Capítulo XV: No necesitas pedir absolutamente nada

Sabía que era estúpido lo que estaba haciendo. Incluso sabía que se veía como un idiota por la forma en que estaba actuando, pero a pesar de que lo sabía, no podía evitarlo. Porque con todo lo que era relacionado a ella, todas aquellas estúpidas e inservibles, emociones se descontrolaban.

Se detuvo frente al escritorio, volteando nuevamente la botella sobre el vaso, pero a pesar de que la giro dos veces, de la botella, vacía, no salió nada, por lo cual, en uno de los ataques de ira, que había tenido en las últimas horas, lanzo la botella contra la pared. Ya había pasado varias horas desde que Kikyo, había desaparecido, y aun no sabía dónde se encontraba.

No podía evitar actuar de esa forma. A él le gustaba tener todo bajo control, saber cada pequeño detalle, y manejar cada hilo a su antojo. Pero con todo lo que tenía que ver con Kikyo, no era así. Y eso lo sacaba de quicio. Pero lo que en realidad estaba provocando que actuara como un ser irracional, era que ella se había marchado con el malnacido de Inuyasha. Estaba seguro de eso, ahora que sabía que él estaba de regreso.

-S-Señor, si quiere podemos revisar la hacienda, y… -un golpe en el estómago, provoco que cayera de rodillas.

-Obviamente ellos no se encuentran allá –lo agarro por el cuello de la camisa, obligando al otro hombre que lo mirara a los ojos -. Ella si tiene cerebro –apretó más el agarre, mientras cerraba los ojos. Aunque todos fueran unos idiotas, y tuviera ganas de descargar sobre alguien toda la furia que trataba de contener, no podía matarlos en esos momentos -. Busca, si tienes que hacerlo, en el infierno, pero tráelos ante mí -el hombre se levantó inmediatamente lo soltó, y después de hacer una reverencia se marchó lo más rápido que pudo -. Quiero que después de que los encuentren, te deshagas de ese idiota –Hakudoshi, simplemente sonrió en respuesta.

-Nosotros revisaremos las zonas restantes –dijo Byakuya, quien, hasta ese momento, solo había observado toda la situación en silencio -. Supongo que debemos llevarlos al burdel –dijo, seguro de que los encontrarían, para después de una reverencia retirarse junto con el hombre albino.


-¿Estás seguro de lo que harás?, si haces eso…

-No soy idiota, Miroku –el aludido entrecerró los ojos, reprimiendo lo que iba a decir -. Se lo que sucederá si la señora Ookami, acepta el trato, pero no tengo otra opción –echo la cabeza hacia atrás, recargándola en la silla donde permanecía sentado -. Ella… está enferma –cerro los ojos, y movió la cabeza de un lado a otro, como si quisiera borrar una imagen que acababa de ver, para segundos después, levantar nuevamente la cabeza -. Quiero estar con ella, y nadie, ni siquiera mi padre lo impedirá.

Miroku, suspiro de forma cansina. Sabía que, aunque era una pésima idea lo que Inuyasha quería hacer, no lo haría cambiar de opinión, además, de que verdaderamente, no parecía haber otra opción, por lo menos no de forma legal.

-Espero que todo salga bien –coloco unos documentos sobre el escritorio -. El general tiene que firmarlos, y enviarlos a Japón. Inmediatamente termine la reunión, se los entregas. Nos vemos después –se giró dispuesto a salir de la habitación, pero antes de que pudiera llegar a la salida, Inuyasha hizo que se detuviera.

-¿Que sabes sobre Kikyo?

Miroku, se giró hacia él, observándolo por unos segundos, antes de contestar -. Nada. Creo que si quieres saber que ha sucedido con ella, desde de que te fuiste, deberías preguntarle a Kagome, después de todo son hermanas

-No puedo –Miroku, se quedó observándolo por unos segundos, preguntándole la razón con la mirada -. Kagome, no lo comprendería… ella… -se quedó en silencio, tratando de escoger las palabras indicadas, para explicarse lo más fácil y sencillamente que podía -. Quiero a Kikyo, y eso jamás cambiara. Siempre voy a preocuparme por ella, y sin importar lo que tenga que hacer, la ayudare siempre. Pero Kagome… no pudo confesárselo, sin evitar que ella… ¡no sabes todo lo que tuve que decir para que comprendiera lo que siento por ella! –se pasó una mano por el cabello, en signo de la frustración que sentía con solo recordar, su casi fallida, confesión -. Saca rápidamente conclusiones erróneas, y es muy testaruda. No quiero que se haga ideas que no son… quiero que este bien, y sobre todo ahora. Por eso necesito que seas tú quien me consiga información sobre Kikyo

-Está bien, pero espero que lo tomes como horas extras

-Sabes que…

-Sí, si puedes –dijo interrumpiéndolo, cuando se percató de lo que Inuyasha, diría -. Te aviso cuando tomare mis días de descanso –se giró con la intención de marcharse, pero nuevamente se giró hacia Inuyasha, sonriendo -. Se me olvidaba… almorzare y cenare los próximos días en tu casa –y, antes de que Inuyasha, pudiera decirle algo, salió de la habitación, evitando escuchar la retahíla de insultos, que seguramente, lanzaría Inuyasha, en su nombre.


Todos le decían lo mismo. Con diferentes palabras, pero básicamente, le decían lo mismo. Primero fue su padrino, quien después de escuchar la historia, dijo lo que solo un padre podría decir. Dijo tantas cosas, que la hicieron entristecer, aún más, y al mismo tiempo la reconfortaban. En conclusión, trato de convencerla de que ella era muy joven para saber que era el amor, porque lo que sentía por Kouga no podía serlo, y que con el tiempo se olvidaría de aquel penoso recuerdo, porque eso fue y seria Kouga en su vida… un penoso recuerdo, que algún día quedaría totalmente en el olvido y, ella se enamoraría y sería verdaderamente feliz.

Como deseo que las palabras de su padrino se cumplieran en ese preciso instante.

-Dices no poder olvidarlo, pero eso no es cierto –dijo cuando ella contradijo lo que él había dicho anteriormente -. Sé que te duele… conozco ese dolor… lo he sentido en dos ocasiones, pero no existe nada que el tiempo no pueda borrar. Eres casi una niña, pronto el tiempo hará su trabajo, y cuando conozcas el amor, dejaras de vivir de simples ilusiones, que lo único que han provocado en tu corta vida es dolor

-¿Estás seguro?… ¿dejara de doler? –se tocó el pecho, al mismo tiempo que unas pequeñas lagrimas empezaron a humedecer sus pálidas mejillas -. Quiero que deje de doler… siento que jamás sucederá

La abrazo -. Claro que lo hará. No te auto compadezcas por sentir eso, porque todos lo hemos sentido, y aunque ahora no lo comprendas, algún día ese mismo dolor te hará feliz. Disfruta tu dolor. Aprovéchalo ahora que eres joven. Y sufre, todo lo que puedas, porque estas cosas no duran para toda la vida*… eso te lo puedo asegurar

Después de que su padrino se retiró, Inuyasha, quien primero se había enojado porque ella le había ocultado tal cosa, aquella aberración que sería presentada en sociedad a finales de ese año, y se realizarían las nupcias en cuatro años. Pero al final, termino consolándola a su manera. De forma torpe y graciosa, lo que lo hacía, por breves segundos, sonreír.

Después de algunas horas, llego Hojo, al cual solo recibió, porque eran amigos, y a él, sería incapaz de hacerle un desplante. Él, parecía feliz, pero en sus ojos se reflejaba una sombra de tristeza, que jamás le había visto, pero que supuso era por la pérdida de Kouga. Igualmente que su padrino e Inuyasha, él trato de hacer lo mismo. Quiso reconfortarla con diferentes palabras, pero diciéndole básicamente lo mismo.

Estaba sentado, en una silla, frente a la cama de ella, pronunciando palabras que sabía no eran ciertas, pero no eran dichas con mala intención. Pero a pesar de eso, no pudo evitar enojarse un poco con Hojo, porque él, jamás había sentido lo que ella, y por consiguiente no podía comprenderla, solo ofrecerle lástima. Lástima que ella, también, debía sentir por él.

-No estas comprometido. Tampoco has tenido ningún romance –por primera vez, desde el día anterior, miraba a alguien a los ojos -. Nunca te has enamorado, y por lo visto jamás lo harás. ¿Por qué me hablas de disfrutar y agradecer lo que el señor nos ofrece, si tú solo existes?, porque osas hablar de cosas que jamás has sentido… no tienes derecho a ofrecerme tu lastima, cuando nunca te he dado la mía por ser así… una simple marioneta de una vieja cascarrabias, manipuladora e ingrata. ¡La muñeca de porcelana sin sentimientos eres tú!

Él pareció desconcertarse por las palabras de la chica. Pero aunque su rostro tomo una expresión de confusión y tristeza que, a ella, jamás le hubiese gustado ver, él no dijo nada. Solo se quedó observándola por unos segundos, antes de que una pequeña sonrisa melancólica a pareciera, levemente, en sus labios.

-Tienes razón, no sé qué es el amor –era una mentira, pero a veces hacerlo era mejor que decir la verdad -. Pero sé que no lo es. Amar no significa soportar más allá de tu sufrimiento. Amar no es sinónimo de dolor… se supone que amar complementa tu felicidad, no la acaba. Tienes razón en lo que piensas sobre mi abuela –sonrió aún más -, no eres la única que lo piensa, pero si la que lo dice en voz alta. Pero es una buena persona, todo lo que hacía, era por nosotros. Respecto a mí, si te equivocas, nunca podría sentir lástima por ti. Respecto a mis relaciones personales, no considero a las mujeres como objetos que solo sirven para saciar bajas pasiones, por lo cual no estaría con ninguna solo por diversión. Si jamás me he comprometido, es porque no lo he visto necesario, y mi abuela, había decidido esperar a que yo tomara la decisión… el plazo para contraer nupcias, vencía en cuatro años… gracias a Kouga. No tengo ningún deber directo con el apellido Ookami, y él creía que existen decisiones que solo el afectado directamente puede tomar, y una de ellas, es escoger a la persona que permanecerá a tú lado toda la vida

-Por eso no quería casarse conmigo –una expresión de tristeza se reflejó en su rostro, pero cuando se percató de que él iba a hablar, sonrió, y lo interrumpió -. L-Lo siento, tú no tienes la culpa de que Kouga no me amara, o muriera –bajo la mirada, tratando de evitar que él, viera las lágrimas que luchaban por salir -. Y, ¿tú no crees eso?, ya que Kouga, fue quien decidió por ti

-No soy como Kouga –sonrió, aunque ella no pudo percatarse de eso, por mirar la tela negra de su vestido -. Tampoco quiero serlo. Lo admirare siempre, pero creo que cada persona tiene una esencia propia. A pesar de que creo que el amor existe, y no debe ser enmascarado por unas costumbres arcaicas, no soy como Kouga. Él siempre fue libre… era quien se encargaba de provocarle dolores de cabeza a nuestra abuela, y yo… bueno, era el nieto que se encargaba de acompañarla y reconfortarla. Aunque quisiera, jamás podría hacer algo que a ella no le agradara –una sonrisa de diversión, se formó en su rostro, antes de agregar -. Kouga, siempre dijo que era débil… más débil que la chica menos femenina de la historia

-Tenía razón, pero estoy segura de que dijo, más débil que la marimacho más fea de la historia, alias Ayame –levanto la mirada, ella parecía querer reír -. Pero aún me agradas… después de todo, patearle el trasero, en carreras a caballo, a un débil, aun es divertido –sonrió, pero unas lágrimas traicioneras empezaron a bajar por sus mejillas.

-Ayame…

-Se suponía que este no era nuestro destino… las cosas no debieron terminar así –trato de limpiarse las lágrimas, pero no podía detenerlas -. Él debía… debía casarse conmigo… Kouga, no debía morir

-Todos tenemos un destino, y lamentablemente el de Kouga era este. Kouga hizo su vida con la mujer que escogió, y aunque, fue corta, seguramente fue feliz. Hizo lo que considero lo haría feliz –agarro el rostro de ella entre sus manos -. Él tomo decisiones que lo hicieron feliz, pero no comprendo por qué tú tomas decisiones, en función de él, que te hacen infeliz. Kouga, rompió su compromiso contigo… él te libero. ¿Por qué quieres hacer esto?, ¿Por qué actúas como si te castigaras?

-Lo amaba

Él aparto las manos del rostro de ella -. Siempre lo he sabido. Siempre he visto como lo miras… como sufres y lloras por él. El amor no se trata de eso… debes de dejar de ver el amor como un castigo… el amor es un privilegio que pocas personas tienen… –limpio con sus pulgares las lágrimas que, aún, bajaban por las mejillas de ella -, y tú… mereces que alguien te amé, incluso, más de lo que has llegado a amar… quien te amé, jamás te hará llorar, porque tu dolor será también de él. Nadie, entiéndelo, merece tus lágrimas, Ayame… y, si lloras hazlo de felicidad –la abrazo -. Kouga, fue feliz, ¿Por qué castigarte, cuando solo has sabido dar amor? –ella respondió al abrazo, ahogando, los ahora, fuertes sollozos, en el pecho de él.

Sabía que Hojo, tenía razón. Kouga, tomo decisiones en busca de su felicidad. Decisiones que la afectaron directamente a ella, pero a él, eso no le importo. Ni siquiera fue capaz de darle la cara cuando decidió destrozarla, solo había enviado una carta, cuyo contenido, no llevaba ninguna palabra dirigida a ella. Se castigaba, cuando fue él quien la desprecio. Tal vez, no volvería a enamorarse, y jamás se casaría, pero ¿porque morir en vida por él?. No podía basar su vida en el recuerdo de alguien que en vida, solo la aborreció.

Después de permanecer en esa posición, sin saber exactamente cuánto tiempo, la ama de llaves, toco la puerta, que permanecía abierta desde que Hojo, había llegado, provocando que se separaran.

-Lo siento, pero el señor Inu no, antes de irse, pidió que les trajera el desayuno aquí –dijo un poco incomoda por la situación en que los había encontrado, mientras colocaba la charola de plata, sobre una pequeña mesa que se encontraba cerca de donde estaba Hojo, para después retirarse, mientras se preguntaba, si a pesar del pedido de sus patrones, debería informarles sobre lo que había visto, pero al final, concluyo, que el joven en la habitación, era muy agradable y joven, para morir.

A pesar de que no tenía apetito, trato de consumir toda la comida, ya que Hojo, no parecía aburrirse de observarla, y siempre que pretendía dejar de comer, agarraba el tenedor, y se lo entregaba para que empezara a comer nuevamente.

-Si quieres podemos dar un paseo por la isla –dijo cuando termino de comer, observando, más de la mitad de la comida, en el plato de ella.

-Estoy un poco cansada –jugaba con el tenedor, moviéndolo de un lado a otro en el plato -. Quisiera dormir

-No conozco muchos lugares de la isla, y supongo que tú solo conoces el camino a las haciendas. Haremos todo lo que quieras, incluso, no iremos en carruaje

-¿No me dejaras sola, si sigo negándome? –él hizo un movimiento negativo con la cabeza, y ella sonrió. Tal vez, conocer la isla, la haría olvidar todo por algunas horas -. ¿Podemos salir a caballo?

Él sonrió. Era la única persona que no la criticaba por sus gustos peculiares -. En esta ocasión no creo que sea conveniente –ella hizo un puchero -. Pero prometo que la próxima vez que salgamos, te ganare en una carrera. Pero hoy te hará bien caminar –la agarro por una mano, jalándola suavemente.

