Disclaimer: Los personajes y el maravilloso mundo de Harry Potter pertenecen a la genialidad de J.K. Rowling. Yo solo me adjudico la trama que nace de mi desequilibrio mental y esos deseos locos en donde todos los "y sí…" son posibles. Obviamente no me hago responsable por la inestabilidad y delirios que pueda provocar en los lectores, tendrán que costearse solos su medicación y leer bajo su responsabilidad, mis queridos.
… Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas…
Capítulo II
Hermione no quería moverse, a pesar de la humedad y de lo incómodo que puede llegar a ser el suelo, se sentía por primera vez en mucho tiempo con algo de tranquilidad.
Se regañó internamente, a menudo y con más frecuencia de la habitual estaba teniendo pensamientos demasiado egoístas según su lógica. Pero es que estar en guerra no es algo divertido ni que desees con todas tus ansias a los diecisiete. El bonus por ser amiga del elegido, pensó y una risotada se le escapó, como hace mucho no lo hacía.
Demente, al fin se había vuelto completamente loca.
Año 1997, suspiró. Inicios de una guerra en donde a pesar de que muchos ya habían caído, ella tenía la certeza que lo peor aún no comenzaba y podía ser una lucha que durara años para tener su desenlace.
Año 1977, otro suspiro. También estaban en guerra, pero podían ganar ahora y evitar el resto, por primera vez podían llevar la delantera en una lucha que de momento no era tan sangrienta como iba a llegar a ser.
Para eso estaba en este tiempo finalmente.
Suspiró por última vez y dejó de auto compadecerse, Dumbledore, los profesores, sus amigos aún sin saber nada y Sirius… Oh Sirius, todos confiaban en ella.
–De seguro desaparecieron… quizá ya hay consecuencias con solo estar acá.
Su voz fue un suave murmullo que solo ella fue capaz de escuchar.
Poco a poco se fue poniendo de pie y sacudió su túnica de las pequeñas hojas que se pegaban en ella. Tomó firme su varita y decidió amarrar la bolsita de cuentas a sus jeans.
–Y ahora dónde. –Su voz sonó casi estrangulada.
Mierda.
Estaba en el bosque prohibido. Otra risa maniaca amenazó con salir pero se calmó. Cayó en la cuenta de dónde se encontraba y deseaba con todas sus fuerzas entrar en pánico, pero vamos… Hermione Granger puede reaccionar mejor que eso.
Piensa, solo piensa.
No quería pensar, tenía tanto en qué. Mejor dejarlo para más tarde.
Enfócate, eso, palabra perfecta para su situación actual.
Miró al Castillo. A lo lejos se veían todas las luces encendidas.
Si su sentido de tiempo y orientación no le fallaban debían ser las nueve de la noche, de seguro había varios aún en el Gran Comedor y el resto en sus salas comunes, maestros yendo a la cama. Dumbledore paseando en su despacho.
Dumbledore, debía hablar con él.
Bufó sonoramente y se cruzó de brazos. ¿Cómo lo haría?
–Hola Albus, vengo de un futuro muy lejano desde donde me mandaste y ni siquiera sé en qué fecha estamos. Me vine de allá a fines de mayo, así que debe ser lo mismo. Bueno… buenas noches, piensa en lo que hablamos. ¡Oh! Casi me olvidaba, me mandaste esta caja y un pergamino, para amenizar un poco debe ser, la información… ya sabes.
¡Brillante! Y Granger se ganaba un pasaje directo al ala de enfermos mentales de St. Mungo.
Debía hablar con él pero de día, para darle seriedad al asunto, de noche fomentaría la conclusión de una aparente locura junto con que se veía muy tétrico, casi como si fuera partidaria de Voldemort.
Dejó caer los brazos. ¿Qué fecha sería?
Enfocó un poco más la vista y se distinguían estudiantes en los jardines, despreocupados.
Debía ser fines de mayo, poco movimiento que solo indicaba comienzo de exámenes. Por lógica tenía que ser la misma fecha, pero no existía un gran registro de este tipo de viajes, entonces tampoco se podía dar por sentado algo. No había nada de lógica en lo que estaba haciendo.
Tenía que encontrar un lugar donde pasar la noche, y dejando en claro que no era opción ir a hablar con el Director justo ahora, ni tampoco quedarse toda la noche en el Bosque Prohibido, su último recurso era Hogsmeade.
