(SÍ ES CAPÍTULO NUEVO)
¡Hola! Primero que nada, una disculpa. Quise seguir escribiendo hace poco, pero no aguanté ciertos errores que vi en la historia (tuve que releer para refrescar mi memoria) y decidí hacer unos cambios: eliminé algunas cosas, cambié otras y junté tres capítulos en uno, ya que estaban muy enredosos y también cortos. Los cambios no afectan en nada de lo que han leído hasta ahora, si acaso cosas de redacción, errorcitos, así. Pero nada sustancial. Igual, vale la pena volver a leerlo, el primer capítulo me mató, yo creo que se hizo mi favoriti. Espero que, para las personas que me leen, este capítulo valga la espera. Está lleno de tonterías pero yo me divertí mucho, jaja.
Y en respuesta a la pregunta de Sonye-san (ya me da pena responderte, tardé demasiado :c), mitad de la información sobre los youkai es cierta -directita del folclor -y mitad es mentira, o sea, cuchara mía. No he leído el manga excepto spoilers y escribo a partir del anime, que dice muy poco de las yuki-onna. Muchas gracias por tu review, me dio mucho ánimo para continuar. También gracias a Milus Hikari y a los reviews anónimos (thanks c:). Nos leemos pronto.
(spoiler: ya sale Yura)
Capítulo 6. Las yuki-onna y el grupo de detectives de lo extraño Kyojūji (parte 1)
Sentada a lado de Yuu y frente a Rikuo y su abuelo, en el centro de la reunión, Tsurara se sentía extraña. Todo a su alrededor marchaba como tenía que suceder. No obstante, ella se sentía ajena a todo. Había vivido toda su vida en aquella mansión, pero era hasta ese momento que había ocupado un lugar tan importante en las reuniones, en las que anteriormente su presencia era apenas notada, siendo casi invisible. Ese día ella era considerada alguien a quien se le debía respeto, se daba cuenta, por el sitio en la que la habían posicionado, junto a los dos líderes. La celebración era en honor suyo y de sus compañeras, las yuki-onna de Yukiyama.
Salió de su ensoñación al escuchar como Yuu y Nurarihyon conversaban. Cruzó una mirada tímida con Rikuo, quien le sonrió. Quiso empezar una conversación con él, pero las voces de los ancianos predominaban en el ambiente cercano a su círculo. Tsurara sabía que llamar a aquello una conversación era un eufemismo, ya que estaban discutiendo mientras se insultaban. Ambos líderes parecían no agradarse mucho, algo de lo que anteriormente ella era consciente, pero que pensaba, no iba a ir a mayores. No obstante, ambos ancianos habían cambiado no solo su apariencia a una más jovial, sino también su actitud madura a una bastante infantil. Sin duda, ambos tenían una relación de rivalidad que iba más allá de un tiempo cercano. Se odiaban desde hacía mucho tiempo y era notorio.
—Así que decidiste arreglarte cuando ese cuervo fisgón te dijo como me veía, ¿no es así, ladrón? —decía con sorna Yuu—. Eres un anciano patético. Tu encantamiento es bastante débil, desde acá te veo las arrugas y la calvicie.
Eso era mentira. Nurarihyon se veía como si estuviera en su mejor momento. Su belleza era peligrosa, mientras que la de Yuu cautivante. Ambos, sin embargo, daban la impresión de poder matar tan solo con la mirada y manipular con un mínimo gesto.
—¡Vieja asesina! Yo hasta acá huelo tu hedor ancestral. A nadie engañas con esas ropas y ese cabello —refutó él—. Todavía hueles a la sangre de tu esposo.
Tsurara pensó que Yuu deseaba que eso fuera cierto, que aún llevara consigo el olor de la sangre de su difunto esposo. Sería su mayor señal de triunfo. Solo las yuki-onna podían saberlo, por la energía con la que Yuu naturalmente las subordinaba.
Nurarihyon, sin saberlo, la había halagado.
La aludida sonrió y con elegancia dejó sus palillos encima de su mesita, para enseñarle las garras que dejó crecer por un momento la mirada furiosa de Nurarihyon.
—Cuando quieras también puedo cargar el olor de tu sangre decrépita. No pudiste ganarle a Hisao en esa época, y dudo que me puedas ganar a mí ahora. Con gusto le arranco el corazón al ladrón Nurarihyon. Sería otra de mis victorias, una más que contar, a los pocos que te conozcan.
—¡Maldita yuki-onna, salgamos al patio para a ver quién gana de una vez por todas!
—¡Já, como si pudieras mantenerte en pie, anciano imbécil!
Tsurara rezó porque aquello acabara. Su deseo se cumplió, ya que llegó Wakana a interrumpir a ambos.
—¡Señora Yuu! Adoro su kimono. ¿Dónde lo compró? —Wakana se acercó a la ayakashi para mirar de cerca las hebras doradas del kimono azul de Yuu. La otra le sonrió con ternura, volteándole la cara al Nura mayor, no sin antes parar el dedo de en medio—. Se ve tan hermosa.
—Oh, querida —habló con voz suave—. Una youkai zorro del Primer Distrito hace los kimonos más hermosos de toda la región. Cuando gustes puedo llevarte. A la viuda de Rihan le harán un excepcional trabajo, ya que a diferencia de su padre, todo el submundo lo recuerda como un hombre encantador.
Tsurara vio como Rikuo soltaba un suspiro de alivio cuando su abuelo dejaba de maldecir y se callaba dando un trago a su copa de sake, comenzando a servirse uno tras otro. Ella rio, viendo al Tercero aliviado, quien al escuchar su risa, volteó hacia su dirección.
