DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


8 - Señor Interrogación

Aparcó el Seat Ibiza de Rose frente a la entrada del Hotel Alhambra con el corazón tan acelerado, que pensaba que el escote en forma de corazón de su vestido iba a explotar. Pero no, aquel vestido rosa pastel le quedaba perfecto incluso después de casi dos horas de coche. Rose la había maquillado de modo natural, con toques rosados con los que resaltar sus bonitos ojos chocolates, y había utilizado en secreto rímel resistente al agua porque estaba convencida de que, como el americano no se presentase a su encuentro, su mejor amiga acabaría llorando de lo lindo.

Se cambió las cómodas sandalias que había utilizado para conducir por unos altos tacones plateados y se acomodó en la terraza del jardín del restaurante.

Cuando se citó con Edward en aquel preciso lugar lo hizo porque le traía muy buenos recuerdos de cuando era niña y veraneaban en Los Caños de Meca. En más de una ocasión se había alojado en alguna de las habitaciones del entonces hostal que, con los años, había ido creciendo para acabar convertido en un hotel familiar.

Un torbellino de recuerdos la invadió: carreras en la explanada de césped, el sabor de la Fanta de naranja, las riñas de su madre a su hermano por tratar de subir al caballo de bronce que presidía el jardín, su padre conversando con alguno de los otros huéspedes en torno a un café como si los conociese de toda la vida…

Adoraban la costa gaditana y cada verano, pasaban unos días en algún camping, hotel u hostal de la zona, y en muchas de esas ocasiones llevaban consigo a su prima Jessica.

Sus padres no eran millonarios, pero en su casa nunca había faltado de nada. René, la madre de Bella, era maestra, y su marido administrador de fincas. En cambio, su tía Lauren, la hermana menor de su madre, no quiso continuar con sus estudios y se casó muy joven con su novio de toda la vida, un fontanero bromista y encantador.

Cuando Lauren y su marido se reunían con su hermana y su cuñado, parecía como si se sintiese acomplejada por la vida sencilla que llevaba en el pequeño pueblo sevillano del que eran originarias, aunque René se esforzaba por evitarlo no hablando nunca, en su presencia, de sus viajes al extranjero ni de los pequeños lujos que podían permitirse.

Ella tenía apenas un año cuando nació su prima Jessica y su madre fue elegida como su madrina, algo que la hizo muy feliz.

La pequeña adoraba a su tía y le encantaba pasar tiempo con ella y su familia, pero aunque esta la trataba como a una hija más dándole lo mismo que a sus hijos mientras estaba con ellos, nada parecía suficiente para Jessica, que quería toda la atención para ella. Esta devoción por René despertó recelos en Lauren, que se sintió menospreciada a causa del encanto y el estatus de su hermana mayor, lo que la llevó a adoptar una actitud hosca hacia ella y su hermano.

Sin embargo, la única vez que había tratado de comentarlo con su madre, esta cortó de modo radical la conversación avisándola de que nadie le diría una palabra en contra de su hermana o su ahijada. Pero lo evidente no necesita ser contado y, tanto ella como Emmet, fueron conscientes de los celos de su tía Lauren hacia su madre, unos celos que se habían trasladado a ambos y así, aunque ante René se mostraba amable y cordial, a su espalda les hablaba con frialdad y escasa delicadeza a pesar de que solo eran un par de niños.

Después del fatídico accidente, su verdadero sentimiento hacia sus sobrinos quedó al descubierto.

Acudió al funeral llorando con amargura a ojos del mundo, los consoló con efusividad en público y les prometió que siempre estaría allí para ellos, pero los meses pasaron sin que supieran nada de ella, ni de Jessica.

Bella y Emmet tuvieron que reconstruir su vida por sí mismos, y superar el dolor apoyándose el uno en el otro y en sus tías paternas, Sue y Leah, las hermanas menores de su progenitor, quienes, a pesar de vivir en Barcelona de donde la familia era originaria, los visitaron con frecuencia, les ofrecieron sus casas y les telefonearon casi a diario, haciéndolos sentir que estaban mucho más cerca que Lauren, que residía a unos escasos treinta minutos de Sevilla.

Dio un sorbo a su café y volvió a mirar el reloj, las cinco y cuarto.

Si no aparecía tendría que ir a la boda sola y, si esto no era ya suficiente mal trago, debería justificar ante Jessica y su madre el cubierto vacío, a pesar de que pensaba costearlo de su bolsillo y que, con el importe que le había ingresado como regalo de boda, quedaba más que pagado.

Restaban solo cuarenta y cinco minutos para el enlace, pero le esperaría un poco más, pues el lugar en el que se realizaría la ceremonia estaba muy cerca y aún tenía una pequeña esperanza de que llegase.

Miró el móvil. Rose le había dejado su Samsung Galaxy, un teléfono con el que no se aclaraba y al que tuvo que recurrir cuando en la tienda de telefonía móvil de su compañía le dijeron que no solo el teléfono estaba destrozado, sino que la tarjeta SIM había quedado inutilizada. Hubo de acudir esa misma mañana muy temprano, pues la tarde se había complicado con un accidente de tráfico y habían terminado su turno más tarde.

Cuando al fin llegó a casa con el duplicado, al introducirla en su antiguo móvil, que aún conservaba, este no la reconocía. Lo reinició una y otra vez, pero no sirvió para nada, y ya no tenía tiempo para ir y volver, tenía que prepararse para la boda y el teléfono de Rose pertenecía a otra compañía. Así pues, estaba incomunicada.

Ya he llegado, sana y salva. Acércate y díselo a Rose, por favor, Bella

Ok, pequeñaja. Cuidado con el Bicho, respondió su hermano, seguido del emoticono de una cara horrorizada.

