Capítulo 37. ¡Y las sorpresas no terminan!
No sé si fue por culpa del estrés o qué carajos, pero el Sueño regresó otra vez, una noche sí y la otra también. Dejé tenerlo durante unos días, creo que pasé casi dos semanas completas sin soñar eso, pero de buenas a primeras volvió, con un ligero cambio que me sorprendió a medias: en esta ocasión, tanto Benji como yo estábamos parados delante de la cama de Aremy mientras Jazmín repetía su "¡Sálvala!". El problema era que no lograba distinguir a quién de los dos se lo decía, si a él o a mí. ¿Qué significaba esto, que mi hermano también podría ser el salvador de Are? Pensándolo con una pizca de lógica, esto tendría mucho más sentido a creer que ese "salvador" podría ser yo.
Creo que ya antes había dicho que Ichimei, el reformado, por ser el gemelo de Aremy tiene más probabilidades de ser compatible para un trasplante que yo, eso lo tenía muy en claro, quizás por esto es que había comenzado a soñar que él podía ser la clave para su curación. ¿Estaría mi hermano consciente de esto, lo pensaba tanto como yo o no se quebraba la cabeza con estas cosas? Tal vez a Benji ni se le había pasado esta idea por la mente y en cambio su imbécil hermano mayor no podía dormir por estar soñando con esas cuestiones. En fin, que ya el tiempo lo diría, lo malo es que soy muy impaciente y no me sale bien eso de esperar a que cada cosa llegue a su debido momento.
Ya no pude volver a dormir así que decidí ponerme a repasar el francés, pues no faltaba mucho para que llegara la hora en la que normalmente me despertaba. Escuché cómo Benji se alistaba para ir a patinar y también lo oí intercambiar algunas frases con mi padre, las típicas expresiones de "hoy lo harás mucho mejor que ayer" y "gracias por acompañarme, papá", junto con sus ya conocidas risas de camaradería y complicidad. Me asomé por la ventana cuando consideré que ya habían salido de la casa y los vi caminar juntos, el gran Genzo Wakabayashi apoyaba su brazo sobre los hombros de su hijo y Benji se dejaba conducir por él como si hubiese tenido unos tres años menos. Sé que era estúpido pero no pude evitar sentir celos, como siempre me ocurría cada vez que los veía así. No es culpa de Benji que tenga más afinidad con nuestro padre que yo, ya sé que es porque mi hermano es menos rebelde y porque el gran Genzo Wakabayashi no echa sobre él la responsabilidad de continuar con su legado, lo que les permite a ambos interactuar de una manera más natural (¿mi papá y yo nos llevaríamos mejor si yo quisiese dedicarme a otra cosa, como a jugar hockey sobre flamencos, por ejemplo?), pero todavía así detesté un poco a mi hermano en esa ocasión. De manera injusta, ya lo sé, aunque eso no quita que sintiera un ligero odio por él, tan ligero como ligeras son las ballenas.
– Daisuke, ¿estás despierto? –Mi tía Eli tocó a la puerta de la habitación, interrumpiendo mis berrinches adolescentes.
– Sí, tía, hola –respondí, tras abrirle–. ¿Cómo te diste cuenta?
– Vi luz a través de tu puerta –aclaró ella–. Cuando tienes a Mijael Schneider de hijo, aprendes a darte cuenta de cualquier cambio mínimo que pueda indicar problemas.
– Ya veo –dije, aunque no entendía qué problema podría haber con que Mijael se levantara temprano, a menos que lo hiciera para ponerse a armar una bomba nuclear casera, lo cual no sería tan raro tratándose del Fede–. ¿Pasa algo? Creí que ayudarías a Mijael a prepararse para la escuela.
– Oh, su padre está en eso, él ya llegó a la etapa en donde le da vergüenza que su madre lo vea en calzones, como si nunca le hubiera cambiado los pañales –bufó la Emperatriz de Alemania. Yo comprendo a Mijael, tampoco me gusta que mi madre me vea en ropa interior, ¡qué horror!–. Así que le dije a tu mamá que vendría a ayudarla un rato. Aún así, es bastante temprano para que tú ya estés levantado, ¿te sientes mal?
¡Ya sé que soy un flojo de primera, caramba, no me lo tienen qué recordar!
– No –mentí, parcialmente–. Sólo quería practicar un poco mi francés.
– ¡Ah! –exclamó ella, con una expresión extraña–. Cierto, que dentro de poco tendrás el examen final, ¿verdad?
– Sí, aunque tal vez ni siquiera me van a dejar presentarlo –bufé, incómodo–. Así que es probable que sólo esté perdiendo el tiempo.
– No, porque si al final consiguen resolver el problema de las notas cambiadas, te dejarán hacerlo y deberás estar preparado –negó mi tía Elieth, con una sonrisa.
– ¿Tú nos crees? –me sorprendí tanto que choqué contra mi cama y me caí al suelo, con las piernas abiertas–. ¿De verdad?
– Bueno, quisiera creer ante todo que no estoy criando a un mentiroso manipulador –me respondió ella, ayudándome a levantarme mientras se aguantaba la risa por verme despatarrado sobre el piso–. Y con esto me estoy refiriendo a Claude, por supuesto. Al principio sí me enojé mucho con él porque lo creí muy capaz de hacer esa estupidez, pero después me dije que no tenía mucho sentido que él se hubiera pasado tantos días estudiando si al final iba a hacer trampa, además de que hablé con tu madre sobre… algo que no debería decirte así que finge que no dije nada, el caso es que creo que ustedes son mejores que esto, quiero creer que así es.
Supongo que con eso de "lo que habló con mi madre", se refiere a que la doctora Del Valle me creyó cuando dije que no sabía que Claude también estaba metido en problemas debido a que puse una auténtica expresión de sorpresa cuando me lo contó.
– Gracias, tía –expresé, con toda la gratitud de mi adolescente ser–. Ojalá que mi padre fuese tan comprensivo como tú.
