Capítulo XII: El corazón de Onigumo

Tenía que aceptar que esa había sido una de las experiencias más placenteras de su vida. La más gratificante que había tenido con una mujer. Todas las sensaciones, que normalmente sentía en el sexo, parecían haberse intensificado.

Cuando por fin había llegado al clímax, se había sentido tan relajado, que inconscientemente había cerrado los ojos, y sonreído. Nunca en su vida había sentido… ¿paz?. No estaba seguro si esa era la palabra adecuada, pero de lo que si estaba seguro, era de que con ella, era la única con la que lo había sentido.

Abrió los ojos, quedándose concentrado solo en ella. Su respiración se iba volviendo cada vez más lenta, a diferencia de la de él, que todavía era errática. De sus ojos, los cuales no parecía poder mantener abiertos, aun salían lágrimas, y sus mejillas tenían un color que le pareció excitante, y tal vez… adorable, si aquella palabra no le hubiese parecido patética. Su pecho subía y bajaba, de tal forma, que parecía una sensual invitación a probar nuevamente aquella piel.

Todos sus malditos músculos temblaban, en especial su brazo… por donde corría la sangre proveniente de su hombro. Pero en ese momento no sentía dolor. Aquella sensación de relajación, no parecía querer abandonarlo, por lo cual creía que iba a caer, en cualquier momento sobre ella. Esa sensación lo hacía, por primera vez en su vida, sentirse vulnerable antes alguien más. Hecho, que definitivamente no le agradaba. Pero a pesar de eso, deseaba seguir allí contemplándola. Sintió como sus deseos de tocarla nuevamente, se intensificaron.

Deseaba tocar la piel de su rostro, y besarla. Quería… -"¡Maldición!"-rodo a un lado, dejando que todo el peso de su cuerpo cayera en la cama. Pudo escuchar un pequeño gemido de dolor, cuando sus cuerpos se desligaron, pero decidió ignorarlo. Solo se quedó observando al techo, tratando de comprender que le estaba sucediendo, hasta que sintió que el cuerpo de ella, se alejaba del suyo.

Estaba muy cansada y relajada al mismo tiempo, que ninguno de sus sentidos parecían funcionar adecuadamente. A pesar de que lo veía sobre ella, su cerebro no comprendía la gravedad del asunto. Solo quería dormir. Pero cuando eso salió de su cuerpo, el dolor que sintió nuevamente en su parte baja, la saco de su ensoñación.

Sin importarle el dolor, y tratando de hacer el menor ruido posible, se sentó, arrepintiéndose de este hecho, cuando algo empezó a bajar por su muslo. Sintió asco, pero sobre todo vergüenza por lo que había hecho.

Apretó la sabana contra su cuerpo. Sus ojos ansiaban dejar salir lágrimas, que ella se negaba a dejar escapar, tratando se conservar la poca dignidad, que sentía, ahora le quedaba. Se cubrió lo más que pudo con la sabana, tratando de que ninguna parte de su cuerpo fuera visible para él.

-No he dicho que puedas irte.

Él se había sentado en la cama. Su espalda descansaba en la cabecera de ésta. La sabana le cubría desde la cadera, hasta la mitad de los muslos. Y, miraba la espalda de ella.

Sin ponerle atención a la voz, decidió levantarse, sin embargo, un agarre en su brazo no se lo permitió.

-Me desagrada repetir las cosas –su voz aún se escuchaba calmada.

Intento soltarse, pero la fuerza del agarre aumento -. Suéltame… -giro hacia él, quien la miraba de forma seria -, odio que me toques… me asquea

Una sonrisa de lado se formó en sus labios, antes de jalarla hacia él -. ¿Enserio? –acerco su rostro al de ella, hasta que sus narices se rosaron -. Tus gemidos me confundieron… tanto, que creí que lo estabas disfrutando –la soltó, y se levantó sin tapar su desnudes. Ese comentario lo había enojado, pero no quería darle el placer de demostrarlo -. Pero supongo que es la costumbre… todas las putas fingen muy bien, y tú no eres la excepción, Kikyo

Apretó más fuerte la sabana contra su cuerpo, sintiendo ganas de llorar, pero jamás lo haría frente a él. La estaba tratando como a una prostituta, después de haberle quitado su virtud, y ni si quiera se había percatado de ello.

-Solo… cerré los ojos… –un susurro salió de sus labios, pero lo suficientemente alto para que él lo escuchara -; cerrando los ojos, y pensando en otra cosa, fue la única forma en que pude soportar que me tocaras –sabía que no era cierto, pero en ese momento quiso darle donde más le dolía… su orgullo -. Funciono bien… no vomite –se levantó de la cama.

La agarro por un brazo, lanzando de forma brusca a la cama -. ¿¡Querías que fuera él!? –apretó más el agarre en sus brazos. Si no hubiese estado tan enojado, se hubiera percatado de que era patético lo que estaba haciendo, porque había sentido… celos, al imaginarse aquello. -. ¿¡Pensabas en él mientras gemías!? –ella se removía tratando de soltarse, pero el fuerte agarre no se lo permitía. Nuevamente sintió ganas de llorar, pero esta vez sin saber por qué. Giro la cabeza a un lado, tratando de calmarse, pero una fuerte presión en su barbilla, hizo que lo mirara nuevamente -. Responde, Kikyo… ¿querías que fuera ese bastardo? –no gritaba, pero aquella mirada, le confirmaba lo enojado que estaba.

-Inuyasha…-sus ojos escocieron, pero lo ignoro. Solo respondió, estaba tan enojada y dolida, que solo respondió lo que él quería oír, y lo que ella quería creer, para no sentirse tan usada -. Siempre quise… que fuera él… tú, me das asco. Solo cerré los ojos, y lo vi a él… yo me entregue a él

Cerró los ojos, esperando a que pasara algo, que él le hiciera algo, pero nada sucedió. Después de unos segundos, sintió que él se levantaba. Abrió los ojos, percatándose de que él se colocaba los pantalones.

-Sabes…-escucho su voz. Había sido un tono tan suave, que la sorprendió -, ahora que mencionaste al imbécil de Inuyasha, me causa curiosidad saber qué expresión tendrá cuando se entere de lo que hicimos… - se giró hacia ella y sonrió -, ¿a ti no?

Lo comprendió. La había utilizado de esa forma, solo porque odiaba a Inuyasha -."No tiene ninguna otra razón" –mordió su labio inferior, tratando de impedir, que las lágrimas, que esta vez amenazaban salir con más fuerza, lo hicieran.

-¿Pero sabes que sería más divertido?, hacerlo frente a él… estoy seguro de que le encantaran tus gemidos... son tan adorables

-¡Nunca volverás a tocarme! –estallo, por primer vez en su vida había gritado de esa forma. Sabía que todo lo que le decía era para lastimarla, y que no debía importarle, como tantas veces, pero… era diferente, sentía que esta vez era diferente -. Prefiero morir mil veces, antes de volver a permitir que coloques un dedo en mí

-Todo lo que está en esta casa me pertenece… incluso tú, Kikyo –dijo como si fuera lo más obvio del mundo -. Si decido volver a tener sexo contigo, cosa que solo haría por aburrimiento, tú abres las piernas, y la boca solo para gemir

-Prefiero morir de la forma más lenta y dolorosa que se te ocurra… tú, me das asco

Sonrió, y se acercó a ella. Sonrisa que aumento, cuando ella no se alejó, solo lo miraba con odio… y asco. Ese maldito asco, que vio a parecer lentamente en sus ojos.