—¿Te gusta la comida, Tsurara? —preguntó, de forma casual. Ella asintió, sonriendo un poco. Desde que sirvieron los platillos, Tsurara había sentido algo cálido escocerle el corazón. La comida era fría y cruda, pero apta para todos los presentes. Sabía que era un detalle especialmente para ellas, las yuki-onna. Cuando iba a seguir hablando, a Rikuo lo abordó su abuelo. Ella no insistió. Era mejor mantener al patriarca distraído, al igual que Yuu, que se encontraba concentrada hablando con Wakana, quien parecía muy interesada en su aldea en Yukiyama.
Tsurara observó a los demás presentes en la sala. Por jerarquía, los subordinados del clan eran los que estaban más lejos de ellos, entre ellos youkai y ayakashis serviles y los tsukumogami. No obstante, Shura y Nozomi se encontraban al nivel de Zen y Shoei. Se alegró mucho cuando notó como Shura parecía conversar emocionada sobre algo que ella no llegaba a escuchar con Kurotabo. Ella supuso que el tema debían ser armas, por la mímica que veía manifestarse, desde lo lejos, y el espíritu guerrero que conocía de ambos.
Aotabo y Shoei atendían a Nozomi, que, callada como siempre, los escuchaba atentamente hablar. Cerca de ellos, Giyuu observaba atento a su líder, Nurarihyon, alternando su mirada hacia Yuu. Tsurara sabía que, aún lejos, él también estaba pendiente de cualquier roce. Giyuu, según le había contado su madre, era, luego de Daruma, uno de los integrantes del clan más razonables y diplomáticos. Kubinashi terminaba de servir el último platillo, ayudando a Kejorou, y terminó sentándose a lado de la mujer de largos cabellos, cerca de Zen. Observando a todos, Tsurara cruzó mirada con Sasami, quien le sonrió y asintió con la cabeza. Aquello la emocionó con sobremanera.
Desde que Sasami había ido a Yukiyama para entregar la invitación de la ceremonia y cumpleaños de Rikuo, Tsurara había desarrollado afecto por ella. Todas las yuki-onna también lo habían hecho. No sabía por qué, ya que la youkai cuervo hablaba poco, pero sentía confianza en su solemnidad, al igual que lealtad y seguridad en su mirada. También sabía que Sasami estimaba a Rikuo, ya que en distintas ocasiones lo defendió pero también vio sus faltas. Verla le recordó a su madre, quien siempre acompañó a la suya desde su primer encuentro.
Tsurara se sorprendía de que el sentimiento de familiaridad no hubiese desaparecido. Aún amaba a todos, a cada uno de los integrantes de aquella reunión. Sin embargo, un pizca de nerviosismo la embargó cuando pensó en lo que sucedería en la ceremonia de sucesión. Habría mucha gente, muchas energías, y no estaba segura de poder volver a soportar lo que soportó en su última visita, cuando regresó a la Mansión Nura a reclamar el puesto de su difunta madre.
Estaba enredándose en su mente cuando una voz la sacó de sus pensamientos. Se giró a un lado a ver quién la llamaba.
Los grandes ojos de Rikuo fueron lo primero que captó su mirada. No había notado su cambio de lugar. Su corazón latió desbocado, por la sorpresa y el sentimiento cautivante que le transmitía su mirada y cercanía. Ella se sorprendió al notar como el color café de su iris ya no era oscuro, sino más rojizo.
—¿Estás bien? —inquirió él—. Dejaste de comer hace rato.
—Sí, estoy bien. Me quedé ida, nada más —soltó una risita, algo fingida, ya que aún rondaba por su mente la preocupación de la ceremonia de sucesión. Tomó un gran bocado de arroz y salmón con el fin de despreocupar a Rikuo y no llevar sus pensamientos a la conversación.
—Es fácil quedarse ido con tantas voces. Todos parecen estar muy emocionados —dijo Rikuo, moviendo su nariz—. Lo huelo.
Sus ojos eran cada vez más rojizos y ahora se guiaba por el olfato. Aquella forma de analizar la situación era prácticamente de naturaleza youkai. Tsurara sonrió ante ello, sintiendo también a Rikuo y a su aura, su temperatura, más tranquila que antes, pero densa como cuando se convertía al anochecer en youkai, pese a tener una apariencia aparentemente humana. Ella había crecido y él también. Se preguntó, muy en sus adentros, si algo más había cambiado. Algo como sus sentimientos.
—Gracias por recibirnos tan calurosamente… Tercero —dudó en como llamarlo.
Rikuo negó con la cabeza.
—Dime por mi nombre, Tsurara. Entre nosotros hay respeto, pero somos iguales. Este clan es tu hogar, justo como el de las yuki-onna; pero yo también soy tu… amigo —le dijo, indeciso.
Escuchar aquello le raspó un poco el corazón, y por más que quiso Tsurara ocultarlo, Rikuo lo notó.
El susodicho tomó su mano y la apretó. Dio un vistazo a los presentes, y una vez que dio cuenta de que todos estaban muy distraídos para mirarlos, se arrastró hacia ella, que estando ya bastante cerca, hizo que la tela de sus ropas rozaran.
