Capítulo XI: La cereza del diablo

Agarro un pequeño mechón de cabello azabache entre sus dedos, jugando distraídamente con éste, mientras observaba fijamente el rostro de la chica. Su rostro estaba todavía sonrojado, a pesar de que la fiebre había empezado a disminuir. Algunos mechones de su cabello estaban pegados a su rostro, dándole un toque más infantil y adorable del que ya poseía. Acaricio con su mano libre la mejilla sonrojada de la chica, y sonrió, al comprobar que efectivamente parecía mejorar.

La mujer que permanecía en el marco de la puerta solo observaba la peculiar escena con un poco de aburrimiento. No entendía por qué un chico como él había deseado comprar a una enferma. Inmediatamente la vio, la había deseado, por lo cual le había ofrecido una cantidad irrisoria, cuando ella se negó a venderla por completo. Tenía más chicas que por un pago menor hubiesen hecho cualquier cosa. Inclusive ella se hubiese aventurado a complacerlo gratis. Pero bueno, ya no importaba. No había conseguido placer físico, pero si emocional al recibir el otro pago.

-¿Alguien la ha tocado? –su voz sonaba seria, como si tratara de contener el enojo, pero sus ojos tenían una expresión serena al contemplarla.

-¿Acaso no confías en mí? –su voz era extremadamente suave, dándole una inocencia que su mirada arruinaba. Se acero a él, y sonrió -. No he hecho nada hasta el momento para que dudes de mí palabra. De hecho creo que podemos seguir haciendo algunos negocios… te aseguro que serán cada vez más placenteros –dijo con voz melosa, colocando su mano en la mejilla del hombre, pero cuando ésta, bajaba lentamente por su cuello él, la detuvo delicadamente.

-Por el momento es el único que me interesa… -llevo la mano de la mujer a su boca, y la beso en el envés –. Pero tendré en cuenta su proposición, madame

-Eso espero –dijo con una sonrisa, a pesar de estar un poco decepcionada -. Si alguna vez vuelves de visita a Rasuanimasu, ya sabes dónde encontrarme –la mujer miro una última vez a la chica que permanecía en la cama antes de marcharse.

Se removió perezosamente cuando la luz entro por la ventana, abriendo los ojos segundos después. Observo a su alrededor, tratando de reconocer el lugar, pero no lo logro.

Una puerta se abrió, dejando entrar una figura en la habitación. Era claramente un hombre, que al parecer venia del baño, pero desde la posición en que él se encontraba, ella no podía ver su cabeza. No sabía si se estaba arreglando, o desnudando, ya que la camisa blanca que llevaba estaba claramente abierta. No sabía que estaba sucediendo y tampoco lo averiguaría. Miro hacia su derecha, buscando un objeto con el cual defenderse en caso de que llegara necesitarlo. Agarro el candelabro que estaba sobre la pequeña mesa de noche.

Si lo tengo que hacer para sobrevivir, lo haré

Las palabras que había dicho su hermana se repitieron en su cabeza, y se asustó, pero no tanto como pensar en que ese hombre podría hacerle daño.

-Eh, ya despertaste –escucho la voz, pero no le coloco la más mínima atención, lo único en lo que pensaba era en salir. Cuando sintió que la cama se hundía por el peso, giro el rostro, y se lanzó a la persona. Pero el hombre, a pesar de la sorpresa, logro inmovilizarla, y después la hizo caer de espaldas en la cama. Ella cerró los ojos con fuerza, mientras trataba de liberarse del agarre -. ¿¡Estás loca!?... ¿¡querías matarme!? –acerco su rostro al de ella, hasta tocar suavemente su nariz -. Dijeron que serias obediente. Pero resultaste ser una pequeña salvaje –abrió los ojos. Cualquier grito o inhalación que iba a dar en ese momento murió. El chico que tenía arriba de ella, sosteniendo suavemente sus manos para que no intentara herirlo nuevamente, estaba sonriendo de forma arrogante -. Creo que ahora debes complacerme… -él soltó el agarre en sus manos, pero no se alejó.

No quería. Había jurado no hacerlo, pero no pudo evitarlo, en sus ojos se acumularon rápidamente aquellas lágrimas que había jurado no derramar más.

–Pequeña… – las lágrimas salieron lenta y silenciosamente, bajando por sus mejillas. En ese momento él intento pronunciar algunas palabras, pero éstas murieron en su garganta cuando ella lo abrazo.

-I-Inuyasha… -su nombre se escapó en un pequeño susurro de sus labios. Si estuvo enojada con él, en ese momento lo olvido -. Tuve miedo –ahogaba pequeños sollozos en el pecho de él –. Creí… ellos… -aunque su llanto se había vuelto incontrolable, la aparto un poco, y la miro fijamente.

-¿Ellos…? -nuevamente las palabras murieron en su boca. No quería pensar en ello, y aunque pensaba que tal vez era mejor no saberlo, tenía que preguntarlo -. ¿Te hicieron daño?

Sin que él pudiera evitarlo, nuevamente lo abrazo. Haciendo un movimiento negativo con la cabeza, cuando por fin se refugió nuevamente en su pecho.

Sonrió aliviado. Aunque inicialmente el plan había sido llevarla a su casa antes de que despertara, y que ella jamás se enterara de que estuvo allí en aquella habitación, no solo por ella, si no por lo que había hecho. Habia desobedecido las ordenes de un superior, lo cual podría tener graves repercusiones, a pesar de que no estaba en las filas, si alguien se enteraba. Pero en ese momento no le importo. Solo la abrazo.

Sabía que era ilegal lo que había hecho, pero no le importo. Él solo había pensado en traerla de vuelta cuando la encontró. Además, de que había dos hombres armados. Solo ofreció una suma de dinero, hasta que la dueña del burdel acepto.

No supo cuánto tiempo se quedaron en esa posición. Solo seguían allí, abrazos. Ella acostada en la cama, y él tratando de no aplastarla con su peso.

Se separó de ella, acariciando su cabello y rostro. A pesar de que ya se había calmado, sus mejillas y nariz estaban levemente rojas por llorar. Solo la miraba sin saber que decir.

Se miraron fijamente por unos segundos, hasta que pudo ver, como los ojos de ella se abrían totalmente, como si cayera en cuenta de algo. Lo empujo, sentándose en la cama, y dándole la espalda –. Creí que serias más complaciente –dijo a modo de broma, pero ella ni siquiera lo miro. Tuvo el impulso de tocar su hombro, pero cuando sus dedos casi tocan la piel de ella, se arrepintió -. Lo… siento –había sido un pequeño susurro, que ella apenas había alcanzado a escuchar. Aunque, no sabía cómo iniciar, sentía la necesidad de disculparse con ella –. Kagome, yo… -pero fue interrumpido por el inesperado giro que ella había dado, mirándolo con una expresión de preocupación.

-Kikyo… ¿dónde está? –lo vio palidecer, por lo cual miro a un lado. Sabía que al preguntar por su hermana, ese pequeño momento con Inuyasha se arruinaría, pero no le importo.

-¿Ella…? -aunque trataba de hablar, todas las frases morían en su garganta. Sin poder o atreverse a decir algo, salió de la habitación. Necesitaba encontrarla, y traerla de vuelta.


-¿Dónde está la otra chica? –la mujer se giró hacia él -. Pagare la misma suma por la otra chica… la hermana

-Así que las conoces… lo suponía –dijo con una pequeña sonrisa juguetona -, pero lastimosamente no la tengo –antes de que él pudiera agregar algo, la mujer continuo -. Supe por una buena fuente que ella está aquí en la isla, con su esposo –sonrió coquetamente, y se acercó a él -. Me caíste bien, por eso te daré un consejo… aléjate de ella, sería una lástima que alguien como tú muriera

Frunció el ceño. Sabía a lo que se refería esa mujer, pero a él no le importaba lo que tuviera que hacer, o a quien debiera enfrentarse para ayudar a Kikyo. Estaba dispuesto a irse, pero en ese momento recordó que el esposo de Kikyo le había dado a entender que se conocían. Había olvidado el asunto, pero si esa mujer enfrente de él lo conocía, no lo pasaría por alto.

-¿Quién es él?

La mujer solo sonrió –. Alguien a quien no te gustaría conocer, cariño… solo, sigue mi consejo

Al percatarse de que aquella mujer no le daría ninguna clase de información, decidió irse. Tenía que saber por lo menos el nombre completo de ese hombre para obtener alguna clase de información. Después de haber sido torturado, y a pesar de la apariencia de aquel chico, algo le decía que era un monstruo. Sabía que podría estar exagerando, después de todo el esposo de Kikyo tenía razones para querer asesinarlo, ya que él era el… ¿amante?. O, ¿amigo? de Kikyo. En realidad no sabía cómo catalogar lo que alguna vez tuvieron. Pero aquella mirada lo seguía inquietando, parecía la de un demonio.

No estaba muy contento en que Kikyo estuviera con su esposo, pero al menos estaba bien. Cuando coloco su mano para abrir del carruaje, sus ojos se abrieron desmesuradamente, recordando lo que, hasta ese momento, había olvidado.

-"Kagome… soy un idiota"

No dejo de maldecirse en todo el camino, pero más se maldijo cuando llego al pequeño hotel, y ella ya no estaba.


Terminado el trato por el que había vuelto nuevamente al Sengoku, no le quedaba nada más que hacer en ese lugar, sin embargo, decidió quedarse algunos días. Y, aunque sabía que tal vez al principio a su hijo no le agradaría su presencia, decidió ir a visitarlo, después de todo llevaba cuatro años sin verlo.

-¿Qué haces aquí? –en su voz se podía apreciar claramente su molestia -. Creí que había sido claro la última vez

-No has cambiado en nada –una pequeña sonrisa coqueta apareció en su rostro mientras se acercaba al escritorio, donde se sentó quedando de perfil a él -. ¿No puedes fingir que te agrada la presencia de tú madre?…–lo miro de forma decepcionada sin dejar de sonreír. Se giró hacia él, quedando sus piernas frente a las de él -. Ni siquiera me invitaste a tu… boda –dijo esto último con un pequeño tinte de burla-, me rompes el corazón

-Las iglesias no están hechas para mujeres como tú

Sonrió traviesamente, antes hincarse un poco hacia él, y rodearlo con sus brazos -. Lo mismo pensé de ti. Pero, al parecer somos igual de blasfemos –acerco su rostro al de él, sin dejar de mirarlo a los ojos -. Lo cual me sigue excitando –intento besarlo, pero él aparto el rostro, provocando con esto, que ella sonriera -. Todavía te sigue gustando de esa forma.

-Sabes que odio repetir. La monotonía siempre termina aburriéndome

-O, solo le eres fiel a tu esposa… ¿le entregaste a ella lo que a nadie más has entregado?

Él la agarro por el cuello, y la acerco a él. Sin dejar de mirarla a los ojos –. Nunca le he pertenecido a nadie

-Entonces… -sobre la camisa negra que él llevaba, paso suavemente sus dedos, en el área del pecho -, deja que te haga feliz… ¿recuerdas como solía hacerlo?

