DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.

11 - La carta

Cuando abrió los ojos por la mañana le vio de pie observando el mar a través de la ventana del dormitorio, con el pantalón del traje encajado en las caderas, permitiendo que el sol del nuevo día iluminase sus maravillosos oblicuos.

— ¿No has dormido?

— Sí, claro. Acabo de levantarme —dijo volviéndose y caminando hasta ella.

— ¿Qué hora es?

— Las doce.

— ¿Las doce? ¿Por qué no me has despertado?

— No podía. Es un placer verte dormir.

— Gracias —admitió halagada. Estaba tan sexy, pero tanto, con el torso desnudo, en que poco importaban las viejas heridas… resultaba toda una tentación—. Pero imagino que deberíamos haber dejado el bungaló ya.

— He pedido el desayuno, está en el salón. Y… he pagado la habitación por el día de hoy.

— ¿Por hoy?

— Tengo que regresar a Rota esta noche porque mi vuelo sale mañana muy temprano, pero he pensado que podíamos pasar el día juntos, pasear por la playa, conocernos un poco mejor o simplemente hacer el amor una y otra vez. Solo si te apetece, por supuesto.

— Claro que me apetece, pero no quiero que pagues…

— Ya está pagado. Y lo he hecho porque quiero, porque me muero de ganas de pasar este día contigo.

— Yo también.

— ¿Desayunamos?

— Antes habrá que hacer hambre, ¿no crees? —Bella comenzó a desabotonarse la camisa de algodón que aún llévaba puesta.

— Me parece una idea estupenda —dijo deslizando su mano por el cuello de la camisa. Descendió por su pecho hasta alcanzar uno de sus senos y ella no pudo sino gemir de deseo. Sin decir una palabra más, tomó su mano y la posó sobre la prominente erección que se marcaba en el pantalón. Entonces le acarició con cuidado por encima de la prenda—. Señorita enfermera, hay una urgencia aquí abajo ahora mismo.

— Parece grave.

— Muy grave, de cuidados intensivos. La necesito. Ahora —dijo haciéndola reír, y se bebió aquella risa directamente de sus labios, apoderándose de ellos.

— Pues deja de hablar y tómame.

Cuando alcanzó el salón él destapaba la bandeja que había en un coqueto carrito camarera de madera oscura.

Habían compartido una tórrida ducha después de hacer el amor y aun así no podía evitar mirarle con ojos de gata en celo. Edward había despertado un monstruo sexual en su interior que ni siquiera sabía que poseía, y temía que ya no pudiese volver a dormirlo.

— Como no sé qué sueles tomar, he pedido café, zumos y un par de tortillas.

— ¿Viene más gente a desayunar o es que me has visto cara de zampabollos? —rio mientras cogía un cruasán al que dio un mordisco.

— Me temo que el zampabollos soy yo —admitió. Bella dedicó una mirada a los marcados abdominales y enarcó una ceja incrédula—. Por suerte el ejercicio lo quema todo.

— Pues debes hacer muuucho deporte.

— Entre misiones me ocupa la práctica totalidad del día: atletismo, paracaidismo, escalada, buceo y cualquier otra actividad que puedas imaginar.

— ¿Incluso los días libres?

— Los días libres no existen cuando eres un SEAL. Uno de nuestros lemas es: «Cuánto más sudes en tiempos de paz, menos sangrarás en tiempos de guerra». Creamos lo que se llama memoria muscular, porque en combate solo puedes pensar en la misión: tu cuerpo debe ser una máquina infalible.

— Vaya. Yo me canso haciendo media hora de elíptica en el gimnasio. —Él rio untando mermelada sobre la tostada. Al verle tan relajado se atrevió a hacerle una pregunta que rondaba por su cabeza desde que supo que era militar —. Edward.

— ¿Qué?

— Si no quieres no me contestes, pero ¿has tenido que… en fin, que acabar con muchos enemigos?

— No llevo la cuenta. Sé que algunos lo hacen, pero a mí me resulta obsceno e irrespetuoso. Solo te diré que jamás he matado a nadie que no estuviese convencido de que lo mereciera.

— ¿Piensas en ellos alguna vez?

— No, nunca. Tampoco creo que ellos hubiesen pensado en mí, o en Cricket, o en cualquiera de los amigos que he perdido en combate. Es la guerra. Matas o mueres, no hay más. —Bella sintió cómo se le erizaba la piel al oír la serenidad con la que lo decía. Aquella era su vida. Tan diferente a la de cualquiera que hubiese conocido, tan especial y distinta como lo era él mismo. Y a la vez tan cercana y real como la suya.

Desayunaron con calma. Edward la miraba continuamente y ella le devolvía las miradas coqueta, sonriendo entre cada sorbo de café o mordisco de tostada, ajena a la batalla mental que estaba librándose en el interior de su cabeza. ¿Y si se lo contaba?

