DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
14 - Cuidar de ti
Tres meses después
«Has prometido que volverás»
«Y lo haré, tendrán que matarme para impedirlo»
Aquellas palabras aún le provocaban una sonrisa. Las había repetido después de besarla asomándose a la ventanilla del Seat Ibiza antes de que ella arrancase. Tenía sus besos grabados a fuego en la mente y el corazón. Su boca. Aquella boca de labios voluminosos y plenos, de dientes perfectos y alineados, aquella boca que besaba como debían hacerlo los ángeles. Y sus ojos, con ese gris tan particular que tornaba a verde…
Encontraba atractiva incluso la pequeña cicatriz que había descubierto en el lado de la nariz.
«Sabes a pecado, Bella. Un pecado por el que no me importaría ser condenado eternamente».
Habían transcurrido casi tres meses desde que le vio por última vez y no había vuelto a saber nada de él. Nada. Pocas cosas habían cambiado en su vida durante esos meses.
El trabajo continuaba igual de estresante con turnos imposibles, aunque al menos había podido renunciar a las agotadoras guardias extras porque milagrosamente habían logrado vender la casa del pueblo de sus padres. Después de tantos años cerrada, un adinerado empresario extranjero se había interesado por ella y habían podido cancelar la hipoteca. Aún no entendía cómo la había encontrado, fue la inmobiliaria quien la avisó de la venta inmediata, pero era feliz porque ese era un problema menos en sus vidas, uno importante.
Se recogió el pelo en una coleta alta de bucles descontrolados y se miró reflejada en el largo espejo de pie de su dormitorio. Contempló el uniforme naranja y azul impoluto y las botas limpias, estaba preparada para iniciar una nueva jornada que la tendría alejada de casa al menos hasta las nueve de la noche.
El reloj despertador marcaba las siete de la mañana cuando cerró la puerta tras de sí y pasó junto a la habitación de Rose. Había vuelto a oírla llorar aquella noche. Sabía que mordía la almohada para amortiguar el sonido, pero a pesar de todo la había oído.
Le dolía en el alma que estuviese pasándolo tan mal y guardándolo para sí misma, pero desconocía cómo podría ayudarla. Rose era mucho más que una amiga, era como una hermana, y si el idiota de Emmet era incapaz de valorarla como debía, no merecía ni una sola de sus lágrimas.
Habían pasado más de un mes citándose para ir a cenar, al cine, y disfrutar de los fines de semana juntos como cualquier pareja que comienza. Y, cuando todo parecía ir genial entre ellos, Rose descubrió que se había vuelto a ver con la señorita Cruasán. Emmet no había llamado ni había vuelto a casa desde hacía unos días, pero eso ocurriría de un momento a otro y, aunque le había prometido a su amiga que no intervendría, estaba convencida de que no podría contenerse.
Cuando llegó al trabajo se dirigió directa al almacén de farmacia a revisar el material del bolso de emergencia. Jacob entró poco después con una taza de café en la mano, se detuvo a su lado y se apoyó sobre el mostrador de acero inoxidable sobre el que iba ordenando el equipo antes de guardarlo en su mochila.
Su relación, aunque no era demasiado buena, con el paso de los días se había convertido en cordial. Habían mantenido distintas conversaciones durante las largas horas de trabajo, pero en ninguna de ellas habían vuelto a tratar el tema de su discusión o cualquier otro aspecto relativo a la relación personal que habían mantenido, a pesar de que Jacob lo había intentado en un par de ocasiones.
Para ella era un tema zanjado, muerto y enterrado, y como tal debía aceptarlo.
— ¿Cómo está Rose?
— ¿Ahora te preocupas por cómo está? Sé que no la soportas.
— Rose no me cae mal, sé que es una buena chica, lo que me sentaba mal eran sus… bueno, sus reservas conmigo —dijo antes de dar un sorbo a su café. Bella le miró y descubrió sus ojos negros observándola fijamente.
— Está bien.
— ¿Estás segura? Tu hermano dice que…
— Mi hermano es un capullo. Debe ser contagioso.
