Capítulo 41. La luz al final del túnel.

Algo que mi madre suele decir muy seguido, cuando está a punto de resolver un problema que le ha causado mucho estrés, es que "está por ver la luz al final del túnel", dando entender que por fin puede darse un respiro. Pues bien, así me sentía yo en estos momentos, como si al final de la negrura que se dejó venir sobre mí comenzase a verse un poquito de luz. Sólo espero que esa luz no sea la de un tren viniendo a toda velocidad hacia mí con la intención de hacerme puré.

Cuando llegué a mi casa tenía la sensación de que se me había acabado la cuota de buena suerte para el resto del día, o del año, pues conseguir que mi hermano grabara a Kentin ya era algo sumamente milagroso que seguramente ocupó la ayuda de todos los dioses habidos y por haber (ya saben, Alá, Buda, Jesucristo, Vishnú, Thor, Ironman, el Capitán América, Batman, Robin y todos esos), pero resulta que me estaba esperando una sorpresa mucho más grande: ¡Mi hermana había salido del hospital! Pero antes de hablar de este reencuentro en el que hubo más lágrimas que en el peor culebrón telenovelesco hecho en México, he de contar una pequeña escena que hubo entre mis padres, un último round para el gran Genzo Wakabayashi a quien, como dice el dicho, "le estaba lloviendo sobre mojado".

Resulta pues que la doctora Del Valle y Aremy llegaron a mi casa alrededor de las tres de la tarde, poco después de que el Káiser de Alemania apaleara a mi padre, una vez más, con sus palabras. De hecho, su llegada fue tan imprevista que los interrumpió a los otros dos, quienes tuvieron que cortar su batalla campal para ir a recibir a las recién llegadas. Cuando la ambulancia entró en el camino que conduce a la entrada principal de nuestra pequeña, pequeñísima casa (por si no se notó, estaba siendo sarcástico), el gran Genzo Wakabayashi se puso de pie con un salto, como si le hubieran echado polvos pica-pica en el trasero, y se fue corriendo hacia la entrada. Mi tío Karl se acabó primero su cerveza antes de seguirlo, dando por hecho una cuestión que mi padre tardó un poco más en comprender.

– ¿Han llamado a la ambulancia por alguna razón, Mine? –le preguntó el gran Genzo Wakabayashi a nuestra eficientísima ama de llaves, o lo que sea que sea Mine, cuando se la topó en el vestíbulo.

– No, señor –negó ella–. Estaba por preguntarle si usted la estaba esperando.

– Eso sólo puede significar una cosa, Wakabayashi –señaló el Káiser de Alemania, como quien señala la cosa más obvia del mundo.

Sí que era bastante obvio, pero nadie puede culpar a mi padre por ser tan escéptico, ¿cierto? Digo, yo tampoco creería nada hasta no verlo de frente, después uno se lleva muchas desilusiones. En fin, el caso es que la ambulancia sólo traía la torreta encendida, más no la sirena, lo que significaba que no llevaba un paciente de gravedad ni tampoco estaba en mi casa por una situación de urgencia. Mientras el vehículo se estacionaba en la entrada, mi padre le ordenó a la servidumbre que prepararan el cuarto de Aremy, a lo que Mine respondió que éste estaba listo desde hacía días, a la espera del regreso de la señorita. Dice Mine que el gran Genzo Wakabayashi la miró con tal gratitud que se preguntó si él no estaría enfermo o algo, pues él rara vez era así de expresivo. En ese momento se abrió la puerta de la ambulancia y a través de ella descendió mi madre, radiante, feliz y rejuvenecida, lo cual era sorprendente considerando de dónde venía. Dice el señor Schneider que la doctora Del Valle aspiró profundo, miró a su alrededor con emoción y después los miró a ellos, primero a mi padre y luego a él, tras lo cual les sonrió.

– Ya volvimos –anunció mi madre, como si Aremy y ella sólo hubieran ido a la tienda–. ¡Qué bueno es estar de regreso en casa!

– Lo mismo digo, mamá –dijo Aremy, detrás de ella, desde la camilla que los paramédicos estaban sacando del vehículo.

El gran Genzo Wakabayashi corrió hacia ambas, abrazando a su esposa con un brazo y agarrando la mano de su hija con su mano disponible. No fue más que un breve momento pero fue suficiente para hacerles entender que ambas eran bienvenidas. La doctora Del Valle se vio obligada a soltar a mi padre para ir con los paramédicos y recordarles en dónde quedaba la habitación de mi hermana; el gran Genzo Wakabayashi y el Káiser de Alemania las siguieron y los siguientes minutos los pasaron ayudando a Aremy a pasar a su cama, tras lo cual los paramédicos y el señor Schneider decidieron retirarse.

– Luego hablamos, Wakabayashi –se despidió mi tío Karl –. Necesitas pasar tiempo a solas con tu mujer, tienen muchas cosas por contarse.

– Ni me digas –masculló mi padre, haciendo una mueca.

Parecía ser que mi mamá pensaba lo mismo, pues le lanzó al gran Genzo Wakabayashi una mirada que revelaba que ya estaba enterada de toooodo lo que pasó con nosotros durante su ausencia. No sé qué habrá pensado mi padre en ese momento, pero yo me habría muerto de miedo. En cualquier caso, ambos tuvieron que esperar a que mi tía Bárbara apareciera para hacerse cargo de Aremy; la señora Kaltz, por cierto, ignoró al gran Genzo Wakabayashi por completo, dirigiéndose exclusivamente a la doctora Del Valle. Si a ésta le faltaba un detalle para saber que algo había pasado durante su ausencia, la actitud de mi tía Bárbara se lo estaba diciendo todo. Cuando al fin Aremy quedó instalada bajo el cuidado de la mamá de Adler y Mina, mis padres se dirigieron a su dormitorio, quizás porque era la zona neutral más cercana y menos vigilada en ese momento (quisiera creer que fue por eso y no porque tuviesen pensado hacer cosas asquerosas, guácala). Dice mi madre que ella se dejó caer en la cama, con un suspiro de satisfacción, mientras mi padre tomaba asiento en su sillón; eso, dijo ella, le hizo saber que él estaba tenso y/o nervioso por algo, cosa que la sorprendió.

– Odio como suenan estas palabras, Gen, pero tenemos que hablar –comenzó la doctora Del Valle, aún echada sobre la cama.

– Supongo que ya estás enterada de que algo ocurrió durante tu ausencia –suspiró el gran Genzo Wakabayashi.

