Capítulo 40. Trampa activada, presa atrapada.
La mañana del día siguiente fue una de las más incómodas que he tenido que soportar en mi vida. Yo sé que la gente se pelea constantemente y los adultos más, que en las familias siempre habrá inconformidades y todo eso, pero de cualquier manera ese desayuno fue terriblemente incómodo. En ese momento yo no lo sabía, pero mis tíos Hermann y Elieth decidieron prepararnos la comida (bueno, siendo justos sólo cocinó ella) y hacernos compañía para no dejarme a solas con el gran Genzo Wakabayashi, pero si no hubiera sido por eso no se habrían presentado en mi casa ni aunque sus vidas dependieran de ello, así de enojados estaban con él. Ay, ¿por qué tenía que ser mi padre tan estúpido?
Como sea, comimos casi en silencio, sólo mi hermana intentó poner algo de ambiente al asunto y el tío Kaltz trató de seguirle la corriente pero era evidente que no estaban obteniendo buenos resultados. Creo que todos dimos gracias al Avenger de turno cuando al fin el desayuno concluyó y pudimos escabullirnos hacia el vestíbulo de la casa. Ese día mi tío Karl se ofreció a llevarnos a la escuela, de una manera tan sutil que no nos quedó duda de que lo hizo a propósito para evitar problemas mayores entre su esposa y uno de sus mejores amigos. De verdad que admiro mucho al Káiser de Alemania, sólo él tiene la paciencia necesaria para lidiar con el testarudo de mi padre y sabe manejarlo de manera en que éste no sospeche que está siendo manejado. ¡Quiero ser como él cuando sea grande!
– ¿Están listos, chicos? –nos preguntó el señor Schneider, esbozando después esa sonrisa suya que inspira tanta confianza–. No debemos llegar tarde a la escuela o me regañarán por no haberlos llevado a tiempo. Jazmín: ¿puedes ayudarme con Mijael? Y Benji, creo que Vania agradecerá que la apoyes con sus libros.
– Claro, padrino, con todo gusto –respondió Jazmín, a nombre suyo y de Ichimei, el acomedido.
Mis dos aludidos hermanos salieron entonces de la casa para ir a buscar a sus respectivos "peor es nada"; en ese momento me di cuenta de que el Káiser los había engatusado para que se marcharan y nos dejaran a solas, pues en cuanto Jaz y Benji se perdieron de vista, mi tío me puso un brazo en los hombros como lo haría un entrenador con alguno de sus jugadores y empezó a hablarme en un tono muy confidencial.
– ¿Cómo te sientes, Daisuke? –preguntó el tío Karl–. Me enteré de que tuviste un pequeño altercado anoche con tu padre.
– Me llama la atención la definición que tienes de "pequeño" –contesté, con un suspiro–. A mi padre nomás le faltó pelearse con el perro.
– Sí, algo de eso supe. –El Káiser suspiró también, de una manera en la que parecía decir: "sí, sé lo que es capaz de hacer el gran Genzo Wakabayashi" –. Luego he de hablar con él para decirle unas cuantas cosas pero por el momento quiero saber cómo te sientes tú.
– Mal –confesé, sin rodeos–. Siento que nomás me falta que me orine un perro para completar mi cuadro de desgracias.
– Ese dramatismo lo heredaste de tu tío Leonardo, no hay duda. –El padre de Mijael se echó a reír–. Bien, no te culpo, realmente has pasado por mucho, ¿no es cierto?
– Durante todos estos meses he sentido que los adultos utilizan esta frase para justificar mis estupideces –respondí–. ¿Pero es realmente válido hacerlo tan seguido? Además, mis hermanos también están pasando por lo mismo que yo y no veo que a ellos los justifiquen con estas palabras.
Bueno, que también es cierto que Jaz y Benji no son tan imbéciles como yo, hay que decirlo, por eso es que a ellos no les va tan mal.
– Eso es verdad –asintió mi tío Karl–, también Benjamín y Jazmín han tenido su buena cuota de dolor, pero tú tienes algo que ellos no: la presión de tu padre. Wakabayashi no los ha molestado tanto como lo ha hecho contigo y eso a todos nos queda claro; si me lo preguntas, creo que inconscientemente él está cargándote la mano como una vía de escape a su propio dolor. No es correcto, pero lo está haciendo.
Me quedé callado por la sorpresa. No es que no se me hubiese pasado esa posibilidad por la mente pero me asombró que mi tío Schneider lo pensara también.
– Creí que eran ideas mías –confesé–. O que, para variar, estaba actuando como toda una princesa del drama al pensar así.
– Es cierto que eres dramático pero en este caso no te equivocas. –Mi tío Karl me apretó el hombro con cariño–. Así que está bien que te sientas cansado o agobiado, es normal pues estás lidiando con mucho estrés. De por sí el que ustedes sean hijos nuestros ya los dota de una cuota de presión extra por encontrarse constantemente bajo los reflectores, pero a ti el estrés se te incrementa por tener un padre tan exigente como el tuyo. Y a pesar de eso, Daisuke, no te has desmoronado al grado de no poder levantarte más; sí, te has caído y te has dejado vencer por momentos, pero siempre acabas alzando la cabeza para continuar adelante y te admiro por eso.
Ay, que el Káiser cuando quiere habla bien bonito, ahora entiendo por qué es tan respetado y admirado. ¿No me querrá adoptar como su hijo?
– Gracias –balbuceé, avergonzado–. No creo que sea para tanto.
– Claro que lo es –asintió el señor Schneider–, pero también quisiera que comprendieras un poco a tu padre, sólo un poco.
– ¿Qué quieres decir con eso? –le pregunté, abriendo mucho los ojos como el niño que soy.
– Que Genzo Wakabayashi es un idiota a la hora de expresar sus emociones –respondió el señor Karl, con una expresión curiosa en la cara que no supe interpretar. Era como una mezcla de fastidio con resignación y, sí, también algo de cariño–. Y que está cargándote la mano porque no sabe cómo lidiar con su estrés. No quiere preocupar más a tu madre así que no está diciéndole todo lo que siente, tampoco habla conmigo o con Kaltz porque no quiere lucir débil ante nosotros y obviamente tampoco se desahoga con Elieth por la misma razón así que de alguna manera tiene que sacar su estrés y por eso es que tú estás pagando los platos rotos, Daisuke. No lo justifico, nos queda claro que tu papá es un imbécil redomado que está haciendo mal las cosas, pero quisiera que trataras de comprenderlo un poco desde este punto de vista. Que está haciendo mal por no dejarte hacer lo que quieres, pero éste tampoco es un buen momento para él. ¿Puedes comprender lo que estoy tratando de decirte?
