Capítulo VIII: ¿Obsesión?
Agarro nuevamente el sobre dorado entre sus dedos. Sabía lo que debía hacer, pero sinceramente no sabía si eso era lo correcto, aunque de cierta forma había hecho una nueva promesa, silenciosa, a Kikyo. Promesa que no solo debía cumplir por ella, también por él, porque Kikyo tenía razón… él no era un cobarde.
Aunque pareciese un poco tonto, en algunas ocasiones se le hacía casi imposible expresar lo que sentía, y lamentablemente esta situación era una de esas, por lo cual había optado escribirle. Medio que tal vez hubiese funcionado perfectamente para poder expresarse con ella, si tan solo Sango le hubiese podido entregar la carta a Kagome, pero por razones que su familia no quiso dar, ella no se encontraba en su casa.
-"Nuevamente tendré que ver a Kikyo" –sabía que a ninguno de los dos les haría bien verse nuevamente, pero si quería encontrar a Kagome sin levantar sospechas, tendría que buscar la forma de hablar con Kikyo. Ella era la única que podría ayudarlo. Escucho un pequeño ruido, y al girar palideció, eso sí complicaría la situación.
-Cualquiera diría que viste un fantasma, Inuyasha -dijo con una pequeña sonrisa desde el marco de la puerta –. Decidí adelantar el viaje por tu madre
-Encontramos a tres de nuestros hombres en el lado noroeste de la isla. Dos murieron por disparos y el otro… fue torturado –dijo visiblemente asqueado. A pesar de tener años al lado de Naraku, y aunque su lealtad solo fuese para él, aun no se acostumbraba a esa clase de situaciones -. Lo encontramos sin piel y casi totalmente destrozado a unos quinientos metros de los otros dos. Al parecer ellos…
-Fui yo –dijo de forma aburrida, para después beber un poco del vaso que sostenía en su mano derecha –. Por ineficientes –dijo al percatarse de la expresión del otro hombre. El otro no pareció querer darle más importancia al tema, por lo cual prosiguió, dando como terminado el tema.
-Inu no Taisho, llegó hoy a la isla… –al escuchar esa oración, una pequeña sonrisa apareció en sus labios, sabía que tarde que temprano eso pasaría. Después de tantos años al fin podría hacer su vida miserable. Abrió los ojos, y observo por la ventana el paisaje, mientras levantaba el vaso que había dejado en el escritorio –, con su esposa –el vaso quedo a medio camino, mientras una mueca de desagrado aparecía en su rostro. Después de tantos años la volvería a ver. Volvería a ver a esa patética mujer que tanto deseaba desaparecer.
–"Izayoi" -quien debía estar revolcándose en el infierno por la llegada de esa mujer debía ser el malnacido de Onigumo.
–Se instalaran en la hacienda Kagewaki
Esa hacienda que por derecho le pertenecía, y la cual obtendría a si no la necesitara –. "Sera mi trofeo, además de sus cabezas" –solo tenía que ser paciente y pronto consumaría su venganza. Lastimosamente tenia pequeñeces que atender, ya que si no fuera por ellos, podría concentrarse en lo que de verdad le interesaba… destruir a los Taisho -. Por ahora solo mantenlos vigilados, especialmente a esa mujer, tal vez necesitaremos sacarla de la hacienda – sus ojos se tornaron de un rojo más intenso - . Creo que a ella e Inu no, les encantara recordar antiguas experiencias… después de todo dicen que recordar es vivir –dijo con una pequeña sonrisa sádica, mientras miraba por la ventana. Lástima que no hubiese soportado la presencia de Onigumo hasta ahora, él hubiese estado complacido de hacer recordar su idilio a su querida Izayoi.
Abrió los ojos de forma perezosa, mirando a su alrededor. Todavía entraban los rayos del sol por la ventana. Miro hacia el reloj que se encontraba en la pared, constatando que solo había dormido escasamente dos horas. Respiro profundo antes de levantarse de la cama con un poco de dificultad.
-"Duele más de lo que creí"
Se dirigió lentamente hacia el espejo de cuerpo completo que se encontraba en la habitación. Deslizo suavemente el camisón que llevaba, hasta sus hombros, y lo levanto un poco más arriba de sus rodillas. La noche anterior se había percatado de algunos moretones, que eran un poco apreciables gracias a la luz lunar que se colaba en la cueva, pero ahora podía apreciarlos claramente. Suponía que la gran mayoría de su cuerpo estaba cubierto de moretones, desde su rostro, hasta sus pies. En su rostro, y piernas se encontraban los moretones grandes, y si palpaba la zona de la cadera, sentía mucho dolor, lo cual le confirmaba que también tenía grandes moretones en esa área.
-"Si no hubiese sido por…"-hizo un movimiento negativo, y acomodo el camisón. Ella no le debía nada a nadie, y menos a ese hombre, que debió de tener intensiones oscuras al ayudarla –. "Solo lo hace para seguir utilizándote" –eso lo tenía claro, pero la pregunta era por qué… por qué no había dejado que esos hombres hicieran con ella lo que pretendían, si claramente él la detestaba, hasta el punto de jurar matarla.
Un suave toquido la saco de sus cavilaciones. Después de unos segundos entro la anciana con un pequeño recipiente.
-Tú madre vino ayer buscándolas, y parecía estar muy enojada –la chica cerró los ojos, al mismo tiempo que se masajeaba la cien con los dedos de su mano izquierda, indicándole que no quería hablar sobre el tema. Cuando abrió los ojos la anciana le tendió el pequeño recipiente que llevaba consigo -. Supuse que lo necesitarías. Hará que esos moretones desaparezcan más rápido
-No he pedido que me ayudes –dijo de forma seria. Algo que detestaba era causar lastima en las personas que estaban a su alrededor.
-Lo se… solo lo hago porque te he tomado aprecio, no porque sienta lastima por ti –dijo de forma suave al recordar que cuando Hitomi era pequeño actuaba de esa forma, solo por orgullo. Le tendió nuevamente el pequeño recipiente, ella pareció dudarlo por unos segundos, pero después lo agarro, y le dio la espalda. A pesar de que ella no se lo agradeció, la anciana sonrió.
No sabía si lo que haría estaba bien, pero ella no podía permitir que ellos se hicieran daño… daño que más específicamente le haría Naraku a Inuyasha -. Quiero pedirte un favor –la chica no se giró, pero tampoco dijo nada para que la anciana se detuviera, por lo cual prosiguió –. Aléjate de Inuyasha –inmediatamente escucho la mención del nombre se giró.
-¿Cómo…? -no pudo terminar la frase. No sabía cómo esa mujer frente a ella sabía sobre Inuyasha, ya que descartaba que lo supiera por Naraku, y por qué se veía… ¿preocupada? –. ¿Lo conoces?
-Si no quieres que él le haga daño, aléjate de Inuyasha –dijo de forma suplicante, para después dirigirse hacia la puerta.
-Es por eso… Inuyasha, es la razón de que él me haya elegido –la anciana se giró hacia la chica sin soltar el pomo de la puerta –. Ustedes ya lo conocían. ¿Cómo?
-No me concierne hablar de ello –fue lo único que dijo antes de salir.
Miraba aparentemente por la ventana, desde donde se podía apreciar una parte del jardín. A pesar de tener aquella magnifica imagen ante sus ojos, no podía dejar de pensar en las palabras que había dicho la anciana.
-"Lo hace porque odia a, Inuyasha"
Pero si ya se conocían, ¿por qué Inuyasha nunca se lo dijo?. No, algo estaba mal, y él probablemente estaba exento de lo que estaba sucediendo. No sabía cómo lo haría, pero tenía que encontrar la forma de saber que había sucedido entre ellos para que Naraku quisiera matarlo.
