Capítulo 2. A ti, humano o youkai

Durante aquellos cuatro inviernos, Tsurara bajó de las Yukiyama solo en dos ocasiones. La primera ocasión fue para anunciar el deceso de su madre y su posición en el Clan de yuki-onnas. Sucedió un día después de la muerte de Setsura, después del primer invierno, durante lo más caluroso del verano. Rikuo se enteró por el mensaje que llegó de las montañas nevadas, pocas horas después del deceso, y que anunciaba también que Tsurara iría a ocupar el puesto de su madre de manera oficial.

En el día esperado, Rikuo se sintió expectante como nunca antes. La ropa le picaba, sus lentes se sentían incómodos sobre su nariz, sudaba de la frente. Cualquiera que lo veía pasar, notaba su nerviosismo e intentaba —inútilmente —animarlo. El asunto con Tsurara y Setsura había llegado a los oídos de todos el mismo día que sucedió y fue comentado durante algunas semanas, para después ser dejado a un lado para siempre. De vez en cuando Aotabo mencionaba a su compañera de seguridad, al igual que sus amigos de la escuela, que tenían cada vez teorías más locas con las que querían justificar la ausencia de la yuki-onna. Pero pronto nadie, y menos los youkai residentes de la mansión, comentaron acerca de su partida y las razones que la llevaron a ella, menos sobre cuándo regresaría. Rikuo lo agradecía de sobre manera, dado que era un asunto que no le concernía a nadie más que a él, aunque sospechaba que eso se debía a su abuelo, quien recientemente había desarrollado aversión por Tsurara.

Rikuo se había enfrentado a diversos youkai. Ya había cumplido dieciocho años y cada vez se encontraba más cerca para ocupar el puesto de Comandante Supremo. Su pandemonio era uno de los más poderosos entre los youkai del submundo. Pese a sus logros en batalla y su reciente crecimiento, Rikuo no paraba de sentirse vulnerable y estúpido, —como la tarde en que Setsura lo enfrentó para después llevarse a su hija —desde que supo que ella regresaría. De alguna manera, pese a que Rikuo era un youkai ya maduro, su lado humano aún se encontrara formándose. Su cerebro continuaba trabándose como el día en el que Tsurara se fue.

Estaba frente al ciruelo, desde dentro de la casa, cuando sintió una brisa fresca mover su cabello y su haori, que refrescó su cuerpo húmedo. Los vellos de su brazo se erizaron, justo como los de su nuca. Aquello lo hizo estremecerse.

—Vaya forma coqueta de anunciarse —dijo su abuelo divertido cuando Rikuo fue al gran salón—. Muy de Setsura.

Rikuo sintió el estómago vacío al recordar a la difunta yuki-onna. Quiso comentarle algo a su abuelo, pero se calló al ver como todos comenzaban a tomar sus respectivos lugares en la sala de reuniones. Siendo el Clan de yuki-onna uno de los más alejados, la presencia de la nueva representante trajo a los líderes que usualmente se ausentaban por estar en distancias muy alejadas.

La sala estaba llena, con las puertas de papel abiertas para hacer correr el aire de aquella tarde calurosa, y en el jardín estaban los youkai de rango inferior sentados con solemnidad bastante bien lograda. En un instante, los murmullos de la habitación se disiparon y reinó un silencio frío. El Tercer heredero sintió un golpe a su estómago al ver entrar a su antigua compañera, cargando con su propio cuerpo la viva imagen de su madre. Venía sola y durante un breve momento, explicó lo que sucedió con su madre.

Su abuelo dejó pasar un par de minutos de luto ante las palabras de Tsurara para comenzar a dar su discurso.

—Hoy nos reunimos aquí con el propósito de recordar a Setsura, la yuki-onna líder de las montañas nevadas, y de pactar con su heredera, Tsurara, la paz y alianza entre sus semejantes y el Clan Nura —Nurarihyon tomó su copa de sake y se levantó sonriendo nostálgicamente, dispuesto a extenderse un poco más—. Aún recuerdo cuando Setsura apareció en mi vida, hace varios siglos. Ella fue de los primeros ayakashi en formar parte del Pandemonio y la primer mujer, ayakashi y humana, que creyó en mí y en mi fuerza. Fue hermana, madre y compañera de todos los miembros del Clan. Ella ayudó a mi hijo, Rihan, a convertirse en el gran youkai que recordamos. Ella nunca será olvidada por mí ni por nadie de esta familia. ¡Brindemos esta copa ante la partida de la primera yuki-onna del Clan Nura, la gran y poderosa Setsura! ¡Nos vemos en el infierno, yuki-onna!

Todos los presentes alzaron su copa de sake y bebieron con efusión, luego de gritar: ¡Por Setsura! al unísono. Rikuo bebió la suya mirando por el rabillo de su ojo a Tsurara, que se mantenía tranquila y en silencio bebiendo en el otro extremo de la habitación. Rikuo había sentido la mirada de ella sobre él, pero no había podido atraparla con la suya. Se sentía frustrado por ello, pero tampoco sabía como actuar.

Como era usual, aquello no tardó en convertirse en una borrachera. La sala de reuniones pronto fue invadida por youkais y ayakashis de todos los rangos y los lugares designados dejaron de importar. Los pequeños dejaron la solemnidad a un lado. Los líderes hablaban entre sí, bromeando, insultándose, a la vez que lo hacían también con sus súbditos. Muchos de los youkai viejos comentaban historias donde Setsura tenía protagonismo, visiblemente enojados quienes fueron víctimas y muy divertidos los que fueron espectadores:

—A mí me pegó en las bolas una vez.

—¿Recuerdan cuando le congeló las alas a Karasu Tengu mientras volaba?

—¡La vez donde congeló a Nattokozzo y lo usó de escoba para limpiar mierda de caballo youkai!

Pero la que más llamó la atención de todos fue la anécdota de Shoei, que la conocía gracias a su difunto padre, Hihi:

—Mi padre me contó que esa mujer no solo pegaba bajo, sino que una vez le congeló el pito… ¡al Comandante Supremo!

Aquella anécdota hizo que todos, incluida Tsurara, estallaran en carcajadas. Nurarihyon admitió que aquello era cierto, con las mejillas rojas y la boca entumida por el alcohol, riendo desvergonzadamente:

—Bueno, como saben, yo fui un youkai muy atractivo… en mi juventud era difícil controlarse, así que Setsura… varias veces, lo hizo por mí. Maldita perra —maldijo riéndose.

La tarde comenzó a caer y Rikuo decidió transformarse, a petición de su sangre youkai, que comenzó a palpitar a la tercera copa de sake que bebió. Como humano, su resistencia a la bebida era poca, en cambio, como youkai, Rikuo era capaz de beber un poco más. Sin embargo, pese a su transformación, el nerviosismo que trató de ocultar y que no fue notado por los presentes, ya sumergidos en el alcohol y el ambiente, solo incrementó su sed. Rikuo tuvo que salir al jardín, a un lugar apartado, para saberse ebrio y atontado.

Rikuo terminó por pasear cuando se encontró con el gran ciruelo. Las risas se escuchaban a lo lejos, junto con cosas quebrándose y movimientos sobre la madera. Se sentó con sus piernas cruzadas en el pasto, sonriendo con un poco de nostalgia. Había tenido varias oportunidades y excusas para abordar a Tsurara, pero no lo había hecho. No entendía porqué tenía la necesidad de hablarle y a la vez ser incapaz de hacerlo. No quería que ella malinterpretara su actitud, no cuando había pasado tiempo desde su partida. Rikuo simplemente no sabía cómo comportarse ante tales emociones, que como humano eran muy comunes, pero que como youkai lo descolocaban. Y es que las sentía, desde su partida, en sus dos facetas.

—Joven amo.

Rikuo se sorprendió al subir la mirada y encontrarse con los ojos ambarinos, brillantes, de su antigua compañera. Un frío le pasó por la cara, y lo avivó. Tsurara brillaba por la noche, vestida con su kimono blanco, entre la negrura y bajo los pétalos rosados del árbol de ciruelo. Sus mejillas estaban rosas, justo como las suyas, a causa del sake, y probablemente también por el calor.

Se sintió avergonzado al quedarse sin habla, pero ella le sonrió y encogió los hombros, levantando una capa fina de hielo sobre la tela de su kimono, hielo que cayó a sus pies y se derritió. Rikuo pasó de ver su rostro a recorrer su cuerpo. Ella era más alta, más curvilínea. Su cuerpo estaba cubierto por completo por tela, sin embargo, la tela se veía delgada y fresca como seda. Vio sus manos, a la altura de su cadera, cargar una botella de sake.