No salieron ellos solos, pues el ama de llaves, inmediatamente, se enteró de que saldría a solas con un hombre, la mujer se dio por invitada. Por lo cual, caminaban las dos agarradas, cada una de un brazo, de Hojo, a pesar, de que la mujer se había negado, argumentando que ir tomada del brazo de un señor como él, era indebido, pero Hojo, la había ignorado, antes de entrelazar sus brazos.

Cuando llegaron al centro, empezaron a observar todos los puestos, que tenían algunas personas, vendiendo hierbas, telas, flores y algunos adornos femeninos. Pero mientras ellas observaban cada uno de los puestos, él se dirigió al de flores, en el cual observo cada una de las flores, hasta que encontró las que estaba buscando.

Compro dos ramos de flores.

-¡No es mi estilo! –escucho decir a la chica, cuando la mujer intento colocarle un sombrero con grandes plumas verdes.

Sin decir nada, coloco un ramo de rosas amarillas frente a la mujer mayor, quien las acepto, después de decir un gracias, visiblemente avergonzada. Para posteriormente, colocar un ramo de iris azules, frente a la chica, que sonreía divertida, y que dejo de sonreír al ver las flores.

- No lo has olvidado –agarro las flores entre sus manos, y las olio. Eran sus flores favoritas.

-Nunca podría. Después de todo, casi te ahogas por agarrar algunas –sonrió, al ver la sonrisa que ella le dedicaba.

-Pero tú me salvaste, y después volviste por ellas, para regalármelas. Gracias –la sonrisa de él casi desapareció, pero antes de que ella se percatara, se giró, tendiendo los brazos para que ellas se agarraran.

-¿Adónde quieres ir ahora?

-A la playa –dijo sin pensarlo, mientras acariciaba distraídamente los pétalos de las flores.

Cuando por fin llegaron a la playa, se soltó de Hojo, y se alejó unos metros. Se quedó observando el mar, perdiéndose en aquel azul profundo, que aunque jamás podría compararse con el azul suave de los ojos de Kouga, ahora era lo único que lo representaría por siempre, porque ahora y para siempre, él pertenecería al mar. Y, allí, haría algo que debió hacer mucho tiempo atrás… liberar a Kouga, así como él, lo había hecho con ella… por fin lo dejaría ir.

-"Nunca fui suficiente para ti, y siempre me odie por eso… creí que era la culpable de que no me quisieras… creí que había algo malo en mi… era una tonta"

Unas lágrimas empezaron a bajar por sus mejillas, cuando se quitó el calzado, y a pesar de los gritos de reprobación de la ama de llaves, corrió hacia el agua, caminando hasta que ésta, cubrió unos centímetros más arriba de sus tobillos.

El amor no es sinónimo de sufrimiento.

El tomo decisiones que lo hicieron feliz.

-"Nunca mereciste que llorara por ti. Jamás mereciste mi amor. Solo recibí odio y dolor, pero no te odio… no mereces que sienta ni siquiera eso por ti. Te juro Kouga, que te olvidare, y no solo existiré en este mundo… seré lo que jamás pude ser, por creer ingenuamente, que eso dependía de ti. Juro que te olvidare, y seré feliz… yo… te libero, Kouga" –beso las flores, y después de apartar una, las lanzo al mar. Se quedó observando las flores que se alejaban lentamente de ella. Sentía que él estaba allí, con ella, y aunque sabía que estaba muerto, algo en su interior se negaba a aceptarlo. Pero juraba que desde ese día, Kouga, no sería más que un borroso recuerdo.

-Ayame… -se giró al escuchar el llamado. Él, también había entrado -. ¿Estás bien? –levanto una mano, limpiando las lágrimas que salían de los ojos de ella.

-Ahora lo estoy –dijo con una pequeña sonrisa. Sabía que no sería fácil, pero lo haría. Se olvidaría del recuerdo de Kouga… viviría y sería feliz -. Desde hoy, empezare a cerrar un ciclo

-Eres fuerte, sé que lo lograras –le quito con delicadeza la flor que permanecía en sus manos, y ante la mirada de ella, la coloco sobre su oreja -. Allí es donde debe estar

Ella solo lo abrazo. Y, a pesar de que sonreía, no dejaba de llorar, pero esta vez era de felicidad, porque algo en su interior le decía que sería feliz y, ella haría lo que fuera necesario para serlo, porque su destino y felicidad, no dependían de nadie más.


-La señora Ookami, ahora pertenece a su familia, podemos seguir el trato. Si la viuda de Kouga, se casa conmigo, obtendrá ganancias mayores que si me caso con otra mujer, y mi primogénito se casa con el primogénito que Hojo, dará por levirato –la anciana levanto una ceja, esperando a que él prosiguiera. Respiro profundo, antes de continuar -. Le cederé a su familia todo lo que herede

-¿Otra competencia con Kouga?, no puedo creer que pierdas todo, simplemente para demostrar que eres mejor, que dándote con alguien que le perteneció, a pesar de que él… -se aclaró la garganta, sin poder terminar la frase -. ¿Perderías todo, solo por tenerla?

-Acepta, ¿sí o no? –no le importaba ahondar en el tema, solamente que la anciana aceptara.

-Inu no, jamás lo permitirá, te desheredaría antes de que dejes a los Taisho en la ruina

-De mi padre me encargo yo. Acepta, ¿sí o no?

-Es una propuesta que nadie podría rechazar muchacho, pero lastimosamente no puedo aceptarla –estuvo a punto de hablar, cuando la anciana prosiguió -. Ya viene en camino el nuevo heredero… la viuda de Kouga está esperando

No pudo evitar que la sorpresa se reflejara en su rostro. Eso que había escuchado no podía ser posible, ella no podía estar… embarazada. No, no podía estarlo, se rehusaba a creerlo. No podía aceptar que ella le hubiese mentido. Estaba seguro de que Kagome, jamás ocultaría algo como eso, a menos que no fuera consciente de ello -. "Los síntomas… todo tiene sentido"

-Esto es un milagro –la voz de la anciana lo saco de su cavilación -. El bebe de Kouga, es una bendición… la mejor bendición que nuestro señor nos ha regalado

No sabía si agradecer porque ella no estaba enferma, o maldecir porque jamás podría casarse con ella. Pero sabía que no podía tener pensamientos egoístas en ese momento, porque Kagome, sería feliz. O, por lo menos eso esperaba, con aquel recuerdo que le había dejado Kouga.


Era de madrugada cuando los encontraron. Tenía que reconocer que se sorprendió al saber con quién estaba Kikyo, no porque fuera Bankotsu, porque desde que le dijo que se casaría con ella, sabía que él la deseaba, lo que lo sorprendía y desilusionaba, es que no era Inuyasha, a quien mataría ese día.

Ni siquiera había preguntado en qué lugar los encontraron. Inmediatamente lo vio, descargo su furia en él, frente a los ojos de ella.

Golpes. Aquel sonido que se producía cuando sus puños impactaban en el cuerpo del hombre que permanecía arrodillado frente a él, era lo único que rompía el silencio en aquella habitación. Otro golpe, seguido de un sonido sordo, cuando el cuerpo de aquel hombre cayó al suelo.

Sabía que si seguía dándole golpes, pronto moriría, pero aunque, no quería que eso sucediera… todavía, no podía parar. Cada golpe que daba, le brindaba euforia, que parecía aumentar, aún más, su furia, y disminuir sus deseos de detenerse.

Quería que ese bastardo escupiera las entrañas, antes de concederle el privilegio de darle muerte.

-Basta

Hizo una señal, para que los dos hombres que estaban al lado del cuerpo, lo levantaran. Lo agarro por la cabellera azabache, provocando que su rostro ensangrentado, quedara expuesto.

-¡Detente! –ella intento acercarse, pero Byakuya, la agarro por un brazo, por lo cual ella empezó a forcejar para soltarse -. ¡Ya no sigas!

Ignorando la voz, saco un arma, y la metió en la boca ensangrentada, apuntando en dirección a la mejilla derecha, con la intención de que perdiera los dientes, junto a esa parte del rostro.

-¡No! –él se giró hacia ella.

-¿No? –la agarro por el cuello, acercándola a su rostro -. Después de lo que este bastardo hizo, ¿me suplicas su perdón?

¿Suplicar?, eso jamás. Ni si quiera, aunque, su vida dependiera de ello. Ella jamás le suplicaría a alguien, y mucho menos a él.

Sabía que Bankotsu, tal vez se merecía la muerte. Pero él era… su primo. A pesar de su obsesión con ella, y de las cosas que la obligo a hacer, Bankotsu, era su primo. Un primo que vio alguna vez como un hermano, y que seguiría queriéndolo de esa forma, si no fuera por aquella enfermiza obsesión que tenía con ella. Si, la enojaba lo que él le hacía. Odiaba que la quisiera de aquella forma, y a pesar de eso, la vendiera como un objeto. Odiaba todo. Su comportamiento y obsesión… los odiaba. Pero no lo suficiente para desear su muerte. Además, estaba el amor ciego que su abuela profesaba hacia Bankotsu.

Su muerte la devastaría.

-¡Suplicas por su vida! –tenía que reconocer que lo que veía en sus ojos, la asustaba, aunque no lo aparentara. En esa mirada observaba odio y muerte, pero eran dirigidos hacia ella. Pero a pesar de eso, parecía haber algo que impedía que eso que observaba en aquellos ojos, se reflejara en sus acciones, porque parecía dudar en dañarla. O, eso era lo que le demostraba aquella mano, temblorosa, que apretaba su cuello.

-No, jamás lo haría –él apretó un poco más el agarre en su cuello, pero aun así, no le producía dolor -. No te ha hecho absolutamente nada. No entiendo tu enojo, si la agraviada he sido yo –esta vez sintió dolor, cuando los dedos de él, se cerraron aún más contra su cuello.

¿¡Qué no le había hecho absolutamente nada!?. El malnacido había entrado a su casa sin su permiso, y si eso no era suficiente, había sentenciado, definitivamente, su muerte, cuando se atrevió a llevársela a ella. No solo había querido alejar a Kikyo de él, además, quiso poseer a SU mujer. Y, aun así, ¿ella pedía su perdón?.

La soltó. Y, sin alejarla sonrió -. Aunque me desagrade, tengo que reconocer que tienes razón. Lo que suceda contigo carece de importancia… inclusive tu muerte –se giró, y después de mirar a Byakuya, salió.

-Déjenlo ir –escucho la voz de Byakuya, pero estaba absorta en lo que antes le había dicho Naraku, que no comprendió lo escuchado.

Los hombres frente a él, parecían confundidos, y sin saber qué hacer, se miraron entre sí, creyendo que lo que lo escuchado, era erróneo.

-Pero él señor Naraku…

-Si no quieren que sea él mismo, quien les repita la orden, sáquenlo de aquí

Los hombres levantaron inmediatamente a Bankotsu, y lo arrastraron hacia la salida, dejando un pequeño camino, de sangre, por donde pasaba, en el cual ella se concentró, hasta que Byakuya, la tomo por el hombro, indicándole que saliera, y por inercia lo hizo. Camino por los pasillos hasta la salida del burdel, sin percatarse ni siquiera de las mujeres, semi-desnudas perseguidas por algunos hombres, que pasaban a su lado.

Cuando subió al carruaje, miro a su derecha, pero el lugar estaba vacío. Y, sin saber por qué, aquellas lágrimas que tanto detestaba, empezaron a escapar de sus ojos. No comprendía por qué dolía tanto odiarlo.


Observo por la ventana el carruaje donde ella se había marchado. Odiaba a Kikyo, del mismo modo en que… ¿la amaba?. Sonrió con burla. Se reía de sí mismo por lo estúpidos que eran sus pensamientos. ¿Eso era posible?, ¿podía odiar y amar a una persona con la misma intensidad?. Levanto la mano izquierda, aquella con que había intentado dañarla por instinto, pero a pesar de los deseos que sintió en ese momento, se rehusó a hacerlo, demostrándole su incapacidad de dañarla temblando. ¡Su maldita mano había temblado nuevamente! -. "Tal vez la amas más de lo que puedes odiarla" –esa voz en su cabeza tenía un tinte de burla, que lo hacía enojar, porque aunque odiara admitirlo, era verdad. Le había demostrado lo que le dijo la primera vez que se vieron… él era un simple hombre, alguien tan parecido a los demás. Una persona que sentía cosas que él siempre repudio, y que podía fácilmente dejarse llevar por esas pasiones. Lo cual, para alguien que se jactaba de ser totalmente lógico y razonable, era una humillación. Humillación que él mismo había completado, cuando le concedió "el perdón" a Bankotsu, solamente porque se lo había pedido ella.

-Ella jamás te amara como lo necesitas –sintió una mano acariciarle el pecho, bajando lentamente por éste.

-No lo necesito –a parto la mano, tratando de aparentar que nada de lo que había sucedido lo molestaba.

Ella sonrió -. No tienes por qué ocultarme nada, soy tu madre

-Eres solo una puta

-Una que sabe complacerte… de hecho, soy la única –le entrego un vaso, con whisky, que sostenía en una de sus manos.

-No eres indispensable –bebió un poco del vaso.

-Kikyo, tampoco lo es. De hecho, estar con ella puede ser tu perdición.

Lo sabía. Sabía que aquellas palabras eran ciertas, pero no podía dejarla ir. Aunque odiara estar al lado de Kikyo, no podía concebir estar sin ella. La amaba. La odiaba. Dos pasiones que eran similares, y al mismo tiempo muy diferentes. Era una mezcla de emociones rara y peligrosa.

No tuvo tiempo de responderle a aquella entrometida mujer, porque fue interrumpido por una mujer semi-desnuda, que había tocado la puerta e hizo una reverencia cuando entro.

-Señor, ya llegaron

Hizo un movimiento con la mano, indicándole a la mujer que saliera. Ésta hizo una nueva reverencia, antes de salir.

Cerró los ojos, mientras se tocaba el puente de la nariz. Había olvidado que tendría visita. Y, aunque los detestara, lamentablemente, aun no podía deshacerse de ellos.

-Lárgate –la mujer no dijo nada, lo conocía lo suficiente, para saber cuándo debía callar. Pero antes de que pudiera salir de la habitación, la puerta se abrió, dejando ver a tres hombres, que fueron seguidos, cada uno, por dos hombres armados.

-¡Muchacho... han pasado muchos años! –se escuchó una voz rasposa, que aunque pronunciaba perfectamente el japonés, se podía identificar en ella un muy marcado acento inglés.

Todos se apartaron, dejando espacio para que entrara un hombre alto y corpulento, de barba larga y enmarañada, de color negro, entro.

-¿A qué viniste Kurohige? –pregunto sin disimular su desagrado. Todos sabían que al Sengoku no podían llegar, por eso el punto de reunión, era en alguna de las islas que quedaban alrededor.

-Oh, vamos, ayer llego una carta anunciando mi llegada. No he hecho nada incorrecto. No había tiempo, por eso decidí venir… ahijado -dejo ver todos sus dientes, amarillentos, en una sonrisa.


Antes de bajar del carruaje, se limpió disimuladamente, las lágrimas que a lo largo del camino, no dejaron de salir. No miro a nadie a su paso, porque ni aunque lo hubiese querido hacer, aquella pequeña cortina cristalina que no parecía querer desaparecer de sus ojos, no se lo permitía.

Entro a la habitación, que desde hacía más de un mes, ocupaba. Se acostó en la cama, hundiendo la cabeza en la almohada, con la intención de ahogar los gritos y sollozos que parecían quemarle la garganta.

Estaba enojada, y algo en su pecho parecía doler. Un dolor, que hasta el momento estaba segura jamás había sentido. Pero no podía comprender por qué sentía aquello, que parecía ir, a cada segundo, en aumento.