Se giró al sentir que alguien abría la puerta. Ante ella apareció Yura, la cual sin mirarla camino hasta el tocador, sentándose frente al espejo.
-Tu hermana se fue –dijo mientras se arreglaba el cabello.
-Le había dicho que me esperara –dijo de forma molesta en un pequeño murmullo. A pesar del tiempo en que estuvieron separadas, Kagome no había cambiado en nada, seguía siendo la misma niña inocente que la obedecía en absolutamente todo. Ella nunca se revelaría al menos que estuviese muy enojada, lo cual casi nunca sucedía. Miro hacia la chica que la miraba a través del espejo sin dejar de arreglar su cabello.
Yura solo movió los hombros con una expresión "inocente" –. Al parecer se aburrió. Lástima… creí que la estábamos pasando bien –dijo esto último con "pesar", antes de levantarse, y caminar hacia la salida, pero antes de que cruzara la puerta el agarre en su brazo por parte de la otra chica la detuvo. Yura, miro el agarre, y después de mirarla a ella frunció el ceño.
-Espero que no te hayas inmiscuido en asuntos que no te conciernen –dijo de forma seria. A pesar de que Yura la había ayudado en algunas ocasiones, había algo que le indicaba que no debía confiar totalmente en ella. La gran mayoría de las personas solo seguían y actuaban bajo sus intereses, y estaba segura de que Yura era una de ellas.
-¿Por qué tendría? –dijo con una pequeña sonrisa –. ¿Recuerdas?... somos amigas
Se miraron fijamente por unos segundos. Ella con su mirada vacía y fría como el hielo, y Yura con esa pequeña sonrisa que pretendía mostrarse amigable, pero por alguna razón no la convencía. Después de unos segundos, que parecieron una eternidad, la soltó.
-Ah… se me olvidaba, deberías maquillarte te ves fatal –dijo con una pequeña sonrisa antes de salir.
-Hasta que al fin te dignas a complacernos con tu presencia –dijo de forma sarcástica la mujer al verla entrar en la pequeña sala de estar. La chica ni siquiera se inmuto por el comentario, solo siguió su camino hacia el pequeño pasillo, hecho que molesto a la mujer –. Kagome, no quiere verte, y yo creo que debes alejarte
-No creo tener que aclarar la importancia que le doy a las opiniones de los demás, y especialmente a la tuya
-He intentado llevarme bien contigo, pero…
-No lo intentaste lo suficiente –dijo para después seguir su camino hasta la habitación que antes le pertenecía. Abrió la puerta sin tocar, topándose inmediatamente con su hermana totalmente cubierta en la cama.
-Te dije que me esperaras
Al escuchar la voz de Kikyo, se removió un poco en la cama, pero no se descubrió. Por primera vez en su vida se sentía enojada y decepcionada por su hermana, a pesar de ser a ella a quien siempre quería ver en esas situaciones, ese día sentía que la odiaba, o podía llegar a hacerlo. Se acurruco más en sí misma, al tiempo que negaba mentalmente, sintiendo miedo de lo que sentía y pensaba. Ella jamás podría odiar a Kikyo. Ella era su hermana, su otra mitad y…también amaba a Inuyasha, y él a ella.
-No quiero verte, por favor vete –sabía que esa no era la solución, pero tenía miedo de lo que sentía en ese momento.
-Sigues actuando como la tonta niña que eres. Esa es una de las cosas que detesto de ti, además de tu debilidad
Se descubrió totalmente y la miro. Kikyo permanecía allí como si nada estuviera pasando, mirándola con superioridad y prepotencia como lo hacía desde que eran niñas… esas miradas, que aunque no quisiera aceptarlo, las odiaba, porque la lastimaban.
-Tú eres peor de lo que los demás dicen –si no fuera tan impulsiva jamás le hubiese dicho esas palabras a su hermana, por la simple razón de que la amaba, a pesar de todo, inclusive Inuyasha… la amaba -. ¡Confiaba en ti y me mentiste! –sus lágrimas corrían por sus mejillas, a pesar de que sus ojos ya estaban rojos por tanto llorar, pero eso, ni lo que había dicho parecían causar nada diferente a la indiferencia en Kikyo.
-No lo hice –en su voz no se diferenciaba ninguna clase de emoción, igual que siempre. ¿Acaso su hermana carecía de sentimientos? o, ¿por lo menos hacia ella?.
-Me ocultaste que tú y él…-no fue capaz de decirlo, dolía igual a lo que había dolido las palabras de Inuyasha –. Estas casada, ¿¡qué clase de mujer eres!? –arrepentirse, eso fue lo que hizo al ver como por unos segundos la inexpresión de su hermana cambiaba, y por primera vez desde que tenía memoria su mirada era diferente –. "Jamás ha reflejado tristeza" –y era así, desde que eran niñas jamás había visto a Kikyo actuar con debilidad, ni aunque sintiera dolor. Quiso hablar nuevamente, para tratar de resarcir lo que había dicho, pero Kikyo no se lo permitió.
-Eres igual a todas esas moralistas hipócritas. Me juzgas cuando fuiste tú quien se entregó a un hombre al cual no estaba prometida. No tienes derecho a juzgarme, no has visto, ni vivido lo que yo… tú solo viviste en tu pequeña burbuja, viviendo la vida que fue formada para ti, mientras yo me quede aquí… sola, sobreviviendo, y eso lo logre gracias a lo que ahora soy –su voz sonaba seria, mostrando una frialdad que solo su mirada superaba.
Se sintió fatal, ella amaba a su hermana, pero no podía evitar sentirse engañada y dolida… sobre todo dolida, porque sabía que su amor jamás seria correspondido.
-Kikyo,…
-No entiendo porque estas enojada, si fuiste tú quien se interpuso –dijo interrumpiéndola, haciendo que a la otra chica se le cristalizaran nuevamente los ojos –. Si no hubieses aparecido nuevamente en mi vida, todo hubiese sido diferente entre Inuyasha y yo, pero el destino quiso que las cosas se dieran de esta forma… si el destino los unió, quien soy o eres tú para cambiarlo – solo hablaba sin dejar de mirar de forma fría a su hermana.
-"Si no me hubiese interpuesto, ellos estarían juntos"- quería hablar, pero no podía. Sabía que las palabras de Kikyo eran ciertas, y dolían, porque ella los había condenado.
–Nunca me entregue a Inuyasha, si eso es lo que te preocupa. Todo entre nosotros ya fue hablado y ustedes se casaran
A pesar de que escucho que su hermana la llamaba, no detuvo su camino hasta la salida de la habitación. Inmediatamente cerró la puerta una pequeña lagrima bajo lentamente por su inexpresivo rostro, la cual limpió. Aunque no quisiera aceptarlo, las palabras de Kagome le dolieron, tanto que ni siquiera fue capaz de seguir en aquella habitación. La única persona que siempre procuraba complacerla y acompañarla, también la lastimaba –. "No necesitas ni siquiera de ella"-no entendía por qué aún no dejaba de sentir, para que todas aquellas palabras que había escuchado desde niña dejaran de dañarla, incluso en su soledad.
No había dado ni dos pasos, cuando fue jalada hasta la habitación de en frente. Todo fue tan rápido que ni siquiera pudo apartarse antes de ser atrapada contra la pared. Su barbilla fue levantada de forma brusca, sintiendo unos labios sobre los suyos.
-Te extrañe tanto –dijo sin dejar de darle pequeños besos apasionados. Ella mantenía los labios unidos.
