Inspirado y basado en el cuento "La Noche Boca Arriba" del escritor Julio Cortazar y publicado en 1956.


Una mañana como cualquier otra en la que el despertar fue abrupto debido a la bienintencionada brusquedad de su hermana; seguido de un desayuno en la mesa que fue compartida con su hermana, un padre que leía despreocupado el periódico matutino, y su madre que revolvía los huevos de su propio desayuno, pero sólo cuando se aseguró de que los demás miembros de su familia ya habían probado bocado. Incluso horas después, el regusto del tocino y el jugo de naranja le recordaban lo excelente de la cocina de su madre. Parecía que nunca había o volvería a recordar tan excelsos sabores y se apegó a ellos hasta que su mente inevitablemente los olvidaría en el transcurso del día. Se despidió de su cachorro, el cual fue nombrado gracias a su amiga de ascendencia alemana, y a quien le tenía un apego que a duras penas era recíproco. Lo acarició de manera afectuosa como siempre y ella y su hermana mayor se dirigieron a la escuela.

Pensó en sus amigas que hacían tolerables las materias que no eran los electivos que tanto adoraba y en cómo de verdad necesitaba dormir.

Despertó en su pupitre. En verdad detestaba el horario matutino.

¿Qué adolescente no piensa lo mismo?

Seguía somnolienta cuando el brillo del sol colándose por la ventana le hizo arder los ojos y que por ello terminó escudándolos nuevamente con sus brazos. Alguien detrás suyo, seguramente su amiga alemana, trató de espabilarla. Le dijo que le habían hecho una pregunta. Un tema aburrido que se dio el lujo de ignorar incluso antes de que el profesor llegara al salón. Éste optó por ignorar el particular despliegue de desinterés hasta terminada la clase, cuando se lo haría saber por medio de un castigo seguro. En otra circunstancia ella se habría abochornado y tratado de responder de una u otra forma, pero no se sentía en condiciones de hacerlo. El calor, resultado de sentarse por la ventana en pleno verano, la abrumaban, pero se veía imposibilitada para moverse o hacer algo al respecto.

Despertó bruscamente. Dos o tres mujeres trataban de despertarla. Sentía gusto a huevos y tocino y a pasta de dientes, le daba vueltas la cabeza y en medio de su somnolencia apenas pudo interpretar lo que se le decía. Se escuchaban como ecos y apenas vislumbraba a quiénes les pertenecían estos. Tras parpadear en dirección opuesta al sol, preguntó por la clase y el tópico que creyó que habían discutido, esto fue recibido por juguetonas risas y una explicación sobre lo ocurrido, así como una reprimenda de parte de una de ellas, aquella a quien parecía que a su corta edad ya tenía una poco saludable cantidad de canas.

Al tener la mente más despejada notó lo seca que estaba su garganta y cómo carraspeaba su voz al hablar. Preguntaron si se sentía bien y la respuesta era claramente contraria a la esperada. Le sugirieron ver a la doctora de la escuela, quien tenía fama de tener mal humor, pero que aun así era excelente en su labor. Ella no podía pedir mejores amistades y si no fuera por sus síntomas, se habría sentido contenta.

La doctora, de cabellos rubios y figura envidiable —para la edad que todos desconocían, pero igual teorizaban —, hizo un examen exhaustivo. Esta vez las preguntas tuvieron una respuesta sin mucha espera, pero que resultaron extenuantes para la estudiante en revisión. Abrió y cerró los ojos pensando cuidadosamente y dando la información lo mejor que pudo. Mientras era bombardeada con preguntas, la doctora realizaba un chequeo.

El rubor en sus mejillas era más del usual, incluso para el clima, en el cual irónicamente sentía un frío particular. Su preciado desayuno estaba en riesgo de ser expulsado de la peor manera. La energía, que presumía en todo lo que hacía, estaba ausente. El cuerpo le dolía, lo cual era extraño ya que la actividad que más le exigió ese día fue la de acariciar a su mascota. Y no estaba segura de dónde estaba realmente. Escuchó la voz de la mujer mayor al mismo tiempo que sintió su mano en su mejilla.

