Disclaimer: The story doesn't belong to us, the characters are property of S. Meyer and the plot belongs to Nolebucgrl. We just translate with her permission.

Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de Nolebucgrl, solo nos adjudicamos la traducción.


Getting Blitzed

Autora: Nolebucgrl

Traductora: Yanina Barboza

Beta: Flor Carrizo


Capítulo 45

—¿Te comiste mi helado?

Me congelé ante el tono de voz de Chica Reed y mi mente comenzó a dar vueltas. Había solo dos respuestas para esa pregunta y ambas la harían enojar. Cuando tu esposa estaba embarazada de treinta y ocho semanas, casi cualquier cosa podría hacerla enojar en cualquier momento, y su comida probablemente era el tema delicado número uno que seguro causaría una explosión.

La opción número uno era decirle la verdad. Ella se lo comió anoche. Después se molestaría porque lo olvidó debido a su "cerebro de embarazo" y le enojaría que eso siquiera fuera una cosa. Después probablemente lloraría por estar gorda, lo que no estaba. Estaba embarazada. Pero ella era miserable, y no se lo podía decir sin que se produjeran lágrimas. No iba a pasar.

La opción número dos era mentir y decir que me lo había comido y entonces ella se enojaría conmigo por robarle "su" comida. Después no pararía de hablar sobre cómo era demasiado controlador con lo que ella comía, llamándome la Gestapo de la comida y llorando lágrimas de ira. Después de que eso pasara, ella lloraría porque lamentaba estar emocional. Era un jodido campo minado. Uno aterrador.

Había una tercera opción y me aferré a esa mierda como la cuerda salvavidas que era. Agarré mis llaves y billetera y me dirigí a la puerta principal.

—Te compraré un poco, nena. Espera diez minutos. Volveré pronto. Mantequilla de maní y chocolate, ¿verdad?

—¿Como si no supieras? —preguntó con una pequeña mueca.

Síp. Ella decidió que me lo había comido. Eso estaba bien. Me sacrificaría por el equipo.

—De acuerdo. Volveré en un momento.

Salí pitando de la casa. Ella había sido bastante buena con los antojos durante la mayor parte de su embarazo. Ocasionalmente había tenido ansia por alguna cosa u otra, pero nada demasiado raro y no en el medio de la noche como había esperado. Los libros y la televisión me habían mentido sobre los antojos del embarazo. Bueno, mentían sobre muchas mierdas, parecía, cuando se trataba del embarazo. ¿Una cosa sobre la que no mentían? Cambios de humor. Nop, le dieron en el clavo con esa mierda.

Me moví por la tienda tan rápido como era posible, temiendo que ella se enojara más si me demoraba mucho. En el camino a casa, llamé a mi papá.

—¿Por qué las mujeres embarazadas están locas? —le pregunté en cuanto contestó.

Papá se rio.

Las hormonas, ser incapaces de dormir por periodos decentes de tiempo, pies y tobillos hinchados, hemorroides... podría seguir, pero creo que entendiste. ¿Bella está teniendo problemas?

—Se comió todo su helado de mantequilla de maní y chocolate anoche y hoy lo olvidó por completo. Ella me culpó por su desaparición.

Se rio.

Dios, no extraño esos días. Con tu madre, era la sal. Papas fritas en particular. Fui lo suficientemente estúpido para ofrecerle otra cosa salada cuando estaba embarazada de Emmett. Francamente estoy sorprendido de haber vivido lo suficiente para concebirte.

Jodidamente asqueroso.

—Papá, no necesitaba esa historia, muchas gracias.

Solo digo. —Se rio de nuevo—. ¿Supongo que estás de camino a la tienda?

—De regreso de esta, sí. Si me detiene la policía, ¿crees que me dejen ir con una advertencia si les digo que estaba comprando helado para mi esposa embarazada?

Si han tenido una esposa embarazada, seguro. Solo recuerda que eso desaparece, después de un tiempo.

—Después de que tenga a la bebé, ¿verdad?

Eso lo hizo reír con más ganas.

Demonios, no. El bebé significa todo un nuevo nivel de estar cansada. Y las hormonas todavía están salvajes por un tiempo mientras el cuerpo se adapta.

Eso era jodidamente reconfortante.

—No ayudas, papá.

