NA: Como lo prometido es deuda, aquí vengo con un nuevo capítulo de esta historia :)
Gracias de corazón por todos esos hermosos reviews que me dejasteis en el anterior, ¡no os merezco! Espero que os guste la lectura.
Capítulo 2: Susceptibilidades y goteras.
Para sorpresa de Draco, las pizzas no estuvieron tan mal. Sin embargo, estaba firmemente convencido de que solo le habían gustado porque las había hecho él mismo. Había rehusado probar las de Potter, y tampoco estaba dispuesto a volver a comerlas más adelante si no eran elaboración propia.
—Gracias por la comida chicos, estaban deliciosas —dijo Hermione cuando solo quedaban migas y algunos bordes en los platos.
Pansy bostezó y ambas se levantaron de la mesa a la vez, dirigiéndose al otro lado de la sala y tumbándose cada una en un sofá. Para cuando Draco y Harry terminaron de llevar las cosas al fregadero, sus esposas ya se habían quedado dormidas dándose la mano la una a la otra. Él y Potter se quedaron viéndolas en completo silencio, incómodos, sin saber muy bien qué hacer. ¡Estaban en medio del bosque! ¡Y sin varitas! Tampoco había ninguna televisión muggle ni nada con lo que entretenerse. Literalmente iban a morirse de aburrimiento aquella tarde.
—Voy a dar una vuelta —dijo Draco en voz baja para evitar despertarlas, aunque más bien sonó como un refunfuño al no encontrar alternativa mejor.
—Bien, a ver si hay suerte y te pierdes.
—Ni se te ocurra seguirme —le advirtió el rubio.
Harry sonrió con suficiencia.
—No me hace falta, tengo toda esa enorme habitación para mí solo. Me pondré en la terraza a leer un libro.
—Bien, a ver si hay suerte y se te cae una teja en la cabeza.
Ambos se hicieron gestos no muy amables y se dieron la espalda para ir en direcciones opuestas. Draco salió al porche y bajó las escaleras con desgana. No es que le entusiasmara la idea de pasear por el campo justo después de comer, pero si no hacía algo para despejar la mente terminaría volviéndose loco antes de tiempo.
Sin ánimo de darle el gusto a Potter de perderse en aquel lugar, decidió seguir un pequeño camino de tierra que lo llevaba entre los árboles. Siempre podía dar media vuelta y volver por donde había venido cuando se cansara de caminar, ¿no? Al menos de esa manera estaba alejado de él y su insoportable presencia… porque podían haberse ayudado en alguna que otra ocasión con sus respectivas mujeres, pero de ahí a olvidar su eterna rivalidad había un trecho, y para disgusto de sus esposas, ese trecho era enorme. Incluso se atrevía a decir que se hacía más grande con el tiempo.
Draco se ensimismó tanto en sus pensamientos que volvió a la realidad abruptamente cuando el camino terminó frente a otra cabaña. No sabía cuánto tiempo había caminado, pero supuso que debía haber llegado a la hora. Se quedó ahí de pie, con el ceño ligeramente fruncido al no esperar encontrar otra casa perdida en kilómetros a la redonda. Aquella era considerablemente más pequeña y su fachada algo menos acogedora. En comparación, esa otra cabaña sí que parecía realmente abandonada… por eso Draco no pudo evitar sorprenderse al encontrar a una anciana sentada en el porche. Cuando esta reparó en él, se levantó de su mecedora, cogió el rifle que descansaba apoyado en la pared y lo apuntó con una firmeza impensable para alguien de su edad. Draco alzó los brazos a modo de rendición, una mezcla de sorpresa y nerviosismo empezando a recorrer su cuerpo desde el interior.
—¿Quién eres? —gritó la mujer—. ¿Qué estás haciendo aquí?
El hombre sacudió un poco la cabeza para intentar librarse del estupor. Sentía su boca seca de repente.
—Solo soy… solo soy alguien que ha venido a pasar el fin de semana en la cabaña que hay más allá —dijo, su voz algo más temblorosa de lo que le hubiera gustado.