Lo empujo suavemente. Lo que menos quería ahora era tener una lucha por su dominancia con su primo –. Tengo que irme
–Esta noche te quedaras conmigo. Ya no soporto estar separado de ti –dijo mientras acariciaba la piel, del brazo derecho, de la chica que era visible gracias al vestido azul de mangas que le cubría hasta los codos.
La arrastro hasta la cama y en ella la lanzo. Desde hacía años la estaba deseando, pero hasta ahora no se le había entregado lo que le pertenecía por derecho… ese derecho que le había otorgado la muerte de su tío y el consecuente abandono a Kikyo.
Con su mano libre empezó a subir lentamente por su pierna, levantando su vestido en el proceso. Siempre le había encantado tocar su piel, esa piel que parecía quemarle con cualquier pequeño contacto.
-Si quieres obtener mi cuerpo lo tendrás… -se levantó un poco, al tiempo que retiraba la mano de él de su pierna, y acercaba su rostro al de él –. Cuando me saques de esta Isla, lo tendrás –sabía que estaba jugando con fuego, pero Bankotsu, era la única opción rápida que por ahora le quedaba si quería alejarse de Naraku antes de ser destruida.
Él sonrió antes de atrapar nuevamente sus labios, en un beso que ella tuvo que responder, dejando por primera vez en su vida su orgullo de lado. Odiaba ser tan dócil, pero si quería alejarse de Naraku lo antes posible, no tenía otra opción. Cerró los ojos con fuerza al sentir aquella invasión en su boca, que no le agradaba. Era tan brusca que le hacía un poco de daño.
Inconscientemente sus manos subieron al pecho de él para alejarlo, pero lo único que pudo hacer fue aferrarse con fuerza a la camisa azul que llevaba él. Apretó más el agarre cuando sintió como la mano de él bajaba por su costado hasta llegar nuevamente hasta su pierna, desde donde empezó a subir nuevamente hasta su cadera, la cual agarro con fuerza para pegarla aún más a su cuerpo. Ese agarre le dolió, sumándose al dolor que ya sentía por lo que le había sucedido el día anterior.
Aunque su orgullo quedara nuevamente por el piso, tenía que aceptar que sentía miedo… ese miedo que había sentido el día anterior en manos de aquellos hombres.
-No soy estúpido, Kikyo –dijo sin dejar de sonreír, al tiempo que uno de sus dedos se colaba suavemente debajo del cinto de su ropa interior –. Sé que aunque ahora te ofreces, después buscaras la forma de traicionarme –su mano completamente entro debajo de su ropa interior amenazando con bajar a aquel lugar que le estaba prohibido. Uno de sus dedos empezó a bajar suavemente hasta llegar a su pelvis, pero ella lo detuvo.
-Solo pido algo insignificante. Obtendré lo que quiero y tú lo que siempre has deseado –dijo mientras apartaba la mano del hombre lejos de su cuerpo –. Tú decides si aceptas, o no
Él sonrió nuevamente. Sabía que en ella no se podía confiar, después de todo la había hecho a su imagen y semejanza, combinando su inteligencia y belleza de forma perfecta. Pero lamentablemente esa perfecta combinación se venía en su contra, porque a pesar de saber que ella podía ser ágil y venenosa como una cobra, la seguía deseando.
Junto sus labios a los de ella. Él la deseaba, y sería el único que la obtendría, aunque se consumiera en el intento. Trato de profundizar el beso, pero el llamado a la puerta lo saco de su embelesamiento.
-Bankotsu, ¿estas con Kikyo?, un hombre vino a buscarla
Con una mueca de desagrado se apartó de ella, y le hizo un movimiento para que ella se levantara –. Pronto que saldrás de ese lugar –sin volver a mirarla, camino hacia la puerta, y la abrió –. Si –dijo con una pequeña sonrisa -. Me estaba contado lo feliz que era con su esposo
-Al cual no creo que le agrade que se encierren a hablar a solas –dijo de forma seria. No sabía qué clase de educación le había dado su suegra a Kikyo, pero al parecer no era la correcta.
-Lo cual sería una completa estupidez, tía –dijo con una pequeña sonrisa, jalando hacia él a la chica que hasta ahora había permanecido en silencio –. Kikyo, siempre ha sido y será como mi pequeña hermana –dijo antes de darle un pequeño beso en la frente.
Miraba sin poder creerlo cada objeto que se encontraba en aquella habitación que le había indicado Kaede. Tenía que reconocer que la habitación era sorprendente. En ella había gran diversidad de armas, espadas, dagas, hachas, lanzas, armas de fuego, inclusive algunas que jamás había visto en su vida. Pero entre todas hubo una que inmediatamente capto su atención… un arco. Camino hasta el, y toco con delicadeza cada parte del arma.
Era su arma favorita, por el simple hecho de que cuando practicaba con su padre solo eran ellos dos, nada a su alrededor existían, solo ellos. En esas ocasiones Kagome no los acompañaba, ya que su madre decía que ese era un deporte para varones, añadiendo a este hecho, que su hermana tenía una pésima puntería, cosa que agradecía siempre que estaba solamente ella y su padre.
Resoplo con molestia al percatarse de su ropa, jamás podría practicar con ese estúpido corsé que le impedía hacer prácticamente cualquier movimiento que no fuera caminar. Después de algunos minutos se cambió con la ropa que Kaede le había prestado, una camisa morada y unos pantalones negros.
Había decidido practicar en el jardín, colocando ella misma los objetos donde debía disparar. Cuando tenso el arco por primera vez una mueca de molestia a parecía en su rostro.
-"Estúpida, Kagome" –como se atrevía a cuestionarla, ella no era nadie y mucho menos la conocía para hacerlo. Kagome no era más que una hipócrita al igual que su madre –. "No merece que sienta ni siquiera lastima por ella" –pero a pesar de que siempre se lo había repetido, jamás lo había logrado.
Agarro el pequeño vaso de la mesa sin dejar de mirar por la ventana. Había visto cada uno de los movimientos que ella realizo desde que había llegado a esa parte del jardín. A pesar de que había tratado de ignorarla, inconscientemente sus ojos buscaban su pequeña figura, que dándose perdidos en ella, hasta que se maldecía internamente al percatarse en lo que se había concentrado.
-No me digas que te está empezando a interesar
-Siempre lo ha hecho… pero lamentablemente para Inuyasha, estoy perdiendo el interés –dijo sin mirar al hombre de coleta que lo miraba fijamente.
Cuando quedo solo en aquella habitación, sin motivo aparente sus pies se movieron, sin percatarse el camino que seguían, hasta llegar hasta donde ella se encontraba.
-Así que te gustan los deportes de puntería –ella se giró, volviendo a tensar nuevamente la cuerda del arco, y sin pensarlo disparo. La flecha paso muy cerca del rostro de su esposo, pero este ni siquiera se inmuto, solo miro de reojo hacia atrás –. Tengo que reconocer que tienes buena puntería –ella estaba vestida con una camisa y pantalón negro, mientras que su cabello estaba recogido en una coleta baja.
-Sería tan… fácil –dijo mirándolo fijamente, tensando nuevamente el arco.
-Tienes razón, pero sería igual de estúpido – a pesar de que ella ahora le estaba apuntando a la cabeza, él la seguía mirando con prepotencia - .No saldrías viva de aquí
-Si tengo que dar mi vida para que una sanguijuela como tú desaparezca, la daría complacida - volvió a girar dándole la espalda, y disparo –. Pero todavía no es el momento –dijo mirándolo de soslayo.
