Capítulo 35. Una oferta tentadora y una decisión drástica.
Cuando eres niño o adolescente, tienes miles de sueños que ansías que se hagan realidad: que el profesor que te va a poner un examen difícil se enferme el día de la prueba, que en tu cumpleaños te regalen el videojuego que querías, que llegues a la escuela un día y descubras que está destruida (aunque yo en lo particular ya no deseo eso, desde lo del incendio), que tus padres te dejen comer pizza con helado en el desayuno y un montón de cosas más. Seguro que más de uno de los que leen esto ha tenido un deseo o sueño así, algo que parece imposible de conseguir pero que, en realidad, no lo es tanto.
En mi caso, a mis traumáticos catorce años de edad, tenía tres sueños que deseaba que se hicieran realidad más que cualquier otra cosa en el mundo: 1) que Aremy se recuperara; 2) que Giovanna Ferrari me dijera que está loca por mí; 3) ser alemán para poder jugar fútbol con la Selección de Alemania. Obvio, también quiero comer pizza con helado en el desayuno pero esos tres sueños eran los más importantes para mí. El primero, desgraciadamente, no dependía de mí (o eso creía), así que no me quedaba más que rezar, a pesar de que no estaba muy seguro de que rezar tuviese algún significado para mí, pues mis padres no son personas religiosas y ninguno de los dos se preocupó demasiado por enseñarles a sus retoños la existencia de algún ser celestial con súper poderes. Con respecto al segundo sueño, pues ya había hecho lo que estaba en mí para que Giovanna me quisiera como yo la quería pero, para mi mala suerte, no había conseguido el resultado que esperaba así que no me quedaba más remedio que llorar como la Blancanieves que soy. Y sobre el tercer sueño, ni rezándole a todos los dioses habidos y por haber iba a poder realizarlo, porque jamás conseguiría que alguno de los cazatalentos de la Mannschaft se fijase en mi talento.
Pero con respecto a eso, también me equivoqué. Y digo que también porque… bueno, que eso lo diré más adelante, por ahora me limitaré a decir que el señor Manfred Margus, entrenador de la Selección Sub-17 de Alemania, había ido a la snob Wittelsbach para ofrecerme a mí, Daisuke Wakabayashi, hijo del portero más traumado del planeta, que me nacionalizara alemán para jugar en su equipo. ¿De veras está pasando esto o es que me he muerto? Bueno, no, sé que no estoy muerto porque, de ser así, me habría ido al infierno y entonces me estaría convocando México. ¿Cómo rayos sucedió esto? ¿Por qué, de buenas a primeras, al señor Margus se le ocurrió que es buena idea suicidarse pidiéndole al hijo del gran y traumado Genzo Wakabayashi que aceptara ser su portero? ¡Que alguien me explique!
– Perdón, señor, creo que no lo escuché bien –dije, cuando el señor Margus me soltó su petición–. ¿Usted quiere que yo… qué?
– Que juegues para Alemania, Daisuke.- repitió el entrenador, con mucha calma–. Sé que no eres alemán pero eso no sería un problema, se te puede conseguir la nacionalidad con relativa facilidad, considerando que tu madre ya es alemana.
El problema no es ese, hombre, el problema es que cuando mi padre, el gran Genzo Wakabayashi, se entere, nos va a freír en aceite hirviendo a usted y a mí. ¿Seguro que quiere morir tan joven? Porque yo no. Aunque bueno, pensándolo bien usted ya no es tan joven, debe de tener la edad de mis padres (¡no, mamá, no me pegues con la chancla, juro que es broma!).
– Usted quiere que mi papá nos mate, ¿verdad? –bufé–. Si él llegara a enterarse de que usted está pidiéndome que me nacionalice alemán, le darán como mínimo tres infartos cerebrales y dos cardiacos.
– Creo que estás exagerando un poco, Daisuke. –El señor Manfred se echó a reír–. Tu padre es exigente y testarudo pero no es un hombre violento, no si la situación no lo amerita, seguro que en algún momento entenderá que esa decisión debe ser tuya.
¿Qué el gran Genzo Wakabayashi no es un hombre violento? ¡No ha visto cómo se pone cuando alguien se come el último rollo de sushi, de veras que no lo conoce!
– La verdad, lo dudo bastante –respondí–. Se enoja mucho cuando toco el tema de jugar para otro país que no sea el que él quiere.
– Siempre ha sido así, realmente –insistió el entrenador Margus–. Pero sé que tu madre es una mujer muy inteligente y valiente que sabe controlarlo bien, seguro que ella respetará tu decisión y te ayudará a hacerla valer ante tu padre.
– Ya fui convocado para Japón. –No tengo idea de porqué se me ocurrió hacer gala de mi increíble habilidad para meter la pata y solté algo que no venía al caso–. Hace como un mes, o dos, o tres años, ya no me acuerdo.
– Sí estaba enterado de eso –admitió el señor Margus, sonriéndome–. Y también sé que rechazaste la convocatoria. ¿Puedo preguntarte por qué?
Aquí voy a hacer una pausa para decir una cosa: debió de parecerme extraño que el entrenador supiera que yo me había negado a jugar para Japón. Ninguna selección Sub-17 es tan importante como para que a alguien le interese que un jugador se hubiese negado a participar en ella y, hasta donde sabía, ni mi padre ni el señor Ozhora habían hecho público el asunto. ¿Cómo fue entonces que el señor Manfred estaba enterado de esto? Debí de haberme dado cuenta antes de este detalle pero me pasé de baboso. Como siempre.
– Pues la razón que le di al señor Ozhora es que no quiero estar separado durante mucho tiempo de mi hermana enferma –respondí, aunque después recordé lo que le prometí a Benji y añadí–: Pero luego me di cuenta de que me negué porque simplemente no me siento cómodo jugando para un país que no siento como mío.
– Entiendo. –El entrenador Margus asintió–. Yo también considero que Japón no es el equipo ideal para ti, a pesar de que eres japonés de nacimiento, porque toda tu vida has estado en Múnich.
– Así es, señor –acepté, con cautela–. ¿Cree que ésa sea razón más que suficiente para jugar con Alemania?
– Oh, sí, por supuesto que lo es. –Él me miró con curiosidad–. No sólo porque has estado jugando fútbol alemán toda tu vida sino también porque conozco tu talento, sé quién te entrena y esa persona también se forjó en el fútbol alemán. Creo que tu "entrenador" no se ha dado cuenta de que está creando una cepa de porteros alemanes que difícilmente van a encajar tan bien en otro lugar que no sea en la misma Alemania. Él fue lo suficientemente terco como para permanecer con la Selección de Japón pero estoy seguro de que tú lo pensarás mejor.