– Tu padre no es mala persona, sólo es muy gruñón –replicó la Emperatriz de Alemania–. Supongo que mucha gente te lo ha dicho ya, que él no es fácil de tratar y que es un imbécil para querer, pero sí sabe querer y a ti te quiere mucho. Su problema es que ya se le olvidó que alguna vez fue un adolescente irrespetuoso, bravucón e insoportable y que por tanto no podía esperar que sus hijos fuesen dechados de virtud y buen comportamiento. Tuvo suerte de tener a dos hijos tranquilos, Jazmín y Benjamín, pero era imposible que no tuviera uno que se le pareciera en carácter.
Me eché a reír y ella rio conmigo. Era curioso cómo cada una de las personas que conocían al gran Genzo Wakabayashi coincidían en una cosa: él era una persona difícil de tratar y más complicada aún de entender. Qué novedad…
– Tía, me encantaría que siguieras burlándote de mi papá pero necesito pedirte un favor –solté, ya que estábamos en la onda–. ¿Me ayudarías con la pronunciación de algunos verbos?
– ¡Por supuesto! –exclamó mi tía–. Yo encantada de ayudarte con eso, es más, ¿por qué no me lo pediste antes?
– Porque, al final de cuentas, soy hijo del gran Genzo Wakabayashi y eso me hace actuar como idiota –suspiré–. Pensé que con las anotaciones de Chris sería suficiente pero creo que no me vendría mal que me ayudara alguien con más experiencia.
¡Lo que necesito es un milagro, es la verdad! Pero dado que andamos escasos de eso, estudiar un poco no me vendrá mal. Mi tía y yo nos quedamos practicando hasta que Benji y mi padre regresaron de la pista de hielo y entonces ella me dejó para que yo pudiera prepararme para ir a la escuela.
Mientras lo hacía, volví a pensar en Benji y en el hecho de que, durante nuestra corta existencia, la gente nos ha comparado constantemente a los dos con el gran Genzo Wakabayashi, como si les divirtiera encontrar las semejanzas que hay entre nosotros y él. Físicamente hablando, Benji es el que menos se parece a papá pues tiene más facciones de la doctora Del Valle así que fue a mí al que le tocó cargar con esa cara tosca y de pocos amigos que tanto caracteriza al Super Great GoalKeeper, pero no es nuestro físico sino nuestros "talentos ocultos" lo que tanto les interesa a estas personas que viven de analizar nuestras vidas. En alguna ocasión encontré una vieja carpeta de mi madre con recortes de periódicos de las notas que hablan de los escasos triunfos deportivos que hemos tenido Benji y yo en nuestros pocos años de vida, y tengo que decir que lo que más me molestó fue que todos los reportajes se promocionaran con un "el hijo (mayor o menor) de Genzo Wakabayashi ha ganado…", como si nosotros no fuésemos personas independientes de él. Y pues no lo somos, pues, todavía estamos jóvenes como para hacernos de un nombre por nuestra cuenta (aunque personajes como Karl Heinz Schneider y Tsubasa Ozhora ya eran reconocidos por ellos mismos a los quince años y eso que el Káiser de Alemania era hijo de un futbolista), pero sobre todo me enojó que los cabrones que escribieron los reportajes se pusieran a compararnos al perfecto Ichimei y a mí, que comparaban nuestros triunfos y se cuestionaran quién de los dos sería más exitoso a largo plazo, quien sería el que le daría más orgullo a la familia del gran Genzo Wakabayashi.
¿Qué tal, eh? Ya sólo falta que quieran que me ponga a cantar como Mulán: A mi padre daré honoooor. ¡Qué hueva!
Tras ver esos recortes, entendí el por qué la doctora Del Valle no deseaba que ninguno de mis hermanos viera lo que los periódicos publicaban sobre nosotros, aunque ella conservaba esas notas porque, como buena madre orgullosa, quería tener registro de los triunfos de sus pequeños retoños, qué lindo. Seguro estoy de que también hay reportajes sobre Jazmín y Aremy pero no creo que a ellas las comparen tanto, principalmente porque gracias al pensamiento machista del mundo moderno nadie cree que ninguna de ellas pueda ser la sucesora del gran Genzo Wakabayashi (tuve un deja vú, ya me he quejado de esto antes, ¿a que sí?). Aunque bueno, en eso hay que aceptar que no veo ni a Jaz ni a Are deteniendo balones en un partido de fútbol, principalmente porque Jazmín es tan delicada que resultaría seriamente lastimada de intentarlo y a Aremy le daría asco infinito ensuciarse de pasto y tierra.
En fin, que ya me desvío. El ejemplo de los reportajes era para dejar establecido que, a lo largo de nuestra vida, todos aquéllos que nos conocen a Benji y a mí, y que no forman parte de nuestro círculo, constantemente nos hacen competir entre nosotros, resaltando quién tiene más cualidades y más parecidos con el gran Genzo Wakabayashi para… pues honestamente no sé para qué alguien querría hacer eso. ¿Para meter cizaña, para fastidiar la vida del prójimo, para joder, para qué carajos? Porque no entiendo en qué nos podría beneficiar al ya no tan incorruptible Ichimei y a mí el estar contendiendo constantemente el uno contra el otro como no sea mandar al carajo el lazo entre hermanos. Y sí, es cierto que cuando dos hermanos quieren destacar en el mismo terreno, uno inevitablemente termina siendo mejor que el otro, ahí tenemos al actor que encarnó al poderosísimo Thor y que ha aparecido en otras películas más o menos decentes, Chris Hemsworth, quien sin duda es mucho más conocido que su hermano, que salió en… pues… eh… ah, sí, en esas películas ñoñas y aburridas que tanto le gustan a Aremy, "Los Juegos del Hambre", además de que echó a perder la segunda parte de esa película noventera exitosa, "Día de la Independencia" (eso le pasa por querer suplir a Will Smith, es imposible, oigan). O como la (mamacita preciosa) de Scarlett Witch, Elizabeth Olsen, que es más famosa que sus dos hermanas gemelas (aunque no me queda claro por qué sus hermanas fueron famosas alguna vez). Bueno, que ya estoy divagando pero creo que se entiende lo que quiero decir, ¿verdad?