No te preocupes, hijo. Estarás casi tan cansado como ella. Pero serán felices. Confía en mí.

Esperaba que tuviera razón. Estaba más que listo para que Dani hiciera su aparición y para que mi esposa regresara a la normalidad. Ella todavía era increíble y yo todavía la amaba, pero también le temía. No me gustaba eso. No había estado asustado de ella desde que me enamoré de ella.

—Te tomaré la palabra.

Tu mamá y yo no podemos esperar para ir. Reservé nuestros pasajes para el próximo domingo. Los dejé abiertos para el regreso, ya que sé que tu mamá quiere estar ahí por un par de semanas después de que Dani llegue.

Sí, esa era otra cosa que teníamos que hacer. Prepararnos para la invasión. Mamá y papá iban a venir una semana antes, Charlie venía la semana que teníamos fecha, y nuestros amigos esperarían hasta que ella naciera, ya que tres de ellos tenían que asistir a la graduación justo en ese momento.

—Sí, necesitaré la ayuda, estoy seguro. —Además, Chica Reed era menos propensa a volverse loca con mis padres alrededor. Ellos podían venir ahora, no me importaba—. ¿Estás seguro que no pueden venir antes?

Papá se rio de nuevo.

¿Tienes miedo de estar solo con ella?

No. Tal vez.

—Puedo manejarlo.

Sigue diciéndote eso. Y no, no podemos ir antes. Estoy trabajando doble turno para poder despejar esas semanas, y tu madre está en ese retiro de su club de jardinería.

Mierda, era verdad. Mamá estaba fuera en algún resort. Demonios.

Me estacioné enfrente de la casa.

—Me tengo que ir. —Parte de mí se quería quedar en el auto, pero Chica Reed sabría que estaba aquí escondiéndome de ella. Eso no iría bien.

¡Diviértete, hijo! Los veremos en una semana.

Bien. Ni una pizca de preocupación por su hijo. Apostaba que Joe Montana vendría a rescatar a su hijo de su aterradora esposa embarazada. Que triste.

Me apresuré a entrar, directo a la cocina, y serví helado en un cuenco. Se lo llevé a Chica Reed, sosteniéndolo enfrente de mí en caso de que ella me arrancara el brazo de un mordisco en un intento por obtenerlo.

—¿Por qué estás parado así? —preguntó, agarrando el cuenco pero mirándome con recelo.

—Por ninguna razón.

—Edward, no estoy enojada porque te comiste mi helado, no desde que me compraste un poco más. —Sonrió dulcemente y empezó a comer.

Solté un suspiro y me dejé caer en el sillón a su lado. Rainbow inmediatamente se subió sobre mí. Sospechaba que ella había tenido que escuchar un discurso sobre yo robando la comida de Chica Reed cuando me fui. Ella probablemente también estaba asustada.

—Tan bueno.

Los gemidos y sonidos sexuales saliendo de mi esposa mientras devoraba su comida no eran buenos. No habíamos tenido sexo en un par de semanas, desde después de que el grupo del baby shower se fue. Ella me debía por no decirme sobre la clase de entrenamiento para papás, y saldó la deuda de forma impresionante. ¿Pero desde entonces? Nada. Y escuchar su orgasmo por el helado no me estaba ayudando a olvidar ese hecho, déjame decirte.

—Gracias. —Me dio un gran beso en la mejilla, sus labios fríos y probablemente dejando una marca de chocolate en mí. Sin embargo, no me iba a quejar. Ella estaba feliz, así que yo estaba feliz—. De acuerdo, podemos irnos ahora.

¿Irnos? ¿De qué mierda estaba hablando? Yo no quería ir a ningún lado. Acababa de ir a un lugar que ni siquiera quería ir.

—¿Ir a dónde? Solo quiero relajarme, tal vez tomar una siesta.

Rainbow estaba de acuerdo conmigo, ronroneando y acurrucándose en mi cuello. Sí, una siesta sonaba bien en este momento. Chica Reed dormía para la mierda, lo que significaba que también yo, ya que no dormía bien sin ella. Y ella tenía un momento del demonio saliendo de la cama sin mí.

—No puedes tomar una siesta.

Oh, yo difería mucho. Pero abrí los ojos y la miré de todas formas.

—¿Por qué no?

—Porque estoy en trabajo de parto y tenemos que ir al hospital.