– Sí, claro que lo entiendo, tío, no soy tan tonto –contesté, casi sin pensar–. Me estás pidiendo que, como el gran Genzo Wakabayashi no está comportándose como una persona madura, quieres que yo lo haga en su lugar.
El Káiser de Alemania se echó a reír a carcajadas; no sé por qué él siempre ha considerado que mi insolencia y mi cinismo son graciosos, quizás porque, como él mismo dijo, por fortuna no las tiene que aguantar a diario ni lidiar con ellos. Y eso me permite ser más sincero con él que con cualquier otra persona que no sea la doctora Del Valle, pues sé que el señor Schneider nunca me va a censurar muy duramente por ser como soy.
– Básicamente sí, eso es lo que espero que hagas –asintió mi tío Karl; para ese entonces ya habíamos llegado a su camioneta y a lo lejos se acercaban sus hijos acompañados por mis hermanos–. Una cosa que tú tienes que tu padre no es que tú heredaste el raciocinio de tu madre así que estoy seguro de que tú entiendes bien las cosas si se te explican adecuadamente, ¿no es así? Eres un muchacho inteligente, Daisuke, y más maduro de lo que Wakabayashi cree.
De verdad que en ese momento no me di cuenta de que Karl Heinz Schneider también me estaba manipulando, tal y como manipula al gran Genzo Wakabayashi. Pero se lo perdono porque estaba hablando en serio. O eso creo.
– Está bien –acepté–. Supongo que tienes razón al decir que mi padre tampoco la tiene fácil, pero él es un adulto y por lo mismo debería de saber comportarse. Si vieras el lío que hizo ayer te sorprenderías.
– Oh, no te preocupes, que ya tengo preparado un buen sermón para él –replicó el señor Karl, cuyos ojos azules brillaron con malicia–. No se va a escapar, te lo prometo.
Asentí con la cabeza y no dije otra cosa, pues en ese momento llegaron los Schneider y mis hermanos y todos nos metimos a la camioneta para irnos a la escuela, que ya se nos estaba haciendo tarde. Al llegar fui el último en bajarme (siempre lo soy, es una costumbre) y mi tío Karl aprovechó esto para decirme una última cosa.
– Por cierto, Daisuke, yo sé que tienes muchas personas con las cuales puedes desahogarte, pero ahora que no está tu madre si necesitas que alguien ponga a Wakabayashi en su lugar, sólo avísame y lo haré –dijo él–. Y no quites el dedo del renglón: si tu sueño es jugar para Alemania, no dejes que tu padre te lo quite.
– Gracias, tío –respondí, tan inesperadamente conmovido que no pude evitar soltar una estupidez–: Aunque, ¿estás seguro de que no lo dices sólo porque a ti te conviene que yo juegue para tu país?
– Eso nunca lo sabrás –replicó el Káiser y se echó a reír.
Yo me reí también y me bajé de la camioneta, pensando en que la vida es muy curiosa cuando los adultos te dicen que eras más maduro que otros adultos. En algunas ocasiones escuché a mi madre decir que el gran Genzo Wakabayashi siempre fue un niño malcriado porque su propio padre siempre le dio todo lo que quiso pero nunca me tomé sus palabras en serio, ahora veo que no estaba bromeando. Creo que cuando uno crece se va dando cuenta de que las "bromas" que hacen los mayores llevan escondidas su buena parte de verdad.
En ese momento no tuve cerebro para seguir pensando en eso porque pasó Giovanna a pocos metros de mí, acompañada de sus hermanos; yo, sin pensarlo mucho, los saludé a los tres a gritos, pero para mi desgracia sólo voltearon a verme Uriel y Emirett, Giovanna hizo como si no me hubiera escuchado.
– Buenos días, Wakabayashi –dijo Uriel, con cierta sequedad. Casi parecía que yo le caía mal o quizás sólo le había sentado mal el desayuno y tenía algún problema de gases.
– ¡Hola, Dai! –Emirett fue más efusivo–. Hace mucho que no nos vemos, ¡deberíamos de quedar para salir algún día!
Giovanna le lanzó una mirada asesina pero, si Emirett la vio, la ignoró olímpicamente. Ella entonces le pellizcó un brazo y lo obligó a seguir caminando, cosa que a Emirett no le agradó mucho. Uriel entonces me lanzó una última mirada y se encogió de hombros, casi como si me pidiera que disculpara la bipolaridad de su hermana, muy propia de mujer, y yo no tuve más remedio que aguantarme.
– Bueno, Giovanna me sigue odiando así que no hay nada nuevo bajo el sol –solté por lo bajo, antes de apresurarme a entrar en la Wittelsbach.
Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para concentrarme en la escuela en vez de estar pensando en mi padre y casi lo conseguí. Casi. Es muy difícil sacarse de la cabeza a alguien como el gran Genzo Wakabayashi (sino, pregúntenselo a mi mamá) pero soy tan terco como él así que decidí que no le daría ni cinco minutos de mis pensamientos (aunque acabé dándole como veinte), lo cual me ayudó a concentrarme en cosas más urgentes, como el asunto que tenía pendiente con Mijael.
Ya para esas alturas, tras haber dormido durante buena parte de la noche y reflexionado durante media mañana, me di cuenta de que no valía la pena seguir enojado con Mijael. Digo, tenía ganas de zarandearlo como mínimo o de reventarle el trasero a balonazos, pero me sentía culpable porque él continuaba con las manos heridas y atacarlo sería aprovecharse de alguien indefenso (aunque con los tiros que lanza, muy indefenso que digamos no estaría). Además, yo sabía perfectamente bien que él sería incapaz de dañarme a propósito, si la cosa se salió de control fue porque el baboso no midió el alcance de sus actos pero no lo hizo con el afán de hacerme un mal. ¿Para qué seguir enojado con él? Por otro lado, tenía muchísimas ganas de hablar con alguien sobre lo mal que me sentía por lo sucedido con el gran Genzo Wakabayashi y ese alguien no era otro que Mijael, realmente necesitaba a mi mejor amigo y esta necesidad era mucho más fuerte que mi enojo.