Los minutos transcurrían despacio mientras esperaba. A las cinco y treinta y seis se levantó y fue hacia la barra a pagar su café, mentalizándose de la nueva situación y maldiciendo a Jacob una vez más. Edward había preferido evitar a alguien que acarreaba a un psicópata celoso a sus espaldas y no podía culparle por ello.

Edward estaba preocupado, después de que su conversación con el supuesto novio de Bella acabase de modo tan abrupto, había intentado contactar con ella, pero el único medio de que disponía era su móvil y parecía no funcionar desde la noche anterior.

Además, llevaba una mañana de locos, y no tenía manera de advertirla de que llegaría tarde a su cita, pero llegaría. El tanque de agua que había en el techo del chalé de los Denali había reventado aquella misma mañana. El salón y la cocina se hallaban inundados y, dado que tanto el comandante como su esposa superaban los setenta años, poca ayuda había podido ofrecerle a la hora de acarrear muebles y salvar lo imprescindible. Por suerte, su traje recién comprado estaba intacto dentro del armario.

¿Quién iba a decirle, cuando viajó a Rota en busca de respuestas, que acabaría asistiendo a una boda, en una playa de Cádiz, junto a una preciosa enfermera sevillana?

El mundo giraba y giraba y nunca dejaba de sorprenderle. En aquel momento en el que no quería pensar, en el que el futuro le parecía una gran nube oscura plagada de incertidumbre, aquella joven había aparecido en su vida como un pequeño sol resplandeciente y le provocaba la sonrisa con solo recordarla. Sin saberlo, Bella le había ayudado a evadirse de aquello que le atormentaba. Ahora solo esperaba que, después del espectáculo de la noche anterior, ella estuviese bien y no pensara que no la iba a acompañar.

Una mujer no pertenece a nadie más que a sí misma, si aún no sabes eso es que no llegas ni a imbécil, le había dicho a aquel energúmeno antes de que se cortara la comunicación. Esperaba que el tipo no se hubiese atrevido a alzarle la voz siquiera, porque solo de pensarlo le asaltaban unas insanas ganas de ir a buscarle y retorcerle el cuello hasta dejarle sin aliento.

Estaba ansioso por volver verla.

Resultaba irónico: él siempre había sido un hombre de morenas y en España, un país de morenas espectaculares, había encontrado a una rubia que le provocaba que el corazón le palpitase en la garganta… y mucho más abajo.

Hacía casi seis meses que no tocaba a una mujer, que la continuidad de sus misiones había impedido al teniente Cullen saciar su sed con el cuerpo caliente de una compañera. Pero hacía mucho más que no deseaba tanto a una mujer como la deseaba a ella. En realidad, no recordaba haberlo hecho con semejante intensidad en ninguna otra ocasión. Aquella joven de ojos chocolate y sonrisa dulce parecía tan frágil, y sin embargo había mostrado tal arrojo al enfrentarlo, al insistir en ofrecerle su ayuda una y otra vez sin conocerlo… No cabía duda de que era muy especial.

Las manos le sudaban y sentía una especie de incómodo hormigueo en el pecho.

Mientras aparcaba, se repetía que solo estaba allí para devolverle el favor, aunque por dentro en lo único en lo que podía pensar era en su boca, en su sonrisa y en aquellas braguitas color lavanda que le provocaban un hondo pálpito con solo recordarlas.

Bella abandonó el restaurante suspirando. En menos de diez minutos se enfrentaría a una de las situaciones más incómodas de su vida, y lo peor era que podría haberlo evitado inventando una excusa al igual que su hermano, pero su conciencia no se lo había permitido.

Ahora le tocaba cumplir su palabra: asistiría a la ceremonia, al convite, y, en cuanto partiesen la tarta, tomaría el camino de regreso a Sevilla y se olvidaría de aquel día, como si nunca hubiese existido. O no. Quizá no fuese a resultarle tan sencillo olvidar aquel día…

—Lamento el retraso —dijo alguien a su espalda, cuando estaba metiendo la llave en la cerradura de su coche—. Estás preciosa.

Se volvió, le miró y recordó las palabras de Rose: Tiene que haber un socavón enorme en el Olimpo después de que se les haya caído ese dios.

Por todos los santos, cuánta razón tenía. No existía en el mundo hombre más atractivo que Edward Cullen vestido con aquel traje que se ajustaba a sus formas con elegancia. Estaba guapísimo con el cabello peinado hacia un lado y un ligero tupé desenfadado, con un afeitado apurado al máximo que dejaba al descubierto su masculino y seductor mentón cuadrado.

— Yo pensaba que tú…

— ¿Qué no vendría? Siempre cumplo mi palabra, ¿qué es un soldado sin honor? — bromeó guiñándole un ojo con picardía—. Tu móvil no funciona desde ayer, hoy te envié varios mensajes porque tuve un contratiempo, pero no sabía cómo localizarte y en el hotel no había manera de que cogiesen el teléfono.

— Lo importante es que has venido. No pude ver tus mensajes porque no tengo teléfono. Anoche Jacob lo rompió.

— Jacob es el tipo con el que hablé, ¿verdad? —Ella asintió—. Así que lo rompió. ¿Te hizo algo?

— No, a mí no. Estaba furioso y lanzó el teléfono al suelo. No ha llevado bien que…

— ¿Que le dejaras?

— En realidad, fue él quien puso el punto y final a lo nuestro. En todo caso, lamento que te hablase de ese modo.

— No te preocupes, no es el primero que amenaza con darme una paliza.

— Eso fue divertido.

— ¿Divertido?

— Sí, porque él es alto, pero está muy delgado y tú…

— Yo ¿qué?

