Capítulo IX: Un Deseo más fuerte que un lazo.

—Quedó perfecto —Yura le indicó, mientras seguía moldeando con los dedos el flequillo que acaba de realizarle a la mujer que tenía enfrente—. No notará la diferencia

Kikyo levantó la mirada, observando atreves del espejo a la mujer que estaba al lado de Yura. Analizando cada detalle del peinado que ahora poseía la mencionada. Sin embargo, una risa juguetona, proveniente de Yura, interrumpió el escrutinio que realizaba.

—¿No lo crees? —inquirió Yura, observando nuevamente su obra.

No respondió. Simplemente se levantó de su asiento con la intención de estudiar desde un mejor ángulo la apariencia de la mujer que Yura arreglaba. La mujer parecía tener algunos años mayor, pero en estatura y contextura eran iguales. Además, ambas poseían una cabellera azabache similar.

—Con la penumbra adecuada, no notará la diferencia… Tenías razón —Kikyo mencionó, sin dejar de observar fijamente a la mujer.

—Siempre la tengo —sonrió, orgullosa de su obra—. Lo único que debes hacer es permanecer callada, y salir antes del amanecer ¿De acuerdo? —mencionó percatándose de que Kikyo no agregaría nada, dirigiéndose a la mujer, quien asintió—. Entra un momento al baño, querida —acarició la mejilla de la mujer, quien acató inmediatamente su pedido. Cuando quedaron solas, sin mirar a Kikyo, susurró lo suficientemente alto para que su acompañante escuchara: — ¿Estás segura de esto?

Kikyo no lo estaba. Pero no podía seguir con esa abominación. Sin embargo, a pesar de no querer volver a tener contacto intimo con Naraku, no deseaba que lo mantuviera con otra mujer. Imaginar que un encuentro de ese tipo sucedía, hacia que la embargara una sensación que no le agradaba. Una sensación que la dominaba.

Pero jamás lo reconocería, por lo menos no en voz alta.

—Si no lo estuviera, jamás te hubiese hecho esta propuesta —trató de sonar indiferente, pero la mirada que le dio Yura la desestabilizó. Aunque no quería mostrar ninguna de las emociones que la torturaban, fue consciente de que podía ver atreves de su dolor. Sin embargo, no realizó ningún comentario, como lo esperaba. Hecho que Kikyo agradeció internamente.

—Podemos salir —sugirió Yura, después de permanecer en silencio por varios minutos.

—No, me quedaré —mencionó, sentándose nuevamente—. "Tal vez de esa forma todos estos sentimientos malsanos desaparezcan finalmente" —empezó a cepillarse el cabello, ignorando que estaba acompañada en la habitación.

Kikyo sabía que sería una tortura, pero estaba dispuesta a soportar lo que fuera necesario para arrancarse cualquier sentimiento que le provocara.

—Pronto llegará — mencionó distraídamente, sin dejar de cepillarse el cabello, cuando la campana que daba entrada a las diez de la noche se escuchó. Observó, de esa misma forma, como Yura buscaba a la mujer que se encontraba en el baño y le daba unas últimas indicaciones, para finalmente postrarse en la cama.

—Estaré en la cocina — mencionó Yura, pareciendo dudar si debía marcharse. No obstante, después de un largo suspiro, salió de la habitación.

Kikyo observó una vez más a la mujer tendida sobre la cama y, finalmente, apagó la lámpara, dejando en penumbras la recamara. Aprovechando la oscuridad que guardaba secretamente los sentimientos que la embargaban por lo que sucedería en la habitación, para encaminarse al baño. Cerró la puerta y, minutos después, la puerta de entrada fue abierta.

Estuvo ateta, con la oreja pegada en la superficie de madera, mientras su pecho era taladrado por su corazón. Deseaba, inconscientemente, que esa noche Naraku no se comportara como en las últimas cuatro noches, tratando de buscar acercamientos íntimos.

Sintió la tentación de girar el pomo y observar. Pero sus dedos temblorosos se lo impidieron. Apretó más el metal, cuando escuchó su voz. Fue un susurro muy bajo que no logró comprender, pero la perturbó.

