DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


Capítulo 6 - Dark Horse

— ¿Se puede saber qué estás soñando que hasta jadeas? —preguntó Rose zarandeándola para despertarla.

Bella despabiló de golpe y vio sus ojos azules cercados de toda la sombra de ojos y el rímel corrido de la noche anterior. Después miró a su alrededor desconcertada; estaba tumbada en el sofá, tapada, ¿había pasado la noche ahí? Y Edward, ¿dónde estaba? Su mejor amiga acababa de estropear el sueño más erótico que había tenido en toda su vida, uno tan, pero tan sensual, que sería calificado como triple equis por la crítica especializada. Ella, Edward y una playa, con mucho calor y poca ropa.

—Yo no jadeo.

—Pues hasta donde yo sé no tenemos perro.

—Perro no sé, pero tú pareces un mapache —dijo estirándose en el sofá.

—No te metas conmigo, estoy fatal. La cabeza me va a reventar —respondió caminando hasta la cocina envuelta en su pijama de osos panda con más años que el abuelo de Matusalén, pero que se negaba a desechar por su comodidad.

— ¿A qué hora llegaste?

—A las cinco y media tu querido hermano me dejó en la puerta.

— ¿Y?

—Y aquí la madre superiora sigue casta y pura, como una virgen. Mi Machoman no me tocó ni un pelo. Y mira que me insinué, pero nada, ni mirándole con ojitos embelesados ni diciéndole lo bien que le quedaba ese polito rosa.

—Haberte lanzado tú.

—Sí, claro, para que me haga la cobra y me deje más tirada que una colilla, no te fastidia.

—Así nunca te vas a quitar esa espinita —dijo Bella sacando algo que se le estaba clavando en la espalda.

Era una cartera, una cartera masculina que tan solo podía tener un dueño: Edward. La única prueba tangible de que era cierto, de que no lo había soñado, al menos eso no. Él había estado allí, a su lado, en el sofá. La abrió muerta de curiosidad y al instante la cerró sintiéndose culpable por violar su intimidad, pero un carné cayó al suelo. Lo tomó y le dio la vuelta: Alabama Identification Card, leyó. Y en él aparecía su foto junto a un nombre: Edward Cullen. Date of Birth: 23-01-1983. Acababa de cumplir treinta y dos años.

—De todas formas, muchas gracias —añadió Rose desde la cocina.

—Gracias, ¿por qué?

—Por fingir que te había bajado la regla para dejarnos solos, sé que aún no te toca, tú empiezas cuando yo acabo —dijo asomando la cabeza por el marco de la puerta.

—De nada, Rose. ¿Me has tapado tú con la manta?

—No. Cuando llegué ya estabas tapada y con la baba caída.

— ¿Con la baba caída?

—Que no, que es broma —rió. Bella suspiró aliviada, la horrorizaba pensar que él la hubiese visto en ese estado. Guardó la cartera en el interior de su bolso, abandonado sobre la mesita frente al sofá la noche anterior, y pensó que Edward tendría que volver a por ella y, aunque con casi total probabilidad aquella visita no se parecería en nada a su sueño, al menos podría verle de nuevo, y eso ya era un motivo para mantener la sonrisa en la cara todo el día.

— ¿Cuándo trabajas?

—Mañana, mañana tengo otra vez guardia.

— ¿Veinticuatro o doce?

—Doce. ¿Qué hora es?

—Las once y media. ¿Quieres café?

—Sí, pero primero voy a ducharme.

—Yo voy a cambiarme de ropa mientras sube el café —advirtió Rose siguiendo sus pasos hasta la planta superior.

Abrió la ducha, se procuró una cortina de agua intensa y se enjabonó entonando a viva voz Dark Horse de Katy Perry, con su inglés chapucero: … cause once you're mine, once you're mine there' s no going back.

Disfrutaba cantando bajo la alcachofa, el único lugar en el que podía hacerlo sin que una lluvia de cojines de sus amigos la amedrentase. La canción se le había metido en la cabeza la noche anterior y no había modo de sacarla. Cuando iba a enjuagarse el cabello, alguien llamó a la puerta, sorprendiéndola. Cerró el grifo.

— ¿Rose?