– Por supuesto –dije, aunque ya no sabía si estábamos hablando de plantas, de bacterias o de fútbol, con eso de la "cepa"–. Yo no pienso igual que mi "entrenador".
– ¿Qué dices entonces, Daisuke? –volvió a cuestionar el entrenador Manfred–. ¿Aceptas nacionalizarte alemán para jugar con nosotros? Te aseguro que no te arrepentirás.
Ahí estaba la pregunta que tanto estuve ansiando recibir y ahora que la había escuchado, no me animaba a responder. Soy una vergüenza, estoy seguro de que Ichimei, el reformado, habría dicho que sí sin dudarlo si hubiese estado en mi situación, pero yo no me animaba a hacerlo. ¿Por qué? Por una razón bien sencilla: respeto a mi padre más de lo que creía. ¡Maldita educación moral! ¿Por qué no simplemente mando al gran Genzo Wakabayashi y a sus estúpidas pretensiones al carajo? ¡Esto es lo que yo quiero hacer, maldita sea!
– Déjeme pensarlo, por favor –pedí, sabiendo que quizás estaba cometiendo un error de los grandes–. A usted puedo decirle directamente que sí me gustaría mucho jugar para Alemania, pocas cosas me harían más feliz que portar una camiseta de esta Selección, pero espero que entienda que yo, como dice mi madre, no me mando solo y tengo que hablarlo primero con mi padre. Y esto, créame, no va a ser nada fácil.
– Entiendo –asintió el señor Manfred–. No es una decisión sencilla y me parece muy bien que respetes así a tu padre, eso es lo que los jóvenes bien educados hacen. Habla con Wakabayashi sobre mi propuesta, piénsalo y cuando te sientas listo para contestar, háblame. No te voy a presionar para que me des una respuesta pronto, entiendo que tu hermana está enferma y que estás en época de exámenes y que por tanto tienes otras prioridades, pero me gustaría que lo hicieras antes de agosto. Un mes y medio es suficiente tiempo para que hables con tu padre, ¿no crees?
– Será más que suficiente, señor Margus –asentí–. Muchas gracias.
El hombre rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó una tarjeta blanca, que me ofreció: en ella venían sus datos personales, incluyendo su número de Whatsapp. Bueno, que al menos en la Selección de Alemania ya se han mudado de siglo y usan los Smartphones para comunicarse en vez de valerse de las prehistóricas cartas que manda la Selección de Japón.
– Cuando estés listo, escríbeme a mi número de Whatsapp, nos resultará más sencillo a los dos –comentó el señor Manfred–. ¿De acuerdo?
– De acuerdo –acepté y le ofrecí la mano, como el hombre que no soy.
– Estaremos en contacto, Daisuke. –El entrenador me la estrechó y echó a andar–. Buena suerte con los exámenes.
– Gracias, señor –suspiré–. Ya se me había olvidado que todavía me toca pasar por ese méndigo infierno.
La verdad, me vi bien inocente. Di por hecho que el entrenador Manfred esperaría a tener mi respuesta para hablar con el gran Genzo Wakabayashi, de manera que ni se me pasó por la mente el tener que especificarle que no deseaba que hablara con él mientras yo no me decidiera. Sin embargo, ésa fue la primera gran lección que la vida me dio: nunca des por hecho las cosas ni confíes al cien por ciento en que todo sucederá como crees que sucederá. Si quieres asegurarte de que algo no se hará como no quieres que se haga, tienes que especificarlo y no creer que la otra persona está pensando en lo mismo que tú.
Sin embargo, ése es un tema que tocaré en su debido momento. Por ahora, basta con decir que me sentía en las nubes por la posibilidad de jugar fútbol con los alemanes. ¡Ése era uno de mis tres grandes sueños! Estaba tan feliz que no me importó el haberme quedado sin receso y el no haber podido comer más que medio sándwich, porque prácticamente estaba en las nubes. ¡Yo, Daisuke Wakabayashi, tenía posibilidades de convertirme en el portero de die Mannschaft y seguir los pasos de otros grandes guardametas como Sepp Maier, Andreas Köpke, Oliver Kahn y Manuel Neuer! Ya me veía yo alzando la Copa del Mundo mientras usaba una camiseta alemana, con Giovanna Ferrari mirándome con ojos de enamorada mientras cuidaba de nuestros siete hijos. Sí, lo sé, me paso de soñador pero, ¿qué adolescente atolondrado de catorce años no es un soñador?
– ¿Te sientes bien, Dai? –me preguntó Maia, en el salón–. Te noto raro…
– Estoy de maravilla, créeme –le dije, tras besarle la mano–. Es un hermoso día, ¿no te parece?
Maia se quedó de piedra cuando hice esto, supongo que le dio asco el que le dejara mis babas en su mano.
Pero no todo sería miel sobre hojuelas porque, por otro lado, también estaba el asunto de tener que hablar sobre esto con mi padre, el gran Genzo Wakabayashi, el que claramente ansiaba con toda su atormentada y negra alma que yo jugara para Japón. Conforme se me fue pasando el primer furor, me di cuenta de que, tal y como se lo había dicho ya al entrenador Margus, yo sí respeto a mi padre y no podía hacer de lado tan fácilmente sus deseos. O sea, me puse por cinco segundos en sus apestosos zapatos y me di cuenta de lo triste y doloroso que sería para él que su hijo, al que entrenó durante casi una década (si no saben cuántos años tiene una década, regresen a primaria, por favor), acabara jugando para un equipo diferente al que él quería. Ya sé que esto no es culpa mía y no me debería de detener, porque al fin y al cabo yo no soy su esclavo ni su clon y tengo derecho a elegir mi propio camino, pero eso no quita que me sienta mal por mi padre. Como que soy bien contreras, ¿no? En fin, que se suponía que para eso iba a hablar con él, para decirle las cosas de frente al gran Genzo Wakabayashi, pero la verdad era que me daba pánico hacerlo.
Sí, ya sé que me paso de gallina y que en teoría ya debería de haber pensado en hacerlo pero una cosa era que fantaseara con Mijael con respecto a jugar para Alemania y otra muy distinta el tener una convocatoria casi oficial. Con la primera opción podía hacerme el tonto todo el tiempo que quisiera, pero con la segunda no. Supongo que vi tan lejana la posibilidad de cambiarme de nacionalidad que en el fondo nunca consideré necesario el hablar con el gran Genzo Wakabayashi, pero ahora la oportunidad era real y tenía ante mí una oferta tentadora que me permitiría cumplir mis sueños. La pregunta era: ¿tendría el valor para defenderlos ante el ogro de mi padre?