— En fin. Tú estás muy… Quiero decir que… estás más fuerte.

— Gracias. —Aceptó el cumplido con una amplia sonrisa, como si supiese que en realidad en su mente había utilizado otro adjetivo para calificarlo, otro mucho más sensual—. Estás preciosa.

— Y tú muy elegante.

— ¿Qué tal si nos vamos? No vaya a ser que la bruja nos esté esperando con la escoba en la mano —dijo guiñándole un ojo—. ¿En qué coche vamos?

— En el tuyo, por favor. No me apetece conducir ni quitarme los tacones. — Sus palabras provocaron que Edward se fijase en sus pies, en sus zapatos plateados, en aquel largo vestido de seda que ocultaba unas piernas que sabía preciosas.

— Vámonos pues —añadió pulsando el mando de la llave del vehículo. Un BMW todoterreno azul marino repiqueteó en el lado opuesto del aparcamiento. Cullen caminó hasta la puerta del copiloto y la abrió para ella, que subió deleitada con su caballerosidad. La cerró y ocupó su lugar, manos al volante.

— Guíame.

— Vale. Tienes que salir hacia la izquierda como si fuésemos al faro de Trafalgar —indicó mientras arrancaba—. Dices que no es la primera vez que te amenazan con darte una paliza, ¿sueles meterte en problemas?

— Mi trabajo consiste en meterme en problemas, pero en mi vida real no, no suelo meterme en problemas.

— ¿Tu vida real? ¿Es que la otra no lo es?

— No, claro que no. Cuando estoy en una misión me limito a cumplir órdenes, sean cuales sean. En casa, cuando solo soy un civil, mis respuestas y mis reacciones son distintas, por supuesto. Pero es algo que hacemos todos, ¿no crees? Cuando llegas a un accidente y sabes que la vida de otros depende de ti, ¿eres la misma Bella que cuando estás en casa viendo la televisión?

— Sí, claro.

— ¿Estás segura? ¿Actúas del mismo modo, respondes de la misma forma?

— Pues no lo sé…

— Hay una versión de ti en cada situación: la Bella enfermera, la Bella hermana, la Bella compañera de trabajo, la Bella amiga… Todas son tú y, aunque compartan rasgos comunes, también son distintas. Como las caras de un dado.

— ¿Eso también te lo enseñaron durante el entrenamiento? —preguntó en tono jocoso.

— No, eso me lo enseñó mi madre en una ocasión en la que discutí con mi hermano. ¿Por aquí? —Bella asintió, escuchándolo entusiasmada—. Nos peleamos por una pelota de baloncesto firmada por Shaquille O'Neal, que él prestaba a todos sus amigos y, sin embargo, a mí no me dejaba ni tocar. Le dije a mi madre que mi hermano era un hipócrita, que ante sus colegas era muy simpático y conmigo no era así, y ella me explicó que somos distintos con cada persona que tenemos ante nosotros, en cada situación a la que nos enfrentamos, y que no por eso somos hipócritas. Y después le tocó a Jasper aprender la lección de compartir y contemplar de malhumor cómo yo me echaba canastas durante toda la tarde —relató con una sonrisa.

— Tu madre debía ser una gran mujer.

— Lo era. Y estoy convencido de que la tuya también.

— Mi madre era maravillosa. Hacía feliz a cuantos la rodeaban y tenía una risa absolutamente contagiosa —dijo con melancolía—. ¡Mi hermano Emmet se parece mucho a ella en ese sentido!

— ¿Vive en Sevilla? ¿Tu hermano?

— Sí. Después del accidente pidió el traslado y se vino a vivir con Rose y conmigo una temporada. Ahora tiene un apartamento en el centro, pero es como si continuase viviendo en casa porque se pasa todo el día controlándome, mucho más de lo que lo hacían mis padres.

— Es normal, teniendo una hermana como tú.

— ¿A qué te refieres con eso de "una hermana como tú"? Que yo sepa tú aún no has visto la cara chunga de mi dado —bromeó.

— A un pibón de hermana como tú, me refiero —aclaró guiñándole un ojo antes de bajar las gafas de sol que descansaban en su cabello y ocultar su enigmática mirada. Bella apretó los labios tratando de contener una sonrisa—. Y no creo que tengas ninguna cara chunga.

— Te veo muy puesto en el español coloquial.

— Soy un poco español.

— Sí, tan español como el beicon—. Se acomodó en su asiento y se relajó. Lo había hecho, Edward había acudido a su cita y además acababa de llamarla pibón. Sonrió. Se sentía tan halagada que su ego había ascendido como un globo de helio en el cielo despejado.

Solo hacía unos días que le conocía y lo único que sabía de él era lo que le había contado, sin embargo, no había dudado en acompañarla a la que sería una de las situaciones más incómodas de su vida.

Si se detenía a pensarlo, tan solo podía dar gracias a Jacob por negarse a acompañarla, porque le apetecía estar allí, justo allí, con él, conversando, conociéndole y descubriendo cada detalle de su vida que estuviese dispuesto a compartir con ella.

El todoterreno se detuvo al final de la cola de vehículos estacionados. Jessica y su futuro esposo Michael debían tener varios centenares de invitados a juzgar por la cantidad de coches, todos de marcas de gran lujo. Descendieron del BMW y comenzaron a caminar hacia la entrada del Club, adornada con grandes adornos florales envueltos en seda blanca.

— Vaya coches.

— Tampoco es que tú vengas en un utilitario.

— Es de Eleazar, el amigo en cuya casa me alojo. Yo tengo un Pointer de diez años en Alabama, pero no se lo digas a ninguno de estos ricachones — susurró provocándole una arrebatadora sonrisa.

