DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


7 - Ni en un millón de años

Bella se vistió frente al espejo con el uniforme azul y naranja fosforescente y pensó en lo maravilloso que sería volver a encontrárselo en la calle, eso sí, sin ambulancia de por medio. Al menos sabía que al día siguiente le vería en la boda de su prima Jessica.

Edward le había dicho que iría directamente desde Rota con el coche de unos amigos y se habían citado en el Hostal Alhambra, en Caños de Meca, a las cinco de la tarde, para tomar un café y desde allí llegar juntos al Bora Bora Beach Club, el exclusivo club privado frente al mar en el que se celebraba la ceremonia civil. Cuando se despidieron le había dado su número de teléfono y desde entonces, cual quinceañera, disfrutaba metiéndose en WhatsApp, comprobando su última conexión, resistiendo a duras penas la tentación de enviarle un mensaje por temor a parecer desesperada.

Salió del vestuario y en el pasillo se cruzó con Jacob, que la miró de reojo y continuó su camino hacia el estar sanitario. No se había tomado nada bien que hubiese decidido poner fin a su relación, a pesar de que, si miraba hacia atrás, ni siquiera podía calificarla como tal. Estaba convencida de que su determinación le había desconcertado; ella había estado siempre ahí, dispuesta a caer en sus brazos con solo un chasquear de dedos, y debía ser difícil para él asimilar que esta vez no iba a salirse con la suya.

Por la mañana realizaron algunas salidas de poca importancia, durante las cuales trató de aparentar normalidad. Sin embargo, tras un par de comentarios del tipo: Para que luego digan que los tíos somos egoístas, dale un dedo a una mujer y se cogerá la mano entera, Harry debió olerse que algo andaba mal entre ellos y le dedicaba miradas fugaces llenas de resignación por su actitud.

Jacob le dirigió la palabra lo justo y necesario, lo que hizo que el día resultase interminable.

Primero no había querido dar importancia a sus desmanes, pero tras el tercer traslado en el que le alzó la voz exigiéndole que colocara la vía intravenosa «de una jodida vez» a una paciente con las venas colapsadas a la que resultaba casi imposible hacerlo, decidió que no le consentiría ni uno más. Canalizó aquella vía en el tobillo de la señora, la trasladaron a toda velocidad al hospital y, en el camino de regreso, cuando subieron a la ambulancia en el asiento delantero, no pudo contenerse más

— ¡La próxima vez que me levantes la voz en un servicio te arrancaré los ojos, Jacob Black! Esto es trabajo y lo que hagamos fuera de él solo nos incumbe a nosotros, pero digiere de una vez que no voy a volver a acostarme contigo o pediré que me cambien de equipo.

Él ni siquiera respondió a sus palabras, giró el rostro hacia la ventanilla del copiloto y se mantuvo callado el resto del trayecto.

Harry tampoco comentó nada al respecto y se limitó a fingir que no había oído nada. Almorzaron en silencio frente al televisor y, en cuanto terminaron, Harry se metió en el cuarto de descanso y se tumbó en la cama, mientras Jacob veía la televisión echado sobre uno de los sillones reclinables del estar. Bella tomó asiento en el sofá contiguo y le miró un instante de reojo.

— Lo siento —se disculpó sin mirarla—. Sé que me he pasado, pero me cuesta entender que de la noche a la mañana…

—No ha sido de la noche a la mañana, Jacob, íbamos a ritmos distintos. Y creo que si no hemos llegado a nada es porque no era nuestro momento. Siento haberte gritado.

—No, me lo tenía merecido —admitió estirando una mano y ofreciéndosela con una sonrisa. Bella la tomó y la apretó con cariño para soltarla después, sintiéndose satisfecha y feliz. —Me gustaría que continuásemos siendo amigos, que al menos nos llevásemos bien.

—Por supuesto —dijo cuándo su teléfono móvil indicaba de acababa de recibir un mensaje.

No te olvides de que mañana tenemos una cita, Cenicienta, Edward

Leyó en la pantalla y no pudo evitar sonreír. Era Edward.

