Capítulo XVIII: Te amo más que a la vida misma.
Es tu hermano.
Eso jamás podría olvidarlo. Todos los días recordaba cada una de aquellas palabras, las cuales entraban diariamente a su cabeza, taladrándola lenta y dolorosamente.
Lo que sientes está mal.
Sabía que esa mujer tenía razón, pero no por eso aquellas palabras dejaban de doler tan agónicamente. O dejaba de sentir aquello que era indebido, además de condenado y enfermo.
Lo que hicieron es una abominación.
Todos los días se odiaba así misma por aquello que sentía. Todos los días trataba de aceptar aquellas palabras. Todos los días trataba de odiar lo que sentía, tanto como cada día se odiaba así misma por no olvidarlo y extrañarlo. Cada día se odiaba más por amarlo.
Tienes que alejarte de él, y yo puedo ayudarte a hacerlo
Aquellas palabras le hacían sentir asco de sí misma. Aquellas palabras cada día la convencían de que, aunque no quisiera, lo que haría era lo correcto.
-Sigo creyendo que no es necesario, yo puedo prepararla para ti –la anciana, aun parecía reacia a cumplir su pedido.
-No es justo que te despierte siempre que tengo pesadillas o el insomnio aparece –dijo de la forma más amable que encontró. Necesitaba que Kaede no se arrepintiera de enseñarle esa infusión "peligrosa", que aquella mujer le había dicho que les sería de utilidad -. Tus otras infusiones ya no surgen mucho efecto. Además, mi aburrimiento decrecerá, ya que Byakuya, estos días no ha podido seguir ayudándome
La anciana aún se veía reacia. Aquella infusión que no solo servía para dormir, además podía ser utilizada para matar y torturar. Algunos años atrás, había cometido el error de enseñarle algunas cosas a Tsubaki, entre ellas la preparación de aquella infusión. No quería cometer el mismo error. Pero Kikyo era diferente.
-Está bien, pero tienes que prestar mucha atención a cada uno de los pasos del proceso. Esta infusión es… diferente
Se levantó de su asiento, y agarro las hiervas que permanecían en una mesa -. ¿Esta es?
-No, pero esta vez nos será de utilidad -agarró un pequeño ramo, y lo olio -. Son muy similares, pero las otras tienen un sutil olor a canela, además de que son difíciles de encontrar… y muy peligrosas. Si preparas la infusión de forma incorrecta, la persona que la tome… caerá en un sueño eterno
-"Morirá"
-Pero no te preocupes, solo debes tener cuidado y la infusión solo te hará dormir por algunas horas –prosiguió la anciana -. Solo debes estar atenta a todo lo que veras
Simplemente asintió. Sabía que todo lo que haría era lo correcto. Aunque eso implicara engañar y traicionar, después de todo ninguno de los actos que realizaría a partir de ese momento era tan abominable como lo que sentía por él.
Llevo la cuchara a su boca, tratando de aparentar que lo que estaba sucediendo a su alrededor no le importaba en lo absoluto. Ese día a Hojo se le había ocurrido la maravillosa idea de que cenaran en familia, lo cual no hubiese sido totalmente incomodo, si Ayame no se encontrara presente.
Todos, a excepción de él, no parecían incomodarse con la situación. Pero él sabía que Ayame también se sentía igual que él, aunque tratara de actuar igual que los demás. Él no dejaba de mirarla, pero nadie parecía darse cuenta de ello, a excepción de ella. Pero si la situación para él era muy incómoda, se volvió totalmente insoportable cuando Hojo tomo la mano de ella.
Tratando de relajarse, tomo un poco de su copa. Pero a pesar de tratar de prepararse para la situación, no pudo evitar mostrarse totalmente sorprendido al escuchar la decisión que había tomado la pareja. Incluso, la copa había caído de su mano al piso.
-Hijo, ¿estás bien? –la voz de la anciana, provino del otro extremo de la mesa.
Todos habían enfocado toda la atención en su persona. Pero él la mantenía en los ojos verdes de ella.
-¿Kouga? –a pesar de lo que había pasado el día del compromiso, Hojo no podía evitar mostrarse preocupado por su primo. Se veía muy pálido, tanto como un cadáver, pero no dejaba de ver a Ayame.
La mención de su nombre lo hizo volver a la realidad -. Estoy bien –dijo, mientras agarraba nuevamente la cuchara -. Pero… quien al parecer no lo está eres tú, Hojo. Casarte en dos meses es una completa locura –llevo la cuchara a su boca, y empezó a comer, fingiendo que la situación le era indiferente.
-No vemos por qué esperar
-No veo por qué casarse con tanta rapidez –dijo, esta vez sin poder evitar que en su voz se distinguiera un pequeño tinte de molestia.
-No vemos por qué esperar –repitió, en el mismo tono calmado que siempre lo caracterizaba -. Te casaste con Kagome, al mes de conocerla –quiso replicar, pero no supo con qué argumentos hacerlo -. Supongo que cuando es la indicada lo sabes –levanto la mano de Ayame, y la beso en el envés, mientras sonreía.
La cena transcurrió en completo silencio. Pero las miradas de él no cesaban, a pesar de que ella seguía ignorándolo. Necesitaba hablar con ella a solas, pero en los últimos días no se le había presentado ninguna oportunidad.
Una hora después, Hojo decidió acompañarla de vuelta a la hacienda Taisho, pero antes acompaño a su abuela, que se sentía un poco indispuesta, dejando en la sala de estar a Ayame sola, ya que Kouga se había retirado con Kagome media hora atrás.
Se inclinó un poco para agarrar la taza con té, pero un agarré en su antebrazo la obligo a levantarse. Frunció el ceño. Kouga había venido de afuera de la casa.
-¿Qué…? –pero él empezó a jalarla hacia afuera -. Al parecer no soy la única que carece de modales –trato de soltarse, pero él no estaba dispuesto a permitírselo -. ¿¡Qué…!? –la mano de él le cubrió la boca, impidiéndole hablar.
-¿Por qué se casaran en dos meses? –estaba muy serio -. Solo quiero que me respondas eso. Te descubriré la boca, pero no vayas a actuar de forma inmadura. Simplemente responde –aparto la mano lentamente de la boca de ella, por si tenía que cubrírsela de nuevo.
-Eso solo nos concierne a Hojo y a mí –fue su única respuesta. No quería discutir con Kouga, pero tampoco estaba obligada a contestar a sus preguntas, y menos cuando la abordaba de esa forma.
-¿Por qué? –la agarró por los antebrazo -. Responde –exigía con la poca paciencia que le quedaba. No quería imaginarse cosas. No quería que la conclusión más factible a la que había llegado fuera la verdadera razón. Él no quería pensar en que ella y Hojo… -. ¡Responde, ahora!
Ella intento soltarse, pero el apretó un poco el agarre -. ¡Suéltame! –dijo en el mismo tono que él había utilizado -. ¡Eso no te importa!
-¿Tú y él…? -no quería preguntar. Realmente no deseaba hacerlo, pero ella no le dejaba opción -, ¿se acostaron?
Ella pareció sorprenderse un poco por aquella pregunta, que por el tono y expresión que él tenía, más parecía una acusación. ¿Acaso se estaba atreviendo a compararla con las mujeres que antes frecuentaba?.