El tono oscuro de sus ojos resaltaba de manera espectacular gracias a aquel vestido rosa ceñido que, además, realzaba su pecho de una manera vertiginosa. Edward se sentía abrumado, parecía que acompañase a la auténtica Cenicienta al baile, solo esperaba que no encontrase a ningún príncipe dentro que se la arrebatase—. Y bien, nosotros, ¿qué somos? ¿Somos novios? ¿Amigos? ¿Amantes? Si nos preguntan, tendremos que dar la misma respuesta.

— Somos novios. Y, ya que estás, no estaría mal que dejaras caer que soy fantástica y estás completamente enamorado porque soy una chica sincera…

— Sobre todo eso —chascó, y ella le dio un golpecito en el hombro.

— Bondadosa, simpática, generosa…

— Y una fiera en la cama.

— ¡No! Eso no.

— Está bien, diré que eres pésima en la cama —bromeó, y Bella le pellizcó en el brazo—. ¡Ay! Y además un poco violenta. ¿Y nos conocimos…?

— En la calle, en un pub como todo el mundo.

— Nada de atracos callejeros.

— Nada de nada, no se lo creerían.

— Vaya, no se creerían lo único que es cierto.

El que debía ser el novio esperaba a la entrada del salón donde se realizaría la ceremonia. Era mucho mayor que su prima, sin duda. Abundantes canas plateaban sus sienes, la única parte de su cabellera que poseía algo de pelo, y su nariz era aguileña y prominente, así como su papada. Tenía los ojos algo hundidos y un surco de sudor comenzaba a marcar el cuello de su elegante camisa de algodón blanco.

Bella no pudo evitar pensar que su prima, siempre tan preocupada por el físico de sus anteriores parejas, había sentido un flechazo de amor a primera VISA con Michael Newton, el heredero de las bodegas más importantes de todo Jerez de la Frontera.

Sintió pena.

El dinero nunca le proporcionaría la felicidad y, para cuando se diese cuenta, habría desperdiciado media vida junto a un hombre al que no amaba. Aunque quizá se equivocaba y en realidad José Antonio era un dechado de virtudes que la había enamorado con su personalidad… Iba a acercarse a saludarlo mientras esperaban la llegada de la novia cuando oyó, a su espalda, una voz femenina que la llamaba desde cierta distancia.

— ¡Bella! ¡Bella!

Cuando se giró no tuvo dificultad para reconocer a la joven que apresuraba el paso en su dirección dando pequeños saltitos con los tacones de plataforma, era una de las mejores amigas de su prima.

— ¿Amiga o enemiga? —le susurró Edward al oído, colocándose detrás de ella y agarrándola por la cintura.

— Enemiga —cuchicheó Bella—. Hola, Sofía.

— Cuánto tiempo, Bellita —dijo al alcanzarla, y la saludó dándole dos besos en las mejillas, aunque sin apartar los ojos de su acompañante, que había soltado su abrazo. La sonrisilla pícara le hizo saber que Edward le había producido el efecto deseado, estaba impresionada.

— Edward, te presento a Sofía. Sofía, él es Edward, mi novio.

— Vaya, encantada —dijo la joven morena a la que el escote en uve de su microvestido de lentejuelas se le alargaba hasta límites que abochornarían a la mismísima Pamela Anderson. Se acercó a él y le obsequió con el par de besos de rigor.

— El placer es mío —respondió él con una sonrisa mientras sus ojos se desviaban de modo fugaz hacia aquel punto comprimido de la anatomía de la joven, cuya sonrisa se hizo aún más amplia.

—No eres de aquí ¿verdad?

— No, soy norteamericano.

— ¿De dónde?

— De Alabama.

— ¡Oh! Sweet home Alabama, where the skies are so blue. Sweet Home Alabama, Lord, I'm coming home to you…—canturreó Sofía con los ojos chispeantes.

— De ahí mismo —le rio la gracia él.

— Me encantaría ir a Estados Unidos, es un país que me muero por visitar — afirmó reajustándose el escote con poco disimulo.

— ¿Entramos? A ver si al final vamos a llegar tarde —intervino Bella, cansada de parecer pintada en la pared.

— Uy, claro. Vamos —dijo Sofía adelantándose. Tomaron asiento en el interior del salón para esperar la llegada de la novia, y ella se encargó de situarse en una bancada muy posterior a la de su antigua amiga. Estaban quemándole unas palabras en los labios, y en cuanto se quedaron a solas no se contuvo.

— Un poco más y te la comes con los ojos.

— ¿Qué?

— A Sofía. Mejor dicho a sus tetas.

— No estaba mirándole las tetas —rebatió sin demasiada convicción.

— ¿No? Pues le estarías haciendo una radiografía con los ojos.

— ¿Estás celosa?

— ¿Yo? ¿Por qué iba a estarlo? Es solo que no veo lógico que mi supuesto novio ande comiéndose con los ojos a cuánta pechugona se ponga por delante.

— No fue mi culpa, se las recolocó frente a mi cara y no soy ciego, Bellita.

— De eso ya me he dado cuenta. Y no me llames Bellita.

— Al menos ella se sabía la canción.

— ¿Te sabes tú alguna sevillana?

— No.

— Pues estamos en paz. Cuando te aprendas una, me la cantas.

— Lo haré. Y tranquila, me gustan más pequeñas, que me quepan en la mano. —Bella buscó sus ojos, lucía una amplia sonrisa de satisfacción y petulancia. Desvió la mirada y también ella sonrió a escondidas. Le gustaban como las suyas.

Pocos minutos después el sonido de un claxon les hizo saber que la novia estaba llegando y el novio recorrió el pasillo central, situándose en su posición ante el altar.