Bella se había abierto con él, le había hablado del accidente de sus padres, de lo que sentía por ese joven médico, de la mala relación con su familia materna, y él, él no había sido capaz de contarle aquello que le robaba el sueño desde que regresó a casa de su padre y encontró aquel pedazo de papel que acabaría por cambiarle la vida. Podía confiar en ella, estaba convencido. Pero ¿debía contarle algo tan íntimo? ¿Para qué involucrarla en algo así?

— Bella, hay algo que me gustaría que supieses.

— ¿Qué?

— Anoche omití contarte algo y ahora siento que debí hacerlo.

— ¿Qué omitiste? Espero que no sea que estás casado.

— No. Me refiero a cuando me preguntaste si me gustaría tener hijos. — Tomó su mano, la condujo hasta el sofá y se sentó a su lado. Guardó silencio un instante para organizar en su cabeza lo que estaba a punto de revelarle—. Tú has sido transparente conmigo y yo también quiero serlo: voy a contarte por qué he regresado a España después de tantos años.

Se incorporó y caminó hasta el dormitorio donde cogió su cartera del bolsillo interior de la chaqueta del traje, extrajo un par de folios doblados varias veces y una fotografía que guardó antes de regresar junto a ella, que aguardaba impaciente en el sofá.

— Cuando llegué a Estados Unidos, pasé por casa de mi padre y este me dijo que Eleazar Denali, el viejo amigo de la familia del que te he hablado, me había enviado una carta advirtiéndole de que solo yo debía abrirla. Mi padre suele revisar mi correspondencia, dado que paso demasiados meses fuera, de ahí la advertencia. Quiero que la leas —dijo entregándole las hojas de papel que Bella tomó muerta de curiosidad.

Estimado señor Cullen: No sé cómo empezar. Usted no me conoce ni yo tampoco a usted, a excepción de las pocas cosas que me contó mi hija Tanya. Lo cierto es que ni siquiera sabía su apellido hasta que hablé con Eleazar. Él ha sido muy amable conmigo, mucho más de lo que esperaba cuando le busqué para pedirle ayuda, espero que no se haya enfadado con él por permitirme hacerle llegar esta carta. Sé que no tengo ningún derecho a irrumpir en su vida, quizá incluso esté casado y tenga hijos, pero créame cuando le digo que es la desesperación la que me lleva a ponerme en contacto con usted. La desesperación y la certeza de que no puedo acudir a nadie más. Usted y Tanya tuvieron una relación hace siete años…

Al leer ese fragmento Bella sintió una punzada de celos en el pecho y ganas de devolverle la carta que no entendía por qué le había entregado, pero se esforzó en mantener la vista fija en el papel.

… en Rota, durante el verano de 2008. Estuvieron viéndose unos meses. Quizá para usted fue una relación sin importancia, pero mi hija esperaba que cuando regresase volviera a buscarla. No crea que lo digo en tono de reproche, por favor, pues no lo hago. Conozco a mi hija, es una chica fantasiosa y enamoradiza y quizá engrandeció una historia que fue mucho menos seria de como ella la vivió. Pero, y aquí está lo importante de mi carta, cuando usted se marchó dejó atrás mucho más de lo que esperaba, de lo que podrían esperar ambos… En octubre Tanya se enteró de que estaba embarazada.

Bella buscó sus ojos. Edward permanecía con la mirada perdida en el horizonte. Continuó leyendo:

Tanya esperaba un hijo suyo, señor Cullen. Fue un auténtico mazazo para nosotros, para su padre y para mí, pues es nuestra única hija. Como le digo, después de que usted se fuese, ella creyó que la llamaría, que se pondría en contacto con ella de alguna manera, pero pasaron los meses y no la llamó ni regresó, y nuestra pequeña, a sus veinte años, transformó toda esa decepción en ira y rencor, que descargó sobre nosotros. No soy partidaria del aborto señor Cullen ni mi marido tampoco lo era, aunque la habríamos apoyado en caso de que hubiese decidido hacerlo. Pero Tanya dejó pasar los meses esperando esa llamada suya con la que hacerle partícipe de su embarazo y, cuando fue consciente de que no llegaría, fue demasiado tarde. Imagino el shock que supondrá para usted enterarse en este momento de que tiene un hijo, una hija, pero la tiene, se llama Rennesme.

Tuvo que parar de leer para poder respirar, le miró a los ojos de nuevo y se vio reflejada en su iris oceánico.

Imagino que fue la rabia, unida a la frustración y a la sensación de engaño de nuestra hija lo que la llevó a decidir que jamás se enteraría de la existencia de Rennesme. Y nos negó cualquier tipo de posibilidad de saber quién era usted, nunca nos dijo ni siquiera su nombre. Aunque sabíamos que era un militar norteamericano y que había pasado ese verano en la base, como tantos otros miles.