—Sé que no es momento para hablar de eso —le susurró, tan cerca que sintió su aliento cálido acariciarle la mejilla. Tsurara quiso controlar su corazón, que empezó a latir tan ruidosamente como un ferrocarril a máxima velocidad, siendo consciente de que Rikuo podría escucharla al igual que los presentes, aunque estuvieran más que distraídos—, pero de verdad espero que puedas darme, estos días, oportunidad de conversar sobre lo que hablamos la ultima vez que viniste a Ukioye y por fin ser claro con mis palabras. ¿Podrás darme esa oportunidad, Tsurara?
Ella recordaba haber dicho que lo amaba, a él, como humano y youkai. Recuerda también su silencio. Los dos miedos encontrándose y chocando, con intenciones de unirse, pero separados por la duda.
Cruzaron miradas, la de Rikuo era intensa y quemaba; ella tenía los ojos bien abiertos y se sentía con el cerebro congelado, aunque su cuerpo parecía derretirse ante su voz y cercanía. Rikuo era como el fuego, pero uno constante de llama y fuerte, sólido. Tsurara asintió claramente, tanto como pudo, con la boca chamuscada por los nervios, por la expectativa, por el deseo, olvidando que dejar irse así podría ser el fin de él o de ella, o posiblemente, de los dos, ya que Tsurara lo había reflexionado con anterioridad: si ella debía matar a Rikuo, como yuki-onna que era, ella no quería vivir en un mundo donde él ya no existiera.
Ambos continuaron mirándose con intensidad, absortos en la iris del otro y en sus pensamientos, donde se preguntaban, cada uno, hasta qué punto pensaban lo mismo.
—¡¿Ya le dijiste al Tercero que esta noche nos prometiste ir al karaoke?!
Eso hasta que Shura rompió el momento, cortando la tensión como un katana afilada.
Después de la comida, las cuatro yuki-onna se encontraban descansando en la antigua habitación de Tsurara. Cada una tenía su propia habitación, sin embargo, habían acordado, sin preguntarle a la dueña, que esa habitación sería el punto de reunión del grupo mientras estuvieran visitando la Mansión Nura.
—Eres una idiota, Shura —espetó Nozomi, con su expresión comúnmente tranquila contaminada por exasperación.
—Oye, pero si lo hice para despistar —se defendió la aludida.
Yuu asintió ante lo dicho por ella, cruzada de brazos.
—Shura hizo bien, Nozomi. Las tres sentimos el cambio de ánimo de Tsurara. Todos estaban distraídos, incluido el viejo Nura, pero con unos segundos más de interacción entre ambos, cualquiera hubiera podido notarlo.
Shura asintió, alegre de tener la razón.
—Ambos estaban ardiendo —dijo entre risillas. Tsurara, que tomaba té helado y se había encontrado en silencio hasta ese momento, tuvo un tic de molestia en su cara—. ¿Qué? ¡Es verdad! Conozco tu energía. Estabas, uh, vaya… —no terminó de decir porque Tsurara carraspeó enojada.
—Te agradezco haber interrumpido pero te agradecería más ahora ahorrarte esos comentarios —espetó, con las mejillas rojas.
—Tampoco te enojes, Tsu. Podrás aparearte con el Tercero enfrente de todos una vez que cierren el pacto —Nozomi fue directo hacia Tsurara y masajeó sus hombros como forma de tranquilizarla.
La aludida solo suspiró con resignación, sabiendo que su compañera tenía razón y preguntándose, ante ello, si alguna vez aquello pasaría. ¿Rikuo estaba dispuesto a hacerlo? ¿Qué pasaría si no? ¿Cuánto tiempo podría soportarlo, siendo una yuki-onna, y él, el objeto de su amor y deseo?
Yuu dio un sorbo a su té, especialmente ruidoso y contra toda etiqueta, que captó la atención de las jóvenes.
—Shura solo lo notó porque se dio cuenta de su propio error. ¿No es así, niña? Ya que estamos sacando a flote a Tsurara, no podemos dejarte atrás —dicho aquello, la más vieja sonrió de forma malvada.
Nozomi empezó a reírse, balbuceando algo como "la anciana tiene razón" en medio de su carcajada. Su risa era similar a la de una foca, dando la impresión de fingimiento de tal gesto. No obstante, las presentes sabían que así era su risa genuina, un poco extraña. Tsurara las miró con atención, no sabía a qué se refería Yuu. Realmente había estado distraída durante toda la comida, concentrada en la pelea verbal de Yuu y Nurarihyon, y, por supuesto, en Rikuo.
—¡Anciana Yuu! —se quejó Shura—. Cállese.
—Já.
—¿De qué hablan? —Tsurara seguía confundida.
Nozomi le explicó una vez que dejó de reírse y dio un sorbo a su té para aclarar su garganta.
—A Shura le gusta el monje.
Tsurara sintió como se le desencajaba la mandíbula.
—Así como escuchas, jefa —dijo en tono sabihondo Nozomi—. Quedaron que entrenarían mañana antes del amanecer. En el idioma de Shura, pelear es sinónimo de cortejo. Y a lo que escuché, Kurotabo no es un idiota como el Tercero —aquello lo dijo en voz más baja—, por lo que, mm, já, me suena a que… no sé. Dinos, Shura.
Shura le dedicó una mirada de odio y se mordió el interior de la boca, para contestar, en tono puchero, que solo quería encontrar un guerrero digno con el que pelear. No se trataba de ningún cortejo. Yuu se carcajeó de su respuesta y Nozomi se indignó, siendo su recurrente compañera de entrenamiento en Yukiyama.