Pasaron varios minutos para que sus palabras penetraran mi cráneo, pero cuando lo hicieron, me enderecé e hice que Rainbow huyera.

—¿Qué quieres decir con que estás en trabajo de parto? —No podía estarlo. Teníamos otra semana y media o algo así. Dos semanas. Los primeros bebés se suponía que tardaban. Todavía no era tiempo.

—Quiero decir que tengo contracciones, y mientras te fuiste, se me rompió la fuente.

—¿De verdad? ¿Dónde? —Miré alrededor. Necesitaba limpiarlo antes de que dañara el piso de madera… ¿Qué mierda estaba haciendo?

Me levanté y comencé a buscar mis llaves. Teníamos que irnos. Y necesitábamos su bolso. Mierda. ¿Estaba empacado? Le dije que juntara esa mierda hacía una semana, ¿pero lo hizo? ¿Y cuán jodidamente rápido iba el trabajo de parto? ¿Era un proceso rápido?

—¿Qué estás haciendo? —preguntó mi esposa, de repente la imagen de la serenidad.

¿De qué mierda se trataba esto? Ella había estado más enojada que un jodido oso hacía treinta minutos. ¿Ahora realmente estaba teniendo a nuestro bebé, pero estaba bien?

—¡Buscando mis llaves! Y tu bolso. ¿Empacaste tu bolso? ¿No debería estar cronometrándote o algo? ¿Cuándo fue tu última contracción?

—Hace unos minutos.

Pero... había estado aquí hacía unos minutos.

—¿Por qué no dijiste nada?

Ella de verdad sacó su labio en un pequeño puchero.

—No quería que me quitaras mi helado.

—Nena, ¿de verdad? ¿Estás en trabajo de parto pero querías primero tu helado?

—Bueno, no es como si ella fuera a nacer en los próximos minutos, Edward. Podemos ahorrar un poco de tiempo. Te fuiste, rompí la fuente, la limpié y te esperé.

Ella era increíble.

—¡No lo sabes! Ella podría nacer aquí, con solo nosotros, lo que significa que yo la traería al mundo. Entonces tendría que mirar. ¡Sabes que no quiero mirar!

Chica Reed realmente se rio.

—Sí, lo sé. E imagino que tenemos una cantidad de tiempo decente antes de que tengamos que preocuparnos. Pero si quieres quedarte aquí y hablar sobre eso por unas horas, podemos ver lo que pasará. —Se palmeó el vientre y me sonrió.

Bueno, mierda. Ella tenía razón. ¿Por qué estábamos hablando sobre esto cuando deberíamos ir al hospital?

—Está bien, vamos. —¿Dónde demonios estaban mis llaves?

—Están en tu bolsillo —dijo Chica Reed, obviamente descubriendo lo que estaba buscando.

Cierto. Bien.

—Está bien, necesitamos tu bolso. ¿Tienes un bolso?

—Sí. Está arriba en nuestro clóset.

Cierto. De acuerdo.

—Quédate aquí. Lo traeré.

—Está bien. —Me sonrió, con toda la calma. Tan jodidamente raro.

Corrí arriba, Rainbow corrió conmigo. Gracias a la mierda ella no me hizo tropezar. Eso era lo último que necesitábamos.

Bolso, bolso, ¿dónde estaba el jodido bolso? Había como veinte bolsos. Jodido infierno. Comencé a abrirlos frenéticamente mientras Rainbow zigzagueaba por mis tobillos. Cada vez que tiraba un bolso a un costado, ella saltaba en él.

—No ayudas, Rainbow. ¿Dónde demonios está el bolso para el hospital?

Ella me miró antes de agitar su cola y caminar hacia el frente del clóset. Ahí, en la esquina, estaba el bolso.

—¿De verdad? —Lo levanté, y seguro como la mierda, había ropa y un libro y algunas otras mierdas que probablemente no quería saber ahí—. Gracias, Rainbow. Eres la mejor.

Agarré el bolso y me dirigí abajo, solo para encontrar a mi esposa de pie en la base de los escalones.

—¿Lo encontraste? Yo puedo...

—¡No pises esas escaleras! —grité, corriendo para detenerla. Visiones de ella teniendo una contracción y cayendo me perseguían.

—Jesús, Campeón, no estoy inválida. Voy a tener un bebé. Montones de mujeres lo hacen todos los días.