Se suponía que todo con Bankotsu, había quedado arreglado. O, eso había creído entenderle Byakuya. No estaba completamente segura. Pero si estaba segura de que eso no era lo que parecía impedirle respirar en esos momentos, de hecho, Bankotsu, parecía haberle dejado de importar desde antes de que saliera de aquella habitación. Justo en el momento en que él, le había dicho que… se mordió el labio inferior, dejando de llorar casi inmediatamente. Nada de lo que Naraku, había dicho ese día tenía que ver con su estado.

Se rio mentalmente. Últimamente tenía pensamientos estúpidos. Se giró, mirando hacia la puerta, dispuesta a olvidar todo lo que había sucedido. Él en cualquier momento entraría, y no podía permitir que la viera así.

Cerró los ojos, reprimiendo esa sensación odiosa que no parecía querer desaparecer. Y, aunque había decidido no llorar más, lagrimas silenciosas salieron de sus ojos, hasta que se durmió. Horas después cuando despertó, ya había oscureció.

A pesar de que no tenía ganas de bajar a cenar, lo hizo. Cuando estuvo en la mesa, y miro a uno de los extremos, se percató de que estaba completamente sola, lo cual, por primera vez desde que lo utilizaba, le permitió percatarse de lo inmensa que era aquella mesa.

Cuando por fin termino de cenar, se dirigió a la habitación, donde se puso a terminar de leer, el Retrato de Dorian Gray. Pero por más que intentaba, no podía concentrarse.

Dos horas después, cuando la puerta se abrió, se irguió en la cama, esperando, impacientemente, que la puerta, que parecía abrirse demasiado lenta para su gusto, dejara ver la figura detrás de ella, pero cuando ésta se abrió, no pudo evitar decepcionarse. Decepción, que al parecer se reflejó en su rostro, por la expresión que hizo Kaede, inmediatamente la vio, pero no dijo nada, simplemente la ayudo a arreglarse para dormir.

Cuando se quedó sola en la habitación, se acostó mirando, inconscientemente, hacia la puerta. Esperando que esta se abriera, sin ser consciente de ello. Había esperado por algunas horas, hasta que el sueño la venció, pero esa noche la puerta no se abrió. Ni siquiera al día siguiente. O, por lo menos, nadie que no le causara, inconscientemente, decepción, la abrió.


La noche anterior había esperado a Inuyasha, pero él no se presentó. Se suponía que en el atardecer anterior, él hablaría con la abuela de Kouga, pero no estaba segura si lo había hecho, porque a pesar de que se propuso mirar, por la ventana de su habitación, hasta que él llegara, cayó en los brazos de Morfeo, sin percatarse de ello.

Despertado cuando ya había oscurecido totalmente, y a pesar de que miro por casi dos horas por la ventana, no lo vio salir, o entrar en ese lapso. Incluso, se vio tentada a preguntarle a la sierva cuando le llevo la cena, pero al considerar la pregunta impropia, decidió olvidarse del tema, y esperarlo, pero él nunca llego.

Al día siguiente, desayuno, lo poco que su estómago le permitió consumir, en el comedor, completamente sola, ya que ese día la abuela de Kouga, había ido acompañada por Hojo, a la Iglesia, a pesar de que no era domingo. Situación que le favorecía mucho, ya que había decidido que iría a hablar con Inuyasha. Tal vez le había sucedido algo, y por esa razón no había ido la noche anterior.

A pesar de que una pequeña vocecita en su cabeza le decía que él se había arrepentido de su propuesta, ella se rehusaba a creerlo. Él le había dicho que la quería, por lo cual no podía dudar de la palabra de Inuyasha.

Necesitaba hablar con Inuyasha. Él no podía haberse arrepentido, no después de todo lo que le había confesado. O, por lo menos, eso ella no lo podía aceptar. No mientras recordara las palabras de Inuyasha.

Aprovecho que ninguna de las empleadas la vigilaba, y salió. El camino no era corto, pero estaba segura de que podría llegar, después de todo, ese día, físicamente, se sentía bien.

Definitivamente se había equivocado, ahora estaba segura, de que jamás llegaría. Coloco la pequeña sombrilla, color rosa, en el suelo, y se recargo en un árbol. Cerró los ojos, tal vez si descansaba un poco, ese mismo día llegaría.

Abrió los ojos, cuando se escucharon unos cascos acercarse. Segundos después, diviso, en la dirección que quedaba la hacienda Taisho, a dos hombres, con uniforme militar, a caballo. Cuando se percató de quienes se trataba, se sorprendió. Hasta ese momento, había ignorado a que se dedicaba Inuyasha.

Cuando los caballos blancos se detuvieron a unos metros de ella, bajo la mirada. No había pensado muy bien lo que haría cuando se encontrara con él, y menos, si además, se encontraba con el padre de Inuyasha. En ese momento se maldijo por ser muy impulsiva.

Escucho susurros provenir de ellos, pero decidió pretender que los ignoraba, a pesar del tono, inconfundiblemente de enojado, que a veces utilizaba el peli plata mayor.

-Buenos días, señora Ookami –levanto la mirada. El padre de Inuyasha, no parecía estar de buen humor.

-B-Buenos días, señor Taisho

-Espero tenga un excelente día –después de decir aquello, se marchó, sin esperar a que ella dijera algo más.

Un suspiro pesado, hizo que girara en dirección de Inuyasha, quien se había bajado del caballo, y caminaba hacia ella -. No deberías estar aquí. Puede ser peligroso en tu estado –se detuvo frente a ella.

-Era un simple resfriado… ya estoy bien –dijo con una pequeña sonrisa, al percatarse, de que Inuyasha, estaba bien.

Miro hacia un lado, tratando de ignorar la sonrisa que ella le había regalado -. Es mejor que regreses a la hacienda

-Te estuve esperando –dijo ignorando la sugerencia de él.

-No… pude ir

Por algunos segundos se quedó observándolo. Él tenía algo que decirle, pero al parecer, no se atrevía. Imaginando que era, por eso le pregunto directamente -. ¿Rechazaron tu propuesta?

-Kagome… -una mano en su mejilla, lo obligo a mirarla, pidiéndole silenciosamente que le dijera la verdad -. No podemos casarnos… ni siquiera tener una relación

Hubiese hecho cualquier cosa, por no ver lo que aquellos ojos le mostraron. Dolor. Igual que en aquella ocasión.

La mano en su mejilla se resbalo suavemente, dejando a su paso una sensación de vacío.

-Kagome…

-Dijiste que… -sus ojos lentamente se colocaron brillosos -, m-me amabas

Miro hacia un lado. No era a él, a quien le correspondía hablarle sobre su embarazo -. Debes regresar a la hacienda

-Por lo menos mírame a los ojos… creo que lo merezco. ¡Mírame, y dame esa razón por la cual no podemos estar juntos, si tú fuiste quien me busco!

La miro, sabiendo lo que pasaría cuando terminara de hablar -. No podemos estar juntos, porque… me equivoque. Necesitaba consuelo, cuando me entere de la muerte de mi madre, y tú estabas allí… lo siento –un golpe, hizo que llevara una de sus manos a su mejilla. Ella seguía teniendo mucha fuerza, para ser de contextura frágil y pequeña.

-Soy una idiota. Me negaba a aceptar que esto… todo lo que dijiste, hacia parte de otra confusión –las lágrimas que salían de sus ojos, no le permitían observar nada.

-Kagome, no te…

-¿¡Por qué me hiciste esto!?

-Lo siento –volvió a repetir, sabiendo que no serviría de nada, pero no sabía que otra cosa decir -. Con el tiempo comprenderás por qué las cosas deben ser de esta forma. Buscare a alguien que te lleve a la hacienda Ookami –dijo dando por terminada la conversación. No quería que ella se alterara más. Pero cuando se subió al caballo, ella empezó a caminar en la dirección en la que había llegado –. Kagome, espera al cochero –demonios, había olvidado lo testaruda que era Kagome -. ¡Detente! –se bajó del caballo, y corrió hasta que la alcanzo, agarrándola por la muñeca -. Deja….

-No me toques –jalo el brazo, soltándose, e ignorando una pequeña punción, en el vientre bajo, que le produjo dicho movimiento -. No quiero que vuelvas a tocarme, tampoco quiero que te me acerques… - esa actitud indiferente que él le había mostrado, la había hecho enojar. Ya no permitiría que él jugara con sus sentimientos -, ¡ya no quiero tener nada que ver contigo. Olvida que existo, porque eso será lo que yo hare contigo. Todo lo que tenga que ver contigo, para mi está muerto desde este momento! -intento caminar, pero un fuerte dolor en el vientre bajo, casi provoca que cayera.

Cuando ella se llevó las manos al vientre, él salió del estado catatónico en que había quedado por las palabras de ella.

-¿Estas bien? –la tomo en brazos, e inmediatamente, ella se aferró a él.

Ni siquiera pudo responder, porque cuando intento hacerlo, un pequeño gemido de dolor, acompañados de lágrimas, se escapó de sus labios.

Pensó en llevarla, a caballo, a su hacienda, que era la más cercana. Pero llevarla en su estado, en un caballo, era muy peligroso.

Camino lo más rápido que pudo, mientras trataba de calmarla, pero nada de lo que le decía parecía surtir ningún efecto.

-No permitiré que nada les pase

Después de casi cinco minutos de caminar, llego a la hacienda. La llevo a su habitación, donde algunas empleadas la atendieron, mientras llegaba el médico, a quien él envió a traer.

-¿Sucedió algo?, escuche unos sollozos

Se sobre salto al escuchar aquella voz. Había olvidado por completo que Ayame, estaba allí -. Una de las empleadas sufrió un accidente, pero no fue nada grave –no le agradaba mentirle, pero no podía decirle la verdad, porque eso la lastimaría.

-Y, ¿tú que haces aquí?

-Se me olvidaron unos papeles –necesitaba sacarla de la casa, si quería que ella no se percatara de nada -. ¿Por qué no vas a montar? –ella frunció el ceño -. Eso te animara, y no te aburrirás. Le pediré al capataz que te acompañe

-No es necesario, quiero dormir un poco –lo beso en la mejilla, y se marchó.


No pudo evitar sonreír cuando su abuela le informo que ya no era necesario llevar a cabo el levirato, ya que la viuda de su primo, esperaba al legítimo heredero. Pero esa sonrisa se borró, cuando le informo que haría un nuevo trato con Yōrōzoku Nōsuookami, para que él se casara con Ayame.

-No creo que Ayame, quiera comprometerse en estos momentos, y menos conmigo –no le agradaba causarle molestias a su abuela, pero en ese capricho no podía complacerla.

-Es una niña, que importa lo que ella quiera. Si Yōrōzoku, quiere que su nieta tenga un buen futuro, aceptara

-No me casare con Ayame

La anciana frunció el ceño, sorprendida y enojada, porque Hojo, por primera vez en su vida se había negado a una de sus peticiones -. ¿Ahora actuaras insensatamente como tu primo?

-No –se levantó de la silla donde estaba sentado -. Jamás podría intentar sustituir a Kouga, pero no me casare con Ayame

-Hijo –la anciana relajo su expresión -. Sé que es un poco… especial. Sé que ningún hombre querría a una chica como ella por esposa, pero…

-Ayame, es perfecta –dijo interrumpiendo a la anciana, cosa que no había hecho jamás -. El hombre que se case con ella será muy afortunado. No me casare con ella, porque sé que se negara, y jamás permitiría que la obligaran a estar conmigo… yo tampoco lo permitiría. Quiero que Ayame, sea feliz, y quisiera poder completar esa felicidad. Si Ayame, acepta la propuesta, seré el hombre más afortunado del mundo, pero si la rechaza, lo aceptare… como lo he hecho siempre –camino hacia la puerta, sin mirar a la anciana, pero cuando agarro el pomo, la voz de la anciana lo detuvo.

- ¿Por eso pediste cuatro años, como máximo para comprometerte?. Ellos se tenían que casar en cuatro años… Hijo, ¿Por qué no me lo contaste?

-Decidiste que Kouga sería el prometido de Ayame, y ella… a pesar de todo, quería casarse con él… ella sería feliz, creía en eso –dijo sin girarse -. ¿Hubiese cambiado de decisión por saberlo? –al no escuchar respuesta, abrió la puerta -. Nada hubiese cambiado – salió.


-¿Cómo está? –pregunto inmediatamente el hombre salió de la habitación -. ¿El bebe está bien?

-No hubo sangrado, eso es lo importante, pero la señora… -se quedó unos segundos en silencio, pensando cuales serían las palabras adecuadas, para explicarse -. La señora no lo sabía, y explicarle la situación fue un poco difícil

-¿Sobre el embarazo?

-Seré sincero con usted, generalmente, los embarazos como los de la señora no llegan a término. Lo más probable, es que siga presentando dolores, hasta que…

El médico no tuvo necesidad de terminar la oración, él sabía a qué se refería -. Esto sucedió porque se alteró. Si tiene reposo absoluto, el bebe puede nacer bien

-Creo que no me ha comprendido. La señora me menciono que no era la primera vez que le dolía la zona, pero si era la primera vez que le dolía intensamente, además, de presentar cuadros febriles. El hecho de que un embarazo que presenta estos síntomas, llegue a término es un milagro. Creo que es mejor que hable con ella, y le explique la situación.


La noche llego nuevamente, pero aquella sensación, que la había invadido desde que sus ojos se abrieron esa mañana, no desaparecía. Algo le faltaba. Pero no sabía, o no quería aceptar que era. Miro inconscientemente hacia la puerta, antes de sumergirse en la lectura. O, eso trato.

Guardo el libro, que segundos antes leía, debajo de la almohada, antes de apagar la vela que se encontraba en la mesita de noche, cuando escucho voces en el pasillo. Aunque, no podía escuchar claramente lo que hablaban, podía diferenciar perfectamente las voces. La voz masculina, sabía perfectamente que era la voz de él, pero la otra voz, que era claramente de mujer, no lograba identificar a cuales de las mujeres, que habitaban en la casa, pertenecía.

Espero en la misma posición. No sabía de qué hablaban, pero aquellas risas, que a veces daba la mujer, no le estaban agradando.

Sintió un impulso de levantarse, y pegar su oído a la puerta para escuchar mejor, pero cuando levanto la sabana, y sus pies tocaron el piso, se arrepintió. A ella no le importaba lo que estaba sucediendo en el pasillo. Claro que no. Pero a pesar de que se repetía eso, no se volvió a su posición inicial, hasta que empezaron a mover el pomo.

Él entro a la habitación, pero no se percató de que ella lo miraba, ya que se dirigió directamente al baño, donde estuvo aproximadamente una hora. Pero después de cambiarse, salió de la habitación

Si se preguntó en donde pasaría la noche, o con quien, después de escuchar la melodía proveniente del piano, no le importo. Y aunque, nuevamente sintió deseos de levantarse, no lo hizo, su cuerpo y aquellas lágrimas, que cada vez estaba segura a que se debían, no se lo permitieron. Solo se quedó allí, escuchando, y aunque cuando la música se tuvo, espero que la puerta volviera a abrirse, eso nunca sucedió.


- Me dejaste dos días encerrada –se giró hacia la mujer que había entrado en la habitación -. ¿Estabas con él? –pregunto sin ocultar la molestia que sentía, con tan solo imaginarlo.