Me pasé tanto tiempo baboseando con un futuro inexistente (por el momento), que prácticamente se me olvidó que se suponía que iba a vigilar a Kentin para ver si encontraba un buen momento para que Benji lo emboscara. Sin embargo, mi hermano me hizo ver, con mucha razón, que ése no era un buen día para tratar de hacer caer a Hyuga porque la escuela estaba alborotada con el regreso de Mijael y de Edward y, por consiguiente, Kentin hizo todo lo posible por pasar desapercibido entre la gente. Benji sospechaba que Hyuga se pasó el receso en las áreas destinadas a su curso, inaccesibles para alguien más joven, de manera que tendríamos que esperar un día más para tratar de emboscarlo.
– No te preocupes, sé que no nos queda mucho tiempo –me dijo Ichimei, el vengador–. No se me va a escapar, de eso puedes estar seguro, hermano mayor: Kentin va a pagar por lo que les hizo a Claude y a ti.
– Está bien, camarada, tómatelo con calma –le pedí, poniéndole la mano en el hombro–. Sé que encontrarás el momento más adecuado pero tampoco te dejes llevar demasiado por esto.
¿Debería de preocuparme por el nivel de agresividad que se esconde en mis hermanos "tranquilos"? Primero Jazmín abofeteó a Hoffman por portarse como un imbécil y ahora Benjamín quiere cobrarle a Kentin todas sus jugarretas. ¿Y es de mí de quien mi padre se preocupa? Yo creo que debería fijarse primero en sus dos retoños bien portados, que esconden dentro de sí a demonios de la ira más grandes que los míos.
En fin, ahora sí hablaré sobre lo que representó el regreso de Mijael y de Edward a la Wittelsbach, un suceso nacional del que nadie quiso quedarse fuera (a menos que te llamaras Kentin Hyuga, claro está). Mijael entró a las instalaciones con el aire de un boxeador novato que ha noqueado al campeón, con sus jamones horneados bien envueltos en un par de guantes que mi habilidosa y enamorada hermana mayor tejió para él, recibiendo los gritos y las lambisconerías de cientos de estudiantes que le tomaban fotos y vídeos como si de verdad fuese una celebridad. Bueno, sí lo era, porque ser el hijo de un futbolista famoso te convierte en una celebridad, casi, pero en este caso era diferente. Mijael no se cansaba de narrar, una y otra vez, cómo heroicamente saltó sobre Edward para salvarlo, cómo se arrastraron los dos con dificultad hacia el cuartito de materiales y cómo esperaron pacientemente a que los rescataran, apoyándose mutuamente en ese momento tan difícil.
Quedaba claro que Mijael estaba exagerando a propósito en algunas cosas, por no decir que en casi todo (no se le puede culpar: aunque él fanfarronee al respecto, es obvio que sí le afecta hablar del asunto), pero aún así casi todo mundo se creyó sus palabras por completo. Es el efecto de la fama, supongo, él podría haber dicho que el laboratorio explotó por culpa de un monstruo de espagueti invisible y los demás se lo hubieran creído. No importaba en cualquier caso, yo me sentía feliz de escucharlo y de verlo, realmente lo había extrañado y me divertía que cambiara su versión del incendio cada vez que alguien se la preguntaba.
– ¡Qué lío! –me dijo Jazmín, mientras Mijael iba por su sexta historia inventada del día–. No pensé que harían todo este alboroto por Mija pero me da mucho gusto que nuestros compañeros le tengan tanto cariño.
– Siempre ha sido el rey de la escuela, es natural –me encogí de hombros–. Y por mucho aprecio que le tengan los alumnos, es seguro que no lo quieren tanto los maestros.
O por lo menos el director Zimmerman no estaba feliz de ver a Mijael de regreso, porque sabía que tendría que disculparse con él por las cosas que dijo cuando estaba en el hospital. Estoy seguro de que Mijael esperaba con ansias, por primera vez en su desastrosa vida escolar, a que el director lo convocara a su despacho. ¡Qué lástima que yo no pueda estar presente en ese momento tan importante! Ya le pediría al Fede que me contara todo con lujo de detalles.
Pero mientras que Mijael disfrutaba grandemente de la fama, Edward tenía cara de desear que se lo tragara la Tierra. A él nunca le había gustado ser el centro de atención y por lo mismo se sentía muy incómodo con tanta emoción por su regreso. Pronto le quedó claro a todo el mundo que nadie iba a poder sacarle una versión de los hechos a Edward, no sólo porque él no estaba dispuesto a contarla sino también porque Lizzie se encargó de desanimar a cualquier posible preguntón. Además, creo que Edward temía que alguien lo culpase del accidente, cosa que no era posible debido a que sólo Jazmín y yo sabíamos que él estuvo acosando a Mijael durante mucho tiempo y ninguno de los dos pensaba revelarlo, pero aún así mi primo cortaba cualquier intento de conversación que pretendiera hacerle alguien ajeno a su círculo social (que de por sí era bastante limitado). Daba la impresión de que Edward esperaba que alguien le soltara el primer insulto para que los demás se dieran cuenta de la verdad. No sucedió, claro está, pero quedaba claro que mi primo seguía cargando con el sentimiento de culpa y lo seguiría llevando durante mucho tiempo, aunque éste poco a poco fue quitándosele cuando se dio cuenta de cuántas personas lo apoyaban en verdad.
– ¡Ey, Cruyfford, qué gusto tenerte de vuelta! –le decían sus compañeros de salón al verlo pasar–. Si necesitas algo, no dudes en pedírnoslo.
– Gracias.- respondía Edward en cada ocasión, preguntándose quizás en dónde estaba la trampa aunque lo cierto era que no la había.
Y es que el incendio hizo que mucha gente que apreciaba a Edward Cruyfford ya no se contuviera a la hora de hacerle saber que estaban felices de verlo con vida, y él también había aprendido que no debía callarse sus emociones. Gracias a eso, varios de mis amigos consiguieron romper su barrera y ganarse su confianza, lo que facilitó que el sentimiento de culpa de Edward se esfumara. Ey, que a veces todo lo que necesita un adolescente frustrado es un poco de comprensión y camaradería para superar su etapa de emo depresivo, ¿no? (No, no pensaba decir que un adolescente necesita amor y ternura, ésas son babosadas de niña). Según me enteré después, en los días siguientes a su regreso a la escuela, Edward se la pasaba en la cafetería o en la biblioteca, con Lizzie y Vladimir a su lado y los tres Levin, es decir Erick, Anne y Katie, rondando a su alrededor para evitar que alguien se acercara a molestarlo.
– Bien, parece que ya no tendré qué preocuparme por él –me comentó Mijael, después de encontrarnos a Edward en el baño de niños–. Es evidente que ya no me odia como antes.