—No, soy Edward. Abajo no había nadie y…

— ¿Edward? ¿Cómo que Edward? —Al oír aquel nombre miró hacia la puerta para comprobar si el pestillo estaba echado, no lo estaba. Se giró y dio un paso en la bañera dispuesta a remediarlo de inmediato, pero lo hizo tan rápido que resbaló con la espuma y arrancó la cortina de baño al agarrarse a ella antes de caer de bruces y quedar envuelta como un rollito de primavera.

Al oír el golpe, Cullen abrió la puerta sin dudarlo un instante mientras ella se enmarañaba en el mar de plástico estampado de peces de colores.

— ¿Dónde te has golpeado? —preguntó. Al mirarle percibió que estaba distinto, que se había afeitado y eso le hacía parecer más joven.

— ¡Sal! ¡Vete! ¡Ay! —se lamentó. El tobillo y la pierna derechos le palpitaban de dolor.

— ¿Cómo me voy a marchar con el golpe que te has dado? ¿Dónde te duele?

—Lárgate, estoy desnuda.

—Lo mismo te sorprende, pero no eres la primera mujer a la que veo desnuda. Dime dónde te has golpeado, por favor.

—El tobillo.

—Voy a cogerte y a sacarte de aquí.

—No puedes coger peso… tu herida.

— ¿No puedo? Mira.

Y acuclillándose a su lado pasó los brazos bajo su cuerpo y la alzó envuelta en su cubierta de plástico. Siguiendo sus indicaciones la llevó hasta el dormitorio y la dejó con suavidad sobre la cama. Permaneció en silencio un instante, mirándola, con la camiseta azul y los vaqueros empapados, después de transportarla.

Bella no podía sentirse más abochornada y se tapó la cabeza con un doblez de la cortina de ducha que aún la envolvía.

—Qué vergüenza, por Dios santo.

—Anoche no parecía que fueses tan tímida.

— ¿Qué?

—En el sofá, me abrazabas como a un oso de peluche.

— ¿Yo? ¿Te abrazaba?

—Tranquila, solo estaba bromeando, ¿cómo está tu tobillo?

—Bien, creo que bien.

—Déjame verlo.

—No hace falta, ahora me lo miro yo.

—Vamos, déjame que le eche un vistazo —pidió, y Bella, sin destaparse la cabeza, estiró la pierna derecha permitiendo que despuntase entre el amasijo de plástico. Un cosquilleo eléctrico recorrió su espina dorsal cuando sintió el peso de Edward al tomar asiento a su lado en la cama, pero cuando fueron sus manos las que tocaron su pie, sintió chispas en la boca del estómago y una sensación parecida al vértigo. El rubor que llenaba sus mejillas casi destellaba con luz propia. Dio gracias por tener la cabeza oculta bajo los pliegues de la cortina, para que él no pudiese contemplar lo que había provocado con tan solo rozar la piel de su pantorrilla.

—No está inflamado, solo tienes una pequeña contusión y se te va a poner morado. Lo siento mucho, siento haber entrado en tu casa y haberte asustado, pero la puerta estaba abierta de par en par, te llamé y creí oír que alguien me hablaba desde el piso de arriba.

—No te hablaba, estaba cantando. La culpa es de Rose por dejar la puerta abierta —proclamó asomando por fin como el avestruz cuando el peligro ha pasado… solo que no creía que hubiese pasado, le tenía allí, sentado a su lado, mirándola con una intensidad que derretiría los casquetes polares con el gris azulado de su iris—. ¿Y tú herida? ¿Te duele?

—No. Está bien.

Su herida estaba bien, más que bien, aquel antibiótico había comenzado a hacer efecto, cicatrizaba a pasos agigantados y la fiebre había desaparecido. Lo que no estaba tan bien era su mente después de haber atisbado sus pechos bajo la cortina semitransparente, y aquellas nalgas con las que había fantaseado la noche anterior.

La tenía desnuda, a su lado, tan solo una porción de plástico le separaba de su magnífica piel… Vamos, tío, compórtate, la chica se ha dado un buen golpe y tú no dejas de pensar en morderle la boca hasta hacerle perder el sentido, pareces un salido, se reprendió a sí mismo sorprendido por el deseo enfermizo que le despertaba Bella.

