DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


Capítulo 5 – Edward Cullen

Bella prendió la luz del salón comedor y le hizo acomodar con cuidado en el sofá más amplio.

—Quédate aquí, voy a traer el botiquín —advirtió desapareciendo un instante para regresar con un pequeño maletín rojo. Se puso unos guantes de látex y extrajo el suero y las gasas. —Súbete la camiseta, bájate un poco los pantalones y túmbate.

—Si no te importa, prefiero quitármela, conozco tu afición por cortarlas — bromeó antes de sacarse la camiseta por la cabeza con cuidado y desabotonar el pantalón, abriéndolo lo suficiente para que pudiese acceder a su herida y de paso observar sus boxers negros y cómo el vello castaño se perdía bajo el ombligo.

—Madre del amor hermoso —murmuró al contemplar de cerca el espectáculo que acababa de desplegarse ante sus ojos.

— ¿Qué?

—Que si tienes alguna alergia.

—No, ninguna.

—Muy bien. Esto te va a doler un poco —advirtió, arrodillándose a su lado y apretó con energía los bordes de la herida para comprobar si supuraba. El rostro de Edward se contrajo, pero aun así no soltó el menor lamento. — ¿Todo bien?

—Sí, tranquila. No es la primera vez.

—Ya lo veo, esas cicatrices…

—Metralla de una granada y dos disparos anteriores de un AK-47. —Bella buscó sus ojos sin dar crédito a lo que acababa de oír. —En Afganistán.

— ¿Eres?

— ¿Militar? Sí, lo soy. Pertenezco a los SEALs de la Marina de Estados Unidos. No hace ni un mes que regresé de Bagram.

— ¿A los SEALs? ¿Lo dices en serio o es que tratas de impresionarme? — preguntó con una sonrisa.

Edward se echó a reír, incluso a pesar del dolor estaba poniéndolo a cien tenerla tan cerca, arrodillada, con las manos tocándole la herida, haciendo esfuerzos visibles para no rozarle sus partes íntimas. Cuando se inclinaba, vislumbraba por el ancho escote del vestido unos pechos que se le antojaban firmes y duros, presionados bajo un sostén morado que se moría de ganas de arrancarle con los dientes. Esto estaba provocando que su sexo comenzase a cobrar vida propia y esperaba que ella no se diese cuenta. Resultaría de lo más bochornoso.

—Una cosa no quita la otra, ¿no crees? —sugirió pícaro. —Aunque ahora el sorprendido soy yo, ¿qué sabes tú de los SEALs?

—Sé que es un cuerpo de operaciones especiales de la Armada, porque una vez leí una novela en la que el protagonista era un aspirante a los SEALs y las pasaba canutas en la Semana del Infierno*.

—Pues si esa novela era mínimamente realista, debía pasarlas muy canutas. Lo peor es que la cosa no mejora una vez que estás dentro. La Semana del Infierno no es más que el principio de lo que viene después.

— ¿Y me lo puedes decir así, tan alegremente? ¿No deberías, no sé, mantenerlo en secreto? —dijo terminando de pegar un apósito sobre la herida limpia y tratada con una pomada antibiótica.

—Claro, por eso ahora tengo que matarte—. Su afirmación fue tan seria y firme que Bella buscó sus ojos alarmada.

Edward echó a reír y ella también al comprobar que se trataba de una broma. —Puedo contar que soy un SEAL, no es un secreto. De lo que no puedo hablar es de mis misiones o de mi equipo, eso sí es confidencial.

—Bueno, esto ya está. Y, ¿por qué exponerse a morir cada día? ¿Por qué pasar por algo así?

— ¿Por qué sacrificas tú días festivos y noches en vela? Porque alguien tiene que hacerlo, ¿verdad? Porque crees en lo que haces y porque es el modo de ayudar a los demás, ¿o me equivoco?

—No, no te equivocas. Ponte de pie y date la vuelta.

— ¿Para qué? Que recuerde no tengo heridas en la espalda.