Así pues, decidí buscar al Fede a la hora del receso con la finalidad de mentarnos mutuamente la progenitora o de lanzarnos escupitajos o lo que fuera que nos hiciera falta para solucionar nuestros problemas. En cuanto dieron el aviso de que había comenzado el descanso, me fui a buscar a Mijael a su salón de clases y me topé con mi hermana mayor en la entrada del mismo, quien me miró con alivio como si hubiera estado esperando a que apareciera en cualquier momento.
– Vienes a ver a Mijael, ¿verdad? –preguntó Jazmín, con tanta seguridad que me hizo cuestionarme cómo es que ella sabía que iría–. Está al fondo del salón, dice que no tiene deseos de salir pero seguro que se pondrá feliz de verte.
– Eso espero –suspiré–. No sé ni siquiera cómo manejar esta cuestión, es la primera vez que él me oculta algo que me involucra directamente.
– Por eso es que está tan arrepentido –comentó Jaz, desviando la mirada–. Aunque no lo haya hecho con mala intención, sabe que te lastimó mucho y no puede perdonárselo.
– Vaya que es dramático cuando quiere –puse los ojos en blanco.
– No te vayas a morder la lengua, hermanito –replicó Jazmín, burlona.
– ¡Oye! –protesté, mientras ella se echaba a reír.
– Por cierto, Dai, lamento mucho el no haber podido protegerte anoche. –Jazmín se puso repentinamente seria–. No pude evitar que papá te golpeara y no sabes lo mal que me siento por eso.
– Aunque hubieras querido no habrías podido evitarlo –repliqué, asombrado–. No te culpes por cosas que no estaban a tu alcance.
– Le prometí a mamá que me encargaría de evitar que ustedes pelearan –confesó mi hermana, jugueteando con un corto mechón de pelo–. Y no pude cumplirlo…
– Ay, Jaz, te echaste encima una tarea titánica, es imposible evitar que papá y yo nos peleemos –la consolé poniéndole una mano en el brazo–. Ni siquiera la tía Eli pudo evitar que nuestro padre actuara como imbécil, tú no tenías oportunidad.
– Supongo que tienes razón pero aún así me siento mal –insistió Jazmín.
– Deja que sea el gran Genzo Wakabayashi el que se sienta mal por todos, ¿sí? –bufé–, que fue él quien se pasó de la raya.
– No puedo hacer eso –negó Jazmín, enérgica–. Es mi papá, nuestro papá, lo quiero mucho y no quiero que sufra.
– Dejarías de ser tú si no te preocuparas por él, Jaz –sonreí.
Siempre admirado eso de mi hermana mayor, la enorme compasión y empatía que le tiene a todo el mundo. Jazmín sería capaz de preocuparse por cualquier persona aunque no se lo mereciera, simplemente porque no le gusta ver sufrir a la gente. Esta cualidad a la larga habría de serle muy útil en su vida adulta, pues la convertiría en una excelente enfermera.
Pero ya me estoy adelantando demasiado en el tiempo. Volviendo a donde estábamos, me esperé a que el resto de los alumnos del grupo de Mijael y Jazmín abandonaran la sala para poder quedarme a solas con aquél. Edward fue de los últimos en salir y me lanzó una sonrisa al verme, una auténtica y verdadera sonrisa y no el gesto agrio que había tenido hasta antes del accidente del laboratorio.
– Suerte –me dijo al pasar, lo cual me sorprendió porque no sabía que estuviese enterado del asunto o quizás ya presentía que si estaba yo ahí era por una razón poderosa.
Cuando al fin el salón quedó casi vacío, entré y me acerqué a Mijael, quien estaba mirando por la ventana en el extremo más alejado del mismo. Si se dio cuenta de mi presencia no se dio por aludido así que decidí hacer ruido, moviendo bancas y dando zapatazos en el suelo para que no se asustara.
– Qué escándalo haces, Daisuke, pareces un buey metido en una cristalería –comentó Mijael, sin volverse.
– Déjate de payasadas, ¿por qué no me estás llamando "Chucky" como siempre lo haces? –pregunté, acercándome a él.
– Porque no creo tener ese derecho –contestó él, volteando a verme–. No ahora, por lo menos. ¿Ahora sí vienes a golpearme?
– Ya deberías de saber que, si no lo hice ayer, cuando estaba más enojado, no voy a hacerlo ahora –bufé–. Además de que no sería justo que yo te atacara con los jamones que tienes en las manos, así que ya deja de pedirme eso.
– Sí que lo sé pero de todos modos tenía que ofrecerlo. –Mijael volvió a mirar por la ventana.- Sé que lo arruiné todo y entendería que me odiaras: no sólo empeoré las cosas contigo y con mi padrino sino que además compliqué lo de tu probable nacionalización. No era así como quería que salieran las cosas.
– Estoy consciente de eso –suspiré, acomodándome junto a él para mirar por la ventana. Debajo de nosotros, un grupo de muchachos jugaba al béisbol–. Pero sabes que no te odiaré por eso.
– Yo sé que no, sólo dije que entendería que lo hicieras pero sé que no lo harás –aceptó Mijael–. Aunque eso no alivia mi sentimiento de culpa.
– Bueno, ya se me ocurrirá algo con lo que podrás recompensarme, pero será cuando te cures por completo –insistí–. No me gusta aprovecharme de los desvalidos.
– Ah, estos malditos jamones –gruñó Mijael, alzando las manos–. Te prometo que, lo que sea que me pidas, lo cumpliré.
– Cuidado con lo que prometes, Fede –me reí–. Puede que te exija algo que no te guste.
– Me arriesgaré –aseguró mi mejor amigo–. No puede ser tan malo, Chucky.
– ¡Te obligaré a vestirte de mujer! –grité–. ¡Y tendrás que ponerte los tacones de mi madre!
– Si lo haces, te agarraré a besos delante de toda la escuela –replicó Mijael, haciendo gestos con la boca y los dos nos echamos a reír.
Dicen que los hombres arreglamos nuestras diferencias a golpes pero, aunque esto es verdad en el 99.9999999 por ciento de los casos, no lo es al cien por ciento. A veces sólo basta con ver las cosas desde un punto de vista simple y no complicarse la existencia.
