Guest, thank you so much for your reviews. I'm sorry for the delay and I'm so glad that you read my fanfic despite the barrier of the language. I hope you like this chapter.
Love is a mystery
hide inside everybody
there are sadness and questions
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Love is a mystery
La relación entre él y su abuelo se había convertido en una relación bastante tensa. Siempre lo había sido: Nurarihyon era el patriarca y él quien lo suplantaría al llegar su momento. Era un youkai sabio y tranquilo, pero eso no contrarrestaba el hecho de ser un anciano terco e imbécil que a veces actuaba como si continuaran en el shogunato y él fuese el maldito emperador. Su abuelo era un youkai casi ancestral y sus conocimientos eran tan válidos como valiosos, sin embargo, dialogar con él era difícil. Se creía omnipresente y perfecto. No siempre estaban de acuerdo —a Rikuo tampoco le parecía que debían de estarlo. Sabía que su padre probablemente había tenido conflictos similares con él, mas en su caso, Rikuo tenía el ligero presentimiento que la tensión entre ellos era por cuestiones diferentes: su abuelo nunca lo había tomado mucho en cuenta por la inmensa diferencia de edad entre ambos. No sabía si eso se debía también a su parte humana. El trato paternalista de su abuelo incluía, de ser posible, hacerlo pensar como él, pero se conformaba principalmente con la premisa de decir quién mandaba y dejarlo claro. Era sutil desde las sombras, pero ahora, ya casi un adulto, Rikuo lo notaba.
Rikuo no quería aceptarlo, pero sabía que los problemas habían tomado un camino distinto desde la visita de Setsura y la partida de Tsurara. Primero el abuelo había hecho comentarios despectivos acerca de la raza de las yuki-onna, declarándolas de naturaleza impulsiva y débil; para tiempo después, evadir o ignorar cualquier comentario que tuviera que ver con Tsurara y su regreso de manera grosera e indiferente. Casi parecía haber decretado que nadie la mencionara. Su nombre nunca salía en la plática. Rikuo, aunque molesto, prefería dejarlo pasar.
Después de que ella vino para anunciar la muerte de su madre fue que la tensión se volvió palpable e insoportable. Su abuelo siempre había sido un imbécil confiado y no conocía cuando cruzaba un límite. O no le importaba.
"A usted entero" había dicho Tsurara. Aquello se había sentido como un tremendo alivio, pero después pasó a ser un nudo en su corazón.
Rikuo llevaba más de veinticuatro horas encerrado en su habitación. Tsurara hacía mucho tiempo se había marcado a las montañas, pero él no quería salir, no quería ver a nadie. Había comido las bandejas que Kejorou le había dado en las tres horas de comida que habían pasado. No se sentía triste, más bien se sentía desnudo, frágil como una pluma desde su conversación con Tsurara.
Haber estado ebrio no ayudó en nada. Todo se sintió el doble de fuerte, fue como ver todo desde el inminente apocalipsis. Nunca había sentido tanta urgencia ni necesidad. Aquello lo sorprendió, al principio avergonzándolo. No dejó de pensar durante horas, volviendo a ser humano y sin darse cuenta, mientras trataba de poner en orden sus caóticos y extraños pero nuevos pensamientos.
Y después llegó su abuelo.
El anciano no llamó a la puerta, solo entró. Tenía el entrecejo fruncido, como también la boca, lo que lo hacía verse aún más arrugado de lo que mostraba estar. Rikuo lo miró de manera neutra, evitando molestarse. De verdad no quería ver a nadie en aquel momento. Se lo había dicho a su madre, a Kejorou y a Aotabo. Todos habían respetado su decisión, excepto él. Le costaba ver lo poco que estaba dispuesto a cumplir sus deseos.
—¡Eh, Rikuo! ¿Cuándo piensas salir?
El aludido guardó silencio.
—Hay cosas qué hacer, niño. Ya es hora que salgas.
—Lo haré cuando quiera, viejo —contestó barítono—. Sal de mi habitación.
—No —bufó el viejo Nurarihyon—. Tú sal de la habitación.
Rikuo inhaló y exhaló, buscando serenidad ante la sensación de ira que comenzaba a llenarlo. Comenzó a ver cómo las sombras de su habitación se extendían, pese a ser ya de día. Su abuelo estaba utilizando su miedo para intimidarlo a obedecer. Pensó bien en lo que diría, y segundos después, estando seguro, dijo:
—Vete de mi habitación, viejo.
Nunca llamaba así a su abuelo, no con su forma humana. Como humano, Nurarihyon le inspiraba más respeto, y como youkai, lo sentía como su líder, aunque siempre tenía presente el hecho de que él podría rebelarse si quisiera.
Sin embargo, a esas alturas de su vida, a él ya no le asustaba la oscuridad. Por más que su abuelo se escondiera entre las sombras, Rikuo tenía la certeza de que él podía hacer lo mismo. Daba igual su forma, si era día o de noche. Su naturaleza era semejante, compartían genes, sus reflejos y maneras venían de donde mismo. Difícilmente un ladrón es capaz de robar a otro ladrón, aunque uno tuviera más sangre humana que el otro. Rikuo no comprendía la necesidad de su abuelo de doblegarlo, pero sabía que no se lo permitiría.
Él ya no era un niño. Podía hacerlo mismo que él, aunque eligiera no hacerlo.
Nurarihyon, mirando su expresión imperturbable, disipó toda sombra de su energía demoniaca, y con una expresión seria, habló.
—¿Te dejaste hechizar por esa ayakashi? ¡Rikuo! —su voz, trémula, era ronca y oscura—. ¿Es que eres un estúpido?
—Me llama particularmente la atención la palabra que has utilizado, abuelo. Hechizar. ¿Y llamarla así? ¿Esa ayakashi? —negó con la cabeza y apretó la mandíbula—. Ella vivió casi toda su vida con nosotros. Es hija de la primera ayakashi que te siguió, la que cuidó a tus súbditos y crió a tu hijo y lo amó hasta que murió. Era una protegida de mi padre, y pasó a ser una protegida tuya cuando él murió. Es miembro de mi hyakki yako. Es parte de nuestro clan. Es mi amiga, y quizá...
—Cállate, Rikuo —espetó el anciano, interrumpiéndolo—. Para ahí. No sabes en qué te estás metiendo con esa mujer. No sabes lo peligrosa que puede llegar a ser. Ya no es una niña. Ya no es una Nura.
Pero lo será, se dijo en sus pensamientos de manera inconsciente. Si eso está en mis manos, se dijo.
—Ella es una yuki-onna —dijo Nurarihyon—. Si ella acepta al espíritu...
—Ya lo ha hecho. ¿Y? Tú eres un ladrón.
