Capítulo XVII: Lazos de sangre.
Se sirvió más whisky, cuando la puerta se abrió. La anciana que cruzo el umbral, hizo una reverencia, mientras en su arrugado rostro, sin poder evitarlo, se formaba una gran sonrisa.
-Joven amo, me hace feliz que este nuevamente con nosotros –dijo con aquel tono rasposo que la caracterizaba, denotándose en el que sus palabras eran ciertas. Y, siempre lo serian, porque después de que su niña había muerto, el joven frente a ella era lo único que le quedaba.
-Lo sé, Kae –le devolvió la sonrisa a la anciana, antes de beber del vaso que sostenía -. Quiero agradecerte lo que has hecho por mí. Estoy agradecido de que cumplieras tu palabra, por eso quiero obsequiarte lo que desees
-No deseo nada, joven amo –dijo-. Mi deber es servirle, hasta que mi cuerpo se deje de mover. No tiene por qué pagar por mis servicios, porque yo lo hago por lo deseo y me hace feliz serle de utilidad
-Igualmente, cuando vayas al mercado, pide lo que quieras a mi nombre –dijo en un tono que no admitía replicas.
-Gracias, joven amo –hizo otra reverencia para marcharse, pero en ese momento recordó algo, y dijo -. La hermana de su esposa tiene sospechas –Kouga, la miro con mayor interés, haciéndole una invitación silenciosa a que prosiguiera -. Hace algunos días, accidentalmente, escuche que ella le preguntaba a su esposa cuanto tiempo tenía en realidad, porque su embarazo no debería de notarse, pero yo la interrumpí antes de que siguieran hablando. De hecho, siempre que viene estoy atenta
-Has hecho lo correcto
-Gracias, joven amo –hizo una reverencia, y salió de la habitación.
Cuando quedo a solas, agarro nuevamente el vaso y bebió. Sabía que Kagome, no sospecharía de nada, porque en los internados para señoritas, las monjas no les hablan sobre "temas indecorosos", simplemente las preparan para ser las esposas perfectas. Pero su plan no había contemplado a Kikyo. Creada y moldeada por Bankotsu. Era su amigo, y lo conocía perfectamente. Por ende, Kikyo, no sería tan fácil de engañar.
Tomo otro trago. El día que el medico la reviso, le había dicho que su esposa estaba esperando un bebe… uno, que no era hijo suyo. Tenía que reconocer que se había decepcionado un poco, pero él le había hecho una promesa a Kagome, y tenía que cumplirla, pero no quería que ella sufriera en el proceso, y la conocía lo suficiente para saber que se sentiría mal por "obligarlo", a adjudicarse algo que no era su responsabilidad. Por eso la había engañado. Prefería que se molestara con él, a verla sufrir nuevamente por esa bestia. Y, aunque no pensaba ocultarle la verdad a Kagome, por siempre, por ahora lo ideal era que siguiera creyendo que mantuvieron relaciones, y el bebe era hijo suyo.
Le había tomado cariño a Kagome, en el poco tiempo que llevaba de conocerla, a pesar de que al principio se había propuesto acostarse con ella, al final, había decidido casarse con ella simplemente por cariño… y, bueno, no podía negarlo, también para fastidiar a Inuyasha. Pero estaba seguro de que algún día, podría amar a Kagome. Estaba seguro de que con el tiempo podría quererla… igual o más de lo que quiso alguna vez a quien jamás debió querer.
Desde que había llegado a la hacienda, una sola frase se repetía constantemente, tratando de que su valor no decayera. A pesar de lo que sentía, y lo que sentiría cuando hablara con ella, sabía que eso era lo correcto. Hablar con ella era lo correcto. Informarle a Ayame sobre la llegada de Kouga, y facilitarle las cosas rompiendo el compromiso era lo correcto, a pesar de que eso matara todas sus ilusiones.
-¿Le apetece algo diferente? -la voz de la mujer lo saco de sus cavilaciones, y en reflejo la miro -. Si gusta puedo ofrecerle algo diferente -miro en la dirección en que la mujer lo hizo, observando la taza con té, que aún mantenía en una mano, sin haberla probado.
-No, así está bien. Gracias -dijo tratando de formar una de sus habituales sonrisas, pero ésta no llego hasta sus ojos. La mujer pareció titubear un poco, pero después de unos segundos hizo una reverencia, y se marchó.
Miro el reloj que se encontraba en la pared, y un pequeño suspiro escapo de sus labios, antes de intentar llevar la taza a éstos, pero antes de que pudiera probar el líquido, unos pasos apresurados rompieron el silencio que reinaba en la habitación, y segundos después, apareció Ayame.
-Siento que tuvieras que esperar tanto -fue lo primero que dijo cuando él se levantó. A pesar de la apariencia, aún más infantil que le daban las dos coleta, en que llevaba recogido el cabello, a los lados de su cabeza, para él, seguía viéndose hermosa -. Tuve que ir a comprar un vestido… ya sabes que no acostumbro a hacerlo, pero mi padrino creyó que necesitaba más vestidos –dijo un poco avergonzada, recordando la odisea que había sido para sus acompañantes, que ella escogiera un simple vestido -. Creo que tardamos más de lo debido
Si no hubiese sido por la situación, hubiese sonreído enternecido. Ayame, era muy hermosa.
-Ayame… -el tono, inusual, que el utilizo, capto totalmente su atención -. Yo… -probablemente sería lo más difícil que haría en su vida, pero aunque le causara dolor, era lo correcto -, necesito… -las palabras murieron nuevamente en su garganta.
-¿Sucede algo?
Suspiro cansinamente. Era más difícil de lo que se había planteado.
-¿Hojo…? –sonrió -. Puedes decirme lo que quieras, siempre seres amigos –dijo al percatarse de que él parecía vacilar -. ¿Acaso…? –una profunda tristeza se reflejó en sus ojos. Debió suponer que eso sucedería. Ella no era la esposa que un hombre desearía -. Ya no quieres prometerte conmigo, ¿es eso? –trato de sonreír -. Yo…lo compre…
-Jamás lo haría…siempre te he amado
-¿Entonces qué sucede? –dijo, notándose el alivio en su voz -. Somos amigos ante todo
Bajo la mirada. Observando sus ojos, no se sentía capaz de seguir -. Ayame, hoy… -respiro profundo -, Kouga, regreso a la isla
Ella frunció el ceño, e hizo un movimiento negativo con la cabeza. ¿Había escuchado bien?. Seguramente no. Era imposible que Hojo le hubiese dicho algo como aquello.
Respiro profundo, tratando de calmar los latidos de su corazón, que cada segundo parecían ir en aumento.
Kouga, no podía estar vivo. Su cerebro se negaba a creerlo.
-Hojo,…
-Kouga, está vivo, y llego hoy –dijo interrumpiéndola. No quería alargar más aquella tortura -. Creo que lo correcto era decírtelo –sonrió de forma pacífica, tratando de aparentar que todo estaba bien, cuando los ojos de ella se llenaron lentamente de lágrimas, mostrándole la visión más hermosa, y triste que había visto en su vida. Aquellas esmeraldas parecían brillar intensamente -. No llores… todo estará bien
Lo miro cuando él poso las manos, en cada una de sus mejillas. ¿Por qué, cuando ya había decidido ser feliz, la vida le hacía eso?. ¿Por qué Kouga le hacía eso?
-Hojo… yo… -pequeños sollozos, le impedían hablar.
-No te preocupes -aunque la situación le dolía, no podía ser egoísta y pensar simplemente en él. Si podía hacerle las cosas más fáciles a ella, se las haría -. Hablare con el señor Taisho, y cancelare la resección –al ver que ella no dejaba de llorar, prosiguió -. No te preocupes por mí, estaré bien. Seguiremos siendo amigos.
Hojo, le sonreía. Siempre hacia lo mismo, la colocaba por encima de todo… inclusive de él.
-Yo…
-No es necesario –sabia a la perfección que ella no sabía que decir -. He sabido lo que sientes por mí, y… -su voz se quebró por unos segundos -, lo que sientes por él. Sé que las cosas no podrán seguir igual que en estas últimas semanas, pero no importa… siempre seremos amigos. Lo único que importa ahora es que seas feliz… siempre he sabido que no puedo hacer nada más que permanecer a tú lado, y sin importar que suceda lo haré
No supo que decir, y supo que él no esperaba que dijera nada, después de que beso su frente, y se marchó.
Sabía que lo correcto era ir detrás de él, y hacerlo desistir sobre el rompimiento de su, aun no oficial, compromiso. Pero su cuerpo no se movió, excepto, para deslizarse hacia el piso, cuando los temblores en sus piernas, le impidieron seguir manteniéndose en pie.
Hojo, tenía razón en todo lo que había dicho, pero al mismo tiempo estaba totalmente equivocado.
-No es el fin del mundo -dijo con su habitual tono tranquilo, a pesar de que para él sí lo era.
-Como te atreves a decir eso -estaba muy enojada -. Lo que hizo esa muchachita... ¡esto es una burla!... ¡seremos el hazme reír de todos!
-Fui quien rompió el compromiso – aclaro, al percatarse de que su abuela culpaba a Ayame -. No la estoy encubriendo, lo juro por nuestro señor –dijo cuándo la anciana, intento hablar.
Ésta, movió los labios intentando decir algo, pero finalmente se arrepintió e inconscientemente parpadeo tres veces.
-Pero...-la anciana parecía estar realmente confundida -, dijiste que la amabas
-Lo hago...amo tanto a Ayame, que sé que esto es lo correcto...por lo menos para ella
-Hijo...- intento replicar, pero él no se lo permitió.
-Abuela, por favor, no lo hagas más difícil –dijo de forma cansina, sorprendiendo a la anciana, por el tono tan impropio en él -. Siempre he hecho lo que me has pedido, a pesar de que sé que al único que le debía respeto era a mi abuelo, y ahora a Kouga, pero esta vez... por favor, no me lo hagas más difícil –su tono había sido muy lastimero.
La anciana suspiro cansinamente -. ¿Qué haremos con los invitados?, es muy tarde para cancelar a todos
-La bienvenida de Kouga, es también un gran acontecimiento -sonrió cálidamente, a pesar de que aquel dolor que sentía, se iba intensificando cada vez más.
Todos los días, iba al bosque con Kaede y algunos guardas espaldas, encabezados por Byakuya, a recoger algunas hierbas, ya que Kaede, a petición de ella, le estaba enseñando todo lo que había aprendido a lo largo de su vida, y que lamentablemente, alguna vez le enseño a Tsubaki. Después de preparar algunas infusiones, iba a visitar a Kagome, quedándose con ella por algunas horas, hasta que llegaba el atardecer, y se dirigía al mar, por algunas horas, hasta que anochecía. Todos los días, hacia lo mismo, desde las últimas tres semanas.
Cerró los ojos, y suspiro con decepción, al ver como lentamente el cielo empezaba a teñirse de naranja, indicándole que en pocos minutos caería el crepúsculo. Abrió los ojos, sabiendo lo que escucharía en pocos segundos, y casi inmediatamente lo escucho.
-Ya es hora de regresar
Miro una última vez hacia el horizonte, perdiéndose por algunos segundos en aquel lejano punto, en donde el cielo y el mar, parecían volverse uno. Y, como siempre, no observo nada diferente.
Se giró hacia el hombre de coleta, y caminaron juntos hasta el carruaje, donde otros hombres los esperaban.
Todos los días, iba al atardecer a ver el mar. No era porque esperara que en el horizonte apareciera algo. No. Simplemente le gustaba apreciar el mar, sobre todo perderse en aquel lejano horizonte.
Pero aquella vista, la decepcionaba diariamente.
-¿Va a ir a la fiesta de compromiso?
-No –fue lo único que dijo, mientras miraba por la ventana, una vez más el mar. Observando como éste, paulatinamente, se alejaba de su campo de visión.
Desde la mañana que había hablado con Kagome, no la había visto, ni siquiera en la cena, ya que ésta, argumento sentirse indispuesta para salir de su habitación, pero él sabía que eso no era cierto. Sabía que algo le sucedía, y no tenía que ver con el embarazo.
-"Tal vez me odia más de lo que imagine"
Suspiro cansinamente antes de tocar la puerta, abriéndola segundos después de la autorización de Kagome.
Sonrió al observarla. Llevaba el cabello suelto, lo cual, a pesar de su pequeño vientre, le daba un aspecto infantil.
