Capítulo 38. ¡Trágame, Tierra!
Creo que nunca he hablado de la "Habitación del Triunfo", nombre que le dimos mis hermanos y yo a la habitación que tiene el gran Genzo Wakabayashi en nuestra casa, a donde fueron a parar las medallas y trofeos que él ganó a lo largo de su productiva carrera así como las escasas preseas que hemos obtenido mis hermanos y yo. Sin embargo, las nuestras no ocupan más que una repisa pequeña en una pared, los de mi padre llenan una grande en la pared principal, junto con fotografías que se ha tomado con deportistas famosos, no sólo futbolistas sino también de otras ramas, incluyendo una con la Emperatriz de Alemania, que se tomaron cuando ella ganó una medalla de oro en esgrima para Francia en algunos Juegos Olímpicos (cosa curiosa, también hay una presea de la doctora Del Valle, que obtuvo al ganar una competencia amateur de tiro con arco cuando estaba cursando la educación media). Esta "Habitación del Triunfo" era una especie de santuario sagrado para mi padre (cosa que a nadie debería de sorprenderle) y rara vez nos dejaba entrar a él, como no fuera para colocar alguna de nuestras medallas en nuestra repisa o cuando alguien venía de visita y quería ver dicho lugar. En cierto modo, esa Habitación también era un santuario para nosotros, al menos Benji y yo nos preguntábamos si algún día llegaríamos a tener uno así de nutrido (a pesar de que mamá nos decía una y otra vez que no nos dejáramos llevar por los éxitos de nuestro padre y que siguiéramos nuestro propio ritmo) y al mismo tiempo creaba esa sensación de irrealidad que giraba en torno al gran Genzo Wakabayashi, esa sensación de que era alguien grande, una auténtica leyenda y no nuestro padre.
Pues bien, menciono esta Habitación ahora porque esa noche en la que él y yo nos quedamos mirando las estrellas en la recámara de mi hermanita, después de que el gran Genzo Wakabayashi recordó que es mi padre y me enviara a dormir, yo me fugué a la planta baja de nuestra enorme mansión para colarme a la Habitación del Triunfo. Se supone que este lugar siempre está cerrado con llave pero yo sabía bien en dónde guardaba papá las llaves (en el cajón derecho del escritorio de mi madre) y sabía cómo volverlas a colocar en su sitio sin que ningún adulto se diera cuenta de que las había tomado (soy un ladrón profesional, cómo no).
Por fortuna, mi casa es lo suficientemente grande como para que, a pesar de que estaba llena de adultos (mi padre, los Kaltz y mis padrinos), era poco probable que me topara con alguno en esa área. Así pues, sigiloso como gato borracho con maracas en la cola, me escabullí por los pasillos hasta llegar a esa Habitación y abrirla con toda la calma posible. Ya era cerca de la medianoche y yo tendría que haber estado en mi cama pues al día siguiente tenía que ir a la escuela, pero en vez de eso preferí entrar a esa fría Habitación, en donde curiosamente podía sentir la presencia de mi padre más que en ningún otro lado, aunque no como mi padre sino como el gran Genzo Wakabayashi, el portero estrella que conquistó el mundo del fútbol con su estilo. Esa noche en particular, quería comparar al hombre frágil y decaído que vi en el balcón de mi hermana con el gran e invencible deportista que fue en el pasado.
– ¿De verdad son la misma persona? –pregunté en voz alta, quizás esperando a que alguno de sus trofeos me respondiera (aunque si lo hubieran hecho, habría salido corriendo como loco de ahí para tomar el primer avión que me lleve a Groenlandia)–. ¿Ese hombre que ganó tantas competencias importantes, es el mismo que ahora llora por la posibilidad de perder a su hija?
Esos trofeos, medallas y fotografías importantes contaban la historia de un hombre seguro de sí mismo, con una meta establecida por la cual empleó a fondo su tenacidad y sus capacidades para alcanzarla. Esos recuerdos eran el resumen de una vida marcada por el éxito y la buena estrella, alguien que vino al mundo a triunfar. En comparación, las preseas de sus hijos palidecían por lo pequeñas e insignificantes que lucían, aunque para ser justos nosotros todavía somos unos niños y no tenemos por qué llenar una habitación de logros. Aún así, el mensaje para Jazmín, Benji, Aremy y yo es claro: va a ser difícil alcanzar a alguien como el gran Genzo Wakabayashi, ya no digamos superarlo. Y por eso he venido aquí hoy, porque necesito desesperadamente saber que este hombre es en realidad humano, o al menos necesito creer que la persona a la que acompañé hace rato es la misma que consiguió todas estas preseas. Porque, si de verdad son el mismo, entonces la distancia que hay entre el gran Genzo Wakabayashi y yo no es tan grande.
Como no quería llamar la atención, no prendí las luces y me alumbré con la lámpara de mi celular de cacahuate, mirando aquí y allá algunas cosas, sin tocarlas, no soy tan tonto como para intentar agarrar algo, que se me caiga y me atrapen con las manos en la masa. Lo único que sí toqué bien fueron el par de medallas que he ganado con el equipo de fútbol de la Wittelsbach, que a la luz de mi cacahuate prehistórico parecían estar hechas de aluminio pintado de dorado. Toqué también la única presea de Aremy, pues quería sentirla cerca, y en eso estaba cuando escuché pasos afuera de la Habitación, acompañados de unas voces conocidas.
– ¿Es idea mía o hay luz en aquel cuarto? –escuché que le decía mi tía Bárbara a mi tío Hermann.
– ¿En cuál? –le contestó él–. ¿En ésa en donde Gen recrea sus glorias pasadas?
– Hablo de aquella habitación –replicó mi tía Bárbara. No podía verla así que sólo pude suponer que se la estaba señalando con un gesto o con la mano–. ¿Se habrá metido alguien a robar?
– Si así fuera, habría que darle un premio o dejar que se llevara lo que quisiera –replicó el entrenador Kaltz–. Porque pasar el sistema de seguridad de esta casa es más propio de un espía iraní que de un ladrón.
