DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


12 - Es una orden

Lamía el helado que se le derretía por la mano, le miraba y se moría de la risa.

Ataviado con el sombrero panamá más destartalado que había visto, la crema solar mal extendida sobre la nariz, las gafas de sol polarizadas y un bañador degradado del naranja al amarillo, era la viva imagen del típico guiri playero. Pero ni por esas dejaba de estar atractivo.

— Te estás riendo de mí, no pienses que no lo sé.

— No, que va —decía apretando los labios, conteniendo a duras penas la risa. Estaban muy cerca uno del otro, sentados en la arena frente al mar. —Soy la viva imagen de la sobriedad. —Bella rompió en carcajadas—. Es lo que sucede cuando confías tu estilismo a un vendedor ambulante.

— Lo mío no está tan mal. —Ella llevaba un largo blusón playero y un bikini rosa fosforescente con sandalias a juego. También habían comprado al africano una mochila de tela en la que poner sus ropas de la ceremonia, que habían dejado en el coche.

— Tú estás preciosa.

— ¿Hasta con esta pamela de la tatarabuela de Matusalén?

— Incluso con un saco estarías radiante, aunque he de confesar de que sin nada estás mucho mejor —susurró aproximándose despacio y lamiendo el helado de su barbilla, que mordió con suavidad para después deslizar la lengua hasta sus labios. Los recorrió y succionó con cuidado, mordisqueándolos antes de hundirse dentro de su boca. Bella arrojó el helado hacia atrás, aquello sabía mucho mejor, muchísimo mejor, que cualquier helado de chocolate del mundo.

Cullen sostuvo su cuello entre las manos y ella se subió a horcajadas sobre sus muslos, devolviéndole el beso con la misma intensidad. Sintió un hormigueo en la entrepierna y las ganas de poseerla de nuevo se reavivaron con fuerza, pero estaban en un lugar público, aunque en ese momento tan solo había una docena de personas en la playa.

— Vamos a tener que parar, me tienes a cien.

— Pero si no estoy haciendo nada —afirmó mordiéndose el labio inferior con coquetería.

— Ten piedad, por favor. Me muero de ganas de volver a saborear esa flor que tienes entre las piernas. Vamos al bungaló.

— Creo que necesitas un baño helado —bromeó mientras bajaba la vista hacia la prominencia que se percibía entre sus muslos, por debajo de su bañador.

— Lo que necesito es un poco de intimidad contigo —sugirió mientras se sacaba por la cabeza la camiseta estampada, dejando al descubierto su magnífico torso—. Vamos a darnos ese baño.

— ¿Qué? Yo no, tengo frío.

— Te haré entrar en calor dentro del agua.

— Ni hablar.

— Vamos.

— ¿Es una orden? Me parece a mí que está usted demasiado acostumbrado a mandar y a que acaten sus órdenes, señor Cullen.

— ¿Y lo harás?

— ¿Qué?

— ¿Acatarás mis órdenes?

— Tendrá que obligarme a hacerlo —le susurró al oído deslizando las palabras, dibujándolas sobre el lóbulo de su oreja.

— Se acabó —aseguró y, tomándola por la cintura, la subió a los hombros, le dio una palmada en las nalgas y ascendió la escalerilla que conducía hasta su bungaló cargándola como a un saco de patatas. Abrió, la posó en el suelo, cerró la puerta y la aprisionó contra esta.

— Date la vuelta, y esto sí es una orden.

Ella accedió y le dio la espalda, conteniendo a duras penas la sonrisa ante su gesto serio. Sus manos expertas le arrebataron la braguita del bikini, dejándola tan solo con la parte superior bajo el blusón de algodón. Entonces Bella sintió que se había apartado de ella.

