Capítulo 34. El equipo más fuerte.
Si me lo preguntan, el divorcio es una de las cosas más imbéciles que ha inventado la Humanidad. ¿Por qué? Pues porque no entiendo para qué cuernos se va a casar uno si después se va a querer separar. ¿Cuál es el caso de gastar tiempo, dinero y esfuerzo en una ceremonia tan inútil como lo es una boda para que en unos cuantos años mandes a tu esposa (o esposo, yo que sé) al carajo con una patada en el trasero? Mejor agarra ese dinero para invertirlo en algo mejor, como en mantener unido tu matrimonio, ¿no? Pero bueno, yo qué voy a saber de eso, tengo 14 años y ni siquiera tengo idea de cómo conseguir que la pelirroja de mis sueños me haga caso, mucho menos voy a saber cómo mantener unidas a dos personas casadas.
En fin, retomando el hilo que dejé inconcluso el capítulo pasado, mi madre se peleó con mi padre y tanto Benji como yo tememos que ellos se vayan a divorciar. Justo cuando la doctora Del Valle pasó echa una furia a nuestro lado, el gran Genzo Wakabayashi se dio cuenta de que nosotros escuchamos toda la pelea campal que mantuvieron y suspiró, agotado. En ese momento él lucía muy acabado, como si le hubiesen caído encima los muchos años que el deporte constante le estuvo ahorrando y, sí, tengo que admitirlo, sentí cierta lástima por él. Bueno, no, lástima no, dice mi madre que la lástima no es buena, más bien sentí compasión. Ichimei, el reformado, se quedó paralizado sin saber qué hacer así que estaba a punto de decirle que regresáramos después cuando mi padre nos habló.
– No sabía que estaban ahí, Daisuke e Ichimei –dijo el gran Genzo Wakabayashi, quien hizo un esfuerzo enorme para hablarnos con normalidad–. ¿Qué necesitan?
– Sólo veníamos por jugo –respondí, entendiendo que él quería comportarse como si nada hubiese sucedido. Se me olvidó que Benji quería una soda pero, ¿a quién le importaba en ese momento?
– Claro, pasen. –Mi padre se levantó y abrió el refrigerador para sacar un par de los muchos envases individuales de jugo que tenemos ahí–. ¿Cualquier sabor está bien?
– Sí –acepté. Podría haberme dado jugo de brócoli y lo habría aceptado con mucho gusto–. A menos que Benji quiera otro sab…
– ¿Mamá y tú van a divorciarse? –soltó mi tarado hermano menor, interrumpiéndome.
¡Ay, camarada, buena la acabas de hacer! Tan bien que íbamos, nos quedaban menos de cinco segundos de plática y ahora vamos a aventarnos una terrible charla con nuestro padre, en donde seguramente nos dirá que, sin importar lo que ocurra, él siempre nos va a amar. ¿Para qué llegar a este extremo, caramba?
El gran Genzo Wakabayashi se detuvo a media acción, con dos jugos en la mano y el refrigerador a medio cerrar, y se quedó mirando fijamente a Benjamín durante algunos segundos antes de verme a mí con expresión de desamparo. Yo puse cara de disculpas, como si hubiese sido mi responsabilidad el evitar que Benji cometiera alguna estupidez y hubiera fallado, tras lo cual le di un codazo a mi hermano.
– Siéntense, por favor –nos pidió mi padre, señalando un par de bancos ubicados frente a la mesa central de la cocina– Me parece que tenemos que hablar.
– No pretendíamos espiarlos –me apresuré a decir. No creía que fuera buena idea hablar con mi padre sobre el divorcio–. Creo que sólo aparecimos en mal momento pero no tienes nada qué explicarnos.
– Me parece a mí que sí. –Él volvió a hacer un gesto con la cabeza y Benji y yo lo obedecimos–. ¿Qué tanto escucharon de la plática que tuve con su madre?
– Lo suficiente como para temer que ustedes se vayan a divorciar.- respondió Ichimei, el atolondrado.
– Más de lo que esperábamos –lo corregí–. Básicamente, que no están de acuerdo con el tratamiento de Aremy.
– Entiendo. –El gran Genzo Wakabayashi nos pasó los jugos y se sentó frente a nosotros, del otro lado de la barra.- Bien, no sé cómo decirles esto pero…
– ¿Se van a divorciar mamá y tú? –repitió Benji, cual disco rayado–. ¿Es eso lo que no sabes cómo decirnos, papá?
– ¿Qué te hace pensar eso, Ichimei? –preguntó mi padre–. No recuerdo que ni su madre ni yo hayamos tocado el tema en algún momento.
"No, pero ella amenazó con quitarte tus derechos como padre", pensé, al tiempo que me sentaba y agarraba el jugo que me había tocado, uno de durazno. Prefiero los de mango, pero al menos no es de brócoli.
– Que mamá y tú estaban peleando –respondió Benji, presto–. Y las parejas felices no discuten.
– Todo es culpa de una estúpida revista para mujeres que estaba leyendo Jaz hace rato –expliqué, sintiéndome tan frustrado como seguramente lo estaba mi padre–. Ahí decían que las parejas que pasan por un evento terrible suelen separarse y creo que eso nos condicionó a pensar cosas que no son.
"O que esperamos que no sean". Me tragué el jugo a velocidad supersónica para ver si con eso ahogaba mis pensamientos.
– Y que estaban discutiendo –insistió Ichimei, el atolondrado–. Nunca los he visto pelear así.
– Eres muy joven para saber esto, Ichimei, y tú también, Daisuke, y por tanto es normal que les preocupe que riña con su madre pero deben de saber que todas las parejas pelean, en mayor o menor medida, pero lo hacen –respondió mi padre, con más tranquilidad de la que esperé–. Sin embargo, eso no significa que no se quieran.
– ¿Y por qué riñen si se quieren?.- insistió mi hermano, mientras jugaba con su envase de jugo sin abrir.- ¿No se supone que "todo lo que necesitas es amor"? Eso es lo que dicen los Beatles.
Los Beatles se separaron por culpa de una mujer, Ichimei, no puedes creer al cien por ciento en todas sus canciones. En serio, no sé cómo le haces para ser tan maduro y tan ingenuo al mismo tiempo, debe ser que sólo tienes once años y, aunque eres precoz para tu edad, te falta mucho por aprender.