—Yo robé oro y a una princesa que quería ser robada —contestó. Lo miró gravemente—. Ella puede matarte. Sentirte así, como te sientes, por ella... no es adecuado. No es práctico ni inteligente. Es mejor que continúe siendo tu sirvienta, como siempre ha sido. Una yuki-onna de tu lado vale mucho, pero una yuki-onna dentro de tu lecho es una bomba de tiempo. Serás la cabeza del Clan Nura, su Comandante Supremo, el líder del Pandemonio más poderoso del mundo espiritual. No puedes permitirte estar atado de esa manera.
—¿Adecuado? —Rikuo subió la voz, visiblemente enfadado. Repitió en balbuceos todas las maneras que adjudicó a Tsurara, incrédulo, y cada vez más furioso. Él no lo notó, pero aún de mañana y como humano, sus ojos se pintaron de rojo.
Pensó en todas las cosas adecuadas existentes en su vida. No había ninguna. Siempre rodeado de youkai y ayakashi, tratando de vivir como un humano, escondiendo cierta parte de él y negando a su familia. Todo porque eso había sido lo adecuado. ¿Para quién? se preguntaba Rikuo, enfadado, triste y frustrado. ¿Alguna vez él podría decidir lo que era adecuado para sí mismo? ¿Sería capaz de decidir qué era adecuado para los demás? Él no quería hacer eso. Nadie debería dejar su vida a manos de alguien más, no de esa manera. ¿Tendría que actuar como su abuelo, algún día, al ser el líder? Aquello le asqueaba.
Nurarihyon cambió su expresión, pasando a verse impresionado y sorprendido.
—¡Vete, viejo! ¡Sal de mi habitación!
Su tono no admitía nada más. Rikuo sintió vergüenza por su actitud cuando vio a su abuelo ceder. Verlo tan anciano, pequeño y frágil le hacía un nudo en el estómago, sin embargo, sabía que detrás de ese cuerpo habitaba algo que no estaba a la vista. Un demonio ancestral, una vida conformada por siglos. Poder, pero también cansancio.
Esa fue la primera ocasión en la que duraron semanas sin hablarse. La primera de muchas.
Rikuo tuvo suerte de recibir la visita de Zen cuando las cosas se pusieron tensas con su abuelo. Tenía muchas dudas de su naturaleza youkai pero también de su próxima vida adulta. Sabía que podía confiar en su madre, pero estaba bastante seguro de que ella no era la persona adecuada para hablar esas cuestiones por dos simples razones: no entendía lo que era tener un cuarto de sangre youkai y solo se preocuparía. La otra persona posible para ello era su abuelo, pero dada la reciente pelea, Rikuo evitaba a toda costa hablarle o dirigirle la mirada.
Todos en el clan parecían incómodos por la tensión entre ambos, pero Rikuo no podía ceder. Conforme pasaba el tiempo, el joven encontraba más razones por las cuales seguirle evitando. Pocos lo cuestionaban. Solo Daruma había llegado a preguntarle, de forma insistente, qué pasaba, y había sido callado tajantemente por Karasu. Sabía que Aotabo, Kurotabo, Kubinashi y Kejorou, pese a no haber mencionado nada, lo entendían. Ellos le debían lealtad ciega a su difunto padre y a él mismo, no a Nurarihyon. El unión del sakazuki que habían compartido era más fuerte que la jerarquía del clan.
Rikuo también quería pensar que su lealtad estaba basada en algo más que su pacto. Necesitaba que fuera así.
Una de las cosas sobre las que se enteró lo hizo molestarse aún más. Rikuo se había dado cuenta que él debió de haberle hablado de estos temas desde hacía mucho, porque al hablar con Zen, el youkai serpiente se sorprendió ante su desconocimiento.
Etiqueta y costumbres youkai. Deseo. Apareamiento.
Vinculación.
Todas esas cosas carecían de sentido si pensaba como cuando era más joven. De no haber tenido contacto con otros youkai y ayakashis, quizá nunca hubiese encontrado lógica en las palabras de Zen. Pero a sus diecinueve años, Rikuo había tratado con demasiados seres sobrenaturales, e incluso él mismo parecía ser cada vez más sobrenatural, y las cosas, naturalmente, comenzaban a desencajar.
—Así que te han tratado como un humano toda tu vida —suspiró—. No sabes nada de costumbres o prácticas youkai. Vaya —parecía hacerse a la idea, aún impactado—. No sé si fue idea del Comandante Supremo o de Rihan. De ambos me sorprende, y, la verdad, me enoja un poco. Somos un clan de youkai. ¿Se avergüenzan de nosotros?
Rikuo sintió interés inmediato al escuchar el nombre de su padre, aunque se mezcló con la confusión que Zen manifestó y le contagió.
—¿A él le gustaba ser mitad youkai? A mi padre.
Zen lo miró con una sonrisa de todos los dientes, de repente despabilado.
—¡Claro! —casi gritó, emocionado—. Rihan tenía una forma humana, ¿sabías? Pero siempre prefería verse como youkai. Él siempre tuvo conciliadas sus dos partes, la humana y la youkai. ¡Eso lo hacía un hanyo poderoso! De no haber sido famoso tu abuelo y el rapto de Yohime, nadie podría haber adivinado la naturaleza híbrida del Segundo. Incluso, pues, tú sabes... —se sonrojó— llegó a casarse con la señorita Yamabuki Otome, una hermosa ayakashi. Si no hubiera sido por la zorra esa, quizá no hubieses nacido. ¡Había tanta riqueza y gloria con Rihan enamorado de la señorita Yamabuki! Aunque esos fueron otros tiempos... pero con lo que mencionas... quizá haya algo que no sé. Quizá algo cambió cuando se casó con tu madre. Antes había más conflicto entre ellos dos, tu abuelo y tu padre, y al llegar la señora Wakana, todo fue cambiando.
Algo hizo clic en la cabeza de Rikuo.
—¿Crees que la maldición tenga algo que ver con todo esto que no sé? —le preguntó. Zen alzó una ceja—. Es decir, que por eso mi abuelo tenga esa actitud conmigo. Me has contado, en quince minutos, cosas que él nunca me dijo en casi dos décadas de estar juntos. No sé porqué me ha ocultado todo esto. He visto a papá en visiones… pero no lo conozco. Siento que hay cosas de él que no sé y que debería saber por él. Pero él no está y nadie me dice nada. Sé que papá me comprendería… sé que posiblemente fuera el único. Después de todo —Rikuo sonrió, con expresión triste— él es mi padre.
