Capítulo XVI: Me entregó su corazón
Observo a los dos lados del pasillo, segundos antes de levantarse el vestido, y correr en dirección a su habitación. Cerró la puerta detrás de su espalda, recostándose en ésta, cuando por fin entro en su habitación. Sonrió. Lo había logrado. Nadie en la hacienda se había percatado de su ausencia.
Miro las flores que llevaba en las manos, e inconscientemente sonrió. Iris azules… sus favoritas. Y, él a pesar del tiempo, aun no lo había olvidado. Tal vez debería…
-Debo suponer que te divertiste
Las flores cayeron de sus manos, al escuchar la voz. Pero inmediatamente la reconoció se relajó, segundos antes de enojarse -. ¡No vuelvas a hacer eso, Inuyasha! –dijo -. ¡Puedes matarme! –recogió las flores, caminando hacia la cama, donde las coloco sobre las sabanas beis.
Él aun llevaba el uniforme, y miraba por la ventana como si estuviera observando algo muy interesante a través de ésta-. Estuve a punto de bajar, pero… -se giró hacia ella -, estoy seguro de que Hojo, jamás te faltaría al respeto, aunque estuviesen solos –ella hizo un movimiento afirmativo con la cabeza -. Además, de que te enseñe a defenderte muy bien. Pero recuerdo perfectamente que no tenías permiso de salir.
-Estaba aburrida –dijo como si fuera una niña pequeña -. Hojo, no tuvo la culpa, yo…
-Lo sé –dijo interrumpiéndola -. Creo conocerte lo suficiente.
-¿Se lo dirás a mi padrino? –pregunto en un hilo de voz, como si fuese a llorar.
Él suspiro cansinamente -. Sabes que no lo haré -ella sonrió-. Pero la próxima vez podrías decirme que piensas salir –ella asintió, a pesar de que sabía que tal vez no cumpliría esa petición.
-¿Inuyasha?
-¿Si?
-¿Te encuentras bien?
Se desconcertó un poco por la pregunta, pero casi inmediatamente sonrió, tratando de aparentar que nada había pasado, y respondió un simple "Si". Confiaba en ella pero nunca había sido bueno hablando sobre ese tipo de cosas. Además, de que Kouga estaba directamente involucrado.
-Tus ojos… -sonrió. Cuando él estuviera preparado le contaría -. Tal vez solo son ideas mías –dijo, tratando de fingir que lo que anteriormente pensaba decir, no tenía importancia.
-Ya tengo que irme… espero te portes bien –se acercó a ella, y le revolvió el cabello, como solía hacerlo desde que ella era pequeña. Camino hasta la puerta, pero antes de abrirla, se giró hacia ella, y dijo de forma seria -. A pesar de todo, no me agrada que salgas a solas con él
-Pero acabas de decir…
-Espero que no vuelva a repetirse, o tendré que hablar con Hojo –salió de la habitación sin darle tiempo a ella, de decir algo.
Se lanzó boca abajo en la cama. ¿Por qué, si la vida quería darle un hermano, tenía que ser alguien tan celoso como Inuyasha?. Bueno, por lo menos agradecía que al final decidió no intervenir. Hubiese sido muy bochornoso que, mientras lo sostenía por el cuello de la camisa, amenazara a Hojo, por salir a pasear con ella.
Abrió los ojos, y miro las flores que había colocado sobre las almohadas, sonriendo sin poder evitarlo. Tal vez darle una oportunidad a Hojo, no era tan mala idea.
Un pequeño ruido hizo que sus ojos se abrieran, buscando, de forma perezosa, la procedencia de éste. Pudo identificar una figura, que cargaba lo que parecía ser una caja.
-Lo siento –identifico la voz como la de la anciana Kaede, por lo cual cerró los ojos y los abrió, para enfocarla mejor -. Pero interferían la entrada
-¿Qué contienen? –se sentó en la cama, observando las cajas moradas. Una que llevaba la anciana, y cuatro que estaban en el piso, frente al armario.
-Vestidos –dijo -. Hitomi, los trajo ayer en la noche. Los debió escoger personalmente para ti –dijo con una sonrisa -. Pero no entiendo por qué esos hombres los dejaron frente a la puerta
Casi que esos idiotas te ven así.
Así que por eso había dicho eso. Una pequeña, y casi imperceptible, sonrisa se formó en sus labios. Él nuevamente le había hecho un regalo. Y, eso le agradaba, porque tal vez ella le importaba…un poco.
-¿Dónde está?
-Vino a buscarlo… uno de esos hombres –dijo sin saber claramente cómo debía llamarlos cuando estuviera con la chica. Aunque suponía que ella ya se había percatado de quienes eran esos hombres.
Ella frunció el ceño, sabía a qué hombres se refería la anciana, pero aun tenia algunas dudas. Quiso en ese momento aclararlas, pero la anciana dio por terminado el tema, cambiando de conversación.
-Deberías abrigarte antes de desayunar
Ante aquel comentario, recordó todo lo que había sucedido la noche anterior. Y, se cubrió inmediatamente al recordar que estaba completamente desnuda. Dejando ver todo su cuerpo hasta la cadera, cuando se sentó. Miro hacia un lado, tratando de que la anciana no viera el rubor que había aparecido en su rostro.
-No tienes porque avergonzarte, eso es natural –dijo con una pequeña sonrisa -. Toma esto antes de desayunar
Miro a la anciana, quien le tendía una taza, con lo que parecía ser un té. Era de color naranja claro y tenía un olor un poco extraño -. ¿Qué es?
-Es una infusión de semillas de zanahoria salvaje –dijo -. Debes tomarla. Hitomi, me pidió que te trajera la infusión más eficaz que supiera preparar
-¿Para qué es utilizada? –pregunto con curiosidad.
-Bueno… - dijo un poco incomoda, al no saber cómo reaccionaría la chica al saber que él no quería tener hijos bajo ninguna circunstancia -, esta infusión es utilizada para evitar que… -se aclaró la garganta, como si tratara de expulsar de ésta, algo que se negaba a salir -, se forme un bebe, después de… ya sabes
Se quedó observando por algunos segundos a la anciana, y después observo, nuevamente, aquella sustancia. Jamás había pensado en si quería tener hijos, o no. De hecho, jamás había pensado en estar con un hombre, hasta que conoció a Inuyasha, y le demostró que ella podía ser tratada de forma diferente a una mercancía… que ella podía ser una mujer normal. Pero ahora, en ese preciso momento, no sabía qué hacer. Era claro que él no quería tener hijos, después de todo le había pedido a la anciana que le prepara ese té. Pero ella, ¿quería tener hijos… con él?. No. Ella no quería tener hijos con alguien que no la amaba, y que ella… no amaba.
Su mano empezó a temblar ligeramente, al mismo tiempo que algo parecía impedirle respirar. No comprendía lo que le sucedía, pero ella…
-¿Kikyo? –miro a la anciana -. Si quieres…
-No te preocupes. Es lo correcto, ¿cierto? –la pregunta no era para la anciana, si no para ella. Agarro la taza, y bebió aquel líquido amargo. Ella no quería tener hijos… que la odiarán, como él odiaba a sus padres. No podría soportar tener un hijo que fuera incapaz de quererla, y que Naraku, la odiara por eso. Porque los hijos eran la muestra más pura de amor entre dos personas, y él le estaba dejando en claro que no la amaba -. "No quiere que nada pueda unirlo a mi" –cerró los ojos, cuando aquella sensación de no poder respirar, empezó a invadirla nuevamente.
-Se me olvidaba –dijo la anciana cuando ella termino el té, provocando que abriera los ojos -. Tu familia necesita que vayas a la hacienda Ookami. Dicen que es importante
Le entrego la taza a la anciana, quien salió de la habitación.
Dio un suspiro cansino. Debía ser importante para que aquella mujer exigiera su presencia. Desayuno, y se arregló. Posteriormente, salió acompañada por Byakuya, quien a pesar de mostrase un poco dudoso sobre dejarla salir, no se negó.
Cuando llego a la hacienda, encontró a la viuda de su padre, abuela y una mujer mayor, que fue presentada como la abuela de Kouga, tomando el té. Su abuela le explico lo que estaba sucediendo.
Tenía que reconocer que le había sorprendido lo que estaba sucediendo. Tanto que incluso se reflejó en su rostro. O, eso fue lo que dedujo al observar las expresiones de las mujeres que la acompañaban. Pero en ese momento no le dio importancia, simplemente pidió que la llevaran con su hermana.
La encontró observando por la ventana, tal vez imaginando que caminaba allá afuera. Se quedó observándola. Tenía el cabello suelto, un blusón azul oscuro, y sus pies estaban descalzos. Pero lo que más le llamo la atención, fue su tez pálida, igual a la suya, a pesar de que la piel de Kagome siempre había sido un poco más oscura que la suya.
-¿Podemos salir? –dijo a pesar de que no la observaba. Aun no comprendía la razón, pero ambas podían sentir la presencia de la otra. Kagome, opinaba que eso se debía a que eran gemelas, pero ella desde los siete años sabía que esa no era la razón.
-Sabes que no podemos
Giro hacia Kikyo -. ¿Desde cuando haces lo que los demás dicen?
-No lo hago –dijo -. Pero salir contigo, sería irresponsable de mi parte
-Esto no es una enfermedad –dijo de forma cansada. No entendía por qué la trataban de esa forma, y a pesar de que preguntaba, jamás le respondían -. ¿Hay algo malo en mí?, eso es
-Supongo que el medico hablo contigo, no veo que más podría decirte yo
-Todos me ocultan cosas –dijo en un susurro -. No lo hagas tú
-Kagome…
-Sé que no quieren que sufra, pero creo que tengo derecho a saberlo –se acercó a pasos lentos a ella -. Hermana… por favor
Se formó un silencio, por casi un minuto, en la habitación, hasta que Kikyo, dijo -. El embarazo… es de alto riesgo –no la miraba. No quería observar la expresión de su hermana -. El medico dijo… que había una gra… pequeña posibilidad de que el embarazo no llegue a termino
-G-Gracias –bajo la mirada, y coloco una mano sobre su vientre… tal vez ese sería su castigo por desear no volver a ver a Kouga. Dios, la castigaría quitándole a su hijo.
Unas manos levantaron su rostro -. Deja de llorar, eso no resolverá absolutamente nada –sabía que eso era cierto, pero ella no era tan fuerte como su hermana. O, eso creía ella -. Tu hijo va a nacer, ¿entiendes? –dijo con tanta seguridad, que a ella no le quedó otra opción que asentir -. Yo te cuidare, y me asegurare de que tu hijo solo salga de ti cuando sea el momento
Después de darle un silencioso gracias a su hermana la abrazo. Aumentando un poco la fuerza en éste, cuando su hermana le correspondió. Tal vez, jamás podría estar con Inuyasha, pero estaba segura de que siempre estaría con Kikyo.