Jessica hizo acto de presencia pocos minutos después agarrada del brazo de su padre. La música de piano en vivo anunció su entrada, con toda la pompa, parsimonia y pedrería que ella había previsto. Al pasar a su lado, su tío le dedicó una amplia sonrisa, al contrario que su prima, que la miró sin dedicarle el menor gesto de complicidad y siguió adelante como si no la hubiese visto. Fue una ceremonia larga en la que el oficiante se extendió hablando del amor y alabando a los novios a los que, al parecer, conocía bien. La tía Lauren, sentada en primera fila, lloraba a moco tendido.

Por suerte, su maquillaje parecía a prueba de tsunamis.

— ¿Todas las bodas españolas son así? Esto es una tortura —le susurró al oído, haciéndola reír.

— No todas, solo las pijas —respondió. Entonces sintió cómo cogía su mano y entrecruzaba sus dedos. Le miró y él le guiñó el ojo, pero no dijo nada.

Cuando al fin acabó, salieron al exterior, como buena invitada arrojó arroz a los novios y esperó a que la mayoría de asistentes los felicitase antes de acercarse. Había llegado el momento de darles la enhorabuena.

— Vamos, puedes hacerlo, va desarmada —susurró Edward como si acabase de oír sus pensamientos.

La hizo reír y la risa se llevó algo de la tensión que sentía. Caminó hacia los recién casados, pero su tío se cruzó en su camino y la abrazó, dándole dos efusivos besos en las mejillas.

— Pero qué bonita estás sobrina, cada día que pasa estás más guapa —dijo sonriendo con su cara de luna llena. Ella percibió que los dos años que llevaban sin verse habían transcurrido de modo agradecido sobre sus facciones, estaba igual que siempre.

— Gracias, tío. Tú también estás muy guapo.

— La que está guapa es Jessica, ¿verdad, Bella? — intervino Lauren entrando en escena—. Ella siempre ha sido guapa, pero hoy lo está todavía más.

— Sí, está muy guapa.

— Pero qué blanca estás, con este tono de piel ese vestido no te va nada. Deberías haber tomado el sol o rayos Uva antes de la boda, estás demasiado pálida. ¡Pero qué alegría que al final hayas podido venir! —proclamó antes de darle dos besos ficticios en las mejillas. Demasiado pálida, decía ella, que vestida con un traje amarillo pastel parecía un inmenso sorbete de limón.

— Hace cuatro meses que confirmé mi asistencia, tía.

— Sí, pero con ese trabajo que tienes una nunca sabe. ¿Y tú quién eres? — preguntó deteniendo sus pequeños ojos grises en Edward, que permanecía en silencio, y recorriéndole de pies a cabeza.

— Es mi…

— Soy su pareja, señora —dijo rodeando a Bella por la cintura con sus brazos, en un cariñoso gesto de posesión—. Y, si me permite decirlo, el hombre más enamorado sobre la faz de la Tierra. Estoy encantado de conocerlos al fin, enhorabuena por el enlace. —Ella lo besó en las mejillas y su tío le estrechó la mano.

— No eres de Sevilla, ¿verdad?

— No, soy de Alabama. —La expresión de sorpresa de su tía bien habría valido una fotografía de recuerdo.

— ¿Y vives en Sevilla? —Vaya, aquello no lo habían hablado, pensó Bella.

— Aún no, pero es algo que estamos barajando, porque cada día que paso lejos de Bella siento que me falta la vida.

— Pues cuídamela, muchacho. Mi sobrina se merece a un hombre hecho y derecho, espero que seas ese hombre —advirtió su tío. Bella no pudo evitar pensar que ojalá hubiese mostrado esa misma preocupación cuando ella más lo necesitó, aunque estaba convencida de que no lo hizo para evitar enfadar a su mujer.

— Lo soy, señor, puede estar seguro. ¿Verdad, cariño? —preguntó besándola en la mejilla y provocando que una marabunta de hormigas rojas le ascendiese por la garganta ante el mero contacto de sus labios sobre su piel. Fue incapaz de responder.

— ¿Y a qué te dedicas? —preguntó Lauren.

— Soy dueño de una empresa aeronáutica.

— Eso suena muy interesante —dijo su tío Mateo, que parecía impresionado.

— Lo es.

— El marido de Jessica es dueño de las mejores bodegas de Jerez y se han comprado una casa enorme en Sotogrande —dijo con un rictus altivo, sin poder disimular el malestar interior que conocer al supuesto novio de su sobrina le había producido—. Bueno, vamos a seguir saludando a los invitados, Mateo.

Ambos se alejaron para atender al resto de invitados que deseaban felicitarlos y los dejaron a solas; momento en el que Edward liberó a Bella de su abrazo permitiéndole pensar con claridad de nuevo. Los novios habían desaparecido para tomarse fotografías antes del inicio del banquete, tendría que felicitarlos después.

— ¿Nos sentamos un momento? Creo que tus pies lo piden a gritos.

— ¿Tanto se me nota?

— Solo cuando cojeas —bromeó—. Sentémonos ahí —indicó señalando un banco de madera a la sombra de uno de los frondosos árboles que decoraban el jardín. Tomaron asiento, y Bella se deshizo de los zapatos y posó los pies desnudos sobre el césped.

— No te burles de mí.

— No me lo pongas tan fácil.

— ¿Así se comporta "el hombre más enamorado del mundo"? Te has pasado un poco, ¿no crees? Y no hacía falta que me sobases tanto.

— Me dijiste que fuese efusivo.

— Pero no tanto, casi te me declaras ante mi tía —respondió muy seria, cuando en realidad se había derretido al sentir su torso contra la espalda y al oír aquellas palabras. Y se descubrió fantaseando con que fuesen reales y no una fingida interpretación—. ¿Así que eres dueño de una empresa aeronáutica? ¿No podías haber elegido algo más común?

