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Las cuatro yuki-onna en Ukioye

Rikuo salió apurado de su habitación acomodándose la yukata, despeinado y atontado aún por el sueño, cuando escuchó el sonido de un carruaje youkai aterrizar en el patio de la Mansión Nura.

Eran las ocho de la mañana del día seis de septiembre, el día que había propuesto a Tsurara llegar. Notar ese hecho lo había puesto especialmente contento y emocionado. Ella le había hecho caso, lo había tomado en cuenta.

Tuvo que ocultar su expresión de felicidad cuando se cruzó con Nurarihyon en el pasillo, aunque la presencia de este no cambió su ánimo ni un ápice.

—Buenos días, abuelo —dijo nada más, pasándolo de largo. La respuesta de su abuelo sonó lejana porque no se limitó a prestarle atención.

En la entrada se encontró a Aotabo cargando cajas encima de sus hombros. Aquellas olían a agua fría, como al rocío que cae por la noche. Rikuo miró a todos lados, buscando con sus ojos, oídos y nariz. No había nada, solo un leve olor impersonal característico de las yuki-onna.

Rikuo sabía que Tsurara había estado ahí, pero su olor característico estaba disipado. Ansiaba poder olerlo. Rikuo aún no era capaz de decidirse cuál era. Los recuerdos no eran útiles para nombrarlo. Ella ya no era la misma que habitaba en ellos, y él tampoco era la persona que los atesoró.

El corazón le latía con precipitación mientras acomodaba su cabello, esperando verse, como mínimo, presentable.

—Hola, Amo Rikuo. ¿Lo despertó el carruaje? —él asintió, expectante. Aotabo lo observó durante un momento y sonrió apenado.

—Lamento despertarlo, señor Nura. La señora Tsurara tenía asuntos que atender en el Primer Distrito —interrumpió el youkai carruaje, que tenía rostro de un demonio enmascarado con cuernos pero una expresión muy sucinta—. Me pidió avisarle a usted y a la señora Wakana que ella y sus acompañantes llegarán a medio día. Por lo pronto, traigo su equipaje.

Rikuo abrió la boca sorprendido.

—¿Asuntos en el Primer Distrito? —preguntó y miró a Aotabo, que se encogió de hombros. Ambos sabían que Tsurara nunca iba al Primer Distrito. Le sorprendió al principio aquello, pero dudó de su misma sorpresa sintiéndose como un tonto.

—Sí, señor Nura. Una disculpa, pero no estoy autorizado para dar más información. Mis señoras aprecian la privacidad.

A fin de cuentas, Tsurara era ahora parte importante de un clan ajeno al de él. La sensación de división le perturbaba. De manera racional, Rikuo entendía y se alegraba por saber que su compañera y guardián de toda la vida había encontrado a sus semejantes. Sin embargo, algo en él se rompía un poco cada vez que caía en cuenta que sus vidas, si no movía rápido sus cartas, podrían pasar de independientes a separadas.

—Bueno —dijo el carruaje—, con esa cara que ha puesto, Tercero, me permitiré decirle que las señoras han tomado la mañana para tranquilizar su vanidad y hacer negocios con los nekos. Tantos años en las montañas las han desactualizado.

Aotabo sonrió y se llevó otra caja. Rikuo alzó una ceja ante la mención de los nekos. ¿Qué podría llevar a Tsurara a ir a ver a los youkai gato al Primer Distrito?

—¡Vanidad! ¡Esas mujeres son hermosas por sí solas! —gritó animado el monje—. ¡Bellezas que matan, no les dicen?!

El carruaje se movió de un lado a otro mientras se reía.

Rikuo se apartó y entró a la mansión, pensativo. Vio como todos los residentes comenzaban a moverse de un lado a otro, a veces mirándolo para buscar su aprobación. Él les sonrió a todos.

—Hagamos un esfuerzo para darles la bienvenida a las yuki-onna. ¡Cuento con ustedes!


—¡Hermosas! No, no. Qué barbaridad. Debieron haber venido desde hace mucho… esos trapos no les beneficiaban en nada.

La señora Kawabata era una youkai zorro con energía desorbitante y un ojo impresionante para los detalles. Era de estatura baja y sus ojos verdes siempre estaban rasgados con picardía, característica principal de los zorros kitsune. El color de su pelaje solo se veía por su cola, abultada y con cabello sedoso de color entre anaranjado y rubio. En menos de dos horas, ella había encontrado kimonos para cada una de ellas que no hacían más que agraciar sus características naturales y acorde con los gustos de cada una de ellas, que, para su sorpresa, habían diferido bastante. Ella apenas y había sudado.

Tsurara no podía dejar de notar lo perceptiva que era. Llegaba a ser descortés.

—¿Vas a levantar esa joroba o qué, mujer? —Kawabata miró a Yuu, quien, como anciana, tenía una postura agachada y encorvada.

Todas las presentes miraron a la anciana con miedo, esperando en cualquier momento la respuesta de la susodicha. La zorra no cambió su expresión de desagrado, causado por la apariencia nefasta que veía ante ella. Las tres yuki-onna jóvenes solo estaban expectantes por la respuesta de la anciana. Sin embargo, Yuu se levantó de su silla y se desencorvó en silencio con una expresión aparentemente neutral.

Derecha, Yuu era dos cabezas más alta de lo que en realidad parecía. Tsurara miró su cuello y sus hombros descubiertos por el kimono flojo que traía puesto. Estaba segura que Yuu había sido una yuki-onna de las más hermosas y mortíferas. Sus rasgos, aunque arrugados, tenían como base una bella estructura ósea.