– Algo hay de eso, sí –admitió mi mamá, sentándose para mirarlo mejor–, pero no sé todos los detalles así que agradecería que me relataras qué sucedió, amor mío.

– No sé si preocuparme o no por el hecho de que me llames "amor mío" –replicó mi padre, haciendo un gesto malicioso–. Bien sé que sólo eres melosa cuando quieres ser condescendiente. De acuerdo, he sido un pésimo padre así que cualquier cosa que me digas me la tendré bien merecida.

– Cuéntame todo primero –pidió la doctora Lily–. No omitas nada, ni siquiera lo que consideres que no tiene importancia.

El gran Genzo Wakabayashi procedió entonces a decirle lo ocurrido entre nosotros por culpa de la dichosa convocatoria para jugar con Alemania, con cachetada incluida. Digo, a estas alturas considero que ese golpe no fue para tanto, ni siquiera me dejó moretón, pero creo que el problema estaba en el hecho en sí y no en la bofetada como tal. Muchos años después, mi padre le revelaría a Jazmín que en ese momento sintió como si estuviera confesándose ante un sacerdote católico, aun cuando él nunca en su vida se ha confesado con un sacerdote católico, o como si estuviera en un juicio en donde su juez era al mismo tiempo su verdugo, y que comenzó a sentirse cada vez más incómodo conforme iba hablando y veía que la doctora Del Valle fruncía el ceño. Es ampliamente conocido que el gran Genzo Wakabayashi es un hombre engreído y altanero que rara vez reconoce que ha cometido un error, pero en ese momento la lista de sus errores era grave y grande por lo que le resultaba imposible seguir manteniendo su altanería y egocentrismo, sobre todo si la que lo juzgaba era el amor de su vida. En cualquier caso, mi padre nunca ha sido una persona que se amilane por estas cuestiones así que decidió que no le ocultaría nada a la doctora, por más vergüenza que le causara.

– Sé que estás enojada, no tienes qué decírmelo –comentó mi papá, tras el largo instante de silencio que siguió a su confesión–. Te conozco desde hace años como para saberlo aunque no me lo digas, Yuri.

– Bien, qué bueno que lo sepas –resopló mi madre–. No sé ni siquiera por dónde empezar, lo único que tenías que hacer era cuidar de nuestros otros hijos mientras yo me hacía cargo de Aremy y pareciera que te encargué que te pelearas a muerte con Daisuke. Aunque es culpa mía, debí de haber previsto que algo así sucedería, debí haber pensado en pedirle a alguien más que los vigilara.

El gran Genzo Wakabayashi se quedó callado, pero por su expresión la doctora Del Valle supo que lo había herido. Ninguno dijo nada durante mucho tiempo, que bien pudo haber sido media hora o sólo cinco segundos, pero ese silencio dijo más que cualquier palabra que ellos hubieran podido pronunciar.

– Lo siento, no debí haber dicho eso –se disculpó mamá–. Siempre te digo que debes actuar como padre de Daisuke y no como su hermano, y yo acabo de hablarte como si fueras mi hijo en vez de mi esposo, discúlpame.

– No dijiste nada que no me mereciera –reconoció mi padre–. Perdí el control, lo admito, sé que fallé en la labor que me correspondía como parte del equipo que somos, pero no creas que no estoy dispuesto a corregir esos errores y hablo sobre todo del golpe que le di a Daisuke.

– ¿Te has disculpado con él por eso? –preguntó mi madre.

– No todavía, pero planeo hacerlo –replicó el gran Genzo Wakabayashi.

– Muy bien. Particularmente estoy en contra de aplicar castigos corporales a los niños a tontas y a locas, pero sabes que creo que un chingadazo dado en el momento correcto evitará que un niño se convierta en un tirano –comentó la doctora Lily, mezclando el español con el alemán como era su costumbre cuando estaba enojada y/o alterada–. Pero lo que hiciste con Daisuke, bueno, eso no fue una corrección de ningún género, fue un descargo por parte tuya, Wakabayashi, uno muy fuera de lugar. Sin embargo, el que tú mismo lo reconozcas y quieras enmendarlo me hace sentir orgullo y alivio a partes iguales.

– Dijiste que dejarías de tratarme como si fuera otro de tus hijos, doctora. –Mi padre le sonrió a medias.

– Realmente no hay mucha diferencia entre tener un marido y un hijo. –Mi madre se encogió de hombros y le sonrió también.

La doctora se sentó en el borde de la cama y le extendió la mano al gran Genzo Wakabayashi, quien la tomó y se sentó después junto a ella. Los dos se quedaron mirando al frente, tomados de la mano.

– Me gustaría de verdad que Daisuke entendiera que si lo presiono tanto a seguir mi camino es porque ya sé que es efectivo y quiero ahorrarle problemas –comentó mi padre, después de un rato–. Sé que suena a pretexto pero es verdad.

– Ay, Gen, ¿te das cuenta de lo muy equivocadas que están tus palabras? –preguntó mi mamá, recargando su cabeza en el hombro de él.

– Empiezo a notarlo pero sigue sin quedarme del todo claro –reconoció el gran Genzo Wakabayashi–. Porque no creo estar tan errado en lo que digo.

– Claro que lo estás –refutó la doctora Del Valle–. Nosotros no somos los dueños de nuestros hijos Gen, los trajimos al mundo porque quisimos formar una familia pero eso de ninguna manera nos convierte en sus amos y señores, sólo somos los encargados de velar por ellos, de protegerlos y de guiarlos para que tengan un buen futuro. Eso, por supuesto, tampoco nos da derecho de obligarlos a seguir el camino que creemos que es el correcto, no podemos hacer más que educarlos, enseñarles lo que sabemos y confiar en que al final elegirán bien, después de todo son individuos con personalidad propia.

– Sé que me lo has dicho muchas veces, pero mi cabeza es tan hueca que no logro aceptarlo –replicó mi padre, con cierta burla hacia su persona–. Pero creo que estoy empezando a comprenderlo al fin.

– Dice el dicho que más vale tarde que nunca. –Mi mamá le siguió el juego–. Y no puedo culparte en verdad, lo estás haciendo muy bien, aunque no lo creas.

– Considerando que mi ejemplo de cómo ser un padre se resume a cumplir todos los caprichos de los hijos una vez al año, supongo que sí lo estoy haciendo mejor –replicó el gran Genzo Wakabayashi.

