Un derribe con el hombro luego de tomar su brazo fueron más que suficientes para que ella volviera a caer al suelo. Sin importar qué, seguía siendo un aterrizaje suave. Aunque, la intensidad se mostraba con la rapidez en la que sucedían los golpes y las patadas. Después de todo era su hija y Taiyang aún tenía cuidado de no lastimarla durante sus embates, pero también debía respetarla como peleadora.
Siempre recuerda cuando le pidió que la entrenara. Fue una mezcla extraña de emociones la de ese día: preocupación por haber perdido a sus hijas de vista; alivio porque Qrow las encontrase pronto; frustración hacía la hija mayor, la única culpable pues la menor apenas y podía decir la palabra 'hola'; apuro al ver sus manitas y pies llenas de pequeñas cortadas y magulladuras; calma mientras analizaba lo que debía hacer; y sorpresa al escuchar la petición por parte de su pequeña de dorados cabellos. No tuvo una respuesta inmediata, pero no tardó en notar la mirada que ella le dio y la pasión con la que hizo la pregunta. Incluso si pretendía primero reprenderla a ella, curar sus heridas, alimentarlas, darles un baño, y después arroparlas para dormir, él terminaría diciendo que lo haría "cuando creciera."
Recordó las veces que ella se metía en problemas en la escuela. Cómo el pobre que se atreviera a tocar uno de sus cabellos terminaría con un ojo morado, y ni hablar de uno que le perteneciera a su hermanita.
Incluso si nunca la conoció, Yang era la viva imagen de su madre.
Él de verdad esperaba que no fuera así del todo.
Claro, tenía sus ventajas tener tal determinación y cuidado hacía los demás, pero también venía con sus desventajas. En un momento deja de importarte cualquiera fuera de tu propio círculo y antes de que te des cuenta las raíces son demasiado profundas para hacer algo al respecto, pero ¿quién te puede decir que tener un poco de desapego es útil? Decirte que el bien de un grupo de personas con quienes formaste lazos de hermandad no es tan importante como el de tu familia biológica.
Taiyang alzó la voz y abogó por su familia, y esta la incluía a ella, pero no pudo lograr que se quedase. Hizo lo que quiso. Lo que creía correcto. Aunque él prefería que si terminaba lastimando a alguien no fuera a su hija o a él.
En eso también se parecía a Raven.
No importa cuánto retrasara la conversación, Yang siempre buscaba la tutela de su padre para aprender a combatir. Tenía potencial. Estaba en sus genes, pero él no quería admitirlo.
Trató de explicarle, hacerla entrar en razón, pero ella no se detendría.
Accedió a ensañarle lo básico y ella no tardó mucho en asestar los golpes en los lugares correctos, tanto, así como para que el entrenador de verdad se colocara en guardia e incluso contratacara.
Antes de que se diera cuenta, su hija ya había comenzado a pavimentar su camino y sólo era cuestión de desearle suerte en su viaje.
Si hubo un amor egoísta, del que tienen muchos padres, este logró que se sintiera culpable al verse cumplido su deseo de que sus hijas volvieran tan pronto a su lado; dadas las circunstancia.
Su hija menor no tardó en continuar con su viaje, pero la mayor se quedó. A pesar de su creencia de ella buscando la manera de volver a las andadas mucho antes que su hermanita.
Por mucho tiempo se quedó inmóvil, casi ausente, incapaz de lanzar otro golpe. Estaba cansada y no podía o mejor dicho no quería esforzarse de nuevo.
Sólo necesitaba tiempo para recordar quién era y ahora era momento de despertar aquellos músculos que podían destrozar a cualquier bestia que ose a enfrentarse a ella.
— ¿Necesitas una mano? — le ofreció ayuda con una sonrisa que se vio reflejada en su hija.
— ¿En serio? ¿Seguirás insistiendo con ese chiste?
— Dejaré de hacerlo cuando dejes de reírte.
Yang tomó la mano que se le dio, usando la prótesis que le obsequió el gobierno de Atlas. Tal vez verla le hizo pensar a Taiyang en la historia que ella le contó sobre cómo la perdió o quizá en parte se culpó por no haberla entrenado lo suficiente, sea lo sea, el descuido de un segundo le dio a Yang la oportunidad de sujetarlo firmemente del brazo y derribarlo, y mientras él caía ella apoyó su peso sobre sus pies para hacer que diera una voltereta frontal y finalmente cayera detrás suyo.
El movimiento de verdad lo sorprendió y se quedó unos segundos en el suelo, hasta que un rostro familiar lo increpó — muy a su manera.
— Vamos, papá, eso fue muy fácil. Creo que ya estás envejeciendo.
La sonrisa burlona de su hija le puso de buen humor. Incluso si él era el chiste del momento.
— ¿Eso crees? No pensarás lo mismo cuando este "viejo" te dé una paliza.
Era bueno saber que aún veía un poco de él en ella.