—Hola, Tsurara —su voz de youkai sonó más grave de lo que pretendía, y Rikuo la sintió salir desde los adentros de su estómago, donde parecía que estaba su corazón latiendo torpemente, robándose toda su sangre—. ¿Quieres acompañarme por esta noche?

Rikuo la miró sentarse a su lado, a unos cuantos centímetros de distancia. En vez de sentarse sobre sus rodillas, Tsurara se sentó con las piernas extendidas cruzando los tobillos. El kimono se abrió, dejando ver sus piernas blancas y brillantes y dejando salir una brisa helada. Rikuo llenó sus copas de sake y, mirando al cielo, suspiró.

—Siento mucho lo de tu madre, Tsurara.

—Lo sé, joven amo —dijo ella. Dio un trago largo de su copa, para después agregar: —Todas las yuki-onna en las montañas nevadas estábamos preparadas para la muerte de mi madre. Estuvo condenada desde hace mucho tiempo. Me duele saber que ya no está, pero creo que al fin podrá descansar en paz. Para las yuki-onna, la muerte, en ocasiones, es una liberación.

Rikuo sintió su corazón caerse de su pecho. Sabía que ella, su compañera, podía tener ese mismo destino. La contempló en silencio, disfrutando el frío que ella emanaba, hasta que ella dejó salir una pequeña risa de su boca.

—Me alegra mucho que mi madre sea recordada por el clan. La vida de las yuki-onna es trágica y dolorosa, pero vale la pena vivirla si se tiene una familia como esta —dijo sonriendo, aún con risa, hasta que su semblante cambió. Rikuo se enfrentó a su mirada ambarina, que se encajaba en sus propios ojos, tan sobrenatural, demoniaca—. Joven amo, cuando yo muera… quiero que usted beba por mí. Quiero esto. ¿Me lo promete?

Rikuo quiso decirle que ella nunca moriría, no mientras él estuviera vivo, pero no pudo evitar asentir ante su petición. Recordó a Setsura y sintió su espíritu vigilándolo.

("¿Lo puedes cumplir?")

—Es una promesa, Tsurara. Beberemos en tu honor.

Rikuo le contó sobre su vida en la preparatoria, el progreso del club de detectives y de cosas triviales que habían sucedido en la mansión durante su ausencia. Ya habían casi terminado la botella de sake cuando Tsurara dijo, sin contexto alguno, después de un largo silencio:

—Maté a un hombre.

Su expresión era difusa. Tenía confusión en el rostro, gracias al sake, teniendo los párpados un poco caídos, la boca medio abierta y las mejillas centellantes de rojo. Rikuo pensó que brillaba todavía más, y que era el hielo de su piel el que le daba ese aspecto luminoso. Sin embargo, sus ojos cada vez brillaban más y más, como luces eléctricas. Rikuo ya no sabía si aquello era producto de ella o parte de su propia visión, ya embriagada. Tsurara agregó poco después que se trató de un hombre que atacaba mujeres en el pueblo debajo de las montañas nevadas.

—No es difícil matar humanos. Menos matar hombres —comenzó a decir—. Son influenciables, ilógicos, y creen que por ser hembra eres débil. Cuando lo maté, no pude ver más que rojo. La nieve, el agua, el aire. El cielo. Todo era de color rojo. Una parte de mí… aullaba, rugía, y quería seguir. La sangre me sabía a dulce, y quería más. Otra parte de mí se sentía culpable, miserable. Pero recordé lo que mi madre me dijo ese día, antes de bajar de las montañas nevadas. "Las yuki-onna somos mujeres humanas que fueron asesinadas por un hombre que nos engañó con amor o que nos mató por simple lujuria —hizo una pausa en la que se aclaró la garganta y trató de recordar—. Somos ayakashis gracias a ese odio. Liberarlo nos hace poderosas. Matarlos no es más que echar a la basura lo que siempre debió estar ahí. No es sed de poder, es sed de justicia."

Ella buscó su mirada, inclinándose a su cuerpo.

—¿Me considera un monstruo, joven amo? —inquirió.

Rikuo la miró con parsimonia y negó con la cabeza.

—Yo mataría por ti, yuki-onna —contestó con voz ronca, con el corazón ahora palpitando con fiereza en su garganta y en su estómago, en paralelo—. Mataría por tu honor, por tu dignidad. Si eso nos hace monstruos, seámoslo.

Cuando se levantaron para sentarse fuera de la habitación de él, Tsurara trastabilló en el pasto. La youkai soltó una risa nerviosa, apenada de ser torpe, y se sonrojó al sentir el cuerpo caliente de Rikuo rodearle los hombros para darle equilibrio. Ambos se sentaron el piso de madera con las telas de sus ropas rozándose por la proximidad, y contemplaron el ciruelo mantenerse firme en aquella noche calurosa y sin viento.

Rikuo supo que era momento de hablar lo que había quedado en el aire desde el día de su partida. Su cuerpo se sentía pesado, igual que su mente, pero sus sentimientos estaban revoloteando desde sus adentros. El cielo aún era negro, pero sabía que faltaba poco para el amanecer. Ella se iría, de nuevo. Era apenas el primer invierno el que había pasado, aún faltaban tres.

—¿Recuerdas cuando tu madre dijo que tenías sentimientos por mí? —preguntó, pronunciando sus palabras con lentitud—. El día que se marcharon…

Ella soltó un respingo desde su lugar, pero asintió.

—Sí. Lo recuerdo.

—Quiero que tú me lo digas, yuki-onna. Quiero oírlo de tu boca. ¿Qué sientes por mí, Rikuo Nura?

Rikuo sintió frío entrar por su haori, que pasó por su cuello y se dispersó por su pecho. Era un frío que echaba chispas. Su corazón comenzó a latir por todas las partes de su cuerpo, como si la sangre latiera junto con él. La energía demoniaca helada de Tsurara lo abrazaba, lo apretaba; y la de él se encontraba rodeando toda la habitación, inquieta, expectante. Nerviosa entre las sombras.

La respuesta que ella le dio le heló la sangre e hizo que el mundo parara por un segundo. No había risas, no había escándalo.

—Yo… lo amo, señor. A usted entero.

Solo estaban ellos dos.

Cuando el sol comenzó a salir de entre las montañas, Rikuo con su apariencia humana no se atrevió a mirarla a los ojos. Tsurara se levantó, en silencio, y comenzó a andar por el pasillo. A mitad de camino, ya perdiéndose en la oscuridad de las sombras de la mansión, ella paró su marcha. Rikuo no veía su cuerpo, solo su sombra, pero fue capaz de escuchar de manera clara su voz.

—A usted entero, humano y youkai —dijo ella, antes de desaparecer.


Las montañas nevadas estaban al este de Toono. El camino era una vía empinada, que en invierno, al congelarse o cubrirse de nieve, era imposible de subir. Sólo un ayakashi de hielo o una de las mujeres de las nieves podría subirla usando su miedo. Extranjero que lo intentase, resbalaba y caía en una trampa.

Al llegar, Tsurara no se sorprendió al ver cadáveres de hombres mutilados entre lanzas, espadas y una mandíbula de youkai gigante llena de colmillos afilados. Le recordó a las mangas de Kurotabo, recuerdo que inmediato llevó al de Rikuo. Pese a ser verano, el camino podía congelarse si una yuki-onna lo decidía. Evidentemente una había decidido que aquella visita era no deseada. Miró a su madre, que solo le dio una sonrisa oscura, y ambas subieron por el camino pisando con gracia, haciendo escalones de hielo a cada paso que daban. "Cerdos" gruñó Setsura con desprecio, que escupió creando una daga de hielo que atravesó el ojo de uno de los hombres recién atrapados.

Según ella recordaba, su madre siempre le había dicho que en su hogar no podían entrar hombres, y aquella trampa era una de tantas habilitadas alrededor de las montañas para cumplir con ese propósito. Usualmente las yuki-onna eran ayakashis débiles de fuerza, y pese a ser astutas, ellas no podrían detener una invasión. Por ello había trampas, y trampas crueles, con el fin de provocar miedo a quien se atreviese. Solo un ayakashi lo suficientemente hábil sería capaz de entrar y no sufrir un rasguño. Sin embargo, aquellos se alejaban gracias a la seguridad que les daba pertenecer al Clan Nura.