Se acercó a ella, e intento tocarle el vientre, pero al observar como ella se tensaba, desistió. Formándose un silencio incomodo entre ellos dos.
-El embarazo te hace ver más tierna y hermosa –dijo, tratando de formar una pequeña sonrisa. No sería fácil, pero se ganaría nuevamente su confianza, y tal vez su amor.
Después de hablar por algunos minutos, sobre todo lo que le había sucedido en el viaje y después del accidente, y el hecho de como perdió su adorado cabello, salió a colación el tema de la fiesta en honor al compromiso de Hojo.
-¿Podrías acompañarme hoy?
-Tu abuela dice que…
-Ella dice muchas cosas… –dijo con una sonrisa -, pero el medico no te prohibió salir de la habitación –camino hacia la salida -. Le diré a Kae, que venga a ayudarte –dijo antes de salir.
Cuando la puerta del carruaje fue abierta, se encogió en su asiento. Sabía que estaba haciendo lo correcto, pero no podía evitar sentir temor por volverlo a ver. Pero después de pensarlo todo el día, y gran parte de la noche, había aclarado lo que sentía.
-¿Estas segura? –le susurro el hombre más joven para que solo ella lo escuchara.
Ella asintió. A pesar de lo que sentía, estaba aquella duda presente. Pero tal vez algún día, ya no estaría dividida.
Cuando bajaron, entrelazo cada uno de sus brazos con los de los dos hombres peli plateados que estaban a cada uno de sus lados.
Se aferró más a ellos cuando cruzaron la entrada, y un empleado los recibió.
La estancia estaba completamente llena. Mujeres y hombres de diferentes edades, bailaban o simplemente conversando. Respiro profundo, cuando, después de buscarlo con la mirada, lo encontró. Estaba sentado en un rincón, concentrado totalmente en el líquido que contenía el vaso que sostenía en una de sus manos. Miro a cada uno de los hombres que estaba a cada uno de sus lados, y deslizo sus brazos hasta deshacerse del agarre. Escucho algo provenir del hombre mayor, pero la música y la distancia no le permitieron comprender aquellas palabras, pero a pesar de eso, no se detuvo, simplemente siguió el camino hacia él.
-Es mi turno de hablar
El sonido de aquella voz fue suficiente para sacarlo de sus cavilaciones. Miro hacia el frente, encontrándose con un vestido verde esmeralda. Subió más la mirada, y se encontró con aquellos ojos hermosamente brillantes.
-¿Qué… haces aquí?
-Te lo acabo de decir
-Ayame, no es necesario… te entiendo –dijo con una pequeña sonrisa, mientras se levantaba -. Si te preocupa que las cosas cambien…
-Amo a Kouga –dijo interrumpiéndolo -. En eso tienes razón
La expresión de él no cambio, a pesar de que le dolían esas palabras, siempre lo había sabido -. Eso siempre… -unos dedos en sus labios lo hicieron callar.
-Necesito que me dejes terminar –él asintió, y ella aparto los dedos de sus labios -. Amo a Kouga, pero jure olvidarlo… un amor de tantos años, lamentablemente, no se olvida de un día para otro, pero sé que puedo hacerlo –respiro profundo -. Acepte comprometerme contigo porque eres el mejor hombre que he conocido
Él suspiro cansinamente. ¿Por qué ella le hacia las cosas dolorosamente difíciles? -. No tienes por qué hacer esto… no es una obligación –dijo -. Lo importante aquí es tu felicidad, Ayam…-un golpe en su brazo izquierdo lo hizo callar.
-Dijiste que me dejarías terminar
-Lo siento –dijo mientras se sobaba el brazo. Ayame, siempre había sido fuerte.
-Kouga está vivo, pero eso no cambia absolutamente nada entre nosotros – le hacía feliz que él viviera, pero nada cambiaria. Él seguiría aborreciéndola, además, seguiría casado y tendría un hijo. Y, ella había decidido olvidar -. Aunque tengo que reconocer que si él hubiese regresado unas semanas antes… -bajo la mirada -, hubiese dejado todo nuevamente por luchar por él… a pesar de saber que no tenía ninguna posibilidad de ganar –sonrió, y lo miro nuevamente -. Si… no tenía dignidad
-Ayame…-llevo sus manos a las mejillas de ella, limpiando las lágrimas que corrían por éstas -. Eso no es cierto. Simplemente estas enamorada, y tienes el suficiente coraje para luchar por esa persona…eres valiente, y por eso te admiro. Tienes que seguir buscando tu felicidad, y no conformarte con alguien por sentir dolor… busca tu felicidad
-Felicidad que tú me darás –él intento replicar, pero ella lo callo con un beso.
-Ayame… -la separo, agarrándola por los hombros -. Amas a Kouga –su voz sonó quebrada -. Tú misma lo acabas de aceptar. No sigas…
-Tienes razón, pero al mismo tiempo estas equivocado. Quiero a Kouga… pero a ti también –la expresión en el rostro de él, le indica que estaba confundido -. Cuando dijiste que Kouga, estaba con vida… me hiciste feliz. Esa parte de mi corazón que había muerto con él, renació ante tus palabras, pero… -agarro una de las manos de él, que aun descansaba en su hombro -. Cuando decidiste por mí, otra parte murió… creerás que enloquecí, o estoy confundida, pero los quiero a los dos… eso lo comprobé hoy. A Kouga, desde que lo vi por primera vez a los ocho años, y a ti… aprendí a quererte. Mi corazón late al pensar y estar con Kouga…-coloco la mano de él sobre su pecho -, pero cuando estoy contigo, mi corazón solo late por ti… ahora siento que no podría amar a nadie más que a ti, excepto a Kouga
Sentía los acelerados latidos del corazón de ella debajo de la palma de su mano. Iguales a los de él.
-Sé que no será fácil porque conviviremos con Kouga, pero… jamás dudes sobre lo que siento por ti. Yo te quiero a ti también
Y, a pesar de que las personas los observaban, se besaron. A ella nunca le había importado lo que dijeran sobre ella, y él, aunque estaba apenado, le correspondió. Jamás podría negarle nada, y ahora menos, a pesar de nunca haber creído que sucedería, tenía la mitad de su corazón. Y, para él que siempre la había amado, eso era suficiente.
Inmediatamente entro a la estancia, la busco, con la mirada, entre todas las mujeres que conversaban y bailaban. Después de casi cinco minutos, la encontró. Estaba en un rincón, mirando por una ventana. Sonrió, y sin pensarlo, sus piernas se movieron hacia ella. O, eso trataron de hacer, porque una voz, que en ese momento sintió como sacada del mismísimo infierno, provoco que su cuerpo quedara totalmente estático.
Quiso creer, de verdad necesitaba creer que aquella voz solo había sido producto de su imaginación. Prefería mil veces pensar que estaba enloqueciendo, a que la persona, dueña de aquella voz, estuviese allí.
Respiro profundo, necesitaba calmarse.
-Jamás creí decirlo… -escucho nuevamente aquella voz, que aunque era casi ahogada por la música, él la escuchaba y reconocía a la perfección. Giro lentamente, encontrándose, con una sonrisa de prepotencia, en la persona que considero no volver a ver jamás -, pero me agrada verte chucho
Palideció. Eso tenía que ser imposible. Tal vez, había enloquecido y veía cosas que ya no existían. Kouga, no podía estar vivo.
-No, no estás loco… aunque me agradaría que así fuera –dijo con marcada burla, regocijándose ante la expresión de horror que tenía Inuyasha -. He vuelto de entre los muertos por mi esposa… e hijo –agarro dos vasos de la bandeja de una mesera que pasaba por donde ellos, y le ofreció uno a Inuyasha -. ¿No vas a felicitarme? –al observar que él otro no reaccionaba, vacío todo el whisky en un solo vaso, y lo levanto en señal de brindis -. A la salud de mi esposa e hijo, y de los próximos que vendrán –dijo con una sonrisa, antes de beber todo el contenido del vaso.
Decir, que en ese momento no quería borrarle la sonrisa a golpes, seria mentirse. Conocía al maldito, y estaba seguro de que estaba allí, con vida, simplemente para joderle la vida. Siempre había sido así, y al parecer, seguiría volviendo de la muerte para hacerlo, mientras él permaneciera con vida.
Una mano en su hombro lo saco de sus cavilaciones. Era Kouga, quien aún, tenía esa maldita sonrisa en el rostro.
-Nos vemos después, tengo que ir con mi esposa
Observo la escena frente a sus ojos, a pesar de saber que eso lo único que haría sería martirizarlo… se lo merecía.
Kouga, se acercó a ella, y la beso. ¡El malnacido la besaba frente a sus ojos!. Sin importarle las personas que empujaba a su paso, empezó a hacerse paso entre la multitud. Ni siquiera le importaba la escena que provocaría delante de todas esas personas, lo único en lo que pensaba era en partirle la cara a Kouga, por tocarla.
Estaba seguro de que con un solo golpe no le bastaría. Cuando le pusiera las manos a su rostro, se aseguraría de que le quedara claro que no podía tocarla, porque ella…
Un fuerte agarre en su brazo derecho lo detuvo. Movió el brazo bruscamente, intentando soltarse, pero la mano que lo retenía no se apartó. Giro hacia atrás, tal vez tendría que golpear a dos hombres esa noche. Pero la mirada severa de su padre, provoco que bajara la mano que tenía preparada para golpearle, más su enojo, no disminuyo.
-¿Qué crees que haces? -la expresión de su padre era de completa calma, pero el tono de su voz, y el agarre que aún mantenía en él, le indicaban que estaba muy enojado -. ¿Acaso quieres que la reputación de la señora Ookami, quede en entre dicho? –sus manos cayeron relajadas a los lados de su cuerpo, preguntándose si su padre sospechaba d algo. Duda que quedó resuelta cuando su padre prosiguió -. ¿Acaso creías que no me había percatado de que todas las noches, desde hace un mes, vienes a verla? –respiro profundo, y lo soltó -. Kouga, está vivo y es el padre de su hijo. Si no quieres hacerle daño déjala en paz, con el tiempo la olvidaras
Sabía que su padre tenía razón, pero él no podía aceptar alejarse de ella.
-Este día es importante para Ayame –dijo el peli plata mayor, al percatarse hacia donde se dirigía el más joven.
-Lo sé –dijo -. Solo necesito estar a solas unos minutos -sin esperar respuesta, salió de la casa.
Cerró los ojos, y respiro profundo, tratando de calmarse. No quería descargar la cólera que sentía, frente a todas aquellas personas, pero sobretodo, no quería lastimar a Ayame. Tenía que calmarse, y pensar como…
-No puedes hacerlo –la voz de su mejor amigo, lo saco de sus cavilaciones, provocando que abriera los ojos.
-¿Hacer qué? –dijo sin girar.
-Sabes perfectamente a que me refiero –dijo colocándose a su lado -. Debes alejarte de ella
-No puedo
-Inuyasha…
-Nos amamos –se giró hacia Miroku -. Esta vez no me haré a un lado. No me importa que Kouga, haya regresado… Kagome y yo estaremos juntos –se había alejado de ella una vez, creyendo, ingenuamente, que eso era lo mejor para ambos, sobretodo, para ella. Pero por más egoísta que sonara, esta vez, no se alejaría de ella, sin importar lo que tuviera que hacer.
Miroku, tomo un poco del vaso que llevaba, mientras miraba al horizonte, observando todos los carruajes que se acercaban. Un suspiro cansino salió de sus labio, antes de decir, -. Supongo que tendré que ayudarte
Decir que la expresión de Inuyasha, no lo había hecho sentir bien, seria mentirse. Le había causado tanta satisfacción, que estaba seguro de que se reflejaba en su rostro. Ni siquiera la había tocado, pero en el ángulo en que se encontraban, estaba seguro que al hablarle en el oído, daba la impresión de que se estaban besando.
Sabía que no debía involucrar a Kagome, en la competencia que había iniciado con Inuyasha desde que eran niños, pero al percatarse de que él los observaba, no se pudo resistir.
-Creo que no presenciare la ceremonia –miro en dirección a ella al escuchar su voz -. Me siento un poco cansada
Él asintió, y la tomo de la mano, dirigiéndose con ella hacia las escaleras, pero cuando estaban al inicio de éstas, una mesera choco con Kouga, vertiéndole todo el contenido, de los vasos y copas que llevaba, en la ropa.