—Pero debo ponerte esto —dijo mostrándole una pequeña botella que contenía el medicamento del que le había hablado.

Edward sabía que necesitaba antibióticos, sus conocimientos en materia sanitaria le advertían de que el aspecto de su herida era poco saludable; había tratado de comprarlos en varias farmacias, pero en todas le exigían una receta médica de la que no disponía. Así que la obedeció, incorporándose, y descendiendo la ropa interior dejó ambas nalgas al descubierto.

Bella sintió que el corazón le latía en la garganta cuando aquella porción de piel tostada y atlética se mostró ante sus ojos. ¿Cómo podía tener un culo tan perfecto? ¿Cuántas horas de entrenamiento harían falta para tener unas nalgas como aquellas? Muchas, sin duda, pero benditas fueran todas y cada una si aquel era el resultado. Debería ser delito esconder semejante maravilla dentro de unos pantalones, pensó. Y después se reprendió a sí misma por ser tan poco profesional y ponerse nerviosa ante esa situación.

—Con bajarlo solo un poco habría sido suficiente —masculló sofocada.

— ¡Ay! —se quejó cuando, con manos dubitativas, le inyectó el medicamento. —Ahora ya podrás dormir por las noches sin pensar en mí, en mi herida me refiero —sugirió subiéndose la ropa interior y los pantalones, abrochándoselos mientras se daba la vuelta y recuperaba la camiseta.

—Deberías ponerte al menos cuatro inyecciones como esta —dijo obviando su comentario. No podía imaginarse hasta qué punto le había pensado. —Muchas gracias, señorita enfermera.

—Muchas de nada, señor soy-un-soldado-especial-de-la-marina-que-se-escapa-de-los-hospitales.

— ¿Siempre eres tan bromista de madrugada? Tu novio tiene que pasárselo en grande contigo.

—No tengo novio, pero si querías saberlo solo tenías que preguntarlo —dijo resabida recogiendo todos los enseres del botiquín para guardarlo.

Él sonrió descubierto y seducido por su rapidez de respuesta.

— ¿Y el sapo del teléfono?

—Pasó a la historia. ¿Te apetece un café?

— ¿A las dos de la mañana?

—Estoy acostumbrada a tomar café a estas horas por mi trabajo, pero también tengo descafeinado. —Edward se quedó observándola en silencio, fue solo un instante, pero sintió como si estuviese analizándola. — ¿Qué pasa?

— ¿A mí? Nada.

—Sí, siento que quieres preguntarme algo, pero no sé qué.

—Vaya, deberías alistarte, esas dotes de adivina nos vendrían de perlas en el cuerpo. Es cierto, quiero preguntarte algo, pero no me atrevía a hacerlo porque no quiero parecer un maleducado.

—Otra vez.

—My fault* —aceptó entre risas.

Tenía la sonrisa más sensual que Bella había visto en su vida, con los dientes alineados y los labios carnosos, el inferior algo más grueso que el superior, que cuando se estiraban producían unos deliciosos agujeros en sus mejillas—. La pregunta a la que te refieres es, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te preocupas por mí, me invitas a tu casa y te quedas a solas conmigo sin conocerme de nada? Podría ser cualquier loco.

—No tienes cara de loco.

— ¿Los locos tienen cara de serlo?

—Casi todos, y he visto muchos —bromeó. —No suelo invitar a desconocidos a mi casa, pero tú necesitabas ayuda y yo podía dártela, en eso consiste mi trabajo, vaya vestida con el uniforme o sin él. Tú mismo lo dijiste: ¿por qué hacemos esto?, porque creemos en ello. Y ahora, ¿quieres café o no?

—Estoy tan cansado que ni una dosis doble de cafeína impedirá que coja el sueño cuando al fin llegue a la cama.

—No me extraña, por como tenías la herida, incluso ha debido darte fiebre. Enseguida vuelvo.