– En realidad nunca te odió, simplemente no sabía hacia dónde canalizar su enojo y te agarró a ti de chivo expiatorio porque tu personalidad es muy diferente a la suya –repliqué–. Ahora que ya sabe que es un imbécil redomado por no darse cuenta de que hay mucha gente que lo aprecia, ya no tiene la necesidad de intentar matarte para aliviar su ira.
– Ja, ja, ja, ja, ¿esto es en serio? –me preguntó Mijael, burlón–. ¿Me voy unos cuantos días y te conviertes en el gurú de la escuela?
– Jódete, Fede –bufé, para después reírme con él. ¡Ah, de verdad que extrañaba sus estupideces!
Por cierto que durante todo el día tuve deseos de hablar con mi mejor amigo para contarle lo de la convocatoria de Alemania, pero nunca tuve la oportunidad de encontrármelo a solas, ni siquiera en los sanitarios. Aún hoy, me sigo preguntando qué habría pasado si hubiera podido hablar con él ese día, sin duda que me habría ahorrado muchos problemas más adelante pero el destino me tenía reservada una mala pasada y no pudo ser. De cualquier manera, dudo que algo hubiese cambiado de haber platicado con Mijael porque no creo que él me hubiera confesado que el entrenador Margus me convocó para asegurarlo a él.
A la hora de la salida, tuve la enorme fortuna de encontrarme con mi adorada Giovanna, precisamente mientras estaba buscando a Mijael. Ella estaba junto a su casillero guardando sus cosas y yo aproveché la oportunidad para acercarme y buscar que me perdonara. Para mi enorme sorpresa, Giovanna sonrió al verme y yo sentí que las piernas se me hacían de mantequilla, hasta se me olvidó momentáneamente cómo es que se respira.
– ¡Hola, Dai! –me saludó ella, muy alegre–. ¿Cómo estás?
– M-muy bien ahora que te veo, g-gracias –respondí, tartamudeando cual enamorado idiota–. ¿C-cómo vas con tu tobillo?
– Mucho mejor, gracias. –Gio me mostró su pie, el cual aún llevaba una férula, mientras hacía equilibrio sobre su pierna sana.
De hecho, ella se había acostumbrado tan rápidamente a su problema que se mantenía parada cual elegante garza sobre un pie sin necesidad de usar las muletas para no perder el equilibrio, las cuales estaban recargadas contra los casilleros vecinos. De verdad que esta chica me encanta, sólo Giovanna Ferrari conseguiría hacerme pensar que alguien puede verse hermosa llevando una férula.
– ¿Necesitas que te ayude con tus cosas? –ofrecí, al ver que ella estaba llenando su mochila de libros.
– No, está bien, Uriel lo va a hacer, sólo pasó al baño –negó Giovanna–. Muchas gracias de cualquier manera.
– No es nada –dije, poniéndome colorado–, sabes que te ayudo con todo gusto.
– Sí, lo sé bien. –Gio me miró con tanta dulzura que sentí que iba a derretirme–. ¿Ya te vas a casa?
– Casi –contesté–, estaba buscando a Mijael, ¿lo has visto?
– Hace rato andaba por ahí con sus hermanos. –Giovanna jugueteó con un pequeño mechón de pelo rojizo que le sobresalía de las orejas–. ¿Quieres que le diga algo?
– Sólo que quiero hablar con él, por favor –pedí–. No es urgente pero sí importante.
– De acuerdo –aceptó ella, tras lo cual continuó acomodando sus libros pero sin darme la espalda.
Yo la miré hacer sus cosas, con las manos metidas en los bolsillos; me quedé un rato callado, balanceándome sobre los pies y tratando de armarme de valor para poder hacer la pregunta que tanto me atormentaba. Parecía que Giovanna ya no estaba enojada conmigo pero, ¿sería ése un buen momento para intentar hablar con ella?
– Giovanna, ¿podemos hablar sobre…? –comencé a decir, en voz baja.
– Ahora no, Daisuke. –Ella me contestó con tal rapidez que parecía que estaba esperando a que hiciera la pregunta para decirlo–. No es el momento.
Lo dijo con tanta firmeza que no me atreví a decir algo más; de repente, sentí que el mundo se me venía encima y me costó mucho trabajo el hablar con naturalidad, pero era necesario que recogiera lo que quedaba de mi pisoteada dignidad y salir corriendo de ahí.
– Entonces me voy. –Las palabras se me atoraron en la garganta–. Cuídate, Gio.
No esperé a que ella me respondiera, me di la media vuelta y me fui lo más rápido que mis piernas me permitieron. Bien, Giovanna Ferrari me seguía odiando por haberla besado sin permiso y, al parecer, no iba a perdonármelo jamás. ¿Ya puedo tirarme a un pozo y dejarme morir ahí? Total, es seguro que Giovanna no me va a extrañar (ni nadie más, pues).
Tras hacer este drama princesil, como los que suelo hacer, reflexioné a detalle y me di cuenta de que, a pesar de su última respuesta, Giovanna me habló normal cuando la saludé y no me mandó de paseo desde el inicio, el problema estuvo cuando intenté ir "más lejos", quizás incluso no me habría cortado tan bruscamente si no hubiese tocado ese tema. Además, era seguro que ella como tal ya no me odiaba o ni siquiera me habría sonreído, pues Gio no es hipócrita, quizás su enojo ya había disminuido lo suficiente como para hablarme normal otra vez pero no tanto como para permitirme explicarme. Supongo que esto ya es un avance, ¿no? Tal vez deba darle más tiempo para pensar, lo malo es que ya no teníamos mucho por delante. ¿Será que mis padres me dejen ir a vacacionar a Italia? Ah, cierto, que si Benji no conseguía que Kentin se delatara pronto, ni siquiera iba a tener vacaciones en Alemania. Bien, ni modo, tendré que seguirlo intentando con Gio después, pero al menos comenzaba a ver una pequeña luz al final del túnel.
Cuando llegué a mi casa, me encontré con una curiosa escena en la sala: mis padres, los cuales se llevaban bien otra vez, estaban hablando mientras miraban algo en la Tablet de mamá. Y, a juzgar por sus caras, no se trataba de algo bueno: el gran Genzo Wakabayashi tenía el ceño fruncido y parecía contrariado, mientras que la doctora Del Valle mostraba una expresión de curiosa burla.
– ¿Pero por qué no me ha llamado a mí? –preguntó mi padre.
– Creo que resulta obvio que no lo hizo porque tú ya estas entrenando a tu propio hijo –respondió mi madre–. Y tal vez también influya la situación de Aremy, seguro que él no quiere que te separes de ella ahora.
