NA: ¿Es en serio todo el apoyo? Estoy speechless :')

Me hacéis ponerme sentimental, ¡sois los mejores lectores del universo! tenkiu babies. Espero que disfrutéis de este nuevo capítulo :D


Capítulo 1: Empieza la pesadilla.


Hermione le hizo un nudo bien fuerte a la bolsa que contenía su fruta favorita y la cogió junto a su maleta de mano. De camino a la puerta pasó junto a Draco, quien seguía sentado en el sofá a pesar de sus constantes advertencias para que se diera prisa.

—¿Por qué no quieres decirme a dónde vamos? —se quejó, indignado ante aquel hecho que tanto le irritaba. Llevaba días tratando de sonsacarle información a Hermione sobre el fin de semana que había planeado por su cuenta, obviamente sin demasiado éxito.

—Porque probablemente no vendrías —respondió ella con naturalidad.

—Eso no es alentador.

—Venga, deja de quejarte y levántate ya. No quieres arruinar mi sorpresa.

—¿Estás segura de eso?

—Tan segura como que me llamo Hermione Granger.

—Hermione Granger… ¿qué más?

Ella suspiró, en el fondo sabía que le obligaría a decir su nombre completo. Ya estaba acostumbrada a que siempre hiciera lo mismo.

—Malfoy… Hermione Granger Malfoy.

El hombre se levantó de un salto, su humor había cambiado considerablemente en una milésima de segundo. Se acercó a ella y la tomó de la cintura mientras rozaba el cuerpo con el suyo.

—Sabes que me pone mucho que pelearas con mis padres para no renunciar a tu apellido.

—Sí… solo porque te gusta seguir llamándome Granger.

—¿Está mal que a veces sienta la necesidad de volver a esos tiempos, aunque solo sea por un momento? —le dio un leve beso en los labios, pasando a recorrer su cuello con la punta de la nariz en actitud claramente seductora—. Sé que te gusta que te llame así.

—Hmm —aquel gélido aliento impactando en su piel casi hizo que Hermione sucumbiera a los encantos de su marido. Casi. Lo tenía todo planeado al milímetro, si tardaban mucho más en salir de casa se retrasarían y no quería empezar todo aquello con mal pie. Tampoco pensaba que Pansy fuera a permitírselo—. Aléjate de mí, no hay tiempo para eso ahora —dijo con contundencia. Draco se apartó lo justo para mirarla a los ojos.

—¿Tal vez en el hotel? —preguntó con intención juguetona.

—No vamos a un hotel.

La seriedad en su voz hizo que Draco se rindiera.

—Está bien, dejaré que me sorprendas —acto seguido se inclinó un poco para quitarle las bolsas de las manos y cargarlas él mismo. Hermione volvió a tomarlas levantando una ceja.

—Necesitarás esas manos para llevar todas tus maletas al coche.

—¿Por qué no me dejas usar mi varita para eso? ¿Y por qué tenemos que usar ese aparato muggle del demonio en lugar de aparecernos en el lugar?

—Porque ya te he dicho que durante el fin de semana no usaremos magia.

—Exijo una explicación más convincente.

Hermione le dedicó una mirada, una única mirada, y Draco supo de inmediato que era mejor dejarlo estar. Amaba a su esposa, pero sabía lo letal que podía llegar a ser cuando se enfadaba… y claramente ya estaba llegando al límite de su paciencia. Como hombre sabio que era, abortó misión y se dispuso a acatar las órdenes de su mujer.

Después de llenar el maletero hasta que pareciera a punto de estallar, ambos se montaron en el coche y ella puso el contacto para arrancar. Atravesaron Hogsmeade de lado a lado, llamando la atención de todos los transeúntes con el traqueteo del motor de aquel automóvil. Draco se hundió un poco en el asiento del copiloto, tapándose la cara parcialmente con la mano para evitar que la gente de la calle lo reconociera. Por lo general le gustaba ser el centro de la atención, pero por increíble que pudiera parecer, montarse en esa cosa lo avergonzaba más que nada en el mundo… era como un insulto a su ego, como si él no fuera perfectamente capaz de llegar a cualquier lugar sin ayuda, sin necesidad de recurrir a ruidosos medios de transporte muggles que hacían del trayecto una experiencia desesperante.

Después de una hora de silencio mirando por la ventana, Draco se giró repentinamente hacia su esposa y entrecerró los ojos con enfado.

—¿Quieres matarme, verdad? —le recriminó.

—Ya hemos hablado de las tasas de mortalidad en los accidentes de tráfico, Draco. Te prometí no apartar la mirada de la carretera y no lo he hecho ni una sola vez desde que hemos salido de casa.