-Perdone mi torpeza, señor
Intento seguir su camino con Kagome, pero la mesera insistía tanto, en que fueran a la sección de lavado, que hubiese perdido la paciencia, si no hubiese sido por la vieja sierva Kae, quien lo convenció de ir con ella, mientras la mesera se comprometía a acompañar a Kagome. Y, aunque él hubiese preferido cambiarse en su habitación, para la anciana era más fácil, ya que no tendría que pasar con la ropa sucia, entre todos los invitados, ya que no podía dejarla en la habitación, porque el olor había afectado a Kagome.
-Espero descanse –la mesera hizo una reverencia, antes de marcharse.
Dispuesta a entrar a la habitación, agarro el pomo, pero una mano, un poco más grande que la de ella, le impidió girarlo.
-No debes estar aquí –dijo, mientras se soltaba del agarre -. Debes irte. Si Kouga…
-No me importa –dijo interrumpiéndola -. No me importa lo que tenga que hacer, o las consecuencias que tenga que soportar por verte
-Inuyasha…
-No me iré hasta que conversemos –no tenía mucho tiempo, y no estaba dispuesto a perderlo por la terquedad de Kagome -. Tú decides… hablamos ahora, o esperamos que Kouga, venga
Ella no dijo nada. Y aunque lo hubiese hecho, estaba segura de que no hubiera conseguido que Inuyasha, cambiara de opinión.
Cuando su cuerpo fue suavemente jalado al interior, levanto la mirada, pudiendo observar su espalda, la cual iba cubierta por un saco negro, al igual que el pequeño lazo que recogía, en una coleta baja, su cabello.
Segundos después de que él la soltó, escucho la puerta cerrarse detrás de su espalda, pero no se giró, ni siquiera, cuando un minuto después, los brazos de él rodearon su cintura, dándole un abrazo desesperado. Pero si intento alejarse, siendo esto en vano.
-No podré soportarlo –coloco la barbilla sobre el hombro de ella -. No quiero que se te acerque
-Es mi esposo –dijo en un susurro. Que no fuera a mantener una vida marital con Kouga, no significaba que actuaría deshonrosamente -. Sabes perfectamente cuál es mi deber. Nosotros…-su voz sonó sin fuerza, pero no se detuvo -, no podemos estar juntos… lo sabes
-Que Kouga, este vivo no cambia el hecho de que me ames, y yo te amé… -pego más sus cuerpos, demostrando aún más, si era posible, la desesperación en que lo hundía la situación -. Tampoco borra lo que ha sucedido estas últimas semanas
Sabía que aquello era cierto, pero ella estaba esperando un hijo de Kouga. Ella ahora se debía únicamente a su hijo, y porque él estuviera bien, haría cualquier sacrificio, sin importar si se enterraba en vida por ello.
Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se alejó de él -. Eso jamás debió suceder –cerró los ojos con fuerza -. Si no se hubiesen equivocado sobre Kouga, yo jamás lo hubiese traicionado. ¿Acaso no lo comprendes?, hice una promesa ante Dios, y no la cumplí. A pesar de que espero un hijo de Kouga, permití…- las palabras murieron en su boca. Se sentía como una basura al recordar lo que había hecho con Inuyasha -. Vete…esto está mal
-Que sigas con él sin amarlo, es lo único que está mal en esta situación. ¿Por qué eres tan terca?
Se giró hacia él. Estaba ¿enojada?. Si, lo estaba. Y, él no sabía si reírse por sus cambios repentinos de humor, hablar o seguir en silencio. Pero algo le decía, que sin importar cual opción escogiera, la reacción de ella sería la misma.
-¿¡Cómo te atreves!? –antes de que pudiera hablar, ella lo hizo. Pero lo grave del asunto, era el tono que había utilizado, incluso sus manos, estaban cerradas fuertemente.
-Kagome, no vayas a…
-¡Como te atreves a insinuar que todo esto es mi culpa!
-No quise decir eso…yo… solo… -dio un paso hacia atrás. Necesitaba que ella se calmara, por el bien del bebe y el suyo también, pero pedirle que se calmara, sería como echarle leña al fuego.
-Eres un idiota. Lárgate
-Sí, la culpa es mía…eso lo sé –se cruzó de brazos, mirando a un lado -. También reconozco que no merezco estar contigo. Pero… -la miro, y antes de que ella pudiera reaccionar, agarro la mano de ella, llevándola hasta su pecho -, te amo
Ella bajo la mirada -. Si de verdad me amas te marcharas –dijo en un susurro. Por más que quisiera estar con él, no podía y tampoco debía.
-No puedes pedirme eso… no puedo…
-Si me amas… me dejaras ser feliz
Lo sabía. No había necesidad de que ella se lo dijera, él lo sabía. Sabía que ella no apartaría a su hijo de Kouga, y él tampoco se lo pediría, porque aquel bebe no tenía la culpa de los errores que él había cometido con ella.
-Él...- apretó sus manos, eso sería más difícil de lo que había pensado -, es un buen hombre -se forzó a sonreír -. Kouga, supo valorar lo que yo no
-No es necesario...
-Lo odio -dijo interrumpiéndola -. Pero al mismo tiempo envidio y agradezco -bajo la mirada, para que ella no se percatara de su expresión -. Sé que él hará todo lo que este en sus manos para hacerte feliz... en cambio yo...nunca ha sido mi intención lastimarte, pero eso es lo único que he logrado desde que nos conocemos, a pesar de que...
Sabía que ella merecía ser feliz, y eso lo lograría gracias a su hijo. Pero lamentablemente que ella estuviera con su hijo, dependía de Kouga. Si por alguna razón, la iglesia llegaba a aceptar la anulación del matrimonio, ella no podría cuidar a su hijo. Pero...
-Te amo – la miro -. Lamentablemente, me di cuenta de ello muy tarde. Sé que quien merece estar contigo es Kouga...
-Inuyasha... por favor... -coloco una mano en la mejilla de él, ya no podía soportar que él siguiera hablando.
-Merezco todo lo que está sucediendo – retuvo la mano de ella con la suya -. Soy consciente de ello. Merezco que estés con él, incluso, merezco que me odies, pero... no me pidas que me aleje de ti. No me lo pidas, porque no puedo. Puedes llamarme egoísta, pero aunque quisiera, no podría. Lo intente... juro que intente alejarme de ti, por esa razón permití que te casaras con Kouga... creía que merecía sufrir con por tu desprecio, después de lo que te había hecho, pero ya no puedo. No te pido que alejes a tu hijo de Kouga, aunque sé que será difícil al principio, pero sin importar lo que tenga que hacer, tampoco permitiré que lo aparten de tu lado -pego su frente a la de ella -. Estoy completamente seguro de que jamás dejare de amarte, la cuestión ahora, es ¿tú me amarás hasta la muerte?
No debía. Lo sabía. Pero ella lo amaba, y si existía una pequeña esperanza de que estuvieran juntos, se aferraría a ésta. Sonrió, y se hinco un poco, hasta que sus labios pudieron depositar un casto beso en los labios de él. Ella tampoco era capaz de alejarse nuevamente de él.
A veces es bueno ser un poco egoísta
-Incluso, si hay vida después, te amaré
-¿Por qué te cambiaste? –le pregunto la anciana, cuando llego a su lado.
-Un pequeño percance –fue lo único que dijo, y la anciana sonrió.
-En fin… llegas a tiempo –estaba de mejor humor, después de hablar con Hojo -. Gracias a nuestro señor, se oficializara el compromiso –le dijo. A pesar de que les convenía el enlace con la familia Nōsuookami, nunca podría congeniar con esa muchachita, pero si era quien le daba felicidad a su nieto, trataría de pasar muchas cosas por alto.
Agarro un vaso que le ofreció un mesero, preparándose para cuando llegara el momento de brindar a la salud de la mujer que había logrado que Hojo, se olvidara de aquella chica poco afeminada y sin modales. Sin duda la prometida de Hojo, debía ser muy hermosa, pero sobre toda la elección correcta para él… y todos.
Después de un discurso, donde le juraba, literalmente, amor eterno a su prometida, lo cual le hizo rodar los ojos más de vez, Hojo, extendió su mano hacia los invitados, pero nadie parecía querer agarrar su mano. Por lo cual, todos los invitados giraron en aquella dirección. Quiso sumarse a las miradas curiosas, que seguramente eran dirigidas a aquella chica, pero en la posición en que se encontraba, no podía observar al blanco de la mayoría de las miradas.
-Esa muchachita… –giro hacia su abuela, quien parecía estar molesta.
-Te esperaría toda la vida –escucho decir a Hojo, lo cual lo hizo girar nuevamente en su dirección. Aún, tenía la mano extendida, y sonreía. Sonrisa, que se amplió aún más, cuando su mano fue tomada por una mano más blanca y pequeña que la de él.
Escucho suspirar a su abuela, y él después de perder el interés en conocer aquella chica, se dispuso a terminar su vaso, y posteriormente subir a su habitación. Necesitaba descansar después de aquel eterno viaje. Pero el vaso quedo estático a unos centímetros de su boca, cuando algo llamo poderosamente su atención… el cabello de la chica era de color fuego.
-"No es posible…"-no, no lo era, simplemente su cerebro le estaba jugando una mala pasada. Existían otras mujeres con ese color de cabello. Hojo, podría tener una predilección por las pelirrojas… esa opción era probable, pero ella no podía estar allí.
-Sé que no es la primera vez que lo pregunto, pero jamás me cansare de escuchar la respuesta –Hojo, se arrodillo frente a ella, y… dejo de escuchar. La chica había observado en esa dirección, observando a alguien que no era él, mientras sonreía.
Cuando sus ojos observaron aquel verde intenso, el vaso se deslizo entre sus dedos, hasta caer en el piso, donde se quebró, pero dicho sonido, al igual que los demás, no lo escucho.
Se negaba a creer lo que sus ojos le mostraban. Eso no podía estar sucediendo. Ayame, no podía…
-Kouga, ¿estás bien?
Giro hacia su abuela, y respondió, sin saber exactamente por qué le hizo aquella pregunta, de forma mecánica -. Solo… estoy agotado
Escucho aplausos… sonido que le confirmaban que ella había dicho que sí. Incluso, su abuela parecía estar totalmente complacida.
Cuando observo, nuevamente, hacia la pareja, algunas personas se acercaban a felicitarlos, y él, sin pensarlo, no fue la excepción. Camino apresuradamente entre los invitados, sin importarle si chocaba con algunas personas, hasta llegar a donde ellos se encontraban.
Inconscientemente, apretó, entre sus dedos, la tela de su vestido, cuando se percató de quien se acercaba a ellos. Y, a pesar de que por mucho tiempo lo había deseado, ahora sentía que era la cosa más horrible que podría sucederle en la vida. Después de todos aquellos años, Kouga, estaba nuevamente frente a ella.
En ese tiempo, no había cambiado en nada, a excepción de su cabello, que ahora era igual de corto que el de Hojo. Le llegaba hasta debajo de las orejas, pero a diferencia de su prometido, Kouga, no lo llevaba prolijamente peinado hacia atrás, por el contrario, éste caía a los lados de su rostro, conservando ese aire de rebeldía que siempre lo había caracterizado, a pesar de que su traje marrón oscuro le daba formalidad.
Abrazo a Hojo, y posteriormente la miro. Una chica de características exóticas, como la describió en una ocasión su abuela, con unos ojos hermosamente brillantes.
-Pasaron muchas cosas en mi ausencia –forzó una sonrisa -. Pero me hace feliz que al fin encontraras a la… chica indicada –dijo con aquella mueca forzada, colocándole un tono de venenosa burla a la palabra chica.
-Kouga…-el tono de Hojo, no era tan apacible como de costumbre. No le gustaba el tono de burla y desprecio que utilizaba para referirse a Ayame.
-Hoyo, tu primo está tratando, aunque claramente le es imposible, de no ser un imbécil –dijo interrumpiendo, a su nuevo prometido -, se amable – dijo con una sonrisa, que pareció enojar a Kouga, o eso creyó al ver como cambiaba momentáneamente de expresión.
-Veo que sigues siendo el mismo encanto de mujer… -la miro nuevamente -, solo bromeaba, como en los viejos tiempos –dijo con una pequeña sonrisa -. Felicidades…tienes mucha suerte de que al…
-También la tengo –dijo, Hojo, interrumpiéndolo. Nunca había discutido con Kouga y no quería hacerlo, pero no permitiría que se burlara de Ayame.