Por fortuna, ni a mi hermano le interesa el fútbol ni a mí me llama la atención el azotarme la cabeza contra una pista congelada así que cada quien en su área y todos felices, no tenemos por qué competir entre nosotros. Más aún, tuvimos la suerte de que nuestro obsesionado padre no quisiera también que Benji jugara fútbol porque, ¿qué habría sido de nosotros, con dos porteros en la familia? ¿Se habría quedado Ichimei, el súper-portero, como el guardameta de Alemania mientras que yo sería el de Japón y nos enfrentaríamos en una final de Copa del Mundo, con el gran Genzo Wakabayashi mirando desde las tribunas tratando de decidir quién de los dos lo llenaba más de orgullo? ¡Miren que es buena trama para una película de Hollywood! ¿A que sí?
En cualquier caso, poco antes de que Aremy enfermara, Benji y yo acordamos no dejarnos llevar por esta presión externa y no permitir que comentarios malintencionados nos pusieran uno contra el otro. Después de todo, ¿a quién le importaba cuál hijo del gran Genzo Wakabayashi era el mejor? No se nos podía comparar porque somos muy diferentes. Sin embargo, eso no evita que yo envidie mucho a Benji por tener una mejor relación con nuestro padre, pero a pesar de que lo envidio mucho, muchísimo, quiero a mi hermano y es uno de mis mejores amigos, no me imagino la vida sin él y yo sé que también soy importante para ese condenado chaparro. Sin embargo, en ese día en específico, gracias al maldito y condenado Sueño de los cojones estaba a un paso de sentirme realmente inferior. Si Benjamín resultaba ser el auténtico salvador de mi hermana, yo definitivamente iba a sentirme un inútil completo, el que estaba de sobra en la familia. ¡Maldita sea mi autoestima!
– ¡Hola, Dai! –Para mi buena suerte, Maia me sacó de mi charco de lágrimas de cocodrilo y evitó que me ahorcara con un espagueti cocido–. ¿Sí estarás disponible para el receso, verdad?
– Por supuesto –asentí. La verdad, se me había olvidado que había quedado de hablar con ella pero no tenía por qué decírselo.
– Bien, te veré a esa hora entonces –aclaró Maia, aunque vamos en el mismo salón y por tanto no tenemos que acordar que nos vamos a reunir a esa hora.
Mientras Maia se marchaba para saludar a sus amigas, yo vagamente me pregunté por millonésima ocasión de qué carajos querría hablar conmigo esa niña. Estoy seguro de que alguien menos atolondrado que yo se habría dado cuenta antes pero a mí nomás no me carburaban las ideas. Bueno, qué más daba, que de todos modos no faltaba mucho para que lo descubriera. En ese momento, sentí como si alguien me mirase fijamente y al girar la cabeza hacia la derecha vi a Kentin Hyuga, quien había estado espiándonos a Maia y a mí. Si la tarde anterior me había quedado la duda de si fue él a quien me pareció ver en las jardineras mientras hablaba con ella, esta vez estaba seguro de que sí nos había estado observando. ¿Y ahora qué demonios le pasa a este tipo? Voy a empezar a creer que está enamorado de mí, caramba. Daba igual, de todas maneras no era como si pudiera llegar a preguntarle qué cuernos le pasaba, pues no quería acercarme mucho a él para no levantar sospechas al verse acorralado por dos Wakabayashi el mismo día.
Horas más tarde, cuando al fin llegó el receso, me acerqué a Chris para decirle que ese día no me reuniría con ellos, lo que hizo que él obviamente se sorprendiera pues todavía estábamos intentado hacer que Kentin Hyuga confesara y yo era uno de los dos que más querían que lo hiciera.
– Maia me ha pedido que me reúna con ella porque tiene que decirme algo muy importante –le expliqué, sintiéndome extraño–. No sé qué es pero no podía negarme, camarada.
– ¡Ah! Ya veo. –Chris se veía confundido–. Les explicaré a los demás el por qué no estarás con nosotros pero no te preocupes, que nos haremos cargo.
– De cualquier manera prácticamente todo lo hará Benji. –Me encogí de hombros–. Ya me contarán después si tuvo éxito.
– Seguro –aceptó Christopher, tras lo cual le lanzó una mirada extrañada a su prima, quien esperaba por mí a la entrada del salón. Supongo que él también quería saber qué se traía Maia entre manos.
Ella me hizo entonces una seña para indicarme que la siguiera y obedecí. Mi amiga me llevó a una pequeña colina apartada, desde donde podía verse una buena parte de nuestra escuela. Mientras más nos acercábamos a ese lugar, más me sorprendía yo por el sitio que había elegido Maia para hablar conmigo: era bien conocido que ahí se reunían las parejas de novios a intercambiar saliva. ¡Guácala de perro! Ya sabía que Mijael y Jazmín habían hecho los honores de ese ilustre sitio, al igual que muchas otras parejas menos importantes para esta historia (Erick, al menos, se había llevado a tres chicas el muy cabrón), pero todas eran de cursos superiores al nuestro así que llegué a pensar que Maia no sabía a dónde carajos me estaba llevando por culpa de su inocencia.
No, de veras, el inocente fui yo, aunque más que inocente me vi bien pendejo. A estas alturas supongo que ya debe de ser evidente cuál era el tema que quería tocar Maia Shanks conmigo pero ni así me lo vi venir. No cabe duda de que yo nomás tengo las neuronas que se necesitan para atrapar un balón sin cagarme en los pantalones en el proceso, o sea, como unas tres.
– Bueno, creo que estamos suficientemente alejados de la civilización, Maia –comenté, cuando estuvimos en la punta de la colina–. ¿De qué quieres hablar conmigo?
– Es que... –Ella titubeó y se apretó las manos, nerviosa–. Vaya, que de repente he perdido el valor.
– Tranquila –le sonreí, tratando de calmarla–. Sólo respira profundo y suéltalo, que no puede ser tan grave. Además, sabes que yo no te voy a juzgar.
– No es por eso –negó Maia–. Es sólo que tengo que confesarte algo y no sé cómo vas a reaccionar… No sé ni siquiera cómo decírtelo…
– Intenta con lo primero que te salga de la mente –la animé, preguntándome cuál sería su "horrible" secreto–. De seguro que en tu cabeza suena fatal pero luego de que lo digas no lo será tanto.
– Supongo que sí. –Ella me sonrió. Estoy seguro de que, en ese momento, Maia se armó de mucho valor para decirme lo siguiente–: Sé que hay muchas chicas que están enamoradas de ti y que quizás no voy a ser la primera en decírtelo pero... Me gustas mucho, Daisuke.
