Capítulo 36. Una fastidiosa conferencia de prensa.
Mientras yo andaba en la baba, soñando con ser el portero de Alemania y ganar el Mundial al lado de mis mejores amigos, el entrenador Manfred planeaba cuál sería la mejor estrategia para decirle a mi padre, el gran Genzo Wakabayashi, Santo Patrono de los Guardametas que se Lesionan con Sólo Estornudar, que el más terco y baboso de sus hijos quería aceptar una convocatoria extranjera. Si yo hubiera sabido esto, me habría apresurado a pedirle al entrenador que no abriera su alemana bocota hasta que yo tanteara el terreno con ese hombre traumado que me engendró, pero todavía no he aprobado el curso de leer mentes y no tenía ni idea de lo que el señor Margus estaba planeando con respecto a mí. Y como Mijael Schneider no me avisó de la plática que tuvo con ese señor (a pesar de que se supone que es mi mejor amigo y de que me puso como condición con dicho entrenador para aceptar jugar con Alemania), yo no sabía la que se me venía encima, sobre todo porque, para ese momento, Manfred Margus ya había decidido que hablaría con el gran Genzo Wakabayashi en un plazo máximo de dos días, mientras que yo tenía planeado platicar con él en algún momento entre el hoy y el fin de semana. De esta manera, se había establecido una carrera contrarreloj en la que ni siquiera sabía que estaba participando. ¿Por qué me tienen que pasar estas cosas a mí?
Pero bueno, que de eso hablaré más adelante. Por el momento, en mi infantil inocencia yo había decidido contarle a mi hermana mayor la buena nueva de que mis servicios fueron requeridos por la Selección de Alemania y estaba aguardando el mejor momento para hacerlo. Mientras iba a su habitación, me vino a la mente la idea de contarle lo que los Schneider, Benji y yo sabíamos sobre Kentin Hyuga. Digo, después de todo él era su ex y ella en teoría lo conocía en una faceta que nosotros no. En teoría. Así que quizás Jaz pudiera confirmarme si de verdad estábamos en lo correcto o si estábamos juzgando mal a Kentin. La verdad, yo no creía que nosotros estuviéramos equivocados, yo estaba seguro de que Ichimei, el vengador, tenía razón y Hyuga era el villano de mi historia, pero no estaba de más preguntarle a Jazmín. No había persona más justa y objetiva que ella, si de verdad había una posibilidad, por mínima que fuera, de que Kentin no fuese el culpable de mi desgracia, pues sería bueno considerarla, sobre todo porque no tenía mucho tiempo para andarlo perdiendo con alguien que no era el responsable.
– Hola, hermanito –me saludó Jazmín, con sorpresa, tras abrirme la puerta de su habitación–. ¿Pasa algo, Are se puso mal?
– No, que yo sepa –respondí, negando con la cabeza–. Sólo quería hablar contigo, ¿se puede?
– Claro que sí, pasa. –Ella se hizo a un lado para dejarme entrar–. Pensé que estarías tocando el violín, con eso de que te vas a ir dos semanas a practicar con el violinista Alexander Wald.
– Tengo mi mente ocupada en demasiadas cosas ahora como para sentirme inspirado para tocar –contesté, evitando mencionar que, si me mandaban a los cursos de verano, de ninguna manera podría irme dos semanas a tocar el violín con el señor Wald.
– Bueno, no es para menos, todos andamos vueltos locos en este momento –suspiró Jazmín–. Me ha afectado mucho la noticia que nos dio papá acerca de que piensa renunciar a su empleo. ¿No te parece que eso es algo grave?
– No lo creo así, realmente –negué–. Digo, sí fue impactante pero al fin y al cabo nuestro padre siempre hace lo que quiere.
– Pero el fútbol es su vida, no lo veo dejándolo de lado ni por un día –insistió mi hermana, a quien por alguna razón el hecho de que el gran Genzo Wakabayashi dejara su trabajo en el Bayern Múnich le parecía el fin del mundo–. De verdad que debe de sentirse muy agobiado por todo lo que nos está pasando ahora…
– Aunque no me creas, no es eso lo que me preocupa en este momento –repliqué, desesperándome un poco porque no quería pensar en mi papá, considerando lo que estaba por contarle a Jaz.
– ¿No? –Ella se sorprendió–. ¿De qué quieres hablarme entonces?
– Primero que nada, sobre mis calificaciones –expliqué, dejándome caer en un sillón de dos plazas forrado en tela púrpura, muy suavecito y esponjoso, que era el favorito de Jazmín. ¿No es una injusticia que las niñas puedan tener cosas bonitas y suaves mientras que los hombres tengamos que conformarnos con cosas feas y rudas para que no piensen que no somos machos?–.Ya sé quién fue el que cambió mis calificaciones. Y las de Claude también.
– ¿En serio? ¿Quién lo hizo? –exigió saber mi hermana, poniéndose muy seria al instante.
– No creo que te guste saberlo... –musité.
– Quiero que me lo digas –insistió Jazmín–. Porque si fue cierto pretencioso y rubio alemán, lo va a pagar caro.
– No fue Hoffman, si es lo que no estás pensando –negué, acariciando el sillón suavecito.
– ¿Ah, no? –Jaz puso una expresión de sorpresa–. Estaba segura de que había sido él pero como no tenía pruebas no dije una palabra en su contra. Al menos no sobre eso, pues.
– Tú nunca acusarías a alguien que pudiera ser inocente –sonreí, mirándola de lado–. Pero no fue Hoffman, te digo. Sí fue alguien muy pretencioso pero no es rubio ni tampoco es alemán.
– Entonces, ¿fue cierto pretencioso y moreno japonés, hijo de un ex compañero de papá? –aventuró mi hermana, con desilusión. Era obvio que Jazmín había pensado en Kentin también pero creo que conservaba la esperanza de que no hubiera sido él.
– ¿Tú ya sabías que fue Kentin? –le respondí con otra pregunta–. O sospechas de él, al menos.
– Sospecho, sí –aceptó Jazmín–. Pero no quería creerlo. Es decir, sabemos bien que Kentin no es precisamente un dechado de virtudes y que constantemente está atacando a todo el que se deje, pero quería creer que en el fondo no es un mal muchacho. Cuando anduve con él pude ver que tenía muchas cosas buenas, además de que esperaría de que por lo mismo de que fui su novia, no se metería con uno de mis hermanos…
– No quiero saber qué cosas buenas le viste –repliqué, frunciendo el ceño–. Y los hombres somos más estúpidos y rencorosos de lo que tu cabecita inocente cree, Jaz.