Él aguantó la puya estoico.
— Dice que no para de enviarle mensajes.
— No lo sé, quizá. Lo que no entiendo es por qué te lo cuenta a ti.
— Él también está pasándolo mal.
— Si lo viese quizá llegase a creérmelo, pero no asoma el pelo por casa. No quiero hablar de esto, y menos contigo.
— Está bien, cambiemos de tema —aceptó dando un nuevo sorbo a su café—. ¿No te parece un poco extraño que hace una semana que no vamos a casa de doña Blanca? —Bella detuvo lo que estaba haciendo. Tenía razón—. Probablemente han venido sus hijos a verla y está tan ocupada que no nos necesita.
— Espero que sea así, pero si tenemos algún aviso cerca podríamos pasar y llamar al interfono, solo para saber que está bien —dijo preocupada.
Doña Blanca era una señora septuagenaria que vivía sola con su gato en un sexto piso sin ascensor, sus seis hijos residían lejos de Sevilla repartidos por toda la geografía española. Ella apenas salía de casa y pasaba los días viendo la televisión. Casi cada guardia, o cada dos guardias, tenían que pasar por su domicilio porque llamaba al cero sesenta y uno con las más variopintas dolencias. Dolencias que desaparecían ante la llegada de los miembros del equipo sanitario, quienes regresaban al centro con bollos y pasteles varios que preparaba para ellos.
— Tranquila, seguro que está bien, cada vez que uno de sus hijos la visita se olvida un poco de nosotros.
— De todas formas, si no podemos pasarnos a lo largo del día, esta noche me acercaré antes de ir a casa. —Jacob sonrió, estaba convencido de que lo haría. Ahora que había caído en la cuenta de la ausencia de llamadas de la dulce anciana, no podría dormir si no sabía que se encontraba bien.
— Te acompañaré.
— No hace falta.
— ¿Cuándo vas a perdonarme?
— Ya te he perdonado.
— Me refiero a perdonarme de verdad, de corazón. Sé que no has vuelto a ver a ese tío.
— ¿Y eso cómo lo sabes?
— Pasamos muchas horas juntos y supongo que sabría si estás con él.
— Pues no supongas tanto.
— ¿Es que me equivoco?
— No te importa —respondió hosca, vaciando una caja de Nolotil dentro de uno de los compartimentos de su mochila.
— Te quiero, Bella —dijo posando una mano en su hombro—. Y estoy dispuesto a hacer lo que me pidas si me das otra oportunidad. Hablaré con mi madre.
— No metas a tu madre en esto. Ahora no, Jacob —dijo zafándose de su mano de un manotazo.
Bella conocía la poca predisposición de sus padres, sobre todo su madre, miembros de la alta sociedad sevillana, a que se relacionase en serio con una joven como ella: sin padres, sin dinero y, lo más importante, sin apellido. Aceptaban su amistad con Emmet, incluso con ella, pero ambos sabían que, en las escasas ocasiones en las que se habían encontrado, cuando la miraban lo hacían con lástima, algo que en el pasado le había producido una profunda pena, pero que ahora la enervaba.
— Ella acabaría aceptándolo.
— Mira Jacob, me importa una… No me importa si tu madre lo aceptaría o no. No voy a volver contigo.
— ¿Qué tengo que hacer? En serio, dímelo. Si quieres me subo a la Giralda y descuelgo una pancarta enorme que diga: Estoy loco de amor por Isabella Swan —dijo muy serio y ella no pudo evitar echarse a reír ante la soberana tontería que acababa de decir—. Ah, encima te burlas de mí.
— Yo no me burlo, pero ¿cómo quieres que no me ría? ¡¿Una pancarta en la Giralda?! Estás fatal.
— Bella, tu hermano está aquí —dijo Marta, la médico del equipo dos, asomándose a la entrada del almacén.
— ¿Mi hermano?
— Sí.
Salió al recibidor y le descubrió de pie, vestido con el uniforme azul de la policía y el casco de su motocicleta en la mano. Jacob le saludó con un puñetazo de colegueo en el hombro y se dirigió al estar.