Me sentí bien cuando Mijael y yo salimos de su aula, casi se me había olvidado el pleito que tuve con el gran Genzo Wakabayashi de la noche previa, pero recuperar a tu mejor amigo es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida, ¡cómo no! Yo pensaba que ésa sería la única sorpresa agradable del día pero resulta que la suerte es caprichosa: tanto te puede dejar caer cuarenta yunques en un día como hacer que te encuentres cien bolsas de papas fritas al otro. ¡Y mi suerte es más bipolar que adolescente de Wattpad! Pero que me desvío, el caso es que cuando Mijael y yo nos fuimos al patio principal de la escuela nos topamos con Chris, Claude y Benjamín, quienes estaban muy alterados. En cuanto nos vio, mi hermano corrió hacia mí con el rostro triunfante y los ojos muy brillantes. ¿A éste qué carajos le pasó, lo besó Ariadna Grande o qué carajos?
– ¡Lo tengo! –exclamó Ichimei, el triunfador, en voz tan alta que los gemelos le gritaron que se calmara–. ¡Por fin conseguí que Kentin confesara!
Fue tan sorprendente su declaración que por un momento creí que me habían golpeado con un balón y que me había desmayado. No, no tengo tan buena suerte como para que mi hermano hubiera conseguido su objetivo. ¿Verdad que no? Pero mientras dudaba en si estaba despierto o muerto, llegó Claude y me pellizcó el brazo.
– ¡Auch! –grité, lanzándole una mirada de odio al franchute–. ¿Te volviste loco?
– No, Chucky, no estás soñando –replicó Claude, sin inmutarse–. Benji está hablando en serio: tenemos la confesión de Hyuga en vídeo.
– ¡Tengo que ver eso! –exigí, extendiendo la mano hacia Benji–. ¡Déjame verlo!
– No aquí –negó Ichimei, el prudente–. Si Kentin nos llegara a ver se arruinará todo.
– Vamos, no creo que eso pase –protesté, impaciente.
– Con tu suerte, seguro que sí –insistió mi hermano y hube de darle la razón.
Así pues, los cinco nos escabullimos hacia la zona más alejada y solitaria de la Wittelsbach, dando tantos giros y vueltas que habría sido muy difícil que Kentin hubiera podido seguirnos la pista. Yo no conseguía creer que de verdad Benjamín hubiera sido capaz de hacer que Hyuga soltara la lengua, es que no podía ser cierto que Kentin fuese tan imprudente. ¿O sería que quería que lo descubriéramos? No lo creía posible, pero en cualquier caso estábamos por comprobarlo.
En cuanto nos aseguramos de que no había alguien cerca, mi hermano sacó el celular y reprodujo el vídeo. De inicio ya estaba sorprendido por el hecho de que él hubiera podido acomodar el aparato de manera en que se viera la cara de Kentin, aunque después supe que esto fue obra de Claude. Benji comenzó hablando de cosas triviales con Hyuga, como hizo la primera vez, y sutilmente fue desviando el tema hacia el día del incendio. Conforme hablaban, me di cuenta de por qué no le resultó tan difícil a Benji hacer que Kentin confesara: éste no esperaba una trampa por parte de mi hermano porque, como lo dije alguna vez, Benji es del tipo de personas que le inspiran confianza a todo el mundo. No voy a reproducir toda la conversación porque no vale la pena así que me limitaré a poner sólo lo más importante. Aclaro que en letra cursiva está la plática entre Kentin y mi hermano, y en letra "normal" están los comentarios que hicimos nosotros al ver el vídeo.
– Ese día del incendio estabas en la sala de cómputo, ¿verdad? –preguntó mi hermano, como quien no quiere la cosa–. Recuerdo haberte visto ahí.
– Sí, ahí estaba –admitió Kentin, tras titubear un momento–. Estaba buscando información para una tarea, a veces falla el Wi-Fi de mi dormitorio y por eso busco en la sala de cómputo en mis horas libres.
Hasta eso que el cabrón sabe cómo cuidarse las espaldas. Tan tonto no es.
– Ya entiendo –asintió Benji–. Menos mal que estábamos lo suficientemente alejados del incendio.
– Lástima que Schneider no pudo decir lo mismo –replicó Kentin, con sarcasmo, lo que hizo que Mijael hiciera una mueca.
– ¿Ya puedo golpear a este infeliz? –espetó mi mejor amigo.
– Cálmate un poco, hermanito –le pidió Chris–. Aún falta lo peor.
– ¡Shhh! –dije yo–. ¡Dejen oír!
– Bueno, aunque Mijael no ocasionó el incendio por gusto, es una fortuna que nadie haya salido herido, ¿no te parece? –respondió Ichimei, el pacificador–. Por muy mal que te caiga estoy seguro de que no le deseas la muerte.
– No, es cierto –admitió Kentin, de mala gana–. Detesto mucho a todos los Schneider pero no a ese nivel.
– ¿Ah, de verdad? –cuestionó Ichimei, el actor, con sorpresa–. No pensé que todos te desagradaran.
– Con excepción de Vania, todos son iguales a su padre: engreídos y altaneros –replicó Hyuga–. Creen que pueden pisotear a los que consideran inferiores, al igual que como hacía su padre.
– Se nota que al que le tiene odio es a papá –opinó Chris, de mala gana–. Pero no entiendo por qué, ni siquiera creo que Hyuga y nuestro padre se hayan tratado alguna vez fuera de la cancha.
– Bueno, eso ya lo sabíamos, no es la primera vez que Kentin se expresa así de papá –gruñó Claude.
– Me hubiera gustado preguntárselo pero temía que, si cambiaba el tema, él se desviara de lo que nos importaba hacerle confesar –explicó Benji–. Pero eso seguro que se lo podremos preguntar después.
– Yo considero que los Schneider son buenas personas pero cada quien tiene su opinión –fue el político comentario de mi hermano–. Respeto que a ti no te agraden, nadie es monedita de oro para caerle bien a todos.
– Supongo que no –aceptó el imbécil de Kentin–. Además, no se te olvide que Mijael es el culpable de que yo haya terminado con Jazmín.
– Cierto, se me había olvidado ese pequeño detalle –suspiró Ichimei, el atolondrado. Éste es otro que tiene un concepto raro sobre la palabra "pequeño".
– En cualquier caso es bueno que nadie haya salido lastimado –continuó Kentin–, aunque tu hermano es tan idiota que se metió a la escuela para salvar a su noviecita en vez de esperar que alguien responsable lo hiciera. Se ve que tú eres el inteligente de la familia, Benjamín.