Okey, ¿qué? ¿Escuché bien? No, de seguro hubo un error en la Matrix, Maia no acababa de decirme eso, ¿verdad? Sentí que me quedaba con la boca y los ojos muy abiertos, cual mojarra que ha sido sacada del agua. No sé de qué chicas imaginarias esté hablando Maia, porque nadie se me había declarado antes que ella porque nadie es tan tonto como para enamorarse de mí, incluso su declaración me parecía increíble, muy difícil de creer. ¿Cómo es que le gusto a Maia Shanks? ¡Se supone que nosotros somos amigos!
– Me has gustado desde hace mucho tiempo pero pensé que nunca tendría el valor de decírtelo –continuó Maia, mirando hacia el suelo–. Sin embargo, es tan fuerte lo que siento por ti que no puedo seguir callándolo más…
¡Santas declaraciones, Batman! ¿Pero es que esto es en serio? Les pedí a mis tres neuronas que me ayudaran a decir algo, lo que fuera con tal de no ofenderla, pero la mente se me quedó en blanco. En ese momento, llevada por un impulso muy poco propio de ella, Maia se acercó y me besó en la boca. Ese beso no duró mucho, habrán sido unos pocos segundos pero sirvió porque hizo reaccionar a mi cerebro y me separé de ella, sintiendo que había hecho algo imperdonable.
– Maia, eres una niña muy tierna –dije, escogiendo con cuidado mis palabras. ¡Maldita sea, me vendría bien una buena referencia masculina que sí sepa de cosas del amor, no al imbécil de mi padre que conquistó a su esposa por pura suerte!–. Me agradas muchísimo, de verdad que sí, y te aprecio mucho más, pero no me gustas de esa manera…
– ¿Y de qué manera te gusto entonces? –preguntó ella, con desilusión–. ¿Cómo amiga, nada más?
– Eh… pues… –balbuceé, deseando con toda mi condenada alma que apareciera un T-Rex y me devorara o que un ovni me secuestrara.
¿Qué debía hacer? Por experiencia personal sé lo feo que se siente cuando alguien te batea tan duro que tu trasero adolorido acaba enterrado en la friendzone así que no quería hacerle eso a Maia, una chica dulce que me había apoyado mucho en las últimas semanas (aunque, ahora que lo pienso, ¿será que me apoyó porque le gusto?), pero por el contrario, siempre he despreciado a esos hombres que engañan a una chica para no hacerla sufrir, que le hacen creer que sí la quieren sólo para no romperle el corazón, odio cuando alguien hace eso porque al final terminará sabiéndose la verdad y será mucho peor para la muchacha en cuestión. Y sin embargo, tenía que admitir que Maia era una muchacha muy linda y lista, alguien que quizás, sólo quizás, podría haberme gustado de no haber conocido a Giovanna Ferrari. Pero el que ella pudiera llegar a gustarme no era una justificación lo suficientemente fuerte como para mentirle y decirle que sí me gusta, ¿cierto? Al final decidí ser sincero. Si algo debía reconocerle al gran Genzo Wakabayashi era que nunca tuvo malentendidos amorosos y eso fue porque siempre habló con la verdad.
– Perdóname, pero sí. –De verdad que no quería mandarla a la friendzone, conocía de sobra lo feo que es tener casa ahí, pero no había de otra–. Tienes muchas cualidades y eres una niña muy especial, de hecho creo que podrías haberme gustado en otro momento o en otro mundo pero en éste no es así porque… eh, pues…
– Porque te gusta alguien más, ¿cierto? –Maia suspiró y cerró los ojos–. Ya me lo suponía, aunque tú me dijiste que no era cierto…
– ¿Eh? ¡Yo no dije eso! –Me puse tan nervioso que mentí en el último momento–. ¡No era eso lo que trataba de decir!
– Claro que sí, Daisuke –suspiró ella, tras lo cual me miró como lo hace mi madre cuando me sorprendo porque está enterada de algo que pensé que no sabía. Al parecer es cierto eso de que las niñas maduran más rápido que los niños–. Una chica siempre sabe si el chico que le gusta se siente atraído por alguien que no es ella. Y yo llevo rato dándome cuenta de que a ti te gusta Giovanna Ferrari, a pesar de que cuando te pregunté si era verdad, tú me dijiste que no.
¡ABORTEN, ABORTEN, ABORTEN LA MISIÓN! ¡TODOS A LAS VÁLVULAS DE ESCAPE, MUJERES Y NIÑOS COBARDES DE CATORCE AÑOS PRIMERO! ¡AHHHHHH! ¿CÓMO CARAJOS LO SUPO?
– Rayos, Maia, no sé qué decirte –admití, poniéndome colorado–. No quería mentirte, sólo que no estaba dispuesto a reconocerlo en voz alta.
– Confieso que me habría sorprendido mucho si hubieses dicho que sí te gusta–. Ella desvió la mirada.
– Lo lamento, de verdad, pero esto de que te guste alguien es algo bien aleatorio –suspiré–. Quiero decir que a veces no sabes bien por qué te gusta alguien o por qué te gusta precisamente esa persona y no otra que tiene las mismas cualidades, pero así es… Y que a mí me guste ella no significa que tú no seas una niña muy linda y con muchas virtudes. Me has apoyado muchísimo con lo de mi hermana y no sabes cuánto te lo agradezco, por eso es que en verdad no quiero lastimarte y sé que te haré más daño si te doy una esperanza que no tienes…
– Supongo que sí –dijo Maia, con una expresión rara–. Gracias por ser honesto conmigo.
– Seguro –contesté, aunque no me sentía muy sincero que digamos.
– De todos modos, aunque me hubieras admitido que sí te gusta Giovanna, igual me habría declarado –sonrió Maia, con cierta picardía–. Una nunca sabe. En fin, creo que será mejor que me vaya, casi termina el receso y quiero comer algo antes de que lo haga. ¡Nos vemos después, Dai!