– ¿Cómo es que tú sabes quiénes son los Beatles? –El gran Genzo Wakabayashi se echó a reír–. Ichimei, es imposible que dos personas que viven juntas y que tratan de criar a cuatro hijos nunca tengan desacuerdos. El amor es la base de una relación pero no lo es todo, se necesita también de paciencia y de empatía, y de estar consciente de que la otra persona es un individuo con pensamiento propio, lo que tarde o temprano llevará a que en algún momento vas a discutir con ella porque sus pensamientos no van a concordar con los tuyos. Y eso no tiene nada que ver con el amor.
¡Anda tú! ¿Desde cuándo eres un "experto" en relaciones maritales, querido padre? ¡Si mi tío Karl constantemente dice que es un milagro que mi madre se haya fijado en ti, con lo lerdo que eres para el amor! Yo hasta empezaba a creer que mamá te tuvo lástima, caramba.
– ¿Entonces no se van a divorciar? –preguntó Benji; rara vez había que repetirle las cosas a mi hermano pero le estaba costando trabajo digerir este tema.
– No es mi plan a futuro ni tampoco creo que sea el de tu madre –contestó mi padre, con mucha seguridad –. Es verdad que tuvimos una pelea fuerte, no me sirve de algo negárselos porque lo vieron con sus propios ojos, pero no deben preocuparse por eso pues cada pelea trae consigo una oportunidad para la reconciliación, lo cual a la larga fortalece la relación. Nunca se me pasó por la cabeza la idea de separarme de su madre, es algo que no podría hacer, ni tampoco podría permitir que ella intentara hacerlo.
– ¿De verdad? –me sorprendí–. ¿Por qué?
– ¿En serio necesito explicártelo? –El gran Genzo Wakabayashi esbozó una peculiar sonrisa que nunca antes le había visto–. Antes de conocer a tu madre, pensaba que estaba completo y que no me faltaba algo, que mi personalidad estaba bien y que no necesitaba pulir ningún aspecto, pero ahora sé que eso nunca fue verdad. Tu madre es eso que a mí siempre me faltó, ella me aporta lo que yo no tengo: es mi corazón y mi voz de la razón. Soy impulsivo y testarudo, tú eso lo sabes bien, y rara vez pienso en los sentimientos de lo demás, quizás porque no tengo la sensibilidad necesaria para hacerlo, pero tu mamá me ayuda mucho en este aspecto, es gracias a su ayuda que soy menos frío y calculador que antes. Ella es mi ejemplo a seguir cuando se trata de relacionarme con los demás, me ha hecho ser más empático y comprensivo, aunque a veces no lo parezca. No podría separarme de tu madre porque me hace sentir que soy humano y no un frío futbolista sin corazón, así de sencillo. Aun eres joven y quizás no lo entiendes, pero algún día hallarás a alguien que te haga sentir así y entonces me comprenderás.
Papá, no soy tan imbécil. No necesito enamorarme para saber que tú estás enamorado de mamá. Es bueno saber esto pero, ¿qué piensa la doctora Del Valle al respecto? ¿Ella sabe lo que acabas de decirnos o, para variar, es algo que das por hecho y por eso no se lo has contado? ¡Mira que las mujeres son bien difíciles de entender!
– Supongo que las revistas para mujeres no saben cómo piensa un hombre de verdad –comentó Benji, más tranquilo tras el discursito cursi y meloso de nuestro padre–. Si lo supieran, no pondrían tanta estupidez en sus páginas.
– Eso es porque están hechas por mujeres –repliqué, poniendo los ojos en blanco–. Es obvio que no saben cómo piensa un hombre.
– Ya les habíamos dicho que no leyeran esas revistas, no están en edad para entender todo lo que dice ahí. –El gran Genzo Wakabayashi frunció el ceño.
– Eso fue lo que le dije a Jaz –señalé, encogiéndome de hombros–. Al rato me encargaré de quemarla en la chimenea.
– Bien, ¿hay algo más que quieran preguntarme? –quiso saber mi padre, aliviado por haber salido del problema.
– Sí. A mí me gustaría saber cuál es el tratamiento de Aremy por el cual discutían mamá y tú –dije, a pesar de saber que él no me iba a responder–. Por lo que entendí, ella quiere llevarlo a cabo y tú no, así que debe tratarse de algo fuerte. Sin embargo, sospecho que no nos vas a querer hablar de eso, padre.
– Estás en lo correcto, Daisuke –afirmó el gran Genzo Wakabayashi–. No voy a discutir con ustedes las decisiones que se deban tomar con respecto al tratamiento de tu hermana.
– Ni tampoco queremos saberlas –se apresuró a decir Ichimei, el pacificador–. No vamos a entenderlas de cualquier manera.
Tras decir esto, mi hermano me lanzó una severa mirada de advertencia, una que también solía poner nuestra mamá cuando quería que me calmara. Ya, entendí, no quieres que arme una nueva guerra. ¡Qué aburrido eres, caray!
– Por eso dije que sospechaba que no nos ibas a querer hablar de eso –cedí, más que nada porque me sentía cansado–. Sólo espero que al final tomen la mejor decisión para Are.
– Ten por seguro que así será –replicó mi padre, con mucha seriedad.
"Claro, o de lo contrario mamá te quitará la patria potestad", pensé. En serio que me he vuelto bien cínico, pero al menos tengo la decencia de ya no decir estas cosas en voz alta.
– Por cierto, quiero pedirles a ambos que no hablen de esto con sus hermanas, ellas no deben saber lo que sucedió aquí –nos advirtió el gran Genzo Wakabayashi–. Ni tampoco vayan a comentárselo a su madre, ya hablaré con ella después para arreglar esta situación. ¿Entendieron?
– No diremos nada, ¿verdad, Dai? –El bueno de Benji se apuró a contestar, tras lo cual volteó a verme una vez más.
– Seguro –acepté–. Seremos unas tumbas.
Mi padre se relajó con la promesa que hicimos de no abrir la boca y Benji y yo decidimos que ya habíamos tenido suficiente así que nos despedimos de él; noté que mi hermano llevaba aún el envase de jugo, sin abrir, cosa que me pareció tonta porque él era el que tenía sed en primer lugar.
– Tengo la boca seca –comentó Benji, cuando salimos de la cocina.
– Pues tómate el jugo –señalé el envase–. Se supone que a eso fuimos a la cocina.
– Yo quería una soda –replicó Ichimei, el atribulado, con expresión ausente.
– Ya lo sé pero, ¿realmente importa? –bufé.
– No. –Él abrió el envase–. Me calmó que papá dijera que no piensa separarse de mamá, pero todavía conservo cierto nivel de angustia por eso, no sé porqué.
