Capítulo XIV: Miedo, debilidad y deseo

Paso sus dedos por las letras doradas, delineando cada letra perteneciente al título del libro. El retrato de Dorian Gray. Aun no lo había terminado, pero no podía evitar pensar en que el protagonista era muy parecido a Naraku, especialmente cuando un personaje, lo había llamado demonio. Ambos, tenían aquella apariencia que parecía generar un magnetismo en cualquier persona que los observara, y que evitaba el pensar de que podían llegar a hacer cualquier cosa terrible. Pero no podían esconder su verdadera naturaleza. Dorian, con aquel retrato maldito que reflejaba lo podrida que estaba su alma. Y, Naraku con sus ojos. Aquellos ojos de demonio.

Pero, su personalidad le parecía una rara combinación entre la de Dorian y Lord Henry, otro de los personajes de la historia.

Perdición. Eso había sido Dorian para cualquier mujer u hombre que osara mirarlo. Tal como parecía serlo él. Porque ninguno de ellos parecía realmente amar a otro ser diferente a ellos mismos. Negó con la cabeza. Eso no debía importarle.

Suspiro. No sabía que le estaba pasando en esos días, pero se sentía extraña. Desde ese día en el baño, no dejaba de preguntarse cosas, y todas ellas terminaban en un único nombre. Naraku. Eso la molestaba, y asustaba. Sobre todo asustaba, porque aquello que él le provocaba con o sin su presencia, no era normal.

Mordió su labio. Nuevamente su corazón parecía querer salir. Pero debía dejar de darle importancia, después de todo, solo eran tonterías.

Abrió el libro. Tratando de retomar la lectura, pero sus ojos sin ser consiente, se desviaron al piano. Desde aquella noche, él no había vuelto a tocar, y muy a su pesar, quería volverle a escucharlo. Y, saber en qué pensaba cuando tocaba. Porque creía que solo un recuerdo hermoso, podía inspirar la interpretación de dicha melodía. Por lo cual, quien la interpretara no podía ser totalmente malo. O, ¿sí?

Dejo el libro en el sofá, y se levantó. Se dirigió hacia el piano, sentándose en el banquillo. Se quedó observándolo por unos segundos, mientras una de sus manos, acariciaba distraídamente las teclas. Recordando aquella melodía. Y, sin pensarlo sus dedos empezaron a presionar las teclas. Provocando que la habitación se llenara de melodías. No. Aquellos sonidos espantosos no podían designarse de tal forma. Pero no se detuvo. Porque en su cabeza, trataba de pensar que lo que sus oídos escuchaban era aquella bella melodía.

-Debería de ser un crimen –se detuvo abruptamente, al reconocer la voz, la cual provoco que se ruborizara. Abrió los ojos, que hasta ahora, se percataba de que había cerrado -. Los grandes pianistas deben de estar revolcándose en sus tumbas… aunque, con ese ruido, si volvieran a vivir, cometerían suicidio

No podía ver su expresión, ya que seguía de espaldas para que él no se percatara de su rubor, pero estaba segura de que su expresión era de burla, como la que denotaba su voz.

-Tal vez… pero acosar a una persona también lo es. Creí que al ser descubierto dejarías de hacerlo –se levantó, evitando que él viera su rostro -. Pero veo que no te importa que sepan que tu patetismo no tiene límites –camino hasta el sofá, sentándose, y fingiendo leer.

-Es mi casa, y puedo estar donde quiera –trababa de sonar normal, pero ella sabía que estaba enojado -. Pero para mí desgracia casi siempre te encuentro en los lugares que frecuento -camino hacia el escritorio, sentándose detrás de él. Agarro unos documentos que allí se encontraban, y los empezó a leer. O, eso intento.

Ella levanto levemente la mirada. Debatiéndose entre quedarse o salir. No. La segunda no era una opción. No tenía por qué irse, después de todo, a ella no le intimidaba su presencia. Se quedaría, él no le intimidaba. Además, ella podía estar en cualquier lugar, después de todo, era su… esposa. Apretó entre sus dedos el libro, mientras negaba con la cabeza. Ella ni siquiera mentalmente podía aceptar eso. Miro nuevamente el libro, tratando de concentrarse, pero después de casi cinco minutos, aún seguía en la misma hoja. Incluso en el mismo párrafo y palabra. Mordió su labio, y levanto nuevamente la mirada. Él estaba concentrado en lo que estaba haciendo. Parecía estar ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. Suspiro sin percatarse, y nuevamente bajo la mirada. Tal vez, si debería irse. Pero cuando cerró el libro, un sonido hizo que levantara nuevamente la mirada. Él estaba tocando el piano. Pero no era cualquier melodía. Era la que había escuchado aquella noche. Sin percatarse cerro el libro, y se concentró en él.

Se dirigió a la biblioteca, porque tenía que revisar algunos documentos sobre los negocios pantalla. No le agradaba tanto, pero tenía que mantener aquella imagen de joven prodigio para los negocios, si quería seguir mezclándose con la crema innata de la sociedad, y por supuesto, ser libremente quien era, sin levantar sospechas.

Cuando se encontraba a unos metros de la habitación, escucho aquellos sonidos horribles que venían de su piano. Lo cual lo enojo. Todos sabían que estaba prohibido tocarlo, a no ser que fuera para limpiarlo. Cuando abrió la puerta, cualquier rastro de enojo desapareció de su rostro. Ella estaba tratando de interpretar una melodía, pero parecía estar asesinando el piano. Sonrió, y después de casi un minuto, hablo. Ella se había tensado, pero a pesar de eso, el burlado nuevamente había sido él. Nuevamente se enojó, y se dirigió al escritorio. Trato de concentrarse en la lectura, pero solo podía maldecirla mentalmente.

Se sorprendió un poco al sentir que ella lo miraba. Porque desde aquel día en el baño, lo ignoraba, ni siquiera cuando se encontraban de frente, en los pasillos, lo miraba. Hecho que lo enojaba, porque ninguna mujer había osado ignorarlo. Siempre lo observaban. Y, ella no había sido la excepción, aunque a diferencia de las demás, ella lo miraba por razones diferentes. Pero no le importaba, porque lo miraba.

Un suspiro. Un pequeño suspiro llamo, aún más, su atención. Miro de reojo, percatándose de que claramente ella no estaba leyendo. Solo tenía que observar la forma en que sus dedos apretaban el libro. Parecía estar…¿esperando algo?. Miro hacia el piano. Y, sin pensarlo se levantó. Ni siquiera tuvo que pensar que melodía interpretaría. Solo la toco.

Observaba como hipnotizada cada movimiento que él hacía con los dedos. Se movían sobre las teclas de forma grácil, como si cada movimiento fuera mágico. Miro su rostro. Se veía completamente relajado, pero su mirada seguía igual. No se percató por cuanto tiempo lo observo. O, en que momento dejo de escucharse aquella melodía. Solo pudo salir de su ensoñación, cuando él hablo.

-Sé que soy el mejor… pero tampoco es para que me mires de forma idiotizada –dijo con una sonrisa, pero ella pareció no comprender lo que él había dicho.

-¿Eh? –no había comprendido lo que él había dicho, pero se sintió estúpida cuando él se empezó a burlar -. ¿Qué es tan gracioso? –nuevamente él había logrado romper aquella inexpresión.

-Claro de luna –dijo ignorando la pregunta -. Así se llama la melodía… Claro de luna –se levantó, agarro los documentos que había dejado en el escritorio, y salió.

Se quedó observando hacia la salida, a pesar de que ésta, se encontraba cerrada. Recordando lo que aquel día le había comentado Kaede. A él no le agradaba que nadie se acercara a la biblioteca mientras tocaba. Y, menos que alguien lo viera tocar, pero no le dijo la razón. En ese momento, sintió su rostro arder, y su ritmo cardíaco aumento. Él… ¿había tocado para ella?. Sí. Había tocado solo para ella. Y, lo peor de todo, era que eso le agradaba.


Pensó que escucharía reprimendas. O, incluso maldiciones cuando llegaran a la hacienda. Cualquier cosa pensaba que escucharía, por llevarla con él, sin el permiso de su abuelo. Pero lo que jamás imagino escuchar fue eso…

Su madre había muerto.

No sabían porque se había dirigido a ese lugar con su dama de compañía, si ese día irían a la iglesia. Pero dedujeron que había caído en una de su crisis, y muerto cuando su dama intentaba detenerla. No encontraron su cuerpo. Solo encontraron parte de su ropa colgando de un precipicio. Debajo, en unas rocas cerca del mar, encontraron sangre, pero no sus cuerpos. Los cuales, pensaron, se los había tragado el mar. No podía aceptarlo. Tampoco quería hacerlo.

La ama de llaves ni siquiera había terminado de hablar cuando salió corriendo hacia las habitaciones. Deteniéndose en la habitación de sus padres. Levanto la mano con la intención de tocar. Quería asegurarse de que era una equivocación, y su madre estaba descansando. Pero no lo hizo. El temblor en su mano no se lo permitió.

Todo a su alrededor se empezó a colocar borroso. Y, sin comprender lo que sucedía, su vio aquella mano que no dejaba de moverse sola. Lágrimas. Eran lágrimas que querían salir. Lagrimas que desde hacía muchos años no dejaba salir por nadie. Pero nuevamente querían salir por ella. Pero no quería. Porque él no podía aceptar que jamás la vería. Cerró los ojos con fuerza, tratando de que aquellas lágrimas que luchaban por salir no lo hicieran.

-Inuyasha –fue un pequeño susurro, pero fue suficiente para hacerlo girar. A pesar de que ella no convivio mucho con la madre de Inuyasha, por la enfermedad de ésta, sentía su dolor -. Yo… -pero él la interrumpió.

-Necesito descansar. Deberías hacer lo mismo –intento girarse, pero ella lo agarro, impidiéndoselo.

-No… esto no está bien. Cuando una persona esta triste no debe estar sola. Yo…

-Estoy bien –dijo interrumpiéndola -. Puedes elegir la habitación que desees -ella intento negarse, pero la expresión en el rostro de él, y el tono de voz que utilizo se lo impidió -. ¡Ve a una habitación, y por primera vez en tu vida deja de joderme la existencia! –inmediatamente dijo esas palabras, se arrepintió. Por la mirada, ella parecía querer llorar, pero la expresión en su rostro indicaba lo contrario.

-¡No tienes que comportarte como un idiota! –unas lágrimas escaparon de sus ojos, pero la expresión de enojo no desaparecía -. ¡Solo quiero ayudarte!. Sé cómo te sientes… sabes que no conocí a mi madre, pero estoy segura de que sientes lo mismo que sentí cuando mi padre murió… y… -su expresión se suavizo -, tú… tú estuviste allí… por eso te jodo la existencia –coloco su mano derecha en la mejilla de él -. Déjame ayudarte… puedes confiar en mi –dijo de forma calmada, tratando de no llorar.

-Lo siento… no quería lastimarte –coloco su mano sobre la de ella. Sentía que debía decir lo que sentía. O, solo llorar. Pero no podía hacerlo, hacia años no lo hacía, y al parecer había olvidado como hacerlo, porque ya no parecía querer salir nada de sus ojos -. Quiero estar solo. Necesito estar solo –aparto la pequeña mano, de su mejilla, con suavidad. Ella iba a protestar, pero él, no se lo permitió -. Por favor

Conocía a Inuyasha desde que tenía memoria, y algo de lo que estaba completamente segura, era que él jamás pediría un favor, ni aunque lo necesitara. Su estúpido orgullo se lo impedía.

-"Le duele más de lo que él cree" –lo miro por unos segundos, y asintió -. Si necesitas hablar con alguien, puedes venir a buscarme –le dio un beso en la mejilla, y se alejó de él, hasta perderse en el pasillo.

Camino hasta su habitación, pero cuando agarro el pomo se arrepintió. No podía estar allí. Ese lugar jamás le daría paz. Solo había un lugar que se la daría.


Apretó las sabanas que cubrían su cuerpo. Desde que la abuela de Kouga le había exigido casarse con su otro nieto, pareció enfermarse más. No sabía que haría, pero de lo que si estaba segura, era que ella no se iba a casar con ese tal Hojo. No quería parecer egoísta, pero ella no podía sacrificar solo para que la familia de Kouga no perdiera su fortuna. No se sentía bien al pensar en eso, pero no podía hacerlo, y menos al saber lo que ellos querían que resultara de esa unión. Tenía que encontrar la forma de evitarlo, pero ¿Cómo?. La única forma seria irse de la isla. Pero, ¿cómo podía viajar sola?. Había escuchado sobre unos botes que hacían viajes clandestinos, por lo tanto lo único que exigían para viajar eran varias monedas de oro, las cuales no tenía. Pero ese no era el verdadero problema. En caso de que las consiguiera, sería muy peligroso, porque generalmente, solo viajaban hombres, lo cual sería peligroso, si se sabía que entre ellos viajaría una mujer. Le harían cosas horribles.

Suspiro de forma cansina. Hasta su madre ya le había confirmado que no podía hacer nada. Incluso le había pedido perdón por pedirle que se casara con Kouga. Cerró los ojos, y se levantó. Por lo menos ese día se sentía bien.

Se arregló lo mejor que pudo, aunque no así, pudo ocultar aquel aspecto enfermizo que tenía. Estaba tan pálida que parecía un cadáver.

Miro por la ventana. Quería salir, pero a petición de la abuela de Kouga, ningún empleado la dejaba salir. Sabia por su madre que Kikyo se había accidentado, pero aunque se lo pidió a la abuela de Kouga, ésta no se lo permitió. Según ella porque no estaba en condiciones de salir. Incluso, la tenía encerrada para que no intentara volver a escaparse.

-"Eso es"-se percató de que Hojo estaba en el jardín y su abuela no. Él sería su boleto de salida, pero el problema era que desde allí, tendría que gritar. Cosa que no podía hacer, si quería que la anciana no se percatar de nada -. "Tendré que esperar"

Veinte minutos después, la anciana entro con una charola de plata, y un recipiente pequeño de barro.

