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La cuchara parecía encontrarse entretenida.

Las vueltas y maniobras que llevaba a cabo eran dignas de un experimentado piloto de la Segunda Guerra Mundial.

Se desplazaba de izquierda a derecha, de arriba abajo y en diagonal, siguiendo una secuencia desigual y actuando con parsimonia.

Adrien prosiguió en la ardua labor de remover la sopa a fin de enfriarla, pese a que su temperatura era imposible de reducir más.

Sin embargo, ese hecho era ignorado por el chico. Su mirada se hallaba posada en la vorágine de pensamientos que lo mantenían preso. En la mezcla de sentimientos que lo asaltaban continuamente, pillándole desprevenido, impidiéndole dirigir su mente a algo que no los incluyera a ellos.

A ellos...

El joven no era consciente de que la secretaria de su padre, Nathalie, se hallaba a pocos metros de distancia, contemplándolo con aparente impasibilidad, mas mostrando una mirada comprensiva.

Y mucho menos era consciente de que su propio padre lo observaba desde el otro lado de la alargada mesa del comedor, pues hacía varios minutos había optado por almorzar. No obstante, Gabriel Agreste desconocía el estado anímico de su hijo. Dirigía sus cavilaciones a nuevos proyectos que supondrían un gran avance en sus diseños, algo nuevo e innovador.

—Nathalie, puedes retirarte.—sentenció el hombre, conservando su siempre frío semblante.

La mencionada obedeció y, tras salir de la silenciosa sala, Adrien se atrevió a dirigirle una mirada a aquel aparente desconocido con el que extrañamente compartía lazos sanguíneos.

El muchacho tragó saliva y aceleró el ritmo del remover de su cubierto, centrando aparentemente toda su atención en las ondas producidas en la sopa.

Sentía todas sus extremidades volverse tensas, su respiración tornarse entrecortada y su corazón latir con aún más fuerza que antes, sin poder evitar que sus emociones afloraran y se estremeciera de la impresión.

—Adrien—el aludido sintió un escalofrío recorrer todas y cada una de sus vértebras, sintiéndose completamente vulnerable—, tú y yo debemos hablar.

Cuando el señor Agreste levantó la mirada y la posó sobre su hijo, este había a comenzado a comer precipitadamente del plato, sin saborear apenas, fingiendo hallarse satisfecho ante la supuesta exquisitez elaborada por los cocineros ese mediodía.

Para infortunio del joven rubio, su padre no pasó por alto su actitud esquiva.

—Adrien.

El aludido cerró los párpados con fuerza, sintiéndose acorralado, para luego exhalar un largo suspiro, acompañándolo de una seria mirada.

—¿Sí, padre?

Sin embargo, la mirada únicamente la fijó en algún recóndito rincón del vacío plato, mientras retenía a base de un inconmensurable esfuerzo sus sentimientos, los cuales se encontraban a punto de desbordarse.

—Llevas faltando a clase más de una semana.

El joven asintió, apesadumbrado.

El primer día había tratado de reincorporarse al colegio, esbozando una de las resplandecientes sonrisas que vendía en miles de revistas de moda, actuando como si no hubiese ocurrido nada, mas no logró salir por la puerta siquiera.

Sus pies se habían adherido al suelo y repentinamente le pesaban más que el plomo.

Sus nudillos se habían vuelto blancos debido a la presión de sus puños y sus ojos adoptaban esa tonalidad sombría que se había apropiado de ellos desde que aconteció el fatídico suceso, desde aquel día en que su mala suerte se duplicó...

—Me he visto obligado a contratar nuevos profesores que te impartirán las correspondientes clases particulares indefinidamente.—dijo con la firmeza grabada a fuego en su voz.

La noticia le cayó como un balde de agua fría en una gélida noche de invierno.

Sus ojos, por fin, se atrevieron a mirar a los relativos a su progenitor, sintiéndose ligeramente intimidado por estos, pero conservando la decisión plasmada en el rostro.

—N...no—titubeando al comienzo, se cruzó de brazos con disconformidad. Ya había sufrido bastantes desgracias y no ansiaba añadir una más a su lista interminable—, no tendré clases particulares. Quiero ir al colegio, padre.

El señor Agreste le fulminó con la mirada, siendo esta totalmente reprobatoria.

—Adrien, no voy a consentir estos actos de rebeldía—espetó con seriedad, levantándose—. Eres mi hijo y harás lo que yo crea mejor para ti—afirmó con rotundidad, asintiendo para sí—. Ya sabía yo desde un principio que era una mala idea...

—¡Padre! ¡Lo mejor para mí es volver al colegio!—repuso Adrien, alterado—. ¡Voy mañana, te lo prometo!

—No, Adrien. Ya está decidido.

—¡Yo quiero decidir por mí mismo, padre!—enmudeció al percatarse de su fatal error y trató de rectificar—. Padre...por favor.

Gabriel Agreste se mantuvo inexpresivo, mirándolo, escudriñando todas sus características físicas y su carácter, contemplando a su amada esposa reflejada en la terquedad de su hijo. Ambos eran muy similares.

El diseñador suspiró con cansancio y se masajeó las sienes con patente frustración.

