No fue rabia.

No fue ira, ni venganza. Tampoco desdén o reproche.

Era decepción.

La tristeza se deslavo hace mucho. Fue casi un instante, pero sucedió, e incluso aún caló en lo más profundo de sus huesos. Prueba de ello era el ritmo de su pecho. Los tambores cardiacos batían a un ritmo regular y si pensaba cualquiera que la respiración forzada era seña de lamento, la razón fue el pesado combate de hace unos momentos.

¿Cuándo fue que la misión se convirtió en sólo eso?

Los motivos eran los más nobles imaginados. Nada valía la pena pelear hasta que se listaron los mismos. Eran tan bellos y tan puros. Se asemejaban tanto a las historias que ella devoraba sin decoro cada noche. Todo le importaba: su propia raza, el país, la corrupción y desigualdad en el mismo.

Saber que quieres combatir contra todo el mundo y que conoces a quienes comparten tus pensamientos y tu empuje es algo embriagante por decir menos.

La sedujeron a tratar de alcanzar esos objetivos. El "a como dé lugar" no tardó en justificarse.

En un principio fue golpear a quien se propasara en la cara y ayudar a limpiar el gas lacrimógeno de los ojos de los más jóvenes. Pero sólo puede resistirse lo suficiente antes de que quien haya sido empujado responda haciendo lo mismo con el doble de fuerza.

La sangre que se derramó por primera vez fue la única trágica. El resto fue "necesaria".

Se dice que las marcas sobre la bandera original fueron el producto de esto y sólo fue coincidencia la forma que adquirieron. A pesar de sus apéndices animales jamás se consideraron como tales, ¿o es que acaso en el fondo todos lo son? No lo admitirían, les darían la razón.

Las protestas se convirtieron en saqueos, los saqueos en trifulcas, las trifulcas en motines, y los motines no tardarían en tornarse en algo más.

Los gritos de igualdad enmudecieron y abrieron paso a los de violencia que no tardarían en perder el sentido, y ser sólo balbuceos.

Ella se dio cuenta de esto demasiado tarde y cuando sintió el estruendo del mensaje malinterpretado sólo quiso acallarlo con sus manos y repitiéndose que todo era pasajero.

Sin embargo, su guía más confiable, su amigo más cercano, la familia sin lazo de sangre que le facilitó su separación de la auténtica, captó las palabras y se volvió un vocero más de estas.

¿Ella caería de la misma forma?

¿Su retórica se torcería lo suficiente como para permitirse aceptar lo dicho como cierto?

Estos giros dramáticos y doloras ironías no estaban ausentes de las historias que consumía, pero a su vez fue el momento perfecto para volverse la excepción de la norma y tratar de arreglarlo todo con una forma de actuar diferente pero que mantuviera los ideales ya perdidos.

Pero también se recordó que esto no era un cuento de hadas.

El asco y desinterés por las almas inocentes de los vagones que atacaron fueron la seña que le hizo actuar.

Pelearon juntos una última vez. Él no sabía que ese era el caso.

Sólo sintió por primera ocasión en mucho tiempo lo solo que estaba y al buscar a su compañera no tardó en divisarla en un vagón opuesto al suyo.

Todo se dijo en esa última mirada que dieron, pero era imposible ver a través de aquella máscara que él llevaba, aun así, por cualquier semblante de camaradería o de cualquier lazo que acababa de quedar inutilizado, ella decidió soltar unas últimas palabras:

— Adiós.

Por primera vez en mucho tiempo su voz fue firme y tras decir esto cortó el perdigón que unía a ambos vagones.