Continuación. Espero el siguiente sea el último, pero no las tengo todas conmigo...


~La diva y el divo.


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Mimi bufó mientras veía cómo le sacaban sangre. Al principio se había escandalizado por ello. Luego se detuvo a mirarle las pestañas y las pecas al médico. Era un hombre atractivo bajo unas gruesas gafas, con gestos nerviosos, pero manos firmes a la hora de examinarla. No se había inmutado demasiado cuando se desnudó y aunque pudo apreciar un sonrojo oculto, su determinación hubieran impedido sacarle cualquier tipo de señal de que estuviera interesado en ella.

No es que quisiera, es que empezaba a hartarse de que la mirase como una rata de laboratorio.

—Ya puede volver a ponerse su ropa, señorita —invitó el hombre tras colocarle el respectivo esparadrapo sobre la gasita que cubriría el pinchazo—. Enseguida regresaré.

Se levantó, dejó los botecitos en una vitrina y se marchó tras la puerta tan blanca como el resto de la habitación. Se quitó el pijama de igual falta de color y se enguantó sus ropas, alegrándose de que algo, al menos, no pareciera un lienzo en blanco.

Ella parecía la nota de color que alegraba ese lugar.

Esperó a que regresara y cuando le dio una ficha con sus datos y una llave, la sacó directamente al pasillo. Mimi supo que, en ese momento, Taichi se había equivocado al creer que ese médico sería su tipo.

Taichi Yagami la esperaba en la sala de espera, trajeado, con el ceño fruncido mientras miraba una vieja fotografía y la captó por el rabillo del ojo, guardándola en seguida y esbozando una falsa sonrisa.

Deseó abofetearlo. Pero se contuvo. Se cruzó de brazos y procuró que sus manos se quedaran bajo sus axilas. Bastante dolor había pasado el castaño ya.

—Te dije que te ayudaría, pero que no podías sacarme del escenario. Esa gente me necesita. ¿Y eres consciente de la bestia que me has enviado?

Taichi se frotó el puente de la nariz mientras la escuchaba.

—¿No vas a decir nada?

—Si me dejas, sí —reprochó el militar—. Mimi, no puedo llevarte a Sora para que la cures. Has de ir tú a ella. Y no estabas a salvo. Mira las noticias.

Le entregó una pequeña pantalla transparente donde las noticias ratificaban lo dicho por él. Aparecía el local del que el grosero piloto la había sacado en ruinas. Marcas de heridas de Digimon demostraban la erradicación y las bolsas de cadáveres le estrangularon el corazón.

Se llevó una mano al rostro, sintiendo el cosquilleo de las lágrimas en los ojos.

—No puede ser. Si yo hubiera estado ahí…

—Te habrían asesinado.

—Podría haberles salvado.

—Les habrían matado de todos modos —sentenció Taichi—. Nunca negocian. No se arriesgan a dejar huellas innecesarias. Cuantos menos humanos vivos, mejor.

—Suenas horrible. Cruel.

—Pues imagínate las cosas crueles que te habrían hecho, Mimi.

La sostuvo de las manos tras guardarse la pantalla en el bolsillo. Mimi se las acarició. Grandes. Morenas y gentiles.

Y sabía que solo se movieran por una sola mujer. Le miró y vio esos ojos cansados pero llenos de esperanza por ella.

Mimi sintió envidia repentinamente. Si un hombre fuera capaz de hacer lo que Taichi hacía por esa mujer, sabía que lo amaría de por vida.

—No me mires así —demandó soltándole y metiéndose los dedos entre los cabellos, desde la frente hasta la nuca—. Te ayudaré. Solo llévame donde está ella y cantaré.

Taichi sonrió. Y estaba realmente guapo. Con esos dientes blancos que resaltaban gracias a su moreno natural.

Pero entonces lo vio y deseó patearle.

Altivo, pasota, como si el mundo girara para él y no hubiera nadie más en el mundo. Vale. Debía de reconocer que estaba increíblemente bueno. Que hacía tiempo que no veía un hombre como él y sentía que poseía algo especial. Pero era un borde de cuidado, un tipo con el que no iba a congeniar para nada.

—Ni hablar —anunció cuando el piloto llegó hasta la altura de ambos.