Paso suavemente su mano por la mejilla de ella, en una suave y lenta caricia que termino en su barbilla. Acerco su rostro al de ella, rosando suavemente sus labios. Ella intento apartarse, pero el agarre en su barbilla, no se lo permitió -. Muerte en vida, Kikyo… prefiero ver esta mirada día a día, mientras te consumes en vida… no te tocare, tú rogaras porque lo haga. O, te mate físicamente –la soltó, agarro la camisa y los zapatos que estaban en el piso, y salió dando un portazo.

Cuando iba por el pasillo, se encontró de frente a la anciana -. Creí que no estabas…

-Prepárame un baño –siguió su camino sin mirar a la anciana. Entro a su habitación, tirando la camisa y las botas en el piso. La anciana entro después de unos segundos, encontrándolo en el sofá, con una botella de whisky en las manos. Cuando la anciana salió, se desnudó, y sin dejar de beber de la botella se metió en la bañera.

¿Qué sentía?, no sabía exactamente. Pero la muy desgraciada había herido su orgullo, al decir que había deseado estar con ese bastardo. Quiso matarla en ese momento, pero sabía que eso no cambiaría en nada lo que estaba sintiendo.

-"Eso no cambiaría el hecho de que ella lo quiera a él… solo la liberaría"


Le había entregado lo que por años había cuidado, al hombre que más odiaba. Se sentía utilizada y humillada, pero sobre todo asqueada. Había permitido que un hombre la utilizara para satisfacer sus bajas pasiones.

Inmediatamente entro al baño dejo caer la sabana que la cubría. Miro sus piernas, y un pequeño sollozo escapo de sus labios. Agarro un poco de agua, y se la hecho en la parte baja de su cuerpo, tratando de disolver la sangre, y la sustancia blanca, que permanecía en la parte interior de sus piernas. Cuando se percató de que ya no quedaba rastro de nada, se metió en la bañera. Por primera vez en su vida, se metió en ésta, como había venido al mundo.

Duro casi una hora, tratando de quitar cualquier esencia que quedara de él, en su cuerpo. Se sentía asqueada, y por más que se lavara, no lo podía cambiar. Se acostó en la bañera, introduciendo parte de su rostro en el agua. Dejando que las lágrimas que ahora salían sin su permiso, se mezclaran con el agua.

Después de unos segundos, se irguió un poco, agarrando una de las puntas de la sabana, que antes, había dejado en el piso. La humedeció, y se empezó a limpiar toda la piel, de forma brusca, con ésta. Necesitaba que las marcas y el olor que el había dejado en su cuerpo desaparecieran. Pero por más que frotaba su cuerpo, no dejaba de sentirse sucia. Soltó la tela y se abrazó a sí misma, pegando las rodillas a su pecho, dejando escapar una que otra lagrima. No importaba que hiciera, él había hecho algo que jamás podría cambiar, por eso lo odiaba aún más.

Odiaba que él la hubiese utilizado. Odiaba que él hubiese satisfecho sus bajas pasiones con su cuerpo. Pero lo que más odiaba y le dolía, era que a ella… le había gustado. Aunque le molestara reconocerlo, todo lo que él le había hecho, y sentido, le agrado. Y, eso era lo que más la enojaba.

Se colocó un camisón blanco, antes de girarse a la cama. Cerró los ojos, siendo incapaz de ver lo que en ella se encontraba. Agarro las sabanas, y las tiro en el piso.

Siendo incapaz de dormir en la cama nuevamente, se acostó en el sofá que estaba cerca de la ventana. Acurrucándose allí, hasta que se quedó dormida de tanto llorar en silencio.

Cuando abrió los ojos al día siguiente, quiso creer que todo había sido un sueño, pero el dolor en su parte baja, le indico que no lo era. Lloro nuevamente por unos minutos, hasta que sintió unos suaves toquidos en la puerta, antes de que Kaede, ingresara a la habitación.

-Mientras desayunas arreglare la habitación –dijo la anciana al ver el desorden, pero no parecía sorprendida de ese hecho. Ella intento levantarse, pero una mueca de dolor apareció en su rostro -. ¿Te sucede algo?

-Estoy un poco… adolorida –se ruborizo, recordando por qué se sentía así, por lo cual giro la cabeza hacia un lado, tratando de evitar que la anciana se percatara -. Tal vez fue porque dor…

-Es normal –dijo la anciana interrumpiéndola -, pero pronto pasara. Conozco algunas hierbas que sirven para esa clase de dolor… no te preocupes, la próxima vez no sentirás dolor

-Quiero que quemes las sabanas –dijo sin ningún rodeo, percatándose de que la anciana ya sabía a qué se debía todo el desorden, y aquel dolor, pero no menos avergonzada por ser descubierta.

Aunque, Kaede, hizo lo que le pidió, eso no le basto, tuvo que cambiarse de habitación. Quería olvidar lo que había sucedido, y cualquier rincón de esa habitación se lo recordaba.


Ese día decidió salir. O, ¿escarparse de la mansión?, no estaba segura de ello. Porque después de la prohibición de salir el día de la boda de Kagome, no había intentado volver a salir. Por lo cual, ese día salió lo más discretamente posible por la puerta secreta.

Además de dolida y enojada, se sentía frustrada. Por primera vez en su vida, no tenía un plan. Por primera vez en su vida se sentía perdida. Lo único que quería hacer era salir de ese lugar, y así lo hizo. Tal vez, se darían cuenta de su ausencia en una hora. O, quizás en más tiempo, pero no importaba, ella solo quería salir de ese lugar, y tal vez, sentirse libre, así fuera por uno segundos.

Sus pies la llevaron al único lugar donde verdaderamente sentía paz. El bosque. Lugar, que en ese momento, jamás quería abandonar. Pero esa paz que sintió en ese momento, se desvaneció, al percatarse de la figura que la observaba desde las raíces del gran árbol. Se giró para irse, pero aquella voz melancólica la detuvo.

-Kikyo…- volvió a repetir suavemente, al ver que ella no se giraba a verle -. Creí… -ella se giró, y él sonrió de forma melancólica -, creí que no volvería a verte

Sus labios temblaron, y sus ojos escocieron ante aquella mirada que él le daba. Se sintió peor de lo que ya se sentía. Se suponía que a pesar de todo, ella quería a Inuyasha. Se suponía, que mientras sintiera cosas por él, no debía haberse entregado a otro hombre, y menos a uno, por el que no sentía nada más, que odio.

Lo vio dar un paso hacia ella, por lo cual en reflejo retrocedió. Sentía que no debía estar en su presencia. Inuyasha, aunque no lo justificaba, al menos tenía una explicación a lo que había hecho, pero ella, no. Ella solo se había dejado llevar por algo que debía ser desagradable y hasta traumático, pero ese era el problema… ella había sentido todo lo contrario, y aunque no quisiera aceptarlo, era consciente de eso.

Quiso retroceder nuevamente, pero esta vez, los brazos de él no se lo permitieron. La había apresado en un fuerte abrazo -. ¿Inuyasha? –se tensó un poco, y al fin pudo hablar, pero él parecía no escucharla. Por lo cual, se quedó allí, siendo abrazada por él, pero sintiendo que no lo merecía.

