NA: ¡Hola! Siento la demora :)

Según mis cálculos quedarían otros tres capítulos para poner fin no solo a esta historia, sino a esta SAGA xD
Todavía me sorprende y complace que os haya gustado tanto "Trato hecho", que hayáis leído "Un trato navideño" y que todavía sigáis aquí con "El último trato".
Soy muy felizzzzz :D


Capítulo 3: Pactando.


—Pásame la teja de recambio.

Draco ni siquiera lo escuchó. Se agazapaba en el tejado mientras comprobaba una y otra vez, horrorizado, la distancia que había de allí al suelo.

—Recuérdame otra vez en qué momento me he dejado convencer de esto —casi suplicó, visiblemente angustiado.

—Tienes la respuesta justo ahí, sentada al sol —el rubio siguió la dirección de su dedo tratando de no hacer movimientos bruscos. Hermione y Pansy, ambas en traje de baño y con gafas de sol, parecían estar disfrutando del repentino cambio de temperatura mientras se tumbaban en sus respectivas toallas bajo el sol—. Pásame la teja, Malfoy.

Draco tragó saliva. ¿Cómo se suponía que iba a mover un solo músculo si con solo pestañear ya tenía la sensación de que la caída sería inminente? Sin hacer ni un solo movimiento de cabeza, rodó los ojos para ver al Gryffindor, que ahora lo miraba con exasperación.

—No puedo moverme —se defendió antes de que pudiera recriminarle nada.

—Por Merlín Malfoy. Una cosa, ¡una sola cosa que tenías que hacer! —se quejó él—. Llevar la maldita teja nueva y dármela cuando te la pidiera. ¡Solo eso!

—¡Perdóname por apreciar mi vida, Potter!

Harry gateó hasta su posición y le arrebató la teja de mala gana. Draco se hubiera reído de lo ridículo que se veía en ese momento si no hubiera estado tan ocupado temiendo por su integridad física. Observó en silencio cómo la colocaba en el lugar adecuado y se aseguraba de que, en el caso de que volviera a llover, ya no se filtrara agua al interior de la cabaña. Cuando al fin pareció satisfecho, se deslizó de nuevo hasta la vieja escalera de madera por la que habían subido minutos antes. Para suerte de Draco, no estaba muy lejos de él. Tampoco es que hubiera conseguido moverse mucho en cuanto había puesto un pie allí arriba.

—¿Vas a quedarte ahí, Malfoy? —se burló Potter al pasar por su lado—. ¿De verdad vas a hacerme ese favor?

—No, pero tú primero —Draco casi hizo un gentil gesto hacia él—. Así, si resbalo, amortiguarás mi caída.

—Eres tan amable —respondió el otro, lleno de sarcasmo.

—Jamás me habían acusado de amabilidad, estoy consternado.

Bajar por aquella inestable escalerucha resultó mucho más complicado que subirla. Era evidente que a Harry no le entusiasmaba la idea, pero a Draco literalmente le daba taquicardia. Necesitó rezarle a Merlín, Morgana y Salazar para encontrar la motivación de ponerse en marcha. Después, llegar al suelo solo le costó diez largos minutos.

Draco se alisó la camisa, sacudió el polvo de sus rodillas y se hizo el digno hasta que encontró al marido de su amiga mirándolo con diversión.

—No digas ni una palabra, Potter.

—"Malfoy, la serpiente cobarde" —dijo de todos modos—. Sería un buen título para tu biografía.

—No soy cobarde, idiota. Tan solo soy consciente del inmensurable valor de mi existencia. No puedo matarme así como así, y menos bajando por unas estúpidas escaleras.

Potter empezó a desternillarse cuando Pansy decidió intervenir desde su toalla.

—Muy interesante vuestra conversación, chicos, pero hay algo más que nos gustaría que hicierais por nosotras —ambos miraron a la mujer con una rapidez asombrosa. La carcajada de Harry murió en su garganta, el pálido rostro de Draco se tornó desencajado. Casi notaron un atisbo de maldad en su voz cuando prosiguió—: Tenéis que ir al pueblo.