—No, en un accidente no. Quieres matarme de aburrimiento —se quejó—. ¿A qué se debe tanto secretismo?

—Deja de preguntarlo, ¿quieres? Lo descubrirás en breve.

—Define "breve" —Hermione desvió la mirada a su reloj de muñeca un solo segundo, tiempo suficiente para conseguir que Draco diera un rebote en su asiento y se pusiera rígido como una tabla—. ¡Está bien, no importa cuánto quede para llegar! Mantén los ojos en la carretera, ¿de acuerdo? No quiero morir tan joven.

Su mujer puso los ojos en blanco y se rió por lo bajo. Draco se cruzó de brazos y volvió a mirar por la ventanilla, esta vez mucho más enfurruñado que antes. Para su total descontento, "en breve" resultó ser un par de horas… un par de amargas e interminables horas, pero tras dejar atrás un pequeño y pintoresco pueblo, al fin parecían estar llegando a su destino. El hombre lo supo porque Hermione había tomado un desvío y ahora las ruedas del coche se desplazaban por un camino de tierra mucho más irregular que hacía que ambos se tambalearan de un lado a otro dentro del vehículo. Las sacudidas eran tales que Draco incluso tuvo que agarrarse al salpicadero para evitar darse cabezazos por doquier. De no ser porque ella parecía completamente segura de saber a dónde se dirigía, los nervios de Draco se hubieran puesto de punta al adentrarse en una zona boscosa como aquella.

Cuando Hermione finalmente echó el freno de mano y paró el coche, ambos se encontraban frente a una cabaña perdida de la mano de Merlín.

—¡Ya estamos! —exclamó ella, sobresaltándolo y sacándolo de su estupor.

—¿Dónde me has traído? —logró murmurar, pero Hermione ya había salido del coche y estaba empezando a coger sus cosas del maletero. Draco la imitó, todavía algo acongojado por la idea de volver a vivir en el campo… otra vez. Trató de consolarse pensando que al menos esa cabaña tenía un techo en condiciones bajo el que refugiarse, con suerte no tendría que volver a montar una tienda de campaña ni dormir en el suelo.

Hermione se paró un momento a observar la cabaña desde fuera, todavía cargando sus cosas. Era una casa de madera pintada de un color rojo apagado y con el techo a dos aguas, las tejas de un color similar al exterior. Las ventanas eran amplias y sus marcos blancos… pero lo que más le gustó a Draco fue poder ver una chimenea a un lado de la cabaña. Temía que las noches pudieran ser frías dentro de esas paredes, y aunque todavía no lograba entender por qué Hermione quería que el tiempo que duraran allí estuvieran sin varitas, si no tenía posibilidad de calentar el interior con magia al menos ella podría hacer un fuego. Ambos subieron las escaleras que daban al amplio porche delantero, donde las hojas secas del suelo crujieron bajo su peso, pero antes de que pudieran entrar escucharon un sonido a sus espaldas que les hizo darse la vuelta de inmediato.

Draco no podía creerlo, y a juzgar por la cara que puso Potter en cuanto lo vio supuso que él tampoco tenía ni idea de lo que estaba pasando. Harry y Pansy acababan de aparecerse allí mismo, cargando sus propias maletas.

—¿No se suponía que estos iban a ser unos días en pareja? —oyó preguntar a Potter con indignación. La quietud del lugar hizo que pareciera que gritaba.

—¡Claro que serán días en pareja! Pero nunca especifiqué de cuántas se trataban —respondió ella con gracia. Dejó a su marido con las maletas atrás y subió las escaleras del porche para darle un corto pero intenso abrazo a Hermione—. ¿Ya se lo has dicho? ¿Lo de la varita?

—Llevo una semana repitiéndoselo cada dos por tres para que se hiciera a la idea —respondió ella, tendiendo una mano hacia Draco justo después. Este se quedó mirando su palma con atención hasta que se dio cuenta de lo que pretendía.

—¿Qué? ¡No, de ninguna manera! ¡No pienso darte mi varita, no ahora que sé que él estará aquí!

—Por eso mismo debes dármela —replicó Hermione—. Es más seguro para todos. Vamos a pasar unos días juntos en el bosque y no podemos correr riesgos. Si decidís mataros tendréis que hacerlo con vuestras propias manos.

—No me opongo a intentarlo —espetó Draco, brincando un poco en el sitio al notar cómo alguien le sacaba la varita del bolsillo trasero de su pantalón. Se volvió para encontrar a Pansy con ella en la mano y sonriéndole maliciosamente. Había aprovechado ese momento de distracción para escurrirse por detrás y conseguir hacerse con ella—. ¡Devuélvemela!