– ¿Y cómo sabes que fue él quien cambió tus calificaciones y las de Claude? –cuestionó mi hermana, sentándose junto a mí en el sillón púrpura–. ¿Estás bien seguro de eso?
Yo le hablé entonces sobre las sospechas de Benji y sobre nuestra visita al edificio en donde se controlaban las cámaras de la escuela, así como del famoso vídeo del cual no pudimos sacar una copia. A Jaz, por supuesto, no le hizo gracia enterarse de que nos metimos en donde no debíamos y frunció el ceño, de esa manera tan cómica que la hace parecerse tanto al gran Genzo Wakabayashi.
– Espero que te estés dando cuenta de que lo que me has dicho no son más que pruebas circunstanciales –dijo Jazmín, cuando acabé de contar–. Aunque ciertamente todo está muy sospechoso, necesitan más que eso para acusarlo ante el director.
– Lo sé bien, por eso es que nosotros tenemos un plan –repliqué, mientras me rascaba la cabeza. El pelo me estaba creciendo con mucha rapidez, no hacía mucho que me había rapado y ya tenía de nuevo cabellos rebeldes dando guerra–. Si todo resulta bien y Kentin es culpable, lo pillaremos en vídeo.
– ¿Ah, sí? –Jazmín me miró con incredulidad–. ¿Y se puede saber en qué consiste ese plan?
– Creo que mientras menos gente lo sepa, mejor –contesté, pues no me pareció buena idea que ella lo supiera–. En vez de eso, dime una cosa: ¿tienes alguna idea de por qué Kentin querría hacerme esta jugarreta? Digo, tú también creías que él podía ser culpable.
– Creo que fue una venganza –gruñó mi hermana, haciendo una mueca.
– ¿Venganza? –pregunté–. ¿Contra quién o contra qué?
– Muy segura no estoy –confesó Jazmín; con uno de sus dedos se puso a jugar con su cabello, que ya le había crecido hasta los hombros–. Te diría que contra mí, pero eso sería muy egocéntrico de mi parte. Sin embargo, sé que algo tiene contra nosotros, es decir, contra los Wakabayashi, aunque no te podría decir qué es. En varias ocasiones, Kentin hizo comentarios negativos contra papá, cosas por las cuales me enojé con él aunque acabara disculpándose después. Es casi como si odiara a papá y se desquitara con nosotros.
– ¿Qué clase de cosas? –quise saber, sintiendo que me enojaba. ¡Nadie puede insultar al gran Genzo Wakabayashi más que yo!
– No voy a repetirlo todo porque me enoja de sólo recordarlo, pero lo tachó de ser clasista, de despreciar a la gente pobre y humilde y de comportarse como un hombre engreído, altanero y déspota –me explicó Jazmín, muy indignada. Se notaba que le enfadaba mucho que alguien insultara a nuestro padre–. Ni siquiera sé por qué Kentin dijo eso, creo que nunca ha hablado como tal con papá y, aunque lo hubiera hecho, éste no habría actuado así con él.
– Eso sí que es raro –acepté–. Aunque ya vez que mucha gente cree que nuestro padre es muy engreído debido a su personalidad, quizás Kentin sea de los que piensan eso. O tal vez, cosa más rara, le tenga resentimiento al gran Genzo Wakabayashi debido a que éste y Kojiro Hyuga nunca se han llevado muy bien que digamos.
– ¿No crees que eso sería muy estúpido? –preguntó mi hermana–. Ésos son problemas que sólo el señor Hyuga y papá deben resolver, y sus hijos no tenemos por qué llevar esos rencores a otro nivel.
– Yo que sé, sólo hablo por hablar –me encogí de hombros–. Pero aunque Kentin quisiera "vengarse" de nuestro padre a través de nosotros, lo cual me parece pero bien estúpido, ¿cómo encaja Claude Schneider aquí?
– No lo sé –admitió Jazmín–. Tal vez eso se deba a que yo, pues, eh…
– ¿A que básicamente le diste a Kentin una patada en las posaderas por culpa de Mijael y ahora crees que aquél se vengó con el primer Schneider que se le cruzó en el camino? –me burlé–. Sí, yo también pensé en eso.
– ¡No lo digas de esa manera! –protestó Jaz, poniéndose roja–. Pero sí, admito que algo así pensé aunque tal vez estoy siendo ridícula por creerlo, Kentin no parece ser de ese tipo de personas.
– Caras vemos, corazones no sabemos –sentencié, usando un viejo refrán que escuché por ahí–. El caso es que si Kentin es culpable, tendremos que hacerlo caer. Y por cierto, ¿sabes por qué demonios quiso invitar a salir a Giovanna Ferrari?
– No –negó Jaz, tan confundida con respecto a eso como lo estaba yo–. Incluso alguna vez me dijo que no le gustan las pelirrojas. Creo que lo hizo por fastidiar, después de todo Giovanna es como un brillante juguete nuevo: no sólo es muy bonita sino que además viene de intercambio y es la sensación de la escuela.
Sí, eso podría ser cierto pero también es verdad que Hyuga ya conocía a Giovanna desde antes y por tanto ella no era novedad para él. Debía de haber otra razón por la que él tuviera ese repentino interés pero no se me ocurría cuál, pensar que lo hacía para fastidiarme era demasiado, ¿no? Sobre todo porque estaba tan metido en la friendzone con Gio que sólo me faltaba ser el padrino de su boda con algún otro imbécil que no se la mereciera.
– De cualquier manera, ella no le hará caso nunca –afirmé, enfurruñado–. Kentin no es de su tipo.
– Puede ser que tengas razón pero, ¿por qué te afecta tanto que Kentin invite a Gio a una cita? –Jazmín me miró con burla–. Es porque ella te gusta, ¿verdad?
– ¡Eso no es algo que te importe! –grité, poniéndome colorado hasta las orejas–. ¡Gio y yo sólo somos amigos!
– Sí, eso lo sé –me interrumpió mi hermana, con una sonrisita pícara–. Pero sospecho que en un futuro no muy lejano las cosas entre ustedes van a cambiar.
La charla estaba poniéndose demasiado personal así que decidí que era hora de cambiar el tema. Le conté entonces a Jazmín acerca de la convocatoria de la Selección de Alemania y las ganas que tenía de aceptarla. Yo pensé que mi hermana se sorprendería de que yo quisiera jugar para otra Selección que no fuera la de Japón, pero el sorprendido fui yo por la actitud que tomó.