-Niñas -movió, delicadamente a cada una de las chicas, por un hombro. Logrando que ambas abrieran los ojos, aunque Kagome, los volvió a cerrar inmediatamente, mientras Kikyo, intentaba mantenerlos abiertos. Las dos chicas se encontraban acostadas de perfil, cara a cara -. Niñas, tienen que despertar -Kikyo, esta vez reconoció la voz de su abuela, por lo cual abrió los ojos, deshaciéndose del leve abrazo que tenía su hermano sobre ella, para así, poder levantarse. Se había quedado dormida junto a su hermana, mientras la tranquilizaba.
-Kagome -movió ligeramente a su hermana, pero ésta parecía quererse negar a despertar.
-Creo que es mejor dejarla descansar -al escuchar la voz, fue que se percató de que la madre de Kagome, también se encontraba en la habitación.
Miro por unos segundos a su hermana dormida, y se levantó de la cama, dispuesta a salir de la habitación.
-No te vayas aún -dijo la mujer más joven cuando se percató de que ella se dirigía a la salida, pero ella no se detuvo.
-Kikyo... -se detuvo cuando escucho a la anciana llamarla.
-Ya no tengo nada más que hacer aquí
-Solo quería entregarte lo que te pertenece -no se giró -. Tu padre quería que lo tuvieras -dijo, logrando que la chica se girara a observarla -. Se suponía que se las entregaría en... ese cumpleaños -la voz se le quebró un poco, al recordar el año en que había muerto su esposo, un mes antes de que ellas cumplieran nueve años -. Siento no haberte entregado la tuya antes -levanto la mano, mostrándole un pequeño estuche gris.
Se quedó observando por unos segundos el pequeño estuche. Después de la muerte de su padre, nada de él le había quedado, además, de los recuerdos que aun poseía, de los cuales la mayoría eran borrosos. La mujer frente a ella se había llevado todo consigo, inclusive el único cuadro donde ella aparecía con él. Miro a la anciana, la cual no parecía tampoco saber a qué se refería aquella mujer.
Agarro el estuche, y lo abrió. Había una pequeña cadena de oro blanco, que tenía un dije en forma de cruz, adornado en el centro con un pequeño diamante. De forma vertical, se podía apreciar, en una fina caligrafía, una pequeña leyenda.
Eres mi luna, Kikyo.
Sonrió. Su padre siempre les decía que ellas eran sus pequeñas princesas. Tan diferentes, y al mismo tiempo tan parecidas…partes opuestas y complementarias, al igual que la luna y el sol. Para su padre Kagome, había sido su sol, y ella su luna. Representando la paz y la alegría, que él decía solo ellas podían darle.
No necesito ver el cuello de su hermana. Sabía que allí estaba una cadena igual a la suya, pero con una piedra color amarillo, y la leyenda de Kagome, eres mi sol.
-Sé que cometí muchos errores en el pasado, creyendo que hacia lo correcto – dijo llamando la atención de la chica, aunque ésta, no levanto la mirada del estuche -. No puedo cambiar los errores que cometí en el pasado, pero me gustaría no cometerlos en el presente, y en el futuro.
Ella levanto la mirada hacia la mujer, sin percatarse de que unas pequeñas lagrimas corrían por sus mejillas, y por primera vez en su vida, le dijo -. Gracias... por guardarlo.
Cuando se empezaron a escuchar los fuertes ronquidos en la habitación, se levantó, lo más cuidadosamente posible, a pesar del asco que sentía en ese momento. Camino hasta el baño sin cubrir su desnudes. Inmediatamente la puerta se cerró en su espalda, no pudo soportar más las náuseas que sentía, y después de algunas arcadas, empezó a vomitar. Cada vez que creía que el malestar acabaría, recordaba todo lo asqueroso que había tenido que hacer minutos atrás, y su estómago nuevamente se agitaba.
Después de permanecer varios minutos desechando, lo que ni siquiera había podido ingerir, se bañó. Tratando de desaparecer cualquier rastro que hubiera de ese hombre en su cuerpo. Pero aunque paso una hora en el agua, aun sentía el olor, de aquel asqueroso aliento, en su piel.
Se miró en el espejo. Su piel estaba pálida, y sus ojos rojos. En ese momento se recordó la razón por la cual estaba haciendo eso, obligándose a soportar, y calmarse.
Salió del baño, y sintió nuevamente nauseas cuando vio a aquel hombre, todavía roncando, sobre la cama. Por lo cual, agarro lo más rápido que pudo un camisón, y después de colocárselo salió de la habitación.
-Pronto te acostumbraras
No se detuvo al escuchar la voz. Se dirigió directamente a una botella que se encontraba en una silla, y empezó a beber directamente de ésta.
-Así como lo hiciste con Onigumo
-Él no era tan viejo y asqueroso –dijo con un marcado tono de asco en su voz, antes de beber nuevamente de la botella y, girarse hacia la mujer que permanecía sentada en un pequeño sofá.
La madame, llevaba puesto un camisón rojo y el cabello trenzado, sobre su hombro derecho.
-A veces tenemos que hacer grandes sacrificios, Tsubaki –dijo -. Para lograr grandes cosas
-¿Qué ganas con esto? –preguntó en voz alta lo que daba vueltas en su cabeza, desde que ella se había ofrecido a ayudarla.
-Digamos que…-sonrió maliciosamente -, a veces necesito favores, que solo alguien como Kurohige puede realizarlos, y tú puedes ayudarme a que él realice esos favores
-No me iré hasta que mate a Kikyo -dijo de forma decidida.
-No te preocupes –dijo -. De Kikyo me encargo yo
-¿¡Te desharás de ella para quedarte con él!? –levanto la voz, sin importarle si el hombre en la habitación despertaba -. ¡Por eso volviste desgraciada!
-Deberías de olvidarlo… él jamás te querrá, querida –dijo con tono aburrido, ignorando el insulto -. Él no quiere a nadie más que así mismo… soy su madre, y lo conozco mejor que nadie.
Hizo una mueca al escucharla. Hasta para ella era enfermo que lo llamara de esa forma, cuando no era un secreto que ellos se acostaban.
-Además, no soy como tú que se deja llevar por pasiones, en vez de utilizarlas a su favor –dijo -. Hace algunos años aprendí que el amor solo te causa dolor, y tú con él, deberías a verlo aprendido también.
-No lo comprendes –su voz sonaba con un tinte de enojo -. Cuando él comprenda que soy la única que puede quererlo tal como es, las cosas serán diferentes –la mujer frente a ella iba a decir algo, pero ella no se lo permitió -. Tú jamás lo entenderías… nunca lo has sentido
-Hace algunos años lo sentí –miro hacia el techo, como si buscara en lo más recóndito de su memoria -. Sabía que no debía querer a nadie, pero cuando vi aquellos pequeños ojos marrones, no pude evitarlo –una pequeña sonrisa se formó en sus labios -. Pero sabía que eso nos traería dolor, y acepte sentirlo solamente yo –la miro -. Desde ese día no he vuelto a querer a nadie. He llegado hasta donde estoy por ello –se levantó -. Si quieres obtener lo que quieres, tienes que dejar de sentir... al final de cuentas, eso lo único que te trae es sufrimiento y problemas – se giró dispuesta a irse, pero la voz de Tsubaki, la detuvo.
-¿Qué quieres obtener?
-La curiosidad es un horrible defecto, querida -giro nuevamente hacia la chica, y sonrió -. Lo que obtenga es mi problema, al igual que deshacerme de Kikyo. Tú solo preocúpate por el resto.
Sonrió al observar la cadena en su cuello. Ahora tenía algo, además de sus recuerdos, de su padre. Guardo el pequeño estuche donde antes había estado la cadena, sacando de el, un papel. Era una carta de Bankotsu.
Su abuela le había dicho que la isla ya no era muy segura, porque su primo había sido golpeado por unos piratas, en un intento de robarle. Lo cual la alivio, porque varios días transcurrieron desde aquel incidente, y eso significaba que Naraku, había cumplido con su palabra. En la carta, él le explicaba que se iría por un tiempo, pero que regresaría por ella. Cosa que esperaba no cumpliera, porque si volvía, no podría hacer absolutamente nada para que Naraku, no lo asesinara.
Una mano en su cuello, la saco de sus pensamientos. Provocando que arrugara la carta y la tirara, disimuladamente, en el piso. Sabia de quien se trataba.
-Estás tensa -dijo -. Cualquiera diría que me tienes pavor -dijo con ese tono de burla tan característico en él.
Lo miro a través del espejo -. Estoy un poco cansada
-Si quieres puedes quedarte
Kaede, le había informado, inmediatamente regreso, que ella y Naraku, irían a una fiesta en casa de la mujer aquella. La que le coqueteaba, en su cara, a su esposo.
-No te preocupes -dijo -. Además, no quiero hacerte quedar mal -él frunció el ceño. Pero ignoro el comentario de ella cuando se percató de algo que colgaba en su cuello -. Lo había comprado mi padre antes de morir -se giró hacia él, dispuesta a levantarse, pero al ver el pequeño estuche, color negro, que él tenía en la mano, no se levantó.
-Supongo que puedes utilizar los dos – abrió el pequeño estuche. Dentro había un collar de perlas, que en el centro tenía una perla un poco más grande, en forma de media luna.
Se quedó observando el collar que ahora estaba en su cuello, y que cubría el collar que le había comprado su padre. Era hermoso, y claramente costoso.
La fiesta no fue de su total agrado. No fue porque se hubiese aburrido, sino porque esa mujer la miró toda la noche de forma extraña... tal vez estaba molesta, pero igual a ella no le importaba. Aunque hubiese preferido no ser acosada toda la noche.
Miro hacia la ventana. Ya había oscurecido, y no había podido salir en todo el día de la habitación. Según la abuela de Kouga, si se movía demasiado podría lastimarse. Se llevó una mano al vientre. Ese día no le había dolido esa zona. Su madre y abuela le dijeron que eso era normal, pero algo le decía que no lo era, y aunque se había tranquilizado un poco, gracias a su hermana, no podía evitar sentir miedo. Esa sensación se incrementaba por los cuidados excesivos de los que era víctima desde que todos sabían sobre su embarazo.
Tenía miedo de perderlo. A pesar de lo que significaba el nacimiento de ese bebe, sabía que todos tenían razón. Un hijo era una bendición. Y, ella quería tenerlo, aunque eso matara a una parte de su corazón... esa parte que siempre amaría a Inuyasha.
Un ruido en la ventana la saco de sus pensamientos. Se levantó, dando pasos lentos, a diferencia de los latidos de su corazón, hacia la ventana. Coloco una mano sobre el vidrio.