Era un sueño curioso porque estaba lleno de olores y ella no soñaba olores. Primero, vino un olor a humo, ya que había fuego por doquier, se había propagado producto de tantas explosiones y munición utilizada. Pero el olor cesó una vez que comenzó a elevarse por encima de los edificios. Y todo era tan natural: debía salvar a alguien, alguien en peligro de muerte, alguien preciado para ella. No era la manera más ortodoxa de subir a la cima de la torre, pero era la más rápida. En el camino aparentemente interminable un pensamiento parecía frenarla: ¿cómo es posible olisquear lo que fuera en un sueño? Aceptaba que estaba soñando y aún no le parecía habitual lo que hacía dentro de un marco fantástico.

"Huele a muerte" pensó, empuñando con más firmeza su arma, una tan absurda en su diseño que no dudó ni una pizca de su funcionalidad. Temía. Temía por ella. Temía por sus semejantes allí abajo y, principalmente, por el que había allá arriba. La vista desde el costado de la cúspide del mundo no le importaba debido a que si perdía el paso podía caerse del camino hecho con sigilos cuidadosamente medidos y el peligro de muerte por caída no le preocupaba tanto a alguien tan desinteresada como ella. Por ello debía seguir, correr lo más rápido que pudiera e incluso más. La cima no era visible desde hacía minutos atrás y el camino improvisado parecía llegar a su límite. Unas nubes de oscuro color le impidieron ver por unos instantes, trató de protegerse de lo que fuera a haber allí, pero a pesar de sus esfuerzos lo que debió proteger fue el olfato pues dio una bocanada de aquel horrible aroma y perdió el paso.

— Srta. Rose, le dije que deberá volver a casa y quedarse el día. Quizá incluso la semana — ordenó la doctora del plantel —. ¿Entendió?

Abrió los ojos tras escuchar a la doctora, quien se guardó un comentario mordaz sobre la falta de atención y aceptó la distracción como un producto de la alta fiebre de su paciente. Su cuerpo parecía también rechazar a su consciencia pues por un momento no estuvo allí del todo y apenas logró regresar para tomar el justificante seguido de una llamada a sus padres para que la recogieran temprano ese día.

Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no había agua en el automóvil de regreso para calmar su sed. Un arrepentimiento de no haberse saciado con el agua de la enfermería vino y se fue. En el camino de regreso prefirió quedarse despierta en lugar de sucumbir al sueño que le afligía desde la mañana; puso más atención a los conductores y a lo que había fuera de su ventana, e incluso contestó de forma concisa las preguntas de su madre y aceptó resignada las acusaciones de su hermana mayor — quien abogó hasta el cansancio por ir con ella para asegurarse de que así se "recuperara más rápido" — de que todo era fingido.

Caía la noche, y la fiebre la iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la escuela habría sido peor.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El cuerpo ya no le dolía, pero su espalda chirriaba en ocasiones y la nariz y garganta seguían torturando a la cabeza. Cuando los ventanales de habitación viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómoda, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo por el costado de la torre, destellos naranjas le indicaron que aún había tiempo, que no por nada era la más rápida de la clase y la más mortal con su arma predilecta. Moviendo apenas los labios musitó una plegaria a favor de una de las dos personas que estaban en la cima, pero esta sólo se perdió en el viento. Pensó en lo que se había perdido ya, en las innumerables vidas y se avergonzó por darle mucho más peso a la que aún podía salvar. Todo tenía su número y su fin, y ella estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado con los cazadores.

Escuchó el eco de los gritos de las personas de abajo, así como los gruñidos de las bestias y se enderezó de un salto, guadaña en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio la cumbre muy cerca.

El olor a muerte era insoportable, y cuando por fin llegó al culmen el primer vistazo paralizó toda su determinación; vio a la enemiga apuntándole a alguien, su razón de estar ahí, y antes de que pudiera reaccionar la flecha que amenazó con atravesar cumplió el cometido. La guerrera de cabello rojizo se ahogaba en sus palabras mientras la herida expulsaba fuego alrededor de la flecha enterrada en su pecho. Cuando por fin terminó de gimotear y dio su último suspiro, las manos de su atacante coparon cariñosamente sus mejillas y la sostuvieron en su lugar hasta que el resto de su ser se volvió ceniza y se fue con el viento y encontrarse con la plegaria de antes.