– Daisuke sólo hizo lo que cualquiera habría hecho por la chica que le gusta –repuso Benji–. Tampoco te cae bien mi hermano, ¿verdad?
– Te confieso que no –declaró Hyuga, sin rodeos–. Es demasiado parecido a Genzo Wakabayashi: prepotente y clasista. Se cree la gran cosa y piensa que tiene derecho a tratar mal a los que considera inferiores.
O sea, ¿KHÁ? Excuse me? ¿Cuándo demonios me he portado así con alguien? O sea, una cosa es que quiera mentarle la progenitora y/o enseñarle el dedo medio a Margus Hoffman y a todo aquél que se aprovechó de la enfermedad de Aremy para ganar popularidad y otra muy distinta que trate mal a los que supuestamente considero como inferiores. ¡Ni siquiera creo que haya alguien inferior a mí! Bueno, sí, Hoffman es más bruto que yo pero ésa es otra cosa. Nunca he sido clasista, ¿qué carajos le pasa a este imbécil niñito de mamá?
– Otra vez la burra al trigo –bufó Chris–. Este tipejo tiene una visión muy distorsionada de lo que somos.
– Es un idiota, es lo que es –agregó Mijael–. ¿Cuándo se ha tomado este inútil el tiempo suficiente para conocernos a nosotros, ya no hablemos de nuestros padres, y comprobar que todo lo que cree es mentira? Bueno, excepto eso de que Jazmín lo mandó al carajo por mí, eso sí es verdad.
– Es como si alguien le hubiera contado una versión alterada de ustedes y él se lo hubiera creído –comentó Benjamín, pensativo, mientras yo le daba una patada al Fede–. Es como si desde Italia hubiese llegado con sus prejuicios implantados y se hubiera esforzado en mantenerlos y aumentarlos en vez de rectificarlos.
– Luego averiguaremos eso –dije, impaciente–. El tiempo de receso se nos agota así que debemos darnos prisa en ver esto.
– Disculpa que te lo diga así, Benji, no es mi intención ofenderte –era evidente que al imbécil de Hyuga no le molestaba insultarme pero temía quedar mal con Ichimei. ¡Gran cosa!–. Tú no eres así, no te pareces en nada a Genzo Wakabayashi y eso es algo muy bueno, rompes con los defectos que caracterizan a los portadores de ese apellido.
– Pues gracias, creo –contestó mi hermano–. Aunque estoy de acuerdo contigo en que Daisuke fue imprudente, pero como te dije él sólo quería ayudar a la chica que le gusta. No sabía que te tocó ver eso, juraría que no estabas ahí en ese momento, es más, no recuerdo haberte visto salir con nosotros cuando nos evacuaron.
– Salí poco después –aclaró Kentin–. Me quedé haciendo algunas cosas porque creí que se trataba de una falsa alarma.
– Sentí que si no le daba un leve empujón no iba a conseguir que hablara, así que exageré un poquito. –Ichimei, el prudente, puso en pausa el vídeo para explicar algo que le avergonzaba, tras lo cual lo volvió a poner.
– Ya veo –asintió mi hermano en la grabación–. ¿Puedo hacerte una confesión? Que me digas que no me parezco a mi papá me causa mucho alivio.
– ¿Por qué? –preguntó Kentin, con sorpresa–. No me esperaba eso.
– Porque es muy exigente –aclaró Ichimei, el actor–. Y porque no me toma en serio: como yo no voy a ser futbolista no se interesa en lo que hago, sólo le importa lo que hace Daisuke. Y eso realmente me molesta, quisiera que mi hermano no se llevara toda la atención.
Debo decir que no tenía idea de que mi hermano fuese tan buen actor; durante varios minutos creí que él estaba hablando en serio y me sentí mal porque nunca llegué a preguntarme cómo se sentía Benjamín ante el hecho de que el gran Genzo Wakabayashi me pusiera más atención a mí que a él. Digo, yo siempre he estado celoso de que ellos tengan una relación mejor que la que yo tengo con nuestro padre, pero nunca me puse a considerar cómo se sentía Benji al respecto.
– Como te dije, tuve que mentir un poco para ganarme su confianza –me aseguró Benji; supongo que no le gustó la expresión que puse en ese momento–. No es que realmente yo piense eso.
– Sí, ya sé –repliqué, pero no quedé convencido.
Porque cada mentira o broma esconde su parte de verdad, ¿cierto?
– No sabía que te sentías así con respecto a tu hermano. –Kentin estaba muy asombrado y no era para menos.
– No me gusta crear líos pero de un tiempo a la fecha no lo aguanto –suspiró Ichimei, el dramático–. Siempre ando con él porque es mi hermano y no tengo más remedio, pero me gustaría que Daisuke se largara a otra parte por un tiempo y me dejara solo. Siempre tiene esa actitud altanera, como bien dices; no había querido comentar nada porque me daba pena admitirlo, pero hasta a mí me trata como si fuese material de segunda clase. ¡Y odio tanto que lo haga! Me gustaría que recibiera una lección para que se le bajaran los humos. No sé, quisiera conocer de computadoras tanto como sabe él para hackearle su cuenta de la escuela y borrar sus trabajos finales.
– Yo podría ayudarte con eso aunque no sé si sea necesario –dijo Hyuga, como quien no quiere la cosa–. Suficientes problemas ha tenido ya con las computadoras últimamente.
– ¿Qué quieres decir con eso? –preguntó Benji, con cautela.
– ¿No está condenado a pasar su verano en cursos de regularización por haber cambiado sus calificaciones? –se mofó Kentin–. Dice ser muy bueno en computación pero esto no se lo vio venir.
– ¡Ah, hablas de eso! –exclamó mi hermano–. ¿Tú sabes que no lo hizo él?
– Por supuesto que lo sé. Y lo sé por qué… bien puedes darme las gracias cuando quieras –continuó Kentin; parecía que iba a decir algo más pero se arrepintió.
– ¿Por qué? –A mi hermano se le notó la ansiedad en la voz–. ¿Tú que tuviste que ver en eso?
– Te dije que me quedé después de que evacuaron la sala de cómputo, ¿recuerdas? –explicó Hyuga–. Los profesores de matemáticas y francés estaban subiendo calificaciones al sistema y al salir dejaron sus sesiones abiertas; al notarlo, me dije que era hora de que tu hermano recibiera su merecido y seguro que al imbécil de Schneider tampoco le hizo gracia el asunto.