-¿Inuyasha? –pregunto de forma insegura, deseando que aquel ruido no fuera producto de su imaginación. Espero unos segundos, en la misma posición, pero nadie respondió -. Dijiste que siempre estarías a mi lado –dijo en un pequeño susurro, colocando la frente sobre el cristal. Una pequeña lágrima empezó a bajar por su mejilla -. Quiero verte… Inuyasha
-Yo también quería hacerlo
Levanto la mirada. Él estaba allí. Con su mano sobre la de ella, simplemente separados por el cristal.
-¿Me quede dormida?
-Si es así, compartimos el mismo sueño
Ella sonrió, y sus ojos se colocaron brillosos. Agradeció en ese momento que la habitación estuviera lo suficientemente iluminada, para permitirle observar perfectamente el rostro de ella. Y, eso fue lo que simplemente hizo, hasta que la ventana se abrió. Pero él parecía dudar entre si entrar o no.
Coloco una mano en su mejilla, provocando que él cerrara los ojos, ante aquel cálido contacto. Y, después de unos segundos, él dijo -. Se lo que te dije, pero…-abrió los ojos -, no puedo hacerlo. Creerás que soy el más grande egoísta del mundo, pero no puedo dejarte ir… no quiero dejarte ir
-Pero…
-Todo lo que dije no fue por tu hijo –dijo interrumpiéndola, sabiendo, o creyendo saber que quería decir ella, y al parecer acertó, porque ella guardo silencio -. Acepto cualquier consecuencia de mi error, porque… no puedo seguir sin ti –ella intento decir algo, pero él no se lo permitió. Necesitaba terminar, ahora que las palabras parecían fluir solas -. La ley estipula que un niño, aunque no sea hijo biológico de un hombre, será considerado como tal si nace dentro del matrimonio. Por esa razón no deberíamos casarnos. Además, de que no podría llevarse una unión de familias, por obvias razones
-No puedes hacerlo a menos que… -trato de retirar la mano de la mejilla de él, pero no se lo permitió, colocando su mano sobre la de ella -. No quiero que lo hagas
-Es mi decisión –dijo de forma firme, pero después su mirada y voz se relajaron nuevamente -. ¿De qué me sirve ser el heredero de los Taisho si no te tendría a ti?. Quiero estar contigo, y no me importa el precio que deba pagar para hacerlo
-No quiero que te arrepientas en el futuro
-Me he arrepentido por no estar contigo –dijo -. Nada de lo que haga a partir de ahora me importara, si con eso puedo estar a tú lado –acaricio la mejilla derecha de ella, antes de unir sus labios en un beso. Demostrándole en éste, que todo lo que había dicho era cierto. Él la necesitaba más que a nada en el mundo.
Sabía que las cosas no eran tan fáciles, y lo que perdería no era poco. No solamente renunciaría a su herencia y apellido, si quería estar con ella, además, tenían que irse de la isla sin que la familia Ookami se percatara. Lo que conllevaba a que tuviera que abandonar la milicia, cosa que sabía perfectamente era considerada como alta traición a la dinastía gobernante. Si lo encontraban, lo menos doloroso que le podría suceder seria la muerte. Eso lo sabía perfectamente. Pero estaría con ella sin importar si tenía que sacrificar su vida por ello.
Coloco su frente sobre la de ella -. Cuando nazca tu… el bebe –dijo corrigiéndose, estaba aceptando querer a ese bebe como suyo, y así sería -, nos iremos de la isla los tres
Ella simplemente asintió, sin ocultar aquella sonrisa, que por meses había guardado, antes de que fuera sellada por un nuevo beso.
Durante los días siguientes, todo transcurrió de forma normal… bueno, si así se podía catalogar su relación. No habían abandonado el viejo hábito de "pelear". Lo cual al parecer siempre seria parte de su relación, porque ninguno de los dos jamás cambiaría su forma de ser. Pero en sus momentos íntimos se demostraban lo mucho que se necesitaban.
A veces tenían… sexo, no podría llamarlo de otra forma. En esas ocasiones le había quedado claro que tan pasional podía ser Naraku, en esas circunstancias. O, eso creía ella, porque en ocasiones se llevaba sorpresas que la hacían ruborizar con tan solo imaginarlas. En otras ocasiones hacían… ¿el amor?. No estaba segura de poder nombrarlo de esa forma, ya que él jamás le había dicho que la amaba, pero sus besos y caricias eran tan delicados, que parecía estar tocándola con pétalos de rosas. Y, en otras ocasiones, sus relaciones eran una mezcla de lujuria y amor. No podía quejarse, de las tres formas en que sus cuerpos se unían le gustaba. Aunque tenía que reconocer que prefería cuando él no solo le demostraba que la deseaba, también que la amaba. O, esto último quería creer ella.
Otro día confesándose. Se había vuelto tan común hacerlo. Inclusive él, a pesar de que odiaba las iglesias la acompañaba con la única intención de observar el rostro del cura, después de que terminaba la confesión. Pero con todo lo que hacían, ¿quién no lo haría?. Si su abuela se enterase de lo lujuriosa y pecadora que ahora era, la condenaría al infierno antes de morir por un paro cardíaco.
En esa semana, ya se había confesado tres veces, y creía que era necesaria unas cuantas veces más. Pero al observar la expresión del sacerdote, al confesar a gran escala sus pecados lujuriosos, creyó que lo mejor era esperar. Estaba segura, de que si le confesaba al sacerdote que el día que pretendía realizar la penitencia, había aprendido que aquella posición de rezo, servía para otras cosas más, éste seguramente la excomulgaría. Pero sería merecido y aceptado, porque lo había disfrutado.
Pero a pesar de que, en esos últimos días, sus actividades sexuales incrementaron, no siempre utilizaban la cama para unir sus cuerpos y almas. En otras ocasiones, solo se quedaban observándose mutuamente hasta que eran arrastrados por los brazos de Morfeo.
-Creí que no te agradaba el contacto –dijo cuándo sus ojos se abrieron –. O, las muestras de cariño
-No lo hace –a pesar de sus palabras, la pego más a su cuerpo.
-A mí tampoco –sin poder evitarlo, busco con una de sus manos la de él, y las entrelazo -. Supongo que esto está mal.
-También lo creo –coloco el rostro en el cuello de ella, y para sorpresa de la chica, la beso en esa zona -. Pero a veces se pueden hacer excepciones. Supongo que contigo ya me estoy acostumbrando a hacerlas.
Cuando sus ojos se abrieron nuevamente, la pequeña taza de té, como todas las mañanas, se encontraba en la mesita de noche. Sin pensarlo esta vez, la agarro. Después de todo, era lo correcto.
Sintió el pequeño rose en su mano. Sabía lo que él quería, pero esta vez deseaba que fuera él quien tomara la iniciativa. Pero suspiro de forma resignada, cuando aquellos dedos temblorosos se alejaron.
Sabía que él sería un buen esposo, si ella decidía aceptarlo. Le gustaba la forma en que él la trataba, pero a veces deseaba que fuera más decidido. Porque si él deseaba conquistarla, con esa actitud sumisa no conseguiría nada.
Decidió apresurar un poco más el paso, dando por terminado el paseo. Pensando que tal vez era mejor regresar a la hacienda antes de que se percataran de su ausencia. Lo espero al lado del caballo, observando cada paso que él daba, los cuales parecían ser más lentos de lo normal. Cuando por fin estuvieron frente a frente, se acercó más al caballo esperando que él la ayudara a subir, ya que al llevar vestido se le hacía imposible hacerlo sola. Sintió las manos de él en su cintura, y cuando la suspendió, lo miro.
Mientras se miraban fijamente, podía sentir el ligero temblor en las manos de él. Se aferró a sus hombros, por miedo a caer. Lo había mirado muchas veces, pero jamás lo había observado. Él era muy apuesto.
-¿Hojo…? –se sorprendió al escuchar su voz. Ésta no era más que un gritico estrangulado.
-Lo siento
Otra vez esa actitud sumisa. No era que esperara que el la besara, o algo por el estilo, pero tampoco esperaba que él se disculpara por observarla.
-No tienes porque disculparte siempre que me mires –alejo sus manos de los hombros de él, esperando que la sentara sobre el caballo.
-No lo dije por eso –frunció el ceño al escucharlo, pero antes de que pudiera preguntar a qué se refería, él dijo -. Por esto… –y antes de que ella pudiera reaccionar, la beso.
Si, tenía que reconocer que jamás se esperó que Hojo, tuviera ninguna clase de contacto físico, de ese tipo, con ella. Por lo cual, aún seguía sin poder reaccionar. Después de unos segundos, cuando su cerebro proceso lo que estaba sucediendo, por instinto, su mano derecha se cerró en puño, preparada para apartarlo. Pero en vez de posarla en el rostro de él, se obligó a posarla en su hombro. Tal vez, ella debía darle una oportunidad a Hojo, pero sobre todo, darse una oportunidad de ser feliz y olvidar, tal como lo había prometido en el mar.
Respondió tímidamente al beso. Comparándolo sin poder evitarlo con la única referencia que tenía. El beso de Kouga. Su segundo beso, a diferencia del primero era tierno, demostrándole, lo que estaba segura, era amor. Sentimiento que siempre deseo que le demostrara Kouga. Cerró los ojos fuertemente, tratando de no llorar ante aquel recuerdo.
Por primera vez en su vida él se sintió verdaderamente feliz. Tal vez recibiría un golpe en el rostro, de parte de ella, pero en esos momentos, inclusive a la muerte la recibiría feliz.
-Creo que retiro mis palabras –dijo contra los labios de ella -. Jamás sentiría haberte besado
No respondió. No pudo hacerlo, y tampoco quiso hacerlo. No, cuando se dio cuenta de que era momento de olvidar… después de todo las cosas siempre tienen una razón de ser. Tal vez, se había equivocado con Kouga, y su destino siempre había sido ese. Estar con Hojo.
Su espalda golpeo la corteza de un árbol. Había perdido la cuenta de las veces que su espalda caía sobre el tronco de un árbol, o en el pasto. No era doloroso, aunque él hubiese podido hacer que así fuera, pero aun así, era humillante. Miraba aquellos penetrantes ojos, mientras el filo de la daga acariciaba peligrosamente la piel de su cuello. Su respiración aún era errática, pero trataba de aparentar tranquilidad... una que no sentía en esos momentos. Días antes, había iniciado su "entrenamiento".
-Aún eres un poco lenta... pero puedes mejorar -dijo sin dejar de traspasarla con la mirada.
-¿Me quieres convertir en uno de tus matones? -ella intento alejarlo. Él no se lo permitió, pero aparto la daga del cuello de ella.