Se pegó más a la puerta, escuchando un claro y suave gemido masculino. Sus dos se crisparon aun más y tuvo que obligarse a no girar el metal, decidiendo finalmente soltarlo para evitar la tentación. Otro sonido, y tuvo que cubrirse con una mano la boca, tratando inútilmente de ahogar los sollozos que empezaron a escapar de sus labios. Su llanto había empezado desde que la puerta había sido abierta. Sin embargo, solo con sus gemidos fue consciente de que le estaba doliendo más de lo que había previsto.

No creía que su fortaleza le permitiera esperar hasta que el acto concluyera, pero debía soportarlo. Lo necesitaba. Debía asegurarse de que esa noche todo terminara.

Escuchó otro susurro, seguido de un gemido femenino, y sus piernas temblaron. Cerró los ojos, mientras su cuerpo se deslizaba hasta caer en el piso.

No lo soportaría, pero ya no tenía elección.

Dejó de escuchar lo que ocurría al otro lado. El dolor que estaba sintiendo la consumía, impidiéndole respirar.

Por esa razón, no se percató de los pasos que se acercaron ferozmente hasta que la puerta fue abierta con la misma agresividad.

— ¿Dame una razón para no matarla?

Alzó la mirada, encontrándolo ahí, parado mientras sostenía por un brazo a una mujer sollozante. Estaba descalzo, en ropa interior y con el cabello desordenado. Su tono de voz era suave, pero después de todo el tiempo en que habían convivido, sabía reconocer el enojo escondido en aquella calma.

— ¿Creíste que podrías engañarme —soltó a la chica bruscamente, provocando que cayera en el piso, desde donde se arrastró hasta agazaparse en un rincón—. ¡Conozco tu cuerpo y olor de memoria, Kikyo!

—No tuvo la culpa — se forzó a decir, tratando de que no se le quebrara la voz —. Deja que se vaya… por favor—se levantó de forma lenta, agradeciendo a la oscuridad que el temblor en su cuerpo no era evidente—. Si pretendes matarla, tendrás que asesinarme antes a mí.

Esperó su respuesta, pero un silencio pesado se apoderó de la habitación. Hasta que, después de lo que pareció ser una eternidad, finalmente habló.

—Largo.

La mujer se levantó y salió a tropezones de la habitación.

Lo siguió a la recamara, deteniéndose algunos metros alejada de él. Sin embargo, sentía su mirada pesada, pero en ese momento no era capaz de articular palabra. Tal vez retrasando lo inevitable, porque sabía que, después de esa conversación, lo que había entre ellos terminaría.

— ¿Por qué? —Naraku fue quien decidió iniciar, pero con una pregunta que no esperaba que hiciera —. ¿¡Tanto aso te doy que tuviste que pagarle a alguien para que cumpliera con tus obligaciones maritales!?

Kikyo abrió la boca, dispuesta a responder de forma positiva, dispuesta a acabar, aunque fuera con su muerte, con esa abominación. Pero no pudo, ningún sonido salió. Y sus lágrimas empezaron a correr nuevamente por sus mejillas hasta perderse en el piso de madera, al igual que parecía hacerlo su corazón.

Sufría porque sabía que la razón por la que su boca se negaba a pronunciar esa mentira no era por temor.

Respingó por un ruido fuerte, vidrios quebrándose, pero ni eso hizo que algún ruido saliera de sus labios.

— ¡Responde, maldita sea!

Sintió sus pasos acercándose a su posición, pero no se movió. No tenía fuerzas para hacerlo.

— ¿¡Por qué…!? —su voz flaqueaba. Por primera vez desde su niñez, sintió deseos de llorar.

La tomó por los antebrazos

— ¡Responde!

—Ya no quiero… —se obligó a pronunciar. Sin embargo, su tono fue tan bajo que, incluso para ella, casi pasa desapercibido—. No deseo… estar contigo.

Sintió el frío de la noche envolver su piel cuando la soltó. Sintiendo que esa vez era diferente a cualquier discusión que habían tenido antes.

— ¿Por qué… —inquirió nuevamente, sin importarle demostrar lo que sentía en ese momento. Siempre había sido consciente de que Kikyo no lo amaba. Pero egoístamente quería mantenerla a su lado porque la amaba. Había creído, ingenuamente, que si estaba a su lado nada importaba, ni siquiera lo que Kikyo deseara. O lo que sintiera por InuYasha. Pero se había equivocado. No era suficiente. Tener su cuerpo no lo era. Jamás podría conformarse solo con eso porque lo que más anhelaba era su corazón.