No supo cuánto tiempo se quedaron así, solo abrazándose. Solo se aferró al abrazo, unos segundos antes de que él lo terminara, pero sin soltarla.

-Lo siento –la miraba de forma triste -. Tengo… -pero antes de que pudiera terminar la oración, ella se hinco hacia él, y lo beso. Estaba sorprendido por ese hecho, pero después de unos segundos no le dio importancia.

Cerró los ojos y se hinco hacia él. No era un beso. O, eso creía ella. Sus labios, solo se encontraban pegados fuertemente a los de Inuyasha. No lo había pensado, solo actuado, tratando de demostrarse que a ella no le había agradado que ese hombre la tocara, solo estaba un poco confundida. Ella a quien quería era a Inuyasha, aunque jamás pudiera estar con él, seria al único hombre que querría.


Abrió los ojos. No sabía que pasaba, pero algo estaba mal. Por más que trataba de sentir algo en aquel contacto, no podía. O, no lo que ella quería. Si, era cierto que su corazón había empezado a latir un poco más rápido, pero no sentía nada más. Quería profundizar el contacto, pero no sabía cómo. Se hinco un poco más, y se abrazó a él. Moviendo un poco los labios, como él ahora lo estaba haciendo.

Cerró los ojos fuertemente, dejándose llevar también por el nuevo contacto que ella había iniciado.

Quería sentir ese pequeño cosquilleo que le produciría el aliento de él, cuando chocaba contra su piel desnuda. Quería sentir esa arrebatadora sensación de calor, ante los besos que serían dados a su piel. Quería tratar de evitar que el aire escapara de sus pulmones, aun sabiendo que eso sería en vano, ante el toque de él. Quería sentir como cada centímetro de su piel reaccionaba, provocando que involuntariamente temblara debajo de él. Quería sentir todo, y tal vez muchas más sensaciones de las que había sentido con ese hombre. Pero por más que lo intentaba, lamentablemente no sentía nada. El beso no era desagradable, pero no sentía absolutamente nada. Y, estaba segura, aunque no se percatara, que él sentía lo mismo, ya que sus manos intentaron soltar la cinta de la parte superior de su vestimenta, pero allí se quedado estáticas, como si no fueran capaces de seguir, al igual que sus labios.

Una pequeña lagrima bajo por su mejilla izquierda. Por más que quisiera sentir algo diferente con ese beso no podía -. "Solo ha ocurrido con… él" –se separaron, mirándose a los ojos. No lo comprendía, por qué, si ella quería a Inuyasha, no sentía nada. Pensó en besarlo nuevamente, pero algo le decía que sentiría lo mismo.

-Kikyo, yo… -un pequeño ruido en los arbustos lo interrumpió, por lo cual giro en esa dirección, pero al no observar nada, creyó que había sido producto de su imaginación.

La persona que se encontraba escondida entre los arbustos, espero pacientemente unos segundos, hasta que Kikyo volvió a llamar la atención de Inuyasha, para así, poder marcharse sin que se percataran.

-¿Me quieres? –lo interrumpió, al percatarse de que iba a seguir hablando. No sabía por qué lo había preguntado. Tal vez, para ver si sentía algo ante la declaración de él.

Al principio se sorprendió por la pregunta, pero después sonrió –. Siempre lo hare, y espero que tú también lo hagas –pego su frente a la de ella. No mentía. Estaba confundido respecto a lo que sentía por ella y por Kagome, aún más después de ese beso, pero a pesar de eso, sabía que jamás podría dejar de quererla, sin importar de qué forma fuera.

Nada, no sintió ni siquiera su corazón acelerarse, solo sintió un gran cariño por él. Uno, que era similar al que una vez sintió por su padre.

Se quedaron en esa posición por unos segundos, antes de que él se apartara -. Tengo que viajar a Tokio mañana al amanecer. No quería irme sin despedirme, pero no sabía cómo entrar en aquella casa… está siempre vigilada –ella iba a decir algo, pero él no se lo permitió -. Sé que la última vez dijiste que no necesitabas mi ayuda, pero… por favor, no quiero que sigas bajo el mismo techo que ese monstruo

-Inuyasha, yo…

-Lo se… -la interrumpió sabiendo lo que diría -. Sé que puedes solucionarlo sola, pero entre más tiempo pases con él, puede hacerte más daño... él… lo vi en sus ojos, él no te dejara ir fácilmente –en ese momento recordó que Naraku lo conocía, quiso preguntarle por qué lo odiaba, pero antes de que pudiera hacerlo, él volvió a hablar -. Si no quieres que uno de los dos muera, aceptaras mi ayuda –suspiro de forma cansina, Kikyo, era muy orgullosa -. No te pido que la utilices como primera opción… conservaras lo que te daré, y si no encuentras otra forma, lo utilizaras. Promételo, o soy capaz de llevarte en contra de tu voluntad conmigo.

A pesar de todo, tenía que reconocer que esa idea no le desagradaba. Pero sabía que antes del amanecer, Naraku, la buscaría en la casa de Inuyasha o, donde se escondieran, y lo mataría, de eso no tenía duda. Solo asintió, antes de ser tomada por una mano, y guiada hasta la casa de Miroku, a quien Inuyasha le había encargado entregarle unos documentos falsos para que pudiera salir de la isla, en caso de que él se fuera sin poder verla.


Abrió los ojos de forma perezosa. No había salido en todo el día se su habitación. Una de las razones, era porque no quería ver a nadie, y menos a los padres de Inuyasha, que los estaban visitando. Y, la otra, era porque aunque quisiera, no podría, seguía enferma, aunque ya no tenía fiebre, a veces se le hacía casi imposible levantarse de la cama.

-Ya despertaste. ¿Cómo te sientes? –intento girar la cabeza hacia la voz, pero inmediatamente se arrepintió. Todo a su alrededor empezó a dar vueltas.

-Odio estar enferma –dijo en forma de berrinche, cerrando los ojos, y cubriéndose lo más que podía con la sabana. Él sonrió ante aquella imagen que le pareció tierna. Kagome, aún era una niña, que él con gusto cuidaría -. ¿Qué dijo el médico?

-No supo responderme con exactitud. Al parecer te contagiaste de algo cuando te… -se calló, al percatarse de lo que iba a decir. Sabía que a Kagome no le gustaba hablar de lo que le había sucedido cuando fue secuestrada, solo se lo había dicho una vez, y aunque tenía algunas dudas, más específicamente sobre el anciano que la había ayudado, decidió no volver a preguntar, solo le bastaba saber que no había sido lastimada. Además, entendía a la perfección que todas las personas tenían secretos… incluso él -. Espero que si te vuelve a revisar, pueda saber lo que tienes –se sentó en la cama, y descubrió un poco el rostro de la chica. Coloco una mano en la mejilla de ella, y sonrió -. Pronto mejoraras, ya no tienes fiebre –le beso la mejilla, y salió.

Inmediatamente cerró la puerta, uno de sus puños, termino en la pared. Kagome, seguía enferma, y no sabía qué hacer. Le había mentido. Sabía lo que pasaba, el médico se lo había informado, pero no quería que ella sufriera. Por lo cual, no le diría la verdad, por lo menos, no por el momento.