La anciana bajó el rifle de inmediato, su rostro había pasado de mostrarse fiero y agresivo a dulce y amable.
—¡Bueno, haberlo dicho antes! Ven, acércate cielo, acabo de hacer té.
Draco era consciente de que la expresión de su cara debía ser de completa incredulidad, tal vez mezclada con recelo y cautela, pero simplemente no podía controlarla después de haber sido apuntado con un arma muggle. Al asegurarse de que la anciana y su rifle ya no eran un peligro para su integridad física, fue bajando las manos lentamente.
—No se ofenda, señora —dijo lo suficientemente alto para que pudiera oírla—. Pero ese recibimiento no me inspira a quedarme.
—¡Bobadas! —Draco vio a la mujer, que calculaba que podía tener alrededor de ochenta años, bajar las escaleras con una agilidad asombrosa—. Discúlpame cariño, entenderás que a mi edad necesito defenderme de los ladrones, sobre todo cuando vivo sola en este sitio.
Sin previo aviso, enganchó a Draco del brazo y tiró de él para arrastrarlo al porche, donde lo obligó a sentarse antes de ausentarse para ir a por otra taza para él. Draco pensó en aprovechar ese momento para salir corriendo, pero la sola presencia del rifle a escasos centímetros le hizo temer que pudiera dispararle por la espalda si lo veía escapar.
La anciana apareció segundos después y le sirvió aquel verdoso y humeante té. Él lo tomó y, sin quitarle el ojo de encima, la vio sentarse en la mecedora de nuevo. Que lo hiciera con tal cuidado y lentitud realmente le dio un aspecto de abuelita inofensiva. Habría pensado que era dulce e inocente de no haber sido previamente amenazado por ella.
—¿No es bonito el paisaje? —preguntó entonces, risueña. Draco esperó un par de minutos, pero al darse cuenta de que no parecía dispuesta a decir nada más, decidió romper el silencio.
—Disculpe, pero… ¿por qué ha insistido en que me quede? —se le pasó por la cabeza añadir un "después de apuntarme con un arma", pero finalmente se contuvo.
—Oh, porque hay que tratar bien a los clientes, por supuesto.
—¿Clientes?
La mujer sorbió su té, acentuando así las arrugas de expresión que marcaban el contorno de sus labios.
—Todo este terreno es de mi propiedad. Vivo aquí desde que me casé, y de vez en cuando alquilo la cabaña que hay por allí —comentó con naturalidad—. Mi marido la construyó para nuestro hijo, pero este conoció a una chica de Londres y decidió irse a vivir allí. Ya ves, ¿cómo comparar la libertad y el aire puro de aquí con las prisas y la contaminación de la ciudad? Pero bueno, al menos a veces viene de visita.
—¿Y su marido también tiene un arma? —preguntó Draco, temiendo internamente que pudiera aparecer de un momento a otro para volarle la tapa de los sesos.
—Sí, él tenía muchas… pero falleció.
—Lo siento —dijo él, aunque no pudo evitar sentir un alivio inmenso apoderándose de sus entrañas al escuchar aquello.
—Está bien, pasó hace mucho tiempo.
—Y por casualidad… ¿no tendrían otro hijo al que quisieran considerablemente menos?
—No, solo tuvimos uno. ¿Por qué lo dices? —preguntó, visiblemente sorprendida.
—Por la otra habitación, la que ni es grande ni bonita.
—Ah, ya veo por dónde vas —rió—. Ese espacio iba a ser un simple cuartillo para guardar cosas, pero como decidí alquilar la cabaña la convertí en una segunda estancia. Al parecer te ha tocado dormir ahí, ¿eh?
Draco asintió sin demasiado ánimo.
—No voy a negarle que ese cuarto me parece claustrofóbico.
—Bueno, pero quitando ese pequeño detalle, dime… ¿te gusta la cabaña? Las chicas que la alquilaron dijeron que iba a ser una sorpresa para sus maridos —a pesar de que Draco había abierto la boca para responder a su pregunta, la anciana siguió hablando como si nada—. Les advertí de que llevaba mucho tiempo cerrada pero no les pareció un inconveniente en absoluto. Me hubiera ofrecido a limpiarla para cuando llegarais, pero ochenta y tres años no los tiene cualquiera, ¿eh? Fueron muy consideradas cuando vinieron hace unos días para adecentarla un poco. ¿Cuál de ellas es tu mujer, chico?