A Tsurara se le hizo extraño. Shura era de las pocas yuki-onna que no tenía interés en entablar una relación. Kurotabo, que conocía desde pequeña, nunca había tenido éxito con las mujeres, no obstante, Tsurara sabía que, como ayakashi adulto, era consciente de la naturaleza de la raza de yuki-onna. Aquello la alarmó por un instante, aunque luego se calmó a sí misma.
Ella, en su propia experiencia, tardó mucho tiempo en entregarle su corazón a Rikuo. Si Shura realmente gustaba de Kurotabo, como decían Yuu y Nozomi, no había nada por lo qué alarmarse. Quizá las yuki-onna también eran capaces de entablar relaciones sin sucumbir a la locura de su leyenda. Gustar, a fin de cuentas, no era amar.
En ese momento, cuando parecía volver a encenderse la discusión, tocaron la puerta. Shura respondió aliviada e invitó a abrir. Abriendo un poco la puerta corrediza, por fuera se asomó Kejorou, con una sonrisa afable.
—Hola, chicas. Señora Yuu —saludó—. El amo Rikuo me pidió avisarles que a las siete las ve en la entrada de la casa para llevarlas a conocer la ciudad y el karaoke. Tsurara, el club de la escuela del amo insiste en verte, así que no sé si gusten incluirlos en su reunión… y bueno, dos de ellos y la onmyouji ya saben de la existencia del submundo, así que…
A Nozomi le brillaron los ojos.
—¿Los del club son humanos?
Kejorou asintió y Nozomi mostró un gesto de satisfacción ante su respuesta. Shura corrió a buscar sus maletas. Tsurara las miró, notó su emoción y supo que debía resignarse.
—Dile a Rikuo que está bien que vayan, Kejorou —le dijo—. Nozomi y Shura están muy curiosas acerca del mundo humano. ¿Yura irá? ¿Quiénes son los dos que saben?
Kejorou jugó con un mechón de su cabello, un poco nerviosa.
—Un chico muy escandaloso… Kyo, algo así, y la chica Kana.
Las yuki-onna, a excepción de Tsurara, se quedaron de piedra al reconocer el nombre de la que, en Yukiyama, todas las yuki-onna habían categorizado como el enemigo.
—Dile al Tercero están muy emocionadas, no esperan la hora de ir —sentenció Yuu, con gesto serio.
Kejorou sintió un escalofrío en la nuca y decidió mejor retirarse, sin preguntar absolutamente nada.
A Kana la despertó el timbre de su celular. Con dificultad abrió los ojos para tomarlo del buró a lado de su cama y ver que Kiyotsube quien la llamaba. Era la séptima vez, según el celular. Suspiró y se levantó, contestando la llamada.
—¿Kana? ¿Por qué tardaste tanto en contestar? ¡Estoy fuera de tu departamento! ¡He tocado el timbre diez veces!
Aunque Kiyotsube sonaba molesto y también preocupado, ella no respondió. Se quedó absorta mirando la ventana de su habitación, que le mostraba el fin del atardecer. El reloj decía que eran las siete en punto. Kana sintió la boca espesa y tragó saliva como pudo, descolocada. Realmente no recordaba haber llegado a casa. Ella estaba en la Mansión Nura y…
Ciruelo. Recordaba haber visto a Rikuo decirlo. Vio, a lo lejos, en sus labios, pronunciar esa palabra; estuvo presente en ese momento, donde ella espió desde las sombras el primer encuentro y sintió la intimidad entre ambos quemarle los ojos y estrujarle el corazón. Después, todo se había vuelto negro.
—¿Kana?
—Ya voy —contestó por fin.
Tal vez no recordaba las últimas horas por haber dormido demasiado, pensó, y fue a abrirle a su amigo. Kiyotsube entró renegando, diciendo que iban tarde a la reunión, y ella lo miró confundida, sin saber de qué hablaba.
—El club quedó de ir con Rikuo y las hermanas de Oikawa al karaoke. ¡Es su bienvenida! ¿No lo recuerdas? Natsumi me dijo que te avisó por medio día y que le dijiste que sí. Ella, Saori y Shima nos están esperando en el auto. Yura dijo que iría por su lado, pero que ahí estaría. ¡Rikuo prometió llevarnos al Primer Distrito después, a beber con los nekomata! ¡Venga, Kana! Me muero por conocer a las hermanas de Oikawa.
Kana se quedó como piedra. Ella no recordaba haber hecho eso. ¿Qué estaba pasando? Mientras pasaba directo a su cuarto, para darse una ducha rápida y cambiarse, pasó delante de un espejo. Con pavor, creyó mirar una sombra detrás de ella.
No segura de lo que vio, regresó al espejo. Solo estaba ella, vestida con lo que usó para ir a la Mansión Nura por la mañana y con el cabello desarreglado. No recordaba haberse quedado para la comida, tampoco qué hizo después de irse. ¿Realmente se había ido?
"Me estoy volviendo loca por los celos. ¿Es posible? Esa yuki-onna… Rikuo…"
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un punzante dolor de cabeza. Duró un segundo, por lo que Kana lo olvidó y se concentró en arreglarse.
No sabía por qué, pero sentía que debía esforzarse al máximo con ese poco tiempo que tenía.
Debía verse hermosa a toda costa, aunque tuviera profundas ojeras y le doliera extrañamente el cuerpo, además de verse más pálida de lo normal. Eligió su vestido más bonito y aplicó un poco más de maquillaje que el habitual, además de prestar singular atención a su cabello, que recogió en dos adorables colitas bajas, un peinado que Natsumi siempre le había comentado que se le veía muy bien aunque no lo usara con regularidad.