—Estoy segura que Obata tendrá una pócima rejuvenecedora —le dijo, mientras tomaba medidas de su cuerpo. Su boca se frunció, pensativa—. Pero ¿por qué te muestras en tu verdadera forma? Eres muy anciana pero bastante poderosa para no verte digna del folclor japonés, querida. Los youkai tenemos la edad que queramos tener. Parece que a ti se te olvidó.

—La anciana odia la vanidad de la hermosura —contestó Shura. Yuu la miró y asintió, de acuerdo con sus palabras—. Esa mierda no es real. Los puños sí —y dicho eso, alzó su puño cerrado.

La zorra se rió pomposamente.

—Cierto, cariño. Esta cara bonita que tengo no es real, aunque lo fue un día. Pese a eso la continúo usando para facilitarme la vida. Por desgracia, vivimos en un mundo donde la belleza está asignada a estereotipos que solo pocos cumplen. La juventud es uno de ellos. Pero —alzó las cejas con gesto sabihondo— aunque no les parezca, la belleza sí es un arma. Es solo que ustedes son demasiado intensas para la diversión que les puede traer. Aunque no tengan una, las yuki-onna siempre tienen el riesgo de pisarse la cola.

La zorra se rió de su propio chiste sin esperar cuál sería su recepción. Ninguna de ellas dijo nada, por lo que, Tsurara observó, Kawabata se vio complacida con su público.

Nozomi la miró curiosa desde su asiento, vestida con un yukata negro. Kawabata había tirado sus anteriores ropas, que llamó harapos.

—No todas somos así —dijo señalándose a sí misma y a Shura—. No me importa la belleza ni el amor.

Shura se encogió de hombros.

—Si la belleza es un arma, la quiero. ¿Pero buscarla con desespero? —resopló, con expresión aburrida—. Nunca. Además, ¿no somos las yuki-onna bellas por naturaleza? —inquirió a todas, sus ojos color rojo sangre brillando—. Para atrapar hombres y eso. Ven una cara bonita y ya no sienten ningún riesgo. Son unos tontos. En lo que a mí respecta, la belleza suena más a una trampa mortal. Es como el caballo de Troya.

Tsurara se sonrojó, la anciana la miró con su misma mirada neutral y Kawabata sonrió y dejó salir una risa coqueta, encajando un alfiler en la tela, asintiendo a sus palabras. Shura le explicó a Nozomi que, por medio de un caballo de madera donde ocultaban a sus guerreros, los aqueos habían podido entrar a la fortaleza inquebrantable de los troyanos. "Es una metáfora donde explica que lo que se ve a simple vista no es lo que es realmente", agregó a lo último. Aunque no todas pretendieron prestar atención, la habían escuchado de manera atenta.

Sin embargo, fue Yuu la que le contestó.

—La belleza te hace objeto. A los objetos no se les ama: se les posee —miró como todas se quedaban calladas ante sus palabras. Tsurara sabía que Yuu las observaba midiendo su curiosidad e interés, para proseguir—. No puedes olvidar a Helena, Shura. Por ella, la mujer más hermosa, comenzó la guerra. Aunque —se interrumpió y sonrió, divertida— debió haberse divertido. Así que lo bello también puede ser indómito, cruel y poderoso. Vean a la naturaleza. A Helena.

—Eres bastante fácil de convencer pese a ser vieja, yuki-onna —dijo Kawabata, sonriendo satisfecha.

Yuu alzó la barbilla con soberbia.

—No me convenciste. Yo sola llegué a una conclusión que acepta la tuya, zorra.

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Ella y Yuu habían elegido kimonos tradicionales, completamente blancos, para la ceremonia de sucesión. La única diferencia entre ellos era que el obi de Yuu era azul. Tsurara había entendido aquella acción por la posición de la anciana sobre ella y Shura y Nozomi: ella era la líder, la matriarca, la que había asesinado a su amante. El azul la marcaba como la superior, la más poderosa, la yuki-onna ancestral.

Aquellas reglas y demostraciones no eran propias de la anciana, ella lo sabía, pero se notaba que Yuu aún era capaz de recordar, pese a pasar tantos años en un autoexilio, cómo se manejaba el mundo. Eso le alegraba. Tsurara, en general, pese a haber vivido entre muchos demonios, no tenía ni idea de eso. Y presentía que, a partir de haber aterrizado en Ukioye, Tsurara debía cumplir expectativas que aún no tenía claras. Quizá en otro momento eso la hubiera asustado, pero sabía que ahora tenía la ayuda de su maestra. Yuu no la dejaría equivocarse si podía evitarlo.

Los cuatro kimonos estaban tejidos con bellos diseños de flores y pétalos, cocidos con hilo de plata que brillaba con la luz. Como ropa optativa, Shura y Nozomi habían optado por hakamas, la parte de arriba de color blanco y el pantalón negro. Ella también había tomado un conjunto igual, pensando en que sería útil comenzar a usar pantalones. Tsurara miró como Yuu se ponía de acuerdo para la demás ropa que encargarían, entre esas bastantes yukatas para las que se habían quedado en las montañas, y... no sabía si había escuchado bien, pero

"Un jūnihitoe. No importa cuando esté. Con esa astucia de zorra que tienes, sabrás cuando se necesite."

La señora Obata no estaría disponible hasta las diez de la mañana, por lo que Tsurara sintió que no podría retrasar lo inevitable: las compras en la ciudad. Las tres mujeres se dispersaron ante sus ojos, todas con su monedero cerca del pecho y expresiones ansiosas.