—Pues…
—No, déjame adivinar —Draco se calló al instante, apretando los labios en una fina línea. Aquella señora no tenía edad para limpiar una casa pero sí que tenía energía de sobra para parlotear así de animadamente. La mujer lo sopesó un momento antes de volver a hablar—. Estoy segura de que tu esposa es la de los cabellos alborotados.
—Ha acertado usted —respondió él, no demasiado sorprendido.
—Oh, qué bonita pareja hacéis entonces. Recuerdo a la otra muchacha muy hermosa, pero tal vez algo autoritaria.
Draco se encogió de hombros, el platillo con la taza todavía sobre su regazo.
—Para mí no hay mujer más guapa que la mía.
—Por supuesto, ¡y más te vale! —la anciana se rió, dejando ver así la falta de algún que otro diente en su boca—. Mi marido y yo estuvimos casados cincuenta y cuatro años, ¿puedes creerlo? Y él jamás tuvo ojos para otra.
¿A quién iba a mirar viviendo ahí, si no había nada más que árboles? La mujer siguió hablando un rato más, aunque ninguno fue consciente del tiempo que había pasado hasta que el cielo crujió y ambos se percataron de la oscuridad que había empezado a envolverlos lentamente.
—Creo que debería irme —dijo Draco, aliviado al haber encontrado la excusa perfecta para marcharse.
—Sí muchacho, deberías darte prisa… parece que se acerca una tormenta.
Draco dejó la taza con cuidado en la pequeña mesa de madera y se levantó. No le había dado ni un pequeño sorbo al té, que a esas alturas ya debía estar helado. Se despidió con la mano de la mujer por pura educación y volvió por el mismo camino por el que había llegado hasta allí. Esa vez se le hizo más difícil seguirlo debido a la inusual negrura de aquel atardecer. ¿Qué hora podía ser en ese momento? ¿Las cinco de la tarde? ¿Las seis? Un fuerte viento helado lo sacudió de repente, haciendo que se apresurara a cerrarse la chaqueta y a envolver su cuerpo con los brazos. La mujer tenía razón, eso solo podía significar que una inminente borrasca se acercaba.
Estaba empezando a chispear cuando Draco abrió la puerta de la cabaña y se encontró con tres pares de ojos mirándolo fijamente.
—Vaya hombre, ha encontrado el camino de vuelta.
Draco le hubiera puesto mala cara al Gryffindor, pero se mostró satisfecho con que, en respuesta a sus palabras, obtuviera un codazo en las costillas por parte de su mujer. Hermione se levantó del sofá para ir a recibirlo.
—¿Dónde has ido? Te estábamos esperando.
—Salí de paseo y tuve la mala suerte de encontrarme con la arrendadora de la cabaña.
—Ah, qué anciana más encantadora —comentó su esposa mientras tiraba de su brazo hacia el sofá.
—Me apuntó con un arma —dijo Draco con seriedad, pero Hermione y Pansy habían empezado a hablar sobre algo y ninguno escuchó aquella horrible confesión. Draco casi se sintió molesto por eso, se habría enfurruñado de no haber visto un extraño tablero sobre la mesa que llamó su atención—. ¿Qué es eso?
—El Stratego, por supuesto.
Draco miró a Hermione como si hubiera empezado a hablarle en chino.
—Es un juego de mesa muggle —aclaró Harry, quien no se notaba demasiado entusiasmado con la idea—. Pansy y Hermione lo encontraron en un cajón, y como parece que va a hacer mal tiempo quieren que nos quedemos jugando.
—Pero si no sé cómo se juega, ni siquiera había oído hablar de tal juego en mi vida —intentó excusarse torpemente—. Y dudo que Pansy sepa. Aunque nos explicarais las reglas estaríamos en clara desventaja.