—Por mucho tiempo, las yuki-onna no tuvimos libertad. Muchas nacimos sin precedentes, fuera de familias, directas del odio. En la era Heian nacieron muchas de las que, como yo, tuvieron descendencia. Yo fui de las pocas que corrió con suerte de encontrar una familia sin condiciones. Había sufrido abusos, maltratos de otros youkai, pero aún era joven, aún tenía esperanza, el amor no me ataba a nadie. Yo seguí a Nurarihyon por admiración… y no me equivoqué, pude hacer mi vida con libertad, tener aventuras, hacerme poderosa. Otras no tuvieron tanta suerte.

Yo quise que crecieras con la familia de Rihan para que supieras qué es tener una. Aquí todas las yuki-onna están solas y tienen historias tristes que contar. Esta aldea en las montañas no es más que un refugio para las que ya están cansadas del mundo que está afuera. Sin duda, cuando eras pequeña ellas te amaban, pero yo quería que tuvieses infancia, que supieras que eso existía, aunque yo y mis hermanas no te lo pudiéramos dar. Creo que tiempo suficiente ha pasado para que aprendas qué es ser una yuki-onna. Sabiendo que mi hija es un ayakashi fuerte, podré morir en paz, consciente de que tu fortaleza protegerá a mis hermanas y a ti misma."

Tsurara escuchó las palabras de su madre, palabra por palabra, tratando de clavar en su mente el sentimiento que le habían provocado. Nunca antes había pensado en proteger a alguien más aparte de Rikuo. Sin embargo, ella entendía, desde hacía mucho tiempo, qué significaba el deber.

Cuando llegaron a la cima, una mansión de madera un poco más pequeña pero parecida a la del Clan Nura, apareció ante su vista. Veinte mujeres de distintas edades y un grupo de tsukumogamis las recibieron con sonrisas. Tsurara reconoció a Reira, la que acompañó a Rikuo en la batalla contra Hagoromo Gitsune, y se preguntó qué la había hecho regresar, tratando de interpretar sus ojos tristes pero sin lograrlo. La yuki-onna más pequeña se presentó como Kaoru, y las jóvenes, cercanas a su edad, como Shigama y Aomori. Una yuki-onna anciana le llamó la atención, pero ella se fue en cuanto su madre y Tsurara cruzaron la puerta.

—¿Recuerdas el día que llegamos? —su madre, que leía una carta usando un par de anteojos, quitó la vista del papel y la miró con parsimonia, asintiendo—. La señora… la más anciana…

—Yuu —contestó—. ¿Qué pasa, te ha dicho algo? Es un poco amargada —dijo, y luego se rio socarronamente—. Pero quién no lo es si tu esposo te da por muerta y se casa con otra, y tú no lo sabes hasta que regresas y los ves juntos en tu propio lecho.

Tsurara se escandalizó ante tal historia y luego de un momento en el que procesó la sorpresa, habló.

—¿Qué es lo que hizo Yuu?

Setsura la miró con burla y llamó a una de las yuki-onna que se encontraban con ellas, pidiéndole que trajera la comida.

—¿Pues qué crees que hizo, tonta? Dile, Nozomi, dile qué le hizo la anciana Yuu a su esposo.

Nozomi se sonrojó con recato, pero le contestó con voz seria.

—Lo apuñaló con una estaca de hielo —imitó el movimiento, posicionando su puño cerrado en su propia yugular—. Así, mientras dormía a lado de su nueva amante. A ella también la mató, obviamente —agregó rodando los ojos.

Setsura aprovechó aquello para contarle de distintas leyendas acerca de su especie de ayakashi. La historia de Yuu, pese a ser real, se usaba como una de las principales para contar la naturaleza de las mujeres de las nieves. Todas seguían un patrón, de igual manera.

Su nombre venía de otra yuki-onna, la Tsurara-onna, la mujer que nació a partir del deseo de un hombre que buscaba tener una esposa. Un carámbano cayó al suelo y detrás del hombre, una mujer apareció. Setsura le contó que ella fue su maestra, su madre, y que tenía un siglo de haber muerto. Ella había nombrado a su hija en su honor, esperando también que ella fuera deseada por un hombre para convertirse en su esposa. Tsurara ya no quiso preguntar qué había pasado con el hombre por temor de saberlo.

—¿Tú eres la líder, mamá? —preguntó, una vez que se encontraron solas. Se habían cambiado de ropa y Setsura vestía un kimono negro. Aquello indicaba su estatus dentro del clan. Cuando quiso preguntarle qué significaba con exactitud, su madre le respondió con una mirada agresiva, sin decir nada. Tsurara pensaba que era una manera de simbolizar que le quedaba poco tiempo de vida.

—Yo solo las reuní. Ninguna de ellas me debe nada si eso desea —le contestó Setsura tomando un sorbo de té que sus manos enfriaron—. Yo no quiero un pandemonio, quiero tener una casa tranquila en donde emborracharme con compañía. Difícilmente hay un líder aquí, pero todas tenemos tareas designadas. Por ejemplo, yo soy la que se encarga de las tareas diplomáticas y de ser la mensajera. Pero en casos de no saber o de una emergencia, Yuu se encarga por anciana —explicó—. Una vez muerta, tu trabajo será el mío. Para suerte tuya, tengo vacaciones durante mucho tiempo. A ninguna de nosotras nos importa una mierda lo que pasa allá afuera.

—¿Alguna de nuestras hermanas ha hecho el sakazuki? —Tsurara no supo por qué, pero tenía curiosidad en saberlo. Su madre negó—. ¿Nadie? ¿Sólo tú y yo?

—Me sorprende tristemente que no te imagines porqué somos las únicas yuki-onna aquí que hemos intercambiado sakazuki con un líder youkai, Tsurara —dijo su madre, escupiendo por la boca y transmitiendo por los ojos veneno—. Aparte de ser las más estúpidas, tú y yo, y sobre todo yo, por comenzar con esto de "jurar lealtad" a un hombre indiferente; hemos sido las que más han corrido suerte. ¿Ves a esa niña de allá?

Su madre señaló afuera de la habitación, al jardín. Estaba Kaoru jugando con el agua, que congelaba y descongelaba entre risas.

—Esa niña vivió en un burdel de ayakashis durante tres años, trabajando. Bueno, si es que acaso a eso le llamas vida —comentó mirándola con sorna—. En fin, un día salí a beber con Aotabo en un pueblo de cerca de Kyoto. La vi y supe que debía sacarla de ahí. Han pasado muchos años de eso… y ella aún no crece.

—¿Qué? —Tsurara se sorprendió, impactada volvió a ver a Kaoru afuera—. ¿Cuántos años tiene Kaoru, madre?

—El doble que tú —contestó con sencillez. Tsurara se puso roja de la impresión—. A veces creo que es su deseo, no crecer. Se sumergió en una especie de locura que la ayuda a sobrellevar la muerte de su familia. La tonta de su madre osó retar a unos de los súbditos de la muerta Hagoromo Gitsune. Querían darle corazones de ayakashis bebés a la tierra donde se enterró su cuerpo, como ofrenda. Kaoru vio como decapitaban a su madre y pateaban a su hermana, nacida muerta. A veces pienso que también violaron a las dos. Pero ¿sabes por qué la mataron? Por hacerlos esperar por nada. Por sufrir un maldito aborto.

—Pobre Kaoru —susurró Tsurara con tristeza—. Ellos...

—Sí, pobre —interrumpió bruscamente—. Como te digo, nosotras tuvimos suerte, ellas no. Agradecen la protección del Clan Nura, pero jamás las verás arrodilladas ante un hombre, no cuando ellos son el comienzo y el fin. Kaoru prefiere estar pequeña a convertirse en una mujer, Reira hace poco llegó destrozada por las promesas de un maldito youkai oso de Toono, y Shimaga y Aomori fueron esclavas de un youkai loco de Hokkaido. Es amor o es dominación. Has vivido muy feliz, Tsurara, pero debido a tu ignorancia. ¿Quién quisiera jurarle lealtad a un maldito youkai? La mayoría están locos. Todos quieren poder, territorio. Por eso me largué de la casa Nura, además de lo obvio. Era limpiar, cocinar y lavar o estar en batallas ridículas para ver quién tenía el pene más grande, una cosa o la otra. A la mierda. No he vivido tantos años para que mi vida se vuelva así de insignificante.

—El joven amo no es así... —impresionada por la cruda realidad que su madre relataba, Tsurara se sintió pequeña.

—¿Y tú qué sabes, Tsurara? Todo lo ignoras. No sé cómo tienes certezas todavía. No eres más que una niña tonta. Rikuo es un niño. Pronto será igual o peor que su padre y su abuelo.

—Después del desayuno te veré fuera de la casa, en la entrada.