—¿Al pueblo? ¿Para qué?

—En la parte de atrás hay una parrilla —comentó Hermione con naturalidad, secándose un poco el sudor de su frente—. Habíamos pensado hacer una barbacoa, así que necesitaremos carne. Hay algo de dinero muggle en la encimera.

—Pero habrá como una hora andando —se quejó Harry.

En poquísimas ocasiones se ponía de parte de Potter, pero en ese momento era inevitable apoyarlo. Casi hubiera dicho que era imperativo.

—¿Por qué no vamos en tu coche? —ofreció.

—Harry no conduce —le recordó ella.

—Lo sé. Me refería a ti y a mí. Yo te acompaño encantado —Draco puso la mejor de sus sonrisas con la intención de convencerla. Si su propuesta salía bien podría matar dos pájaros de un tiro: librarse de ir andando hasta el pueblo y perder a Potter de vista por un rato.

—Esta mañana me he levantado con dolor de espalda —se excusó su mujer, echando por tierra todas sus esperanzas—. Pero hay un par de bicicletas en el trastero, podéis usarlas para llegar en la mitad de tiempo.

—¿Bi-bicicletas?

Pansy no pudo evitar elevar las comisuras de sus labios ante la reacción de su amigo. Claramente estaba disfrutando con su sufrimiento.

—Si alguna vez escribes tus memorias, definitivamente tienes que ponerle el título de Harry.

—¡No soy un cobarde! Mis padres solían enseñarme a montar en escoba, no en bicicleta.

—Oh, vamos. Si eres capaz de mantener el equilibrio a cientos de metros del suelo, entonces podrás hacer lo mismo con menos de un par —le retó su amiga—. Además, a tu mujer se le han acabado las fresas. Podrías aprovechar para pasarte por una frutería y traerle más.

Draco, quien se encontraba completamente perplejo en ese momento, se preguntó cómo era posible que una persona como Hermione fuera capaz de terminarse una bolsa de alrededor de dos kilos de fresas en un solo día. Y ella sola. Varias preguntas más empezaron a rondar por su cabeza, pero la que cobraba más importancia de todas ellas era… ¿Por qué no comía otra cosa que fresas en los últimos meses? Llevaban diez años juntos y podía jurar que nunca antes la había visto probar un solo bocado de esa fruta.

Estuvo a punto de expresar aquella duda en voz alta, pero el puchero en el rostro de su mujer hizo que olvidara por completo decir algo que no fuera un:

—Iré a por tus fresas.

Así que ahí estaba Draco Malfoy, bajando en bicicleta por aquel sendero de tierra mojada. Las irregularidades del camino amenazaban con hacerle perder el equilibrio en cualquier bache, pero él se había molestado en ser previsor y había protegido su preciada cabeza con un casco que había encontrado junto a las bicicletas. Debido a que iba en shorts había echado en falta un par de rodilleras, y tal vez también unos guantes protectores, pero eso ya hubiera sido tener demasiada suerte.

—¿No puedes ir más deprisa? —se quejó Potter en la distancia.

—Es que quiero perderte de vista —le respondió, concentrado en no darse de bruces contra el suelo.

El Gryffindor disminuyó la velocidad y se puso a su altura, mirándolo con diversión. ¿Cómo lograba que el manillar de su bicicleta no se moviera bruscamente? ¡Ni siquiera estaba mirando al frente!

Draco estaba preparado para escuchar cualquier burla que pudiera salir de sus labios, cualquier mofa o provocación que lograra hacerle perder un poco los estribos… pero milagrosamente, lo que dijo lo cogió por sorpresa.

—Tú la amas.

Aquellas palabras provocaron que los ojos de Draco se posaran en él a la velocidad del rayo, perdiendo el equilibrio de su bicicleta al instante y besando el suelo en la caída.

—¡Maldición, Potter!

El aludido frenó sin incidencias y se acercó a él para ayudarlo, aunque había un enervante atisbo de risa asomando por sus labios.