Zen miró a su protector con los ojos cristalinos y se enjuagó una lágrima silenciosa, que despertó con aquellas palabras dedicadas a una de las mejores personas que había conocido en su vida. Tocó el hombro del joven comandante, y tras un momento de respetuoso silencio, se atrevió a hablar, a la vez que lo apretaba.
—Tú rompiste la maldición. ¿Recuerdas? Ya no hay ningún Nura que esté maldito. Mataste a Hagoromo Gitsune. Tu descendencia puede ser con cualquiera, humana o youkai.
—O ayakashi —agregó Rikuo.
—Sí, también —asintió Zen. Lo miró fijamente durante un momento—. ¿El Comandante Supremo... qué está haciendo? ¿A qué se opone?
Rikuo le devolvió la mirada de forma nerviosa mas no dijo nada.
Zen frunció el ceño.
—Bueno, si no me dices, tal vez olvide la genial idea que acabo de tener en este momento —Rikuo no contestó, pero se atrevió a mirarlo fingiendo un leve puchero. Zen quiso resistir, pero soltó la idea segundos después.
—Bien, bien, eventualmente me lo dirás. Y sé que si estás contradiciendo al viejo es porque probablemente tengas razón y debas hacerlo. Aunque no la tuvieras, yo seguiría de tu lado —resopló quejándose, pero con una mirada muy seria. Aquello hizo sonreír a Rikuo, provocándole un sonrojo en la cara a Zen—. Pre-prepararé un brebaje para inducirte al plano astral y busques a Rihan. Él... te dirá qué hacer. Pero primero... dame tiempo para recolectar los ingredientes. No tengo todos en casa y algunos son un poco complicados de hallar.
—¿Lo lograrás terminar antes de la semana de la sucesión? Faltan meses, pero —sabía que la conversación debía hacerse lo más pronto posible, dado que Rikuo debía tomar decisiones antes de aceptar su puesto—... creo que es un asunto que debe hacerse lo más pronto posible, y antes de eso.
—Definitivamente. Confía en mí, Amo Rikuo. Hablarás con el Segundo antes de convertirte en el Comandante Supremo.
Un abrazo y saludos.
Un abrazo y saludos.
Un abrazo y saludos.
Rikuo aún no podía desprenderse de la carta que había escrito, pese ya haber sido entregada a Sasami y esta haber partido hacia las Montañas Nevadas. Aquella oración no salía de su mente. Un abrazo y saludos. ¿De verdad era eso con lo que había querido despedirse de Tsurara, luego de tanto tiempo sin verla y estar en comunicación con ella? ¿Aún después de su última conversación? Se sentía como un completo idiota.
Ella le había reafirmado su amor, por él como humano y por él como youkai. Aquello lo había descolocado durante días enteros, llegando a ni siquiera poder aparecerse a despedirla en esa ocasión. Rikuo veces olvidaba su dualidad y la daba por sentada. Que confesara sus sentimientos hacia ambas de sus partes, tan diferentes, había sido un choque mental para él. Ni siquiera él estaba seguro de cómo se sentía respecto así mismo, al menos no con la misma seguridad que Tsurara.
Rikuo sentía, desde ese momento, su corazón latir desorbitado ante cualquier señal que indicara la existencia de la yuki-onna. El hielo de la limonada, el cielo nublado poniéndose amarillo en el atardecer, el blanco de su haori para dormir, el viento helado de la mañana. Antes aquello era diferente: Rikuo no había dejado pasar un día sin pensar en ella, sin embargo, pese a que los recuerdos eran nítidos, eran eso, recuerdos. Ella levantándolo por la mañana, ella dándole su desayuno, ella vigilando atrás de él. Ahora, después de su visita y su confesión, Rikuo la encontraba en todas partes, aunque sin verla. Los espacios, las cosas, todo se convertía en ella.
—Y no puedo creerlo, pero Kyo convenció a los niños de hacer una casa embrujada como proyecto final de la clase. Fue mi culpa, porque ese día le pedí recogerme de la preparatoria, ese día fue cuando nos juntamos con Shiwa en la ciudad, ¿recuerdas?
—Sí, lo recuerdo. Llegaron un poco tarde, ¿verdad?
—¡Por eso llegamos tarde! Estaba tan molesta que ni les quise contar. Los niños me hacían compañía y con cinco minutos que habló Kyo con ellos, los convenció de creer en los youkai.
Tomaba el té de la tarde con Kana, ambos sentados fuera de su habitación y mirando hacia el jardín. La joven hablaba animadamente sobre algo de la secundaria de Ukioye, donde actualmente hacía sus prácticas universitarias, pero Rikuo era incapaz de escucharla, estando absorto por completo en sus pensamientos. Contestaba por pura inercia y con preguntas, a veces con risas, y así había sido desde que ambos habían terminado por sellar las invitaciones para su cumpleaños y la sucesión, actividad en la que Kana había decidido apoyarlo.
Ella podía seguir hablando sola, había descubierto con el tiempo.
—Y luego les sugirió la casa embrujada y les dijo que les daría publicidad en el periódico donde trabaja.
De ella había sido la idea de hacer las invitaciones impresas. Rikuo no quiso descartar aquella idea, por lo que decirle a su abuelo de aquello había sido con la intención de que el anciano lo hiciera por él. Rikuo sentía que el cambio de formato podría molestar a algunos de los clanes, que siempre habían estado fuera de las innovaciones de los humanos. Sin embargo, su abuelo había dicho que hacer las invitaciones impresas había sido una grandiosa idea.
—Señorita Kana, qué haríamos sin usted —fueron sus palabras de felicitación. A Rikuo se le cayó la cara cuando las oyó.
Cuando llegó el momento de mencionar la invitación de las yuki-onna, Rikuo se dio cuenta que podría enviarle una misiva a Tsurara sin perturbar nada y sin que nadie, excepto los Tengu, se enterara. Fingió que escribía para Itaku, mientras que Kana se encargaba de personalizar la invitación formal. Tuvo aún más suerte al ver a Sasami y saber que ella iría personalmente a entregarlas. Confiaba su vida también a sus dos hermanos, sin embargo, el rumor implícito de que la partida de Tsurara era a su causa lo había puesto un poco contra la pared. Su vida personal se había vuelto comidilla entre sus súbditos, que aún chismeando con respeto, llegaban a ser molestos. Sasami era justa y silenciosa, como también imperturbable. No podría decirlo en voz alta, pero ella se había convertido en su favorita de los Tengu.
—Ay, no, Rikuo… espero que la escuela no me regañe… ¡Kyo es un tonto!