Como chisme caliente les contaré que, cuando mi padre era niño, el señor que dicen que es mi abuelo le concedía todos sus caprichos el día de su cumpleaños, por muy escandalosos o exagerados que fueran (dato cien por ciento real, no fake, dos troyanos y un link MEGA); cuando el gran Genzo Wakabayashi creció y tuvo sus propios hijos se le ocurrió la grandiosa idea de hacer lo mismo con ellos, es decir, que él quería concedernos todos nuestros caprichos en nuestros cumpleaños pero la doctora Del Valle decidió sacar a relucir su faceta de madre responsable y le dijo que no estaba de acuerdo y que no lo aceptaría, porque eso sólo nos haría crecer como niños ricos maleducados y malcriados (ay, ni es para tanto). No me explico cómo fue que mi papá se dejó convencer, pero se retractó de su idea y vetó para nosotros esa posibilidad. Todavía lloro por eso, ¿se imaginan lo que sería que te cumplieran todos tus deseos más locos en tu cumpleaños? ¡Podría haber pedido un T-Rex de mascota! Okey, eso no, ¡pero podría haber pedido un automóvil Ferrari o un Lamborghini a los dieciséis años! Hello darkness, my old friend! Bueno, pues ya qué, secaré mis lágrimas y seguiré con mi narración.

– Participas en su educación mucho más de lo que lo hizo tu padre contigo –señaló la doctora Del Valle–. Y, a diferencia de él, sabes reconocer cuando te equivocas. No creo que haya un padre en el mundo que sea perfecto, todos cometemos nuestros errores porque, desgraciadamente, no hay una "escuela para padres" ni un manual así que todo se nos va en ensayo y error, pero el que quieras corregir lo que has hecho mal es un gran avance.

– Nunca fui de los que pensaban que pudiera haber errores sin solución, hasta que me convertí en padre –suspiró el gran Genzo Wakabayashi–. Ahora sé que criar hijos es peor que jugar lesionado una final con dos jugadores menos en tu equipo.

– Y con un árbitro ciego –añadió mi madre, echándose a reír–. Es curioso que cuando llegas a un punto en el que sientes que lo sabes todo y que tienes tu vida bajo control, la vida decide enviarte un hijo para darte una lección, por bocón y confiado.

Ay, vamos, que no es para tanto, si mis hermanos y yo somo unos panes de dios, ¿a poco no? Además, se supone que los hijos somos la alegría de los padres y demás cosas, no sé por qué se quejan tanto, si somos tan tranquilos. No sé, algo me dice que en un futuro a mí también me dará la vida una lección por andar de hocicón.

– Podría ser peor –comentó el gran Genzo Wakabayashi, como respuesta a lo que dijo mi mamá–. Podríamos haber tenido tres hijos como Mijael.

– Ése sería un castigo demasiado grande –replicó la doctora Del Valle–. Adoro a Mijael pero si ya es difícil batallar con uno, no me imagino con tres como él. ¿Cuándo vas a hablar con Daisuke?

– Quiero hacerlo lo más pronto posible –respondió mi padre–. Sé que en estos momentos está en exámenes finales y que no debería de molestarlo, pero también es cierto que si está bien preparado no le afectará lo que le diga.

– Otra vez lo estás tratando como si fueras tú y no él –suspiró mi madre–. No se te olvide que anda con mucho estrés encima en estos momentos.

– ¿Entonces hasta cuándo debería de esperar? –cuestionó el gran Genzo Wakabayashi–. Si dejo pasar más tiempo me será más difícil hacer un buen control de daños.

– Ahí sí te doy la razón –concedió la doctora–. Pero déjame hablar primero con él para tantear terreno, dependiendo de cómo lo vea te diré si es buena idea que charles ahora con él o si te esperas un poco.

– De acuerdo. –Mi padre le dio un beso en la cabeza a mi madre–. No sabes lo mucho que me alegra tenerte de vuelta, te eché mucho de menos, Yuri.

– ¿A mí o a mi capacidad de arreglar los problemas entre Daisuke y tú? –cuestionó mi madre, con suspicacia.

– Ambas cosas –se sinceró el gran Genzo Wakabayashi–. Pero echo menos eso porque también forma parte de ti.

Ella pareció conmoverse por esta cursi, cursísima, melosa y asquerosa declaración de amor por parte de mi padre así que lo besó. Y se abrazaron e hicieron otras cosas de las que no quiero hablar y que no importan para nada, asco no, qué horror, pero el caso es que, rato después, mi madre le dijo a mi padre que no sólo debía arreglar las cosas conmigo sino también con los demás a los que ofendió.

(Mi mamá jura y perjura que ella y papá no hicieron más que abrazarse y besarse. Yo no sé nada ni me importa saberlo)

– Por cierto que mi regaño no ha terminado, Wakabayashi –le dijo la doctora Del Valle, después de un rato–. Pelearte con nuestro hijo no fue lo único que hiciste durante mi ausencia, ¿cierto?

– Ya veo que te mantuvieron bien informada –suspiró el gran Genzo Wakabayashi–. ¿Fue Elieth quien te lo contó?

– No, fue Catrina –repuso mi madre–. Ella me informó de lo que estaba ocurriendo aquí en cuanto me confirmaron que Aremy estaba mejorando y que sería dada de alta. Siempre me ha sorprendido la capacidad de Catrina para inferir cuándo mejorará nuestra hija, nunca me ha molestado cuando Aremy ha estado más enferma.

– Es una mujer con mucha sensibilidad y empatía –dijo mi papá, cuyo respeto y estima por mi madrina eran muy altos y por lo mismo no se molestó con ella por haberle ido con el chisme a mamá–. ¿Qué tanto te dijo?

– Que los insultaste a todos por igual cuando intentaron poner orden entre Daisuke y tú –aclaró la doctora Del Valle–. Le pregunté a Elieth qué tanto era verdad y, por lo que pude inferir, ella está muy dolida, al igual que Babs, y Hermann se siente traicionado. Y no es para menos, Gen, te dedicaste a decirle a la gente que nos ha ayudado en estos momentos que no debe de meterse en lo que no le importa o, en el caso de Kaltz, a decirle que te traicionó. En serio, amor mío, ¿qué carajos te pasó?