Kouga, la miro por algunos segundos, antes de decir -. Supongo…
Hojo, suspiro de forma cansina. No comprendía por qué Kouga, parecía odiarla. Ella jamás se lo mereció. Además, ya no tenía razones para hacerlo.
Sintió una pequeña caricia en su mano derecha, por lo cual giro en esa dirección, y sin poder evitarlo sonrió, correspondiendo a la sonrisa que ella le mostraba.
Un aclaramiento de garganta, los hizo romper la conexión que establecieron por varios segundos. Cuando giraron en dirección a Kouga, éste le tendía la mano a ella.
-Supongo que ahora que seremos como hermanos, olvidaremos nuestras riñas –sonrió -. ¿Desde cero?
Miro con desconfianza la mano frente a ella. No sabía si era por todos esos años en que él la había tratado con desprecio, pero no confiaba en la actitud de Kouga. A pesar de su forma de expresarse y su actitud, comparada con la de años atrás, era demasiado amable. Pero tal vez, solo eran ideas suyas, porque después de roto su compromiso, Kouga, no tenía motivos para odiarla.
-Solo será una pieza –dijo con una sonrisa. Pero ella seguía observándolo de forma desconfiada -. Oh, lo siento, se me olvidaba que ahora tengo que pedirle permiso a Hojo
-Ayame, es libre de hacer lo que desee –dijo adelantándose a lo que diría la chica -. No busco que se convierta en una mujer sumisa. Bailar o no contigo, es su decisión
Apretó con más fuerza la tela de su vestido. Estar cerca de Kouga, sería la prueba que le demostraría que algún día podría olvidarlo. Pero a pesar de querer hacerlo, su cuerpo se resistía a tocarlo.
-¿Entonces? –tenía el ceño fruncido -. Si no sabes bai… -la pequeña mano sobre la suya lo hizo callar. La observo por algunos segundos, hasta que sus ojos se dirigieron hacia el rostro de ella, encontrándose con dos grandes esmeraldas. Seguían como los recordaba… muy brillantes.
Se aclaró la garganta, y sin decir otro comentario, se alejó con ella, hasta el centro de la estancia, en donde sus cuerpos se dejaron llevar por la suave música.
Miro sus manos, y se maldijo mentalmente. Estaban temblando sobre los hombros de Kouga. Pero no tenía nada de qué preocuparse, después de todo, era normal. Había amado a Kouga, desde antes de que supiera que le gustaban los chicos, y…
Cuando Kouga, la pego más a su cuerpo, la saco de sus cavilaciones.
-¿Por qué vas a hacerle esto a Hojo? –dijo -. Él no tiene por qué pagar por lo que te hice
Frunció el ceño. Ya sabía lo que Kouga, le diría -. Esto no se trata de ti –dijo de forma calmada, a pesar de la situación.
-No lo amas –su voz sonó un poco más seria.
-No lo sabes –dijo en el mismo tono. Pero después suspiro de forma cansina. Si no detenía lo que estaba sucediendo, sabía que terminarían arruinando la fiesta -. Creo que es…
-Te conozco, Ayame –dijo interrumpiéndola, apretando aún más el agarre que tenía en su cintura -. No lastimaras a Hojo, por mis decisiones. Iras donde él, y le dirás la verdad
-Como dije antes, esto no se trata de ti –se empujó con fuerza hacia atrás, zafándose del agarre, por descuido de Kouga -. Desde el día que rompiste nuestro compromiso, dejo de serlo. Hojo, es una excelente persona, y jamás haría algo para lastimarlo
-No me impor…
-Tomaste decisiones, ahora déjame tomar las mías –dijo interrumpiéndolo -. Me casare con él, porque lo deseo, no por imposición como lo hubiese sido contigo. Ahora si me lo permites, tengo que regresar con mi futuro esposo –trato de alejarse, pero fue jalada nuevamente hacia él.
-Aún no ha terminado la música. O, ¿no quieres seguir temblando? –dijo con una sonrisa de lado. Sabía que si seguía con eso, arruinaría todo, pero…en ese momento no lo podía evitar.
-¿Temblando? –dijo con marcada burla -. Aunque seas como un hermano para Hojo, no puedo evitar sentir desagrado –sabía que debía irse, pero ya estaba cansada de que Kouga, la humillara -. Pero haría cualquier cosa por él… incluso soportarte por unos minutos más. Pero considero que por ahora es suficiente –intento soltarse, pero él no se lo permitió.
-Estoy vivo –dijo con una sonrisa.
-¿Enserio? –dijo con fingida sorpresa -. Juro que…
-Hojo, a penas tiene veintiún años, al haber regresado, legalmente su responsabilidad recae en mí –dijo de forma seria, por la burla de ella, pero después sonrió, antes de agregar -. Incluyendo darle o negarle el permiso para que se case contigo
-No puedes hacernos esto… -por la actitud que tenía Kouga, con las demás personas, lo había calificado como una buena persona, a pesar de la actitud que tenía hacía ella, ya que ésta se debía al compromiso. O, eso creyó hasta ese momento. Porque ahora estaba segura de que Kouga, la odiaba -, no puedes ser tan desgraciado –la rabia se empezaba a apoderar de ella.
-Una dama no debe expresarse de esa forma… -la miro de arriba hacia abajo -, pero tú…-sonrió, al sostenerle la mano derecha, evitando una bofetada -. Si me obligas a ser… un desgraciado, lo seré –acerco su rostro al de ella -. Vas a romper el compromiso, o lo haré yo. No permitiré que Hojo, arruine su vida con alguien como tú –dijo con todo el desprecio que pudo.
La soltó. Sus ojos estaban más brillantes. Sabía que ella se estaba rehusando a llorar -. Te daré la oportunidad de que termines con este absurdo
-¿Sucede algo? –al parecer, Hojo, los había estado observando.
-Nada…-dijo con una sonrisa -, simplemente que Ayame, ya no quiere bailar
-¿Ayame? –conocía muy bien a su primo, y ella estaba decaída.
-Trate… -miro a su prometido -, pero un idiota no deja de serlo de un día para otro…pero será cuestión de tiempo –sonrió lo más natural que pudo -. Quiero descansar por algunos minutos –dijo finalmente, llevándose a su prometido con ella.
Lo había decidido. No permitiría que Kouga, nuevamente, le arruinara la vida. Se olvidaría de él, aunque tuviera que arrancarse la parte de su corazón que aun latía por él, y se casaría con Hojo, aunque les tocara esperar a que él fuera legalmente responsable.
La pequeña campana del reloj, provoco que abriera los ojos. Era la media noche. Ya había pasado una hora, y aun no había podido conciliar el sueño… como todas las noches anteriores.
Se giró, observando el espacio vacío que quedaba en la cama, y sin ser consiente, se rodó un poco hacia ese lugar, acurrucándose, como si estuviera al lado de alguien. Cerró los ojos, cuando toco la perla, en forma de media luna, que colgaba en su cuello. Todas las noches, desde que él se había marchado, sucedía lo mismo.
Ella lo extrañaba, y tenía miedo de que él no volviera jamás.
Todos los días, esa extraña sensación, no solo le dificultaba dormir, incluso, en algunas ocasiones, parecía oprimirle el pecho, tanto, que a veces le impedía respirar.
Se decía que la perla podía cumplir todos los deseos que se le pidiesen
Apretó entre su mano la perla, al recordar lo que hacía unos días le había dicho Kaede. No es que creyera en ese tipo de cosas, pero… le extrañaba tanto.
-Vuelve…por favor –susurro, mientras una pequeña lágrima bajaba por su mejilla derecha, como todas las noches anteriores.
Sirvió un poco más de whisky en el vaso. Miro el líquido parduzco por algunos segundos, antes de beber un poco. La fiesta había terminado algunas horas atrás, pero él seguía en el despacho, bebiendo. Estaba en esa habitación desde que había hablado con Ayame.
Bebió otro trago. ¿Por qué ella no comprendía que la quería lo más lejos posible de él?. Si había hecho muchas cosas para demostrárselo. Pero ella se empeñaba en seguir allí. Y, cuando por fin había logrado su cometido, ella enreda a Hojo, no importándole hacerlo sufrir por su falta de interés, de una mujer hacia un hombre, por él.
Miro nuevamente el contenido del vaso. Solo quedaba el último trago de la segunda botella de whisky. Sonrió, burlándose de sí mismo. Había empezado a beber a solas, con la intención de olvidar, pero a pesar de que, seguramente, ya tendría un poco de dificultad para caminar, aun seguía pensando en todo lo que había sucedido algunas horas atrás….incluso algunos años atrás, cuando la había conocido. El día en que sus caminos se cruzaron irremediablemente.
Flash back
Ese día estaba enojado. Había tantas cosas divertidas que hacer, y a su abuela se le ocurrió que irían a una fiesta infantil. ¿Podía existir algo más aburrido que eso?. Pero no le importaba, encontraría la forma de irse de ese lugar.
Mientras caminaba detrás de su abuela y primo, sintió que alguien lo observaba. Busco entre las personas que estaban en el lugar, hasta que sus ojos enfocaron a Inuyasha Taisho. Definitivamente no era el mejor de sus días.
Pudo distinguir perfectamente la expresión de desagrado del otro chico, lo cual, le agrado. Al menos, no sería el único que tendría un mal día.
-Kouga, apresúrate –la voz de su abuela hizo que mirara nuevamente hacia el frente.
Caminaron unos metros más, hasta que llegaron a donde se encontraba el dueño de la casa, el señor Nōsuookami, quien fue un amigo, y colega, en la milicia, de su abuelo.
Después de conversar por algunos minutos con el anciano, a éste, se le ocurrió la grandiosa idea de que conocieran a su nieta. Lo cual hubiese sido una estupenda idea, si ésta, no fuera una simple chiquilla de ocho años.
Totalmente aburrido, decidió que no permanecería más en ese lugar, y después de pedirle a su primo que lo cubriera, escapo.
Mientras caminaba hacia el carruaje en el que llegaron, se quitó la chaqueta y el chaleco marrón, quedándose únicamente con la camisa blanca, la cual remango hasta sus codos.
-Joven, su abuela dijo…
-No te preocupes, está ocupada –dijo mientras lanzaba dentro del carruaje las vestimentas que se había quitado. Miro hacia el horizonte, y sonrió cuando distinguió al hombre a caballo, que se acercaba con perros de color café, muy similares a lobos. Los perros corrieron hacia él, y empezaron a jugar a su alrededor.
Después de recibir el arma y municiones, se internó en el bosque, buscando pacientemente a su presa, a pesar de que la total tranquilidad, le indicaba que posiblemente no hubiese nada cerca. Pero cuando ésta, fue interrumpida por unos alaridos, sonrió. Pensando que sería un grandioso día después de todo -. Tranquilos – los perros se silenciaron en el acto, alejándose de los arbustos que se encontraban frente a ellos.
A punto en dirección a los arbustos cuando un chillido se escuchó -. "Debe ser grande" – disparo, y un chillido más fuerte se escuchó, antes de que los arbustos se movieran con violencia. Jalo nuevamente el gatillo, pero antes de que pudiera disparar, un gran jabalí se lanzó hacia él. Pudo esquivar el golpe, pero el disparo lo había errado.
Cuando giro nuevamente, sus perros lo estaban defendiendo. Agarro el arma, y a punto nuevamente, pero la bajo cuando uno de sus perros cayo a su lado. Y, sin pensarlo corrió hacia él.
-¡Regresen! –grito cuando los perros corrieron detrás del jabalí, que corría tratando de escapar. Pero ellos no lo escucharon -. Espera aquí, amigo –le acaricio la cabeza al perro, antes de correr en la dirección en que desaparecieron sus otras mascotas.
Cuando un fuerte chillido llego a sus oídos, aumento lo más que pudo la velocidad, temiendo que el jabalí, hubiese lastimado a otra de sus mascotas.
-¡Inuyasha! –escucho una voz infantil, y frunció el ceño. ¿La bestia estaba allí?. Pero cuando encontró a sus perros, no tuvo tiempo de buscar respuesta a su duda, simplemente siguió corriendo, tratando de atrapar al pequeño cuerpo que caía de un árbol.
-¡Te tengo! – lo atrapo, pero no pudo evitar caer al suelo, dando una vuelta en éste, pero sin soltarlo -.¿Estás bien? –se quedó observando al pequeño peli rojo, que además, de respirar agitadamente, tenía el rostro humedecido por las lágrimas que seguían saliendo, a pesar de que mantenía los ojos fuertemente cerrados. Éstos, se abrieron lentamente, dejando ver el hermoso secreto que se escondían bajo sus parpados… eran hermosamente brillantes, igual que dos grandes esmeraldas. No pudo evitar maravillarse por ellos.