-Eres… -respiro profundo. Tenía que calmarse. Le había prometido a Hojo, que trataría de tenerle paciencia a Kouga -. Creo que eso solo nos concierne a nosotros dos –trató de soltarse, pero él no se lo permitió -. Kouga… -tenía que reconocer que aquella situación le estaba incomodando. Kouga tenía una mirada y expresión que eran una rara mezcla entre molestia y decepción.
-No… -su voz había sido un susurro lastimero -, tienes idea de…
-Suéltala, Kouga –la voz de Hojo lo hizo girar en dirección hacia él. Su expresión característica había desaparecido. Cuando había vuelto nuevamente al salón, la voz de Ayame, lo hizo salir.
-Este asunto no te concierne –hablo de forma seria, sin pensar en sus palabras. Lo único que le importaba en ese momento era terminar su conversación con Ayame. Aunque había una pequeña voz que le gritaba que se detuviera, recordar que se casarían en tan poco tiempo acalla totalmente aquella pequeña voz, provocando que el poco control que tenia se fuera desestabilizando paulatinamente -. Retírate
-Estas lastimando a mi prometida –se colocó frente Kouga, pero por miedo a lastimar a Ayame, no la soltó del agarre de su primo -. Suéltala
-Dije que…
-He dicho que sueltes a Ayame –dijo de forma seria, interrumpiéndolo. Jamás le había hablado a Kouga de esa forma, pero no volvería a permitir que Ayame fuera nuevamente pordebajeada.
-Retirare –hablo en el mismo tono -. ¡Ahora! –jalo a Ayame hacia él. No quería lastimarla, pero tampoco quería que su primo la volviera a tocar.
Después de ese momento todo sucedió muy rápido, sin que ninguno de los tres pudiera prevenir o detener la situación. Ayame había gritado por el agarre que aumentó considerablemente, y Hojo… simplemente reacciono. No le gustaba la violencia. Jamás le había ni siquiera levantado la voz a Kouga. Pero ese día, sin ser consciente de lo que hacía, su puño golpeo directamente contra la mejilla derecha de Kouga. Después de eso, todo se convirtió en un caos, uno que ni siquiera los fuertes gritos de Ayame pudieron detener.
-¡Basta! –el grito de la abuela de ambos, había logrado detener la pelea justo cuando la mano de Kouga había subido nuevamente para golpear al cuerpo, que ahora, se encontraba debajo del suyo. Pero a pesar de eso no bajo su mano. Ambos respiraban agitadamente, mientras algunos hilos de sangre bajaban por su barbilla hasta perderse en el piso. Se miraban directamente a los ojos, como si quisieran seguir, pero no pudieran porque sabían que aquello estaba mal -. Kouga… por favor -el brazo del aludido bajo lentamente, mientras soltaba el agarre que tenía en la chaqueta de su primo.
-Yo… -miro las heridas en el rostro de su primo. Todo lo que quiso evitar ahora lo estaba provocando -, lo siento
No miro a nadie más. Ni siquiera se detuvo ante el llamado de Kagome que acababa de cruzar la entrada. Simplemente se alejó de la casa, mientras recordaba las heridas en el rostro de su primo. Preguntándose como había sido capaz de lastimarlo, sabiendo que Hojo apenas sabía defenderse. Él siempre lo había cuidado, y ahora… había actuado como un ser irracional. Todos los sacrificios que había realizado para que su familia estuviera unida, los había tirado al fiasco en unos simples segundos.
-¿Qué sucedió? –su abuela se veía muy afectada -. Kouga… él jamás te hubiese lastimado, y tú tampoco te hubieses atrevido a levantarle la mano
-Lo siento –cerró los ojos cuando el pañuelo húmedo cubrió la herida que tenía en la ceja. Sabía que había actuado irracionalmente, pero en ese momento no pudo detenerse, a pesar de saber que Kouga tenía una gran ventaja sobre él, simplemente había actuado. Y aunque no se arrepentía de haber defendido a Ayame, si lo hacía de haberse peleado con Kouga -. Es mi culpa… no debí provocar que perdiera el control. Pero no podía permitir que siguiera lastimando a Ayame, verbalmente
-Esa muchachita es tu perdición –dijo de forma seria, mientras limpiaba la herida que tenía en el labio inferior -. Tú jamás hubieses actuado de esa forma tan irracional - el chico le detuvo la mano.
-Ayame, es lo más hermoso que me ha pasado o podría pasarle a mi vida –dijo, mientras trataba de sonreír a pesar del dolor -. Ella me hace feliz… quisiera que tú y Kouga, lo comprendieran –miro hacia el piso -. Deseo que Kouga, pueda querer a Ayame y deje de lastimarla –sonrió nuevamente, y la miro -. No te preocupes, hablare con Kouga. Nada podrá arruinar nuestra relación… sé que a pesar de que está equivocado, las intenciones de Kouga, no son malas. Él simplemente quiere que yo sea feliz, pero eso no sucederá hasta que acepte que Ayame, también influye en eso
La anciana suspiro, mientras proseguía con su labor -. No creo que llegue esta noche a dormir
Llevo el vaso a sus labios, cuando sintió las manos posarse sobre su piel. Cerrando, sin poder evitarlo, los ojos segundos después. Apretó fuertemente los labios, ahogando un gemido, cuando aquella sensación húmeda, se empezó a extender desde uno de sus costados hacia abajo.
No era la primera vez que lo sentía, y tal vez tampoco sería la última. Pero en esa ocasión era diferente. Todo era diferente gracias a ella.
Sus ojos rojos, se abrieron nuevamente cuando aquellos dedos hicieron presión en su piel. La dueña de estos, seguía arrodillada frente a él, dejando ver únicamente su largo y oscuro cabello. Bebió nuevamente del vaso, tratando de mantenerse inmutable a pesar de la situación.
Escucho un pequeño suspiro, antes de sentir algo frío y húmedo, empezar a subir por su costado.
Un par de ojos verdes lo observaron, sin dejar de hacer su trabajo.
-La bala no entro muy profundo, mi señor
No dijo nada, simplemente miro hacia el frente, ignorando a la mujer que, ahora, lo estaba vendando. Algunas horas antes había resultado herido, pero a diferencia de las veces anteriores, y aunque no le agradara reconocerlo, había tenido miedo. No, miedo a la muerte no era, porque siempre que se veía al espejo la veía reflejada en sus ojos. También, aunque más nítida, la veía en los ojos de las personas que mataba. La muerte siempre lo había acompañado, esperando pacientemente el momento indicado para arrastrarlo a donde jamás debió salir. Siempre lo supo, y jamás le importo… hasta que ella llego a su vida. Ahora sentía miedo… ese día lo había sentido y aún lo hacía. Ese día había sentido miedo de morir, sin poder volver a ver a verla. Porque, si es que existía algún lugar después de la muerte, él jamás podría si quiera pretender entrar en el lugar donde ella permanecería eternamente.
Ese se había convertido en su más grande temor. Morir sin ver nuevamente a Kikyo.
-Mi señor…- la voz de la mujer lo saco de sus cavilaciones -, se ve muy estresado –el tono de voz de la mujer había cambiado, pero él no le dio importancia, hasta que aquellas manos empezaron a tocar partes de su cuerpo que se encontraban alejadas de la herida -. El señor Kurohige, dijo que, además, necesitaba compañía. A mí me complacería dársela
Bebió otro trago, mientras se retiraba las botas –. Largo
Aunque tenía ganas de replicar no lo hizo. Eso había sido lo primero que le fue advertido, en caso de que quisiera permanecer con vida. Hizo una reverencia, y salió.