En ese momento escuché que los pasos se iban acercando más y más, y di por hecho que mis tíos estaban por entrar a la Habitación del Triunfo. ¡Vaya mala suerte que tengo! La luz de mi mugroso cacahuate no era tan fuerte pero al parecer había bastado para que alguien me encontrara. Siguiendo un impulso loco, agarré la medalla de mi hermana y la metí en el bolsillo de mi pantalón. Al hacerlo, se cayó un papel al suelo y, en la desesperación de ser pillado, lo guardé también y me apresuré a esconderme detrás de un mueble en donde estaban exhibidas algunas espadas samurái, lo suficientemente grande como para que no pudieran encontrarme, apenas cinco segundos antes de que se abriera la puerta.
– Qué raro, juraría que Gen siempre tiene cerrado este cuarto –comentó el entrenador Kaltz, encendiendo las luces.
– Quizás se le olvidó hacerlo la última vez que estuvo aquí –sugirió mi tía Bárbara; pude observarlos asomándome apenas por una de las esquinas del mueble y vi que ella se quedaba con la boca abierta, quizás impactada por lo que vio.
– Tal vez –aceptó mi tío Hermann, aunque no muy convencido–. O quizás Gen estuvo aquí para pasar un tiempo a solas; no me sorprendería que quisiera hacerlo, eso le debe de producir mucha tranquilidad.
– No me sorprendería –manifestó mi tía Bárbara, con burla mezclada con escepticismo–. No puedo creer que de verdad exista una habitación así en esta casa, Wakabayashi tiene graves problemas de autoestima.
– Gen no tiene baja autoestima, Babsy –señaló el entrenador Kaltz, extrañado.
– Si no lo dije por eso, me refería a que la tiene muy inflada –bufó mi tía–. ¿Qué clase de "Salón de la Fama del Egocentrismo" es éste?
– Cada hombre tiene sus manías y cuando se hace mayor suele buscar un lugar para expresarlas abiertamente –replicó el papá de Adler, encogiéndose de hombros–. Algunos juegan con trenes a escala, otros montan miles de consolas de videojuegos, algunos más ponen un bar; Gen, por su parte, tiene una habitación repleta de sus logros.
– Si quieres saber mi opinión, que más te vale que me digas que sí porque de lo contrario te irá muy mal, no me sorprende que Daisuke se sienta tan presionado –comentó mi tía Bárbara, muy seria–. Dime tú si no te sentirías intimidado de tener un padre que ha conseguido llenar un cuarto entero con este tipo de trastos.
Mi tío Kaltz se quedó callado un momento, como si analizara qué sería lo mejor que podría contestarle a su mujer, aunque no era necesario que lo hiciera: tanto mi tía como yo sabíamos que ella tenía razón.
– Supongo que es bueno que Gen no les permita a sus hijos entrar a esta habitación tan seguido –respondió al fin el entrenador Hermann–. Pero aunque es cierto que ningún hijo debería de tener este tipo de presión, tampoco se le puede pedir a Gen que renuncie a seguir reviviendo el pasado.
– Siempre y cuando no lo use para continuar prolongando su propio futuro –sentenció mi pelirroja, sabia y alemana tía–. Wakabayashi tiene todo el derecho del mundo a vivir de sus glorias pasadas, pero no a querer imponérselas a uno de sus hijos para extenderlas.
A esto mi tío Hermann no contestó nada, se limitó a murmurar que lo mejor sería retirarse pues ya era tarde. Mi tía Bárbara aceptó y ambos se marcharon al poco tiempo, cerrando la puerta con seguro al salir. Esperé unos diez minutos más después de que escuché que se alejaron antes de atreverme a salir de mi escondite, quitar el seguro, salir de la Habitación y cerrarla por fuera, para después ir a dejar la llave en su sitio y subir a toda velocidad a mi propio cuarto. Era bastante tarde ya así que el cansancio comenzaba a vencerme pero no quería dormirme porque temía que volviese a tener el Sueño otra vez y no quería, no deseaba soñar eso la noche en la que mi hermana estaba en el hospital luchando por su vida, además de que tampoco quería dormir porque deseaba fusionar las dos versiones del gran Genzo Wakabayashi en una sola: su lado legendario, representado por todos los trofeos y medallas de la Habitación del Triunfo, y su lado humano, representado por el dolor de padre del que fui testigo hace un rato.
– Demasiado rollo para un adolescente –bufé, mientras metía la mano al bolsillo de mi pantalón en donde había guardado la medalla de Aremy. Al sentirla me sentí reconfortado y, sin darme cuenta, me quedé dormido pocos minutos después.
Cuando me desperté era bastante tarde y si lo hice fue porque Jazmín golpeó repetidas veces la puerta de mi recámara para preguntarme si ya estaba levantado. Al acabar de vestirme, metí sin dudar la medalla de Aremy en el pantalón del uniforme: se había convertido en mi nuevo amuleto. Me sentía un tanto estúpido por tener que depender de esas cosas para no sucumbir a la desesperación pero, ¡ey! Que cualquier cosa que te permita seguir funcionando con cierta normalidad es válida, ¿no?
Bajé cual araña fumigada a desayunar, diciéndome mentalmente que era una pésima idea el quedarse levantado hasta casi la una de la mañana en día de escuela y lamenté que mi mamá no me dejara tomar café porque sin duda que lo necesitaba ese día, a pesar de que yo mismo no había comprobado aún en su totalidad la eficacia despertadora del café. Cuando entré a la cocina vi que mi padre ya estaba ahí, comiendo las tostadas francesas que mi tía Elieth nos estaba preparando para desayunar, e intercambiamos miradas sin decir palabra. Si bien el gran Genzo Wakabayashi parecía no recordar lo sucedido la noche previa pues había vuelto a ponerse su máscara de hombre fuerte e invencible que no se deja derrumbar por nada, en sus ojos demostraba que todavía lo tenía muy presente. Bueno, que al menos su faceta humana no desapareció en el transcurso de la noche.
– Dense prisa en desayunar, nos vamos en quince minutos –anunció el gran Genzo Wakabayashi a Jaz, a Benji y a mí; mis dos hermanos, por cierto, se veían frescos cual lechugas. ¡Cómo los odio!–. Hoy yo los llevaré a la escuela y también los recogeré por la tarde.