-Lo siento… lo había olvidado –a pesar de lo que había dicho, parecía divertida por la situación -. Si te preocupa que me haya ha costado con él, no lo hice… por lo menos en estos dos días –dijo con sincera decepción, al recordar que él la había rechazado. Ni siquiera quiso tener sexo con ella en el pasillo -. Pero no te preocupes, prometí ayudarte –se soltó el cabello, dejando que éste, cayera por su espalda -. Te tengo una buena noticia –dijo mientras se quitaba el vestido color amarrillo, quedando solamente, con un camisón de encajes del mismo color -. Tienes suerte… Kurohige, está aquí. Ya hable con él, no tienes por qué contarle la verdad

-Jamás me acostare con ese viejo asqueroso –lo dicho se reflejó en la expresión de asco que tenía -. Prefiero que Naraku, me mate a hacerlo

-No seas ingenua Tsubaki, sabemos que él no solo te matara. Kurohige, puede sacarte de la isla, sin que Naraku, se percate… solo debes ser cariñosa con él. Naraku, estará ocupado en otros asuntos, y si quieres vivir, ya sabes que hacer… muerta, jamás podrás conseguir lo que quieres

-Yo… -tenía que aceptarlo, ella tenía razón -, juro que haré llorar sangre a Kikyo… lo juro por mi alma –unas lágrimas empezaron a bajar por sus mejillas. Sentía odio y asco, por lo que tenía que hacer, pero ella volvería por su venganza, aunque tuviera que esperar pacientemente el momento apropiado.


-Lo sabias –ni siquiera volteo para asegurarse que las pisadas le pertenecían a él. Y, él no se sorprendió de que ella lo estuviera esperando después de lo que había sucedido -. Por eso no viniste aquella noche… la abuela de Kouga, te lo dijo

-No era mi deber decírtelo –no mentía del todo, pero la verdadera razón por la que no se lo dijo, era porque no sabía cómo hacerlo.

-L-Lo siento –sonrió, tratando de evitar que las lágrimas que se acumularon en sus ojos, desde que él había entrado, salieran de ellos -. No debí… golpearte…

-Creo que lo merecía –giró la cabeza hacia él. No la miraba, estaba concentrado en la oscuridad que se observaba por la ventana -. Pensaba ir, pero no sabía que decir… trate de pensar cada palabra que diría, antes de ir a verte, pero tú… eres impulsiva –dijo esto último con una pequeña sonrisa.

-No pedí esto… no quería que sucediera de este modo. Te juro que…

-La abuela de Kouga, tiene razón –la interrumpió, antes de girarse hacia ella -. Tu hijo es una bendición, y como tal debes quererlo. No importa si no lo deseaste, puedes amarlo

-Inuyasha… -se cubrió el rostro. No quería separarse de él, y aunque sabía que tenía razón, en esos momentos no sabía que sentir, o pensar.

Sintió la cama hundirse, y unos brazos la rodearon, pero no descubrió su rostro -. No me casare contigo, porque te culpe de algo… Kouga, o el bebe tampoco son culpables de nada. El único culpable soy yo –se apartó un poco, para descubrirle el rostro -. Lo que siento por ti no ha cambiado –le dio un beso casto en los labios, y sonrió -. Pero por esos mismos sentimientos no puedo casarme contigo… no quiero verte sufrir, ni mucho menos quiero que me odies, y eso sería lo que sucedería si nos casamos en tu condición

-Eso jamás sucedería. Jamás podría…

-No podemos casarnos mientras estés esperando, y si decides hacerlo después de que des a luz, la familia paterna esta en todo su derecho de quitarte al bebe… jamás se te permitirá verlo. Vi a mi madre sufrir por un hijo, que murió cuando nació, tú sufrirías, aun mas, sabiendo que está vivo y no lo puedes ver –la abrazo nuevamente -. Prometí estar a tu lado, y lo cumpliré… aunque no pueda casarme contigo, estaré a tu lado hasta el día de mi muerte. Tu hijo, y tú, siempre podrán contar conmigo

Sabía que debía decirle lo que le dijo el médico, pero lamentablemente, a él no se le daban bien esas cosas.


Aunque Kaede, le había dicho que era peligroso ayudarla a salir, ya no podía soportar estar encerrada en ese lugar. Por eso, ese día cuando la anciana se acercó a ella para reconfortarla, no pudo evitar robar las llaves que la anciana colgaba sobre el delantal que utilizaba. Y, después de que ésta, la dejo sola, decidió salir, ya que había anochecido.

Caminaba por los pasillos sin saber exactamente donde estaba. Había muchas puertas, y ninguna parecía llevar a la salida. Cansada de vagar por los pasillos, decidió que saldría por la primera ventana que encontrara. La cual, encontró dos minutos después, pero cuando se dispuso a abrirla, una mano le cubrió la boca, y la arrastro hasta detrás de una puerta, por donde posteriormente ingreso Kaede.

-Niña, le dije que era peligroso… todo el alrededor de la casa está más vigilado que antes. Jamás saldría del jardín con vida –no podía contestarle a la anciana, porque el hombre que la había arrastrado hasta la habitación, no había descubierto su boca -. Si él sabe que intestaste escapar nos matara a los tres. No llores, te prometo que pronto todo acabara –le hizo una seña para que el hombre, junto con Izayoi, caminaran detrás de ella.

Pero unos pasos en el pasillo, provocaron que se detuviera, pero antes de que pudiera cerrar, totalmente, la puerta detrás de su espalda, Naraku, acompañado de Byakuya y dos hombres más, se detuvieron frente a ella. Pero Naraku, estaba concentrado en lo que parecían ser unos mapas, pero después de unos segundos levanto la mirada.

Ni aunque, aquella mano no estuviera en su boca, no hubiese podido gritar cuando vio directamente aquellos ojos rojos, que le parecieron, aún más terroríficos que antes.

-Retírate –dijo al percatarse de que la anciana no pretendía apartarse, la cual, sin más remedio lo hizo, mientras rogaba que aquel pobre hombre encontrara donde esconderse.

Esperó por casi una hora, a que ellos salieran de la habitación, para entrar. Recorrió con la mirada el lugar, observando la mesa que estaba frente a un mapa mundial, que cubría más de la mitad de la pared. Antes no se había percatado de que estaban en ese lugar. Lugar que utilizaban cuando planeaba un viaje de negocios -. Ya pueden salir

Detrás de una cómoda, se levantó el hombre con Izayoi, pero casi caen al piso por estar mucho tiempo en la posición que adoptaron para esconderse.

-Llévala rápido, pueden volver –el hombre arrastro a la mujer que parecía ida, pero cuando intento abrir la puerta, ella no se lo permitió.

-Niña Izayoi, tenemos que…

-Si no me dices la verdad, juro que provocare que nos encuentren –se giró hacia la anciana -. Todo… -su voz tembló, e inconscientemente cubrió su boca.

-Puedes esperarnos afuera –el hombre hizo lo que la anciana le indico -. Niña, hace veintidós años…

- No fue una pesadilla, ¿cierto? –sintiendo incapaz de sostenerse, su cuerpo se deslizo hasta el piso, mientras llevaba las manos a su vientre –. Lo que sucede en mis sueños con ese hombre fue real –fue una afirmación en un pequeño susurro, mientras apretaba las manos contra su vientre –. Pero… era mi bebe

-Solo queríamos protegerte, y él bebe te hacia mal –se arrodillo frente a ella.

-No lo sabían… lo sentía… cuando no estaba atrapada en esa oscuridad, lo sentía… él me ayudaba a volver –la anciana le acaricio la mejilla, tratando de quitar las lágrimas que por ahí corrían -. Lo vi… cuando era niño. Recuerdo su imagen, pero no puedo recordar que sucedió después

-Tuviste una crisis, cuando viste el color de sus ojos

-Son como los de ese hombre

-Es cierto –la mujer levanto el rostro hacia la anciana –. Pero físicamente se parece a ti, incluso comparten algunos gustos –sabía que ella intentaba decirle algo. Incluso sabía lo que le pediría, lo había visto en sus ojos –. No puedes verlo.


Otra noche, y la puerta jamás se abrió. Pero esta vez sabía exactamente lo que esperaba. Que fuera él quien abriera la puerta.

Ese día lo había visto desde lejos, pero él pareció no notar su presencia. Parecía estar concentrado en unos papeles, pero su rostro, mostraba una expresión de enojo. Se había quedado observándolo por algunos minutos, pero él nunca pareció notarlo, hasta que Byakuya apareció, y se marcharon.

Esperaba que él volviera a la hora de la cena, pero no regreso, y ahora estaba allí, esperando que la puerta se abriera, pero como en las noches anteriores, parecía que eso no iba a suceder. Cerró los ojos con fuerza, tratando de pensar en otra cosa que no fuera él, porque estaba segura de que si seguía haciéndolo, aquel nudo, que se estaba formando en su garganta, seguiría creciendo, y se soltaría de la forma que más odiaba. Llorando.

Miro el reloj, y dispuesta a dormir, apago la vela, pero casi dos minutos después escucho, lo que parecía ser, un carruaje detenerse. Se cubrió lo más que pudo, y espero a que la puerta se abriera. Pero eso no sucedió.

Casi una hora después, otros carruajes se detuvieron frente a la casa, y segundos después, los gritos y sonrisas de mujeres se empezaron a escuchar. Pero una voz rasposa, grito el nombre de él, para después, decir algunas palabras que obviamente, no eran en japonés.

Cerró los ojos, dispuesta a dormir, ya que a ella no le importaba lo que en esos momentos sucedía fuera de la casa. A ella no le importaba si él estaba siendo parte de la orgía, que a juzgar por los sonidos, se estaba llevando acabo a fuera. A ella no le importaba lo que él hiciera… entonces, ¿por qué estaba haciendo lo contrario, a lo que se había propuesto?. La respuesta a esa pregunta en esos momentos no le importaba, ella simplemente se estaba dejando guiar por sus pies. Camino por los pasillos, sintiendo en cada paso un pequeño ardor, producido por la frialdad del piso.

Cuando estuvo a unos metros de las escaleras, se percató de que la planta baja estaba totalmente iluminada. Se acercó, y se sentó en un escalón, desde donde podía observar todo. Había algunos hombres, armados, a cada lado del pasillo que daba hacia la entrada. Otros, se encontraban sentados, y en sus regazos, se encontraban unas mujeres que parecían estar semi –desnudas. Y, otros permanecían de pie, entre éstos, pudo identificar a Byakuya, no siendo éste, la persona que buscaba en realidad.

Estaba tan concentrada en su búsqueda, que no se percató de que alguien estaba detrás de ella, y levantaba uno de sus mechones de cabello para olerlo. Solo lo hizo, cuando una voz rasposa, con un extraño acento, se escuchó a su espalda.

-Tu olor me provoco ganas de comerte

Se levantó, y giro al escuchar la voz, observando directamente al hombre alto, de barba negra que estaba frente a ella, mirándola de forma lasciva.


El pacto. Solo tenía que recordar eso, para que las ganas de asesinar a Kurohige, se aplacaran un poco, cuando observaba lo que éste, había hecho en su casa. Lo detestaba, y le producía repulsión aquel maldito inglés. Aquel hombre que se autodenominaba su padrino, por ser el amigo, si es que alguna vez tuvo alguno, de Onigumo. Para su desgracia, tenía que soportarlo, si no quería que el resto de esos bandidos lo vieran como un traidor.

Aunque quisiera desaparecer a cada pirata que robaba y contrabandeaba en cada uno de los mares, no podía, pero pronto se desharía de la única persona con la cual compartía sus dominios… ese malnacido inglés. Porque matar definitivamente a Hiten, era cuestión de tiempo.

Cerró los ojos, tratando de relajarse, pero los abrió nuevamente, cuando una mano intento colarse en su pantalón. Miro a la mujer, quien le sonreía coquetamente.

-Señor, solo pida y lo obtendrá

Era una de las chicas que trabajaban en el bar. Estaba seguro, de que en alguna ocasión, la había visto en compañía de Yura. Era una chica aproximadamente de su edad, de cabello color castaño, hasta los hombros y, de ojos grandes y un poco más claros que su cabello. Era hermosa, lo reconocía, pero no tanto como ella. Ninguna de las mujeres que se encontraban en la habitación podía compararse con ella.

Se percató de que su conciencia no se encontraba allí, cuando unos dedos, que acariciaban directamente su piel, lo sacaron de sus pensamientos. Bajo la mirada observando, por algunos segundo, la mano que se perdía dentro de su pantalón desabrochado, y su ropa interior. Inconscientemente un suspiro de decepción salió de sus labios, aquel tacto era diferente. Agarro la mano intrusa, apartándola sin importa si le hacía daño a la chica.

-Estoy segura de que soy mejor que Yura y Tsubaki… mejor que cualquier otra –subió los brazos a la parte superior del camisón color azul celeste, que llevaba, con la intención de bajarlo.

-No eres… ella –fue un pequeño susurro, inconsciente, que la mujer ni siquiera escucho -. Largo –dijo sin mirarla, cuando la tela se deslizo totalmente por el cuerpo de ella.

-Puedo…-las palabras murieron en su boca, en el instante en que él la miro directamente, mostrándole la razón por la cual le temían -. L-Lo siento señor, no fue mi intención…

Su disculpa se vio interrumpida por un grito de hombre, y lo que parecía ser vidrio quebrándose. Algunos de los hombres que se encontraban de pie, desenfundaron sus armas, y se dirigieron hacia dónde provenía el ruido.

Él no se molestó en girar, estaba seguro de que ese maldito borracho simplemente había acabado con la última gota de whisky y vino que tenía en la casa. Ni siquiera le prestó atención a las risas, de burla de hombres, a su espalda. Simplemente, agarro el vaso, que aun contenía whisky, y bebió, ignorando todo lo que estaba a su alrededor -. "Falta poco"

-Tengo que reconocer que para ser así de pequeña, tienes mucha fuerza… espero que también seas así de voluntariosa en la cama

-¡No! –uno de los hombres que había subido, la tenía sujeta por la cintura, levantándola del piso, a pesar de que ella forcejeaba para que la soltara.

El vaso, que nuevamente se dirigía a sus labios, quedo estático en el aire, cuando reconoció la voz de ella. Por lo cual, todos sus músculos parecieron tensarse.

-Es mía –dijo en inglés, llamando la atención del hombre, que giro en su dirección.

-Vamos, Naraku, prometo tratarla como la muñequita que es –respondió en el mismo idioma, intentando acariciarle la mejilla, pero ella no se lo permitió -. Me encantan así… pequeñas y ariscas. Solo de imaginar lo que le haré…

-Ella me pertenece. Si vuelves a intentar tocarla, o simplemente lo insinúas, no solamente perderás la mano que todavía te queda –bebió todo el contenido del vaso, tratando de serenarse.

-¿Es una amenaza? –la sonrisa en su rostro, era una mueca terrorífica -. ¿Serias capaz de romper el pacto por una mujer?... mujerzuelas en esta vida es lo que hay, y ninguna de ellas sirve para otra cosa que no sea abrir las piernas… es muy hermosa, pero no es más que una puta

-No te estoy amenazando –se levantó, girándose hacia ellos, y todos los hombres a su alrededor, a pesar de que no entendían el idioma, se pusieran alerta, sintiendo lo pesado que se había vuelto el ambiente -. Solo te aviso, aunque no es mi estilo, lo que sucederá si tú, o cualquiera de los presentes se atreve a intentar tocarla

-¿Nos traicionarías por una mujer? –la mueca que tenía en el rostro desapareció, cuando lo observo directamente a los ojos.

-¿Morirías por una?

No hubo respuesta a esa pregunta. Ninguno de los presentes se atrevió a decir nada, solo observaban expectantes la situación, aferrándose a las pistolas que tenían en sus pantalones.

Al no obtener respuesta, dirigió su mirada al hombre que mantenía agarrada a Kikyo, e inmediatamente, éste, la soltó.