– Ya te dije que perdí el control –gruñó el gran Genzo Wakabayashi, apenado–. No estoy orgulloso de eso pero es la verdad. Creo que me molestó tanto que Daisuke no hubiese tenido la confianza de decirme las cosas que volví a ser el de antes, el que todo lo obtenía cuando quería y como lo quería. Ahora que lo hablo contigo, estoy dándome cuenta de que en realidad estaba enojado conmigo mismo por haber llegado al extremo de que mi hijo prefiera ocultarme la verdad por temor a mi reacción. No quería ser ese tipo de padre pero lo acabé siendo y me descargué con quien no debía, sé que estuvo mal aunque no debes preocuparte, estoy consciente de que les debo más que una disculpa a nuestros amigos.

– Me parece bien que te des cuenta de lo que hiciste mal y que quieras corregirlo –sonrió mi madre–. Creo que deberías de empezar por ahí: primero arregla los problemas con los adultos mientras yo hablo con Daisuke y ya dependiendo de cómo vea a nuestro hijo planearemos cuándo aclararás las cosas con él. Así, si nuestro hijo decide fugarse, estaremos seguros de que nuestros amigos no lo ayudarán a hacerlo.

– ¿Los crees capaz? –preguntó el gran Genzo Wakabayashi, con duda.

– Oh, sí, ten por seguro que Elieth le dará dinero y Bárbara le abrirá la puerta –respondió la doctora, echándose a reír–. Hermann será el único que intentará detenerlas pero no podrá hacer mucho contra esas dos.

– Sí, tienes razón. –Mi papá también se rio, aunque después se puso serio –. Y ahora que me has dado el regaño que merecía dime con honestidad: ¿Cómo está realmente el estado de salud de Aremy?

Bueno, que mi madre no tenía noticias alentadoras con respecto a mi hermana. Si bien su infección de la orina se controló bien y sin mucho problema, sus defensas seguían disminuyendo a pasos agigantados. Jean Lacoste le volvió a confirmar a la doctora Del Valle que la quimioterapia seguía sin funcionar como debería y que estaban acercándose al punto de no retorno, es decir, al momento en el que sería necesario aplicar medidas bien desesperadas para salvar la vida de Aremy. No era un pronóstico alentador, había que decirlo.

– No todo está perdido, ¿no es cierto? –declaró el gran Genzo Wakabayashi, cuando mi madre le expuso la situación–. Por lo que sé, todavía tenemos un as bajo la manga.

– ¿Ah, sí? –La doctora Del Valle lo miró con sorpresa–. ¿Y cuál es ése?

– El trasplante de médula espinal –respondió mi padre, guiñando un ojo con una sonrisa confiada–. No sé mucho de medicina pero sí entendí que ésa es nuestra última arma, una que puede ser muy efectiva si se usa al donador adecuado. Sé también que ése no seré yo, pero confío en que alguno de nuestros hijos sí lo sea. Mientras tengamos esta opción, podemos seguir manteniendo la esperanza.

La doctora Del Valle miró al que había sido su marido durante tantos años, como tratando de adivinar si bromeaba o si estaba siendo sarcástico. No era ninguna de las dos cosas, así era mi padre y ella lo sabía, ya he dicho muchas veces que ésa es una de sus mejores (y escasas) cualidades. Súbitamente, mi madre se le echó al cuello y lo abrazó con mucha fuerza.

– Es médula ósea, no espinal –lo corrigió la doctora–. Tú también me hiciste mucha falta, Gen, siempre he envidiado mucho tu optimismo, eché mucho de menos tu capacidad para tener esperanza aún bajo el panorama más sombrío.

– Eso ya lo sé –replicó el gran Genzo Wakabayashi, abrazándola–. Mi papel es mantener bajos los niveles de pesimismo y al menos ése sí lo sé desempeñar bien.

Bueno, eres más o menos bueno en eso, papá, porque si nos ponemos a hablar de la posible muerte de Aremy tú podrías ser el más afectado, pero te lo dejaré pasar.

– Por cierto, antes de que lo olvide: asegúrate de decirle a Daisuke que lo quieres –añadió la doctora Del Valle–. Que siempre lo has querido y que siempre lo harás sin importar lo que suceda.

– ¿Consideras que es necesario que lo haga? –se sorprendió mi padre, muy incómodo por la idea de tener que expresar sus sentimientos–. ¿No es algo que Daisuke sabe ya?

– Aunque no lo creas, es probable que él no esté muy consciente de eso –explicó la doctora–. Todo mundo sabe que tu madre te ama incondicionalmente aún si ella no te lo dice, pero en el caso de un padre sí es necesario que él lo exprese en voz alta porque por cuestión social se suele creer que no es verdad.

– Entiendo –asintió el gran Genzo Wakabayashi, después de razonarlo un momento–. Permíteme decirte, doctora, que eres una mujer muy sabia.

– Gracias, me agrada que lo reconozcas –replicó ella, con falsa altanería–. Por eso es que te casaste conmigo.

Sí, mamá, estoy de acuerdo contigo, sé que tú me amas aunque no me lo digas, pero en el caso de mi padre si no me lo dice pensaría que me quiere, pero matar. En fin, que todo esto tuvo lugar mientras mis hermanos y yo regresábamos a casa, de manera que cuando al fin llegamos lo primero que vimos fue a nuestra madre, quien nos esperaba con los brazos abiertos en la entrada. Como era de esperarse, Jazmín, Benji y yo nos echamos a correr y la abrazamos con mucha fuerza, como si se hubiese ido tres siglos en vez de tres días (¿O fueron cuatro? Ya ni me acuerdo). Mamá nos besó a los tres y nos preguntó cómo nos había ido en la escuela, pero nosotros sólo deseábamos saber una cosa.

– Ya habrá tiempo para decirte esas cosas sin importancia –protesté, sin dejar que mis hermanos hablaran–. ¡Queremos saber cómo está Are! ¿Ya volvió a casa?

– Bueno, no estaría aquí si ella no hubiese regresado. –Mi mamá sonrió–. Podrán verla más tarde, cuando haya descansado un poco.

– ¿Y de verdad está bien, mamá? –preguntó Jazmín, externando lo que cada uno de nosotros temía–. ¿No la dieron de alta por… pues, eh…?

"Porque ya se está muriendo…".

– No, querida, ella está bien –contestó la doctora, sinceramente–. No debes preocuparte por eso.

Sólo Ichimei, el atolondrado, estaba extrañamente callado, quién sabe por qué. Se notaba que tenía ganas de preguntar muchas cosas, pero por alguna razón que sólo él sabe, se las calló. Debí de haberme dado cuenta de que ésa era otra señal de alarma, aunque en ese momento le atribuí su silencio a su personalidad, más tranquila que la mía. No sé, quizás si no hubiera tenido catorce años y fuera menos idiota, me habría dado cuenta de que mi hermano estaba luchando una batalla contra sí mismo.