– ¿Cuándo sabremos cómo está Aremy? –pregunté, sin pensarlo mucho. Jaz respingó e Ichimei, el reformado, me lanzó una mirada de recriminación, como si hubiese dicho una grosería de nivel mil–. Porque tenemos derecho a saber cómo está, yo al menos ya estoy cansado de que me oculten las cosas.
– Iré al hospital en cuanto los deje a ustedes en la escuela así que espero poder responder esa pregunta más tarde –contestó mi padre, sin inmutarse.
Su réplica fue tan calmada que mis hermanos y yo nos sorprendimos, pues los tres esperábamos que nuestro papá me regañara por mi "actitud insolente". ¿Quién era ese hombre y qué había hecho con el gran Genzo Wakabayashi, otra vez?
– No me miren como si hubiera perdido el juicio. –Mi padre nos lanzó su famosa media sonrisa, ésa que tanto le encantaba a la doctora Del Valle–. Siempre he estado a favor de hablar con la verdad, incluso a mis hijos. Es su madre la que opina que están muy jóvenes para saber determinadas cosas.
– No sólo ella lo dice, yo también lo creo. –La Emperatriz de Alemania apareció de repente y golpeó a mi padre en la cabeza con un trapo de cocina.
– Pero en este caso ellos tienen derecho a saber –replicó el gran Genzo Wakabayashi, manteniéndose firme ante el golpe–. Es mejor que estén preparados para cualquier posibilidad en vez de dejarles caer una mala noticia de golpe.
– Bueno, no puedo discutir contra esa lógica –admitió mi tía, tras meditarlo durante unos instantes–. Aún así, procura manejar con cuidado la verdad, pues rara vez tiene una buena cara y puedes traumatizar todavía más a tus hijos.
Me di cuenta con esto de que mi padre había cambiado su manera de pensar en el transcurso de la noche. Y supe que no quería que a nosotros nos pasara lo que a él, es decir, que nos topáramos de frente con la realidad de la Muerte tras tantos años de estarla evitando. A pesar de que me gustaba esta nueva actitud suya, debo reconocer que me produjo miedo, no estaba seguro de estar listo para tener una responsabilidad tan adulta. Sí, ya lo sé, soy un bocón, cuando me dicen que no estoy preparado para algo porque soy muy joven, estoy molestando una y otra vez para que me consideren un adulto, pero en cuanto me quieren tratar como uno, tiemblo cual gelatina mal cuajada. Soy una vergüenza, ya qué.
– Lo tomaré en cuenta, Peque, gracias – aseguró mi padre, con una actitud traviesa que rara vez le veía.
Ése habría de ser uno de esos días en donde hubiera sido mejor inventarse alguna enfermedad y quedarse en cama. Cuando era más niño, tuve la idea de pintarme manchas rojas con un marcador para aparentar que tenía sarampión y la doctora Del Valle sigue riéndose como condenada cada vez que lo recuerda; pues bien, algo así debí de haber hecho este día porque fue realmente nefasto. No sólo me sentía cansado y desvelado, sino que me esperaba una sorpresa desagradable en la escuela. Cuando llegué, un grupito de chicas que no conocía (pero que al parecer ellas a mí sí), al verme pasar se rieron como ratas taradas y no me quedó duda de que se estaban burlando de mí porque dos de ellas me señalaron con el dedo. Como no sabía qué de todo mi drama familiar les había causado risa, contuve las ganas de mostrarles el dedo medio y seguí caminando y ahí hubiera quedado el asunto sino fuera porque, unos cuantos metros más adelante, me topé con otro círculo de idiotas que de igual manera me miraron y me señalaron, aunque en esta ocasión al menos no se estaban riendo.
– Fede, ¿tengo monigotes pintados en la cara o qué? –le pregunté a Mijael, fastidiado; por culpa del sueño andaba de muy malas pulgas y podría haber golpeado al primero que me provocara–. ¿Qué tanto me ven esos imbéciles?
– La misma pregunta me estoy haciendo yo –confesó Mijael–. Ahora sí que no tengo idea de por qué rayos estás causando sensación hoy, Chucky.
Como ya no hubo más alumnos snobs fastidiándome, se me olvidó el asunto al comenzar las clases pero no me libré por mucho tiempo de la atención pues en el intervalo entre la segunda y la tercera hora volví a notar que la gente se me quedaba viendo, aunque esta vez eran mis propios compañeros de salón. Además, me di cuenta de que estaban viendo un vídeo en el celular de alguno de ellos, haciendo que me preguntara si me habrían grabado haciendo una estupidez sin que me diera cuenta.
– ¿Qué tanto estarán viendo? –preguntó Marko, curioso–. Desde hace rato noto que nuestros compañeros se están pasando un vídeo pero no me ha llegado.
Está de más decir, claro está, que cuando un vídeo interesante le llega a un alumno de esta escuela, al final del día lo habrá visto hasta el director, así que si fuiste pillado haciendo algo indebido bien puedes irte despidiendo de tus mejores amigos y de tu familia porque quién sabe si los volverás a ver. Sin embargo, en teoría yo no había hecho nada malo, no recientemente, y no sabía de qué podría ir el vídeo del que hablaba Marko. Además, dado que a mí me castigaron con no usar ningún aparato electrónico construido en este siglo, no me había llegado esa dichosa grabación porque no tenía cómo recibirla.
– Tal vez se están riendo de mi último partido –repliqué, malhumorado–. Recuerda que soy un asco de portero, según lo que dice Kentin Hyuga.
– No creo que vaya por ahí el asunto –negó Marko, frunciendo el ceño–. Sé que tienes un mal concepto de ti mismo pero la mayoría de la gente piensa que eres bueno. Yo mismo lo creo.
– Porque están locos, camarada, incluyéndote. Si no es eso, ¿entonces qué será? –cuestioné, incómodo–. No me agrada ser el Krusty de la escuela.
– ¿Krusty? –preguntó Marko, con un gesto divertido.