—No era mi intención que te cayeras, pero tampoco me quejo de haberlo presenciado.

—Cierra la boca, idiota.

Draco sacudió la tierra de su ropa y chistó al comprobar que había algunos puntitos rojos asomando en sus rodillas. Sacó un pañuelo de su mochila y se limpió la sangre con cuidado.

—Solo decía que nunca has sido santo de mi devoción, Malfoy. Siempre he estado convencido de que mi amiga se merecía a alguien mejor, alguien menos… —la mirada de advertencia del Slytherin le hizo parar a tiempo—. Pero ahora que estoy viendo que harías cualquier cosa por ella, hasta subirte a un tejado o montar en bicicleta, supongo que puedo darte un voto de confianza.

—Eres muy intuitivo, Potter. Te felicito, solo has tardado diez años en darte cuenta —comentó, sarcástico—. Y no necesito tu estúpido voto de confianza, ¡ya me he casado con ella!

El Gryffindor hizo un mohín cuando Draco le restregó su anillo de compromiso por la cara.

—Te recuerdo que existe el divorcio.

—Y yo te recuerdo las palabras de un sabio: "No habrá divorcio para los que, como uña y carne, están hechos el uno para el otro".

—¿Qué sabio dijo eso? —preguntó Harry, escéptico.

—Yo.

Draco recogió la bicicleta del suelo y, con suma elegancia, volvió a montarse en ella para dejarlo atrás.


Él era un Malfoy. Provenía de una familia con un alto estatus social y grandes cantidades de dinero. Él era un Malfoy.

Draco se repetía aquello una y otra vez, pero por más que se lo dijera a sí mismo, todavía no entendía qué diablos estaba haciendo en un lugar así. A su lado, Potter no parecía menos consternado.

La única carnicería del pueblo era más pequeña que su habitación en la cabaña, pero eso no impedía que varios animales muertos y desollados colgaran del techo clavados en perchas de metal. Draco tampoco había pasado por alto el hecho de que hubiera pequeños restos de sangre esparcidos por el suelo.

—¿Queréis comprar algo o vais a quedaros ahí de pie todo el día? —la ronca voz del carnicero, un señor bastante gordo que vestía un delantal que rozaba lo asqueroso, interrumpió los perturbados pensamientos de los hombres.

—Sí, claro —Potter dio un paso al frente para llegar a la única vitrina del establecimiento. Examinó las bandejas por un momento, intentando identificar la carne con mejor pinta—. Un kilo de costillas… medio kilo de pechugas de pollo…

El hombre los miró con un desagrado completamente inmerecido. Luego cogió las costillas, las dejó caer en la tabla de cortar y alzó un cuchillo carnicero sobre su cabeza para, acto seguido, hundirlo con fuerza en la carne. La hoja estaba tan afilada que no necesitó un segundo impacto.

Draco se acercó a Potter por detrás, hablándole muy flojito al oído mientras el hombre literalmente tiraba las costillas en el peso para comprobar que llegaban al kilo.

—Tengo la impresión de que no saldremos vivos de aquí.

—Y cuatro hamburguesas —añadió el Gryffindor casi con ansiedad para intentar obviar su para nada descabellado comentario.

Los minutos transcurrieron en un completo y profundo silencio a medida que el hombre cortaba, pesaba y envolvía su pedido de mala manera. Draco le agradeció a Salazar cuando el carnicero por fin puso la bolsa sobre el mostrador.

—Nueve libras —gruñó.

Potter abrió el monedero de Hermione y sacó un billete de diez.

—Quédese el cambio.

No esperaron a recibir una respuesta, ambos salieron de allí a la carrera.

—Buena estrategia la de salvar la vida dejándole propina. A juzgar por su cara de pocos amigos estoy seguro de que nos habría lanzado un cuchillo a la espalda —concluyó Draco. Su voz denotaba a la perfección el alivio que sentía por haber salido de allí.

Ambos cogieron sus bicis y caminaron junto a ellas hacia la frutería. No es que supieran dónde estaba exactamente, pero harían como con el último establecimiento: Deambular por las calles de aquel pueblo hasta encontrarla.