— Fue lo primero que se me ocurrió, pues me paso más tiempo con los pies en el aire que en el suelo.

— Bueno, por lo menos creo que ha colado y mi tía tendrá que tomarse un antiácido esta noche porque le ha subido la bilis al conocerte, Señor Importante —rió—. No pienses que soy malvada, pero es que me he cansado de que me traten como a la pobre desdichada incapaz de encontrar el amor.

— Si aún no has encontrado el amor, no es culpa tuya.

— ¿Ah, no? Pasarme la vida enamorada de un imbécil ayuda algo, creo.

— En eso tienes razón, pero nunca es tarde para abrir los ojos y me alegra que al fin lo hayas hecho. Lo que no puedo entender es cómo una chica como tú, independiente, inteligente y atractiva, ha podido soportar a un tipo así durante tanto tiempo —afirmó mirándola fijamente.

Tenía esa mirada, esa mirada de película que, unida a su voz grave y sensual, y a la seguridad en sí mismo que desprendía por cada uno de los poros de su piel, provocaba que el corazón le latiese desbocado.

— Sin duda me ves con mejores ojos que yo misma. No lo sé, supongo que para mí era un sueño inalcanzable. Él y mi hermano son amigos desde la adolescencia y, ya entonces, tenía fotos suyas pegadas en el interior de mis carpetas para que Emmet no las viese, pues solían desaparecerle del tablero — confesó con una sonrisa—. Cuando al fin estuvimos juntos era como: «oh, no me lo puedo creer, se ha fijado en mí». Después me di cuenta de que no quería lo mismo que yo, sin embargo, no hice nada aparte de conformarme con lo que me daba y pretender que tenía suficiente. Fui una idiota.

— Es humano equivocarse, pero hay que ser muy valiente para aceptar los errores y decir basta.

— Gracias.

— No hay de qué ¿Cómo están tus pies? ¿Mejor? ¿Vamos a ver dónde nos han sentado?

— Están un poco mejor, vamos. Te apuesto lo que quieras a que estamos en la mesa más alejada de todas, junto a la puerta del baño.

— No lo creo. Te habrán puesto en un lugar de honor, para aparentar que eres muy importante en sus vidas.

Después de hallar su sitio en el mapa que ordenaba las treinta y cinco mesas del banquete, fue consciente de que Edward tenía toda la razón: los habían situado en un lugar privilegiado, la segunda mesa a la derecha de los novios.

— No me lo puedo creer —dijo Bella, al ver que al lado de su nombre, sobre el asiento que debía ocupar él, solo aparecía un signo de interrogación—. Le envié a mi tía un mensaje con tu nombre en cuanto aceptaste acompañarme, lo prometo.

— Han debido olvidarlo.

— ¿Olvidarlo? Tratándose de ellas lo dudo mucho. Lo siento.

— No lo hagas, no me importa ser el Señor Interrogación.

— ¿Cómo sabías que nos pondrían cerca de la mesa principal? Yo no les importo un pimiento.

— Puede que tú no, pero las apariencias sí que les importan.

Casi una hora después de que desapareciesen rumbo a la sesión fotográfica en la playa, los novios llegaron al salón donde los aguardaban los invitados. Jessica estaba radiante de felicidad y, para sorpresa de Bella, nada más verla se echó a correr hacia ella y la abrazó ante la multitud.

— ¡Qué alegría de que estés aquí, prima! —dijo estrechándola con vehemencia. Bella le devolvió el abrazo, diciéndose a sí misma que quizá había malinterpretado su gesto cuando la ignoró camino del altar y, sencillamente, con los nervios del momento no la había visto.

— Enhorabuena, Jessica, estás preciosa.

— Gracias, prima —respondió sin soltarla. Todo el mundo las miraba. El novio las alcanzó, a la vez que Edward dio un paso hacia ellas—. Te presento a Michael Newton, mi marido.

— Enhorabuena.

— Gracias.

— Él es Edward Cullen, mi pareja.

— Ah, encantada, Edward. Menos mal, Bella, estábamos mi madre y yo temiendo que vendrías sola y nos dejarías el cubierto colgado con lo caro que ha costado. Como desde que confirmaste que venías acompañada hace cuatro meses no decías su nombre… —

Tengo muy mala memoria y se me olvidó enviarle el mensaje a tu madre, jamás os dejaría un cubierto colgado. Pero de todos modos de nada ha servido que lo hiciese porque no está escrito en el plano de las mesas.

— Bueno prima, no seas tan tiquismiquis, escríbelo tú a mano si quieres; tienes una letra muy bonita —soltó antes de volverse hacia la horda de invitados que acudía a felicitarlos.

— ¿Por qué lo soportas? Entiendo lo que quieres hacer por tu madre, pero llevamos menos de dos horas aquí y ya te han soltado más insolencias de las que soy capaz de aguantar en un año. No puedo garantizar que continúe conteniéndome si esto sigue así —susurró Edward a su espalda, sin disimular la rabia que sentía.

Bella permaneció en silencio sin saber qué contestarle.

Ella no podía ni imaginar cuánto estaba costándole callarse las barbaridades que se le habían ocurrido para poner en su lugar a aquel par de brujas. La sangre le hervía después de presenciar cómo la despreciaban con sus miradas y con sus palabras fingidas y calculadas. No lo soportaba. Ella no lo merecía, pues era el ser más noble y generoso que había conocido en toda su vida, y que aquellas envidiosas, o lo que quiera que fuesen, no solo no lo vieran, sino que además tratasen de herirla, le producía un profundo malestar que era incapaz de seguir ocultando. Deseaba cogerla en brazos, sacarla de allí y llevarla a un lugar seguro en el que pudiese disfrutar de su compañía sin arpías de por medio, porque temía que aquello era tan solo el principio de una noche llena de provocaciones, y no se equivocaba.