- No serias capaz de matarme. No tienes las agallas suficientes –dijo con una sonrisa de lado, pero después se puso totalmente serio –. Si algún día te atreves a intentarlo, si me matas obtendrás todo lo que quieres, pero si fallas… créeme, no querrás hacerlo
Sabía que no tenía nada que hacer allí, y menos después de su "agradable" platica, pero no se movió. Camino hacia ella; agarro suavemente la mano de la chica, sin dejar de mirarla fijamente a los ojos. Sabía que estaba mal lo que estaba haciendo, pero no lo podía evitar, su maldita piel parecía nuevamente llamarlo.
Ella solo le sostenía la mirada, era raro, pero su mirada era… diferente. No sabía explicarlo, pero no era aquella mirada que él siempre mostraba. No era esa mirada que siempre reflejaba lo podrida que estaba su alma.
Retiro el arco que ella sostenía, y después de prepararse disparo, exactamente arriba de la flecha que ella había lanzado. Dejo el arco en una pequeña mesa que estaba cerca, y después se fue sin mirarla. No sabía por qué había hecho eso, pero lo enojaba dejar llevarse por unas patéticas emociones –. "Solo ocurre con ella" –estaba seguro de que nada que no pudiera controlar estaba sucediendo. Él simplemente detestaba a esa mujer, casi sentía lo mismo que sentía por los bastardos de los Taisho y el malnacido de Onigumo. Lo único que lo estaba descontrolando un poco era la maldita prepotencia y falta de temor que esa simple mujer le mostraba a él. Odiaba a esa mujer, tanto que solo con tenerla cerca todos sus deseos más sádicos salían a flote, siendo ésta la razón de que su maldita imagen no lo dejara en paz… él quería torturarla hasta que ella suplicara que se detuviera, nada que no pudiera manejar –."Pronto suplicaras la muerte, Kikyo". Se detuvo a unos metros sin girar –. Por cierto, no sé cuál es la fijación que tienes por mi ropa, pero te queda espantosa
Tenso nuevamente el arco, y sin dejar de mirar la espalda del hombre que seguía su camino, disparo al blanco, imaginando que a quien le disparaba era a él. Se regañó mentalmente por no haber caído en cuenta de quien eran las ropas que le había dado Kaede, ya que ninguno de los hombres, que a veces veía por los pasillos, utilizaban esa clase de vestimentas.
-"Además… huelen a él"-una expresión de desagrado apareció en su rostro al percatarse de ello.
Tenía que aceptar que cuando fue a invitar a salir a su "prometida", no le hubiese sorprendido que ella se negara abiertamente a su "compromiso", pero lo que nunca se le hubiese pasado por la cabeza fue la razón que ella le dio. Después de lo que para ambos fue una eternidad dejo de mirar el techo para mirarla a ella.
-D-Discúlpame –ni siquiera se atrevía a mirarlo. Sentía mucha vergüenza por lo que debía estar pensando Kouga de ella en esos momentos.
-No comprendo por qué te disculpas
Ella levanto la mirada sorprendida, pero lo que vio la sorprendió más. Él no parecía estar enojado, estaba… sonriendo. No entendía por qué lo hacía, si después de lo que le dijo, él debería estar ofendido.
-No has hecho nada malo –dijo sin dejar de sonreír –. Aunque tengo que aceptar, que lamento no poder seguir cortejándote
-¿Nada malo?, perdí lo único que me daba valor a mí y a mi familia –dijo con la cabeza gacha. Él le agarro la barbilla e hizo que lo mirara.
-No vuelvas a repetir esa tontería. Eres una chica hermosa en toda la extensión de la palabra, no solo físicamente eres hermosa, tu alma… es una de las más hermosas que he conocido hasta ahora –dijo con una pequeña sonrisa, mientras acariciaba su mejilla –. Eres tan hermosa e inocente que eso se convirtió en una gran debilidad, de la cual ese cobarde se aprovechó. Te entregaste sin pedir nada a cambio, y aunque ya no poseas tú virtud eso no hará que pierdas esos hermosos sentimientos que posees. Quien cometió un error y perdió su valor fue él
-Ni siquiera mi madre piensa eso –dijo con una pequeña sonrisa forzada. Ella sabía que aunque eran unas hermosas palabras, lamentablemente no eran ciertas, por lo menos no para la sociedad. Ella estaba marcada desde el mismo instante en que se había entregado a él. Una marca que nunca se quitaría sin importar que hiciera, y que cargaría como una cruz hasta el día de su muerte.
-Pues al demonio con lo que piensen los demás. Una mujer no vale por la presencia o no, de un insignificante tejido. Si te preocupa deshonrar a tu familia, yo puedo ayudarte, para eso están los amigos, o ¿no?
Se le cristalizaron los ojos mientras sonreía. ¿Por qué no pudo conocer a Kouga primero?. ¿Por qué había sido tan tonta de dejarse llevar por unas simples ilusiones de niña estúpida?. Si, ilusiones, eso era lo único que eran y serian esos sentimientos que nunca debió tener por Inuyasha.
Él la abrazo, acariciando al mismo tiempo su cabello que se encontraba suelto. Debía reconocer que si, en un principio él quiso lo mismo que ese hombre había conseguido, y aunque le daba un poco de rabia que le hubiesen hecho eso a un ser tan puro como ella, estaba agradecido de no haber sido él, porque de haber sido así, se hubiese arrepentido por el resto de su vida.
-¿Me contaras? –ella se revolvió un poco incomoda al saber a qué se refería él -. Puedes confiar en mí, después de todo somos amigos, o ¿no? –la aparto un poco para poder observarla a los ojos.
Quería confiar en él, pero ¿si su familia se enteraba?. Ella no quería que Inuyasha se viera obligado a casarse con ella, y ahora menos que sabía que su hermana y él se amaban.
-Prometo no decirle a nadie el nombre impronunciable –dijo con una pequeña sonrisa, para infundirle confianza, pero lo cierto era que esa era una promesa que no estaba dispuesto a cumplir. El responsable de tan denigrante acto tenía que pagar, o por lo menos hacerse responsable, y él estaba dispuesto, si era necesario, a obligarlo. Ella pareció dudar por unos segundos, pero después de mirar nuevamente ese pequeño cielo que reflejaban los ojos de él, sintió paz, una que le infundio valor.
-Se llama… Inuyasha –fue un susurro casi inaudible, pero él lo entendió a la perfección.
Enojarse, o burlarse por lo cobarde que había resultado ser el chucho, definitivamente no lo sabía, pero lo que si sabía era que le partiría el hocico inmediatamente lo viera. La bestia esa se había metido, utilizado y botado algo que él había decidido que sería suyo, cosa que por lo menos en mujeres, jamás había sucedido, pero igualmente lo enojaba.
-Creo…-sus palabras murieron, y una pequeña sonrisa que casi no pudo disimular apareció en su rostro. Tal vez le había ganado una partida, pero con la jugada que él había hecho y con esta, él ganaría todas -. Creo que tengo la solución a este problema. Casémonos
Ella lo miro como si él le estuviera proponiendo hacer una locura. Kouga ahora era su amigo, y no consideraba que fuese justo con él, que se hiciera cargo de algo que no le concernía.
-No puedo aceptar esto. No sería justo contigo
-Kagome, tú necesitas un esposo y yo una esposa, será un trato que nos conviene a los dos. No es por lastima, si es lo que piensas, no he cambiado mi opinión sobre ti, y si llegara a desistir de casarme contigo, seria para que te casaras con él. Hagamos un trato, nos casaremos, y si no funciona en un año nos separaremos y te daré una pensión hasta el resto de mis días
-Pero…
-No me des una respuesta ahora, solo piénsalo y hablaremos después –dijo para después besarla en la frente y dirigirse a la salida.