– Debes estar muy feliz, ¿verdad, Dai? –dijo mi risueña hermana–. ¡Era esto lo que tanto anhelabas y al fin se te va a hacer realidad, muchas felicidades! Estoy muy feliz por ti, ¡en verdad que sí!
– ¿Qué cosa? –exclamé–. ¿Ya sabías que quería jugar para Alemania?
– Dai, hermanito, creo que eso todo mundo lo sabe, menos papá –contestó Jazmín, suspirando–. Bueno, no digo que todos sepan que quieres jugar para Alemania pero sí es evidente que no deseas formar parte de la Selección de Japón. Desde que rechazaste la convocatoria que te hizo el señor Tsubasa, quedó claro para mí que estabas buscando otra cosa y no es difícil suponer cuál, pues cualquiera que te conozca bien sabe que Mijael y tú son tan unidos que es imposible pensar que pueden llegar a jugar en equipos diferentes. Hacen muy buena dupla, como en su momento la hicieron mi padrino y nuestro padre, excepto porque ustedes son menos tercos y lo reconocen abiertamente.
– ¿De veras siempre he sido tan obvio? –pregunté, avergonzado. Y yo que creía ser un maestro del engaño y la manipulación.
– Sólo dios sabe por qué papá no se ha dado cuenta de que eres todo, menos japonés –suspiró Jazmín–. Está tan metido en sus propios sueños que sólo ve lo que quiere ver, pero si quieres saber mi opinión, creo que tienes derecho a elegir tu propio camino, Dai. Quiero mucho a nuestro padre y lo admiro más, pero no estoy de acuerdo en que te quiera imponer sus metas personales en vez de respetar las tuyas.
– Gracias, Jaz –abracé a mi hermana con todas mis fuerzas–. ¡Siempre pensé que lo apoyabas!
– En realidad no, pero no te haría bien el que yo lo expresara tan abiertamente, sólo habría conseguido que papá se pusiera más intransigente contigo –aseguró mi hermana, resignada.
Bien, que al parecer Jazmín no es tan ciega y se dio cuenta desde hace mucho de que el gran Genzo Wakabayashi se está pasando conmigo. Me alegró saber que ella está feliz de que me haya convocado la Mannschaft y que además me haya reiterado su apoyo, asegurándome de que estaría conmigo en el momento en el que decidiera contárselo a nuestro padre.
– Pero debes hacerlo pronto, antes de que el señor Margus se lo diga en tu lugar –me aconsejó mi muy sabia hermana, dueña de un don de adivinación que todos le envidiamos.
– Lo haré, sólo estoy buscando el momento más adecuado –repliqué, sintiéndome muy nervioso–. Además, el señor Manfred no hará nada hasta que yo se lo diga.
Ay, que estoy bien imbécil. Debí hacerle caso a mi hermana…
Al día siguiente, le conté a Benji la charla que tuve con Jazmín, diciéndole además que ella ya estaba enterada de que planeábamos ponerle una trampa a Kentin. Ichimei, el vengador, no se mostró sorprendido por el hecho de que nuestra hermana también creyera que el Hyuga era el responsable de esa jugarreta.
– Si tenía alguna duda de que hubiese sido Kentin, tras hablar con Jaz ya no me quedó ninguna –finalicé.
– Yo nunca dudé de que él sea el responsable, estoy noventa y nueve por ciento seguro de que sí lo es –replicó mi hermano–. Y que Jaz también lo crea le da soporte a mi idea. Hoy me encargo de que el cabrón hable, sí o sí.
Para ese entonces, ya había disminuido un poco el furor por el regreso de Mijael "Cenicienta" Schneider y de Edward "Rapunzel" Cruyfford, lo suficiente como para que Kentin "Maléfica" Hyuga no se siguiera escondiendo por los rincones así que decidimos que ya era momento de que mi hermano actuara (los exámenes nos traían vueltos locos a todos, en otra época del año probablemente la emoción por el retorno de mis amigos habría durado un par de semanas más). La hora del receso era la mejor para llevar a cabo semejante actividad así que nos reunimos sólo los directamente involucrados, es decir, Mijael, Chris, Claude, Benji y yo para dejarlo todo listo. Chris se encargó de esconder bien el teléfono y hasta hicimos algunas pruebas previas para comprobar que no hubiera errores. Ya nos sentíamos como si fuéramos espías o algo similar, a pesar de que no pasábamos de ser unos meros pubertos atolondrados que estaban desesperados por escapar de la escuela de verano pues la veíamos como si fuese la academia militar. La verdad es que tengo mucho que agradecerles a Mijael, a Chris y al propio Ichimei, los tres estaban muy comprometidos con nuestra causa, la de Claude y mía, como si fuera la suya propia. Amigos como ésos no se encuentran todos los días.
– Listo –expresé, cuando acabamos con las pruebas y comprobamos que no había manera de que Kentin sospechara algo–. La trampa está puesta.
– Solo falta que el ratón caiga –sonrió Ichimei, el espía.
– Eso dependerá de ti –repliqué–. De que le pongas un buen queso.
– De eso me encargo yo –aseguró mi hermano, con una sonrisa maliciosa que me hizo recordar mucho a nuestra madre–. Nadie mejor que yo para poner buenos quesos.
Y de verdad que Benji hizo todo lo posible por conseguir que Kentin confesara, pero la suerte no estuvo de nuestro lado en esa ocasión. Mucho rato después, en el periodo de descanso que teníamos entre una clase y otra, él nos mostró a los gemelos Schneider y a mí lo que había conseguido grabar y nosotros nos dimos cuenta de que, tal y como el mismo Benji nos lo había dicho, Kentin confiaba todavía en él, lo suficiente como para no ponerse a la defensiva si le dirigía la palabra. Nunca entenderé cómo era posible que Hyuga nos odiara a mi padre y a mí pero a mi hermano no, supongo que ésa es una de las cualidades de Ichimei, el agraciado: que le cae bien a todo el mundo. El caso era que Benji había conseguido incluso hablar sobre el día del incendio sin que a Kentin se le activaran las alarmas, pero cuando estaba por llevar la plática al terreno que queríamos, Hyuga recibió una llamada de Hitomi Wakashimazu.
– No me quedé a escuchar, eso habría resultado sospechoso, así que me fui –explicó Ichimei, el espía–. Pero por lo poco que alcancé a oír, esos dos se llevan muy bien.
– Ojalá que acabaran siendo novios, así ella podría olvidar que "le rompí el corazón" –comenté, fastidiado.
– Lo dudo bastante –se burló mi tarado hermano menor–. Lo primero que Hitomi hizo fue preguntarle a Kentin por ti, eso sí lo alcancé a oír.