Los ojos de su madre, eran unos ojos, que por primera vez desde que la conocía, le llamaron la atención. Se veían tan vacíos como los recordaba. Había ese pequeño brillo de lujuria que resplandecía en aquel gran abismo que era su mirada. Inconscientemente esa mujer, que tenía al frente, le recordaba a alguien. Esos ojos y esa boca lo hacían. Quería ver esa mirada, y esa pequeña sonrisa en otro rostro. Eso le excito. Por una extraña razón, esa mirada y sus pensamientos lo hicieron.

-Cómo olvidar esos gemidos de puta –dijo con una pequeña sonrisa, antes de que ella con sus piernas lo pegara a su cuerpo. El agarre en su cuello no disminuía, pero aun así sonreía, mientras baja el pantalón de él.

Un gemido, eso había escapado de los labios de la mujer, cuando él se introdujo en ella, provocando que, ella en reflejo, se aferrara aún más, con las piernas a las caderas de él. La única mano que él podría utilizar se guía en el cuello de ella, y aunque sabía que ese agarre aumentaría progresivamente, no le importo. Desde que lo había conocido, cuando tenía quince años, lo deseo, a pesar de ser una de las tantas mujeres que Onigumo tenía, y a pesar de saber lo que le sucedería si él se enteraba de su deseo, cedió ante él. Esos ojos siempre la hicieron ceder. En sus encuentros siempre quedaba al borde del colapso por dos razones, el clímax y la falta de aire en sus pulmones, pero siempre lo disfrutaba como con ninguno y siempre lo haría. Mordió el hombro que él no tenía vendado, esperando ansiosamente que él se moviera, pero cuando él se dispuso a hacerlo, alguien toco la puerta.

Un gruñido de molestia salió de la boca de él, todavía sin dejar de estar en ella. Se movió ligeramente, provocando que ella le apretara más fuerte el hombro.

-Es urgente –se escuchó la voz de Byakuya al otro lado de la puerta. Cerró los ojos, y respiro profundo antes de apartarse. Por el bien de Byakuya, esperaba que fuera verdaderamente importante. Porque una de las cosas que él detestaba era ser interrumpido, y cuando alguien lo hacía, lo asesinaba, sin importar quien fuera.

Le hizo una seña a la mujer, y ésta salió, encontrándose con Byakuya que le hizo una pequeña reverencia, antes de seguir su camino a la biblioteca.

Caminaba hacia la salida, cuando se la encontró de frente. Se miraron por unos segundos, hasta que Kikyo decidió seguir su camino.

-Eres tal como te imagine" -ella se quedó unos segundos allí, y después salió de la mansión.


Su corazón, eso creyó sentir en aquel momento. Ese suave sonido que se acompasaba perfectamente con el que realizaba su propio corazón. Ese pequeño sonido que escuchaba más claramente ante cada pequeño rose que daban sus pieles, ante cada beso que él robada a sus labios, y cada marca que él dejaba en su cuerpo. Pero, después de pensarlo claramente, llego a la conclusión de que se había equivocado. Un monstruo como ese carecía de corazón. Aquello que había escuchado, no fue más que producto, de su aún perturbada, imaginación.

Sentía rabia al solo pensar que había deseado en ese momento que él siguiera con, lo que sea que en ese momento, le estaba haciendo a su cuerpo. Por primera vez en su vida, había sentido esos deseos impuros de los que tanto hablaba su abuela. Y, eso no le agradaba, porque se había sentido vulnerable ante él. De cierta forma, había sentido que él tenía cierto poder sobre ella. Y, eso lo odiaba. Odiaba sentirse tan disminuida y a merced de alguien, especialmente si ese alguien era el hombre, si así se podía llamar a ese monstruo, que más había odiado en su corta vida.

Esa noche, y algunas siguientes, quiso saber por qué él había hecho aquello. Pero después de pensarlo, decidió que lo mejor para su salud mental y emocional, era hacer lo que él hacia… olvidar e ignorar, después de todo, odiaba pensar en ello.

Después de que él, la había dejado sola en aquel camarote, no le volvió a ver, ni siquiera cuando llegaron a la isla. No sabía exactamente que sucedía con ese hombre, pero tampoco quería averiguarlo. Desde que llegaron de aquella isla, él parecía ignorarla. Ya no se sentaba con ella a la mesa. Tampoco lo veía por casualidad, ni siquiera en los pasillos, pero igualmente, eso no le importaba. Aunque, cuando salía a relajarse con algún deporte de puntería, solía sentir como si alguien la observase. Al principio creía que alguien lo hacía, pero después llego a la conclusión de que solo eran ideas suyas, hasta ese día. La sensación había sido tan incómoda, al igual que el peso de aquella mirada. Mirada que conocía perfectamente, y solo la había visto en una sola persona. Ni siquiera lo pensó, solo se giró y disparo la flecha.


Desde que se había dejado llevar por sus instintos, había decidido encontrarse la menor cantidad de tiempo con ella. No se consideraba un cobarde, solo creía que entre menos contacto tuviera con ella, esa estúpida obsesión que sentía desaparecía.

Pero se equivocó.

Si, había dejado de encontrarse con ella a pesar de que vivían en la misma casa. Si la veía, no le daba importancia, después de todo ella no la tenía. Estaba complacido, todo parecía estar funcionando, y sus deseos por esa maldita mujer los estaba dominando. De hecho, ya casi parecía no sentirlo. Solo había pequeñas cosas que no le agradaban. O, mejor dicho, si le agradaban las sensaciones que tenía últimamente al tener sexo, eran sensaciones incomparables. Casi parecidas a esas que sentía cuando escuchaba una buena melodía proveniente de un piano o, cuando él, con sus propias manos, mataba a alguien. Lo único que le desagradaba, era que ese placer lo estaba sintiendo con Tsubaki, pero únicamente cuando ésta, llevaba el cabello suelto y le daba la espalda. Pero si había algo que le desagradaba más, era lo que estaba haciendo en ese momento. Observándola. Si, cuando por casualidad se encontraban, la ignoraba, pero cuando ella solía salir a practicar al jardín, no podía evitar perseguirla sigilosamente, hasta que la encontraba. Pasaba minutos observándola, hasta que se daba cuenta de lo patético de aquella situación, y se marchaba, mientras se maldecía mentalmente.

Estaba tan concentrado maldiciéndose mentalmente, que no pudo divisar la flecha que fue lanzada en su dirección, hasta que ésta, pasó rozando algunos de sus mechones de cabello. Se sorprendió momentáneamente, antes de mirar en la dirección de ella. Estaba de espaldas a él, y algunos árboles hacían que aquel disparo fuera casi imposible, pero aun así lo había realizado.

-¿Ahora te encargas de acosarme?. – giro hacia él, y a pesar de la distancia, pudo distinguir un pequeño brillo de desprecio, que era casi enmascarado por su inexpresión.

-Tu puntería no ha mejorado en lo absoluto –dijo con una sonrisa de lado, mientras se acercaba a ella. Ignorando adrede la pregunta que ella había realizado.

-Si hubiese querido matarte, no estarías caminando en estos momentos –dijo de forma tranquila, volviéndose a girar, para así, lanzar otra flecha.

Tenía que reconocer que ese comentario le había enojado, pero también divertido. Ella era tan inocente. O, muy estúpida para creer que podría deshacerse de él tan fácilmente. En caso de que se atreviera a intentarlo, la mataría sin pensarlo.

-Si no quieres matarme, ¿entonces qué es lo que deseas, Kikyo?

Ella se sobresaltó al escuchar esas palabras muy cerca de su oído. Pero no solo esas palabras la alteraron, un ligero cosquilleo en la piel de su cuello, justo en el lugar donde golpeaba suavemente la respiración y el aliento de él, la ruborizaron levemente.

-Esas no fueron mis palabras –dijo tratando de aparentar normalidad, pero algo raro le estaba sucediendo. Como aquel día en el barco, su corazón empezó a latir más fuerte. Eso la molesto. Ella no podía, ni debía sentir miedo por él. Se giró hacia él, y sus miradas se encontraron -. Lo que no quiero es manchar mis manos con una basura como tú… no vale la pena -ella lo miraba con enojo. Por primera vez desde que la conocía, pudo diferenciar algo totalmente en su mirada, diferente a aquel vacío que siempre mostraba en sus ojos -. Pero a veces, tenemos que hacer excepciones

Él frunció el ceño. Algo en ella le parecía extraño. Normalmente, esa inexpresión no hubiese sido tan fácil de cambiar, de hecho, había creído que era imposible hacerlo. La miro inquisitivamente, antes de sonreír de forma arrogante.

-¿Estas segura de que es eso lo que quieres, Kikyo?

No fue capaz de responder a aquella pregunta. No, no era porque no tuviera ni la más mínima idea de que decir. Solo la había tomado por sorpresa la gran cercanía que había entre ellos. Sus rostros estaban tan cerca, que sus narices se rosaban.

-Yo…- tuvo la misma sensación que el día en que fueron al baile –."¿Por qué?"- Sentía solo la mirada de él, y nuevamente como aquel día, se sintió incapaz de respirar. Su respiración, al igual que su corazón se aceleraba paulatinamente -. Tal vez… –su voz había salido más temblorosa de lo que habría querido, por lo cual inmediatamente, su expresión se volvió totalmente seria, mostrando aquella tan conocida inexpresión -, deje de pensarlo tanto, y haga la excepción –agarro el arco y sin darle tiempo a que él dijera algo, se dirigió en dirección a la casa, pero a unos metros se detuvo -. No te creí tan patético, hasta el punto de acosarme, Naraku

-Llegue a creer que eras inteligente, pero solo eres una simple mujer… dice solo estupideces y solo sirve para una cosa, aunque en tu caso, para eso ni siquiera servirías

-Tal vez –dijo retomando su marcha -. Pero no tantas como las que dices y haces. Respecto al segundo punto, agradezco no hacerlo, realmente me asquearía servirte para tal fin

Una expresión de enojo apareció en su rostro. Nuevamente sintió como aquel odio que sentía por ella superaba su deseo. Quiso llegar hasta donde ella estaba, y agarrarla por el cuello. Sentir como su respiración se detenía lentamente. Quería verla a los ojos cuando su vida escapara lentamente por éstos, dejándolos más vacíos de lo que ahora eran. Pero no, todavía quería jugar con ella, y la muerte sería un regalo que no estaba dispuesto a concederle. O, por lo menos no aun.


A pesar de que se había enterado, el mismo día en que ella llego a la isla, que Kagome, también lo había hecho, decidió no presentarse en aquella casa. Solo había enviado una nota donde le informaba que ella también se encontraba bien. Pero cuatro días después de su llegada a la isla, decidió ir a verla, aunque no era totalmente de su agrado.

Sabía que no debía estar allí. Y, ella tampoco quería estarlo, pero a pesar de que lo dudaba, sabía que era lo correcto. Aunque no le agradara inmiscuirse nuevamente en el asunto, sabía que era lo correcto.