La incomodidad del silencio le dio a Harry la excusa perfecta para hacerle a Malfoy la pregunta que llevaba rondando su mente desde el día anterior.

—Ya que nos han obligado a venir a comprar y ellas no están rondando por aquí… sé sincero, ¿qué crees que traman?

—A saber —Draco, quien se había vuelto a poner el casco para no tener que llevarlo en la mano, se encogió de hombros—. Desde que me enteré de que ambas acordaron ayudarse para conseguir salir con nosotros… ya me espero cualquier cosa.

—Sí, pero esta vez es diferente —Harry se quedó dubitativo un momento—. Esta vez parecen estar jugando con nosotros.

—Tal vez lo estén haciendo. No sé por qué, pero les gusta probar nuestros límites.

—¿Sabes? Hermione antes no era así.

—¿Así cómo?

—Tan desinhibida y descarada.

—Ah, ya. Pansy puede ser muy mala influencia cuando quiere.

—¿Estás acusando a mi esposa de cambiar a mi mejor amiga?

Draco sonrió con suficiencia.

—Definitivamente no es el mejor modelo a seguir. Solo piénsalo. Seguro que Hermione comenzó a cambiar a raíz de aquel trato, cuando tuvo que empezar a pasar tiempo con ella y maquinar planes secretos.

—Pero…

—Vamos, has vivido con ella durante casi una década. No puedes decirme que no es manipuladora y persuasiva.

—Tienes un muy mal concepto de tu amiga.

—Uno más realista que el tuyo, seguro —Potter enarcó una ceja casi con enfado, cosa que hizo reír al Slytherin—. Yo no estoy cegado de amor, soy más objetivo.

Después de eso, ambos volvieron a quedarse en silencio. Las calles del pueblo estaba tan en calma que solo se escuchaba el sonido que hacían las cadenas de las bicicletas al avanzar. Ambos tenían la sensación de estar pensando exactamente lo mismo.

—Menos mal que encontró la manera de romper vuestro compromiso.

La voz de Harry sonó casi en un murmullo. Draco asintió con la cabeza.

—Se lo agradeceré de por vida —unos pajarillos empezaron a cantar en las copas de los árboles de un parque cercano—. La quiero, pero no como a Hermione. Cada vez que imagino cómo hubiera sido nuestro matrimonio me entran escalofríos.

—No es tan malo estar casado con ella.

—Imagina estar casado con Hermione.

Harry se estremeció un poco de repente.

—Retiro lo dicho.

Los hombres agradecieron haber encontrado la frutería en ese momento. Aquella conversación había empezado a volverse un tanto incómoda para ambos, tal vez demasiado personal teniendo en cuenta que un día se habían considerado enemigos.

—¡Hola! ¡Bienvenidos! —por suerte, la mujer que los recibió parecía mucho más cordial que el carnicero—. No me suena vuestra cara. ¿Sois turistas?

—Estamos pasando el fin de semana en una cabaña no muy lejos de aquí.

—¿Una cabaña en el bosque? —cuando ellos asintieron, la mujer juntó sus manos cerca de su rostro—. Ah, conozco a Judith, la dueña. Es una anciana encantadora.

Draco recordó con aprensión el pequeño encontronazo que habían tenido él, la anciana y su rifle. Estuvo tentado a replicar, pero prefirió terminar con aquello cuanto antes.

—Dos kilos de fresas, por favor.

La frutera cogió una bolsa y empezó a meter algunas en ella.

—He visto que os habéis pasado por la carnicería del pueblo —señaló la bolsa que cargaba Potter, hablando con una sonrisa amable—. Jhonny no es muy amable con los desconocidos.

Draco y Harry se miraron.

—Lo hemos notado —dijeron al unísono.

—Disculpadlo. Es un buen hombre, pero nunca ha salido del pueblo.

Draco casi bufa por lo bajo. Ancianas dementes y armadas, hombres medio psicópatas con acceso a armas blancas… ¿Qué le pasaba a ese pueblo del demonio?

