Capítulo 19:
El hombre de la mano quemadaSophie caminaba feliz y alegremente por el pasillo. Hasta que sin querer escucho a Clarice vociferando dentro de uno de los salones. Se detuvo en seco y retrocedió lentamente. Al parecer había sido descubierta, ya que no paraba de decir " broma" todo el tiempo.
—oh oh— dijo sophie volteándose rápidamente para salir huyendo de ahí.
Pero era demasiado tarde, Clarice la había escuchado.
—¡Espera!— dijo en cuanto vio a Sophie. Acelero su paso y se puso en frente a ella— ¿Esto te pertenece verdad? — enseñándole un pequeño broche de cabello que estaba sobre su mano.
Sophie no pudo evitar voltear para otro lado. Tratando de negar todo.
¡No! No es mío
Eres pésima para mentir Sophie, no entiendo porque lo hiciste pero no me gustan las bromas
¿Cómo sabes que es mío? Puede ser de cualquiera—dijo sophie buscando cualquier excusa para zafarse— después de todo es una Academia para niñas
Use un hechizo de localización
Pues te equivocaste, puede ser alguien tratando de incriminarme. El hechizo muestra solo quien es el dueño, no quien hizo la broma Clarise—
Yo no me equivoco— mirándola a los ojos, no creyendo lo que acaba de oir— buscare pruebas— dijo Clarice cruzando los brazos— y por cierto acabas de admitir que es tuyo— poniéndoselo en la mano y alejándose de ahí, junto con Sibyl y Beatrice.
Sophie le saco la lengua y cuando pensó que se volteo, se fue corriendo de ahí.
Y si no fuera poco para el comienzo de su mal día, había olvidado que hoy era noche de padres. Pues veía como empezaban a llegar uno tras otro al castillo. Era un día que no solo era odiado por Ethel. Si no también por Sophie. Huérfana de padres, con una hermana que siempre trabajaba. No era algo que quería mostrar a sus demás compañeras. No quería que sintieran lastima por ella. Era por eso que casi todo su tiempo se la paso volando esa noche en su escoba. La hacía sentir mejor, feliz.
Sobrevolaba los alrededores del castillo, mientras vociferaba:
¡Quien necesita a mi hermana! La noche de padres es una tontería…simplemente deberían mandar las calificaciones y ya.
Las White era una familia que desde tiempos antiguos, se habían encargado de la seguridad. Debido a sus hechizos tan poderosos de protección y ocultamiento, eran contratados inmediatamente en el consejo mágico. Como su hermana Abby, a quien casi nunca veía. Era ella la que llevaba ahora toda la responsabilidad de la familia.
Ni siquiera se había tomado la molestia en avisarle. Ya que jamás, a pesar de intentarlo llegaba a tiempo. Había aprendido que era mejor callar, así al menos no era una molestia para ella o para los demás. Pero a pesar de todo, sophie siempre trataba de tener buen ánimo. Sonreía, hacia bromas y travesuras como cualquier niña traviesa. Cosa que volvía loca a la señorita Hardbroom.
Mientras tanto Ethel miraba a sophie desde su ventana sobrevolando el castillo. No necesitaba preguntar que le pasaba. Lo sabía, la observaba y se miraba a ella. Sola y alejada de los demás. Sabía que sin su ayuda ella jamás hubiera podido escapar. Así que después de mucho tiempo, Ethel, sin darse cuenta volvió a ser esa niña amable que Sibyl había conocido. No pudo evitarlo, se identificaba mucho con ella.
Así que rápidamente tomo su escoba que estaba en la habitación y voló hacia donde estaba sophie.
Hola— dijo Ethel intentando no asustarla— ¿puedo acompañarte?
Sophie volteo y asintió.
No te agradecí por lo de la otra noche…sin ti la señorita Hardbroom me hubiera descubierto…gracias.