Pasó lentamente uno de sus dedos por el pétalo de uno de los lirios que adornaba la ventana de la habitación, permitiéndose cerrar los ojos por unos segundos, para poder disfrutar la sensación. Abrió los ojos antes de apartar su dedo del pétalo de la flor, con una mueca de desagrado. Odiaba no ser tan indiferente y fría como todos pensaban, y ella quería -. ¿Seguirás con esto?. Si lo haces, no podrás retractarte

-S-Si –aunque había sido un pequeño susurro, la otra chica la escucho -. Es lo correcto

-No debes tomar decisiones en función a las demás personas –se giró así ella y se quedó observando cómo, Kagome, parecía estar perdida ante la imagen del vestido que reposaba en su cama -. A veces debes ser egoísta, y hacer lo que te haga sentir bien contigo misma –la otra chica la miro, y después de unos segundos sonrió.

-Una vez fui egoísta, y arruine todo…además, esto lo hace…–miro nuevamente el vestido –, esto será lo único que me hará sentir bien. Tal vez… algún día seré feliz

No entendía por qué Kagome, tenía ese complejo de mártir. Odiaba eso. Odiaba cuan patética podía ser una persona solo para complacer a los demás. Siendo niña, solo quiso complacer a todos, incluso a esa mujer que ni siquiera era su madre. Pero con los años, se dio cuenta que si quería ser feliz, debía ser egoísta. O, eso pretendía, aunque a veces no podía.

-Si lo que quieres hacer es lo correcto, por qué no hablas con Inuyasha. Él…

-No lo obligare a nada –dijo de forma seria interrumpiéndola. No entendía a Kikyo, tal vez era por orgullo que no quería perdonar a Inuyasha, pero ella sabía que su hermana seguía sintiendo cosas por él -."Él también la quiere" –su mirada se cristalizo un poco. Aunque le doliera admitirlo, sabía que ellos se querían, y ella no quería ser la culpable de que se separaran, a pesar de que ya había contribuido en ello.

-Y, yo tampoco. Si ser la mártir de esta historia, te hace sentir mejor, no es mi problemas -no le gustaba rogarle a nadie, y si Kagome quería seguir siendo una estúpida mártir por un pequeño capricho, ella no la haría cambiar de opinión. Agarro de la cama la pequeña cartera rosa, y se dispuso a salir de la habitación, sin embargo, cuando giro el pomo de la puerta, la voz de Kagome la detuvo.

-Nunca me respondiste si vendrías a mi boda

-No suelen ser de mi agrado las estupideces –fue lo único que dijo, para después salir de la habitación -. "Inuyasha, si tan solo ustedes no… rompiste tu promesa" –sintió ganas de llorar, pero ninguna lágrima salió. Y, nunca más lo haría. Dejar de sentir seria su única forma de ser feliz.

No había dado ni siquiera dos pasos, cuando fue abrazada por la espalda. Su cuerpo quedo rígido ante aquel contacto. No opuso resistencia cuando fue llevada, todavía en ese agarre, a la habitación del frente. Cuando la puerta se cerró frente a sus ojos, sintió unos fríos labios en su cuello. No supo reconocer la sensación que la embargo, pero eso y su cerebro le gritaban que se soltara. Lo intento, pero el agarre se volvió más fuerte.

-¿Por qué no hiciste lo que te pedí?… solo tenías que venir aquí –sonrió sobre su cuello. Había pasado por alto que a ella nunca le gusta obedecer -. Creí que te había perdido

Le había parecido extraño el pedido que él le hizo aquella mañana, pero después, decidió no pensar en ello. Hasta que empezó a sospechar que su primo tenia tratos con ese hombre. Todo había tenido sentido.

-No puedes perder a alguien que nunca te ha pertenecido

La giro, quedando ambos de frente -. Aunque no quieras aceptarlo, tú y yo estamos destinados. Ningún hombre que no sea yo te puede tener… ¿entiendes eso? –intento besarla, pero ella no se lo permitió. Cuando Bankotsu la besaba, no sentía nada, pero esta vez sintió asco con solo pensarlo. Asco, eso fue lo que sintió cuando él la beso en el cuello.

-Si me sacabas de aquí, mi cuerpo te pertenecería… –se soltó del agarre -, pero lamentablemente tú plan no funciono

-¡Estoy cansado de tu maldita actitud! –la agarro con fuerza por la cintura -. Tendré sexo contigo ahora, así tenga que obligarte –la arrastro con él hasta la cama, para después lanzarla. Ella solo lo miraba mientras él empezaba a desabrocharse el chaleco azul que llevaba.

-Está bien. Si es lo que quieres solo hazlo –sabía que de nada le valdría luchar, además, de que él la superaba en fuerza, todos se enterarían de sus secretos. Dejo la cartera a un lado de la cama, recostándose en ésta. El chaleco de él cayó al piso, mientras sonreía satisfecho -. Pero después morirás –las manos de él quedaron en el tercer botón de la camisa blanca que ahora había empezado a desabrochar.

-No serias capaz de hacerlo –sonrió retomando su labor.

-No me conoces –él asintió con un ademan de burla -. En el caso de que no lo hiciera… mi esposo si, y lo sabes -sentía nauseas al solo pronunciar aquel apelativo. Bankotsu levanto una ceja -. Si Naraku se estera del trato que hiciste con ese hombre llamado Hiten, morirás

-¿Intentas amenazarme? –su voz sonaba siseante, como si tratara de contener su enojo.

-No, solo te advierto lo que puede suceder, si vuelves a tratar de obligarme a hacer algo que no quiero

Sin esperar una respuesta se levantó de la cama, agarrando el pequeño bolso, para después salir. No miro la expresión en el rostro de Bankotsu, pero sabía que estaba enojado. Cuando cerró la puerta, su espalda cayó suavemente en ésta. Sabía que Bankotsu no se alejaría de ella, pero por lo menos, por el momento no se atrevería a tratar de tocarla.


Respiro profundo, antes de mirar a la mujer que veía maravillada el vestido que se encontraba tendido en la cama. Su vestido de bodas, había llegado ese mismo día. Debía de estar emocionada, sin embargo, no lo estaba, porque la presencia de éste, significaba que ya no había marcha atrás, ella y Kouga se casarían.

Aunque no quisiera aceptarlo, las palabras de Kikyo hicieron mella en ella. A veces quería dejar de tratar de complacer a los demás, y solo preocuparse por lo que ella quería y sentía. Quiso retractarse de llevar a cabo la boda. Sabía que si seguía adelante con aquella farsa, solo seguiría dañándose.

Kouga, era un buen hombre, de eso no había duda. También sabía que él haría todo lo que estuviera en sus manos para hacerla feliz, pero ella no lo amaba. En ocasiones creía que podía llegar a hacerlo si se resignaba a que jamás llegaría a ser amada por Inuyasha. Él no olvidaría a Kikyo. Pero en otras ocasiones, sentía que por más que se esforzara, jamás lo querría de esa forma.

-Con el tiempo aprenderás a amarlo

En ese momento quiso replicar y decirle la razón por la que ella creía fervientemente que jamás lo amaría, pero después de una pequeña discusión, su madre con lágrimas en sus ojos, le había hecho jurar por la memoria de su padre que se casaría y sería feliz. Sabía que era tonto, pero sentía que se lo debía… por la memoria de su padre juro ese día ser feliz.

-"Solo… debo esforzarme"

Una semana después de haber llegado a la isla, se miraba de forma resignada en el espejo, con aquel vestido blanco, aceptando su destino.

-Te vez hermosa –una pequeña sonrisa apareció en su rostro, tratando de igualar a la de su madre, sin embargo, no lo logro -. Tu padre estaría orgulloso de ti

En la entrada la esperaba un carruaje, decorado con flores blancas. Respiro profundo, antes de subir. Inmediatamente éste, se puso en marcha, cerró los ojos, tratando de relajarse. Todos acordaron que ella iría sola en el carruaje.

-Tengo que reconocer que te vez hermosa –abrió los ojos, y miro al hombre que guiaba el caballo. No podía observarlo bien por el sombrero café que llevaba, pero aquella voz era fácilmente reconocible -. Sabes…

-Detente –demando, pero solo obtuvo una pequeña risa de burla arrogante. Miro a su alrededor, percatándose de que estaban en el bosque -. ¡He dicho que te detengas! –el caballo se detuvo e inmediatamente abrió la puerta para bajarse, pero al él entrar, se lo impidió.

-No has respondido mi carta –después de que la había dejado en el hotel, no la había vuelto a ver. Después de pensarlo por toda esa semana, decidido que debía hablar con ella, por lo cual, le pidió nuevamente a Sango que le entregara aquella carta que había escrito para ella. Sabía que ella se había rehusado a tomarla, pero después de que Sango le insistiera, se quedó con la carta -, por lo cual decidí buscar personalmente la respuesta - ella intento salir del otro lado, pero él se lo impidió -.¿Por qué tanto afán?. Hasta que no hablemos no te iras

-No tenemos nada de qué hablar en estos momentos –dijo de forma seria, tratando nuevamente de salir, por lo cual él cruzo sus brazos para inmovilizarla, dejándola de espaldas a él -. ¡Deja de comportarte como un idiota, Inuyasha!. Llegare tarde a mi boda –seguía forcejeando, sin obtener ningún resultado.

-¿Por qué? –ella se detuvo unos segundos, tratando de comprender la pregunta -. ¿Por qué te…?

-Porque lo quiero…–él se acercó lentamente a su cuello -. Y-Ya te lo había dicho

-Eres terrible mintiendo –sin soltarle los brazos, en un solo movimiento la giro dejando la frente a él, rosando suavemente sus narices. Ella intento apartarse, pero el agarre no se lo permitió -. Sé que la última vez que hablamos del tema me exalte… un poco… la verdad, no soy bueno en estas cosas –una pequeña sonrisa nerviosa apareció en sus labios -. Sé que debí pedírtelo desde aquel día, pero… creí que hacia lo correcto… no sé si esta es la decisión correcta o no, pero no creo que sea tan errada como casarte con Kouga –respiro profundo, y aflojo el agarre -. C-Casate conmigo, Kagome… con el tiempo… tal vez… lleguemos a querernos

Ni siquiera se había percatado de que él la había soltado. O, de que miraba sus pies. Decir que tenía la respuesta a ese pedido, inmediatamente él lo hizo, seria mentir. No sabía que responder. Una pequeña lagrima bajo suavemente por su mejilla izquierda, cuando él le hizo aquel pedido que había esperado todos los días desde hacía casi un mes. Si se lo hubiese pedido en aquellos días que mantuvo aquella vaga esperanza, a pesar de lo que él le había dicho, hubiese, sin dudarlo, dado una respuesta afirmativa, como la que su corazón en esos momentos le gritaba, pero él… no la amaba. Y, ese tal vez, le confirmo que a pesar de que él trataba de engañarla y auto-engañarse, jamás lo haría. Él solo sentía lastima por la situación en que ella ahora se encontraba.

-Sé que las cosas no sucedieron como deberían, pero…

-No… –un pequeño susurro, que pareció desgarrarle la garganta y el alma al salir. Apretó sus manos en puño antes de apartarse un poco, y lo miro -. ¡No quiero tu lástima!… -prometió no llorar, pero sus ojos se tornaron brillosos -. No quiero que te sacrifiques… no quiero que me mientas diciendo que intentaras quererme cuando nos casemos, porque ambos sabemos que solo podrás quererla a ella… solo podrás amar a Kikyo –su voz se quebró. Sabía que debía parecer patética, pero no podía evitarlo.