– Quizás porque, a últimas fechas, papá y mamá han pasado muy poco tiempo a solas –repliqué–. Están dejando su matrimonio de lado para enfocarse a ser padres al cien por ciento y eso tampoco es bueno.
– Puede que tengas razón –dijo Benji, tras lo cual se bebió el jugo, muy pensativo–. Pero nosotros no podemos hacer algo al respecto, así como tampoco podemos ayudar con el tratamiento de Are. Es decir, no les vamos a decir a nuestros padres cómo manejar sus asuntos de pareja.
Probablemente no, pero sí podríamos hacer algo para unirlos más, ¿no? Digo, en las películas y series babosas que tanto les gustan a mis hermanas, los amigos de los protagonistas suelen armar planes para juntar a estos dos cuando se separan por algún malentendido. ¿Y qué es lo que hacen? Citan a ambos enamorados en un restaurante lujoso para que coman, se besen, sean felices y den asco a los demás presentes con su melosidad. ¿Funcionaría eso con dos personas tan poco románticas como mis padres? Sería bueno averiguarlo, aunque no es como si pudiera sugerirle a uno de los dos que lleve al otro a cenar. ¿Existía otra opción? No lo sé, tendría que pensarlo después, que por el momento tengo qué encontrar una solución al problema en el que me metió Kentin Hyuga.
Sin embargo, para mi buena suerte siempre he tenido a mi alrededor a adultos sabios que saben aconsejarme en momentos difíciles (por supuesto que no estoy hablando de mi padre, las palabras "adulto sabio" no le quedan a él); en esta ocasión, la respuesta al problema de Kentin me llegó de manera inesperada de alguien a quien debí haber acudido en primer lugar, considerando lo buena que es esta persona para las tácticas de guerra. Mientras me deshacía el cerebro buscando una manera de hacer hablar al cabrón, me entretenía aventando, una y otra vez, una vieja pelota de béisbol, como hacen en las películas gringas (he descubierto que hacer esto me relaja), pero fui interrumpido por los golpes que alguien dio a la puerta de mi cuarto; al abrir, descubrí que se trataba de mi padrino.
– Hola, Daisuke, espero no estar interrumpiendo –me saludó Demian Krieg–. Quería saber cómo estabas, me comentó Benjamín que andas preocupado por una cuestión de la escuela.
– ¿Ah, sí?.- me sorprendí, pues habitualmente Benji no suele ser tan chismoso–. Pues es cierto pero ya decidí que no voy a tocar el tema con otro adulto pues aquellos con quienes hablé me mandaron mucho al cuerno y me tacharon de mentiroso.
– Eso fue porque no platicaste conmigo –replicó mi padrino–. Ten por seguro que yo no haré eso. ¿Quieres hablarme de tu problema? ¿Tiene algo que ver con que te acusan de haber cambiado tus notas escolares?
– Veo que mi madrina ya te puso al corriente –suspiré, dejándome caer en la cama–. Sí, se trata de eso, hoy descubrí que sí nos tendieron una trampa a Claude y a mí.
– ¡Oh! ¿En verdad? –El señor Krieg se sentó con mucha elegancia en la silla de mi escritorio, como si lo hubiese hecho en la silla ejecutiva de su oficina–. ¿Qué sucedió?
Dudé durante un par de segundos antes de decidirme a hablar; a lo más que llegaría sería a que mi padrino no creyera mi historia, pero estaba seguro de que no le iría con el chisme a mis padres con respecto a que violamos las reglas al ver las cintas de las cámaras de seguridad de la escuela, así que le conté el asunto con todos los detalles que recordé. El señor Demian me miraba con aire pensativo, como si estuviese pensando en alguna incoherencia de mi disparatada historia.
– Así que, básicamente, aunque sabemos que fue Kentin el que nos puso una trampa, no podemos demostrarlo –concluí–. Lo cual nos ha llevado al punto de partida, estamos exactamente igual que al principio.
– Eso no es cierto –me contradijo mi padrino–. Ahora cuentan con una ventaja que Kentin desconoce: ustedes saben ya que él es el culpable pero él no sabe que ustedes saben, así que pueden usar eso a su favor.
– ¿Y cómo? –cuestioné–. Digo, sin los vídeos no podremos…
– No estoy hablando de los vídeos, Daisuke –me interrumpió Demian Krieg–. No podrás contar con ellos así que debes sacarlos del juego cuanto antes y pensar en otra estrategia. ¿Has escuchado la frase: "meter mentiras para sacar verdades"? Bueno, pues la puedes aplicar en este momento, aunque no usarás mentiras para conseguir una verdad.
– ¿Ah, no? –fruncí el ceño, confundido. Lo cierto era que no estaba entendiendo todo–. Perdón, padrino, pero no estoy comprendiendo bien.
– Ya me di cuenta de eso. –Él se echó a reír; no por nada, pero su risa es tan potente que me hace sentir que en cualquier momento habrá un terremoto o una erupción volcánica–. La respuesta es simple: sácale la verdad y grábalo, así no podrá negarlo después.
– Okey –bufé. Eso era más fácil de decir que de hacer–. ¿Y cómo se supone que voy a sacarle la verdad?
– Ya te lo dije: usa mentiras y verdades para sacar otra verdad –me explicó mi padrino, con mucha paciencia–. Tú ya sabes que él sí cambió las calificaciones, lo viste en vídeo. Bien, pues entonces lo que tienes que hacer es ir con ese imbécil, llevando un celular con la cámara en modo "grabar vídeo", y decirle directamente: "Sé que fuiste tú quien cambió mis notas y no lo puedes negar porque tengo cómo comprobarlo", lo cual es en parte verdad y en parte mentira. Si Hyuga se siente acorralado, como seguramente estará porque es culpable, confesará y tú lo tendrás registrado en vídeo. Con eso, ni siquiera tu director podrá decir que estás mintiendo.
¡Guau! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡Por algo este hombre es un genio en los negocios! Me puse en pie de un salto y por poco corro hacia él para besarlo. ¡Ésa era una buena solución a mi problema!
– No había pensado en eso –confesé–. ¡Es una idea genial, padrino!
– Por supuesto que lo es –sonrió él–. Yo suelo tener buenas ideas, Daisuke. Ya te he dicho muchas veces que, cuando tengas un problema que no sepas cómo resolver y con el cual tus padres no te puedan ayudar, acudas a mí.
– Por supuesto, gracias –asentí–. No te hablé de esto antes porque mis padres, mis profesores y mi director no me creyeron y por lo mismo desistí de comentárselo a otro adulto.