Con un poco de dificultad se quitó el pantalón, y se acostó en la cama que permanecía en la zona izquierda de la habitación.
Cerró los ojos e inconscientemente agarro el dije de la cadena que colgaba de su cuello -. Kikyo –casi dos meses habían transcurrido desde la última vez que la vio, y sinceramente no sabía cuánto más podría soportar estar alejado de ella. Jamás había necesitado de alguien para sentirse completo. Pero desde que Kikyo había llegado a su vida, le demostró que él era un simple hombre que podía sentir cosas que siempre había detestado. Un hombre que tenía una sola debilidad. Debilidad que además, aunque ella no lo supiera, podía controlarlo.
Ella se había vuelto muy importante para él, hasta el punto de aceptar que si seguía con esa vida la pondría en peligro, pero ¿sería capaz de renunciar a todo por ella?. ¿Podría cambiar todo lo que había logrado por una mujer?. ¿Podría sacrificar sus deseos simplemente por estar con ella?
No.
No había necesidad, porque lo que él más deseaba era su corazón. Su más grande deseo era estar con Kikyo. Todo lo que obtuviera después, carecía de sentido si ella no estaba a su lado. Todo lo que necesitaba en esa vida era estar con ella. Lo Único que podría satisfacerlo totalmente era obtener su amor.
Sonrió. Era una ironía de la vida. Lo que siempre hastío, ahora, era lo que más deseaba. Aunque fuera una burla hacia él, tenía que reconocer que estaba enamorado como un idiota. Pero en ese punto, ya no le importaba. Lo único que le importaba e importaría era Kikyo.
Abrió los ojos, y miro el dije e inconscientemente susurro -. Más que a la vida misma, Kikyo
Después de haber dejado de ir por casi un mes a la hacienda Ookami, ese día decidió que ya era suficiente. Había decidido que sería feliz, y Kouga Ookami, no arruinaría sus planes. Simplemente tenía que ser paciente, y lo olvidaría completamente.
Además, Hojo la había tentado con una carrera a caballo, por lo cual ahora se encontraban en el establo. Tratando de escoger el caballo que utilizaría, pero todos los caballos eran iguales. Todos presentaban un pelaje marrón. Todos se encontraban pastando en cubículos contiguos, excepto uno que se encontraba en un cubículo apartado, lo cual llamo su atención. Sin pensarlo camino hasta el rincón donde se encontraba apartado.
-Ese nadie más que Kouga, ha podido montarlo –la voz de Hojo la hizo girar momentáneamente hacia él -. Si alguien diferente lo hace se torna agresivo. Esta apartado porque el único que lo diferencia de todos los demás es Kouga
Llevada por la curiosidad, intento tocar el rostro del caballo, pero éste se apartó reacio.
-A veces ni siquiera deja que lo toquen –dijo nuevamente Hojo-. Imaginaras lo complicado que fue lidiar con él en la ausencia de Kouga.
Después de algunos minutos escogió uno de los otros caballos al azar. Ya que todos eran exactamente iguales no tuvo preferencia por ninguno de ellos. Y salieron a cabalgar.
Miro hacia atrás, y sonrió. Si no supiera que Hojo no era muy bueno cabalgando, pensaría que se dejaba ganar apropósito. Bajo del caballo, justo frente a un lago, y lo dejo suelto para que pastara.
Camino hasta el lago, quitándose las botas en el camino. Sintiendo el pequeño cosquilleo que provocaba la hierba en sus pies. Esa sensación le gustaba, pero no más que la del agua acariciando su piel. Y por esa razón, sin importarle que el pantalón que llevaba se mojara, entro al lago.
Camino por la orilla algunos minutos, hasta que, cansada de esperar y seducida por líquido que acariciaba su piel, se empezó a desvestir. Lanzo la camisa hacia afuera, pero antes de que pudiera desabrocharse el pantalón, el sonido de un caballo acercándose llamo su atención. Hojo la había encontrado.
-Creí que tendría que ir a buscarte –dijo con un pequeño tinte de burla, antes de girarse -. Estuve… -no pudo seguir, al percatarse de quien en realidad estaba frente a ella. Kouga la miraba fijamente.
-Vístete – parecía estar enojado.
-Pero…
-Viste, ahora –ordeno mientras se bajaba del caballo.
Frunció el ceño ante tal demanda, pero casi inmediatamente esa expresión fue reemplazada por una de estupefacción. Kouga caminaba hacia ella, después de agarrar la camisa que se había quitado minutos atrás. Y sin importarle que llevara calzado, entro al lago.
-¿Qué...?
-Vístete – le coloco la camisa a la altura del pecho. Pero a pesar de que su tono de voz no había cambiado, ya no la miraba -. No comprendo por qué te desnudas… una señorita decente no hace este tipo de cosas. ¿Cómo es posible que permitas que Hojo te vea y toque en ese estado?
Ella entrecerró los ojos -. ¿Nos has estado siguiendo?
-¿Por qué tendría? –la miro fijamente -. Simplemente lo supuse. Lo que hagan ustedes me tiene sin cuidado –sabía que debía parecer un loco, sumando esto a su anterior encuentro, pero jamás admitiría que algunas de las veces en que Hojo salía a visitarla, los seguía. No era que fuera un acosador, simplemente se aseguraba de que su primo no cometiera un error.
Ella no respondió, simplemente se concentró en vestirse. Había decidido que absolutamente nada que tuviera que ver con Kouga la alteraría. Sin mirarlo, empezó a caminar hacia afuera, pero una voz la detuvo.
-No te cases –esta vez no había sido una orden. Era un ruego que emitió por desesperación. No sabía cómo evitar que ellos se casaran sin que Hojo o Ayame lo odiara.
-¿Vas a amenazarme nuevamente? –le pregunto de forma retadora, girándose -. ¿Vas a exigirme nuevamente que deje a Hojo? –bufo -. Pierdes tu tiempo
-No quiero interferir… -la miro a los ojos -, quiero que tú seas quien rompa el compromiso
-No lo haré –definitivamente Kouga estaba loco si pensaba que ella haría tal cosa. Jamás renunciaría a Hojo -. Quiero casarme con Hojo
-¡Eso no es cierto! –no pudo evitar aumentar su tono de voz. Ella parecía tan convencida de querer estar con Hojo -. ¡Solo es un maldito capricho!
-Hojo, jamás lo será –respondió con tranquilidad, antes de girarse. Kouga se estaba alterando nuevamente, y ella no tenía ganas de discutir. Pero la voz de él la detuvo nuevamente.
-¿Y yo?, ¿si lo fui?
-Ha estas alturas, eso ya no tiene importancia –fue su única respuesta, antes de reanudar su marcha, pero cuando ya había salido del agua, nuevamente la voz de él la detuvo. Más por su tono, que por lo que había dicho.
-Responde –volvió a repetir, utilizando el mismo tono de súplica.
-Era una niña –dijo, girándose nuevamente -. Esas cosas no tienen ninguna importancia
-Para mí si la tuvo, Ayame –ella reanudo su marchar, por lo cual, sin pensarlo hablo -. Te amo –ella se detuvo, girándose hacia él -. No sé cómo… pero sucedió. Te amo, Ayame
Ella lo miraba fijamente, y después de algunos segundos, una expresión de burla apareció en su rostro, antes de empezar a reír. De todas las cosas que Kouga le había dicho desde que se conocían, esa era la más estúpida e ilógica. Si le hubiese dicho eso algunos meses atrás seguramente le hubiese creído como una tonta ingenua. Pero ahora, esas palabras no significaban absolutamente nada. Al ver que la expresión de él no cambiaba, respiro profundo, y dijo -. Es broma, ¿cierto?