Cómo olvidarlo. He sacado brillo a los zapatos de cristal, Bella

Hum, qué sexy, estoy a punto de pedirte que me pises con ellos, Edward

Al leer su último mensaje se sonrojó y rió por lo bajo. Estaba tan atractivo con aquellas gafas de aviador en su perfil de WhatsApp.

—Así que es eso, ¿no? ¡Estás con otro! —gritó Jacob. Entonces Bella apartó la mirada de la pantalla de su teléfono y se topó con sus ojos cargados de furia.

—No.

— ¡Todo ese rollo de que vamos a ritmos diferentes es una mentira!

— Jacob, no me grites.

— Mentirosa —la increpó arrebatándole el móvil de las manos.

— Devuélvemelo.

— ¿Quién es este tío? —preguntó revisando la conversación, antes de pulsar el botón de llamada, mientras ella trataba de recuperar el aparato.

— Devuélvemelo, Jacob, devuélvemelo o te juro que no volveré a dirigirte la palabra en toda mi vida —pidió tratando de arrebatárselo, pero él la empujó sobre el sofá.

— Quién coño eres tú, ¿eh tío? ¿Quién coño eres tú para mandarle mensajitos a mi novia? —Bella podía oír una voz al otro lado, respondiéndole, pero era imposible entender qué decía.

— ¿Ahora soy tu novia? ¡Devuélveme el teléfono ahora mismo!

— No te pongas chulo. No te pases ni un pelo, tío. ¡Olvídate de ella o te parto el alma, desgraciado! —le amenazó antes de estrellar el teléfono contra el suelo, romperlo en mil pedazos y pisotearlo.

— ¡Eres un gilipollas, Jacob! ¡No vuelvas a dirigirme la palabra en tu vida! — gritó arrodillándose en el suelo junto a los restos de su teléfono.

— ¿Qué pasa chicos? —preguntó Harry saliendo de la habitación—. No sé qué problema tenéis ni lo quiero saber, pero creo que no es ni el momento ni el lugar.

— No, no lo es —sentenció con rabia el joven médico metiéndose en otra de las habitaciones de descanso dando un portazo.

— ¿Estás bien? —preguntó a Bella, que a duras penas contenía las ganas de llorar.

— Me ha roto el móvil, me lo ha roto y se ha quedado tan tranquilo. Y lo peor es que no voy a poder comprarme otro igual, a mí no me sobra el dinero como a él.

— Se ha pasado siete pueblos. Ahora no, pero cuando se calme exígele que te compre uno nuevo.

— No quiero nada de él. Para mí no existe.

— Es complicado cuando trabajáis juntos, Bella.

— A partir de ahora solo es el médico de mi equipo, nada más. ¡Además de un imbécil como la copa de un pino! —profirió incorporándose, con los pedazos de su teléfono entre las manos.

Una vez que estuvo en el cuarto de descanso se tumbó sobre la cama con la mirada perdida en el techo y en silencio liberó las lágrimas, que corrieron por sus mejillas.

No lo merecía, Jacob no merecía que llorase por él. Acababa de demostrarle que no era más que un ser egoísta que pretendía tenerla a su manera o que no pudiese ser feliz con nadie más. Sin embargo, lo que más le dolía era que su arrebato de celos hubiese afectado a Edward. No quería imaginar su reacción, probablemente le habría espantado y lo peor era que ni siquiera podía llamarle para pedirle disculpas, para saber cómo se lo había tomado y si seguía teniendo acompañante para la boda que se celebraba justo al día siguiente.

En cuanto acabase su guardia a las ocho de la tarde, iría directa a la tienda de telefonía móvil para intentar conseguir uno, al menos uno provisional. Cerró los ojos y trató de relajarse, pero resultaba muy difícil.

Si Edward creía las palabras de Jacob, pensaría que era una embustera, que tenía novio y que lo había engañado. Y, aunque no lo creyese, tendría todo el derecho del mundo de pensarlo dos veces antes de volver a acercarse a ella «custodiada» como estaba por semejante energúmeno. Jacob había descargado su rabia en el peor momento, con la persona menos indicada y de la peor manera. Era lo peor. Se le acababa de caer la venda de los ojos de una vez por todas, ni en un millón de años podría perdonarle por tratarla de ese modo.


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