Los Schneider, como era de esperarse, se burlaron de mí y yo los mandé de paseo. Al menos, esas burlas me hicieron olvidar un poco la decepción que tuve por el hecho de que Benji no hubiese conseguido el objetivo. ¡Había estado tan cerca! Pero ni modo, tendríamos que volver a esperar hasta el día siguiente para intentarlo otra vez.
En fin, que la noche previa ya se había decidido, pues, que el gran Genzo Wakabayashi se tomaría un permiso de seis meses para estar con su familia, otorgado por su mismísimo jefe directo, Karl Heinz Schneider. Éste se ofreció a dar la noticia para que mi padre no tuviera que perder el tiempo y se dedicara a su familia de lleno desde ese preciso momento, pero el gran Genzo Wakabayashi, por supuesto, no aceptó el ofrecimiento porque él nunca ha sido de los que dejan su trabajo a los demás y aseguró que daría la cara ante los medios.
– De todas maneras ya se hizo público que una de mis hijas está enferma, así que ése será un buen momento para que yo mismo lo acepte ante las cámaras –aseguró mi padre, tan férreo como siempre.
– Como quieras –aceptó el Káiser de Alemania–. No esperaba menos de ti.
– Y si es así, ¿por qué te has ofrecido a decirlo todo tú solo? –cuestionó el gran Genzo Wakabayashi.
– Porque era mi deber como amigo el hacerlo –replicó mi tío, sonriendo a medias.
Ojalá que algún día esos dos declararan abiertamente que son gais, digo, que han sido mejores amigos desde siempre. Todos lo sabemos, hasta ellos, pero de que son tercos, lo son. ¿Tsubasa Ozhora qué? Él lo único que ha hecho es ver a mi padre como una herramienta valiosa para conseguir sus propios objetivos, un mero componente más en su plan de ser el mejor del mundo, mientras que Karl Heinz Schneider sí ve al gran Genzo Wakabayashi como un humano con metas personales por cumplir y se preocupa por él a nivel personal. ¡Se tenía que decir y se dijo!
El caso es que, dado que el gran Genzo Wakabayashi iba a estar presente en esa conferencia, el señor Schneider no quiso perder tiempo y organizó una reunión de prensa exprés que tendría lugar la tarde del día siguiente, para que así mi padre pudiera enfocarse cuanto antes en su familia. Los reporteros invitados y hasta el mismo equipo de prensa del Bayern Múnich estaban a la expectativa pues no tenían idea de qué querría anunciar el entrenador del equipo pero suponían que era algo bastante grande. Creo que la mayoría de los periodistas pensaron que la conferencia se trataría de algo relacionado con los planes que tenía Karl Heinz Schneider para ganar la Champions League, así que todos se quedaron con la boca abierta cuando él empezó a hablar sobre mi padre. Los niños Schneider, los Levin, los Kaltz, los Hernández y los Wakabayashi nos reunimos para verlo todo desde la computadora de Claude, ya que para fortuna nuestra la conferencia sería transmitida en vivo a través de la página de Facebook del Bayern Múnich, de manera que pudimos verlo todo con lujo de detalles.
– Convoqué a esta rueda de prensa con tanta premura para avisar que, a partir de hoy, Genzo Wakabayashi dejará su puesto de entrenador de porteros del Bayern Múnich de manera temporal, quedándose Stephen Ulreich en su lugar –anunció el señor Schneider–. Se tiene planeado que Wakabayashi esté fuera del equipo por seis meses, mientras se resuelven algunos asuntos personales de los que él mismo hablará en algunos instantes. En nombre de los que integramos la enorme familia del Bayern Múnich quiero desearle lo mejor en esta etapa tan dura de su vida y rogaré para que el problema por el que están pasando su familia y él se resuelva pronto y de la mejor forma posible.
Como era de esperarse, los periodistas se sorprendieron más de lo que cabría esperar. No sé si la noticia habrá colmado las expectativas de estos señores tan interesados en las vidas de los demás pero al menos sí que fue un notición. Más de uno comenzó a lanzar preguntas pero el Káiser de Alemania los calló a todos, diciendo que sería el mismo Wakabayashi quien aclararía cualquier duda que hubiera. Éste tenía una expresión ausente, según pude ver en la pantalla, y sus ojos se veían apagados, más que de costumbre. Cualquiera que no lo conociera diría que lo que pasaba era que el gran Genzo Wakabayashi se sentía mal por tener que alejarse del fútbol, pero hasta yo sabía que lo que realmente le sucedía a mi padre era que dudaba de no ser capaz de salir victorioso de la prueba tan dura que tenía por delante. Nadie creería que alguien como él pudiese pensar así, conociendo de antemano lo aguerrido que es, pero lo cierto es que todos tenemos una debilidad y a todos nos llega un momento en donde creemos que no seremos capaces de soportar la adversidad. Y ya me había quedado claro que el gran y único punto débil del gran Genzo Wakabayashi era la posibilidad de perder a los que amaba. Sin embargo, esa actitud sólo le duró un momento, pues tras un suspiro tomó la palabra y volvió a ser el guerrero samurái de siempre.
– Como ustedes deben de saber ya a estas alturas, mi hija menor está enferma de cáncer, de un tipo de cáncer de la sangre que es muy agresivo. –Mi padre ni siquiera quiso usar la palabra "leucemia", no sé si porque no se acordó o porque no quería detenerse en nimiedades–. Desgraciadamente, ésta es una noticia que se hizo pública por razones que nunca van a quedarme claras, me habría gustado que algo tan personal no fuese del conocimiento de ninguno de ustedes porque la vida de mi hija no les importa pero no me queda de otra más que aceptarlo como un hecho consumado.
– Ah, mi tío siempre tan lindo con los de la prensa –comentó Chris al lado mío, aunque lo hizo en voz baja para que mis hermanos no lo escucharan. Sin embargo, Jazmín no tardó en hacer su propio comentario.
– Y luego papá se sorprende de que los reporteros lo tachen de gruñón –dijo ella, suspirando–. Tiene razón para estar molesto pero habría podido suavizar sus palabras un poco.
Dice el dicho que "genio y figura hasta la sepultura", lo que significa que nuestro padre nunca va a cambiar, Jazmín, resígnate.