Los neko le habían dado una cantidad bastante generosa de dinero, incluso dándole más del contemplado. Los ojos de las tres yuki-onna habían brillado maliciosamente al ver la cantidad exorbitante de billetes. Ella se rió ante su codicia, recién despertada. Tsurara sabía que con eso los nekos buscaban dar buena fe y mantener la alianza comercial recién creada. Onuki había mencionado que el vino azul era muy difícil de conseguir y de hacer, y los nekos, ante su precipitación y urgencia por obtenerlo, lo habían demostrado. Le alegraba sentir su bolso aún cargado por dinero, pese a haber derrochado muchísimo con la zorra costurera. Incluso había comprado una yukata para Rikuo, como regalo de cumpleaños. Todo eso se había ido con el carruaje hacia la mansión Nura recién fue pagado.

Un regalo. Pensar en ello le daba pena. Ella nunca antes había podido comprar nada para los cumpleaños de nadie. Claro, el mismo concepto de "cumpleaños" era humano y al único humano que apreciaba era a Rikuo. Habían pasado más de diez cumpleaños juntos y nunca le había podido regalar algo. Ahora que por fin había podido hacerlo, Tsurara se preguntaba cómo había estado viviendo antes. Ella no trabajaba, aunque hacía tareas domésticas en la casa Nura, y por lo tanto, no tenía nunca dinero pese a que techo y comida no le faltasen. Ella no lo había contemplado así alguna vez. ¿Qué hubiera pasado si ella se hubiese tenido que ir del Clan Nura y no estuvieran Yuu y las demás en las Montañas Nevadas? ¿A dónde hubiera ido? ¿Y cómo, para empezar?

Tsurara compró un frappé de chai. Mientras lo bebía, sentada en una banca donde podía ser vista por sus tres compañeras con facilidad —aunque Yuu se le perdió en cierto punto —, pensó que esa era también su primera vez probando aquella bebida hecha con hielo. Le gustó de verdad.

Frunció el ceño, aún comida por sus pensamientos. ¿Acaso había tenido vida alguna antes de irse con su madre? ¿Era alguien si se desprendía del clan Nura? Fuera del viaje a Kyoto y ciertos enfrentamientos, nada tan fuerte como Hagoromo Gitsune, no había mucho qué contar. Tsurara vivía en la mansión y acompañaba a Rikuo a la escuela todos los días excepto los fines de semana. Ayudaba a Kejorou y a Wakana con la cena y las labores domésticas. Jugaba con los youkai y ayakashi pequeños y regañaba a los desobedientes, que terminaban siendo siempre viejos borrachos.

Le gustaban las clases de Rikuo. De hecho, ella había sido capaz de comprender las fórmulas de cálculo primero que él, casi sin intentarlo. A veces tomaba apuntes por él, y otras, simplemente le recordaba qué tenía de tarea. También había aprendido a cocinar sopa, aunque no fuera para su propio consumo, y...

Por más que intentaba agregar algo más emocionante, Tsurara sabía que no lo había. Su vida, hasta la fecha, había sido una vida muy aburrida. La vida de los youkai y ayakashi siempre había sido más tranquila que la de los humanos, ella lo sabía, pero ni siquiera dentro de eso Tsurara podía encontrar momentos realmente apasionantes. Por supuesto, había adrenalina, temor y lágrimas: pero nada de eso se trataba especialmente de ella. Aunque, corrigiéndose, podía agregar a eso sus días en las Montañas Nevadas:

Había tenido conversaciones futiles pero intensas con su madre. Ella era toda intensidad. Cuando enfermó, vivió días llena de angustia.

Al morir, Tsurara le dio la ofrenda al espíritu asesinando a un hombre. Lo persiguió hasta que a él se le terminó el aliento. Aún recuerda el frío sobre su piel desnuda, el olor de su terror, el músculo duro que fue corazón entre sus dientes. Esa noche unió su alma donde su madre la tuvo sujeta toda su vida. Resucitó esa noche, y se llenó de lo que siempre le había faltado durante toda su corta vida de ayakashi: pertenencia.

Sintiéndose un poco aliviada por el arreglo y cambio de pensamientos, Tsurara se dio cuenta que Shura y Nozomi la llamaban desde una tienda de ropa. Se acercó caminando entre la masa de gente que iba en todas las direcciones.

—¿Qué pasa? —ellas la tomaron cada una un brazo y la arrastraron dentro de la tienda, hasta lo que Tsurara miró que eran los probadores—. ¡Hey! ¿Qué les pasa? ¡Yo no quiero ropa de humanos! —gritó murmurando por lo bajo lo último.

—No seas tonta, Tsu —Shura la metió con un empujón al último probador—. Ya hemos elegido cosas. Si te las pruebas y no te gustan, está bien.

Nozomi se asomó por la puerta, después entró y dijo—¿Lo hará? —Shura asintió, aunque Tsurara resopló.

Frente a ella había tres opciones. —La muchacha encargada los llamó aufits. Se supone que cada uno tiene su tema pero que todo es, en general, parte de un mismo estilo —dijo Nozomi, sonriendo secamente. Aunque se viera perturbada, Tsurara sabía que estaba de buen ánimo.

Se probó el primero. Falda corta de color gris, un suéter azul y una camisa blanca. Le recordó a sus ropas cuando fingía ser humana, aunque mejores y por supuesto, menos infantiles. Se giró un poco frente al espejo, viendo como la ropa se adaptaba a sus formas.

Suspiró viendo las miradas complacidas de sus dos compañeras. Iba a llevárselo. Era práctico, y estaría en la ciudad, rodeada de humanos, bastante tiempo...

—¡Oh! —la muchacha encargada se asomó a los vestidores y exclamó con gracia— ¡Te queda perfecto! ¡Por favor, prúebese los otros! Los pensé con la misma gama de colores y con opciones para invierno, verano y otoño.

—Sí, Tsurara, pruébatelos —Shura comenzó a decir, con una gran sonrisa pícara— Después de todo, hoy saldremos al bar y luego tendrás tus asuntos con Rikuo y sus amigos normales... donde te verás tonta usando una yukata... ¡enfrente de tu enemiga! —chilló dramáticamente—. Obvio debe mostrarse más despampanante, ¿o no, Aiko? —dijo y se dirigió hacia la encargada.