Hizo una seña, y la mujer que estaba sentada sobre las piernas del hombre que estaba frente a él, se levantó. Se dirigió hacia donde se encontraba Kikyo, y agarrándola de un brazo, la dirigió a la planta superior.


Solo se dejaba llevar por la mujer, a la cual, ni siquiera le había visto el rostro. Quería alejarse lo más que pudiera de esos hombres, porque aunque no lo demostró, esos hombres le causaron terror, cuando la atraparon en las escaleras, después de partirle una botella en la cabeza al hombre de la gran barba negra.

-Eso fue… ¡Dios, no tengo palabras para describirlo! –dirigió la mira hacia la voz, al reconocerla como la de Yura -. Creí que me aburriría con esos viejos –se escuchó una pequeña carcajada provenir de ella -. Fue divertido… aunque tengo que reconocer que fue escalofriante, creí que se matarían entre ellos

No respondió. No tenía ganas de hacerlo. Camino al lado de ella, hasta que llegaron a su habitación, donde entro ella sola, ya que Yura, volvió a la planta baja.

Se sentó en la cama, observando las marcas que tenía en uno de sus brazos, y que había provocado el hombre de barba negra. Nuevamente él, la había liberado de una situación aborrecible como esa. Nuevamente él….

-¿¡Qué demonios hacías allí!?

Respingo cuando escucho aquel grito. Y, levanto la mirada hacia él. Nuevamente la miraba de esa forma. Mostrándole todo el odio que sentía por ella.

-¿¡Por qué de todos los malditos lugares que hay en la casa, tenías que bajar!?

Era la segunda vez que lo veía de esa forma. No parecía importarle mostrar ante alguien, que las pasiones podían dominarlo. Escucho algo quebrarse, pero no se molestó en saber que era.

-¡Maldita seas, Kikyo, debí deshacerme de ti! –si hubiese hecho eso, nada de lo que estaba pasando, hubiese sucedido. Él no se comportaría como un idiota, arriesgando, incluso su vida, por una maldita mujer. Si la hubiese matado cuando pudo, no tuviera esos asquerosos sentimientos por ella, que no eran de ninguna utilidad, solo una debilidad.

-Estaría agradecida por eso –se giró hacia ella. Como siempre mostrándole aquella maldita calma. Una calma que hubiese quedado en duda, si él, se hubiese percatado de la forma en que sus manos apretaban la tela de su vestimenta -. Escogería la muerte a permanecer un día más a tú lado

-Debía dejar que ellos lo hicieran –hablo entre dientes, y se giró dispuesto a irse.

- ¡No te pedí que me defendieras! –no pudo evitar decir, lo que ella creía, él le estaba reprochando -. ¡Debiste dejar que esa mujer siguiera complaciéndote! –no tenía que haberlo visto, él aun, no se había abrochado el pantalón -. ¡Debiste dejar que te siguiera tocando!

-¡No tienes por qué pedirlo. Tú no tienes necesidad de pedir absolutamente nada, Y no, no pude estar con…! –se calló, al ver la sorpresa reflejada en el rostro de ella, y percatarse de lo que estaba diciendo, sin necesidad de pensarlo.

La habitación se hundió en el completo silencio. Ninguno de los dos sabía qué hacer, o decir. Y por algunos minutos, hicieron solo eso. Hasta que una mano de él, acaricio la mejilla de ella.

- Solía mofarme de ser una persona lógica y razonable, pero tú… -no pudo evitar acerca su rostro, hasta rosar sus labios con los de ella. Sonrió con burla. Con un simple toque, ella podía provocar muchas sensaciones, y reacciones en él, cosa que ninguna otra mujer podía. La miro por unos segundos. Era la primera vez que veía a una mujer cerrar los ojos en esa situación, incluso, estaba ruborizada. Y, gracias a esa imagen, nuevamente lo sintió… sintió aquel corazón que solo parecía latir por ella -. Odio las sensaciones que me provocas… te odio a ti, por provocarlas –la rodeo por la cintura, profundizando el contacto, al cual extrañamente ella no se resistió.

Le agradaba aquella sensación cálida que sentía cuando la besaba. Todo en ella le agradaba, excepto -. Hueles a borracho

Abrió los ojos cuando sus pies fueron despegados del suelo. Y, en un pequeño susurro que el alcanzo a escuchar, dijo -. Tú también


¿Lo odiaba?. Sin dudarlo. Era un ser despreciable. El peor que había conocido, y estaba segura, conocería.

¿Entonces por qué estaba sucediendo eso?. No lo sabía. Y, tampoco deseaba saberlo, no en ese preciso momento en que la mano de él, estaba en su cuello, empezando a bajar por su cuerpo.

Estaban en la bañera, él mantenía la espalda en la madera, y la espalda de ella reposaba en su pecho, manteniéndola entre sus piernas, mientras que seguía bajando, con una mano, por su cuerpo, deteniéndose el tiempo necesario en su pecho, obligándola cerrar los ojos, y posar la cabeza en el hombro de él, resistiéndose, con la poca fuerza de voluntad que le quedaba, a dejar escapar cualquier sonido de sus labios. Para posteriormente seguir su camino en línea recta por su cuerpo.

Abrió totalmente los ojos, cuando la fuerza de voluntad que aún le quedaba, murió al mismo tiempo que un fuerte gemido salió de sus labios. Él había introducido la mano entre sus muslos. Llevo su mano con la intención de apartar aquella mano intrusa, pero él, al percatarse de su intención, no se lo permitió. Entrelazo los dedos de la mano, que tenía libre, a la de ella, posándolas en su abdomen, justo debajo de su ombligo, para que no le causara molestias a la mano que aun jugaba entre sus piernas.

Si alguien le preguntaba cómo llegaron hasta ese punto, sinceramente no sabría que responder. No sabía cómo había empezado todo, solo sabía que cuando él la besaba, muy difícilmente se podía resistir, por eso… lo odiaba. Lo odia tanto o más que antes, por doblegarla con el placer. Siempre se había repetido que nadie, tendría poder sobre ella, y menos un hombre, pero a él y a su cuerpo poco parecía importarles. Y, menos en aquel momento, en que su mano libre se aferraba al cabello de él, como si su vida dependiera de ello.

Sentía calor. A pesar de que el agua le llegaba unos centímetros arriba del ombligo, sentía como aquel calor, que parecía nacer en la parte baja de su vientre, iba en aumento. Pero ella sabía que aunque se cubriera totalmente con agua, aquella llamarada interna, que precia quemarla, jamás se apagaría. Y, cuando su cuerpo, pareció comprender cuál era la única forma de apagar aquel fuego, olvidando cualquier resto de pudor, que aún quedaba en ella, movió la cadera hacia él. Provocando que en respuesta él apartara la mano de entre sus piernas. Un sonido de molestia salió de sus labios ante tal acción, y por inercia trato de girar, pero él no se lo permitió.

La mano en su cadera, y la que aún permanecía entrelazada con la mano de ella, debajo de su ombligo, hicieron un poco de presión para hincar su cuerpo hacia adelante. Tensándose cuando sintió algo duro, rosar uno de sus glúteos.

-Esta vez no dolerá. Si te relajas, no volverás a tener molestias -sintió la voz ronca y sus labios cerca de su oído, y el fuego en sus entrañas, renació.

La mano que agarraba su cadera, se deslizo suavemente hasta su espalda baja, hasta que el contacto desapareció. Segundos después sintió una lenta, pero un poco dolorosa intromisión, que aunque no era dolorosa como la primera vez, si le causaba una pequeña molestia, que era un poco soportable.

Se aferró más a la mano de él, tratando de no pensar en el dolor, o en aquello que estaba causando dicho dolor en su parte baja. Cerró los ojos, dejando escapar un pequeño gemido de dolor.

Cuando estuvieron enlazados totalmente, escucho un pequeño gemido, casi ahogado, muy cerca de su oreja, que a diferencia de los de ella, pareció ser de todo, menos dolor.

Los dedos entrelazados entre los suyos, apretaron un poco su agarre, cuando el cuerpo de ella se posó totalmente sobre el de él, haciendo, si era posible, más íntima la unión.

Ninguno de los dos se atrevía a moverse. Él estaba empalmado en sus entrañas, demostrándole en ese momento que eran uno. Era como si sus cuerpos hubiesen nacido para ser uno. Eran dos fichas que se completaban entre sí.

Beso su hombro. Sí, eso fue lo único que hizo en la piel de ella. Jamás lo había hecho, pero besarla a ella era diferente. Su sabor era único. Extraño y exquisito. Con ella era la única que reprimía su propio placer, solo para no dañarla y complacerla.

Pero un simple, y tímido movimiento de cadera, basto para que su mano nuevamente se posara en la cadera de ella, e iniciara un movimiento rítmico de arriba hacia abajo, que con cada movimiento, el ritmo parecía ir en aumento. Movimientos, que provocaron que el silencio en la habitación se rompiera. Inundándola con los sonidos del agua, respiraciones agitadas, y una mezcla de gemidos agudos y graves.

Los movimientos aumentaron tanto en intensidad, que tuvo que soltar los cabellos de él, y aferrarse en la madera de la bañera, para no caer hacia delante. En esos momentos nada le importaba. Solo quería que aquello que él le provocaba fuera eterno. Era extraño, pero placentero. Sentía como si se rasgara en dos con cada movimiento, pero aquella sensación la excitaba más. Y, cuando todo a su alrededor, pareció volverse negro, expulso frenéticamente su placer coincidiendo con él, en el mismo instante que él descargo su placer dentro de ella, sintiéndose en ese instante, completamente uno solo.

No sabía a quién pertenecía la respiración que se escuchaba. Porque aquellos sonidos rítmicos que producían sus cuerpos, se escuchaban como uno solo, no pudiéndose diferenciar, ni siquiera, cuál era el latido del corazón de cada quien.

Segundos después, sintió como era llevaba hacia atrás, pero no hizo nada para resistirse, quedando nuevamente, su espalda recargada en el pecho de él.

Sus ojos pesaban, pero se resistía a cerrarlos, quería seguir sintiéndose parte de él, porque aunque el frenesí casi se esfumaba, aun él seguía en sus entrañas, como si ella fuera una prolongación más de él.

Levanto la mano, que aun, permanecía entrelazada con la de él. Observándola, como si en ellas fuera a encontrar algo interesante, pero por más que la observo, nada sucedió. Sin poder evitarlo más, sus ojos se cerraron lentamente, sonriendo inconscientemente, cuando unos labios, dieron una caricia en forma de beso, en su hombro izquierdo.

Lo odiaba, eso siempre lo haría, pero también lo ¿amaba?. ¿Se puede odiar y amar una persona al mismo tiempo?, o ¿simplemente lo deseaba?. Porque, no todo lo que se desea se ama.

Pero en ese momento, como si su corazón necesitara dar una respuesta a aquella pregunta, latió. Latió tan fuerte, que seguramente él lo escucho.


La noche anterior, le había tocado quedarse en la habitación de Inuyasha, ya que el médico, había pedido que no la movieran.

Suspiro aliviada, cuando la abuela de Kouga, entro. Le sonreía, pero sabía que solo era en apariencia, porque a pesar de la explicación que l e había dado Inuyasha, ésta aún estaba molesta, pero gracias al médico, había tenido que tragarse todo su enojo.

A los minutos entro su madre y abuela, quienes le explicaron, que su hermana a penas ese día se enteraría de su estado, y su primo, se preparaba para un viaje, a pesar de haberse caído de un caballo recientemente.

Se arregló con las cosas, que le había llevado la abuela de Kouga, y cuando estuvo lista, ante la mirada de desagrado de ésta, Inuyasha, la llevo en brazos hasta el carruaje, donde a pesar de no querer soltarse de él, lo tuvo que hacer.

Miro de reojo hacia él, cuando el carruaje se alejaba. Se suponía que ese debía ser el día más feliz de su vida, pero no lo era. No por lo menos completamente, porque Inuyasha, jamás estaría con ella.

-¿Te sientes mal, hija? –miro hacia su madre, y negó en respuesta -. ¿Entonces por qué lloras?

-Seguramente es la emoción ante este milagro –dijo su abuela, mientras acariciaba su abdomen.

-Milagro, que debemos encomendar a nuestro señor. Llegaremos a la iglesia

-Pero el medico dijo…

-Señora Higurashi, soy la más ilusionada en que nazca este bebe. Por eso quiero que reciba la bendición de un hombre de Dios


Observaba fijamente a la chica que estaba frente a ella, tratando de entender por qué la elegida había sido ella. Tenía que aceptar que era bonita, pero ella también lo era. O, eso le decía su abuelo, pero Kouga, nunca pareció notarlo.

Cuando leyó aquella carta, tenía que reconocer que la odio. Aun sin conocerla, sintió odio por ella, porque aquella chica, le había quitado algo que sabía debía pertenecerle. El amor de Kouga. Pero aquella chica, no podía quitarle algo que jamás le perteneció, porque de lo único que fue dueña ella, fue del desprecio de Kouga.

Ahora, cuando Kouga ya no existía, se percataba de muchas cosas. Una de ellas, era que no la odiaba, ni podía hacerlo, porque ella jamás tuvo ninguna oportunidad.

El carraspeo que hizo Hojo, la saco de sus pensamientos.

-Ayame Nōsuookami, es… un placer – acepto la mano que se extendía frente a ella, y forzó una sonrisa, correspondiendo a la que la otra chica le mostraba, pero al igual que la de ella, aquella sonrisa no llegaba a sus ojos -. "Debe extrañar a Kouga"

Entraron a la iglesia, sin cruzar ninguna otra palabra. En el interior del recinto, se les unieron dos mujeres, que resultaron ser la abuela y madre de la viuda de Kouga.

A pesar de lo incomoda que le resultaba la situación, hizo lo mejor que pudo para disimularlo. Pero cuando la misa termino, escucho esas horribles palabras provenir de la abuela de Kouga. Aquella chica estaba embarazada.

No pudo soportar más, y sin importarle lo que las personas a su alrededor pensaran, se levantó el vestido, y corrió. Ni si quiera le importo que las personas que encontraba en su camino, se pusieran a cuchichear, por mostrar más arriba de sus tobillos. Ella lo único que quería, era dejar de sentir, y pensar.

Mientras corría tuvo varios tropiezos, hasta que cayó. A pesar, de que sabía que algunas personas se acercaban, no hizo nada para levantarse, simplemente lloro. Dejo salir sus lágrimas, rompiendo aquella promesa que hizo en el mar. Porque aquella chica, tuvo lo que ella soñó, y tendría algo que siempre le recordaría que Kouga, la amo.

Una mano en su hombro le hizo levantar la mirada. Frente a ella estaba Hojo, llevando entre sus manos, la mantilla oscura, que se le había caído.

-Lo siento… iba a decírtelo –se arrodillo frente a ella, ignorando a las personas que los observaban. Le agarro las manos, y las observo, asegurándose de que no las tuviera lastimadas.

-No era necesario, decidí dejar todo atrás, pero… – bajo la mirada, observando la tela negra de su vestido -, rompí mi promesa

-No creo que la hayas roto. He escuchado que las lágrimas purifican nuestras almas, sacando todo el dolor que habita en ellas… llorar te hará olvidar –se levantó, y le tendió la mano -. Llegará el día, en que esas lágrimas no significaran dolor, sino el deseo más puro de tu alma


Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue su rostro. Y, si bajaba su mirada, se encontraría con el cuerpo desnudo de él, solo siendo cubierto como el de ella, por una simple sabana. Recordaba estar en la bañera, y hacer el amor en ella. Se ruborizo al recordar eso, por lo cual, en reflejo se cubrió totalmente con la sabana. Observando todo lo que había bajo de ésta. Poso sus ojos sobre el brazo que la rodeaba, subiendo la mirada hasta llegar al punto donde se unía con un cuerpo, pero aunque su cerebro, le decía que detuviera la mirada en ese punto, no lo hizo. Y en esos momentos, cuando aquel calor empezó a apoderarse de su cuerpo, tuvo que aceptar que ella lo deseaba.