Ella se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla a manera de despedida, cosa que me sorprendió. Y sin que pudiera decirle otra cosa, Maia bajó la colina a todo correr, sin mirar hacia atrás. Yo me quedé parado durante un rato, sin saber bien qué pensar ni qué hacer, hasta que me dije que también debería comer algo antes de que se reiniciaran las clases. Mientras engullía un sándwich, sentado en un rincón apartado, me quedé pensando vagamente en que, si no hubiera sido por el beso que le di a Giovanna, Maia habría sido la primera chica a la que besaba en toda mi vida. ¿Sería yo su primer beso? Agh, qué más da, de cualquier manera es algo que ya no se puede cambiar.
Cuando me reuní con Chris y Claude para el reinicio de las clases, les pregunté cómo había ido el tema de Maléfica Hyuga y me respondieron que, otra vez, no hubo suerte. Chris, a su vez, quiso saber de qué hablé con Maia y contesté tan rápido que temí que eso me hubiera delatado.
– Quería que le ayudara con matemáticas –mentí–. Y le di algunos consejos.
– ¿En serio? Qué extraño. –Chris alzó las cejas, asombrado–. Maia siempre ha tenido buenas notas, me sorprende que te haya pedido ayuda.
– Ya ves, es el nerviosismo del fin de curso –repliqué, sudando frío–. Quizás sólo quería estar segura de que sí se sabía bien las cosas. Como cuando sumas dos más dos en la calculadora durante un examen para estar bien seguro de que no estás metiendo la pata.
– Tiene lógica –intervino Claude, salvándome por el momento–. Yo le voy a pedir a mamá que me ayude a repasar el francés.
Y es que no quería revelarles a mis amigos que Maia se me había declarado. Ni siquiera a Mijael se lo diría, no sólo porque sentía que le debía a Maia el que no divulgara su fallida declaración sino porque también no quería que mi mejor amigo estuviera jodiéndome con eso. Lo único bueno de este asunto es que, a pesar de que la colina suele ser visitada con frecuencia, cuando Maia y yo hablamos estaba sola y nadie nos vio.
Temía mucho que, al llegar a casa, me pasara el resto del día pensando en eso, pues que una muchacha me confesara que le gusto era algo muy nuevo para mí (personalmente, no estoy acostumbrado a que sean las chicas las que se les declaren a los chicos), pero me topé con la sorpresa de que Aremy se había puesto mal, más mal de lo que ya estaba, digo. Había estado vomitando mucho y no toleraba ni el agua, además de que tenía fiebre y por más que la doctora Del Valle intentó ayudarla poniéndole medicamentos y sueros, tuvo que admitir en un punto que no podía estabilizar a su hija y llamó al doctor Lacoste. Éste se presentó con la enfermera Hayakawa y revisó a Aremy, tras lo cual concluyó que sería necesario hospitalizarla durante algunos días para descartar que tuviera alguna infección seria y, de ser así, tratarla. Cuando mis hermanos y yo llegamos a casa, el doctor estaba pidiendo la ambulancia mientras la señorita Azumi y mi madre preparaban a mi hermana para partir, siendo nuestro padre el que nos puso al tanto de la noticia.
– Sólo será por unos días, para asegurarse de que no tenga una infección y, en caso de que la tuviera, darle antibióticos por la vena –explicó el gran Genzo Wakabayashi, de una manera tan mecánica que no me quedó la duda de que se aprendió lo que le dijo la doctora Del Valle–. Aremy volverá a casa más pronto de lo que ustedes creen.
– ¿Podemos decirle adiós? –preguntó Ichimei, el angustiado, en voz baja.
– No creo que sea prudente, está muy delicada –negó mi padre–. No está muy consciente de lo que sucede a su alrededor de cualquier manera…
En ese momento los paramédicos y la enfermera Azumi bajaban a mi hermana por las escaleras y alcancé a notar que ésta tenía los ojos cerrados, así que quizás era cierto eso de que no nos escucharía si le hablábamos. Aremy se veía tan frágil y delicada que tuve ganas de decirles a los paramédicos que la cubrieran con algo pues el viento podía deshacerla con sólo tocarla. Mi mamá venía detrás de ellos, con una bolsa grande al hombro y vistiendo una chaqueta azul, unos pantalones holgados y unos tenis.
– Me iré con ella, como acordamos –le dijo la doctora Del Valle al gran Genzo Wakabayashi–. Cuida de nuestros otros tres hijos.
– Por supuesto –asintió mi padre–. No dudes en hablarme si me necesitas.
– Eso haré, aunque espero que no sea necesario –respondió mi mamá.
Ella se dispuso a marcharse pero él la tomó gentilmente por la muñeca para agarrarla después de la mano y apretársela, en un gesto que decía mucho más que mil palabras a juzgar por la expresión que la doctora Del Valle puso. Vaya, que siempre me burlo de la inutilidad del gran Genzo Wakabayashi en las cuestiones del amor pero bien que sabía cómo consolar a su esposa con un simple gesto cuando ésta lo necesitaba.
Cuando la ambulancia partió, tuve que hacer un gran esfuerzo de voluntad para no echarme a llorar. Jaz comenzó a derramar sus lágrimas sin hacer ruido, casi como si no se diera cuenta, y el gran Genzo Wakabayashi le puso un brazo sobre los hombros para confortarla. Ella, a su vez, me dio la mano a mí y yo le di la otra a Benjamín. ¿Así será cuando Aremy se vaya definitivamente, si es que lo hace? ¿O en algún momento la mano de mi hermano tomaría otra vez la de su gemela?
Cuando el eco de la sirena se perdió en el horizonte, mi hermana mayor intentó mantenerse tranquila y nos sugirió que nos pusiéramos a hacer juntos las tareas que teníamos pendientes, pero yo no estaba de humor para estudiar así que decidí encerrarme en mi habitación, lejos de todo y de todos. Sin embargo, cuando iba subiendo las escaleras Mine me avisó que la señora Catrina Mikistli estaba esperándome en mi habitación, cosa que casi hace que me vaya de espaldas. Con lo que había pasado en los últimos días, se me había olvidado que Demian Krieg me dijo que Catrina quería charlar conmigo, pero no me sorprendí sólo por eso sino también porque hasta ese momento noté que no la había visto en varios días y que nadie se dio cuenta de que ella simplemente había desaparecido. No era la primera vez que esto pasaba, de repente veías a Catrina Mikistli en el salón y al siguiente instante ya no la veías, y lo más sorprendente de todo es que nadie se preguntaba en dónde estaba, aunque no se tuvieran noticias de ella en varios días. Y por si esto no fuera poco, de buenas a primeras Catrina podía aparecerse de un momento a otro y sin hacer el más mínimo ruido, con una habilidad de gato que nos sorprendía a los que la conocíamos y que nos hacía preguntarnos si en verdad entró a la casa por la puerta o si simplemente se había materializado en el aire. ¡Qué cosa tan más extraña!