Nunca nos enseñó una fotografía suya ni el modo de ponernos en contacto con alguien que le conociese. Nosotros lo aceptamos. Lo cierto es que no necesitábamos nada suyo. Rennesme nació sana, es una niña preciosa, rubia, con unos impresionantes ojos azules, muy distinta físicamente a nuestra Tanya. Es divertida, risueña, ha sido muy feliz y jamás le ha faltado de nada, pues ahí han estado sus abuelos para hacerse cargo de todo. Y a estas alturas se preguntará, ¿si nunca hemos querido ponernos en contacto con usted cómo es que lo hago ahora? Tanya continuó haciendo su vida. Es joven, dejó sus estudios cuando se quedó embarazada y, aunque afirmaba que los retornaría después del parto, nunca se decidió a hacerlo. Tuvo varios novios, salía y entraba como cualquier chica de su edad, y Rennesme permanecía con nosotros. Mi marido falleció hace dos años y medio de un infarto y lo pasamos muy mal, pero seguimos adelante las tres juntas, Rennesme, Tanya y yo. Pero el verano pasado, en la playa, Tanya conoció a un hombre. Es ruso, o bosnio, no sé, de la Europa del Este, creo, se llama Aro. Ambas pasaban el día en la playa cuando se les acercó y comenzaron a hablar. A mi hija le gustó y empezaron a verse, él estaba de vacaciones en Punta Ballena. La llevaba a sitios muy caros y le hacía regalos a la niña, pero Rennesme nunca quería ir con ellos y casi siempre se quedaba conmigo. A las dos semanas le trajo a casa y a mí tampoco me gustó. Había algo en su mirada y siempre iba acompañado de dos hombres más que parecían sus guardaespaldas, aunque Tanya me decía que eran sus amigos…

Bella comenzó la última página con el corazón latiéndole rápido en el pecho.

Cuando acabó el verano, Tanya me dijo que se iba con él. Hablé con ella, le dije que pensara bien las cosas, pero aseguraba tenerlo muy claro. Me dijo que se iba y se llevaba a la niña. Discutimos, Rennesme no quería marcharse, prefería quedarse conmigo, pero Tanya dijo que su hija iría donde ella fuera y prácticamente me la arrancó de los brazos para meterla en el coche. Solo supe de ellas las tres primeras semanas, Tanya me llamaba una o dos veces y yo podía hablar con la niña, pero era como… como si mi niña no pudiese decirme todas las cosas que quería, como si tuviese que hablar delante de otra persona. Siempre decía que estaba bien, pero tenía mucha pena en su voz. Me contaron que estaban en Marbella, después que habían viajado a Madrid y por último una vecina me dijo que creyó verlas de pasada en un coche en Sevilla. Después de esa última llamada a finales de octubre no he vuelto a saber nada de ellas y estoy desesperada. Sé que ese tipo no es un buen hombre. Estoy asustada, he intentado buscarlas, pedí ayuda a la policía y ellos me dijeron que si mi hija no quiere ponerse en contacto conmigo no pueden obligarla a decirme dónde está, que cuando lograron hablar con ella les dijo que estaba bien y que yo no la dejaba en paz. He ido sola en taxi a Marbella y a Sevilla, con la esperanza de verlas, de encontrármelas, pero en octubre me diagnosticaron un tumor en el páncreas, he comenzado un tratamiento de quimioterapia y me canso enseguida. Acudí a sus antiguas compañeras del instituto, hablé con ellas una a una por si alguna podía darme alguna información de usted, quién era o cómo podía localizarle. Pero nadie sabía su nombre, solo que era un militar, americano, de la base. Por suerte una de sus amigas vive en la urbanización de los Denali y se acordaba de haberle visto en su casa alguna vez. Así que fui a buscar al señor Eleazar y a su esposa que han sido muy amables conmigo. Vuelvo a pedirle disculpas por irrumpir así en su vida, pero no sé qué más puedo hacer. Estoy preocupada por Rennesme, temo por mi niña, porque ese hombre… ese hombre no es bueno, señor Cullen, lo vi en sus ojos la primera vez que lo miré y ya hace cinco meses que no sé nada de Rennesme, ni de mi hija. Por eso acudo a usted, porque la policía ya no me hace caso y me tratan como si estuviese loca. Puede que mi hija haya elegido con quién quiere estar, pero llevo la voz de pena de mi nieta clavada en el alma y no quiero morirme sin saber que está bien atendida. Por eso le pido ayuda. Ayúdeme a encontrarlas, necesito saber que está sana, que es feliz. Se lo suplico. Por mi niña haría cualquier cosa. Muchas gracias de antemano, señor Cullen. Victoria.