– Durante algunos meses, intenté seguir con mi vida como si no hubiese sucedido esta desgracia, como suelo hacer cuando me enfrento con situaciones que no planeo, siendo ésta la razón por la cual yo no me retiré de mi trabajo como entrenador de porteros porque creí que podría compaginarlo con mi labor como padre pero ahora he descubierto que no es así –continuó el gran Genzo Wakabayashi; creo que se estaba refiriendo a las múltiples lesiones que se causó siendo jugador y que lo mandaron al hospital en más de una ocasión–. Mi deber para con este club y para con el fútbol en general es muy grande, lo he demostrado en muchas ocasiones, pero es todavía mayor el deber que tengo para con mi familia y ahora ellos son lo más importante en mi vida. Así pues, me retiro para apoyar a la gente que más me necesita, mi esposa y mis hijos, sobre todo mi hija enferma, aunque como el entrenador Schneider ha dicho, será sólo por un corto periodo de tiempo…
– ¿Creen que seis meses serán suficientes? –preguntó Katie Levin, en un susurro–. ¿No necesitará más tiempo?
– No seas tan pesimista. –Erick la amonestó y le jaló el cabello–. ¡En seis meses pueden pasar muchas cosas!
– ¡Cállense, dejen escuchar! –pidió Mijael, con molestia–. ¡Que mi padrino no ha dejado de hablar!
– …cuando mi hija se recupere –fue lo siguiente que escuchamos que dijo mi padre–, retomaré mi puesto como entrenador de porteros del Bayern Múnich. Mientras tanto, le deseo lo mejor a Ulreich y al entrenador Schneider, a quien agradezco infinitamente su apoyo y comprensión…
Se dejó escuchar entonces un murmullo generalizado y los periodistas comenzaron a lanzar preguntas a lo idiota. A mí no me parecía que esta noticia fuese tan impactante como para que se pusieran así pero yo qué voy a saber sobre qué piensan los estúpidos periodistas. El entrenador Schneider los obligó a calmarse, otra vez, y a preguntar por turnos, aclarando que no se responderían cuestiones de índole muy personal, como qué clase de tratamiento se le estaba dado a mi hermana. ¿Realmente a alguien le importaba saber eso? Que la gente es idiota, vamos, a extremos que uno creería imposibles pero en fin, no tenía ganas de escuchar lo que vendría después así que me levanté de donde estaba sentado y me despedí de los demás.
– ¿A dónde vas, Chucky? –preguntó Mijael, preocupado.
– A tirarme a un pozo –contesté, dramáticamente y a lo princesa Disney–. Los veré más tarde.
No faltaba mucho para que comenzara el entrenamiento de fútbol así que no importaba realmente a dónde me fuera, de todas maneras en cuestión de minutos tendría que estar presente en las canchas, pero como necesitaba un tiempo para estar a solas, decidí refugiarme en unas jardineras que estaban vacías a esas horas pues se encontraban cerca del recientemente destruido laboratorio de química y me senté en una de ellas. Me había molestado mucho la actitud de la prensa en esa conferencia, fue como presenciar un circo en donde mi familia era la atracción principal. ¡Qué asco me da la gente en ocasiones! Me sentía tan enfadado que tuve ganas de apalear algo, lo que fuera, pero por primera vez funcionó mi única neurona viva y me dije que si volvía a golpear árboles me lastimaría otra vez las manos así que mejor guardaría esas ganas de destrozar cosas para el entrenamiento de fútbol, quizás podría enfocar mi ira en atrapar balones y patearlos con fuerza hacia la cara de Hoffman. Vaya, que nuevamente estoy pensando como mi padre al decidir que usaría mi rabia para jugar mejor al fútbol. ¡Qué asco, por partida doble!
– Hola, Dai. –Alguien habló a mis espaldas y me sobresalté. La voz era la de una chica y por un momento pensé que se trataba de mi adorada Giovanna, pero al darme vuelta me di cuenta de que se trataba de Maia–. ¿Qué estás haciendo?
– Teniendo lástima de mí mismo –respondí, tratando de no sonar muy desilusionado–. Soy patético.
– Acabo de ver la conferencia de prensa en donde habló tu papá –comentó ella, como quien no quiere la cosa–. Supongo que es eso lo que te afecta, ¿no?
– Algo hay de eso, sí –acepté, bajando la cabeza–. No me agrada estar en el ojo del huracán y menos cuando es de esa manera. Me hicieron sentir que mi familia y yo somos animales de circo.
– Bueno, nadie aquí piensa que ustedes son animales de circo –me dijo Maia, tratando de darme ánimos–. Pero puedo entender por qué te sientes así. Mi papá dice constantemente que se alegra de que ni él ni mamá sean famosos porque así nadie se fija en mis hermanos y en mí, cosa por la que sí se preocupan mis tíos, y por fin acabo de entender qué fue lo que quiso decir. A mí tampoco me gustaría que un montón de personas desconocidas hablaran de Alec o de Andrei si ellos estuvieran enfermos ni que papá y mamá tuviesen que pedir en televisión que nos dejen en paz. De verdad que lamento mucho que estés pasando por esto, Dai.
– Gracias, Maia –suspiré, poniéndome en pie de un salto–. Ojalá que esto pase pronto, no me gusta ser el centro de atención.
– Eso sí que no vas a poder evitarlo, Daisuke –sonrió Maia–. Aunque los reporteros ya no se metan con tu familia, tú seguirás siendo el centro de atención, porque brillas mucho con luz propia y eso no lo puedes evitar ni estando deprimido, tienes mucho magnetismo natural. Lamento decírtelo pero de verdad que en eso sí te pareces a tu padre, llamas la atención a donde quiera que vas.
– Creo que me tienes en un concepto muy alto –me reí, avergonzado, aunque me sentí un poco mejor–. Exageras y mucho, pero gracias por pensar eso de mí.
– No soy la única que lo hace, es sólo que nunca pones atención a lo que pasa a tu alrededor. –Ella se encogió de hombros y después se quedó callada un ratito, tras lo cual agregó–: ¿Sabes? Te estaba buscando para decirte algo muy importante pero creo que lo dejaré para otra ocasión más favorable, no estás de buen humor en este momento.
– Oh, ¿de verdad? –me sorprendí–. ¿Qué querías decirme? ¡Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, no importa que no esté de humor!
– Lo sé, pero para esto sí necesito que estés al cien por ciento en tus cabales –aseguró Maia–. No te preocupes que no es algo grave, o eso creo.
– ¡No, en serio, puedes decírmelo ahora! –insistí, tratando de poner mi cara más convincente–. Ayudarte me ayudará a mí a no pensar en mis problemas.