— ¿Qué pasa?
— Nada, ¿podemos desayunar juntos?—parecía incómodo, rehuía su mirada.
— Está bien —dijo antes de entrar a la habitación en la que se encontraban sus compañeros y advertirlos de que estaría en la cafetería, por si tenían algún aviso. Tomaron asiento a la barra y ambos pidieron café y tostadas.
— Creí que te habías olvidado de que tenías una hermana.
— Bella, sé lo mucho que quieres a Rose, pero primero escúchame antes de juzgarme, ¿vale?
— Habla.
— Estoy enamorado de ella.
— ¿De esa francesa patilarga y orejona? Porque por eso nunca se coge coletas, que lo sepas, porque le haría sombra a Dumbo…
— Que no, que no estoy enamorado de ella sino de Rose.
— ¿Qué? Y ¿entonces, por qué le has puesto los cuernos?
— No le he puesto los cuernos —dijo atravesándola con sus ojos negros—. Es cierto que he vuelto a ver a Brigitte, pero entre ella y yo no ha pasado nada.
— ¿Es que te has propuesto volverme loca? ¿Dices que estás enamorado de Rose, pero que estás viendo a Brigitte aunque sin tocarle un pelo?
— Más o menos. Rose es… es especial, hace mucho, muchísimo tiempo que una chica no me gustaba de ese modo. Creo que en el fondo siempre me gustó, solo que no me permitía mirarla con ojos distintos a los de una amiga. Estas semanas han sido geniales, pero a la vez una tortura.
— Pero ¿por qué?
— Sus celos enfermizos van a volverme loco.
— ¿Celos?
— Demasiados. Al principio todo iba bien, pero comenzó a obsesionarse con que iba a engañarla, me miraba el móvil, me enviaba mensajes de madrugada.
— ¿Rose? Pero ¿qué dices?
—Lo que oyes. Hablé con ella, le dije que no podía seguir así, que me gustaba mucho, pero que solo estábamos empezando y si ahora se comportaba de ese modo temía cómo lo haría cuando llevásemos más tiempo.
— No me lo puedo creer.
— ¿Quieres ver los mensajes? A la una, a las tres de la madrugada: ¿Dónde estás?, ¿Con quién estás? Brigitte me llamó para pedirme unos auriculares que me prestó hace meses y después me envió un WhatsApp confirmándome que nos veíamos a las cinco en mi apartamento. Pues bien, Rose debió revisar mi móvil sin que me diese cuenta, se presentó en casa y me montó una escenita, me llamó de todo y ¡estuvo a punto de coger a Brigitte de los pelos! Fue la gota que colmó el vaso y le dije que sí, que estaba con otra, que se olvidase de mí.
— Júrame que eso pasó tal como me lo estás contando.
— Lo juro por ti, que eres lo único que me queda en este mundo.
— ¡Joder, Emmet! ¿Y por qué no me lo habías dicho? Ella nunca ha sido así con ninguna de sus parejas anteriores.
— Me duele porque sé que está sufriendo, pero quizá íbamos demasiado rápido. Soy policía, tengo horarios intempestivos y me relaciono con mucha gente, la mujer que esté conmigo debe confiar en mí.
— No es que tu comportamiento a lo largo de estos años haya ayudado mucho a esa confianza.
— Quizá ese sea el problema, que no es capaz de empezar de cero y conocerme por cómo soy con ella y no por cómo he sido en el pasado.
— Hablaré con ella.
— No, una pareja es cosa de dos.
— Otro igual, sois unos cabezotas.
Jacob entró a toda velocidad en la cafetería.
— Bella, nos vamos —la llamó.
— Te tocó invitar. Después hablamos, hermanito. Te quiero —dijo con una sonrisa, y lo besó en la mejilla antes de desaparecer como una exhalación.
…
La ambulancia atravesaba el puente de la Barqueta a toda velocidad. El tráfico era abundante a aquellas horas de la mañana ya que muchos sevillanos iniciaban sus vacaciones aquel treinta de Julio.