Aplicó su perfume en las zonas estratégicas y se miró en el espejo, probando el brillo labial y verificando desde distintos ángulos su maquillaje y cabello.
Su reflejo le recordó al Ungaikyo, el youkai que la había atrapado en el espejo, y del cual Rikuo la rescató.
"Rikuo…"
Kana quería recordar a Rikuo, con su cabello plateado y sus ojos rojizos salvándola, no obstante, su nombre solo traía la imagen de él y Tsurara encontrándose en la puerta de la Mansión Nura. No sabía por qué, pero ese recuerdo le escocía desde estómago hasta la garganta de una manera que Kana nunca había sentido. Como si dentro de ella hubiese algo que expulsar.
—¡Kana! ¡Ya vámonos, es tarde!
—¿Cuándo carajo compraron todo esto? —despotricó Yuu al ver la gran cantidad de ropa humana que Shura sacó de las maletas. Blusas, pantalones, vestidos, zapatos; había de todo. La anciana, aún con apariencia joven, tomó una falda de color negro con las uñas y la miró con confusión—. ¿Piensan ponerse esto? ¿Quieren que las consideren prostitutas?
—Ay, anciana Yuu, esa es la moda de los humanos —Shura rodó los ojos—. Nosotras andamos semidesnudas por la aldea todo el tiempo, ¿y ahora te escandalizas? Hasta parece que aún sigues las órdenes de tu marido o le guardas luto, por lo mojigata que sonaste —la aludida le paró el dedo de en medio, lo que Shura ignoró por completo—. A ver, dame eso, lo compramos especialmente para Tsurara. Le va bien una… ¿cómo dijo la dependienta de la tienda? Ah, sí, una gama de colores pálidos pero también sobrios. Con esta blusa —enseñó una blusa acanalada de color azul cielo sin mangas— le vendrá perfecto. El Tercero se va a morir.
Tsurara alzó ambas cejas, viendo como ambas prendas caían a sus pies. Negó con la cabeza.
—Yo no pienso ponerme eso.
Wakana, que había aparecido para ayudarlas a arreglarse según las costumbres humanas y las miraba sentada a lado de Yuu, aplaudió emocionada.
—¡Estoy segura de que te queda lindísimo, Tsurara! A Rikuo le encantará —dijo, guiñando el ojo.
Tsurara se sintió especialmente cohibida. Entre las yuki-onna era normal escuchar comentarios sobre cómo seducir y llamar la atención de Rikuo —no en vano era su tema de conversación favorito —, no obstante, jamás había pronunciado nada parecido cerca de su madre. Sintió mucha vergüenza pero ante la mirada emocionada y actitud natural de la señora Nura, no corrigió a Shura ni calló a Nozomi.
—Así es, señora Wakana —Nozomi siguió, con una sonrisa tramposa—. Tiene muy bonitas piernas. ¿Debería enseñarlas, no?
—Claro —sin saber las intenciones de la yuki-onna, Wakana inocentemente le dio la razón—. Es muy parecida a la falda que usabas para ir al colegio con Rikuo, solo que esta es mucho más elegante. Va acorde a ti y es muy colegiala pop. ¡Ay, que emoción me da ver cuánto has crecido! ¡Tan hermosa! Pruébatela, anda.
Yuu entornó los ojos y asintió, sin poder negarle algo a Wakana, quien rápidamente se había convertido en su miembro favorito del clan Nura. Tsurara se guardó el coraje y comenzó a cambiarse, sin poder negarse ante ninguna de las mujeres presentes, que al parecer estaban todas en contra suya.
Wakana dio varios gritos de emoción cuando la vio vestida por completo. Cada una dio su signo de aprobación. La aludida suspiró, resignada.
—Ahora… —comenzó Shura, con mirada malvada— ¡meikoup!
Tsurara tenía el presentimiento que a las dos yuki-onna más jóvenes les había gustado el exterior más de lo que estaba dispuesta a soportar. Sabiendo que oponer resistencia era inútil, dejó que hicieran lo que quisieran con ella.
—¿A poco no te sientes más joven alrededor de estas chicas, Yuu? —decía emocionada Wakana, entre risas. Puso labial en la boca de Tsurara—. Tenía tanto tiempo sin aspirar este aire femenino. Quizá me vuelva a adicta —se rio jocosamente.
Yuu le sonrió.
—Siempre puedes venir de vacaciones a Yukiyama con nosotras, Wakana. Allá se quedaron las más vanidosas.
Rikuo salió de su habitación, caminando por el pasillo mientras cerraba el último botón de su camisa. Alisó los bordes, nervioso. A mitad del camino, encontró a Sasami esperándolo. Él la invitó a asistir con ellos, y la youkai cuervo pareció divertida ante ello, pero negó amablemente la invitación, moviendo sus grandes alas de plumas negras.
Los youkai cuervo eran criaturas muy orgullosas de sus alas. Pocas veces decidían ocultarlas. Karasu había mencionado alguna vez que hacerlo era una forma de deshonor.
—Solo quería sugerirle algo antes de que se marche. Escuché a Kejorou decir que su club también estaba invitado —comenzó ella—. Y sé que Kana Ienaga está ahí.
Hubo una pausa por parte de Sasami, llena de seriedad y con mucha información implícita. Rikuo asintió, sabiendo a qué se refería. Sasami era una youkai de pocas palabras, muy concisa, pero con el tiempo habían llegado a entenderse bastante bien.