¿Casarse con Kouga?, nunca se le había pasado por la cabeza, de hecho desde que había conocido y entregado a Inuyasha, no se le paso por la cabeza casarse con alguien que no fuera él. Ya se había hecho la idea de que permanecería sola por el resto de su vida, no solamente porque ya no tuviera su virtud, sino por él… por Inuyasha. Hizo un movimiento negativo con la cabeza, debía olvidar esa infantil ilusión –."Su corazón solo le pertenece a ella" –tal vez aunque Kouga se lo estuviera proponiendo no sería justo con él, no sabía si llegaría a amarlo –."Pero ella merece ser feliz" –una pequeña lagrima corrió por su mejilla derecha en el momento en que el hombre llego a la puerta y su boca se abrió.
-Acepto –inmediatamente esas palabras salieron de su boca, sintió una pequeña opresión en el pecho, y aunque sus ojos se cristalizaron totalmente sonrió –."Es lo correcto" –era lo único que se repetía mientras se dejaba abrazar por él.
-Me casare
El hombre que leía algunos documentos miro hacia donde el más joven, frunciendo el ceño. Poniendo, si era posible, más nervioso al más joven.
-¿En qué momento te comprometiste?, nunca quisiste tratar el tema –dijo mientras se quitaba los anteojos.
- En realidad es lo que pretendo, aunque sé que no será fácil obtener una respuesta positiva –su padre frunció el ceño más, ante lo que había escuchado -. Después le contare los detalles –dijo tratando de que no se le notara lo nervioso que lo ponía hablar sobre el tema, mientras que internamente rogaba que su padre no quisiera indagar sobre ello.
-Realmente me sorprende, pero me alegro que tú mismo tomaras la decisión, ya que Kouga se comprometió hace mucho y…
-No me casare porque el sarnoso lo haga –dijo de forma seria, mientras se levantaba –. Lo hago porque es mi deber
-A pesar de los años siguen con esas rencillas infantiles –dijo de forma resignada –. Deben mejorar su actitud, especialmente tú, Inuyasha –respiro profundo, preparándose para lo que vendría después de su declaración –. Nos asociaremos con la familia Ookami
Inuyasha empezó a reír. ¿Había escuchado bien?, ¿su padre pretendía asociarse con el maldito sarnoso?. No, eso no podía estar sucediendo. Solo existían dos explicaciones lógicas, su padre con los años se estaba volviendo un bromista de mal gusto, o él se estaba volviendo loco… si definitivamente era eso, se estaba volviendo loco. Eso que creía haber escuchado jamás pasaría, por lo menos no en esa vida. Miro a su padre esperando a que le dijera que era broma, o que le confirmara que había enloquecido, pero su padre solo asintió.
-¡Estás loco!,–golpeo con la alma de sus manos el escritorio -. Como se te ocurre hacer esa estupidez -estaba visiblemente enojado, pero a su padre parecía no importarle, solo lo miraba con una expresión tan pacifica que lo enojaba aún más.
-Más respeto, sigo siendo tu padre. Solo queremos lo mejor para nuestras familias, y ya que los dos son hombres, la asociación se llevara a cabo por la unión de sus primogénitos, en caso de que sean de sexos opuestos, claro esta
-No puedes –sus manos apretaban con fuerza los bordes del escritorio, tratando de tranquilizarse, pero eso no parecía estar dando resultado. El hombre mayor solo suspiro de forma cansada antes de colocarse nuevamente los anteojos.
-De hecho ya lo hice –ni siquiera lo miraba, solo mantenía su vista fija en los papeles que antes leía. Inuyasha pateo una silla, por lo cual él respiro nuevamente de forma cansada. Su hijo seguía siendo el mismo volátil de siempre –. Hoy viene a cenar Kouga, espero no tener que llamar a alguien para separarlos
Fue lo último que escucho antes de cerrar la puerta con un fuerte golpe. Respiro profundo. La vida se le estaba complicando. ¿Acaso estaba pagando algún Karma, o algo por el estilo?, por qué de tantas personas con las cuales se podía asociar su padre, tenía que hacerlo con la familia del malnacido sarnoso.
-Sabes que esa asocian nos conviene incluso a nosotros –miro en la dirección de dónde provenía aquella suave voz e inmediatamente al ver aquella sonrisa se relajó. Siempre sucedía, desde que era niño, y su madre estaba con él, ella podía calmarlo sin decir, o hacer nada, solo mostrándole una de las sonrisas más hermosas que había visto en toda su vida.
-Lo sé, pero…
-Ya no son niños, deberían intentar llevarse mejor
Respiro de forma calmada, tal vez su madre tenía razón. Kouga en su encuentro había demostrado haber madurado, en cambio él… seguía actuando y hablando impulsivamente.
-Escuche accidentalmente que pretendes casarte –dijo cambiando de tema después de que ambos permanecieran por unos segundos en silencio.
-Es lo que pretendo, pero no sé si ella acepte
-¿Por qué no habría de hacerlo?
-Porque soy un idiota, por ejemplo –ella sonrió, mientras acariciaba suavemente la cabellera plateada del chico.
-Todos los Taisho son así. Aunque tu padre no lo parezca, a veces se comporta de esa forma, y aún más lo hacía cuando era joven
- Le hice daño –miro a un lado, tratando de no recordar como la había visto la última vez –. La trate peor que a una basura. Dije e hice cosas que jamás debí haber hecho y dicho
-Todos tenemos derecho a equivocarnos. Si quieres que ella te perdone, demuéstrale que estas arrepentido, gánate su perdón y corazón
Una pequeña sonrisa irónica apareció en su rostro al mirar nuevamente a su madre -. Ese es el problema, no sé si los quiero… no quiero hacerle daño, aunque eso es lo único que he hecho. Creo haber tomado la decisión correcta, pero solo consigo dañarla
-"Igual como cuando era niño" –al igual que todos los hombres de su familia, se le hacía muy difícil expresar lo que sentía, aún más, cuando estaba confundido -. Su pongo que es bonita –esas palabras llamaron la atención de él, por el giro que ahora su madre quería darle a la conversación –. Es bonita, o ¿me equivoco?
-¿Eh? –había escuchado perfectamente la pregunta de su madre, pero en realidad no sabía que decir. De hecho él nunca se había percatado de eso, o si lo hizo no le tomo mucha importancia –. ¿Ella? –su madre solo asintió ante la expresión idiotizada que tenía Inuyasha –. Pues…-"Te vez hermosa", había dicho una vez, y es que realmente si lo era, no solamente con su cabello suelto, donde mayormente se concentraba aquel suave olor… sus ojos, cuando los había visto fijamente aquella noche se había percatado de que eran realmente hermosos, igual que todo en ella. Sin percatarse en sus mejillas empezó a aparecer, un casi imperceptible, color rosa, producto de las imágenes que estaba rememorando.
-Es hermosa… no solo físicamente –dijo con una pequeña sonrisa, cerrando los ojos -. Sabes… su sonrisa es la más hermosa que he visto, la cual solo es comparable con su mirada
-Por lo menos tienes claro algo –él la miro sin entender. Ella sonrió de forma maternal, y acaricio suavemente las mejillas del chico -. Es claro que te gusta
-¡Claro que no! –dijo ruborizándose involuntariamente por completo. Kagome, no le gustaba. ¿De dónde rayos su madre había sacado esa tontería?. Él jamás podría ver a Kagome de esa forma –. De hecho me he equivocado, ella no es más que una simple niña fea –dijo cruzándose de brazos, mientras miraba hacia un lado, para que la mujer no se percatara que el sonrojo iba en aumento.
