DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


10 - El agujero del pescador

— Me encanta tu sabor.

— ¿Cómo dices?

— Sabes a pecado, Bella. Un pecado por el que no me importaría ser condenado eternamente.

— Gracias, supongo.

— Eres como uno de los pasteles de manzana que hacía mi abuela materna —aseguró perdiendo la mirada en el techo—. Con solo verlos bastaba para hacerse una idea de lo deliciosos que serían, pero, aun así, cuando los probabas descubrías que estaban todavía más ricos de lo que habías imaginado.

Ella rio, recostada sobre su antebrazo izquierdo, reposando desnuda sobre su cuerpo.

— Mira que me han echado piropos extraños en mi vida, pero nunca me habían comparado con un pastel de manzana.

— Así que presumiendo de cuánto te piropean, ¿eh?

— Yo no he dicho eso.

— Pero lo has dejado caer. Tranquila, no me sorprende en absoluto, el único modo de evitarlo sería que una epidemia de ceguera asolara Sevilla.

— Estás como una cabra, Edward Cullen —soltó entre risas, pero percibió cómo su semblante se mudó de modo casi automático al oírla decir aquello. Su mirada se volvió triste y melancólica y el aire distendido de la conversación se transformó por completo.

— Esa frase la repetía Cricket casi a diario.

— ¿Quién es Cricket?

— En realidad se llama James Witherdal, aunque le llamamos Cricket, por Jiminy Cricket. Es nuestro… ¿cómo le llamáis vosotros? ¿Pepito Grillo?

— Sí.

— Es uno de mis mejores amigos y la razón por la que regresé de Bagram hace dos semanas. Está en un hospital de Atlanta recuperándose, desde enero, cuando una granada le mutiló las dos piernas.

— Oh, Edward, es terrible. ¿Una granada?

— Cricket es, era, miembro de mi equipo. Nos conocimos en la base de Charleston y cuando decidí prepararme para entrar a los SEALs él siguió mis pasos. Al cabo de los años, acabamos juntos en el mismo Team. Es un tío de los buenos, alguien en quien puedes confiar, siempre con una broma y una sonrisa incluso en los momentos más difíciles y, además, es de esas personas que te hacen reflexionar.

— Por eso le llamáis…

— Jiminy Cricket.

— Y cuando le sucedió eso, tú…

— Estábamos en retirada en una misión de rescate y un insurgente apareció de la nada con esa granada… —Se removió y se sentó en el filo de la cama ofreciéndole su espalda desnuda—. Yo recibí impactos en ambos brazos y piernas, pero él estaba mucho más cerca y sus piernas se convirtieron en un amasijo de carne y hueso. Al menos logramos sacarle con vida de allí.

— Ha debido ser muy duro para ti.

— ¿Para mí? Mis heridas fueron profundas, pero no mortales. Duro fue para él, para su esposa Christine y su hijo.

— ¿Cómo está?

— Mal. Lleva cuatro meses en el hospital, necesita un trasplante de riñón porque los suyos quedaron muy dañados. Su mujer se hizo las pruebas y no es compatible, y allí no estamos tan concienciados como en España con la donación de órganos. Necesita que aparezca un donante, que aparezca ya.

— Espero que así sea —dijo besándole en el brazo con dulzura—. ¿Por qué dices que él es el motivo por el que volviste de Afganistán hace dos semanas? ¿Viniste a verle? —Guardó silencio—. Volviste para hacerte las pruebas, ¿verdad?

— Se puede vivir con un riñón y Cricket morirá si no encuentra uno.

— ¿Podrías continuar siendo SEAL si…?

— No, claro que no. Amo servir a mi país, pero está en juego su vida.

— ¿Y lo eres? ¿Eres compatible?

— No.

Al oír su respuesta una sensación contradictoria la invadió, por un lado sentía una ternura inmensa por aquel hombre capaz de un acto de generosidad extrema como aquel, pero a la vez sentía alivio de saber que no tendría que someterse a una operación de tal calibre

— No pude entrar a verle, Bella.

— ¿Está aislado?

— No fui capaz. Cuando acudí al hospital me detuve frente a la puerta de su habitación y fui incapaz de entrar. He visto sangre, mucha, demasiada a lo largo de mi vida y no me asusta, pero ¡mi deber es que mis hombres regresen sanos y salvos tras cada misión!

— ¿Te sientes culpable? ¿Por qué? ¿Por no haber muerto? ¿Por no ser tú el herido en su lugar?

— Mi deber es protegerlos.

— Estoy segura, por lo poco que te conozco, de que le protegiste cuanto pudiste.