Desde su última visita a Yukiyama, ella había sido bastante clara al respecto de su amiga ante Tsurara y lo que ella implicaba. Rikuo sabía el error que había cometido al mandar la invitación a Tsurara con el olor de Kana. No olvidaba tampoco la síntesis del escándalo que se hizo entre las yuki-onnas por ello, del que la misma Sasami fue testimonio.
—No se quedó a la comida de bienvenida, por cierto —continuó Sasami—. La vi retirarse después de la llegada de las yuki-onna.
—Sí, me di cuenta. Olí su tristeza. Creo que no queda mucho de qué hablar al respecto —dijo, y le sonrió, un poco triste—. O eso espero.
Sasami miró en dirección a la entrada de la Mansión Nura, que ya se encontraba en un ambiente tranquilo y de silencio. Rikuo le apretó el hombro y le dio una sonrisa cariñosa.
—No te preocupes tanto por mí, Sasami. Haré las cosas bien esta vez.
Rikuo se dirigió a la salida, un poco divertido, al darse cuenta de que aquella conversación era, tal vez, el diálogo más común que había tenido durante de mucho tiempo. Sasami, definitivamente, era su mano derecha cuando se trataba de no ser un idiota.
Acomodó sus lentes y miró la hora. Satisfecho, esperó a lado de la puerta, con Aotabo y Kurotabo haciendo guardia por fuera.
—Oi —llamó alguien a lo lejos.
Rikuo sintió su rostro acalorarse con intensidad e hizo todo lo que pudo por parecer impasible, cosa inútil, ya que escuchó las risas de las dos yuki-onnas jóvenes que acompañaban a Tsurara, que se veía muy bonita. Distinta a como la recordaba con su kimono, pero bonita, y aunque su ropa fuese humana, continuaba teniendo esa apariencia etérea de su naturaleza ayakashi.
Aotabo y Kurotabo silbaron desde fuera de la casa.
—Estas yuki-onna, listas para matar —bromeó Aotabo—. No les basta ser hermosas, ahora quieren ser diamantes.
—Guerreras fatales, Ao —sugirió Kurotabo, con sus ojos azules brillando debajo de la sombra de su sombrero. Nozomi golpeó el hombro de Shura, que rehuyó todas las miradas. Aquello hizo que el monje riera—. Señorita Shura, espero que pueda rendir para nuestro entrenamiento mañana. El desvelo no es un óptimo compañero para el buen desempeño.
La aludida dio una expresión confiada.
—Desvelada y ebria soy capaz de patearte el trasero —contestó con la barbilla en alto, y sus ojos color rubí brillando con desafío.
Rikuo observó aquella interacción extrañado, cuestionando con la mirada a Kurotabo, que solo levantó los hombros sin decir nada.
El primer miembro del club de detectives de lo extraño en cruzarse con Rikuo, Tsurara y las dos yuki-onna fue Yura. Sin olvidar su profesión de onmyoji, Yura miró con cautela a las nuevas ayakashis, luego de prestar saludos respetuosos a Tsurara. Juntos como grupo caminaron entonces hacia la ciudad, se dirigieron hacia el lugar donde podrían conocer Shura y Nozomi el karaoke.
—¿No me vas a exorcizar, verdad?
—Oi, onmyoji, ¿paz?
Yura mentiría si dijera que no se sentía impresionada y extraña ante ambas yuki-onnas, tan curiosas acerca de inventos y costumbres humanas. Las dos se encontraban fascinadas viendo las luces de colores, los edificios de múltiples pisos y la comida que veían al pasar por la calle. A mitad del camino, Yura supo que podía bajar la guardia. Aquellas ayakashis, como la mayoría que había conocido por Rikuo, no representaban peligro para ella ni para los humanos. Además, a lo lejos, vio a Aotabo disfrazado de jugador de básquetbol caminar a la distancia, y a Kurotabo, el monje, vestido con un elegante traje negro, sentado en un café, observándolos disimuladamente.
Sintiéndose segura, Yura se preguntó, por curiosidad, qué tan poderosa sería ahora Tsurara. Veía a Rikuo y a Tsurara desde sus espaldas, caminando en conjunto con Shura, la de cabeza rapada y pintura roja en los párpados; y Nozomi, de ojos púrpuras y expresión sociópata. Como Rikuo, Tsurara parecía representar un lugar jerárquico superior al de sus acompañantes, ya que ellas la respetaban, le pedían permiso y, en general, parecían estar alertas para protegerla, aunque la mayoría del tiempo se la pasaran bobeando ante los avances tecnológicos de la humanidad.
Varias cosas habían cambiado, se dio cuenta. Tsurara siempre había seguido a Rikuo, y esta vez, Yura los veía caminar al mismo paso, al mismo ritmo. Ya no era su guardaespaldas, se dijo. Ambos tenían expresiones cohibidas y no sabía si era su imaginación, pero Yura notaba que sus manos rozaban cada vez con más frecuencia —accidentalmente, según ellos. Quizá, pensaba la onmyoji, Rikuo por fin había dádose cuenta de los sentimientos de la mujer de hielo hacia él —que siempre habían rayado en lo obvio —, al igual que de los suyos hacia ella —casi tan obvios para todos pero no para él mismo.
Ella se rio un poco internamente mientras los miraba: una ayakashi y un youkai, según sentía su energía, capaces de matar a cualquiera que se les pusiera enfrente, tan tímidos como niños de preparatoria. Saber su capacidad y naturaleza demoniaca hacía que aquel juego, del que estaba siendo testimonio, fuese bastante divertido.