Una vez que nos tranquilizamos, mamá nos informó que podríamos pasar a ver a Aremy uno por uno, no los tres a la vez, para evitar cansarla pues seguía estando muy delicada. Benji de inmediato dijo que él quería ser el primero y Jaz y yo accedimos a ello, pues después de todo él era su gemelo. Yo fui el último en pasar, creo que porque temía que Are descubriera que me había peleado a muerte con cuchillos con papá, o quizás fue porque Jazmín había acordado ayudar a Mijael con su tarea, qué más da, el caso es que cuando pude entrar a ver a mi hermanita me tuve que contener las ganas de abrazarla con todas mis fuerzas.

(Dato nerd del día que a nadie le importa: la suma de todas las fuerzas es igual a cero, así que si quería abrazar a Are con todas mis fuerzas no le habría pasado nada, porque no tendría fuerzas, jaja. Sí, ya sé que esto fue muy nerd, por eso nadie me quiere).

– Hola, Dai.- me saludó Aremy, sentada a mitad de su cama como niña buena. Traía puesto un camisón blanco que, tristemente, meses antes le quedaba chico y ahora se le veía muy grande–. Te extrañé mucho.

Ella estiró los brazos hacia mí y yo me apresuré a abrazarla con mucho cuidado; no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas, ¡vaya que la había extrañado! Siempre dicen que los hombres no debemos llorar y que debemos comportarnos como lo que somos pero no sé quién carajos sacó esa idea, la verdad es que a nosotros también nos duelen las cosas y nos gustaría que no se nos juzgara por una idiotez como ésa. Sin embargo, me aguanté las lágrimas en esa ocasión debido a que no quería asustar a mi hermana con mi sentimentalismo barato, sobre todo porque, a pesar de que estaba mucho más flaca, se veía más segura que antes de irse. Lo único que sí me extrañó un poco fue que no traía puesta la primera peluca que se le hizo con el pelo de mamá sino la segunda, la que tenía de repuesto, y me pregunté qué habría pasado con la otra.

– Yo también te extrañé –afirmó Are, acariciando su peluche de pollo–. A ti, a papá, a Benji y a Jaz, pero también a mi casa, a mi habitación, a mi cama, a mis cosas. Es tonto, ¿no?

– No, no lo es –repliqué; si yo tuviera que irme al hospital durante varios días también extrañaría mucho mi hogar–. Pero ya estás de vuelta, pequeña.

– Sí, y no sabes lo feliz que me hace –suspiró mi hermana. Yo temí que ella agregara algo como que temió no volver jamás pero no lo hizo, cosa que me sorprendió un poco–. Es lindo volver a tus olores.

– ¿A tus olores? –pregunté, tras reírme–. ¿De qué hablas?

– De que un hospital siempre huele raro, a medicina, alcohol y muerte –contestó Aremy, con total tranquilidad al pronunciar la palabra "muerte"–, pero aquí en casa huele a lo que debería de oler una casa: flores, comida, sábanas aromatizadas y libros.

– Y balones de fútbol –añadí, lo que hizo que ella riera.

– Eso no tiene aroma –negó Are, aunque lo pensó un poco y después se corrigió–: Bueno, no, no es cierto, los nuevos huelen a plástico y los usados a pasto y tierra. Hasta eso extrañé, ¿sabes? Hace mucho que no los veo entrenar a papá y a ti.

Gulp, momento incómodo del día. ¿Cómo te digo esto, querida hermanita? ¿Cómo te digo que las relaciones entre nuestro padre y yo son más tensas que las de el gran Genzo Wakabayashi y Kojiro Hyuga, que las del gran Genzo Wakabayashi y Ken Wakashimazu, que las del gran Genzo Wakabayashi consigo mismo, que las de Messi y Cretino Ronaldo, que las de Ken Wakashimazu y un cepillo? Bueno, la idea se entiende pero es difícil explicársela a mi hermana menor, que está enferma de un cáncer muy avanzado. ¿Qué hacer? ¿Debía decirle la verdad o echarle una hermosa mentira? Válgame, que ahora entiendo a los adultos, qué horror.

– Y creo que faltará rato para eso –repuse, con toda la calma que pude.- Digo, todavía no puedes salir de aquí.

– Lo sé, pero Benji podría grabarlos o podrían entrenar en la parte del jardín que está bajo mi balcón –insistió Aremy–. ¿Crees que sería mucha molestia?

– No, pero… –me atraganté con mi saliva. ¿Y ahora qué le digo?

– ¿Pero? –preguntó ella–. No me digas que te volviste a pelear con papá.

– ¿Por qué lo dices? –pregunté, saltando como si me hubieran echado polvo pica-pica en los hue…sos.

– Porque nunca te has negado a hacer algo que te pido y en este momento estás dándole muchas vueltas –suspiró Aremy, con aires de persona mayor–. ¿Y ahora qué pasó?

– Ey, no preguntes como si me peleara con papá todo el tiempo –repliqué, algo dolido, aunque después tuve que reconocer que ella tenía razón–. Okey, sí, me peleo con papá todo el tiempo pero esta vez juro que no fue mi culpa.

Con toda la pena y el dolor de mi corazón le relaté a mi hermana lo sucedido, desde que recibí la convocatoria de Japón hasta la visita del señor Margus, acabando con el correo de voz de éste. Aremy se emocionó mucho con las convocatorias y me felicitó con todo el entusiasmo del que fue capaz, pero no comprendió el por qué fui tan imbécil de ocultarle estas cosas a nuestro padre.

– Es normal que papá esté enojado contigo: ¡le escondiste algo muy importante! –me regañó mi hermanita de once años–. ¿Por qué lo hiciste? Te habrías ahorrado muchos problemas de habérselo dicho a tiempo.

– Ay, como si tú no le ocultaras cosas a mamá para evitar que te llame la atención –protesté, como el inmaduro que soy–. ¡No es tan fácil como parece, papá de cualquier manera se habría enojado mucho!

– Papá no es tan malo como crees –replicó Aremy.

– Eso lo dices porque eres su consentida y a ti te deja pasar todo –insistí–. Es diferente cuando se trata de mí.