Sophie simplemente sonrío. Su semblante había cambiado, ya no se veia triste, sino contenta de que pudo ser útil a alguien. Enderezo la espalda y orgullosamente dijo:
¡Claro, soy una White! Y además somos del mismo aquelarre ¿no?
Si, por supuesto…dime ¿te gustaría una competencia entre las dos? — viendo la cima de la colina que estaba a lo lejos— haber quien llega primero
Te arrepentirás de habérmelo pedido— y sin avisarle partió enseguida.
¡Hey! —dijo Ethel volando detrás de ella— eso es trampa
Sin embargo, en otra parte de la ciudad. En una vieja y antigua casa, un hombre encorvado, ya entrado en años, entraba lentamente aquella residencia. Cojeaba de la pierna izquierda por lo que tenía que apoyarse del bastón para avanzar. Las habitaciones olían a humedad. Y estaba casi cubierta por hierba y ortigas. Las paredes parecían a punto de colapsarse, si no fuera por el hechizo que había lanzado, en esos momentos estaría bajo los escombros. Una carcajeada se escuchó en la profundidad de aquella oscuridad. Una seca y apagada.
Los 4 hombres que lo esperaban sintieron un frio helado recorrer sus cuerpos. Vieron como la luz de la luna empezaba lentamente a descubrir la mano de aquel hombre. Uno de ellos, el más joven, se sorprendió al ver que su mano había cicatrices deformes y muy profundas. Sosteniendo un bastón en forma de cuervo. No se dejó ver, pero sabían de antemano quien era él. Uno de los pilares de los Asturitas.
El más viejo y experimentado de todos los cazadores, llevaba sobre su chaleco negro el símbolo de un cuervo con las alas extendidas. Mientras que los demás lo tenían dibujado, posado sobre una rama. Ellos se hacían llamar salvadores de la comunidad, pero en realidad solo eran unos simples asesinos a sueldo. Pocos eran los que realmente tenían aun la vieja moral del antiguo fundador. Como Astor, su líder. A quien la mayoría le tenía respeto
¿Qué desea mi señor? — haciendo una reverencia.
La niña de la profecía sigue con vida... Astor, quiero que la encuentres y me la traigas— dijo con una voz gélida
Señor disculpe mi insolencia, pero creo que sería mejor acabar con ella— dijo Astor alzando la vista y mirándolo a los ojos.
Pero en ellos no vio absolutamente nada. Solo una profunda y terrible oscuridad, fríos como la muerte.
¿Me estas cuestionando?
No mi señor no me atrevería…— agachando la cabeza rápidamente— pero considero que es un gran riesgo para nuestra comunidad mágica.
El hombre entre las sombras le hizo ver su desagrado, mirándolo despectivamente. Una leve sonrisa se le dibujo sobre su rostro. Alzo uno de sus dedos deformes y con un leve movimiento hacia arriba, empezó a torturarlo. El hombre de la mano quemada tan solo se quedó ahí, viendo, como aquel viejo cazador se retorcía en el suelo de dolor.
¡Harás lo que se te ordeno Astor!… o me encargare personalmente de que pagues por ello.— intensificando más fuerte el hechizo de tortura—¿Entiendes?
El hijo más joven de Astor no pudo soportar más ver aquella escena. Y sin pensarlo dos veces, se arrodillo frente a su señor.
Por favor perdone a mi padre, haremos lo que se nos ordenó—dijo suplicante Graham— traeremos a la chica— pero en realidad trataba de contener su ira. No podía hacer otra cosa que agachar su cabeza y asentir.
El hombre con la mano quemada sonrió y dijo «bien» aventándoles un relicario de plata al suelo, en forma de corazón. Graham lo tomo entre sus manos, alzando su vista.
Esto les ayudara a encontrarla, solo reacciona con las herederas del aquelarre. Vuelvan con ella o yo me encargare personalmente de ustedes—dijo finalmente desapareciendo.