Ya podía usar magia sin ser detectada y sabía aparecerse, eso y mucho más. Pero no te puedes aparecer en Hogwarts ni en sus terrenos.
Otra sonrisa. Su Profesor la enviaba a este tipo de cosas y no le facilitaba mucho las pocas opciones.
Sin pensarlo más se echó encima un encantamiento desilusionador y con todo el cuidado del mundo caminó cerca de una hora hasta encontrar un lugar permitido para aparecerse. Se quitó el hechizo y lo siguiente que sintió fue el jalón en su estómago y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba en el pequeño pueblito.
Nada había cambiado, parecía como si veinte años no habían pasado.
Caminó con tranquilidad por las calles casi desiertas a excepción de unos cuantos grupos algo mayores y animados que marchaban rumbo a las tabernas de moda.
Miró el escaparate de una tienda de libro y frunció un poco el ceño.
3 de Junio de 1977.
Se había adelantado unos días, ya no era mayo. Recordó anotar esto más tarde en su libreta, todo serviría para en un futuro saber más sobre los viajes en el tiempo, Dumbledore se lo había mencionado emocionado en una ocasión. Una gran oportunidad de investigación, señorita Granger.
Claro. Hermione la aventurera Granger.
Entró en un pequeño hotel que en realidad era una gran cabaña, como casi todo en el pueblo y pidió una habitación por tiempo indeterminado. Le dieron una en el tercer piso.
Subió y se acomodó, sacó las cosas que iba a necesitar y echó un encantamiento de protección sobre su bolsita, uno más de todos los que ya tenía.
En cuanto estuvo lista subieron comida a su habitación. La dejó en un escritorio que había junto a la ventana. Revisó todo el lugar y no veía peligro, además y después de todo, nadie la conocía ni sabía de su presencia. Ella era invisible.
En un pergamino escribió una nota lo más clara y directa que pudo, la amarró a la pata de una lechuza que tenía a su disposición y a lo lejos vio cómo se perdía entre los árboles rumbo al castillo.
Si quería hablar con Dumbledore lo mejor sería pedir una cita.
También pudo enviar un Patronus… pero le traía malos recuerdos.
Luego de eso se dio una ducha y se arropó en la cómoda cama mientras tomaba su sopa. No pasó ni una hora desde que había enviado la nota y la misma lechuza ya estaba golpeando su ventana. Se acercó hasta el animal y tras un breve intercambio cerró la ventana y volvió a su posición original.
Abrió el pergamino que ahora venía con un sello oficial de Hogwarts y se dio cuenta que Dumbledore había respondido sobre su nota.
Estimado Profesor Dumbledore,
Esperando esté teniendo una buena noche, me permito solicitar una audiencia con usted lo más pronto sea posible, dado que cuento con información que será de su agrado escuchar. Entenderá además que no puedo adelantar nada por este medio y todo debe quedar en la más estricta confidencialidad.
Como muestra de mi lealtad solo puedo decirle: "Ariana no le habló a sus dos hermanos por tres semanas luego que probaran un Confringo en su amada muñeca".
Se despide,
HJG.
Saltándose apenas un reglón y con una letra mucho más ceremoniosa y delicada Dumbledore envío su respuesta.
La verdad, y debo reconocer que fue un hechizo bastante violento para esa pobre muñeca.
Mañana y por un período de un minuto puede aparecerse junto al Sauce boxeador.
12 y 30 minutos.
Algo me dice que no necesita más indicaciones, de camino podría buscar unos caramelos de limón.
Con toda la curiosidad que puede existir en un Mago, se despide,
Albus Dumbledore.
Hermione no pudo aguantar la emoción y las ganas de reír. Acarició el papel varios minutos antes de reaccionar. Dumbledore podría ser todo lo diferente al de su época, pero había cosas que jamás cambiarían, eran la misma persona después de todo.
Sin darle más vueltas al asunto dejó todo en orden y dejó que el sueño la arrastrara en donde no podían alcanzarla los recuerdos que estaba reprimiendo y las preocupaciones.
Tuvo un sueño tranquilo por primera vez en muchos meses, solo Sirius en su forma animaga daba vuelta en su subconsciente y causando pequeños momentos de risa y otros en donde se dedicaba hacerle cariño entre las orejas.