– Sí, ya sabes, Krusty el Payaso, de los Simpson –bufé, rascándome una oreja–. O sea, no me gusta que me vean como un chiste.
– A veces te tomas las cosas demasiado en serio, Wakabayashi –se burló Marko y me palmeó el hombro–. De seguro es alguna tontería sin importancia.
– Ojalá –dije, aunque no me sentía seguro al respecto.
Si algo he aprendido en la escuela Wittelsbach es que mi madre tiene razón al decir que, si algo puede salir mal, saldrá mal.
No fue hasta el receso que al fin me cayó el mundo encima, cuando ya prácticamente toda la escuela había visto el dichoso vídeo que se pasó de persona a persona, a través del chat del Facebook y del WhatsApp. Me había reunido con Mijael, Marko y Benji en uno de los muchos patios de la escuela y tanto mi mejor amigo como mi hermano me preguntaron si ya había visto el vídeo que rondaba por ahí y del cual, al parecer, yo era protagonista.
– ¿O sea que el vídeo si trata de mí? –pregunté, desalentado–. Ya lo sospechábamos Marko y yo pero tenía la esperanza de que no fuera verdad.
– ¿No lo has visto entonces? –cuestionó Benji, a su vez–. Mis compañeros de clase que lo tienen no nos lo quisieron pasar ni a Vania ni a mí así que sospecho que no es algo bueno.
– Lo mismo pasó conmigo –acordó Mijael–. En cuanto me acerqué a ver qué se traían entre manos, mis compañeros escondieron los teléfonos y se hicieron los tontos. Sobra decir que Jaz y Danielle tampoco lo han visto.
– ¿De qué se estará riendo todo el mundo? –bufé, muy incómodo, pues los demás no dejaban de señalarme y cuchichear a mis espaldas.
– De esto. –En ese momento Chris llegó acompañado por Claude, con su teléfono en la mano acomodado de tal manera que nosotros pudimos ver el vídeo que se estaba reproduciendo. Y Mijael, Benji, Marko y yo nos quedamos con la boca abierta.
Los protagonistas de esa estúpida grabación eran ni más ni menos que Maia Shanks y… yo. En ella, se veía claramente el momento en el que Maia me besaba en la colina de los enamorados, pero el vídeo había sido grabado (o editado) de tal manera que parecía que nos estábamos besando como si fuésemos una pareja de enamorados, no se veía el momento en el que ella se acercaba a mí de improviso ni, obviamente, tampoco se apreciaba cuando yo la empujaba para separarme de ella. Las preguntas que acudieron a mi mente en ese momento fueron: "¿Quién?" y "¿Por qué?". ¿Quién demonios fue tan hijo de puta para grabarme en esa situación y por qué carajos lo hizo?
En cuanto se acabó de reproducir el vídeo, se hizo un silencio entre nosotros que era constantemente interrumpido por la gritería de los adolescentes alborotados que aprovechaban sus escasos minutos de descanso. Sin previo aviso, Mijael me pateó con fuerza en la pierna (pues aún no podía usar bien sus manos), lo que me hizo reaccionar.
– ¿Me quieres explicar qué demonios fue eso? –preguntó el Fede, indignado–. Quiero saber por qué no sabía que te besaste con mi prima.
– Trágame, Tierra –musité, sin responderle.
– Ah, no, si la tierra te traga te saco de ahí a patadas –insistió Mijael, tomándome con poca fuerza por el hombro–. ¿Cuándo carajos pasó eso y por qué no tenía ni idea?
– Ahora veo por qué no quisieron mostrarnos el vídeo a Vania y a mí –murmuró Ichimei, el oportuno, a quien Mijael le lanzó una mirada de fuego que lo hubiera incinerado de haber sido real.
– Sé que va a sonar tonto y falso, muy falso, pero juro que es verdad –logré decir al fin, tras tragar saliva para tratar de deshacer el nudo de mis tripas–. Maia me confesó que le gusto y me dio un beso. Ese vídeo está editado para hacer parecer que nos estamos besando por acuerdo mutuo, pero ella me besó de sorpresa y yo me separé poco después. Válgame, que suena bien estúpido y trillado, pero juro que es verdad.
– ¿Ella se te declaró? –preguntó Marko, muy asombrado–. Vaya, que esto sí que es una novedad.
– Ya sé que estoy feo pero no es para tanto, camarada –protesté, dolido.
– No lo dije por eso, tonto, sino porque nunca se me pasó por la cabeza que Mai pudiera declarársele a alguien, con lo tímida que es –replicó Marko, dándome un golpe en la nuca.
– ¿Y esperas que nos creamos eso? –exclamó Mijael, poniendo los ojos en blanco–. ¡No soy tan idiota, Wakabayashi!
– ¡Es la pura verdad, Schneider! –aseguré–. No saco nada con mentirles.
– ¿Para esto quería Maia hablar contigo ayer? –me preguntó Chris, más calmado que su hermano.
– Sí, para eso –admití–. Básicamente sólo quería declararse.
– Ya se me hacía raro que Maia tuviera problemas con las matemáticas, siempre ha sido una buena estudiante –comentó Chris, pensativo–. Bueno, esto tiene más sentido aunque a mí también me sorprende que mi tímida prima haya tenido el valor necesario para declararte su amor.
– ¿Por qué carajos no me lo contaste? –Mijael seguía muy indignado y volvió a patearme en la pierna–. ¡Soy tu mejor amigo, cabrón!
– ¿Y qué te tenía qué decir, que una de tus primas se me declaró? –respondí, a la defensiva.
– ¡Pues sí, eso debiste hacer! –asintió el Fede–. ¿Qué esperabas, no decirlo nunca y que nadie se enterara?
– ¡Sí, eso es lo que quería! –grité, desesperado–. ¿Qué se supone que debía hacer? ¡Mi vida es un desastre en este momento y no tenía ganas de aguantar sus burlas!
– Punto a su favor –reconoció Marko–. No podemos juzgarte por eso.
– De todos modos debiste haber confiado en nosotros, tarado, somos tus amigos –replicó Claude, enojado–. Es cierto que nos hubiésemos burlado de ti, pero habría sido poquito nomás.