Después de pensarlo por unos segundos, se dirigió a la cocina, donde encontró a dos mujeres, una anciana, y la otra de aproximadamente treinta años.

-Ya preparaste él té

La anciana se giró hacia él, y le entrego un vaso que contenía una bebida marrón -. Esto aliviara sus malestares, mi señor – lo agarro, y se dispuso a salir, pero en la puerta se detuvo. Pareció pensar en algo por unos segundos, antes de llamar a la otra mujer.

-Llévale esto a mi esposa. Dile que en unos minutos iré –la mujer hizo una reverencia antes de salir de la cocina. Se giró hacia la anciana, y la observo por unos segundos, preguntándose si lo que haría sería lo correcto. Toda la noche lo había pensado, pero aún tenía dudas. Pero al final, llego a la conclusión de que lo que haría, era lo correcto, aunque tal vez, Kagome nunca lo entendiera -. Mi abuela y madre confiaron en ti, por lo cual espero que esa misma lealtad que le brindaste a ellas, ahora, me la brindes a mi

-No tiene por qué dudar de ella, mi señor. Solo ordene, y esta vieja sierva obedecerá sin preguntar

-¿Sabes sobre muchas hierbas?... específicamente para relajar –ella solo asintió –. Lo que hablaremos aquí, no lo puede saber nadie, ni siquiera mi esposa, ¿entendiste?

-Como usted ordene, mi señor

Después de hablar con la anciana, fue a ver nuevamente a Kagome -. ¿Cómo te sientes?

-Bien –dijo con una pequeña sonrisa. No sabía que le había dado Kouga, pero eso parecía haberla curado -. ¿Qué me diste?

-Una infusión de hierbas… cuando era niño, la tomaba para el resfriado, y otros malestares. Creí que podías tomarla, mientras sabemos que tienes –se sentó al lado de ella, quitándole la taza que aún tenía en las manos -. Al parecer no me equivoque, y lo que tienes no grave… tal vez, solo sea un resfriado. Tomaras la infusión por algunos días más, mientras el medico descubre que tienes.

Al anochecer, cuando estaba cepillando su cabello él entro a la habitación. El cepillo quedo estático sobre su cabello, cuando se percató de que Kouga empezaba a desnudarse. Se ruborizo, sintiéndose tonta. Había estado enferma la noche anterior, que ni siquiera se había preguntado qué pasaría en la noche de boda. Ni siquiera antes de casarse lo había hecho, su cerebro al parecer había decidido ignorar ese hecho.

Se levantó del pequeño mueble y se alejó un poco, al sentir unos labios en su hombro. Él estaba solo con la ropa interior, observándola.

-Kouga… yo…-que le diría. ¿Qué no podía cumplir con sus deberes de esposa, porque no lo quería?. No, no podía. Sabía que era su deber, pero ella… -."No puedo… con él no". Yo… -tal vez, si esperaban unos meses, ella se sentiría preparada. Pero como explicarle eso a Kouga. Estaba pensando en lo que diría, cuando un pequeño suspiro la saco de sus cavilaciones.

-Tranquila –una pequeña sonrisa adornaba sus labios. Se acercó un poco más a ella, y le agarro las manos entre las suyas -. Lo entiendo. Esperaremos a que te sientas preparada. Prometo no hacer nada que tú no quieras –sabía que la promesa era falsa, pero en ese momento no se le ocurrió otra cosa que decir, para que ella confiera totalmente en él -. Solo quería darte las buenas noches. Lamento haberte asustado –beso el envés de sus manos, y camino hacia una puerta que estaba a un metro de la cama -. Estaré en la habitación de al lado… esta es la única entrada, ya sabes, así no sospecharan –dijo con una sonrisa, para después entrar en la otra habitación.


Sintió los besos, y los pequeños mordiscos en su cuello. Sintió la mano bajar lentamente por su torso, hasta llegar a su pantalón, en el cual se introdujo. Pero aunque eso debía excitarlo, no lo hacía, solo lo fastidiaba.

-No estoy de humor, Tsubaki –dijo mientras le sacaba la mano de sus pantalones -. Lárgate

-Nunca lo estas, y aun así puedo complacerte -dijo cerca de su oído, antes de lamerle la oreja -. Si quieres, puedo hacer todo el trabajo… tú solo disfruta –una pequeña sonrisa sensual apareció en su rostro. Se colocó delante de él, dejando que el blusón que llevaba resbalara por su cuerpo hasta caer al piso.

Debía aceptarlo, Tsubaki, no era tan voluptuosa como Yura, pero aun así, su cuerpo era sensual. Pero lo que realmente le encantaba de ella, era su cabello, y la forma en que este cubría algunas partes de su cuerpo.

Sonrió, al sentir como ella desabrochaba su pantalón. Tal vez, eso era lo que necesitaba, para sacarse de la cabeza aquellas estúpidas ideas que rondaban su cabeza la noche y día. Cerró los ojos, dejando escapar un pequeño gemido de placer al sentir aquel excitante movimiento en sobre su parte baja. Cuando los abrió, pudo ver aquella larga melena azabache entre sus piernas, y en reflejo agarro unos mechones, haciendo que los movimientos de ella aumentaran. Cerró los ojos nuevamente, dejándose llevar por las oleadas de calor y placer, que aumentaban paulatinamente en su cuerpo.

-"Kikyo" –sí, debía reconocerlo, deseaba que ella fuera quien en esos momentos lo tocara, pero la desgraciada, le había dejado claro que ella quería al bastardo de Inuyasha. Pero eso a él no le importaba, después de todo, a él lo único que le interesaba era el cuerpo de ella, y el placer que pudiera obtener con éste, igual que como con todas las demás mujeres que alguna vez pasaron por su cama. -. "Pero ella no es como las demás"-ni tampoco sentía por ella, lo que sentía por todas. Quería que ella solo le perteneciera a él, por eso se había enojado cuando ella le restregó en la cara que ella quería a Inuyasha. En reflejo apretó más el agarre en el cabello de la chica, la cual gimió de forma baja, pero no se parto. Después sintió pequeños mordiscos en su pecho, y una mano traviesa reemplazando, lo que segundos antes, hacia la boca de ella.

Escucho nuevamente un gemido de ella, cuando se sentó sobre él. Eran gemidos que no le provocaban absolutamente nada. Si, sentía placer con aquello que estaba sucediendo, pero…

-"Ella no es Kikyo"-abrió los ojos, y la observo. Sus ojos estaban cerrados, mientras subía y bajaba sobre de él, mordiéndose el labio inferior, sin impedir que de su boca salieran gemidos. Sentía placer, pero no era comparable al que sintió con ella. En ese momento se dio cuenta de lo patético que era. Solo había empezado a acostarse nuevamente con ella, porque le recordaba a Kikyo. Agarro las caderas de la chica, y la aparto de forma brusca de él, lanzándola a un lado del sofá -. No estoy de humor. Lárgate, es la última vez que te lo digo –se levantó, abrochándose el pantalón, y después se dirigió hasta las botellas de whisky, sirviéndose un trago.

-¿Es por ella? –él se giró hacia ella, bebiéndose todo el contenido del vaso -. ¡Es por esa maldita zorra de Kikyo! –se levantó del sofá, sin cubrirse -. Ella jamás te va a complacer como yo… jamás te va a querer –sus ojos se cristalizaron. Esa desgraciada le estaba robando algo que debía ser suyo.