-Yo… -él parecía no saber que decir. Si era sincero consigo mismos, realmente esperaba cualquier cosa de Ayame, incluso un insulto, pero jamás una burla a sus sentimientos y confesión. Sentía como si hubiese hecho un gran ridículo, pero aún más vergonzoso y doloroso. Jamás había sido rechazado, y menos por alguien que significara tanto para él como Ayame -. "Seguramente así se sentía ella" –bajo la mirada. Se sentía incapaz de seguir mirándola -. Yo… -su voz sonaba tan baja y lenta, que incluso él mismo se sorprendió -, siempre te he…
-Eres un imbécil –ella lo interrumpió. No sabía que pretendía Kouga, pero ya la situación no le estaba agradando. Se veía muy sincero -. ¿Qué pretendes?. ¿Qué deje a Hojo y corra a tus brazos? –rió, mientras sus ojos se cristalizaban. ¿Por qué Kouga tenía que ser un idiota?, ¿por qué siempre quería dañarla? ¿por qué ahora que quería a Hojo, no dejaba que lo olvidara completamente? -. Eres un gran idiota si crees que lo haré…¡fueron años que te espere!, años en los cuales solo recibí desprecios y humillaciones –su voz tembló, mientras las lágrimas, a pesar de que ella trataba de rehusarse, empezaban a bajar de forma muy lenta por sus mejillas -. Siempre te espere, y tú ni siquiera fuiste capaz de darme la cara… fue por un maldito papel que me entere que jamás te casarías conmigo
-Creí que era lo correcto –las palabras de Ayame lo estaban afectando. Dolía tanto escucharla. Dolía incluso más que dos años atrás. Siempre ella conseguía causar ese efecto en él.
-¿Lo correcto para ti? –rió forzadamente, mientras se limpiaba las lágrimas -. Siempre has sido un maldito egoísta. Siempre pensaste en lo que tú querías… únicamente pensabas en ti. ¿Alguna vez te importo alguien diferente?
A parto la mirada -. No hables de cosas que no comprendes
-Supongo que soy muy estúpida para comprenderlas –dijo de forma seria, y se giró dispuesta a marcharse, pero un agarre en su muñeca la detuvo -. Kouga, ya… -no pudo seguir. Los labios de él se lo impidieron. Estaba tan enojada, que ni siquiera se había percatado de que él se había acercado tanto.
Tenía tantas cosas que decirle a Ayame, pero no sabía cómo explicárselas todas en ese preciso momento. Por eso en un acto de desesperación, en un intento de que no se marchara, la beso. Esperaba que ella comprendiera y sintiera todo lo que ella le provocaba desde hacía muchos años. Esperaba que ella comprendiera que ella era la única que le provocaba todo aquel remolino de emociones que lo embargaban siempre que la tenía cerca, y aún más cuando la tocaba, como en ese preciso momento. Esperaba que ella comprendiera con ese beso que de verdad la amaba. Esperaba que comprendiera que siempre la había amado.
No comprendía que estaba sucediendo. Kouga la estaba obligando a que lo besara. Metió las manos entre ellos, en un vano intento por apartarse. Pero Kouga era más fuerte que ella, y con el agarre que mantenía en su cintura le impedía moverse. Cerró los ojos fuertemente. Necesitaba apartarse de él, pero no sabía cómo. Tal vez si…
-Te amo… –aquel pequeño susurro contra sus labios interrumpió el hilo de sus pensamientos -, siempre lo he hecho, Ayame. Siempre te he amado… eres la única mujer a la cual he amado
Él la miraba a los ojos, mientras le acariciaba una de sus mejillas. Estaba sonriéndole. Era una sonrisa muy hermosa, que parecía iluminar incluso sus ojos que en ese momento se veían más azules.
No sabía que decir. Su cerebro le gritaba que hablara, pero su boca parecía negarse a pronunciar cualquier palabra. Pero cuando el aliento de él acaricio suavemente sus labios, su cerebro se calló. Todo pareció volverse blanco. Todo pareció detenerse cuando los labios de él nuevamente se unieron a los suyos. Y sin proponérselo le respondió.
Era un beso muy suave y lento. Muy diferente al primero que él le había dado. Era un beso que le provocaba muchas cosas que le demostraron que lo seguía amando como el primer día. Sensaciones que también ahora Hojo le provocaba. Porque aquello que sentía ahora que Kouga la besaba, era lo mismo que sentía cuando Hojo también se le acercaba.
No sabía por qué o como había sucedido, pero los amaba. Por eso había aceptado casarse con Hojo, y por esa misma razón se había propuesto olvidar a Kouga. Pero él ahora venía y le decía que también la amaba, doblegando su voluntad con aquella simple palabra. Palabra que si hubiese escuchado algunos meses atrás, la hubiesen hecho inmensamente feliz, pero ahora que su corazón había aprendido a amar a Hojo, aquella palabra la hacía sentir desdichada, porque ahora estaba segura de que nada podría cambiar. Ella jamás podría dejar de amar a Kouga… pero tampoco podría nuevamente corresponderle totalmente.
Se removió un poco, tratando de que Kouga la soltara. Pero él se negaba a hacerlo. Por lo cual, sin más opción cerró los ojos fuertemente, y levanto su pierna izquierda e inmediatamente el agarre que él tenía en su cuerpo se desvaneció. Cuando abrió los ojos, él estaba sosteniéndose con tres extremidades en el suelo, mientras que con una de sus manos se cubría la entre pierna, tratando de ahogar pequeños gemidos de dolor.
-¡No vuelvas a hacerlo! –le grito, antes de correr hacia los caballos, subiendo, sin percatarse, en el de la izquierda. El caballo de Kouga.
-¡Aya…me, no! –el grito no salió tan fuerte como quiso. Se levantó con mucha dificultad -. ¡Baja! –pero ella no lo escucho.
Escuchaba los gritos de Kouga, pero su cerebro estaba tan concentrado en alejarse, que no los comprendió -. ¡Déjame en paz! –grito lo más fuerte que pudo cuando su cuerpo cayó sobre la silla del caballo. Pero antes de que pudiera ponerlo en marcha, como si algo lo hubiese espantado, el caballo corrió. Se agarró fuertemente a las riendas, tratando de mantenerse sobre el caballo, pero éste parecía querer lograr lo contrario. En ese momento, se percató de algo, y como si el tiempo se hubiese ralentizado, giro lentamente hacia atrás. Kouga venía en el caballo que antes ella había utilizado, y corría… corría detrás de ella como si su vida dependiera de ello. Cerró los ojos cuando, a pesar del esfuerzo, sus manos se deslizaron por las riendas sin que pudiera hacer absolutamente nada para evitarlo.
Escucho un fuerte grito, pero estaba segura de que aquella no fue su voz. Sintió un dolor agudo en la cabeza, espalda y otro en la pierna derecha, que después de algunos segundos se intensifico más de lo que pudo soportar. Y no sintió nada más.
Escucho los fuertes pasos que se acercaban por uno de los pasillos, y aunque imaginaba a quien pertenecían estos, no hizo nada para impedir lo que sabía ocurría cuando aquella persona apareciera frente a él. Cerró los ojos, y segundos después, su cuerpo choco contra la pared del pasillo, como resultado del golpe que había recibido en su mejilla izquierda. Dolía. Pero sabía que se lo merecía.