– Bien, pues ya se enteraron de todas maneras, gracias a un desgraciado infeliz hijo de puta que nos filmó –bufé, pateando una lata vacía de refresco que alguien había dejado caer–. Lo siento por no habérselos contado pero, más que en mí, estaba pensando en Maia. Como ya dijeron ustedes, ella es muy tímida y sé que tuvo que armarse de mucho valor para decirme que le gusto, no quería que alguien se enterara por accidente que la rechacé y le hiciera mofas al respecto.
– Nosotros no nos íbamos a burlar de ella, es nuestra prima y no heriríamos así sus sentimientos. –Claude me miró como si yo fuera el ser más baboso de la Tierra y tal vez lo era–. ¿Perdiste medio cerebro o qué?
– No estoy diciendo que lo fueran a hacer ustedes, imbécil, pero ya saben que esta escuela tiene oídos en las paredes y alguien ajeno a nuestro grupo podría haberme escuchado –insistí–. ¡Alguien nos grabó sin que nos diéramos cuenta, ésa es una prueba de que aquí todo mundo es un espía potencial!
– Vaya, no le encuentro fallas a su lógica –aceptó Claude, mirando a sus hermanos.
– Ese vídeo fue grabado por alguien que te odia, hermano –añadió Ichimei, el obvio.- No creo que haya sido hecho por un alumno que casualmente los vio pasar a Maia y a ti.
Los nombres de Kentin Hyuga y Margus Hoffman me vinieron a la cabeza de manera automática. ¿Cuándo me van a dejar en paz esos dos, caramba?
– Ya lo sé –suspiré, desalentado–. ¡Es otro "pequeño" problemita del que me voy a tener que encargar también!
– Supongo que, con lo que nos has dicho ya, no deberíamos de seguir enojados contigo –comentó Marko–. Aunque hayas besado a nuestra prima.
Mijael, que se había quedado callado y con el ceño fruncido, me lanzó otra patada que casi consigo esquivar.
– ¡Oye! ¿Eso por qué fue? –pregunté, ofuscado.
– Por haber dejado que te grabaran, idiota –contestó el Fede–. ¡Mira que serás imbécil!
– Lo dice alguien que se dejó ver por la chica de sus sueños en pleno centro comercial en compañía de otra muchacha –me burlé.
– ¡Cállate! –gruñó mi mejor amigo, al tiempo en que Benji soltaba una breve carcajada.
Antes de que pudiera responder, Chris y Claude me golpearon también, casi al mismo tiempo. Esta vez, los ataques me tomaron por sorpresa así que me dieron de lleno en el pecho.
– ¿Y eso por qué fue? –reclamé, enojado–. ¡Si quieren me pongo de saco de boxeo para que me usen a su antojo!
– Por haber mentido cuando te pregunté qué quería Maia contigo –aclaró Chris, muy serio.
– Y por haberte besado con una de mis primas –replicó Claude, a su vez.
– En ese caso, deberían de golpearme otra vez porque también besé a Giovanna –dije, sin pensar.
En esta ocasión los tres Schneider me lanzaron sus mejores trancazos, Mijael sus patadas y los gemelos sus derechazos, mientras Marko y Benji se echaban a reír a causa de mi estupidez.
– ¿Besaste a Gio? –cuestionaron Chris y Claude, al unísono.
– Sí, lo hice –confesé, sobándome las zonas en donde fui atacado–. ¡Y eso ya lo sabías, Fede!
– Aún así te lo merecías por meterte con alguien de mi familia –gruñó Mijael.
– Si a esas vamos, ésta va por haberte metido con Jazmín –repliqué, golpeándolo con fuerza en el hombro.
– ¿Y tú a dónde vas, Benjamín? –Claude agarró a mi hermano del brazo, quien sutilmente había comenzado a alejarse–. No se nos ha olvidado que tú estás con nuestra hermana.
– Maldición, me vi demasiado lento –dijo Ichimei, el atolondrado, quien a pesar de todo se tomó los ataques con más humor que yo.
Lo que estaba por decirles a continuación se borró de golpe de mi cerebro porque en ese momento vi pasar a Giovanna Ferrari, con cara de pocos amigos; de hecho, pasó a mi lado ignorándome y con una actitud de diva que me hizo saber que algo andaba muy mal. Katie Levin, quien iba detrás de ella, se acercó corriendo hacia Marko y, tras darle un pequeño beso, me miró a mí con cierta urgencia.
– Dai, ya vimos el vídeo en donde aparecen Maia y tú –me advirtió Katie–. Hace unos diez minutos llegó al celular de Gio y lo reprodujo antes de que pudiera evitarlo.
¡NOOOOOOOOOOOOOOOO! ¿POR QUÉ ME PASAN ESTAS COSAS A MÍ? ¡QUE LA TIERRA ME TRAGUE, MALDITA SEA!
En ese momento juré vengarme del imbécil que me grabó, ¡lo iba a pagar muy caro! Pero no quise perder más el tiempo y, sin contestarle a Katie, salí corriendo detrás de Giovanna, aunque no sabía para qué.
– Ese compa ya está muerto, nomás no le han avisado –canturreó Claude, lo suficientemente alto como para que alcanzara a escucharlo.
Yo lo ignoré y seguí a la pelirroja de mis sueños, sin saber muy bien qué iba a decirle. ¡Ni siquiera estaba seguro de si el vídeo le había importado o no! Pero una cosa era segura y es que yo me le había declarado a Giovanna y la había besado también así que, al verme besando a Maia Shanks, ella iba a llegar a la conclusión de que soy un mujeriego que anda con una chica y con otra, jugando con todas y sin querer a ninguna. ¡Y no soy más que un imbécil adolescente que a duras penas sabe lo que es besar a una muchacha!
– ¡Gio! –exclamé, desesperado–. ¡Giovanna, tengo que hablar contigo!
– Yo no tengo nada de qué hablar –me gritó ella, sin detenerse–. Mejor ve a buscar a tu novia Maia.
– ¡Pero yo sí! –insistí, emparejando su paso–. Es sobre el vídeo que anda rondando por ahí, Maia no es mi novia y...