-No puedes venir conmigo... es peligroso -dijo -. Byakuya, se encargara de tú protección mientras no esté en la isla. Él dará su vida por ti, pero si eso ha sucedido antes de que estés a salvo, debes aprender a defenderte. No puedes volver a cometer el error que cometiste con Hiten -abrió la mano de ella, y le coloco la daga en la mano. Era de plata, tenía dos pequeñas piedras rojas en el mango y una pequeña araña -. Es un arma que puede darte ventaja, si eres inteligente y ágil, de lo contrario, será un arma desventajosa que puede conducirte a la muerte -coloco su frente, sobre la de ella -. A ti, solo te hace falta agilidad -roso sus labios, provocando que ella cerrara los ojos, e inconscientemente se hincara, para profundizar el beso. Pero él no la beso, simplemente la observo por unos segundos, mientras pasaba lentamente sus dedos por la mejilla derecha de ella. Quería recordarla de esa forma.
Ella abrió los ojos, cuando él poso el rostro en el hombro de ella. Aún no soltaba la daga que reposaba en la mano de ella, y su otra mano, ahora bajaba lentamente por su cuello.
-¿A dónde iras? -en ese momento se sintió capaz de preguntar algo que desde hace días, quería saber.
-Norte América
Recordó todos los libros que su primo le había "aconsejado" leer, para que fuera del agrado de aquellos hombres. Todo inicia con una exquisita conversación. Eso era lo que siempre le decía. Hizo un mapa mental. El nuevo continente estaba muy alejado. Él tardaría meses en regresar.
-¿Es necesario que vayas? -ni siquiera se percató del tono suplicante que utilizo. Algo, en los últimos días, le decía que ese viaje cambiaría muchas cosas. Pero, ¿ella quería que las cosas siguieran como estaban?. En ese momento la respuesta a esa pregunta no le importaba. Solo quería que él se quedara a su lado... solo ellos dos, como en ese momento.
La miro, pero no respondió a esa pregunta. Hacerlo implicaría hablar de cosas que no quería... por lo menos no con ella, que a diferencia de él, era un ser que no poseía oscuridad.
-Quiero que veas algo -dijo finalmente, cambiando de tema.
Tenía que reconocer que la vista era sorprendente. Desde el pequeño precipicio donde estaban, podía observar parte del bosque, y el mar hasta que se perdía en el horizonte. Pero aunque aquel paisaje era uno de los más hermosos que había visto en su vida, lo que realmente le llamo la atención fue el barco que se encontraba a unos metros de bajo de ellos.
-¿Qué es?
Él le daba la espalda, pero aun así, sabía que lo dicho por ella le había causado gracia -. Lo que ves, un barco –dijo con su típico tono de burla -. Al parecer te estas volviendo lenta... cosa que no sería de extrañar, porque… -un pequeño golpe en la cabeza lo hizo callar, y llevar una de sus manos a donde había recibido el impacto -, que demonios… -se giró hacia ella, quien tenía unas pequeñas rocas en la mano.
-Perdón… creo que tienes razón –lanzo otra en dirección a él, dándole en la frente, donde le quedo una pequeña marca rojiza. Sabía que estaba tentando su suerte, pero es que ¿quién no lo haría observando aquella expresión?, que no demostraba el más mínimo atisbo del terror que normalmente reflejaba -. Creo que tengo pésima puntería –dejo caer el resto de rocas -. Pero a lo que me refería…
Él la había tomado en brazos, y sin darle tiempo a que procesara lo que él hacía, se lanzó desde aquel precipicio, al agua.
Cerró los ojos con fuerza, mientras caían de una altura aproximada de cinco metros. Si, definitivamente había tentado su suerte.
Cuando emergieron se abrazó lo más fuerte que puedo a él, mientras lo fulminaba con la mirada. Él solo reía.
-Creí que te encantaba jugar -dijo con una pequeña sonrisa, mientras soltaba lentamente el agarre que tenía en ella, provocando que ella se aferrara a él, aún más -. Mientras estés conmigo nada te pasara –miro sus ojos, percatándose de que era cierto. Pero ¿quién la protegería de él? -. Pero… si no quieres que suceda aquí, algo que seguramente te va a avergonzar, te aconsejo que te apartes de mí pelvis
Si no fuera porque estaba segura de que se ahogaría, lo hubiese ahogado cuando empezó a burlarse a carcajadas, porque su cara se tornó rojiza.
Levanto nuevamente la mirada, cuando algo cayó al agua, aproximadamente a dos metros de donde estaban ellos. Era una escalera de cuerda.
-¿Podemos salir?
-Hablaba en serio -dijo en un susurro. Sus ojos se veían más oscuros -. Dame un segundo – cerró los ojos, y un pequeño suspiro salió de sus labios.
Cuando subieron al barco, los hombres que se encontraban en la cubierta se alejaron, desapareciendo de su visión.
Él la agarro por la mano derecha, llevándola consigo a un camarote. Por la decoración, supuso que allí era donde descansaba cuando viajaba. Se soltó el cabello, que hasta ese momento llevaba recogido en una coleta baja, y ante los ojos de ella, él se empezó a desnudar, pero cuando pretendía quitarse la ropa interior, ella le dio la espalda. A pesar de lo que él le decía, ella aun no podía acostumbrarse a verlo totalmente desnudo.
-A lo que me refería, era a qué clase de barco es -dijo tratando de olvidar que él estaba completamente desnudo, y sus pasos se acercaban a ella.
-Es de unos amigos -dijo -. Aquí traen la ropa que se vende en la boutique
-No estamos en el puerto y… -las manos en sus hombros la hicieron callar -, la araña no es muy sutil que digamos -dijo después de aclararse la garganta.
-Desde que esta el vegete ese en la gobernación, no podemos desembarcar en el puerto -dijo mientras soltaba la cinta que mantenía el vestido de ella en su lugar -, pero hacerlo aquí en la isla no es imposible -ella trato de evitar que su vestido cayera, pero él no se lo permitió -. Vas a enfermar – lo que decía era cierto, pero no podía negar que le encantaba verla sin que nada la cubriera.
Cuando su ropa interior, superior, fue retirada, se cubrió. Maldiciendo aquellos dedos que bajaban lentamente por su columna vertebral.
-Creí que solo me ayudarías a retirar la ropa
-Por supuesto -dijo -, pero podemos hacerlo divertido
Los dedos llegaron al lugar donde iniciaba su ropa interior, y después de acariciar la tela blanca por unos segundos, empezaron a delinear su piel, justo debajo del inicio de su ropa interior.
-¿Podríamos...? - gimió cuando algo caliente y húmedo, acaricio lentamente el final de su espalda, mientras su ropa interior era deslizada hacia abajo. Definitivamente ese día, también tendría que ir a confesarse.
Mordió su labio inferior, tratando de que los hombres que estaban a fuera no escucharan aquel fuerte gemido que casi se le escapa, cuando aquella experta lengua se abrió lugar hasta aquel lugar. Se pegó a la pared de madera, tratando de no perder el equilibrio.
-E-Espera... Naraku… nos v-van a escuchar
-Solo estamos nosotros dos
-N-No ¡importa! –no pudo evitar gritar ante una oleada de placer. No podía controlar su respiración, y sentía que en cualquier momento podía caer, sobre todo cuando su pierna derecha fue levantada. Seguramente empezaría a gemir, aún más fuerte. Por lo cual dijo algo que creyó jamás pronunciar, y que sabía podría ser catastrófico -. Detente... Hitomi -y, así él lo hizo, pero no se movió de su lugar.
-Es extraño... -dijo, mientras se levantaba, al mismo tiempo que sus dedos subían a cada lado del cuerpo de ella -, odio ese nombre, pero...- en ella se escuchaba diferente. Le gustaba la forma en que ella lo había pronunciado. Sabía porque lo había pronunciado, pero había logrado lo contrario. En ella se escuchaba... ¿seductor?. Dio un beso en su espalda -. Puedes decirlo de nuevo -dijo en un susurro, en su oído, mientras bajaba sus manos hasta la cadera de ella.
En ese momento se percató de que la pared ya no acariciaba su mejilla izquierda. Él la había alejado un poco de ésta, y ella ni siquiera se había percatado de tal hecho. Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando su cuerpo fue inclinado hacia delante, ya que inmediatamente aquella intromisión la invadió, obligándola a colocar los brazos para retener su cuerpo, cuando casi cae hacia delante. Y, un fuerte gemido, que después se percató que había salido de su garganta, como los muchos que le siguieron, le confirmaron que definitivamente, ninguna penitencia que le colocara el cura, podría expiar sus pecados.
Abrió los ojos cuando su respiración empezó a normalizarse. No tenía la menor idea de cómo habían llegado a la cama, pero ahora ella se encontraba sentada sobre él, siendo rodeada por sus brazos. Sintiendo las pequeñas caricias que él realizaba con la nariz, en sobre su cuello.
Esa sería la última vez que estarían juntos, porque él partiría esa noche. Lo sabía, pero no porque él se lo hubiese contado.
-¿Volverás?
-¿Ahora te preocupas por mí? –dijo con una sonrisa de lado, aunque ella no podía verla, lo sabía.
-No –dijo -. Me preocupo por mí. Recuerdo que dijiste que si tú no estabas, no solo ganaría mi libertad
-Cierto –dijo-. Pero la respuesta a esa pregunta arruinaría la sorpresa –hablaba en su tono habitual, pero la había abrazado más fuerte.
-¿Volverás? –volvió a preguntar, ignorando todo lo que él había dicho. Al no obtener respuesta, se ha parto un poco de él, para poder observarlo a los ojos -. ¿Volverás? –su voz ya no sonaba tan inexpresiva como de costumbre.
-¿Quieres la verdad?, o, ¿una dulce mentira? -dijo, mientras quitaba unos mechones de cabello del rostro de ella.
-Sabes la respuesta
-También la sabes, Kikyo - dijo de forma seria. Ni siquiera él podía afirmar que volvería, aunque haría lo imposible por hacerlo -. Si no vuelvo en máximo seis meses, ya sabrás que hacer
No. él no tenía razón en eso. Toda su vida lo había sabido, pero en ese momento lo único que sabía era que quería que él volviera a su lado. Aunque la enojara aceptarlo, no quería que esa fuera la última vez que sus ojos lo vieran. No quería tener aquella horrible sensación. No sabía que seria. No estaba segura de sí lo vería nuevamente, o que haría si eso no sucediera, pero algo... una sensación extraña que se acumulaba en su pecho, le decía que después de ese día, nada volvería a ser igual Y, no quería pensar, aunque eso sonara paradójico, que lo que cambiaría seria que obtendría su libertad.
Subió sus manos al cuello, y sin mirarlo, después de unos segundos rodeo el cuello de él. Era muy importante para ella. Jamás creyó poder entregárselo a nadie más, pero en ese momento no lo pudo evitar.
Cuando se percató de lo que ella le había colocado, frunció el ceño -. ¿Sabes que esto puede matarme? –todavía tenía aquella expresión, pero su tono de voz era suave, con un pequeño tinte de diversión.