Tampoco, pudo evitar sonreír cuando sus pequeños bracitos le rodearon el cuello -. No te preocupes, mientras estés conmigo no te harán daño – el pequeño lo observo nuevamente, y él se percató de la sangre en su ropa y manos -. Lo siento. Debieron confundirte con una liebre… eres pequeño. ¿Te hicieron mucho daño?
En respuesta, el pequeño movió negativamente la cabeza. No muy convencido agarro el rifle que estaba al lado de ellos, y se levantó con él en brazos.
-¿Eres hijo de algún trabajador? –pregunto con un poco de duda, al observar las vestimentas de aquel niño. Pero hasta donde él tenía entendido, los hijos de los invitados tenían aproximadamente su edad, excepto la nieta del señor Nōsuookami.
-Yo… no… -los ladridos de los perros lo interrumpieron, provocando que el pequeño se abrazara más a él.
Iba a tranquilizarlo, pero se percató de que la bestia se acercaba.
-¡Inuyasha!
-¿¡Dónde estabas!?
Parecía estar enojado y preocupado. Pero pareció enojarse, aún más, cuando los perros empezaron a ladrar más fuerte -. ¡Diles a tus malditos sarnosos que se callen!
-¿Por qué tendría que hacerlo? –dijo con una sonrisa maliciosa. Tal vez hacer que Inuyasha le rogara, no estaría mal -. ¡Muchachos! -los perros rodearon a Inuyasha, pero éste en vez de asustarse, parecía estar más enojado.
-Por favor, no le hagas daño
Lo miro y sonrió -. No te preocupes… solo estaba jugando. Ellos solo atacarían a mi orden. Y, él lo sabe. De lo contrario estaría rogando
-Preferiría ser despedazado antes de rogártele a un maldito sarnoso como tú
Hizo un movimiento con una de sus manos -. Deberías de ser mejor niñera
Un sonido parecido a un gruñido salió de la boca de Inuyasha, por lo cual él sonrió -. Cállate, sarnoso –intento quitarle al pequeño, pero no se lo permitió.
-Yo lo encontré. Yo lo llevare, ya que demostraste ser un incompetente para cuidarlo –no le entusiasmaba cuidar de un niño, cuando podía seguir cazando. Pero algo le decía que lo que había sucedido metería en problemas a Inuyasha. Solo esperaba que valiera el sermón que le daría su abuela por escapar de la fiesta para irse a cazar en el bosque, que colindaba con la casa de ellos, traer sus perros y provocar el accidente. Aunque esto último era culpa de la bestia de Inuyasha por haber dejado que un niño entrara al bosque solo.
Ese día no solo Inuyasha había sido castigado, su abuela, por no quedar como una persona sin autoridad, "lo castigo" por desobedecer, y provocar el incidente. Pero eso no hizo que perdiera su sonrisa. A Inuyasha le había ido peor. Seis meses en un internado.
Te matare. Podía leerlo en sus ojos, pero después que el señor Taisho, lo había amenazado con dejarlo un año en el internado, Inuyasha, prefirió no volver a decir absolutamente nada más.
Pero su felicidad termino, cuando le dijeron que "él", era "ella", y se llamaba Ayame. Había sentido mucha vergüenza cuando todos, incluyendo a su primo y abuela, se rieron de su equivocación. Incluso, se había ruborizado.
Después de eso, se quedó por algunas horas con la niña. No era que le agradará ser niñero, pero se sentía un poco culpable de que no pudiera salir, además, de que le agradaba un poco.
-Prometo volver –agarro la pequeña mano, y la beso.
Lo cumplió. No solamente porque sus abuelos lo "obligaron". Ayame, le caía bien, y le gustaba pasar algunas horas con ella. Pero a los dos meses, se marchó con su familia a España.
Allá, conoció… las mieles del amor, con una viuda que había sido amiga de su madre cuando estuvo en el internado para señoritas. Ella le encantaba, y estaba seguro de que hubiese durado más tiempo, si no… lo hubiese encontrado teniendo relaciones con una de sus hijas.
Se dedicó a disfrutar de la vida, y de las mujeres, sin importar si éstas eran de su estrato social, o no. Todos esos años hizo lo que quiso y con quien quiso. Aunque se ajuicio un poco cuando ingreso a la milicia. No porque le hubiesen empezado a desagradar las mujeres, no. Simplemente se había propuesto ser mejor que Inuyasha, y para eso necesito disciplinarse un poco, después de que su superior lo encontró con dos chicas.
Después de ese incidente, mejoro tanto, que igualo a Inuyasha. Por lo cual se propuso superarlo, pero por la muerte de su abuelo, eso jamás sucedió. Como cabeza de la familia Ookami, su deber era administrar todos los bienes al alcanzar la mayoría de edad, por lo cual tuvo que retirarse, y aprender todo lo relacionado a los negocios que mantenían. Y, obviamente el libertinaje volvió a ser una marca en su vida.
Cuando tenía veinte años, nuevamente volvió a Londres. Tenía que reconocer que le gustaba más España, pero allí, también podría divertirse.
Esa noche cenaron en la casa del señor Nōsuookami. El anciano no había cambiado en esos años, al igual que Ayame, quien solo había crecido un poco, pero seguía teniendo aspecto de niño.
Sonrió cuando ella lo miro, frunciendo el ceño cuando ella bajo la mirada. Pero decidió ignorar ese hecho, y siguió con la conversación que mantenía con el anfitrión.
-Creí que te seguiría agradando –le dijo en el oído, provocando que ella diera un pequeño respingón. Ayame, seguía ignorándolo, pero parecía no tener ningún problema con su primo. Tal vez, porque sus edades eran un poco más acordes.
Ella miro al piso -. N-No…es e-eso… -lo miro a los ojos. Él sonrió al notar un pequeño rubor en las mejillas de ella, pensando que era muy tímida -. Me agradas
-Miente –bajo hasta su altura, acercando su rostro al de ella, provocando que su rubor se intensificara -. Me ignoras, y prefieres a Hojo –estrecho la mirada -. ¿Te gusta Hojo?
Su rostro quedo igual que su cabello -. ¡No!
-Creo que si te gusta –se enderezo -. Es casi de tu edad, y prefieres su compañía –coloco una expresión de circunstancia -. Discúlpame por ser un anciano
Tenía que reconocer que no le agradaba la actitud de la mocosa. No soportaba desagradarle a una persona, claramente a excepción de Inuyasha, lo cual disfrutaba. Y, aunque se percató de que estaba actuando como un niño, decidió ignorarlo. Tal vez, si era importante volver a tener su atención.
Antes de que ella pudiera decir algo, Hojo, llego. Intento retirarse, pero un tímido pedido de parte de ella se lo impidió.
Ese, como los siguientes, días, cabalgaron. Ayame, era muy buena, casi como él. A pesar de ser una niña, siempre le ganaba a Hojo, lo cual no era de extrañar, ya que su primo, hasta ese viaje, siempre había preferido los libros.
En algunas ocasiones, se escapaban solo ellos dos, ya que Hojo, era muy correcto para algunas cosas, por lo cual decidían no comentarle. Justo como ese día. La había llevado a la plaza de la ciudad, llevándola tomada de una mano.
Le agradaba mucho la expresión que aparecía en su pequeño rostro cuando le mostraba cosas que provenían de España. Sus ojos, parecían intensificar su brillo.
-¿Deseas algo? –ella se ruborizo -. Puedes pedir lo que quieras –dijo animándola.
Ella separo sus labios, dispuesta a hacer su pedido, pero antes de que pudiera pronunciar cualquier sonido, una voz de mujer la interrumpió.
-Kouga… –ambos giraron, encontrándose con una chica un poco más alta que ella, de cabello y ojos color marrón, que llevaba un vestido amarillo, escote bandeja -. A pasa mucho tiempo
Se quedó observando a la chica. No recordaba haberla conocido, pero era bonita.
- Soy Hitory Ken –dijo al percatarse de que él no la reconocía.
Después de algunos minutos, logro recordar a la chica que, años atrás, parecía estar enamorada de él, y a la cual ignoro, pues en esa época las mujeres aun no le llamaban la atención. Y, después de tomar té en un restaurante y varias insinuaciones, desde debajo de la mesa, de parte de ella, salieron del lugar. Después de dejar a Ayame, al cuidado de su cochero, se marchó con la chica.
Casi una hora después regreso. Se había divertido tanto, que pensó que nada podría arruinarle el día. Eso lo creyó, hasta que Ayame, lo empezó a ignorar. No sabía que le sucedía, pero llevaba una semana enojada con él.
-¿Qué hice?- se sentía tonto pidiéndole explicaciones a una niña, pero ya no soportaba la actitud de Ayame -. Ayame… -la aludida, lo seguía ignorando -. No comprendo que te hice… si dije algo que no debía…-suspiro cansinamente por lo que haría -, lo siento… no sé qué hice o dije, pero lo siento –a pesar de haber dicho algo que no acostumbraba, ella no se giró -. Quería arreglar las cosas antes de irme…-se giró dispuesto a marcharse, pero se detuvo, recordando desde cuando había iniciado todo -. "Desde que nos encontramos con Hitory" –se giró -. Hitory, es… una amiga. Paso tiempo con ella, al igual que lo haces con Hojo, pero eso no quiere decir que deje de quererte –se colocó a su altura, y sonrió -. No tienes por qué molestarte –dijo con una sonrisa, mientras le revolvía el cabello, pero ella parecía seguir enojada, por lo cual la levanto -. Yo no me pongo celoso por tu amistad con Hojo, porque…
-¡Suéltame! –grito interrumpiéndolo, mientras se movía, tratando de que él la bajara -. ¡No soy una niña pequeña!
-Tú eres mi chica –dijo ignorando su berrinche -, y nadie podrá quitarte ese lugar, así como nadie jamás podrá quitarme el mío en tu vida - aquella promesa muda de no acercarse a ninguna fémina mientras estuviera con ella, la cumplió.
Dos meses después de aquello, se fue por tres meses de viaje. Y, el día que volvió, nuevamente levanto a su chica. Ayame, a pesar de su edad, era su mejor amiga. La quería mucho… igual que aquella hermana que nunca tuvo.
Pero dos sucesos le hicieron replantearse las cosas. El primero, fue besarla dormida. Había sido un accidente. Él solo quería sorprenderla, esperando que abriera los ojos, al sentir su presencia y se asustara al verlo frente a su rostro. Tal vez, fueron los segundos que duro observándola en la misma posición, no lo tenía claro, pero su cuerpo pareció perder un poco el equilibrio, y cuando reacciono, sus labios estaban unidos.
Hizo lo más sensato, a pesar de que había sido un incidente, y no se acercó más a ella. A pesar de que Ayame, lo buscaba, no cambio su decisión. Se sentía un degenerado, a pesar de no sentir ninguna atracción sexual por ella.
El segundo suceso, ocurrió una semana después del incidente. Su abuela le dijo la razón por la que estaban en Tokio, y después de pasar el shock, no pudo evitar reír.
-¿Es broma? –su sonrisa se borró al no obtener respuesta -. Espero que lo sea, porque no me casare con ella –se giró dispuesto a salir, pero la voz de su abuela lo detuvo.
-La dote será del 70 % de los bienes de la familia. Es un acuerdo que nadie más haría –él hizo un movimiento negativo -. Nuestra familia se beneficiara con esta unión más que con cualquier otra… además, era el deseo de tu abuelo que en paz descanse.
-No me casare con ella. Le llevo muchos años… ella es solo una niña –es que de solo imaginarse que él y ella tendrían que… no…¡jamás haría eso con ella!. Ya suficiente tenía con aquel incidente.
-Que crecerá en su debido momento
-¡No!, no me casare con ella… es… -no sabía que decir, además que era una niña, pero su abuela no quería parecer aceptar que esa era una excusa valida -, es una niña sin ninguna gracia, poco femenina y además fea –bien, eso sonaba a algo que haría cambiar a su abuela de opinión.