– Gracias, pero no necesito ayuda, más bien quiero hablarte de algo… muy personal. –Los ojos azul oscuro de Maia brillaron de una forma extraña–. De todos modos creo que éste no es buen momento para confesártelo porque debes irte ya al entrenamiento. Hablamos mañana, ¿sí? A la hora del receso.
– De acuerdo –acepté, a pesar de que sabía que a la hora del receso tendría que estar al pendiente de Benjamín y de Kentin–. ¿Estás segura de que no puedo ayudarte hoy?
– Muy segura. –Maia se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla–. Hasta mañana, Dai.
Ella me sonrió una vez más y se marchó a paso veloz; yo me quedé pensando en qué carajos querría hablar conmigo, la verdad era que esa niña cada vez me confundía más. ¿Cuál era el secreto que Maia llevaba guardando desde hacía tiempo? Porque de que escondía un secreto, lo hacía, todas esas miradas raras que me lanza tienen qué significar algo, ¿o no? En fin, que tendría que aguardar hasta el siguiente día para enterarme por fin de qué se trae Maia entre manos, sólo espero que no sea algo grave.
No pude seguir pensando en eso, sin embargo, porque percibí un movimiento a mi izquierda y al girar la cabeza me pareció ver a Kentin Hyuga escapar a toda velocidad. ¿Estaba alucinando o realmente ése había sido Kentin? Y de ser así, ¿qué carajos estaba haciendo por ahí, acaso nos estaba espiando a Maia y a mí? Esto no tenía sentido, ¿para qué querría Kentin vigilarnos? A menos que sospechara que nosotros ya sabíamos que él nos jugó chueco, no le veía razón para que lo hiciera. Corrí hacia la zona en donde lo vi con la intención de encontrarme con él o al menos para alcanzar a ver hacia dónde se fue pero no lo hallé, de hecho no vi a nadie por ahí y empecé a preguntarme si no me lo habría imaginado, pues Kentin tendría que haber sido muy rápido para haberse ido sin que yo lo hubiera visto hacerlo.
– Creo que necesito ir al psicólogo –suspiré, tras lo cual eché a andar hacia mi casillero para recoger mis cosas antes de ir al campo de entrenamiento–. Lo último que necesito es empezar a tener alucinaciones.
Cuando llegué a la práctica todavía faltaban personas por llegar así que me tomé mi tiempo para alistarme, sacando mis guantes y mi pañoleta verde de mi mochila; mientras me ajustaba ambas cosas, escuché a un grupo de chicas hacer alboroto en las gradas y supuse que eran las mismas de siempre, las que iban por moda o por llamar la atención pero entonces escuché un grito, fuerte y claro, y supe que esta vez no me estaba equivocando con respecto a quién lo soltó.
– ¡Vamos, Daisuke, da lo mejor de ti! –era Giovanna Ferrari, y no otra, la que estaba en las gradas gritando por mí–. ¡Detén todos los disparos!
Me quedé viéndola fijamente, sonriendo como estúpido, mientras hacía un gesto con la mano que intentaba ser un saludo. ¡Sí, ella ya me perdonó, ya no está enojada conmigo! Los ángeles bajaron cantando sus coros y me tomaron en brazos para llevarme volando hasta la portería, alzándome como si fuese el elegido por los dioses y todas las glorias estuviesen reservadas para mí… Y entonces alguien me dio un balonazo en plena cara, haciendo que los ángeles me dejaran caer al suelo cual costal de papas.
– Ay, perdón –me dijo Adler, mirándome con inocencia–. No me había dado cuenta de que estabas en Babalandia.
– ¡Tremendo hijo de…! –grité con todas mis fuerzas y le lancé el balón al rostro, aunque él lo esquivó con mucha facilidad–. ¡ME LAS VAS A PAGAAAR!
¡Vaya manera de empezar el entrenamiento! Pero a pesar de este pequeño "desliz", Giovanna no dejó de animarme ni de gritar mi nombre cada vez que yo detenía algún disparo, realmente no sabía qué había causado que de buenas a primeras ella volviera a apoyarme sin reservas pero estaba feliz por ese milagro. ¡Al fin una cosa buena entre tantas desgracias! Y está de más decir que jugué como pocas veces lo había hecho, lo hice tan bien que el entrenador Kaltz no paraba de elogiarme, poniéndome de ejemplo hasta con su propio hijo. ¡Toma eso, Adler, eso te enseñará a no atacarme mientras me mira la chica de mis sueños!
Al final de la práctica, varias personas de las que estaban en las gradas empezaron a invadir el campo para acercarse a los jugadores y Giovanna iba entre ellas, llevando algo en las manos. De inicio, pensé que estaba imaginando cosas otra vez porque la vi dirigirse hacia mí y estuve a punto de darme la media vuelta e irme para no sentirme mal al ver que ella se iba con alguien más pero no, en esta ocasión no estaba alucinando, ¡la pelirroja de mis sueños sí iba tras de mi persona! Y yo, como dicta la tradición, me quedé parado en medio del campo, sonriendo como idiota, Adler pudo haberme lanzado otro balón en ese momento y ni lo habría sentido. Cuando llegó a mi lado, Giovanna me tendió una botella de agua y una toalla, con una gran y hermosa sonrisa en los labios.
– Estuviste genial hoy, Dai –me dijo ella, con suavidad–. Jugaste muy bien.
– G-gracias –balbuceé–. No esperaba verte aquí, Gio…
– Pensé que te vendría bien un poco de ánimo –contestó Giovanna, con sinceridad–. Sé que la conferencia que dio tu papá debió de afectarte y no quería que pensaras que he dejado de apoyarte porque no es así. Siempre vas a contar conmigo aunque te comportes como idiota en ocasiones, Daisuke Wakabayashi.
Entonces ella me abrazó y yo sentí que me derretía cual pedazo de babosa mantequilla al sol. No, era como un caracol al que le echaron sal, un zombi gelatinoso hecho pedazos por alguna arma, algo así, sentía que me podía quedar así toda la vida o morirme en ese preciso instante. ¡Qué más daba! Cuando la chica de tus sueños te abraza, el tiempo se detiene y lo demás deja de importar.
– Gracias, Gio –musité a su oído–. De verdad, no sabes cuánto necesitaba esto…
– Lo sé bien –susurró ella–. Lamento haberme alejado estos días…
No contesté y en vez de eso la abracé con más fuerza. ¡Estaba tan feliz de que Giovanna me hubiese perdonado que quería ponerme a gritar y a bailar con ella por todo el campo! Pero todo tiene fin, hasta lo bonito, y Giovanna se separó pues debía volver a casa de los Schneider junto con sus hermanos. Yo me quedé viéndola partir, mientras sostenía en mis manos su toalla y su botella de agua. ¡La vida es hermosa, chi cheñol!