-Esa es la idea –dijo en el mismo tono -. Pero ahora tienes una excusa para volver
-No necesitaba otra –dijo para después besarla y, unir nuevamente sus cuerpos y almas, como si fuera la última vez que lo harían.
Antes de la media noche, se marchó. Ella lo había observado por la ventana. En ese momento aquella sensación apareció, obligándola a llevar una de sus manos a su pecho. Quiso correr y abrazarlo, pero no se atrevió. Sus miradas se encontraron, y por varios segundos se observaron, hasta que él subió al caballo y se marchó.
-Puede ir donde quiera. No tengo órdenes de retenerla
Tenía que reconocer que las palabras de Byakuya la sorprendieron. Los últimos días, había creído que mientras Naraku no se encontrara, tendría que vivir encerrada. Pero por suerte, podría disfrutar totalmente de su libertad.
Pero después de que se arregló, y bajo con todo lo necesario para salir, se dio cuenta de que había estado en lo cierto. Él jamás la dejaría ser libre.
En el carruaje iban dos hombres de cocheros, y a los lados de éste, había siete hombres en caballo. Cerró los ojos, y se masajeo la sien. Definitivamente lo mataría.
-Me rehúso –dijo cuándo Byakuya abrió la puerta del carruaje -. No iré con ellos. Es ridículo
-Es por su seguridad - dijo-. Además, reduje la cantidad de hombres que Naraku había ordenado colocar para su guardia –dijo esto en un susurro para que solo ella lo escuchara.
-No me importa lo que dijo él. Todos estos hombres llamaran la atención –no solamente por su número, sino, que a pesar de que estaban vestidos decentemente, no dejaban de aparentar lo que en verdad eran. Bandidos.
Después de discutir por varios minutos con Byakuya, el número de su escolta quedo reducida a cuatro hombres, incluyendo al cochero y a Byakuya que la acompañaba dentro del carruaje. Pero a pesar de que consideraba que dos hombres, a caballo, detrás de ellos aún eran llamativos, no le quedó más remedio que aceptarlo.
Cuando el carruaje se detuvo frente a la hacienda Ookami, apretó con fuerza la pequeña cesta que llevaba en sus manos, pensando seriamente que lo mejor era dejarla en el carruaje. Pero en ese mismo instante desecho la idea, porque eso sería actuar como una cobarde.
Aunque no estuvo de acuerdo, Byakuya entro con ella, porque según él, mientras estuvieran fuera de la mansión, tenía el deber de acompañarla todo el tiempo. Pero lastimosamente para él, no la pudo acompañar hasta la habitación de su hermana.
Cuando entro al dormitorio de Kagome, la encontró acostada, y más pálida de lo usual. Y, aunque su aspecto era verdaderamente lamentable, agradecía que no estuviera enferma. De hecho, tenía que reconocer que la idea de que Kagome tuviera un bebe no le desagradaba. Inclusive, la razón por la que antes no había ido a visitarla era porque la idea le había emocionado, aunque no quisiera reconocerlo, hasta el punto de querer hacerle ella misma un regalo.
Se sentó a un lado de la cama, colocando la cesta en el piso. Como siempre su hermana fue quien inicio la conversación. Ella solo escuchaba atentamente cada palabra, pero hubo un punto en que se concentró únicamente en la canasta que estaba en el piso, e inconscientemente se ruborizo.
-Si es un niño quiero colocarle el nombre de nuestro padre –dijo llamando la atención de la otra chica, la cual levanto la mirada, y la observo -. ¿Te molestaría?
-¿Por qué habría de hacerlo?
-Tal vez, quieras que uno de tus hijos se llame de esa forma
Bajo la mirada a su vientre. Él no quería tener hijos con ella.
-Jamás tendré hijos –dijo en un susurro.
-¿Por qué dices eso? –dijo sin poder creer lo que escuchaba. Desde niñas se había hecho la ilusión de que sus hijos tendrían la misma edad, como si fueran mellizos igual que ellas -. Un hijo es una bendición de nuestro señor
-Tu hijo lo es –nunca había pensado en tener hijos, y ahora menos que nunca no lo deseaba. No quería tener un hijo que la odiara, y no quería darle hijos a alguien que también la odiaría por eso.
Cuando se percató de que Kagome haría preguntas que ella no quería responder, levanto del piso la pequeña canasta que había llevado consigo. Sacando de ésta, una manta amarilla, adornada en uno de sus extremos con lo que parecía ser un perro plateado bordado.
Observo por algunos segundos la pequeña manta. Era hermosa. O, por lo menos eso era ante sus ojos.
-No se me dan bien estas cosas…sé que no es hermosa, pero… –dijo visiblemente avergonzada -, Kaede, dice que de esta forma…
-Es hermosa –dijo interrumpiéndola. Sabía lo que su hermana quería decir, además, de que nunca había sido buena expresando sus sentimientos -. Nosotros también te queremos –sin darle tiempo a reaccionar, la abrazo. Esperaba que su hermana la apartara, pero cuando ésta respondió al abrazo, la apretó más fuerte y sonrió, pero después de unos segundos, su hermana rompió el abrazo
-¿Kagome..? -la miraba de forma seria, pero no al rostro, si no en dirección a su abdomen -. ¿Cuánto tiempo tienes?
-Casi dos meses –dijo un poco extrañada, por el comportamiento de su hermana.
-¿Estas segura? -sin dejar de observar aquella zona, colocó una de sus manos sobre ella. Su embarazo se veía muy avanzado, para tener menos de dos meses. Parecía tener, incluso más de tres, que es el tiempo en que se empieza a notar, generalmente, un embarazo.
-Si -dijo -. Es el tiempo en que Kouga...se marchó -dijo esto último en un pequeño susurro -. ¿Por qué lo preguntas? -dijo al ver que la expresión de su hermana no cambiaba.
-Se nota tu embarazo -la otra chica también toco la zona, confirmando que lo que su hermana decía era cierto. Su abdomen ya no era plano -. Un embarazo se empieza a notar después de los...
-Ya tiene que consumir alimentos joven señora -dijo la anciana, quien había entrado a la habitación, sin tocar -. Ruego perdonen mi imprudencia, pero la charola está muy pesada, y mis viejas manos ocupadas
No pudo seguir hablando con su hermana ese día, porque mientras almorzaban, llegó su abuela y la madre de Kagome. Las cuales las acompañaron el resto de la tarde, haciendo que se olvidara momentáneamente de aquel tema.
Después de visitar a Kagome, decidió volver a aquel lugar. La cabaña, en medio del bosque, a donde Bankotsu la había llevado. Sin saber cuál era la razón, sentía la necesidad de estar en aquel lugar.
Era un lugar pequeño, y a simple vista se veía abandonada. Byakuya, le había comentado que en ese lugar vivía el padre de Naraku cando llegaba a la isla. Onigumo, debía ser muy diferente a Naraku, hecho que se evidenciaba en su gusto por las cosas materiales. Pero al observar a la madre de éste, tampoco encontraba ningún parecido.
Tenía que aceptar que fue una gran idea de parte de Tsubaki esconderse en los propios dominios de Naraku, pero lastimosamente ella no era tan inteligente como él.
Como si aquel lugar la llamara, inconscientemente empezó a acercarse más. Sintiendo, a medida que se acercaba, un olor extraño. Era un olor fétido que le provocaba nauseas, por lo cual se cubrió la boca con un pañuelo blanco. Pero a pesar de eso, no podía detenerse. Necesitaba entrar.
Una mano en su antebrazo hizo que se detuviera, y girara hacia atrás. Byakuya la estaba reteniendo.
-Ese olor –cerró los ojos, reteniendo una arcada.
-Tal vez sean ratas muertas, u otro animal
Miro nuevamente hacia la cabaña. Algo le gritaba que entrara -. Necesito un minuto –intento caminar, pero el agarre no se lo permitió.
-Creo que es mejor regresar –dijo -. En medio del bosque seriamos un blanco fácil si él decide venir
Ella intento protestar, pero en ese momento recordó a aquel hombre, y sin poder evitarlo se dejó arrastrar hasta el carruaje.
Se levantó cuando escucho un toquido en la ventana. Sonrió. Como todas las noches anteriores, estaba segura de que era él.
Cuando abrió la ventana, frente a su rostro apareció un ramo de orquídeas.
-Son muy raras de encontrar -dijo con una sonrisa.
-Tienes razón -dijo -. Pero tú expresión valió lo que tuve que hacer -le dio un beso en la frente -. ¿Cómo has estado? -pregunto, mientras observaba el rostro de ella.
-Ya los malestares matutinos han desaparecido, y los dolores no los siento a menudo – dijo. Él en respuesta, solo acaricio el cabello de ella -. Pero me aburro mucho aquí encerrada, creo que si no fuera por mi hermana y por ti, ya hubiese enloquecido
-Todo es por tú bien -fue lo único que respondió, mientras la guiaba hasta la cama, haciendo que se sentara en ésta.
-Lo sé, pero... -la beso, evitando que replicara -. Eso no es justo -dijo sobre sus labios, de forma "enojada". Él solo sonreía.
-Pero agradable -la beso nuevamente, haciéndolo de forma casta. O, bueno, eso fue lo que intento hacer, porque sin querer profundizo el beso. De lo cual se percató cuando los brazos de ella lo empezaron a arrastras hacia la cama -. Kagome… creo... que...deberíamos parar -dijo mientras intentaba alejarla, pero no parecía funcionar. No sabía si era que él había perdido fuerza, o Kagome tenía mucha, pero sus brazos no podían alejarla de él -. Kagome… por favor -se armó de la poca fuerza de voluntad que le quedaba, y la alejo.
-Pero... -bajo la mirada -. ¿No quieres?
-No... -dijo, pero cuando ella lo miro se dio cuenta de su error -. En realidad si... pero no... ¡demonios! -ella le cubrió la boca, rogando que nadie más hubiese escuchado. Después de unos segundos, él retiro la mano de ella de su boca -. Esto es una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida -dijo en un susurro -. Si quiero, pero no podemos -a parto la mirada, para que ella no se percatara de la vergüenza que sentía en ese momento -. No sé cómo hacerlo... lo que trato de decir, es que no sé cómo hacer para no lastimarlos. Tu embarazo... no sé si se pueda.
Agarro el rostro de él entre sus manos, obligándolo a que la observara -. Quiero hacer el amor contigo – estaba ruborizada, pero sonaba totalmente convencida. No comprendía cual era la razón, pero sentía unos inmensos deseos de estar con él -. Si me lastimas, yo... te lo diré -dijo antes de darle un beso casto en los labios.