La mujer habló de nuevo, interrumpiendo sus pensamientos.

»Dos kilos es mucho para el fin de semana —comentó—. ¿Vais a hacer una tarta, quizás?

—No, son para mi mujer… últimamente le apetecen a todas horas. Con suerte llegan a mañana.

Ella les dedicó una mirada extraña, una mirada con un atisbo de algo que no supieron descifrar… pero acto seguido asintió con firmeza.

—Ya veo… añadiré unas cuantas más entonces. Dile a tu mujer que le regalo cien gramos de estas ricas fresas.

Draco no sabía por qué lo hacía, pero no se opuso. Seguramente Hermione se lo agradecería más tarde.

—Es muy amable por su parte. ¿Podría elegir las más rojas, por favor? No le gustan las que están un poco verdes o con manchas blancas.

—Por supuesto, por supuesto —la frutera puso mucho más empeño en su tarea de seleccionar las fresas con el rojo más intenso. Estaba tan concentrada que ninguno la interrumpió hasta que llegó la hora de pagar.

—Aquí tienes, cielo —dijo, tendiéndole la bolsa—. Gracias por tu compra. Y cuida mucho a tu esposa.

Draco ya se estaba yendo, pero aquello hizo que la mirara con confusión mientras se preguntaba qué habría querido decir. Ella le dedicó una sonrisa encantadora, por lo que decidió dejarlo estar. A veces los muggles podían ser muy extraños.

El camino de vuelta fue considerablemente más pesado que el de ida. Si antes apenas podía mantener el equilibrio, cargar una bolsa de dos kilos no ayudaba a mejorar la situación. Toda su atención estaba puesta a conseguir no darse de bruces contra el suelo, aunque teniendo en cuenta el porrazo de antes y el sufrimiento de ahora, casi que hubiera preferido bajar al pueblo andando.

Cuando al fin llegaron a la cabaña, soltaron las bicicletas con alivio y entraron en el interior. Esperaban ser recibidos con besos y abrazos de sus esposas, pero en ese momento lo único que obtuvieron fue un desagradable sonido proveniente del baño. Ambos se miraron horrorizados, dejaron las bolsas en la mesa y corrieron hacia allí.

En cuanto vieron lo que pasaba, y aunque en el baño ya casi no se cabía, Harry no dudó en apresurarse a ayudar a Hermione a sostenerle el pelo a Pansy mientras vomitaba en el excusado. Su pulso se había acelerado un mil por ciento al ver a su mujer así.

—Esto ha sido culpa del pollo —logró decir la enferma entre arcada y arcada.

—Lleva así desde que os habéis ido —informó Hermione.

—Te dije que… —otro sonido escandaloso y más vómito en el retrete. En la puerta, Draco arrugó la nariz con asco y retrocedió un paso—. Te dije que no te pasaras con la pimienta.

Harry le apartó un mechón que estuvo a punto de mezclarse con la bilis que salía de su boca.

—No creí haberle puesto tanta —el rostro de Harry estaba descompuesto—. Lo siento, yo… ¿Quieres que cancelemos la barbacoa? Querrás comer algo menos pesado, ¿verdad? Puedo hacerte arroz blanco, sopa de pollo…

—¡Harry, Harry! —Pansy había tomado papel, se había limpiado los labios y se había levantado del suelo como si no hubiera perdido ni una pizca de dignidad entre esas paredes—. Ni lo sueñes, tengo un hambre voraz.

—Pero… —su esposo miró el desastre del retrete, pero ella ya había tirado de la cadena.

—Ya se me ha pasado.

—¿No te encuentras mal?

—Estupendamente —ella y Hermione intercambiaron sonrisas confidentes mientras Harry y Draco veían la escena con desconcierto—. Solo necesito comer.

—Hablando de comer…

Hermione se dirigió a su marido con claras intenciones.

—Las más rojas —respondió él—. Sí, te las he traído. Están en la cocina.

—¡Perfecto!