Pero para cuando terminó de decir aquella palabra, ella ya se la había lanzado a Hermione y esta la había metido en su bolso de cuentas. Pansy miró a Potter y alargó una mano, consiguiendo que fuera él mismo quien entregara voluntariamente su varita, aunque no sin cierta reticencia.

—No sé qué os traéis esta vez entre manos, pero no me gusta un pelo —se quejó el Gryffindor.

—¿Es que no podemos querer pasar unos días con nuestras parejas y amigos? —se rió Hermione, dejando que Pansy le pasara un brazo por los hombros y ambas empezaran a caminar hacia la casa.

—¡Llevad las cosas dentro si sois tan amables, chicos! —exclamó ella con un claro pitorreo en su cantarina voz.

Draco y Harry se miraron de nuevo, pero esta vez había algo significativo en el brillo de sus ojos. Ya habían pasado por ahí, no necesitaban hablar para saber que ninguno creía que sus esposas no esperaban sacar algo de aquel fin de semana. Si algo habían aprendido de esa extraña amistad era que la ambición de las chicas era inmensurable, y que cuando tramaban algo lo hacían con disimulo y mente fría. No estarían allí de no ser por el trato que hicieron sus mujeres en Hogwarts en su momento, trato que había acabado con dos bodas y la pesada obligación para ellos de tener que verse las caras de vez en cuando… aunque últimamente estaba siendo mucho más a menudo de lo que a ambos les gustaría.

Potter cogió sus maletas y las de Pansy y, no sin cierta dificultad, caminó hacia el porche hasta llegar a su lado.

—Esto no va a ser agradable para ninguno —le dijo con resignación, manteniendo las distancias—. No me lo pongas más difícil de lo que ya va a ser.

—Tu presencia ya es difícil de aguantar, Potter —replicó Draco—. No prometo nada.

El aludido resopló y, poniendo mala cara por la encerrona que acababan de hacerle su mujer y su mejor amiga, siguió caminando hacia la puerta. ¿En qué momento se les había ocurrido que aquella era una buena idea? O tal vez la verdadera pregunta ahí fuera: ¿qué querían conseguir llevándolos a un lugar como ese y quitándoles sus varitas? Harry no tenía ninguna duda de que había un complejo trasfondo detrás de todo aquello, pero en ese momento estaba tan abrumado que no quería pensar demasiado en ello. Malfoy entró tras él y ambos soltaron las maletas en el suelo. El interior de la cabaña… no estaba mal. El salón y la cocina eran de concepto abierto, un espacio bastante amplio, y a decir verdad todo estaba más limpio de lo que habían imaginado.

Pansy, quien estaba guardando algo en el frigorífico, se percató de su presencia y suspiró mientras se quitaba un rebelde mechón de la cara.

—No os quedéis ahí —les dijo a ambos—. Las habitaciones están por ese pasillo. Id a llevar las maletas allí, anda.

Los hombres dijeron algo, pero lo hicieron tan bajito que ninguna de ellas se enteró de nada. Volvieron a cargar con las pesadas maletas y se dirigieron a donde Pansy les había indicado.

Hermione terminó de abrir la bolsa que había dejado en la encimera, metiendo la mano y cogiendo una fresa. La lavó un poco en el fregadero y le dio un bocado antes de apoyarse en la mesa.

—Si todo sale según lo planeado… —dijo en un susurro para que solo Pansy pudiera oírla—. Ahora es cuando ambos se ponen a gritar.

Ambas se quedaron en silencio, como a expensas de que pasara algo que creían inminente. No tuvieron que esperar más que un puñado de segundos para empezar a escuchar los gritos. Las mujeres rieron y dejaron que la bronca siguiera mientras ellas terminaban de recoger las cosas en la cocina. Cuando decidieron aparecer por allí transcurridos unos minutos pudieron observar la escena en la distancia.

—¡He dicho que nosotros nos quedaremos en esta habitación! —bramó Draco mientras señalaba el interior del dormitorio más amplio. Ambos habían descubierto que en la cabaña solo había dos estancias y no parecían ponerse de acuerdo en la repartición… al menos no por las buenas.

—¡Y yo he dicho que yo la vi primero! —respondió Harry a gritos.

Ellas prefirieron quedarse apartadas. El plan iba sobre ruedas, solo tenían que dejar que ellos hicieran su parte… aunque en un momento dado Hermione quiso intervenir para calmar los ánimos. Pansy la agarró del brazo para impedírselo.

—No hay prisa, esto es divertido —fue la única razón que dio.

—Pero como sigan así van a terminar llegando a las manos —se quejó Hermione.