– Ya deja de babear y vámonos –me dijo Adler, poniéndome un brazo en los hombros–. Perdón por lo de hace rato pero no lo pude evitar, eras un blanco perfecto.
– Si serás cabrón –mascullé, aunque después me eché a reír.
Al llegar a casa vi a mi padre sentado en la sala, quien miraba hacia un punto en el horizonte de manera distraída; en sus manos llevaba una hand grip, es decir, un aparato para fortalecer las manos, el cual él apretaba una y otra vez de manera incansable, una actividad que hacía de manera frecuente, tan frecuente que lo raro sería que pasaran más de dos días sin que la realizara. Mi idea era pasar sigilosamente y subir a mi cuarto sin que me viera, pero al parecer tengo el sigilo de un elefante embarazado porque casi tiré un florero con azucenas que mi mamá tiene sobre una mesa del pasillo principal (ay, que a la doctora Del Valle le encantan estas flores, ¿qué se le va a hacer?). Mientras yo me esforzaba por evitar que el florero cayera al piso, el gran Genzo Wakabayashi se dio cuenta de mi presencia, obvio, así que decidí que lo mejor sería saludarlo para no verme tan maleducado. Sí, ya sé, en anteriores ocasiones no me ha importado el ser grosero con mi papá pero ese día se merecía que lo tratara bien; después de todo lo que le hizo la prensa, no soy tan cruel como para dejarle caer mis comentarios ácidos.
– ¿Todo bien, Daisuke? –me preguntó mi padre, con una expresión neutra.
– Eh, sí, sí, todo bien, gracias –contesté, intentando acomodar el maldito jarrón en su lugar, tras lo cual me sacudí el agua que me cayó en los brazos–. Sólo estaba peleando con esta cosa… ¿Y tú cómo estás?
– ¿Yo? –El gran Genzo Wakabayashi se sorprendió por mi pregunta–. Pues bien, supongo.
– ¿Supones o lo estás, papá? –insistí, mientras entraba a la sala agitando los brazos cual pollo–. Vi la conferencia de prensa, no creo que estés muy bien después de haber pasado por eso.
– ¡Ah! –Mi padre se asombró todavía más–. ¿No se supone que a esas horas estabas en la escuela?
– La vi durante un rato libre que tuve antes de la práctica de fútbol –expliqué, sentándome frente a él–. Eso debió de ser difícil, con todas esas personas fastidiando y soltando preguntas muy personales.
– Fue pesada, sí, pero he pasado por cosas peores. –El gran Genzo Wakabayashi sonrió a medias.
– Qué bueno –dije con sinceridad, aunque después me puse algo incómodo–. ¿Sabes, papá? He dicho muchas cosas sobre ti, he estado en desacuerdo con muchas de las decisiones que tomas y constantemente estoy llevándote la contraria, pero esta vez creo que hiciste las cosas bien.
– ¿De verdad? –Mi padre levantó sus dos cejas.
– Sí, de verdad –me puse a jugar con las mangas mojadas de mi chamarra sólo por hacer algo; tengo la manía de querer estar haciendo algo con las manos cuando me siento inquieto, qué lástima que yo no tenga una hand grip–. Vas a decir que soy muy joven para juzgar tus acciones y si mamá estuviera presente diría además que no estoy en posición de decidir si lo que haces está bien o está mal pero aún así quería que lo supieras: creo que lo que has hecho ha sido algo grande en verdad, algo para lo que se requiere mucha fuerza. Habrá personas que van a estar en contra de la decisión que tomaste pero creo que el que estés poniendo a tu familia por encima del fútbol es una clara muestra de que nosotros sí te importamos y eso para mí dice mucho.
– Ustedes siempre me han importado, Daisuke –aseguró el gran Genzo Wakabayashi, con una expresión que me resultó indescifrable.
– Tal vez, pero se te olvida decirlo más seguido –repliqué–. Y demostrarlo también.
Creo que hasta yo me desesperaría por tener un hijo tan cínico; la doctora Lily ya me habría castigado de por vida por hablarle así a mi padre pero éste no tenía intenciones de regañarme, al menos no de momento. ¿Había llegado demasiado lejos? Sí, es seguro que sí, pero de todos modos no me arrepentí de lo que dije.
– Viniendo de ti, eso dice mucho, hijo –me dijo mi papá, después de contemplarme durante algunos segundos; creo que él estaba tratando de descubrir si yo había sido sarcástico–. No creí que algo así fuese a causar impacto en ti. Al igual que tu madre, eres difícil de impresionar.
– Más bien tengo tendencia a no dejar que algo que tú hagas me impresione –lo contradije, aunque después me mordí la lengua. ¿Por qué no puedo dejar de ser tan ácido cuando hablo con él?–. Pero esto ha sido algo realmente grande.
– Como bien has dicho, es sólo una muestra de lo mucho que los amo –repitió el gran Genzo Wakabayashi, sin dejar de usar su hand grip–. Y de que entiendo bien cuál es mi principal obligación: mi familia antes que mi trabajo. Eso es lo que un hombre hace, lo que cualquier hombre haría.
– No me lo vayas a tomar a mal, pero estoy seguro de que Tsubasa Ozhora no haría lo mismo estando en tu lugar –insistí–. Hablas como si lo que hiciste fue algo que habría hecho cualquiera pero los dos sabemos que no es así.
El gran Genzo Wakabayashi se quedó callado otra vez y me lanzó una curiosa sonrisa, casi como si pensara lo mismo que yo pero, por supuesto, jamás lo admitiría en voz alta, o por lo menos no ante mí. Estoy seguro de que a estas alturas mi padre ya estaba consciente del hecho de que su amigo de la infancia no tenía ordenadas sus prioridades en la forma en la que lo haría una persona que tuviese corazón o que fuese capaz de sentir amor.
Decidí marcharme para dar por terminada esa plática antes de que el gran Genzo Wakabayashi cambiara de opinión y quisiera castigarme por ser tan fresco, así que me levanté procurando no mirarlo a la cara, aunque él no hizo el intento de verme.
– Gracias –comentó él.
Me detuve para observarlo por unos segundos, sorprendido, antes de seguir caminando sin responder, pues me pareció que decirle un "de nada" habría resultado demasiado cínico. Cuando comenzaba a subir las escaleras, escuché que alguien me llamaba en voz baja y al voltearme vi al entrenador Kaltz al pie de las mismas, sonriéndome con cierto orgullo. Como no sabía qué era lo que quería, bajé un par de escalones para hablar con él.