—¿Qué vamos a hacer?

—Vamos a revelar tu verdadera forma.

Su madre le dijo que antes de matar, ella primero debía saber qué era sentir dolor. Era parte de su transformación a ayakashi adulto, una regla que siempre debía de recordar desde ese día hasta el último de su vida. No todos los seres sobrenaturales lo necesitaban, le dijo, tomando de ejemplo a quien pensaba: los Nura. El dolor venía de espíritus que regresaban a la Tierra, que Setsura definió como un purgatorio. Debía aceptar el dolor que había experimentado el espíritu humano antes de morir para resurgir como un ayakashi poderoso, dado que de eso se alimentaba su fuerza. Los ayakashis, aunque no fueran humanos, cargaban siempre consigo el espíritu de donde surgieron.

La primera vez que lo supo fue días después de haber llegado a Yukiyama. Tsurara había pensado que lucharía con alguna de sus hermanas o alguien de Toono, pero la lección de su madre estaba lejos de tener que ver con habilidades físicas. Ella aún no entendía a lo que Setsura se refería con "revelar su verdadera forma" ni aceptar el dolor del espíritu. Tsurara siempre se había sentido auténtica, excepto cuando debía ocultarse como humano, y ella había nacido del vientre de su madre. ¿De verdad era ella capaz de estar guardando un poder que no sentía?

Era medio día, hacía calor, el sol resplandecía con fuerza, y la nieve, por supuesto, no existía. Seguía siendo verano, aunque la temperatura aún era alta. "Desnúdate", le había dicho su madre, frente al bosque debajo de la montaña, al lado izquierdo de Toono, frente a una cueva iluminada con luz púrpura. Tsurara obedeció, dándole la ropa blanca, y miró su cuerpo, solamente cubierto por vendajes. Su piel blanquecina, expuesta, se enrojecía con la luz solar. Sentía como esta se humedecía y luego se secaba, para terminar agrietándose. La región siempre había sido fría, pero conviviendo con solo energía de ayakashis, su madre le explicó, era común que la naturaleza tomara el control.

—Hoy es el día de la Canícula, el día en que el calor incrementa y no cesa. Precisamente hoy nuestros poderes de hielo están debilitados, sirven si acaso la mitad. Entra a esa cueva, apaga ese fuego y vuelve casa —le ordenó—. Nadie vendrá a ayudarte, Tsurara. Estás por tu cuenta. No mueras.

La cueva en cuestión era limitada y llenada por constantes llamaradas de fuego demoniaco, que era de un color púrpura. La piedra se veía arder a causa de las constantes llamas, algunas estando al rojo vivo. Ella podría apagarlas fácilmente con su aliento de hielo, sin embargo, al poseer energía demoniaca, aquellas serían mucho más resistentes, mucho más si estas la rodeaban. Quiso escapar: aquello parecía una misión imposible, sin embargo, recordó cuántas cosas que a ella le habían parecido imposibles Rikuo había logrado. Se sintió cobarde, sucia. Quizá ella no tendría un pandemonio atrás al que darle fuerza, pero tenía un grupo de yuki-onnas que dependían, de alguna manera, de su fortaleza. Y no sólo eso, también su madre estaba muriendo. Se sintió sucia ante su propia cobardía, indigna de pertenecer al Clan Nura y no merecedora del amor de Rikuo.

Ella era una ayakashi, la yuki-onna del pandemonio más poderoso. No podía decepcionar a su familia. Tsurara lloró con rabia frente a su madre, y respirando profundo, se alejó de ella para intentar lo que ella le había pedido. Si fracasaba, al menos lo intentaría. Con fortaleza se ganaría todo lo que ya tenía de nuevo y ganaría lo que ella tanto ansiaba. Si no lo hacía, Tsurara sólo se escondería, como siempre, y sería un estorbo. La mirada dura de su madre le decía que ella no tenía permitido aquello, y el recuerdo de los ojos indecisos de Rikuo se lo confirmaba. Trató de cubrirse con su miedo para entrar a la cueva, y lo hizo, aunque quemándose levemente. Se había quemado por su débil miedo, ante el terror de sentir dolor. El fuego alcanzaba todo el espacio, excepto un pedazo de tierra donde podía apoyarse y a partir de ahí crear su energía para contrarrestar la otra. Sin embargo, ella nunca antes había hecho eso, mucho menos el día donde sus poderes estaban por debajo de la mitad de su desempeño. No pudo si quiera ver hacia afuera una vez que entró, tuvo que cerrar los ojos para poder dejar salir un grito que le vino desde lo más profundo del estómago.

Tsurara llegó al anochecer a la casa de las yuki-onna. Su piel, en la oscuridad, era gris, y partes de ella caían al suelo, tal como la ceniza, a cada paso que daba. Varias cubetas de agua fresca se necesitaron para que su piel quedara limpia, y que en vez de tierra, sangre se mezclara con el agua. Tsurara sentía como su piel cedía ante la fuerza del agua y, como carbón mojado, caía al suelo. Ella sabía que no moriría, pero se sentía como tal. Había logrado salir cuando perdió la sensación de terror ante su propio dolor. De haber sido más valiente, más astuta, de pensar con la cabeza más fría, Tsurara hubiese tardado la mitad del tiempo. Pero su dolor físico trajo dolor emocional. Se sintió vacía al salir de la cueva.

Una vez coagulada su sangre, sus hermanas la depositaron con delicadeza en una tina con agua fría. Ella sintió cada dedo que se posó sobre su cuerpo, sintiendo su piel desgarrarse ante cada toque. Tsurara cerró por un momento sus ojos y dejó que varias lágrimas, heladas, cayeran de ellos. El dolor que había sentido era indescriptible, Tsurara literalmente había cambiado de piel. Ella allá abajo se había derretido, quemado. Había dejado un camino con su propia carne por la tierra.

—¿Estás bien? —la voz de su madre la despertó de su letargo. Escuchaba gotas caer de la bañera, luego, solo silencio. Todo era borroso. Sentía todos sus músculos caídos.

—No —contestó con sinceridad—. Pero esto me hará fuerte, ¿no es así?

Setsura asintió.

—Todas las yuki-onna debemos de hacer esto, Tsurara, de una forma o de otra. Yo en su momento lo hice, aunque por accidente, y creo que hice más escándalo que tú. Nurarihyon no sabía qué hacer conmigo. Pensó que iba a morir, y el idiota lloró.

Tsurara quiso sonreír al imaginarse al Comandante en pánico, pero la comisura de su boca aún sangraba, por lo que solo alcanzó a hacer un gesto chueco.

—¿Por qué hacemos esto, madre? Experimentar tanto dolor…

—El dolor nos hace humildes, Tsurara. Saber qué es el dolor nos hará pensar dos veces el infligirlo. El dolor también hace que reconozcamos partes de nosotros. ¿Si no duele, de verdad existe? Además… —Setsura se arrodilló para quedar al nivel del rostro de su hija, aún dentro de la bañera—Hoy, al menos, lo has hecho a tu favor, y a lado de personas que entienden el proceso y sabrán como cuidarte. Te he consentido mucho, el espíritu igual. Muchas yuki-onna deben de pasar por esto en el momento más oscuro y extremo de su vida. Tú estabas preparada, siendo segunda generación, y quizás lo estés más para el futuro. Es posible que algún día vuelvas a sentir este dolor, al no ser correspondida.

La lágrima de hielo que cayó del rostro de Tsurara hizo ondas en la bañera al introducirse en el agua. No hablaban directamente del tema, pero su madre presionaba la herida cada que podía. Insistía en que Rikuo no la amaba y ella no podía asegurarle que sí, ni que no. Su corazón estaba igual de chamuscado que su cuerpo. Pensar en experimentar la misma sensación y el mismo dolor de nuevo la llenaban de pánico. Ya no sabía por qué se encontraba en aquella situación. A ella nunca le había importado la fuerza y era feliz viviendo en la mansión del Clan Nura, sirviéndole a Rikuo.

Su madre había aparecido como una sombra de un asunto sin resolver del que ella no estaba informada. Quiso tener fuerzas para decirle a su madre que todo aquello era culpa suya, que ella no se debió de haber enamorado de Rihan sabiendo su amor por Yamabuki Otome, que jamás debió de ilusionar su corazón con promesas que no iban a ser cumplidas. Pero el dolor en su cuerpo le recordó su lugar y acalló sus pensamientos y su histeria. Ella no era muy diferente, en cualquier momento podría ella estar en la misma situación.