Quizás, pero no la mía.

—Ellas no son tú.

Ella sonrió y me puso una mano en la mejilla.

—Te amo. Solo en caso de que olvide decirlo más tarde. Eres tan lindo.

—También te amo. Pero la próxima vez que estés en trabajo de parto, dime antes de atiborrarte con helado.

Se rio.

—Trato. —Entonces se agarró el vientre e hizo una mueca—. ¡Oh! Esa fue otra.

Mierda. Necesitaba cronometrar. Miré mi reloj: 12:32 PM.

—¿Con cuánta frecuencia ocurren?

—Seis minutos. Creo que tenemos mucho tiempo.

Irrelevante. Ella estaba en trabajo de parto e íbamos al hospital. Punto y aparte. La apresuré afuera y la dirigí a su auto, lo que la hizo reír aún más, lo que me asustó.

—No te rías. Podría acelerar el trabajo de parto.

—Bueno, al menos estaremos en mi auto si eso pasa. —Siguió riéndose mientras la ayudaba a subirse y estiraba el cinturón sobre su vientre.

—Ni siquiera bromees sobre eso, nena. —Me apresuré y me metí en el asiento del conductor—. No vamos a ser esas personas que tienen a su bebé en el costado de la carretera, con el esposo siendo el único ayudando a dar a luz. No puedo hacerlo. Sabes que no puedo.

Chica Reed solo sonrió y tomó mi mano derecha mientras salía del camino de entrada.

—Tú puedes hacer cualquier cosa que te propongas. ¿Tienes tu teléfono? Probablemente deberíamos llamar a la doctora.

¿Teléfono? Carajo. Palpé mis dos bolsillos. Mierda. Lo dejé en mi auto cuando terminé de hablar con papá.

—Sin teléfono. ¿Dónde está el tuyo?

—En mi bolsa. Que está en la isla de la cocina. O quizás en la mesa del vestíbulo. No sé. Deberíamos volver.

Jodido infierno. No quería regresar, pero tenía que llamar a la doctora y a todo el mundo bajo el sol para decirles que Chica Reed estaba en trabajo de parto. Y mi mamá estaba en un maldito retiro y no estaría aquí por cinco jodidos días. Jódeme.

Giré el auto en la esquina e ingresé a nuestro camino de entrada.

—Quédate. —Abrí mi auto, agarré el teléfono y se lo pasé a ella mientras me metía de nuevo y salía.

—No soy un perro —me informó mi esposa, con los ojos entrecerrados con furia.

—No pensaba que lo fueras, nena. Solo quiero llegar al hospital

—Podrías haber entrado y agarrado mi bolsa —me informó, cruzando los brazos sobre el pecho.

Sí. Y buscar esa mierda por Dios sabía cuánto tiempo mientras las posibilidades de que ella tuviera a la bebé en el auto aumentaban. Al carajo con eso.

—Podemos llamar a todos desde mi teléfono.

—¿Tienes el número de Kim? —preguntó ella, sonando petulante.

Mierda.

—No. Pero tengo el de Colin y sé que él tiene el de ella. —Ellos habían estado hablando desde el Súper Tazón. No sabía si estaban saliendo en este momento, ella seguía manteniéndolo a un brazo de distancia por ahora, pero él podía contactarse con ella.

—Oh. Pero estoy segura que hay alguien a quien quiero llamar que tú no tienes.

La miré mientras atravesaba el tráfico. ¿Por qué demonios había tantos autos en la carretera a la una de la tarde? ¿Estas personas no tenían trabajo?

—¿Cuál es la verdadera razón de que estés enojada porque no traje tu bolsa?

—Hay un bocadito Reese de mantequilla de maní ahí —admitió en voz baja.

Jodido Jesucristo.

—Nena, te compraré el dulce que quieras cuando lleguemos al hospital. —Tenían máquinas expendedoras, por amor de Dios.

—Pero quizás no me dejen comer dulces.

Me tuve que reír porque ella sonaba bastante indignada antes la mera idea. Ella no estaba ni remotamente molesta por sus malditas contracciones, pero quítale su chocolate y tenías un problema.

—No estarán con nosotros todo el tiempo. Te traeré a escondidas chocolate, lo juro.