Rikuo sabía que escribir la carta con Kana presente era un error, pero pensó que debía romper la timidez que le embargaba cuando pensaba en Tsurara y todo lo que tenía que ver con ella. Era confuso y abrazador, siempre desorbitante, caótico, incluso un poco siniestro. Con las mejillas rojas sería incapaz de admitir que también era sensual, pero tampoco sería capaz de negarlo. Había mucho claroscuro en esos aspectos de su mente, con todo lo que rondaba a Tsurara. No sabía si el sentimiento de desconformidad venía de la improvisación de la carta o de la sensación incómoda que le daba la presencia de Kana ante la intimidad que quería plasmar con puño y letra y no fue capaz de reflejar. Le enojaba porque sabía que dentro de él había algo que no era capaz de transmitir y que necesitaba, urgentemente, pronunciarlo.
Un abrazo y saludos, resopló mentalmente. Estúpido, Rikuo.
Kana tenía varios días seguidos visitándolo. Rikuo sabía que su amiga pasaba mucho tiempo en la Mansión, sospechosamente, desde el primer verano que Tsurara se fue con Setsura. Al principio no se preguntó el porqué, dejó todo pasar, dado que, a fin de cuentas, compañía siempre había tenido y una más no era un problema que hiciera la diferencia. Las sospechas vinieron luego del año de sus visitas regulares, al principio acompañada por Kyo y después en solitario.
Al principio había sido compañía exclusiva de su madre, quien, feliz, la aceptó en las cocinas y en sus ratos libres. Él mataba la mitad de su tiempo en la universidad, donde había decidido estudiar Historia y especializarse en el folclor japonés, por lo que pasaba solo las tardes y noches en casa. Rikuo se alegraba de que Wakana tuviera compañía humana y femenina de vez en cuando. Era obvio que Wakana le tenía aprecio a todos en el clan, sin embargo, debía extrañar la cercanía de personas similares a su raza. Kejorou, pese a ser la única mujer y su constante compañía, seguía siendo y pensando como un ayakashi. Y él, de alguna manera, cada vez era menos humano. La presencia de Kana traía beneficios —si es que debía buscarlos, suficiente que fuera su amiga de la infancia —pero las cosas cambiaban con ella cada cierto tiempo. A Rikuo le ponía nervioso haber notado que Kana parecía entrometerse en asuntos en los que antes había estado feliz de ignorar. Algo había cambiado y era imposible ignorarlo.
Él lo aceptaba: era distraído como un humano común y corriente. Su instinto de youkai le advertía cosas que no cualquiera sería capaz de ver, que a veces, por distraído, olvidaba o dejaba pasar: lo uno, a fin de cuentas, no contrarrestaba lo otro.
De la misma forma, en ocasiones su instinto le decía cosas que él no quería ver y tampoco aceptar. Vivir entre humanos y poder observarlos desde otra perspectiva era difícil y angustiante. Hacía a las relaciones planas y a veces incluso aburridas. No había muchas sorpresas, aunque sí disgustos y malentendidos, que nunca habían sido fáciles de comunicar. Siempre era mejor no buscar al diablo en los detalles, Rikuo sabía que lo encontraría.
Lo de Kana no sabía en qué categoría ponerlo, solo entendía que lo hacía sentir incómodo a más no poder. Rikuo lo había descubierto no por el instinto, pero este mismo se lo había confirmado. Aún estaba en la etapa donde prefería ignorarlo y dejarlo pasar. Pero comenzaba a hacerse difícil. En ocasiones, Kana era tan directa que incluso dejarlo pasar era imposible, era como una espina se le enterraba. Ni siquiera quería pensar en eso, en verdad, pero ella pasaba todo tiempo posible en su casa, y llegaba a él al atardecer, o antes. Ella no se iba hasta la noche. Rikuo sabía qué era lo que quería.
Como en todas las ocasiones anteriores, Kana guardaba silencio cuando el sol comenzaba a caer y el cielo a oscurecerse. En esta ocasión Rikuo lo agradecía, porque no había podido seguir ni el más pequeño e insignificante hilo de la plática. La incomodidad de ser observado no era tan vergonzosa como la de ser descubierto no prestándole atención. Eso seguro lastimaría aún más sus sentimientos.
Kana lo miraba largamente, contemplándolo, esperando a que sucediera lo que ella deseaba.
Ella quería verlo convertirse en youkai, lo sabía.
Desde que ella había descubierto, a la par de Kyo, su naturaleza de youkai, esconderse había dejado de ser un problema. Sin embargo, Rikuo era incapaz de entender por qué Kana había empezado a cambiar sus actitudes de maneras tan extrañas. Ellos siempre habían sido grandes amigos, y si Rikuo lo pensaba bien, ella le había agradado más de lo normal cuando eran niños. Ese sentimiento ya había pasado. En el presente se preocupaba por ella como lo haría por su familia, iría a salvarla a donde fuese, y, de cierta manera, sabía que la amaba. Su instinto le decía, y le repetía, él siempre tratando de ignorarlo, que ella también pero de una manera distinta.
Completamente distinta.
—¿Tengo algo en la cara? —preguntó, fingiendo desconcierto, aún en su forma humana.
Ella se sonrojó y volteó a otro lado, poniéndose torpemente de pie. La noche finalmente cayó frente a ellos y la luna iluminó el árbol de cerezos.
Se sintió observado de nuevo. En el aire había un ligero olor que Rikuo identificaba como expectativa, tan cercano a lo que era el deseo. Venía de ella.
—No, no, yo solo—balbuceó, con los ojos en el suelo. Decepción—. Nada, Rikuo. Ya debería irme a mi casa. Veré si Aotabo me acompaña.
Rikuo asintió y la miró irse en silencio, pudiendo relajar los hombros cuando ella desapareció y se llevó el olor a tristeza. Anteriormente, quizá se hubiese ofrecido a acompañarla él mismo, pero todo era diferente ahora. Él solamente no quería aceptarlo ni decirlo en voz alta.
No podía. No podía decir qué pensaba. Era más fácil alentar al Pandemonio para enfrentar una pelea que quizá no ganaran que hablar de sus sentimientos. Eran reales, pero nadie los conocía. Se perdían en su propia cabeza. Rikuo no entendía por qué.
Se quitó los lentes para dejarlos en el suelo y masajear el puente de su nariz. Siempre que se encontraba en aquella situación, tan incómoda y repetitiva, pensaba en las palabras de Setsura y en su poca capacidad para hacer una promesa con seguridad. Todos los días veía la nota y la llevaba consigo en el bolsillo de su pantalón. Era un recordatorio permanente. ¿Cómo podría ser capaz de recuperar y traer de vuelta a Tsurara si aún no era lo suficientemente capaz para, si quiera, ser sincero con Kana y consigo mismo? Rikuo ya no sabía qué le faltaba, si valor, coraje o decisión…
Conocía la intensidad de sus sentimientos, que lo llenaban. Conocía la incomodidad que Kana le causaba. No sabía cómo abstraer, cómo explicar, lo que sucedía dentro de sí mismo. Tsurara era tan segura, y sabía que él también lo era, pero no sabía cómo…
—Chico tonto. ¿Por qué no acompañas a la señorita Kana? —la voz de su abuelo salió de las sombras.