Al día siguiente y despertando totalmente renovada, pero con el cuerpo más adolorido que la noche anterior, se apareció junto al Sauce Boxeador a las 12 con 31 minutos del día. Confiaba en su Director y sabía que no era del tipo que te tienden trampas, además tenía que estar muy curioso para levantar las barreras de protección, y de seguro puso unas cuentas indetectables más para asegurarse que no fuera un enemigo. Era un genio.
Soltó el aire al verse completa y sana.
Enfiló rumbo al castillo. Todo parecía normal a su alrededor, estudiantes corriendo a sus salas comunes, otros en los jardines y los más relajados caminando al Gran Comedor para el almuerzo. Se escuchaban risas, algunos se gastaban bromas y corrían buscando la devuelta. No reprimió la sonrisa. Era extraño ver todo como hacía mucho no lo veía. Pero era aún más hermoso ver que aun cuando ya se gestaba una guerra, dentro del castillo todo parecía estar en orden, aún eran solo chicos que no tenían problemas entre ellos ni habían tenido que madurar por el derramamiento de sangre. Eran felices y así debía seguir.
A pesar de que trató de pasar lo más desapercibida posible y no cruzar miradas, se dio cuenta que algunos estudiantes la miraban por una fracción de segundo mientras su larga y elegante túnica negra ondeaba mientras avanzaba. Tenía solo diecisiete años, pero sus vivencias le daban un aire de madurez del que todo el resto del alumnado carecía.
Caminó unos minutos más y llegó frente a la gárgola que daba acceso al despacho. Su voz fue apenas un murmullo.
–Caramelos de limón.
Inmediatamente unos escalones aparecieron y ella se montó arriba de uno de ellos y comenzó a girar hasta dejarla frente a una gran puerta de madera.
Tomó un respiro profundo y tocó dos veces. Un gentil "Puede pasar" la invitó a seguir.
Cuando las puertas se abrieron Hermione sonrió maravillada al ver que el despacho de Dumbledore seguía siendo igual, solo con pequeñas variaciones.
El canoso pero veinte años más joven director sonrió jovial y con el mismo brillo de curiosidad en sus azules ojos cuando algo lo tenía intrigado. Con una mano señaló la silla frente a su escritorio en el que Hermione se sentó.
Le devolvió la sonrisa y estrechó su mano.
–Hermione Jane Granger, profesor Dumbledore. –Dijo cortésmente.
–Albus Dumbledore, –respondió él – aunque eso y mucho más asumo ya lo sabe, en definitiva… todo lo referente a mi querida Ariana muy pocos lo saben.
Esa era una invitación clara a comenzar a explicarse.
Hermione abrió su bolsita de cuentas y extrajo la caja con pensamientos junto al pergamino. No se había atrevido a mirar nada, no quería invadir la privacidad de su Director. Dejo ambas cosas frente a quien iban dirigidas.
–Esto será muy difícil de creer, y le pido por favor me permita explicarme antes de mandar una lechuza a St. Mungo o al Ministerio. –Hermione se sintió segura de sí misma y satisfecha para ni siquiera haber ensayado lo que le diría. Dumbledore la miraba en absoluto silencio. – Le contaré todo y puede ver lo que dejé frente a usted, es una caja llena de pensamientos que no tengo idea qué recuerdos contienen y una carta dirigida a usted profesor.
Dumbledore examinó ambas cosas y con voz pausada habló.
–¿Quién envía los presentes?
–Usted, por supuesto. –Respondió resuelta Hermione. –Los envía de otra época, para ayudarle a entender.
La mirada de Albus pareció comprender algo que ya sospechaba y se plasmó una pequeña sonrisa en sus labios.
–Tiene toda mi atención. –Dijo al fin y se dispuso a escuchar atento.
Hermione no fue interrumpida en ningún momento. Le explicó de qué año venía, por qué la había enviado él mismo, los entrenamientos que habían tenido. La Guerra la detalló lo mejor que pudo sin revelar hecho trascendentales o pérdidas. Le dijo la importancia de la Orden en la actual guerra que ya comenzaba a causar los primeros estragos. Cómo Voldemort había vuelto y que su presencia en la actual época se debía a que podían impedir que ciertos sucesos ocurriesen, salvar a inocentes y transformar la realidad a un futuro mejor.