—¿De verdad? ¿Incluso si dicen que no puedo comer nada? ¿El señor seguidor de las reglas? De alguna forma lo dudo.

Está bien, ella me tenía ahí, pero iba a tener a mi bebé. Si el chocolate no le hacía daño, podía tenerlo. Haría cualquier cosa para que ella pasara esto.

—Puedes tener lo que quieras, nena. Lo prometo. —A menos que la doctora dijera que no. Pero entonces yo la señalaría a ella en vez de a mí.

Finalmente llegamos al hospital y nos registré. Les dije que queríamos todo el combo de nacimiento y nos llevaron a una habitación privada, Chica Reed empujada en una silla de ruedas. Era bastante genial una vez que llegamos ahí. Como nuestro pequeño departamento, completo con una bañera y mierda.

La enfermera llevó a Chica Reed al baño, y yo me ocupé con el teléfono. Primero me fijé si Chica Reed podía en realidad comer. Jódeme. Dependía de la página y del doctor. Ella iba a patearme el trasero cuando le dijera que no. Una página decía que los helados de palito estaban bien. ¿Dónde podía conseguir uno?

Chica Reed salió con su bata de hospital y se acomodó en la cama. La enfermera la conectó a unos monitores y nos prometió que la doctora estaría aquí pronto.

—Ve a conseguir mi dulce —siseó Chica Reed tan pronto como ella se fue.

Mierda.

—Nena, las páginas dicen...

Ella soltó un gruñido frustrado que me hizo alejarme de la cama.

—¡Lo sabía! Sabía que te acobardarías.

Levanté una ceja ante su uso de la palabra coño*. Era un poco caliente, si era honesto.

—Oh, quita esa mirada de tu cara. No vamos a tener sexo ahora —dijo Chica Reed, agitando una mano hacia mí.

—Lo siento, nena. Pero la forma en que lo dijiste fue caliente.

Soltó una carcajada mientras se agarraba el vientre.

—Solo tú encontrarías algo caliente en mí en este momento.

—Siempre. —Y ya que parecía que no había peligro por el momento, me acerqué y la besé.

—Uh-oh, ¿necesitan algo de tiempo a solas? —La doctora Sharpe entró, sonriendo—. Creo que sabemos cómo se metieron en esta situación. No necesitan revivirlo el día del nacimiento.

Sí. Sí. No lo reviviría pronto. El libro decía que por lo general eran alrededor seis semanas antes de que pudiéramos tener sexo después de que la bebé naciera. El libro me traicionó con esa mierda.

—Vamos a ver qué tenemos aquí. —Puso a Chica Reed en los estribos, y yo me moví hacia sus hombros. No me iba a arriesgar a ver cualquier cosa.

Chica Reed se rio.

—Ella todavía no va a salir, Edward.

—Mejor prevenir que lamentar, nena. No quiero ver nada que me haga tenerle miedo a esa zona.

La doctora Sharpe se rio mientras salía de abajo de la bata de Chica Reed.

—De alguna forma creo que superarías el miedo.

Chica Reed asintió.

—No hay duda en mi mente.

—Bueno, parece que tienes unos tres centímetros de dilatación, así que tenemos algo de tiempo que atravesar —nos dijo alegremente.

—Te lo dije.

—Ya estamos aquí; tenemos una habitación increíble. Puedes tomar un baño o algo —le dije. Sin embargo, sabía lo que ella quería—. ¿Tiene permitido comer algo? ¿Como una barra de chocolate, tal vez?

La doctora Sharpe arrugó la cara y negó con la cabeza. Jódeme, era un hombre muerto.

—Preferiría que comiera algo más liviano que eso. Puedes comer un helado de palito o un caldo si quieres.

La cara de mi esposa estaba sumamente malhumorada.

—Un helado de palito estaría bien.

—¿Tal vez uno de chocolate ganache? Eso es chocolate —ofrecí.

Chica Reed sonrió.

—Me gustaría eso.

La doctora Sharpe se rio.

—Veré qué puedo hacer. Acomódate y aprieta el localizador si necesitas algo. Sé que quieres la epidural. Te la pondremos pronto. Enviaré al anestesiólogo. Hay una enfermera justo afuera, y yo regresaré pronto para controlarte.

Cuando la doctora se fue, Chica Reed se giró hacia mí.

—Te amo.

Le besé la mano.

—También te amo.