– Hola, madrina –la saludé, tras aventar mi mochila a un rincón–. ¿En dónde estabas, que no te había visto?
– Oh, andaba por ahí, dando la vuelta. –Catrina hizo un gesto vago con la mano–. ¿Cómo te sientes?
– Mal –respondí, con una calma que no sentía–. ¿Sí sabes que se llevaron a Are al hospital?
– Sí, lo sé –contestó Catrina, con tristeza. Ella estaba elegantemente sentada en la silla de mi escritorio, justo en donde había estado Demian Krieg varios días atrás–. Recién acabo de llegar pero he estado muy al tanto de lo que pasa en esta casa. Lamento mucho que Aremy haya recaído pero no debes perder la esperanza.
– ¿Perder la esperanza? –repliqué, dejándome caer en mi sillón puff. En esos momentos estaba muy sensible y estallé–: ¿Es que se puede seguir conservando esa cosa? Mientras más pasa el tiempo, más empeora mi hermana. ¡Y la medicina no está haciéndole nada! ¿Qué pasa si al final es inútil y ella de todas formas se muere? ¿Qué tal si es verdad que la vida de cada persona ya está escrita de antemano y sin importar lo que uno haga no se podrá cambiar la fecha de la muerte? ¿Y si está destinado que Aremy se vaya por culpa de su enfermedad a esta edad, para qué seguimos esforzándonos tanto? ¿No será peor el averiguar al final que, aunque lo intentaste, no conseguiste nada?
Maldita sea, que cuando quiero soy bien dramático. Les voy a pedir a mis animalitos del bosque que me traigan pañuelos para secar mis lágrimas de princesa.
– ¿Sabes, Daisuke? Hay cierta verdad en tus palabras. –Mi madrina me miró con mucha compasión–. Es cierto que la vida de cada persona ya está escrita, pero hasta cierto punto; es cierto también que al nacer ya se tiene determinado cuánto tiempo vivirás y cuál será la fecha de tu muerte, pero te diré un secreto que casi nadie sabe: esta fecha no siempre es inamovible, existen formas de retrasarla y depende directamente de las decisiones que tomen las personas con respecto a sus propias vidas y a las de aquéllos con quienes se relacionan.
– ¿Qué quieres decir con eso? –salté–. ¿Cómo que las decisiones que tomas influyen en la fecha de tu muerte?
– No todas las decisiones, por supuesto, sólo aquéllas que se relacionan directamente con la vida –respondió Catrina, quien se puso en pie para pararse frente a mí y acariciarme el cabello–. Los médicos saben cómo hacerlo, evitan que una persona muera porque sus actos y decisiones ayudan a retrasar la fecha de su muerte. ¿Entiendes lo que quiero decir? Aún cuando la fecha de muerte de tu hermana pudiera estar cerca, las decisiones que tomen las personas que la aman podrían cambiarla.
– Ya veo –expresé, aunque no estaba muy seguro de entender. ¿A eso estaría relacionado el Sueño?–. ¿Me estás diciendo entonces que tengo que confiar en los médicos porque ellos pueden salvarla?
– No sólo los médicos –aclaró mi madrina, enigmática–. También las decisiones que ustedes tomen pueden influir… Y ya hablé de más, pero segura estoy de que me vas a entender; sino es ahora, lo harás en el momento preciso, así que no pierdas la esperanza que no todo está perdido.
Catrina me pidió que me pusiera de pie y la obedecí, tras lo cual me abrazó y, a pesar de que sus manos estaban heladas, me sentí muy reconfortado. No había comprendido bien lo que mi madrina había querido decir pero sus palabras me llenaron de esperanza, pues aunque Aremy estuviese en peligro de morir, uno de nosotros podría hacer algo para impedirlo. ¿Sería ése Benjamín, considerando las modificaciones que tuvo el Sueño? Bueno, qué más daba quién de nosotros fuera, siempre y cuando ninguno se echara para atrás en el momento preciso.
– Gracias, madrina –le agradecí, cuando nos separamos–. Mi padrino me dijo que querías hablar conmigo desde hace días pero justamente viniste cuando más lo necesitaba. Es como si pudieras ver el futuro, qué chistoso.
– Ya ves, es uno de mis talentos ocultos. –Catrina me sonrió y tuve un ligero escalofrío, pues no parecía estar bromeando–. O tal vez también puede ser producto de la casualidad. Pero no importa realmente, mejor dime: ¿Qué has hecho tú en estos días?
– Ah, pues descubrí quién cambió mis calificaciones –suspiré, agradeciendo el cambio de tema–. No sé si mi padrino te lo dijo ni recuerdo si yo mismo te lo conté ya.
– Ya estaba enterada de que lo averiguaste pero no de quién fue el responsable –respondió ella, volviendo a sentarse en la silla de mi escritorio–. ¿Quién lo hizo?
– El hijo de uno de los compañeros de Selección de mi padre –expliqué, dejándome caer otra vez en mi sillón puff–. Se llama Kentin Hyuga.
– Su padre es Kojiro Hyuga, ¿no es así? –preguntó mi madrina, con interés–. ¿Ya sabes por qué lo hizo?
– No –negué–. Por más que le doy vueltas al asunto, no entiendo los motivos que tuvo para haberlo hecho. El muchacho es presuntuoso e imbécil pero nunca me he metido con él, incluso llegué a pensar que no nos llevaríamos tan mal como lo hicieron nuestros padres pero creo que estamos condenados a repetir la historia.
– Así pasa muchas veces –suspiró Catrina–. En ocasiones, los hijos se toman muy en serio las venganzas de sus padres, aunque ellos no estén directamente involucrados en ellas. Es probable que en realidad tú no hayas hecho nada contra Kentin y que él te haya puesto una trampa por causa de un problema relacionado a tu padre.