Tsurara lloró en sus adentros, sintiendo como los sollozos que se creaban en su pecho desgarraban su piel quemada, que apenas comenzaba a enrojecerse. ¿Rikuo de verdad la quería de regreso? Y si sí, ¿para qué? Su pandemonio tenía centenares de súbditos, cada día más, y más poderosos que ella. Poder no representaba, útil en batalla no era. ¿La quería? Ella recordaba miradas suyas, recordaba sus abrazos, la desesperación en su voz cuando ella estaba en peligro. Aquella sensación cálida que la albergaba cuando hacían el Matoi. Ambos tenían momentos significantes, y cuántas veces no había él dicho que siempre la protegería. Él había marcado su vida, pero ella no podía asegurar cuánto ella había cambiado la de él. Quizá, como su abuelo y padre, decida al final desposarse de una humana. Ienaga Kana, posiblemente, la amiga de la infancia. La enamorada del Rikuo youkai. La niña bonita que no congelaba con su aliento. La que aún poseía piel y cabello...

Tsurara comenzó a sentir cómo su cuerpo se calentaba y su conciencia se iba, poco a poco.

Su madre tocó su cabeza y besó con cuidado su frente, para soplar al agua y convertirla en nieve densa, blanca y fría. Debajo de ella, la piel de Tsurara se volvió traslúcida, tomando color poco a poco. La joven admiró como su madre tomaba una de sus manos. Sus uñas habían crecido, y la poca luz del cuarto de baño les daba un aspecto filoso. Veía borrosamente, pero la punta de sus uñas era evidente.

—Todo esto… a menos de que decidas matar al objeto de tu amor —susurró su madre.

—¿Yuu… se hizo más fuerte cuando mató… a su esposo?

—Sí —Setsura miró expectante a su hija, que guardó silencio ante sus palabras, aún atontada por el dolor. La vio asentirle ante su respuesta y miró cómo se desmayó, por lo que su cuerpo fue cayendo lentamente al fondo de la bañera, cubriéndose por completo de nieve. Setsura se fue, con un olor a quemado y sangre molestándole la nariz.

Aquella noche Tsurara durmió. Soñó con Rikuo y con Rihan, el padre que nunca tuvo. Él le pidió perdón bajo el árbol de cerezos mientras la cobijaba entre sus brazos. Tsurara supo que aquellas palabras no eran solo para ella. Supo también que no era un sueño común cuando Rikuo desapareció y los brazos de Rihan la apretaron y ella sintió su fuerza traspasarle el cuerpo. Quiso llorar al comenzar a comprender cosas ante su tacto. Entendió que él sí había amado a su madre, antes y después de Yamabuki, antes y después de Wakana. Su error había sido pensar que tenía todo el tiempo del mundo, justo como Setsura, para arreglar sus problemas. Nunca había existido algo que arreglar.

Sus ojos ambarinos, centellantes, le sonrieron. Había dolor, pero también tranquilidad. "Adiós, bonita" escuchó con su voz, y acto seguido, Rihan besó su pelo y desapareció.

Cuando Tsurara despertó, no le molestó solo ver nieve, y se sintió de inmediato tranquila, a pesar de tener una sensación rara dentro de su cuerpo. Se sentó dentro de la bañera, viendo como la nieve que su madre había creado seguía ahí, sin embargo, notando también que el calor en el aire ya no estaba, y afuera, a través de la ventana, había una tormenta. Todo al fondo se veía cubierto de blanco, a lo lejos la mansión.

El viento silbaba.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó al aire, confundida.

—Ya es invierno —contestó una voz. Tsurara se giró y reconoció a Shigama, postrada en la entrada de la cabaña. La joven le sonrió—. Dormiste desde el día de la Canícula. Bonitos colmillos, por cierto.

Confundida, tocó su boca. Efectivamente, de sus encías sobresalían un par de caninos más largos de lo normal. Con la punta de su dedo índice, tocó el colmillo, y su dedo sangró.

—¿Parezco perro? —preguntó a Shigama.

Shigama se rió de buena gana ante su expresión de pánico pero negó con la cabeza.

—Te quedan bastante bien.

Tsurara corrió desnuda por la pequeña villa que era el territorio de las yuki-onna. El viento helado era como un masaje hacia su piel, lo que la hizo sonreír, extasiada, mientras corría hacia su madre, con el recuerdo fresco de la mirada de Rihan en la mente. Tenía que hablar con ella, debía contárselo…

Sin embargo, antes de dirigirse a la habitación de su madre, una mujer la detuvo. Era Yuu. La yuki-onna más anciana la vio con sus ojos caídos de color azul, de frente, con la barbilla en alto y una posición que ella, aún impresionada de salir de su letargo, encontró solemne.

—Tsurara, debo advertirte que tu madre se encuentra indispuesta —dijo y señaló la puerta principal de la mansión—. Te pido que pienses antes de entrar a verla, mientras lo haces podrías cambiarte. Vamos, te acompaño.

Yuu la llevó a su habitación, donde había un espejo de cuerpo completo con un marco de madera oscura. No necesitó mucho para entender que la anciana quería que ella se mirase mientras se vestía. Ella se contempló en el espejo, con Yuu observándola detrás.

Ahí estaban los colmillos. Eran largos, puntiagudos, y acariciaban su labio inferior. Cuando Tsurara miró sus propios ojos, brillantes y ambarinos en el reflejo, recordó a Rihan. "Adiós, bonita". Dejó una lágrima salir, que limpió con sus dedos. Una uña larga rozó sus pestañas.

Sus manos parecían eran garras. Las uñas eran largas y filosas. Sentía energía en la punta. Ella dirigió su mano hacia Yuu, interrogante. La anciana le sonrió confiadamente y pasó una de sus uñas por su garganta, simulando el movimiento.

—Puedes matar con estas —la escuchó decir, sonriente, muy bajito. Después le indicó como hacerlas desaparecer—. Escucha a tu corazón. Cálmalo. Tu espíritu se apaciguará y ellas se irán.

Lo hizo y las garras y los colmillos desaparecieron. Su piel seguía blanca, justo como antes. No había cicatrices, agujeros, nada. Su cabello había crecido abundantemente y su color era profundamente negro, sin ningún brillo. Seguía siendo lacio y se acomodaba a su rostro torpemente. Yuu tomó un cepillo de una caja de madera con flores talladas y lo cepilló, para hacerle un corte a la mitad del rostro y dividir su cabello en dos secciones, dejando mechones que cubrían sus ojos y mejillas.

Con delicadeza, tomó el rostro de Tsurara y puso el cabello que cubría sus mejillas atrás de sus orejas. Impresionada, la joven observó como Yuu hacía crecer sus propias uñas, para cortar su copete.

—Así ya te ves como tu hermosa madre, niña. Ahora, vístete.

Yuu le dijo que su madre había enfermado después de ella iniciar su letargo. Cuando Tsurara pudo verla, ya vestida, solo fue capaz de ver su cuerpo dormido y cubierto por sábanas blancas. El ceño de su madre estaba fruncido, aún en sueños, probablemente como signo de delirio y sufrimiento.

—No te culpes, niña. Tu madre sabía que iba a pasar —Yuu la consoló—. Tú ya sabías que ella iba a morir, también. Todo era cuestión de tenerte cerca y poder recibir el espíritu de ella. Pocas yuki-onna viven para ver a sus hijas hacerse ayakashis adultos. No podía dejarte sin esto. El ciclo está a punto de completarse. Esto es lo que debía suceder. Setsura, pese a lo que ves, se irá de este mundo en paz.

—El espíritu… madre lo ha mencionado, pero aún soy incapaz de entenderlo —le dijo a la anciana.

Tsurara se sumió en una pequeña angustia, sabiendo que quizá ese era el último día en que su madre existiera en el mismo mundo que ella. Eran dos extrañas y siempre lo serían.

—El espíritu de la mujer de la cual nació, tú y ella lo comparten. Cuando ella se vaya de este mundo, el espíritu irá a ti —la voz de Yuu cada vez se volvía más seria— y deberás alimentarlo, niña. Creo que ya sabes a lo que me refiero con esto, ¿no es así?

El pecho de Tsurara tembló.

—Sí, señora Yuu. Lo sé.

Ella debía asesinar a un hombre deshonesto.