-¡Te juro que si algo le pa…!-no pudo seguir. Un nudo, invisible, en su garganta le impedía seguir. Pero ese nudo no le impidió que se abalanzara nuevamente sobre el cuerpo que antes había golpeado.
-¡Inuyasha, detente! -el grito de su padre no fue suficiente, por lo cual él y Miroku, tuvieron que agarrarlo -. No es momento de buscar culpables. Lo que importa en este momento es Ayame
Se recostó en la pared contraria, siendo vigilado por su amigo. Sabía que su padre tenía razón, pero eso no disminuía las ganas que tenia de golpear a Kouga hasta el cansancio, ya que estaba seguro de que él había provocado el accidente de Ayame. Él mismo le había enseñado a cabalgar, y sabía que Ayame jamás se hubiese caído del caballo sin que otra persona estuviera involucrada.
Después de esperar por casi una hora, el medico por fin salió. Todos los que se encontraban en el pasillo salieron a su encuentro.
-¿Cómo está? –el único que se atrevió a hablar fue su padre.
-La señorita, está bien, ahora duerme. Tuve que aplicarle un medicamento que fue recientemente descrito, ya que si despertaba el dolor iba a ser insoportable – se quedó en silencio por, lo que a ellos les pareció, una eternidad -. La señorita se fracturo la pierna en tres partes –todos miraron al médico con horror -. La caída le provoco una fractura, además de algunos moretones y un pequeño golpe en la cabeza, pero el caballo… le provoco dos fracturas más
-¿Volverá a…? –esta vez el mayor de los Taisho, no pudo formular completamente la pregunta.
-Sí, volverá a caminar, pero… - ese "pero", hizo que todos comprendieran que ella no volvería a ser la misma después de ese accidente. Sin importar lo que el medico les dijera, su expresión les confirmaba que estaban en lo cierto -, tendremos que esperar para ver qué tan comprometidos quedan sus movimientos –después de finalizar, busco en el pequeño maletín que llevaba -. Cuando despierte tienen que aplicarle nuevamente el sedante… si no lo hacen, sufrirá más de lo que puede soportar
Ninguno de los presentes parecía ser capaz de agarrar el pequeño frasco que el medico les tendía, por lo cual Miroku se adelantó y lo tomo.
-Sigo a sus órdenes -fue lo único que dijo antes de despedirse con una reverencia.
Después de algunos segundos de permanecer sin saber qué hacer, todos intentaron entrar en la habitación, pero Inuyasha detuvo a Kouga.
-No impedirás que entre –dijo de forma desafiante, agarrándole el brazo para apartarlo.
Inuyasha también hizo lo mismo. Solo buscaba una excusa para poder tocar a Kouga con uno de sus puños nuevamente. Y por la expresión que había colocado el maldito sarnoso, sabía que era cuestión de segundos para cambiarle aquella expresión a golpes. Intento hablar, pero una tercera voz los interrumpió.
-Es mejor… que te marches –su voz sonaba muy cansada. No quería caer en el error de culpar a Kouga por el accidente de Ayame, pero en ese momento no podía controlar lo que pensaba y sentía -. En este momento tu presencia no es necesaria
Giro hacia su primo, sin soltar a Inuyasha. No podía creer lo que éste le pedía -. ¡No puedes pedirme eso! –se podía reconocer fácilmente un tiente de desesperación en su voz -. ¡Lo que sucedió… yo… jamás la lastimaría!. ¡A ella jamás podría dañarla!.
-¡Lo hiciste! –no pudo evitar gritarle -. ¡Casi…! –no fue capaz de decirlo. Pensar en que ella pudo no haber despertado jamás le causaba una horrible sensación de vacío -, ¿¡acaso no te das cuenta de que si no hubieses estado allí, esto jamás hubiese sucedido!? –no pudo evitar decirlo. Por lo cual se giró al ver la expresión de su primo -. Lo siento… - a pesar de la situación, discutir con Kouga le lastimaba -, pero hasta tú mismo sabes que lo mejor es que te vayas
Sus manos se deslizaron por el brazo de Inuyasha, y sin decir absolutamente nada se marchó. Todos tenían razón. Si alguien no merecía estar en aquel lugar era él. Había dañado a Ayame de múltiples maneras, pero era muy egoísta al no querer alejarse de ella, a pesar de saber que por su culpa casi muere, y posiblemente no volvería a ser la misma jamás.
-Hace mucho no escucho el piano –dejo el tenedor en el plato, y miro a la anciana. Desde que la anciana le había comentado que era él quien tocaba el piano, solía esperar cada noche escucharlo. Ya que, aunque sonara un poco tonto, era la única forma que tenia de conocerlo. Le gustaba pensar que alguien que tocaba de esa forma no podía ser como aquel monstruo que le hizo daño -. ¿Cuándo vuelve?
-No lo sé, mi niña –dijo -. Pueden pasar muchos meses antes de que regrese
-Me gustaría… -sonrió un poco, y bajo la mirada. Aunque se imaginaba cual sería la respuesta, no perdía las esperanzas de que algún día se le concediera -, verlo
-Sabes que no es posible –la anciana se levantó, acercándose a ella. Se arrodillo con un poco de dificultad, y agarró el rostro de la mujer más joven entre sus manos -. Deberías de hacerme caso, y olvidarte de él. Ahora que él no está…
-No puedes pedirme eso…–aparto el rostro -, no lo comprendes
-Izayoi…
-Intente enseñarle a Inuyasha a tocar el piano –dijo interrumpiendo a la anciana -, pero él no poseía la delicadeza, gracia y paciencia necesaria –dijo esto último con una pequeña sonrisa nostálgica -. Pero tú dijiste que a él nadie le enseño –miro a la anciana a los ojos -. Alguien que recita algo tan hermoso no puede ser como aquel monstruo
-Existen cosas que no se pueden cambiar –cerró los ojos, y suspiro cansinamente, antes de mirarla nuevamente -. Hitomi, es hijo de ese hombre, y las cosas que heredo de él jamás se podrán cambiar… él jamás dejara de ser la persona que estuvo destina a convertirse antes de nacer. Hazme caso… ahora que no está puedo ayudarte
-Si me voy ahora… Inu no, encontrara la forma de dañarlo e Inuyasha lo odiara –se quedó en silencio por algunos segundos, mientras se limpiaba las lágrimas, que apenas se percataba, estaban saliendo de sus ojos -. Jamás me dejaron tenerlo en mis brazos, pero cuando estaba aquí… –se abrazó el abdomen -, yo lo sentía y amaba… siempre volvía por él. Sin importar como fue concebido o lo que ha hecho, él es mi hijo –dijo, mirando al piso -. Si fueras madre podrías comprender mi dolor
-Mi niña –le levanto el rostro, limpiándole las lágrimas que aun salían bajando por sus mejillas.
-Yo solo… quiero que deje de odiarme
Giro la cabeza para que el hombre no viera la expresión de asco que había a parecido en su rostro. A pesar de todas las veces que le había tocado mantener relaciones con él, aún no se acostumbraba, y sabía que jamás lo haría. Cada vez que él la tocaba, tenía que cerrar los ojos y pensar en otra cosa para no vomitar. Incluso, ahora mismo que solo sentía aquel asqueroso aliento a trago rancio, tenía que esforzarse para que su estómago no demostrara todo el asco que ella sentía.