Jamás te va a querer

Esa frase se repetía una y otra vez en su cabeza. ¿Acaso él quería que Kikyo lo quisiera?. Se burló internamente. Él no necesitaba que nadie, y menos ella sintiera cosas estúpidas por él.

-Deja de decir estupideces, y lárgate. O, me divertiré contigo de una forma que no te va a agradar

Aunque la mirada de él, le indicaba que se fuera, su enojo hablo -. He visto como la miras… la deseas igual que a la sangre –no entendía como él podía desear a alguien tan poca cosa como Kikyo, cuando ella estaba dispuesta a hacer todo por él. Podía soportar cualquier cosa, menos que él se interesase verdaderamente en una mujer que no fuera ella -. Eres igual a él - en ese momento, no pudo evitar recordar la maldita obsesión y debilidad que tenía Onigumo por una mujer. Sentimientos que lo llevaron a buscar mujeres que fueran físicamente parecidas, hasta el punto de utilizarla a ella, su propia sobrina, para saciar sus perversiones -. ¡Tienes las mismas debilidades que él… hasta heredaste su corazón maldito…! -un golpe en su mejilla la hizo perder el equilibrio, sin embargo, una mano apretando su cuello, impidió que cayese al piso.

-No vuelvas a compararme con ese bastardo –sus ojos parecían sangre fresca. Ella movía sus manos desesperadamente, tratando de soltarse, al percatarse del error que había cometido. Pero sus movimientos cada vez eran más débiles, por la falta de oxígeno -. Aunque me seas útil, no tientes tu suerte… no eres irreemplazable, Tsubaki –apretaba cada vez más el agarre, sintiendo esa euforia que sentía cuando veía, como la vida de una persona, escapaba lentamente por sus ojos.

Se sentía mareada. Sabía que él podía matarla en ese mismo instante, y al mirarlo a los ojos, supo que lo haría, por lo cual, hizo lo que desde un inicio pretendía, y hablo, lo más claramente que pudo.

-L-La…vi… esta…ba con… él –su cuerpo cayo pesadamente al piso de madera. Sus manos permanecieron unos segundos apoyándose en el piso, mientras trataba de buscar oxígeno desesperadamente. Mirando aun al piso, sonrió, y prosiguió, no solo se había liberado de la muerte, también lograría lo que había pretendido desde el inicio -. La vi hoy… en el bosque… besándose con él… incluso ellos…-dejo la frase al aire, no solo porque le costaba hablar, sino porque estaba esperando su reacción, pero nada sucedió. Levanto la mirada. Él estaba bebiendo nuevamente whisky, como si nada hubiese sucedido.

-Lárgate –sin esperar otra orden, agarro su ropa, y se la coloco lo más rápido que pudo. Cuando cerró la puerta, sonrió, mientras una pequeña lágrima rebelde bajaba por su mejilla derecha. Esa desgraciada se estaba convirtiendo en alguien importante, lo sabía.

Antes de apartarse de la puerta, pudo escuchar claramente, un fuerte sonido, al cual identifico, como vidrio partiéndose. Por lo cual, supuso que él había partido todas las botellas de whisky.

-"Si él no te mata, lo haré yo, Kikyo… lo juro"


Cerró la puerta tras de sí. Su respiración todavía estaba descontrolada, al igual que su corazón, pero nadie la había visto. A pesar de que había anochecido hacia dos horas, nadie parecía haberse percatado de su ausencia. Tal vez, Kaede lo había hecho. En caso de que lo hubiese hecho, al parecer no le había comentado a nadie.

-¿Te encanta revolcarte en el bosque con él? –su respiración se cortó, al reconocer la voz de él en la oscuridad. En reflejo, lanzo el pequeño bolso que llevaba en dirección contraria a donde había escuchado la voz, lo más suavemente posible, para no hacer ningún ruido -. ¿¡Te revolcaste con él!? –no pudo evitar que un pequeño grito por la sorpresa, y el dolor, escapara de sus labios, cuando él la agarro fuertemente por el antebrazo izquierdo.

-No es de tú incumbencia lo que haga o deje de hacer… tú no eres mi dueño, por ende no tengo porque darte explicaciones –intento soltarse, pero la fuerza en el agarre aumento, logrando que involuntariamente una mueca de dolor, que él no pudo observar por la oscuridad, apareciera en su rostro -. ¡Suéltame!

-¿Te acostaste con él? –su voz era seseante -. ¡Responde, maldita sea!

No entendía por qué le preguntaba eso. Pero no respondería. No lo haría, porque él la estaba obligando a que respondiera una pregunta que no quería responder. Y, porque le enojaba que él creyera que ella…

-No tengo porque hacerlo

En un solo movimiento la giro, haciendo que su rostro quedara contra la puerta, y sujetando sus brazos contra su espalda. Se movió bruscamente tratando de soltarse, pero cuando aire caliente que choco contra su cuello, le provoco un suave cosquilleo, se quedó inmóvil.

-Si no quieres responder… tú cuerpo lo hará –le susurro en el oído.

-¿A qué…? –no pudo seguir, al sentir una mano que subía entre sus piernas. Sintió como su piel empezaba a erizarse, y no le agrado… a su piel le gustaba que él la tocara. Pero sin importar eso, sería humillante que él le hiciera aquello. Se removió tratando de soltarse -. ¡No!, no m-me toques

Se detuvo. No por lo que ella había dicho, sino porque se estaba excitando. No podía creer como con solo tocar su piel, había pasado de estar enojado, ha excitado sexualmente. Se sentía patético, porque él deseaba, pero ella no. Sabía que podía tomarla a la fuerza, pero eso sería como rogarle.

-Si tú llegases a acostarte con otro hombre… preferirá la muerte antes de que termine con él –la aparto de la puerta, y salió.

Ella reacciono cuando sintió unas llaves al otro lado de la puerta, comprendiendo lo que él estaba haciendo. Movió el pomo varias veces, pero la puerta no se abrió.

-¡No puedes!… ¡déjame salir! –daba golpes a la puerta, pero sabía que era en vano -. ¡No eres nadie!. ¡Te odio! –seguía golpeando, jamás aceptaría que alguien, y menos un hombre hiciera lo que le viniera en gana, con ella. Pero después de un minuto, su cuerpo se deslizo hasta el piso, comprendiendo que no ganaría nada, solo lastimarse -. ¡Maldito idiota! –no acostumbraba a utilizar esa clase de palabras, pero eran las únicas que expresaban lo que sentía, y pensaba de él.

Miro hacia la ventana, y se levantó. Camino hasta ésta, y la abrió, mirando por el balcón. La distancia al piso no era lo suficientemente grande para matarla. O, eso creyó ella. Pero si así fuera, igual no le importaba, prefería morir mil veces antes de doblegarse ante él.

Encendió la lámpara en su cómoda, y después busco el pequeño bolso que Inuyasha le había dado. Tal vez, podría irse en el barco que partiría al amanecer. Se colocó el pequeño maletín en el hombro, y respiro profundo, solo tenía que alcanzar la rejilla donde crecían las enredaderas, entrar al bosque, subir al barco, ser libre.

Sonaba más fácil, de lo que en realidad era.