– Ya te dije que no tengo nada de qué hablar contigo. –Giovanna detuvo su paso para mirarme con tanta rabia que me hizo retroceder–. ¡Y no me importa si eres novio de todas las chicas de la escuela! Déjame en paz, Wakabayashi.
Y antes de que yo pudiera hacer cualquier cosa, Giovanna se dio la media vuelta y se metió rápidamente al baño de las chicas, el cual estaba mucho más cerca de lo que yo creía. Y me quedé parado como idiota, sintiendo cómo el corazón se me iba al estómago y se disolvía ahí. En algún momento ella tendría que salir pero no me quedaba duda de que era capaz de permanecer ahí hasta que acabaran las clases, así de terca era. Katie, Marko, Benji y los Schneider me alcanzaron poco después y, cuando Katie vio que Giovanna se metió al baño, se ofreció a ir a hablar con ella y tratar de hacerla entrar en razón. Salió menos de diez minutos después para decirme que, tal y como ya había supuesto, Giovanna aseguró que no se movería de ahí hasta que yo me fuera, aunque tuviera que perderse el resto del día escolar.
– Siendo así, mejor me voy –suspiré, derrotado–. No puede perderse el día, estamos entregando prácticas y ejercicios que contarán para las calificaciones finales y faltar le arruinaría su promedio.
– Lo lamento, Dai, de verdad que hice de todo para convencerla. –Katie me puso la mano en el brazo y me miró con compasión–. Pero, ¿sabes? A Gio le afectó mucho el vídeo, se puso blanca y después muy roja cuando lo vio, incluso parecía que estaba a punto de echarse a llorar. Yo no sé cuál es el lío que te traigas con Maia Shanks, pero si de verdad la que te gusta es Giovanna, no dejes que esto se te salga de control, pues Gio me ha comentado que está pensando en regresar a Italia al acabar el semestre y ya ves que planeaba quedarse aquí hasta terminar la secundaria.
– No quiero que esto se salga de control y sí me gusta Giovanna, ¡no quiero que se regrese a Italia! Lo de Maia es un mal entendido –aseguré–. Pero no voy a poder aclararlo si Gio no me da la oportunidad de explicárselo, ni siquiera sé por qué está actuando de esa manera.
– A mí me parece que está celosa –comentó Ichimei, el ingenuo–. Me queda claro que le gustas tanto como ella a ti.
– Opino igual –acordó Marko.
– Sí, cómo no –bufé, incrédulo, justo antes de que se escuchara el timbre que anunciaba el fin del receso.
Con tanto alboroto, una vez más perdimos la oportunidad de emboscar a Kentin Hyuga, lo cual me deprimió todavía más porque ya no nos quedaban muchos días para hacerlo. En fin, que el resto del día fue un verdadero martirio; como no había dormido bien la noche anterior y casi no comí a la hora del receso, me sentía muy cansado y la cabeza me dolía mucho, lo cual me estaba dificultando el realizar unos ejercicios para la clase de Física que iban a contar para la nota final. Estaba haciéndolo tan mal que el profesor me llamó a su escritorio para preguntarme si estaba en condiciones de realizar el trabajo.
– Sí, lo siento, es sólo que estoy muy cansado –respondí, tratando de lucir lo más despierto posible.
– Tu hermano me contó hace rato que hospitalizaron a Aremy ayer –me comentó el profesor, quien también daba clases en el curso de Benji–. Supongo que es por eso por lo que no pudiste descansar bien anoche.
– Sí, eso fue –reconocí–. Nos tomó a todos por sorpresa.
– Entiendo –asintió el profesor, pensativo–. En ese caso, puedes entregar estos ejercicios mañana.
– No es necesario –negué, jugando nerviosamente con mi pluma–. Puedo entregarlos hoy mismo.
– No sientas que te estoy dando preferencia, lo mismo le ofrecí a Benjamín y aceptó –insistió mi profesor–, y lo mismo haría con cualquiera que estuviera en la situación por la que están pasando. No te voy a regalar la calificación, sólo te estoy dando la oportunidad de hacer esta tarea cuando estés en mejores condiciones.
– Puedo hacerlo, en verdad –repetí, con la terquedad propia de los Wakabayashi y los Del Valle–. Sólo necesito concentrarme.
El profesor me miró durante unos minutos, tras lo cual se quitó los lentes para mirarme con mucha empatía, casi como si fuera mi padre y no mi maestro.
– Daisuke, entiendo que, por ser hijo de quien eres, te sientas presionado a cumplir estrictamente con todo lo que tienes que hacer. Esto es algo que, de hecho, le sucede a más alumnos aquí de los que crees –me dijo el hombre, con mucha calma–. Pero tú no eres tu padre ni tampoco tu madre, ellos ya son adultos que tiene la capacidad y madurez mental para resistir y organizarse mejor, pero tú eres todavía un niño. Nadie se va a enojar ni se va a burlar de ti si reconoces que necesitas una pausa, estás en desarrollo y es normal que no aguantes el ritmo de un adulto, así que no sientas vergüenza de aceptar una prórroga, no te presiones tanto que aún eres muy joven para hacerlo. Como te dije antes, no te estoy regalando la calificación, sólo te estoy dando más tiempo para entregar una práctica.
– Gracias, profesor –musité, tras soltar todo el aire que tenía en los pulmones. Estaba tan cansado que sus palabras casi me hacen llorar–. Le agradezco sus palabras y que me permita entregar los ejercicios mañana, creo que aceptaré la oferta porque apenas y puedo mantenerme despierto.
– No es de mi interés el reprobarte sólo porque sí, yo quiero que aprendas y has tenido un buen desempeño durante el semestre así que no tengo inconveniente en esperar –continuó el profesor–. Y si necesitas ayuda para superar el problema que están pasando con Aremy, no tiene nada de malo que busques con quién hablar, estoy seguro de que la psicóloga de la escuela te podrá apoyar.
– Lo tendré en cuenta, gracias –asentí, aunque era más que obvio que no iba a ir con la psicóloga.