Claro que le había dado fiebre, el dolor en las articulaciones así se lo había hecho saber. Nunca pensó que aquella herida infectada pudiese debilitarle tanto, la había subestimado. Pero cómo no hacerlo si las había sufrido mucho peores en combate y habían sanado por sí solas. Quizá una pequeña navaja en el primer mundo contuviese muchas más bacterias que una granada en el tercero.

La joven salió de la habitación, la observó alejarse con un sugerente movimiento de caderas. Aquel sostén morado que había vislumbrado en un descuido le había puesto cardíaco. ¿O eran la fiebre y la debilidad las que le llevaban a fantasear con su cuerpo de aquel modo? A los pocos segundos la oyó trastear en la cocina. Se sentó en el filo del sofá y sintió una punzada de dolor lacerante. Inspiró hondo, trató de relajarse reposando sobre el respaldo del sofá, y contuvo las ganas de doblarse y de morderse los nudillos para no llorar como un niño pequeño.

Era un militar entrenado, pero también un ser humano, y los días que llevaba con aquel maldito pensamiento que no le dejaban vivir ni descansar un instante, unidos a su malestar físico, comenzaban a pasarle factura. Estaba agotado. Emborracharse aquella noche, a su llegada a Sevilla, había sido una estupidez. Ni siquiera el alcohol había evitado que se repitiese aquella maldita pesadilla dentro de su cabeza una y otra vez, ni había alejado los quebraderos de cabeza que le atormentaban. Y, en cambio, como ella le había dicho, le había ocasionado aún más problemas, conduciéndole a la situación en la que se encontraba.

"Bella, ¿dónde estás? Nos vamos al Santa María a buscarte."

"¿Dónde te has metido, renacuaja? "

"Contesta ya, que estoy empezando a preocuparme. "

Bella releyó los mensajes recibidos nada más conectar el móvil al cargador y contestó a ambos:

"Me ha bajado la regla y me duele, he cogido un taxi y ya estoy en casa, divertíos vosotros que podéis."

Estaba segura de que Rose con el par de copas de más que llevaba en el cuerpo trataría por todos los medios de alargar la noche junto a "su Machoman" lo máximo posible.

El emoticono de un guiño con besos de corazón que recibió como respuesta así se lo confirmó. Su hermano en cambio le contestó:

"Ok, espero que sea verdad, como me entere que te has largado con un tío, te vas a enterar".

Mensaje al que ella respondió con una autofoto en su cocina junto a la nevera, porque sabía a su hermano muy capaz de pasarse para comprobar que no le mentía.

Regresó al pequeño salón cargando una bandeja con una cafetera, dos tazas y un paquete de galletas, y entonces descubrió sorprendida que Edward se había dormido en el sofá con la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo. La prominente nuez de Adán se le ofrecía provocadora…

¡Por todos los santos! ¡¿Cómo podía tener un cuello tan sensual?! Tendría que coserse los ojos para dejar de mirarle. Abandonó la bandeja sobre la pequeña mesita frente al sofá, se aproximó a él con el sigilo de quien contempla algo prohibido, y le observó con detenimiento.

Sus pupilas recorrieron con deleite la marcada curva de su mentón masculino, de lo más tentadora, la pequeña porción de vello que iniciaba la barba cobriza bajo su labio inferior y sus labios que parecían maestros en el arte de besar, de acariciar…

Observó también sus hombros anchos bajo la camiseta, sus brazos robustos como dos troncos relajados, y sus muslos, anchos y atléticos bajo el pantalón vaquero. Su mirada se centró entonces en su entrepierna, en la prominencia que podía apreciar en esta aún por debajo de la prenda. El corazón se le aceleró y sus mejillas se incendiaron. Se sentía una descarada, pero ¿cómo podía dejar pasar la posibilidad de admirarlo ahora que le tenía a su merced?

Aquel hombre poseía un cuerpo digno de convertirse en el sueño más lascivo y tórrido de cualquier mujer, al menos de cualquiera que tuviese ojos en la cara, como ella.