Rikuo apretó los dientes, molesto. ¿Podría pensar algún día solo y tranquilo? No pudo evitar transformarse en youkai. Sus emociones parecían pasar de un estado a otro, y como humano, se sentía expuesto, y como youkai, furioso. La furia era mejor. Estaba harto de callar.
—¿Ahora me espías, abuelo?
—No —contestó el anciano, sentándose a su lado. Rikuo lo miró y se preguntó si la apariencia débil y quebradiza de su abuelo era definitiva o un mero disfraz—. Simplemente estoy al pendiente de lo que sucede en tu vida. Eres mi nieto y mi sucesor. Tengo todo el derecho a enterarme de lo que sucede.
Sus palabras causaron que el estómago de Rikuo se encogiera. Maldito anciano imbécil, pensó. Espiar había sido un mero eufemismo.
—¿Y qué tanto te importa mi relación con Kana? Digo, no sé en qué pueda interesarte, a ti, el Supremo Comandante del Clan Nura, mi amistad con una humana —espetó con sarcasmo.
Su abuelo sonrió ladinamente.
—Me importa más de lo que crees, nieto.
—Sabes que aunque así sea, eso no es tu asunto, viejo —contestó groseramente con el ceño fruncido—. Pero suficiente tengo con Kana obsesionada con mi apariencia youkai como para soportar tus misterios —Rikuo no había querido decir aquello, pero no mostró arrepentimiento. Su abuelo era capaz de ver sus inseguridades por simples gestos—. Dime qué planeas, estoy harto de las evasivas. Estos últimos meses, pese a que he hecho lo que me has pedido, has estado especialmente molesto.
Nurarihyon rió con los ojos abiertos con sorpresa y le dio una palmada en la espalda. Rikuo sintió un escalofrío y deseó volver a ser un niño, cuando obtener la aprobación de su abuelo era suficiente para llenar a su persona. Pero no podía.
—Solo quiero lo mejor para ti, Rikuo.
—¿Y qué es eso, según tú?
Nurarihyon se lo dijo con la mirada, sin ningún gesto o palabra. Rikuo se sorprendió así mismo al entenderlo.
No la yuki-onna.
Zen había mencionado cosas importantes. A Rikuo le costaba recordarlas al pie de la letra. Muchas lo incomodaban porque daban luz a problemas que quería mantener escondidos.
—Los youkai, desde pequeños, tenemos una conexión especial con uno o varios de nuestros sentidos. Ya lo sabes, hay cinco: oído, tacto, vista, olfato y gusto. Muchos dicen que hay un sexto: el espiritual. Como en muchas cosas, el desarrollo o conexión especial con algunos de los sentidos depende de nuestra naturaleza. Yo, al ser un youkai serpiente, tengo desarrollados más el sentido del olfato y del gusto. Particularmente, el del gusto, dado que mi especialidad es la elaboración de venenos y antídotos. El olfato me ayuda con eso, pero viene más por la carencia en mi sentido de la vista. Las serpientes percibimos más nuestro alrededor por nuestra lengua, somos un poco ciegas.
Siendo tu herencia de la Nurarihyon, el youkai escurridizo, te ayudas con tu percepción y lo relacionado a ella. Sonará idiota, pero para ser tramposo también hay que saber qué hay de interesante para robarse. La vista es útil, aunque engaña, pero el olfato no, y el oído ayuda a no ser descubierto, a esconderse a tiempo. Estos tres sentidos, juntos, te hacen el youkai poderoso que eres. Eres capaz de anticiparte, de analizar de todas las formas posibles.
Más en general, los youkai y ayakashis tenemos costumbres no muy distintas a las de los humanos, pero nuestra diferencia es que las tomamos de forma literal y muchas implican un pacto. El pacto de lealtad y servidumbre, el sakazuki, es un ejemplo de ello. Yo no puedo traicionarte, eso equivaldría pérdida de mi energía vital y demoníaca. Fuera de pactos, están las jerarquías, donde el miedo más fuerte anuncia al líder.
En cuestiones familiares, nuestra sangre nos protege de dañar a nuestros cosanguíneos, y en la sociedad youkai, pone límites. Los youkai, hijos de otro youkai, tienden a demostrar más poder que un ayakashi nacido de un humano —o varios —y su odio. Eso se debe a la estabilidad en la sangre y la seguridad familiar, no al potencial. Los ayakashi usualmente nacen solos y eso es un problema de desarrollo. Son almas perturbadas y al principio están mitad aquí en la Tierra, mitad en el mundo espiritual. A diferencia de nosotros, youkai por sangre, ellos deben complacer al espíritu de su cuerpo humano, liberar al alma en pena. A veces eso los equilibra y les da poder y capacidad de desarrollo, y en otras ocasiones eso les deja estragos violentos que son difíciles de controlar.
—¿Como Kubinashi?
Zen asintió con seriedad, tomando un sorbo de su té.
—También como la yuki-onna —le mencionó. Rikuo dio un respingo y quiso hablar, pero solo balbuceó—. En fin... como te decía.
Para tener familia existe el apareamiento, es lógico. Pero entre nosotros hay reglas, y la principal es que no debes de comprometerte sin aparearte antes, y no me refiero a mantener relaciones sexuales con esa persona, sino al diálogo y exploración de sentidos en conjunto con tu pareja seleccionada. Nada complicado ni diferente al trato de humanos, lo sé. Sin embargo, esta parte tiene un gran 'pero'.
Entre youkai y ayakashi hay diversos tipos de naturaleza. Tenemos historias preescritas, formamos parte del mito de nuestra especie. Algunos de nosotros, especialmente los ayakashi, están encadenados al primero de su tipo. Pongamos de ejemplo... no sé, a la yuki-onna. Tu amiga —dijo con sorna mal disimulada.
—Zen... —murmuró Rikuo con el ceño fruncido.
Zen rodó los ojos.
—Ella forma parte de la raza de ayakashi de las yuki-onna. Su historia implica el robo de un bebé, un niño, o un hombre muerto. Están ligadas al amor y a la maternidad, pero en un sentido torcido y siniestro. Son espíritus de almas enojadas, a fin de cuentas. No ladrones traviesos como tú y tu abuelo.
—Setsura dijo que las yuki-onna deben asesinar a quien aman si son correspondidas falsamente —dijo Rikuo, recordando aquel día cuando Tsurara se marchó—. O si no, ellas mueren eventualmente.