En un cierto punto Dumbledore le pidió unos minutos y estuvo cerca de dos horas en su pensadero, revisando los recuerdos. A menudo extraía con su varita otros recuerdos de su mente y los mezclaba, buscando algo que Hermione no sabía qué sería.
Más calmado se volvió a sentar frente a ella y abrió el pergamino. Suspiró quedamente y habló.
–Fascinante.
Hermione se quedó en silencio esperando algo más, pero lo único que obtuvo fue la risa de su profesor. Se vio tentada a revisarlo y ver si se encontraba bien. Quizá se había vuelto loco, después de todo, los viajes en el tiempo son peligrosos y causan demencia si no se tiene los cuidados adecuados.
–¿Fascinante, solo eso? –Preguntó algo contrariada.
–¡Maravilloso! –Exclamó el Director y suspiró. –Si ayer me hubiesen dicho que dentro de veinte años mi moral sería diferente y yo mismo enviaría a la bruja más maravillosa de su edad, –le dio un guiño amistoso a la chica que se sonrojó – no me lo habría creído. Romper las reglas, –saboreó las palabras – interferir en el tiempo. ¿Sabe el peligro al cual se enfrenta, verdad?
La chica frente a él suspiró.
–Ya hemos tenido esta conversación, Profesor. Estoy al tanto.
Ambos rieron de buena gana y Dumbledore comenzó a pasearse.
–Me he dado cuenta que no ha visto nada de mis recuerdos o la nota. Ella negó con la cabeza.
Con la vista fija en el Bosque Prohibido, Dumbledore se dirigió nuevamente a Hermione.
–Así que Regulus Black, los Merodeadores… –suspiró – siempre supe que esos chicos darían de qué hablar, pero no de esa forma. –Hizo una pausa para continuar. – Un Fidelio, Severus y sus sentimientos y quien nos convoca… Lord Voldemort.
Hermione asintió.
–Quiero que sepa no me interpondré en sus acciones, señorita Granger, desde hoy estamos en la misma lucha y cuente conmigo como un aliado y amigo. –Hermione sonrío totalmente feliz y sin querer evitarlo se acercó y le dio un abrazo lleno de agradecimiento y sinceridad.
Estaba en casa.
Dumbledore se lo devolvió y después de un rato la conversación dio otro giro.
–¿Qué haré ahora, profesor? ¿Quién soy? –Hermione apuntó la nota que él mismo pero en el futuro se había enviado. –Tal vez dice algo.
La curiosidad era latente, este Dumbledore le había dejado en claro que confiaba en ella y que no se interpondría en los cambios que pudiese realizar. Tenía carta blanca… pero aun así estaba el hecho de que no existían registros de ella u órdenes previas de cómo proceder.
Dumbledore le extendió en pergamino y francamente no esperaba lo que leyó.
Estimado Albus Dumbledore del pasado,
No te restrinjas con las golosinas, tiempos difíciles se avecinan. ¡Y por favor tienes que visitar más seguido Zonko!
Confía en Hermione.
Con afecto,
Albus Dumbledore del futuro.
Dio varias veces vuelta el pergamino y con su varita lanzó algunos hechizos, pero nada. Eso era todo. ¡Oh por favor! No quería imaginar qué recuerdos había enviado.
Dumbledore se volvió a sentar.
–Será Hermione Jane Granger. –Dijo tan tranquilo. –Mañana me encargo de ello en el Ministerio, no habrá mayores complicaciones. Puedo además suponer por cierto recuerdo que dispone de capital para sobrevivir.
–Sí, traje unos ahorros. –Hermione recordó la donación por la fuerza que realizó Sirius. –Me gustaría depositarlo en Gringotts.
El Director asintió.
–Todo eso mañana. –Y agregó más serio. –Es valiente, astuta, conoce y domina a la perfección artes que los chicos de su edad ni han escucha mencionar y tiene diecisiete años. Le falta un año de colegio, pero por ciertos recuerdos me atrevo a decir que no lo necesita, su experiencia en la práctica lo compensa. –Terminó de enumerar y Hermione se había sonrojado, eran elogios que a su vez acarreaban problemas. – Es muy joven para ser una Profesora, pero en su rostro se refleja una madurez que es imposible hacer pasar por estudiante.