Setsura no murió esa noche. La yuki-onna pasó el invierno en cama, mirando como la nieve caía desde la ventana, con los ojos perdidos en la blancura, hasta la primavera. Tsurara estuvo con ella todos los días, la mayor parte del día, dividiendo su tiempo entre tareas domésticas y el cuidado hacia ella. Ningún día fue fácil de llevar. Ella debía de ver como su madre se descomponía, física y mentalmente, frente a ella. Comenzó a tener ataques de ira que acababan en ataques de llanto. Después, Setsura pareció estar olvidando el tiempo donde se encontraba, y gritaba nombres como el de Kejorou, Nattokozzo, Aotabo… y Rihan. A Yuu llegó a confundirla con Nurarihyon, ante su postura caída y jorobada.

—Maldita desgraciada. ¡Cómo osas…! —despotricaba Yuu saliendo de la habitación cada que aquello sucedía.

A veces Setsura era cariñosa cuando estaba sumida en el pasado, pero en ocasiones hubo que usar fuerza para detenerla. La demencia de su madre tenía a todas expectantes, angustiadas, y alertas, siempre. Era difícil no contrariarla, pero todas habían estado de acuerdo en seguir con naturalidad sus alucinaciones. No debían perturbarla de su letargo mental, no cuando en cualquier momento podía morir. Aquello las cansaba y las entristecía. Sin embargo, fue uno de sus últimos episodios el que marcó para siempre a Tsurara.

En una de sus últimas noches, Setsura sobrepuso el rostro de Yamabuki en el de su hija. Ella la escuchó, sin decir nada.

—Eres una pasiva estúpida, Yamabuki —decía Setsura, con la mirada perdida en la oscuridad. Tomó la mano de Tsurara, que apretó mientras respiraba con un ritmo desigual—. Pero entiendo por qué Rihan te eligió. Entiendo también por qué te amó tanto. Tu elegancia, tu corazón tranquilo. Eres como la nieve cayendo —dicho eso, la mujer rompió en lágrimas—. Estoy segura de que sabes que yo también lo amo. ¿Por qué me pediste que te cuidara y le mintiera, Yamabuki? Tú, que tuviste el valor de decirle tus sentimientos, no como yo, que los oculté… Me hiciste prometértelo, maldita manipuladora. Yo, … una maldita yuki-onna no cumpliendo una promesa… Maldita ayakashi correcta… moriste en mis manos en esa cabaña estúpida… cuando podías morir en las manos del hombre que las dos amábamos… estúpida… pasiva… tonta… ojalá hubieras tenido mi esperanza… esa puta zorra está muerta… sólo debías esperar… como yo… podríamos haber sido… felices… Yamabuki…

Su madre murió cuando la nieve se descongeló. Sucedió el último día de la primavera, en la primera noche de verano. Tsurara la bañaba con un trapo húmedo cuando notó que su respiración había desaparecido. Su estómago se cerró, pero de sus ojos no salieron lágrimas, al ver las pupilas borgoña de su madre sin ningún brillo. Bajó sus párpados y suspiró encima de su rostro para congelarla levemente con el propósito de preservar su cuerpo. Aomori y Shigama se encargaron de enterrarla, y la pequeña Kaoru de recoger flores silvestres para decorar su tumba. Todas las yuki-onna presenciaron su entierro. Con sus uñas, Yuu escribió sobre la piedra su nombre.

Antes del amanecer, Tsurara sintió algo escocerle las entrañas. Miró a la anciana Yuu, que le asintió como afirmación ante sus palabras implícitas.

—Ve y busca la ofrenda para el espíritu, niña.

Cuando el espíritu entró a su cuerpo, a Tsurara la invadió una sensación de ira inmensa. Ella nunca había sentido algo parecido, sin embargo, dejó que el sentimiento la invadiera y controlara sus músculos. La ira existía sin ningún otro sentimiento. No tenía miedo, quizá, por primera vez en su vida. Sus uñas, convertidas en garras, se hundieron en la piel, una y otra vez. Los gritos eran insignificantes, aunque sabía que la garganta se desgarraba un poco más con da uno. Sintió su rostro húmedo por el líquido rojo y viscoso que provenía del cuerpo del hombre, de la ofrenda. Estaba segura de no haber parpadeado ni una vez. La ira que la poseía ponía alerta cada sentido que poseía su cuerpo: vista, tacto, oído, olfato, gusto. Frente a ella, el hombre se ahogaba con su propia sangre. Escuchaba aún su corazón latir, pese a que su vida estuviera pendiendo de un hilo sin esperanza de volver a establecerse.

—Dámelo, dámelo —dijo una voz dentro de su cabeza. —Dame el corazón de este hombre deshonesto.

Su cuerpo blanco se cubrió por la sangre cuando tomó entre sus brazos al hombre delirante, que gritaba en pánico y suplicaba. La vida en él se iba y ella la sentía sumergirse en su propio cuerpo. Pero eso no era suficiente. El espíritu dentro de ella rugía con ira. Necesitaba más.

Tsurara sumergió sus garras dentro del pecho, que se deslizaron por la carne como si esta fuera nieve. Apretó el corazón una vez que llegó a él, y aun este bombeando sangre, se lo arrebató, para llevarlo a su boca y romperlo en dos con sus colmillos. Escupió la carne del músculo en la tierra.

La ira se apaciguó. No hubo arrepentimiento ni dolor, solo tranquilidad. Tsurara miró hacia la oscuridad, donde luces indicaban la aldea ubicada debajo de las montañas nevadas, habitada por humanos. Había tomado a aquel hombre de ahí. Lo había sacado de su lecho, que compartía con su hija pequeña, en una casa de madera donde, en los cimientos, pudo reconocer el olor de carne descomponiéndose mezclada con olor de flor de jazmín, del sexo roto y de la carne desgarrada. La madre.

Tsurara tiró el cuerpo del hombre al suelo. Como firma, congeló sus abundantes lágrimas con un hielo demoníaco y lo rodeó de nieve, que absorbió la sangre y se tiñó de rojo. El espíritu se apaciguó aún más dentro de ella. Este no hablaba un idioma que pudiera entender, pero tenía su presencia dentro de su cabeza, y le había dado sabiduría que no solo había compartido con la Tsurara-onna, sino también con su madre. Por ello supo qué era lo que tenía que hacer: dejar un mensaje.

Todo fue diferente una vez que dio la ofrenda al espíritu, que se adentró en ella, haciéndose uno solo con su alma. El mundo, sus compañeros, todo se veía diferente. El calor, en ocasiones, era insoportable, la ponía de mal humor y la mareaba. Yuu había dicho que eso sería normal, dado que aún necesitaba entrenamiento, conocer ciertas cosas sobre su naturaleza de yuki-onna. El autocontrol había sido una de las más importantes y difíciles, sobre todo, porque poco después de la muerte de su madre y la noche de la ofrenda, Tsurara debía asistir a su nombramiento como representante de su raza en el Clan Nura.

Había sido cuestión de días su preparación. Tsurara se sentía como una bomba de tiempo a punto de explotar. Había tenido que meditar día y noche para encerrar su creciente deseo de dominación, con su energía demoniaca queriendo abarcar todo lo que encontraba a su paso. Había terminado por apagarse, si es que eso era posible. Porque extender la energía demoniaca era considerado una falta de respeto entre ayakashis y youkai, sobre todo entre los más viejos. Yuu había sido su maestra, siendo la yuki-onna más longeva de todas, y la única que, además de ella, había aceptado al espíritu de su predecesora. Shigama y Aomori desconocían su origen al igual que Nozomi, Kaoru negaba su naturaleza, y Reira parecía querer aceptar el destino de la maldición ante el rechazo del youkai que amaba. Las demás yuki-onna eran casos parecidos.

—No es lo ideal esconder tu miedo, Tsurara. En realidad, es una táctica bastante cobarde y pasiva de nuestra parte —le había dicho Yuu antes de marcharse— dado que oculta nuestro verdadero poder, desde siempre desconocido y frustrado por nuestra maldición. Pero en la situación en la que estamos, con esta reunión que está planeada para fortalecer nuestra unión con el Clan Nura y el pandemonio del Supremo Comandante, la demostración inconsciente de poder puede terminar en una confrontación. No con él, por supuesto, pero sí con sus súbitos. A Nurarihyon lo siguen muchos youkai débiles pero con sed infinita de poder. Este tipo, en vez de agacharse cuando encuentran a alguien más poderoso que ellos, prefieren actuar sobre el temor y atacar desde ahí. Eso los hace peligrosos. Cubren el temor con sus pertenencias materiales, con sus grandes ejércitos y armas, no con su miedo.

—¿Y cómo hacerlo si apenas puedo controlarlo? —preguntó ella—. Tu miedo ha controlado el mío y no ha habido problema. ¿Por qué con ellos lo habría?

Yuu sonrió con los colmillos, dándole una mirada soberbia.