-Creí que tardarías más tiempo –dijo, tratando de no colocar una mueca de asco cuando sintió un beso húmedo en el cuello.
-No había necesidad de permanecer más tiempo allá –dijo, antes de beber directamente de una botella que tenía en una de sus manos -. Naraku, abandono todo hace un mes
-¿Por qué haría…?
-Por esa maldita zorra –dijo, interrumpiéndola y respondiendo a la pregunta que sabía ella haría -. Aunque él no lo dijo, sé que fue por ella… heredo esa maldita obsesión que poseía Onigumo por una sola mujer –rió, antes de volver a beber -. Ella también será su perdición… es una lástima, es un chico que estaba destinado a llegar muy lejos. Pero mejor así… – bebió otro trago -, el muy desgraciado deseaba matarme, lo sé
-¿Piensas dejarlo? –apretaba la tela de la sabana que la cubría. Se rehusaba a creer que él había abandonado todo lo que había deseado por años solo por esa maldita insípida.
-No es necesario que haga nada -bebió otro trago. Le convenía que Naraku le dejara su lugar, además, de que aunque quisiera enfrentarlo, por ahora no le convenía -. Tiene muchos enemigos que escaparan de sus tumbas cuando se enteren de lo que hizo – bebió un último trago, y la giro -. No te preocupes, dentro de poco él no será nadie en nuestro medio… él mismo sello su destino al abandonarnos por ella
Antes de que ella pudiera responder, la beso. Beso que le revolvió el estómago. Intento apartarlo, pero el hombre se subió arriba de ella, apartando la manta que la cubría y subiendo el blusón azul que llevaba puesto, colocándose entre sus piernas. Pero después de proferir una maldición entre dientes, se apartó, volviendo a beber de la botella.
-¡Lárgate!
-Mi señor –él estaba de espaldas, por lo cual no pudo ver la sonrisa de burla que adornaba sus labios, y la cual luchaba por no convertirse en una fuerte carcajada -, si quiere….
-¡Que te largues, maldita puta!
Se bajó de la cama, y abandono la habitación, sonriendo. Había decidido que ese viejo asqueroso no la volvería a tocar, razón por la cual, desde que éste había vuelto le suministraba una infusión que ella misma prepara. Desde hacía varios días Kurohige no había podido consumar ningún acto sexual con ella.
Ya había solucionado una parte de sus problemas, ahora simplemente tenía que buscar la forma de acercare nuevamente a él, y eliminar a Kikyo. Y Hiten la ayudaría a conseguir todo lo que ella quería, simplemente tenía que seguir con el plan.
Mientras tarareaba, camino hasta llegar a la cocina. Del fondo de un pequeño cajón, y envuelto en algunas telas, saco unas hierbas que parecían estar marchitas. Su sonrisa se amplió más, cuando empezó a cortar las pequeñas hojas.
-"Muy pronto me amaras… como siempre debía de haber sido"
La música que tarareaba, fue interrumpida por un pequeño toquido en la puerta que de la cocina daba a la calle. Dejo las hierbas que antes manipulaba en una mesa, y se dirigió en dirección a la puerta. Al abrirla, se encontró con un hombre de mediana edad de ojos saltones y cabello grisáceo.
-¿Trajiste lo que te pedí?
-Sí, aunque fue más difícil de conseguir de lo que creí –dijo, mientras le tendía una pequeña canasta.
Ella la tomo dispuesta a cerrar la puerta, pero cuando vio que el hombre se giraba, se detuvo, y dijo -. ¿Quieres ganarte esta vez cien monedas de oro? –dijo, con una pequeña sonrisa, abriendo totalmente la puerta para que el hombre entrara. Pero éste la miraba de forma reacia. Ya le había dado diez monedas de oro por conseguir aquellas hierbas, las cuales a juzgar por la negativa de varias ancianas a venderlas, debían ser muy peligrosas. Pero la suma irrisoria que le estaba ofreciendo ahora, a pesar de que era extremadamente tentadora, podía meterlo en muchos problemas -. No te preocupes –sonrió de forma suave, para tranquilizarlo -. Simplemente tienes que ayudarme con algo muy sencillo
-Kouga –el suave llamado, sumado al pequeño toque en uno de sus hombros, provocaron que abriera los ojos.
Kagome lucia preocupada. ¿Y cómo no estarlo en la penosa condición en la cual él se encontraba?
Algunas horas antes, después de agotar casi totalmente el whisky, había, casi arrastrándose, llegado hasta la puerta de su habitación, sin embargo, antes de que siquiera pudiera girar el pomo su cuerpo sucumbió ante todo el alcohol que había ingerido, cayendo al lado de la puerta, de donde no fue capaz de volverse a levantar.
-¿Estas bien?
Se quitó algunos mechones que cubrían sus ojos, en un vano intento de no verse tan deplorable.
-Sí, solo… estaba más cansado de lo que pensé –sonrió, tratando de que Kagome se relajara. Pero al hablar, logro lo contrario, ya que en el rostro de la chica apareció una expresión de asco, segundos antes de cubrir su boca, y correr hacia la habitación.
-Kagome, ¿estás bien? –dijo, al llegar frente a la puerta del baño.
-Estuviste ingiriendo licor nuevamente –se escuchó el sonido característico que hace una persona que vomita -. No… -una arcada la interrumpió -, es tu culpa
-"Lo es"
Coloco la frente sobre la puerta, dejando escapar un suave suspiro. La culpa lo estaba destruyendo. Lo ahogaba lenta y dolorosamente. Y él, a pesar de saberlo inútil, trataba de ahogarla con el alcohol.
-"Idiota… y patético"
-Lo siento
Se dirigió a su lado de la habitación. Se quitó la ropa en el camino, entrando al pequeño baño. Agradeciendo a Kae por prepararle la tina. Pero no pudo relajarse. Todo en su vida estaba mal.
Debía olvidarse de Ayame. Debía hacer feliz a Kagome. Y lo más importante, debía mantener unida a su familia.
Pero hasta ahora había tomado pésimas decisiones, creyendo que hacia lo correcto. Decisiones que lo habían condenado.
Después de permanecer por algunos minutos en la tina, decidió salir. Debía empezar a corregir todo lo que había arruinado. Cuando estuvo listo, entro en la habitación de Kagome, encontrándola acostada en la cama. Estaba muy pálida.
Se sentó al lado de ella, y sin mirarla dijo -. ¿Recuerdas la promesa que te hice sobre anular nuestro matrimonio? –ella lo miro, y una pequeña llama de esperanza resurgió en su interior -. Regresare a España después de que des a luz – la miro a los ojos -. Eres libre de venir conmigo o quedarte –ella intento decir algo, pero él prosiguió -. Pero sin importar cuál sea tu decisión, yo te seguiré apoyando como lo prometí.
Amaba a Ayame, pero también a Hojo, y había prometido ayudar a Kagome. Aunque los celos lo envenenaran, ya sus destinos estaban sellados.
La familia siempre es lo primero. Los lazos fraternales son los más importantes. Desde niño le fue inculcado, y aunque tomo malas decisiones, todo lo hizo por ellos… por su familia. Por su vida.
Respiro profundo, y sonrió, mientras se apartaba algunos mechones de cabello que se le pegaban al rostro gracias a la sustancia roja que cubría totalmente su cuerpo. Miro los ojos vacíos que se encontraban frente a ella, y se levantó, llevando en sus manos la pequeña daña que segundos atrás había hundido una y otra vez en aquel cuerpo hasta el cansancio. Camino hasta el baño, sin importarle el rastro de sangre que sus pies y ropaje dejaban en el piso de madera.