—Vamos a tener a nuestra bebé hoy.

O mañana. Pero no le iba a recordar cuánto tiempo podría durar el proceso.

—Lo haremos. No puedo esperar, Chica Reed.

Ella asintió.

—Solo quiero que sepas que no voy a ser la mujer cliché en trabajo de parto y gritarte por embarazarme o amenazarte con cortar tu pene o algo.

Me reí.

—Estoy feliz de escuchar eso, nena. Estoy bastante apegado a mi pene.

—Yo también. Y si me quiebro y lo digo, quiero que sepas que no lo digo en serio.

¿Era de extrañar que la amara? De verdad. Ella me hacía reír incluso cuando quería entrar en pánico.

—Sé que no, Chica Reed. Y sé que quieres estar apegada a él de nuevo pronto.

Ella se rio.

—Sí, ahora no es el momento de hablar de eso, Campeón. —Ella apretó los dientes durante otra contracción—. Pero extraño el sexo contigo.

No mierda.

—También extraño el sexo contigo. Lo programaremos para dentro de seis semanas desde hoy.

Eso la hizo reír de nuevo.

—¿Por qué puedo imaginarte tachando los días con pequeñas equis?

Me reí.

—Porque jodidamente lo haré. Y, si estoy haciendo la cuenta correctamente, será jodidamente cerca de mi cumpleaños. Feliz cumpleaños para mí.

Se rio aún más fuerte.

—Sexo de cumpleaños puede ser tu regalo.

—Te ríes, pero eso funciona para mí.

—Lo sé. —Sonrió—. Ahora, probablemente deberías comenzar a llamar a todos.

—Es cierto. Mi mamá está en ese estúpido retiro, así que dudo que pueda llegar aquí mañana.

—Dottie está visitando a su hija. No volverá hasta la próxima semana. —Chica Reed se rio—. Todos programaron cosas temprano, pensando que nos retrasaríamos, pero todos se lo van a perder.

Mierda. Sin mamá. Sin niñera. Íbamos a estar mi esposa y yo solos durante la primera semana más o menos.

—Sin embrago, tú eres todo lo que necesito. Mientras tú estés aquí, yo estoy bien.

Bueno, maldición. Ella siempre sabía cómo hacerme sentir mejor.

—Lo mismo para mí, nena.

—Mentira. Estás pidiendo por tu mami. Pero estoy a punto de ser la mami ahora.

—Sí. Bueno, vas a ser genial en eso, Chica Reed.

—Tú también, Campeón.

Su fe en mí puso a los nervios a descansar un rato. Yo podía hacer esto. Haría esto. Tenía que hacerlo.

Le pasé mi teléfono.

—Haz los honores, nena.

Chica Reed llamó a su papá primero. Después a Pequeña. Ambos sabíamos que una vez que Pequeña supiera, todo el mundo sabría. El grito a través del teléfono dejó eso claro como el día.

Llamé a papá a continuación.

—Papá, es hora.

Mierda. Tu madre me va a matar.

No estaba seguro de cómo mi bebé naciendo ahora se trasladaba a mamá matándolo, pero el embarazo me había enseñado que las mujeres a menudo no tenían sentido.

—¿Por qué?

Porque ella está en un retiro de salud y bienestar en algún lado de las montañas de Tennessee. Le dije que estaba bien que vaya ya que los primeros bebés con frecuencia se retrasan. No creo que tenga cobertura de celular.

¿Qué demonios?

—¿Ese no es como un campamento para gordos? —¿Qué estaba haciendo mamá allí?

Esa es la forma elegante de decir campamento para gordos, sí.

—¿Qué está haciendo mamá allí? Ella no está gorda.

Ups. Chica Reed hizo una mirada extraña cuando dije gorda. Mierda.

Aparentemente, ella va a apoyar a sus amigas. ¿En realidad? Piensa que puede perder algunos kilos. Tal vez convertirse en abuela la está volviendo loca.

¡Ja! Como si ahí fuera cuando comenzó.

—Claro, papá.

Trataré de enviarle un mensaje. Probablemente tienen un teléfono que funciona en algún lugar.

Me reí. Él sonaba miserable. Siempre y cuando ella dirigiera su ira hacia él en lugar de a mí, estábamos bien.

—Buena suerte.