-Tiene que comer, mi señora. Por lo menos haga un esfuerzo –dijo la anciana al ver la expresión de asco en el rostro de la chica.

-No… tengo apetito –aparto un poco el rostro -. Solo deja el jugo, por favor

Después de darse por vencido en eso, la anciana trato de convencerla de que le diera su orina, según ella para poder saber si tenía una infección, gracias a unas plantas que metería en el orín.

-Está bien –respondió después de pensar que era un poco absurdo, pero podría sacarle provecho -. Pero a cambio necesito que le pidas a Hojo que venga a verme

-Pero mi señora eso es incorrecto. A la señora…

-Si no lo haces no te daré lo que necesitas –dijo de forma decidía. No le agradaba lo que estaba haciendo, pero no tenía otra opción. Sin importar lo que tuviera que hacer, ese día saldría.

Por suerte la anciana accedió. Y, aunque creyó que convencer a Hojo sería la parte difícil, éste había aceptado, incluso más rápido que la anciana. Salieron de la hacienda sin que su abuela supiera.

Cuando llegaron a la casa del esposo de Kikyo, unos hombres en la entrada, no le permitieron la entrada, argumentando que su hermana no estaba en condiciones de recibir visitas. Pero ella, a pesar de la insistencia de Hojo, no se movió. Aquellos hombres con solo su apariencia intimidaban, pero ella había decidido que vería a su hermana, de hecho, no la había visto desde hacía un mes. Y, después de casi ser asesinada por la mirada de aquellos hombres, Kikyo apareció. Al parecer la había visto por la ventana.

-El jefe dijo…

-Creo que si quisiera saber la opinión de tu jefe, se la preguntaría a él mismo –uno de los hombres intento decir algo, pero el otro le susurro algo al oído.

-Solo pasara su hermana. El hombre puede esperar en el carruaje

Kagome se disculpó con Hojo, para después seguir a su hermana hasta su habitación. Cuando entraron, se quedó observando todo a su alrededor, ya que no recordaba que la decoración fuera diferente. Inclusive tenía dos grandes ventanales que dejaba a la vista todo el jardín. Estaba concentrada en aquella vista, cuando la voz de Kikyo llamo su atención.

-Cuando… mamá, dijo que estabas muy enferma, creí que como siempre estaba exagerando –dijo un poco incomoda, como siempre que llamaba a esa mujer de esa forma -. No debiste venir

-Debía… tú no ibas a verme. Ni siquiera fuiste a mi boda. Y, ahora que te necesito…

-No he tenido tiempo –dijo interrumpiéndola, tratando de restarle importancia al asunto. Se quedaron observando por unos segundos.

-Mamá dijo que habías tenido un accidente. Sé que esa es la razón por la cual no habías ido a visitarme. ¿Fue tan grave que esos hombres no te permitían salir?

-Lo siento –Kagome la miro sin comprender. Sabía que no tenía nada que ver con la pregunta que le había hecho, pero no entendía a qué se refería -. La muerte de tu esposo –era cierto. Cuando era una niña, lo había conocido, ya que era amigo de Bankotsu. Tal vez fue un poco engreído y mujeriego, pero no era una mala persona. Un nuevo silencio se formó. Kagome parecía querer llorar -. ¿Sabes lo que sucederá ahora?

-Sí, pero… no quiero. Sé que es egoísta de mi parte… se lo debo a Kouga, pero no puedo –se calló un momento, y respiro profundo, tratando de no llorar -. No sé qué hacer… necesito tu ayuda

-Lo que está sucediendo es el resultado de tus decisiones. Eres terca e impulsiva. Deberías hacer frente a las consecuencias –dijo de forma seria, observándola fijamente -. No tengo porque ayudarte, después de todo, esto es tu culpa…

Al escuchar las palabras de su hermana, no pudo evitar bajar la mirada. Su hermana tenía razón. Ella había sido impulsiva por aceptar casarse con Kouga, y terca porque, a pesar de que Kikyo e Inuyasha le pidieron que se casar con él, ella no acepto. Había decidido estar con Kouga sin quererlo, pero creía que hacia lo correcto. Si, ella había escogido un destino que tal vez no le hubiese dado felicidad completa. Pero ahora, ella no podía aceptar un destino que terceros le querían imponer, y del cual estaba segura, le provocaría una vida llena de desdicha. La miro nuevamente, y se levantó, con la intención de irse.

-¿Adónde vas? –tenía el ceño fruncido, y si no fuera por la situación, Kagome se hubiese reído de que su hermana tuviera una expresión tan impropia de ella.

-Tienes razón. Pero no lo hare. Y, si, ahora me siento como la tonta que siempre dices que soy, por creer que mi hermana podría ayudarme

-Eres tonta. No, me equivoque. Eres muy tonta –vio una expresión de enojo en el rostro de su hermana. Una expresión que Kagome jamás le había mostrado -. Obviamente tengo razón. No debería ayudarte, pero… -le dio la espalda. Se arrodillo frente a la cama. Sacando de allí, el pequeño cofre que una vez le entrego, y el pequeño maletín que le había entregado Inuyasha, el cual encontró gracias a Kaede -, aquí está todo lo que se necesita para salir de la isla.

-Kikyo...

-Las monedas serán suficientes para unos meses –le tendió el cofre y el maletín -. Sera difícil por ser mujer, pero no imposible –la miro -. A veces es bueno ser egoísta –la otra chica la abrazo -. Kagome…

-Lo siento –sonrió. Sabía que a su hermana no le agradaba que la abrazara, pero a ella le gustaba hacerlo. Y, a pesar del llamado de atención, no parecía estar molesta -. ¿Vendrás conmigo?... lo prometiste –dijo al ver que su hermana parecía dudar.

Sabía que debía irse. Era su oportunidad de ser libre. Y, no estaría sola. Pero… ¿por qué no estaba totalmente segura de irse? -. S…-se aclaró la voz. Parecía temblar igual que sus manos. Agarro más fuerte los objetos, temiendo soltarlos -. Si

Dejo a su hermana, con la promesa de que se irían. Tenían que esperar unos días, ya que el barco que llego ese día, había zarpado.

Cuando salió, encontró a Hojo solo, ya que había enviado al cochero a la hacienda, por si su abuela lo necesitaba para ir a la misa de ese día, y no sospechara nada. Decidieron caminar un poco, pero cuando llegaron al centro, Kagome se empezó a sentir mal, por lo cual se sentaron en unas bancas que estaban en la calle.

-No tienes por qué sentir vergüenza –dijo con una pequeña sonrisa, pero ella seguía ruborizada -. A mí no me importa cargarte

-N-No es necesaria. Puedo caminar

-No, creo que…-ella negó -. Está bien. Espérame aquí, mientras pregunto dónde puedo encontrar un coche

Sabía que debía quedarse ahí sentada. Primero porque verdaderamente se había sentido mareada. Y, segundo, porque Hojo, no merecía que lo abandonara. Pero a pesar de eso, se levantó. Aun no quería volver a ese encierro. Pensó en ir a casa de su abuela, pero sabía que por su condición, su madre enviaría a su primo que la llevara nuevamente a la hacienda, si es que antes la abuela de Kouga no enviaba a alguien que la fuera a buscar. Por eso se dirigió al único lugar donde encontraría paz, así fuera por algunas horas.

El bosque.


-Veo que ya estás bien, Kikyo –giro hacia la voz. Allí, frente a ella estaba aquella mujer. La madame. La madre de Naraku. Llevaba el cabello recogido, y un vestido azul cielo de mangas largas, que tenía un gran escote. Se acercó a ella, y la agarro por el mentón, observándola fijamente. Sonrió -. Debiste alejarte de él –ella aparto el rostro, lo cual causo que la mujer sonriera a un más -. Me recuerdas a mí

-¿Es un cumplido?. Porque más parece un insulto

-Tal vez tengas razón –empezó a alejarse, pero a unos pasos se detuvo. Girándose para observarla -. Debiste irte… tal vez aun puedas, aunque será casi imposible huir. Pero debes hacerlo. Porque él jamás te querrá como deseas, y tú jamás lo querrás como él necesita

-No me interesa que eso suceda –dijo de forma seria.

-Espero que sean ciertas tus palabras –se giró nuevamente -. Porque él es incapaz de amar… jamás lo ha hecho. Y, si eso llegara a suceder, creo que preferirías que te odie –dijo antes de seguir su camino.

Kikyo la observo, hasta que se perdió en el pasillo -. "El jamás te querrá como deseas" –apretó sus manos, antes de seguir su camino. Esa mujer era una estúpida, que ni siquiera sabía de lo que hablaba. Como se le había ocurrido aquello. A ella no le importaba que sintiera él, porque ella jamás, ¡jamás! lo amaría -. "Él es incapaz de amar… jamás lo ha hecho" –entro a su habitación dando un portazo.


Besaba la espalda de él, mientras acariciaba sus piernas desnudas. Pero a pesar de las caricias, él parecía estar concentrado en otra cosa. Porque a ninguna de las caricias reaccionaba. Solo miraba a la nada, como si tratara de encontrar algo en aquel punto inespecífico. Pero ciertamente, era que pensaba en ella.

En aquella ocasión que la encontró en el baño, había cedido. Lo había hecho a pesar de asegurarle que ella seria quien rogaría por su tacto. Eso lo enojaba, y odiaba desearlo, porque esa maldita no solo lo despreciaba hiriendo su orgullo, sino, que además se burlaba. Pero aun así, la deseaba. Aun si ella lo humillaba, no podía evitar ceder ante ella. Incluso había hecho algo que jamás imagino. Tocar el piano para alguien. No podía evitarlo, a pesar de saber que ella lo despreciaba. Eso era lo único que ella le demostraba siempre que se encontraban. Desprecio que parecía haber incrementado después de su encuentro en el baño.

Si se encontraban, ella lo ignoraba. Y, aunque él aparentaba que eso no le importaba, realmente lo enojaba. Lo enojaba que a pesar del desprecio de ella, él…

-La amas –afirmo, mientras le mordía la oreja, sacándolo de sus cavilaciones.

-Yo… -salió de sus cavilaciones, cuando se percató de lo que casi responde. Algo que jamás admitiría en voz alta. Se enojó. Por lo cual con un brazo la aparto, provocando que cayera en la cama -. No sé si reír o enojarme por esa estupidez –dijo sin demostrar el enojo que sentía.

-Creí que me había equivocado, pero no fue así –sonrió, mientras subía uno de sus pies por la espalda de él, hasta llegar a su cuello -. A mí no puedes engañarme. "Antes no tenías tantas necesidades". Soy una de las pocas personas que te conoce verdaderamente… después de todo, soy tú madre.

-Es enfermo cuando lo dices…- se giró, sin bajar el pie de ella de su hombro. Ella era una de las pocas mujeres que lo excitaba. De hecho, ella fue la primera mujer con la que estuvo, cosa de la cual Onigumo jamás se enteró. Pero a pesar de que ella siempre sabia complacerlo, ahora su cuerpo y rostro parecían excitarlo más, especialmente sus ojos. Le recordaba a ella, y eso era lo que lo excitaba. Se posiciono sobre ella, y se acercó a la boca a su oído -, pero al mismo tiempo muy excitante –dijo antes de envestirla. Poseyendo nuevamente el recuerdo de Kikyo.

No sabía cuántos orgasmos había tenido ya, solo sabía que eran varios, pero, aun así, se sentía insatisfecho. Por eso, cuando nuevamente salió de ella, evitando terminar dentro, se levantó. Seguir tratando de satisfacerse no valía la pena, porque si seguía pensando en ella jamás lo lograría.

Se levantó sin cubrirse. Agarro una botella de whisky, y se dirigió al baño. Cuando entro en la bañera, cerró los ojos mientras bebía de la botella. No sabía qué demonios hacer para olvidarse de ella -. "Matarla" –bebió de la botella. Eso lo tenía claro, pero… ¿Se atrevería a hacerlo?. ¿Sería capaz de matar a Kikyo?

Un disparo lo hizo abrir los ojos, sacándolo de sus cavilaciones. Otro disparo se escuchó. Al parecer alguien estaba practicando tiro al blanco -. "Tiene que ser ella" –sin pensarlo se levantó.

Se colocó un pantalón café y camisa blanca, junto con las botas cafés, dejando el chaleco y saco en el piso. Salió de la habitación sin mirar a la mujer que aún seguía desnuda, en la cama.


Había decidido permanecer en su habitación, pero esa mujer la había puesto de mal humor. Por lo cual, decidió practicar tiro al blanco. Primero lo hizo con un arco, pero después de casi una hora de estar utilizándolo, decidió cambiar de arma, y utilizar una pistola, ya que era menos incomodo gracias al estúpido corsé.

Casi estaba relajada, cuando sintió aquella mirada sobre ella. Había pasado días que eso no sucedía, más específicamente, desde que la había ayudado. No. Él no la había ayudado. Él… jamás lo haría. Y, en esos días tuvo que estar revolcándose con Tsubaki. Disparo, pero falló.

-Si no fuera patética la situación, me burlaría de ti. Aunque a veces se pueden hacer excepciones. O, ¿no lo crees, Naraku?

Una mueca de enojo apareció en su rostro. No entendía porque esa maldita mujer siempre lo descubría, si él siempre se ocultaba bien, y ella siempre estaba de espalda.

-¿Vas a seguir ocultándote? –pregunto con evidente burla -. Creí que el gran Naraku no era un cobarde. Y, menos que le temiera a alguien que considera insignificante

Apretó las manos detrás de su espalda, y se obligó a sonreír -. Tienes razón. Hay emociones que desconozco, y el temor es una de ellas –ella volvió a disparar, mientras él caminaba hacia las sillas, para sentarse. No pudo evitar concentrarse en su figura. Parecía molesta por algo, ya que disparaba con dificultad, errando todos los disparos.