– Entiendo, no te preocupes –aseguró mi padrino, la mar de comprensivo–. Fue bueno que tu hermano me contara que tienes un problema, así pude venir a preguntártelo directamente. Por cierto, Cat me dijo que te avisara que quiere charlar contigo. Iba a venir también pero pensó que te sentirías más en confianza si sólo tratabas este tema conmigo. Además, sus asuntos no son de Guerra sino de Muerte y yo en estas cosas no me meto mucho, no es mi terreno.
– Está bien, gracias –acepté–. De hecho, sí tengo muchas ganas de hablar con mi madrina.
– Bien, ya te buscará ella después –expresó el señor Krieg, levantándose de mi silla–. Mantén la calma y juega bien tus cartas, Daisuke. Y recuerda: tú tienes la ventaja porque sabes que Hyuga sí es culpable, no puede vencerte por más que quiera.
– No lo olvidaré, padrino, gracias –sonreí, aliviado.
– Para eso estamos. –Él me palmeó el hombro y yo sentí una extraña descarga de adrenalina.
Cuando Demian Krieg se marchó, fui corriendo a buscar a Benjamín, pues debía comunicarle a él y a los Schneider el nuevo plan; sin embargo, no sabía cómo iba a hacerle pues no podía ir a ver a mis amigos porque seguía estando castigado. Mi pequeño hermano me dijo que no me preocupara porque él se haría cargo, que simplemente me alistara para ir a la casa vecina y que vendría por mí en cuanto hubiera conseguido el permiso que necesitaba. Cumplió. Tras haberle dicho a nuestro padre que Mijael Schneider necesitaba que TODOS sus mejores amigos lo visitaran para sentirse mejor y que, por tanto, yo debía ir a verlo también para facilitar su recuperación, el gran Genzo Wakabayashi le autorizó a mi hermano el ir conmigo a la casa de los Schneider, siempre y cuando regresáramos pronto y no hiciéramos otra cosa más que visitar a Mijael. ¿Verdad que mi padre es bien fácil de convencer? Mamá no hubiese caído con un truco como ése, aunque esto me confirma que Ichimei, el reformado, es el hijo favorito del gran Genzo Wakabayashi pues no le negó un permiso que seguramente me habría negado a mí.
En fin, que cuando Benji y yo llegamos a la casa vecina, mi astuto hermano me dejó solo en la habitación de Mijael para ir en busca de los gemelos; yo aproveché para contarle a mi mejor amigo lo que habíamos descubierto con respecto a Kentin, aunque, como era de esperarse, sus hermanos ya lo habían puesto al tanto de la situación.
– ¡Debí partirle el trasero a ese tipo cuando tuve la oportunidad! –exclamó Mijael, agitando sus manos vendadas cuales alas de pollo asado–. Se le habría quitado lo imbécil en un dos por tres.
– Eso ya lo dijiste antes, Fede, no sirve de algo que lo repitas porque la situación sigue siendo la misma –señalé.
– Sí, ya sé que con este par de jamones horneados no voy a poder hacer algo en mucho tiempo, por lo menos no antes de que acabe el ciclo escolar –bufó Mijael, frustrado–. No me lo tienes qué recordar, estoy bien consciente de eso.
– ¿Entonces con qué lo piensas golpear? –me burlé–. Así como estás, es más probable que Kentin te parta el trasero a ti, camarada.
– Todavía me quedan las piernas, tarado, ésas no están lastimadas –replicó mi amigo, dándome una patada–. Y creo que ya conoces de sobra cuál es el poderío de las piernas Schneider.
– Aléjate de mí, ¡no quiero morir! –protesté, haciéndome a un lado para evitar que él continuara atacándome–. Ya, tienes razón, ¡nunca hay que subestimar la fuerza de las piernas de un Schneider!
– Menos mal que ya recordaste. –Mijael se echó a reír.
Voy a contarles un cuento interesante para que comprendan mejor el porqué me mantengo alejado de las piernas Schneider: Juegos Olímpicos de Madrid, partido de cuartos de final por la medalla de oro en la rama varonil de fútbol sóccer, Japón contra Alemania. Minuto 75 de juego, Alemania va perdiendo por dos goles ante Japón. En una jugada desesperada, el Káiser Karl Heinz Schneider, padre de Mijael, y el SGGK Genzo Wakabayashi, mi padre, se lanzan al mismo tiempo por el balón, el primero para tratar de anotar, el segundo para evitar la anotación. En un choque que nadie pudo detener, Schneider pasó golpeando la espalda de Wakabayashi, ocasionándole una herida tremenda con los tacos de sus zapatos deportivos y la fuerza del impacto. Genzo Wakabayashi tuvo que ser sacado de emergencia del campo y enviado a un hospital para salvarle la vida, debido a que la lesión que le infringió la pierna de Schneider fue muy seria y lo hizo sangrar demasiado (aunque mamá sigue sin entender cómo pasó eso porque no existe una arteria tan grande en esa zona). Japón se vio obligado a sustituir a Wakabayashi con Yuzo Morisaki para continuar el partido, con lo cual Alemania por fin empató, pero lo que importa de mi relato es que el Káiser de Alemania mandó al hospital al SGGK de Japón usando solamente una de sus piernas. La moraleja de esta historia tan verídica, que pasó a la siguiente generación, es: si eres un Wakabayashi, mantente alejado de las patadas de un Schneider.
– A papá no le gusta que bromee con esto –comentó Mijael, cuando acabó de reírse.
– Y no es para menos, considerando que por poco mata al mío en esa ocasión –me burlé–. Pero al menos sirve para que no se repita la experiencia, así que deja de amenazarme.
– No te preocupes, Chucky, me reservaré el poder de mis piernas para el imbécil de Hyuga. –Mijael se dejó caer en la cama–. Ya que ni siquiera van a servir para jugar en la Wittelsbach.
– Deja el drama, Cenicienta, que nos harás falta para las finales –repliqué, lanzándole un cojín–. Espero que ya estés recuperado para ese entonces.
– Ten por seguro que sí, ¡muero de aburrimiento! –exclamó Mijaelcienta, exasperado–. Nunca creí que llegaría al extremo de extrañar los entrenamientos de fútbol, ¡los prefiero mil veces a estar encerrado aquí, estudiando!
– Válgame, ¡sí que estás grave! –me eché a reír–. ¡Mijael Schneider extraña los entrenamientos de fútbol! Ahora sí que lo he escuchado todo.