Ella asintió con convicción, como si ahora hacerle probarse la ropa se tratara de una misión.

—¡Ánimo señorita!

—¡Tsu, Tsu! —coreó Nozomi, siendo seguida por Shura.

Tsurara tomó los otros conjuntos faltantes y salió del vestidor, con la cara roja, y se encerró en el más cercano, haciendo sonar fuertemente la chapa ser puesta con llave.

—Tiene problemas con la ropa —se excusó Shura con Aiko, que se veía un poco descolocada. Ella le puso una mano sobre el brazo y le sonrió—. Nos llevaremos todo. ¿Dónde pagamos?

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—¿Desde cuándo soy Tsu? —espetó con voz chillona Tsurara, saliendo de la tienda con el rostro sofocado, cansada de probarse ropa—. ¡Siempre entre las dos me enredan en algo! ¡No es justo!

Shura y Nozomi se disculparon aunque parecían no sentirlo. Ambas tomaron las bolsas que ella cargaba, como si eso fuese una ofrenda de paz. Ella las miró con cansancio. Cada una iba cargando tres bolsas llenas. Tsurara se sentía tacaña al ver el dinero disiparse tan pronto como había caído a sus manos, pero sabía que todo aquello era necesario.

—Eh, mocosas.

El llamado de Yuu las hizo girarse. Sin embargo, ninguna vio lo que esperaba: una anciana. En su lugar, había una mujer mayor erguida vestida con un yukata azul marino con bordados en hilo color oro. Tenía lentes circulares muy delgados y su cabello era negro con una línea blanca muy marcada en el centro de su frente, donde descansaba su flequillo. Lo tenía recatadamente acomodado en un bien proporcionado molote. Sus ojos amarillentos estaban más abiertos que nunca y con el cristal, parecían verse fosforescentes con la luz. Era delicada pero fuerte, hermosa pero también sobrenatural.

Tsurara se sintió sin aliento.

—Guau, anciana —la primera en decir algo fue Shura—. Así que te decidiste a hacerlo.

Yuu resopló con las cejas fruncidas, pero aun así sonrió—Nadie sospecharía de un caballo de madera. Tampoco de una hermosa mujer madura, ¿no crees? Además —su rostro se ensombreció con oscura y perturbante diversión— cuando Nurarihyon sepa que será el único anciano andrajoso...

Tsurara sonrió complacida al ver a su maestra divertida por la anticipación de molestar al youkai más molesto de todos, el ladronzuelo Nurarihyon, del que tanto mal había hablado. Si ella era sincera, no recordaba mucho la manera de ser del anciano. Siempre había sido agradable con ella, pero nunca habían tenido una conexión especial. Ella había tenido más eso, aunque por poco tiempo, con Rihan, y después con Wakana. Nurarihyon, para ella, no era el abuelo sino el líder. Ausente y omnipresente.

¿Sería un problema la convivencia entre ambos ancianos? Se preguntó.

—Bueno, vamos con Obata. Ya casi es hora de ir a la casa de los Nura —propuso Nozomi. Miró a Yuu y supuso—¿Tú ya estás lista, no?

La yuki-onna mayor sonrió.

—Sí. Mientras ustedes compraban hice esto. De veras que son unas mocosas superficiales. Debieron haber visto sus caras.


Cuando Kana Ienaga llegó a la mansión Nura aquella mañana, esperaba alguna sorpresa, broma o susto.

Desde que había sido vista con Rikuo en su forma youkai, los pequeños ayakashi se divertían con ella cualquier día o noche que visitara. A veces era una broma inocente, otras un susto pequeño. Kana siempre estaba alerta, aunque la mayoría de las ocasiones no podía evitar caer en la broma o saltar y dar un grito. Sin embargo, esperando cualquier cosa, jamás esperó ver como todas las criaturas corrían despavoridas por la mansión limpiando y arreglando la sala donde estaba el comedor para las visitas importantes.

Los pisos estaban lustrados, no había ni una sola telaraña por los techos, y la maleza del patio había desaparecido. Lo único que había en el suelo eran hojas y pétalos del árbol de ciruelos.

Habían sido muy pocas las veces que ella había visto al clan Nura trabajando. En todas las ocasiones se sentía como un evento único. Todavía sorprendía como si lo fuera.

Pasando de largo el escándalo y caos, y sin ver a Rikuo por ninguna parte, fue directamente a la cocina, donde Kana encontró a Wakana y a Kejorou y una larga mesa de comida ya montada, rodeada de fragmentos de hielo con el propósito de mantenerla fresca.

—¡Kana! ¡Buenos días... casi tardes! Ay —Wakana se quitó una gota de sudor que iba de su frente directo a su ojo con el dorso de la mano mientras miraba un reloj colgado en la pared—. Tarde, tarde, cada vez más tarde. ¿Gustarías ayudarnos, Kana?

Ella asintió amablemente y con cuidado preguntó que se celebraría. Kejorou fue quien le respondió, estando Wakana muy concentrada en formar bolas de arroz con salmón.

—Hoy llega la pequeña Tsurara con su familia de yuki-onna —dijo la mujer de cabellos largos. Kana se quedó helada por un momento, dejando notar su impresión. Kejorou la miró extrañada, y dijo, continuando insegura—y el amo Rikuo pidió un recibimiento grande. Después de su madre y ella, estas son las primeras yuki-onna en tener contacto con alguien del clan Nura. Además... ella no viene desde el verano pasado, cuando anunció que Setsura falleció. Es una bienvenida.