El que la doctora Del Valle mencionara a Aremy hizo que me preocupara al instante, por lo que me acerqué a mis padres y los interrumpí sin ningún tipo de consideración por su intimidad recién recuperada.
– ¡Hola! ¿Qué están viendo? –solté, cual metiche adolescente hormonal–. ¿Está todo bien?
– Sí, no te preocupes –contestó mamá, sonriéndome.
– No, pero no debes preocuparte –dijo mi padre a su vez, haciendo una mueca.
– Okey, ¿a quién de los dos debo hacerle caso? –pregunté, más angustiado todavía.
– A mí, porque lo que le preocupa a tu padre no es algo serio –replicó la doctora Del Valle–. Es más bien molesto, pero considerando nuestras actuales circunstancias, no es grave.
– Más que molesto es decepcionante –murmuró el gran Genzo Wakabayashi, en japonés, algo que yo sí entendí pero mi madre no.
– ¿Qué sucede? –le pregunté directamente a mi padre, en alemán.
– Esto. –Él me pasó la Tablet para que viera qué era lo que ellos habían estado leyendo.
Se trataba de la nota de un reconocido periódico de deportes alemán, Sport Heute; en ella, se decía que uno de los gemelos de Tsubasa Ozhora, Daibu, estaba entrenándose para comenzar a jugar como portero, con miras a ser convocado en esta posición para el Mundial Sub-19. El mismo Tsubasa había anunciado que, como Japón se estaba quedando sin posibilidades de contar con un buen guardameta entre sus filas debido a "ciertas circunstancias", había convencido a su hijo de cambiar su posición en el campo para defender la portería. La idea del "Prodigio del Sóccer Japonés" era que Daibu fuese entrenado por los mejores porteros que ha dado Japón (entre los cuales está el padre de Hitomi Wakashimazu, por cierto, quien recientemente fue nombrado entrenador de guardametas de la Selección de Japón) e Iker Castillas, un reconocido arquero español ya retirado, para que pusieran en forma a su hijo para el Mundial Sub-19.
Curiosamente, aunque Ozhora hablaba de usar el talento de los mejores porteros de Japón para entrenar a Daibu, en ningún momento hizo mención a mi padre, que no por nada pero es sin lugar a dudas el mejor guardameta japonés de todos los tiempos. Honestamente, no sé qué me desconcertó más: que el señor Tsubasa pretendiera que su hijo cambiara tan drásticamente de puesto en el campo de la noche a la mañana, que él asegurara que no había nadie más con talento suficiente para ser mejor arquero que Daibu, o que ni siquiera hiciera mención a mi padre cuando habló de entrenar a su mocoso bajo la supervisión de los "mejores porteros de Japón".
– ¿Qué acaso se puede cambiar de posición tan fácilmente? –pregunté, perplejo.
– En este universo se puede, sin duda, y sobre todo tratándose de los jugadores de Japón –me respondió mi madre, con mucha burla–. Ken Wakashimazu, por ejemplo, tras ser portero durante muchos años, a los veintitantos le metieron la idea de jugar de delantero y cambiaba de puesto según los deseos de su caprichoso entrenador. Supongo que si él pudo hacerlo en sus veintes, Daibu Ozhora lo podrá hacer con mayor facilidad siendo adolescente. Quién sabe, supongo que su padre no se toma muy bien los rechazos, Dai.
¿Por qué de repente me daba la impresión de que esta brusca decisión tenía algo que ver con el hecho de que yo me hubiese negado a jugar para Japón? Digo, es cierto que Daibu no iba a poder ocupar mi lugar porque él estaba en la Sub-19 y yo fui convocado para la Sub-16, pero aún así algo me hacía sentir que el señor Tsubasa estaba metiendo a su hijo de portero porque presentía que si no había contado conmigo para la Sub-16, tampoco lo haría para otras selecciones. Y no estaba equivocado, pero me sorprendió muchísimo que él lo hubiera intuido tan pronto.
– ¿Qué quieres decir con eso, mamá? –pregunté, pues no estaba muy seguro de haber entendido.
– Nada, querido, nada. –La sonrisa de la doctora Del Valle se volvió menos burlona–. De todos modos, será el hijo de Koji Jefferson Sakai quien tome tu lugar en la Sub-16, Daisuke, o es lo que dice Sport Heute, así que el que Tsubasa Ozhora quiera imponer a su hijo en la portería debe obedecer a algún otro plan suyo que no ha hecho público.
– Jorge Campos también lo hacía –señaló inesperadamente el gran Genzo Wakabayashi, sorprendiéndonos.
– ¿Qué cosa? –preguntó mamá, mirándolo con tanta extrañeza como lo hice yo.
– Que Jorge Campos también cambiaba de posición en el campo, de portero a delantero, aún siendo jugador profesional –repitió mi padre, con una mueca curiosa.
– Jorge Campos es Jorge Campos y él podía jugar de árbitro, si quería –replicó la doctora Del Valle, enérgica. Se notaba que lo admiraba en verdad–. Pero no todos son como él.
– Me queda claro que, a tus ojos, no lo son –dijo el gran Genzo Wakabayashi, tras lo cual esbozó una sonrisa auténtica–. No importa de cualquier manera, a Daibu no le costará trabajo adaptarse a su nueva posición si lo entrenan Wakashimazu y Castillas.
– Pero no es eso lo que te preocupa, ¿verdad, papá? –le pregunté, sin titubeos.
– No, pero lo que sí me preocupa no es importante –me contestó el gran Genzo Wakabayashi, con cierta decepción en la voz.
Me le quedé viendo a mi padre, tratando de averiguar qué era lo que en verdad lo fastidiaba. ¿Sería que, al igual que Tsubasa Ozhora, ya se había resignado a que yo nunca jugaría para Japón o le molestaba que aquél hubiese puesto a su propio hijo en la misma posición en la que estaba yo? Mi madre seguramente notó mi cara de atontado porque se apresuró a intervenir.
– Creo que tu padre se siente desconcertado por el hecho de que Tsubasa Ohzora no le hubiese dicho que pensaba poner a su hijo como portero, en caso de… bueno, en caso de situaciones imprevistas –comentó la doctora Del Valle, recalcando las dos últimas palabras–. Y aunque hay fuertes razones por las que a tu padre no lo tomaron en cuenta para entrenar a Daibu, creo que eso también le molesta, aunque no lo quiera admitir.
– Ya te dije que no es molestia sino extrañeza –se apresuró a añadir el gran Genzo Wakabayashi, jalando el mechón de cabello castaño que a mi madre le caía a la altura de la mandíbula.- Aunque no sea viable que yo entrene a Daibu, me sorprendió que Tsubasa nunca me hubiese comentado que pensaba convertirlo en guardameta.