— Aun así no fue suficiente y lo peor es que, aunque no había regresado a un hospital por mi propio pie desde que mi madre murió, fui capaz de entrar y hacerme las jodidas pruebas, pero no de atravesar la puerta de su habitación. Me he cruzado Afganistán un centenar de veces, he sentido la muerte silbándome en la nuca casi a diario durante los últimos diez años, pero no he sido capaz de visitar a un amigo que me necesita.

— No seas tan duro contigo mismo, es normal que temas sobrecogerte ante el estado en el que vas a encontrar a tu amigo y también que tengas aprensión a los hospitales después de lo que debisteis pasar con la enfermedad de tu madre. Estoy convencida de que esta es la verdadera razón por la que te marchaste del Grace Hospital. —Él se volvió y la miró de reojo, descubierto—. Te entiendo, de verdad. Y estoy segura de que Cricket también lo hace.

— Pero debo hacerlo, joder, debo dar la talla.

— Y la has dado haciéndote esas pruebas. Estoy segura de que serás capaz de visitarle cuando estés preparado —dijo acariciando su mejilla con dulzura con los dedos hasta la marcada línea de su mentón, percibiendo el roce de la incipiente barba—. Yo lo hice y, si yo pude, también podrás hacerlo tú. Acababa de terminar la carrera cuando perdí a mis padres. Papá murió en el acto, pero mi madre agonizó en el hospital durante días rodeada de máquinas. Pasé horas y horas a su lado, rogando para que se salvase, maldiciendo al desgraciado que se saltó el alto y embistió su coche cuando volvían a casa después de cenar con unos amigos. Creí que jamás podría ponerme al otro lado, trabajar como enfermera, pensé que sería incapaz de ayudar a nadie porque le tomé auténtico terror y, sin embargo, mírame, ¡lo hice! Fue duro, dudaba mucho de mí misma al principio, me sentía frágil e insegura. Peor aún fue cuando entré en el equipo del cero sesenta y uno, en el que podía enfrentarme a situaciones como la que habían vivido mis padres y volver a revivirlo todo, revivir esa maldita noche. Jacob me ayudó mucho, muchísimo, tuvo una paciencia infinita conmigo, me apoyó, me dijo que nunca me dejaría sola y estuvo a mi lado cuando el pulso me temblaba, ayudándome a mantenerme firme.

— ¿Todavía le quieres?

Aquella pregunta la sorprendió. No pudo evitar preguntarse el porqué de su interés. Se tomó un instante antes de contestar y reflexionó sobre sus sentimientos.

— Le quiero, pero me doy cuenta de que he creado una imagen irreal en mi cabeza y eso no me gusta, como no me gustó lo de ayer. No quiero a alguien así a mi lado, no como pareja. Es raro que esté hablando de esto contigo…

— ¿Por qué? Puedes hablar conmigo de cualquier cosa.

— ¿Y tú?

— ¿Yo qué?

— ¿Alguna vez has estado enamorado de alguien que te haya decepcionado?

— Lo cierto es que creo que nunca he estado enamorado.

— ¿Nunca? No me lo creo.

— En serio. Omitiendo la adolescencia, durante la que estuve colado por Sabrina Oaks. Era una chica del instituto y, bueno, en realidad no se llamaba así, de hecho, ni siquiera sé cuál era su verdadero nombre, la llamábamos Sabrina por sus…

— Me lo imagino. Y te enamoraste de ella por su inteligencia, claro.

— Pues era bastante lista. Sobre todo porque siempre sabía cómo pararme antes de llegar al Home Run.

— ¿Al Home Run? —preguntó, y él dejó escapar una risa llena de picardía.

— Es una metáfora de béisbol que utilizamos para el sexo.

— Debías ser todo un ligón en el instituto.

— No me quejo —admitió con una sonrisa—. Tenía poco tiempo libre, pero durante el cambio de clases, especialmente antes de ruso, cuando teníamos media hora de esparcimiento, lo aprovechaba bastante bien.

— ¿Ruso? ¿Hablas ruso?

— Como un nativo de Moscú. Mi padre estaba obsesionado con una nueva guerra contra la Unión Soviética y teníamos que dominarlo a la perfección. Pero bueno, dejemos de hablar de mí, coge la colcha.

— ¿Para qué?

— Hace una noche estupenda y estamos frente al mar, ¿no pensarás desaprovecharla? —preguntó poniéndose únicamente los pantalones del traje, sin ropa interior—. Toma, seguro que es más cómoda que tu vestido —añadió entregándole su camisa.