Noté que mi amigo tenía sus libros escolares apilados en su mesa de noche y supuse que mi madre y mi tía le habían autorizado ya a que volviera a estudiar, dado que no le dieron permiso de acudir a la escuela ese día, como se suponía que lo haría. Mijael, por supuesto, no estaba muy feliz con esta situación pues tenía en casa las obligaciones de la escuela pero no tendría los beneficios que ésta otorgaba, como meterse en problemas cada cinco minutos y reírse de los profesores.
– Mi mamá quiere que salga bien en los exámenes así que me puso a estudiar toda la mañana –gruñó Mijael–. ¡Y ya estoy harto! Pero dijo que, aunque no me vaya a ir mal en Química, tengo que estudiar para todas las demás materias.
– ¿Por qué estás tan seguro de que no te va a ir mal en Química? –pregunté–. ¿Acaso el examen consistirá en hacer volar la escuela por los aires? Porque si es así, Edward y tú aprobarán con mención honorífica.
– Eso sería genial pero creo que sólo nos van a permitir hacer eso una vez por año escolar –suspiró Mijael–. Aburridos que son los maestros, ya sabes. No, sé que me va a ir bien en Química porque la profesora Quilty no se va a atrever a reprobarme.
– Eres un cínico, aunque tienes razón –volví a reír–. ¡Qué suerte la tuya! ¿Y cómo le vas a hacer para tomar notas y presentar los exámenes, por cierto? No puedes ni utilizar una Tablet.
– Jaz me prestará sus apuntes y los profesores decidieron que me harán exámenes orales –refunfuñó Mijael–. No me hace gracia pero es la mejor opción.
– Uy, te compadezco un montón –le dije–. Si ya de por sí es difícil hacer un examen por escrito, ¡imagínate uno oral!
– Ya cállate, Chucky, ni me digas –pidió Mijael, resignado–. Al menos no soy el único que va a pasar por eso, Edward sufrirá conmigo.
Estuve tentado a contarle a Mijael lo del supuesto divorcio de mis padres, pero decidí que no había motivo para hacerlo ya que el gran Genzo Wakabayashi había asegurado que no había de qué preocuparse y no tenía caso estresar a Mijael con algo así, pues él sufriría tanto como nosotros si mis padres llegaran a separarse. Sin embargo, me repetí mentalmente que tendría que buscar una forma de hacer que mis papás pasaran tiempo de calidad a solas, lo antes posible.
Mi hermano no tardó en aparecer, acompañado de los hermanos del Fede, y los tres se acomodaron en los sillones y sillas del cuarto, muy atentos a lo que fuera yo a decirles.
– Me aseguré de que mamá no venga en un rato –anunció Chris–. Más o menos tenemos unos quince minutos, así que lo que tengan que decir, suéltenlo ya.
– No hará falta más tiempo, camarada –señalé–. Mi plan es bastante conciso.
Les narré entonces la idea que me dio mi padrino para hacer confesar a Kentin, la cual todos aprobaron por unanimidad; Claude, al igual que como hice yo, se palmeó la cabeza y se preguntó el porqué no se le había ocurrido eso desde el comienzo. Cuando Chris cuestionó quién de nosotros sería el que hiciese la grabación, todos nos ofrecimos con uno u otro pretexto: Mijael por ser el mayor, Claude por ser uno de los afectados, yo por ser el que ofreció el plan y hasta el mismo Chris se propuso por tener el mayor autocontrol de los cinco, cosa que es verdad.
– Lo haré yo –dijo Benji, cuando los demás dejamos de pelear por el dudoso honor–. Soy la opción más lógica.
– ¿Por qué? –quiso saber Mijael–. Cualquiera de nosotros podría hacerlo.
– No realmente –negó Ichimei, el reformado–. Si Dai o Claude lo hacen, Kentin dirá que están dando patadas de ahogado y que buscan desesperadamente una forma de evitar el castigo acusando a tontas y a locas a sus "enemigos". Si lo intentas tú, Mija, podría sacarte fácilmente de quicio usando a mi hermana como arma y entonces pelearán por eso y ya no podrás hacerlo confesar. Y si lo hace Chris, podría evadirse diciendo que no tiene bases para asegurar que él realmente estuvo en la sala de cómputo a la hora del incendio.
– ¡Pero sí nos consta, lo vimos en el vídeo! –exclamó Claude.
– Sí, pero no podemos decirle eso –intervino Chris, de inmediato–. Recuerda que eso sólo lo sabemos nosotros.
– Ya, es cierto, pero podríamos decirle que Benji nos lo confirmó –insistió Claude.
– Si alguno de ustedes hace eso, Kentin se librará fácilmente diciendo que me lo imaginé por culpa del estrés –replicó mi hermano–. En cambio, si voy yo, Kentin no podrá negarme que no estuvo en la sala de cómputo porque incluso nos saludamos ese día, bastará con recordarle este detalle para que no pueda decir que me lo inventé.
– ¿En verdad le hablaste a ese infeliz? –cuestionó Mijael, con el ceño fruncido–. ¿Por qué? Pensé que lo odiabas tanto como nosotros.
– No es santo de mi devoción y no me agradó que saliera con Jaz, eso no ha cambiado –confirmó Benji–. Pero hay un dicho que dice que "a tus amigos hay que mantenerlos cerca y a tus enemigos todavía más". Y, en este caso, quizás nos sea de utilidad el que practique el fino arte de la hipocresía con Kentin.
– Pensé que Hyuga nos odiaba a todos por igual, pero veo que a ti no te detesta tanto como a mí, cosa que no entiendo –bufé.
– Tal vez porque se le olvida que soy un Wakabayashi. –Ichimei, el reformado, se encogió de hombros.
– Eso ya lo averiguaremos después –terció Chris–. Yo estoy a favor de que sea Benji quien se encargue de hacer cantar a Hyuga, es la opción más razonable después de lo que nos acaba de decir.
– No me parece –negó Mijael–. Debería ir yo, así le sacaría la verdad a base de patadas.
– Como bien dijo Benji, si vas tú, Kentin puede sacarte de quicio muy fácilmente usando a Jazmín –repliqué–. Necesitamos a alguien que sepa mantener sus emociones bajo control así que concuerdo con que mi hermano es la mejor opción. O Chris, en todo caso.
– Yo también estoy convencido –añadió Claude, dirigiéndose a Mijael–. Se debe mantener la calma cuando se interrogue a Kentin y ni tú, ni Dai ni yo sabemos lo que es eso, tarado.