Caramba, ¿no había resultado esto demasiado fácil? Aunque es cierto que Benjamín es muy buen actor, de verdad que le habría creído que me detestaba sino fuera porque me aclaró que estaba fingiendo, pero aún así, ¿de verdad eso había sido suficiente para convencer a Kentin de abrir la boca? ¿O había alguna trampa oculta?
– ¿Tú cambiaste las calificaciones? –preguntó Benjamín directamente, consciente de que necesitábamos una confesión más directa.
Pero desgraciadamente Kentin sólo se encogió de hombros y no añadió otra cosa. Al poco tiempo dijo que tenía algo que hacer antes de que concluyera el receso y se retiró, por lo que mi hermano no vio motivo para seguir grabando y detuvo el vídeo. Los Schneider y yo nos quedamos pensativos durante un rato, analizando lo que acabábamos de ver.
– No es precisamente una confesión directa pero considerando las circunstancias es lo más que vamos a obtener –opinó Chris–. Por lo menos será suficiente para que el director reconsidere su postura sobre ustedes, Claude y Daisuke.
– ¿Qué dices? ¡Si con esto ese Zimmerman tendrá que admitir que somos inocentes! –soltó Claude, eufórico.
– Me parece extraño que, después de todas las molestias que ocasionó este infeliz, de buenas a primeras haya soltado esta confesión –opinó Mijael, expresando en voz alta lo que yo ya había pensado–. Digo, es cierto que el chaparro se vio convincente pero sigue siendo hermano de uno de los involucrados.
– Creo que por eso al final no me respondió cuando le pregunté directamente si él cambió las calificaciones, se ha de haber dado cuenta de que ya había hablado demasiado –sugirió Benji.
– Es posible –admití–. En cualquier caso debemos llevar esto cuanto antes con el director.
Pero en ese momento sonó el timbre que avisaba que el receso había terminado así que tuvimos que dejar nuestra plática para después. Yo tenía una mezcla de emociones en mi interior, en su mayoría me sentía feliz e impaciente por llevarle ese vídeo revelador al señor Zimmerman, pero por otro lado también me sentía ligeramente preocupado por mi hermano, pues no acababa de convencerme su explicación de que "todo fue una actuación". Mi plan era llevarle el vídeo al director al salir de clases y después hablar con Benjamín pero, para mi desilusión y sorpresa, Zimmerman tuvo que salir antes de tiempo para hablar con la policía sobre el incendio del laboratorio de Química y no volvería hasta el día siguiente. Maldiciendo una y otra vez, Claude y yo tuvimos que hacernos a la idea de que tendríamos que esperar un poco más para limpiar nuestros nombres.
– Mientras entreguemos el vídeo antes de que se acabe la semana todo estará bien –nos consoló Chris–. Digo, no vamos a esperar tanto pero todavía hay tiempo.
– Tiene que ser antes de que Hyuga vuelva a Italia para las vacaciones –dije yo–. O no le darán el castigo que se merece.
– ¿Qué es lo que quieres: que se te haga justicia o que Kentin reciba su castigo? –me preguntó Chris, frunciendo el ceño.
– Ambas cosas son prácticamente lo mismo –respondí, muy engreído–. Y no bastará con que a mí me levanten el castigo, él necesita recibir el suyo o no me sentiré satisfecho.
– Eres muy vengativo, hermano mayor –opinó Ichimei, el magnánimo, aunque parecía más un comentario random que una crítica.
– Oye, que yo también estoy de acuerdo con que se le castigue al infeliz –intervino Claude–.- ¡Se lo merece!
– No tiene caso seguir discutiendo sobre esto ahora, de todos modos no vamos a hacer algo –señaló Mijael, muy maduro según él–. Mañana a primera hora entregamos el bendito vídeo y se acabó; de todos modos no podemos esperar a que Hyuga vuelta a Italia porque para entonces el semestre habrá acabado y nada podremos hacer para evitar que este par de tarados se vayan a clases de regularización, por no hablar de que no podrán confrontarlos con ese baboso.
Tras palabras tan sabias de mi mejor amigo, los demás no pudimos más que estar de acuerdo y abandonamos la dirección para dirigirnos a la salida de la escuela. Sin embargo, aún sabiendo que ya nada se podía hacer por ese día, me sentía de mal humor porque ya tenía en mis manos mi posible salvación y no podía usarla. Era como tener de regalo de Navidad el juguete que más quieres y no poderlo abrir porque todavía no es Navidad. ¡Qué desesperación!
– ¡Dai, espera! –me gritó Maia Shanks en ese momento–. ¿Tienes un minuto para hablar?
Debido a que mi mente andaba en Babalandia no me había dado cuenta de que mi hermano y mis amigos me habían dejado atrás, aunque Maia aprovechó esto para acercarse a mí; miré rápidamente hacia todos lados para asegurarme de que no había chismosos en las cercanías pero, a pesar de que parecía que estábamos solos, no me fie del todo.
– Claro –acepté, sintiéndome incómodo por razones obvias: los alumnos todavía creían que ella y yo éramos novios–. ¿Qué sucede?
– Supongo que ya sabes lo del vídeo –suspiró ella, tan apesadumbrada como yo por este detalle–. De verdad que lamento que las cosas se hayan salido de control, de haber sabido que mi confesión se iba a hacer viral habría buscado un mejor lugar para decírtela.
– Oye, no fue tu culpa, no tienes por qué lamentarte –le dije, sorprendido–. Como acabas de decir: no sabías que alguien nos estaba grabando. Y es que, ¿cómo íbamos a saber que alguien nos espiaba? ¿Quién carajos querría hacerlo y para qué?
– Para causar molestia –contestó Maia–. O para alejarte de Giovanna Ferrari.
– Eso sólo podría ser cierto si yo le gustara a Giovanna pero no es así –negué–. Me le declaré hace tiempo y desde entonces no me habla; si yo le gustara me habría dicho que sí en ese momento en vez de mandarme a volar.
– Ya veo –musitó Maia, desviando la mirada–. Lo siento mucho, Dai.
Al ver su reacción me maldije por mi estupidez. ¿Cómo se me ocurre decirle a la niña que se me declaró hace poco que ya me le había confesado a otra chica antes? Soy un tremendo imbécil con las mujeres, aunque eso ya ha quedado en claro muchas veces.