No supo que decir en esos momentos. No podía negarlo, claro que no, él quería a Kikyo, y jamás podría olvidarse de ella. Kikyo, siempre seria parte de su vida. Pero tampoco podía aceptarlo. No estaba seguro de que exactamente era ese sentimiento que existía y existiría en él por Kikyo.

-Sé que le prometiste que te casarías conmigo…- se detuvo, mordiendo su labio inferior, tratando de no llorar -, pero no quiero que lo hagas… ya no. Te libero de esa promesa. Aunque, no me casara con Kouga, no tienes por qué cumplirla

-Kagome, yo… -se maldecía mentalmente por no saber que decir. O, mejor dicho, no poderlo sacar de su cabeza en palabras. Coloco su mano en la mejilla de ella. Su piel era suave, tan parecida, pero a la vez tan diferente a la de Kikyo. Ellas, aunque físicamente fueran parecidas, eran muy diferentes. Miro sus ojos. Eran hermosos, como aquella sonrisa que había desaparecido gracias a él -. Lo siento… fui un idiota… yo… no quiero que te cases… no tengo una razón, pero…-callo cuando la mano de ella se posó sobre la de él, como tratando de prolongar el contacto -. No te cases… por favor -sin apartar su mano de su mejilla, corto la poca distancia que quedaba entre ellos, y la beso. Fue un beso dulce… un suave beso, que nuevamente le recordó la sensación de comerse una manzana verde, como aquella noche en que la hizo suya… su mujer. Vagamente recordó las sensaciones que sintió al estar con ella. Al acariciarla y besarla. Creyó estar esa noche con Kikyo, pero en realidad nunca había sentido todas esas cosas con y por ella.

Pero lentamente aquel beso se fue volviendo salado, gracias a las lágrimas, que ahora, ella no podía retener. Se separó de ella. Agarrando el rostro de ella en sus manos. Esas lágrimas, aunque no deberían, le dolían, especialmente porque eran provocadas por él.

-"¿Por qué?"- acaso su madre tenía razón y ella ¿le gustaba?

-No… soy ella… –aunque seguían saliendo las lágrimas, su expresión se transformó a una seria. No sabía por qué él insistía en dañarla, pero ella no se lo permitiría más. Kouga, desde ese día, sería el último hombre en su vida hasta el día de su muerte -. ¡No me vuelvas a confundir con Kikyo! –él intento hablar, pero ella aparto las manos de él, de su rostro, para después limpiarse las lágrimas -. No soy ella, y jamás lo seré. Si quieres buscarle un reemplazo, no lo obtendrás conmigo

¿Un reemplazo?, ¿eso era lo que él quería?. ¿Él quería que Kagome fuera su Kikyo?. Nuevamente no supo que responder, además de lo que sentía.

-Sí, le hice una promesa –ella bajo la mirada -. Todas las promesas que le hice, las voy a cumplir, pero… -le levanto el rostro -, esta no es por ella… siento que debo hacerlo…porque… -ella parecía esperar una respuesta, que él parecía no tener -, es lo correcto –sabía que no era la respuesta que ella esperaba, pero no supo que más decir en ese momento.

-Sentir lastima no es lo correcto. Debes buscar tu felicidad… como la estoy buscando yo –con mucho esfuerzo, una pequeña sonrisa se forma en sus labios -. Si lo que buscas es mi perdón… ya lo tienes, Inuyasha

-Eres una tonta –ella frunció el ceño, y la expresión melancólica que había tenido desde el inicio, fue reemplazada por una de molestia. Su boca se abrió para decir algo, pero él no se lo permitió -. Al igual que yo soy un idiota. El destino intento unirnos, pero yo me empeñe en separarnos. Sé que te hice daño, y no sabes cuánto me arrepiento por eso. Quise cambiar lo que sucedió, pero lamentablemente no pude. No tengo la respuesta que quieres escuchar. O, mejor dicho, no puedo decirla porque no lo siento. "Ese es el problemas… no sé qué rayos siento"-suspiro cansinamente, decir lo que creía sentir no era nada fácil -. ¿Crees que encontraras la felicidad con Kouga? –ella no respondió –.Si crees que serás feliz con él, y algún día lo amaras, yo mismo te llevare a la iglesia… ¿quieres casarte con Kouga?. Si o no.

Todas las decisiones que tomamos, traen repercusiones, ella lo sabía… en ese momento sabía que quería, y pidió no lamentar su decisión en el futuro. Tenía dudas, debía aceptarlo, pero en el momento en que su cabeza y corazón se sincronizaron, supo que tomaría la decisión correcta.


Indignada. Así se sentía ante tan estúpida prohibición. Al principio había creído que era una broma, inclusive si fuese una chica que mostrara fácilmente sus emociones, se hubiese reído. Pero cuando ninguno de aquellos hombres la dejo pasar, se enojó. No era que muriera de ganas de ir a la farsa de boda que se había empeñado en llevar a cabo su terca y tonta hermana. No. Lo que realmente la motivaba a seguir su camino por aquel pasillo, era el hecho de dejarle claro, sin importar las consecuencias, a Naraku, que nadie y menos un hombre le daba órdenes, o le hacía prohibiciones. Por lo cual, después de muchos días sin verlo o sentirlo, decidido enfrentarlo.

-¿Dónde está? –la anciana dejo las verduras que estaba picando, y se giró hacia ella -. ¿Dónde está Naraku? –exigió saber en tono serio. La anciana se extrañó un poco por la pregunta, y la expresión de enojo, que por primera vez desde que la conocía, le veía.

-Está en la habitación, pero…-no pudo terminar la frase, ya que ella ya había salido de la cocina.

No necesito más, ya sabía a cuál habitación se refería. Y, aunque, Yura, le aconsejo que nunca entrara, y menos cuando él estuviera, en ese momento no le importo. Estaba tan molesta, que ni siquiera se le ocurrió tocar la puerta, solo la abrió.

Sabía perfectamente lo que le diría. Siempre sabía que palabras utilizar. O, eso creía hasta que su mente quedo completamente en blanco producto de aquella escena. Por reflejo dio un paso hacia atrás. Sus ojos estaban muy abiertos, sin poder creer que estaba presenciando una escena tan… indecorosa. Tsubaki y él se encontraban totalmente desnudos. Ella estaba sobre él, dándole la espalda, mientras realizaba algunos movimientos, que sin ser consiente la ruborizaron.

El sonido que hizo la puerta cuando fue abierta, provoco que la pareja girara hacia la pequeña figura que se encontraba recostada a la puerta. No los miraba, parecía encontrar interesante la botella de whisky que se encontraba en una pequeña mesa que se encontraba a su derecha. Su mano derecha seguía aferrada al pomo de la puerta, como si temiera caer si lo soltaba. Él había fruncido el ceño, y la chica había sonreído, para después echar su cabeza hacia atrás.

-¿Qué… quieres? –su voz había sonado muy ronca, sobresaltándola un poco.

Los miro, y sin poder evitarlo se ruborizo más. Quiso en ese momento girarse y cerrar la puerta, pero su cuerpo parecía estar pegado al piso. Después de dudar algunos segundos hablo -. Quiero aclarar algunas cosas… a solas

La mujer giro hacia ella y sonrió, mientras se mordía el labio inferior, tal vez para ahogar un gemido. En otras circunstancias la hubiese enfrentado, pero esta vez estaba satisfecha. Le había mostrado quien era la verdadera mujer de Naraku. Hizo un ademan de levantarse, sin embargo, unas manos en su cintura se lo impidieron.

-Sigue. No he… dicho que… te detengas –aunque le hablaba a la mujer que tenía a horcadas sobre él, no dejaba de mirar a Kikyo, mientras con sus manos la obligaba a aumentar el ritmo -. ¿Qué… quie…res? - cada vez hablaba con más dificultad, pero no dejaba de mirarla. No apartaba de ella esa mirada que cada vez más se iba oscureciendo. Sentía más placer al observar aquel rostro, que aunque se presentaba como siempre sin ninguna expresión, estaba completamente ruborizado -. Habla… o, lárgate

Intento mover sus labios, pero éstos se cerraron involuntariamente formando una pequeña y delgada línea donde estaba su boca. Él no dejaba de mirarla, y eso a ella le asustaba. Aunque no quisiera aceptarlo, eso sintió.

Miedo.

Sin decir nada se giró, saliendo de la habitación. Camino por el gran pasillo hasta llegar a su habitación. Cerró la puerta de forma brusca, provocando un sonido sordo. Sus ojos se cristalizaron involuntariamente, mientras que su cuerpo se deslizaba suavemente hasta el piso de madera.

Esa mirada la había traspasado. Se había sentido tan frágil y pequeña ante esa mirada. Había sentido miedo. Una sensación que pocas veces había tenido. Había aprendido a defenderse de todo, sin embargo, una simple mirada la había desalmado. A pesar de que ya no estaba frente a él, su corazón seguía golpeando violentamente su pecho, como si quisiera salir de éste. Sentía ganas de llorar y correr. Ganas de desaparecer. Ganas de no volver a verlo. ¿Acaso ese hombre de verdad le infundía tanto miedo?. Quiso gritar que no, pero el latido en su pecho, y esa horrible sensación se acrecentaron, tratando de mostrarle lo que debería ser obvio. No lo entendía, ella no era una cobarde, nunca había sido una y nunca lo seria.

Miro su regazo húmedo e instintivamente su mano derecha subió a su rostro. Toco su pálida mejilla, y se sorprendió.

Estaba llorando.

Le sorprendía el hecho de que a pesar de prohibirse llorar, sus lágrimas salían tan fácil y lentamente de sus ojos, que ni siquiera se había percatado de ello.

-"¿Por qué…?"

Odiaba sentirse así. Odiaba sentir miedo. Odiaba sentirse tan expuesta ante los demás. Y, sobre todo ante él. Pero lo que más odiaba… era a él.


-Tranquilo, Kouga, debe haber una explicación –la mujer lucia visiblemente nerviosa. No quería pensar lo peor, pero ya llevaba media hora de retraso.

-Ya envié a algunos de tus trabajadores a buscarla –dijo de forma seria Bankotsu. Algo le decía que la estúpida esa se había arrepentido en el último minuto. Pero ella se casaría, así él tuviera que llevarla a rastras a la iglesia –. Debí venir con ella… tal vez sucedió algo. Creo que debería…

-No es necesario –dijo con una pequeña sonrisa cansina. Aunque no quisiera aceptarlo, sabía lo que estaba sucediendo, pero no la culpaba. Él sabía que ella no lo amaba. Aunque no le agradaba quedar en ridículo ante todos los invitados -. Creo que es mejor avisarles a los invitados, que ya no habrá boda –la mujer y el hombre quisieron replicar, pero él no se los permitió. Llamo la atención de las personas que estaban esperando fuera de la iglesia, y suspiro… sería más vergonzoso de lo que creía –. Quiero pedirles disculpas por haberlos…

-Hecho esperar –él giro, encontrándose con la dueña de la voz. Y, sin poderlo evitar sonrió. Ella estaba frente a él -. Una de las ruedas del carruaje se dañó –miro de soslayo hacia atrás, donde ya no se observaba el carruaje en el que había llegado.