Con esto, Mijael no tuvo más opción que ceder. Decidimos entonces que después acordaríamos cuál momento sería el más oportuno para llevar a cabo el plan, tras lo cual los gemelos salieron de la habitación del Fede para no levantar sospechas ya que estábamos en el límite de los quince minutos establecidos por Chris. Y lo hicieron justo a tiempo, pues mi tía Eli apareció cinco minutos después para preguntarnos a Benji y a mí si nos hacía falta algo, a lo cual respondimos que no y nos marchamos antes de que ella comenzara a sospechar.
De regreso en mi casa, me di cuenta de que mamá seguía enojada con mi papá, a juzgar por las muchas precauciones que ella tomó para no volvérselo a encontrar durante el resto del día. En ese momento tomé la decisión de hacer algo para volverlos a juntar, aunque no se me había ocurrido más que pedirle a mi tía Bárbara que cuidase de Aremy para que mis padres tuviesen una noche a solas. ¿Sería eso suficiente o les haría falta algo más? Quizás debí haberle pedido ayuda a Jazmín, que por ser niña sabe de estas cosas, pero temía que ella pensara que mi idea era mala y me la boicoteara, así que tuve que arreglármelas con lo poco que había visto en esas películas asquerosas que ven Aremy y ella. Como no tengo mucho dinero a mi disposición (o sea, sí tengo pero debo pedirle ayuda a cualquiera de mis padres para obtenerlo), se me ocurrió contactar a un chef de sushi, amigo del gran Genzo Wakabayashi, para que me preparara una bandeja especial con todas las variedades que les gustan a mis papás. Era algo fácil, rápido y no tenía que hacer mucho pues el restaurante tenía servicio a domicilio así que no hice más aclarar que el pedido era para una "noche romántica" y pregunté si podían incluirme sake. Como para esto tendría que llamar una persona mayor de edad, el que me atendió me mandó muy cortésmente al cuerno, así que tuve que conformarme con disponer de un par de las mejores cervezas que mis padres guardan en el refrigerador.
– Supongo que peor es nada –me dije, cuando me aseguré de que nadie se había dado cuenta de la llegada de mi pedido–. Ahora sólo tengo que convencerlos de que vengan a comer.
Siguiendo la pauta de las estúpidas series de adolescentes, cuando alguien quería reunir a dos personas, les mandaba notas a ambas para citarlas en un lugar en común, sin avisarle a cada uno que el otro iría. ¿En serio voy a hacer esta idiotez? Si el matrimonio de mis padres se está desmoronando, una bandeja llena de pescado muerto y acomodado de manera que se vea elegante no va a cambiar las cosas. ¿Es muy tarde para arrepentirse? Quizás no, a mí me encanta el sushi, podría comérmelo y compartirlo con Phobos. Sí, eso haría, cancelaría mi estúpido plan y me encerraría en mi cuarto con la bandeja de sushi, pretextando que no me sentía bien y me comería todo ahí.
Pero no habría historia si siempre eligiera la opción que me causara menos líos así que les mandé mensajes a mis padres para pedirles que se reunieran en la sala. Mi tía Bárbara se quedaría cuidando a Aremy toda la noche, según me dijo, o por lo menos hasta que alguno de mis desesperados padres fuese a revelarla. Por supuesto, aproveché el escondite secreto de Jazmín para espiarlos, estando muy consciente de que si ellos me cachaban ahí, podía irme despidiendo de mis piernas tal y como las conozco. Bueno, que al menos eso me va a librar de jugar fútbol, ¿no?
El primero en aparecer fue el gran Genzo Wakabayashi, puntual como siempre; no es que la doctora Del Valle no lo sea pero seguro que se retrasó por negarse a separarse de Aremy; sin embargo, la nota se la mandé a mi nombre (no soy tan tarado como para hacerle creer que se la envió mi padre) y le aseguré que necesitaba desesperadamente hablar con ella así que sabía que la doctora acudiría a la sala para consolarme. Con papá fui menos dramático, sólo le dije que quería hablar de mi futuro y ya (los hombres somos menos complicados). Por supuesto, cuando la doctora Del Valle vio que el gran Genzo Wakabayashi también estaba en la sala, tuvo el impulso de salir corriendo pero yo ya había previsto esa eventualidad, dejando un tercer sobre a la vista de los dos, en el cual sólo puse "para mamá y papá", que ya había visto él.
– No te vayas –pidió el gran Genzo Wakabayashi, con un tono de voz ligeramente suplicante. Vamos bien–. Creo que esto es para nosotros.
Al decirlo, señaló la bandeja de sushi y las cervezas, lo que hizo que mi mamá sonriera levemente. Ella, ya sin titubear, se dejó caer en un rincón del sillón, tras lo cual papá se sentó en el otro extremo. Vamos mejor.
– ¿Tú hiciste esto? –preguntó la doctora Lily Del Valle.
– No, fue Daisuke –contestó el gran Genzo Wakabayashi, mostrando el sobre–. Dice que nos merecemos una noche a solas y que por eso se encargó de que Bárbara cuide a Aremy para que nadie nos moleste. Tengo que reconocer que ese muchacho cada día me sorprende más…
– ¿Y por qué ha hecho todo esto? –cuestionó mamá, tras lo cual tomó una de las botellas de cerveza, la destapó y le dio un buen trago. ¡Vaya con la doctora Del Valle! Rara vez la había visto beber así.
– Creo que lo hizo porque Ichimei y él nos vieron discutiendo y ahora cree que nos vamos a divorciar –soltó mi padre, con esa falta de tacto que tanto lo caracteriza.
Y aquí es cuando todo se echa a perder. ¡Ay, papá, sabía que eres bruto pero no imaginé que tanto! ¿No podrías haber sido más sutil? A estas alturas me sorprende que tengas cuatro hijos, ¡eres un baboso con respecto a las relaciones amorosas!
– ¿Qué cosa? –La doctora soltó una exclamación de vergüenza–. ¿Benji y Dai nos escucharon pelear esta mañana? ¡No puede ser, tengo qué hablar con ellos!
– No te preocupes, ya lo hice yo –se apresuró a añadir el gran Genzo Wakabayashi–. Ya les hice ver que todas las parejas riñen, independientemente de los felices que sean, porque es imposible que nunca haya desacuerdos entre dos personas.
– Ah, ya veo. –suspiró la doctora Del Valle–. Aunque no me gusta que ellos nos oigan discutir.