Sin embargo, Kikyo lo había entregado mucho antes de conocerlo. Por lo cual, lo único que podría obtener, sería su desprecio… que se sentía la muerte.

—…no puedes amarme, Kikyo?

Esperó una respuesta. Deseaba escucharlo aunque sabía a qué se debía.

—"Un monstruo no puede ser amado" —sonrió, burlándose de algunas lágrimas solitarias que escapaban de vez en cuando.

La esperanza solo te hace miserable.

Jamás se había permitido tener esperanzas. Desde que supo que la mujer que le había dado la vida lo aborrecía, decidió deshacerse de cualquier sentimiento que pudiera lastimarlo. No obstante, desde que había descubierto que la amaba, se había convertido en un esclavo de esa palabra.

—No es suficiente… —se giró, dándole la espalda, dejando espacio para que pasara—. Puedes hacer lo que desees. No te detendré. Sin embargo, debes marcharte de la isla —dijo, con su tono característico—, si te quedas, las personas que me persiguen intentaran dañarte. Te daré suficiente para que te marches y vivas bien.

—¿Tú…? —Kikyo finalmente habló, pero no fue capaz de completar la frase. No creía que su separación podiera ser tan fácil. A pesar de su deseo, no quería que fuera de esa forma.

—Generalmente, no cumplo mis promesas… No las que no me benefician en absoluto —confesó, sonriendo, pero ambos sabían que fingía—. Eres libre, puedes marcharte cuando desees. Además, prometo que jamás nos volveremos a ver…a ti si puedo cumplirte cualquiera.

Sin importarle estar en ropa interior, salió de la habitación. Caminó por el pasillo, resintiendo el deseo de volver a la habitación y obligarla a que se quedara.

No le satisfacía que solo se quedara a su lado. Ya no era suficiente, y tampoco era capaz de lastimarla.

Cuando salió de su letargo, se percató de que sus pies lo habían llevado a la biblioteca. Y, sabiendo que necesitaba recitar algo, entró.

Cuando estuvo frente al piano, dejó que sus dedos se movieran sin pensar en que melodía quería tocar, terminado siempre recitando la que le gustaba a Kikyo.

Lo único que le quedaría de ella.

Estuvo repitiéndola seguidamente hasta que unos brazos lo rodearon por la cintura y un rostro se posó sobre su espalda.

—No lo comprendo —sus dedos quedaron inmóviles sobre las teclas, sin atreverse a realizar ningún movimiento—. Ya lo hice… lo que querías.

—Yo tampoco lo comprendo… Pero dijiste que podía hacer lo que deseara —Kikyo se aferró más a su cuerpo, temblando a pesar de que en la habitación no hacía frío—. No necesito que me des una libertad que crees haberme quitado. Nunca he dejado de ser libre, pero solo me percaté de ello algunos meses atrás.

—Entonces… —subió una mano, colocándola sobre la de ella—… ¿Qué deseas?

—El único deseo que tenía ya se cumplió —dijo, mientras aspiraba su olor—. Deseaba que estuvieras aquí, conmigo… y tu corazón —sonrió al sentir los latidos que aumentaban en intensidad debajo de su palma—. No me importa nada más… ni siquiera quemarme en el infierno.

Kikyo sabía que lo que sentía era detestable y enfermizo. Pero el vacio de su pecho no se iba y, cuando empezó a empacar su ropa, se dio cuenta de que no podía alejarse.

—No puedo irme —dijo finalmente, dejando un beso en la espalda contraria—. Deseo estar aquí.

Al no recibir una respuesta, se aferró más a él. Tenía miedo de que solo fuera un sueño y, si se alejaba, iba a despertar.

—¿Eres consciente de que si te quedas no tendrás otra oportunidad de marcharte? —apretó la mano de Kikyo, queriendo asegurarse de que lo que estaba sucediendo no era un delirio suyo.

—Sí, pero no me importa —mencionó, soltándolo finalmente. Se movió y se sentó en su regazo, abrasándolo —. No quiero que te vayas… —hundió el rostro en la clavícula de él, a sabiendas que empezaría a llorar—. No me importa si somos hermanos. Deseo estar contigo.

— ¿De qué…? —intentó separar sus cuerpos, pero Kikyo se aferró—. ¿Tus desprecios fueron porque…?—no pudo evitar reír. Estaba aliviado a pesar de todo.