– Puede ser, pero si se lo hubieras dicho la culpa habría sido totalmente de él. –Aremy se encogió de hombros–. Como le escondiste las cosas pues tú también tienes parte de culpa.

Sabes que eres un idiota cuando hasta tu hermana menor te regaña, ¿cierto? En fin, que no supe qué responderle así que cerré mi bocota. Aremy también se quedó callada por un ratito y cuando volvió a hablar cambió de tema, lo cual a mí me causó cierto alivio.

– ¿Sabes? Conocí a una niña en el hospital, una que también está enferma pero de un cáncer diferente –me dijo Are, como si estuviese contándome una anécdota escolar.

– ¿De verdad? –me asombré, aunque no sé por qué si en el hospital debe de haber un montón de niños enfermos–. ¿Cómo se llama?

– Se llama Amelia y tiene cáncer en un hueso de la pierna –explicó mi hermana, señalándome su propia pierna–. La internaron porque la iban a operar para quitarle ese cáncer y fue mi compañera de habitación. Nos hicimos amigas aunque ella es mucho más chica que yo, apenas tiene nueve años.

Querida Are, tú tienes once, no te sientas tan mayor.

– ¿Y qué te contó Amelia? –pregunté, con curiosidad–. Porque supongo que hablaron mucho.

– Pues ella tenía mucho miedo –respondió Aremy–. Le dijeron que tiene cáncer hace un mes y estaba muy asustada. Tiene miedo de morirse, igual que yo.

– Tú no te vas a morir –le dije inmediatamente, más asustado de lo que quería–. Y ella tampoco.

– Es lo que le dije, aunque yo misma no me lo creyera –continuó mi hermana–. Le dije que tenía que ser valiente para superar su cáncer, que el miedo no la iba a llevar a nada bueno. ¿Sabes, Dai? Toda mi vida he tenido a alguien que cuide de mí, pero en ese momento me di cuenta de que había alguien más chica que yo que tenía más miedo que yo. Siempre he tenido a alguien que me proteja, ya sea mamá o papá, Jazmín o tú, hasta Benji me cuida también, pero cuando estuve en el hospital yo era la mayor y no había nadie más que pudiera cuidar de Amelia, si no lo hacía yo nadie más lo haría. Y es que ella no tiene hermanos y sus papás trabajan mucho porque no tienen dinero, así que pasaba mucho rato sola, ¿sabes? Era muy triste.

– Ajá –dije. No quería interrumpirla así que no agregué otra cosa.

– Era triste porque yo tengo a mucha gente que se preocupa por mí pero Amelia no tenía a nadie –suspiró Aremy–. Me di cuenta de que había niñas peores que yo, ¡sus papás no tienen dinero para comprarle una peluca! Esto me lo contó una vez que le cepillé el cabello y Amelia me dijo que se iba a quedar calva y que tendría que usar un pañuelo porque sus papás no pueden darle una peluca porque están muy caras. Y lloré, ¿sabes? No por mí sino por ella.

Vamos, que hasta a mí se me hizo un nudo en la garganta. Esto está peor que un capítulo de "Lo que callamos los porteros".

– Así que quise hacer algo bonito por ella y no se me ocurrió nada más que regalarle la mía –declaró mi hermana–. Le dije que mi peluca está hecha del pelo de mamá y que se le vería muy bonito el color, que no importaba porque yo tenía otra y no echaría de menos ésa; cuando la mamá de Amelia fue a visitarla y le contó lo que hice, se puso a llorar mucho y me dio las gracias. Yo pensé que mamá me regañaría pero no lo hizo, después me dijo que hice bien y que estaba orgullosa de mí.

– Yo también lo estoy –aseguré, dándole un beso en la frente. ¡Por supuesto que lo estaba!

– Y desde ahí Amelia y yo nos hicimos amigas. –Aremy sonrió–. Todas las noches hablábamos de cosas bonitas, como las caricaturas que nos gustan y lo que comeríamos al salir del hospital; aquí entre nos, ella tiene gustos de niña, ve series que yo ya dejé de ver hace como seis meses, pero me gustaba que hablara de lo que le agrada. Una vez ella me dijo que las noches eran la peor parte del día para ella porque le daba miedo la oscuridad pero que ahora las esperaba con ansias porque así podría hablar conmigo y ya no le daba temor.

¡Ya basta, Freezer! Si esto sigue así me voy a poner a llorar hasta deshidratarme. No me malentiendan, me sentía muy orgulloso de mi hermanita por haber tenido el valor de ayudar a una niña que estaba más asustada que ella, pero también me deprimió darme cuenta de que soy un imbécil que se preocupa por pendejadas. Junto a los problemas de Amelia, los míos parecen líos de niño de preescolar.

– Eres muy valiente, Are –le dije, mientras la abrazaba con fuerza–. Y no sabes lo muy orgulloso que estoy de ti. ¡No dudaste en regalarle tu peluca a una niña que no puede comprar una! Vaya que has madurado, pequeño saltamontes, hace dos meses no habrías ni cedido la mitad de un chocolate.

– Eres un tonto –protestó Aremy, riéndose, mientras me daba un débil golpe con su puño.

Tiempo después, mucho tiempo después, habría de enterarme de que el gran Genzo Wakabayashi acabó costeando el tratamiento completo de Amelia, lo cual no fue barato. Si me enteré fue porque en algún momento coincidí con su madre en algún vuelo que hice y ella me expresó lo muy agradecida que estaría por siempre con mi padre y con mi hermana por lo que hicieron por Amelia.

– Gracias por contarme esto –comenté, después de un rato–. Me ha hecho ver mis problemas desde otra perspectiva.

– ¿Qué es perspectiva? –preguntó ella, cuyo dominio del idioma aún era deficiente; a diferencia de Benji, Aremy nunca ha sido muy aplicada en sus estudios.

– O sea, que me ayudaste a ver la situación desde otro punto de vista –expliqué.

– Me alegra –asintió Aremy–. No me gusta que te pelees con papá, él sólo quiere lo mejor para ti.

– Pfff, sí cómo no –puse los ojos en blanco–. Querrás decir que sólo quiere lo mejor para sí mismo.

– ¿Sabes, Dai? Cuando me ponen la quimio tengo mucho tiempo para pensar, porque mamá no puede entrar conmigo a esa parte así que me quedo sola –replicó Aremy–. Al principio vería series y películas o me ponía a pensar en los chicos que me gustan y en lo mucho que me gustaría ir a un concierto de BTS, pero después me distraje con otras cosas.