Cuando estuvo frente a la tina, deslizo por sus hombros el camisón rojo que minutos atrás había sido completamente blanco. Dejo la daga sobre la tela que ahora descansaba en el piso, y se metió en la tina, sin importarle limpiarse antes la sangre que cubría su rostro, cabello, brazos y pies. Hundiéndose totalmente en el agua que inmediatamente se tornó rojiza.
Algunos minutos después, salió de la tina, y camino completamente desnuda hasta llegar a un pequeño armario que se encontraba en la habitación. Saco un blusón azul, y se lo coloco. Entre más rápido concluyera la primera parte del plan, más cerca estaría de tener la cabeza de Kikyo en sus manos. Simplemente de imaginarlo, le provocaba un suave y excitante cosquilleo en la punta de los dedos que recorría todo su cuerpo.
Agarro una de las almohadas, y el arma que reposaba en la mesita de noche. Aun los sacrificios que había ofrecido esa noche no terminaban. Camino de forma lenta, mientras tarareaba. Era un vicio que había aprendido de él. Estaba segura de que si estuviera allí, no hubiese podido resistirse ante toda esa sangre que estaba en la cama y el piso, y que antes también resbalaba lentamente de su piel. Todo lo que había hecho era tan hermoso y excitante, que estaba segura de que él no hubiese podido resistirse a la sangre. Naraku hubiese estado orgulloso de ella.
Se detuvo en la sala de estar. Había cinco hombres en el piso, y fragmentos de cerámica que antes formaban pequeñas tazas. Camino hasta el que tenía más cerca. No lo miro a los ojos, pero sabía que la miraba con terror. Igual que la miro Kurohige mientras lo apuñalaba una y otra vez, percatándose como ese terror desaparecía lentamente hasta mostrar el vacío que deja la muerte. Le encantaba esa infusión por esa razón. Las personas eran conscientes de todo lo que pasaba a su alrededor, además de sentir todo el dolor que se les infringía, pero no podían moverse.
Le coloco la almohada en el rostro, y disparo. Lo mismo hizo con tres de los cuatro hombres que quedaban, pero disparándoles en diferentes partes del cuerpo. Al finalizar, se dirigió hasta el último hombre que quedaba con vida en la habitación.
-Espero que hayas disfrutado las ultimas cien monedas de oro –dijo con una pequeña sonrisa, al observar el terror que reflejaban los ojos del hombre, que incluso lloraba -. Creo que debí darte el té estando más cerca de la habitación –dijo, con fastidio, al caer en cuenta de que, si quería que su historia fuera creíble, tendría que arrastrarlo hasta la habitación donde había matado a Kurohige.
No necesito girar. Sabia quien había cruzado por la puerta, y aunque trato de evitarlo, su cuerpo se tensó. Escucho los pasos acercarse, y aun que en otra circunstancia le hubiese parecido absurdo, su cuerpo se tensó aún más con cada paso que él daba.
-Kikyo –el sonido de aquella voz pareció cortar su respiración. Ni siquiera fue capaz de verlo a través del espejo. Pero sabía que él se acercaba. Inconscientemente trato de apartarse cuando sintió las manos de él posarse sobre sus sus hombros. A pesar de la tela que la cubría, era como si la piel de él le quemara. Pero el posterior abrazo que él le dio, se lo impidió, y sorprendió.
Necesitaba sentir lo más que pudiera su piel, pero aquel vestido no se lo permitió. Y por eso, sin importarle si ella lo creía patético o no, la abrazo. La retuvo entre sus brazos como si temiera que en cualquier momento ella fuera a desaparecer. La había extrañado más de lo que con palabras pudiera describir.
-¿Por qué volviste antes? –dijo, tratando de que la incomodidad que sentía en ese momento no se reflejara en su voz. Si la situación fuera diferente, hubiese respondido al abrazo sin dudar. A pesar de saber los lazos que los unían, ella no había dejado de extrañarlo en ningún momento.
-Eso carece de importancia – jamás admitiría en voz alta la razón por la que había regresado. Había vuelto antes de su viaje porque la necesitaba. La había extrañado tanto, que había dejado todo lo que antes deseaba solo por estar con ella, a pesar de saber que ella no lo necesitaba o extrañaba.
La beso muy cerca de la oreja. Sabía que sus bajas pasiones estaban a punto de dominarlo, pero no le importaba. La necesitaba. Necesitaba sentir, aunque fuera efímero, que ella lo amaba.
Ella cerró los ojos. No quería. No debía. Pero si se negaba el sospecharía. Abrió los ojos cuando sintió un beso en su cuello, él estaba desatando la cinta de su vestido. Pero casi inmediatamente tuvo que cerrar los ojos, mientras mordía sus labios, tratando de ahogar un gemido.
Es tu hermano.
Aquella voz se escuchó claramente, provocando que abriera los ojos. Se miró a través del espejo. Ya la parte superior de su vestuario había desaparecido.
Abrió la boca, dispuesta a negarse, pero antes de que pudiera decir algo un toquido en la puerta se escuchó, y segundos después un sonido de molestia salió de los labios de él.
-La cena esta lista –la voz de Kaede se escuchó al otro lado de la puerta.
-No he probado bocado desde hace algunas horas –aunque era una excusa un poco tonta, agradecía que gracias a algo tan trivial pudiera evitar tener contacto íntimo con él.
Él no respondió, pero si sabía que estaba de mal humor. Observo por el espejo como entraba al baño, sin ni siquiera mirarla.
La comida no le pasaba por la garganta. A demás de no tener apetito, sentía unas horribles ganas de vomitar. Momentáneamente había podido evitar mantener relaciones con él, pero sabía que cuando entraran nuevamente a la habitación, no tendría ninguna excusa para negarse.
Escucho algunos pasos, y a pesar de que sintió la mirada de él sobre ella, no lo miro. Solo se concentró en la comida que tenía en el plato. De esa forma transcurrió toda la cena.
Ahora, se encontraba acostada, cubierta lo más que podía con la sabana. Cuando escucho la puerta abrirse, cerró los ojos. Escucho algunos ruidos, y unos minutos después sintió la cama hundirse a su lado. Cerró los ojos fuertemente, cuando sintió una caricia en la cadera. Caricia que se fue extendiendo lentamente hacia la parte superior de su cuerpo, deteniéndose debajo de su pecho.
Se encogió un poco cuando unos labios se posaron en el hueco que formaba su cuello y hombro. Y cuando la mano volvió a bajar tortuosamente por su cuerpo, tuvo que poner su mente en blanco, rogando pensar en cualquier otra cosa para que su cuerpo no empezara a reaccionar.
-Siempre me ha gustado tu olor –dijo en un pequeño susurro, mientras se pegaba totalmente al cuerpo de ella.
Sintió los dedos de él directamente sobre su piel, subiendo lentamente por su pierna izquierda, erizando inevitablemente la piel a su paso.
Se maldijo internamente. Si no encontraba la forma de detener lo que en ese momento estaba sucediendo, no podría detenerlo hasta que el acto llegara a su fin. Tenía que…
Un gemido, proveniente de sus labios interrumpió el hilo de sus pensamientos. Él le había mordido el hombro, pero su gemido no era resultado del dolor.