Taichi frunció el ceño.

—No te queda otra, Mimi. Es mi mejor hombre.

—Pues ya sabes dónde puedes metértelo, guapo —respondió—. Búscame a otro que sea mejor.

—Soy el mejor.

Taichi cabeceó para darle la razón y le dio una palmada en los hombros al otro hombre. Rubio, con esos ojos azules que parecían ver más allá de su alma. Sí. Pero le causaba escalofríos que no comprendía y sentía que cuanto más lejos estuviera de él, mejor.

—Eso lo decís vosotros, hombres que os gusta daros palmaditas y todo eso. Yo acabo de perder toda mi vida entre escombros y, Taichi, más te vale darme una buena remuneración por ello.

—Te lo aseguro— garantizó Yagami—. Ahora. ¿Irás con él o tengo que pedir que te seden?

—Esa sería una idea fantástica —propuso el piloto.

—¿Yamato Ishida? —cuestionó para confirmar. Él asintió mientras levantaba el mentón con orgullo—. Vaya, pues no eres tan impresionante. Espero que el ego que te sale de las pestañas no te lo imagines ahí… abajo, chico.

Hizo un gesto refiriéndose a algo minúsculo y sonrió, caminando hacia la señal que anunciaba los hangares. Cuando se volvió, Taichi sujetaba a Yamato por las solapas y sonreía divertido.

—¿A qué esperas? La puerta no se me va a abrir sola, chico.

Lo escuchó soltar un taco y seguirla. Taichi les deseó suerte a gritos.

La nave no era lo que ella pudiera considerar lo más cómodo del mundo, pero al menos tenía ducha y agradecía en el alma que el agua fuera caliente. Si hubiera tenido bañera en vez de un plato, hubiera sido el no va más, pero ya había tentado demasiado a la suerte.

Olía a comida cuando salió por las puertas de cristal y recogió la camiseta que le había prestado. Azul marino, con las signas de las fuerzas especiales marcadas en un logotipo en el pecho derecho. Los pantalones le venían largos y tuvo que hacer un esfuerzo de lucha contra la tela para dejarla por encima de sus tobillos y eran de un color caqui horroroso que no la favorecía.

Al menos, no era el blanco puro del médico.

Salió de la pequeña habitación cuya única finalidad era para dormir. Una ventana superior daba al espacio y ver las pequeñas estrellas moverse rápidamente sobre su cabeza la mareaba.

Salió al salón cocina y lo vio, remangado mientras sostenía una cuchara en su mano derecha y removía algo dentro de un bote que sujetaba con la izquierda. Fuera lo que fuera, le alimentó hasta el alma con el simple olor.

Se acercó de puntillas para ver lo que había en la sartén.

Y casi creó un caos.

Yamato se volvió rápidamente, con los ojos enloquecidos y la respiración acompasada, presionando la pistola laser contra su frente. Cuando chilló, consternada y asustada a la vez, soltó un taco y la liberó.

—No vuelvas a hacer eso. Podría haberte matado.

—¿Podrías? ¡Ibas! —reprochó—. Por dios, solo quería ver qué olía tan bien.

—Si te acercas por la espalda de un militar es normal que se defienda. Deberías de… —se detuvo cuando la vio meter el dedo en la salsa que batía—. ¿Qué diablos?

—Esas son mis palabras. ¿Cómo puedes tener ese carácter y cocinar tan bien? Está delicioso.

Se chupó el dedo con la última motita de la salsa y se inclinó hacia atrás mientras él, con un leve rubor en las mejillas, le gruñía para que saliera y esperara en la mesa, sin responderle.

Por un instante pudo pensar que ese orgullo era atractivo.

Se sentó en la mesa cuya cubertería y mantelería casi brillaba. Desde luego, era hombre bastante ordenado y pese a que la nave no era la séptima maravilla, la limpieza era algo importante. Ya lo solía decir su madre, que en paz descansara, ser pobre no es ser un guarro.

Quizás ahí había obtenido otro punto.

Un plato pasó frente a sus ojos hasta colocarse sobre su mantel. Levantó los ojos hacia el hombre, quien puso otro frente a la silla vacía antes de ocuparla.

Sin abrir la boca más que para meterse la comida dentro, comenzó a comer.