Retiro la sabana de su rostro. Eso no podía ser posible. A ella no podía parecerle atractivo ese hombre. Ella no podía desearlo, y mucho menos amarlo. No, ella no podía estar enamorada -. "No de él" –se quedó observándolo. No podía negar que era muy apuesto, no era ciega para no notarlo. Pero, aun así, no era tan apuesto como él creía, tenía más de un defecto. Defectos, que aunque no eran muy visibles, ella sabía que existían.

Se concentró en el rostro de él, tratando de encontrar tales defectos, pero a pesar de observar minuciosamente cada detalle, no encontraba ninguno.

Estaba segura, de que ella jamás podría amarlo, tal vez, desearlo, pero ¡jamás amarlo!

Sin ser consciente de lo que estaba haciendo, y aun perdida en la imagen de él, estiro sus dedos hasta tocar la nariz de él, delineándola hasta llegar a los labios. Era muy apuesto, y físicamente no tenía ningún defecto, pero eso jamás lo diría en voz alta.

Todo en él llamaba la atención, inclusive aquella gran marca, en forma de araña que cubría, casi totalmente, su espalda. Se irguió un poco, tratando de observar mejor aquella marca. Ya antes la había observado, pero al tenerla tan cerca, le provocaba curiosidad. Estiro una mano con la intención de tocarla, pero la mano de él, la detuvo.

-Es una marca de nacimiento – abrió los ojos, y la miro -. De línea paterna, al igual que él color de mis ojos –sonrió de forma arrogante -. ¿Puedo moverme?, o aún ¿no terminas de admirarme, y tocarme?

-No lo estaba haciendo –trato de zafarse de los agarres que él mantenía en ella, pero él no se lo permitió -. Veo que tu ego y narcisismo es inmenso

Acerco su rostro al de ella, rosando lentamente sus labios, mientras hablaba -. A ti también te agrada mi físico… a todas les agrada

Antes de que pudiera profundizar el beso, ella lo empujo con todas las fuerzas que tenía, logrando soltarse, al estar él, desprevenido. Se cubrió lo más que pudo con la sabana, y después de levantarse, se dirigió al baño, escuchando los improperios que él lanzaba en su nombre.

Cuando la puerta se cerró detrás de su espalda, apretó lo más fuerte que pudo los labios, reteniendo un grito, mientras apretaba, casi hasta el punto de romper, la sabana.

A todas les agrada

-. "¡Idiota!"- pero el idiota no era él, si no ella porque si se suponía que no debía importarle, ¿entonces por qué lo hacía?.


No comprendía por qué esa idiota estaba enojada con él. Era la primera mujer que se enojaba con él, después de tener sexo. Acaso, ¿había estado mal?. No, aquello era imposible, él lo sabía, además, los gemidos de ella se lo confirmaban.

Tratando de ignorar la molestia que ella le había provocado, se vistió, y salió de la habitación. Tenía tantas cosas en que pensar, y ahora Kikyo, le sumaba una más. Por qué, por un solo día, ella no podía comportarse como las otras mujeres que alguna vez pasaron por su vida. Mujeres que callaban y eran complacientes. Y, de ninguna de ellas había tenido quejas, de hecho, él era quien las despreciaba.

Se dirigió directamente a la cocina, en busca de la lacena donde Kaede, guardaba los licores que se encontraban en la casa, y que por suerte, el borracho ese no encontró.

Bebió, casi todo, el contenido de una botella, pero ni siquiera eso pudo calmar aquello que le había provocado Kikyo. Pero cuando uno de los hombres que trabajan para él, entro a la cocina, supo inmediatamente lo que si lo calmaría.

El cobro de esa deuda, lo relajaría.


Abrió los ojos cuando los golpes cesaron. Nuevamente reinaba el silencio, a pesar de aquella escena.

-Ella jamás te querrá –sonrió, a pesar de la sangre que salía de su boca -. Incluso a mí, que decía odiarme, llego a quererme… pero a ti jamás te querrá, su corazón solo le ha pertenecido a un solo hombre –a pesar de los nuevos moretones que tenía en su rostro, y salía sangre de su boca, sonreía. Pero no logro lo que esperaba, ya que Naraku, sonrió con burla, ante aquellas palabras, mientras vaciaba whisky en un vaso.

-Eso es lo que menos me interesa conseguir de Kikyo –cerró los ojos al beber del vaso. No, no hacía falta que ese bastardo se lo recordara, porque él lo sabía. Kikyo, jamás lo querría… ella siempre amaría al malnacido de Inuyasha. Pero a pesar de saberlo, aparecía aquella pequeña molestia, que detestaba… celos. Jamás envidio a nadie, pero Kikyo, hacía que envidiara a Inuyasha, porque poseía algo que él jamás tendría. El corazón de Kikyo.

Se levantó caminando lentamente hacia él. Llevaba el vaso del que bebía en la mano izquierda, y la botella que contenía whisky, en la derecha. Volviendo a hablar, cuando estuvo frente a él -. Incluso, provocándole asco, conseguí su cuerpo, algo que nadie más pudo, o podrá

Antes de que Bankotsu, pudiera responderle, lanzo la botella de whisky, a sus pies. Para después, pedirle a uno de los hombres que allí estaban, unas cerillas y un cigarrillo. Le entrego a éste, el vaso, mientras encendía el cigarrillo. Cerró los ojos, segundos antes de que el humo saliera de su boca. No acostumbraba fumar, pero en ese momento, necesitaba aquella pequeña niebla de placer. Aquella que desaparecería lentamente hasta volverse nada.

Todos los hombres, incluso Bankotsu, se quedaron observándolo sin comprender aquella escena, hasta que él abrió los ojos y, segundos después lanzo la cerrilla y el cigarro, donde antes, había lanzado la botella de whisky.

Gritos. Fuertes gritos de dolor salían de los labios de Bankotsu, quien se retorcía por el dolor, mientras las llamas, avanzaban como si tuvieran vida, devorando lenta y dolorosamente, su cuerpo.

Observaba aquella escena, mientras tomaba del vaso que segundos antes, había pedido. Aquellos gritos eran tan exquisitos… una perfecta melodía, que casi le hacía querer cerrar los ojos para solo concentrarse en ella. Cosa que hubiese hecho, si no fuera porque se perdería de tan magnífica obra de arte. Porque aquella escena, donde porciones de piel y cabello, caían al piso, o eran consumidas por el fuego, antes de que pudieran caer, mientras Bankotsu, se revolvía dolorosamente, era eso… una obra de arte.

Pero para sorpresa de todos, dio la orden de que apagaran el fuego, pero a pesar de la sorpresa, nadie vacilo en cumplir la orden. Dejando caer el cuerpo, ahora deforme de Bankotsu, quien a pesar de todo, aún seguía consiente.

Camino hasta el cuerpo desfigurado, que ahora yacía en el piso. Sonrió, al ver el sufrimiento en el ojo que aún le quedaba -. No te preocupes, no te matare –coloco su bota en el hombro de Bankotsu, el cual, como el resto de su cuerpo, había perdido toda la epidermis, y parte de la hipodermis, dejando ver algunos músculos. Un grito, que aunque le hacía desear apretar más fuerte, no podía, o no debía, si no quería que se desmayara -. Morirás lentamente, mientras los gusanos devoran lo que aún queda de ti, y tú, podrás observarlo

Él solo observaba extasiado, como Bankotsu trataba de removerse en su sitio, cuando observo su imagen de forme, en el espejo frente al que lo colocaron. Tratando de moverse, sin que funcionara, cuando las moscas empezaban a detenerse en él. Dolía, pero no podía hacer nada diferente a gritar. Si así, se podían llamar aquellos sonidos que eran tan diferentes a su voz, y aunque, eran horribles, para Naraku, eran semejantes e igual de exquisitos y relajantes, a cualquiera de las piezas que tocaba en el piano.

-Llegue a pensar que cumplirías su petición –dijo Byakuya, después de colocarse a su lado. En ese momento, solo quedaban ellos dos en la habitación, observando aquella escena.

Una risa de burla se escuchó provenir de él, antes de que bebiera todo el contenido de su vaso -. No recibo ordenes de nadie. Creí que después de tanto tiempo, eso te había quedado claro –no, jamás permitiría que alguien le dijera que hacer, ni si quiera ella. O, tal vez sí. Aunque, no quisiera reconocerlo, tal vez haría lo que ella le pidiera. Era patético, pero esos malditos sentimientos que poseía hacia ella, no le permitían hacer nada que le hiciera daño. Esa fue la razón por la cual no lo mato frente a ella, y le mintió. Pero él no podía y tampoco quería dejarlo con vida, porque así, como él jamás dejaría ir a Kikyo, sabía que Bankotsu, tampoco lo haría. Siempre buscaría la forma de que Kikyo estuviera con él, aunque, supiese a quien le pertenecía ella en realidad. Además, no podía soportar que otro hombre la deseara. Sabía que ella era muy hermosa, pero jamás podría soportar que otro hombre estuviera tan cerca de ella, y solo de pensarlo lo inervaba.


Cerró los ojos cuando la brisa y su propio cabello, empezaron a acariciar su rostro. Adoraba tanto esa sensación de libertad. Sensación que le confirmaba que haberse escapado de la hacienda había valido la pena, aunque cuando volviera, se llevaría la peor reprimenda de la historia, por salir a esa hora, y sin compañía femenina. Abrió los ojos, e inmediatamente diviso el punto que escogieron como meta

-¡Gane! –detuvo el caballo blanco, observando hacia atrás, distinguiendo entre la nube de polvo un caballo color café con manchas blancas, el cual llego segundos después.

-Fue casi un empate –se bajó del caballo, y aunque, sabía que ella podía bajarse sola, la agarro por la cintura, ayudándola a bajar, pero sin poder evitarlo, la sostuvo en el aire. Observando aquellos hermosos cabellos color fuego que danzaban en el aire, y esas dos grandes esmeraldas que parecían brillar, aún más, que el sol. Sin poder evitarlo, se perdió en aquella imagen.

No comprendía por qué Kouga, no había podido notar lo hermosa que era Ayame, si ella era perfecta. Si, aquella palabra era la indicada, ya que no existía ninguna otra, que pudiera describir lo que Ayame, era ante sus ojos.

-Puedo hacerlo sola –dijo con un pequeño puchero, sacándolo de su ensoñación.

-Lo sé, pero no quiero que por ninguna razón te lastimes. Sé que lo más probable es que no lo hagas, pero no quiero arriesgarme… jamás me lo perdonaría –la coloco en la hierba.

-¡Ahora mi premio!

Él sonrió, mientras amarraba los caballos en un árbol. Pero cuando giro, la sonrisa desapareció totalmente. Primero se puso totalmente pálido, antes de que su rostro en color compitiera con el color del cabello del de la chica. Ayame se había quitado el pantalón que llevaba, y ahora se disponía a quitarse la camisa.

Se giró -. L-Lo s-siento, y-yo… n-no…que-quería-a

-¿De qué hablas?, y ¿Por qué actúas así?

-E-Estas desnuda

-No lo estoy, deja de exagerar, y quítate la ropa –empezó a jalarle la chaqueta, junto con la camisa, logrando quitarle únicamente la chaqueta.

-¡Ayame, esto no está bien! –se giró con los ojos cerrados, y todavía visiblemente ruborizado -. No está bien que una señorita como tú haga esto. Debes cambiarte

-¿Por qué?, siempre nadaba con Inuyasha de esta forma

-¿¡Qué!? –abrió los ojos, pero inmediatamente los volvió a cerrar, y respiro profundo para calmarse -. Supongo que era cuando estabas pequeña, pero ahora no puedes hacerlo. Si se enteran que haces esto, creerán que no eres una señorita decente

-No me importa lo que piensen los demás –le coloco la chaqueta en una mano -. Aunque no me "desnude", ningún hombre querría casarse con alguien como yo… y ya eso no me importa

-Eso no es cierto –la cubrió con la chaqueta, y abrió los ojos -. Con tan solo verte una vez, bastaría para que un hombre quisiera casarse contigo… y cuando se percate que vale la pena ver una simple sonrisa tuya, juro que se enamoraría… cualquier hombre que te conozca te amaría –sonrió con esa expresión pacifica, que solo él, parecía poseer.

-Lindas palabras, pero creo que debes de dejar de ser tan condescendiente conmigo –coloco, detrás de sus orejas, los mechones de cabello que le cubrían el rostro -. Mírame –dio una vuelta, provocando que él sonriera, al no poder observar lo que ella quería mostrarle -. No fui criada para parecer una delicada flor… soy… simplemente yo. La chica que se siente más cómoda sin ese estúpido corsé… la chica que prefiere montar a caballo, antes de aprender el aburrido arte de bordar, y que posiblemente perdí mi virtud, por eso… creí que debería cambiar, pero ahora estoy completamente segura de que no debo hacerlo –lo miro a los ojos -. Dime Hojo, ¿qué hombre querría casarse conmigo? –él se quedó observándola sin saber que decir, o hacer. A ella no le importaba la respuesta, después de todo, era consciente de que su principal problema era su personalidad, ya que a los hombres les gustaban las mujeres sumisas, y ella jamás sería una. Además, de que no le interesaba que alguien quisiera casarse con ella.

Se giró, dispuesta a entrar al agua, pero un pequeño susurro en forma de su nombre, llamo su atención. Se giró nuevamente, sorprendida, hacia él -. ¿Qué dijiste? - cuando pudo distinguir perfectamente el rubor en las mejillas de él, se arrepintió de haber preguntado.

-Ayame, para mí sería un privilegio casarme contigo –sintió que debía detenerse, cuando ella lo miro, probablemente con la esperanza de que él se detuviera, o dijera que aquello no era cierto, pero no podía, su abuela viajaría en esos días para hablar con el abuelo de Ayame, y él no quería que las cosas se dieran de esa forma. Por esa razón, en ese momento decidió confesar lo que creyó jamás podría decir en voz alta -. Y-Yo te mentí, si sé que es el amor. Lo siento cuando te observo sonreír, o cuando te miro a los ojos, pero lamentablemente, estos gestos nunca han sido dirigidos hacia a mi… pero nunca me ha importado, porque siempre te he amado, y creía que serias feliz

Se quedó observándolo, sin saber que decir. No sabía cómo explicar lo que estaba sintiendo, jamás nadie le había dicho esa clase de cosas, y siempre creyó que la persona que se lo diría seria Kouga.

Estaba agradecida por aquellas palabras, pero no creía poder corresponder a los sentimientos de Hojo.

-Hojo…

La interrumpió al tomarla de las manos -. Sé que no correspondes a mis sentimientos, pero eso jamás me ha importado. Pero quiero creer que con el tiempo eso puede cambiar. Sé que no es el momento, o la forma en que me hubiese gustado preguntarlo, pero la pregunta ahora es, Ayame, ¿me concederías el privilegio de contraer nupcias conmigo?


-Creí que la llevarías contigo

-No es conveniente –pasaría mucho tiempo fuera de la isla, y aunque sería demasiado tiempo lejos de ella, estaría más segura en la isla que junto a él, porque su presencia podía arriesgar la vida de ambos -. Mientras no esté, todos te obedecerán únicamente a ti. Quiero que sigas buscando a Tsubaki, pero no la mates cuando la encuentres –guardo, unos papeles que tenía en la mano, en uno de los cajones del escritorio.