— ¿Me puedes dejar a solas un momento para que me vista? —preguntó ella interrumpiendo sus devaneos mentales.

—Sí, por supuesto, te esperaré abajo.

En cuanto Bella posó el pie en el suelo, fue consciente de que su lesión no era de gravedad; su tobillo estaba algo inflamado, pero nada que una buena bolsa de guisantes aplicada durante treinta minutos no pudiese aliviar. Mucho más tardaría en olvidar que el hombre más sexy que había conocido en toda su vida acababa de abandonar su dormitorio después de trasladarla en brazos prácticamente desnuda hasta la cama. Se mordió el labio inferior nerviosa y cerró los ojos tratando de calmarse. ¿Cómo podía ser tan atractivo? ¿Cómo podía poseer una mirada tan cautivadora, tan erótica?

Buscó un vestido en su armario, pero ninguno le pareció apropiado. Al final se decidió por unos shorts vaqueros y una camiseta, nada que hiciese sospechar de su interés por el americano. Porque lo había, debía admitirlo de una vez por todas: le interesaba y mucho.

Enfiló las escaleras hasta el piso inferior y, con una leve cojera, caminó hasta la cocina donde su mejor amiga, sentada junto a él, tomaba café. Ambos la observaron en el umbral.

—Veo que os habéis conocido.

—Sí, Rose ha sido muy amable —dijo, sin sospechar que la aludida hacía aspavientos a su espalda con una sonrisa de oreja a oreja y los pulgares hacia arriba en señal de aprobación.

—El gato de la vecina volvió a meterse en casa por la ventana de la cocina y fui a devolvérselo, siento haber dejado la puerta abierta.

—Tranquila —dijo, cuando en realidad deseaba responderle que era la tercera vez que dejaba la casa con las puertas abiertas, que aquello no era el pequeño pueblo de sus padres, que cualquier día tendrían un susto si continuaba haciéndolo, y que por todo ello debía ser más cuidadosa.

Pero se limitó a sonreír sin más porque no deseaba que Edward la tomase por una histérica.

— ¿Cómo sigue tu pie?

— ¿Cómo estás? Me ha dicho Edward que te has dado un buen porrazo.

—Bien, estoy bien.

—Me alegro. Siento haberte asustado.

—No me asustaste, me sorprendiste.

—Sé que no debería haberme presentado así, sin avisar, pero me dejé la cartera y no tenía tu número.

—Tranquilo. Me alegra saber que estás mejor, tienes muy buen aspecto — admitió con timidez, abrió el congelador y se sentó en una de las sillas con un paquete de guisantes que apoyó sobre el tobillo lastimado.

Rose los observaba como quien contempla un partido de tenis e incluso sonreía al oírlos, disfrutando con el espectáculo, parapetada tras su taza de café. Bella comenzaba a preguntarse por qué no se levantaba y los dejaba a solas en la cocina.

— ¿No habías quedado para tomar algo con esa amiga tuya? —le preguntó.

— ¿Yo? No —dijo antes de recibir un pisotón con el que entendió que su amiga deseaba un poco de intimidad—. ¡Ah, sí! Es verdad, he quedado con mi amiga, esa que es un poco bruta, la jodía —añadió sin reprimir una mirada asesina a Bella—. Bueno, pues me voy. Encantada de conocerte Edward, espero verte otro día.

—Igualmente, ha sido un placer.

—Bella, ¿tú tienes mis llaves?

—No.

—Sí, yo sé que las tienes, ¿podrías mirar en tu bolso, por favor?

—Ahora mismo vengo, Edward —advirtió dejando los guisantes sobre la mesa y caminó hacia el salón, cruzando por el pequeño recibidor. Frente a la puerta principal Rose la agarró del codo, deteniéndola, haciéndole saber que lo de las llaves solo era una estratagema para poder hablarle a solas.

—Un poco más y me tienen que operar del pie, serás bestia.

—No seas exagerada.

— ¡¿Pero quién es ese bombón?! —preguntó haciendo aspavientos en voz baja.

—Es el americano.

— ¿El americano del otro día?

—El mismo.

— ¿El de la camiseta cortada?

—El mismo.

—Anda, pues no parece que te caiga muy antipático ya, ¿eh, pecadora?