—Oh, qué conversación más amena y divertida. Gracias.

Él levantó la mirada de la pantalla holográfica que había sostenido todo el tiempo en su mano derecha, moviendo el pulgar por encima. Enarcó una ceja lentamente, mientras los músculos de su mandíbula se tensaban al masticar.

—Acabo de enterarme que han destruido el lugar donde cantaba. Que si no hubieras llegado a tiempo estaría muerta. En lugar de distraerme, te sientas ahí a mirar a saber qué en vez de animarme. ¿Qué clase de persona eres? Vale, cocinas como el cielo, pero no eres un anfitrión de lujo.

Al menos no del todo. Porque había sido gentil al dejarle la ropa y la habitación. Y era bueno que le diera de comer.

—Mira.

Le giró la pantalla para que la viera. Salían noticias acerca de lo sucedido y habían colocado un busca y captura hacia su persona. Los Digimon habían capturado una colonia humana a cambio de que se entregara.

Se llevó las manos al rostro, sorprendida.

—¡Tengo que…!

—No.

—Ni siquiera me has dejado terminar —protestó arrebatándole la pantalla—. ¡Mira toda esa gente que está sufriendo!

—Las rescatarán.

Mimi apretó los labios. Si la comida no fuera un bien escaso en esos tiempos y en algunas zonas considerada como un bien mayor, se la hubiera tirado a la cara. Sintió el llanto acumulársele en los ojos y la garganta.

—¿¡Cómo puedes estar ahí sentando y ser tan frio!? ¿Es que no te duele ver el sufrimiento de esa gente?

Golpeó la pantalla contra la mesa y los cubiertos tintinearon sobre la mesa. Él lo recogió lentamente, despacio, tomándose su tiempo, como si no hubiera escuchado su pregunta.

Antes de que volviera a exigirle nada, habló.

—Porque confío en la gente que van a salvarles. Porque sé que tú puedes salvar a miles de cientos también.

Por primera vez en tiempo, se quedó sin palabras.

Volvió a sentarse y se metió un trozo de carne en la boca. El sabor no fue lo que le hizo llorar. Pero lloró.

Se acurrucó entre las sábanas sin poder realmente dormir. Las historias y los cuentos que contaban que viajar por el espacio no era nada, que se hacía en un abrir y cerrar de ojos, estaban equivocadas. Estar encerrada no era cómodo. Marearse por mirar por la ventanilla al mirar las estrellas, tampoco.

Debía de ser tarde cuando le llegó aquel sonido dulce. Una melodía. Lo primero que pensó fue que era hora de despertarse y que la nave emitía una canción amable para despertarse.

Pero no. Los acordes se detenían y a veces, chasqueaban como si alguien estuviera tocando un bajo.

Empujó las sábanas y mantas y descalza, cruzó la habitación para abrir la puerta que crujió. Se mordió el labio inferior y dejó de respirar. El sonido regresó y avanzó pasito a pasito, siguiendo el sonido.

Se sintió como en una vieja película en que dos personas seguían el sonido de un violín por los pasadizos secretos hasta descubrir la biblioteca secreta de un pariente fallecido.

Ella quería escuchar mejor esa música. Descubrir por qué ese sentimiento de cantar repentino que crecía más a medida que se acercaba al destino.

Se detuvo cuando llegó al lugar del que provenía. El pequeño saloncito, desde el sofá. Los acordes eran más fuertes.

Avanzó hasta rodear el sofá y clavó la mirada sobre el piloto. Una de las cuerdas chirrió cuando la vio y bajó el bajo hasta sus rodillas.

—No pares —demandó.

Él enarcó una ceja.

—¿Por qué debería de seguir? —indagó.

—Porque haces que me relaje. Tengo miedo a volar. Me marean las ventanas y no estoy cómoda sabiendo lo que están sufriendo los demás. ¿No puedes concederme eso? —cuestionó haciendo un puchero.

Él suspiró, pero tocó.

Sus dedos se movieron por las cuerdas y los tonos salieron como por arte de magia. Mimi cerró los ojos al principio y luego los abrió, empezando a cantar. Ninguno se detuvo hasta que la canción terminó.

Y justo entonces, la nave se sacudió.

Continuará...