-No exageres, Kouga. Si, la niña es… especial, pero entiende, la ha criado su abuelo. Solo necesita a alguien que corrija esos pequeños defectos. Estoy segura que en un convento la educaran correctamente hasta el día que se casen. Respecto a su físico, sus padres eran muy apuestos, y ella heredo las características exóticas de su madre. Debes aceptar que el color de sus ojos y cabello no es muy común en esta zona, lo cual la hace ver aún más hermosa. Solo dale tiempo a crecer
-En España tal vez conozca chicas así –bien tenía que conocer que eso había sonado estúpido, pero no sabía cómo sacarle esa idea de la cabeza a su abuela. Pero debía calmarse… siempre hacia lo que quería -. Además, ¿si nunca he seguido tus ordenes, que te hace pensar que ahora lo haría?. Nunca has intervenido en mis decisiones. Si lo que quieres es unir las familias, cásala con Hojo. El gustoso te complacerá
-Porque es tú deber –había sonado un poco seria su voz -. No te exijo que dejes de revolcarte con esas mujerzuelas, mientras no ensucies nuestra estirpe con una de ellas, no diré absolutamente nada. Puedes seguir desflorando a esas muchachitas que han sido criadas de forma libertina, mientras sus padres jamás se enteren. Puedes hacer lo que quieras… nunca podre cortar tus alas. Eres igual que tu padre y por eso te amo más que a cualquier cosa en esta vida, tanto como amo a tu primo, pero tu… siempre serás especial… mi orgullo –sonrió -. Sé que jamás me obedecerás, pero sabes que es tu deber
-No quiero hacerlo… con ella no –dijo derrotado. Su abuela tenía razón, pero jamás podría verla de otra forma diferente a la niña que había salvado cuatro años atrás.
-No es necesario que la quieras… con el tiempo aprenderás a hacerlo
Jamás se resignaría. Si él no podía romper ese dichoso compromiso, haría que Ayame, lo hiciera.
A los tres meses volvieron, y para su sorpresa, ella vestía como chica. Incluso actuaba como una. Lentamente se volvía igual que las otras chicas… delicada como una flor. O, eso trataba de hacer, pero no le estaba resultando. Y, a él no le agradaba que ella se comportara de esa forma.
Desde ese día, empezó a ignorarla directamente, pero por alguna estúpida razón, tal vez por pedido de su abuelo, siempre insistía en congraciarse con él. Razón por la cual la empezó a tratar mal.
A diferencia de él, Hojo, se llevaba bien con ella. Siempre que iban a visitarla, le llevaba algún presente, incluso pasaba la mayor parte del tiempo con ella. Razón por la que se preguntaba si a su primo le gustaba esa niña, pero inmediatamente lo descartaba. Ayame, solo tenía doce, y aun era una mocosa escuálida, probablemente impúber.
Pero a esa pregunta le encontró respuesta cuando Ayame cumplió catorce años. Ese día, como siempre, ella le gano la carrera a caballo a su primo. Inicialmente, pensaba que Hojo, se dejaba ganar, pero finalmente se percató de que ella era mejor que años atrás. Incluso, era igual que él cabalgando.
Ese día, Hojo, se había ruborizado cuando ella lo había abrazado, incluso se percató de como la miraba y le hablaba. Su primo la amaba, pero ella estaba destinada a estar con él. Pero él jamás la vería como lo hacía Hojo.
La siguiente vez que fueron, como siempre se escabullo al bosque con sus perros. Pero a diferencia de las veces anteriores, ella se encontraba allí, en ropa interior, jugando en el lago. Su cabello, le daba un poco más abajo de los hombros, pegándose a su espalda y rostro como si fuera fuego, tratando de consumir un blanco y perfecto papel.
Un ladrido lo saco de sus cavilaciones. Y, no tuvo más remedio que esconderse detrás de unos arbustos, cuando sus traicioneros perros corrieron hacia ella, moviendo sus colas. Misteriosamente, ninguno de ellos volvió a hacerle daño. De hecho, parecían obedecerla igual que él.
Ella salió del agua. Todavía era una niña sin formas. Pero a pesar de eso, lo que él estaba haciendo no era correcto. Pero no pudo evitar seguir mirando, cuando distinguió la cicatriz que se encontraba cerca de su tobillo izquierdo. Aquella cicatriz que le indicaba que él le había salvado la vida. Que su vida, ahora, le pertenecía a él.
Los días siguientes, todo seguía igual… él ignorándola, o tratándola mal, y Hojo, acompañándola. Pero tres días antes de que se fueran, la vio nuevamente sola en el bosque. Pero eso no era lo raro, sino, lo que estaba haciendo. Tratando de agarrar unas flores que se encontraban en un precipicio.
Todo fue muy rápido, ella ahora colgaba, tratando de subir, y él corría hacia donde se encontraba, pero justamente cuando trato de agarrarla, ella se soltó.
Miro hacia abajo. Ella caería en el lago… pero se ahogaría, ya que estaba desmayada.
Sin pensarlo se lanzó. Su cuerpo toco el agua segundos después que el de ella, y nado hasta que la atrapo.
Cuando por fin salió del agua con ella en brazos, se percató de que la muy idiota tenía un pequeño hilo de sangre, que iniciaba en su cabello, confundiéndose fácilmente con éste.
Mientras trataba de despertarla llego, Hojo. Y, cuando ella empezó a toser se levantó -. Llévala a su casa, y que la vea un medico
-Pero…
-Llévala –le ordeno seriamente. Lo menos que necesitaba era que ella se sintiera agradecida con él.
Se subió nuevamente en el árbol, observando en la dirección del precipicio. A algunos centímetros de la superficie, se podían observar algunas flores. Iris azules.
Después de tomarlas, se las entregó a Hojo, haciéndole prometer que no le diría la verdad. Tal vez así Ayame, se percataría de que Hojo, era el indicado para ella, y rompería el compromiso.
Su idea no funciono. Aunque Ayame y Hojo, se volvieron más unidos.
La vio por última vez cuando ella cumplió quince años. Y, a pesar del tiempo, no había podido olvidar ese día.
-Deberías de dejar de vestirte así – el vestido verde esmeralda que llevaba, le quedaba bien, no podía negarlo, pero tenía que hacer que Ayame, rompiera el compromiso antes de que se marcharan -. Es exactamente como ver a un hombre con un vestido –dijo con marcada burla, sin detenerse -. Con razón tu abuelo tuvo que comprarte un prometido. Cosa que le salió muy cara, ¿lo sabias? –se giró hacia ella, quien observaba su vestido, como si tratara de comprender a que se refería.
Se acercó a ella y le levanto el rostro. Observándola en silencio por casi un minuto. Igual que en aquella ocasión, cuando Ayame dormía, años atrás.
Se suponía que le diría algún insulto. Se suponía que la haría enojar tanto, que ella no lo soportaría más. Se suponía que ella se iría hecha una furia, después de golpearlo. Todo eso lo supuso, menos que se quedaría observando sus ojos. Eran hermosamente brillantes… igual que el día que la conoció. Incluso, después de tantos años, aquellas dos grandes esmeraldas lo volvieron a maravillar.
Ella no era un chico, como pensó en aquella ocasión. Ya era casi una mujer… mujer que estaba predestinada a ser para él. Por lo cual, no había ninguna razón para no hacer lo que una vocecita en su cabeza le gritaba.
Sonrió cuando ella se ruborizo, y tembló en sus brazos, después de que sus labios se rosaron. Ya no podía ver sus ojos, ya que se encontraban escondidos bajo sus parpados. En ese momento confirmo que su abuela había tenido razón… Ayame, era hermosa. Se convertiría en una mujer hermosa. Característica que estaría acompañada por aquella personalidad salvaje que le encantaba.
Sin poder resistirse más, la beso. Bueno, en realidad no era un beso. O, no uno a los que él estaba acostumbrado.
-Separa los labios –quería probar más, y así lo haría.
Cuando ella por fin permitió que la lengua de él entrara en su boca, se puso nervioso, y le asusto saber que un beso no sería suficiente. Se abrumo, aún más, cuando ella coloco las manos en su pecho. Sintiendo una agradable sensación, cuando ella, con mucha torpeza, empezó a responderle el beso.
Cuando un suspiro escapo de los labios de ella, su cuerpo empezó a actuar a voluntad. No le importaba que estaban a unos metros de la casa de ella, su mano subió hasta el lazo de su vestido, dispuesta a soltarlo.
Pero en ese momento recordó su propósito, e inconscientemente dejo escapar un sonido de molestia contra sus labios, antes de separarse de ella.
Se quedó observándola. Tenía los ojos cerrados, y estaba ruborizada. No podía y no debía, porque Hojo, la amaba. Y, aunque por derecho ella ya le pertenecía, Hojo, era quien se merecía tenerla, pero jamás podría, y eso… lo tranquilizaba. Desde el año anterior, cuando ella casi murió ahogada, inconscientemente le tranquilizaba saber, que sin importar que hiciera su primo, ella jamás podría enamorarse de él.
No podía hacerle eso a Hojo. No quería que su relación cambiara por una mujer, y eso sería lo que sucedería si cualquiera de los dos se casaba con ella. Él enloquecería de celos, y Hojo, viviría cargando una gran tristeza. Por esa razón, hablo.
-Lo que suponía… besarte me da asco –observo la reacción que provocaron sus palabras, pero no se detuvo -. Creo que así se debe sentir besar a un hombre –agarro nuevamente su barbilla. Ella tenía los ojos brillosos. Él se forzó a sonreír -. No, me equivoque… hay hombres hermosos, no creo que me dé tanto asco al…-había esperado un golpe, pero no espero que éste fuera tan fuerte hasta el punto de hacerlo tambalear un poco. La soltó, se agarró la nariz, la cual empezaba a sangrarle.
-¡Idiota! –él se sorprendió. Ella tenía una expresión de enojo. Pero estaba llorando, mientras apretaba fuertemente la mano con la cual le había pegado. Se levantó un poco el vestido, y corrió hacia su casa
-Eres…¡eres poco femenina y una salvaje, estúpida niña!
Después de lanzar mil maldiciones en nombre de Ayame, decidió ir a su casa y olvidarse del asunto. O, bueno, eso fue lo que pensó en las siguientes horas, pero después de ser curado por Kae, no pudo resistirse, y fue a buscarla. Le diría que… ¿qué rayos le diría?. Realmente no lo sabía, pero necesitaba hablar con ella.
Toco el vidrio de la ventana de su habitación. Pero no obtuvo respuesta alguna, por lo cual hablo -. Ayame –era la primera vez que la llamaba por su nombre -. S-Soy… soy Kouga. Abre la ventana –quiso golpear su cabeza contra el vidrio. ¡Estaba actuando como un niño tímido!.
-Claro que sé que eres tú, idiota
Bien, tenía que felicitarse, su plan había funcionado. Ayame no quería verlo.
-Abre. Necesito…
-¿No fue suficiente la humillación de hoy?-dijo interrumpiéndolo.
-Y-Yo… "deja de hablar como idiota… es solo una chica" –pero por más ánimos que se diera, no podía hacerlo.
-No tenemos absolutamente nada de qué hablar. Vete
-Deja de comportarte como una niña y abre –se enojó con ella por no facilitarle las cosas, y con él mismo por complicarlas. Por lo cual, prosiguió sin pensar -. Eres tan…
-¡Dije que te fueras!.¡Lárgate ahora maldito sarnoso!
Las palabras que pretendía decir, parecieron ser absorbidas por el viento que soplaba, porque la frase que pretendió pronunciar, no se escuchó. Había muerto como todo lo demás.
Ayame, a pesar de ser impulsiva y poco delicada, todo lo que una chica de alta alcurnia no debía ser, jamás se había enojado con él. Siempre era amable, a pesar de que él no se portaba bien con ella.
A diferencia de las veces anteriores, ese día le estaba demostrando que podía enojarse con él, incluso odiarlo. Eso debía hacerlo feliz, después de todo era lo que había buscado por años. Pero… ¿por qué se sentía así?
Su puño fracturo el vidrio. Lo que estaba sucediendo era lo correcto, pero no podía evitar que una multitud de emociones lo embargaran. Por esa razón, desde esa noche su libertinaje dejo de ser limitado. Su fama se extendió, sus acciones cada vez más descaradas, le ganaron más de un problema con los padres de algunas chicas, incluso esposos, pero por suerte y el qué dirán, salía bien librado.
Aunque le molestaba que tuvieran que viajar a Tokio, sobretodo que Hojo fuera tan feliz a visitar a Ayame, jamás iba. Creía que mantenerse alejado de ella era lo mejor para su salud mental.
