Disclaimer: I do not own YoI or any of their characters... If I would I woud've made them do what I want XD.

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Phichit Chulanot era el chico moreno que Yuuri recordaba, era quien había sido su único amigo verdadero dentro del complejo.

Había muchas personas ahí, pero Phichit había sido solamente uno de tantos extranjeros ingenuos "reclutados" para trabajar fuera de su país por la promesa de una buena paga y de una mejor vida tanto para él como para su familia. Viniendo de un barrio bajo en su natal Tailandia, era difícil en ocasiones conseguir incluso el sustento básico para sus seres queridos de manera que, cuando se le presentó la oportunidad, no dudó en aceptar aquellas promesas y un cuantioso "adelanto", el que corrió a llevar a su familia, feliz como un niño, asegurando sus vidas por un par de meses completos de vida con holgura. Partieron sin problemas, pero al llegar al lugar de destino, se dio cuenta con tristeza de la estafa. La Fábrica lucía como un cubo blanco en medio de la nada, él había llegado en la temporada cálida, pero en invierno, el edificio ni siquiera daba señales de existir, así que la salida era imposible si no quería perderse en la blancura del lugar.

Al igual que los Omegas, él tampoco conocía el lugar en el que se encontraban. No había televisores en las áreas donde tenía acceso, la radio estaba siempre en la misma estación – la que era del lugar directamente – y los guardias hablaban siempre en un idioma que él desconocía y se sentía solo y conflictuado.

Los otros chicos que vivían ahí eran Omegas o Betas como él, asignados a diversas tareas. La suya era llevarles comida a las madres y ayudarles con tareas simples con el objetivo de que no dieran demasiada lata. Aunque con la cara de los pobrecillos, dudaba que alguien quisiera acercarse a otros a molestar. De cualquier manera, le dijeron al Beta que se cuidara mucho de acercarse a aquellos Omegas que estaban reservados y criados con especificaciones altamente estrictas para cumplir con un mercado naciente. Dijeran lo que dijeran, tanto él como los Omegas encerrados ahí eran esclavos. Ni siquiera quería pensar que el dinero prometido no estaba siendo enviado a su familia, aunque era casi seguro que era de esa forma. Pero la idea de al menos proporcionar alivio a su familia era lo único que lo mantenía cuerdo en ese lugar.

A pesar de todas las diferencias, había hecho buenas migas con uno de los muchachos. Un Omega de rasgos asiáticos como los suyos, con cabello azabache, ojos castaños y unas pestañas enormes. Incluso con todas las circunstancias que lo rodeaban, tenía una mente inquisitiva, y tenía una voluntad de hierro cuando se lo proponía, pero las circunstancias no le eran nada favorables y una vez lo había encontrado a punto de morir por haberse hecho dos enormes cortes a lo largo de cada antebrazo, recorriendo casi todo el camino de la parte interior muñeca al codo. El de piel morena gritó mientras intentaba contener la sangre como podía. Para su fortuna, en ese justo momento había pasado El Doctor, el encargado del lugar y mente maestra tras el entramado de abusos y mentiras del lugar. Si hubiera sido un guardia definitivamente lo hubiera ignorado, dejando al Omega tirado a su muerte, pero El Doctor cuidaba a sus perras de crianza con bastante cuidado; después de todo, habían sido cultivadas con sumo cuidado, se habían mantenido bajo observación minuciosa y un régimen estricto de alimentos, ejercicio y estudio, todo con la finalidad de tener esos seres especialmente diseñados para tener crías perfectas. Phichit no entendía lo que significaba del todo aquello. Con su nariz de Beta no distinguía las distintas feromonas del lugar. Pero había notado constantemente las miradas que los guardias le daban a su amigo y a otros chicos del lugar. Incluso había evitado que abusaran todavía más de él al intentar violarlo en dos ocasiones, parecían perros de presa, no importaban las ocasiones en que los habían insultado en cada uno de los idiomas que conocían (y que él no, pero Yuuri en ocasiones le enseñaba un poco de cada uno), ni cuando los habían dejado sin comer por una apuesta a ver cuánto aguantaban antes de desfallecer, ni cuando los golpeaban en los nervios para ver quién caía al suelo primero, lo que obviamente llevaba un castigo consigo. Era una desesperación constante por no poder hacer nada más para ayudar a su amigo o a los demás habitantes de la Fábrica.