—Así es —dijo Wakana con una sonrisa—. Y como Tsurara nos ha ayudado tanto, también debemos entablar una relación amistosa con su clan. Las yuki-onna son ayakashis muy fieles y protectoras. Se merecen un gran recibimiento. Solo que ha sido un poco cansado, dado que la fiesta de sucesión de Rikuo es en dos días... ¡pero cuando mi hijo vino a decirme que quería que yo hiciera sentir recibida a esas ayakashis no pude decirle que no! —Wakana suspiró con ojos de enamorada, poniendo una de sus manos llena de arroz encima de su pecho—. Esto es muy importante, Kana. Por favor ayúdanos con tu máximo esfuerzo. Rikuo cuenta con nosotras.

Kana sonrió pero no pudo evitar sentir un peso en el pecho que le dejó un sabor amargo en la garganta.

Ella no había recordado a Tsurara durante mucho tiempo. Podía sonar grosero aquello en su mente, pero Kana no tenía una mala intención. Simplemente nunca habían sido amigas y no se agradaban, aunque hayan sido capaces de trabajar en equipo y protegerse en el pasado. La yuki-onna, pese a ser un ayakashi, tenía más relación con Ruka, una onmyouji, que con ella. Kana trataba de no pensar mucho en eso, pero sabía que la diferencia entre ellas era que, en su caso, estaban detrás del mismo chico: Rikuo. Ruka había formado una amistad franca con Rikuo, pese a sus naturalezas contrarias, pero nada indicaba que ella se sintiera atraída románticamente hacia él. Tsurara, desde que la conoció, había sido muy abierta en sus demostraciones de afecto hacia Rikuo; todo lo contrario a ella, que hasta recientemente había podido aceptar sus sentimientos hacia su compañero de escuela.

Realmente no la conocía. No tenía por qué extrañarla. Sin embargo, Kana escuchaba su nombre ser mencionado por ambas mujeres y sentía su propia presencia disiparse frente a sus ojos. Ella tenía esa sensación con regularidad, la de volverse y sentirse invisible ante los ojos de los demás. Sabía que estaba en un lugar fronterizo, siendo humana y conviviendo con youkais y ayakashis en una casa de youkais. Sabía también, y muy bien, que era posible entrar a ese mundo y quedarse: Wakana era la prueba. Pese a eso, Kana no estaba segura de poder hacerlo de la misma manera que ella.

Para eso necesitaba a un demonio que la amara. Ella no era nadie dentro de aquella familia. Dentro de algunas décadas, no sería más que un vago recuerdo, la amiga mortal de Rikuo.

Wakana tenía días malos donde hablaba, pese a su tono animoso y alegre, del pasado. De su difunto esposo Rihan, el padre de Rikuo; de los youkai y ayakashi que habían fallecido a lo largo de los años, de Rikuo... Kana había aprendido que la mujer no necesitaba consejos ni respuestas, solo quien la escuchara. Ella había aprendido también muchas cosas de ello, cosas que quizá nunca debió saber o que tal vez no estaban destinadas para ella.

O al menos así se sentía cuando iba y buscaba a Rikuo, que amablemente aceptaba su compañía en silencio pero parecía recluirse dentro de su cabeza.

Sin tener nada que perder, Kana lanzó la pregunta que le quemaba la lengua desde que supo el porqué del escándalo.

—¿Cómo son las yuki-onna?

.

.

Quitándose el agua de la cara con una toalla, Kana se contempló al espejo y se alisó el pelo con los dedos, poniendo su copete en su lugar. Parpadeó varias veces, aun recordando cuando quedó atrapada por aquel ayakashi al otro lado del reflejo. Ya no tenía miedo, pero nunca podría olvidarlo.

Aquel día hacía un calor sofocante, y haber estado ayudando en las cocinas le había arruinado un poco la apariencia que había tratado de tener al salir de su casa aquella mañana. Sintiéndose ya una adulta, retocó su cara brillosa con un poco de polvo y sus labios con un bálsamo ligeramente coloreado de rojo. Arregló su vestido de verano color coral, que combinaba con su cabello, y tras una última inspección a su peinado, salió hacia la sala más cercana, donde parecían escucharse murmullos. Debía avisar a Rikuo que los asuntos de la cocina ya habían terminado.

Hizo un breve ruido para mencionar su intromisión.

—Adelante —escuchó la voz humana de Rikuo, cada vez más grave y varonil, pero siempre afable.

Rikuo estaba sentado en el medio de un círculo que conformaban Kurotabo, Aotabo, Kubinashi, Zen y Shoei —creía. Recargada en la puerta corrediza que ella abrió, Sasami la saludó con un sucinto asentimiento con la cabeza. Todos proclamaron un saludo corto para ella y un reconocimiento con la mirada.

Rikuo estaba con su hyakki yako —su grupo de fieles servidores que le juraron lealtad —, en una conversación a puerta cerrada. Kana se sintió avergonzada y no pudo evitar sonrojarse desde el cuello hasta la punta de la nariz. Sentía que había interrumpido una plática muy seria. Rikuo, viendo su expresión, negó con la cabeza ligeramente y con un gesto la invitó a sentarse.

Ella lo hizo.

—No interrumpes, Kana. Solo conversábamos. ¿Quieres un poco de té helado? —le preguntó. Sin haberle contestado, Kubinashi rápido le sirvió un vaso y se lo dejó frente a sus rodillas.

—Gracias —asintió al hombre con la cabeza flotante. Él le sonrió cálidamente. Kubinashi era muy hermoso pero perturbador para sus ojos, teniendo su cabeza flotando encima de su cuerpo. Kana bebió un poco para no verlo.

—¿Qué necesitas, Kana? —preguntó el joven.