— Un atragantamiento —la informó el joven médico—. Se trata de un varón de setenta y cinco años, aunque según esto mañana cumple los setenta y seis — apuntó señalando la tablet—. Se llama Francisco Ariza y padece Alzheimer avanzado.
— Vale.
— Es en la calle Vulcano, una calle peatonal por la Alameda de Hércules, según el GPS puedo acceder por la calle Mata, pero esa calle está llena de poyetes de hierro para que no se suban los coches a la acera. Si no hay sitio donde ponerme os dejaré en la puerta y aparcaré como pueda más adelante.
— Tranquilo Harry, tú ven lo más rápido que puedas y ya está. En cuanto lleguemos, si vemos que puede tratarse de un cuerpo sólido, yo comienzo el Heimlich* mientras tú preparas el oxígeno, Bella. — Ella asintió, poniéndose un par de guantes azules.
Llegaron al portal indicado, un señor les hacía señas con los brazos en mitad de la calle.
En menos de ocho minutos desde que recibieron el aviso, Bella se adentraba a toda velocidad en el interior de la vivienda con el pesado maletín a su espalda, un aspirador de secreciones portátil en la mano derecha y el desfibrilador en la izquierda. Jacob cargaba otro maletín con el soporte aéreo, una pequeña botella de oxígeno y la tablet. Harry solía ayudarlos a subir los equipos, pero tal como había vaticinado, aparcar fue imposible y tuvo que dejarlos en la puerta.
El caballero que les indicaba el camino se adentró en un dormitorio al final de un largo pasillo desde el que provenían unos gritos.
— ¡Que se ahoga! ¡Se ahoga! —gritaba una mujer rubia.
Otra morena y bajita salió de la habitación llorando con las manos en la cara, en un gran estado de nerviosismo. Al verlos llegar regresó al interior tras ellos.
Cuatro personas rodeaban al anciano que permanecía sentado en la cama, sujeto por un hombre que le daba contundentes golpes en la espalda.
Su cara estaba lívida, los labios amoratados y sus ojos se habían tornado blancos en las cuencas hundidas.
— ¡Ayúdenlo que se muere! ¡Que mi padre se muere! —gritó la mujer morena.
Bella y Jacob se miraron entre sí.
No había un segundo que perder.
Dejaron los equipos en el suelo, Bella pidió ayuda al hombre que golpeaba en la espalda al anciano y entre ambos le sostuvieron de pie. Jacob le miró la boca, comprobando que el cuerpo que le obstruía la vía respiratoria no era visible, y le pasó los brazos por las costillas, era tan menudo que podía rodearle con facilidad.
Buscando el apoyo en el epigastrio comenzó a realizar la maniobra de Heimlich, con fuertes compresiones, una tras otra sin parar.
— ¿Con qué ha sido? ¿Qué estaba comiendo? —preguntó Bella a la mujer morena.
— ¡Sandía! Le estaba dando sandía —sollozó indicando hacia un plato en el que aún había varios trozos sobre una pequeña mesita frente al televisor que permanecía encendido—. ¡Es mi culpa, por mi culpa se ha ahogado!
— Por favor, sáquela de aquí —pidió Harry al señor que les había indicado el camino desde la ambulancia, adentrándose en la habitación.
Este le hizo caso y se llevó a la mujer a regañadientes. Jacob continuaba sus enérgicas compresiones mientras Bella le tomaba el pulso en la muñeca enjuta a la vez que lo sujetaba.
Harry ocupó su lugar y ella exploró de nuevo la boca del anciano de la que retiró un pequeño resto de sandía. Abrió su maletín y tomó una mascarilla que colocó a la botella de oxígeno.
— Uno, dos. Uno, dos —susurraba Jacob mientras le presionaba el diafragma con energía.
Y entonces, como por arte de magia, un pedazo rojo salió volando por los aires seguido de una profunda inspiración que llenó de vida los ojos del anciano.