—No, me explicó que esa camiseta era un recuerdo especial y se disculpó.

—Dice que te acompañó a casa anoche y que se dejó la cartera.

—Sí.

— ¡Que se dejó la cartera!

—Que sí, que es verdad.

—Serás… ¡Que te lo trajiste anoche a casa y no me has dicho nada! ¡No me lo puedo creer! Tú, Doña Remilgos, ¿te has tirado a ese bombonazo y no me lo has contado?

—No me lo he tirado. Solo estuvimos hablando. Y no me llames doña Remilgos, solo soy selectiva.

—Sí, y de tanto escoger te has estado quedando con el peor —se refería a Jacob, lo entendió en el acto—. Pero a lo que íbamos —dijo con una sonrisa acusadora, aunque el modo en el que Bella la miró la hizo saber que no mentía—. ¡¿No os habéis liado?!

— ¡¿Pero tú te crees que yo me voy liando con cualquiera?!

— ¿Con cualquiera? Perdóname, pero ese tipo que está ahí sentado es de todo menos cualquiera. Un tío así es como el cometa Halley, solo se ve una vez cada ochenta y tantos años.

—Pues ya puedes morirte tranquila. —Tras oír aquellas palabras Rose estuvo a punto de sufrir una apoplejía. No le cabía en la cabeza que su mejor amiga se llevase a casa a un hombre tan atractivo de madrugada y no hubiese sucedido nada entre ellos.

—Cátalo, Bella, por Dios. Si no lo haces por ti, hazlo por el resto de las mujeres de la humanidad.

—Cállate ya, loca, que te va a oír. Adiós, y… tarda en volver —pidió con una mirada cómplice descolgando su bolso del perchero.

—Tardaré, no te preocupes, pero tú aprovecha bien el tiempo, ¿eh? Aprovéchalo, todo, entero.

Cerró la puerta tras ella entre risas, no podía negar que tenía razón, un hombre como aquel no era del tipo de los que se cruzaba en la calle a diario, de hecho no recordaba haberse sentido así de atraída por ningún otro que no fuese Jacob. Sin embargo, Edward y su compañero no se parecían en nada y sus diferencias iban mucho más allá del físico. No sabría cómo explicarlo, pero Edward parecía más… hombre. Un hombre con mayúsculas y letras de neón. Era la masculinidad personificada: viril, misterioso, erótico hasta decir basta, e incluso algo rudo, como uno de esos caballeros oscuros que tanto la seducían de sus novelas de cabecera.

Buscó la cartera en el interior de su bolso antes de enfilar el camino de regreso a la cocina.

—Toma.

—Gracias. —La cogió y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

— ¿Me dejas ver cómo sigue tu herida hoy?

—Sí, claro, está mejor. ¿Puedo? —preguntó desabrochándose los pantalones y subiéndose la camiseta.

Bella asintió por lo que terminó de sacársela por la cabeza y la dejó sobre el mármol de la encimera, desplegando un embriagador desfile de músculos pectorales, abdominales y oblicuos.

Se dispuso a despegar el apósito que colocase la noche anterior y notó que se le secaba la garganta. Cuando las yemas de sus dedos tocaron su piel, percibió un nerviosismo casi pueril, percibiendo cómo ardía cada milímetro de su dermis en contacto con la suya. Rascó con suavidad el esparadrapo, rozando el vello tostado de su abdomen. Estaba demasiado cerca de la prominencia que cubrían los boxers, demasiado, pero no debía dejarse intimidar, era una profesional curtida y como tal debía comportarse. Tiró con fuerza del apósito.

— ¡Ay!

—Lo siento. —Buscó en sus ojos la mueca de dolor, pero sonreía, no le había dolido, solo bromeaba. Le devolvió la sonrisa y trató de concentrar la atención en su herida. La mejoría era notable; si continuaba evolucionando igual de bien, en un par de días estaría cicatrizada por completo.

— ¿Te gusta lo que ves?

— ¿Eh?

—Si crees que tiene buen aspecto.

—Sí, sí, está mucho mejor —respondió sin borrar la sonrisa. Recuperó su pequeño botiquín y volvió a limpiarla para cubrirla con un nuevo apósito—. Creo que con un par de inyecciones más será suficiente, después puedo conseguirte antibióticos en comprimidos y te los tomas durante una semana.