—Por eso habíamos pensado que tú jugaras con Harry y yo con Hermione —añadió Pansy con una sonrisa medio insinuante—. En plan equipos.
—¿Qué? ¿Y por qué no juegas tú con Potter, que para eso te casaste con él?
—Mujeres contra hombres —respondió con contundencia—. Así será más divertido.
Por mucho que quiso oponerse con todas sus fuerzas, Draco terminó jugando a aquel extraño juego en el que el objetivo era capturar la bandera rival o eliminar todas sus piezas mediante movimientos ofensivos. Lo peor de todo era que tenía que soportar que Potter llevara las riendas del equipo. Le había explicado cómo se jugaba, al igual que Hermione a Pansy, pero a pesar de todo… los que habían jugado anteriormente habían sido ellos dos.
Draco y Pansy intentaron ayudar de vez en cuando una vez que empezaron, aunque realmente parecían simples espectadores de la partida.
—Esto es un aburrimiento —se quejó el Slytherin cuando Hermione logró quitarles otro explorador—. Las fichas ni siquiera se mueven solas.
—Esto no es el ajedrez mágico, es un juego muggle —replicó su esposa, quien se había metido de lleno en el juego—. Si estás tan aburrido tráeme un cuenco de fresas, ¿quieres?
Draco puso los ojos en blanco, pero antes de que pudiera levantarse Harry le hizo un disimulado gesto para que aprovechase la ocasión y echara un ojo a las piezas del equipo contrario. Sintiéndose afortunado por la posibilidad de poder aportar algo a la partida, Draco llenó un bol con la fruta, la lavó y se dirigió a donde estaba su esposa para dárselo… Hermione tomó el cuenco sin apartar la mirada de sus piezas, pero Pansy se percató de su fallido intento de descubrir en qué posición estaba su bandera. La Slytherin se levantó de un salto y lo empujó al otro lado de la mesa a base de manotazos.
—¡No hagas trampa! —le gritó.
—¡Ha sido idea de tu marido!
—¡Harry!
—¡Está mintiendo!
Hermione se levantó del sofá golpeando la mesa con las manos, lo que hizo que todos los presentes se quedaran mudos ante su gesto.
—¡Callaos! La partida debe seguir, pero tú —dijo, señalando a su amigo con un dedo acusador—, como vuelvas a darle malas ideas a Draco te las verás conmigo. Y tú —prosiguió, señalando esta vez a su marido—. Como vuelvas a intentar hacer trampas… ya sabes lo que pasará. Ya has sufrido las consecuencias anteriormente.
A Draco le faltó presinarse. Definitivamente lo habría hecho de haber creído en el Dios del mundo no mágico, pero en ese momento optó por cerrar la boca y hundirse en el sitio, casi queriendo desaparecer. Sí, sabía a lo que se refería. Y no, no podía permitirlo. La última vez que había llevado a su esposa al límite de su paciencia se había encontrado con un mes (¡un mes!) de castigo. Y no había peor castigo para él que dejarle sin sexo. Así que optó por cruzarse de brazos y dejar que Potter terminara aquella partida… partida que terminó perdiendo. En otra ocasión le hubiera irritado no ganar, pero en ese momento se mostró incluso entusiasmado por la victoria de su mujer.
—No sabía que fueras tan buena en juegos de estrategia —le dijo mientras Potter y Pansy recogían las piezas.
—No intentes hacerme la pelota.
—Solo quería felicit…
—¡No!
Draco se quedó plantado en el sitio ante el repentino cambio de humor de Hermione, quien cogió sus fresas antes de salir de allí despotricando y encerrarse en su habitación. Una mano en su hombro le hizo volver a la realidad súbitamente.
—No se lo tengas en cuenta, debe ser el tiempo lo que la tiene así.
El Slytherin miró por encima de su amiga para echar un vistazo al exterior de la casa. Las gotas de agua impactaban en las ventanas con fuerza y la tempestad movía las copas de los árboles con violencia. Podía oírse el rugir del viento con asombrosa claridad.
—¿Puede el tiempo influir en el estado de ánimo de alguien?