— ¿¡Te parece poco!? —Se irguió, observándolo a los ojos—. Todas las personas no somos degeneradas que no nos importa fornicar con nuestra familia —dijo con desprecio, recordando la historia de él con Tsubaki.

Naraku le dio un beso en la nariz y sonrió nuevamente.

—Sí, soy un gran degenerado —posó una mano en la mejilla de Kikyo, dando una caricia hasta pasar la yema de sus dedos sobre los labios contrarios—. ¿Ya no te importa que seamos hermanos?

No respondió. No necesitaba hacerlo. En su beso le entregó todo y esa noche, cualquier temor que sentía por sus sentimientos, los olvidó con cada entrega que realizaron sus cuerpos.


Sintió la garganta seca y la lengua pesada. Parecía haber dormido mucho, pero se sentía cansada y sudaba, empapando su ropa y las sabanas que cubrían su cuerpo. Intentó levantarse, pero, a pesar de que el cuerpo no parecía responderle, no dejó de intentarlo hasta que unos pasos se apresuraron hasta su posición.

—Tranquila, no te esfuerces —unas manos en sus hombros la sostuvieron suavemente en su lugar.

— ¿Hojo? —mencionó, con dificultad, levantando la mirada. No podía observar con nitidez la figura frente a ella y apenas podía reconocer la voz—. Agua —la garganta le ardía al hablar y su voz salía un poco ronca.

Se aferró a la mano que le brindaba el preciado líquido mientras bebía del vaso. Sintiendo dolor cuando el agua bajaba por su garganta.

—Hazlo lento.

Sintió una mano quitando las hebras que se pegaban a su frente sudorosa y, después, daba caricias en su mejilla.

—Aún tienes fiebre, pero pronto todo estará bien.

Cuando terminó de beber, soltó el antebrazo de Hojo y cerró los ojos, no pudiendo mantenerlos mucho tiempo abiertos.

—Descansa.

Sintió unos labios sobre la frente y, aunque no tenía muchas fuerzas para mantenerse despierta, no quería dormir. Deseaba saber lo que sucedía, ya que sus recuerdos eran muy vagos.

—Hojo —lo agarró por el cuello de la camisa, evitando que se moviera de su posición, ya que hablar fuerte resentía a su garganta—. ¿Qué sucedió? —preguntó, sin abrir los ojos—. Sentía dolor, pero… solo recuerdo que estábamos en un lago.

—Ayame, es mejor que descanses… después hablaremos sobre eso.

Sabía que Hojo le ocultaba algo. Su tono de voz se lo indicaba y, aunque quería obligarlo a que le contara lo que estaba sucediendo, no tuvo fuerzas para sostener su agarre cuando él se levantó.

—Finalmente despertó —escuchó una voz masculina, pero su estado somnoliento le impidió reconocer de quien se trataba.

— ¿Cómo se lo diremos? —otra voz. Estaba segura de que sabía de quien se trataba, pero en sus memorias no podía dar con el rostro del emisor.

—Eso en este momento no importa… —otra voz que también se le hizo levemente familiar—. Lo primordial en este momento es que pueda recuperar la consciencia totalmente.

Escuchó algunos comentarios más, pero su cerebro no lograba identificar ninguna de aquellas palabras. Los comentarios que aquellas personas realizaban, se iban convirtiendo en murmullos lejanos hasta desaparecer en la oscuridad que la reconfortaba.


Cuando Kikyo abrió los ojos, Naraku la observaba fijamente, acostado de perfil. Pero giró, mirando hacia el techo, después de algunos minutos de observarse mutuamente.

—No somos hermanos, es imposible —dijo sin más, estudiando cada expresión que el rostro de Kikyo mostraba.

—No…

Quiso replicar, pero Naraku la interrumpió.

—No tienes los ojos ni la marca… Es imposible que nacieras de él.

—No. La mujer que me dio a luz… Es tu madre —se giró nuevamente hacia ella, con el ceño fruncido—. Tu madre… Ha venido varias veces.

— ¿Esa mujer? —Jamás la llamaba de esa forma cuando estaban en compañía, y no recordaba haberle hablado sobre su existencia—. No es mi madre, fue una de las mujeres que tuvo Onigumo. La mujer que medio a luz es… otra.