Bella le colocó veloz la mascarilla sobre los labios y la nariz mientras sus compañeros le tumbaban en la cama de lado, en posición de defensa. Entonces el anciano se agarró con fuerza a la mano de la muchacha; su mirada rezumaba gratitud, a pesar de la cruel enfermedad que nublaba su mente y le impedía saber quiénes eran o lo que acababan de hacer por él.
— Tranquilo Francisco, ya está, ya se acabó —le susurró, acunando su mano, y le abrazó con dulzura.
Cuando se apartó de él, los tres intercambiaron una mirada llena de alivio y satisfacción. Lo habían conseguido una vez más, se había salvado, el señor Ariza llegaría a cumplir sus setenta y seis años.
— Ya pueden pasar, está bien —dijo Harry saliendo al pasillo, y los familiares del paciente entraron en tromba. La alegría y emoción de la vida que había sido devuelta llenó la habitación. Las lágrimas se mezclaron con las risas y los abrazos con las palmas.
— Ha vuelto a nacer. Gracias, gracias por salvarle —dijo la mujer rubia abrazándola con efusividad para después repetir el gesto con Jacob y Harry.
Bella adoraba esa sensación de alivio, ese júbilo embriagador, cuando después de enfrentarse cara a cara con la muerte todo salía bien, cuando podía regresar a la central con una sonrisa. Y, una vez más, en esa ocasión sería así. Después de recabar todos los datos sobre el paciente y asegurarse de que respiraba con normalidad, Jacob, como médico del equipo, aún tenía algo que hablar con las dos mujeres, ambas hijas de Francisco.
— Vamos a derivarle al hospital. Aunque el atragantamiento se haya resuelto, percibo cierto ruido en el pulmón derecho, y aunque probablemente no sea de mayor importancia, ante el riesgo de que haya aspirado material sólido creo que lo mejor es que se le realicen las pruebas pertinentes y nos quedemos tranquilos.
— Como usted diga, doctor. Muchísimas gracias.
— De nada, mujer, es nuestro trabajo. Voy a avisar a la ambulancia convencional para el traslado y un familiar podrá acompañarle.
— Y a usted también, señorita, muchas gracias.
— De nada —respondió Bella recogiendo sus bártulos antes de tomar el camino de regreso a la ambulancia.
— Te invito a cenar —dijo Jacob, alcanzándola en el pasillo.
— ¿Qué?
— Esta noche. Como amigos.
— ¿Cómo amigos? Invita a Harry.
— ¿A mí? ¿Jacob? —dudó el mencionado enarcando una ceja en la frente despejada—. ¿No pretenderás emborracharme con intenciones deshonestas?
— Mira que tenéis mal concepto de mí. He cambiado —protestó, provocando que sus compañeros riesen con efusividad mientras descendían los tres tramos de escalera que los separaban de la calle.
— El gusano se ha convertido en mariposa —chascó Harry.
— Yo seré un gusano, pero tú eres una ladilla, siempre tocando los…
El teléfono de urgencias volvía a sonar, otra emergencia.
…
Después de comer en la cafetería de la central junto a los miembros del equipo tres, se retiraron un rato a las dependencias de descanso. Bella tomó de la taquilla un viejo ejemplar de Lo que el viento se llevó y se dispuso a leerlo de nuevo. Sumergirse en ese mundo de amor y desamor entre Scarlett y Rhett le ofrecía la excusa perfecta para aliviar entre suspiros toda la añoranza que le producía no haber vuelto a saber nada de Edward desde que se marchó.
Había leído las mil cincuenta y cinco páginas dos veces desde entonces.
— Lo que el viento se llevó. ¿De esa no hay una película? —preguntó Harry pasando por su lado con un yogurt entre las manos.
— Sí, claro.
— ¿Y por qué te lees ese tochazo si puedes ver la peli?
— ¿Y tú por qué ves los partidos del Sevilla enteros si puedes ver los resúmenes? —respondió con una sonrisa arremolinada en su sofá y conocedora de que había tocado su punto débil.
— Ahí le has dado. Pensándolo bien, creo que ese libro sería perfecto para mí.
— No me digas.