Mi padre estuvo de acuerdo pero le repitió que no tenía porqué preocuparse porque él ya se había encargado de ese asunto, algo que mi madre le agradeció. Después de eso, ambos se quedaron sin palabras y se limitaron a comer alguna que otra pieza de sushi. Ni modo, Phobos, ya no nos tocó cenar pescado.
– Y ya que estamos hablando de eso… –dijo repentinamente mi madre–. Quiero disculparme contigo por lo de esta mañana…
– No, no te disculpes –la interrumpió el gran Genzo Wakabayashi–. Soy yo el que está en un error.
¿QUÉÉÉÉÉÉ? ¿Acaso el gran Genzo Wakabayashi acaba de reconocer que está equivocado? ¡Auxilio, han sustituido a mi padre por otro! ¿No es así como uno se da cuenta de que alguien fue secuestrado y reemplazado por los aliens, cuando empieza a decir cosas que nunca diría? Mi mamá debió pensarlo también porque se quedó callada durante unos minutos.
– ¿Qué acabas de decir? Creo que no te escuché bien –preguntó ella, al fin.
– Que soy yo el que está mal. –Él la miró con súplica–. Lo siento, Yuri, por ponerme intransigente, sé bien que tienes toda la razón pero es el miedo el que me hace ser tan testarudo. Sí entendí bien lo que dijo Lacoste sobre la alta probabilidad que existe de que Aremy rechace mi médula, no soy tan idiota, pero no quiero dejarle a alguien más esa responsabilidad… Perdóname por haber actuado así.
– No te preocupes. –La doctora Del Valle sonrió–. No será la primera vez que nos peleemos por tu testarudez o por la mía. Y de cualquier manera me disculpo, no debí haberte amenazado con quitarte la patria potestad de nuestros hijos, eso nunca lo haría, créeme. Pero aclárame algo, Gen: ¿De qué tienes miedo? Es decir, hay como mil cosas de las que puedes tenerlo pero me gustaría saber cuál es la que te afecta.
– Es algo tan simple que me da vergüenza reconocerlo –suspiró mi padre–. Daisuke tiene razón: sí le tengo miedo a la Muerte. Pero no a la mía, como podría creerse, sino a la de la gente que amo. Tengo miedo de que Aremy muera y me carcome saber que no puedo hacer algo para impedirlo, por eso quiero ser yo quien done la médula, a pesar de estar consciente de que es contraproducente, porque así sentiría que sigo teniendo control sobre su destino.
– ¡Ay, mi amor, eres más ingenuo y tonto de lo que creí! –Mi madre miró al gran Genzo Wakabayashi con tanta ternura que no podía tomarse a mal su comentario–. Ni tú ni yo tenemos control sobre el destino de nuestros hijos y mucho menos cuando se trata de enfermedades. Aún los médicos somos incapaces de evitar la Muerte cuando llega el momento y como padres lo somos todavía menos, sólo nos queda rezar para que ese día no llegue pronto.
– ¿Cómo es que puedes lidiar con esto todos los días, Yuri? –preguntó el gran Genzo Wakabayashi, con una angustia en la voz que pocas veces le había escuchado–. A pesar de lo que has dicho, te conozco y no creo que rezar sea tu forma de encontrar fortaleza.
– A veces lo único que puedes hacer es dejar las cosas en manos de alguien mejor capacitado que tú –respondió la doctora Del Valle, suspirando–. Yo, a pesar de ser médico, soy incapaz de hacer algo por mi propia hija y por eso tuve que dejarla en manos de Jean. Y tú, a pesar de tus deseos, no puedes ser el que done la médula, tienes que dejar que alguien más compatible lo haga.
– Para mí no es tan fácil dejar la labor en manos de alguien más –negó mi padre.
– Eres un mentiroso. –Mamá se echó a reír–. Gen, fuiste portero, debes saber bien lo que es dejar la responsabilidad en manos de otra persona. Durante muchos años confiaste en que Karl o Tsubasa harían lo necesario para ganar un juego mientras tú defendías el arco, y lo mismo deberás hacer ahora con nuestra hija menor: tienes que dejar que sea uno de nuestros otros hijos el que lleve la batuta del tratamiento de Aremy mientras te encargas de mantenernos estables a todos, psicológicamente hablando. Es exactamente la misma situación, pero aplicada a la vida real. Así como no dependía de ti el ganar un partido, tampoco dependerá de ti el curar a Aremy.
En ese momento me di cuenta de que Benji, Jaz y yo fuimos unos idiotas por creer que una enfermedad podría separar a nuestros padres. Dudo mucho que haya otra mujer en el mundo que entienda al gran Genzo Wakabayashi como lo hace la doctora Del Valle, y creo que papá llegó a la misma conclusión, porque soltó una risita de complacencia.
– Y nuestros hijos creen que nos vamos a separar, cuando sé que no lo lograría sin ti –dijo el gran Genzo Wakabayashi, todavía sonriendo–. Sólo tú sabes explicarme el mundo de manera en la que un obsesivo del fútbol como yo lo pueda entender. No podría dejarte ir, aunque quisieras que lo hiciese. Admiro muchas cosas de ti, tu inteligencia, tu ética y tu sentido de la responsabilidad pero, por sobre todo, admiro y amo que, a pesar de ser tan pesimista, nunca te das por vencida con ninguno de tus pacientes, lo das todo hasta el final aunque al mismo tiempo sabes en dónde están tus límites. Esto, como sabes, es algo que yo no puedo hacer bien pero al verte trato de aprender de ti y eso ha hecho que me dé cuenta de lo equivocado que estoy en muchas ocasiones. No sé si habrá otras mujeres que sepan hacer todo esto pero no me interesa averiguarlo, Yuri.
¡Qué asco! ¿Por qué estoy escuchando toda esta cursilería tan melosa? ¡Diablos, los padres deberían de tener prohibido el demostrarse su amor delante de sus hijos, no importa que ellos no sepan que los están espiando!
– Siempre he dicho que eres un hombre extraordinario, Gen. –Mi madre miró a mi padre con ojos de borrego decapitado–. Y me alegra ser la mujer que decidiste que es la mejor para ti.
– Por supuesto que lo eres, por eso es que no pienso divorciarme de ti.- mi papá se echó a reír, aunque después se puso serio.- Y es que, aún cuando Aremy muriera, todavía nos quedarían tres hijos y ellos merecen conservar lo que les queda de familia.