Ese día descubrí que no todos los profesores son ogros hechos para hacernos sufrir ni que todos quieren reprobarte sólo porque sí. Como todo en esta vida, hay maestros comprensivos y maestros desgraciados, algunos sí están más dispuestos a ayudar a sus alumnos. Qué suerte haberme topado con uno de los buenos justo cuando más lo necesitaba.
Al terminar el día, ya la escuela daba por hecho que Maia y yo éramos novios. Confieso que no tengo ni idea de qué clase de acoso habrá sufrido ella o si le hicieron burla pues no tuve valor para acercármele, me limité a verla pasar a lo lejos, muy digna, con la cabeza muy en alto y acompañada por sus primas y amigas. Al menos, me dio la impresión de que lo estaba llevando mucho mejor que yo y eso me dio vergüenza, lo admito, pero no hice mucho para cambiar la situación. Al parecer, no soy tan valiente como creí o simplemente era que mi corazón estaba demasiado dolido como para intentar serlo. De cualquier manera, no consideré que fuera prudente acercarme a Maia en esos momentos o se habrían confirmado los rumores de que nosotros éramos novios. Lo que sí hice fue intentar acercarme a Giovanna al final de las clases, estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que ella quisiera escucharme pero fue su hermano Uriel el que me puso un alto, para mi enorme pesar.
– No sé bien qué está pasando entre ustedes, Daisuke, pero Giovanna ha sido muy clara conmigo: no quiere que te le acerques –me contó Uriel–. No es algo personal, amigo, pero ella es mi hermana y aunque me encante fastidiarla, si me necesita la voy a ayudar.
– Hablas como si yo fuera un acosador que necesita una orden de restricción –reclamé, dolido–. Sólo quiero aclarar un malentendido.
– Pues tendrá que ser cuando ella esté de humor –sentenció Uriel–. Y no creo que seas un acosador pero por alguna razón mi hermana está muy herida y no voy a permitir que la lastimes más.
Uriel dijo esto con tanta dureza que volví a sentirme miserable. He de haber puesto muy mala cara pues, al verme, él cambió su expresión y me habló con más suavidad.
– Lo siento de verdad, Daisuke; como te dije ya, no es algo personal, en serio me caes bien –aseguró–. Sólo dale tiempo a Giovanna.
¡Tiempo, es lo que todo mundo quiere y es lo que menos tengo! Preferí no insistir y me marché para conservar la poca dignidad que me quedaba. No podía culpar a Uriel, pues yo hubiera hecho lo mismo estando en su lugar pero eso no contribuyó a mejorar mi estado de ánimo; tuve ganas de preguntarle si era verdad que Giovanna volvería a Italia al final del año escolar pero no me atreví: si me hubiera dicho que sí, mi corazón se habría quebrado en ese instante. Quizás, si hubiera estado menos agotado y deprimido, me habría dado cuenta de que Ichimei, el intuitivo, tenía razón: Giovanna estaba actuando como una chica celosa. En fin…
Mientras esperábamos a que nuestro padre nos recogiera (pues ese día no habría práctica de fútbol, para mi buena fortuna), Jazmín me preguntó si lo de mi noviazgo con Maia era verdad, a lo cual respondí que no y le expliqué lo ocurrido, con mucha vergüenza pues seguía sin creer que Maia realmente estuviera interesada en mí, y terminé diciendo que, si dudaba, podría confirmarlo con ella. Sin embargo, no pude darle una explicación sobre quién había tomado el vídeo, que era lo que a Jazmín más le inquietaba.
– Te creo lo que me has dicho, no tengo qué comprobarlo con Maia –respondió mi hermana mayor, pues ella sabía bien que a mí me gustaba Giovanna–. Pero… ¡Ay, Dai! Si al final resulta que fue Kentin quien tomó esa grabación, ¡me las va a pagar muy caro! Vas a tener que andarte con mucho cuidado con lo que haces y dices, al parecer no te va a dejar en paz.
– No estoy seguro de que haya sido Hyuga –repliqué, a pesar de que yo también tenía mis dudas–. Aunque concuerdo contigo en que voy a tener que ser más precavido.
No se me había olvidado que Kentin nos había estado espiando a Maia y a mí días atrás así que no sería improbable que hubiese sido él quien nos grabó cuando ella me besó, quizás escuchó que nos íbamos a reunir y se le hizo fácil seguirnos. Además, si Jazmín lo sospechaba también era por algo, sin duda que mi hermana lo conocía mejor y quizás por eso lo creía capaz de hacerme esta jugarreta. Sin embargo, esto fue algo que nunca pude comprobar, jamás averigüé quién hizo ese vídeo y no creo que algún día lo haga, pues los primeros alumnos que lo recibieron aseguraron que se los enviaron desde un perfil falso de Facebook y nunca encontré una pista que me asegurara que Kentin fue el culpable. Da igual, de cualquier manera el daño ya estaba hecho.
El gran Genzo Wakabayashi cumplió la promesa que nos hizo en la mañana y, cuando nos recogió de la escuela, nos contó a Jaz, a Benji y a mí cuál era el estado de salud de Aremy. Él había pasado toda la mañana en el hospital cuidándola, para relevar a la doctora Del Valle y que así ésta pudiera comer, dormir y bañarse; mi padre aprovechó entonces para hablar largo y tendido con el doctor Lacoste y se informó bien sobre las condiciones de mi hermanita. Para nuestro enorme alivio, Aremy no estaba tan grave como creíamos todos, sólo tenía una infección urinaria que había sido difícil de tratar debido a la leucemia.
– Con eso de que su tipo de cáncer le disminuye las defensas, hasta una gripa es una complicación seria –explicó el gran Genzo Wakabayashi, aunque eso nosotros ya lo sabíamos–. Pero por fortuna los medicamentos que le han aplicado están funcionando bien, el doctor Lacoste cree que podrá darla de alta en un par de días más.
Mis hermanos y yo saltamos de la alegría. ¡Al fin una noticia buena! Metí la mano al bolsillo de mi pantalón y apreté la medalla de Are, dando gracias a Buda, Alá, Ganesh, Jesucristo, Odín, Ra, Quetzalcóatl, Thor, Ironman o cualquiera que hubiera sido el dios o el Avenger que hizo el milagro de ayudarla. ¡Gracias en verdad! Era una noticia tan buena que me alivió parcialmente de la desilusión que me causaba el estúpido y maldito vídeo.