Camino del brazo de Bankotsu, sabiendo que haría lo correcto. Pero aunque eso era lo que pensaba, sus ojos buscaban inconscientemente a alguien que sabía no estaba en la iglesia. Pero aun así, busco aquella mirada, hasta que la encontró, aunque en lo único que se parecía a la de él, era en el color dorado de sus ojos.

Casarse. Eso había sido lo que su cabeza y corazón le gritaron ante la pregunta de Inuyasha. No era porque amara a Kouga, claro que no. Pero sabía que era lo correcto. Había hecho una promesa, en ese momento la estaba cumpliendo. Además, amaba a su hermana y a Inuyasha, por lo cual quería que ellos fueran felices. Alguien tenía que sacrificarse, y lamentablemente le había tocado a ella.

Pero a pesar de que esa había sido la respuesta que debío de haber dado ante la pregunta de Inuyasha, nunca llegó a oídos de éste. Solo se lo quedo observando durante unos segundos, pero antes de que ella pudiera dar su respuesta, él había salido del carruaje dejándola sola. No sabía lo que sucedía. Ni por qué camino se dirigía el carruaje, ella solo miraba el vacío. Cuando el carruaje se detuvo, miro por la ventana de su derecha, y se percató de que estaban frente a la iglesia. Después, de que él la ayudo a bajar, camino hacia el destino, que ambos sabían, ella debía tener. No se miraron, en ningún momento lo hicieron, solo camino sintiendo como el carruaje y ella se alejaban. Como Inuyasha y ella bifurcaban sus caminos para siempre.

-Acepto –fue lo que respondió a pesar de que su cabeza no estaba en ese lugar. Sintió unos labios sobre los suyos, antes de escuchar aplausos a su espalda, y una nueva promesa realizo. Olvidaría a Inuyasha y sería feliz, con lo que el destino le mostró y dio.


-Cuando viniste, creí que no podría hacerte cambiar de opinión, por eso acepte ayudarte –miro hacia el hombre que permanecía mirando por la ventana, con un aire de melancolía -. Llegue a temer que la encerrarías aquí, hasta que ella aceptara casarse contigo –dijo a modo de broma, aunque estaba totalmente seguro de que, con lo impulsivo que era Inuyasha, algo por el estilo había pasado por su cabeza. Suspiro cansinamente ante la total indiferencia de su amigo. Si quería obtener información, debía ser más directo -. ¿Qué fue lo que te hizo desistir?

-Sus ojos –dijo en un pequeño susurro.

-¿Qué?

-Sus ojos… lo vi en sus ojos –giro hacia Miroku -. Creí que mi deber era casarme con ella… creí que esta vez haría lo correcto, no porque una promesa a Kikyo me obligara, yo… no se explicarlo, pero sentía que debía hacerlo, pero…- su voz parecía no querer salir. Respiro profundo, y se pasó una mano por el cabello -, le pregunte si creía que casándose con Kouga sería feliz, pero antes de que ella me respondiera sabia la respuesta… sus ojos me la mostraron… -cerro los ojos, viendo nuevamente aquella mirada que ella le mostro.

-¿Qué te mostraron? –pregunto con interés, ante el silencio repentino del otro hombre.

-Que no importaba con quien se casara, nadie podría dañarla como yo. Supe que ella había tomado la decisión correcta, y por eso, sin necesidad de que ella me respondiera, la lleve a la iglesia –miro nuevamente hacia la ventana, y sonrió, pero su sonrisa, no llego a sus ojos -. Ella será feliz… él la hará feliz

-Creo…-dudo unos segundos si decir aquello, después de todo no estaba totalmente seguro, pero al final decidió hacerlo, mientras colocaba una mano en el hombro de Inuyasha. Solo esperaba que lo que Inuyasha sentía solo fuese arrepentimiento por lo que había hecho y nada más -, que es lo correcto

No supieron cuánto tiempo duraron en silencio, pero a ninguno de los dos le molesto. Inuyasha seguía mirando por la ventana, y Miroku, lo miraba con pesar, sin apartar su mano del hombro de él.

-La carta llego hace dos horas –dijo llamando la atención de Miroku –. Tengo que presentarme ante otro general

-Pero puedes…

-Sí, pero no lo haré, es lo correcto –camino hasta el sofá que estaba en la habitación, y se sentó cansadamente sobre éste -. "Si quiero que ella sea feliz, debo hacerlo" - Miroku iba a decir algo, cuando un toque en la puerta lo interrumpió.

-Los señores preguntan si usted los acompañara a la residencia Ookami –dijo una mujer de media edad, después de hacerles una reverencia.

-Diles que estaré un poco ocupado organizando el viaje –la mujer hizo otra reverencia, y salió. No quería verla, y ella, tampoco debía verlo nunca más.


Agradecía que Kouga, hubiera decidido que no se realizaría ninguna fiesta por su boda, hasta que su familia llegara a la isla. Hecho que la ponía un poco nerviosa, al pensar que dentro de un mes sucedería. Jamás los había visto en su vida, y Kouga, por una razón que no comprendía, no quería hablarle sobre ellos. Siempre que ella preguntaba referente a su familia, le daba la misma respuesta

Pronto los conocerás… solo espero entiendas mis razones

Algo estaba mal. O, bueno, eso pensó la primera vez que Kouga le dio esa respuesta. Con los días empezó a odiar la respuesta, y perderle un poco el interés, por lo cual, solo lo miraba de forma asesina, antes de que él le contagiara aquella sonrisa que nacía en sus profundos ojos azules.

Ahora, se encontraban esperando a los únicos invitados, además de su familia, que cenarían con ellos a modo de celebración.

-Felicidades –giro hacia la mujer, y sonrió tímidamente, antes de recibir un beso en la mejilla y un abrazo. La señora Taisho le sonreía mientras le tendía una pequeña caja. Miro detrás de la mujer, encontrándose nuevamente con esos ojos. No supo si lamentar o agradecer que no eran los que esperaba ver. Miro nuevamente a la mujer, que sin dejar de sonreír, le seguía tendiendo la pequeña caja, la cual agarro -. Espero sea de tu agrado

No sabía exactamente qué tema trataban los presentes, ella solo escuchaba pequeños ruidos lejanos, mientras jugaba distraídamente con el tenedor y la su comida. Todos parecían ignorarla. Y, ella también los ignoraba. Sabía que debía estar feliz, pero no podía, por más que quería no podía estarlo.

- Espero que pronto tengan a su primogénito

Sintió un suave apretón en su mano derecha, lo cual la saco de sus cavilaciones, obligándola a levantar la mirada, sin saber exactamente quien había hablado, o que había dicho

-También lo esperamos –sonrió Kouga, y la beso en la mejilla, sin soltar su mano -. Solo espero que sí es una niña, se parezca totalmente a su madre –ella se ruborizo, y giro la cabeza a su derecha, mirando a su ahora, esposo, con incredibilidad. Ellos solo podrían tener un hijo si intimaban. No supo si se ruborizo más, por su pensamiento, o por la mirada de él -. Sería muy hermosa. ¿No lo crees?

Todos dirigieron las miradas hacia donde Kouga miro repentinamente. Una mirada de horror apareció en los ojos de ella, antes de que tratara de zafar su mano del agarre, pero él no se lo permitió. Allí frente a ellos, se encontraba Inuyasha, con una expresión seria en su rostro. Había creído ilusamente, que después haber concluido con su conversación en el bosque, no volvería a verlo dentro de un buen tiempo.

-Lamento la demora –sin mirar a nadie entrego su saco a la ama de llaves, y se sentó, donde ésta le indico, justo frente a Kagome -, tenía asuntos que atender. Y, respecto a tu pregunta…- sus miradas se encontraron por unos segundos, antes de que él mirara a Kouga –. No sabría que responder. Tal vez sea… -pareció pensar por unos segundos lo que quería decir, y después sonrió con suficiencia -, un poco agraciada. He visto mujeres que son realmente exquisitas, y tu esposa, pues… no le veo nada especial, aunque raro seria lo contrario, ¿no crees?

-¡Inuyasha! –su madre parecía un poco apenada, y su padre… decidió no mirarlo, eso era siempre lo mejor. Miro de reojo A Kagome, percatándose de que bajaba la mirada.

Kouga sonrió apretando los dientes -. Tienes razón. Después de todo, nunca hemos tenido los mismos gustos en féminas… pero siempre he tenido mejores gustos que tú

Él solo se encogió de hombros, para después empezar a comer. Antes de que concluyera la cena, la familia de Kagome, se había tenido que marchar, porque su abuela se había sentido indispuesta.

Ella trato de perderse nuevamente en el mundo donde estaba, antes de que Kouga la interrumpiera, pero por más que trato, no pudo. Apretó sus labios, tratando de ahogar un pequeño sollozo que casi se escapa de ellos. Levanto la mirada para ver si alguien se había percatado, pero todos estaban sumergidos en una conversación. Miro hacia donde estaba él, y una mirada llena de tristeza la sorprendió. Hubiesen seguido mirándose, preguntándose silenciosamente que sucedía, cuando la voz emocionada de la madre de Inuyasha llamo la atención de ambos.

-Inuyasha, pronto tendrá que casarse. Espero que cuando vuelva, traiga por lo menos una candidata a prometida. No queremos que sus hijos se lleven muchos años –miro a los esposos, y sonrió -. Sería maravilloso que fueran padrinos de sus respectivos yernos… si antes de los bautizos no se matan –dijo con una pequeña sonrisa, haciendo que Kouga y su esposo sonrieran.

Apretó su vestido mirando a la mesa, mientras un dolor empezaba a nacer justo en el lugar donde se encontraba su estómago. Sintió su boca demasiado húmeda para su gusto. Y, el aire le faltaba. No sabía que estaba sucediendo, pero antes de que la madre de Inuyasha siguiera hablando, se levantó. Camino lo más rápido que pudo hasta la entrada, pero antes de que pudiera salir, una mano la retuvo.

-¿Estas bien?. ¿Sucede algo?. Puedes decirme lo que sea, soy tu esposo –ella trataba de soltarse, sin dejar de mirar el piso. Él agarro su barbilla, levantándole el rostro. Sus ojos estaban cristalizados y sus mejillas rojas, por lo cual acerco una de sus manos a ellas -. Tendré que enviar a buscar al médico –dijo para después tomarla en brazos. Ni siquiera sintió fuerzas para negarse, solo coloco la cabeza en el pecho de él, y cerró los ojos. Él se dirigió a las habitaciones sin decirle nada a los Taisho.

Se abrazó a sí misma. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero Kouga aún no llegaba con el médico. Intento levantarse de la cama, pero un pequeño mareo se lo impidió. Coloco una mano en su frente, y suspiro de forma cansina. Odiaba enfermarse.