Adrien era demasiado insistente, demasiado testarudo, demasiado parecido a su madre...

Y lo que sentía eran demasiadas emociones en un instante, mas no podía dejarse llevar por ellas, pues tenía que mantenerse estricto y severo con él.

—De acuerdo—pronunció tales palabras tras eternos segundos, aliviendo al asustado chico—, pero solo si te reincorporas de inmediato. Recuerda quién eres y cómo debes actuar, hijo.

El muchacho, suspirando con alivio, asintió efusivamente y, de nuevo, fijó su mirada en su vacío plato.

—Gracias.

Gabriel Agreste no respondió, sino que contrajo sus facciones en una mueca disconforme, al contemplar la actitud despreocupada del joven.

Tal vez permitiría a su hijo a asistir otra vez a la escuela, pero no consentiría que llegara tarde. Debía exigirle la máxima puntualidad. Tenía que ser severo.

Abrió la boca.

—Lo sé—repuso el chico interrumpiéndole, con sus ojos esmeralda perdidos en un punto indescifrable para su padre—. Sesión de fotos a las cinco y diez...

Su voz fue quebrándose hasta perderse nuevamente en sus pensamientos.

Adrien se mordió el labio y decidió abrir la boca y soltarlo sin más, sin meditarlo demasiado, pues pondría pies en polvorosa de ser así.

Cogió una bocanada de aire, intentando recobrar las fuerzas, las energías que le escaseaban en ese momento. Trató de evitar pensar, trató de hacer contacto visual con su padre y preguntárselo directamente, pero tenía miedo.

Tenía miedo de su posible reacción, pues era impredecible.

Y, por otro lado, también tenía miedo de la posible respuesta que le otorgaría.

No quería escucharla aunque, al mismo tiempo, ansiaba dar con ella cuanto antes.

Eran sentimientos contradictorios y confundían en sobremanera al joven modelo.

Desconocía qué hacer.

—Arréglate y ve al colegio. No te demores.

Adrien parpadeó, atónito.

Francamente, no se esperaba oír eso por parte de su padre.

Asintió sin mediar palabra, sintiéndose momentáneamente aturdido, para luego recordar lo que se disponía a preguntar con avidez.

Carraspeó, haciéndose notar en el silencio reinante del lugar.

Sin embargo, pronto se percató de que su padre se hallaba prácticamente en el umbral de la puerta, dispuesto a salir del comedor.

—Pa...¡padre!

Frunciendo el ceño con hastío, el señor Agreste volteó con patentes prisas.

—Hijo, tengo una importante reunión y he perdido demasiado tiempo.

Dejando de lado el hecho de lo dicho por su padre le había dolido, Adrien sacudió la cabeza, deshaciéndose de esos tristes pensamientos y centrándose plenamente en lo que diría a continuación.

—P-padre...yo...yo quería saber—guardó en silencio durante unos instantes. Unos instantes lo suficientemente largos como para acabar con la paciencia del hombre, quien se marchó de la gran y bien ornamentada sala.

El muchacho, angustiado y sintiendo el desenfrenado palpitar de su corazón, abrumado por la cantidad de tribulaciones que le carcomían por dentro, salió corriendo en busca de su progenitor, dando con él en el pasillo que les dirigía hacia la salida de la Mansión Agreste.

Haciendo uso del escaso valor que tenía para una situación de ese calibre, lanzó esa pregunta que de tantas horas de sueño le había despojado.

—Ladybug puede vencer sin Chat Noir...¿verdad?

Quizá fueran meras figuraciones suyas, mas había pronunciado la oración con tartamudeos, con pánico y casi rozando la desesperación.

En cambio, en su mente se había vislumbrado a sí mismo hablándole con firmeza y decisión, sin titubeos de ningún tipo.

El diseñador de renombre, en cambio, se mantuvo envuelto en un halo de misterio durante breves segundos, en opinión del chico.

Sus expresión apenas había cambiado, mientras su mirada parecía indicar hallarse sumida en algún tipo de reflexión profunda.

Finalmente, levantó la mirada, causando que el joven diese un respingo, sobresaltado ante esa brusca acción.

—Eso habría que verlo, hijo.

Y se fue.

¡Siento de veras haber tardado tanto en actualizar! He estado ocupada y con poca inspiración, pero creo que ya iré actualizando más seguido. Lo único que quiero es tener aunque sea un capítulo de más cuando subo algo, conservándolo como comodín.

Muchas gracias a aquellos que aún siguen y apoyan mi historia. De verdad.

La verdad es que me desanimé bastante tras leer unas críticas hace tiempo y se me quitaron las ganas de continuar, pero si he tardado es por estar atareada, no se preocupen. Ya estoy mejor.

Entiendo que cometo muchos fallos (y uno de ellos es describir situaciones de manera muy complicada, dificultando la lectura), pero en los capítulos que estoy escribiendo trataré de mejorar y utilizar las palabras en su contexto adecuado.

Bueno, quiero decir que acepto críticas constructivas, consejos que me animen a mejorar y superarme a mí misma cada vez, porque anhelo llegar a convertirme en escritora.

¡Muchas gracias y saludos a través de la pantalla!