Es tu hermano.
Cerró las piernas, cuando los dedos empezaron a subir por la cara interna de su muslo izquierdo, provocando que el riera. Estaba tomando su actitud como un sensual desafío, uno que el rechazo. O eso fue lo que pensó cuando él se alejó. Pero su alivio duro simplemente un par de segundos, antes de que sintiera como algo iniciaba un lento recorrido desde su tobillo hacia arriba, provocando que apretara el rostro contra la almohada. Él se había propuesto torturarla con aquella lengua. ¿Por qué Dios permitía esa agonizante tortura?.
-No… -apretó los labios, reteniendo un gemido cuando sintió una pequeña mordida de la parte izquierda de su cadera. Llevo hasta él una de sus manos, tratando de apartarlo, pero lo único que consiguió fueron pequeñas caricias en forma de beso, que se dirigían lentamente hacia su ingle.
Lo que sientes está mal.
Cerró los ojos fuertemente, mientras apretaba la sabana que estaba debajo de su cuerpo. Lo que estaban haciendo estaba mal. Ella lo sabía. Lo que sentía por él era enfermo. Pero por más que lo supiera, al mismo tiempo su cerebro no lo veía como algo extraño o desagradable.
Los besos no llegaron al destino que ella ansiaba. Pero la lengua si siguió su camino hasta su ombligo. Y sin poder evitarlo, sus manos se cerraron sobre su cabello. Todo a su alrededor ya parecía irreal, por lo cual, si no se sostenía a él, se sentía propensa a caer.
Había extrañado tanto aquellos labios sobre su piel. Había extrañado aquella sensación de calor que quedaba en cada centímetro de piel por la cual pasaban aquellos labios. Era como si él la estuviera quemando lenta y placenteramente con cada uno de sus besos.
Lo que hicieron es una abominación.
A pesar de que el calor, que aumentaba paulatinamente, no la dejaba pensar en absolutamente nada, aquellas palabras se colaban en su cabeza, sacándola de aquella burbuja en que él la estaba arrastrando lentamente con placer.
Tomo la mayor cantidad de aire que pudo, mientras trataba de ahogar algunos gemidos, y aferrándose a toda la fuerza de voluntad que le quedaba, dijo -. No… quiero, para. Me siento indispuesta –los besos se detuvieron a algunos centímetros de su pecho. Pero ella no abrió los ojos, a sabiendas que él la miraba fijamente.
Se formó un silencio muy incómodo, que fue interrumpido algunos segundos después por un suspiro, y posteriormente sintió su cuerpo caer en la cama, pero casi inmediatamente se levantó, dejándola a solas en la habitación.
Lo que sientes está mal.
Se bajó el blusón que utilizaba para dormir, cubriéndose lo más que podía con este, y se acurruco de forma fetal, cubriéndose también con la sabana. Y sin poder evitarlo, como las noches anteriores, lloró, hundiendo la cabeza en la almohada para que nadie escuchara como todas aquellas noches sus sollozos. Se sentía asqueada. Sentía mucho asco por lo que sentía. Sentía mucho asco hacia sí misma por desear y amar a su hermano.
Dos horas después la puerta se abrió, por lo cual se quedó completamente quieta. Él se acostó al otro extremo de la cama, y en ese lugar permaneció. Cerró los ojos, dispuesta a intentar dormir, pero unos brazos la rodearon por la cintura. Pensando que nuevamente él intentaría mantener contacto íntimo con ella, no se movió.
-Te extrañe mucho –fue un pequeño susurro casi inaudible A pesar de que creía que ella estaba dormida, hablo lo más bajo que pudo para que ella no se despertara -. No había un día en que no deseara verte, Kikyo, lo cual alimentaba mi mayor temor –le beso el cuello, antes de que colocar el rostro muy cerca de su cabello. Amaba mucho su olor. Amaba todo en ella más que cualquier otra cosa. Desde que lo había distinguido no lo había olvidado, y estaba seguro de que jamás lo haría -. Yo… -se pegó más a ella, y suspiro -, más que a la vida misma, Kikyo
.
.
.
Es tarde, pero… ¡Feliz inicio de año!… hacia mucho que no actualizaba –merezco torturas, lo se :/), pero no podía. Aun me causa curiosidad por qué me siguen llegando mensajes preguntándome si abandone la historia, cuando en una ocasión especifique que cualquier decisión que tomara se las haría saber, además de que en caso de que decidiera no volver a escribir terminaría antes mis historias. Primero, sé que no les importa, por las clases se me hacía imposible –creo que ya había dicho que estudiaba mañana y tarde… parecía zombie por la falta de sueño xd-, y ahora… no inicie este año muy bien, estoy un poco enferma, por eso pido la mejor de las virtudes… paciencia.
Espero disfruten el capítulo, ya había advertido antes que no serían muy largos… además como estoy… en fin…no sé, no me convenció la escena de Naraku y Kikyo, tal vez cuando este mejor la edite. Pobre… él tampoco tuvo buen inicio de año jajja.
Ayame… podre chica... lo que se te ocurre cuando estas enferma –corre antes de que la acribillen jajja-
Hojo o Kouga…. ¿Elegir?, ¿por qué no los dos? (?)
Tratare de escribir algo de Demonios Extintos, pero sean pacientes, por favor.
Gracias por leer, y por los reviews, especialmente a:
773 (Hola. Sí, no salieron mucho, pero necesitaba adelantar la historia de los demás… la mamá de Kikyo… dentro de poco se sabrá… aun me duele lo de cruel, solo espero que este fragmento te anime… saludos)
Erza (¡Hola!, tú si tienes la llama de la juventud ajajaja. Siempre sé que eres tú jajja. Yo también… Hojo o Kouga, ya veremos cómo va. Si, la vida –autora- es muy cruel. Igualmente… feliz inicio de año… saludos)
Kyori Deemo (Hola. Siento haberte hecho sentir mal. No puedo evitar pensar cuando alguien menciona una pareja, así fue que nacio esta historia, una lectora lloro por cómo había terminado la pareja y en broma sugirió que escribiera una jajja… tal vez algún día te complazca, pero en "el hilo" del anime –un viaje a la época de Kagome…si mi loca imaginación ajja-. Soy droga xd… me gustan los mensajes largos –hablo mucho-… aunque corto espero te guste… saludos)
Ley1030 (Hola. Gracias…. Esta vez es corto, pero espero te agrade… saludos)
Rijeayko (Corre mientras mira a todos los lados xd. Hola. Bien… tal vez te alcance a emocionar y… poom…creo que soy malita jajja… pero al menos Kouga ya se confesó –sonrisa nerviosa-. Sí, creo que me pase, pero ya las cosas van avanzando… ya veremos que hacen los chicos… la madre de Kikyo… ya veremos que hace… saludos –corre antes de que la alcance-)
Maat Sejmet (Hola… nunca te había leído, pero por si las… bienvenida… gracias. Espero te siga agradando… saludos)
Kenia Abraxas Guillen (Hola… ¿bienvenida?... en fin… es grato saberlo, gracias… espero siga siendo de tu agrado… saludos)
Margot (Es que soy igual de mala muajja mujajja… ok, exagero ajajja. Pobre Naraku, escucho tus suplicas, y Kikyo lo está castigando… Kouga, pobre chico, todo se le complico… bueno, espero siga siendo de tu agrado… saludos)
Espero siga siendo de su agrado... ¿Opiniones?
Gabrielle Kravinoff