-"Tal vez no me he curado totalmente" –a pesar de que estuvo dormida casi todo el tiempo después que había llegado a la playa con Kikyo, fue consciente de que estuvo enferma. Al parecer se había resfriado por nadar en la noche. Sin poder levantarse, decidió a costarse nuevamente, pero una figura detrás de la cortina en la ventana, llamo su atención -. ¿Kouga?... ¿eres tú?

-Siento decepcionarte –se sobresaltó al reconocer la voz -. Pero no podía irme sin saber cómo estabas

-N-No deberías estar aquí

-Lo se… no sería bien visto. Pero no podría irme sin saber cómo estabas –camino hacia la cama –. El sa… Kouga, no nos dio ninguna explicación. Solo dijo que estabas cansada, pero tú nunca permitirías que él te llevara en brazos

-Es mi esposo, puede hacerlo

Se sentó en la cama, y ante la sorpresa de ella, toco una de sus mejillas, para después fruncir el ceño –. Sí, pero no irías tan relajada… ¿recuerdas cuando yo lo hice? –ella intento replicar, pero él no se lo permitió -. Si, era un extraño, lo sé. Pero sé que no lo hubieses dejado hacerlo, al menos, que no pudieras caminar por ti misma. La fiebre volvió –dijo de forma suave sin apartar la mano de la mejilla de la chica. Se quedaron observándose en esa posición por unos segundos, hasta que el nuevamente hablo -. Siento lo que dije –ella lo miro, preguntándole silenciosamente a que se refería -. No debí decir lo que dije ante la pregunta de Kouga, pero… la verdadera respuesta hubiese incomodado a todos

-¿Por qué? –pregunto con inocencia, sin percatarse de que lo había hecho.

-Ya no importa –a parto la mano de la mejilla de ella, provocando que una pequeña mueca apareciera en el rostro de ella. Sabía que no debía quererlo o desearlo, pero el contacto de él era lo que parecía calmarla en esos momentos -. Había decidido no venir, pero sentí que debía despedirme… sentía que si no lo hacía volverías a odiarme

No lo odiaba. A pesar de lo que sucedió nunca podría odiarlo, pero si él hubiese decidido marcharse sin verla una vez más, le habría dolido tanto como aquella noche.

-No te vayas… por favor –lo dijo sin poder evitarlo. Una cosa era aceptar que nunca podría estar con él, pero no volver a verlo jamás, eso no podría soportarlo. Aunque sufriría al verlo con otra mujer, más sufriría al no poder ver esos ojos nunca más.

-No es una decisión que este en mis manos. Nunca te lo dije, pero estoy en la milicia. Tengo que ir a Tokio a presentarme. No estaré por un tiempo bajo las ordenes de mi padre… por intereses –miro hacia la ventana, y una pequeña sonrisa se formó en sus labios -. Quiero pedirte un favor –escucho un pequeño sollozo, y giro hacia ella. Agarro el rostro de ella entre sus manos, y empezó a limpiar las lágrimas de ella con sus pulgares –. No… por favor… no vuelvas a hacerlo

-Yo… "te amo" –quiso decirlo, pero sabía que eso no cambiaría nada. Ella seguiría casada con Kouga e Inuyasha jamás la amaría. Se mordió el labio, y cerró los ojos, tratando de suprimir sus sollozos y llanto.

-No vuelvas a llorar. Nunca vuelvas a hacerlo, y menos por mi… quiero que seas feliz… prométeme que lo serás. Quiero que siempre sonrías. Quiero que… –su voz se quebró, y ella abrió los ojos -. Quiero que el día que nuestras familias se unan muestres esa hermosa sonrisa

-Inuyasha… -sus palabras fueron interrumpidas cuando él la abrazo.

-Nunca te lo dije… pero tus ojos y sonrisa, es lo más hermoso que he visto en mi vida… ambos solo son superados por la belleza del otro… no dejes de sonreír, por favor –aunque él no lloraba, sus ojos estaban brillosos, pero ella no lo noto.

Quiso pedirle que no se alejara de ella. Quiso confesarle que siempre lo amaría. Pero no se atrevió. Ambos tomaron sus decisiones, y ese era…el adiós.

Sabía que no podían estar juntos, pero sus brazos se aferraron más a él. No quería que él la soltara, pero él se marchó. Intento levantarse, e ir detrás de él, pero nuevamente su cuerpo la traiciono. Cayó de rodillas en el piso, mientras se agarraba el pecho. Nuevamente la había abandonado, pero esta vez su corazón le grito que era para siempre. Sintió nuevamente su estómago arder, pero esta vez no le importo… su corazón dolía más. Cerró los ojos con fuerza, y un nombre en un grito desgarrador salió de su garganta, antes de ser arrastrada a la oscuridad de la inconciencia.

Esa noche su corazón murió. Nuevamente él lo había destruido, y esta vez era para siempre.


A pesar de que había amanecido algunas horas antes, lo que ella menos deseaba era levantarse. Kaede, había ido a tocar varias veces a su puerta, pero ella la ignoró. Trataba de comprender que le sucedía, pero entre más lo pensaba, más ganas de llorar sentía. Se envolvió más en las sabanas, verde menta, mordiendo su labio inferior para evitar que sollozos escaparan de sus labios. Odiaba llorar, pero sobre todo, odiaba llorar sin una razón aparente.

Un nuevo toquido, pero igual a los demás, lo ignoro, sin embargo, esta vez la puerta se abrió. Cerró los ojos fuertemente, y hundió el rostro en la almohada, tratando de aparentar que dormía.

-Siento molestarte, pero me preocupe – la anciana camino hasta el armario, y empezó a buscar entre los vestidos de la chica. Ella ni siquiera dio señales de haberla escuchado. La anciana miro nuevamente hacia ella, antes de retomar su búsqueda. Después de unos segundos hablo -. Dicen que las lágrimas representan la pureza del alma, por eso creo que llorar es bueno

-Creo que son palabras sin sentido. Si fuera así, ninguna persona lloraría –su voz se había escuchado un poco ronca, por lo cual se aclaró la garganta. La anciana no dijo nada, solo siguió con su búsqueda -. Creo que enfermare

La anciana se giró hacia ella, y sonrió -. Si, tal vez tengas razón –camino hacia la cama, y coloco en ésta, un vestido blanco con flores azules -. Preparare tu desayuno mientras te aseas

Ella movió los labios para hacer una pregunta, pero inmediatamente se arrepintió. Ella no era ninguna cobarde, tal vez, el malestar que sentía era porque de verdad iba a enfermar.

Respiro profundo antes de levantarse de la mesa. Debía agradecer, que hasta ahora, no se había encontrado a nadie diferente a Kaede. Camino hasta las escaleras, decidida a volver a su cuarto, pero cuando estuvo en el último peldaño se detuvo, conteniendo la respiración. Por uno de los pasillos venia Naraku, con la vista fija en unos papeles. Ella se aferró con fuerza al barandal de la escalera. Y, sin saber por qué, sintió nuevamente esas ganas de llorar que creyó haber superado.

-"Temer es para los débiles" –lo escucho en su cabeza, pero aunque no quisiera aceptarlo, quiso desaparecer. Apretó las manos a sus lados, y siguió su camino.

Cuando se cruzaron, él pareció no percatarse, y ella fingió no hacerlo. Cuando estuvo frente a su habitación, se permitió recostar la frente en la puerta. No le gustaba, y agotaba lo que estaba sucediendo. Jamás había sentido tanto temor de encontrarse frente a frente con alguien. Hecho que le molestaba, especialmente porque ese alguien, era el hombre que más odiaba -. "Si todo sale según lo planeado, en unos días podré conseguir mi libertad" –no estaba dispuesta a esperar. Ella no necesitaba de nadie para escapar.

Una suave respiración en su cuello, la estremeció, sacándola de sus cavilaciones. Apretó los ojos con fuerza e intento girarse, pero el cuerpo detrás de ella, se lo impidió. Agarro el pomo de la puerta, con la intención de entrar a la habitación, pero una mano sobre la suya, se lo impidió.

-No te creí tan cobarde, Kikyo –no necesitaba ver su rostro para saber que aquella sonrisa arrogante, que tanto odiaba, adornaba en esos momentos los labios de él -. ¿Ahora te dedicas a huir de mí?

-¿Por qué tendría?. Eres un simple hombre… –se giró lentamente hacia él, sin apartar la mano que él aun tenia apresada contra el pomo de la puerta -. Además, por ahora eres un lisiado. Intentar dañarme en tu estado, solo resultaría patético –sabía que eso a él no lo detendría, pero ella jamás se intimidaría. O, por lo menos, jamás dejaría que él se percatara de eso. No sabe si le molesto o no el comentario, porque aquella sonrisa arrogante nunca desapareció. Intento girar nuevamente el pomo, pero la fuerza del agarre en su mano aumento. Lo miro a los ojos. Ya no sonreía, solo la miraba fijamente -. No me agrada que me toques. ¿Aún no lo entiendes? –su expresión era la misma de siempre, pero su voz denotaba todo el desprecio que sentía hacia él.

-Y, a mí no me agrada hacerlo… tu tacto es tan repugnante –tenía una expresión de enojo y asco en su rostro. No la dejaba de mirar, mostrándole todo el desprecio y asco que sentía por ella, y aquel secreto que se empeñaba en ocultar -. Pero… "no puedo evitar sucumbir a ello"- empezó a acercar su rostro al de ella, hasta que sus narices casi se rosaban. Por reflejo, pero sin dejar de mirarlo, hecho la cabeza hacia atrás, hasta que choco contra la puerta. Intento pronunciar algunas palabras de desprecio hacia él, pero cuando la puerta se abrió detrás de ella de improviso, se sobresaltó. Aún más, cuando ésta fue cerrada con seguro, detrás de la espalda de él.

Consideraba cualquier clase de sentimiento, que no fuera odio, patético. Aún más que patético, le parecía repugnante ese sentimiento que los débiles llamaban amor. Nunca lo había sentido, ni siquiera, cuando se suponía estaba en la edad de la inocencia, la cual, en realidad nunca había tenido… las personas como él, ya nacían con la sangre y alma podrida.

Pero la única forma de liberarse de un deseo, y no ser esclavizado por éste, era cediendo ante el. Por eso estaba allí. Él deseaba a Kikyo. Deseaba verla directamente a los ojos, cuando éstos se tornaran más oscuros por el placer. Quería ver aquella inexpresión corrompida ante el deseo. Deseaba verla humillada al ceder ante él. Solo llevando a cabo esos deseos, podría olvidarse de esa maldita mujer, que se estaba convirtiendo en una obsesión. O, ¿ya se había convertido una?

Pudo ver en su mirada, por unos segundos, aunque no estaba seguro, un toque de confusión en esos ojos vacíos. Vio como abrió sus labios, tratando de decir algo, pero él no se lo permitió. Con la mano que podía mover, la agarro fuertemente por la nunca, y la beso. Sentía como ella trataba desesperadamente de soltarse, pero eso no lo molestaba, de hecho le agradaba.