¿De qué huyes Edward? ¿Qué me estás ocultando?, se preguntó tomando asiento en el otro extremo del sofá, con su taza de café en la mano.

Cuando él arrugó el entrecejo, fue consciente de que había pensado en voz alta. Se removió apretando los labios con un gesto de dolor y ella sintió ganas de abrazarle, de acunarle, de apartarle el cabello de la frente con los dedos y ofrecerle consuelo. Consuelo y un beso apasionado que incendiase aquellos labios que parecían gritarle: Bésame.

Se dispuso a pasar la noche en vela vigilando su sueño por si su estado empeoraba. Porque podría hacerlo, claro que sí. Aunque él no le diese la importancia que merecía aquella infección, podría causarle graves daños. Mientras estiraba las piernas, accionando el reposapiés de su plaza del sofá, se dijo a sí misma que habría hecho lo mismo por cualquiera de sus otros pacientes, aunque una vocecita en su conciencia le advirtió al momento que su interés por el americano iba mucho más allá de lo que le sería saludable admitir.

Un ruido en su iPhone le despertó, lo reconoció al instante aun sin sacarlo del bolsillo de sus vaqueros. El timbre le indicaba que se estaba quedando sin batería.

Edward abrió los ojos y se topó de frente con el rostro aniñado y dulce de Bella, enmarcado por su cabellera rubia. Contempló sus párpados cerrados, sus largas pestañas castañas y sus labios finos y delineados con deleite.

Sintió el peso de su cuerpo sobre las costillas y fue consciente de que hacía demasiado tiempo que no dormía junto a una mujer, y mucho menos junto a una mujer como aquella. La tenía tan cerca, tan pegada a su ser, que podía percibir la fragancia a azahar que desprendía. No era un aroma intenso como un perfume, no, era sutil, suave, aunque imposible de pasar desapercibido. Un auténtico placer para los sentidos. Desconocía si se trataba de su champú o si, sencillamente, la piel de aquella mujer poseía tal aroma. Lo que sí sabía es que ni siquiera su debilidad había impedido que su entrepierna se endureciese como una roca al sentirla contra él.

Aquella boca entreabierta resultaba tan tentadora como la manzana de Eva.

Pero debía marcharse, debía abandonar la habitación, olvidarse de aquella joven y volver a centrarse en resolver el misterio que a punto estaba de embrollar su vida. Eso era lo único importante. Como en cada misión, necesitaba concentrar toda su energía en cumplirla y hasta que no tomase el avión de regreso a Atlanta, en tan solo cuatro días, no podría decidir cuáles serían los siguientes pasos a seguir.

Se apartó con cuidado dejándola sobre el sofá, se incorporó y estiró su ropa dispuesto a marcharse, pero al volverse a mirarla vio cómo el vestido de algodón se le había enrollado hasta las caderas, dejando al descubierto unas braguitas de satén del mismo color del sostén.

Por el Tío Sam* que si no se alejaba de aquella condenada enfermera acabaría por sufrir un infarto testicular, si es que eso existía.

Tomó la pequeña manta de lino que había sobre el reposabrazos y la arropó con cuidado, comenzaba a hacer frío y la joven se quedaría helada en cuestión de minutos. Muy al contrario que en el interior de sus venas donde la sangre bullía y no precisamente debido a la fiebre. Al posar la tela sobre sus hombros se detuvo, se arrodilló sobre la alfombra y sintió la tentación de besarla en los labios, pero se contuvo, la besó en la nariz, y se marchó.


La Semana del Infierno*- La preparación de los SEALs culmina con lo que se conoce como la semana del infierno. Durante esa semana, los aspirantes dormirán una media de cuatro horas en un total de cinco días y realizaran sin parar pruebas como correr, nadar en agua helada, bucear atados de pies y manos, y hacer sentadillas cargados con pesados troncos.

My fault* - Culpa mía

El Tío Sam* - es la personificación nacional de los Estados Unidos de América y, específicamente, del gobierno estadounidense.

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