Miro hacia abajo, asegurándose de que nadie estuviera por la zona. Se agarró en el balcón, y subió por éste, quedando del otro lado, aferrándose lo más fuerte que podía. La rejilla estaba menos de un metro, solo debía estirarse un poco, y lo lograría. Cuando sus dedos rosaron la madera, se estiro un poco más para alcanzarla, pero su pie derecho resbalo, y en reflejo, intento aferrarse a la rejilla, pero no la alcanzo. Cerró los ojos, y grito, segundos antes de sentir un golpe, y ser arrastrada por la oscuridad.


Intento tomar un poco de whisky para relajarse, pero al percatarse de que había partido todas las botellas, en una reacción que nada había tenido que ver con lo que le dijo Tsubaki, definitivamente no. Sería absurdo pensar en que él había sentido celos, solo los seres irracionales e inseguros podían ser patéticos. Él solo… bien, tenía que reconocer que estaba actuando sin pensarlo. Cada paso que daba lo pensaba meticulosamente, pero con todo lo relacionado a Kikyo, su cerebro parecía haberse ido a la mierda.

A pesar de que le hastiara, tenía que reconocer que sí, había sentido por primera vez en su vida esa sensación, a la cual llamaban celos. Y, por eso la había encerrado.

Sabía que ella no se había acostado con Inuyasha, después de todo, si lo hacía tenía que darle algunas explicaciones. Pero aun así, le inervaba imaginar que se había visto con él. Tsubaki, jamás le mentiría, ya que sabía lo que le sucedería. Sabía que ella era muy inteligente, y encontraría la forma de encontrarse con ese bastardo, por esa razón, aunque no la admitiría en voz alta, la había encerrado.

Se giró hacia el hombre que permanecía frente al escritorio -. Quiero que te asegures de que no vea a nadie… ni siquiera a Kaede –el hombre asintió, antes de hacer una reverencia, y girarse -. Byakuya –el aludido se detuvo, y se giró nuevamente hacia él -. Quiero que traigas a Izayoi, mañana –se giró hacia la ventana. Observando el paisaje que la noche le mostraba.

Su decisión, no tenía nada que ver con lo que había sucedido, solo pensaba que estaba descuidando un poco sus objetivos. Y, ya era hora de iniciar lo que por años había esperado. Aunque ahora su principal objetivo, era destruir a Inuyasha.

Un grito, que reconoció inmediatamente, lo sacado de sus cavilaciones -. "Kikyo"-sus pies solo se movieron, hasta llegar a la habitación que Kikyo ocupaba. Sus pies nuevamente lo guiaron, como si estuviera hipnotizado, hacia la ventana, que él recordaba antes, estaba cerrada. A pesar de que no se atrevió a mirar, supo lo que había sucedió. Y, por primera vez en su vida, tuvo miedo…

Miedo de perder a alguien.

Salió de la habitación, corriendo por los pasillos. Cuando llego a las escaleras, una de sus empleadas intento hablarle, seguramente para comunicarle lo que había sucedido, pero él la ignoro. En lo único que pensaba, era en verla.

La mayoría de sus empleados estaban en esa parte del jardín. Murmurando cosas, que realmente, no le importaba comprender. A penas lo vieron, todos se apartaron, dejándole pasar. Frente a él, quedo Byakuya, con ella en brazos. Estaba más pálida de lo que usualmente era, sus ojos estaban cerrados, y de su cabeza, parecía salir sangre.

-Solo esta desmayada –dijo sin dejar de observar el rostro de la chica, para después seguir su camino con ella en brazos.

Él se quedó unos segundos allí, sin saber exactamente qué hacer. Pudo percatarse de que Kaede decía algo, pero él no podía diferenciar los sonidos que salían de la boca de la anciana, solo veía a los empleados dispersarse. Miro hacia la casa, y decidió entrar.

Frente a las escaleras, se encontraba Byakuya, con ella en brazos - . Si quieres puedo…-dejo la frase al aire, y dirigió una mirada al hombro de él. La bala no había fracturado ningún hueso, pero aun así, a veces le dolía, y sobre todo después de que se había lastimado cuando estuvo con Kikyo. Pero en ese momento, el dolor, como el día anterior, tampoco le importaba.

Sin responder absolutamente nada, tomo a Kikyo en brazos, y subió las escaleras. No miraba el rostro de ella, solo caminaba lo más cuidadosamente posible.

Cuando estuvo frente a la puerta, se percató a cual habitación se había dirigido… a la suya. Ignorando ese hecho, abrió la puerta como pudo, y entro a la habitación, acostándola en la cama.

-"Maldita idiota" –paso suavemente sus dedos por la mejilla de ella, sintiendo la piel un poco fría -. "Harás cualquier cosa para huir de mí, incluso morir. Pero yo…"- unos toquidos en la puerta, lo hicieron levantarse.

Se sentó en un sofá, y se sirvió whisky. Ignorando lo que estaba haciendo la anciana. Después de unos minutos, ésta salió, dejándolo nuevamente a solas con ella.

La observo por varios minutos. Viendo como hipnotizado, como su pecho bajaba y subía suavemente.

-Te odio, Kikyo… "tanto como te deseo"-. Debí haberte matado –bebió de su vaso, y se levantó, caminando hacia la ventana -. Desde la primera vez que nos vimos, debí hacerlo. Te odie desde que te vi, "tal vez porque inconscientemente lo supe desde ese momentote sigo odiando, pero además, estoy sintiendo cosas que no me agradan… incluso me asquean"

-Aun puedes hacerlo –giro al escuchar su voz. Estaba mirando hacia el techo, pero después giro hacia él. Había estado despierta desde que Kaede, había salido de la habitación, pero el dolor en su cabeza y pierna, no le permitieron moverse. Había escuchado lo que él dijo. No la sorprendió, ya lo sabía, pero por alguna razón, sentía una pequeña molestia al escuchar cada palabra -. O, no eres capaz de hacerlo

Sonrió, lo excitaba tanto esa actitud -. Matarte sería muy fácil, pero… -ella tenía razón. A veces sentía ganas de matarla, pero cuando sentía eso, al mismo tiempo, para su desgracia, también se sentía incapaz de lastimarla -, no sería divertido –sonrió de lado.

Ella miro nuevamente hacia el techo, percatándose en ese momento de algo. Miro a su alrededor, y lo confirmo. Estaba en aquella habitación de donde, él una vez, la había echado.

-¿Por qué?

-Te lo dije… no sería divertido –dijo de forma aburrida, para después girarse hacia la ventana.

-¿Por qué estoy aquí?, es tú habitación

Bien, tenía que aceptarlo, no había pensado en eso -. ¿Tiene importancia?. No debería tenerla –camino hacia ella, sin ser consciente de ello. Se sentó en la cama, y le agarro la barbilla. Observándola fijamente, sintiéndose irremediablemente atraído por ella. Había creído que al saciar su deseo por ella, la olvidaría, pero se equivocó, su deceso por ella ahora era agonizante. Acerco su rostro al de ella, creyendo que ella lo apartaría, pero no lo hizo, tal vez debido a los golpes -. Pero creí… que eras inteligente, Kikyo – y antes de que pudiera decir algo, la beso.


Cinco días después de la boda, Kouga seguía sin romper su palabra. Dormían prácticamente en la misma habitación, pero él no se había atrevido a insinuarle nada.