La escucho reír. Aunque se sorprendió de ese hecho no dijo nada, solo se concentró en aquel sonido que le agrado -. Al principio creí en eso… creí que eras incapaz de sentir aquellas emociones, que en más de una ocasión, has llamado patética… –se giró hacia él -, pero las entiendes perfectamente. Sabes que hacer para que las demás personas las sientan. Cosa que solo puedes hacer porque tú mismo lo has sentido. Y, una prueba de ello, es que estas aquí

Una risa de burla salió de sus labios, mientras agarraba el arma que estaba en la mesa. Reviso si estaba cargada, y al comprobarlo le apunto -. Te equivocas. Solo tienes que saber cómo funciona el cerebro de una persona… y así sabrás lo que siente… –una mueca de asco apareció en su rostro ante la mención de aquella palabra -, de esa forma descubres cuáles son sus miedos y deseos, y después sus débiles cerebros harán el resto –se levantó, y camino hacia ella, sin dejar de apuntarle -. ¿Cuáles son tus miedos Kikyo?

-Estas aceptando que mi cerebro están complejo, que ni el gran Naraku y toda su lógica puede entenderlo –dijo con marcada burla el gran Naraku. Antes de girarse e intentar disparar, pero ya no tenía balas -. Incluso…-se calló cuando sintió una respiración en su cuello, que no solamente le erizaba la piel con la que tenía contacto.

-Tal vez… por eso te he soportado –paso por encima de su hombro el brazo que agarraba el arma. Disparo -. Creo que si tienes razón. Siento cosas… por lo menos cuando disparo un arma

Bajo el brazo. Obligándola a agarrar el arma -. A veces cierras los ojos. Por eso no mataste a Hiten… porque tú sentiste miedo –ella quiso girarse, pero él no se lo permitió -. Sus hombres me dijeron que lo heriste… lástima que no tuviste las agallas para matarlo

Ella agarraba el arma, y él rodeaba la mano de ella. Apuntando hacia el frente.

-No esta…

-No, también cometí tú error. Pero por otras razones –seguía hablándole al oído. Y la mano que tenía en su cadera para evitar que se moviera, empezó a subir lentamente.

-Entonces él intentara nuevamente asesinarte. ¿Por qué? –no pudo evitar preguntar. Después de todo, a pesar de imaginar que él tendría muchos enemigos, ese hecho le causo curiosidad. Sobre todo, porque Hiten parecía conocerlo bien. Él vendrá. Eso le había dicho, y aunque no le creyó, se cumplió.

-Muchos… siempre han querido mi cabeza. Pero todos han ido cayendo en mis manos –una pequeña sonrisa apareció en sus labios, antes de que sus ojos se abrieran, y la mirara fijamente -. Si todos se doblegaran ante mí, tal vez hubiese pensado en perdonarlos – una expresión de burla se formó en su rostro, como si lo que acabara de decir fuera un buen chiste. Nunca había olvidado o perdonado a alguien -. Hiten, es uno más de esos idiotas. Lo que hice fue algo tan insignificante - dijo con tono de desinterés –. Solo mate a su padre… aunque la orden fue exterminar su maldita sangre, algunos de mis empleados son… eran incompetentes –se corrigió, recordando que él mismo los había asesinado -. Si fuera inteligente me estaría agradecido, y se hubiese puesto a mi disposición. Pero como carece de ésta, intento hacer lo mismo que su padre… matarme y quedarse con todo… una estupidez -después de la muerte de Onigumo algunos quisieron quedarse con sus negocios, pero de todos se encargó, desapareciéndolos uno por uno. Toda persona que quisiera interponerse en su camino, simplemente… lo desaparecía, de la forma más dolorosa que encontrara en ese momento -. Su hermana… Soten, era una débil estúpida. Rogo por mi amor. Incluso traiciono a sus hermanos por mí. Lamentablemente para ella, no siento aquellas emociones tan patéticas e innecesarias –rio con burla -. Era tan patética, que no necesite matarle… lo cual tengo que reconocer que fue una lastima

-¿Cuántos…? – no sabía porque quería saber eso. Todo lo que él le decía debía asquearla, porque le demostraba que él era peor, de lo que hasta ese momento, se había imaginado. Pero no lo hacía, porque sentía que quería saber quién era y de que realmente era capaz Naraku. Pero no pudo seguir cuando la mano se posó en uno de sus senos.

-¿Cuántos he matado? –sonrió. Aunque ella no podía verlo, lo sabía -. ¿Estas segura de que quieres saberlo? –sintió el escalofrió de ella, cuando sus labios le rozaron el cuello, en una suave caricia -. Si quieres el número exacto, puedo dártelo –ella no contesto. No pudo hacerlo, ya que había mordido sus labios para evitar que un suspiro escapara de éstos -.¿Qué siento cuando asesino a alguien?, eso también quieres saberlo –dijo nuevamente contra su piel, siguiendo el camino que antes llevaba su mano, hasta llegar a su cuello, el cual acaricio. Ella ya había cerrado los ojos -, lo único que siento es la salida de la bala. Lo cual me produce euforia. Pero, ¿sabes que es más excitante y me produce placer incontrolable?. Podría decir que mirar de cerca sus ojos cuando lentamente su vida se escapa por éstos –la giro, provocando que ella abriera los ojos -. Pero… -la beso. Porque hacerlo le provocaba más placer, que incluso matar.

Los primeros veinte segundos intento alejarlo, inclusive intento utilizar el arma, pero el agarre que también él mantenía, se lo impidió. Los otros diez segundos pensó en resignarse. Los siguientes dos segundos pensó en morderlo para que se alejara, pero cuando abrió la boca para hacerlo, él aprovecho para invadir toda su cavidad. Por lo cual, en los dos siguientes segundos se rindió. Eso la enojó. Al parecer su cuerpo y cerebro se pusieron de acuerpo. Porque soltó el arma, para rodearle el cuello con los brazos, y después, lo olvido. Solo quería más, y no sabía cómo conseguirlo. O, tal vez sí, pero no se atrevía a hacer nada.

Él quería más, y sabía cómo obtenerlo. Y, sin importarle donde estaban, sin romper el beso la guio a las sillas. Se sentó en una de éstas, llevándola con él. Y, cuando sus labios dejaron su boca, para recorrer su cuello, esos pequeños y excitantes gemidos empezaron a salir de la boca de ella.

-E-Espera –sí, no podía evitarlo. No, no se consideraba débil por no poder hacerlo, porque él… otro gemido, para su desgracia y vergüenza, salió de su boca. Empezó a sentir calor. Ese calor que irremediablemente le agradaba. Una mordida. Y, aquel calor aumento, provocando que sus parpados se abrieran, a pesar de que sentía no tener fuerza para hacerlo. Y, aunque los tenia brillosos, lo vio. Cerró y abrió los ojos tratando de enfocar aquella pequeña marca que había observado en el cuello de él. Sus manos se cerraron con fuerza cuando la reconoció -. "Tsubaki"-se sentía como una estúpida. Él seguía revolcándose con esa mujer -. "Solo quiere…" –cerro los ojos con fuerza, sin poder evitar ruborizarse y movió su cadera, recordando lo que le había dicho Yura. Provocando que un jadeo ronco saliera de los labios de él.

Él pareció perder la paciencia o razonamiento que le quedaba, porque la volvió a besar. Pero esta vez de forma urgida, inclusive un poco agresiva, mientras con una mano intentaba desabrocharse el pantalón, y con la otra, colarse debajo de su vestido, para bajarle la ropa interior -. ¿Quieres hacerlo? – un gemido parecido a un ronroneo, fue la respuesta que él emitió. Ni siquiera él podía actuar de forma racional cuando de sexo se trataba -. Quien ruega no soy yo, Naraku –dijo con clara burla antes de levantarse. Él parecía haberse sorprendido por lo que ella había hecho -. Tenías razón… solo hay que saber cómo funciona el cerebro de una persona, para saber lo que siente. Descubrir cuáles son sus miedos y los deseos de su débil cerebro. Eres tan simple y patético como todos ellos –se giró, empezando a alejarse -. Seguramente Tsubaki podrá saciar tus patéticos deseos –había utilizado el tono más burlón que pudo, mientras se limpiaba, disimuladamente una lagrima que había escapado de uno de sus ojos. Pero un disparo la detuvo. Se había asustado, pero aun así se giró hacia él. La observaba con esos ojos tan profundos. Apuntándole con el arma, pero su mirada no era de odio como siempre que la amenazaba. Incluso, la mano con la que sostenía el arma, parecía temblara.

No había podido evitar el impulso de querer matarla. Pero no pudo dispararle. Cosa que hubiese hecho con cualquier otra persona que hubiese cometido una insolencia como esa. Inclusive, su mano temblaba, como si jalar el gatillo le produjera… ¿miedo?. ¿Así se sentía el miedo? -. Y según tú, ¿cuál es mi miedo, debilidad y deseo?

-No me disparaste. Tampoco pareces querer hacerlo –estaba sorprendida, pero trataba de no demostrarlo -. Tu miedo, debilidad y deseo… soy yo –no estaba segura de lo que decía, y no quería estarlo.

Él se levantó, dejando el arma en la mesa. Su pantalón aún estaba desabrochado, y aquel problema en su parte baja, aun se observaba, por lo cual ella se ruborizo, pero él no se percató -. Si estuvieras en lo cierto, ya estarías muerta -no la miro, solo siguió su camino.

-No lo estoy, porque a pesar de todo no puedes hacerlo –susurro, sin dejar de observar su espalda. Sabía que él decía la verdad. Pero también sabía que por esa misma razón no se atrevía a matarla. Ella era su miedo, debilidad y deseo. Y, él… no solo era su miedo, tal vez se estaba convirtiendo en… -. "Nada… deja de pensar tonterías" –agarro el arma, decidiendo seguir con lo que antes hacía.


Retuvo el aliento. De todas las cosas que pensó que podían sucederle, jamás pensó volver a verlo. O, por lo menos no ese día, y menos en aquel lugar. Inuyasha estaba sentado sobre una de las ramas del gran árbol, mirando hacia el horizonte. Ajeno a todo lo que había a su alrededor. Incluso, a la mirada de ella. Apretó entre sus manos la tela negra del vestido, mientras su cerebro le gritaba a su cuerpo que se moviera, pero éste, no parecía querer obedecer. Ya que sus piernas parecían haberse enterrado en el pasto.

Respiro profundo, tratando de calmarse, cuando sin ningún motivo aparente, uno de sus labios empezó a temblar. Apretó con más fuerza la tela entre sus dedos, cuando una suave brisa golpeo su espalda, haciéndola temblar. En ese momento, sus pies parecieron hacerse más ligeros, y sin poder soportarlo más, se giró. Solo unos pasos más, y todo sería como si nunca hubiese pasado.

-¿Kagome? –fue un pequeño susurro, lo suficientemente alto para que ella lo escuchara. En ese momento un nuevo silencio reino. Un silencio tan denso, que solo era interrumpido por sus pulsaciones cardiacas, las cuales en cada segundo, parecían ir en aumento. Otra suave brisa, paso por su rostro, y segundos después, un ruido a su espalda la sobresalto, provocando que apretara aún más la tela, casi hasta al punto de romperla -. Eres tú –sintió unos pasos acercarse, lo cual provoco que se encogiera de hombros, mientras cerraba sus ojos.

Cuando sintió los pasos muy cerca de ella, sus piernas se movieron por fin. Sin embargo, antes de que pudiera dar el tercer paso, una mano en su muñeca izquierda la detuvo. Trato de soltarse del agarre, pero la mano no se lo permitió. Aquella mano que se aferraba a ella, estaba fría, y parecía temblar. Sin más alternativa, se quedó allí, dándole la espalda, y sintiendo, que a cada segundo, se le hacía cada vez más difícil respirar. Tal vez, si su corazón no se detenía, seguramente sus pulmones si lo harían.

Después de permanecer en esa posición, lo que parecieron ser martirizantes horas, ella se giró lentamente, sin abrir aun los ojos. Pero un jadeo de sorpresa, escapo de sus labios cuando unos brazos la rodearon. Ella había esperado cualquier cosa, menos aquello.

Una suave brisa. Eso había sido lo que llevo hasta su nariz aquel aroma, que reconocía perfectamente. Cuando giro en la dirección en que venía aquel olor, la vio dándole la espalda. No estaba seguro de quien en realidad era. Podía ser Kagome o Kikyo. Las dos lucían igual de espalda, y el olor de ambas era parecido. Pero una nueva brisa llevo nuevamente aquel olor a sus fosas nasales, pudiendo reconocer las pequeñas diferencias en éstos. En ese momento, sin pensarlo salto del árbol, acercándose a ella y deteniéndola. Quiso girarla, pero todo su cuerpo temblaba, por lo cual solo se quedó allí, aferrándose al contacto. Cuando por fin ella decidió girarse, la abrazo. Su cuerpo pareció debilitarse, y se deslizo suavemente, hasta quedar de rodillas frente a ella, sin dejar de abrazarse a su cuerpo. Y, sin esperarlo, aquellas lágrimas, que había retenido desde que se enteró de lo que había sucedido con su madre, salieron. Sin proponérselo o esperárselo, lloro.

-Inuyasha –susurro. Subió, de forma dudosa, una de sus manos, pero cuando estaba a centímetros del cabello de él, la detuvo. No sabía qué hacer. Inuyasha la abrazaba por la cintura, sollozando como un niño sobre su abdomen. Se veía muy vulnerable. Sin pensarlo más, poso su mano temblorosa sobre el cabello de él, dándole pequeñas caricias.

Él no decía nada, solo sollozaba. Pero ella sabía a qué se debía su estado. El día que hicieron el entierro simbólico de Kouga, también lo hicieron para la madre de Inuyasha, porque al igual que Kouga, su cuerpo también se lo había tragado el mar.

-Lo siento –fue lo único que pudo decir, mientras seguía acariciando el cabello de él. En ese momento, el silencio volvió a reinar en el lugar. Ella no volvió a decir nada más, y él, después de varios minutos, dejo de sollozar, pero se aferraba más a ella.