— Abre las piernas. —Obedeció y sintió el enloquecedor roce de su lengua en el sexo. —Así que era yo el único excitado, ¿eh? —dijo con los labios empapados de las mieles de su cuerpo. Sintió aquella lengua en su profundidad, moviéndose, saboreándola, la presión de sus labios succionándola, acariciándola. Sus rodillas flaquearon y tuvo que asirse a la madera—. He dicho que no te muevas —exigió, y ella hizo un esfuerzo titánico por obedecerle, la excitaba sobremanera la autoridad con la que se lo pedía.

Sintió entonces cómo su boca era reemplazada por otra parte de su anatomía que se abrió paso con decisión entre los pliegues de su carne.

Una vez que le tuvo por completo en su interior, él dejó de refrenar a su bestia interior y la hizo suya de pie, contra la puerta. El placer era incontenible. Lo sentía llegar anticipando las sensaciones que arrastraría con él. Fue un orgasmo abrasador, como si hubiese una lumbre encendida entre sus piernas, y tuvo que clavar ambas manos en la puerta para no caer desplomada. Jadeó con el pulso acelerado y las mejillas enrojecidas.

Cullen la observó con éxtasis. Aquel rubor que contemplaban sus ojos, aquella embriaguez, la expresión de placer absoluto, los pechos enrojecidos por la presión de sus manos, eran obra suya. Solo suya. Para su deleite.

—Vas a matarme —dijo abandonando su cuerpo y retirándose el preservativo.

— ¿Yo a ti? —preguntó con la respiración aún acelerada—. Creo que yo ya estoy muerta, de placer.

Le rodeó por la cintura con una mano y la otra se deslizó por su sexo relajado en una caricia ascendente que humedeció la palma de su mano.

— ¿Es que no has tenido suficiente?

— No, claro que no. Lo quiero todo. Todo de ti. El deseo volvió a cegar su mirada verde.

Tomó asiento entre sus piernas en el banco del porche y apoyó la cabeza sobre su hombro, él la besó en la mejilla rodeándola con sus brazos.

— ¿Qué hora es?

— Las siete y media. Te quedan casi dos horas de camino hacia Sevilla y habrá mucho tráfico, deberías salir ya.

— No quiero marcharme.

— Yo tampoco —admitió acariciándole el cuello con la nariz—. No sé cuando regresaré a España, si dentro de un mes o de un año, pero necesito volver a verte.

— Espero que sea pronto, no quiero que pase un año antes de volver a estar contigo.

— No puedo prometer que te llamaré porque no sé si podré hacerlo.

— No me prometas nada, solo vuelve.

Cullen la apretó contra su pecho y besó la piel bajo su oreja, inspirando aquel aroma del que tanto disfrutaba y que comenzaba a sentir familiar, el azahar.

— Lo haré, tendrán que matarme para impedirlo.

A pesar del tono jocoso de su voz, Bella supo que esa era una posibilidad real, demasiado real, y sintió un escalofrío que ascendió hasta sus ojos y los humedeció.

— ¿Eh? ¿Qué te pasa?

— No quiero que te suceda nada malo.

— No va a pasarme nada, tranquila. Llevo más de diez años haciendo esto y mírame: estoy casi intacto.

— Prométeme que tendrás mucho cuidado.

— Lo tendré.

— Prométeme que volverás.

— Volveré, lo prometo.

El SEAL pensó que era la primera vez que volvía a prometer a alguien que cuidaría de sí mismo desde que su madre falleciera. La estrechó con energía y pensó que aquel sería un modo maravilloso de pasar cualquiera de los días del resto de su vida: abrazado a su cuerpo, contemplando el horizonte.

— ¿Tu casa está así de cerca del mar?

— Más o menos, quizá algo más cerca. El barrio es una lengua de arena entre West Beach y el Little Lagoon, una laguna de aguas salobres en la que se realizan todo tipo de actividades al aire libre.

— Debe ser un lugar precioso.

— Lo es. La arena es blanca y muy fina, y además las aguas son cálidas incluso en invierno. Cuando puedo ir, me encanta coger el kayak, pasear por la laguna y descansar del sol bajo los muelles.