Como ya no estaba enferma, salía todos los días a visitar a su familia, excepto a Kikyo, a quien no había visto desde antes de su boda. Intento verla una vez, pero aquella anciana llamada Kaede, le había dicho que estaba indispuesta.

En las tardes, cuando Kouga estaba desocupado, salían a pasear por la isla. O, se quedaba en casa ayudando a la ama de llaves. Pero sin importar que hiciera, todos sus días iniciaban con aquel te. Al principio le parecía innecesario, pero además, de que se había acostumbrado, éste parecía curar cualquier indicio de la enfermedad.

Se podría decir que tenía la vida perfecta, y era feliz. Pero eso solo era en apariencia. Todos los días se repetía lo mismo: debía querer a Kouga. Pero por más que lo intentara, no podía, su corazón parecía no querer volver a amar. Pero se consolaba diciéndose que lo de Inuyasha había sido muy reciente.

Cuando salió del baño, encontró a la anciana con la bandeja en las manos. Sonrió, y se sentó en la cama, pero cuando olio la bebida, miro a la anciana con confusión. Ese no era el té que tomaba diariamente.

-El señor cree que su salud es muy frágil, por eso insiste en que le dé la infusión de jengibre, pero esta infusión tiene mejor sabor, además, la relajará –dijo con una sonrisa, tendiéndole la pequeña taza.

- ¿Qué es?

-Es una infusión de tilo y pasiflora –le ofreció nuevamente el té, y pudo percatarse esta vez, del olor dulzón que desprendía. Le pareció tan agradable el olor, que agarro la taza, y se la llevo a los labios sin pensarlo. Sabía también como olía -. La pasiflora, también le llaman flores de la pasión

Al escuchar lo último que había dicho la anciana, quiso preguntar a que se debía ese peculiar nombre, pero en ese momento la puerta se abrió. Tomo la sabana de la cama, y se la coloco arriba del camisón rosa que tenía puesto.

-Lo siento, creí que estarías lista

-N-No te preocupes –estaba un poco ruborizada, por lo cual para no sentirse tan incómoda, y poder disimular perfectamente que no quería verlo al rostro, decidió terminarse el contenido de la taza. Después que se la entregó a la anciana, ésta salió.

Se percató de que Kouga había permanecido observándola por unos segundos, antes de empezar a quitarse el chaleco, color marrón, que llevaba sobre una camisa blanca.

-¿No vas a salir?

Él no le contesto. Coloco el chaleco en una silla, y procedió a quitarse los zapatos, pero sin dejar de mirarla.

-Kouga, ¿sucede algo? –no le temía a Kouga, pero su actitud la estaba empezando a incomodar. Se levantó de la cama, sin dejar de cubrirse -. Kouga, me estas asus… -no pudo seguir hablando, las palabras parecían morir en su boca. Y, su cuerpo se empezaba a colocar cada vez más pesado. Trato de agarrarse en algo, pero su mano, se abrió y cerró en el aire, sin encontrar donde aferrarse. Su cuerpo cayó en la cama, como si ella fuese una muñeca de trapo. Trato de levantarse, pero su cuerpo no respondió -. Kou…ga, ¿qué… me su…cede? –sus labios también los sentía pesados, al igual que sus parpados.

Él se acercó a ella, y le acaricio el rostro -. Todo saldrá bien… no te preocupes. "Solo espero que algún día lo entiendas, y puedas perdonarme" –sintió la cama hundirse a su lado, y un beso de él. Quiso gritarle que se detuviera, pero sus labios, al igual que sus ojos, no los pudo controlar más.

Abrió los ojos lentamente, sentía como si hubiese dormido por mucho tiempo. Miro el reloj en la pared. Según la hora en que se había despertado, había dormido aproximadamente seis horas. Trato de levantarse, pero su cuerpo se sentía pesado, y la cabeza parecía darle vueltas.

-"Otra vez enfermare"

-Al fin despertaste –giro la cabeza hacia la voz, encontrándose a Kouga en ropa interior a su lado. Como si hubiese recibido una bofetada, todos los recuerdos, de antes de quedarse dormida, llegaron a su mente.

-¿Qué sucedió?. Tú…-lo miro nuevamente, y sus ojos empezaron a escocer, mientras hacía movimientos negativos con la cabeza -. No pudiste…

-Kagome… -intento agarrar una de sus manos, pero ella la aparto -. Escúchame

Miro su cuerpo, y levanto un poco la sabana que la cubría, percatándose de que estaba completamente desnuda. Apretó más la sabana contra su cuerpo, y no pudo soportarlo más. Sus ojos dejaron escapar todas las lágrimas, que hasta ese momento, se había acumulado en ellos.

-Kagome…-una bofetada impido que siguiera hablando.

-¿¡Cómo pudiste!?... ¡confiaba en ti! –le dio otra bofetada. Se sentía sucia y engañada. Sucia por haber estado con otro hombre. Y, engañada por la promesa que él le había hecho, y no cumplió -. ¡Lo habías prometido!... ¿¡por qué lo hiciste!? –ni si quiera se daba cuenta de que le seguía pegando, pero él parecía no sentir los golpes, porque no hacía nada para evitarlos -. Yo no quería…tú… me violaste –de su boca solo salían susurros, que a veces disfrazaban los sollozos.

-Eres mi esposa, puedo tomarte cuando quiera. La ley me lo permite, ¿entiendes? –le hablaba de forma seria, pero sin mirarla. Ella se revolvió incomoda ante el toque -. Necesito un heredero de Mi sangre, y tú como Mi esposa, eres la única que puede dármelo -después de decirle eso, se levantó de la cama, entrando a la habitación contigua.

Se quedó allí, llorando, hasta que nuevamente se durmió. Cuando despertó nuevamente, ya había anochecido. Se levantó de la cama, encerrándose en el baño. Tratando de quitarse con el agua, aquella sensación de suciedad que sentía. Y, allí, nuevamente se quebró. Sin importarle si alguien la escuchaba, empezó a gritar, mientras nuevamente, lagrimas corrían por su rostro. No podía creer que Kouga le hubiese hecho una bajeza como esa. Y, que ella hubiese estado con otro hombre que no fuera él.


-Tuviste suerte de no haberte fracturado ningún hueso –dijo la anciana, mientras la ayudaba a vestir.

No se había fracturado, nada, pero su tobillo derecho, y espalda dolían todavía un poco. De hecho apenas, desde el día anterior, había podido moverse sin que nadie la cargara.

-Quiero ir a mi habitación

-¿Por qué?, aquí no estas incomoda. Además, deberías de estar feliz –ella la miro de forma seria, y la anciana sonrió -. Sé que todavía te duelen un poco los golpes, pero a lo que me refiero es a que deberías estar feliz porque estas durmiendo en su habitación… eres la primera mujer con la que tiene…-se quedó pensando seriamente, en como calificar los encuentros sexuales que él mantenía con mujeres diferentes. Al final se decidió por la palabra que creyó explicaría un poco la situación -, una relación

- Nosotros no tenemos nada, eso te lo explique el día que nos conocimos –dijo de forma seria, apartándose lo más rápido que su cuerpo adolorido le permitió. A veces esa anciana se le hacía insoportable. ¿Por qué quería aparentar siempre, como si nada pasara a su alrededor?. Ya estaba cansada de que Kaede, a pesar de todo lo que ese hombre le había hecho, quisiera que ella jugara a la esposita feliz. Cosa que ella jamás haría, porque lo odiaba, y él también a ella, además… -. Él ni siquiera duerme en la habitación desde que estoy aquí, seguramente lo hace con esa mujer… Tsubaki –dijo sin percatarse de que lo había dicho en voz alta. Ese día la había besado, después de su habitual "discusión", y después se había marchado, como la segunda vez que la beso.