– Te ves muy mal, Daisuke –me dijo mi padre cuando llegamos a casa–. ¿Te sientes enfermo? Puedo pedirle a la doctora Gwen o a tu tío Leo que te revise.
– No, papá, estoy bien, sólo estoy cansado –contesté–. Han sido días pesados en la escuela.
– Ya veo. –Él me lanzó una mirada extraña. Me pregunto si habrá pensado que el habernos quedado en el balcón tanto rato la noche previa me afectó–. Duerme entonces una siesta después de la comida para que recuperes fuerzas.
– Sí, tal vez eso haga, gracias –acepté, entrando rápidamente en la casa.
No estaba acostumbrado a dormir la siesta pero estaba tan agotado que caí cual tronco y me desperté muy avanzada la tarde; aunque me sentía mejor, todavía no estaba al cien de mis fuerzas pero me tendría que conformar con eso, pues tenía que realizar los ejercicios de Física así que bajé al área de estudio que teníamos en la planta baja para trabajar junto con Jaz y Benji, seguro que ellos me ayudarían a no quedarme dormido. Cuando me reuní con ellos, me sorprendí al ver que el gran Genzo Wakabayashi estaba haciéndoles compañía mientras hablaba con Bryan Cruyfford, como el león que cuida de sus cachorros en ausencia de la leona. En ese momento, mi tío Bryan le contaba a mi padre sobre el estado de salud de mi tía Lara, quien por fin estaba estable ya que su presión arterial había bajado a niveles aceptables y el bebé estaba muy bien de salud. Es más, hasta se sabía ya el sexo del bebé: mis tíos estaban esperando una niña. Mi tío Bryan estaba muy emocionado de saber que iba a ser padre de una pequeña, aunque admitió que no se lo había contado aún a sus hijos varones, sólo Lizzie estaba enterada de la buena noticia.
– Temo que Edward todavía está muy sensible como para recibir cualquier clase de noticia, sea buena o mala –confesó mi tío, a través del altavoz–. Seguimos trabajando con él en el proceso de adaptación a su nueva vida y me preocupa que cualquier cosa relacionada al bebé pueda afectarle.
– Creo que te estás tomando las cosas demasiado en serio, Cruyfford –replicó el gran Genzo Wakabayashi–. Yo creo que tu hijo está en condiciones de saber que va a tener una hermana. Es una buena noticia, no tendría por qué tomarla de mala manera.
– Es posible que tengas razón, Wakabayashi, pero temo que descuidé a mi Edward en los últimos meses por estar ocupado con la transición de tener una nueva familia y siento que se fue por un terreno que no conozco del todo –expresó el señor Cruyfford–. En estos días me ha confesado que hizo cosas de las que no se siente orgulloso y que han llegado a sorprenderme, aunque no a avergonzarme, y eso me hizo darme cuenta de que no debo tomarme las cosas tan a la ligera con él.
– Fuiste tú el que crio a ese muchacho, ¿no es así? –insistió mi padre–. Aunque haya tenido un momento de desvío, él recuperará el camino correcto. Es tu hijo después de todo, Cruyfford, confía un poco más en ti.
– Supongo que debería de hacerlo. –Mi tío se echó a reír–. Por lo que veo no vas a cambiar nunca, Wakabayashi, no disminuye tu optimismo ni siquiera cuando pasas por malos momentos.
– Es mejor mantener la cabeza en alto y continuar peleando que aceptar pasivamente el destino –dijo el gran Genzo Wakabayashi–. Aún cuando la victoria no dependa de uno.
– No puedo hacer menos que concordar contigo –aceptó el papá de Edward–. Y dime: ¿cómo sigue Aremy? No le he dicho a Lara aún que está hospitalizada, ahora que por fin conseguí que se calmara no quiero alterarla otra vez.
A partir de aquí dejé de prestar atención pues ya sabía lo que mi padre iba a responder. Me distraje entonces haciendo los ejercicios de Física, los cuales me parecieron muy fáciles ahora que ya tenía la mente despejada. Una hora después, Jaz expresó que quería hacer una pausa y Mine apareció, casi como si hubiera estado esperando a que ella dijera eso, para ofrecerse a traernos un refrigerio. Todos aceptamos y, mientras esperábamos, el gran Genzo Wakabayashi continuó revisando sus mensajes de voz.
Y fue ahí cuando comenzó el Apocalipsis.
- Wakabayashi, debe sorprenderte que te esté llamando con tanta insistencia pero, aunque no lo creas, no es para algo relacionado a la enfermedad de tu hija pequeña sino para otra cosa –dijo, claro y fuerte, la voz del entrenador Manfred Margus en su mensaje de voz–. En realidad, en quien estoy interesado es en tu hijo Daisuke. Verás, sé que tu idea siempre ha sido entrenarlo para que sea el portero de la Selección de Japón pero me resulta evidente, como a muchos, que él no desea jugar para dicho país y no podemos culparlo porque… Eh, bueno, creo que estoy dándole vueltas al asunto, llamaba para comentarte que, como ya debes de saber, he decidido invitar a Daisuke a que se nacionalice alemán para que juegue con mi selección y él parece estar muy interesado en aceptar mi oferta…
Se hizo un silencio tan profundo que habría podido escucharse el sonido que haría una hormiga al tropezar. Estaba consciente de que no había manera alguna de escapar de eso ileso y volví a meter la mano al bolso del pantalón para tocar la medalla de Aremy y pedir por ayuda. Jazmín y Benjamín clavaron sus asombradas miradas en mí y yo quise que me golpeara un meteoro en ese instante, habría sido menos doloroso que ver la expresión de mi padre.
– Daisuke, ¿quieres explicarme qué significa esto? –preguntó el gran Genzo Wakabayashi, con una ira contenida que auguraba el inicio de la tempestad.
Yo simplemente cerré los ojos. De verdad que en ese momento deseé con toda mi alma el no ser hijo de mi padre.