–¿Qué haremos entonces? –Preguntó por primera vez asustada Hermione.
–Auror. –La respuesta la dejó desconcertada.
–Pero… –Había comenzado a hablar y Dumbledore la interrumpió con un gesto de su mano.
–Nadie lo notará, además me encargaré que sea Alastor Moody quien la acoja como su protegida, por lo que eso será suficiente para acallar cualquier posible rumor sobre su edad.
Hermione asintió.
Moody.
¡Oh por Dios, en qué se había metido!
Casi lo escuchaba… ¡ALERTA PERMANENTE!
–Recibió su carta a los once años, es mestiza y sus padres, ambos Aurores decidieron educarla en casa. Claramente su situación es acomodada. –A medida que su profesor iba hablando ella asentía. –Sus conocimientos le permitieron ser Auror a una edad temprana. Ahora como parte de su entrenamiento y servicio, vendrá a Hogwarts y será parte del cuerpo de Aurores que vigilan y cuidan al Castillo y sus alumnos. –Ante lo último sonrió. –Como puede ver señorita Granger, eso nos permitirá que resida dentro de las paredes del Castillo, que nadie sospeche y que pueda cumplir con su misión.
La muchacha asintió feliz y sorprendida. Todo estaba tomando su curso.
–Además se unirá a la Orden del Fénix y conseguiré una casa cerca de alguno de los miembros, así estará más acompañada.
–Muchas gracias, Profesor.
Tras unos arreglos más Hermione se marchó. Había muchas preguntas y respuestas que dar, pero necesitaba descansar.
Al día siguiente finalizó su corta estadía indefinida en el Hotel y se reunió junto a Dumbledore en el Ministerio. Su identidad quedó resulta sin muchas preguntas por parte del propio Ministro. Al parecer le debía unos favores del pasado al Director.
Alastor fue otro tema.
Le tuvieron que contar todo, por supuesto que lo creyó y con Hermione se juraron lealtad, pero como no podía ser tan simple, tuvo a la chica cerca de dos horas lanzando maldiciones, conjurando hechizos de protección y probando su nivel de ¡ALERTA PERMANENTE!
Finalmente aceptó que era una Auror más que aceptable y que la historia tenía fundamentos.
Le entregaron sus documentos que la acreditaban con Hermione y Auror, fue todo muy rápido. En Gringotts simplemente fueron unos pocos trámites para abrir una bóveda y guardar su dinero. Otro día tendría que volver al Callejón Diagon.
Finalmente entraron a un callejón y Hermione tomada del brazo de su profesor, sintió el jalón en el estómago. Lo siguiente fue aparecer a plena luz del día en un hermoso barrio residencial que a todas luces era exclusivamente de magos.
–Como ya sabrá, –comenzó a hablar el hombre mayor mientras guiaba a la chica por unas lindas y antiguas calles en donde niños, hijos de magos jugaban frente a sus jardines –el año escolar está a dos semanas de terminar, por lo que tomará su puesto como Auror en septiembre, cuando inicie el año de clases nuevamente. Y mientras tanto, –se pararon frente a una casa que Dumbledore señaló –este será su hogar, bienvenida.
Hermione abrió su boca y sus ojos se iluminaron. La casa era pequeña en relación a las mansiones que la rodeaban, blanca de dos pisos y con un jardín tan amplio que hasta una pequeña laguna artificial tenía. Atravesó la elegante cerca y se maravilló con los árboles que le daban un aspecto de Cuentos de Hadas muggle al lugar.
Dumbledore le tendió las llaves.
–La dejo para que se acomode, como puede ver está rodeada de magos.
–¡Es hermoso! –Exclamó ella.
–Vendré dentro de dos semanas, cuando todos los alumnos regresen a sus hogares, así la presentaré con la familia de la Orden que tendrá como vecinos. Mientras tanto el tiempo es todo suyo, –Albus se sonrió de su propio comentario – si quiere puede ir a Hogsmeade o al Callejón Diagon, donde guste, pero sea cuidadosa y manténganos al tanto a Alastor o a mí.
Hermione asintió y tras una breve despedida Dumbledore se esfumó de un segundo a otro y ella entró a su hogar.
Estaba completamente amoblada con un refinado gusto que se mezclaba con el ambiente hogareño y simple que se respiraba.