— ¿Tienes las inyecciones?

—Sí. Están aquí —indicó mostrándole los dos pequeños envases de cristal—. Esta noche puedo ponerte una y mañana la otra.

—No quiero importunarte más, te agradezco mucho lo que has hecho por mí, pero yo me las administraré.

—No me importunas, puedo hacerlo.

—Bella, has sido muy amable conmigo, pero esta misma tarde regreso a Rota. Ya me he inyectado medicamentos con anterioridad y estoy seguro de que en la base tendrán antibióticos, no te preocupes. Has sido muy atenta conmigo, mucho, por eso te agradeceré que me digas cuánto te debo —pidió tomando la camiseta de la encimera, poniéndosela.

— ¿Cuánto me debes? —aquellas palabras habían sonado tan frías en sus labios que no pudo evitar sentirse ofendida, aun sabiendo que no tenía por qué. En realidad era muy considerado por su parte querer compensarla por su atención, pero ella en ningún momento había barajado la posibilidad de que le pagase. Y, además, acababa de decirle que se marchaba—. Nada, no me debes nada.

—Claro que sí, por el medicamento y por…

—Que no me debes nada —repitió sin molestarse en disimular su disgusto.

— ¿Qué pasa?, ¿por qué te enfadas conmigo?

—No estoy enfadada.

—Sí lo estás, claro que lo estás. Sé que lo has hecho de buena voluntad, pero me hace sentir incómodo que no me permitas recompensarte de algún modo.

—No es necesario.

—Insisto.

— ¿Quieres recompensarme por lo que he hecho?

—Por supuesto.

— ¿Estás seguro?

—Claro.

—Pues págame con tiempo.

— ¿Con tiempo?

—Sí, págame con tu tiempo. Dame un día.

— ¿Y eso cómo se hace? —preguntó con una sonrisa pensando que bromeaba.

—Dame el sábado.

—Lo dices en serio, ¿verdad? —Ella asintió, seria, apretando los labios, y su mente volvió a llenarse de imágenes calenturientas—. Está bien, explícame cómo puedo darte un día. ¿Quieres que sea tu esclavo por un día o algo así?

—Ven conmigo a una boda. —El gesto jovial de Cullen se transformó en incredulidad. No podía creer lo que estaba pidiéndole.

— ¿A una boda?

—Sí, es el sábado, en Los Caños de Meca, en Cádiz.

— ¿Pasado mañana?

—Sí.

—Es un poco precipitado, aunque por mi parte no hay problema en acompañarte, pero… en fin, ¿por qué yo?

—Porque no puedo presentarme sin pareja. El tipo con el que pensaba ir me ha dejado plantada y ninguno de mis amigos que conozca a la novia vendría conmigo.

—Vaya, es muy alentador saber que soy tu última opción. ¿Qué problema hay con la novia?

—Que es un mal bicho, pero más aún lo es su madre. Son como la madrastra y la hermanastra de Cenicienta, solo les faltan las verrugas.

—Guau, qué plan. ¿Cómo podría resistirme? —rió—. ¿Y por qué vas? Me gustaría saber por qué vas a asistir a una boda si no soportas a la familia de la novia.

—Por mi madre. La novia es mi prima y mi madre era su madrina. Ella la quería mucho y sé que le habría gustado que asistiese a la boda en su nombre, aunque yo preferiría subirla a un cohete y mandarla a la luna.

—Es muy honorable por tu parte hacer algo así. Claro que iré contigo, es lo menos que puedo hacer después de lo que has hecho tú por mí. —Bella no pudo disimular su felicidad—. Pero lo haré con una condición.

— ¿Cuál?

—Que me vuelvas a cantar Dark Horse.

— ¡¿Qué?! Así que me oíste.

—Cuando llegué arriba, claro, aunque al principio dudé si era un gato que maullaba.

—Muy gracioso, pero ya has dicho que sí y estoy segura de que la palabra de un SEAL es sagrada, con todo ese rollo del honor y demás. Así que olvídate de volver a oírme cantar —afirmó convencida, y él sonrió resignado. Tenía la sonrisa más bonita que había visto en toda su vida.