Entendí lo que mamá quiso decir con "situaciones imprevistas": básicamente se refería a que, dado que yo no iba a jugar para Japón en un futuro próximo, el señor Tsubasa ya tenía un plan alterno para reemplazarme a largo plazo por si acaso yo me negaba a aceptar cualquier convocatoria nipona. Por lo poco que lo conozco, sé que él no es de los que toman decisiones precipitadas sin tener un respaldo, así que la idea de convertir a Daibu en portero no debía ser nueva. Comprendía, pues, cuál era el malestar de mi padre, seguramente vio su amistad traicionada por el hecho de que el entrenador Ozhora no le dijera que ya tenía un posible reemplazo para mí en selecciones futuras. Esto podría rayar incluso en el terreno de la deslealtad, aunque tampoco se podía esperar que el señor Tsubasa se quedara sin hacer nada ante la posibilidad de que el posible sucesor del gran Genzo Wakabayashi se negara a jugar para Japón.
– Que Daibu se convierta en guardameta podría representar un problema a futuro –continuó el gran Genzo Wakabayashi, mirándome–, porque él y tú tendrían que pelear por la titularidad de la portería japonesa.
– No creo que eso vaya a ser un problema, papá –respondí, sin inmutarme.
"Porque planeo jugar para Alemania", pensé.
Sin embargo, creo que mi padre pensó que me estaba refiriendo a que no me iba a dejar vencer y que daría todo de mí para quedarme como titular, porque sonrió satisfecho y soltó un: "¡Muy bien, así se habla!". Y yo, por supuesto, no lo saqué de su error.
– Tal vez también entre el hijo de Sakai en la pelea por la titularidad, siempre y cuando no decida jugar para Holanda, como terminó haciendo su padre –expresó el gran Genzo Wakabayashi, mucho más tranquilo al creer que yo no consideraba a Daibu como un gran obstáculo a vencer.
– Eso ya lo veremos más adelante. –La doctora Del Valle decidió que ya habíamos tenido suficiente–. Por ahora, aunque Daisuke hubiese aceptado jugar para Japón, no tendría que competir con Daibu Ozhora porque ni siquiera estarían en la misma Selección, así que no tiene caso quebrarse la cabeza por eso. Ya te preocuparás cuando los dos estén en el mismo equipo, Gen.
– Tienes razón. –Mi padre esbozó una sonrisa torcida–. Ya lo veremos en su momento. Quizás deba escribirle a Tsubasa para desearle buena suerte con Daibu y decirle que, de serme posible, yo también podría entrenarlo.
– Eso sería darle una cachetada con guante blanco. –Mi madre se veía complacida–. Pero no lo hagas con mi Tablet, que se enviará desde mi correo electrónico y no quiero recibir respuestas en un idioma que no entiendo.
El gran Genzo Wakabayashi rio brevemente y le regresó el aparato a la doctora Del Valle antes de retirarse y dejarme a solas con ella. Mi madre aprovechó ese momento para abrazarme y darme las gracias por lo de la noche anterior.
– Tu padre me contó que tanto Benji como tú nos escucharon pelear y realmente lo siento, ustedes no debieron haber visto eso –me dijo la doctora Del Valle, avergonzada–. Cuando se es adulto, a veces el estrés te hace actuar como una persona desquiciada y por eso es que no todo lo que uno dice estando enojado es cierto. Yo le grité a tu padre muchas cosas hirientes porque estaba enfadada, pero en el fondo no lo dije en serio.
– No tienes qué explicarte, mamá –la interrumpí, incómodo–. Papá ya lo hizo por ti y créeme que lo hizo muy bien, Benji y yo entendimos que todas las parejas pelean y que eso es muy normal, así que no te preocupes. Y bueno, eres humana, ¿no? Todos tenemos momentos en donde quisiéramos quemarlo todo con un lanzallamas.
– Así es, aunque cuando creces hay una voz dentro de ti que te dice que, si haces eso, te ganarás muchos problemas. –Mi madre se echó a reír–. Gracias por la cena que nos preparaste, no era tu responsabilidad el conseguir que tu padre y yo nos reconciliáramos.
– Ya lo sé, pero no me costó nada –sentí que me puse colorado.
Me di cuenta de que no podía contarle a mi madre acerca de la convocatoria que me hizo el entrenador Margus para jugar con Alemania; era seguro, segurísimo, que el gran Genzo Wakabayashi me armaría una guerra en cuanto se enterara, pero sería mucho peor si descubría que su mujer lo sabía y no se lo dijo, sin duda que lo tomaría como una gran traición. Y como yo no podía hablarle sobre eso a mamá sin pedirle que no se lo contara a papá, quedaba claro que la mejor opción era no decírselo. Mis padres acababan de reconciliarse, no sería buena idea el darles un motivo para volverse a pelear. La pregunta era: ¿a quién se lo podía contar entonces sin problemas?
Quizás decírselo a Benji sería una buena opción, después de todo él era mi hermano y fue el segundo en enterarse de que yo no quería jugar para Japón, así que me dirigí a la planta superior para buscarlo en su habitación. Sin embargo, en el pasillo me encontré con Vania, quien curiosamente venía saliendo de la recámara de Aremy; ella traía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando, aunque al verme trató de sonreír. No podía culparla, a últimas fechas todos salíamos del cuarto de mi hermana con ganas de llorar.
– Hola, Dai –me saludó Vania; en las manos traía algo en color rosa que apretujaba con ansiedad–. ¿Vas a ver a Are?
– En realidad estaba buscando a Ichimei –aclaré–. ¿Estás bien?
– No, y creo que sabes porqué –respondió ella, con tristeza–. Aremy habla como si se fuera a morir de un momento a otro, ¿qué de verdad está tan mal?
– No lo sé –confesé, en voz baja–. Comprenderás que a mí los adultos tampoco me dicen mucho, sólo me hablan de nuevos tratamientos y otras cosas que se pueden hacer, pero no me explican qué tan útiles serán.
Por supuesto, evité decirle a Vania mis propias conclusiones, no quería deprimirla más y de todos modos yo no sabía si mis ideas eran simples exageraciones de adolescente dramático.
– No quiero que ella se muera pero habla como si lo fuera hacer –continuó Vania, mostrándome el objeto rosa que traía en las manos, que resultó ser una pañoleta bordada con unas diminutas mariposas en color blanco–. Me regaló esto por mi cumpleaños, lo hizo ella misma y me dijo que me servirá para cuando…
– Para cuando se muera –completé, suspirando–. A mí me dijo lo mismo.