Bella se la puso, olía a él, un aroma que le gustaría inhalar y guardar en sus pulmones para siempre. Le siguió hasta el porche donde extendió una manta sobre el suelo de madera, frente a la escalerilla de acceso al bungaló, y le ofreció asiento. Él se situó a su espalda, envolviéndola con su cuerpo, proporcionándole su torso de acero como punto de apoyo, y cubrió a ambos con la colcha de la cama. Tenía el corazón acelerado, sentirle tan próximo a su cuerpo la turbaba sin remedio.

La brisa del mar mecía su cabello y la luz anaranjada del porche los iluminaba con tibieza, permitiéndoles ver con relativa claridad a la vez que disfrutaban del bello contraste del cielo plagado de estrellas sobre el mar. Se quedó embelesada contemplando cómo las olas mecían la espuma hasta la orilla, disfrutando de la melodía serena del mar, por encima de la música de la fiesta que continuaba celebrándose a algunos metros de donde estaban.

— ¿Crees que nos estarán echando de menos?

— Estoy convencida. El Señor Interrogación y Doña Descarada.

— Una pareja singular.

— Sin duda.

— ¿En qué pensabas?

— En cuando era niña y veraneábamos en Cádiz, en los Caños de Meca, Tarifa, Chiclana… Eso me hizo adorar el mar, me encantaría vivir cerca de él.

— A mí también me gusta, por eso, cuando ahorré lo suficiente compré mi pequeño remanso de paz en Gulf Shores, en Alabama. Tengo una casa amplia de dos plantas rodeada de arena por todas partes. Es sencilla, pero está frente al mar. Cuando decida retirarme, cumpliré mi sueño de tener un lugar en el que descansar… Entonces tendré un perro y lo llamaré Buckler.

— Buckler ¿Cómo la cerveza?

— No como la cerveza, como los escudos de cuero que utilizaban en la antigüedad, listilla —apostilló arrugando los labios en un teatralizado mohín de fastidio. Tenía los labios más sensuales del mundo y sabía cómo usarlos—. Lo llamaré Buck, ¿algo que objetar?

— No sé, me parece un nombre raro para un perro, pero no seré yo quien destruya tu fantasía, veo que lo tienes todo planeado. —Edward la envolvió con los brazos, pegándola aún más a su cuerpo, y sintió cómo se tensaba al percibir con intensidad su calor corporal.

— Me gusta hacer planes, aunque a corto plazo mi vida parezca una carrera de obstáculos. Cuando al fin me retire de la primera línea, será todo lo contrario, solo playa, mar y paz. La casa necesita una gran reforma, hace cuatro años que la compré y apenas la he visitado una docena de veces. Mi padre se encarga de ir de vez en cuando para comprobar que las tormentas no la han hecho pedazos y recolocar las vallas del porche cuando la arena la tumba. Suele ir acompañado de mis sobrinos y pasan el fin de semana juntos. A Jorge y a David les encanta visitar Fisher' s Hole.

— ¿Fisher' s Hole? ¿El agujero del pescador? ¿En serio? —preguntó volviéndose para mirarle a los ojos con una sonrisa.

— Sí, así es como la he llamado. En Gulf Shores cada vivienda tiene un nombre.

— Definitivamente los nombres no son lo tuyo, Edward.

— ¿Qué tiene de malo Fisher' s Hole?

— Que tú no eres pescador.

— ¡Pero estaré rodeado de ellos! Además, una vez capturé una carpa de dos kilos.

— ¿En qué supermercado?

— En un Walmart —rio, y la besó en el cuello con dulzura, divertido con su rapidez de respuesta—. A ver, sorpréndeme, ¿tú cómo la llamarías?

— No sé. No la he visitado, pero como está frente al mar y sabiendo que piensas en ella como tu hogar soñado, como tu lugar de descanso la llamaría… Peaceland.

— ¿Peaceland? ¿Y tú te atreves a mofarte de los nombres que elijo?

— ¿Qué tiene de malo Peaceland?

— Nada, solo que imagino que tendría que ir vestido de blanco y con flores en el pelo. Es lo más cursi que he oído en años, ¿qué digo en años?, ¡en décadas! — se burló.

Ella se giró y le pellizcó en la pierna, pero esto no hizo sino provocarle más risa.

— Como te sigas riendo, el «agujero del pescador» te lo voy a abrir a ti.

— No te enfades, solo estaba bromeando. El nombre aún no es definitivo, pero será un hogar.

— ¿Te gustaría tener hijos? —Cullen giró el rostro para mirarla, incapaz de creer que le hubiese preguntado aquello. Después sus ojos se perdieron en el horizonte.