Con el mentón afeitado aparentaba realmente su edad, pero no sabía si le gustaba más o menos con la barba de varios días. Su atractivo era arrollador en ambos casos. ¡Y había accedido a acompañarla a la boda de Jessica! No podía siquiera imaginar la cara de estupor de su tía Lauren y de su prima cuando la viesen aparecer con él del brazo. Estallarían de celos. Habría una explosión en la cueva de las brujas.

— ¿Qué maldad estás pensando? —le preguntó, devolviéndola a la realidad.

— ¿Yo? Ninguna.

—Quien a solas ríe, de sus maldades se acuerda, solía decir mi vecina María, la madre de mi mejor amigo de la infancia.

—Una mujer muy sabia —dijo sacando dos tazas de café del mueble—. Ayer me dejaste con el café servido, te lo tomarás hoy, ¿verdad?

—Sí, claro. Solo.

— ¿Tu padre vive en Norteamérica? —preguntó sirviéndole y haciendo lo propio con su taza.

—Sí, vive feliz en su pequeña unifamiliar en Palmetto, Georgia, a treinta minutos en coche de casa de mi hermano. A pesar de su discapacidad, es muy independiente…

— ¿Discapacidad?

—Sí. Tiene una prótesis en la pierna izquierda desde la rodilla.

— ¿Una herida de guerra?

—Lo cierto es que no, a él le gusta decir que perdió la pierna en Vietnam, pero en realidad fue en un accidente de tráfico hace diez años. A pesar de ello hace una vida completamente normal: vive solo, conduce, sale a caminar y sigue el ritmo de los nietos.

— ¿Cuántos sobrinos tienes?

—Dos. Jorge y David. Están en plena edad del pavo y son terribles. En especial Jorge, no piensa en nada que no sean chicas y en que a cada regreso de una misión le lleve de recuerdo algo con que impresionarlas.

—Tienen nombres españoles.

—Su madre, Alice, es española.

—Es cierto, me lo dijiste anoche.

—Hasta hace poco en su casa nos tenía prohibido hablar en inglés, era el único modo de que los chicos adquiriesen la lengua con normalidad. Y funcionó —admitió antes de dar un nuevo sorbo a su taza.

—Edward, ¿puedo preguntarte por qué tienes que regresar esta noche a Rota?, ¿es que te marchas pronto?

—El lunes regreso a Atlanta, quería hacer muchas cosas en muy poco tiempo…

—Y ahora además te he comprometido a asistir conmigo a la boda.

—No te preocupes, me servirá para despejar la mente. Acompañar a una joven y simpática enfermera al enlace de una de las hermanastras de Cenicienta no parece un mal plan.

—Y después, ¿tendrás que volver a Afganistán?

—No lo sé. No me gusta pensar en qué sucederá cuando regrese, prefiero esperar a que llegue sin más. —Su sinceridad la conmovió, así como aquel modo de vida que aún no alcanzaba a imaginar. Todavía no sabía qué ocultaba Edward, pero ya entonces estaba convencida de que no era peligroso, al menos no para ella. Era educado, atento y se preocupaba por su familia. Estaba muy alejado de la imagen que le causó en la ambulancia la primera vez que le vio con aquellos tatuajes y cicatrices. Era simpático, incluso bromista, cercano y encantador.

Le observó alejarse a través de la ventana de la cocina con el pequeño paquete que ella le había entregado. Aquellos vaqueros se le ajustaban a las nalgas como un guante. Lástima que no sería ella quien le administrase las dos inyecciones restantes, porque aquellos glúteos eran un homenaje a la anatomía griega. Tórrido, por supuesto.

En su interior pidió: Que se vuelva, que se vuelva, porque en su ley no escrita sobre las relaciones, si el chico volvía a girarse después de despedirse significaba que estaba interesado. Y se volvió, le dedicó un guiño antes de abrir el portón de forja y ella creyó que se derretiría como la mantequilla al sol.

Después de cenar, sentada en el sofá con Rose viendo la televisión, repasó una y otra vez dentro de su mente cada detalle de su conversación aquella tarde.