No estaba muy seguro de lo que estaban haciendo. Él también quería hacer el amor con ella, pero no quería lastimarla. Definitivamente, debió tener una conversación, vergonzosa, con Miroku. Negó mentalmente, primero muerto. Pero, tenía que agradecer que su amigo, en esos temas fuera un pervertido, porque haberlo escuchado tantas veces hablar, en ese momento le seria de utilidad lo poco que en una ocasión le escucho.
Se levantó un poco, empezando a quitarse la ropa de la parte superior de su cuerpo, y las botas. Se coló de rodillas en la cama, y la beso en la frente. En sus ojos. En su nariz, pero cuando sus labios rosaron el labio superior de ella, su boca se desvío a su mejilla. Acto que pareció desesperarle a ella, ya que un pequeño sonido, de molestia, salió de sus labios. Pero casi inmediatamente, hizo lo que pretendía, besarla. Trataba de mantener un ritmo calmado, que le permitiera mantener la "cabeza fría". Cosa, que sabía sería muy difícil de lograr, pero por ella haría acopio de toda su fuerza de voluntad.
Sin dejar de besarla, empezó a descender, dejando atrás, aunque ella se resistió, sus labios, barbilla y cuello. Se deslizo en éste último, lo más lentamente que pudo, hasta su hombro izquierdo, en el cual se deslizo hacia abajo, delineando un camino con su lengua, mientras deslizaba el camisón, rosa suave, que ella llevaba. Dejando ver más de aquella piel, que en ese momento parecía llamarlo.
Ella lo detuvo cuando el camisón estaba sobre sus pechos -. La luz -susurro. Su cuerpo ya no era como hacía más de tres meses cuando estuvieron por primera vez. Y, no quería que él se decepcionara.
Él en respuesta, la beso. Profundizándolo lo más que pudo, obligándola a que inconscientemente apartara las manos de su pecho, logrando que el camisón se deslizara suavemente hasta su cadera -. Eres hermosa... siempre lo has sido, pero ahora lo eres mucho más -dijo, mientras le daba pequeños besos en el rostros -. Eres perfecta... para mí siempre lo serás
Hizo que ella se recostara en la cama, colocándose a horcadas, mientras descendía nuevamente por su cuerpo. No era como lo recordaba. Sus pechos estaban un poco más grandes, su abdomen ya no era plano y su cadera se había ensanchado, pero a sus ojos, era mucho más hermosa.
Cuando llego a su abdomen, ella empezó a reír. Sonrió. Solo ella podía reír en una situación así. Subió nuevamente a su boca, acallando aquellas pequeñas risas. Mientras que con sus manos, terminaba de desnudarla totalmente. Sin dejar de besarla, llevo sus manos al pantalón, desabrochándolo con un poco de dificultad. Cuando por fin se lo pudo quitar, interrumpió el beso, concentrándose, con su lengua, en el pecho de ella.
Cerró los ojos, cuando un fuerte gemido se escapó de sus labios, por lo cual busco, torpemente, la sabana, y con ella cubrió su boca. Si alguien los escuchaba, sería el fin... literalmente.
Escuchaba los gemidos ahogados con la sabana, y aunque quiso pedirle que no lo hiciera, sabía que si no lo hacía, alguien más podría escucharlos.
Siguió su camino, pero delineando su costado, hasta que llego a su cadera, y deslizo su lengua hasta donde terminaba la espalda de ella, desde donde empezó a deslizarse hacia arriba.
-Inu...yasha -susurro contra la sabana. No sabía cuál era la razón, pero quería que él le hiciera el amor ya. Esa misma razón, había sido la que le dio valor para pedirle aquello.
Intento girarse, pero él no se lo permitió -. Ya...
-Confía en mi – le susurro en el oído, mientras se colocaba detrás de la espalda de ella. Paso un brazo por debajo de su cabeza, entrelazando los dedos con los de ella. No le agradaba mucho la posición, ya que no podría observarle el rostros, pero era la única que se le ocurría, podría ser cómoda para ella, de las que alguna vez le menciono Miroku. Coloco una de sus piernas entre las de ella, y con la mano que tenía libre, subió un poco la pierna de ella, echándola hacia atrás.
Roso su nariz sobre el cabello de ella. Ahora podía reconocer perfectamente su olor. Bajo lentamente su rostro, rosando con sus labios, su oreja, y cuello, el cual beso. Provocando que ella gimiera en respuesta.
Empezó a delinear, con su mano libre, todo el perfil del cuerpo de ella, desde su rostro, hasta la pierna que reposaba sobre la suya. Sin dejar de repartir besos, en las áreas que eran accesibles para él, del cuello y espalda.
Sin poder evitarlo, un gemido salió de los labios de él, cuando ella llevo la mano que tenía libre hacia atrás, aferrándose a la cadera de él, intensificando así el contacto entre sus cuerpos. Tratando de encontrar al tiempo, con su cadera, aquello que sentía un poco más abajo, rosando su muslo.
Con una mano se posiciono, y lentamente se introdujo en ella. Se mordió el labio, ya que a diferencia de ella, no podía cubrirse la boca para no gemir. Ella en respuesta, apretó más la mano de él, que tenía entrelazada en sus dedos.
Rodeo, con su mano libre la cintura de ella, uniendo si era posible, aún más sus cuerpos. Quedándose en esa posición, en contra de su voluntad, por unos segundos. Quería hacer todo lo más lentamente posible, aunque eso lo estuviera matando.
Cuando ella giro un poco su rostro, y lo beso, él inicio un lento vaivén. Ahogaban sus gemidos en aquel beso, que ahora era un beso muy necesitado.
Si le preguntaran lo que sentía en esos momentos, igual que siempre no encontraría las palabras para hacerlo. Pero no porque se le hiciera difícil expresarse, sino porque no existían palabras para hacerlo. Lo único de lo que estaba seguro, mientras ese calorcillo crecía progresivamente en su pelvis, era que la amaba, y desde ese día nadie volvería a alejarla de él, porque ella había nacido para estar con él, y él para amarla.
Abrió los ojos, y miro hacia la ventana. Suspirando de alivio, cuando se percató de que aún no amanecía. Miro hacia ella. Aún permanecían en la misma posición. Sonrió, antes de besarle la mejilla. Intento levantarse, pero ella se giró, acurrucándose a él.
-Inuyasha -su voz sonaba adormilada -. No te vayas
-Tengo que hacerlo -dijo en un pequeño susurro, besándole la frente -. Vuelve a dormir
Saco lo más lentamente que pudo su brazo, para poder levantarse. Se empezó a cambiar, pero escucho un pequeño gemido proveniente de ella.
Se acercó lo más rápido que pudo a la cama -. ¿E-Estas bien? -dijo de forma preocupada, pero ella en respuesta, simplemente coloco una mano sobre su abdomen, sin mirarlo. Él empezó a colocarse apresuradamente la camisa que tenía en la mano, pero ella lo tomo por una mano -. ¿Kagome...?
-Creo...-lo miro -. El bebe se movió. Es la primera vez que lo siento - él suspiro. Casi muere por un paro cardíaco -. ¿Quieres..? -pregunto emocionada.
-No creo que deba hacerlo -sentía que quien debía de estar allí, era Kouga, y no él. Pero antes de que pudiera reaccionar, ella movió la mano que le sostenía, y la coloco sobre su abdomen.
Algo allí adentro, se movió.
-Creo que le agradas -dijo con una pequeña sonrisa. Él no dijo nada, simplemente se quedó observando su mano. Concentrándose en los pequeños movimientos que sentía a través de ésta.
Miraba anonadado como el cabello de ella danzaba en el agua. Parecía fuego, mezclándose suavemente, con el agua. Era realmente sorprendente... por lo menos a ojos de él.
Cuando el agua golpeo su rostro, salió de su ensoñación, pero no duro mucho tiempo en la realidad, cuando la observo al rostro. Su cabello mojado se pegaba a su piel, y una gran sonrisa adornaba sus labios.
-Deberías meterte
Decir que no quería sucumbir ante aquella propuesta, seria mentirse. Pero sabía que si lo hacía, sería un acto indebido de parte de él, que traicionaría la confianza de los Taisho. Cosa que no debía hacer, si algún día quería tener el privilegio de recibir la mano de Ayame.
-Sabes que no estaría bien -dijo con una pequeña sonrisa, logrando que una mueca de decepción apareciera en el rostro de ella. Después de unos segundos se encogió de hombros, y siguió nadando. Él siguió perdiéndose en su imagen, hasta que un grito lo devolvió a la realidad.
Observo a su alrededor, pero Ayame no se encontraba. Sin pensarlo, corrió al lago, y se hundió en sus aguas -. ¡Ayame! -su corazón estaba a punto de detenerse. Se hundió nuevamente, pero no la encontró -. ¡Aya...me! -no podría vivir con eso. No podría soportar pensar que la única mujer que había amado, murió sin que él hubiese hecho algo para evitarlo -. ¡Ayame!.
Sus ojos se cristalizaron, cuando sintió unos brazos rodearlo -. Eso no fue divertido -dijo en un pequeño susurro -. Creí... creí... -se giró hacia ella, la expresión del rostro de ella cambio, cuando vio los ojos de él.
-Lo siento, solo... -se calló cuando la mano de él se posó en su mejilla.
No estaba enojado. Nunca podría enojarse con ella. Pero si había, y sentía miedo. Había sentido por unos segundos temor a perderla.
-Te amo, Ayame
-Hojo... - un dedo de él se posó en sus labios, haciéndola callar.
-Lo sé -dijo, acercándose peligrosamente a sus labios -. Pero esta vez no pediré disculpas – dijo antes de sellar sus labios a los de ella -. ¿Aceptarías comprometerte conmigo?
Se quedó en silencio. Era la segunda vez que se lo pedía, pero esta vez estaba segura de que después de Kouga, al único hombre que podía querer era a Hojo. Si no lo intentaba con él, jamás aceptaría a otro hombre.
Rodeo el cuello de él, y se hincó, logrando besarlo. Cuando rompió el beso, él la levanto sobre su cabeza, dándole vueltas en el aire.
-¡Dijo que si! -grito a todo pulmón, sin dejar de dar vueltas en el agua. La única mujer que había amado, lo había aceptado. Sabía que ella no lo amaba, pero él, hasta el último de sus días, haría lo que fuera para hacerla feliz.
Jugaba con el tenedor, pasándolo lentamente por arriba de la comida, de la cual no había probado ni un solo bocado. Era uno de los días más maravillosos que había vivido. Y, dentro de unos meses, los viviría por el resto de su vida.
-Inuyasha -escuchaba la voz lejana, pero nada de lo que sucedía a su alrededor le importaba, solo quería pensar en... -. ¡Inuyasha! -el tenedor cayó de su mano, y miro de forma atontada a la dueña de la voz -. ¿Estas enfermo? -la chica sonaba preocupada.
-¿Eh? -al ver la expresión de la chica, meneo la cabeza tratando de salir de esa nueve de ensoñación en que se encontraba -. ¿Decías algo?