La situación fue divertida hasta que llegaron al karaoke y Yura recordó a su otra amiga, Kana. La onmyoji maldijo mentalmente al ver su expresión, aún dentro del auto de Kiyotsube.
—¡Amigos! ¡Cuanto tiempo! —gritó Kiyotsube, saliendo del auto.
Con él salieron Natsumi, Saori, Shima y Kana. La última, según lo que vio Yura, no se veía muy bien. Es decir, se veía muy bonita, se había arreglado y vestido para la ocasión, pero algo en ella, Ruka veía, desencajaba. Quizá se sentía triste por no ser correspondida por Rikuo, se dijo.
Kiyotsube saludó rápido a ella y a Rikuo para concentrarse en las tres yuki-onna. Yura escuchó como, en voz baja, Kiyotsube les preguntaba si más tarde podrían enseñarle sus poderes de hielo. A ella le sorprendió escuchar como ninguna de las dos utilizaba el hielo o la nieve como arma, sino la fuerza y las artes marciales. Aquellas ayakashis cada vez parecían ser más interesantes.
Yura prestó singular atención al contacto entre Rikuo y Kana, quienes, como esperaba, se saludaron de lejos. Kana parecía querer componer su expresión, pero Yura era capaz de ver cómo ella fallaba. A pesar de ello, Kana saludó con una sonrisa y le dio la bienvenida a Tsurara y a "sus hermanas", como habían acordado llamarlas ante los demás, que aún ignoraban que Rikuo era un cuarto youkai. Shima se sonrojó y casi le sangró la nariz al ver de nuevo a Tsurara, que saludó tímidamente. Natsumi y Saori, quienes eran las chicas más comunes del club, se limitaron a abrazarla por unos segundos y presentarse ante las nuevas visitantes con una sonrisa.
—Al parecer el club se extenderá, ¿no crees, Rikuo? —mientras esperaban ser atendidos en el lugar, Kiyotsube, como siempre, se puso a decir sus tonterías sobre el grupo de detectives—. Tal vez hoy encontremos a un youkai, ¿no creen, chicos? —dijo y guiñó el ojo, teniendo a su espalda a Saori, Natsumi y Shima.
Yura rodó los ojos. Desde que Kiyotsube y Kana sabían de la naturaleza youkai de Rikuo y de la existencia de demás ayakashis y youkais, ese chiste había sido gastado unas mil veces. No sabía cuánto más podría soportarlo.
Las únicas que parecían querer escapar de ahí, extrañamente, eran ella y Tsurara. La mujer de las nieves se sentó a su lado y le acercó un vaso con cerveza.
Yura trataba de imaginarse la expresión idiota que sus parientes pondrían si les dijera que estuvo en una cabina de karaoke con cuatro youkai borrachos cantando éxitos japoneses de los ochenta. No podía. Solo imaginaba a Hidemoto riéndose de ella, diciéndole que se tragó sus propias palabras y que seguro le daría indigestión pronto.
—¿Te diviertes? —preguntó Tsurara de pronto, dando un sorbo a su bebida. Ella bebía sake, como la mayoría de los youkai.
—Claro, muero de tanta diversión —dijo, con evidente sarcasmo. Eso hizo reír a la mujer de las nieves—. ¿Ya regresaste para quedarte?
—No —respondió—. Aún tengo que pasar el siguiente invierno en Yukiyama. Estas son unas pequeñas vacaciones, creo, y diplomacia. ¿Rikuo te dijo que en los próximos días será el Comandante del Clan Nura?
Rikuo lo había mencionado, sí, pero Yura había tratado de olvidarlo. Aún le costaba aceptar que uno de sus únicos amigos, quizá el que más apreciaba, era nieto del ladrón youkai más famoso de Japón ancestral. Yura asintió como respuesta para Tsurara, e iba a seguir la conversación, pero Shura la atrajo al karaoke. Yura, sola, observó la habitación, iluminada solo por una luz color rosada. Sus amigos y las yuki-onna cantaban, Tsurara con un poco de pena, pero divirtiéndose. Le extrañó no ver a Kana, que hace un segundo, Yura había visto en algún rincón de la habitación.
Aquella noche Kana estaba particularmente extraña. Sabía que debía estar incómoda por el cambio que había tenido la relación de Rikuo y Tsurara, pero Yura no sabía por qué imaginaba que no era eso. Lo sentía distinto.
—Oigan, voy a ir al baño. No se vayan sin mí —avisó y salió de la cabina de karaoke.
Su primer instinto fue ir al baño, pensando que aquel era el primer lugar lógico donde encontrar a Kana. Abrió la puerta con cautela, sin entender por qué, ya que Yura, conforme más se había acercado al lugar, sentía como su piel se erizaba, similar a un estado de alerta. Sí era cierto que el baño tenía un aura horrible, pero también se debía a la pésima decoración, muy antigua y descuidada.
—¿Kana, estás aquí? ¿Hay alguien?
—¡Vete, Yura! —escuchó un grito, luego un sollozo, proveniente del último cubículo del baño.
Yura se acercó y trató de abrirlo, mas estaba cerrado. Vio brevemente por abajo, alcanzando a ver los zapatos de Kana. Suspiró. Al menos ella estaba bien, aunque era obvio que su estado emocional no tanto. Yura, a pesar de haberla encontrado, aún tenía un presentimiento extraño.