Ella solo sonrió. Su hijo jamás cambiaria.
Sin ser consciente de lo que hacía, apretaba un vaso, hasta que este cedió. Miraba fijamente el vacío, sin ninguna expresión, mientras la bebida que antes contenía el vaso se mezclaba suavemente con su sangre. No sabía qué demonios le pasaba, pero no le agradaba. Él, quien siempre había podido manejar sus emociones, y consideraba seres inferiores a quienes se dejaban arrastrar por ellas, estaba allí, pensando nuevamente en ella.
Después de haber hablado con ella hacia algunas horas, creyó que su maldita imagen dejaría de colarse sin su permiso en su mente. Pero había sido todo lo contrario, porque no había podido, por más que quisiera, dejar de pensar en ella. Lo cual no fuese tan extraño, porque sabía las ansias que tenia de acabarla, si la imagen que aparecía constantemente en su cabeza no fuera la de la noche anterior.
A su mente no solo llegaba esa imagen, también llegaba aquel suave y desagradablemente excitante maldito olor. No podía dejar de pensar en su piel, que parecía enviarle una suave, pero tentadora invitación a que la tocara, y a la cual, aunque pareciera patético, él no podía rechazar por más que quisiera… su cuerpo, que aunque podría jurar conservaba todavía algunos rasgos de una niña, por alguna razón que no entendía, lo ponía un poco incómodo… se maldijo mentalmente, él no era un hombre que se dejaba llevar por la pasión. Nunca le había pasado algo como aquello. Él no era como Onigumo y, a Kikyo no la deseaba y jamás lo haría.
-"Tal vez querer acabar con los Taisho, me estaba afectando" –sí, sabía que era una excusa patética, pero era mil veces mejor a pensar que había heredado esa maldita debilidad de Onigumo. Él jamás caería ante y por una mujer; obsesionarse con una, jamás sería su perdición.
Cerro los ojos, y respiro profundo. Tal vez solo necesitaba aliviar tensiones… tensiones que no se había percatado que últimamente aliviaba demasiado con Yura.
-¿Nuevamente en tus debates internos?
Abrió los ojos al escuchar aquella voz. Miro hacia la puerta, y vio a la mujer que se dirigía a él de forma sensual.
-No te he mandado a llamar, o ¿sí?-abrió la mano, y los pedazos de vidrio cayeron al piso –. Lárgate - ella no respondió, solo siguió su camino hasta llegar a él. Agarro suavemente la mano de él entre las suyas, y la envolvió con uno de los pliegues de su vestido.
-No lo has hecho, pero mi deber es cuidarte, aunque no lo necesites
Ni siquiera la miraba. Ella siempre le había parecido una mujer patética, que se dejaba llevar fácilmente por sus emociones, lo cual podía traerle algunos problemas, y aunque sabía que lo mejor hubiese sido deshacerse de ella completamente, lamentablemente en algunas ocasiones le era de utilidad.
Cerró los ojos, tratando de relajarse totalmente. Necesitaba concentrarse en cosas que realmente fueran de utilidad, y dejar de pensar en tonterías.
Sintió como suavemente una mano subía por su muslo, pero cuando llego al inicio de la pelvis la detuvo. Se estaba aburriendo de Tsubaki, y cuando él se aburría de alguien, solo lo desechaba. No entendía por qué era tan estúpida en pensar que a él lo podía manejar como al bastardo de Onigumo, ese cerdo que hasta una escoba con vestido, era su debilidad.
-No entiendo porque me desprecias. Soy la única que te comprende, y puede amarte a pesar de todo –el agarre en su mano fue disminuyendo. Él la miraba fijamente hasta que la soltó, y su mano subió inconscientemente, hasta tocar uno de aquellos suaves mechones de cabello. Eran lacios y tan negros como los de ella –. Estamos destinados a estar juntos –cerro los ojos, al mismo tiempo que su mano pasaba de su cabello al rostro. Aunque estaba acariciando el rostro de la mujer que tenía enfrente, no era a ella quien inconscientemente veía en su cabeza.
Sonrió al percibir esa pequeña caricia. Él jamás lo había hecho con ninguna otra. La mano de él se detuvo en sus labios, al mismo tiempo que abría los ojos. Sus ojos parecían dos llamas infernales que la llamaban. Su respiración había aumentado de ritmo, por lo cual ella sonrió. Aunque no lo aceptara, él la deseaba.
Empezó nuevamente a limpiar la herida sin dejar de míralo. Saco lentamente su lengua, y la paso suavemente por el lugar, para después relamerse los labios, incitándolo con lo que ella sabía jamás podría resistirse… la sangre. Ella los unió, y los uniría por siempre.
Tal vez eso era lo que necesitaba para erradicarla de su cabeza. Esa maldita imagen recurrente no significaba nada para él, solo se encontraba estresado y con eso todo pasaría, podría volver a controlar, como siempre lo había hecho, sus emociones, solo tenía que demostrar, pero sobre todo demostrarse, que esa insignificante mujer no era nada en su vida.
Bajo su mano lentamente hasta el cuello de ella. Era una caricia suave y excitante, que solo él podría darle. Ella cerró los ojos, dejándose llevar por aquella excitante sensación. Sin previo aviso la agarro fuertemente por el cuello, y con un solo movimiento la levanto junto con él. Ella abrió los ojos y sonrió, solo ella lo conocía, sabía que debía hacer y decir para llevarlo a la cumbre del placer.
La soltó de forma brusca en el sofá donde antes él estaba sentado. Ni siquiera se quitaron la ropa, él simplemente subió el camisón, color crema que ella llevaba, lo suficientemente para poder colocarse entre sus piernas, mientras ella le bajaba toda su ropa inferior. Ella había esperado eso por años, y al fin se le era nuevamente dado. Se agarró fuertemente de uno de los brazos del sofá, por la fuerza con que él la había llenado. Los movimientos de él eran tan fuertes, que rápidamente la arrastraron al placer.
-Sabia… que volverías… a m-mi –dijo como pudo ante las envestidas que él le daba. Aunque él la envestía de forma fuerte, al mismo tiempo que agarraba sus caderas sin ninguna delicadeza, no le importaba, porque sabía que a él le gustaba el sexo de esa forma, y a ella por complacerlo no le importaba, aunque tenía que aceptar que esa forma, que solo él tenía para tomarla, le encantaba –. ¡Ahhh!
Ni siquiera escuchaba nada de lo que ella decía, solo se concentraba en tratar de liberar de alguna forma la rabia que sentía, y que se aumentaba al pensar en ella –. "Kikyo" –nuevamente sin ser consciente de ello, aquella imagen enmascaraba todos sus pensamientos. Cerró los ojos, y un suave olor llego a su nariz excitándolo más -. "Orquídea negra y vainilla –abrió los ojos, y miro fijamente esos pequeños ojos que sin ser consciente de ello, ahora eran cafés y lo miraban con lujuria… una lujuria que casi no podían contener. Subió su mano hasta acariciar el contorno de su boca. Esa boca de la cual solo salían palabras para desafiarlo –. "Kikyo" - acerco su rostro al de ella, y la beso… un beso que le demostraría que ella desde ahora le pertenecía solo a él, y no al bastardo de Inuyasha.
-Voltéate –lo dijo de forma ronca, pero ella estaba tan sumida en el placer que ni siquiera lo escucho. Con un solo movimiento la giro, dejándola de espaldas hacia él. La agarro de forma fuerte por la cadera, mientras que con su otra mano subía hasta su cabello, donde agarro de forma suave un mechón, para después bajar lentamente por la espalda de ella. Su piel era tan suave y blanca, que a la luz de la luna parecía brillar… era como ver un pequeño y resplandeciente diamante en todo su esplendor.