-Lo siento… no debí –dijo rompiendo el silencio, pero no la soltaba -. No debo, y no debería seguir haciéndolo… pero… quédate unos minutos más así, por favor –miro hacia arriba. Ella lo miraba de una forma que lo hacía sentir muy débil. Sus ojos seguían siendo igual de hermosos, pero en ellos parecía haber un rastro de tristeza, que se expandía hasta, ahora su pálido, rostro. Un rostro que aunque seguía hermoso, parecía estar perdiendo aquella luz que lo caracterizaba. Parecía estar marchitándose lentamente.

No supo cuánto tiempo duraron en esa posición. Diciéndose tantas cosas con la mirada. Pero llego un momento en que eso a él, no le basto. Quería, no, él necesitaba pedir nuevamente perdón. Él necesitaba decir tantas cosas, pero ella no se lo permitió. Con un simple: Lo siento, no puedo… no soy ella, se marchó inmediatamente él la soltó. Quiso seguirla, porque necesitaba que ella lo escuchara, pero no lo hizo. No podía seguirla. No pudo hacerlo, cuando no estaba seguro de que decir.

Cuando llego a la hacienda, Miroku, le informo otra cosa que tampoco pensó escuchar. Kouga había muerto en el viaje de regreso a la isla, pero no encontraron su cuerpo.

Después de eso, pensó todo el día en todo lo que sucedió, sucedía y sucedería. Después de unas horas, llego a una conclusión. Y, esa misma noche empezaría a poner en práctica lo que había decidido. Sabía que era muy apresurado, debido a que los sucesos eran recientes, pero no podía esperar. No, cuando la ley perjudicaba todo.


-¿Cuál fue el resultado de la prueba?

-Tiene que esperar, mi señora. Utilice la prueba de las semillas de trigo y cebada, las cuales, si la joven señora está embarazada, germinaran entre dos o tres días.

-Entonces podremos saber si será un niño o niña ¿cierto? –dijo no muy segura, tratando de recordar cuando la sierva le había hecho esa prueba a su difunta yerna.

La sierva asintió -. Si la cebada germina, será un niño. Por el contrario si es el trigo, será una niña

-Puedes retirarte –la sierva hizo una reverencia, y salió. Cuando estuvo sola, se arrodillo frente a un crucifijo, pidiéndole a Dios que el resultado fuera un embarazo, y que éste fuera de un varón. Con eso no solo conseguiría cerrar la alianza con los Taisho. También conseguiría lo más importante, y por lo que realmente le pedía a Dios. Tener algo de su adorado Kouga. Una personita que evitaría que los pocos años de vida que le quedaban fueran miserables.


No tenía razones para odiarla. Se había cruzado con ella algunas veces en los pasillos, pero no conocía absolutamente nada sobre ella. Excepto que se llamaba Kikyo. Y, si las tuviera tampoco la odiaría, porque ella era incapaz de sentir alguna emoción. Salvo, tal vez, por sus hermanos, por los cuales haría todo. Matar si era necesario. O, peor aún traicionar a Naraku. Especialmente por Hakudoshi, al cual había cuidado desde la primera vez que lo tuvo en sus brazos. Por lo cual, cuando él le dio un pequeño frasco que contenía lo que parecía ser un polvo, no dijo nada, aunque sabía que era peligroso. Como siempre solo obedeció.

Lo único que sabía, era que ese polvo tenía que echarlo en pequeñas cantidades en la comida de Kikyo, lo cual, según su hermano le había comentado, la mataría de forma lenta… y dolorosa. No tuvo necesidad de hacer el último comentario, lo conocía lo suficiente para saber que significaba aquella sonrisa, que a muchos les producía temor. Menos a ella, que no sentía nada.

Kaede supervisaba especialmente la comida de Naraku, y ahora la de Kikyo. Ella era la encargada de servirla. Y, ese día no fue la excepción, pero se las ingenio. Como en varias ocasiones, llevaba la charola de plata con el desayuno de Kikyo.

Cuando entro a la habitación, se quedó de pie esperando la orden de la chica que estaba frente al espejo arreglándose. Mirando a la nada frente a ella, como si de una muñeca de porcelana se tratara.

-Puedes dejarlo en la mesa –no se había girado, pero si la miraba por el espejo. Le causaba un poco de curiosidad aquella empleada. Por su apariencia, se había percatado de que era hermana de aquellos albinos que siempre veía con Naraku. Pero ella era diferente a ellos. Al principio creyó que era como ella. Que al igual que ella controlaba sus emociones y era poco expresiva. Pero Kanna, a diferencia de ella, realmente no parecía sentir absolutamente nada.

Después de dejar la charola en la pequeña mesa, hizo una reverencia y salió. Ayudaría a matar a alguien, pero no sentía la excitación que Hakudoshi reflejaba en su rostro cuando sabía que había realizado alguna de las torturas que Naraku le ordenaba. Tampoco sentía remordimiento por lo que haría. Como siempre no sentía nada.


No entendía que le estaba sucediendo. Desde hacía algunas horas, sentía leves dolores de cabeza y mareos. Que aunque no eran fuertes y no le duraban mucho tiempo, eran muy molestos. Por esa razón no había salido de su habitación. La luz solar le fastidiaba, y a veces no podía dar un paso sin la amenaza de caer.

Abrió los ojos cuando escucho unos toquidos, después de los cuales entro Kaede -. ¿Te encuentras bien?. Hoy no has salido al jardín

Ella cerró los ojos -. No me apetece salir. Me siento… un poco cansada –dijo esto último, arrepintiéndose de lo que verdaderamente iba a decir. No le agradaba que la vieran como alguien débil que se quejaba por tonterías. Después de todo, eso tenía que ser lo que tenía, una tontería, como… una gripe. Eso debía ser.

-Entonces le pediré a Kanna que te traiga el almuerzo

-No…

-Vendré después a ver si has comido –la interrumpió, sabiendo lo que ella quería decir -. Si tengo que darte de comer lo haré

Reprimió un sonido de molestia, antes de que la anciana saliera. Y, dos horas después, frente a ella estaba Kanna con la misma expresión de siempre, y una charola de plata en las manos.

Esa tarde intento salir, pero tampoco lo logro. Sus malestares parecían intensificarse. Inclusive, a veces creía escuchar pequeños zumbidos, que a veces, parecían transformarse en voces, a pesar de estar completamente sola en la habitación. Pero ni aun así, se lo dijo a Kaede, cuando ésta fue nuevamente a verla.


Abrió los ojos cuando una mano cubrió su boca. Observaba la sombra que estaba, de rodillas, al lado de su cama. Agarro la mano e intento apartarla, pero otra mano le agarro los brazos por las muñecas. El miedo y las ganas de gritar aumentaron, cuando la sombra empezó a acercarse a su rostro.

-Te soltare, pero no vayas a gritar –esa voz. La reconocía perfectamente, pero ¿Qué hacia él allí?. Ella hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

-¿Qué haces aquí?, ¡acaso estas lo…! –no pudo seguir porque él le cubrió nuevamente la boca.

-Si gritas se percataran de mi presencia –una pequeña risa salió de sus labios, cuando retiro la mano de la boca de ella -. Tal vez… si este un poco loco. Sería la única explicación a todo

-Eres un tonto, Inuyasha. Acaso no te das cuenta que es peligroso que te encuentres aquí, y preciso en mi habitación

- Necesitaba hablar contigo. Me dejaste en el bosque –ella no respondió, y él no supo que decir por casi dos minutos -. Kagome… lo siento –no podía ver su rostro, pero estaba seguro que ella lo miraba -. Jamás me lleve bien con Kouga, pero a pesar de que era un idiota y un maldi…

-Inuyasha –trato de sonar enojada, pero la voz se le quebró. Aun se sentía culpable por lo que le había sucedido a Kouga.

-Lo siento… hay cosas que creo jamás cambiaran –hubo un nuevo silencio, que fue interrumpido por un suspiro cansino proveniente de él -. No era tan… desagradable –ella levanto la mirada. Inuyasha parecía acongojado -. No se merecía morir… tan joven –veinticinco años cumplieron cuatro meses atrás, y Kouga ya había muerto. Nunca se llevaron bien, pero eso no quería decir que se alegraba de que hubiese muerto. De hecho, le acongojaba más de lo que creyó.

-F-Fue… mi culpa –no pudo evitar que lagrimas salieran de sus ojos, cuando por fin dijo en voz alta lo, que desde el día que dijeron que Kouga había muerto, pensó. Porque ella no quería volver a verlo, después de lo que había sucedido entre ellos -. Su muerte es mi culpa

-Eso no es cierto, tú…

-No lo comprendes. Estaba tan enojada que desee no verlo más… por mi culpa murió

Inuyasha tomo el rostro de ella entre sus manos, obligándola a que lo mirara -. No lo es –ella intento hablar, pero él no la dejo -. No controlas el destino de las personas. Por ende no podías evitarlo o provocarlo… y, aunque pudieras, tú jamás podrías desear algo como eso. No sé qué demonios hizo Kouga, pero para que te enojara, no tuvo que ser bueno. Tienes derecho a enojarte… todos lo hacemos

-P-Pero…

-¿Siempre eres así de terca? –ella se quedó observándolo por unos segundos, y sonrió levemente -. Me gusta que sonrías… –con sus pulgares, empezó a limpiar las lágrimas de ellas -, porque tu sonrisa es… hermosa… la más hermosa que he visto

-I-Inuyasha –se ruborizo cuando el rostro de él empezó a acercarse al de ella. ¿Acaso él…? -. D-Detente… por favor

Se detuvo muy cerca de sus labios, pero no se alejó -. ¿Por qué?

-Porque… no está… bien –sus labios se rosaban.

-No está bien decirlo, pero ya no estas casada –saco su lengua, necesitaba y quería profundizar el contacto de alguna forma. Pero ella aparto el rostro -. Kag…

-No está bien –coloco una mano en la mejilla de él -. No soy un reemplazo de Kikyo –él la observo, estaba claramente sorprendido por aquellas palabras -. Soy… viuda, ya no necesitas restaurar mi honor… ya no

-Yo no…

-Si quieres estar con Kikyo, puedes… hacerlo sin tener ningún cargo de conciencia –dijo interrumpiéndolo. La voz le temblaba, mientras trataba de sonreír, pero lo único que logro fue que una pequeña mueca apareciera en su rostro.

-Kagome, yo…

-Ella es muy orgullosa, pero si tú…-no pudo seguir cuando él le cubrió la boca con una mano.

-¿Jamás te callas? –ella frunció el ceño, y empezó a murmurar cosas inentendibles gracias a la mano de Inuyasha, pero era claro que estaba enojada -. Me fastidia y encanta esa forma que tienes de interrumpir a los demás –dijo con una pequeña sonrisa. Ella intento quitar la mano que tenía en su mejilla, pero él coloco su mano libre sobre la de ella para impedírselo -. Una vez te dije lo que sentía, a pesar de que no soy bueno para expresar con palabras lo que siento… a menos que sea enojo –respiro profundo -. Antes de seguir, quiero saber algo. ¿Tú de verdad amaste a Kouga? –retiro lentamente la mano que cubría su boca, esperando unos segundos a que ella contestara, pero no lo hizo -. Es una simple pregunta, con una más simple respuesta

-Hace un mes te respondí esa pregunta –dijo en un pequeño susurro sin mirarlo.

-Ese día no te creí. No quise hacerlo. Pero sabía que él sí podría hacerte feliz. O, eso creí en ese momento… de lo contraria, no hubiese permitido que te casaras –le agarro la barbilla para que ella lo mirara -. Pero ahora estoy seguro de que nadie más que yo podrá hacerlo

-Sabes que no es cierto Inuyasha. No tienes por qué hacerlo –sus ojos se pusieron brillosos -. No tienes por qué decir cosas que ambos sabemos que son falsas. Se siente peor cuando mientes

Una expresión de frustración apareció en el rostro de él. Como hacerle entender a ella lo que sentía, si ella no quería entenderlo, y él no sabía explicarse. Pero sabía que tenía que hacerlo. Tenía que hacer que ella entendiera definitivamente lo que sentía. Esa extraña sensación, a la cual no le había colocado un nombre, hasta ese día.

Con sus manos le agarro el rostro para que ella lo mirara a los ojos -. Un idiota. Una insensible y estúpida bestia. ¿Eso quieres oír?. Pues si lo soy. No tengo una mejor o peor forma de describirme por lo que hice… son las únicas palabras que encuentro para identificarme. Nunca me había tenido que preocupar por eso. No he tenido que utilizar palabras para describir lo que siento. O, lo que soy… solo actuó. Pero desde que te conocí he tenido que buscar palabras que jamás pensé utilizar parar describir lo que siento y que tú lo entiendas. Necesito que me escuches, solo te pido eso -se quedó observándola a los ojos unos segundos, como si no supiera como continuar -. Quisiera… quisiera ser bueno con las palabras para poder expresarme… quisiera poderte decir cosas que están en mi cabeza desde que te conocí, pero solo después de arruinar todo las comprendí, pero nunca me he atrevido a decir… quisiera encontrar las palabras perfectas para explicar esa extraña alegría que siento cuando te veo sonreír… -con un dedo empezó a delinear sus labios, mientras un pequeño rubor aparecía en las mejillas de ambos -, quisiera poder encontrar una palabra que me permita decir que tu sonrisa es la más hermosa del mundo… -subió el dedo por su mejilla hasta llegar a su ojo -, la cual solo es comparable con la belleza en tus ojos… quisiera encontrar una palabra para expresar ese vacío que sentía aquí –llevo la mano de ella, que antes permanecía en su mejilla, hasta su pecho -, cuando pensaba en que por mis idioteces, Kouga seria quien te haría feliz… quisiera encontrar las palabras exactas para decirte que te amo, y que mi corazón, aunque no me daba cuenta, solo latía por ti… quisiera encontrar tantas palabras para poder decirte varias cosas, pero como no soy bueno con las palabras no puedo encontrarlas. Lo único que puedo hacer, es utilizar las únicas palabras que me describen a mí… un idiota… una insensible y estúpida bestia que espera no sea tarde para estar junto a ti. Sé que no lo merezco, pero no puedo evitar desearlo. De hecho si encontrara a alguien que pudiera hacerte feliz, nuevamente lo aceptaría, porque quiero que jamás dejes de sonreír –respiro profundo y una pequeña sonrisa apareció en su rostro -. Sé que no es lo que querías escu…

-Encontraste las palabras… fueron perfectas –sonrió, pero inmediatamente empezó a llorar -. Pero tengo miedo… no quiero que sea un sueño. N-No quiero… volver a despertar

-Si es un sueño, entonces es nuestro

La beso. No fue un beso dulce. Nuevamente era salado por sus lágrimas, pero no por eso le desagrado. Por el contrario, le daban deseos de besar cada parte de su rostro, y cuerpo, hasta que se convenciera de que aquello no era un simple sueño.