Las mujeres, que seguían en traje de baño, salieron a la parte de atrás y se sentaron en las sillas acolchadas que rodeaban una mesa de cristal. Ellos se quedaron ahí, viéndolas cuchichear y reírse por lo bajo a través de la puerta abierta.

—Definitivamente están jugando con nosotros —habló Draco, más para él mismo que para Potter.

—Creo que nos están probando.

—¿Y qué iban a conseguir con eso?

—Todavía no lo sé, pero es evidente que quieren corroborar algo —el rubio le dedicó una ceja arqueada mientras fuera se escuchaban las risas de sus mujeres—. Quieren ver si somos capaces de trabajar en equipo, estoy seguro que es eso lo que están haciendo.

Draco tomó una profunda respiración. ¿Podía ser cierto aquello? Después de pensarlo durante unos segundos se sintió estúpido al no haberse dado cuenta de la evidencia en sus narices. La forma en la que los habían obligado a jugar juntos a aquel juego de mesa, a cocinar, a arreglar el tejado, a ir al pueblo… Vale, esa respuesta estaba clara. Sí, podía ser cierto. La pregunta que debían hacerse ahora era: ¿Por qué?

—De acuerdo. Sea por el motivo que sea, nos están probando —comentó Draco—. Así que supongo que la única forma de descubrir lo que quieren conseguir es dándoles con el gusto de vernos colaborar en cada cosa que nos pidan.

Por primera vez en su vida, Harry estaba totalmente de acuerdo con él. Ni una objeción a su lógica.

—Tendremos que darles lo que quieren.

Se quedaron en silencio mientras se miraban con desconfianza durante unos instantes. El Slytherin fue el primero en decir lo que pensaba al respecto.

—Que vayamos a fingir delante de nuestras mujeres no significa que me caigas bien.

—Me complace que el sentimiento sea mutuo.

—En cuanto descubramos la verdad, todo volverá a ser como antes.

—No me gustaría tener que aparentar que te soporto más tiempo del estrictamente necesario.

Draco sonrió de lado. Le encantaba escucharlo confirmar que su aversión de la infancia todavía perduraba. Habían sido muchos años construyendo aquella enemistad como para tirarla por la borda de un día para otro.

—Estupendo, Harry —dijo su nombre con una lentitud innecesaria, pero medio cómica—. Sabes hacer una barbacoa ¿verdad? Nuestras amadas mujeres esperan.

—Por supuesto, Draco —respondió él de la misma forma—. Pero no olvides que debemos colaborar. Yo echaré el carbón, ¿serás capaz de encender un fuego por tu cuenta?

Se notaba la clara intención de molestarlo en el tono burlón de su voz.

—Me permito recordarte que no soy estúpido —estuvo tentado a insultarlo cuando puso cara de sorpresa, pero decidió que eso no ayudaría en nada a su acometido—. Puede que no tenga mi varita, pero sé que existen las cerillas muggles.

—Vaya, jamás creí que llegarías a esa conclusión.

—Lo entiendo, no todo el mundo puede ser tan brillante como yo.

—Oh, por supuesto que eres brillante —la expresión impertinente de Potter no casaba con lo que decía—. Eres el mejor en mostrarte engreído y petulante. Ojalá pudieras enseñarme a llegar a esos niveles de brillantez. Soy todo oídos.

—Claro que te enseñaré a ser tan magnífico como yo, pero te advierto de que cuando acabe serás todo lágrimas.

Las fosas nasales de ambos estaban muy abiertas y respiraban con fuerza mientras se mantenían la mirada sin ni siquiera pestañear. No, así no era como debían actuar si querían convencer a sus mujeres de que eran capaces de llevarse bien haciendo las tareas más sencillas. Se obligaron a relajarse, imponiéndose internamente cada uno no volver a caer en las provocaciones del otro. Eran lo suficientemente adultos como para fingir cordialidad durante unas horas.

—Iré a preparar la barbacoa —dijo el Gryffindor.

—Yo iré a buscar las cerillas a la cocina —respondió el Slytherin.


¿Me dejas un review? :D
Cristy.