– En eso tienes toda la razón. –La doctora Del Valle lo tomó de la mano–. Si ella se va y nosotros nos separamos, habremos permitido que su enfermedad nos destruya por partida doble, así que permaneceremos juntos por los otros tres hijos que tenemos y por nosotros mismos. Seguiremos formando un equipo, como lo hemos hecho hasta ahora.
– El equipo más fuerte –completó el gran Genzo Wakabayashi.
Al menos mis esfuerzos no fueron en vano pues mis papás han renovado sus deseos de seguir juntos, como el equipo más fuerte de todos los que han formado a lo largo de sus vidas. ¿Será que en esto consiste una relación?
– ¿Dices que Daisuke preparó esto? –preguntó mamá, después de un rato.
– A juzgar por la nota, sí. –El gran Genzo Wakabayashi le mostró el papel –. Creo que pretende quitarme el puesto de guardián psicológico de la familia.
– ¿Y por qué te sorprende? Se parece mucho a ti –mintió la doctora Del Valle. ¡Yo no me parezco a mi padre!–.Se preocupa por la gente que ama y trata de ayudarla dentro de sus capacidades, aunque sus métodos pueden llegar a ser poco comunes, como los tuyos.
– Daisuke y yo somos muy diferentes. –Mi padre frunció el ceño. Sí, papá, estamos de acuerdo.
– Dai es el que más se parece a ti, ¿qué no te das cuenta de que por eso es tan rebelde? –lo contradijo mi madre, echándose a reír–. Tiene definido que quiere hacer algo con su vida, aunque todavía no sepa qué, pero precisamente por ser tan terco como tú es que se niega a que le digas cómo debe vivir, quiere ser él quien escoja. ¿Qué habrías hecho tú si Akira Wakabayashi te hubiese dicho que él elegiría tu camino?
– Habría actuado igual de rebelde que Daisuke –gruñó el gran Genzo Wakabayashi, después de un momento de silencio–. Está bien, lo admito, sí nos parecemos en algo.
– Son iguales –rio mi madre–. No lo puedes negar.
– No totalmente, él es más empático que yo –negó el gran Genzo Wakabayashi–. Y eso lo sacó de ti, por eso se esforzó en darnos una noche libre.
– Tú también eres empático pero te niegas a aceptarlo.- replicó la doctora Del Valle.
Y entonces el gran Genzo Wakabayashi hizo algo que no esperaba: se recargó contra el pecho de mamá, buscando consuelo. La doctora Lily lo abrazó y lo besó, protagonizando ambos una escena tan íntima, tan asquerosa y tan empalagosa que decidí que era momento de dejarlos solos y abandoné mi escondite para fugarme a mi habitación lo más silenciosamente posible. Una vez ahí, me dejé caer en la cama, satisfecho por el éxito de mi apresurado plan y feliz porque mis padres habían dicho cosas buenas sobre mí. Bien, ahora estaba seguro de que mi familia permanecería unida, pasara lo que pasase con Aremy, lo cual me parecía la mejor manera de enfrentar su muerte.
Ahora que mis padres ya resolvieron sus líos maritales, me puse a pensar en otras cosas pendientes de solucionar. ¿Por qué no podía arreglar así mis problemas con Giovanna? ¿Pertenecería yo a ese grupo de babosos que son buenos para ayudar a los demás pero que son incapaces de hacer algo por sus propias vidas? Por más que lo había intentado, la pelirroja de mis sueños me seguía rehuyendo, aunque tampoco era como si hubiese pasado mucho tiempo desde que me le declaré, sólo unos cuatro días pero yo sentía como si hubieran transcurrido más de seis meses. Supongo que debía darle su tiempo y espacio, después de todo Gio se había lesionado un tobillo y también estaba batallando con los exámenes (la había visto en la biblioteca estudiando sin descanso junto con Uriel y Emirett), ¡pero estaba volviéndome loco por la posibilidad de nunca más poder hablar con ella! Supongo que tendré que esperar a que se calme un poco la situación antes de acercarme a Giovanna para disculparme por mi declaración; sin embargo, tampoco debía confiarme demasiado pues, al finalizar el ciclo escolar, los Ferrari volverían a Italia para pasar las vacaciones.
Al día siguiente, si bien mi llegada a la escuela fue bastante normal (excepto porque por fin regresaron Mijael y Edward y los estudiantes los trataron como héroes, pero ya hablaré de eso después), a la hora del receso el entrenador Kaltz me mandó llamar a las canchas de fútbol. Yo, temiendo que él me fuese a decir que había cambiado de opinión y que iba a meter a Marko Hernández en mi lugar, traté de no volverme loco y llegué al lugar de la reunión con el corazón latiendo a mil por hora. Sin embargo, lo que me esperaba en las canchas era algo que ni en mis más locas suposiciones me habría visto venir: ahí se encontraba el entrenador Kaltz platicando muy animadamente con Manfred Margus. ¿Qué rayos estaba haciendo el señor Margus ahí? ¿A quién había ido a buscar?
– Hola, Daisuke –me saludó mi tío Hermann–. Supongo que ya conoces a mi amigo Manfred Margus, quien es entrenador de la Sub-16 de Alemania.
– Hola, entrenador Kaltz —respondí, tratando de sonar despreocupado–. Por supuesto que lo conozco, es un placer verlo, señor Margus.
– El placer es mío, Daisuke –dijo el señor Manfred.
– Los dejaré a solas para que hablen –comentó el entrenador Kaltz, tras lo cual echó a andar.
– Bien, como tenemos poco tiempo, no voy a darle más vueltas al asunto. –El entrenador Margus esperó a que se hubiese marchado su antiguo compañero para después añadir–: Daisuke Wakabayashi, he venido para hablarte sobre la iniciativa Avengers.
Okey, no me dijo eso pero así me sentí, como si me hubiese invitado a formar parte de un equipo de superhéroes (aunque soy más fan de Batman). Ya, dejaré de divagar, ¡pero fue tan emocionante lo que sucedió que sigo sin poder creerlo!
– Daisuke Wakabayashi, he venido porque deseo invitarte a formar parte de la Selección Sub-16 de Alemania –dijo el señor Manfred–. Sé que eres japonés pero quiero sugerirte que te nacionalices alemán para que juegues como portero de las ramas juveniles de die Mannschaft.
¡Que alguien me pellizque! ¡Creo que sigo dormido en mi cama o quizás me morí y me fui al Cielo! ¡AHHHH, NO LO PUEDO CREER!
Notas:
– La lesión que Schneider le causa a Wakabayashi ocurrió en el capítulo 88 del manga "Captain Tsubasa Rising Sun".