– ¿De verdad? –exclamé, sorprendido. Ya había hablado con Jazmín sobre que parecía ser que el problema de Kentin con nosotros era que somos hijos del gran Genzo Wakabayashi, uno de los dolores de cabeza de Kojiro Hyuga, pero seguía sin creer que alguien pudiera ser así de tonto–. Nah, no creo que eso pueda ser verdad.
– Si supieras cuánta gente ha muerto a lo largo de la historia por culpa de venganzas familiares que han pasado de generación en generación, no pensarías que no es una posibilidad. –Los ojos violetas de Catrina se oscurecieron hasta ponerse casi negros–. Así que ten cuidado, Daisuke, porque Kentin Hyuga no será ni el primero ni el último en querer hacerte daño sólo porque eres hijo de Genzo Wakabayashi.
Sus palabras me produjeron escalofríos. ¡Mañana mismo me cambio de nombre a Pancho López! Aunque no creo que eso modifique mucho la situación, realmente. No sé, debo confesar que aunque siempre me ha fastidiado que me sobrevaloren por ser el hijo del gran Genzo Wakabayashi, nunca había considerado que alguien pudiera odiarme por la misma razón. ¿Qué culpa tengo yo de ser su hijo? Creo que sería muy frustrante que alguien me detestara por llevar un apellido y no por mi personalidad, que alguien me odiara por ser un Wakabayashi sin tomarse la molestia de averiguar si merezco ser odiado o no en base a mis acciones. ¡Qué jodida puede ser la vida del hijo de un famoso! Digo, no quiero sonar como un petulante niño rico al estilo del Cid Pierre, que según sus ideas locas la gente lo detesta sólo por tener dinero y estatus social (pausa para decir: ¡Do Babes!), sino que me estoy refiriendo a que uno no escoge ser hijo de una celebridad y sin embargo habrá gente que te presionará a ser como ese padre famoso y a estar a su nivel, así como también habrá personas que te despreciarán precisamente por ser hijo de esa persona. ¡Qué asco de vida!
– Lo tendré en cuenta, madrina –acepté–. Gracias, de verdad, por tu apoyo y por tus sabios consejos. ¿Sabes? Con lo que me has dicho acerca de que los médicos pueden cambiar la fecha de muerte de una persona, me han dado muchas más ganas de ser doctor, aunque veo difícil que pueda hacerlo.
– ¿Y por qué crees que sería difícil, Dai? – me sonrió Catrina–. Eres un chico inteligente y tu madre es médico, segura estoy que le encantará apoyarte.
– Sí, pero si decido ser futbolista no podré ser doctor –repliqué–. ¿Quién sería tan estúpido como para creer que alguien puede estudiar Medicina y ser futbolista profesional de tiempo completo? No sería ni buen doctor ni buen deportista, sólo una versión mediocre de ambas cosas.
Ups, creo que a Jun Misugi van a comenzar caerle pedradas grandes del cielo pero me importan tres hectáreas de pepino. ¡Las cosas como son, no se puede ser médico y futbolista al mismo tiempo, ambos son trabajos agobiantes que consumen mucho tiempo y esfuerzo!
– Estoy de acuerdo. –Mi madrina se echó a reír–. Pero aún eres joven, quizás cambies de opinión más adelante y decidas ser médico en vez de futbolista, uno nunca sabe.
– Sí, puede ser –asentí, mientras me encogía de hombros.
Al menos mi padre haría menos escándalo por eso que por saber que quiero ser el próximo portero de Alemania. ¡Cómo no!
Catrina me sonrió una vez más y se puso en pie para marcharse, por la puerta en esta ocasión. Mucho rato después, cuando yo ya había acabado de estudiar, me escabullí al cuarto de Aremy para… pues no sé para que fui ahí. ¿Para tratar de sentirla cerca, quizás? ¿Para ver si había dejado algo que me permitiera recordarla? No, no debía pensar así, debía estar seguro de que ella volvería pronto, cuando su infección se curara, si es que tenía una. ¡Tenía que ser positivo y confiar en el doctor Jean! Eso es lo que me había dicho mi madrina, ¿no? Así que decidí cambiar mi manera de pensar por una vez y me dije que confiaría ciegamente en que Are se salvaría. El caso es que me metí a su habitación para tratar de mantener viva la esperanza y vi su cama deshecha, con un par de mantas rosadas tiradas en el suelo, las cuales sentí húmedas y frías cuando las recogí. En la almohada seguía estando la huella de su cabecita pelona y sobre la mesita de noche la lámpara se había quedado encendida, con el libro de Mujercitas abierto en una página cualquiera, a riesgo de deshojarse debido a lo desgastado que estaba por culpa de las muchas veces que había sido leído. No encontré a su pollo de peluche, el que le había regalado Erick, y supuse que la doctora Del Valle se lo había llevado en su bolsa para dárselo a Aremy después.
En ese momento se escuchó un sonido que me hizo saltar, seguido de una voz electrónica que dijo: "Mensaje recibido ayer a las 14:33 hrs", lo que hizo que notara que la puerta del balconcito de la habitación estaba abierto y que el gran Genzo Wakabayashi estaba ahí, con su Smartphone en la mano. ¿Cómo fue que no me di cuenta antes de su presencia? Mi cabeza me dijo que debía marcharme pero mis pies se negaron a obedecerme, quizás porque tenía curiosidad de saber qué decían sus mensajes del buzón de voz.
– Lara se ha puesto delicada, he tenido que llevarla a consulta de urgencia y eso nos impedirá apoyarlos como prometimos –dijo la voz de Bryan Cruyfford a través del teléfono–, pues necesita descansar y yo tendré que hacerme cargo de ella y de Edward. Dile a Lily que no se preocupe, su hermana no está en peligro y el bebé está bien, pero precisamente por eso es que el reposo es obligatorio, para evitar problemas peores. Y una vez más les ofrezco una disculpa pero esto ha sido algo totalmente imprevisto…
– Todas las urgencias de salud lo son –musitó el gran Genzo Wakabayashi, como si hubiese estado hablando con él en vez de estar escuchando su mensaje–. No tienes por qué disculparte…
– ¡Ah, no puede ser! –solté, sin poder evitarlo. ¡Se me había olvidado que mi tía también podía tener problemas de salud por su embarazo!