Corrió escaleras arriba y descubrió una pequeña biblioteca. Su primer instinto fue lanzarse sobre los libros o revolcarse sobre su mullida cama con un dosel parecido al de su habitación en Hogwarts.
Decidió no pensarlo mucho y primero fue a comprar comida. Luego de llenar su despensa, se fue a comprar unas cuantas cosas que le faltaban directo al Callejón Diagon, no mucho, solo lo esencial.
Para cuando eran las cinco se apareció a la entrada de Hogsmeade y entró en un salón de té que a todas luces se veía recién inaugurado.
Miró por las ventanas mientras tomaba su té y comía sus pastelillos y se fijó que a pesar de reinar una calma de la que en su tiempo ya no gozaban, estaba lleno de Aurores que acompañaban a los estudiantes. Leyó El Profeta y algunos titulares informaban de desapariciones aisladas de magos y muggles y ataques menores por parte de Mortífagos que de momento no alcanzaban la fuerza necesaria para aterrorizar a todo el mundo mágico, pero aun así lo mantenían en alerta.
Cerca de las siete de la tarde todos se comenzaron a montar en los carruajes de vuelta al castillo y ella se encaminó a la entrada para aparecerse, cuando sin previo aviso un enrome golpe a la altura de su cadera la dejó tirada en el piso y la arrastró unos cuantos metros. Tenía la cara estampada en la tierra y una de sus manos sangrando.
A lo lejos sintió unos pasos que se acercaban a la carrera.
Se tocó la cabeza y salía sangre, pero estaba consciente y alerta. Se comenzó a girar para ver al idiota que la había empujado como un animal y sus ojos se abrieron enormes cuando frente a ella vio un enorme perro negro que la miraba con gesto culpable con sus enormes y brillantes ojos grises. Medio gemía mientras tenía la pata izquierda levantada y sangrando.
Hermione se arrodilló sin alejarse del hermoso animal a su parecer y lo miraba fascinada y con lágrimas en los ojos.
Sirius, era Sirius.
Su instinto fue correr a abrazarlo, pero luego sintió la sangre caliente correr por su cabeza y en su interior se comenzó a formar rabia, ¿por qué demonios la había atacado de esa forma? ¡Maldito perro pulgoso!
Los pasos que sintió finalmente los alcanzaron, a la carrera se pararon frente a ellos dos muchachos.
El de lentes dio un grito.
–¡Padfoot, la arrollaste!
Hermione analizó rápidamente. Cabello negro y revuelto, ojos avellana y la copia de Harry.
Era James Potter.
El otro un poco más alto y con cara de no haber dormido en toda la noche. Con marcas en la cara y con el cabello castaño claro cayendo descuidado.
Remus Lupin.
Hermione se miró ambas manos y estaba llena de sangre y con cortes por la caída, el perro agachó las orejas y más se quejaba.
De pronto todo a su alrededor se empezó a desvanecer y sintió unos brazos rodeándola. Era James, porque un poco más lejos escuchó hablar a Remus.
–¡La mataste, perro imprudente y demente! ¡Alcanzábamos los carruajes, no tenías que salir como un loco!
–Aún respira, hay que esconder el cuerpo y curar a Padfoot antes de volver al castillo y hacer como si nada. –Vaya que James Potter era todo un criminal.
–¿Esconder el cuerpo, Prongs? –La voz de Remus era de total desconcierto. –Apura, tenemos que pensar.
–¿Qué más quieres, Mooney? –Preguntó el chico exasperado – ¿Qué la adoptemos y cuidemos?
Algo pareció iluminarse y los dos al mismo tiempo gritaron.
–¡La casa de los gritos!
Eso fue lo último que escuchó Hermione y se quedó con las ganas de gritarles, ¡IDIOTAS!, cuando todo se nubló aún más y cayó inconsciente.
Mientras tanto Remus con Padfoot en sus brazos y James con Hermione al hombro enfilaron rumbo a la Casa de los Gritos sin saber en qué demonios se habían metido.
…Travesura realizada…
Nota de Autora: ¿Y bien, y bien? Díganme qué les pareció. De a poco la historia va tomando forma y van apareciendo más personajes y sabiendo más información. ¡Espero les haya gusta y nos leemos en el próximo capítulo!
¡Que tengan excelente semana mágica!
