Uno debe preguntarse: ¿qué fue lo último que pasó por su mente?

¿Sus días de escuela donde se les permitió actuar como niños una última vez?

¿Recordó a su primer amor o a aquel que por poco se le escapa de entre los dedos?

¿Habrá aceptado de manera tranquila su propio final incluso si este no tuvo ni un ápice de tranquilidad?

¿Acaso una de sus dos hijas resaltó más que la otra en sus memorias?

Quizá lo último en lo que su mente divagó es en el arrepentimiento de no haber podido degustar un poco más de esa tranquila vida a la que inconscientemente se había acostumbrado y a la que había disfrutado en pequeñas dosis.

Ser una Cazadora era su meta, y la cumplió, ahora, mientras su sangre manchaba los blancos pétalos que se dispersan en el viento, sólo puede lamentarse por cuán lejos se encuentra esa casita que Tai construyó, donde ahora habría un eterno vacío que la abrumó en sus últimos segundos de vida.

No quería irse. No así. No aún.

Con su último esfuerzo hizo que su mano tambaleante se estirara en la dirección donde creyó que al final había un dos pares de diminutas manos en espera de sostener la suya, y aunque trató de apretujarlas desde tan lejos, lo único que obtuvo fue un manojo de aire.

El sonido de su puño cerrado con suavidad y aterrizando sobre un charco de líquido vital fue lo último que se escuchó.

Entonces los pétalos dejaron de alejarse.