Se apartó de ella cuando unos dientes apresaron su labio inferior. Con su pulgar, limpio la sangre de su labio, y la observo, mientras un pequeño brillo aparecía en sus ojos… la sangre, era algo a lo que jamás podría resistirse. Sentía una pasión al verla y placer al sentirla. Sensaciones parecidas a las que otros decían sentir por un buen vino.

-Si vuelves a intentarlo, te dejare sin lengua –aunque se sorprendió ella misma de lo que había dicho, no dejo de mirarlo con desprecio, mientras se limpiaba con la manga de su vestido la boca. Intento pronunciar algo más, pero sus palabras fueron reemplazadas por un pequeño gemido de sorpresa y dolor, cuando su espalda choco contra la puerta, y su cuello fue apresado por la mano de él. Lo miro a los ojos, sin dejarse intimidar por la situación. Se sorprendió un poco con lo que vio, pero no lo demostró. Su labio aun sangraba, pero él no parecía estar enojado, aunque sus ojos se veían como la sangre que brotaba de él, y además sonreía, aunque ésta, la estremeció. Era una sonrisa que fácilmente se confundiría entre una de amabilidad y sadismo -. No… me… -no pudo terminar la frase, ya que esta se vio interrumpida por otro beso.

Podía sentir perfectamente el sabor metálico de la sangre, el cual, para su sorpresa, no la asqueo. Trato de luchar, pero el cuerpo sobre ella le impedía, hacer casi, cualquier movimiento.

-"Sangre" –sin pensarlo subió una de sus manos al hombro que él tenía lastimado, y sus dedos se hundieron en el vendaje. Un pequeño gemido se ahogó contra los labios de ella, pero no la soltó. Cuando la mano de él aflojo su agarre, y bajo lentamente por su cuello, hasta llegar hasta su cadera, la cual pego a él con fuerza, provocando que un pequeño gemido escapara de ella. Él se separó un poco y la miro.

-¿Recuerdas lo que dije aquel día en el barco? –su voz tenía un tono extraño, era más grave de lo que recordaba. Ante ese comentario, una sensación conocida la invadió. Esa misma sensación de calor que había sentido aquella noche en el lago. Viéndose esto reflejado en la piel de su rostro, la cual, se ruborizo, sin que ella fuera consciente de eso -. Porque yo lo hago perfectamente – un pequeño escalofrió recorrió su cuerpo, cuando los labios de él rosaron los suyos, antes de atraparlos en un beso, que por más que intento resistir, no pudo, y cedió ante aquel beso que la dejo sin aliento.

En ese momento, la mano de ella que estaba todavía en la herida tembló, al igual que sus piernas. Por lo cual se aferró al cuello de él, en reflejo para no caer.

Vagamente sintió cuando era arrastrada por la habitación hasta la cama. Pero cuando su cuerpo fue lanzado a ésta, despertó de lo que hasta el momento, le parecía irreal. Miro sus ojos, y sintió que debía alejarse.

Con lo que aún le quedaba de voluntad, trato de deslizarse fuera de la cama, sin embargo, un abrazo por la espalda, se lo impidió.

La única mano que podía utilizar, empezó su recorrido en su abdomen, ascendiendo lentamente hasta llegar a su cuello. Los dedos de él, parecían delinear su piel. La mano inicio su descenso, como si quisiera grabar todas las formas del cuerpo de ella, que estaban a su paso. Sentía como ella se removía un poco incomoda, pero eso a él no le importo. Eso le excitaba más.

Sintió un suave rose en su cuello, por el cual, sin ser consciente, cerró los ojos. Pero una fuerte presión en su cuello, la hizo abrirlos, mientras un gemido que no sabía, si era de placer o dolor, escapaba de sus labios. Nuevamente se sintió incapaz de respirar. No sabía que sucedía, pero nada a excepción de él, parecía hacer reaccionar a su cuerpo de esa forma. El cual, parecía cobrar conciencia propia ante aquellos extraños besos que él daba a su piel.

Escucho el sonido que produce la tela al ser desgarrada, pero no le importo. O, a la mayor parte de su conciencia no lo hizo.

Cada beso que él le da le quemaba, quería tenerlo cerca y que él no parara, aunque una pequeña vocecita le gritaba que se alejara. Pero con cada mordida, y suave caricia que él daba con su lengua en su espalda, mientras decencia por ésta, las voces en su cabeza de acallaban. Eran ahogadas por pequeños gemidos provenientes de su boca, que ahora, estaba segura eran de placer.

Ahí su conciencia pareció morir completamente, ya que ni siquiera fue consciente cuando el pomo de la puerta fue movido bruscamente. Por el contrario él lo escucho, pero no le importo. Lo único que importaba en ese momento era saciar su deseo.

No supo en que momento él la giro. O, cuando él se había quitado la mayoría de sus prendas. En ese momento, la única prenda que cubría su cuerpo cedió, dejándola totalmente a merced de él.

Cuando él empezó a bajar lentamente su cuerpo, desde su cuello, sin ningún pudor, provocando con esto que el aire de sus pulmones escapara sin que ella pudiera hacer absolutamente nada para evitarlo. Mordió su labio inferior, tratando de evitar que de su boca escapara cualquier clase de sonido, lo cual, a medida que él decencia, se le hacía cada vez más imposible.

Su cerebro no podía asimilar lo que sucedía. Se suponía que debía sentir dolor, pero por alguna razón a su cuerpo parecía gustarle. Reaccionaba inconscientemente a cada mordida, que era dada sin ninguna delicadeza, pero inmediatamente la lengua de él pasaba lentamente, acariciando suavemente la zona, como si la temiera romper. Ante esas caricias, se aferraba con fuerza a lo único que parecía ser su polo a tierra. Las sabanas. Pero en un reflejo las soltó, y cubrió con una de mano su boca, tratando inútilmente de ahogar un fuerte gemido, cuando él le había mordió la cadera.

Cerró los ojos, y reuniendo la poca voluntad que le quedaba, dijo -. P-Para –su voz había sonado temblorosa. Él ni siquiera contesto, solo levanto la mirada, y se quedó observándola fijamente. Subiendo, ahora lentamente, con sus dedos por la cara interna de su muslo derecho. Un escalofrió más fuerte la invadió, provocando que en reflejo cerrara las piernas antes de abrir los ojos.

Se había ruborizado, aún más, al mirarle a los ojos, por lo cual sin ser consciente, desvió la mirada. En ese momento, él se preguntó cómo aun, después de que tantos hombres pasaran por su cama, aun no se acostumbrara. Pero no quiso saber la respuesta, ese pensamiento le había enojado. Ella no solo le pertenecería a él, también le pertenecía a muchos, entre ellos el bastardo de Inuyasha. Y, la odio. La odio porque era una mujer que ya tenía dueño.

La observo por unos segundos. Ella seguía mirando hacia la pared. O, bueno, eso parecía, pero sus ojos estaban fuertemente cerrados. Y, sin pensarlo más, retiro la única prenda que cubría su cuerpo. Qué importancia tenía que ella tuviera dueño, si todo lo que él deseaba lo obtenía. Y, lo que deseaba ahora, era a ella.

Aunque ella no lo observaba, pareció escuchar la silenciosa que él le dio. Y, giro el rostro hacia él, antes de abrir los ojos. Se miraron fijamente por unos segundos, antes de que el cuerpo de él se posara totalmente en ella. A pesar de que esa posición, sería muy difícil y agotadora, por su hombro, no le importo. Con una de sus piernas separo las de ella, pero como ella no hizo la menor seña de moverse, él mismo le levanto la pierna izquierda.

-"No… lo hagas… con él, no" –otra vez aquella voz. Cuando sintió algo que le rosaba el muslo, su corazón empezó a latir fuertemente, y tuvo nuevamente miedo, pero aunque su cerebro quiso reaccionar, su cuerpo no respondió. Solo sus ojos, los cuales se cerraron fuertemente, y una mueca de dolor involuntaria apareció en su rostro, mientras una pequeña lágrima bajaba por su mejilla, cuando eso, que antes rosaba su pierna, la invadió, en un solo movimiento, totalmente.

A lo largo de su corta vida, había experimentado dolor físico y emocional, pero ningún dolor físico que hubiese sentido antes se comparaba con el desgarrante dolor que le producía tener eso en su interior. Sentía como si aquello que había entrado a ella fuera a partirla en dos. Mordió su labio tratando de ahogarlo, pero aquel gemido de dolor escapo.

Se levantó un poco, y la observo. Ella permanecía aferrada a las sabanas. Sus ojos estaban cerrados con fuerza, dejando escapar algunas lágrimas. Se maldijo, y pensó en levantarse, sobre todo cuando sintió que algo caliente mojaba su parte baja. Bajo la mano, tocando aquella sustancia, y cuando subió la mano, y la observo, confirmo lo que se negaba a creer.

Después haber escuchado a Tsubaki llorar con Onigumo, decidió nunca estar con una mujer… como ella. Esa clase de mujer jamás se amoldaría, a sus deseos y la forma en que él los disfrutaba, la primera vez. Pero él la deseaba, por primera vez en su vida tenia deseos quemantes de estar con una mujer. Acerco su rostro hasta quedar en el hueco entre el hombro y el cuello de la chica.

-"Orquídea negra y vainilla"

Ella se movió un poco, tratando de que aquella horrible y dolorosa cosa saliera de su interior. Pero en ese instante se arrepintió de haberlo hecho. El dolor pareció haberse multiplicado.

Nunca había sentido tanto dolor en su vida, estaba segura de eso. Y, aquel nuevo gemido lastimero, lo confirmaba.

-No te muevas –susurro con un poco de dificultad, como si hablar se le hubiese hecho casi imposible.

Pego su frente a la de ella, y un pequeño gemido escapo de sus labios. Su respiración se estaba entrecortando. No sabía cuánto tiempo más podía soportar en aquella posición. Se suponía que lo único que le importaba era saciar su deseo, pero… no se movió.

Soltó suavemente la pierna de ella. Y, empezó a subir lentamente por su costado, provocando pequeños espasmos en ella. Bajo su rostro, rosando sus labios contra los de ella, y delineándolos lentamente con su lengua, hasta que logro que sus parpados se relajaran. La beso. Aunque no tuvo acceso rápidamente a su boca, no se rindió hasta que ella respondió.

- Nadie… más, que… yo… puede… tocarte… -su voz había salido ronca y entre cortada -."Soy el primero y el último en tu vida, Kikyo"- sus narices se rosaban, mientras él la observaba con unos ojos rojos muy intensos, que hasta ese momento no había mostrado. Y, ante esa declaración, se movió lo más lentamente que pudo.

Bajo a su cuello, y allí se aseguró de dejar otra marca. Una que cuando ella la viera, supiera que ya tenía dueño.

Entre más se movía, más crecía su excitación al verla a los ojos. Sus ojos parecían oscurecer lentamente, mostrándole aquella imagen, con la que hasta ese momento, había fantaseado. Incluso, los suyos, también parecían hacerlo, ante cada gemido que ella le brindaba.

Cada vez que él se hundía más y más en ella, sentía pequeña presión se acumulaba en su cuerpo, más específicamente en la parte donde ellos se unían, y que parecía incrementar paulatinamente. En cada estocada sentía también, como su calor incrementaba, al igual que esas ganas de fundir aún más, su cuerpo con el de él. Eran sensaciones extrañas, pero agradables, y ella quería más.