No le sorprendió enterarse de que no compartían ningún lazo, ya que había aceptado permanecer a su lado. Pero le causaba curiosidad saber por qué esa mujer la había convencido de que también era su hijo.

— ¿Te lo dijo?

Negó. Necesitaba hablar con esa mujer sin que él interviniera. A pesar de no sentir nada por la mujer que le dio la vida, no deseaba que le sucediera algo.

—Cuando fuimos secuestradas, la conocí y le comenté que era tu esposa —dijo, jugando con los dedos—. Estaba enojada porque no la habías invitado a la boda… Me enteré hace poco de que era mi madre… no la conocía, pero lo sabía. Saqué conclusiones… Solo eso.

La observó en silencio por algunos segundos, como si tratara de leer sus pensamientos.

—No quiero que te acerques a ella, es peligrosa —dijo finalmente, pareciendo satisfecho con su respuesta.

Quedaron nuevamente en silencio, observándose como inicialmente. Hasta que Naraku sonrió. Una sonrisa que, a los ojos de Kikyo, era la más hermosa que le habían dedicado.

—Si sigues mirándome así, tendré que hacerte el amor —sonrió, esta vez de forma juguetona, cuando su rubor aumentó.

—Eres un degenerado —mencionó, falsamente enojada, cubriéndose con la sabana, tratando de escapar de su mirada.

Sin embargo, Naraku hizo lo mismo y se quedó observándola siendo iluminada por los rayos solares que se colaban por la sábana blanca.

—Es tu culpa. Hiciste que me… —se quedaron mirando fijamente, sonriéndose. Y, sin pensarlo, concluyó su frase—. Tampoco me hubiese importado si compartíamos lazos sanguíneos porque… te amo, más que a la vida misma, Kikyo.

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¡Hola! casi tres años, perdón. Hoy estaba leyendo y sentí ganas de escribir. Lo que no hice en más de dos años, lo terminé hoy. Trataré de ser más regular, aunque siento que ya no es como antes mi inspiración.

Estuve viendo la historia hace algunos meses y sentí vergüenza por los errores ¡Lo siento! Ya no puedo hacer nada con los capítulos anteriores, pero trataré de no cometer esos mismos errores en estos.

He estado un poco enferma -no es físico-, pero ya estoy en tratamiento.

Si los cálculos no me falla, en el proximo capitulo, regresa Tsubaki, el bebé de Kagome nacerá y sabrán lo que le sucedió a Ayame.

Quiero agradecer a quienes me dejaron en estos años comentarios. agradezco que no se olvidaran de esta historia. Sobretodo a Fabelliot, después de entrar nuevamente, ver que aún leías, me animó mucho.

Rijeayko: Siento haberte hecho esperar. Gracias, me hace feliz saberlo ¿Sabes? Ese comentario que hiciste hace dos años me animó mucho. Tenía un mal día y leerte me sacó una sonrisa. Espero que ya te hayas decidico a amarme(?) Perdón por tirarla del caballo, se que soy terrible jaja ¡Saludos!

Erza: ¡Hola! Espero que te anime que ya estén bien Kikyo y Naraku. Las nauseas no son por esa razón, lo siento. jaja tranquila, soy experta en drama (?) No te preocupes, ya sabes que amo los rev largos. Ah, gracias. ¡Saludos y lamento la tardanza!

Ley1030: Gracias, lamento la espera ¡Saludos!

Carla Camacho: Bienvenida, gracias ¡Saludos!

Criisi: ¡Hola! Ayame debería quedarse con los dos (?) como dice una amiga, en trío nadie sufre y se arregla todo jaja Con la mamá de Kikyo, después se revelará sus razones y castigo. Lamento haber tardado mucho ¡Saludos!

Kyori Deemo: ¡Hola! lamento haberte preocupado, trataré de no tardar tanto. Me hace feliz que ayudó en tu día. No, no es ese trauma psicologíco. Espero que esta escena de Kikyo y Naraku si te convenciera. Gracias por todos tus deseos. Esperemos que el próximo año sea mejor. ¡Saludos!

280302: De nada. Espero que aún recuerdes la historia y siga siendo de tu agrado. ¡Saludos!

773: jaja espero ya no sigas siendo drástica (?) GRacias ¡Saludos!

Maat Sejmet: Gracias ¡Saludos!

Gracias por seguir compartiendo conmigo esta historia ¡Saludos!

Gabrielle Kravinoff

10/10/20