– No importa, no te preocupes –aseguré rápidamente–. Pero sin importar la razón por la cual nos grabaron, lo que cuenta es que gracias a eso se están corriendo chismes sobre nosotros, chismes que no son ciertos.
– Lo sé bien: todo el día me han molestado con eso y todo el día yo me la he pasado diciéndoles a mis compañeros que no somos novios –confesó Maia, mirando a su alrededor con suspicacia por si veía chismosos potenciales–. No sé cuántos me habrán creído pero así seguiré hasta que acepten la verdad.
– A mí no se me ha ocurrido hacer lo mismo, si te soy honesto –me rasqué la cabeza, avergonzado–. He tenido la mente en otra parte por algunas cuestiones difíciles que pasé ayer.
– ¿Se puso grave Aremy? –quiso saber Maia, preocupada.
– No, ella está bien, hasta donde sé –me apresuré a aclarar–. Fue un pequeño problema que tuve con mi padre pero no es algo grave.
Okey, yo también tengo problemas con la definición de "pequeño", o será que ya se me pegó la definición del señor Schneider. Ya qué.
– Sabes que si necesitas hablar con alguien puedes contar conmigo.- me recordó Maia con una sonrisa–. Y no te preocupes, yo me seguiré encargando de aclarar la situación entre nosotros.
– Gracias, Maia –sonreí levemente–, por ambas cosas, pero con respeto a mi padre estoy en donde estoy debido a que no hablé con él cuando debía hacerlo así que ahora pago las consecuencias de ello. Y con respecto a nosotros, te confieso que la verdad es que no me molestaría este asunto de que creen que somos novios sino fuera porque… bueno, eh…
No iba a cometer el error de volver a mencionar a Giovanna delante de ella pero hablé de más y ahora no sabía cómo terminar la frase sin parecer un idiota. Otra vez.
– Por Giovanna, ya lo sé –completó Maia por mí, sin ninguna pena–. Ella de verdad te gusta y si se va a Italia sin saber la verdad, es posible que no la vuelvas a ver, ¿verdad?
– Más o menos, sí –sentí cómo el corazón se me partía en dos–. Pero no importa, buscaré la manera de hablar con Gio y aclararle la situación, aunque no sé si lograré que me crea.
Lo cierto era que no sabía cómo iba a conseguir eso, si Giovanna no me daba ni dos segundos de piedad. Y si tomamos en cuenta que además de todo tenía que lidiar con mi padre y con los exámenes finales, no es como si tuviera mucho tiempo para tratar de arreglar mis problemas con la pelirroja de mis sueños. ¡Pero ella también se marcharía al acabar el semestre! Y tal y como Maia lo había dicho, si Gio se iba sin saber que todo era un malentendido, ahí moriría cualquier esperanza que pudiera tener con ella, ¡maldita sea!
– Tal vez lo que ella necesite es hablar con alguien que no seas tú –comentó Maia, pensativa.
– ¿Qué? ¿Cómo quién? –pregunté, extrañado.
– No me hagas caso, yo me entiendo. –Maia esbozó una sonrisa muy dulce–. Ya me voy, Dai, que si nos llegan a ver juntos no habrá poder humano sobre la Tierra que lo haga creer que no somos pareja. Cuídate, ¿sí?
– Tú también –asentí, antes de que ella se fuera corriendo hacia la salida.
Vaya, que una vez más otra persona ha resultado tener más entereza que yo: aunque Maia estaba seguramente dolida por mi rechazo, ni lo demostraba ni temía aclarar que ella y yo no somos novios. ¡Qué niña tan increíble! Y yo no podía dejar de lloriquear como nenita por culpa de la indiferencia de Giovanna, me doy vergüenza.
En fin, mientras estos hechos tenían lugar en nuestra "pequeña" escuelita, en mi casa tenía lugar el round 2 de Genzo Wakabayashi vs El Mundo, con Karl Heinz Schneider como el candidato a vencer. Mi tío cumplió mi promesa y en cuanto regresó a casa buscó a mi padre para hablar con él. No sé cómo le hizo el señor Schneider para faltar al entrenamiento del Bayern Múnich, supongo que debió de pedir permiso para llegar tarde o qué se yo, pero el caso es que se tomó su tiempo para pelearse con el gran Genzo Wakabayashi. Nunca he visto a estos dos discutir en serio, el Káiser de Alemania es de carácter tranquilo cuando está fuera del campo de juego y rara vez se enoja, es mi padre el que estalla y le reclama cosas a él pero mi tío sabe cómo manejarlo, ya lo he dicho antes, así que sus peleas nunca van muy lejos pero, por lo que supe, la que tuvieron en esta ocasión fue la peor de todas las que mantuvieron en todos los años que llevan de conocerse. Y que yo haya sido el causante no es algo que me haga sentir orgullo.
– Bien, Wakabayashi, por fin conseguiste lo que llevas intentando hacer desde que Daisuke nació: que él te odie por ser un imbécil –soltó el señor Schneider cuando entró a la cocina de mi casa y vio a mi padre ahí.
– Buenos días, Schneider, me da gusto que estés bien –replicó el gran Genzo Wakabayashi, con sarcasmo–. ¿En qué te puedo ayudar, aparte de recibir tus comentarios ácidos sobre la manera en la que trato a mi hijo?
– Podrías empezar por dejar el sarcasmo de lado por una vez en tu vida y comportarte como un adulto –contestó el Káiser de Alemania, mirándolo con severidad–. Eres el padre de Daisuke, no su hermano ni su dueño, ¿es que eres tan egocéntrico que no puedes verlo? Si lo hicieras podrías darte cuenta de que has arruinado las cosas hasta un punto que resultaba ser demasiado extremo hasta para ti, pero siempre que creo que no eres tan idiota, me acabas sorprendiendo.
Auch, hasta a mí me dolió eso. Bueno, no, no es cierto.
– ¿En qué se supone que he arruinado las cosas, Schneider? –cuestionó mi padre, enojado.
– ¿De verdad te lo tengo que decir? –El señor Schneider puso los ojos en blanco–. ¡Abofeteaste a tu hijo por querer seguir sus sueños! Ya esto de por sí es bastante grave pero, por si fuera poco, remataste la faena llamándole entrometida a mi esposa y tachaste a nuestro amigo de traidor. ¿Qué más ases tienes ocultos bajo la manga? Ya lo único que te falta es que engañes a tu esposa mientras está en el hospital cuidando de tu hija enferma.