—Venía a decirte que todo de lo que estaba encargada la señora Wakana está listo. Oh, y que ella me invitó a quedarme... —dijo, un poco insegura— si no te molesta.

Kana no era un youkai ni un ayakashi ni tenía sangre de alguna criatura sobrenatural corriendo por sus venas, pero sintió un hilo tensarse en la habitación y cortar el aire. Duró un segundo, pero existió. Los más transparentes eran Aotabo y Sasami, con gestos duros decorando sus bocas y cambiando sus expresiones usualmente serenas. Ella no alcanzó a ver la expresión de Kurotabo bajo la sombra de su sombrero, y pasó de largo a Kubinashi, que guardó silencio. Zen, por su parte, había tosido secamente, pero Kana pensó estar exagerando al interpretarlo como algo más allá de su débil condición de salud.

Un gusano pareció empezarle a comer el estómago pero la expresión de Rikuo continuó siendo la misma, amable y cálida.

—Claro que no me molesta, Kana.

Cuando Kana se sintió relajada, un golpe en la puerta de madera y papel la hizo sobresaltarse. Era Nattokozo, cargando una vara con funda de cuero negra.

—¡Amo Rikuo! ¡Hemos terminado de ordenar la habitación para las visitantes! ¡Los demás han confirmado también haber terminado sus actividades! —anunció con un grito. Le dio la vara a Rikuo, que la miró confundido— No sabemos si esto también forma parte del equipaje... creo que alguien se puso a jugar con él y ya no sabemos de dónde es o dónde va —dijo con tono molesto, mirando hacia el techo, donde youkai y ayakashis pequeños espiaban.

—Gracias, Nattokozo. Yo me haré cargo de esto —tomó la vara—. Confío en que todo saldrá bien.

—¡Por supuesto, Amo! —dicho aquello, el pequeño youkai escoba se retiró corriendo por el pasillo. Pequeños pasos se escucharon detrás de los suyos.

Toda la atención de los presentes quedó en la vara.

Kurotabo la miró con atención desde su lugar—Es una Naginata. Un sable largo. De quien sea, tiene que ser un buen guerrero para poder usarlo con precisión. O, en el caso de que sea propiedad de nuestras visitantes, una buena onna-bugeisha.

Kana hizo un recuento rápido en su cabeza. Las onna-bugeisha habían sido mujeres guerreras pertenecientes de la clase samurái en la época feudal.

Rikuo tomó la Naginata entre sus dos manos, asiéndola, y Kana lo miró —muy atenta y extrañada —olerla. Algo se sepultó en su pecho cuando lo vio sonreír y pronunciar aquellas palabras.

—Es de Tsurara.

Aotabo se movió sorprendido desde su lugar y Kubinashi dejó caer un poco hacia un lado su cabeza flotante. Kana también se sorprendió pero no lo demostró. Ella nunca había visto a Tsurara cargar un arma. En realidad, pocas veces la había visto usar su poder. Estaba segura de que los dos ayakashis, pese a haber interactuado más con ella, pensaban algo similar. Sasami, en cambio, miró a ambos ayakashi secamente alzando una ceja.

—¿Qué creen que fue a jugar a las muñecas? ¿Qué tiene de sorprendente que la yuki-onna tenga un arma? —graznó la tengu. Shoei dejó salir una leve risita burlona hacia los regañados.

—N-n-n-ada, Sasami, es solo que...

—S-sí, la peque-queña... Tsurara...

Sasami resopló y miró a Rikuo, luego a Kurobato, y viendo que ambos alzaron los hombros ante su cuestionamiento implícito, espetó con coraje:

—Más vale que dejen esas actitudes ridículas y anacrónicas a un lado. Ya he estado con estas mujeres antes y lo peor que pueden hacerles es darles la impresión de que las creen débiles. Como miembro del próximo consejo del Tercero, no solo de su hyakki yako, reniego su actitud y exijo una replanteación en su conducta. No solo por cumplir los deseos personales del Tercero —Kana sintió un escalofrío en la espalda, no sabiendo como tomar aquello pero aún así encontrándolo alarmante, ya fuera por lo que podía inferir de ello o por la severidad con la que Sasami hablaba— sino también respeto por las mujeres miembros de este clan, y por la necesidad de tener una alianza íntegra con las yuki-onna.

Zen masculló una queja inentendible, asintiendo. Kubinashi y Aotabo se sonrojaron y asintieron en silencio.

—Tan viejos y tan tontos —carraspeó en voz baja, pero audible para todos, la youkai cuervo.

Shoei, con el cabello blanco tapándole los ojos rojos, carraspeó para tener la atención de los presentes. Kana no sabía si alguna vez lo había escuchado hablar, pero su voz grave retumbó la pequeña sala atiborrada.

—Según lo que escuché de los sirvientes chismosos, Tsurara ya no es una niña y no viene acompañada por muñecas. Ellas son ayakashi maduras —dijo muy serio. Kana no sabía si podía estar de otra manera—. Según lo que me dijo mi viejo, estas yuki-onna son las mujeres que la señora Setsura salvó y cuidó a lo largo de su vida. Y no solo eso: con ellas viene la yuki-onna viva más antigua de todas. Ella se cargó a Hisao, el youkai que estaría en el lugar de Akagappa, el líder de Toono, hace algunos siglos. No solo les debemos respeto por la difunta Setsura, aliada del clan y amiga de mi difunto padre, sino también por el enorme poder que esconden…

Sasami asintió dándole la razón y respaldando su historia.

—Yuu es tan anciana como el señor Nurarihyon. No debemos de ofenderla, porque... —la mujer cuervo fue interrumpida por la puerta abriéndose de nuevo, esta vez sin ningún permiso otorgado.