Las comisuras de sus labios cobraban vida propia cuando recordaba que le había pedido que volviese a cantarle Dark Horse, y enrojecía de pudor al recordar cómo la había transportado entre sus brazos hasta el dormitorio, como si pesase menos que una pluma.

—Te gusta ese chico, se te nota a la legua.

—Qué más da, se marcha esta noche.

— ¿Se va?

—Sí, el lunes regresa a Estados Unidos. —Su amiga hizo un mohín de disgusto —. Pero antes vendrá conmigo a la boda de mi prima.

— ¡Aaaaah! ¡No me lo creo!

—Pues créetelo.

—Tu prima se va a poner verde de envidia, y tu tía… Tu tía cogerá la escoba y saldrá volando para no verte. ¡Cómo lo voy a disfrutar! —decía frotándose las palmas de las manos—. Mira que decirte que sería una lástima que no tuvieses quién te acompañase, la muy cerda. Le van a salir granos de envidia cuando le vean.

—Qué exagerada.

— ¿Exagerada? Pero ¿tú le has visto? Pero si tiene que haber un socavón enorme en el Olimpo después de que se les haya caído ese dios. ¡Cómo está el americano!

—Ya, pero imagino que ella estará demasiado enamorada de su novio como para fijarse en Edward.

—Tu prima no trabaja en la ONCE, ¿verdad? Pues ya te digo yo que se fijará y le dará acidez de estómago.

Aquella misma noche, cuando Cullen llegó a la casa de Eleazar Denali, situada en la urbanización Costa Ballena, muy cercana a la base naval de Rota, este le preguntó si había hallado en Sevilla lo que había ido a buscar.

Eleazar era uno de los mejores amigos de su padre, ambos combatieron juntos en Vietnam y, según ellos mismos, esto los había convertido en familia. Estaba casado con una roteña y se había pasado más de media vida destinado en la base, aunque vivía fuera, en un espectacular chalé frente al mar.

Eleazar lo observó con severidad, él había desaprobado que se marchase a la capital hispalense, a dar vueltas por la ciudad sin ton ni son, en pos de no sabía qué.

—No sé lo que buscaba, Eleazar, pero al menos he encontrado algo de paz.

— ¿Paz? —preguntó sin entenderle—. Aún no sabes nada, hasta que no pasen las semanas y te entreguen esos malditos resultados, no sabrás nada.

—Tranquilo, seguro que todo es un error o una mentira de esa mujer. A saber, la gente hace cosas terribles por dinero —trató de consolarle Carmen, la esposa de Eleazar, a la vez que le servía un plato de consomé y se sentaba a su lado en la mesa. Tanto ella como su esposo habían cenado hacía rato ya.

—No lo sé. Casi no necesito esas pruebas después de ver las fotografías que me ha mostrado. Aun así, he decidido que no voy a planear nada, no voy a hacer ni a pensar en nada hasta que no tenga el resultado de esas pruebas. Si es cierto lo que cuenta esa señora, regresaré y entonces las buscaré.

Carmen Denali le dedicó una mirada cargada de ternura. Los había visto crecer, a él y a su hermano Jasper; habían sido vecinos durante seis años, cuando ella y Eleazar aún vivían en La Mata, el poblado militar de la base naval de Rota; y ella, a quien la virgen del Carmen de quien era devota no le había enviado hijos, había querido a esos pequeños como si fuesen de su propia sangre.

Cuando su madre, Esme, enfermó y tomaron la decisión de regresar a Alabama para recibir tratamiento, le dolió en el alma no poder estar a su lado para cuidar de ella y sus hijos en un momento tan difícil.

Su pérdida fue un duro golpe, Esme era una mujer decidida, fuerte y luchadora, dones que tanto Jasper como, en especial, Edward habían heredado. Él era quien más se le parecía y quien más unido había estado a ella hasta el último de sus días.

Al mirarle, sobre todo a los ojos, le parecía verla a ella de nuevo. El pequeño Edward se había convertido en un joven fuerte y bien parecido de quien Eleazar celebraba con orgullo paternal cada uno de sus pasos: el teniente más condecorado de su promoción, el más rápido en combate, un soldado sin miedo a la muerte y un líder de equipo como pocos, decía.

Pero en su interior, Carmen temía que estuviese a punto de enfrentarse a la misión más difícil de toda su vida.


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