Fin flash back
Se tomó el último trago. Trato por mucho tiempo de que ella lo odiara, para que rompiera el compromiso, que no se percató de lo que sentía por ella, ni siquiera cuando se dio cuenta de que Hojo, la amaba. Simplemente quiso que él fuera feliz.
Había sido un idiota. Ella siempre había sido su chica… de nadie más. Y, aunque el día que se lo dijo, no sabía lo que llevaba implícito sus propias palabras, ahora estaba completamente seguro de lo que quiso decir muchos años atrás.
Pero como el día que se dio cuenta de lo que sentía por ella, para él, era muy tarde ya. Por eso decidió seguir con aquella vida que le hacía olvidar, hasta que encontrara la forma de romper el compromiso. Ella no sería para él, pero tampoco para Hojo. Porque su primo estaría comprometido con otra mujer, antes de que él rompiera con Ayame. Pero nada salió como lo había planeado.
-¿Estas segura de lo que vas a hacer? -dejo de maquillarse, y la miro por el espejo.
-No tengo más opción. Sé que lo superara... es fuerte
-Siempre la hay, pero depende de la persona si la opción es correcta o no -término de realizarle un recogido bajo en el cabello -. Sé que tienes miedo, pero... te odiara
-Es preferible eso... siempre lo ha sido -se miró nuevamente, y después de darse pequeños retoques, sonrió satisfecha. Aún era hermosa -. Ten cuidado con Tsubaki – la otra mujer asintió.
Un toquido se escuchó, segundos antes de que entrara un hombre de cabello castaño, con barba, de baja estatura y algunas cicatrices en el lado izquierdo del rostro -. Madame, se nos hace tarde –dijo, después de hacer una reverencia.
La aludida, se miró nuevamente en el espejo, y después de examinarse por algunos segundos se levantó -. Tratare de regresar lo más pronto posible
-Soy la peor mujer del mundo
Si existía una persona con peor suerte que la suya, era su hermana. Cuando por fin Inuyasha, había aceptado que la amaba, a Kouga, se le da por volver.
-Debes meditar tus palabras antes de expresarlas –dijo mientras pasaba una hoja del libro que leía.
-Me equivoque, acababa de "enviudar"… lo que hice solo lo hace… una mala mujer –se colocó una de las almohadas, que estaban a su lado, en el rostro -. Hable con él, pero solo le dije parte de la verdad –se descubrió el rostro -. No puedo mirarlo a los ojos después de lo que hice, pero no quiero perder a mi hijo
Un pequeño y casi imperceptible suspiro salió de sus labios, segundos antes de que cerrara el libro que leía, y la miro, antes de decir -. Técnicamente no lo engañaste –dijo con su habitual inexpresión -. Creías que estaba muerto, además, de que él sabe que amas a Inuyasha
Se sentó en la cama, y coloco un dedo sobre sus labios -. Shiii... no vuelvas a repetir eso en voz alta
Se quedaron observando por unos segundos, hasta que Kikyo, decidió retomar su lectura.
-Lo he estado pensando… -dijo después de que permanecieran en silencio por algunos minutos -, quiero contarle toda la verdad a Kouga… -dijo no muy convencida, esperando que su hermana dijera algo, pero ésta, estaba inmersa en el libro que había llevado consigo -, a pesar de nuestra conversación, creo que aun pretende que las cosas sean como antes, pero yo… no puedo –se acercó un poco más a su hermana, y susurro -. No renunciare a lo que siento por Inu…
-Sabía que lo había leído en uno de estos libros –dijo distraídamente, interrumpiendo a Kagome.
-¿Has estado ignorándome? –pregunto con resignación.
-La respuesta es obvia –coloco una hoja dentro del libro, justo donde antes leía, y lo cerró.
Kagome, abrió la boca para decir algo, pero un toquido en la puerta la interrumpió. Dos segundos después, Kouga ingreso a la habitación.
-Espero no interrumpir
-No te preocupes, ya me iba –se levantó de la silla, y camino hasta la cama -. Recuerda lo que dijo el médico… no debes preocuparte –se hinco un poco sobre Kagome, y la abrazo, susurrándole para que solo ella escuchara -. Después de que nazca puedes olvidarte de lo que es correcto. Si hablas ahora, él perderá la vida, y tú un hijo –le coloco el libro sobre las piernas, y se irguió -. Leer te relajara –agarro la pequeña cartera amarilla, y camino hacia la salida -. Siento agrado de que hayas regresado
-A mí también me agrada volver a verte –dijo con una pequeña sonrisa -. Te acompaño
-No es necesario
-Insisto –estiro su brazo, y ella sin más remedio lo tomo -. Ahora regreso, querida
Cerró la puerta detrás de ellos, y caminaron hacia la salida en silencio. Pero cuando llegaban a la salida, él hablo.
-Verdaderamente me agrada verte… -su voz sonaba seria.
-¿Pero…? –se detuvo, girándose hacia él
-Agradecería que no le metieras ideas irracionales en la cabeza a mi esposa
-¿Por qué crees que lo hago?. Kagome, es muy terca… si no puedes doblegar su voluntad, no es mi culpa
-Jure protegerla, y hacerla feliz –dijo en el mismo tono -. Ahora espera a nuestro hijo, y es un embarazo de alto riesgo…
-Es mi hermana –se apartó de él, dando por terminada esa conversación -. Espero que sean gemelos…o, no podrás cumplir tu promesa -camino hacia el carruaje, donde la esperaba su pequeña comitiva de guarda espaldas.
Cuando entro nuevamente a la habitación, la encontró leyendo -. ¿Qué haces?
Ella levanto la mirada, pero no lo observo al rostro, mostrándole el libro -. Lo trajo, Kikyo. Habla sobre anatomía, y un poco sobre el embarazo
-¿Sabes leer?
Ella lo miro, y se ruborizo un poco –. Mi Padre nos enseñó a Kikyo y a mí, aunque nuestra abuela y madre se opusieron. Decían que solo las brujas leían, y que las señoritas decentes necesitaban aprender cosas que de verdad les fueran de utilidad
Él solo sonrió por el comentario. Camino hacia ella, y le jalo el libro -. Suikotsu Shichinintai –leyó una inscripción, y después la miro -. ¿Es el hermano médico de Bankotsu? –ella asintió -. Supongo que también deberé leerlo. Es mejor que descanses –dijo al ver que los ojos de ella, empezaron a cerrarse, a pesar de que ella trataba de evitarlo.
Cuando cerró la puerta, abrió el libro, y después de algunos párrafos, corroboro lo que pensaba. Kikyo, tenía sospechas sobre la paternidad del bebe que esperaba Kagome.
Cerró los ojos, y se masajeo la sien. La situación, sería más complicada de lo que había imaginado. Suspiro, y abrió nuevamente los ojos. Una hoja faltante en un libro era menos sospechoso, que la información que se encontraba en ésta.
Metió la hoja en el bolsillo de su pantalón, para posteriormente dirigirse hacia la cocina a buscar a su vieja sierva.
Kikyo, sospechaba la verdad sobre el embarazo. Sabía que tendría que contarle la verdad a Kagome, antes de lo previsto. Pero por la fragilidad de su embarazo, no creía que fuera conveniente decírselo antes de que diera a luz.
El sonido que provoco la bandeja al caer al piso, después de haber volado bruscamente de sus manos, rompió el sonido que reinaba en aquella pequeña y oscura habitación.
Suspiro cansinamente. Casi todos los días se repetía la misma situación.
-Tienes que alimentarte –dijo, con aquella voz rasposa, rompiendo nuevamente el silencio.
-¡Odio que me den órdenes! –pudo ver, gracias a la pequeña flama de la vela que estaba al lado de la cama, aquella expresión colérica que tenía desde que había despertado, y percatado de las repercusiones de aquel día.
-No es una -la anciana, se agacho, empezando a recoger todo.
-¡Déjame en paz, y vuelve a traer a otro médico! -apretó una de sus inútiles piernas. La bala, había fracturado su cadera, y a pesar de que no había sanado totalmente, todos los malditos médicos que lo revisaban, le decían lo mismo.
-Tienes que dejar de matar a todos los médicos que te consigo
-¡Todos son unos ineptos!
-Solo debes tener paciencia, y pronto...- un disparo, muy cerca de donde ella se encontraba, la silencio -. Traeré nuevamente tu desayuno, y después iré al pueblo por un nuevo médico, y también buscare hierbas para tu herida –dijo antes de salir de la habitación.
Cerró los ojos. Todos los médicos, que había visto hasta ese momento, le decían básicamente que para que él volviera a caminar tenía que suceder un milagro. Sonrió. Nunca había creído en la existencia de un ser único y superior. Y, si éste llegara a existir, no tenía en estima a personas como él. Pero, a pesar de lo que los médicos dijeran, él se levantaría de esa cama. Pero no por un milagro. No. Lo que lo levantaría serían las ganas de matarlo, y el deseo de tenerla a ella. Y, esta vez realizaría sus cometidos, aunque tuviera que irse, al mismo tiempo, al infierno con él.
Observaba a la mujer frente a ella. No podía estar equivocada y, por la expresión que mezclaba el asco y molestia en el rostro de su nuera, estaba segura de que ella también se había percatado de quien era la mujer, sugerentemente vestida de rojo, que había llegado a su casa, y las miraba con esa misma mezcla de vacío y superioridad, que les mostro diecisiete años atrás.
-Ririsu –dijo la anciana, con voz temblorosa, segura de que no se equivocaba.
Sonrió. Hacía muchos años nadie la llamaba de esa forma, su nombre al igual que su pasado había quedado en el olvido. Ahora no era sombra de lo que era cuando entro por primera vez en esa casa, llevando en su vientre algo que siempre odio. Había olvidado todo, se había superado, utilizando su cuerpo para lo único que le enseñaron, desde niña, que servía. Ahora era simplemente la madame.
-Señoras Higurashi –lo dijo con clara burla, logrando que el enfado en la mujer más joven aumentara -. Seré clara como siempre. Quiero conocerla –giro hacia un pequeño cuadro donde aparecía la familia, y del cual se percató inmediatamente llego -. Estoy segura de que la reconocería en cuanto la viera… -se giró nuevamente hacia las mujeres, sonriendo -, después de todo, soy su madre
-¿Qué hace ella aquí?
-Hijo, ella nos puede ayudar –dijo -. La vieja entrometida le enseño muchas cosas –dijo, no muy contenta, al aceptar que aquella vieja y esa muchachita, eran más diestras que ella -. Estaré en la cocina –dijo, en respuesta a la seña que le hizo Hiten.
-Cuando reconocí a tu abuela, imagine que seguías con vida… –dijo, cuando estuvieron a solas -, pero jamás se me ocurrió que de esta forma –dijo, en su voz se podía denotar un tinte de burla, mientras recorría, con la mirada, la pequeña habitación. A pesar de la poca luz, se podía observar las manchas de humedad y moho en las paredes. Además, del fuerte olor a suciedad y humedad -. Ahora no eres más que un pobre lisiado -se acercó un poco a él -. Un despojo... -un fuerte tirón en su cabello, la hizo caer en la cama, impidiendo que siguiera hablando, y una mano, apretando fuertemente sus mejillas, la hizo gemir de dolor.
-Sigues siendo la misma maldita puta que no mide sus palabras antes de hablar, Tsubaki
-Hiten... - intento soltarse, pero cuando sintió algo frio debajo de su barbilla, desistió -. S-Solo... bromeaba
-Sé que te encanta hacerlo -sonrió -. ¿Sabes por qué no te he metido un tiro en tu pequeña cabecita? - hundió más el arma, en su piel, y movió el gatillo -. ¿Lo sabes?
-N-No...
-Porque tú me ayudaras a acercarme a él... tú me ayudaras a destruir lo que él más quiere
-P-Pero... él quiere matarme
La obligo a acercar el rostro al de él -. Eres grandiosa para algunas cosas... sé que llegado el momento, sabrás que hacer -la aparto bruscamente, provocando que cayera al piso, mientras se acariciaba la parte inferior de su rostro -. Si vuelves a hacer otra de tus bromas... te arrancare la piel, mientras permaneces con vida.
-No tienes por qué acompañarme a todas partes –dijo, cuando el hombre de coleta, empezó a caminar a su lado.
-Mi deber es protegerla
Lo miro. En ese momento se preguntó por qué Byakuya, acataba todas las órdenes que recibía, al pie de la letra, aunque Naraku, no se encontrara en la isla. Ella no dudaba que él de verdad diera su vida por ella.