Quiso en ese momento abrazarlo, y pegar, si era posible aún más, su cuerpo al de él. Pero sus manos temblorosas, solo se aferraban a las sabanas, siendo incapaz de soltaras, como si temiera caer.

-¡Ahhh! –había sido un fuerte gemido que ella no pudo ahogar. Y, esa fue la señal. En ese momento no le importo si dolería o no, solo movió su otro brazo. Sin dejar de mirarla, acaricio suavemente sus piernas, antes de subirlas a su cuerpo, hundiéndose a un más en ella.

Involuntariamente su cuerpo se arqueo, provocando que abriera los ojos desmesuradamente, mientras apretaba con más fuerza las sabanas que se encontraban debajo de su cuerpo.

Otro fuerte gemido, y de sus ojos empezaron a salir lágrimas, pero no eran de dolor.

Otra estocada, y su mente quedo en blanco, mientras un raro, pero placentero hormigueo subía lentamente por sus piernas, hasta encontrarse con aquella presión en su pelvis, provocando una explosión de placer y sensaciones, que se propagaban por todo su cuerpo, mientras, al mismo tiempo parecían, contraer y relajar cada uno de sus músculos.

Un sonido gutural había escuchado, y por medio de las lágrimas pudo diferenciar, vagamente, en el rostro de él, una expresión de total relajación.

Había llegado al clímax mirándola a los ojos. No solamente había sentido aquel suave cosquilleo que nacía en su pelvis, y se expandía por todo su cuerpo en forma de calor. Su cerebro había parecido desconectarse por completo. No. Había sentido más que eso. Cada sensación que siempre había sentido en el sexo, parecieron haberse intensificarse, hasta el punto de dejarlo vulnerable. Y, una muestra de ello, era que sus ojos, por primera vez en su vida se cerraron, como reacción a aquel placer tan intenso, que provocaba que su cuerpo se contrajera, para posteriormente relajarse placenteramente.

Cuando esa placentera sensación de descarga y liberación lo embargo, lo supo. Después de tenerla en sus brazos y marcarla como suya, supo lo que sentía por ella. Era odio, estaba completamente seguro de ello. ¿Qué otra cosa podría sentir por ella?.

Sentía placer al verla sufrir, solo cuando ese sufrimiento se lo infringía él. Sentía deseos de verla a los ojos hasta que no hubiera vida, ni nada en ellos. Había aprendido a sentir placer al imaginar, y ver su rostro desfigurarse por una mueca de dolor y sufrimiento.

Pero más placentera le parecía aquella expresión que le había observado, en el instante que el cuerpo de ella se contorsionaba rítmicamente, debajo del de él. Todo en ella ahora le parecía deseable. Desde los tímidos gemidos que escapaban sin su permiso, hasta aquellos que dio sin ningún pudor. Incluso aquella imagen que ahora observaba.

Todavía permanecían unidos. Y, al igual que él, ella parecía tener todavía dificultades para respirar. Pero a diferencia, ella estaba completamente ruborizada. Y, sus ojos, esos que había visto oscurecerse por el deseo, volvían lentamente a su estado original, mientras se cerraban lentamente, producto del cansancio. Esa imagen, lo asqueo, y agrado.

Sentía que la odiaba, deseaba y… ¿amaba?, si no hubiese estado todavía tan aturdido, se hubiese burlado de sí mismo, ante ese pensamiento. Una persona como él, era incapaz de sentir algo como aquello. Él solo podía sentir odio, y nada más.

La única forma de liberarse de un deseo, y no ser esclavizado por el, es cediendo ante éste… pero hay deseos que se hacen más voraces cuando se satisfacen. Y, eso fue lo que sintió en ese momento al tenerla bajo de él.


-¡Maldita. Mil veces maldita! –tiro todo lo que estaba en la cómoda. Parecía un animal enjaulado, caminando de un lado a otro en la habitación, sobre las sabanas y objetos que había tirado al piso de madera. Sentía furia. Sentía ganas de matar. Sentía ganas de matar a la desgraciada de Kikyo.

Todo había sido perfecto hasta el día anterior. Naraku, solo la buscaba a ella. Ella era la única con la que mantenía relaciones. Hasta había mantenido relaciones con ella frente a esa maldita mocosa. Todo hubiese sido perfecto, si él, al llegar al clímax, no hubiese dicho ese maldito nombre. Aunque había sido un pequeño susurro, ella lo escucho y entendió, por lo cual se giró a verlo. Él tenía una expresión de paz en su rostro. Ni siquiera se había percatado del nombre que había pronuncia, y ella no se lo hizo saber. Pero se juró que desaparecería a esa maldita mocosa antes de que algo sucediera entre ellos.

Esa mañana, desayunaron solo ellos dos. Él aunque quería aparentar que le era indiferente la presencia de ella, no lo logro, al menos, no delante de alguien que lo conocía perfectamente. Se había enojado por eso, pero cuando los vio ingresar a la habitación de ella, no lo pudo soportar. Intento abrir la puerta, pero no pudo. No pensaba irse hasta matarla con sus propias manos, pero el estúpido de Byakuya la arrastro, y encerró en su habitación.

Si lo interrumpes ahora, sabes que te asesinara en esa misma habitación… no debes tocarla, a menos que desees morir

Lo que ese maldito títere le había dicho era cierto, pero ella esta vez no se apartaría. Esta vez conseguiría lo que por derecho le pertenecía.

-¡Te maldigo mil veces, Kikyo!

Las llamas de las velas que permanecían en un pequeño rincón de la habitación, temblaron, como si se fueran a extinguir. A pesar de que la puerta y la única ventana que estaban en la habitación estaban cerradas, una fría ráfaga de viento pasó suavemente por su rostro. Miro hacia el pequeño altar, antes de que la llama de las velas se avivaran aún más. Cerró los ojos, y sonrió. La muerte nuevamente estaba de su lado, y ella como tantas veces le brindaría sangre.

-La cereza del diablo –sonrió. En unas semanas se celebraría la noche de Walpurias. Esa noche en especial la cereza del diablo era más fácil de encontrar. Le daría a probar. Solo tenía que ser paciente y precavida. Y, la muerte arrastraría lenta y dolorosamente a Kikyo, al infierno.

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La página me odia... pero bueno... pude al fin subir

Si se percataron, aquí iniciaron los síntomas de la enfermedad.

Aun no me acostumbro a escribir lemmon, pero trate de arreglarlo –fue donde más me tarde-, espero que el intento de lemmon, ya no esté tan raro.

Walpurias: Noche de brujas

Cereza del diablo: Atropa belladona-Belladona-. Era utilizada en ocasiones para la belleza, pero normalmente la utilizaban las brujas. Actualmente se utiliza en oftalmología y Parkinson.

Comparación de las sensaciones de la sangre y el vino: alusión a Filippo María Visconti

Erza (Si, pobre Kikyo, la vida –autora, cof-, es injusta con ella. Inuyasha…si, es una bestia -_-. Si, Naraku y Kikyo –ojitos pervertidos y sonrisa jaja. Te felicito, ya falta poco para el cap nuevo. Ya alguien había contestado, pero por ser una lectora asidua, te daré una escena. ¿De quienes la quieres?, y en general de qué… saludos)

Rijeayko (jjaajj pobre. Yo solo he ganado papitas, me salieron cinco premiadas seguidas, y después no quisieron venderme más…del resto, estoy como tú :/. Le tengo envidia a tu prima jjaj. Si, lo sabía jjaaj. Sabes, antes de iniciar a escribir leía fanfic, y me encontré uno llamado confusiones, y me gustó mucho. Cuando alguien me sigue, y tengo tiempo, paso a su perfil para "conocer" al lector… sí, soy rara jjaj… pero, me percaté de que eras tú, y si, se confirma tu obsesión jaja. Estoy pensando escribir algún día una historia sobre ellos. Volviendo a la escena, y disculpa mi confusión, cuando dices "escena subida", te refieres a besos, e intento o lemmon. Bueno….saludes)

Margot (Hola, bienvenida. Amas a Naraku… eres de las mias. Si, Inuyasha es tres años mayor. Si, pobre Izayoi, a veces se le corre la teja. Bankotsu… como dijo, él jamás la dejaría)

Margot (Bueno…yo jamás escribiría una historia Inuyasha-Kikyo, no sé, creo que no la amaba lo suficiente. Es Naraku, es…él jjjaaj. Jjaaj Bankotsu, no quiero spoliarte, pero lo odiaras más, y…después lo sabras)

Margot (Lo siento, no puedo evitar que el mal me domine muaja muaja. Ya paso, pero supongo que odiaste a Inuyasha. Pobre Bankotsu, ya medio penita jjaaj. La madre de Kagome… supongo que serias feliz con un death note jjaj. Porque Naraku, y la autora son malvados muaja…ok, no. Jjjaaaj Bankotsu)

Margot ("Interesante y rebuscado", he tratado de que todo esté relacionado, y de cierta forma tenga lógica… supongo que he cometido errores en eso. Porque Naraku, es un personaje que sabe manejar sus sentimientos, no crea lazos con nadie, y desecha a quien no necesita –me gusta mantener las personalidades lo más parecido posible…creo que lo hago-, él solo sufría por la única persona que despertaba su parte humana. Inuyasha, si gusta de ella, pero no se ha percatado, porque él la ve como "la niña fea", la considera una niña inocente, y si le dijo todo eso, fue porque no quería lastimarla más, y creía que lo mejor era alejarla….como es una bestia, lo hizo de la única forma que sabía)

773 (¡Hola!. Gracias es lindo saberlo nuevamente. Yura, hace todo por diversión, pero sin querer se a encariñado con Kikyo. Jjjaaj pensé: pero en ninguna de mis historias he mencionado a Irasue…otra que muere por el amo bonito jaja. Pobre bestiecita Inu… tarde a reconocido sus errores… creo que sufrirá… ya veremos… saludos)

Margot (Si, y no la confundió. Porque a pesar de creer que era Kikyo, acepto que por ésta no había sentido nunca lo que hizo que quisiera tener relaciones con Kag. Kouga, si es amigo de Bankotsu, pero no es como él, de hecho, no sabe lo que hacía con Kikyo –tenían años que no se veían-… Kouga, si, es mujeriego –tiene explicación-, y no se lleva bien con Inuyasha –igual que en el anime-, pero jamás lastimaría, además de algunos golpes, a Inu. Lo hará, porque "odia" a Inu, y le toma cariño a Kag… Si, ya sabes, el corazón de Onigumo. Son dos hermanos, uno es lindo y el otro parece pato y adora el cabello... pero si estas leyendo esto, ya lo sabes)

Margot (La vida –autora- es cruel… lo siento me gusta el drama. Pronto se dará cuenta de su error. Arriba, ya te explique parte del actuar de Kouga, en él capitulo diecisiete, entenderás algunas cosas. Como dije antes, trato de que las personalidades se han similares a las del anime, y Kouga, no es la excepción. Bueno, espero te siga agradando… saludos)

Gabrielle Kravinoff

12/08/17