— No.

El silencio que siguió a su respuesta tajante fue incómodo para ambos. Toda la jovialidad había vuelto a esfumarse en un solo instante. Bella se sentía desconcertada. Había algo que estaba ocultándole, su instinto se lo decía, pero estaba segura de que no se lo contaría, era un hombre demasiado hermético. Solo le contaría aquello que él desease. Lamentó haberle hecho esa pregunta, quizá pensase que era una entrometida, pero solo quería saber más de él porque le gustaba, le gustaba tanto, que no quería ni pensar en que aquella noche acabase.

Una ráfaga de brisa marina le revolvió el cabello, enredándoselo sobre el rostro. Él lo apartó y, acercándose, la besó con dulzura, primero en la mejilla y después, cuando se giró, en los labios. La apretó contra su pecho mientras sus manos se enredaban en su pelo. Fue un beso largo, paladeado por ambos y lleno de erotismo. Cuando al fin sus labios se separaron, la miró fijamente a los ojos, en silencio.

— Hace años que decidí que jamás tendría hijos, Bella. El mundo me parece un lugar demasiado horrible, con demasiado dolor por todas partes como para traer niños a sufrir en él.

— Vaya. Es cierto que no podrías evitarles el sufrimiento porque lo habrá, siempre lo hay, aunque no por todas partes. Con seguridad lo que has visto estos años te ha llevado a pensar así, pero el mundo puede ser un lugar maravilloso. Mi mundo lo fue cuando era niña. Fui la niña más feliz que puedas imaginar, no cambiaría uno solo de los días de mi infancia y estoy convencida de que tú tampoco, a excepción de la enfermedad de tu madre, claro.

— No, por supuesto que no los cambiaría.

— Por eso. Los niños son la esperanza, la ilusión, lo bonito de la vida.

— Por lo que veo a ti sí que te gustan los críos —dijo atravesándola con una mirada indescifrable. Bella sintió que se le secaba la garganta y le hormigueaban las palmas de las manos que aún permanecían enredadas en su cuello. —Sí. Me gustan mucho. Y espero tenerlos algún día cuando esté preparada y encuentre al hombre perfecto para mí.

— Será un hombre muy afortunado, no me cabe duda —concluyó antes de volver a fundirse con sus labios.

Desconocía en qué momento se durmió su pequeña Cenicienta. Se habían besado tanto que casi se les había borrado el color de los labios. Fueron besos dulces, besos intensos, con caricias que le habían penetrado en la piel, por debajo de los tatuajes y las cicatrices, hasta asentársele directamente en el alma. Besos y más besos hasta que el sueño la rindió entre sus brazos.

La contempló dormida contra su pecho, con el rostro descansando en su hombro. Por segunda vez vigilaba su sueño, ese que él era incapaz de conciliar en noches como aquella en la que todos los recuerdos habían vuelto a su cabeza.

Y, sin embargo, por primera vez sentía paz.

Con aquel cuerpo menudo y cálido entre sus brazos, con aquella cabellera de rizos dorados esparcida sobre su brazo derecho y aquel ombligo diminuto bajo su mano izquierda.

Pero al día siguiente se despediría de ella y, tanto si descubría que sus temores eran reales como si no, la posibilidad de que sus destinos no volviesen a cruzarse era más que probable. Los celos le aguijoneaban al pensar que ella continuaría con su vida y, tarde o temprano, conocería a ese hombre adecuado con el que algún día tendría los hijos que le había revelado desear, quizá incluso regresaría con el joven médico.

Solo de pensarlo le hervía la sangre y trataba de convencerse de que era porque ese tipo no la merecía, aunque sabía que, a sus ojos, ni ese ni ningún otro lo haría jamás, ya que el único hombre perfecto para ella era él. Él. Él la cuidaría y se dejaría cuidar por ella, la besaría a todas horas, se dormiría con el tibio calor de su cuerpo pegado al suyo y despertaría con su risa cada mañana.

Trataría de hacerla la mujer más feliz del mundo en Fisher' s Hole, Peaceland o como quiera que quisiese llamarlo.

Estaba desvariando, sin duda.

La situación, con ella entre sus brazos, el idílico paisaje y la pasión que acababan de compartir, estaban haciéndole perder el control de sus pensamientos. Y todos, absolutamente todos, se centraban en Bella. Y temía que él, experto en reparar cualquier maquinaria militar con los mínimos recursos, no supiese cómo arreglar su corazón si le permitía meterse dentro. La besó en la frente antes de cargarla en brazos y dejarla sobre la cama.


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