Rápidamente se dieron cuenta de que eran los únicos hispanohablantes de la mesa que compartían con tres parejas de alemanes amigos del novio, que las únicas tres palabras que conocían en español eran: «pinchito de tortilla».

Cullen se comunicó con ellos en inglés, lo justo y necesario, y Bella, aunque podía entenderlos, se limitó a escucharlos, algo incómoda, mientras se sucedía el tedioso desfile de platos minimalistas. Al menos desde sus asientos podían disfrutar del anochecer a través de un amplio ventanal, lo que resultaba mucho más agradable que ver a su tía pelando langostinos a velocidad supersónica.

— Otro chupito-de-morcilla-caramelizada-a-la-menta-suave más y al pelirrojo de enfrente tendrán que hacerle un baipás gástrico —le susurró al oído, haciéndola reír—. ¿En qué piensas?

— En este teatro.

— ¿Teatro?

— Todo esto: las luces, la música, los trajes apretados e incómodos. Este paripé.

— ¿No crees en el matrimonio?

— Sí creo, por supuesto. Creo en él como compromiso de amor para toda la vida, en lo que no creo es en este circo. Quizá estoy loca por no soñar con un vestido de princesa ni una gran ceremonia llena de lujos y brillos, pero el día que decida unirme a alguien para siempre, no necesitaré nada de esto. Solo él, yo y el mar. Y mis más íntimos, claro. Algo sencillo, bajo el sol o las estrellas… — Bella apartó la mirada un instante del horizonte y buscó sus ojos—. Tú también piensas que leo demasiadas novelas románticas, ¿verdad?

— Probablemente. Pero me encanta tu plan.

— Buenas noches —irrumpió en la mesa Jessica acompañada de su madre y una de sus damas de honor, la joven de escote generoso, a la que volvió a descubrir sonriendo a su acompañante con coquetería.

Sofía portaba una cesta de mimbre forrada con infinitos lazos de seda de color blanco en la que transportaba pequeños presentes que comenzó a repartir entre los invitados de la mesa: una caja con una pulsera para las mujeres, y otra rectangular para los hombres con una tarjeta y un puro. Cuando fue a entregarles sus presentes, Lauren la detuvo tomando las cajitas de ambos.

— ¿La comida bien? —les preguntó Jessica. Bella asintió y la novia desapareció acto seguido. La dama de honor la siguió mientras su tía se quedó junto a ellos.

— Bella, en la caja de los caballeros hay una tarjeta para recoger la llave de un bungaló en recepción.

— ¿Un bungaló? No sabía que tendría uno reservado para pasar la noche.

— Claro, casi todos los invitados de fuera de Cádiz tienen uno, pero tranquila, no te apures porque como nosotras ya sabíamos que no tienes un duro y me imagino que tu novio andará por el estilo, tu prima le pidió a José Antonio que corriera con los doscientos euros del tuyo. Tiene tan buen corazón…

—Muchísimas gracias por su buena intención, señora —la interrumpió Cullen —. Lo cierto es que doscientos euros me parece un poco excesivo tratándose de un bungaló de madera en la playa, pero aunque como le digo, agradecemos su gesto, me abochornaría no hacerme cargo del pago poseyendo una empresa que factura varios millones de dólares al año —le espetó, y los ojos de Lauren se abrieron como platos.

— Los bungalós están muy bien acondicionados, por eso su precio es elevado —respondió molesta con su comentario.

— Por supuesto.

La mujer los miró, dejó ambas cajitas sobre la mesa y se esfumó como repelida por un imán. Bella le miró sorprendida.

— No sé si será cierto lo de los millones, pero te digo desde ya que yo no puedo gastarme doscientos euros después de lo que me han costado el vestido, el regalo y…

— Yo sí. Y no, lo de los millones no es cierto, pero ella se lo ha tragado — afirmó guiñándole un ojo con complicidad.

— ¿Y piensas quedarte a dormir?

— ¿Por qué no? —preguntó como si intentase convencerse a sí mismo de que era lo mejor que podía hacer. Al fin y al cabo no podía hacer otra cosa hasta que aquella duda que le martirizaba se resolviese, aunque el corazón le pidiese poner Sevilla patas arriba no serviría de nada—. Estamos en un entorno idílico junto al mar, ¿por qué volver con prisas en plena noche? Mañana podemos pasarlo en la playa, comer en un chiringuito, pasear y descansar. El lunes regreso a Atlanta y de verdad que necesito desconectar. ¿Es que tú tienes que trabajar?

— No, hasta el martes no tengo guardia de nuevo. Pero, no sé, nunca me han gustado los planes inesperados.

— Pues casi siempre son los mejores. Solo si te apetece pasar estas horas conmigo, claro.

— No puedo pagar mi mitad.

— No pensaba pedírtela —reveló con una seductora sonrisa ladeada que volvió a acelerar su corazón.

Nunca había cometido una locura como aquella: cambiar todos sus planes y pasar la noche junto a alguien a quien apenas conocía. Doña Remilgos, como solía llamarla Rose, no actuaba así nunca, pero quizá había llegado el momento de hacerlo.

Asintió y las comisuras de los labios del americano se estiraron en una sonrisa de felicidad. Le apetecía mucho, más de lo que se atrevería a admitir, pasar ese tiempo junto a ella porque temía que sus caminos no volviesen a cruzarse jamás después de aquella noche, y esa idea comenzaba a atormentarle.

— Bella, ¿es cierto que pasas apuros económicos?

— No me apetece hablar de eso.