—Es verdad. Son una raza muy perceptiva al dolor —dicho eso, no pudo evitar sonreír tristemente contra su taza de té—. Como lo es la mía. Yo sufro del cuerpo, ellas de la mente y el corazón. Son mujeres ayakashi que necesitan reafirmación de amor constantemente y las promesas que se les hace van más allá de las implicaciones de un pacto. Son de muerte, para siempre. Saben que la vida puede durar muy poco y quieren todo de una vez. Las entiendo —y rió, un poco amargo.
Ambos guardaron un largo silencio. Rikuo observó los ojos tristes de su protegido y sintió que se le partía el pecho. No había pensado en la posibilidad de estar dañando a Tsurara de esa manera, siendo él la persona que ella amaba. La comparación entre el dolor físico y el emocional de Zen y Tsurara había calado bastante en su pecho, había hecho todo palpable a un nivel que no había previsto. Se dio cuenta de que aún era bastante ingenuo. El abuelo había mencionado aquello al principio, la Vinculación, para siempre y hasta la muerte, con una yuki-onna, y la había descrito como el mayor de los infiernos. Él no la veía así. Siendo gran parte humano, su para siempre sería muy poco comparado con el de Tsurara. Él necesitaría siempre más tiempo. Su único pensamiento de urgencia era que no podía seguir esperando.
—Como mera curiosidad, ¿qué hacen las yuki-onna para aparearse? —preguntó con inocencia, rompiendo el silencio. Zen abrió los ojos sorprendido pero después sonrió ladinamente, tosiendo de manera actuada.
—Bueno, como mero dato interesante, las yuki-onna eligen al youkai o ayakashi deseado, deseada, y tratan de besar su boca. La pareja elegida deberá poder mantener el hielo fuera de su boca para no congelarse. A lo poco que sé, se trata de mantener la armonía entre ambas energías demoníacas. A partir de ello, si logras besarla... digo, si se logra besarla sin congelarse, la vinculación puede suceder. Pero —y empezó a modular su voz, haciéndola más seria— el beso ya implica un compromiso. Más aún si la relación es romántica, como dicen ustedes los humanos. El romance ha zafado una que otra cabeza youkai. Las yuki-onna vienen de costumbres arraigadas a eso. Son un mito del amor hiperbolizado y sus consecuencias.
—¿Qué tienen los sentimientos románticos de malo? —inquirió extrañado.
—Son confusos y demasiado humanos para nosotros, Rikuo. ¿Realmente no te perturba, en ocasiones, el deseo que sientes hacia Tsu... digo —carraspeó, entre risa y risa incómoda—. El deseo, pues, es complicado. Es fácil cuando se trata de procrear. Podemos ser bestias, y ya, no hay nada más. Pero para youkai antropoformizados como tú y yo, con forma humana y razón, y sobre todo tú, con un cuarto de sangre youkai, es conflictivo. Las reglas actualmente son distintas a épocas antiguas como la era Heian, Tokugawa o Edo. Aunque nos mantengamos alejados de los humanos, hemos tomado costumbres de ellos, hemos evolucionado juntos. Youkai jóvenes como tú aún más. Una de esas costumbres, y la más estúpida, ridícula, es la moral. Esa está encima de todo, incluso sobre el deseo. Pero hay otras interesantes, como la libertad y la democracia. El romance simplemente ha sido complicado por las posiciones jerárquicas de poder, muy arraigadas en nuestra especie, y que entran en un constante conflicto con lo que hemos adoptado de los humanos: el amor.
—Pero... —interrumpió.
—No es realmente algo prestado —dijo rápidamente— siempre ha estado ahí para nosotros. Simplemente nuestros instintos tapan y desvirtúan sentimientos puros. Seguimos en una edad de piedra en cuestiones como esta y los humanos nos han superado con creces, por algo se reproducen tan rápido y con tanta eficacia. El amor es puro, pero sus manifestaciones pueden no serlo. Ahí entra nuestro problema. El juego del poder, basado en el miedo, es un arma de doble filo: nos preserva pero también nos destruye. No es fácil para alguien de nuestra especie encontrarlo en algún semejante cuando el instinto natural nos dicta a subordinarlo o subordinarnos. El amor es respeto equilibrado, servidumbre recíproca, un cara a cara.
Rikuo quedó pasmado.
—¿Qué, te sorprendí? —se rió Zen. El joven asintió—. Tengo mucho tiempo para leer tonterías. Filosofía y eso.
El brebaje para ir plano astral tardó dos semanas. Zen llegó una noche en el carruaje y, a escondidas, entró a su habitación por la madrugada. La poción era de consistencia ligera, además de ser de color azul pálido pero brillante.
En un principio, Rikuo no entendía porqué debían realizar el asunto a escondidas. Sin embargo, con el tiempo y pensando en lo que había sucedido, había pensado que aquello era lo mejor. Zen le dijo que para ir al plano astral debía estar tranquilo y en general, sin ninguna compañía. Él solo lo acompañaría para guiarlo de vuelta ante su inexperiencia.
—Esto te facilitará abrir la mente para viajar al plano astral —le explicó mientras la bebía—. Una vez que estés ahí, llama a Rihan. Él llegará.
—¿Cómo lo llamo?
—Eso no importa, Rikuo. Rihan sabrá que estás ahí en cuanto llegues, porque a fin de cuentas, es la razón por la que irás. Él irá por ti... después de todo, es tu padre —dijo y le sonrió. De su ropa sacó un dije de metal con una serpiente grabada en plata y se lo tendió—. Esto te unirá a este mundo. No lo apartes de ti. Con él podré traerte de vuelta al amanecer, porque no puedes estar tanto tiempo allá, tu mente puede dividirse o ser seducida por las sensaciones dentro del plano astral. A veces es un paraíso, otras un infierno, pero siempre termina por ser algo distinto a la realidad en la que vivimos y es fácil quedarse atrapado ahí, dado que la mente es débil y la razón no es suficiente. Recuerda, Rikuo. El plano astral es real, simplemente no concuerda con este mundo. Es por eso que los muertos pueden estar ahí, y sé que Rihan aún lo está. Allá no hay reglas y todo es posible. Todo tiene significado, solamente es simbólico, y comprensible para algunos. No olvides lo que tu padre te diga, pero no dejes de prestar atención en lo que hay alrededor. Siendo Rihan un espíritu más poderoso que tú, su energía rodeará todo. Puede que no hablen todo lo que necesitan hablar, pero las respuestas estarán ahí para ti, solo debes de verlas.