Byakuya, asintió ante la orden, e hizo una reverencia, con la intención de marcharse, pero la voz de Naraku, lo detuvo.

-La seguridad de ella dependerá de ti

-La protegeré con mi vida si es necesario –dio como terminada la conversación, y salió.

Se quedó observando por unos minutos hacia el jardín. Ella aún estaba enojada con él. Porque a diferencia de las anteriores ocasiones en que discutían, ella simplemente lo ignoraba, pero en esta ocasión, no solamente lo ignoraba, sino que además, si sus miradas se llegaban a cruzar, ella lo miraba con ¿odio?. Si, lo era, pero además había otra cosa que no podía identificar. Y, lo más frustrante, y molesto de todo, era que ya había pasado un día, y ella seguía actuando así. Suspiro de forma cansina, en unos días se iría, y no quería marcharse sin saber porque ella se comportaba así.

Miro el reloj, eran las tres de la tarde, y aun, para su desgracia le quedaban cosas por hacer. Se levantó dispuesto a realizarlas, después vería como saber qué demonios tenia Kikyo.


Parpadeo. Tenía que haber escuchado mal, ¿cierto?. Hojo, no podía estar pidiéndole lo que ella creía. Tal vez, simplemente había malinterpretado sus palabras. Si definitivamente era eso.

-No tienes por qué querer hacerme sentir bien, Hojo –sonrió, tratando de que él entendiera que se encontraba bien -. Creo que es hora…

-Todo lo que dije es cierto… jamás podría mentirte. Estoy enamorado de ti, y quiero que seas mi esposa. Si antes no me atreví a confesártelo, era porque respetaba tú compromiso con Kouga, pero sobre todo tú felicidad

-Hojo… -¿qué decir?. Hojo, era un hombre apuesto, sensible y amable, pero ella nunca lo había visto de esa forma. No quería lastimarlo con sus palabras, pero tampoco podía aceptar las de él -. L-Lo siento, yo…

-Como dije, sé que no correspondes a mis sentimientos –dijo interrumpiéndola, sabiendo de antemano lo que le diría-, pero si aceptaras darme una oportunidad, juro que cada día, hasta el último de mi vida te amare y te enamorare, porque para mí, será un privilegio estar contigo –beso sus manos antes de soltarla -. No tienes por qué responder ahora, estoy dispuesto a esperar. Tampoco quiero que te sientas presionada

Después de eso, decidieron volver a la hacienda, sumergidos en un completo silencio. Porque, por más que tratara de actuar normal, después de la confesión de Hojo, no podía.

-Eres libre de elegirme, o rechazarme, pero juro, que sin importar cuál sea tú elección, nada entre nosotros cambiara. Siempre seremos amigos, al menos que tú me pidas alejarme

Esas fueron sus palabras, antes de besar su mano, como siempre que se despedía, para después marcharse.


Levanto la mirada cuando el libro que permanecía en sus manos fue jalado. Miro con molestia a la mujer que tenía una clara expresión de aburrimiento. Había tratado de ignorarla, desde que ésta entro, sin su permiso, a su habitación.

-No entiendo por qué pierdes el tiempo en cosas tan aburridas –miro la portada del libro, pero al no comprender lo que estaba escrito, lo lanzo al piso.

-No puedo impedir que vengas a esta casa, pero si vuelves a…

-Si puedes, pero no quieres –se sentó en el sofá -. Si se lo pides, él lo impedirá

Se levantó, y recogió el libro, ignorándola. Lo que menos deseaba era hablar sobre él. Se sentó esta vez en la cama, dispuesta a leer, esta vez, sin ningún tipo de interrupción.

- ¡Estoy aburrida! –hizo un gesto exagerado, antes de acostarse en el sofá. Pero Kikyo, no le presto la más mínima atención -. Debes estar feliz... –no logro lo que esperaba, porque Kikyo, no despego la mirada del libro -. Sinceramente yo no lo estaría, los viajes de Naraku, son muy largos. A él no le importara… tendrá toda la diversión que desee, pero tú… -su voz sonaba realmente "afectada" -, siento pena por ti –miro de reojo, y una pequeña sonrisa se formó en sus labios. Al fin había logrado su cometido, llamar la atención de Kikyo.

No pudo evitar mirar a Yura, cuando menciono la palabra viaje y Naraku, en la misma oración. Cada palabra que ésta dijo, desde ese momento, las escucho con suma atención, e intrigada por dichos comentarios, esperaba pacientemente que Yura continuará, pero ésta, parecía no querer proseguir.

Cerró el libro. Y, cayendo, conscientemente, en el juego de Yura, dijo -. ¿Por qué deberías sentir pena por mí? –obviamente, se imaginaba a que se refería Yura, con la palabra diversión, pero estaba muy interesada, para su gusto, en aquella conversación. No, no era por qué él hubiese sido mencionado en dicha conversación, simplemente, tenía curiosidad. Curiosidad, que debía corregir.

-Porque si –dijo como si fuera lo más obvio, logrando que Kikyo frunciera el ceño. Pero antes de que la chica pudiera decir algo, ella nuevamente hablo -. ¿No lo sabes?, creí que te lo había informado –dijo con fingida inocencia -. Pero no te preocupes, para eso están las amigas –se sentó nuevamente en el sofá -. Según lo que alcance a escuchar, Naraku, se va a un viaje largo, pero no te preocupes, tú no irás

Se levantó en un impulso, dispuesta a salir de la habitación, pero cuando llego a la puerta, y se percató de lo que haría, se detuvo, ruborizándose por aquel arrebato.

Impulsos. Jamás se había dejado llevar por ellos, pero últimamente, éstos parecían dominarla, más específicamente, si lo que haría tenía que ver con él.

-¿Adónde ibas? –aquel tono de burla, que la caracterizaba, podía identificarse claramente.

-Estoy aburrida de estar encerrada –abrió la puerta -. Dijiste que también lo estabas –Yura, pareció estar complacida con la respuesta, porque sin agregar más, se levantó -. ¿Cómo saldremos? –estaba segura de que ninguno de aquellos hombres las dejarían salir.

-No eres una prisionera –dijo con una pequeña sonrisa, mientras la jalaba por los pasillos -. Tu guardián nos ayudara

¿Cómo había terminado allí?. Estaba segura, de que Byakuya, también se hacia la misma pregunta. Solo había que ver su expresión, mientras cargaba aquellos vestidos, siguiendo a Yura.

-¿Por qué no te has medido los vestidos que te he escogido? - miro hacia la chica que traía más vestidos en sus manos -. ¿Quieres regresar?

No respondió, simplemente agarro un vestido al azar, dirigiéndose a la zona de vestieres, donde la ayudo una mujer de mediana edad. No era que le agradara sentirse una muñeca, que le pertenecía a Yura, pero al menos, las ocurrencias de aquella chica la ayudaban a olvidar las tonterías que se colaban en su cabeza.

-Me equivoque, ese modelo es para una anciana –agarro uno de los vestidos que llevaba en los brazos, y se lo entrego -. Estoy segura de que este te quedara perfecto

Pero antes de que pudiera dirigirse al vestier, escucho unas voces que reconoció, por lo menos, la voz del hombre. Se giró hacia donde provenían.

Agarrada del brazo, de quien se suponía era, su esposo, venia aquella mujer que conoció en la fiesta donde fue con Yura y él. La señora Kirishima, la cual, parecía venir a gusto, a juzgar por su expresión.

-Siempre tienes una excusa para…

Se calló cuando se percató de la presencia de las chicas, y casi inmediatamente, se cubrió la mitad de su rostro con un abanico, tratando de ocultar, unas no muy disimuladas, risas. Él, si se sorprendió por la presencia de ella allí, no lo demostró.

-Es… hermoso el modelo –dijo finalmente, descubriendo su rostro -. Creo que este tipo de modelos va con tu personalidad –se giró hacia él -. ¿Me acompañaras a cenar?

-Sera un placer –beso la mano de la mujer, que después de unos segundos, se marchó en un carruaje que la esperaba. Él se giró hacia ella, y después de fruncir el ceño se marchó, por donde antes había venido, siendo seguido por Byakuya.

- Si no te agradaba ese modelo no debiste romperlo -miro hacia la chica que sonreía. Miro la dirección en que ésta miraba, percatándose, de que efectivamente, había roto el vestido que tenía en las manos -. Suerte que eres la esposa del dueño

Después de unos minutos Byakuya, volvió, informándoles que se debían marchar, cosa que seguramente Yura, agradecía, porque si consideraba a Kikyo aburrida, desde hace unos minutos, la consideraba un poco insoportable. Pero a pesar del mal genio de la chica, le parecía divertido lo que estaba sucediendo.


Pronto seria la hora de cenar, y él aún no había llegado. Pero ella sabía cuál era la razón. Estaba con aquella mujer, y aunque no le agradaba reconocerlo, eso le molestaba.

Después de bañarse, buscando relajarse, se acostó, tratando de no pensar en nada, incluso, cerró los ojos con la intención de dormirse. Pero minutos después, cuando al fin estaba casi dormida, unos pasos y la puerta abriéndose, hicieron que los abriera nuevamente. Escucho unas voces, antes de que la puerta se cerrara bruscamente. Escucho pasos alejarse, y la puerta nuevamente se abrió.

-Si vas a descansar, y sobre todo de esa forma, infórmale a Kaede

Cerró los ojos varias veces, hasta que pudo enfocarlo. Otra vez parecía estar enojado. Miro su cuerpo, recordando que estaba durmiendo en ropa interior, por lo cual se cubrió con una sábana.

-Casi que esos idiotas te ven así

-Y, ¿eso sería terrible? –tenía que reconocer que le producía un poco de gracia la forma en que él, estaba hablando, y al parecer, lo hacía de forma inconsciente. Tal vez burlarse un poco, no estaría mal.

-Para ellos si… cualquier hombre, diferente a mí, que te vea de esa forma, no viviría para contarlo

Sabía que lo que él decía era cierto. Sus ojos tenían el mismo brillo que el día que golpeaba a Bankotsu. Brillo que aumentaba, aún más, a medida que aumentaba la sangre.

Giro su rostro aun lado, a pesar de lo escalofriante que sonaban esas palabras, a ella la ruborizaron -. Creí que no vendrías esta noche

-¿Querías que no lo hiciera? –sabía perfectamente a que se refería.

La pregunta hizo que ella girara hacia él -. No puedo evitar que aceptes, o rechaces invitaciones

Se acercó hacia ella, e intento besarla, pero ella aparto el rostro, provocando que el sonriera. Porque a pesar de que lo había rechazado, los pequeños temblores en el cuerpo de ella, le indicaba que era diferente a las otras veces.

Se quitó las botas, y antes de que ella pudiera reaccionar, coloco una de sus rodillas ente las piernas de ella, y tomándola por las muñecas, la hizo caer sobre la cama, y muy cerca a sus labios, le dijo -. A pesar de tu intelecto, ignoras muchas cosas…-sonrió de lado, mostrándole aquella sonrisa, que solo él parecía saber hacer -, y esta noche, voy a enseñarte algunas de ellas


-Inuyasha –obtuvo la misma respuesta que había obtenido desde que llego a la hacienda -. Inu, creo que ya pague por mi error, aunque creo que es injusto que mi padrino me prohíba salir, incluso contigo, por una semana, lo acepto, pero por favor podrías dejar de aplicarme la ley del hielo –dijo en un hilo de voz, como si estuviera a punto de llorar, pero el aludido siguió ignorándola -. Sé que no debo hacer ese tipo de cosas, y menos sola, pero a veces no puedo evitarlo

-No te ayudare a que te levanten el castigo

-No se trata de eso –dijo indignada. La verdad, era que no le agradaba que Inuyasha la ignorara, cosa que siempre hacia cuando ella los metía en problemas. Y, respecto al castigo, no lo necesitaba, tenía muchos trucos bajo la manga, si le provocaba salir -. Inu, necesito comentarte algo que me tiene confundida

Dejo de acomodarse las vestimentas, y se giró hacia ella. Escuchando todo lo que tenía que decirle, mientras ella le ayudaba a arreglarse.

-Conozco a Hojo, y puedo asegurarte que lo que dice es cierto

-Lo sé –bajo la mirada ruborizada.

-Creo que debiste pedirle un consejo a mi padre, él es mejor que yo expresándose –la chica suspiro, dándole la razón -. Pero… -ella levanto la mirada -, una vez escuche una frase, de que es mejor estar con la persona que te amé verdaderamente, a la que tu ames, porque la primera pasara todos los días de su vida tratando de enamorarte, mientras la segunda persona, al no verlo necesario, no buscara que lo ames

-¿Crees que debo aceptar a Hojo?

-No, lo que creo es que debes olvidar a esa segunda persona, y estar con quien de verdad pienses que puede completar tu felicidad. La decisión es tuya –le revolvió el cabello -. Sé qué harás lo correcto


No lo había buscado. O, rogado como él se lo había dicho. Pero entonces, ¿porque sentía como si lo hubiese hecho?. Ella lo deseaba, y su cuerpo lo esperaba, como si llevaran una eternidad sin tocarse. En ese momento se preguntó cuándo se había vuelto adicta a algo que debería estar prohibido. Porque todas aquellas sensaciones que él le provocaba, y lo que en esos momentos le estaba haciendo, debían estar prohibidas incluso en lo más profundo del infierno. O, eso le había enseñado su abuela.

Apretó con fuerza los cabellos, azabaches, que mantenía entre sus dedos, y que sobresalían de la cabeza que estaba entre sus piernas -. E-Espe… ¡aaaah! –con una de sus manos, cubrió su rostro, mientras trataba de cerrar las piernas, pero él, cual serpiente, se deslizo sobre su cuerpo, quedando sobre ella, y entre sus piernas, quedando piel contra piel.

Aparto con delicadeza el brazo, percatándose de que tenía los ojos, fuertemente, cerrados. Tenía que reconocerlo. Cada reacción que ella tenía le encantaba. Todo en ella le gustaba y excitaba, desde esa actitud fría e indiferente, hasta aquellos actos inconscientes de inocencia.

Roso sus labios contra los de ella, mientras bajaba suavemente sus manos por cada uno de los costados de ella.

-Eres mía –susurro sobre sus labios, provocando que ella abriera los ojos -. Solo mía –ya no le importaba decirlo en voz alta, porque era verdad, y a ella tenía que quedarle completamente claro eso.

Profundizo el beso cuando sus manos llegaron a sus muslos, pegando el cuerpo de ella más al de él. Quería fundirse nuevamente con ella, sin importar que no se lo pidiera. Un pequeño gemido de ella, fue ahogado entre el beso, cuando él, de un solo movimiento, los unió.

Se separó un poco de ella. Tenía los ojos entreabiertos, y el rostro tan rojo, que parecía que la sangre corriera sobre su piel. Le gusto tanto aquella imagen, que no pudo evitar moverse un poco, provocando en ella, una expresión que lo excitó más.

Pero lo poco que podía observar de ella no le bastaba, quería observar claramente cada expresión de su rostro y, cada contracción y relajación de su cuerpo. Por lo cual, giro sobre él, dejándola en su regazo.

Unió sus labios, en un beso que parecía tocar sus almas. La de ella era pura, pero la de él, era un alma maldita y podrida. Porque ella era luz y él oscuridad. Eran tan diferentes. Dos opuestos, que en ese momento se unían, convirtiéndose en una sola entidad.