—¿Y qué? Doblemente divertido entonces.

Los chicos siguieron gritándose a la cara durante unos interminables minutos, sus argumentos perdiendo fuerza cada vez.

—¡Yo necesito ese espacio para mis estiramientos matutinos!

—¡Yo traigo más equipaje, a la mierda tus estiramientos, Potter!

—¡Ja! ¿Es que no has visto las maletas de Pansy? Tu equipaje se queda en pañales, Malfoy.

—Está bien, está bien —dijo la aludida, dando por concluida aquella discusión antes de que pudiera llegar a salpicarla—. ¿Si no os ponéis de acuerdo por qué no lo echáis a suertes? Vamos querido, enséñale a Draco esa forma de solucionar los conflictos que tienen los muggles.

—¿Te refieres al método de piedra, papel y tijeras?

—Como se llame, Harry. Quisiste decidir de esa manera quién de los dos limpiaba el baño la semana pasada, así que no veo por qué no podéis solucionar esto así.

Draco frunció el ceño, algo receloso con aquel extraño nombre, pero decidió prestar atención a las explicaciones del Gryffindor sobre cómo jugar a esa especie de solucionador de conflictos muggle. Se mostró aliviado al descubrir que no se trataba de tirarse piedras, bolas de papel o hacerse cortes. Al parecer, si enseñabas dos dedos ibas con tijeras, si cerrabas el puño eras piedra y si mostrabas la palma eras papel.

—¿Pero cómo es eso de que la piedra pierde ante el papel? —preguntó Draco, rascándose la cabeza con confusión—. Si el papel es débil y la piedra fuerte.

—El papel envuelve a la piedra, por eso gana —le explicó Harry, quien claramente estaba empezando a perder la paciencia. Se volvió hacia Hermione casi con dramatismo—. Tú eres lista, ¿por qué te conformaste con él?

—Cierra el pico Potter —le ordenó con rudeza—. Vamos, estoy preparado.

Hermione y Pansy se acercaron de manera casi automática, observando con curiosidad el inicio de aquel juego. Ninguna pestañeaba para evitar perderse algún detalle. Cuando contaron hasta tres y fue el momento de enseñar sus opciones, Draco fue con piedra y Harry usó tijeras.

—¡Gané! ¡Sí, gané! —exclamó el rubio, alzando los puños al sentirse triunfador—. Te he ganado en tu propio juego, Potter.

—Espera, ¿crees que la habitación ya es tuya?

—¡Te he ganado! ¡He sacado piedra y tú tijeras! Según tus reglas, yo gano.

—No tan deprisa, culebra. Se gana al mejor de tres.

—¿Qué significa eso?

—Que tienes que ganar tres veces para vencer en el juego. Solo vamos uno a cero.

Draco resopló con pesar, pero accedió a volver a jugar. Uno a uno. Uno a dos. Uno a tres… Y Harry ganó el dormitorio grande. Cuando el Slytherin se dio cuenta de aquello se quedó muy quieto mientras miraba a un punto de la pared de enfrente, su rostro más pálido que de costumbre. Hermione tuvo que darle unos toques en el hombro para que volviera a la realidad.

—El dormitorio pequeño tampoco es tan malo —le dijo, tratando de consolarlo.

—¡Eso ya no importa! El problema ahora es que Potter me ha ganado —dijo, viendo con irritación cómo él y Pansy metían sus cosas ahí dentro y empezaban a instalarse. Hermione se quedó dubitativa un momento, apretando un poco los labios mientras decidía si debía decir aquello que estaba pensando.

—Sé que no debería fomentar vuestra rivalidad, pero… Tú ganaste la copa de Quidditch del último año, tonto —le dijo en voz baja, viendo cómo su cabeza empezaba a asentir poco a poco al recordarlo. A Draco claramente le encantó escuchar aquello, pues su autoestima volvió a sus niveles habituales—. Vamos, si no deshacemos las maletas ahora la ropa se arrugará… y odias ponerte ropa arrugada, ¿verdad?

Draco echó un último vistazo al interior de la habitación grande. Era más luminosa, tenía más muebles y la cama parecía más cómoda. Estúpido Potter y estúpidos juegos muggles. Siguió a su esposa arrastrando los pies con indignación, arrugando un poco la nariz al entrar por la puerta. Aquel cuarto era minúsculo. El único armario de madera que había allí estaba roído y le hacían falta varias capas de pintura. Las mesitas de noche no eran idénticas y, para colmo, una de ellas no tenía cajones. Y la cama… prefirió no probar la cama en ese momento para no morir de rabia, pero no es que pareciera demasiado cómoda. El cabecero era viejo y la colcha era espantosa. Hizo un sonido de desagrado y empezó a colocar su ropa en el armario de muy mala gana.