Rikuo cerró los ojos al acostarse. Zen le pidió inhalar y exhalar varias veces, hasta que sintió su mente apagarse y dejó de escuchar su voz. Bastó con un parpadeo donde vio negrura para después encontrarse con un paisaje del Japón antiguo. Según lo que recordaba de sus clases de historia, y relacionado a su padre, todo se veía como si estuviera en Edo. Era un espacio natural y rural, también vacío de gente. A lo lejos se oía un río y a los árboles los movía el viento, meciéndolos, en un ambiente cálido pero fresco. Todos los árboles y ramas miraban hacia el cielo, y los más cercanos a la tierra estaban poblados por flores amarillas.
Yamabuki.
—Oi, hijo. ¿Qué tal?
Se giró a sus espaldas cuando escuchó aquella voz. Vio a su padre parado con toda su longitud, vestido con su hakama verde a rayas. Sonreía y tenía su ojo izquierdo cerrado, con su cabello-cola extendida y sin tocar el suelo, tan negra como la noche pero brillante como el cielo y sus estrellas. En una respiración que tomó, Rikuo se encontró pasmado siendo apretado por los brazos de su padre, casi una cabeza más alto que él. Pudo sentir la piel de su pecho contra su cara. Olía a tabaco, agua de pozo y almizcle.
Saliendo de la sorpresa, Rikuo le correspondió el abrazo con fervor. Nunca se había dado cuenta de que no recordaba qué se sentía ser abrazado por su padre.
—Ya decía yo que estabas tardando en visitarme —la voz de su padre sonó afable y divertida—. La pequeña Tsurara —él no pudo evitar captar y memorizar el cariño con el que pronunciaba el nombre de la yuki-onna, tan diferente a su abuelo— te ganó.
—¿Ella vino a verte? —preguntó sorprendido.
Rihan, desde su altura, asintió. La escena cambió en un parpadeo. Rikuo se encontró sentado frente a una taza de té humeante. Le dio un sorbo sin pensar y de inmediato recordó las palabras de Zen: el plano astral es real. Se quemó la lengua e hizo un gesto de dolor, haciendo reír a Rihan, quien estaba del otro lado de la mesa y frente suyo.
El dolor en su lengua había confirmado aquello.
El paisaje seguía siendo verde, a lo lejos continuaba escuchándose el río, y las flores, amarillas, seguían en todas partes.
Rikuo sentía inmensa paz y sabía que la sensación provenía del espíritu de su padre. Pese a la vida llena de dolor que había sufrido, tenía la certeza que el espíritu tenía conciliación con su vida en la Tierra.
—Vino sin darse cuenta. Fue cuando cambió de piel —dijo, mirándolo fijamente—. Me imagino que tú debes venir por algo similar, ¿no es así? Por la charla de padre-hijo que te debo. Si aún la necesitas, imagino que el viejo fracasó —suspiró resignado—. Nurarihyon fue un pésimo padre youkai. No sé por qué pensé que no sería tan malo como abuelo.
Rikuo quiso defenderlo, pero no encontró palabras, por lo que imitó a su padre y suspiró. Se sintió reconfortado con aquellas palabras, no siendo el único en conflicto con el líder del clan. Tomando aire y valor, quiso ir directo al grano. Quizá siempre necesitaría a su padre, pero no había tiempo para conversar todo lo que se debían, que para Rikuo, era bastante, y le llevaría varias pociones de Zen.
—No sé cómo me siento, padre —empezó—. Bueno, lo sé, pero no puedo hablarlo. Es... confuso. Siento que siempre he actuado como un humano, porque gran parte de mí lo es, pero últimamente... el youkai en mí parece abarcarlo todo. No hay necesidad de transformarse para tener esas habilidades, aún en el día soy capaz de tenerlas. Al principio no me molestó, pero ahora, hay sensaciones que me parecen incomprensibles, algo chocantes, quizá hasta crueles. Siento que el abuelo me está poniendo contra una pared que no entiendo por qué está ahí, y eso me está poniendo furioso, me atonta, me hace ser alguien que no soy, aún con los deseos youkai que tengo y, de cierta manera, acepto y me gusta tenerlos. El viejo quiere doblegarme y no quiero jugar su juego. Yo no soy así, pero no veo otra opción.
Rihan bebió de su té.
—¿Qué hay con el viejo? ¿Qué quiere?
Rikuo respiró profundamente.
—Se rehúsa a que yo me vincule con Tsurara —dijo por fin, luego de un momento de silencio. Rihan sonrió de lado—. ¿Qué?
—Nada. Es típico de Nurarihyon —contestó encogiendo los hombros—. A él tampoco le agradó que yo llegara a casa con mi Yamabuki y le dijera que era mi esposa. Creía que ella me haría débil y asustadizo y no confiaba en ella. En cambio, la felicidad que ella me dio hizo que el clan tuviera su época dorada. Fuimos muy poderosos e influyentes —agregó alzando su ceja. Sus ojos ambarinos eran brillantes—. Nunca estuve tan equilibrado ni me sentí tan poderoso.
Rikuo pensó en la última conversación que tuvo con Tsurara, cuando ella confesó haber asesinado a un hombre. Él no sintió repulsión hacia ella, más bien, pensó que haría lo mismo si fuera por ella o ella misma se lo pidiera. Fue después cuando aquello le causó un nudo en el estómago.
—No digo esto pensando en que amo menos a Wakana —puntualizó, serio—. Pero fue una etapa diferente a mi vida. Yamabuki salía a relucir lo que siempre había visto con vergüenza o debía limitar. Los instintos, la oscuridad, ella les daba armonía. Al morir, los instintos y la oscuridad en mí cambiaron. Se volvieron violentos, destructivos. Wakana, con su extraño humor, me salvó cuando necesitaba ser salvado. Me hice pedazos a mí mismo... no solo por la ausencia y pérdida de Yamabuki, sino por el trato que le di a Setsura, otra mujer que amé y no pude mantener feliz a mi lado. Perdí mucho en poco tiempo y sufrí durante mucho y solo me ahogué en mí mismo, sintiendo todo ese dolor y sin darle ningún propósito o sentido, tampoco reconociéndolo. No fui un youkai sabio, Rikuo, y debí renegar esa parte de mí para continuar viviendo.
—¿Es por eso que yo fui tratado como humano siempre? —cuestionó con voz baja. Rikuo miró como su padre asentía solemnemente.
—Nunca pensé que tu cuarto de sangre youkai sería tan fuerte, si te soy sincero. Además, pensé que estaría ahí para ayudarte en cualquier cambio de planes —rió tristemente—. Supe que fue un error tiempo después, ya muerto, al recordar por qué me dejé engañar por la zorra. Ver de nuevo a Yamabuki... con mi lado youkai dejado a un extremo, escondido, negado...
—Te dio esperanza.