Bajo sus manos, por los costados del cuerpo de ella, hasta llegar a sus caderas. Deslizando ahora su beso, lentamente hasta el cuello de ella, provocando que se doblara hacia atrás, logrando una posición, que ni ella sabía que podía realizar, dándole toda la distancia que él necesitaba para acceder, con mayor comodidad, a su pecho.

Una pequeña mordida debajo de su seno izquierdo, justo en el sitio donde se encontraban dos lunares, adornando su pálida piel, la hizo gemir, pero no por dolor, ya que ni siquiera lo sintió.

Cuando dejo de sentir, el cálido tacto, de los labios de él, en su piel, abrió los ojos. Él se había acostado, sin que ella se percatara, y ahora recorría su cuerpo, pero con la mirada. En reflejo se cubrió, e intento bajarse, pero él no se lo permitió. Él frunció el ceño, cuando ella le aparto la mirada.

-¿Hice…? -sabía que no podía ser eso. Estaba seguro de que no lo era, pero necesitaba saber que le estaba sucediendo -. ¿Hice algo que no te agrado? –subió una mano hasta la mejilla de ella, acariciándola -. Puedes decirlo… ¿es la posición? –pudo observar, para su deleite, como el rostro de ella parecía empezar a brotar sangre.

-N-No me agrada… así –no sabía de donde había sacado fuerzas para hablar, cosa que no sabía si agradecer u odiar, por lo que había respondido, y el tono que había utilizado. Una de las razones era por sentirse expuesta, y la otra, era porque en esa posición, lo había visto con ella. Esa mujer seguramente lo hacía… la mano que antes acariciaba su mejilla, y que ahora bajaba por su cuerpo, la saco de sus pensamientos.

-¿Por qué?

Cerró los ojos, cuando unos dedos, empezaron a jugar alrededor de su ombligo -. E-Es vergonzoso –respondió sin pensarlo.

-¿Por qué? –ella intento hablar, pero él sonrió con malicia, antes de moverle las cadera, provocando que un fuerte gemido, involuntario, escapara de sus labios -. Eres MI mujer, no deberías sentirla

Sin decir más, guío, con sus manos, el cuerpo de ella, en cada movimiento de subida y bajada, o de vaivén, mientras se miraban directamente a los ojos. Observando en ello, lo que cada uno sentía, pero no era capaces de pronunciar.

No hubo más palabras, y tampoco fueron necesarias, porque nuevamente lo sintieron. No eran sus cuerpos los únicos que se unían, sus almas en esos momentos, estaban seguros, se unían en una sola.


Observó todo por la ventana, y aunque sabía que su padrino se lo había prohibido, en ese momento estaba tan aburrida, que decidió salir por la cocina, logrando alcanzar a Hojo, cuando éste, ya se había subido en el caballo, dispuesto a irse. Por lo cual, se interpuso en el camino del caballo, para que Hojo, se percatara de su presencia.

Se lanzó del caballo, cuando Ayame cayó hacia atrás, tratando de evitar que el caballo la golpeara -. ¿Estás bien? –él parecía preocupado, a diferencia de ella, que parecía divertirse con la situación.

-No te preocupes, estoy totalmente protegida –palmeo la parte inferior de su vestido.

-Lo siento

-No me sucedió nada… relájate –agarro la mano que él le ofrecía.

-No por eso… -bajo la mirada -. Por incomodarte con mi confesión. No es necesario que termines nuestra amistad por eso… pero respetare tu decisión

-Eres un poco dramático –levanto la mirada, cuando ella le palmeo el hombro -. Tú lo dijiste, nada arruinara nuestra amistad

-Pero la señora…

-No tenía permiso de salir, y ahora estoy castigada

-¿Castigada?

Sonrió -. Sí, pero ya me aburrí –bajo la mirada, para después subirla lentamente, mostrando aquellas dos esmeraldas brillosas. Eso jamás fallaba -. Me llevas a pasear… por favor

-No creo que debamos…-no sonaba convencido sobre lo que decía -, el señor Inu no…

-Por favor, mi padrino, incluso me prohibió salir de la casa –coloco una expresión exagerada de circunstancia -. Estoy tan sola, que puedo morir, y mi cuerpo jamás seria encontrado. Si regresamos antes del almuerzo, nadie se enterara

Suspiro, definitivamente a ella no podía negarle nada. La ayudo a subir en el caballo, delante de él, y se marcharon sin tener una dirección determinada. Mientras estuviera con ella, no le importaba porque senderos lo llevara el destino.


Se observaban mutuamente. Acariciándose únicamente con la mirada. Sus respiraciones aún estaban agitadas, y no salían todavía de aquella nube de placer. A pesar de eso, sentían la necesidad de fundirse nuevamente, pero ninguno de los dos se atrevía a dejar de hacer lo que hacía… acariciar simplemente sus almas.

-Te odio… eso es lo que siento –no sabía si eran los resquicios del orgasmo, pero las palabras fluían normalmente -, porque me haces sentir cosas que no deseo, y desear cosas que no quiero

-¿Es una declaración de amor eterno? - por primera vez desde que la conocía, la vio sonreír de esa forma. Una sonrisa que tenía una perfecta y adorable mezcla, a su parecer, de sarcasmo e inocencia. En ese momento se dio cuenta de que era cierto... las sonrisas eran hermosas, pero estaba seguro que como la de ella no había ninguna otra. Como Kikyo, jamás habría otra mujer.

Sonrió. No era una sonrisa que auguraba un horrible destino. Era una sonrisa, que estaba segura, solamente ella había visto… una sonrisa cálida.

La caricia en su mejilla, la devolvió a la realidad, después de haberse perdido en aquella sonrisa -. ¿Amor?... ¿crees que alguien como yo puede sentir eso?

Coloco su mano sobre la de él, deteniéndola en un solo punto de su mejilla -. No quiero saber la respuesta a eso

-La sabes, pero no te atreves a repetirla –retiro la mano de la mejilla de ella -. "Tenías razón, soy un hombre normalsolamente cuando estoy contigo". No confió en nadie… si tú llegaras a traicionarme, lo pagarías con tu vida –a pesar de asegurarlo, no estaba seguro si, llegado el momento, podría hacerlo.

-¿Quieres ahora, un acuerdo de lealtad? –dijo nuevamente con aquella sonrisa, a pesar de lo que él había dicho. Sabía que existían cosas que ninguno de los dos diría en voz alta, pero él se las confesaba implícitamente. O, en ese momento, eso era lo que quería creer… sinceramente, en ese momento, no le importaba cuál de las dos opciones era real o no.

Él sonrió con arrogancia -. No tengo dueña. Eso debe quedarte claro… al igual, que eres única y completamente mía –le acaricio la nariz, provocando que ella la frunciera.

-Yo tampoco lo tengo

Las palabras de ella sonaron tan convincentes, que él se enojó. Y, lo reflejo en su rostro. Antes de subir sobre ella -. ¿Eso es lo que quieres? –roso sus labios con los de ella, y subió la mano de ella hasta su pecho, posándola justo en el lugar donde se encontraba su propio corazón -. ¿Quieres que te sea fiel?

-Dijiste que no necesito pedir absolutamente nada

Ante su respuesta él sonrió, y sello sus labios en un beso. Percatándose de otra cosa… jamás podría aburrirse de eso.


Sentía los parpados tan pesados, que se planteó la posibilidad de quedarse con los ojos cerrados. Pero el deseo de ver algo diferente a la oscuridad en la que sentía había estado sumido por una eternidad, los hizo abrirlos. Pero todo a su alrededor lo veía borroso.

No sabía cuánto tiempo había dormido, pero algo le decía que lo había hecho por un largo tiempo. Pero a pesar de eso, se sentía muy cansado, como si no hubiese dormido en años.

-¡Despertó! –escucho una voz lejana e intento abrir los ojos aún más, pero la luz le molestaba -. ¡ El joven ha despertado! –la sombra que había visto a su lado, y de la cual parecía provenir la voz, intento alejarse, pero con las pocas fuerzas que tenía, la detuvo por un brazo. Cerró los ojos fuertemente, y cuando los abrió pudo ver, con más claridad, el rostro de una mujer de mediana edad.

-¿Dónde estoy? –intento levantarse, pero su costado le dolió.

- Aun está abierta la herida –dijo mientras lo ayudaba a acostarse nuevamente –. Estamos en Tokio

¿Tokio?, pero si su destino no era ese. Se suponía que el iría al Sengoku. Entonces ¿por qué estaba en ese lugar?. Cerró los ojos, tratando de recordar lo que había sucedido. Pero solo podía recordar algunos fragmentos -. ¿Cómo… llegue aquí?

-Hubo una tormenta, y al día siguiente los encontramos en la playa. Usted duro muchos días inconscientes. A veces parecía despertar, pero casi inmediatamente se cerraban sus ojos. La hierbatera no podía calmar en ocasiones la fiebre, creíamos que… moriría, como el hombre que encontramos con usted

-¿Cuanto a pasado?

-Tres semanas

No pudo evitar tratar de levantarse, al escuchar el tiempo que llevaba allí. Todos debían creer que había muerto. Tenía que marcharse inmediatamente. Pero cuando intento levantarse, sintió más dolor que antes.

-¡Maldición! –golpeo con una de sus manos la cama. Se sentía cansado, adolorido y frustrado.

-Tiene que calmarse joven… -la mujer se quedó en silencio, recordando que no sabía su nombre -. ¿Recuerda cómo se llama?

-Kouga –respiro profundo, intentando que el dolor disminuyera un poco -. Mi nombre es Kouga Ookami

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Hola. He tardado un poco, porque he estado ocupada –estudio toda la mañana, y la mitad de la tarde… deberes-.

Quiero aclarar un punto: Inuyasha, al principio –cuando viajo-, se alejó de Kagome porque se sentía culpable, y merecía sufrir, además, de creer que Kag, con Kouga, sería feliz. Las cosas que hace no es porque deje de ser "cabezotas" o no ame a Kag –ya se dio cuenta que lo hace-, simplemente, la culpa, en muchas ocasiones reprime. En este capítulo, él dice que no pueden estar juntos por la ley –la historia transcurre en 1830-, antes, si una mujer se casaba embarazada, o tenía un hijo que no era biológicamente del esposo, la ley lo reconocería como hijo del esposo. Por esa razón, la abuela de Kouga, no permitiría que la unión se llevara a cabo –las mujeres no podían "valerse por sí solas", porque la descendencia Ookami, moriría con Kouga, y el bebe sería un Taisho –como en el caso de Naraku, que legalmente seria hijo de Inu no-. También, generalmente la familia del muerto, le quitaba el niño a la madre para ellos criarlo "como debía ser". Además, de que la unión por primogénitos no se podría llevar a cabo –los herederos de cada familia serian hermanos-. Y sumado a todo eso, el embarazo de Kagome, es de alto riesgo.

Levirato: Cuando una mujer quedaba viuda, y no tuvo hijos con el difunto, para que los bienes no "se perdieran", ella tenía que casarse –obligatoriamente- con un hermano, o familiar más cercano del difunto, siendo el hijo mayor de la nueva unión el heredero del difunto. En algunas regiones aún se practica.

Kurohige – Barbanegra en japonés-: Había muerto unos años antes al tiempo en que se desarrolla la historia, pero siempre me ha llamado la atención y no pude resistirme

* Gabriel García Márquez: "El amor en los tiempos del cólera".Me gustó tanto la frase, que tuve que reestructurar, pero creo que vale la pena leerla –y bueno, si no saben, soy Colombiana 3-. Si la identificaron antes, ¡felicidades!.

Margot (Hola… espero que estés feliz, tus deseos hacia Bankotsu se cumplieron jjaaaj. ¿Solo cosas malas?... bueno, Naraku, es una cosita mala, pero vale la pena soportarlo u/u. Sí, todo era por el bebe, ya que el embarazo es de alto riesgo. Ayame…otra de mis chicas… espero te siga agradando. Ya solo uno…. Espero este capítulo también sea de tu agrado –aunque creo que odiaras la escena final-. Saludos)

Kyori Deemo (¡Hola! Yo me ruborizo al leerlo jjaj. Sí, es un buen chico con una terrible indecisión. No me ofende, pero si abochorna –mi imaginación ya no es tan pura jaj- Gracias, pensare en ser escritora erótica (?)… jjaajja pervertida a los extremos… serias Miroku jjaaj. Posdata: Me emocione jajja. Como no sé qué genero te gusta, habrá un poquito de todo lo que me gusta–si has leído alguno, solo sigue-: Drácula de Bram Stoker, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde –ya lo he mencionado varias veces, pero me gusta mucho-, Ensayo sobre la ceguera de José Samarago, Frankenstein de Mary Shelly… novelas de Stephen King –género de terror-, La ladrona de libros de Markus Zusak, El diablo en la botella, y el Extraño caso del doctor Jeckyll y míster Hyde de Robert Stevenson, El túnel –no recuerdo el autor ahora-, novelas y cuentos cortos de Gabriel García Márquez –especialmente mis dos favoritas de él: Crónicas de una muerte anunciada y cien años de soledad-… La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, El extranjero de Albert Camus, El matadero de Esteban Echeverria, Marianela de Benito Pérez Galdós, El perfume: historia de un asesino de Patrick Süskind, Pepita Jimenez de Juan Valera, La metamorfosis de Franz Kafka, Rebelión en la granja y 1984 de George Orwell, Cuentos de Edgar Allan Poe –género de terror… el mejor genero de ficción-, Sociedad Líquida y Amor liquido de Zygmunt Bauman, de Friedrich Nietzche, la mitología griega según Hesíodo –lo leí cuando tenía siete, y me di cuenta que amaba leer… creo que ya dije que es una de mis mitologías favoritas-, de Homero, Popol vuh …Creo que me emocione –cuando se trata de libros…-, lo siento, como no quiero ser intensa, me detengo jjajja. Como no sé qué te gusta leer, coloque ficción-la ficción es entretenida, sobre todo los clásicos- y algunos no ficción. Si leíste alguno, espero te haya agradado, si no, espero te agrade alguno. Saludos…perdona la intensidad)

Rijeayko (¡Hola!¿Por qué?... creo que iniciaste –le´í tu rev.- en el anterior capitulo… por la historia de Ayame, si, por eso te encanta –o, ¿me equivoco?-. Está ambientada en el 1830, en el primer capítulo lo coloque. Pero, a pesar de mencionar a Tokio, las vestimentas y costumbres son europeas. Es que me gusta mucho esa época –excepto por el machismo que era peor,- y quería moría por escribir algo ambientado en ésta, aunque es más difícil mantener algunos detallitos…Saludos)

Erza (Hola jjaaj…bueno… a mí no me puedes torturar –ríe nerviosamente, mientras se limpia el sudor de la frente-… no se ni que estaba pensando cuando escribí esa escena-tenia dudas-, pero quedo, y a varias les gusto. Igual pasa con los títulos, solo llegan –mi loca imaginación, suerte que generalmente quedan xd…creo que antes de que eliminara la historia, preguntaste sobre eso-… saludos)

773 (Gracias, al principio era un poco difícil, porque hay que poner los dos puntos de vista, pero tratando de que se entrelacen y lleven lógica entre ellos. La narración "espejo", creo que da un toque de misterio a las historias, pero al lector, a veces le deja huecos, por lo cual algunos escritores aficionados, hacen un capitulo con el punto de vista de un personaje, y el siguiente con el punto de vista del otro personaje, eso, a mi parecer, retrasa la historia. Estoy escribiendo una "espejo", pero para otra página, porque el libro original es narrado desde el punto de vista del protagonista, pero yo narrare desde el punto de vista de mi personaje favorito… es un capricho, porque quería que el protagonista quedara con mi personaje favorita jjaajja… saludos)

Gabrielle Kravinoff

26/08/17