—Nosotros somos una manada, hermanas de las nieves. Doblegar tu miedo es mi trabajo, parte de nuestra jerarquía, de nuestros cuidados y enseñanza. Ellos… no son nada tuyo. Verán a tu miedo como un insulto, y te doblegarán, pero no como un ayakashi o youkai, sino como una mujer.

Tsurara sintió un escalofrío pasarle por el cuello. Entendía a lo que la anciana se refería, pero no podía explicarlo con palabras, era un sentimiento abstracto. Su madre, la Tsurara-onna, ellas lo conocían, lo habían sufrido.

—Y si eso pasa, niña, deberás matarlos, por lo que te sugiero no alterarte. Aún no estás preparada para defenderte de youkais o ayakashis. No sabes a cuántos inocentes te puedes llevar por las manos una vez que desates ese tipo de poder. Ya conoces la ira del espíritu. Recurrir a ella debe ser estrategia, y para eso es necesaria mucha preparación. Ve al Clan Nura y actúa como una buena mujer —dijo, y rió— o lo que sea que signifique eso.

—¿Por qué no vas conmigo, Yuu? Quizá tú me puedas ayudar.

—No, no, qué cosas. No tengo ánimo para andar ocultando mi apariencia por estar tan cerca de humanos —hizo un gesto de asco ante lo dicho—. A la próxima, si es que todo sale bien, iré contigo. Nos hará bien un viaje a todas.

Tsurara llegó aquel día y la sorpresa de ver su antiguo hogar igual a como ella lo había dejado, la sobrepasó. Sin embargo, aunque el edificio no hubiese cambiado y fuera receptáculo de los recuerdos más felices de su infancia y juventud, las personas dentro de él sí lo habían hecho, justo como ella.

Ella ya no era una niña, sino una mujer. Yuu se lo había repetido muchas veces, pero ella jamás había sentido el cambio tan abruptamente hasta aquel día. Fueron los ayakashis y youkais hombres quiénes la hicieron notarlo.

—Guau, yuki-onna, te has hecho toda una mujer de la noche a la mañana. ¿Cómo le hiciste, eh?

—Te rellenaste de las partes adecuadas, ayakashi. Algo muy útil para crear alianzas.

—Yuki-onna, eres hermosa. ¿Podrías ser mi concubina?

Las anécdotas sobre su madre habían terminado momentos atrás. Todos estaban borrachos y ella no se había acercado a ninguno de sus amigos. Tenía miedo a las preguntas que podrían hacerle, miedo de no ser capaz de responderlas. Ya no se sentía igual a antes. Lo único que en su ser perduraba eran sus sentimientos por Rikuo, que, al otro lado de la sala, a veces lo encontraba mirándola. Él rehuía su mirada cuando ella se daba cuenta, con las mejillas rojas por el sake.

Quiso que él la sacara de ahí. "Amo…" Desechó el pensamiento de inmediato. Ella podía valerse por sí misma.

—¿De dónde sacaste todas esas curvas, niña? ¿Se las robaste a tu madre?

—Si no tuvimos oportunidad con Setsura, al menos nos dejó a su hija. ¿No creen?

—Qué calladita, como me gustan.

—Las calladas son las que más gritan, hombre.

—¿Cuándo podremos visitar Yukiyama, yuki-onna? ¡Todos dicen que las yuki-onna más hermosas se encuentran ahí!

—No, idiota. Son las yuki-onna que ya se prometieron a otro hombre, por lo que ya no pueden enamorarse de ti y tampoco maldecirte.

Ella podía soportar aquello. Ella era capaz de enfrentárseles… simplemente, en ese momento no podía hacerlo. Tenía un deber.

—¡Eh, yuki-onna, no te vayas!

—¡Déjala! ¡Así podemos apreciar la vista!

Se alejó de todo y de todos, por un momento. Sentía como en sus adentros, lo puramente emocional engullía su mente e intentaba tomar el control de su cuerpo, de sus acciones. Inhaló y exhaló. Recordó a su maestra y su voz la tranquilizó. Se recordó cuál era su deber aquel día, en aquel lugar.

De manera inconsciente, sus pies la llevaron al árbol de ciruelo, que floreciente, daba armonía a la atmósfera que lo rodeaba. Vinieron a su mente los recuerdos de cuando compartió el sakazuki con Rikuo. Sintió paz por un momento, sin embargo, luego la embargó una angustia inmensa mientras se acercaba al árbol. Nunca antes se había sentido así al respecto de su amo ni de sus acciones. El recuerdo del Matoi también la molestó, lo que la hizo sentir un calor arrebatador en todas las partes de su cuerpo, y que, para tranquilizarse, otra vez, tuvo que congelar sus ropas con su aliento de hielo.

Sabía que su lealtad hacia el Clan Nura estaba en juego, aunque no quisiera aceptarlo. Ya no era la misma yuki-onna que había crecido ahí. Había cambiado, seguía cambiando, y el orden establecido en aquel lugar no se adaptaba a sus nuevas necesidades. Entendía a su madre, por fin. Las emociones no eran fáciles de ocultar, pero Tsurara sabía que tampoco debían permanecer ocultas. Ella no era su madre, y lo sabía porque la sabiduría de ella y del espíritu estaban dentro de su cuerpo, añadidas a su mente y a su alma, y ella estaba dispuesta a utilizarlas para no repetir el pasado. Pese a que su madre estaba muerta desde hacía algunas semanas, Tsurara había aprendido de ella bastantes cosas. Su historia, principalmente, había esclarecido mucho lo que ella quería y deseaba para el futuro, camino anteriormente adaptado a las necesidades de un Clan que era el suyo pero donde nadie sería capaz de entenderla, adaptado a la vida del hombre que ella amaba y que la tenía en pura incertidumbre.

La incertidumbre era el peor castigo que una yuki-onna podía recibir.

Lo miró sentado en el árbol de ciruelos con su cabello plateado estático ante la ausencia de viento, fuerte ante la débil brisa de verano. Su pecho, descubierto por el haori flojo, brillaba por el sudor que provocaba el sofocamiento de la humedad, con las gotas de sudor paseándose hacia más abajo, hacia lo oculto, con cada respiración pausada y profunda que daba. Sus ojos eran rojos, centellantes y densos como un mar de sangre, y en ellos se veía la posibilidad de matar, de doblegar, de dominar. Tsurara anhelaba ser vista por ellos, deseaba hundirse en ellos, quería aspirar el agua salada y caliente que su piel producía.

Se sentó a su lado y se dispuso a tomar el sake que había robado de los youkai que la habían insultado. Estaba segura de que valía muchísimo dinero; su sabor era especial, fino, y muy alcoholizante. Le sirvió en su copa, aunque con una sensación extraña de enojo dentro de ella. Su deseo, actualmente, era diferente al experimentado antes. El sentimiento de amor era el mismo e incluso hasta más intenso, con su naturaleza de ayakashi liberada por fin. Sin embargo, el deseo de ser correspondida no era el único: deseaba hundirse en él y que él también se hundiera en ella. Deseaba servirle, adorarle, pero también ser servida y adorada. Nunca había contemplado aquello.

Ella era sirviente, él era su Amo. Lo amaba desde que lo conoció, siendo un niño cautivador y simpático, siempre preocupado por ella y en búsqueda constante por sus atenciones, que ella siempre dio sin esperar nada a cambio. Su amor pasó muchas etapas: la niñez, la adolescencia… y ahora estaba en la adultez, que como youkai, ambos estaban experimentando bastante tarde, de manera estrepitosa, rápida y frustrante.

¿Él se sentiría igual? ¿La desearía, incluso si no la amara? ¿La encontraría hermosa, como encuentra hermosa a Ienaga? ¿Hermosa y cautivante en su peligrosidad y oscuridad, como Rihan veía a Yamabuki Otome? Tenía tantas preguntas y tan poco control sobre sí misma como para atreverse a formularlas…

Tsurara nunca había sentido deseo de esa índole. Su corazón siempre había respondido a la voz de Rikuo Nura, y ante sus palabras, miradas y tacto, había palpitado con locura. Pero ahora no sólo su corazón respondía y clamaba por él, también lo hacía su piel, su boca, sus manos, su sexo.

Quería unirse a él. Quería amarlo para siempre, a él, como youkai y también como humano. Sin embargo, él tenía que tomar una decisión. Aún lo sentía dudar sobre su naturaleza dual, sobre sus deseos duales, que aún no sabía si estaban de acuerdo o no. Ella no podía seguir sobre aquel terreno pantanoso, no cuando su indecisión podría significar actos atroces sobre su vida y la de él, y también sobre las demás yuki-onna, ahora su responsabilidad.