Una lágrima rodó por la mejilla de Bella, que la limpió con rapidez con la manga de la camisa. Edward acarició su mentón con dulzura enternecido de verla llorar y ella acunó el rostro en su mano.

— Pobre mujer. ¿Qué vas a hacer?

— Voy a comprobar si es cierto que es hija mía. He ido a ver a la señora Victoria y ella me ha mostrado fotografías de ambas, ni siquiera recordaba bien el rostro de Tanya.

— ¿Cómo puedes haber olvidado su cara?

—No fuimos novios, Bella, solo nos acostamos varias veces durante un verano en el que me preparaba para enfrentarme a uno de los momentos más duros de toda mi vida. Al poco tiempo llegué a Kabul y yo mismo cambié, todos lo hicimos, fue como si el resto del mundo hubiese desaparecido. Tan solo existían el desierto, el polvo y las montañas. Después llegó Iraq, Egipto… Cuando estás en los SEALs, y más aún en un equipo como el mío, dejas de tener vida propia para vivir por tu país, y así ha sido durante todos estos años. Hacía una llamada telefónica al mes para saber cómo estaban mi padre, mi hermano y su familia, y pasaba cuatro semanas cada seis meses en casa. Esa ha sido mi vida después de aquel verano, creo que no es difícil entender que no la recordase —respondió con serenidad.

Bella lamentó su reproche, le entendía, claro que lo hacía.

— Lo siento, perdóname. ¿Y cómo vas a comprobarlo?

— Tengo un cepillo de dientes de la niña, me lo ha dado su abuela. Voy a hacerle una prueba de ADN y, si es hija mía, voy a buscar a su madre, hablaré con ella y comprobaré en qué condiciones vive.

— ¿Y cabe la posibilidad de que sea hija tuya? Quiero decir, ¿no tuviste cuidado?

— Sí que lo tuve, siempre. Eso es lo más extraño. Pero si la pequeña lleva mi sangre, me haré cargo de ella.

— Te honra que lo tengas tan claro.

— No puedo hacer otra cosa. Por eso estaba en Sevilla el día que nos conocimos. Es el último lugar en el que se las vio y algo en mi interior me pedía visitar la ciudad, conocerla para poder situarme mejor, como en una misión. Llegué por la noche y me encerré en el hostal, me sentía sobrepasado por la situación, por la que se me venía encima si era cierto, si es cierto. No estoy acostumbrado a sentirme así.

— ¿Por eso te emborrachaste?

— Emborracharme fue una estupidez, pero necesitaba dejar de pensar, dejar de darle vueltas a la cabeza y dormir al menos por una noche, porque después de haber visto las fotografías de la niña temo que puede ser cierto.

— ¿Tienes una fotografía?

— Sí. Su abuela me la entregó —dijo sacándola del bolsillo y mostrándosela.

En ella aparecía una pequeña de unos cuatro años con unos ojos inmensos e idénticos a los de Edward. Sus mejillas estaban salpicadas de pecas doradas y mostraba una amplia sonrisa a la cámara. Tenía razón, se le parecía en los ojos y en la forma de la boca. Era una niña preciosa.

— La llevas contigo.

— Desde que me la entregó el domingo pasado. Esperaré a tener el resultado de las pruebas para planear con detalle qué pasos voy a seguir. Fue un shock recibir esta carta —dijo, doblándola entre los dedos después de que se la entregase—, como también lo es todo lo que te dije anoche ahí afuera. No quiero tener hijos, pero si esa niña lleva sangre Cullen, haré todo lo que esté en mi mano por ella. ¿Qué te pasa? ¿Te he abrumado contándote todo esto? —preguntó al percibir en su expresión que sus palabras la habían entristecido.

— En absoluto. Pero no he podido evitar pensar que esta tarde, cuando nos digamos adiós, te olvidarás también de mí.

— No lo pienses ni por un instante. Era joven y descerebrado, y esa chica, Tanya, aún más que yo en ambos sentidos. La niña podría ser mía o de cualquier otro, pero eso no es algo que iba a contarle a su madre. Ella y yo no fuimos nada.

— ¿Y por qué ibas a recordarme a mí?

— ¿Por qué? Porque ninguna mujer había provocado que el corazón me latiese así —admitió aproximándose a ella y poniéndole la mano sobre el pecho para que sintiera sus latidos fuertes y enérgicos bajo la palma. La besó en los labios despacio, disfrutando de su tacto aterciopelado—. Comienzo a pensar que me gustas demasiado —susurró sobre su boca antes de tumbarse sobre ella en el sofá y abrirse paso por entre la tela de algodón de su camisa para volver a hacerle el amor como si el mundo se acabase aquella misma tarde.

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