—¿No hay manera de que puedas poner un hechizo ampliador aquí? Sabes que no va a caber ni la mitad de mi ropa.

—Y tienes que dejarme un lado a mí —le recordó—. Te dije que no trajeras tantas cosas, ahora te aguantas.

Draco refunfuñó por lo bajo y Hermione fingió no escucharlo. Siguieron deshaciendo sus maletas como buenamente pudieron hasta que Pansy asomó la cabeza por la puerta.

—¿Todavía estáis así? Hay que empezar a hacer la comida o se nos hará tarde.

—Enseguida vamos —respondió Hermione, que acababa de colocar su maleta vacía bajo la cama por la falta de espacio—. Draco no entendió el concepto de "fin de semana tranquilo" y se trajo medio armario.

—Bueno, Harry ha empezado a preparar las pizzas.

La expresión del rubio cambió drásticamente en menos de medio segundo. Sus facciones ya no mostraban la irritación de tener que conformarse con el cuarto pequeño, ahora dejaban ver lo horrorizado que se encontraba con aquella información.

—¿¡Pizzas!? —casi gritó—. ¿Pretendéis que coma pizzas?

Pansy hizo el amago de reírse, pero luego logró controlar su rostro para mostrar sorpresa.

—Sí, ¿hay algún problema?

—¿Que si hay algún problema? ¿Desde cuándo yo, Draco Malfoy, como alimentos precocinados?

—Oh, si es por eso no te preocupes. Hemos traído todos los ingredientes para hacerlas desde cero —se acercó para plantar un beso en la mejilla de su amigo—. Más natural imposible.

Y con las mismas volvió a desaparecer. Draco miró a Hermione buscando algo de apoyo, pero su esposa se limitó a encogerse de hombros y dedicarle una sonrisa.

—Lo siento, a mí me apetece el plan de las pizzas. Desde que estoy contigo apenas he vuelto a comer una —se acercó y le dio un beso en la otra mejilla—. Vamos, no seas aguafiestas.

—¿Qué? ¿Aguafiestas yo?

—¿Acaso no lo estás siendo desde que hemos llegado?

—¡No! Estoy siendo igual de encantador que siempre.

—¿En serio? Entonces demuéstralo ayudando a Harry a preparar la comida —le retó.

Él puso cara de espanto al principio, pero Hermione salió de la habitación antes de poder escucharlo rechistar. Cuando llegó a la cocina, Harry estaba usando una cuchara para esparcir el tomate en la base de la pizza. Pansy se había sentado en el sofá de aquel gran espacio abierto.

—¿Ha hecho un drama por lo de la comida? —preguntó al verla aparecer.

—Bueno… pero se ha ofrecido a ayudar a Harry con las pizzas.

—¿Que he hecho qué? —Draco acababa de entrar en ese mismo momento.

—Ser realmente encantador queriendo ayudar a mi amigo.

Ambos hombres se miraron a través de la habitación, manteniendo la vista completamente fija en el otro, como si quisieran comprobar quién era el primero en pestañear. Draco dio un paso en su dirección y Harry entrecerró los ojos.

—Sí, déjame ayudarte —dijo el Slytherin con sorna.

—Cuidado, no vayas a manchar tus delicadas manos con la salsa —respondió el otro.

Pansy y Hermione decidieron verlos colaborar en algo así desde el sofá. A Harry parecía incomodarle tener que estar dándole indicaciones sobre los ingredientes, Draco sencillamente odiaba tener que coger con los dedos alimentos tan grasos como esas rodajas de salami.

—¿Serías tan amable de pasarme un cuenco con unas cuantas de las fresas que he traído, querido? —preguntó Hermione después de hacer una pausa en su charloteo con Pansy.

—¿No quieres esperar a después de comer? —quiso saber Harry—. Las pizzas estarán listas en quince minutos.

—Me apetecen ahora.

Draco no tardó en acercarse para tenderle lo que quería. Ella lo tomó y le dio las gracias antes de ofrecerle a Pansy.

—No quiero, últimamente me sienta mal la fruta.

Hermione se encogió de hombros y se llevó una fresa a la boca, mordiéndola y llenándose los labios con su jugo rosado. Era la primera vez que veía a su marido cocinando por sí mismo, y aunque había tenido sus reservas sobre el plan inicial… al parecer todo estaba saliendo a la perfección. Pansy y ella se miraron, ambas reteniendo una sonrisa a duras penas. La pesadilla de sus maridos no había hecho más que empezar.


¿Me dejas un lindo review? :D
Cristy.