Un niño. Una melodía. Amor de una madre.

Ethel veía a través de los ojos de Albert, en sus recuerdos. Reviviendo junto con el, la muerte de su madre a una edad muy temprana. Como se hizo cargo de sus hermanos. Y lo difícil que fue convertirse en adulto a una edad de 16 años. Cuando escuchaba aquella melodía no podía evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Sus pensamientos viajaban al momento cuando descansaba en el regazo de su madre, y la escuchaba tararear aquella canción de cuna. Recordando aquella sensación, en lo seguro se sentía.

Y en el único objeto que le había dejado como herencia. Aquella cajita de música que ahora sostenía sobre sus manos. Era tan pequeña que podía cerrar su puño y envolverla por completo. La escuchaba cada vez que necesitaba algo de valor. Y le hablaba imaginándose que en una parte de aquel inmenso cielo, ella pudiera escucharlo.

Sabes hoy le pediré que se case conmigo, mira…— sintiendo sus manos sudorosas— estoy tan nervioso

¡No puedo creerlo! — Entrando Imelda a la sala, dejando muy poco tiempo para que su hermano reaccionara — ¿¡Hoy es el gran día!?—sonriendo — ¿Entonces ya puedo empezar a llamarle cuñada?

Albert no contesto, solo se limito a desviar su mirada.

Hermano con esa actitud, será hasta el siguiente siglo que tenga una cuñada.

Hemm— cambiando de tema rápidamente— ¿Ya te vas? Pensé que la señora Thomson ya estaba curada.

No aun no— dijo algo afligida Imelda— iré hoy de nuevo a la ciudad para tratarla. Encontré estas hierbas curativas que le pueden servir muy bien.

Sabes que no me gusta que vallas sola al pueblo, es peligroso— levantándose de la mesa— y menos cuando hay un sentimiento de histeria en el ambiente. El rey cree que una bruja a intentado asesinarlo.

No te preocupes, tendré cuidado hermano. Mejor preocúpate por como reaccionara el padre de Amelia cuando le pidas su mano.

Con una sonrisa pícara, salió rápidamente de la habitación, siguiéndola para despedirse y verla perderse entre la espesura del bosque. El era un hombre que se dedicaba al campo, siendo huérfanos, se habían criado fuera del circulo social de brujas y hechiceros. Eran los que comúnmente se les llamaba, Siuks, brujos no practicantes de magia. Que vivían dentro de las comunidades humanas.

Pero el y sus hermanos eran diferentes. No vivían entre humanos, pero tampoco entre las brujas y hechiceros. Habían descubierto sus poderes gracias a un hombre que llego tocando su puerta años después. Diciendo ser el hermano de su madre, que los había estado buscando por muchos años.

No tardo en contarles como su madre se había enamorado de un humano, y como su padre fúrico, la había echado de la casa. Les explico que Celestine, siendo una mujer muy determinada y leal a sus sentimientos. No dio marcha atrás. Se fue para jamás volver, se había ido con Jonathan. Por eso cuando su padre arrepentido salió a buscarla días después. Ya era demasiado tarde. Ella ya se había marchado, a un lugar donde la magia no funcionaba.

La buscaron durante años, pero sin éxito. No fue hasta después de la muerte de su padre que se entero de su paradero. Solo para descubrir que ella y Jonathan ya habían muerto de colera, dejando atrás tres niños: Albert, Imelda y Vladimir. Ellos quien viajaron de ciudad en ciudad buscando un lugar donde establecerse, trabajando en pequeñas cosas para poder sobrevivir. No fue hasta que Albert ya siendo adulto y con el dinero que había ahorrado durante años, compro una pequeña parcela. Donde finalmente pudieron hacerse de una casa.

Con su poder haciéndose presente, su tío no tardo en localizarlos. Y con su llegada, muchas cosas nuevas y desconocidas llegaron a su puerta. Una especialmente que Albert agradeció mucho. Amelia. Aquella mujer de cabello rubio y ojos azules no solo le había robado el corazón, sino que, junto a ella, la magia y aquel nuevo mundo no resultaron ser algo tan incompresibles.

Albert caminaba por las calles del pueblo viendo la sortija que el mismo había forjado. No era bonita o hermosa, ni siquiera llegaba a ser un metal. Pero se había esforzado en darle detalle con sus propias manos con diferentes materiales, para adquiriera la forma de una rosa. El símbolo no solo de la familia de Amelia, sino de su amor por ella. Llevo su mano a su bolsillo, tocando aquella cajita de música para darse valor. Ya que nada le daba mas miedo que enfrentarse al padre de Amelia.

Pero Ethel estando dentro de su cuerpo, sintió mucha tristeza ya que conocía lo que pasaría. Sabía que él jamás llegaría a entregarle ese anillo. Jamás llegarían a finalizar su compromiso. Ya que todos los eventos que transformarían a Albert en aquel ser monstruoso, estarían a punto de pasar.

Albert alzo rápidamente su mirada, al escuchar cientos de gritos que se unían en una sola e intensa voz. Se paro en seco, y trato de abrirse paso para mirar más de cerca el espectáculo que la gente había armado. Incrédulo al principio, pero después una serie de sentimientos lo embargaron cuando vio que en el centro, había una mujer apunto de ser colgada. Las personas alrededor no paraban de gritar ¡BRUJA! ¡BRUJA! Mientras alzaban antorchas y machetes al aire. Aclamando por una justicia ciega y cruel a una mujer, que su único pecado era haber ayudado a los demás, como curandera.

Ethel y a Albert se quedaron ahí, observando como de un momento a otro esa mujer se quedaba sin vida. Fue ese momento cuando lo supo, que ese día seria el principio de todo.