Alcanzó a cortar el aire con un grito en el que un nombre le hizo olvidarse de todo.

— Es la fiebre — dijo su hermana de dorados cabellos, quien estaba sentada a un lado de su cama —. A mí me pasaba igual cuando me enfermaba. Parece estar en la familia. Sólo evita golpear lo que sea y estarás bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la habitación compartida le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oían malos chistes, respirar forzado, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin esa angustia, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el patrón de su sábana, su perrito que dormía cómodamente en su cama de la esquina del cuarto. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la habitación, su consola de videojuegos y la televisión, los armarios con vitrinas, el libro que una miembro de su cuarteto de amigos le recomendó. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara.

¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar lo ocurrido hace unos días, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el desayuno y el momento en que la doctora la envió a su casa, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que, ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco ella hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. De todas maneras, al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras la llevaban a casa. Con el dolor total, la mucosa tapando su nariz y garganta, las migrañas; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenida y auxiliada. Y era raro. Le preguntaría alguna vez a la doctora de la escuela. Ahora volvía a ganarla el sueño, a tirarla despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no la sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y la obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; la envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y no sintió nada. Estaba como estaqueada en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba a pesar de su vestimenta de combate. Con sus manos trató de buscar torpemente su arma, y supo que inconscientemente se aferró a ella.

Su amiga estaba perdida, ninguna plegaria pudo salvarla del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras de la torre, oyó los gritos que la nombraban.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era alguien que gritaba en las tinieblas, gritaba porque quería saber si había alguien vivo. Pensó en sus compañeras en la base del edificio peleando y salvando a cuantos podían, y en quien ascendía ya los peldaños. Gritó de nuevo sofocadamente, o al menos así le parecía a ella. El chasquido del suelo reaccionando a unas suelas la sacudió como un látigo. Trató de moverse, convulsar, retorcerse, luchar por zafarse de las cuerdas invisibles que se le hundían en la carne. Vio un rostro familiar asomándose de entre las tinieblas y el olor del final le llegó antes que sus luces. Dos brazos fuertes, a los que se acostumbró al tacto desde que era infante, le sacudían con suavidad los hombros para ver si reaccionaba. Quiso gritar, explicarle lo que sucedió o lo poco que recordaba, quería llorar, pero ni siquiera pudo parpadear. Este hombre de cabellos alborotados y barba de cinco días la cargó sobre su espalda tan gentilmente como le fue posible, y como si le leyera el pensamiento, guardó su arma y la llevó también consigo. Ahora la llevaba y cuando en vez de techo nacieron las estrellas y se alzara frente a ella columnas de humo supo que ocurrió el fin. El fin de lo que conocía. El tormento no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándola sin fin en la penumbra roja, tironeándola brutalmente, como si una trifulca se hubiera llevado a cabo, y ella no quería, no quería saber de nada más, pero cómo impedirlo si esta vida fue la que eligió.

Salió de un brinco a la noche de su hogar, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero su vecina dormía callada. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó, buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrada, pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierta, que la vigilante la protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que ella. Hizo un último esfuerzo, con la mano esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el noche seguía interminable, estrella tras estrella, con súbitas fulguraciones rojizas, y ella contra la espalda de su familiar que peleaba sin cesar gimió apagadamente porque una luna fragmentada le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y se abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de su habitación. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna hecha pedazos mientras bajaban por la escalinata, y en la parte baja estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, causado por incontables accidentes y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que la miraba fijamente, y la estatua alada más negra que el cielo que los cubría y que ahora estaba empotrada para siempre en la cumbre de la torre. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en la cama, a salvo del balanceo frenético hecho sin querer por alguien que quería ponerla a salvo de la locura. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio las figuras ensangrentadas de los habitantes de la ciudad y los cazadores que no lograron cumplir su labor. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierta, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin piedra y sin polvo, con una ilusión de normalidad y rutina de la que ya no podía darse lujo. En la mentira de ese sueño también la habían alzado del suelo para resguardarla, también alguien le había enseñado inadvertidamente la clase de mundo en la que en verdad habita y lo hizo de forma brutal y honesta.