-¡Ahhh!
-Kikyo –había sido un pequeño susurro inentendible del cual ni siquiera él se percató, antes de sentir como lentamente nacía esa descarga de placer que se extendía con rapidez por todo su cuerpo.
Respiro profundo antes de tomar la mano que el hombre le ofrecía para ayudarla a bajar del carruaje. No sabía si había hecho bien en aceptar la propuesta de Kouga, de la cual en ese preciso momento se estaba arrepintiendo. Justo después de haber aceptado casarse con él, le pidió que lo acompañara a una cena con sus nuevos socios.
-Esta fue la razón por la cual volví. Decidieron asociarse por la unión de los primogénitos –dijo mientras eran guiados por un mayordomo. Ella se quedó sorprendida por el lugar, aunque era una hacienda era muy hermosa. No podía dejar de observar los cuadros y flores que adornaban el lugar –. La señora Izayoi, tiene un gusto exquisito –dijo al percatarse de que la chica no iba atendiendo nada de lo que él decía. Ella lo miro un poco sonrojada, por lo cual él sonrió –."Es realmente tierna". Son realmente buenos en los negocios. El señor Inu no, es un general, siempre lo admire, de hecho, fue el quien me inspiro para entrar a la milicia, pero lamentablemente después de la muerte de mi abuelo no pude seguir –dijo con un poco de nostalgia -. El señor Inu no, es uno de los hombres más rectos que conozco, pero lamentablemente su hijo es un idiota –dijo con una expresión de molestia, mezclada con una de burla, lo cual le causo gracia a la chica, provocando que sonriera. Él se detuvo, y la observo por unos segundos –. Supongo que ya te lo han dicho cientos de veces, pero igual te lo repetiré… –ella se quedó observándolo con suma atención, esperando lo que él tenía que decirle, pero lo que hizo la sorprendió y ruborizo –. Tienes la sonrisa más hermosa que he visto en mi vida –dijo antes de darle un pequeño beso fugaz en los labios –. Espero verla hasta el último día de mi vida
Trato de concentrarse nuevamente en los cuadros para olvidar lo que Kouga había hecho unos segundos antes, pero lamentablemente la incomodidad no se iba, y tal vez jamás lo haría –. "Tienes que acostumbrarte" –escucho una pequeña voz en su cabeza, que aunque sabía que tenía la razón, su corazón se negaba a aceptarlo.
En el centro de la sala de estar, los esperaba un hombre alto, y al lado de éste, una mujer que le pareció muy hermosa. Al observar al hombre palideció. Eso no podía estar pasando, él no podía ser…
-Él es el general Inu no Taisho –el aludido agarro su mano y la beso –. Ella es la señora Izayoi –la mujer hizo una pequeña reverencia al ser mencionada –. Con todo respeto, sigue igual de hermosa a como la recordaba
-Gracias, siempre tan galante –dijo con una pequeña sonrisa, pero al ver a la chica se puso seria –. ¿Estás bien querida?
Ella asintió. No podía creer lo que estaba sucediendo, ellos eran los padres de Inuyasha. Mentalmente imploraba para que él no estuviera allí esa noche, pero al mirar hacia la chimenea su cuerpo tembló. Él estaba de espaldas mirando el fuego. En ese momento quiso que la tierra se abriera y se la tragase. Por qué cuando había decidido seguir con su vida, el destino era tan cruel.
No tenía el más mínimo interés de estar en ese lugar. Escucho atentamente cuando el sarnoso llego, y parecía estarle presentando a sus padres a alguien.
-Ese tonto de allí… es Inuyasha Taisho –inmediatamente escucho como lo nombro se giró para encararlo. Había tratado de ser amable con él, pero ese maldito sarnoso no parecía querer cooperar. Estaba dispuesto a lanzarle un improperio sin importarle nada, pero de su boca no salió ni un solo sonido al percatarse de quien llevaba su brazo entrelazado con el de él. No podía entender que hacia allí ella, y precisamente con él.
-Ella es mi prometida, Kagome Higurashi
La miro a ella tratando de entender que estaba sucediendo, pero ella aparto la mirada, y sonrió, haciéndole una pequeña reverencia a sus padres.
-Mucho gusto
-Tienes un excelente gusto en las mujeres, Kouga, tu prometida es muy hermosa –dijo el mayor de los hombres, haciendo sonrojar a la chica. El aludido en respuesta solo la pego hacia él, antes de besarla en la mejilla mientras sonreía.
-"¿Qué demonios…?"-no sabía que pretendía Kagome, pero no le estaba agradando. Se suponía que era él quien debería presentársela a sus padres, después de todo ella era… -."Nada" –sin querer soportar más la escena, carraspeo, provocando que Kouga lo mirara, y ella se ruborizara a un más.
La cena había sido muy tensa, por lo menos para ella, ya que los demás no parecían notar las miradas que le hacia Inuyasha, y las cuales trataba de ignorar, pero por más que lo intentara, no podía evitar sentir una fuerte atmósfera sobre ella. Se sentía tan incómoda por esas miradas, que decidió dejar de comportarse como una niña asustadiza, y lo miro. Pero lo que vio en sus ojos hizo que cualquier nervio que sintiera al estar con él en el mismo lugar desapareciera –."¿Reproche?" –¿acaso la estaba señalando por algo?. No entendía que estaba sucediendo, pero no se dejaría intimidar por él, cuándo ella no había o estaba haciendo algo malo.
Quien cometió un error y perdió su valor fue él
Recordó lo que Kouga le había dicho, y por primera vez desde que se había entregado por aquel supuesto amor, que creyó que ambos sentían, se sintió bien consigo misma. Frunció el ceño, y al igual que él lo hacía, lo empezó a acribillar con la mirada, para después de unos segundos ignorarlo totalmente.
Después de cenar, los hombres entraron en una reunión dejándolas a ellas en la sala de estar. Él ni siquiera sabía de qué tema estaban tratando su padre y el sarnoso. Solo notaba que sus bocas a veces se movían, pero nada de lo que decían era entendible para él.
-Inuyasha, ¿qué opinas?
No podía dejar de pensar en que rayos pensaba esa niña tonta. Primero se presentaba en su casa con el sarnoso como si nada, y hacia como si jamás en sus vidas se hubiesen visto. No sabía que rayos estaba pasando, pero esa tonta le debía una explicación. Se suponía que él debía responder por lo que sucedió, entonces ¿ por qué demonios estaba con el sarnoso?. Acaso ella y él…
-¡Inuyasha!
-¿Eh?-giro hacia su padre. Definitivamente necesitaba salir de allí –. Lo siento, me siento un poco indispuesto –sin decir más salió de la habitación.
Espero no tan pacientemente la oportunidad para hablar con ella, la cual solo llego cuando gracias a él, intervino uno de los empleados. Inmediatamente su madre salió entro a la estancia.
-Necesitamos hablar, Kagome
-No le he permitido llamarme así señor Taisho, a mi prometido podría molestarle –dijo con evidente molestia sin mirarlo. Cosa que evidentemente lo molesto.
¿Eso era enserio?, él no tenía derecho a llamarla por su nombre porque al sarnoso podría desagradarle. Y eso a él que le importaba, ella era Su mujer, y por ende tenía derecho a llamarla como se le diera la real gana. Negó mentalmente, ella no era nada de él, y aunque se hubiese entregado a él, no le daba derecho a referirse a ella de esa forma, no después de lo que le había dicho. Respiro profundo tratando de calmarse, no quería perder los estribos, y que su enojo hablara por él.