No buscaba el poder que daba la venganza de la maldición que atormentaba a su raza, pero Tsurara no estaba segura de qué camino sería el mejor a elegir si era rechazada o utilizada. Su mente ya no era la de una niña: lloraría de tristeza ante su desamor, quizá se dejaría morir después; pero eso lo haría si ella fuera la única habitante en su cuerpo. Ella llevaba consigo al espíritu y a su madre, y ya eran uno. No estaba segura si, como tercera generación de yuki-onna, la maldición pudiera ser ignorada y sufrida solo por ella.

Cuando Tsurara regresó a Yukiyama, las yuki-onna le hicieron un banquete de bienvenida. Aquello fue un profundo placer para su corazón contrariado, haciéndola sentir bienvenida y esperada.

A diferencia del Clan Nura, donde ella debía enfriar sus alimentos y, en general, comer lo poco que había disponible para ella (dado que casi todos los platillos producidos eran originalmente calientes) las yuki-onna servían alimentos frescos y crudos, además de bebidas con hielo. Lo único que no cambiaba entre ambos de sus hogares era el gusto por el sake y la borrachera. Por supuesto, en su nuevo hogar no había hombres mirándole lascivamente ni haciendo comentarios desagradables. Tsurara recordó otra vez a su madre, quien debió pasar por lo que ella pasó, seguramente, muchas veces. Después de todo, ella estuvo desde el inicio del Clan con Nurarihyon y continuó con Rihan, bastante años más.

Aquella noche, aunque no hubo un sakazuki, Tsurara se sintió unida a todas las mujeres de Yukiyama. Yuu sabía tocar el shamisen, por lo que bailaron durante varias horas antes de conversar, al ritmo de la música tradicional. Conoció las historias de todas, llorando, incluso, con algunas de ellas.

Tsurara se sintió privilegiada con su vida, aun contando su sufrimiento, que, se había dado cuenta, era insignificante comparado con el de sus recién conocidas hermanas.

Borracha, Reira confesó que su enamorado era Itaku, el youkai oso que había entrenado a Rikuo en Toono y lo había acompañado a Kyoto a luchar contra Hagoromo Gitsune. Él había puesto su entrenamiento de guerrero sobre sus sentimientos, por lo que terminó abandonándola. A partir de ello, Nozomi contó que ella venía de Kyoto, siendo en el pasado propiedad de uno de los súbditos de la youkai zorro en la época feudal: ella lo había asesinado para liberarse, por lo que posteriormente, vagando sin rumbo por la ciudad, fue encontrada por Setsura y Kejorou, a la que llamó como "la mujer de senos grandes", y a su madre como "La señora". Shigama y Aomori se proclamaron hermanas y vencedoras del youkai híbrido que las había comprado de un ayakashi mercenario durante la era Edo, desde pequeñas, para posteriormente, a lado de Setsura y Nozomi, cazar a la banda del mercenario y matarlos, encontrando a varias yuki-onna más. Tsurara se sorprendía y se llenaba, posteriormente, de orgullo, al enterarse de cuántas veces su madre se había involucrado para salvar a sus hermanas y castigar a los hombres que las tenían prisioneras. Porque las historias se repetían: o estaban encadenadas a un hombre por amor, o las cadenas eran de metal.

Recordaba tanto las historias de Rihan y Aotabo, las de Kubinashi y Kurotabo, siempre hablando de explosiones, de técnicas, de victorias. A Nurarihyon lo recordaba contando sus hazañas, donde lo que más resaltaba era que siempre se mantuvo como el ladrón que nunca podría ser atrapado. Poco habían hablado de las personas que habían salvado... como si no importaran.

Yuu, quien fue la última, contó que ella fue buscada, mas no salvada.

—Yo siempre he sido la guardiana de Yukiyama, niña. ¿Mi esposo, ese bastardo infiel que no me esperó? Bueno, pues él era un ayakashi de Toono, justo como yo. Fuimos de los primeros en habitar esas montañas. No te imaginarás cuál era mi edad, ni me la recuerden. De hecho, es precisamente él, mi esposo, el que pretendía tomar el puesto de líder antes de Akagappa, siendo mucho más atractivo y etéreo que ese youkai peludo sin gracia, que no tiene gracia para nada, ni para existir —todas rieron ante el despotricado de insultos de la anciana—. Mi esposo, Hisao… el hombre que pretendía vivir mucho tiempo… —ella misma se rio ante el chiste— no me esperó durante la prueba.

—Un día salí a pasear, a jugar con los niños. Uno se perdió… y como buena mujer que soy, fui a buscarlo. Recuerdo odiar a su madre, una youkai tigre celosa y ridícula, pero en esos tiempos, buscaba la paz de todos con todos. Bueno, la historia es que, en medio del bosque, en medio de uno de los inviernos más fuertes que habían acontecido en ese tiempo de la historia… me sucedió. Debía cambiar, ¿lo entienden? Mi cuerpo comenzó a descomponerse, sentía calor pese al frío, el calor me quemaba la carne. Como pude, me cubrí de nieve demoniaca, y dormí. Dormí hasta que no hubo más nieve, hasta que sentí que mi piel, regenerada, estaba sobre la tierra sólida y seca.

—Regresé a casa, una pequeña choza que, según Hisao, al proclamarse líder, haría una mansión para mantener seguros a nuestros futuros hijos, nuestra mezcolanza de ayakashis hielo que seguiría manteniéndose generación tras generación, por lo que ningún ayakashi hielo mujer o varón estaría solo después de eso. Porque ambos crecimos solos y sufrimos, y nuestra meta era que nadie más semejante a nosotros lo hiciera. En fin, regresé con nuevos sentidos, con sed, con añoranza de ver a mi amado, de clavarle mis nuevas garras, de verlo con mis nuevos, poderosos, despiertos ojos…

—Ni siquiera conocía a la ayakashi con la que lo vi compartir nuestro lecho y cubrirse con las mantas que yo misma había cocido, por lo que matarla fue lo primero que hice. Ella no tenía la culpa, pero la ira del espíritu era inmensa. Yo no conocía ni tenía idea del espíritu en ese entonces, por lo que me dejé llevar. Él me explicó poco, se atrevió a decirme que no me había dejado de amar, pero que si pensaba ser líder, debía tener una esposa… "¡Me tenías a mí, Hisao!" recuerdo que le grité. "¡Te fuiste, Yuu, me abandonaste!" me dijo. Recordé mi carne cayéndose a la nieve… el escozor en mis ojos, el fuego dentro de mi cuerpo. Sabía, ya en ese momento, que él nunca me amaría como yo era capaz de amarlo. El infierno de la prueba se hizo llevadero, con el tiempo, al pensar en él y en mi regreso. Pero el alivio que me brindó se convirtió rápidamente en ira, en sed de sangre. "Yo te hubiera esperado décadas, maldito" fue lo último que le dije, antes de arrancarle el corazón y comérmelo, comérmelo todo. El poder que me brindó el espíritu, agradecido por la ofrenda, más la decepción de mi amante, esposo, de mi Todo…y mi posterior venganza, es lo que me ha hecho vivir tanto.

—Es más que obvio que después no me quisieron volver a ver en Toono. No fui muy lejos, porque siempre me ha causado repugnancia el cambio, y me instalé en esta montaña, en lo más alto, y la rodeé de miedo de hielo. Pasaron bastantes siglos para que llegara Setsura y me pidiera resguardarlas a todas aquí, en mi hogar. Trajo a hombres del Clan Nura para que construyeran este pequeño palacio, donde toda nuestra raza fuera capaz de vivir en paz, fuera del mundo masculino y ridículo de los youkai que tanto buscan nuestros cuerpos y que lastiman nuestras almas. Muchas han venido en todo este tiempo, cientas de yuki-onnas, y a todas les prometo lo mismo que te voy a prometer en este momento, Tsurara: voy a protegerte, voy a enseñarte y voy a darte una familia, en nombre de tu madre, que en paz descanse, y de mi historia y de la historia de todas las otras, de las que viven para contarlo y de las que debemos recordar.

Yuu levantó su copa, finalizando su historia, y las demás la imitaron, sonriendo de oreja a oreja.

—¡Por Tsurara!

Tsurara sintió su pecho hincharse de alegría, a la vez que lloraba perlas de hielo. ¿Cómo el mundo podía ser tan cruel y cálido a la vez? Todo era tan contradictorio…

"Somos ayakashi, niña" le dijo una voz en su cabeza, que reconoció como la del espíritu y su madre.