Tras encontrarlos durante el intento de suicidio, El Doctor tomó al muchacho entre sus brazos mientras le pedía que mantuviera una especie de torniquete que hizo con un cinto y la camiseta rasgada del mismo muchacho, corriendo a la par de las largas zancadas del Doctor hasta que llegaron a una oficina, al abrirlo notó que era el consultorio principal, donde con sumo cuidado cosió sus muñecas con una sutura fina y cuidadosa, como si no quisiera que quedaran marcas en la criatura y, afortunadamente, era tan bueno el equipamiento del lugar que pudieron hacerle una transfusión de sangre al muchacho, quien era de un fenotipo extremadamente raro, con lo que lograron salvarle la vida. Eso había abierto los ojos del tailandés de muchas formas, la principal, que mientras más alto era el puesto mejor trataban a los Omegas, pero que, al parecer, también entre estos había escalafones, y se preguntó si a todos los tratarían con el mismo cuidado que a su Yuuri. Gracias a los dioses no había tenido oportunidad de averiguarlo de nuevo, si bien habían ocurrido otros intentos, o suicidios logrados, él no había estado presente para atestiguarlo. Pero lo que ocurrió inmediatamente después dejó al muchacho descolocado, confundido y le dolió en el corazón cuando, el muchacho de piel más clara volteó y con los ojos llenos de algo que parecía entre dolor y rabia le había dicho que había arruinado su única vía de escape al infierno, porque estar ahí era peor, y se rehusó a volver a musitar una palabra hacia él o alguien más. Dejó de mirar a los ojos a las personas. Dejó de comer, de caminar, de cambiar sus ropas, simplemente dejó de portarse como un humano racional, incluso al grado de tener que administrarle alimentos vía intravenosa.

Yuuri era el único amigo que tenía en ese lugar, y ahora sentía que le había fallado al intentar salvarle la vida. Desde que llegó a La Fábrica no se había sentido tan miserable.

Había pasado semanas, tal vez meses al cuidado del japonés, al lado de su cama mientras lo veía cada vez más demacrado, más consumido, una cáscara sin vida. Esto hasta que le dijeron que estaba preñado de nuevo. El orgullo en los ojos del Doctor era inconmensurable por haber logrado mantener ese producto a pesar de las situaciones que había pasado el Omega. Era su logro personal y profesional, y era el que se hubiera convertido automáticamente en el más importante por todo aquello que conllevaba de no ser por una sola cosa.

El pobre tailandés había sufrido mucho cuando el Omega a su cuidado había pasado por todo, pero sufrió todavía más cuando, a pesar de estar muy por debajo de su peso, cargado con su cachorro y sin los medios aparentes, el muchacho había escapado a mitad de la noche, en pleno invierno, huyendo de su cúbica prisión hacia la noche y los perros lo habían perdido. Se alegró porque deseaba que hubiera logrado su cometido, pero también temía. Temía por la vida del cachorro, del Omega... y por la suya propia.

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Wow! En lugar de seis meses fueron solamente tres de espera! Me siento realizada.

No, la vdd es que no es cierto, pero hay demasiadas cosas pasando como para poder sentarme a pasar a la computadora todo lo que tengo escrito. Soy de esas viejitas que prefieren escribir a mano y después en computadora.

Y bueno, este es solamente algo muy corto para compensar la falta de información, ya pronto viene el capítulo de verdad. Es que no logro estar cómoda con cómo quedó, ya lo he rehecho cuatro veces y sigue sin gustarme de todo. Pero a ver qué tal queda todo al final.

Espero que sigan leyendo. Un beso.

M. Meow, off.