-No quiero obligarte a salir, Kagome –ella no se movió del sofá, de hecho seguía sin mirarlo, como si nadie más que ella estuviese en esa habitación.
Quería ser amable con ella, pero esa niña terca se lo estaba poniendo difícil. Sin más remedio la agarro por un brazo, y la jalo hasta el pasillo contrario.
-Suéltame, o gritare
-Hazlo, así todos se enteraran de lo que sucedió entre nosotros, y puedes jurar que mañana al amanecer estaremos casados –se rindió. No protestaba, pero eso no quería decir que le hiciera fácil llevarla por aquel pasillo. Cuando llegaron a la primera puerta de aquel pasillo, la obligo a entrar –. ¿Qué es lo que pretendes? –dijo lo más calmadamente que pudo.
-Nada que tenga que explicarte –su voz y expresión eran totalmente serias, lo cual por una fracción de segundo le hizo pensar que con quien ahora estaba era con Kikyo. Se regañó mentalmente, este no era el momento de confundirlas, y menos cuando ellas eran como el agua y el aceite.
-Kagome, no puedes casarte con él, cuando se dé cuenta de que… ya sabes –estaba un poco ruborizado, por lo cual miro hacia otro lado –.Tienes que romper ese compromiso –su tono no fue de pedido, sino de una orden.
-No tienes derecho a darme órdenes. Tampoco tienes por qué preocuparte, nadie jamás sabrá sobre ese Gran error –él la miro, y sin poder evitarlo se sorprendió. Ella tenía un pequeño tic en el ojo, como si tratara de contenerse, cosa que no parecía funcionar totalmente. Respiro profundamente, y aquella dulce expresión que siempre la caracterizaba volvió –. Kouga ya sabe que perdí mi virtud e igualmente quiere casarse conmigo
-No puedes casarte con alguien solo para ocultar una falta –había hecho una promesa, y estaba dispuesto a cumplirla, sin importar que sucediera
-Mi decisión no está basada en eso. Yo quiero a Kouga -dijo tratando de sonar lo más segura que podía. Nunca le había gustado mentir, pero el caso lo ameritaba.
Burlarse de ella era lo que quería en ese momento, por decir tal estupidez. Él sabía perfectamente que ella no podía querer a Kouga. Pero ningún sonido salió de su boca.
T-Te amo
Eso lo había escuchado y entendido perfectamente aquella noche en que la había tomado, entonces ¿por qué ella aseguraba querer a Kouga?
-Mientes. Sé que debes estar enojada por lo que sucedió, pero…
-¡Nada sucedió! –alzo un poco la voz, interrumpiéndolo -. Lo olvide desde ese día y tú también me demostraste que lo habías hecho, por eso no entiendo por qué quieres hablar de ello ahora. Quiero a Kouga, siempre lo he hecho, lamentablemente me deslumbre contigo, y me di cuenta lo que sentía demasiado tarde
¿Qué decir?, sinceramente no lo sabía. Se suponía que ella…ella… era diferente, a todas las mujeres que había conocido, inclusive distaba mucho de Kikyo. Creía que ella era tan inocente y frágil que la había lastimado, pero no había sido más que un idiota, que solo le había servido como experimente por una confusión. Su ego y orgullo, en ese momento quedaron por el piso. Pero lo que más le molestaba era haberse equivocado con ella, era peor que… lanzo una maldición interna. Ella era una mujer sin valor.
-Veo que me equivoque… –dijo de forma baja sin observarla. Estaba tan enojado, que apretaba fuertemente sus manos tratando de reprimir todo ese enojo, y no quedar ante ella como el estúpido que se sentía en esos momentos –. No eres como pensé… creí que había dañado a una niña decente e inocente, pero me equivoque… eres solo una más que se comporta como una…- se mordió el labio inferior para no decirlo, aunque sabía que tal vez se lo merecía, no fue capaz de decirlo -. Solo espero que Kouga te pueda complacer, para que no aclares tus confusiones en otras camas –fue lo único que dijo para después salir sin mirarla, cerrando la puerta con un gran golpe.
Aunque no quería llorar, no pudo evitarlo, esas palabras de parte de él dolían, cada vez dolían más. Se suponía que él quería estar con Kikyo, entonces por qué no olvidaba cualquier estúpida promesa que le hubiese hecho sobre ella, y se iban de una vez por todas de la isla -. ¡Te odio! –dio algunos golpes en la puerta. Lo odiaba. Odiaba que él solamente tuviera palabras de desprecio hacia ella, cuando ella, solo…-. ¡Te odio, Inuyasha! –seguía golpeando la puerta sin dejar de llorar, mientras su cuerpo se deslizaba lentamente hasta el piso.
No fue consiente de cuánto tiempo había pasado, hasta que escucho la voz de Kouga llamándole. Sin importarle si estaba acompañado o no, se levantó y salió del lugar, lanzándose a sus brazos inmediatamente lo vio.
-¿Sucedió algo? –por más que pregunto, ella jamás respondió. Solo se quedaron allí a la mitad del pasillo abrazados, mientras ella seguía llorando.
Inmediatamente sus pies tocaron tierra firme sonrió. A pesar de le molestaba aplazar algo que tuviese planeado, por esta vez había tenido que esperar casi dos semanas para llegar a la isla, aunque debía de agradecer que los asuntos que lo retrasaron quedaban justo en el camino hacia el Sengoku.
Sin importar lo que algunos hombres le preguntaban, siguió su camino hasta una gran roca, donde se sentó. Miro de reojo, y vio a su hermano dándole algunas órdenes a sus subalternos, pero en ese momento eso no le importo. Cerró los ojos, dejándose llevar por la suave brisa marina, sin importarle nada de lo que estuviera pasando a su alrededor.
-Señor, esperamos las órdenes –dijo un hombre alto con un parche en uno de sus ojos –. ¿Atacaremos ahora?
-No, solo vigilen la mansión, se han lo suficientemente precavidos para que Naraku no se dé cuenta –dijo para después darle la espalda al hombre, y caminar hasta una gran roca donde se podía distinguir una figura sentada. Se podía apreciar gracias a la luz lunar, los pequeños destellos que provenían de los pequeños aros en sus orejas, mientras su larga trenza azabache era mecida suavemente por la brisa que venia del mar –. Ya está todo preparado, hermano, nadie se percatara de nuestra presencia a menos que lo queramos
El aludido se levantó de la roca, echando hacia atrás su larga trenza azabache –. Ese bastardo tiene ojos donde menos crees, pero sin importar, lo atraparemos como la maldita rata traicionera que es. Estuve pensándolo y antes de matarlo, quiero hacerle una pequeña visita a su esposa, quiero saber que tan adorable es, Kikyo –dijo con una pequeña sonrisa lasciva, sin dejar de ver el mar.
-¿Estás seguro, hermano?, las cosas podrían complicarse –no era que le tuviera miedo a Naraku, claro que no, simplemente era más precavido que su hermano y bueno, no tan valiente como él.
El aludido solo sonrió, y se acercó lentamente hasta su hermano –. Sabes que detesto que pongan en tela de juicio mis decisiones… -lo agarro fuertemente por el cuello, sin darle tiempo a que el otro hombre reaccionara –. Si no fueras mi hermano, y te quisiera tanto, te hubiese matado hace mucho, Manten –dijo para después soltarlo bruscamente, provocando que éste cayera en el piso, mientras trataba de normalizar su respiración –. Pronto tendré en mis manos la cabeza de esa bastardo, y al fin obtendremos todo, incluso nuestra venganza
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Gabrielle Kravinoff
07/08/17