-No me dejes… por favor. Permanezcamos en este sueño… nuestro sueño –se abrazó a él, sin dejar de llorar. Tal vez era cierto que su enfermedad era grave y había muerto, pero eso ya no importaba. Si permanecía eternamente con Inuyasha, estar muerta era lo de menos -. Te amo, Inuyasha

-Yo… -ella se acurruco a él, haciendo que cayera en la cama -, también… te amo, Kagome –la abrazo más contra su cuerpo, e igual que ella, se dejó llevar por Morfeo, cuando las primeras gotas que caían del cielo se empezaron a golpear el techo.


Llovía como si de un diluvio se tratara. Y la habitación era totalmente iluminada por los relámpagos que eran acompañados por el ensordecedor sonido de los truenos, que parecía hacer que todo en la casa temblara, especialmente los vidrios que parecían querer quebrarse. Pero esos sonidos eran apagados por los pequeños susurros, que se mezclaban con gritos desesperados.

-¡Basta! –pero como en las otras ocasiones no se detenían. Por el contrario, parecían intensificarse.

Era media noche y llovía. Pero eso no le importaba, solo quería salir de allí. Tenía que salir de allí. Corrió por los pasillos, escuchando gritos cada vez más fuertes, hasta que salió.

La lluvia era helada, pero ella no sentía nada. No escuchaba nada. Solo aquellos gritos que parecían ser infernales. Se cubrió los oídos, y cayó de rodillas en el pasto -. ¡Basta! –gritaba lo más fuerte que podía, tratando de que las voces se detuvieran.

Levanto la mirada. A unos pasos de ella, se encontraba una gran sombra, la cual fue acompañada por otras. Retuvo el aliento, y un pequeño temblor se apodero de su cuerpo. Tenía miedo. Miedo por no poder controlar lo que le estaba sucediendo. Quería que las voces se detuvieran. Que aquellas sombras desaparecieran, pero no podía. Y eso le producía temor. ¿Acaso había enloquecido?

-N-Nada es real –susurro varias veces, antes de abrir los ojos, que ni siquiera, se había percatado de haber cerrado -. Todo está en mi cabeza, y puedo contro… -grito cuando su pierna fue jalada. Provocando que cayera acostada en el pasto. Enterró los dedos en éste, cuando empezó a ser arrastrada. Pero aquella sombra la arrastraba como si de una muñeca se tratara -. ¡Basta… déjame en paz! –unas lágrimas salieron de sus ojos, mezclándose con la lluvia, cuando el agarre en su pierna desapareció. Pero las otras sombras seguían allí, acercándose lentamente hasta ella.

Se levantó, y corrió lo más rápido que sus piernas y el pasto mojado le permitían, sin dejar de cubrirse los oídos.

No sabía dónde estaba. Solo veía sombras terroríficas a su alrededor. Sombras que en ocasiones se lanzaban hacia ella.

Escucho unos pasos detrás suyo, y cuando quiso girar, perdió el equilibrio. Cayendo en la parte más profunda del lago. Daba manotones en el agua, tratando de agarrarse en algo, pero no había nada a su alrededor. La roca estaba a unos metros.

Trato de abrir los ojos, pero el agua no se lo permitía. Estaba agotada, y su cuerpo se hundía sin que pudiera evitarlo -. "Las voces… se han detenido" –cerro los ojos. Ya no lucho más por evitar lo imposible, y empezó a hundirse.

Pero sintió que alguien la levantaba. Cuando vio unos ojos rojos que la observaban, se aferró a él. Y sin importarle quien la sostenía, empezó a llorar.

-N-No podía hacer que se detuvieran

Él la llevaba de forma nupcial, y ella seguía aferrada a él, escondiendo el rostro en su pecho. Por primera vez desde que la conocía, la veía así. Llorando, a pesar de que sabía que era muy orgullosa. Se veía tan indefensa. Tan débil. Tan patética. Eso debía enojarlo y asquearlo, pero no lo hacía. De hecho, lo… ¿enternecía?. Se burló de sí mismo, ante tan estúpido pensamiento. Pero sin darse cuenta, la apretó más a su cuerpo.

Cuando llegaron a la habitación, intento acostarla en la cama, pero ella no se lo permitió, ya que se abrazó más a él. Temblando y susurrando algunas cosas que él apenas comprendía. Trataba de relajarse con aquel sonido que provenía del pecho de él.

Una pequeña mueca de desagrado apareció en su rostro. Odiaba esa situación. La odiaba a ella por exponerlo a una situación tan bizarra. Pero a pesar de eso, no pudo evitar abrazarla un poco más fuerte. Porque ella… era su debilidad.

La desnudo, y se desnudó completamente. Lo más rápido que aquel abrazo se lo permitió. La acostó en la cama, cuando pareció calmarse un poco, y agarro una de las sabanas, envolviéndola en la parte inferior de su cuerpo. Y, sin que ella se lo pidiera, decidió quedarse. Observándola desde el sofá mientras ella dormía.

Tu miedo, debilidad y deseo

Recordó aquellas palabras. Ella tenía razón. Aunque lo molestara, ella no se había equivocado. Por culpa de ella sentía todas esas asquerosas sensaciones. Por culpa de ella, había sentido algo que jamás creyó sentir… miedo. Era una sensación que al principio no pudo reconocer, y que había iniciado cuando escucho sus gritos. Eran casi ahogados por la lluvia y por gemidos que no le producían casi placer, pero él los reconoció.

Aún estaba enojado con ella. Aun trataba de saciar aquel deseo ausente con Tsubaki. Aun se sentía asqueado por desearla. Aun se sentía humillado por todo lo que ella dijo e hizo. Pero cuando pudo reconocer los gritos de ella, nada importo. Solo se había levantado, y colocado la ropa interior, antes de correr hacia la lluvia, en busca su búsqueda.

Cuando la encontró, sin pensarlo se había lanzado al lago. Y, cuando por fin la tuvo entre sus brazos, esa sensación desapareció. Pero a pesar de eso, su maldito corazón seguía queriendo salir de su pecho. Llevo distraídamente una mano a su pecho, justo en el lugar donde estaba su corazón. Nunca había sucedido. Solo con ella pasaba. Solo ella podía hacer que su corazón latiera y se detuviera.

-"Miedo… ¿así se siente?"-había tenido miedo de perderla, por eso ella era su debilidad. Kikyo, era su miedo, debilidad y deseo -. "Por eso… la odio" –la odiaba porque la amaba. Él, el gran Naraku, deseaba algo que no era el poder. Él… amaba a una mujer, algo que lo hacía débil. Y, aunque tenía claro que a las debilidades había que desaparecerlas, en este caso matarla, no podía. Porque tenía miedo. Él, el gran Naraku… el demonio de los siete mares, tenía miedo de perderla.

Sabía que no podía vivir tranquilo mientras ella existiera. Pero no podía existir, si ella no lo hacía. Porque ese día se había dado cuenta que así como la vida de ella le pertenecía a él, sin ella buscarlo, desearlo, o saberlo, su vida… le pertenecía a ella.


Se sentó en la cama, cuando un fuerte estruendo se escuchó, lo cual le provoco vértigo. Miro hacia la ventana. Aun llovía. Y, eso no le agradaba. Otro fuerte estruendo, provoco que diera un pequeño respingón, antes de acurrucarse entre las sabanas. Cubriéndose totalmente cuando se percató de la sombra que se encontraba sentada en el sofá. Y, nuevamente las escucho. Aquellas voces volvieron a escucharse en su cabeza.

-N-No… sigan –susurro -. Basta…

Se descubrió un poco. Observando a la figura frente a ella. No. Aquella figura no era como las que veía últimamente -. "Padre"-no podía equivocarse, el único que dormía en su habitación cuando llovía era él.

Se levantó, sin ni siquiera percatarse de que estaba completamente desnuda. Camino hasta el sofá, y se subió en su regazo, acurrucándose en aquel cuerpo. Sintió un brazo rodeándola, mientras era cubierta por lo que parecía ser una sábana. Unos mechones de cabello que no le pertenecían, acariciaron suavemente su mejilla. Lo tomo entre sus dedos. No, aquel hombre no podía ser su padre, después de todo, él no tenía el cabello largo. Pero eso no le importo. La tranquilidad que sentía en ese momento era igual. No. Se equivocaba, era mayor, y… diferente. Pero le agradaba. Incluso su aroma la relajaba, tanto que no pudo evitar dormirse, a pesar de los estruendos que se escuchaban provenientes del exterior.

Los rayos del sol que entraban por la ventana, provocaron que abriera los ojos. Cuando distinguió algunos mechones de cabello ondulado en su rostro, intento levantarse, pero unos brazos la aprisionaron más. Levanto el rostro sorprendida e intento levantarse nuevamente, pero él no se lo permitió.

-¿¡Qué me hiciste!?

Él abrió uno de sus ojos. La miro por unos segundos, antes de cerrarlo nuevamente, y apretar más su agarre en ella.

-Te atreviste a…

-No necesito aprovecharme de nadie –dijo interrumpiéndola, y abriendo los ojos -. No necesito obligar a ninguna mujer para que se acueste conmigo… ellas se ofrecen solas. De hecho, tú viniste a mí –dijo esto último con una sonrisa de lado.

Se indignó ante la que le había dicho, por lo cual intento levantarse, pero él no se lo permitió. Cuando ella giro el rostro, mirándolo con molestia, él le agarro por la barbilla. Por lo cual ella, por reflejo, intento alejarse, pero él nuevamente se lo impidió.

-¿Qué…?

-¿No puedes guardar silencio por un maldito segundo? –iba a protestar, pero se arrepintió, cuando él le levanto el parpado izquierdo -. Belladona –no había duda. Su comportamiento, y sobretodo su pupila dilatada se lo comprobaba. Solo había dos personas que podrían haberla intentado envenenar. Pero solo una se atrevería a hacerlo -. "Tsubaki"- no sabía cómo lo había hecho, pero no podía ser nadie más.

Ella aprovecho que él parecía estar concentrado en algo, y se levantó. Percatándose de que estaba completamente desnuda. Por lo cual se ruborizo, e inconscientemente, un pequeño grito, de vergüenza, escapo de sus labios, llamando la atención de él. Agarro un sabana de la cama, y se cubrió -. C-Como te atreviste –estaba enojada, pero el rubor por la vergüenza no desaparecía.

-¿Cuál es el problema? –dijo como si lo que estuviera sucediendo no tuviera importancia -. Ya te he visto antes… -sonrió de lado-, de hecho, estoy seguro de que he visto lugares de tu cuerpo que tú jamás has visto –sonrió a un más cuando ella, a pesar de la expresión de enojo que tenía, se había ruborizado, aún más.

-E-Eres un… -no pudo seguir cuando él se levantó, provocando que la sabana resbalara lentamente por sus piernas. Otro grito. Sin poder evitarlo, había nuevamente gritado, antes de cerrar los ojos, apretando fuertemente sus parpados. Ni siquiera cuando él le levanto el mentón los abrió.

-Es hora de que te acostumbres –roso sus labios con los de ella, delineando en el proceso, con la lengua, los labios contrarios. Pero ella solo estaba allí, petrificada. Con los ojos fuertemente cerrados, totalmente ruborizada y con los nudillos blancos, apretando la sabana que cubría su cuerpo. Por lo cual, él mordió suavemente el labio inferior de ella, forzando la entrada de su lengua a aquella cavidad.

Un suspiro. Sin poder evitarlo, un suspiro había escapado de su boca cuando la lengua de él la invadió. Suspiro que se perdió en la boca contraria, como muchos otros cuando le correspondió. Se sorprendió un poco, porque a pesar de que no era un beso suave, no era como los otros que él le había dado. Aquel beso era la perfecta combinación de lo que él era. Odio, deseo, pasión… y ¿amor?. No. Eso era lo único que jamás él podría sentir y dar. Pero a pesar de saber aquello, no le importo, porque él era el único que podía hacer que ella se olvidara de la lógica.

Se abrazó a él, soltando, sin percatarse, la sabana que antes la cubría. Ahora solo eran ellos dos. No había lógica o razonamiento, solo ellos dos. Solo era ella completamente desnuda, perdiendo el aliento por aquel beso. Solo era ella siendo quemada por la piel desnuda de un demonio. Un demonio que odiaba. Un demonio que la odiaba. Pero no quería que se separara de ella jamás.

Sintió una mano que apretó su cadera, y un fuerte escalofrió la invadió. Provocando que se aferrara más al cuello de él, temiendo caer. Cuando la lengua, que segundos antes acariciaba todos los rincones de su boca, empezó a recorrer su cuello, un fuerte gemido salió de sus labios.

Estaba tan embriagada por aquellas sensaciones, que ni siquiera se percató de que él la había guiado hasta la cama, solamente hasta que su espalda cayó suavemente en ésta. Se aferró a los hombros de él, cuando su boca empezó a descender. Deteniéndose, y concentrándose en su pecho.

Gemidos.

Esos gemidos que ella le brindaba, le estaban obligando a mandar el poco razonamiento que tenía a la mierda, pero no podía, porque ella lo había humillado.