Esperó durante unos minutos a que Kana saliera por sí sola. Una vez que la vio, notó sus ojos un poco hinchados y la boca roja, seguro de tanto mordérsela para no llorar más alto. La onmyoji se sintió frustrada, sabiendo que ella era una persona pésima para consolar a los demás, y mientras se debatía mentalmente si iba por Saori y Natsumi para que ellas hicieran ese trabajo, observó a Kana maquillar su cara, directo a su reflejo en el espejo.
Yura por fin supo qué era lo que estaba mal. El reflejo daba una imagen de Kana, actuando con normalidad, pero con una figura negra sobre sus hombros.
—Kana... —quiso tranquilizarse, pero vio como la figura, técnicamente un onryo, se supo detectado, enraizando más su agarre sobre Kana, que conforme era tomada por la criatura, sus ojos tiraban más y más lágrimas—. Kana, no te muevas...
Yura buscó los pergaminos en sus bolsillos. No estaban, recordaba haberlos dejado en su bolso. Maldijo con coraje.
—Yura —gimió Kana—. No sé qué me pasa... tengo pensamientos horribles, me siento fatal. Yo... —su voz se cortó. Yura miró como sus ojos se ponían en blanco, desapareciendo su iris, y el onryo adentrándose a su cuerpo.
Kana entonces le sonrió y con una patada la tiró al suelo. Yura, incorporándose con dificultad, vio como Kana salió corriendo.
—¡Maldita sea! ¡Rikuo! ¡Tsurara! —comenzó a gritar mientras corría. Debía llegar a Rikuo primero, aunque Kana se alejara; ya que tenían que dejar a Natsumi, Saori y a Shima en un lugar seguro. Kana no podría ir tan lejos si Kurotabo o Aotabo estaban cerca. Aunque, presentía Yura, si ella como un onmyoji no había notado la presencia del onryo, como tampoco Rikuo o las yuki-onna, bien podría volver a pasar desapercibida.
Maldita sea, Yura ya entendía por qué el cambio de Kana no fue visible desde un principio. Estaban rodeados de demasiada energía demoniaca, y siendo el onryo un espíritu tan sutil, era probable que ni siquiera Kana lo haya notado hasta en ese momento, cuando tomó posesión completa de su cuerpo.
Le dijo a Kiyotsube que llevara a los demás a sus casas. Él por supuesto, rechistó, queriendo, por fin, poner en acción al grupo de detectives de lo extraño. Una mirada rojiza y seria de Rikuo le bastó para inventar una excusa y llevarse a Saori, Natsumi y Shima.
Yura trató de explicarles lo más rápido que pudo, mientras se dirigían al punto de encuentro con Kurotabo y Aotabo.
—Desde que la vi pensé que tenía un comportamiento extraño. Yo... fallé en detectar al onryo. Kana debe de estar poseída desde hace unas horas, porque cuando la encontré en el baño estaba aún consciente. Creo que es un tipo de onryo que daña psicológicamente, dijo haber tenido pensamientos extraños y se veía muy angustiada por ello.
Shura alzó una ceja.
—¿Un onryo, un espíritu vengativo? A esos los encuentras en lugares donde hubo accidentes, en cementerios, bosques... estamos en plena ciudad.
Yura asintió, dándole la razón.
—Sí, pero la ciudad ha sufrido un cambio en el ecosistema youkai. Espíritus siempre atraen a más espíritus, ¿no es así? —dijo la onmyoji—. Y lamento decirlo, pero el onryo es un yurei vengativo, similar a la yuki-onna en motivaciones. Sé que miles de youkai entran a la ciudad todos los días, pero no todos con el calibre de su líder. Aunque oculten su energía, yo aún soy capaz de saber que existe. Los youkai débiles la huelen, la entienden como si fuera su abeja reina, es lógico que vayan hacia ella.
Rikuo pensó lo dicho por Yura y terminó afirmando.
—Lamentablemente, Yura tiene razón. No es coincidencia que Kana haya desaparecido luego de estar en la mansión. Además, desde hace tiempo sabemos que ella es muy receptiva a los ayakashis, los atrae, como con Ungaikyo. Ante su llegada, es muy probable que la energía demoniaca se haya concentrado en casa, y haya atraído al onryo, depositándose en el más indefenso.
—Los onryo no son tan fácil de matar como Ungaikyo —dijo Nozomi—. Ellos se enraizan a la persona que poseen. Kana debe tener algo en común con el espíritu vengativo para que la haya elegido como receptáculo.
—Es cierto, no es usual este comportamiento —admitió Yura—. En general, los onryo torturan con miedo y objetos inanimados, incluso con accidentes. Son como los fantasmas enojados de las películas.
—¿Podrás exorcizarlo, onmyoji? —la voz de Tsurara y su pregunta hicieron silencio. Todos pararon, y Aotabo y Kurotabo aparecieron, con Kana sujetada por el primero, retorciéndose y con la mirada aún sin iris ni pupila.
Yura sabía que sólo existía una forma de exorcizar a aquel onryo y sacarlo de Kana. Ninguno de sus shikigamis regulares sería capaz de lograrlo, ya que ellos servían para atacar físicamente a los demonios. Solo había un shikigami capaz de hacer una tarea tan complicada como un exorcismo. Un shikigami pensante, que fue humano en su anterior vida. Otro onmyoji.
Yura maldijo varias veces antes de tomar uno de sus papeles sagrados. Escribió con enojo el nombre.
"Serás cabrón, Hidemoto."
Un onryo es el equivalente a un fantasma. los japoneses diferencian entre yurei (un fantasma común) y el onryo, un fantasma especialmente vengativo o enojado que busca hacer daño a los vivos.
Yukiyama se traduce, literalmente, a montañas nevadas.