Sí. No podré llegar allí hasta la próxima semana sin un cambio de horario importante.

—No te preocupes por eso, papá. Te veremos cuando llegues aquí.

—De acuerdo. ¿Cómo están progresando las cosas?

Le dije sobre los tres centímetros y lo que la doctora había dicho.

Es un maratón, hijo. Relájate mientras puedas. Y no te duermas a menos que Bella lo haga. Pagarás por ello si lo haces.

Suponía que si alguien sabía, era un doctor.

—No lo haré.

Llámame cuando nazca, no importa la hora. Y envía fotos.

Por supuesto.

—De acuerdo, papá.

Dale a Bella mi cariño. Te quiero, hijo. Estoy feliz por ti, y no puedo esperar para conocer a mi nieta.

—Tampoco podemos esperar para conocerla. Te llamaré pronto.

»Papá envía su cariño —le dije a Chica Reed cuando colgué.

Ella sonrió.

—Mi papá probablemente está entregando cigarrillos en la estación en este momento.

Le sonreí.

—Espero que le dé uno a Riley.

Ella sacudió la cabeza.

—Él está ocupado con su propia hija.

—La nuestra le pateará el trasero —le dije, haciéndola reír de nuevo.

—Ella podrá, si se parece en algo a su papi.

Presioné un beso en su estómago.

—¿Vas a ser como yo, Dani? Eso probablemente no es una buena idea. Deberías ser dulce, como tu mamá.

Chica Reed pasó sus dedos por mi cabello.

—Quiero que sea puntual, como su papá. Apúrate y ven aquí, bebé.

—La escuchaste, Dani. Cuando mamá habla, nosotros escuchamos. Así que ven aquí y acompáñanos. Estamos ansiosos por conocerte.

Desafortunadamente, Dani no tenía mi sentido de la puntualidad. O la habilidad de su madre para estar lista para salir más rápido que el noventa y nueve por ciento de la población femenina. La televisión mintió. Las películas mintieron. Hacían ver al trabajo de parto como unos minutos de dolor e insultos, pero era el maratón sobre el que mi padre nos advirtió.

El anestesiólogo le puso a Chica Reed una inyección en la columna que me hizo jodidamente sudar; era una gran aguja. No era como si no hubiera tenido muchas visitas al doctor y agujas mientras crecía. Había jugado al fútbol por tres cuartos de mi vida. Pasé mucho tiempo en hospitales. ¿Pero esa mierda? La cosa más aterradora que alguna vez vi.

Afortunadamente, mientras el trabajo de parto progresaba, Chica Reed no estaba muy dolorida. La inyección hizo su trabajo, y mientras ella lo sentía, no estaba maldiciendo o amenazando mi virilidad, como ella prometió.

La cena vino y se fue, y yo no comí porque ella no podía, aparte de sus helados de palito de chocolate. Jugamos a las cartas, ella leyó, escuchamos música y vimos televisión. Había tenido que apagar mi teléfono porque las personas seguían llamando y la jodida cosa iba a morir antes de que Dani naciera, y entonces no seríamos capaces de llamar o sacar fotos.

La doctora la controlaba periódicamente, anunciando progresos menores, lo que solo servía para frustrar a mi esposa. Y a mí, si era honesto.

Caminamos de un lado para otro por el pasillo, tratando de acelerar las cosas. Finalmente, como a las dos de la mañana, las contracciones de Chica Reed se aceleraron un poco, y la enfermera trajo a la doctora. Ella dijo que estaba lista, y se reunió todo un equipo. Me puse mi propia bata, que era patética pero lo que fuera, y me paré al lado de Chica Reed como habíamos planeado.

Ella agarró mi mano izquierda, después de que le recordé que la derecha era nuestra gallina de los huevos de oro. Todos en la habitación se rieron de eso, incluso mi Chica Reed. Ella era increíble. Estaba sudada y cansada y usando toda la fuerza en su cuerpo para traer a nuestra hija al mundo, y era increíble de ver. Siempre había sabido que era fuerte, y perfecta, y asombrosa, pero esto era algo más.

A pesar de que el terrible video en la clase de parto había puesto de manifiesto que el trabajo de parto no era solo dos empujes y luego salía el bebé, todavía me sorprendió que el proceso tardara casi una hora. Sin embargo, Chica Reed se esforzó, su cara se puso roja, sus dientes se apretaron y su agarre era de muerte. Sin embargo, sabía mejor que quejarme.