Otro gemido.

Había dejado su ego por el suelo, ¿pero importaba tanto?... tal vez…

Unos toquidos. Unos malditos toquidos le devolvieron el poco razonamiento que había desechado por unos segundos. ¿Debía matar o agradecer al desgraciado imprudente, por evitar que se humillara a un más?. La miro. Ella seguía con los ojos fuertemente cerrados, y estaba más ruborizada que antes.

-¡Largo! –su voz había salido ronca.

-Señor… e-es importante –la voz se escuchaba temerosa -. M-Muy imp-portante

Un gruñido de molestia salió de su boca. Sabía que nadie lo interrumpiría si no fuera de vital importancia. Pero aun así, tal vez lo mataría. Se levantó, observándola por unos segundos. Se hinco sobre ella, con la intención de besarla, pero antes de que sus labios se encontraran se alejó. Se colocó la ropa interior, y sin importarle estar semidesnudo salió.

Cuando sintió la puerta, llevo una mano a sus labios. Labios que unos minutos antes él había besado, y donde segundos antes su aliento la había acariciado. Una lágrima salió por uno de sus ojos, siendo seguida por muchas otras. Trataba de limpiarlas, pero seguían saliendo más. No sabía cuál era la razón, pero algo en su pecho parecía doler. Dolor que se intensifico cuando aquellas palabras sonaron en su cabeza. Él jamás te querrá como deseas. Se cubrió totalmente con las sabanas, llorando como jamás lo había hecho. A ella no debía importarle. No debía dolerle, pero lo hacía. Le importaba y dolía que él solo la quisiera utilizar para satisfacer sus deseos. Deseos que también satisfacía con Tsubaki.

-"Lo odio…pero… ¿por qué duele?"


Había pasado todo el día anterior encerrada. Y, si le hacía caso al hombre que tenía enfrente, pasaría otro día de la misma forma. Sabía que ese hombre tenía razón, no era su culpa que Inuyasha no estuviera en ninguna parte de la hacienda, y su padrino, ya había salido. Pero que ellos no estuvieran allí, la beneficiaba mucho, porque así se ahorraba darles explicaciones, por lo menos mientras arreglaba lo que había ido a hacer en el Sengoku. Y, no podía esperar más tiempo, desde que recibió la carta había pasado un mes. Un mes en que pudieron pasar muchas cosas, pero ella aún mantenía la esperanza de que no se hubiese casado.

-No puede salir sola señorita –trato de comportarse lo más respetuosamente que podía delante de aquella señorita que le parecía muy exótica, pero extremadamente hermosa. No quería que Inuyasha…

-Ayame, es mi nombre. La ama de llaves me dijo que desde niños, eres amigo de Inuyasha, por ende no necesitas formalidades conmigo. Además, no iré sola. Tú iras conmigo, Miroku

-A Inuyasha no le agradara. Además, de que no soy el cochero –cuando llego ese día a hablar con Inuyasha, antes de ir al cuartel, no se imaginaba que se convertiría en cochero-niñero. Porque la chica podía ser hermosa, pero no dejaba de aparentar que era casi una niña.

-Entonces no tiene por qué enterarse. Él está muy afligido por su madre, y lo menos que quiero es molestarlo. Pero necesito urgentemente ir a ese lugar. Si no me acompañas, igualmente iré sola –sonrió, cuando él hizo un asentimiento cansino -. Gracias

Él abrió la puerta del carruaje, y ella subió -. ¿Adónde vamos?

-A la hacienda vecina –él frunció el ceño. Había dos haciendas que colindaban con esa. Iba a hacérselo saber, pero ella lo interrumpió -. A la hacienda Ookami

No hizo más preguntas, ya que creyó que ella iría a darle las condolencias a Kagome por la muerte de Kouga, pensando que seguramente fueron conocidos.

Cuando el carruaje empezó a andar, no pudo evitar ponerse más nerviosa. Después de tantos años, al fin volvería a ver a Kouga. El hombre que estaba predestinado para estar con ella. O, eso pensó desde que sus ojos lo vieron por primera vez.

A pesar de que en esa época tenía ocho años, y aunque en ese momento no entendió por qué su corazón parecía querer salir de su pecho, mientras sus manos se aferraban con fuerza al saco de Inuyasha, después lo comprendió.

Flash back

Recordaba ese día con exactitud. No porque fuera el día de su octavo cumpleaños, sino porque lo conoció a él.

Él había llegado con sus abuelos y un chico que parecía ser un poco tímido. Sus pequeños ojos se fijaron en él, observando cada movimiento que realizaba aquel chico de largo cabello azabache. Y, cuando sus orbes miraron hacia donde estaba ella, se escondió detrás de Inuyasha.

-Estúpido sarnoso –levanto la mirada hacia arriba. Inuyasha también observaba, con desagrado, a aquella dirección -. Si hubiese sabido que vendría, no estuviera aquí –él había intentado caminar, pero unas pequeñas mano aferradas a su chaqueta se lo impidieron -. Enana, ya no estoy de humor. Busca a tu abuelo

Después de eso, todo había pasado muy rápido. Se enojó con Inuyasha, y se le escapo, a pesar de que sabía que él estaba designaron para cuidarla. Solo corrió al bosque, a pesar de que su abuelo se lo tenía prohibido. Sonriendo ante la reprimenda que su padrino Inu no, le daría a Inuyasha por descuidarla. Inclusive, lo castigaría como la última vez que le toco cuidarla. Pero cuando unos fuertes alaridos, seguidos de un disparo llegaron a sus oídos, se asustó. En esos momentos quiso devolverse, pero aquellos sonidos venían de aquella dirección, y para más horror, cada vez se escuchaban más cerca.

Aumento su velocidad, pero eso no impidió que un perro café, que parecía ser un gran lobo la alcanzara. Mordiéndola por el tobillo derecho, provocando que cayera. Grito por el dolor, aún más fuerte, cuando el perro empezó a jalarla -.¡Inuyasha! –como pudo, golpeo al perro en la cabeza, tratando de que éste la soltara, pero el perro seguía jalando -. ¡Inuyasha! –se agarró como pudo a las ramas de un matorral, a pesar de que éste tenía algunas espinas que se enterraban en sus pequeñas manos.

Dolía. La mordida y las espinas, pero ella no dejaba de llamar a Inuyasha. Pero él no vendría, ya que no sabía dónde se encontraba, y sus gritos no llegarían a su casa. Como pudo partió una de las ramas, y se soltó, golpeando con todas sus fuerzas al animal. El cual chillo fuertemente, después de que la soltó, por las espinas que también se enterrado en su piel.

Caminaba cojeando, sin soltar aquella rama, manteniendo un poco alejado al perro. Pero otros alaridos se escucharon cerca. Por lo cual, subió como pudo a un árbol. Llorando no solo por el dolor, también estaba muy asustada. La sangre de su pierna manchaba el pantalón color café que llevaba, y la rama que aun sostenía, era manchada por la de sus manos. Dos perros más llegaron. Ladraban y saltaban, tratando de llegar a donde ella estaba.

Unos pasos se escucharon. Al parecer, alguien corría hacia ella -. ¡Inuyasha! –intento alejar los perros con la rama, para evitar que le hicieran daño a Inuyasha, pero para su sorpresa, uno de los perros agarro la rama, haciéndola caer. Cerró los ojos. Apretando sus parpados fuertemente. Caería y los perros la atacarían.

-¡Te tengo! -intento abrir los ojos, pero quien la sostenido, cayó al suelo, dando una vuelta en éste, pero sin soltarla -. ¿Estás bien? –abrió los ojos, observando unos ojos azul claro observándola. Pero antes de que pudiera responder algo, se percató de que los perros los rodeaban, por lo cual se abrazó a él -. No te preocupes, mientras estés conmigo no te harán daño –lo observo. Él sonreía., pero aquella sonrisa desapareció cuando se percató de la sangre en su ropa y manos -. Lo siento. Debieron confundirte con una liebre… eres pequeño. ¿Te hicieron mucho daño?

Hizo un pequeño movimiento negativo con la cabeza. En ese momento se percató de que era aquel chico que había visto antes. Él agarro un rifle que estaba al lado de ellos, y se levantó con ella en brazos, sin dejar de observarla.

Son tan azules y hermosos como el cielo. Eso fue lo primero que vino a su cabeza, sin dejar de mirarlo a los ojos.

-¿Eres hijo de algún empleado? –pregunto con un poco de duda, al observar las vestimentas de aquel niño. Pero hasta donde él tenía entendido, los hijos de los invitados tenían aproximadamente su edad, excepto la nieta del señor Nōsuookami.

-Yo… no… -se calló, cuando los perros empezaron a ladrar, asustándola. Por lo cual se abrazó más a él, observándole el rostro. Ahora tenía una expresión de desagrado. Miro en la dirección en que él miraba -. ¡Inuyasha!

-¿¡Dónde estabas!? –estaba enojado, preocupado, y aunque le costara aceptar, asustado. Enojado, porque la pequeña molestia lo había engañado y desobedecido. Preocupado, porque no la había encontrado en la casa y, el señor Nōsuookami y su padre estaban preguntando por ella. Y, asustado, por lo que podría sucederle si a Ayame le pasaba algo. Incluso se vio internado en un monasterio hasta que cumpliera veintiún años, y planeando su fuga, antes de pasar casi seis años encerrado. Ella intento responder, pero los perros empezaron a ladrar más fuerte -. ¡Dile a tus malditos sarnosos que se callen!

-¿Por qué tendría que hacerlo? –dijo con una sonrisa maliciosa -. ¡Muchachos! -los perros rodearon a Inuyasha, pero éste en vez de asustarse, parecía estar más enojado.

-Por favor, no le hagas daño

Él la miro, y sonrió -. No te preocupes… solo estaba jugando. Ellos solo atacarían a mi orden. Y, él lo sabe. De lo contrario estaría rogando

-Preferiría ser despedazado antes de rogártele a un maldito sarnoso como tú

Kouga hizo un movimiento con una de sus manos -. Deberías de ser mejor niñera

Un sonido parecido a un gruñido salió de la boca de Inuyasha, por lo cual el otro chico sonrió -. Cállate, sarnoso –intento agarrar la niña, pero Kouga no se lo permitió.

-Yo lo encontré. Yo lo llevare, ya que demostraste ser un incompetente para cuidarlo –no le entusiasmaba cuidar de un niño, cuando podía seguir cazando. Pero algo le decía que lo que había sucedido metería en problemas a Inuyasha. Solo esperaba que valiera el sermón que le darían sus abuelos por escapar de la fiesta para irse a cazar en el bosque que colindaba con la casa de ellos, traer sus perros y provocar el accidente. Aunque eso ultimo era culpa de la bestia de Inuyasha que había dejado que un niño entrara solo al bosque.

Ese día no solo Inuyasha había sido castigado, Kouga también por desobedecer, aunque a éste último no parecía afectarle su castigo, de hecho sonrió disimuladamente, cuando su abuelo se lo impuso.

Le había causado mucha gracia la discusión en que terminaron los dos. Y, la vergüenza que sintió Kouga cuando se percató de que era una niña. Pero por su apariencia no era de extrañar la confusión. Su cabello era corto, y utilizaba mayoritariamente ropa de niño, ya que esta era más cómoda que los vestidos.

Cuando tenía doce años lo volvió a ver. Él tenía veinte años, y había cambiado mucho físicamente, pero sus ojos seguían iguales. Tan azules y hermosos como el cielo. Por el contrario, ella solo había crecido un poco, pero seguía sin desarrollar formas, y su cabello, lo llevaba aún, corto.

Su abuelo le había explicado para qué sería aquella reunión, y como siempre le pidió su opinión. La cual había sido positiva, porque ella a pesar del tiempo transcurrido, aun lo recordaba. Y, gracias a uno de los libros que a veces su abuelo le leía, se percató porque no lo había olvidado, y jamás lo haría. Ella amaba a Kouga desde que lo había visto caminando por los jardines de su casa.

Todo había ido bien entre ellos, incluso, él la llamaba su chica. Pero todo cambio el día en que él se enteró del compromiso que sus abuelos acordaron cuatro años atrás.

-No me casare con ella. Le llevo muchos años… ella es solo una niña

-Que crecerá en su debido momento –había dicho la abuela de él.

-¡No!, no me casare con ella… es… es una niña sin ninguna gracia, poco femenina y además fea

-No exageres, Kouga. Si, la niña es… especial, pero entiende, la ha criado su abuelo. Solo necesita a alguien que corrija esos pequeños defectos. Estoy segura de que en un convento la educaran correctamente hasta el día en que se casen. Respecto a su físico, sus padres eran muy apuestos, y ella heredo las características exóticas de su madre. Debes aceptar que el color de sus ojos y cabello no es muy común en esta zona, lo cual la hace ver aún más hermosa. Solo dale tiempo a crecer

-En España tal vez conozca chicas así. Además, ¿si nunca he seguido tus ordenes que te hace pensar que ahora lo haría?. Nunca has intervenido en mis decisiones. Si lo que quieres es unir a las familias, cásala con Hojo. Él gustoso te complacerá

-Porque es tú deber –había sonado un poco seria su voz -. No te exijo que dejes de revolcarte con esas mujerzuelas, mientras no ensucies nuestra estirpe con una de ellas, no diré absolutamente nada. Puedes seguir desflorando a esas muchachitas que han sido criadas de forma libertina, mientras sus padres jamás se enteren. Puedes hacer lo que quieras, nunca podre cortar tus alas. Eres igual que tu padre, y por eso te amo más que a cualquier cosa en esta vida, tanto como amo a tu primo, pero tú… siempre serás especial… mi orgullo. Sé que jamás me obedecerás, pero sabes que es tu deber

Después de escuchar accidentalmente aquella conversación, se encerró en su habitación. Desde que lo había hecho, se miraba en el espejo, mientras unas lágrimas bajaban por sus mejillas. Se veía y parecía un niño, y por eso Kouga jamás la querría. Se pasó las manos por las mejillas, quitándose las lágrimas, antes de caminar hasta su armario. Tiro al piso toda la ropa que su abuelo, por petición de ella, le había comprado de chico. Prometiéndose que sería la esposa que Kouga aceptaría, porque ella lo amaba.