– ¿Quién está ahí? –preguntó el gran Genzo Wakabayashi, entrecerrando los ojos para verme–. Ah, eres tú. ¿Qué sucede, Daisuke?
– Nada, papá, perdón por espiar, no era mi intención –respondí, avergonzado–. Sólo entré al cuarto de Are para… pues… eh…
– No te preocupes, entiendo a qué has venido –suspiró mi padre–. Porque yo he hecho lo mismo. Esto fue tan repentino que necesitaba estar en un lugar en donde pudiera sentir su presencia…
– Qué jodido es todo esto –murmuré, tras lo cual añadí–: Lo siento, ya sé que no debo decir malas palabras.
– Está bien, no se lo contaremos a tu madre –replicó el gran Genzo Wakabayashi–. Así como tampoco le diremos que tu tía está delicada, porque me figuro que escuchaste el mensaje de Cruyfford. Y no se lo diremos porque ella estará bien, Cruyfford hará todo lo posible para mantenerla a salvo y por tanto tu madre no necesita una preocupación más, ¿de acuerdo?
– No te preocupes, no le comentaré a nadie lo que ha pasado con tía Lara –me apresuré a contestar–. Lo lamento, papá, de verdad que no quería espiarte, creo que mejor me voy.
– No es necesario que te vayas, sólo estaba checando mi buzón de voz. –Él me mostró su teléfono–. Tengo muchos mensajes pendientes de revisar y no me he puesto a ello porque he estado ocupado en otras cosas más urgentes, pensé que sería buena idea hacerlo ahora pero no estoy de mucho humor.
– Lo cual se comprende perfectamente –suspiré con fuerza, mientras metía las manos en los bolsillos de mi pantalón–. Seguramente debes de tener muchos mensajes sobre tu renuncia y no debe de ser fácil tener que lidiar con tanta gente idiota.
Creo que si hubiese sabido que entre esos mensajes pendientes de ser escuchados había uno del señor Manfred Margus, no hubiera estado tranquilo en ese momento, habría tomado sin tardanza un vuelo directo a la Patagonia, de seguro. ¡Ah, qué bella es la ignorancia!
– Es más fácil de lo que crees cuando uno mismo es un idiota –aseguró el gran Genzo Wakabayashi, con una sonrisa extraña–. Porque ya no te importa mandar al demonio a mucha gente que se lo merece.
– ¿Te arrepientes de haber renunciado a tu puesto en el Bayern? –le pregunté, a sabiendas de que quizás no debería de hacerlo.
– No –afirmó mi padre, sin titubear–. A la edad que tengo, ya sé perfectamente bien que el fútbol no lo es todo en la vida.
– Me gusta que pienses eso, papá –le dije, con toda la sinceridad que hay en mis atormentados huesos adolescentes.
– Desde aquí se tiene una buena vista del cielo, no deberías perdértela. –El gran Genzo Wakabayashi me sonrió durante unos instantes, como si me agradeciera por mis palabras–. Ven, que no hace tanto frío como pareciera.
Yo acepté su invitación, sorprendido de que mi padre quisiera que estuviera con él ahí afuera. El balcón del cuarto de mi hermana podía ser grande para una niña de once años, pero resultaba un tanto estrecho para un adulto fornido de cuarenta y tantos y un adolescente de catorce que amenazaba con tener su misma complexión, aunque de cualquier modo nos acomodamos como pudimos, uno al lado del otro, tan cerca que casi nos tocábamos los brazos. Ya era un hecho consumado que me gustaba ver al gran Genzo Wakabayashi en momentos como ése, en donde el miedo y el dolor lo hacían más humano, porque casi podía sentir que conseguiría estar a su altura algún día. Muy arriba de nosotros, en el negro cielo de Múnich, las estrellas brillaban frías y perfectas, muy ajenas a nosotros y a nuestros pensamientos.
– ¿De verdad mi tía Lara estará bien? –pregunté, sólo por decir algo.
– Cruyfford ha dicho que no es algo serio y que bastará con que repose, así que creo que van a estar bien, ella y su bebé –contestó mi padre–. Porque, si no fuera así, Lara estaría hospitalizada. No te preocupes por eso, Daisuke, deja que Cruyfford se encargue, él sabe bien lo que tiene qué hacer.
– Sí, lo sé –asentí–. Pero de todos modos no puedo evitar preocuparme.
– Es normal –reconoció el gran Genzo Wakabayashi–. Son tu familia y los quieres.
Se hizo otro silencio que no supe cómo romper. Aunque ambos tratábamos de no pensar en eso, lo cierto era que no teníamos cabeza más que para mi hermana y su enfermedad.
– ¿Es seguro entonces que Aremy tiene una infección, papá? –cuestioné, después de un rato.
– Tu madre y el doctor Lacoste lo creen así –aseguró el gran Genzo Wakabayashi–. Ya sabes que por su enfermedad y por el tratamiento que lleva es más susceptible que nosotros a enfermarse. Y para eso se la han llevado al hospital, para darle un medicamento que combata eficazmente esa infección.
Él hablaba como si, en vez de tratar de tranquilizarme, estuviese tratando de convencerse a sí mismo. En ese momento recordé las palabras que mi madre le dijo a mi padre días atrás, sobre que él tendría que confiar en que alguien más conseguiría "ganar el partido", es decir, que lograra curar a mi hermana, mientras se quedaba a "defender la retaguardia", es decir, a cuidar a sus otros hijos. Y justo en ese momento pude comprender lo muy solitario que puede sentirse un portero mientras espera que alguien más gane el encuentro.
– En alguna parte leí que varias de esas estrellas que ahora vemos en realidad están muertas, porque la luz tarda en viajar y ésta llega a nosotros mucho tiempo después de que su fuente se ha extinguido –comentó mi padre, sin que viniera al caso–. Así debe ser con la gente que se va, que sus recuerdos se quedan con nosotros durante mucho tiempo después de que se marcharon.
– Yo también tengo miedo de que Aremy se muera, papá –dije, en voz muy baja, pues entendí bien a quién se estaba refiriendo.
El gran Genzo Wakabayashi, como respuesta, me puso una mano en el hombro. Y así nos quedamos los dos durante un buen rato, contemplando las estrellas.