Exactamente a las 2:52 AM del 2 de mayo, Danielle Elizabeth Cullen llegó al mundo. La doctora me dejó cortar el cordón, lo que hice mientras evitaba mirar a lo que estaba unido. Dani soltó un fuerte grito, que hizo a Chica Reed suspirar de alivio. Las enfermeras se la llevaron y la limpiaron antes de entregármela.

Ella era tan pequeña. Bueno, a mí me parecía pequeña, pero la doctora dijo que medía cincuenta y cuatro centímetros, lo que al parecer era bastante alto para una bebé. Pesó tres kilos cuatrocientos, lo que estaba dentro de lo normal.

—Tus genes —murmuró Chica Reed—. Tráela aquí.

La llevé suavemente, incapaz de sacar los ojos de ella. Ella definitivamente era mi hija. O sea, no que tuviera alguna duda de eso, pero el pequeño mechón de cabello en su coronilla era de un marrón rojizo que coincidía perfectamente con el mío. Su piel era muy rosada y suave. Pasé un dedo bajo su pequeña palma, y estaba bastante seguro de que ella lo agarró. Algo así.

—Es hermosa —susurró Chica Reed cuando pasé a Dani suavemente a sus brazos—. Mira ese cabello. —Ella presionó un suave beso en la frente de nuestra hija. Honestamente era la cosa más hermosa que había visto en mi vida, la mirada en la cara de Bella cuando cargó a nuestra hija por primera vez—. Rebelde, como el de su papi.

—Su cabello será la envidia de todas las chicas que ella conozca —dije, haciendo reír a Chica Reed.

Dani soltó un medio llanto, medio suspiro, mientras se acurrucaba en su madre.

—Tan hermosa. —Chica Reed no podía dejar de tocarla, examinando cada pequeño dedo.

—Porque lo heredó de su mamá.

Chica Reed me sonrió.

—Creo que tiene mi nariz. Pero esa definitivamente es tu barbilla.

No estaba seguro de cómo podía decirlo, pero no iba a discutir con ella.

—Es preciosa. —Ese era un hecho, no importaba a quién se parecía.

Saqué mi teléfono y tomé un montón de fotos de Dani y Chica Reed. Envié un mensaje de texto masivo a nuestros padres, amigos y a mis compañeros. No me importaba si despertaba a los hijos de puta. Todo el mundo necesitaba saber que mi hija finalmente estaba aquí.

—Tu turno —dijo Chica Reed, ofreciéndomela.

Tomé a Dani en mis brazos, siendo cuidadoso con su cabeza, justo como la clase me enseñó. Sus ojos se abrieron por unos segundos.

—Hola. Soy tu papá. El que te ha estado hablando por los pasados seis meses o así. Me conoces, ¿verdad? Apuesto que si tratas con mucha fuerza, probablemente podrías decir papá. ¿Por qué no lo intentas?

Chica Reed soltó una risa cansada.

—Ya tratando de que hable, ¿eh? Y por supuesto quieres que papá sea su primera palabra. No podría ser mamá.

La besé suavemente.

—Podría ser, pero los dos sabemos que voy a ser su favorito.

—No se supone que me digas eso después de trece horas de trabajo de parto, Cullen.

Le sonreí a mi hija.

—Tu mamá es una guerrera. Ella es más fuerte de lo que yo alguna vez podría esperar ser. Supongo que puedes decir mamá primero, si quieres. Pero tú eres mi bebita. Siempre.

Vi un flash dispararse en mi periferia. Chica Reed tenía mi teléfono y estaba sacando fotos.

—Su primer momento padre-hija. Tenía que capturarlo.

—Vamos a tomar algunas de los tres.

La enfermera tomo mi teléfono, y yo puse a Dani en los brazos de Chica Reed y después envolví los míos alrededor de ellas.

—Ahí está. Una familia pequeña perfecta.

Y lo éramos. Ahora tenía una esposa y una hija. Ellas eran mi mundo. E iba a hacer todo lo posible para asegurarme que lo supieran. Siempre.


*Bella dice pussy out, que es acobardarse, echarse para tras, pero pussy también significa coño, por eso Edward dice que es caliente su uso de la palabra coño. En español pierde el sentido.