Auch, golpe bajo. Quiero que Karl Heinz Schneider me enseñe a poner al gran Genzo Wakabayashi en su lugar. ¿Será que cobre mucho por hacerlo?
– Basta, Schneider, estás extralimitándote –lo amenazó el gran Genzo Wakabayashi–. No voy a permitir que sigas insultándome.
– ¿Y qué vas a hacer, eh? –lo confrontó el Káiser de Alemania–. ¿Vas a golpearme, a llamarme entrometido, a tacharme de traidor? He soportado peores cosas, Wakabayashi, pero tú no eres capaz de tolerar la verdad cuando te la dicen de frente.
¡Strike tres, bateador fuera! ¡Cómo me gustaría que hubiera un vídeo sobre esto para verlo una y otra vez! Bueno, ya, me comporto y continúo con esta masacre.
– ¿Decirme que soy un idiota es decir la verdad? –reclamó mi padre, apretando los puños.
– Sí, porque te resistes a ver que estás actuando mal y te niegas a aceptarlo –replicó el señor Schneider–. ¿Cómo es que no puedes darte cuenta de que estás afectando a tu familia con tus caprichos infantiles? Éste no es el mejor momento para que armes una guerra campal contra uno de tus hijos, es cuando más deberían de estar unidos para luchar contra un enemigo en común.
– ¡Ya sé que estoy haciendo mal, Schneider, no me lo tienes que decir! –gritó el gran Genzo Wakabayashi, desesperado–. ¡No tienes que decirme que soy el peor jefe de familia de la historia! ¡Ni mi padre ha cometido tantos errores como yo y mira que nunca fue a verme a mis partidos!
El Káiser de Alemania, que no se esperaba esta reacción, se quedó callado durante algunos momentos mientras miraba a mi padre como si se hubiera vuelto loco. Supongo que no esperaba que el SGGK reconociese tan fácilmente sus errores.
– Bueno, compararte con tu padre ya son palabras mayores –comentó mi tío Karl–. Él nunca se preocupó por tus lesiones y tú sí estás al pendiente de tus hijos.
– Sólo por eso no soy tan malo como él pero sí sé que he cometido errores –bufó el gran Genzo Wakabayashi, apesadumbrado–. Me negaba a admitirlo, me negaba a creer que he sido tan egoísta y malcriado durante tantos años, no quería ver la realidad.
– ¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión? –El señor Schneider se sentó frente a mi padre en la mesa de la cocina, no sin antes ir por un par de cervezas al refrigerador y pasarle una.
– Es muy temprano para beber, Schneider, y tú vas a irte en algún momento al entrenamiento del equipo –lo regañó el gran Genzo Wakabayashi–. ¿O vas a volver a tu costumbre de saltártelos? Te informo que ya no puedes hacer eso si eres el entrenador.
– Me da gusto saber que ya no te sientes tan mal –se mofó mi tío–. No pasará nada si sólo tomo una cerveza; se espera eso del alemán promedio, que vaya a trabajar con una cerveza en el estómago.
– ¿Es en serio? –preguntó mi padre, escéptico–. Llevo muchos años viviendo en Alemania y nunca había escuchado que alguien mencionara esa regla.
– No, no lo es –sonrió el Káiser de Alemania–. Pero no pasará nada si me tomo una y tú la necesitas.
– Supongo que no habrá problema si sólo es una –aceptó mi padre, destapando su cerveza y dándole un largo trago–. ¿En qué estábamos?
– En que ibas a decirme qué fue lo que te hizo abrir los ojos con respecto a lo mucho que apesta tu actitud –contestó el entrenador Schneider.
– Hablé con Catrina anoche –explicó mi señor padre, con la mirada perdida–. Y ella me ha hecho ver una gran verdad: que le he fallado a mi familia. No he sabido ser el líder que se suponía que debía ser ni tampoco el padre comprensivo que mis hijos esperan que sea.
– No seas tan duro contigo mismo –lo consoló el Káiser de Alemania–. Sí has sido un buen jefe de familia la mayor parte del tiempo, sólo patinaste un poco con el asunto de Daisuke. Y en general creo que has apoyado mucho a tus otros tres hijos, sólo has perdido el control con él. Que por cierto tengo que admitir que hay que ser un santo para soportar la altanería de ese niño, salió igual a ti.
– ¿Qué es esto, Schneider, un "odio suave"? –cuestionó el gran Genzo Wakabayashi, confundido–. Primero me sueltas mis verdades y después me dices que no soy tan mal padre.
– Yo diría más bien que es un "amor duro" –se rio mi tío Karl–. Sólo estoy siendo objetivo, pero sigue contándome qué más te dijo Catrina.
– Que, tal y como has dicho, le he fallado mucho a Daisuke –continuó mi padre, jugueteando con su botella de cerveza–. Ella me planteó una cuestión que me impactó más de lo que hubiese querido: si Aremy muriera mañana, ella se iría creyendo que tuvo un padre que la quería y la apoyaba, pero si Daisuke falleciese mañana, ¿qué pensaría él sobre mí?
– Ése fue un golpe duro –admitió el señor Schneider, tras un largo instante de silencio.
– Así es –suspiró el gran Genzo Wakabayashi–. Porque, analizándolo fríamente, Daisuke no pensaría sobre mí lo mismo que pensaría su hermana. Y no tienes una idea de lo mucho que eso hizo decaer mi moral. Tal y como Catrina me dijo: estoy en riesgo de perder a uno de mis hijos y no es Aremy; no puedo creer que no haya querido verlo antes…
– Oye, todavía estás a tiempo de corregir esa situación. –El Káiser de Alemania le dio una palmada en el hombro.- No todo está perdido entre Daisuke y tú.
– ¿Crees que será capaz de perdonarme ese golpe? –preguntó mi padre, dubitativo.
– Confía un poco en tu hijo, es más comprensivo de lo que tú crees –le respondió el señor Schneider–. Pareciera que es muy rencoroso pero en el fondo tiene buen corazón. Y eso lo sacó de ti.
El gran Genzo Wakabayashi sonrió antes de levantar su cerveza para chocarla con la del Káiser de Alemania, en una manera burda de agradecerle su extraña y bipolar ayuda. Aún así, corregir las cosas entre mi papá y yo no iba a resultar tan sencillo, pero que él se diera cuenta de que había actuado mal ya era un comienzo.
Lo dicho: Karl Heinz Schneider sabe bien cómo controlar a mi padre.