-¿Estas celosa? –dijo tratando de ocultar una pequeña risilla.

-¿Por qué tendría…? –callo al percatarse, por qué la anciana le había hecho aquella pregunta -. No, solo me sorprende que él mantenga relaciones con ella, después de todo ¿es su prima?… una vez me lo comentaste

-Sí, lo son. Ella era hija de una medio hermana, de parte materna, de Onigumo… el padre de Hitomi. O, Naraku, como prefieras llamarlo, por esa razón ella no tiene el color de ojos y la marca distintiva en la espalda. Onigumo, la tomo como su mujer cuando era casi una niña, pero ella siempre ha estado enamorada de Hitomi, por eso te odia –recogió la bandeja donde le había llevado el desayuno, antes de ayudarla a arreglarse -. No te preocupes, él no está con ella

-Eso carece de importancia para mí -se sentó en la cama, y miro hacia la ventana. Esa habitación tenía mejor vista que todas las demás -. ¿Por qué odia que le digan su verdadero nombre?

-Por su madre –dijo antes de salir de la habitación.

Se acostó en la cama, e inconscientemente toco las sabanas -. "Huelen a él" –pero cuando se percató de lo que estaba haciendo, hizo una mueca de desagrado, y se levantó de la cama con un poco de dificultad. Camino hacia la puerta con la intención de irse a su habitación, pero antes de que pudiera llegar a la puerta, ésta se abrió. Y un fuerte abrazo casi la hace gritar.

-Lo siento es la emoción por verte –dijo con una pequeña sonrisa, que le indicaba que era mentira lo que decía -. Vaya… es cierto que estas horrible. Definitivamente, tú no aprendes –se sentó en el sofá, y se sirvió un whisky -. Veo que tu relación con él paso al siguiente nivel

-No tenemos ninguna relación, solo estoy aquí porque no me podía mover

Yura se levantó del sofá, sin dejar de beber de su vaso. Cuando estuvo frente a ella, la agarro por la barbilla, y después de analizarla por unos segundos sonrió de forma maliciosa.

-Ya te acostaste con él –quiso replicar, y decirle que había sido un accidente, pero ella no la dejo -. Sabes… jamás había estado en esta habitación –miro a Yura, sin saber porque había cambiado abruptamente de tema -. De hecho, ninguna otra había estado… eres la primera en dormir en su cama –recordó que Kaede le había dicho algo similar, pero a ella no le interesaba ahondar en ese tema -. Tu puedes hacer algo que nadie ha hecho… aprovéchalo –la miro por unos segundos, y sonrió, se le olvidaba que estaba hablando con una niña recientemente desflorada -. Un consejo. Míralo a los ojos, y deja que tu cuerpo haga el resto –dijo mientras hacia un movimiento nada decente con sus caderas.

-¿Tú y él…? –generalmente esa clase de cosas no le causaban curiosidad.

-No te preocupes, nunca hemos sido amantes –se tomó todo el contenido del vaso, y salió de la habitación.


No volvió a dormir en la habitación contigua, ya que Kagome, se había encerrado, impidiéndole entrar. Claro, que si él hubiese querido, entrar en contra de su voluntad, lo hubiese hecho, pero decidió esperar a que ella estuviera preparada para hablar sobre lo que había sucedido.

Ese día tenía que viajar. Hubiese querido hablar con ella, pero sabía que por ahora era imposible, pero aun así, toco la puerta, sabiendo que ella no abriría.

Estaría casi un mes fuera, solo esperaba que al volver, ya no estuviese tan enojada. Principalmente, porque estaba seguro de que unos días después, llegaría su abuela.

-Sé que prometí no dañarte… lo siento –coloco la frente en la puerta -. Kagome… aunque suene paradójico, todo lo que hago es porque te quiero… solo espero que algún día te descuenta de eso, y me perdones –coloco su mano izquierda en la puerta, a unos centímetros de donde reposa su frente -. Cuídate, por favor –espero unos segundos, pero al no recibió ninguna respuesta se marchó.


-Ya la trajeron. Se encuentra en el sótano. ¿Quieres que hagamos algo en especial con ella?

- Después te lo indicare… retírate –el hombre hizo una reverencia antes de salir. Sus planes dieron un pequeño giro. Los imbéciles que estaban vigilando a los Taisho, tardaron cinco malditos días en llevarle a esa mujer. Y, como si fuera poco, el malnacido de Inuyasha, se había ido de la isla cuatro días atrás. Cosa de la cual no se había enterado, por estar pendiente a Kikyo.

Todas las malditas noches entraba a su habitación. Se sentaba en el sofá que se encontraba frente a la cama, a observarla, mientras bebía whisky. Se sentía como un pobre patético, pero no podía hacer nada para cambiarlo. Necesitaba estar cerca de ella, aunque ella lo despreciara.

Aquel día no lo había podido resistir, y la había besado. Pero después se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y con quien. Pero lo que más le impresiono fue lo que sintió, haciendo que las palabras de Tsubaki retumbaran en sus oídos.

Jamás te va a querer

Tienes las mismas debilidades que él… hasta heredaste su corazón maldito

No lo quiso aceptar en eso momento. Ni lo que había sentido, o aquellas palabras que no desaparecieron de su cabeza en toda la noche. No quería aceptar que sentía algo que siempre había odiado, y menos que era específicamente por ella.

Nunca pensó que él querría algo tan estúpido como aquello. Jamás lo había sentido o necesitado. Pero con Kikyo era diferente. Él no quería que Kikyo pensara en otro hombre que no fuera él. Y, menos que se entregara a otro que no fuera él… él había sido el primero, y sería el último que la tocaría.

-"Es patético… pero quieres que ella te amé"

Cerró los ojos, y después de muchos años, se percató de que era cierto. Él era igual que el desgraciado de Onigumo. Él, al igual que Onigumo, también deseaba hasta la locura a una mujer. Izayoi, había sido la obsesión y perdición de Onigumo… y, Kikyo, sería la de él.

.

.

.


Jengibre: Evita las náuseas.

Tilo y pasiflora: Relajantes y sedantes naturales.

Rijeayko (De hecho, creo que las fan que no chillan son las más obsesivas y peligrosas jjaaj. Yo es porque estoy peor de lo que parezco…ok, no jjaj. Solo quería asegurarme, acá también la utilizan, pero un día alguien dijo: "nos dimos duro", yo con cara de sorpresa dije: ¿Por qué pelearon?...se rieron, y después mi amiga me explico –no comprendo esa clase de dichos :/-. ¿De que país eres?. Bien…saludos)

Margot (Hola. Si, siente cosas, pero el idiota no se percata. Kaede… aunque a veces es impropia jjaaj. Jjaaj Hakudoshi, fue una escena que se me ocurrió a última hora… mi lado fujoshi xd…. saludos)