– ¿Qué sucede? –le pregunté–. ¿Necesitas algo, tío?
– Sólo quería decirte que acabas de hacerlo bien allá abajo –contestó mi tío Hermann, mascando su eterno palillo de dientes.
– ¿Qué cosa hice? –pregunté, sin entender a qué se refería.
– Hablar con tu padre –me explicó él, con las manos metidas en los bolsillos–. Lo hiciste bien.
– ¡Ah! ¿Nos estabas escuchando? –No quise decir "espiando" aunque eso fue lo que el señor Kaltz hizo. Sí, ya sabemos que los hombres podemos ser tan chismosos, o hasta más, que las mujeres.
– No fue intencional. –El entrenador Kaltz se encogió de hombros–. Pero sí, los escuché hablar. Y tengo que comentarte que le dijiste a Gen justo lo que necesitaba oír.
– ¿Ah, sí? –abrí mucho los ojos por la extrañeza–. Esperaba que me dijeras todo, menos eso.
– Ayer tu papá habló con nosotros sobre la mejor manera en la que se puede valorar su desempeño como padre –continuó mi tío Hermann–. Y aseguró que si quería saber si estaba actuando bien o no, debía preguntarte tu opinión porque tú nunca suavizarías una crítica dirigida a él.
– ¿En serio él dijo eso? –pregunté, tratando de poner una cara de inocencia.
Por supuesto que yo sabía que el gran Genzo Wakabayashi había dicho eso, yo mismo lo escuché pero, a pesar de que el entrenador Kaltz nos espió a él y a mí, no podría decirle que yo también los espié a ellos porque a mí sí me iban a regañar. ¡Tremenda injusticia pero así es la vida de los hijos!
– Sí, eso dijo. –Mi tío Kaltz me creyó o no le tomó importancia a mi expresión–. Así que el que le hayas comentado que actuó bien a tu parecer le va a ayudar más de lo que tú crees, él se toma muy a pecho las críticas que le haces.
– Creo que exageras, entrenador –repliqué, ofuscado–. Me está dando mucho mérito, no creo ni siquiera que mi padre haya dicho eso en serio.
– Sabes que tengo razón –me contradijo el papá de Adler, sacándose el palillo de la boca–. No hay algo de malo en que aceptes que la relación con tu papá está mejorando.
¿Realmente está mejorando mi relación con el gran Genzo Wakabayashi? A veces pienso que así es pero luego sucede algo que vuelve a echarlo todo a perder: si no es el cambio de calificaciones, es mi negativa a jugar para Japón o la obsesión de mi padre por querer que siga sus pasos, pero el caso es que siempre hay alguna situación que nos hace volver a pelear sin tregua, incluso me quejé de eso con el Fede hacía relativamente poco. Y ahora que el gran Genzo Wakabayashi y yo volvimos a tener un momento agradable de padre/hijo, ¿qué sería lo que arruinaría las cosas en esta ocasión?
– No sé qué decir con respecto a eso –confesé, después de un rato.
– No tienes que responder, sólo quería que supieras que Gen necesitaba de tu comprensión y tú has sido un buen hijo al dársela –contestó el entrenador Kaltz–. Ustedes dos se parecen más de lo que crees, Daisuke.
Y ahí vamos de nuevo. ¡Que yo no me parezco a mi padre, caramba! Debí poner alguna expresión de fastidio porque el señor Hermann se echó a reír, divertido.
– No lo dije para molestarte –añadió–. En todo caso, no te vendría mal recordarlo de vez en cuando, quizás así puedas comprender el por qué Gen actúa así contigo.
– Tal vez –dije, no muy convencido–. Discúlpame, tío, pero tengo que estudiar.
– Adelante –asintió el entrenador Kaltz, tras lo cual agregó, burlonamente–: En eso sí no te pareces a tu papá, él no era particularmente bueno para la escuela.
Esto me causó mucha gracia y me reí con ganas mientras volvía a subir las escaleras hasta mi habitación; ahí, por primera vez hice lo que dije que iba a hacer y me puse a estudiar, la verdad era que no estaba para seguir perdiendo el tiempo.
Mucho rato después, el entrenador Manfred Margus se decidió por fin a hablar con mi padre sobre la convocatoria que me hizo para nacionalizarme alemán y jugar así para la Mannschaft. Sin embargo, en ese momento el gran Genzo Wakabayashi había dejado abandonado su celular en la sala, debajo de un montón de cojines, porque se había hartado de estar recibiendo llamadas y mensajes. Cuando el entrenador Manfred le marcó, papá estaba cuidando de Aremy mientras mamá bajaba a comer, así que no escuchó el teléfono. El señor Margus habló una y otra vez hasta que se convenció de que nadie iba a responder, así que optó dejarle a mi padre un mensaje de voz para que éste le llamara en cuanto lo escuchara, el cual decía más o menos lo siguiente:
Wakabayashi, debe sorprenderte que te esté llamando con tanta insistencia pero, aunque no lo creas, no es para algo relacionado a la enfermedad de tu hija pequeña sino para otra cosa. En realidad, en quien estoy interesado es en tu hijo Daisuke. Verás, sé que tu idea siempre ha sido entrenarlo para que sea el portero de la Selección de Japón pero me resulta evidente, como a muchos, que él no desea jugar para dicho país y no podemos culparlo porque… Eh, bueno, creo que estoy dándole vueltas al asunto, llamaba para comentarte que, como ya debes de saber, he decidido invitar a Daisuke a que se nacionalice alemán para que juegue con mi selección y él parece estar muy interesado en aceptar mi oferta. Espero que no estés tan enojado como supongo que lo estás y que podamos tratar este asunto como los adultos que somos…
Así pues, sin saberlo, el señor Manfred Margus, entrenador de la Selección Sub-17 de Alemania, acababa de dejar una bomba atómica en el teléfono de mi señor padre, el gran Genzo Wakabayashi, esperando el momento más propicio para ser activada. ¿Cuánto tiempo tardaría mi papá en encontrar ese mensaje? ¿Lo escucharía antes o después de que yo tuviera el valor para contarle todo por mí mismo? ¿Por qué mi vida tiene que parecer programa de suspenso? ¿Algún día se acabará mi mala suerte o estaré destinado a meter la pata una y otra vez hasta el último de mis días?
Como dice la canción: ¡Ese compa ya está muerto, nomás no le han avisado!
Notas:
– Stephen Ulreich está basado en Sven Ulreich, segundo guardameta del Bayern Múnich en la vida real.