—Claro —respondió Pansy, rodando los ojos.
—Está bien, iré a hablar con ella.
Su amiga lo paró en seco poniendo una mano en su pecho.
—Creo que será mejor que vaya yo. ¿Por qué no preparáis algo de cena? No sé, ¿tal vez algo de pollo?
Draco la vio alejarse, tocar la puerta con los nudillos y entrar dentro de la habitación barra cuartillo. Tomó una profunda respiración antes de unirse a Potter en la cocina.
—Te compadezco —dijo Harry.
—Gracias —respondió él con honestidad.
Potter cogió la carne de la nevera y Draco puso una sartén en el fuego. Dejó que fuera el Gryffindor quien controlara el punto de la cocción mientras él ponía la mesa. Transcurrieron unos minutos en completo silencio hasta que, de repente, se escuchó un grito a lo lejos.
—¡No te pases con la pimienta!
Ambos se miraron, visiblemente sorprendidos tras la advertencia de Pansy. Draco se percató de que Potter tenía el frasco de la pimienta en una mano y la tapa en la otra, es decir, que acababa de abrirlo. Ni siquiera había empezado a echarla sobre el pollo. Draco se asomó al pasillo para comprobar que la puerta de la habitación siguiera cerrada, pero no contento con ello se atrevió a acercarse y a abrirla sin hacer ruido… Ambas estaban tumbadas en la cama, de espaldas a la puerta y en silencio. Pansy le pasaba un brazo por la cintura a su mujer mientras le acariciaba el cabello con la otra mano. Aquella probablemente era la escena más rara que había visto en toda su vida. Con el ceño fruncido y un gran interrogante dibujado en el rostro, cerró de nuevo y volvió a la cocina rascándose la cabeza.
—¿Cómo lo ha sabido? Estaba encerrada en la habitación —preguntó, confuso.
—No lo sé, pero últimamente está sensible a los olores fuertes…
Draco no hizo comentarios. Su mujer estaba sensible al tiempo atmosférico.
Cuando la cena estuvo lista y Pansy y Hermione aparecieron de nuevo, esta última lo hizo con una sonrisa en los labios… cosa que contrastaba con sus ojos rojos e hinchados.
—¿Has llorado? —se preocupó su marido.
—No —respondió ella, aunque claramente estaba mintiendo—. Venid todos, venid.
Harry y él se acercaron con cautela, siendo agarrados por la mujer en un abrazo múltiple que se sintió realmente incómodo. Pansy, quien también había sido absorbida por los brazos de Hermione, se rió a carcajadas mientras sujetaba a Draco para que no pudiera irse. Aquella inesperada proximidad con Potter le estaba poniendo enfermo. La Gryffindor plantó un beso en los rostros de todos ellos antes de apretarlos un poco más y dejarlos libres.
—¿Qué ha sido eso? —murmuró Harry.
—Solo estoy feliz de teneros, ¿algún problema?
—Ninguno, ninguno.
Las mejillas de Hermione todavía estaban coloradas y sus ojos llorosos, pero hacía bromas y reía como si aquel fuera el mejor día de su vida… como si nunca se hubiera molestado por nada. Comía el pollo con ganas mientras Pansy frotaba el cuchillo por las pechugas para quitar el que consideraba "un inaceptable exceso de pimienta". A decir verdad, Draco apenas la notaba en el paladar.
Cuando llegó la hora de ducharse, los cuatro echaron a suertes el turno de cada uno para hacerlo. Draco resopló al comprobar que aquel no estaba siendo su día en absoluto. Primero perder la habitación grande, luego ser apuntado por un arma, tener que jugar con Potter a ese estúpido juego… Esperó, esperó y esperó, y luego intentó olvidar que le había tocado ser el último cerrando la puerta de su habitación y tirándose sobre la cama, junto a su esposa. El colchón rechinó estrepitosamente, cosa que, lejos de molestar a Draco, le dio una genial idea.
Se arrimó a Hermione, quien leía un libro plácidamente, y la abrazó bajo las sábanas mientras besaba su cuello.