-¿Estas enfermo? -volvió a preguntar.
-. No, yo...
-Tuvo sexo -los dos miraron al dueño de la voz que lo había interrumpido. Quien comía como si hubiese dicho lo más normal del mundo -. Bueno, al menos uno de los dos...¡Oye! -se tocó la frente, en la parte donde una zanahoria le había pegado -. Sabes que es cierto... no lo has negado, tuviste sexo anoche, y he de suponer que del bue... - esquivó una zanahoria.
-¡Eres un idiota! -grito -. ¡Cómo se te ocurre decir eso frente a Ayame!
Miroku, miro a la mencionada, quien miraba su comida, con un visible rubor -. Su esposo nos agradecerá -dijo en broma, para después esquivar otra zanahoria. Agradeciendo que el señor Inu no, no se encontrara en la hacienda -. Perdona por mi imprudencia, Ayame.
-No te preocupes -empezó a jugar distraídamente con su comida -. ¿Entonces es cierto, Inuyasha?
-Yo...si…¡no…! -se aclaró la voz, al percatarse de la forma, en que ahora, lo miraba Ayame -. ¿A qué te refieres? –aunque trataba de hablar normal, sabía que la voz le había temblado, e inclusive, que el rubor en su rostro había aumentado.
-¿Tienes una novia? -levanto la mirada. Aún estaba ruborizada.
-Yo...
-Si la tiene. Estuvo con ella anoch... ¡auch! -otra zanahoria.
-Pero... no me lo habías contado -dijo un poco decepcionada.
-Es complicado... pero prometo que pronto te la presentare -dijo -. Estoy seguro que pueden llegar a ser amigas -agarro otro tenedor, para empezar a comer, pero cuando estaba a punto de dar el primer bocado, se detuvo -. ¿Por qué tienes el cabello mojado?
-Tenía calor, y me volví a bañar -dijo con una pequeña sonrisa nerviosa. Para después empezar a comer rápidamente. En la cena, le contaría a Inuyasha sobre la propuesta de Hojo, obviamente omitiendo el hecho de que todos los días, de esa semana se escapaba para pasear con él.
Se quedó observando fijamente a su hermana. La conocía lo suficiente para saber que quería decirle algo, pero no se atrevía. Se levantó de la silla, y camino hasta la cama, sentándose en ésta, al lado de su hermana.
-¿Qué sucede?
La otra chica, la miro, ruborizándose en el acto. Por lo cual, se vio obligada a bajar la mirada. No era que no le tuviera confianza a su hermana, simplemente no sabía cómo hablar con ella sobre Inuyasha, después de lo que había sucedido entre ellos.
-¿Kagome?
-Son ideas tuyas, hermana -dijo con una pequeña risita nerviosa, sin mirarla.
Kikyo, suspiro. Kagome, era tan expresiva, que aunque tratara de aparentar que todo estaba bien, no lograba hacerlo. Siempre había sido así, y al parecer jamás cambiaria.
-Está bien -dijo -. Supongo que no es mi problema -dijo aparentando desinterés en el tema -. Puedes iniciar a comer
Agarro el tenedor, pero después de observar unos segundos como su hermana degustaba su platillo, no pudo soportarlo más y dijo -. En estas últimas semanas, Inuyasha... viene todas las noche -su voz había sido un pequeño susurro, pero estaba segura de que su hermana lo había escuchado. Levanto la mirada, al no obtener respuesta. Su hermana la miraba, sin ninguna expresión en su rostro... como siempre. Trato de encontrar un pequeño gesto que le indicara que pensaba su hermana, pero por más que se concentró en sus ojos, no pudo diferenciar alegría, o enojo. Igual que desde que eran niñas, no podía observar absolutamente nada -. Kikyo...- su voz sonó un poco temblorosa. No sabía que sentía su hermana por Inuyasha, y le daba miedo pensar que se enojara con ella por esa razón -, eso... ¿te mo...?
-Entonces no puedes venir a vivir conmigo hasta que nazca tu hijo -dijo mientras colocaba el tenedor en el plato. Ese día, había pensado hablar con la señora Ookami, para que le permitiera llevar a Kagome, a su casa, y cuidarla como lo había prometido. Llevarla haría que las personas que se encargaban de vigilar la casa mataran a Inuyasha -. Hay mucha vigilancia en la casa... tendrían que suspender sus visitas nocturnas -agarro nuevamente el tenedor, y empezó a comer.
-¿No te molesta?
-¿Por qué habría de hacerlo? -dijo -. Me enojaría si supiera que no te cuidaría como es debido -levanto la mirada -. Él es un buen hombre... sé que te cuidara.
Después de la respuesta de su hermana, se tranquilizó, y empezó a comer. Pero después de unos minutos, interrumpió el silencio que se había formado -. Nos iremos cuando nazca el bebe
-Es una sabia decisión -dijo -. Para ti viajar en estos momentos puede ser peligroso
-Eso piensa él -se aclaró la garganta -. Queremos que vengas con nosotros – a pesar de que no había tratado ese tema con Inuyasha, estaba segura de que él también querría ayudar a su hermana -. Sé que tal vez... será un poco incómodo, pero...
-No puedo hacerlo -fue lo único que respondió, sin mirar a su hermana. Había una parte de ella que quería marcharse, pero otra... -. No es porque viajaría con ustedes, es solo que... no puedo -dijo sin saber exactamente que responder. O, tal vez eso fue lo que prefirió pensar en ese momento.
-¿Lo haces por tu esposo? -dijo -. ¿Tú, y él...?
Se ruborizo, y la interrumpió, sabiendo lo que su hermana quería saber -. Kagome, ¿qué clase de preguntas son esas?
-Sé que es difícil saber lo que siente, y quieres -dijo -. Pero estoy segura de que amaste a nuestro padre tanto como yo, y a cualquier persona no le darías tu collar – Kikyo, llevo inconscientemente una de sus manos a su cuello, y se ruborizo, aún más -. Sé que se lo tuviste quedar a alguien, porque de lo contraria jamás te lo hubieses quitado. Además, de que no permitirías que alguien te tocara, a no ser que sintieras algo por esa persona.
-Son... ideas tuyas -se sintió estúpida, ante su respuesta y el tono de voz que había utilizado, pero estaba tan avergonzada, que su cerebro parecía estar paralizado.
-Tal vez, pero el rubor en tu rostro no -dijo con una pequeña sonrisa, para posteriormente empezar a comer.
Tres semanas había tenido que esperar para estar nuevamente en el Sengoku. Sabía que no era mucho tiempo, pero todos esos días, le parecieron una eternidad. Y, aunque la pareja que lo había cuidado, le pidió que aún no se marchara, él no pudo esperar un día más. Conocía a la perfección a su abuela y sabía lo que ésta haría después de su supuesta muerte. Por lo cual esperaba, que el levirato, todavía no se hubiese llevado acabo. Aunque, si las cosas habían salido según lo planeado, a Kagome no podrían casarla con otra persona.
Respiro profundo, cuando sus botas al fin tocaron la arena. Estaba seguro de que las cosas mejorarían con Kagome, a partir de ese momento, y podría cumplirle la promesa que le había hecho.
Hacerla feliz.
El trayecto a la hacienda le pareció más largo que el viaje en barco. Cada minuto que pasaba, se ponía más ansioso. Cuando por fin pudo divisar la hacienda, se detuvo unos segundos a observarla. Sentía que habían pasado años desde que se había marchado. Respiro profundo, para después proseguir su marcha. Cuando estuvo a unos metros, pudo observar claramente como algunos empleados se quedan estáticos, segundos antes de alejarse despavoridos.
Cuando se bajó del caballo, escucho unos gritos, que reconocía perfectamente como los de su abuela. Y, en ese momento pensó que tal vez debió enviar una carta antes.
-¡Deja de ser hereje! –escucho-. ¡Y, respeta la memoria de mi nieto!
-Mi señora…
-¡Retírate!. Kouga, esta… -en ese momento la anciana lo miro -. Aquí…-dijo en un hilo de voz, antes de que sus ojos se cerraran, y sin que las personas que estaban a su alrededor pudieran evitarlo, cayó al piso.
-¡El fin llego! –grito en sueños, pero una mano hizo que abriera los ojos -. ¡Los muertos se han levantado!
-Abuela, soy…
-¡Demonio! – miro a su alrededor, y al percatarse de que estaba en su cuarto, se levantó y agarro la cruz que colgaba sobre la cama, y se arrodillo -. ¡Vuelve al lugar de donde saliste. Te reprendo! –levanto la cruz, y por unos segundos, casi le pega a Kouga con ésta, pero como él se movió, cayó en la cama.
Él la tomo por los hombros, pero la anciana parecía estar en trance. Tenía los ojos cerrados, y mientras se golpeaba el pecho con la mano libre, susurraba cosas que no alcanzaba a comprender.
-Abuela, tienes que escucharme
-Es el peor castigo. El peor demonio –dijo en un pequeño susurro ahogado -. ¿Por qué igual a él?
-Abuela… -no pudo seguir cuando la anciana coloco su mano en la mejilla de él -. Soy Kouga –agarro la mano de la anciana y la beso.
-¿Ya estoy muerta? –dijo con una sonrisa -. ¿El señor me concedió esa gracia?
-Supongo que ninguno de los dos lo esta
Gemidos empezaron a salir de la boca de la anciana, mientras bañaba el rostro de Kouga con lágrimas y besos. Pero después de unos segundos se detuvo, y lo observo fijamente, frunciendo el ceño cuando se percató de lo que estaba mal.
-¿Qué le sucedió a tu cabello?
Una mueca de desagrado apareció en su rostro, mientras inconscientemente llevaba una mano al lugar mencionado. Aún no podía superar lo que le había hecho la mujer que lo cuido, a su magnífico cabello.
-Abuela, estas… -las palabras murieron en su boca, cuando se percató de aquella escena.
Kouga sonrió, y a pesar de la resistencia de su abuela, se levantó -. También me agrada volver a verte, hermano –camino hacia Hojo, y lo abrazo, pero éste parecía estar muy impresionado para responder al abrazo.
Que Kouga estuviera con vida, lo hacía feliz, después de todo ellos no solo eran primos, ellos eran amigos y hermanos. Pero no podía evitar sentirse incomodo con su presencia, sobre todo cuando pensaba en que sucedería cuando Ayame se enterara de que Kouga seguía con vida, y había regresado, justo el día en que se comprometerían formalmente.
Después de que Kouga finalizara de contarle todos los sucesos que le ocurrieron desde aquella tormenta, decidió que a pesar de que él había faltado al deber que tenía con Ayame, debía contarle lo que estaba sucediendo. Respiro profundo, y hablo.
