y comprende bien lo importante que es para Benjamín y para ti el que tengan una relación buena con él, como figura paterna y mentor. Tal vez ahora tu padre ya entienda cómo me sentía en aquella ocasión pero sin duda que en el momento en el que ocurrió, no me hubiera comprendido.
- Entiendo.- apreté los labios en una mueca, a mi parecer el gran Genzo Wakabayashi no estaba haciendo tan buen trabajo con eso de establecer una buena relación con sus hijos.- ¿Y ahora a qué le temes?
- A muchas cosas: perder a mi familia, a fracasar en protegerla, a no poder estar al lado de la gente que me necesita.- mi tío Karl se puso serio.- Pero principalmente a no ser el hombre que los demás esperan que sea, temo fallarle a la gente que es importante para mí.
- ¿Entonces no soy el único que pasa por eso?.- brinqué en mi silla.- Siempre me hace sentir mal el que papá sea tan seguro de sí mismo.
- Tu padre debe ser el único hombre en el planeta que no ha tenido miedo de no ser lo que los demás esperan.- el Káiser esbozó una sonrisa de burla.- Y es algo que siempre he admirado pero hay que reconocer que los demás no somos así. Yo no, al menos.
- ¡Y yo que pensé que el Káiser de Alemania no tendría este tipo de inseguridades!.- exclamé.- ¿Qué nos queda a los mortales?
- No exageres, Daisuke.- me reprendió mi tío aunque sin mucha seriedad.- Ser llamado el joven Káiser de Alemania a los catorce años es demasiada responsabilidad, es la prueba de que tu país espera mucho de ti porque no has llegado ni a la mayoría de edad y ya la gente te compara con uno de los mejores futbolistas profesionales que han existido en Alemania. Catorce años es una mala edad para tener ese peso sobre tus hombros, si no tienes la suficiente entereza la presión podría hundirte.
- Debí haber hablado contigo antes, tío.- dije, con un tono tan dramático que él se rio.- ¡No sabes lo bien que me hace sentir el enterarme de que hasta tú has tenido esas dudas!
- Teniendo a Genzo Wakabayashi de padre, me imagino que debe ser difícil no sentirse inseguro.- mi tío Karl me sonrió a medias.- Pero no te preocupes, no eres el único que se siente así y no está mal que tengas tanta incertidumbre, lo malo es dejar que esa inseguridad te venza.
- ¿Le tienes miedo a la Muerte, tío?.- quise saber.- ¿O no has pensado alguna vez en eso?
- Hmmmm.- el señor Schneider se sorprendió un poco pero no me dijo lo que pensé que me diría, que hablara con mi madre si estaba preocupado por mi hermana.- Creo que todos los que amamos la Vida le tenemos miedo a la Muerte, Daisuke, pero procuramos no pensar en ella.
- ¿Eso es un sí?.- insistí.
- Supongo.- mi tío Karl se encogió de hombros.- Es normal que tú se la tengas también.
- Quiero dejar de tenérsela.- repliqué.- Después de todo, es alguien a quien nos vamos a encontrar en algún momento.
- Eso es muy cierto.- el Káiser miró con melancolía hacia la ventana de la cocina.- Algunos más tarde, otros más temprano, pero al final siempre terminaremos por encontrarla.
- ¿Crees que mi papá le tenga miedo a la Muerte?.- lancé al fin la pregunta que llevaba rato queriendo formular.- ¿O a qué crees tú que le tenga miedo?
- ¿Me creerías si te dijera que llevo años formulándome la misma pregunta?.- cuestionó el Káiser de Alemania, mirándome con cierta disculpa.- Durante un tiempo creí que no le temía a nada porque no había algo que pudiera detenerlo o preocuparlo, pero descubrí que mientras más creces, más miedo tienes pero no por ti sino por las personas que amas. Si tu padre le teme a algo es a eso, a no poder protegerlos a ustedes. Después de todo, ése es el miedo más común de un hombre adulto y por muy fuerte que él sea, no creo que esté exento.
- Entonces sí debe de tenerle miedo a la Muerte.- murmuré, pensativo.- Es algo de lo que no puede proteger a su familia, no siempre.
- Seguro que sí.- mi tío volvió a ladear la cabeza.- ¿Por qué se te ha metido esa idea en la mente?
- Porque me cuesta trabajo entender a mi padre, ya te lo dije.- suspiré.- Y creo que si conozco cuáles son sus puntos débiles, más humano lo veré y mejor podré comprenderlo.
- En eso sí eres diferente a él, Daisuke.- el Káiser de Alemania me sonrió.- Tú buscas comprender a la gente mientras que a tu padre muchas veces le da igual. Por no decir que casi siempre. Es bueno que hayas heredado eso de tu madre.
- ¿Será por eso que peleamos tanto?.- cuestioné, no tanto a él sino como algo retórico.
- Probablemente sí.- asintió mi tío Karl.
- En todo caso tendré que ser yo quien trate de entenderlo a él.- me puse a jugar con un salero.- Saber que le teme a la Muerte me hace darme cuenta de que sí es humano y no un robot.
- Genzo Wakabayashi es sólo un hombre muy terco pero no es un robot.- dijo el Káiser, con cierta burla.- Y aunque me da gusto que me tomes en cuenta para charlar de lo que te preocupa, te aconsejo que mejor hables directamente con él, así podrían limar sus asperezas.
- Es lo que mamá y mi tío Kaltz me han dicho también.- bufé, fastidiado.- Pero nadie le ha sugerido a mi padre que también haga lo mismo.
Mi tío volvió a reír a carcajadas, divertido ante mi cinismo. Al menos alguien ve este defecto de mi personalidad como algo divertido y no como un fastidio, pero creo que es porque no tiene que lidiar todo el tiempo con él.
Notas:
- Eriko Wakabayashi-Misaki es un personaje creado por Lily de Wakabayashi.