—Sí. No hubo manera en que captara la diferencia de su olor. El cuerpo era una reencarnación, igual, pero el alma... estaba corrupta. El alma rodea a los cuerpos, los abraza, y los sentidos youkai son capaces de verla, de una u otra forma. Pero yo no vi el disfraz, ni el sufrimiento que había dentro, no fui capaz. Yamabuki tuvo que ver, desde sus adentros, a su cuerpo asesinarme frente a mi hijo, mi único hijo, lo que siempre ella deseó darme y no pudo, por culpa de una maldición estúpida causada por las travesuras del viejo. ¿Pero sabes qué? Fue mi culpa. Hice a un lado a mis instintos. Me creía aún poderoso, pero me hice terriblemente ingenuo.
—¿Por qué el abuelo se niega a que yo... —Rikuo se sonrojó y no pudo terminar de formular la pregunta. Rihan le guiñó un ojo, diciéndole con el gesto que él entendía a qué se refería.
—El viejo es evasivo por naturaleza. Evadir las vinculaciones de ese grado, entre youkai, ha sido su más grande victoria. Según él. Sé qué quiso a mamá —diciendo eso, Rihan frunció la boca y rodó los ojos— pero sus prioridades eran extrañas. Quería hacerse de un gran nombre, inspirar respeto y miedo. Él deseaba lo mismo para mí y estoy seguro que para ti también lo desea, y con buena intención. No le gustan las reglas, pero actúa como si estuviésemos bajo el shogunato. Poder, relaciones de conveniencia... chapado a un mundo donde eso no importa. No entre seres sobrenaturales.
Rikuo rió divertido.
—También he pensado eso. Cree que es el emperador —se burló.
—¡Ja! Viejo loco. Saliste directo de mí, vaya. Qué gusto que alguien le de la contra al viejo en mi ausencia —se carcajeó y Rikuo sintió un peso dentro de su pecho irse—. Pero hablando en serio, Rikuo, sé que te fallé. No es lo convencional visitar a tu padre en el plano astral para pedirle consejos sobre chicas. Porque sé que en el fondo, todo esto se trata de ti y la pequeña Tsurara.
El susodicho se sonrojó de pies a cabeza y volteó el rostro hacia otro lado, evitando la mirada pícara de su padre. Cuando miró a lo lejos, más allá de lo verde, se dio cuenta que se veía un ambiente gris y frío cubierto por nieve, en tormenta.
—¿Besaste a Setsura, papá? —preguntó, de la nada.
El silencio de su padre se manifestó durante varios minutos donde solo escuchó a los pájaros y a la naturaleza. Hubo un silencio total en el espacio, donde todo parecía pausarse. Poco después lo oyó suspirar sonoramente y todo volvió a la vida.
—Sí, lo hice —confesó por fin. Rikuo buscó su mirada pero Rihan pasó de ver a la nada a concentrarse en su taza de café humeante—. Pero después, ella... me confesó que supo la ubicación de Yamabuki e intenté matarla. Nunca me lo perdoné y dejar mi parte youkai implicaba también dejarla a ella. Nunca la volví a ver luego de eso. Sé que me esperó en las Montañas Nevadas hasta su muerte. Como te dije antes, yo no esperaba morir, por lo que pensé que nos quedaba tiempo. No quise ser cruel, hijo.
—Yo tampoco quiero serlo —le dijo— pero sé cuándo lo soy. No quiero seguir así, papá.
Rihan sonrió ante su respuesta. Rikuo vio orgullo en sus ojos y se sintió más alto y grande.
—¿La quieres? ¿Quieres a la pequeña Tsurara? Ve por ella, hijo. Deja de dudar. Sea como sea que avancen, juntos todo será más fácil. Y no te preocupes por el viejo, está cansado y harto de pelear. Solo está chapado a la antigua y necesita que alguien le diga que ya no es el líder del clan. Tú llevarás al clan por el camino que prefieras, y sé que lo harás bien, tienes, a fin de cuentas, de madre a la mujer más compasiva.
Rikuo sintió como la cadena del dije de plata de Zen se tensaba. Sabía que era una señal para irse.
—Papá...
—Hijo, has lo que diga tu corazón y con lo que estés tranquilo, como humano y también como youkai. Nada podrá salir mal así.
Todo se volvió negro en un segundo, con su padre sonriendo desapareciendo entre sombras y la negrura. Rikuo despertó, viendo el amanecer salir por la puerta media abierta. Sintió su rostro húmedo y se dio cuenta que había llorado.
—¿Todo salió bien? —Zen lo miraba desde su altura, cara a cara, con expresión preocupada.
Él le sonrió, incorporándose.
—Papá es increíble, Zen.
Notas.
¡Por fin la perspectiva de Rikuo! Pensé que iba a ser muy difícil, y no sé si lo hice acorde al personaje, pero quedé satisfecha con el resultado. Este es el capítulo más largo hasta ahora y quizá mi favorito. De alguna manera es mucho más fácil hablar de la condición de mujer en Tsurara porque yo también lo soy y pensé que sería difícil tomar esas cuestiones con Rikuo. Rikuo siempre ha sido un personaje muy sensible y simpático, y me parece que el conflicto con Nurarihyon sería algo inminente.
Este capítulo fue inspirado en la canción Kiss hara Hajimaru Mystery, en la versión de Tatsuro Yamashita, el esposo de Mariya Takeuchi (Plastic love). Válgame la intertextualidad, pero me he ideado varias cosas para Rikuo y Tsurara basándome en el matrimonio de ambos músicos. Es probable que la temática de pop de los ochenta-noventa japonés se mantenga. He estado incorporando el mundo humano y sus innovaciones poco a poco.
En fin, me gusta mucho mencionar la historia de Rihan, Yamabuki y Setsura. Es un buen antecedente sobre el cual escribir esta historia. Espero que ustedes también disfruten mi modificación del canon. Otro dato: Rikuo está estudiando Historia y Kana estudia Educación, y aunque no quedó claro, Kyo trabaja en un periódico. Y hablando de Kana, aclaro mis intenciones desde este punto: no pienso hacer bashing hacia su personaje. No la voy a elevar ni a hacer mejor o peor de lo que es en el anime, tampoco (no me agrada mucho), pero sí voy a utilizar elementos que siempre han estado presentes en la historia oficial: me parece que su visión hacia el Rikuo youkai llega ser objetivización y eso no es amor. No aquí, al menos.
En el próximo capítulo veremos el encuentro de Rikuo y Tsurara, a la par de un enfrentamiento entre Yuu y Nurarihyon y la aparición de más personajes de la serie. La narración ya no será tan fragmentada como lo ha sido hasta ahora.
Saludos