¿Qué, a mi hermana le gustan los BTS, es en serio?

– ¿Con qué otras cosas? –pregunté, presintiendo que algo grande se avecinaba.

– Pues he pensado mucho en lo que me dijo la enfermera Hayakawa –respondió mi hermana–. La primera vez que me pusieron la medicina, ella me dijo que mi medicamento era una buena amiga que iba a ayudarme a combatir mi enfermedad, pero que habría días en que me iban a dar ganas de mandarla de paseo muy lejos. Que llegaría a odiarla porque esa amiga me haría sentir muy mal, muy enferma, pero que no se me debía olvidar que todo lo que hacía, lo hacía por ayudarme. Y que así ocurriría también con muchas cosas en mi vida, incluyendo los médicos. Que ellos podrían llegar a hacer cosas que me lastimarían o que me harían sentir mal y que yo no entendería el por qué que a veces me hacían daño cuando se suponía que debían ayudarme, pero que todo lo hacían por mi bien y que nunca debía dudar de eso.

– Bueno, eso es verdad –asentí–. Los médicos, incluyendo a mamá, sólo quieren que te recuperes.

– Lo sé –aceptó Aremy–. La enfermera Azumi también me dijo que pensara en eso cada vez que tenía ganas de vomitar o que me sintiera mal por culpa de mi tratamiento. Y un día, mientras veía el líquido de mi medicina entrar a mi brazo, entendí que así es a veces con nuestros papás y con los adultos en general: aunque no entendamos por qué nos tratan mal o por qué nos obligan a hacer cosas que no queremos, las hacen porque quieren lo mejor para nosotros. Tal vez así es con papá, él sólo quiere lo mejor para ti, estoy segura de que nunca haría algo para hacerte daño, ¿no crees, Dai?

– Tal vez –reconocí, sin saber a dónde me llevaría eso.

– Pero si tú no le dices a papá qué es lo que tú crees que es lo mejor para ti, él seguirá haciendo lo que él cree que es mejor para ti –continuó ella, con un aire de persona mayor que jamás le había visto. A Benji sí, pero no a Aremy–. Papá sólo quiere ayudarte, Dai, pero tienes que poner de tu parte, así como yo pongo de mi parte al no quejarme cuando me ponen mi medicina. La tienes más fácil que yo, sólo es cuestión de que abras la boca y dejes de hacerte el tonto.

Apaguen todo y vámonos, me acaba de poner en mi sitio mi hermana de once años, la niña más caprichosa y berrinchuda que he conocido jamás (bueno, no, Vania Schneider le gana). Supongo que tener una enfermedad mortal a cuestas haría madurar a cualquiera, ¿no? Bueno, no, he escuchado de casos que no mejoran ni con eso o, peor aún, sufren un empeoramiento de carácter, pero parece que a mi hermana la ayudó a madurar un poquito. Y vamos, que tampoco me dijo nada de otro mundo, es algo que yo mismo sé pero que nunca me atreví a poner en práctica. Sin embargo, hay algo muy cierto en sus palabras que no había notado antes: que papá sólo quiere lo mejor para mí, aunque no lo parezca (quizás porque está tan obsesionado con revivir sus glorias pasadas que lo demás pasa inadvertido), al menos sé que sí quiere verme triunfar.

Y, además, hay otro punto importante que no he tomado en cuenta para nada y que también es algo que está en mi contra: si no soy capaz de decirle a mi padre, al gran Genzo Wakabayashi, que no quiero hacer lo que él desea, ¿cómo seré capaz de hacer respetar mis puntos de vista ante alguien más?

– Tienes toda la razón del mundo –le dije a Aremy, dándole un par de golpecitos en la cabeza–. Vaya que creciste estando en el hospital, acabas de darme una buena lección.

– No seas tonto, no pude haber crecido –se rio ella–. Creo que mido lo mismo que antes.

– No hablaba en el sentido físico sino en el mental –repliqué, tocándole la frente con un dedo–. Ayudar a Amelia te volvió fuerte.

– Quizás cuando sea grande me pueda dedicar a ayudar a otros niños –comentó mi hermana con entusiasmo, aunque éste se apagó tan repentinamente como llegó–. Si es que llego, digo.

– Deja de decir que no vas a lograrlo, tienes que mentalizarte a creer que sí lo harás –la regañé–. Es lo primero que nos dice mamá cuando nos enfermamos, que debemos creer en que nuestro cuerpo podrá combatir a los gérmenes y lo mismo es ahora. No quiero escucharte decir que no vas a salir de ésta, no otra vez, ¿de acuerdo?

– De acuerdo –aceptó Are; de alguna manera logré convencerla de que dejara de ser tan pesimista, al menos por el momento–. Todo mundo te lo ha de decir, pero hablas igualito a papá.

Meh, esto lo tengo que admitir, que lo que le dije es algo que fácilmente habría podido salir de la boca del gran Genzo Wakabayashi. En fin, supongo que a veces los genes son más fuertes que otra cosa, ¿qué se le va a hacer? Lo que sí era que seguramente mi padre sí habría creído en sus propias palabras, mientras que yo no estaba seguro de lo que acababa de decirle a mi hermana. Es decir, era cierto que ayudar a Amelia hizo que Aremy madurara un poco, pero era verdad también que su cuerpo no estaba mejorando en ningún aspecto, de hecho estaba más flaca y pálida que antes, como si en el hospital le hubiesen chupado los pocos kilos que tenía. ¿Hasta cuándo se podía seguir manteniendo la esperanza en esta situación?

– ¿Te peleaste muy feo con papá? –quiso saber Aremy, sacándome de mis pensamientos.

– Más o menos –me encogí de hombros; obviamente, no pensaba contarle acerca de la bofetada que él me dio–. Hemos tenido peleas peores, pero no te preocupes por eso, que lo resolveremos.

– Muy bien –asintió mi hermana, y se dejó caer en la cama–. No me gusta verlos enojados.

Vi el reloj de unicornios que mi hermana tenía en la pared y noté que se me estaba haciendo tarde, si no me ponía a estudiar a la de ya no acabaría mis pendientes, así que la besé en la frente y le prometí que volvería a verla en cuanto me dejaran hacerlo. Al salir de su habitación me topé con Erick Levin, quien a todas luces estaba esperando a que yo saliera para poder entrar él.

– ¡Ah! Hola, no esperaba verte por aquí –lo saludé, sorprendido por encontrarlo–. ¿Vienes a ver a Are?