– ¡Ay, no quiero que Are se muera! –Vania me abrazó, llorando a mares (o a ríos, como gusten) –. ¡Y yo no puedo hacer nada para impedirlo, sólo soy una niña!
– Sé bien cómo te sientes –dije, palmeándole torpemente el cabello. Los hombres Wakabayashi somos unos brutos a la hora de consolar mujeres–, pero no hay que perder la esperanza, estoy seguro de que los doctores encontrarán una cura que le sirva.
– ¿Y si no lo hacen? –insistió Vania.
– ¿Y si sí? –repliqué–. Podemos verlo de dos maneras, Pequeña Saltamontes: de la forma positiva o de la negativa. ¿Te servirá de algo verlo desde la forma negativa?
– No –contestó ella, tras quedarse callada un rato–. Supongo que no…
– Entonces ya cálmate y deja de llorar, mejor piensa positivo y ruega porque la medicina le funcione, ¿te parece? –continué, esperando no haber sonado demasiado rudo–. Ya llorarás si se llega a dar el caso de que es totalmente seguro que nada va a servir.
– Tienes razón. –Vania se separó de mí, aunque continuaba llorando–. No quise portarme como niña pero no pude evitarlo…
– Sí, no te preocupes, yo me he puesto igual –le palmeé el hombro–. No está mal llorar, lo que está mal es dejarte llevar por tu lado emo.
– No sé cómo le haces para mantener la esperanza –suspiró Vania, secándose las lágrimas–. Es bien difícil hacerlo.
Ay, Pequeña Saltamontes, si supieras que soy más dramático que ésa que grita "¿Qué haces besando a la lisiadaaaaaa?". Soraya Montenegro, creo que se llama.
– Debe ser alguna especie de don –respondí, con mucho sarcasmo que Vania no entendió.
En ese momento apareció Benji y, al ver a Vania llorando, nos preguntó qué estaba pasando. Por la cara que puso, seguro que mi idiota hermano pensó que Vania se me estaba declarado y se puso a lloriquear cuando la rechacé, así que me apresuré a explicarle a Ichimei, el baboso, lo que en realidad ocurrió y me despedí para dejarlos a solas y que así él pudiera consolarla. Y como eso significaba que tampoco iba a poder contarle a Benji lo de la convocatoria, me fui a mi habitación pensando a quién más podría confiarle mi secreto. Me habría gustado mucho el poder hablar con mi padrino, pero tanto él como mi madrina tuvieron que salir para realizar algún "trabajo urgente" así que no podría verlos esa noche. Charlar con otro de los adultos no era opción (a pesar de que el entrenador Kaltz sí estaba enterado del asunto, yo temía que le echara más leña al fuego y por eso no quería platicar con él), pero de repente me llegó a la mente la solución más obvia: Jazmín. Ella no sólo era mi hermana sino que también solía darme consejos prudentes cuando lo necesitaba, y el gran Genzo Wakabayashi no se enojaría (tanto) con ella si llegaba a descubrir que ya sabía que yo quería jugar para Alemania. En esos momentos Jaz seguramente estaba con Mijael para ayudarlo a estudiar, pero quizás podría hablar con ella después de la cena.
Cuando bajé al comedor, descubrí con mucha sorpresa que, además de los Kaltz, que siempre estaban ahí, también se encontraban los Schneider (aunque no los Ferrari, pues se fueron a la casa de los Shanks junto con los Hernández). Al parecer, el gran Genzo Wakabayashi los había invitado a cenar por una razón que ni ellos mismos sabían, lo cual me hizo preocuparme un poco a pesar de que me daba mucha emoción el cenar con todos mis amigos, la reunión casi parecía una de las que solíamos tener en los viejos tiempos (y digo "casi" porque nos faltaban Aremy y mi madre). Sin embargo, mi padre se comportó de lo más normal, haciéndonos creer que de verdad sólo había invitado a los Schneider por puro gusto, por lo menos hasta que, al final de la cena, mi madre apareció como si se hubiese puesto de acuerdo con mi padre para llegar en ese momento, pues el gran Genzo Wakabayashi se levantó, carraspeó y nos pidió a todos que le pusiéramos atención.
– ¿Quieres que les pida a los niños que se vayan a la sala, amor? –le preguntó la doctora Del Valle, en voz baja.
– No es necesario –negó el gran Genzo Wakabayashi–. De todos modos se van a enterar de esto tarde o temprano y mejor que lo hagan por mí y no a través de alguien más.
– ¿Qué sucede? –preguntó mi tía Elieth, inquieta–. ¿Ha pasado algo malo?
– No más de lo que ha pasado ya –contestó mi papá–. Los hice venir porque quiero decirles esto ahora para que no les caiga de sorpresa después: voy a renunciar a mi puesto como entrenador de porteros del Bayern Múnich.
A pesar de que pienso que los adultos ya se sospechaban esto, la noticia causó sorpresa en los matrimonios Schneider y Kaltz. Los niños y adolescentes también nos asombramos mucho pero creo que ninguno tenía idea de cuál era el alcance real de esta revelación. Al fin, mi tío Karl se decidió a hablar tras dejar pasar un largo rato de silencio, cosa que le correspondía hacer considerando que él era el entrenador del equipo al que el gran Genzo Wakabayashi pretendía renunciar.
– Hablo por todos cuando digo que resulta sorpresiva tu declaración, Wakabayashi –dijo el Káiser de Alemania–. Es decir, al menos Elieth y yo ya habíamos contemplado la posibilidad de que pidieras algunos meses de permiso para encargarte de Aremy pero no creímos que llegarías a presentar tu renuncia. La cual, por cierto, debes entregarme por escrito si quieres que sea válida.
– Lo he estado hablando mucho con Yuri y creo que es lo mejor –fue la respuesta que le dio el gran Genzo Wakabayashi–. Aremy necesita cada vez más apoyo y Yuri no puede hacerse cargo de todo por sí sola. Es cierto que hemos contado con la colaboración de todos ustedes pero estamos conscientes de que tienen sus propias responsabilidades y problemas, y que necesitan su espacio también, así que llegué a la conclusión de que lo mejor que puedo hacer es dejar de trabajar para apoyar a mi familia.
A pesar de que en otras ocasiones el gran Genzo Wakabayashi me ha demostrado que puede ser un buen esposo y padre, me seguía asombrando cada vez que salía con una cosa como ésta. Una vez más, él estaba poniendo a su familia por encima de sus propios deseos y eso hacía que lo admirara, muy a mi pesar.