Kana se quedó como piedra con lo que vio. Un hombre alto, fornido y de piel grisácea y con ojos brillantes y ambarinos la miraba con una sonrisa socarrona. Estaba vestido con una yukata holgada de color blanco con decoraciones amarillas y negras de formas geométricas. Su cabello gris con mechones negros se extendía desde su cráneo hasta su espalda, como si fuese una cola de solo cabello pero con vida y resistente a la gravedad. En su estado impávido, Kana no supo si en verdad aquel hombre le guiñó el ojo coquetamente o solo parpadeó.

—¿Abuelo? —escuchó murmurar a Rikuo a sus espaldas.

Karasu Tengu entró corriendo a la habitación, tropezándose con el patriarca rejuvenecido en el proceso. Sasami lo miró y suspiró con vergüenza. Rikuo aún seguía mirando a Nurarihyon sin decir nada, por lo que ella se atrevió a preguntar qué pasaba. Kana no podía evitar mirarlos y verlos casi iguales, pese a que Rikuo continuara con su apariencia humana. Lo único que los diferenciaba eran el color de sus ojos. Borgoña y ámbar, sangre y oro.

El cuervo mayor se rascó la cabeza llena de plumas con las garras.

—Bueno, verás, hija... estuve cuidando a las yuki-onna durante la mañana, y cuando informé al Primero...

—¡No voy a dejar que esa anciana me vea viejo y decrépito! —soltó el patriarca, que profanó el salón con su voz grave y rasposa, más juvenil que la temblorosa que tenía con su apariencia anciana— ¡Si ella puede engañar, yo también! Las yuki-onna no me dejarán avergonzado. Maldita vanidad ridícula...

Kana se sorprendió ante la actitud del exanciano. ¿Siempre había podido hacer eso? ¿Por qué no lo había hecho? se preguntaba. En sus mismas cavilaciones, Kana se respondió a sí misma que, aunque fuese un anciano muy feo, así no llamaba la atención. En cambio, de aquella forma, era inevitable mirarlo...

Sasami parecía especialmente molesta, justo como Rikuo, aunque ambos permanecieron en silencio. Kana vio como todos los del hyakki yako se daban miradas significativas. Nurarihyon seguía despotricando, y ella no pudo evitar mirar como su yukata holgada dejaba ver su pecho blanquecino.

Parpadeó, sintiendo su corazón latir muy rápido, y sin ser notada, escapó de la sala y salió al patio, con las mejillas ardiendo de vergüenza y un sentimiento extraño que parecía parecerse a otro sin poder saber a cuál.

Cuando su corazón pareció calmarse, Kana caminó hacia la entrada de la casa Nura. No sabía si irse. Ya había prometido a Wakana que se quedaría, y había avisado a Rikuo que lo haría. Quiso encontrar aquellas razones lo suficientemente convincentes para disipar su incomodidad.

Ella sabía que debía irse, aunque no entendía porqué, y justo cuando estaba a punto de mover sus pies en dirección a la salida, una ligera brisa helada la tocó la piel húmeda.

Recordó las palabras de Kejorou.

—¿Cómo son las yuki-onna?

Las yuki-onna son mujeres hermosas atadas a una infinita tristeza. Son una de las razas de ayakashi más vulnerables en el submundo —dijo la ayakashi de cabellos largos, un poco triste. Sin embargo, no olvidó las palabras que Wakana agregó— su vulnerabilidad viene de que siempre están buscando amor. Son témpanos de hielo que guardan un fuego muy especial dentro de ellas. No todos hemos tenido la suerte de estar en el corazón de una yuki-onna. Quienes les temen, temen al amor. Quienes les dan promesas vacías, no comprenden ni aprecian el amor. Quienes lloran por la ausencia de una yuki-onna, es que siempre se odiaron a sí mismos...

Las vio. Eran cuatro y las cuatro mataban las ondas de calor por donde pasaban. Tsurara caminaba en el medio, vestida con ropa de común: un vestido blanco y veraniego con pliegues. Kana notó que ella era más alta que desde la última vez que la vio. Las otras tres, una mujer mayor vestida con un yukata azul marino, y dos jóvenes, una con un overol negro y otra con pantalones holgados y una camiseta con un estampado de calavera. Todas llevaban una pashmina alrededor de sus cuellos, donde se veía claramente que contenían su frío aliento.

No se dieron cuenta de que ella las veía, o al menos eso creyó Kana, dado que ninguna volteó a mirarla o dio cuenta de su presencia. Había mucha gente alrededor, muchos youkai y ayakashis corriendo por los pasillos todavía, y su olor era insignificante pese a ser humana. Wakana tenía toda la mansión impregnada a su olor ya. Rikuo tenía parte suya humana. Su olor no era algo notable.

Kana se sintió un poco miserable cuando se dio cuenta que tenía el mejor lugar como espectador del lugar. No solo nadie la veía, sino que también ella veía absolutamente todo. Vio como Rikuo llegó corriendo a la entrada de la mansión Nura y cómo se arregló la ropa antes de pedir abrir la puerta; y vio también cómo Tsurara se tomaba nerviosamente un mechón de su cabello antes de escuchar la madera crujir. Vio la expectativa de los de detrás y de las de frente a la puerta, sonriendo y comiéndose las uñas, en fila para dar la bienvenida a las cuatro mujeres. Incluso las mujeres acompañantes de Tsurara se veían ansiosas.

Había un mundo esperando la reunión de aquellas dos personas. Eso la sorprendió. Las cosas no eran así, no antes.

Todo parecía estar a punto de desbordarse hasta que terminó de abrirse la puerta, entonces todo quedó suspendido en un punto muerto donde cualquier ánimo se evaporizó para que ambos pudiesen tener un segundo de tranquilidad mientras se miraban por primera vez después de casi un año. De haber sido mago, estaba segura de que Rikuo hubiese detenido el tiempo. Lo veía en sus ojos cafés, cada vez más borgoña, que brillaban ante la mujer que tenía enfrente. Kana no sabía si alguna vez él la había visto de aquella manera. Probablemente no.

