"Tan rápido como el viento."
Ese era su deseo, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para lograrlo.
Entrené duro. Todos los días…
Había ocasiones en las que mis piernas reaccionaban más rápido que el resto de mi cuerpo. Incluso no tardé en sobrepasar su velocidad y tiempo de reacción, pero no fue suficiente, no para él.
No le bastó con hacer mi niñez miserable, también quería que lo sobrepasara. Demostrar que todo lo que él hacía era perfecto y eso incluía a su pequeño…
Si hubo un deje de bondad o de interés hacia mí jamás lo sentí.
El tiempo no fue cálido conmigo, cada día era un tormento en el que los entrenamientos aumentaban en dificultad. Ante sus ojos jamás era demasiado bueno o lo suficiente.
Al menos eso creo…
Recuerdo vagamente una noche en particular.
Sí...
Si lo pienso por un momento creo recordar cómo fue…
Mis piernas me dolían demasiado ese día.
El dolor punzaba en lugares muy específicos, casi delimitados a la perfección.
Es curioso…
¿Habrá sido su idea porque yo no fui "lo suficientemente" bueno, o fue mía para por fin darle exactamente lo que él quería?
Como sea… La rehabilitación debió durar meses, incluso años, pero no, probé esos nuevos artilugios esa misma noche.
Lo pateé tan duro y con tal velocidad… Pero no cayó tan fácilmente.
Me pareció un tanto absurdo cuando mencionó que siempre se "contenía", porque yo no noté una diferencia, o sólo no me importó cuando lograba conectar un golpe en mí.
Puede que sintiera un retorcido placer cuando su máximo esfuerzo no lograba evitar que yo lo abrumara con mi ofensiva.
Se veía tan patético…
Cuando rompí su tibia y lo puse de rodillas él aún trató de contraatacar. Eso lo solucionó una rodilla de metal que desbarató su nariz.
Al final estuvo en el suelo, tosiendo y sangrando. Tomé uno de sus brazos y cuando se resistió rompí dos de sus dedos. ¿De verdad importa cuáles fueron?
Ese era el momento en el que en la historia hay unos segundos de consideración, ¿no? El parricidio suele ser más dramático, pero todo eso ya se había desgastado cada día de mi vida. Sólo estiré su brazo, coloqué mi bota en su quijada, y estiré y presioné con fuerza hasta que escuché un crujido.
Diablos. Esa fue una de las primeras lecciones que él me mostró.
Ahora soy yo quien se jacte de esa ironía.
No recuerdo en qué momento le prendimos fuego a la casa. No es que me importara mucho porque jamás sentí apego por la misma. Sólo era curiosidad.
Incluso al final no quise dejar que su cuerpo fuera consumido por las llamas. No por consideración o por algún arrepentimiento; quería que todos vieran que él cayó en combate. Lo cual es también ridículo porque cuando lo encontraran yo no estaría cerca para que todos unieran los puntos.
Aunque no importaba ya.
De todas maneras, allí venían dos personas. Tenían trabajo para él, pero estaba más que indispuesto.
Al menos me enseñó a cómo ganarme la vida y yo no había comido aún.
Y ya casi era hora del desayuno.