— ¿Son deudas que dejaron tus padres?

— Ellos no… Ellos no podían saber lo que iba a sucederles.

— Por supuesto que no.

— Debido a unas triquiñuelas de la aseguradora, Emmet y yo tuvimos que hacernos cargo de la hipoteca de la casa de Sevilla y también de la del pueblo, que ni siquiera visitamos. Pero no quiero hablar de eso, en serio.

— Está bien, vámonos.

— ¿Qué?

— Que nos vayamos de aquí. Estoy cansado de ver el mar desde la distancia, y oír a estos seis hablar en alemán me recuerda al sonido de mi ametralladora. Ya has cumplido de sobra con tu prima y tu tía. Levántate, haz como si fueses al baño y nos escapamos a dar un paseo por la playa.

— ¿Lo dices…? Sí, claro que lo dices en serio.

Dudó un instante, pero ya habían cortado la tarta, algunos invitados habían comenzado a marcharse y solo quedaba abrir el baile y agotar la barra libre.

— Vale, pero no voy a escaparme, me despediré de Jessica. Espérame en la playa.

Antes de buscar a su prima envió un mensaje a su hermano en el que le decía que se sentía cansada y que se quedaba a dormir, y le pedía que avisase a Rose para evitar que se preocupase.

Después fue un momento al baño. Cuando terminó, antes de abrir la puerta, oyó cómo su tía entraba en los aseos conversando con alguien y, como no le apetecía volver a cruzar ni una sola palabra con ella, guardó silencio dispuesta a esperar a que entrase a uno o se marchase.

— Qué bien está yendo la boda, Lauren. Jessica está guapísima —dijo una mujer cuya voz no podía identificar.

— Sí que lo está, ¿verdad? Mi niña está preciosa.

— ¿Y esa muchachita rubia tan mona es la hija de René?

— Sí, es mi sobrina Bella.

— Es guapísima.

— Sí, sí que lo es —admitió con desgana—. Pero la pobre tiene la frente como una plaza de toros—

Al oír aquella maldad se llevó una mano a la frente, ¡su frente no era grande!

— Anda ya, qué exagerada eres, la chiquilla es monísima. Es igualita que su madre.

— Que va. No se parecen en nada.

— Ay, Lauren, si son idénticas, solo que ella es rubia y René era morena… Pobrecita René, con lo buena que era, ¿verdad?

— Mi pobre hermana, cuánto la echamos de menos todos. —Aquellas palabras en boca de su tía provocaron que su corazón se encogiese de emoción. Las lágrimas afloraron a sus ojos. Oyó cómo se abría el grifo del lavabo.

— Le habría gustado mucho ver a su ahijada hoy. Recuerdo que Jessica la adoraba cuando era una niña.

— ¿Cómo no la iba a querer si la tenía comprada a base de regalos?

— No digas eso mujer.

— Pero si es la verdad. Yo quería mucho a mi hermana, bien lo sabe Dios, pero ella y su marido se daban unos aires insoportables solo porque tenían dinero. Bella todavía tiene un pase, pero su hermano, ¡su hermano es igualito de engreído y prepotente que su padre! —Al oír aquello no pudo contenerse más y salió de su escondite hecha una furia, para sorpresa de ambas mujeres.

— ¡Jamás! ¡Jamás vuelvas a hablar así de mi hermano, de mi padre o de mi madre, tía! ¡Si lo haces, si vuelves a faltar al respeto a su memoria, haré que te tragues las palabras junto con toda la envidia y la rabia que siempre nos has tenido!

— Eres… Eres una descarada —fue capaz de responder Lauren con el rostro blanco como la cera.

— Quizá lo sea, pero debería darte vergüenza hablar así de mis padres, con todo lo que mi madre te ayudó. Aunque para eso deberías tenerla, claro. Buenas noches y hasta nunca.

Caminó apremiada hacia la salida, tratando de tragar el nudo que se apretaba en su garganta.

Tenía ganas de llorar, de descargar toda la rabia acumulada durante años y que parecía enquistada en lo más hondo de su ser.

Estaba a punto de llegar a la puerta y marcharse de allí cuando alguien la agarró del brazo por la espalda. Temió que fuese Lauren de nuevo, pero no era así, era su prima acompañada por un grupo de chicas.

— Bella, ven, voy a repartir las ligas.

— No puedo, tengo que salir un momento —dijo con un hilo de voz.

— Bella, por favor, no seas maleducada, quiero presentarte a mis amigas. Margot, es abogada, vive en Sotogrande; Jessica está casada con Mario Vila de Castro, uno de los cirujanos estéticos más importantes de Andalucía, y ella es Ana, es presentadora del programa Así sí, de Canal Sur.

— Encantada. Jessica, yo tengo que… por favor.

— Mi prima es enfermera. No paran de destinarla a sitios diferentes, ojalá pronto la dejen fija en un puesto, porque debe ser agotador estar con el coche arriba y abajo por toda Sevilla.

— Jessica…

— Espera un momento, Bella. Mi tía René, su madre, me adoraba, por eso somos como hermanas.

Cuando oyó aquellas palabras sintió que le dolía la boca del estómago y que la bilis que le ascendía por la garganta acabaría por ahogarla. O soltaba ese peso en aquel preciso momento o no podría descansar en paz el resto de sus días.

— Si fuésemos como hermanas no te habrías olvidado de Emmet y de mí cuando ella murió. Si fuésemos como hermanas me tratarías con cariño y te preocuparías por mí no solo cuando hay gente delante. Ha sido un placer acompañarte hoy, Jessica, aunque no lo hice por mí, sino por lo mucho que mi madre te quería. Deseo que seas muy feliz, mucho, pero este teatro se acaba aquí, para siempre.


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