¡Lo odio! — dijo Graham parándose del suelo— nos trata peor que basura, a él no le importa la comunidad mágica, solo le interesa conservar su poder
¡Cálmate Graham!— dijo su padre levantándose—con este relicario ya no necesitamos seguir sus ordenes
Los demás cazadores lo miraron, no entendiendo lo que quería decir.
¡No volveremos con la niña! ...la mataremos
¿Y qué pasa con las ordenes que nos dieron? Nos mataran si no volvemos con ella— dijo otro de los cazadores
¿Saben que pasara cuando ella cumpla los 13 años? No solo matará a la gente del pueblo, nos expondrá ante los humanos. ¡Ellos que hace años intentaron destruirnos! —señalando hacia la ciudad—... Acabará con todo aquel que se le atraviese en el camino. No lo hacemos por nosotros, si no por nuestras familias ¿¡ESTÁN CONMIGO!?
¡Siii!— gritaron al unísono todos los cazadores, mientras ocultaban su rostro con la capucha negra de su chaleco. Desapareciendo uno detrás del otro.
Una risa gélida y penetrante recorrió aquel pasillo oscuro, lúgubre. Hubiera helado los huesos de aquellos hombres. No importaba cuanta experiencia tuviera aquel viejo cazador o cuan poderoso fuera. Había cometido un enorme error. Su falta de imaginación ante la maldad de un individuo. Que solo quería ver la destrucción. Sabía de la lealtad de aquel viejo cazador y lo uso a su favor.
Bien Astor estás haciendo todo lo que yo esperaba de ti. Cuando termines, no solo los cazadores más leales estarán muertos, sino que por fin tendré el control absoluto de la orden.
Ethel por otro lado estaba con su orgullo herido de haber perdido contra una niña. Desconociendo lo que estaba a punto de pasarles. Ingenua ante la situación, se había olvidado de las advertencias de su Antepasada, Amelia.
No puede ser que haya perdido otra vez— negándolo con la cabeza—… ¡Sophie volvamos a competir!
Bien — dijo con una enorme sonrisa en su rostro— volverás a perder— burlándose.
Escondidos entre los arboles, Graham no dejaba de mirar con odio a las niñas que se encontraban sobrevolando el bosque.
¿Son ellas? — preguntando a su padre.
Si, el relicario no deja de brillar en su presidencia
¡No hay que perder tiempo! — dijo otro cazador agarrando fuertemente su escoba— es nuestra oportunidad
¡No! Espera si atacamos ahora, corremos el riesgo de que se escapen volando…esperaremos a que aterricen
Ethel estaba mucho disfrutando aquella noche. Pero sabía qué ya se estaba haciendo tarde y tenían que regresar al castillo. A esa hora la mayoría de los padres, incluida la de ella. Ya se habían marchado. Por lo que sophie no se sentiría tan mal cuando volvieran.
Sophie es hora de irnos— dijo Ethel mirando hacia el castillo.
Siii ¡soy la campeona! Espera a que le cuente a Griselda— alzando sus manos en señal de victoria, mientras volaba en dirección al castillo.
¡Espera! ¿Puede quedarse entre nosotras? ¡Griselda no pararía de molestarme si se lo dices, Sophie! — dijo Ethel tratando de alcanzarla.
La amenaza no se hizo esperar. Un viento gélido hizo que Ethel se detuviera. Recorriendo su cuerpo, paralizándola por un breve momento. Despertando ese instinto que la había acompañado por años. Lo sentía en sus huesos, en su sangre…en todo su ser. Le decía que tuviera cuidado. Ethel se estremeció en su escoba ante la idea de que, dentro del bosque, estuvieran observándolas. Apretó tanto su escoba que esta se tambaleo en el aire. Podía sentir esa sensación otra vez, dominándola…era el miedo.
Podía sentir sus manos sudorosas y su corazón palpitar fuertemente. Trato de controlar su respiración. Y armarse de valor para bajar la vista y comprobarlo con sus propios ojos.