Cambio cosas de su físico. Como dejarse crecer el cabello, y empezar a utilizar solo vestidos, aunque en algunas ocasiones hacia excepciones. Pero a pesar de todo lo que hacía, Kouga no parecía tener ningún interés en ella. Siempre la ignoraba cuando por obligación la visitaba. Lo cual hizo por última vez cuando ella cumplió catorce años.

-Deberías de dejar de vestirte así –ella miro su vestido sin entender. El vestido verde esmeralda que llevaba, según su nana, le quedaba hermoso -. Es exactamente como ver a un hombre con un vestido –dijo con marcada burla, sin detenerse -. Con razón tu abuelo tuvo que comprarte un prometido. Cosa que le salió muy cara, ¿lo sabias? –se giró hacia ella, quien seguía observando su vestido. Se acercó a ella, y le levanto el rostro. Observándola en silencio por casi un minuto.

Ella pudo observar aquella mirada que cuando se conocieron le dedico, y esos ojos tan azules y hermosos como el cielo, que se acercaban lentamente a ella. Se ruborizo cuando el aliento de Kouga rozo suavemente sus labios. Y, por inercia cerro los ojos, cuando un pequeño escalofrió sacudió su cuerpo, a consecuencia del rose en sus labios, producido por los labios de él. Sabía que no estaba bien, y debía alejarse, pero no podía. Kouga, el único hombre que había amado le estaba dando su primer beso.

-Separa los labios –había sido un pequeño susurro sobre sus labios, que ella escucho perfectamente, y acato inmediatamente. Cuando sintió algo entrar en su boca, por la impresión intento separarse, pero cuando coloco sus manos en el pecho de Kouga para empujarlo, se sorprendió. Su corazón golpeaba tan rápido como el de ella. Como si también estuviera nervioso y asustado. Y, con mucha dificultad respondió al beso. Un pequeño suspiro escapo de sus labios cuando él la pego a su cuerpo.

Estaba tan concentrada en todas las sensaciones que le provocaba aquel beso, que se sorprendió cuando un sonido de molestia fue dado contra sus labios, antes de que él se separara. Pero ella no abrió los ojos, y él no hablo por casi un minuto.

-Lo que suponía… besarte me da asco –ella abrió los ojos. Estaba sorprendía por aquellas palabras, incluso quiso pensar que había escuchado mal -. Creo que así se debe sentir besar un hombre –agarro nuevamente su barbilla. Ella tenía los ojos brillosos. No entendía porque le decía aquello. Él sonrió -. No, me equivoque… hay hombres hermosos, no creo que me dé tanto asco al…-se tambaleo un poco, soltándola, para después agarrarse la nariz, la cual empezaba a sangrarle.

-¡Idiota! –él se veía sorprendido. Ella tenía una expresión de enojo. Pero estaba llorando, mientras apretaba fuertemente la mano con la cual le había pegado. Se levantó un poco el vestido, y corrió hacia su casa.

-Eres…¡eres poco femenina y una salvaje, estúpida niña!

Se encerró en su habitación. Odiaba a Kouga. Era un idiota que no se merecía que ella lo quisiera. Se limpió las lágrimas, y se levantó de la cama dispuesta a pedirle a su abuelo que rompiera el compromiso. Pero cuando agarro el pomo de la puerta, no lo movió, y nuevas lágrimas salieron de sus ojos. Era una tonta, ella no podía pedirle eso a su abuelo. Sabía que la alianza que formarían con los Ookami los beneficiaría. Si rompía el compromiso, ellos quedarían en la ruina. Su abuelo tal vez no lo soportaría. Se devolvió a la cama, y se acostó -. "Además… amas a ese idiota"

Unos toquidos la despertaron. Miro su habitación, percatándose de que ya había oscurecido. Se levantó, dirigiéndose hacia la entrada, pero se detuvo al escuchar una voz, que inmediatamente reconoció.

-Ayame –era la primera vez que la llamaba por su nombre -. Soy… soy Kouga. Abre la ventana

-Claro que sé que eres tú, idiota –no entendía que hacia allí, y a su enojo no le importaba entenderlo.

-Abre. Necesito…

-¿No fue suficiente la humillación de hoy?-dijo interrumpiéndolo.

-Y-Yo…

-No tenemos absolutamente nada de qué hablar. Vete

-Deja de comportarte como una niña y abre –ya no sonaba nervioso. Parecía estar enojándose -. Eres tan…

-¡Dije que te fueras! –dijo sabiendo lo que el diría. Lo cual la enojo, y por primera vez, después de escuchar esa palabra siempre que Inuyasha se refería a él, la utilizo -. ¡Lárgate ahora maldito sarnoso!

Escucho un fuerte golpe. Pero cuando llego su abuelo con un rifle y algunos empleados, ya él no se encontraba. "Había un animal… tal vez un perro". Esa fue la excusa que dio cuando su abuelo le pregunto porque había gritado.

Ese día fue la última vez que lo vio. La familia Ookami siempre tenía una excusa para no ir a visitarlos. O, cuando llegaban de visita, él no se presentaba. Pero ella siempre guardaba la esperanza de que él volviera. Enojándose en ocasiones por no haberlo escuchado esa noche, pero después se decía que si hubiese sido importante aquella conversación, él hubiese vuelto a buscarla.

Después de tres años, cuando por fin llego una carta de él, se alegró. Creía que al fin se disculparía, y en la próxima visita volvería. Pero la carta era dirigida a su abuelo, lo cual la decepciono. Pero aun así, por curiosidad la abrió. Rompiéndose se corazón, de la misma forma en que lo hacía, siempre que la leía. Pero, a pesar de todo, quería verlo.

Quería creer que ellos estaban destinados a estar juntos.

Por eso cuando supo que Inuyasha volvería al Sengoku, decidió seguirlo. Con la única esperanza de que Kouga solo tuviera un capricho por aquella mujer que se había interpuesto entre ellos.

Fin flash back

-Seño… Ayame, ya llegamos –aquella voz la saco de sus cavilaciones -. ¿Estás bien? –dijo de forma preocupada.

Ella lo miro con confusión, hasta que sintió algo bajar por sus mejillas. Saco un pañuelo del pequeño bolso negro que llevaba, y se limpió. Siempre lloraba cuando recordaba a Kouga -. Si –forzó una sonrisa, y bajo con ayuda de Miroku -.¿Puedes esperar aquí, por favor? –él asintió, y ella se dirigió a la entrada de la hacienda -. "Tres años, Kouga" –respiro profundo antes de tocar. Sintiendo un gran nudo en el estómago. Después de tres años, solo esperaba que él… pudiera amarla. Porque si no podía hacerlo, ella perdería la única esperanza que aún conservaba.


Abrió los ojos al escuchar algunos ruidos provenientes de abajo. Trato de levantarse, pero algo tenia inmóvil su brazo. Se giró un poco, observando aquella pequeña figura acurrucada a su lado, cuyo rostro era casi cubierto por su cabellera azabache. Sonrió, mientras agarraba uno de los oscuros mechones, apartándolo de su rostro. Perdiéndose en el. Podía solo observar su rostro por horas, sin necesidad de hacer o pensar en absolutamente nada.

Le gustaba como se le veía el cabello suelto. Le fascinaba la forma en que sus labios estaban semi-abiertos, dejando salir suaves exhalaciones. Adoraba la forma en que fruncía y relajaba el ceño, a pesar de estar dormida. Había tantas cosas que le gustaban de ella, incluso su terquedad, mal humor y bipolaridad. Le encantaba todo de ella.

Acaricio suavemente su mejilla, cerrando los ojos, y perdiéndose ahora en su aroma -. "Orquídea negra y naranja" –era una combinación que iba a juego con su personalidad. Una combinación que reconocía desde aquella noche. La noche en que se había convertido en su mujer.

Aun concentrado en su aroma, acerco su rostro al de ella. Rosando sus labios con los de ella. No sabía desde cuando sucedía, pero aquel inocente contacto le gustaba más que cualquier otro. Era una sensación extraña, y aunque tratara de identificarle o compararla con cualquiera de las que había sentido a lo largo de su vida, no podía. Ni siquiera eran comparables con las que le producía Kikyo. Eran tan diferentes como ella dos.

Quiso profundizar el beso. No le importaba donde estaban, solo quería más. Su cuerpo quería sentir más, por lo cual intento subirse a horcadas en ella, pero un golpe en su mejilla se lo impidió.

-¡Demonios, Kagome! –grito sin importarle si lo escuchaban, mientras se cubría la mejilla con una mano. Debía aceptar, que ella tenía más fuerza de la que aparentaba -. Si no querías que te tocara pudiste haberlo dicho

-Estaba dormida. ¿Cómo querías que reaccionara al sentir a alguien sobre mí? –quería parecer enojada, pero más parecía avergonzada -. Te estabas… -no pudo seguir. Tuvo que cubrirse la boca, y correr al baño cuando las náuseas matutinas aparecieron.

-¿Kagome? –del otro lado de la puerta nadie contesto. Iba a llamar de nuevo, cuando sintió unos pasos que se acercaban a la habitación, por lo cual entro al baño sin pensarlo. Ella estaba sentada en el piso. Su piel estaba tan pálida como cuando se encontraron en el bosque. Cuando ella lo miro, se percató de que sus ojos estaban brillosos. Se veía tan débil. Incluso daba la impresión de que toda la vida en ella se había esfumado. Sintió temor, y por inercia quiso acercarse, pero un toquido en la puerta llamo su atención.

-Señora –intento abrir la puerta, pero Inuyasha no se lo permitió -. ¿Señora, se encuentra bien?. Creí escuchar un grito masculino en esta dirección

-S-Si… solo me estoy aseando –dijo lo más fuerte y claro que pudo, convenciendo a la empleada que después de unos segundos salió.

Se quedaron observando algunos minutos. Sin saber que decir con palabras, porque todo parecían decírselo con la mirada.

-¿E-Es cierto? –fue un pequeño susurro que él apenas alcanzo a escuchar.

-Cada palabra que te dije lo es

-Creí… que había sido un sueño –una mueca de asco apareció en su rostro, antes de cubrirse la boca.

Él se acercó hasta ella, sentándose a su lado. Le toco la frente, pero su temperatura era normal -. ¿Qué te sucede?. ¿Esto te ha sucedido en otras ocasiones? –ella asintió -.¿Qué otros síntomas tienes?

-A veces fiebre, dolores de cabeza, mareos fuertes –él no pudo evitar morder su labio inferior -. No es nada. Creo que solo es un resfriado –dijo ya no muy convencida de aquello. Pero queriendo tranquilizarlo.

Él se quedó observándola por unos segundos. Algo le decía que eso era algo más. Kagome estaba pálida, y sudorosa. Incluso, estaba un poco más delgada. Sin pensarlo, la abrazo. Había visto a esas personas desde lejos, pero jamás olvidaría sus rostros cuando todo iniciaba, y terminaba.

La peste negra. Era un nombre cuya mención causaba escalofríos. Era una enfermedad mortal, que erradicaba casi completamente las zonas donde se expandía. Cuando estuvo en Europa con su padre, fue testigo de eso.

Pero era imposible. Podía tener esos síntomas, pero él quería pensar que era imposible. Hasta donde sabia Kagome jamás había estado en Europa, pero las ratas que venían en los barcos… No. No. No. Solo estaba equivocado. Quería estar equivocado. Deseaba estarlo.

-Inuyasha –ella se había separado de él, y miraba algo en su brazo. Cuando levanto su irada, dirigió una mano a su rostro -. ¿Por qué lloras?

Sorprendido llevo una de sus manos a su rostro. Era cierto. Estaba llorando -. Yo… -ella no había quitado la mano de la mejilla de Inuyasha, quien apretó con una de sus manos, la de ella a su rostro. Su piel, estaba fría -. Anoche me pediste que no te dejara… ahora soy quien te pide que siempre te quedes conmigo… por favor


Veía rostros a su alrededor. Escuchaba sus voces, pero no podía entender lo que decían. Veía sus manos tratando de levantarla, pero ella no sentía nada. No sentía nada a excepción de las ganas de morir, y aquel dolor en el pecho.

Cuando decidió ir a buscarlo, pensaba que él no podría hacer nada más para lastimar su ya destruido corazón. Pero se equivocó. Él sí pudo destruir lo que quedaba, no solo de su corazón, también de su alma. Por eso lo odio. Porque lo había hecho de la forma en que ella menos espero… muriendo.

Parecía una muñeca de porcelana. Hermosa y sin ninguna expresión descifrable, ajena a todo lo que estaba a su alrededor. Cualquiera que no viera esas lágrimas, que humedecían la parte del vestido que cubría su pecho, hubiese pensado eso. Que era una muñeca vacía. Pero, a decir verdad, eso era y seria desde ese momento. Una mujer vacía. Porque sin Kouga, a ella lo único que le quedaba era existir. Ya no tenía motivos para vivir.

De esa forma la encontró Miroku, cuando lo llevaron ante ella, y al no poder hacer que reaccionara, de esa forma, la saco de esa casa, con la intención de llevarle a la hacienda Taisho. Pero cuando se dirigía al carruaje con ella en brazos, un hombre se dirigió a ellos de forma apresurada.

-Abuela, Kag… -no pudo seguir cuando se percató del hombre que estaba al lado de su abuela, y a quien éste, llevaba en brazos. Se sorprendió por su presencia, y preocupo por su estado, que olvido lo que pensaba decirle a su abuela sobre Kagome -. ¿Qué le sucedió?

-Se enteró de lo que le sucedió a… Kouga –a pesar de los días, aun no era capaz de decirlo sin que su voz temblara.