-Me comprometeré en matrimonio esta noche… "o, eso creo"
-En buena hora –dijo visiblemente sorprendido y emocionado -. Al fin decidiste olvidarte de esa… chica –dijo esto último con marcada burla, mientras servía whisky en dos vasos.
-No me agrada que utilices ese tono cuando te refieres a Ayame –dijo -, y menos ahora que…
Unos toquidos en la puerta lo interrumpieron, y segundos después la abuela de ellos entro -. Tu esposa ya está lista para recibirte.
-Seguimos hablando después –dijo mientras le daba una palmadita en la espalda mucha curiosidad por conocer a la dama que has elegido. Debe ser muy hermosa –dijo, para después salir de la habitación.
-Creo que es hora de empezar los preparativos para esta noche –dijo más emocionada que de costumbre -. Habrá doble celebración –y sin decir más, lo dejo solo en la habitación.
Él miro el vaso que antes le había dado Kouga, y lo vacío de un solo trago. No podía dejar de pensar en que debía hacer. Que decisión debía tomar para que Ayame fuera feliz. Porque eso era lo único que le importaba... la felicidad de su adorada Ayame.
Limpio sus lágrimas cuando sintió la puerta abrirse. A pesar de que se alegraba de que Kouga viviera, no podía evitar sentir, nuevamente en su pecho, ese horrible dolor, que casi podía cortarle la respiración.
Se encogió en la cama, cuando sintió unos labios en su cuello -. Te extrañe -la rodeo con los brazos, pero ella no respondió al abrazo. No se podía mover, y nuevamente había empezado a llorar -. Mi abuela me contó sobre el bebe... me haces el hombre más feliz del mundo -bajo una mano hasta el abdomen de ella, intentando acariciarlo, pero ella se levantó -. Kagome... -intento tocarle el hombro, pero ella empezó a temblar, mientras sus sollozos se hacían audibles -. Lo siento... por lo que paso hace dos meses -dijo creyendo que el estado de ella se debía a eso -. Me arrepiento por eso, y aunque... nuestro hijo, es producto de ese día, me hace feliz saber que tendremos algo que nos unirá por siempre -se colocó delante de ella -. Dios me dio una segunda oportunidad, y juro que resarciré lo que te hice -dijo mientras limpiaba las lágrimas que corrían por sus mejillas -. Desde ahora te cuidare -coloco una mano en el vientre de ella y sonrió -. Los cuidare... lo juro.
-Lo siento… -nuevas lagrimas empezaron a salir de sus ojos. Sentía felicidad, tristeza y culpabilidad. Felicidad, porque Kouga, estaba con vida... a pesar de todo, eso le daba felicidad. Tristeza, porque Inuyasha y ella jamás podrían estar juntos... eso destrozaba su corazón. Culpabilidad, porque aún sin saberlo, había traicionado a Kouga con Inuyasha... pero a pesar de que sabía que eso estaban mal, no se arrepentía de absolutamente nada -, pero no puedo –se apartó de él, dándole la espalda.
-"Me odia más de lo que pensé". Kagome…
Su nombre había sonado tan agónico, pero a pesar de eso no se giró. No era capaz de mirarlo a los ojos.
-Yo… no quise dañarte…
Sabía que jamás amaría a Kouga, pero por su hijo, había decidido olvidar lo que él le había hecho. Pero a pesar de hacerlo, jamás podría permitir que él la tocara, porque ella no podría estar físicamente con otro hombre diferente a Inuyasha.
-Perdóname
-Ya lo hice –dijo en un susurro, mientras se limpiaba las lágrimas. Odiaba ser, aún más, sensible por el embarazo.
-Pero entonces por qué…
Escucho un pequeño suspiro, y se giró, observando todo, menos a su rostro -. Quiero aclarar algunos puntos contigo -él se quedó observándola, pero no dijo nada, esperando a que ella prosiguiera -. Antes de que ocurriera el accidente, tenía pensado pedirle a mi primo que pidiera la anulación de nuestro matrimonio, porque...
-Kagome, sé que lo que hice estuvo mal, pero te prometo que jamás volverá a suceder –agarro las manos de ella entre las suyas, a pesar de la clara incomodidad de la chica -. Prometo que pasare todos los días de mi vida luchando por conseguir tu perdón
-No es necesario, Kouga, como dije antes, ya te perdone – aparto sus manos de las de él -. Al principio te odie, eso tengo que aceptarlo. A pesar de que la ley dice que eso que hiciste está bien, jamás podré aceptar que tal acto sea considerado como natural al ser realizado dentro del matrimonio -él intento hablar, pero ella le indico que la dejara terminar -. Se supone que tienes que confiar en tu esposo, pero ¿cómo podría confiar en alguien que me lastima de esa forma?. No solo me lastimaste, sino que además, traicionaste mi confianza… por eso te odie… pero comprendí que no valía la pena guardarte rencor, porque eres el padre de mi hijo, y no quiero que él te odie. Por eso te perdone, pero eso no significa que tendremos un matrimonio como manda la ley
-Kagome, jamás he querido lastimarte. Todo lo que he hecho, ha sido para que seas feliz
-¿¡Cómo lo que me hiciste podría darme felicidad!? –había hecho un gran esfuerzo por mantenerse calmada, pero las palabras de Kouga, le parecieron muy sínicas.
-Ahora no lo entenderías –a pesar de todo, estaba calmado.
-¡Quiero hacerlo, porque realmente lo único que entiendo es que traicionaste mi confianza, y actuaste egoístamente! –unas lágrimas, nuevamente, empezaron a bajar por sus mejilla, pero aun así, seguía enojada -. No te importo lo que yo pensara o sintiera –lo miro a los ojos, y su expresión se suavizo -. ¿Por qué?
Bajo la mirada. No supo que decirle, ya que consideraba que aún no era el momento. Tal vez era mejor que lo odiara a él, en vez de odiarse ella por hacerlo cargar con algo que no era su responsabilidad, y que se martirizara toda la vida por habérsele entregado a Inuyasha.
-No te odio -dijo ella, llamando su atención -. Podemos intentar nuevamente ser amigos...por nuestro hijo -dijo con una pequeña sonrisa, pero casi inmediatamente, se puso mortalmente seria -. Pero te juro que si intentas, o vuelves a hacer algo por el estilo, no me importara que seas el padre de mi hijo
Se quedó observándola por algunos segundos, ella nuevamente sonreía, y él sin poderlo evitar, también sonrió. Aún no comprendía como alguien podía cambiar rápidamente de humor -. Prometo que jamás volverá a repetirse -tal vez, algún día, cuando fuera capaz de decirle la verdad, ella lo perdonara totalmente, y tal vez, pudieran llegar a tener una relación normal.
Observaba el collar en su mano. Ya había transcurrido tres semanas desde que él se había ido. Y, aunque nunca creyó sentirlo, lo extrañaba. Extrañaba incluso "pelear" con él.
Se acurruco en la cama, colocando el collar a un lado de ella. Aun esa horrible sensación no desaparecía. En vez de eso, con el pasar de los días, parecía hacerse cada vez más fuerte. Algo cambiaría, lo sentía. Pero no sabía qué.
-La perla de Shikon -levanto la mirada, hacia la anciana -, o bueno, parte de ella. Hacía muchos años no la veía. Creí que Onigumo, se había deshecho de ella.
-La perla de Shikon -susurro, agarrando el collar entre sus manos.
-¿Hitomi, te la regalo? - ella asintió una historia muy peculiar -dijo -. La leyenda dice, que perteneció a un hombre, que se convirtió en sirviente del mismísimo demonio, simplemente por ambición. Tendría poder e inmortalidad, si podía evitar una cosa... enamorarse, ya que eso sería su perdición. Era un hombre que había nacido con oscuridad en su corazón, y sin pensarlo acepto. Pasaron los siglos, y él hombre cumplía con su deber... llevar almas al infierno. Almas que él mismo se encargaba de arrancar con más dolor, del que la muerte podría ocasionar. Hasta que la conoció a ella. Solo tenía que arrancar su alma, y arrastrarla con él... pero ella lo engaño gracias a su astucia, y se liberó. Pero lo que le quedaba de alma a él, se prendó, en ese momento de ella. Gracias a eso, ella obtuvo lo que nadie más. Su corazón. Era una perla oscura, que en contacto con ella se purifico, gracias al amor que por ella sentía. Ella tenía el poder de dominarlo, pero lo traicionó. La mitad de la perla se fue con él al infierno, y la otra mitad se quedó con ella. Lo único que quedaba de su corazón maldito, decidió permanecer con ella por amor.
-Un corazón de demonio... - susurro -. "Su corazón"
-Cuando Onigumo la obtuvo, represento su poder -dijo -. Cualquiera que tuviera la perla, se creía era intocable. La leyenda y las características físicas de Onigumo, lograron infundir temor. Pero ahora Hitomi, hizo un collar especialmente para ti -dijo con una pequeña sonrisa.
Miro nuevamente el collar en su mano -. "Me entregó su corazón"
En ese momento se percató de algo. Ella también le había entregado su corazón, sin percatarse de ello.
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Hola…perdón por la ausencia, pero he estado muy ocupada. Si existen pequeños errores en la redacción, discúlpenme, pero, como dije antes, no he tenido mucho tiempo.
He agregado una parte que se suponía iría en el otro capítulo, pero creo que en este quedaba mejor –Kouga y Kagome-.
Semillas de zanahoria silvestre (Daucus carota): Son anticonceptivas –son efectivas incluso después de ocho horas de realizar el coito-, ya que bloquean la síntesis de progesterona, por lo cual también son abortivas.
Rijeayko (Si…tampoco se nota tu amor por Kouga jjaa. Supongo que te gustara el próximo –recuerdos de Kouga-. Ya solo tienes que tener un poquito de paciencia… ¡saludos!)
Erza (Si…la vida –autora- está siendo muy injusta con ella. Gracias por ser paciente :D…¡saludos!)
Kyori Deemo (Ya no lo dudo jaja. Si, Inu, se percata de que la ama y quiere que ella sea feliz. Si, lo siento u/u –siempre sucede cuando algo me encanta…¡gracias…saludos!)
Margot (Si…Kouga, arruinando los momentos Inu-Kag desde tiempos inmemorables xd. Lo siento soy mala y me agrada el sufrimiento muajjaaa muaajjja –intento de risa malvada jjaaj-. Si, ya sabía que te gustaría el final de Bankotsu jjaajj. Yo tampoco, pero mis dedos escribieron –no se en que estaría pensando-, aunque a algunas les agrada la pareja. Hojo, es un buen chico…más bueno que el pan, supongo que no agradaba por gustar de Kag. Espero siga siendo de tú agrado…ya este es el último... ¡saludos!)
773 (Lo siento…y aunque no tengo perdón espero conseguirlo –ojitos del gato con botas jjjaaa-…gracias por no olvidar la historia…¡saludos!)
Gabrielle Kravinoff
23/09/17