— Qué maravilla. Nosotros, bueno, mi hermano también tiene un kayak. Uno de madera que había pertenecido a mi padre, está en el garaje, colgado del techo. Lo utiliza para navegar por el Guadalquivir. Está muy viejo y pesa una tonelada, pero no quiere ni oír hablar de cambiarlo.

— ¿Te gusta Sevilla? ¿Piensas vivir toda tu vida allí?

— No lo sé, nunca me he planteado dejar Sevilla. Me gusta mi ciudad. Esconde mil rincones maravillosos que se escapan de las visitas habituales a la Catedral o la Torre del Oro y, además, me gusta el carácter de la gente y el ambiente de la Feria, más que el de la Semana Santa, la verdad.

— Vaya, esto no creí que lo fuesen a ver mis ojos, una sevillana a la que no le gusta la Semana Santa.

— Creo que es culpa de mi hermano por ser tan pesado: que si las reuniones de la hermandad, que si arréglame la ropa de nazareno, que si tengo ensayo y no puedo cambiar el turno… Lleva tantos años tratando de convencerme de que salga con la mantilla acompañando a su Señor, que cuando empiezan a ensayar las cornetas me santiguo pensando en la que me espera. Supongo que cada uno tiene una fiesta predilecta, yo soy más de la Feria de Abril.

— Hum, tienes que estar muy sexy vestida de faralaes. —Aquella palabra sonó muy sensual con su leve deje anglosajón. —Quizá algún día puedas comprobarlo con tus propios ojos —sugirió con una nada inocente caída de pestañas—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu celebración favorita? No me lo digas, el Día de la Independencia, seguro.

— Pues te equivocas —dijo acariciándole el lado de la nariz con uno de sus dedos—. Es Thanksgiving.

— ¿Acción de Gracias?

— Eso es. Me gusta porque es uno de los pocos días del año en el que, cuando podemos, nos reunimos todos los miembros de la familia y pasamos el fin de semana en casa de mi padre en Alexandria. Mi cuñada suele traer montañas de comida, Christian y yo nos encargamos de preparar el acompañamiento del pavo, y mi padre hace sus ya célebres patatas braseadas con salsa de arándanos. Es un día duro porque falta ella, pero feliz porque estamos juntos.

— No sabes cómo te entiendo, las Navidades no han vuelto a ser lo mismo desde que perdimos a nuestros padres. Solemos cenar los dos juntos, en casa, aunque en alguna ocasión se nos ha unido Rose. Durante dos años estuvimos viajando a Barcelona para celebrarlas con mis tías, pero era complicado compatibilizarlo con el trabajo, sobre todo para Emmet en ese momento.

— ¿En qué trabaja tu hermano?

— Es policía nacional en Sevilla.

— ¿Vive con vosotras?

— Ya no. Después de la muerte de mis padres, pidió el traslado a Sevilla y, cuando le fue concedido, estuvo con nosotras un par de meses, pero se cansó de oírme decir que su cocina parecía la ONU los domingos por la mañana. Te prometo que no sabía a quién me iba a encontrar desayunando en ropa interior ni en qué lengua darle los buenos días. El caso es que desde entonces vive solo en un apartamento, para proteger su intimidad del juicio de su hermana pequeña.

— Algo completamente comprensible —asintió divertido—. Bella, no hay otro lugar en el mundo en el que me apetezca más estar en este momento que aquí, contigo, pero creo que debemos marcharnos. Me preocupa que conduzcas tan tarde, debes estar cansada y te esperan dos horas de camino.

— No te preocupes estoy bien. Pero tienes razón. Será mejor que nos marchemos —aceptó con pesar.

— No sabes cómo me gustaría cerrar los ojos y que fuesen otra vez las once de la mañana.

— A mí también —dijo entrelazando sus dedos.


Reviews...?