Una leve chispa de tristeza, cruzo por sus ojos al escuchar eso. Ayame, a pesar del tiempo que había pasado, y lo mal que la trataba su primo, ella seguía amándolo. Y, eso le dolía, porque ella era tan hermosa que no lo merecía -. ¿Adónde la lleva? –pregunto, mientras se interponía en el camino de Miroku para que no avanzará.

-A la hacienda Taisho –intento caminar, pero Hojo nuevamente se lo impidió -. Disculpe, pero…

-Iré con ustedes -Miroku intento decirle que él no podía llevar a un extraño a una casa que no le pertenecía, pero él no se lo permitió -. No tengo problemas con ninguno de los Taisho. Así que no creo que al señor Inu no, o a Inuyasha le moleste que acompañe a Ayame

-No es necesario, conmigo estará bien

-No lo dudo, pero… -miro el rostro de la chica, quien tenía los ojos cerrados -, no puedo dejarla sola

Miroku, aburrido un poco de la terquedad de aquel hombre, y aceptado de que no lo haría desistir, asintió. Hojo, beso en la mejilla a la anciana, para después tomar a la chica en brazos, y entrar, con ella en su regazo, al carruaje. Llevándola de esa forma. Y, sin poder evitarlo, le acaricio la mejilla de forma lenta -. "Kouga, jamás se mereció tu amor" –Kouga, había sido más que su primo. Siempre se quisieron como hermanos. Pero aunque nunca le gusto pensarlo, él con Ayame, no era más que un idiota. Pero aun así, ella lo amaba, y él…

Miroku, se había aclarado la garganta, cuando se percató de lo que el otro hombre estaba haciendo, provocando que éste, se incomodara.

Durante todo el viaje, a veces miraba de soslayo hacia atrás. Percatándose de que el otro hombre parecía estar totalmente concentrado en el rostro de la chica. Le parecía extraño, pero no decía nada, porque no sabía qué clase de relación tenían ellos dos.

Cuando llegaron a la hacienda, bajo la vigilancia de Miroku, la llevo en brazos hasta su habitación. Incluso, a pesar de saber que no era adecuado, pidió quedarse con ella hasta que despertara, pero la ama de llaves lo hizo desistir. Logrando que se marchara con la promesa de que lo enviarían a buscar cuando ella despertara.


El día había pasado muy lento para su gusto. Desde hacía algunas horas deseaba que fuera de noche, para poder entrar a la hacienda Ookami, porque en la mañana se había percatado de que era muy difícil salir.

Se quitó el uniforme, quedando en ropa interior. Después de observar por la ventana, como el sol desaparecía en el horizonte, decidió bañarse. Cuando estuvo listo bajo a cenar.

Cuando se sentó en la mesa, giro a sus lados. Su padre como siempre estaba en la silla principal, pero Ayame no se encontraba.

-Padre, y…

-Está descansando –dijo de forma, seria, ya que seguía enojado porque su propio hijo había pasado su autoridad por el piso, llegando tarde -. Los empleados me dijeron que salió sola, y que un joven la había traído desmayada en brazos –Inuyasha intento levantarse, pero con una mano le indico que no lo hiciera -. Está bien… bueno, físicamente. Miroku, me comento algo al respecto

-¿Miroku?

-Si la cuidaras como deberías, nada le hubiese sucedido –dijo ignorando deliberadamente lo que había dicho el más joven.

-Siempre lo he hecho –dijo levantándose de la mesa.

-Déjala descansar

Se quedó unos segundos dándole la espalda a su padre, hasta que decidió nuevamente sentarse, aunque ya había perdido el apetito.

Esa noche, nuevamente se coló a la habitación de Kagome. Cuando llego la encontró acostada, con los ojos cerrados como si durmiera. Hecho del que podía percatarse, gracias a que había dejado unas velas encendidas.

Se quedó observándola por unos segundos. Estaba sudorosa y pálida. Coloco una mano en su mejilla, percatándose de que no tenía fiebre.

-Creí que no vendrías –él sonrió cuando ella aprisiono la mano contra su mejilla.

-Tuve unos inconvenientes por… alguien que quiero que algún día conozcas. Estoy seguro de que se llevaran bien

Ella intento sentarse en la cama, pero todo empezó a dar vueltas a su alrededor, provocando que cayera nuevamente en la cama.

-¿Estas…bien? –no estaba seguro si quería conocer la respuesta -. La verdad

-Si -él frunció el ceño -. Me he sentido un poco débil, pero ahora estoy bien –sonrió, mientras le hacía espacio para que él se acostara, lo cual hizo sin dudar.

Cuando la tuvo en sus brazos, cerró los ojos, cuando éstos, se le pusieron brillosos. No quería perderla. No a ella -. ¿Qué dijo el médico?

-No ha sido necesario… pronto mejorare. De hecho, los malestares matutinos han ido disminuyendo -cerró los ojos cuando él empezó a acariciarle el cabello.

Tal vez era mejor así. Que si estaba enferma, no lo supiera por ahora. Buscaría la opinión de un médico, pero sin importar que sucediera, él la cuidaría -. Cásate conmigo –ella abrió los ojos, y lo miro -. Quiero que te cases conmigo –no quería pensar en que nada malo le sucedería. No quería pensar en que la perdería. No pensaría en nada de eso, solo quería hacerla feliz.

-Pero… -se abrazó más a Inuyasha -. No puedo. La abuela de Kouga…

-Lo sé. Conozco las reglas. Pero le propondré un trato al cual no se podrá negar

-Y, ¿si lo hace?

-No lo hará -hizo que ella lo mirara -. Si llegara a hacerlo, ¿vendrías conmigo?... estaríamos juntos por siempre

-¿Siempre?

-Siempre. Sin importar donde… vayas –le tembló un poco la voz cuando dijo esto último, pero ella no lo noto -, estaremos juntos… por siempre –le beso la coronilla, cerrando nuevamente los ojos. Acaso ¿ese sería su castigo, por ser un idiota?. ¿A ella también debía perderla? -. Mañana hablare con ella –dijo cuándo se sintió capaz de volver a hablar.

-Debo confesarte algo antes –levanto un poco el rostro, para observarlo. No quería contarle lo que había sucedido entre Kouga ella, pero sabía que debía -. Es sobre…

-Kouga –ya no la miraba, pero ella podía observar en su expresión que esa mención no le agradaba -. No quiero saberlo. No quiero saber nada sobre tu matrimonio con él

-Inuyasha… –hizo que él girara el rostro hacia ella, pero se rehusaba a mirarla.

-Todo lo que sucedió es mi culpa, eso lo acepto. Pero eso no quiere decir que me agrade escuchar las repercusiones de mis idioteces. No quiero saber nada de lo que sucedió entre ustedes. Quiero iniciar nuevamente contigo –la miro a los ojos, suavizando su expresión -. ¿Desde cero?

-Desde cero -fue una promesa, que sellaron con un beso.


Una mano había acariciado su mejilla. Provocando que se removiera un poco. -. Quería verte –escucho a lo lejos un pequeño susurro. Trato de abrir los ojos, pero no podía, aquella sensación de cansancio la había invadido nuevamente. Sintió un peso sobre ella, y segundos después, unos labios sobre los suyos. Alguien la estaba besando. ¿Acaso él había vuelto?. No. No podía ver quien la besaba, pero estaba segura de que no era él. Levanto las manos, tratando de alejar a la persona que la besaba, pero una mano las detuvo -. Necesitaba verte –pudo escuchar claramente la voz, reconociéndola. Se forzó a abrir los ojos, viendo un poco borrosa la figura que estaba sobre ella.

-¿Bankotsu? –apretó los labios cuando él la beso nuevamente. Pero él le apretó las mejillas obligándola a separar los labios -. Bankotsu, me haces daño –creyó haberlo pensado, hasta que escucho que él reía.

-¡No!. Tú fuiste quien me hizo daño a mí –acerco su rostro al de ella -. Lo vi salir de aquí… desnudo –aumento tanto el agarre en sus mejillas, que ella no pudo evitar gemir por el dolor. Intento soltarse del agarre que él tenía en sus manos, pero no pudo -. ¡Te entregaste a él!. Cuando… cuando ella me lo dijo no quise creerlo, porque tú…¡tú tenías que ser mía!

-Tú me entregaste a él... me vendiste como si fuera un objeto

La beso. Si es que a aquel salvaje ataque a su boca, podía llamarse de esa forma. Ella intentaba apartarse por el dolor, pero él no se lo permitía. Cuando él se separó, tenía la sangre de ella en sus labios.

-Lo siento… -dijo de forma suave, mientras le acariciaba la mejilla -. Sabes que no me gusta hacerte daño… pero no puedo soportar que otro hombre te toque. Juro que lo matare por lo que te hizo –le dio un beso casto en los labios. Ella solo se quedó allí, luchando por no llorar -. Te amo –coloco la cabeza en su hombro -. ¿Tú también me amas?

Unas pequeñas lágrimas salieron de sus ojos. ¿Por qué él no llegaba?. Con los gritos de Bankotsu, él debió haber llegado. O, por lo menos uno de los empleados. Giro con un poco de dificultad su rostro, observando a su alrededor. Sintió miedo. No sabía cómo había sucedido, pero no estaba en su habitación. En ese momento recordó las palabras de Bankotsu: cuando ella me lo dijo. Una mujer. ¿Acaso…?

-Tú me amas, ¿cierto?

La voz de él, la saco de sus cavilaciones -. También te amo –dijo en un pequeño susurro. Bankotsu no se caracterizaba por su inteligencia. Él era muy impulsivo, y vengativo. Sabía que a pesar de eso, él no la mataría, pero si podía hacerle cosas horribles si ella actuaba como solía hacerlo. Tenía que seguirle el juego, mientras planeaba como escapar.

Le levanto el rostro -. Entonces demuéstramelo –la beso, mientras intentaba desabrocharse la camisa con una sola mano.

-No… -otro beso la callo -. Todavía no - trato de soltarse, pero el fuerte agarre en sus manos se lo impidió -. ¡Suéltame! –cuando por fin pudo desabrocharse la camisa, con su mano libre levanto un poco la sabana que la cubría, colocándose entre las piernas de ella. Cuando la volvió a besar, ella lo mordió lo más fuerte que pudo, haciéndolo sangrar más de lo que él le había provocado -. ¡He dicho que no!

En respuesta, el la abofeteo -. Harás lo que quiero… ¿entendiste?

-Si te atreves a tocarme morirás –sonó lo más seria que pudo, a pesar de que tenía ganas de llorar.

-¿Tú? –sonrió -. No estás en posiciones de amenazarme, Kikyo

-Deja de pensar con lo que tienes entre las piernas –él hizo una mueca de molestia, pero no se levantó -. Si todo el ruido que hacen llama la atención de los vecinos, estaremos en problemas. En caso de que la toques, y los descubran antes de que salgan de la isla, morirás… pero no por su mano –cuando él se levantó, pudo ver a la cara a esa desgraciada. Había ayudado al imbécil ese a sacarla de la casa, porque desde la noche anterior cuando había visto que él la llevaba en brazos, estaba segura de que Naraku sabía lo que ella había hecho. Con solo verla a los ojos lo sabría. Pero él no la mataría, así tuviera que traicionar a Hakudoshi antes de tiempo, para conseguir su perdón.


-¿Dio negativa la prueba? –en su voz se notaba la impaciencia y temor. La anciana negó, provocando que una pequeña sonrisa a pareciera en su rostro –. Entonces esta…

-¿Cuando esta vieja sierva le ha fallado, mi señora?. Esta vieja nunca se equivoca –dijo con una sonrisa, mostrándole las semillas que germinaron en la orina -. Ha germinado la cebada, mi señora

-E-Eso… eso quiere decir…. –tenía la voz tan temblorosa, que no pudo seguir, y sin poder evitarlo empezó a llorar.

-Sí, mi señora. Nacerá un varón

-Un hijo de Kouga –aunque sonreía, no dejaba de llorar. Dios se había apiadado de ella, dejándole un pedacito de Kouga. Tenía, además, a la unión entre las familias. Podría unir su familia no solo con los Taisho, ahora, podría unirse también con la familia Nōsuookami. Haría un nuevo trato para que Hojo se casara con Ayame.

La sierva sonrió. Ya había cumplido el juramento que le hizo a su señor. Y, nadie, como ella lo había prometido, sabría la verdad. Nadie sabría el sacrificio que hizo su señor. Ni siquiera su joven señora. Ese bebe sería ante los ojos de todos, incluso de su propia madre, un Ookami desde su nacimiento, hasta el último de sus días. Y, ella se llevaría aquel secreto a la tumba, tal como lo hizo su señor Kouga.

.

.

.


Margot (Sobre la mujer del burdel, lo único que puedo decirte es que la recuerdes. Inuyasha, se sentía culpable, por eso decidió apartarse, creyendo que ella sería feliz. Kouga, a pesar de su personalidad, hace lo correcto, a veces, no de la mejor forma. La abuela de Kouga, le cae mal a todos… la escena final implícitamente –no tanto-, te explica algunas cosas. Solo faltan dos capítulos más, y te podrás al día… saludos)

Erza (Creo que tienes al máximo el poder de la juventud jjjaj –ahora necesito un poco…tengo sueño-… ya casi, sonara a disco, solo necesitas paciencia… si, a este paso te volverás Buda jaja… saludos)

773 (Gracias… si, es un personaje especial. Al parecer es irresistible jaja… saludos)

Kyori Deemo (Gracias… sinceramente no sé cómo escribo ese tipo de escenas u/u, pero me alegra complacer tu perversión jjaaj. Me agrada saber que mejoro. Kouga…solo puedo decirte, que le tomo cariño a Kagome, y no quería verla sufrir por un amor "no correspondido". Igual…saludos)

Rijeayko (No diré nada al respecto muaja muaja… quiciera hacerla, pero tengo que terminar las historias que estan en proceso, además, esperar poder "verlos" como protagonistas de una de las diferentes historias que se me ocurren… saludos)

Gabrielle Kravinoff

18/08/17