Pero el tiempo no se podía detener y el momento que Kana grabó en su mente solo duró unos cuantos segundos. Hubo un rápido abrazo —que la dejó fría —y después Rikuo le entregó la naginata.

Kana fue capaz de leer sus labios, aún a tanta distancia. "Ume", dijo él. Ella de inmediato recordó su gesto, como había olido aquella arma. Tsurara lo miró sin entender, pero él continuó sonriendo como si por fin hubiese encontrado una respuesta muy ansiada.

Tsurara olía a ciruelo.

Kana se había sentido invisible antes pero en ese momento se dio cuenta que no solo no podía ser vista, sino que estaba siendo tragada por una sombra oscura, fuera de la luz.


Tsurara se sintió ofuscada al ver tantas caras esperando frente a ella. Cada miembro presente del clan Nura, después de ser abrazada por Rikuo, hizo una reverencia hacia ella y sus compañeras.

—¡Bienvenidas! —gritaron al unísono.

Conforme se acercaban sus viejos amigos, todos se repartían a sus deberes asignados. Rikuo se quedó observando a la distancia, dando oportunidad a todos de saludarla. A ella le alegraba verlo pero también necesitaba espacio. Le agradecía a él que lo supiera, aún sin habérselo dicho. Después de intercambiar unas breves palabras con el hyakki yako, Tsurara corrió hacia Wakana, su segunda madre, y se apresuró a presentarla con sus compañeras.

—Yuu, Shura y Nozomi, ella es Wakana, la madre del Tercero —decirlo de esa manera fue incómodo, pero Tsurara debía mantener la compostura— y mi segunda madre. Señora Wakana, ellas son mis compañeras y mi maestra en las Montañas Nevadas. Espero que podamos convivir durante estos días de celebración. Ellas están muy interesadas en la cultura de los humanos.

Wakana tomó las manos de cada una e hizo una reverencia pequeña, sonriendo de manera amable.

—Un gusto a todas. Bienvenidas a mi hogar. Gracias por haber cuidado de Tsurara. ¡Y claro que tendremos tiempo para conversar! Oh, y por cierto, señora Yuu… he escuchado muchas cosas de usted —dijo y le guiñó el ojo.

Yuu acomodó sus lentes subiéndolos por el puente de su nariz y sonrió maliciosamente—¿Ah sí? ¿De dónde?

Antes de que Wakana pudiera responder, un hombre apareció detrás de ella. Tsurara se quedó como piedra, al igual que Shura y Nozomi.

El hombre la miró fijamente, prestando leve atención a su arma, que mantenía parada a lado suyo. Sus ojos ambarinos de inmediato sacaron de su memoria a los ojos de Rihan. Ella lo supo. Ese olor, ese magnetismo, la sensación del estómago revuelto por tener mariposas volando dentro de él…

Ese hombre era Nurarihyon.

Miró a Wakana, que estaba como si nada, sonriendo al recién rejuvenecido youkai. Shura y Nozomi, en cambio, tenían un tenue rubor en sus mejillas y dejaban salir de sus ropas una brisa fresca llena de nerviosismo y expectativa.

Ella misma sentía como su energía revoloteaba ante la presencia del hombre. Era como un hechizo. Su maestra le dio un asentimiento con la cabeza, como hablando en secreto con ella. Notarlo era romper con ese hechizo.

"La gracia, la elegancia para cautivar…obtener, a causa de la seducción, poder… hay hombres que pueden jugar el mismo juego"

—¿Qué hay, vieja asesina?

La susodicha sonrió con un resoplido.

—Tanto tiempo sin verte, ladrón.


Notas. 1) un junihitoe es un kimono muy elegante de doce capas utilizado por las damas de corte en Japón. 2) ume es, en japonés, la traducción de la palabra ciruelo —no sé si recuerden, pero también es una referencia al haiku de Kobayashi Issa "el ciruelo florece..." del primer capítulo. 3) No estoy segura de que los cuervos hijos de Karasu hayan entrado al hyakki yako de Rikuo, pero me tomé la libertad de suponer/inventar que Sasami sí. Me ha gustado como personaje y no quiero despegarme de ella. 4) el caballo de Troya—lo siento por las referencias de la Ilíada, de haber tenido conocimiento de algo japonés, lo pongo, pero no encontré algo equivalente.

Acerca del contenido del capítulo anterior y este: Guest, gracias por comentar acerca de lo planteado en torno a la relación de Rihan con Setsura. Me gusta poner de fondo la relación conflictiva de ambos para tener un antecedente sobre cuál escribir lo que nos ocupa. Efectivamente, a Rihan yo lo he proyectado como alguien muy amoroso y con múltiples parejas, pero también como alguien que cometió muchos errores -y me ha gustado mucho eso porque, desde el punto de vista donde escribo la historia, las relaciones amorosas y de pareja son difíciles y dolorosas, pero eso no borra o invalida el sentimiento.

Y bueno, en fin, este capítulo trató mucho de las apariencias. Prometí otras cosas en el capítulo anterior, pero no pude integrarlas todas en uno solo. A partir de aquí, creo, ya comenzará el verdadero asunto del fanfic o al menos la razón por la que comencé a escribirlo: romance + drama + enredos + malentenidos + diplomacia + derrocamiento de lxs viejxs. Gracias a todxs quienes han leído esta historia. Me da gusto recibir sus reviews y los favs. Espero poder continuar escribiendo pronto. ¡Cualquier duda o sugerencia es recibida!

Saludos