– Creo que te tomas las cosas demasiado en serio, Gen, hablas como si el apoyarlos a ustedes nos quitara mucho tiempo –intervino el entrenador Kaltz, con su inseparable palillo de dientes bien metido en la boca–. Para nosotros siempre ha sido un gusto el ayudarlos, no hables como si fuera una terrible obligación.
– Exactamente eso –concordó mi tía Bárbara–. Y es seguro que Catrina y Demian dirían lo mismo de estar presentes.
– Lo sé, y de verdad que les agradezco mucho lo que han hecho por nosotros, pero he llegado al punto en donde tengo que elegir qué es más importante–. replicó mi padre–. Y he decidido que mi familia pesa más que cualquier otra cosa.
– Eso nadie te lo va a discutir, Genzo –añadió mi tía Elieth–. Y nos alegra mucho que sea así, aunque no pensamos retirarte nuestro apoyo.
– Y precisamente por eso es que no voy a aceptar tu renuncia, ni aunque me la entregues por escrito –replicó mi tío Karl, desmintiendo lo que acababa de decir hace algunos momentos–. No estás dimitiendo por gusto sino por obligación, así que no puedo aceptar que se me vaya mi entrenador de porteros, pero lo que sí puedo hacer es darte un permiso provisional, estoy seguro de que tu asistente podrá hacerlo bien en tu lugar.
– Ulreich estará encantado con la idea, quiere mi puesto desde hace mucho tiempo. –Mi padre sonrió con cierta burla–. Es muy amable de tu parte, Schneider, pero no puedo aceptar tu oferta, el equipo merece a alguien que se entregue al cien por ciento.
– Eso es verdad, pero también es cierto que tú mereces a un jefe que te apoye al cien por ciento –replicó el Káiser de Alemania–. Si no fuera por la enfermedad de Aremy no estarías considerando renunciar, así que lo mínimo que puedo hacer es apoyarte. Vete el tiempo que necesites, Ulreich se quedará en tu sitio y así tendrá la oportunidad de demostrarme si es bueno o no y si merece que lo contrate en tu lugar. Si es así, Wakabayashi, entonces te aceptaré la renuncia con ganas porque ya no te necesitaré.
Los demás nos echamos a reír, porque el tío Karl siempre ha sido bueno para decir cosas de este tipo mientras mantiene la más absoluta seriedad, lo que hace más cómico el asunto. Sin embargo, también sabíamos que él estaba hablando en serio cuando le decía al gran Genzo Wakabayashi que podía pedir una licencia sin problemas.
– A veces siento que no te merezco, Schneider –le dijo mi padre a mi tío Karl–. Me has apoyado más de lo que podría haberte pedido y lo sigues haciendo a pesar de todo.
– Menos mal que te das cuenta, pensé que me iba a morir de viejo sin que lo notaras –replicó el Káiser de Alemania, encogiéndose de hombros–. A ver si después se te ocurre pedirme una disculpa oficial por no haberte querido nacionalizar alemán.
– No empieces otra vez. –El gran Genzo Wakabayashi frunció el ceño pero después sonrió–. Gracias, Schneider.
– Y pensar que se tenía que enfermar nuestra hija menor para que lo reconocieras, cariño, así de terco eres –intervino mi mamá, con asquerosa melosidad.
– Peor sería que no se hubiera dado cuenta nunca –añadió la Emperatriz de Alemania–. Y considerando lo testarudo que es tu marido, no me habría sorprendido que así fuera.
– Sabes que el viejo Schneider no es el único que puede ayudarte, Gen –comentó el entrenador Kaltz, muy decidido–. También cuentas con mi apoyo y con el de Babs, para lo que necesites.
– Gracias también a ustedes dos. –Mi padre les sonrió–. Tampoco merezco tenerlos como amigos pero por alguna razón decidieron que lo valgo.
– Bueno, a mí no me quedó alternativa, tú venías agregado a mi Hermann –replicó mi tía Bárbara, encogiéndose de hombros, lo que hizo que Adler y Mina se rieran a carcajadas.
Después de esto, la ansiedad general disminuyó gracias a las bromas y al hecho de que el gran Genzo Wakabayashi no tenía preparada una mala noticia; sin embargo, rato más tarde, cuando mi madre ya había regresado al lado de Aremy y mis tías Bárbara y Elieth se hacían cargo de sus propios hijos, escuché a mi padre hablando con mis tíos Karl y Hermann, y sus palabras fueron más pesimistas que las que dijo cuando estábamos todos presentes.
– ¿De verdad estás convencido de pedir un tiempo, Gen? –preguntó el entrenador Kaltz–. El fútbol siempre ha sido una parte importante de tu vida y te ayuda a relajarte.
– Eso es verdad pero, aunque el Bayern Múnich no es precisamente una empresa, es igual de exigente, con los entrenamientos y viajes constantes–. contestó el gran Genzo Wakabayashi.- Ahora mismo estamos en las vacaciones previas al inicio de la nueva temporada, pero cuando comience la Bundesliga me resultará pesado combinar el trabajo y mis labores como jefe de familia, por eso es que decidí que lo mejor era renunciar al primero. Nunca creí que fuera a decir esto, pero realmente estoy a punto de mandarlo todo al infierno, mi trabajo no me está permitiendo apoyar a mi familia tanto como yo quisiera.
– En eso te equivocas –intervino mi tío Karl–. Yo creo que has hecho una buena labor con ellos.
– ¿Y tú como lo sabes? –quiso saber mi padre.
– Porque Mijael me ha dicho que Jazmín le comentó que, si no fuera por ti, hacía mucho que ella se habría desmoronado –contestó el Káiser de Alemania.
– Pero ésa es la opinión de Jazmín y sabemos que ella nunca diría algo malo sobre mí, aunque me lo mereciera –replicó el gran Genzo Wakabayashi, con una sonrisa torcida–. Si de verdad quieren saber si estoy haciendo un buen trabajo, deben preguntarle a Daisuke lo que opina, él nunca endulzará un comentario que esté dirigido a mí.
Aunque esto es verdad, por alguna razón que no entendía el escucharlo me hizo sentir mal. ¿Debería dejar de ser tan crítico con mi padre?
Naah, por supuesto que no. ¿Quién le manda tener hijos adolescentes?
Notas:
– No me equivoqué con el apellido de Iker Casillas, lo puse como "Castillas" a propósito.
– Jorge Campos es uno de los mejores guardametas que ha tenido México, muy conocido por usar uniformes coloridos al jugar y por cambiar de posición de portero a delantero en un mismo partido. En él se basó Takahashi para crear al personaje de Ricardo Espadas, portero mexicano de Captain Tsubasa.
– Koji Jefferson Sakai es un personaje del anime "Hungry Heart: Wild Striker", otro manga de fútbol escrito por Yoichi Takahashi.