—Amor… —le susurró—. No me habrás castigado por lo de antes, ¿verdad?
Ella intentó resistirse durante unos minutos, pero como no podía ser de otra manera, terminó sucumbiendo poco después. Aquella ocasión en la que tuvo que restringirle el sexo a modo de lección, ella también había terminado castigándose indirectamente. A partir de entonces solía amenazarle con eso aunque en realidad no pensara volver a aplicarlo. Ya pensaría en algo diferente en caso de necesidad… pero en ese momento simplemente se dejó llevar. Draco apagó la luz y empezó a desvestirla, besando cada parte de su cuerpo y agarrando sus senos entre las manos.
—Ay —susurró ella.
Draco las liberó de inmediato. Estaba bien, a veces las mujeres tenían el pecho sensible debido a su ciclo menstrual. Al menos eso era lo que le había explicado ella hacía tiempo. No le importó. Sus dedos pasaron ahora a acariciar su clítoris y a darle el placer que merecía. Su erección hizo que no pasara mucho tiempo hasta que se pusiera sobre ella y empezara a penetrarla. Apoyándose con una mano en el cabecero, las embestidas fueron aumentando la velocidad, y con ellas el ruido que hacía la cama.
»Vas a hacer… —gimió Hermione, extasiada en placer bajo las hábiles y ardientes manos de su marido—. Vas a hacer que nos escuchen.
Draco se acercó a su oído, lamiendo el lóbulo de su oreja antes de responder.
—Esa es la idea.
El colchón volvió a sonar con un chirrido bajo su peso cuando la embistió de nuevo.
—¿Lo de anoche era necesario? —preguntó Harry con aspereza cuando su amiga y Malfoy aparecieron por la mañana.
—¿No querías la habitación grande para ti? Eso suponía dejarnos la cama que chirría a nosotros —respondió Draco con sorna—. Tienes lo que mereces.
—¿Qué pasó anoche? —Pansy se servía una taza de leche al otro lado de la sala, todavía algo somnolienta.
—Draco y yo tuvimos sexo —respondió Hermione, encogiéndose de hombros y quitándole importancia al asunto. Harry se tapó los oídos antes de poder escuchar aquella última palabra.
—Vamos cariño, déjalos disfrutar. Al fin y al cabo, si no hubiera estado tan cansada tú tampoco te habrías escapado.
—Tenías muchos pretendientes en Hogwarts —le dijo Draco a Pansy, negando con la cabeza—, y te tuviste que quedar con el que no puede aceptar que su amiga también sea un ser sexual.
—No puedo aceptar que se acueste… que se acueste contigo —espetó el aludido.
—No mientas, te pondrías igual si me escucharas en la cama con… no sé, ¿Ron? —Harry se estremeció de nuevo y Hermione rodó los ojos—. ¿Ves?
Con un claro "ugh" ante la ocurrencia de su esposa, Draco se metió una mano dentro del pantalón del pijama para colocarse mejor la ropa interior. Al percatarse de la mirada de espanto de Potter, se burló añadiendo:
—Le encanta, en el caso de que te lo preguntes…
—¡Basta!
Una inesperada gota cayó de repente en la coronilla del Gryffindor al mismo tiempo que gritaba aquello. Al levantar la mirada, otra gota le impactó entre ceja y ceja, haciéndole parpadear violentamente.
—Vaya, una gotera —comentó Pansy con tranquilidad.
—Debe haberse filtrado agua de la tormenta —añadió Hermione.
—Seguramente. Es una pena que no estemos usando magia en estos días, se arreglaría fácilmente con un movimiento de varita.
—Bueno, pero al menos tenemos a nuestros hombres aquí.
—Sí, y por suerte hay una escalera en el porche. Creo que es lo suficientemente alta como para que lleguen al tejado —Pansy rodeó la taza con las manos para calentarlas a la vez que miraba a los chicos—. ¿Cuánto tiempo creéis que os llevará arreglar la gotera?
Draco y Harry se miraron a la vez, una mezcla de estupor y pánico empezando a extenderse rápidamente por sus cuerpos.
¿Me dejas un review? :D
Cristy.