– Sí, tenía que hacerlo –me respondió, mostrándome un paquete que llevaba bajo el brazo–. Le prometí a Aremy que le regalaría otra copia de "Mujercitas" porque la que tiene ya se está deshojando, pero no pude dársela antes de que se fuera al hospital así que vine a traérsela.

– Ya veo. Pudiste habérsela dejado a Jaz o a Benji y ellos se la hubieran entregado –señalé–. No era necesario que vinieras hasta acá.

– Bueno, quizás Are quiera que le lea un rato. –Erick se encogió de hombros–. Le gusta que lo haga y a mí no me molesta en lo más mínimo, además de que así tus papás y los señores Kaltz descansan un rato de cuidarla.

– Nunca te lo he dicho, pero de verdad que te agradezco que te preocupes tanto por mi hermana –comenté–. No creas que no me he dado cuenta de que haces de todo por ayudarla y consolarla, realmente no es tu obligación hacerlo.

– No es una obligación, yo la quiero mucho y haría lo mismo por cualquier amigo mío –replicó Erick, con una sonrisa ligera–. Además, estoy acostumbrado a tratar con chicas gracias a mis hermanas así que no me cuesta trabajo entretener a una. Me gustaría poder hacer mucho más por Aremy pero al menos trato de apoyar con lo que puedo.

– Haces más de lo que crees, en verdad que sí –aseguré–. Sobre todo porque no era necesario comprarle un libro nuevo, bastaba con empastarle el otro.

– Pero ésta es una versión completa que trae las continuaciones –insistió Erick, mostrándome la tapa–. El otro sólo trae la primera parte y son cuatro en total.

– ¡Ah! Okey, eso tiene sentido –acepté; no quise decirle que no tenía ni puñetera idea de que "Mujercitas" tuviese tres continuaciones.

Chocamos los puños a manera de despedida y me marché a mi habitación. A pesar de la amabilidad de Erick, no podía dejar de pensar en el hecho de que él actuaba de buena fe, cuidando de Aremy como si fuese otra de sus hermanas, pero que al mismo tiempo esto ocasionada que mi hermana se enamorara más de él. ¿Tendría esto alguna repercusión a largo plazo? Si se tratara de otro chico sí me preocuparía, pero sabía que podía confiar en Erick, él no haría nada que pudiera lastimar a Aremy. O eso esperaba, pues.

Al llegar frente a la puerta de mi cuarto me encontré con mi mamá, quien parecía llevar rato aguardando a que volviera, a juzgar por el hecho de que estaba sentada en el piso; al verme, se levantó y me sonrió como sólo una mamá sabe hacerlo y yo no pude evitar lanzarme a sus brazos.

– Te extrañé mucho, mi dragón –me dijo la doctora Lily, abrazándome con fuerza–. No sabes cuánto.

– Y yo a ti, mamá –aseguré, enterrando mi cara en su pecho–. Mucho, mucho, muchísimo. Me alegra que Are y tú estén de vuelta.

– ¿Y cómo te fue en mi ausencia? –me preguntó, con un tono de voz que me daba a entender que no estaba preguntando por la escuela.

– Pues… bien, creo, dentro de lo que cabe –respondí, con cautela.

No le quise contar, por supuesto, que ya teníamos el vídeo que incriminaba a Kentin de sus crímenes, temía que se echara a perder el asunto si lo comentaba con algún adulto.

– No me mientas, Daisuke –me pidió mi madre, acariciándome la cabeza–. Ya estoy enterada de lo que pasó con tu papá así que no es necesario que lo ocultes.

– No quería darte más dolores de cabeza –suspiré–. Ya sé que me dijiste que también soy tu hijo y eso pero, bueno, sabes que mis pleitos con papá son algo de todos los días.

– Pero esta vez se le fue la mano a él, lo sé, no es necesario que me lo ocultes –musitó la doctora Del Valle, repentinamente triste–. No soy yo la que te lo debe de decir, pero tu padre realmente está arrepentido de esto.

– Qué bueno, porque debería –repliqué; dándome cuenta de que soné muy cínico, traté de corregir el asunto–: Pero también es cierto que yo tuve mucho de la culpa, mamá, no le conté que el entrenador Margus me convocó para jugar con Alemania.

– Eso ni siquiera yo lo sabía, Dai, y soy tu madre. –La doctora Lily me jaló cariñosamente una oreja–. Luego hablaremos de eso, pero por el momento quiero que me digas qué quisiste decir.

– Pues eso, mamá, que debí ser honesto con papá desde el comienzo –suspiré, esta vez sin pizca de drama–. Sí, es cierto que se pasó de gorila esta vez pero yo tampoco fui muy honesto con él.

– No le digas así a tu papá –me regañó mi mamá, aunque sonrió levemente–. ¿Crees que algo habría cambiado de haberle dicho la verdad desde el comienzo?

– Tú sabes bien que sí, mamá, no sé para qué me preguntas –asentí–. Seguro que también me quieres regañar por eso, pero como eres la mejor mamá del mundo te aguantas las ganas, ¿a que sí? Claro que hice mal y lo peor es que ha sido Aremy quien me lo ha hecho notar. Digo, Mijael también me lo dijo muchas veces, al igual que Jaz e Ichimei, el perfecto, pero como que no los quise escuchar en su momento y ahora que hasta mi hermanita enferma me regaña me es muy difícil el seguir haciéndome el tonto. ¿Crees que sea demasiado tarde para arreglar las cosas con papá, mamá? Aunque a él se le haya ido la mano, no quiero estar enojado con él para toda la eternidad.

– Toda la eternidad es mucho tiempo –se rio la doctora Lily–. Y por supuesto que no es demasiado tarde, Dai, tu padre es enojón y terco pero te ama y por lo mismo siempre estará dispuesto a hacer las paces. Créeme cuando te digo que está tan arrepentido como tú y que sabe que no actuó bien. Corrijo lo que te dije antes: los dos son un par de tercos y orgullosos gorilas pero al menos saben reconocer cuando han cometido un error.

Fueron estas palabras dichas por mi madre las que me hicieron ver que empezaba a verse una luz al final del túnel. Qué curioso, creí que ese día iba a ser una mierda y acabó siendo mejor de lo que esperaba, un día en el que pude anotar unas cuantas victorias a mi favor. La vida, cuando quiere, es de veras rara.

¿Qué? ¿Creían que iba a acabar este capítulo con alguna moraleja? ¿Qué es esto, la Rosa de Guadalupe?