-Acá no me sucederá nada –dijo finalmente. No era que le molestara la presencia de Byakuya, ya que el sabia guardar silencio cuando debía, pero después de todas esas semanas de salir acompañada, ya se sentía acosada.
Él se detuvo -. Lo comprendo. Si necesita algo, solo necesita llamar –dijo, para después de una reverencia, devolverse al carruaje.
Toco la puerta, y segundos después, su abuela abrió ésta. Le extraño un poco la expresión de la anciana al percatarse de que era ella.
-Hija... ¿qué haces aquí? –estaba nerviosa.
-Enviaste a buscarme –frunció el ceño.
-Yo no…
-Hola, Kikyo –se escuchó una voz de mujer, que interrumpió a su abuela.
Miro detrás de la anciana, encontrándose con la madre de Naraku -. ¿Qué hace ella aquí –miro a la anciana -. ¿La conoces?
-Eso no tiene importancia –la viuda de su padre hablo, lo cual hizo que, en ese momento, se percatara de su presencia -. Es una antigua conocida –dijo finalmente, respondiendo las dos preguntas de la chica, no percatándose que ellas se conocían, tal vez porque estaba nerviosa -. Interrumpiste su despedida
-Creo que cambie de opinión. Ya que estamos todas las partes interesadas, podemos hablar –se giró hacia la chica -. Kikyo…
-No… –dijo la viuda de su padre -, ella no es
-Desde la primera vez que las vi, supe cuál era. Sé que…
-¡Cállate! –se giró a Kikyo -. Ve a tu antigua habitación –Kikyo, intento decir algo, pero ella, sabiendo lo que escucharía, dijo -. ¡Aun me debes obediencia!
-Ella tiene razón. Es hora de que lo sepa –intervino la anciana, tratando de que la situación no empeorara.
-¡No tiene ningún derecho!. ¡No!. ¡Me rehusó!...¡lárgate de mi casa, y no vuelvas!
La aludida, miro a Kikyo, y se giró, dispuesta a marchase.
-Ella es tu madre Kikyo –giro a ver a su abuela -. Ririsu, es tu madre… Kikyo, si tiene derecho a saberlo
¿Su madre?. Por la discusión, había imaginado que aquella mujer, conocía a la mujer que le había dado la vida, porque, a pesar, de que fuera obvio, a ella jamás se le hubiese pasado eso por la cabeza, por la simple razón de que esa mujer frente a ella, era la madre de Naraku. La madre de su esposo.
-"Tenemos… ¿la misma madre?"
Sintió nauseas, por lo cual corrió al baño. Se había acostado con su… ¿hermano?. Se arrodillo frente al retrete, dejando salir todo lo que había comido.
Se cubrió el rostro, tratando de aplacar las ganas de seguir frente al retrete. Y negándose a creer en aquella aberración. No, no, ¡no!. Tenía que haber una equivocación. Ellos no podían ser hermanos. Ella no podía…
-Hija, ¿estás bien?
Se levantó, a pesar de que su cuerpo parecía pesar. Abrió la puerta, encontrándose con su abuela.
-Kikyo…
-¿Estas segura? –la voz le tembló -. ¿Es ella?
La anciana simplemente asintió. Y, ella no pudo seguir allí. Escucho el llamado de su abuela y la viuda de su padre, pero no se detuvo, ni siquiera cuando tropezaba, por no ver bien, por culpa de sus lágrimas.
-¿Qué…?
-Llévame a casa… por favor
Se acurruco en la silla. Todos podían escuchar sus sollozos, y por primera vez, en su vida, no le importaba que alguien la viera, o escuchara llorar. Porque en lo único que podía pensar en ese momento era en la opresión en el pecho, que le impedía respirar.
Dolía.
Haberse enterado de aquella horrible verdad, la estaba lastimando más que cualquier cosa de las que había vivido hasta ese momento. Dolía más que ser traicionada por Inuyasha. Dolía más que ser tratada como una mercancía por quien consideraba su hermano. Aquella verdad dolía como la muerte de su padre…o, tal vez más, ya que tenía edad suficiente para ser consciente de la situación, y no olvidar lo sucedido.
Apretó el dije entre su mano, y cerró los ojos fuertemente.
Quería despertar.
Deseaba que todo lo que le estaba sucediendo, incluso ese dolor que le cortaba la respiración, fuera parte de una horrible pesadilla. Pero por más que lo pidió y deseo, jamás despertó.
Algunas lágrimas bajaron por sus mejillas, cuando sus ojos se abrieron nuevamente. Byakuya, la había tenido que llevar hasta su habitación. Pero ella no quería estar en ese lugar, y menos sobre esa cama donde muchas veces…
Un sollozo escapo de sus labios. No podía aceptarlo. Ellos no podían ser…hermanos. Estaba segura de eso, y solo existían dos personas que podrían confirmárselo.
-No deberías levantarte, tenías un poco de calentura –dijo, la anciana, que entraba con una pequeña charola, al verla de pie -. Esta infusión te hará sentir mejor –le ofreció una taza con un líquido rojo, pero ella lo rechazo.
-Iba a buscarte –su voz sonaba un poco ronca -. Necesito que me hables sobre la…madre de él
-Ese tema no me concierne tratarlo contigo. Si él cree que necesitas saberlo, él mismo te lo comentara –coloco la charola sobre la mesita de noche, dispuesta a salir.
-Solo…
-No es necesario que insistas, no puedo hablarte sobre ella, aunque quisiera hacerlo –dijo, antes de salir.
Se levantó nuevamente. Si Kaede, se negaba a darle información, aquella mujer le debía una explicación.
Agarró una caperuza negra, y salió por el pasadizo secreto. Tenía suerte, de que al creerla enferma, no había vigilancia en la salida.
-Sabía que vendrías, pero no creí que lo harías hoy, y menos a esta hora
-Tú me citaste –dijo, al recordar el supuesto llamado de su abuela.
-Quería que supieras la verdad, pero temía que no me creyeras –dijo -. Sí, soy tu madre…la que te cambio por unas monedas de oro
-¿Eres la…? -sintió sus ojos escocer. Por lo cual no fue capaz de terminar la pregunta -. ¿Cómo puedes hacerme esto y estar tan tranquila?...¿acaso no te das cuenta de la gravedad de la situación? –las lágrimas empezaron a bajar por sus mejillas -.¿¡Por qué no te llevaste este secreto a la tumba!? –se cubrió la boca con una mano, tratando de ahogar los fuertes sollozos -. ¿Por qué ahora?
-Comprendo que te sientas un poco confundida, tus emociones…
-¿Confundida?. ¡Me acosté con mi hermano! –la mujer frente a ella, no parecía entender la gravedad de la situación -. ¿Acaso no lo comprendes?, o ¿simplemente te da igual? –no hubo respuesta -. ¿Por qué?... ¿¡por qué me haces esto!?. ¿¡Tanto me odias!?
-¡Para mí también es difícil esta situación! –finalmente mostro una emoción -. ¡No puedes imaginar lo que sentí cuando me di cuenta que mis dos hijos mantenían relaciones! –sus ojos se pusieron vidriosos -. Para mí no es fácil saber que Hitomi, está obsesionado con su hermana... sé que todo es mi culpa por dejarte, pero si Onigumo, se enteraba de que había tenido un hijo con otro hombre, lo menos doloroso que me hubiese hecho, hubiera sido darme muerte. Tenía dos bebes, y no tenía como mantenerlo… me había prostituido por darle de comer a Hitomi, pero cuando te esperaba, ya nadie quiso pagar –se acercó a ella -. Sé que cometí muchos errores e hice cosas horribles, pero todo lo hice para que fueras feliz. Ahora puedo remediar mis errores… puedo ayudarte… –le tomo las manos -, hija
Se soltó bruscamente -. ¡No me llames así!...¡jamás te veré como mi madre! –se giró, dispuesta a irse. Ya no podía soportar más. No quería pensar en nada de lo que había sucedido esa tarde. Porque dolía.
-Que no me consideres tu madre, no significa que Hitomi y tú dejaran de ser hermanos –ella se detuvo, y nuevas lagrimas salieron. Eso jamás podría olvidarlo -. Conozco mejor que nadie a Hitomi, y sé que, a pesar de los lazos que los unen, no te dejara ir. No te ama, pero se empeñó en mantenerte con él…yo puedo ayudarte a que te alejes de él, y ahora que no se encuentra en la isla es más fácil…solo tienes que confiar en mí, si no quieres que esto termine en desgracia
Ya era una desgracia. No solamente había cometido el pecado de la carne, sin saberlo, con su hermano, sino que, además, jamás podría verlo como lo que en realidad era, porque ella…lo amaba. Si, aunque siempre trato de negárselo, ella lo amaba, y por esa razón dolía tanto.
-Tienes que alejarte de él…ustedes no pueden estar juntos... nunca cambiara el hecho de que son hermanos
Existían muchas cosas que los unían. Lazos que los unieron desde el mismo instante en que se conocieron. El primer lazo, fue el odio que sentían mutuamente, el cual los había unido desde el instante en que se cruzaron sus miradas. El segundo, era el simple deseo de él, y el amor que ella sentía, el cual los había unido hasta ese día. Pero existía uno, que lamentablemente los uniría de por vida…
Los lazos de sangre que siempre compartirían.
Subió una mano a su pecho. El dolor era tan intenso, que no podía respirar. Se aferró al pomo, en un vano intento por sostenerse, cuando sus piernas parecieron quedar sin las suficientes fuerzas para sostener su cuerpo. Pero no lo soporto. La falta de oxígeno, y la oscuridad que empezaba a rodearla, provocaron que su cuerpo se deslizara lentamente hasta el piso, y sus ojos se cerraron.
Quizás, la perla, por fin, le había concedido despertar de esa pesadilla. O, simplemente la muerte. Ya no le importaba que sucediera, con tal de ya no vivir en aquella dolorosa realidad.
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¡Hola!...al fin el capítulo 17. No actualizaba desde… ¿Abril?, pero lo importante es que estoy de vuelta. Es el último capitulo que realizo tan largo...no quiero que se agobien por lo extenso. Las emociones...no creo que quedaron, pero espero les agrade algo.
Si, Naraku, no apareció –lo advertí antes de eliminar-, espero no les hiciera tanta falta como a mí.
Kouga, recuerda mucho xd –espero no aburriera-… era un líder que haría cualquier cosa por su manada –eso creo yo-…quise plasmar eso en este capítulo, al querer mantener unida su familia…además, algo del arcoíris lunar. Ya creo quedo clara la aptitud de Kouga, hacia Kagome, sobretodo Ayame.
Ayame…¡recuerden si me torturan o matan no sabrán como termina la historia! –Sí, juego sucio muaja-. Recordé algo que vi sobre una chica que amaba a dos hombres…no, no me fume nada –aunque a veces se me corre la teja xd-… ¿Kouga? u ¿Hojo?...corro –alguien vendrá por mi…ella sabe quién es jaja-.
Kikyo… al parecer Kagome no es la única con mala suerte… la vida –autora- es muy injusta con ellas.
¿Opiniones?
Gracias por leer, especialmente por sus reviews:
Erza (¡Hola!...Otra vez se te olvido el pseudonimo jaja. Sí que suerte…aunque yo si te puedo torturar con paciencia muajaaa. Espero te agrade…¡saludos!)
Rijeayko (¡Hola!... Creo que no eres la única que ama-odia a Hojo jaja. Kouga, no cambiara…creo que no lo necesita. Esa amenaza si me dio miedo –corre xd-. Espero que el capítulo te agrade lo suficiente para perdonarme, y espero aun tengas uñas…¡saludos!)
Kyori Deemo (¡Hola!... lo lamento. Si me especificaras cuales, te las aclarara con mucho gusto. Espero que este cap te aclare algunas cosas y te agrade… ¡saludos!)
280302(¡Hola!...es un honor que esta sea la primera historia que lees, ¡gracias!. Todo se empieza a complicar desde aquí… Naraku-Kikyo…¡otra de las mías!...espero te agrade. ¡Saludos!)
773 (¡Hola!...después de milenios jaja…espero te agrade. ¡Saludos!)
Margot (¡Hola!...¡gracias!... hice un buen trabajo con Naraku jaja. Inu, no están bestia. Kouga… no tiene malas intenciones, pero… lo odiaras y amaras. Quería protegerla, por eso la dejo… pero pronto –meses- volverá….espero te agrade. ¡Saludos!)
Gabrielle Kravinoff
06/10/17