— Sí, en casa tengo la cama con una pata coja, me vendría de perlas —se burló.
— Lo que te vendría de perlas es un amor como el de este libro, te aseguro que dejarías de preocuparte de si la cama está coja o no.
— Calla, no lo digas ni en broma, que en esa piedra no quiero volver a tropezar —dijo entre risas, haciéndose la señal de la cruz en la frente como si pretendiese espantar al mismo demonio.
…
Al regresar del último servicio, que tampoco había necesitado traslado hospitalario, Bella recordó las palabras de Jacob sobre doña Blanca.
— Harry, ¿por qué no nos pasamos por Cristo de la sed un momento?
— ¿Para ver a doña Ansiedad? —Así la llamaba él con cariño, por la tendencia de la anciana a repetir esa palabra sin fin como su principal dolencia—. Es cierto que no nos ha llamado en unos días y que ninguno de los otros técnicos me ha mencionado nada. Además, seguro que tiene esos rosquitos de vino tan ricos que nos regala cuando vamos.
— Mmmm, me encantan esos roscos —admitió Jacob al que solo le faltó relamerse.
Bella echó a reír.
Debía admitir que recuperar una cierta cordialidad con él la hacía feliz, después de las primeras semanas de tirantez tras la dura discusión. Además, su nuevo teléfono era mucho mejor que el anterior, aunque tendrían que matarla para admitirlo, al menos ante él.
Llegaron al portal indicado.
Harry se detuvo en el vado de un garaje y ella bajó corriendo y llamó al interfono de la vivienda de la señora. Pulsó el botón en varias ocasiones, pero no hubo respuesta.
— Habrá salido a comprar —sugirió Jacob bajando la ventanilla.
— ¿A comprar? A ella le suben la compra de esa tienda de enfrente —apuntó indicando el comercio que había tan solo cruzando la calle.
Pulsó el interfono de otra vecina. La voz de una señora mayor respondió a su llamada.
— ¿Quién es?
— Hola, soy Bella, una enfermera del cero sesenta y uno, ¿sabe si doña Blanca, la señora del sexto be, está en casa?
— Uy, ahora que lo dices, hace tres o cuatro días que no la veo.
— ¿Puede abrirme?
— Sí, claro.
El portal se abrió dando paso a Bella, y Jacob, bajando del vehículo, la alcanzó.
— Deberíamos volver a la central.
— Yo no me voy hasta que sepa que está bien.
La joven enfermera ascendió los seis tramos de escaleras como un suspiro y se detuvo frente a la puerta de madera decapada. Llamó con los nudillos y guardó silencio. Un gato maulló en el interior.
— No responde y Bigotes está dentro —dijo comenzando a ponerse nerviosa.
— Quizá ha salido.
— Sabes que ella nunca sale del apartamento, las varices no la dejan bajar esas escaleras. —Jacob llamó de nuevo—. Voy a coger la llave —advirtió alzándose y pasando una mano por el marco de la puerta que hacía un reborde sobre el cual doña Blanca dejaba una llave de emergencia que ya habían usado en alguna ocasión cuando acudían a atenderla.
—Bella, habría que llamar a alguien, a la policía, por ejemplo.
— ¿Y si está herida? ¿Y si la han asaltado para robarle?
Metió la llave en la cerradura y giró el pomo, el maullido de Bigotes se hizo más evidente justo tras la puerta. Nada más abrirla una bofetada del mal olor los sacudió.
Adentrándose apresurada en el apartamento, llamó a la anciana por su nombre en voz alta, sin obtener respuesta alguna. El gato buscaba mimos enredándose en sus piernas y a punto estuvo de hacerla tropezar. La televisión permanecía encendida en el salón vacío, y también lo estaban las luces a pesar de que se veía con claridad a aquellas horas de la tarde. Al aproximarse a la puerta de la cocina, Jacob la detuvo.
— Déjame a mí primero —pidió al percibir un incremento notable del mal olor—. ¡Oh, joder!
— ¿Qué pasa, Jacob?
— No entres, Bella —pidió. Las palabras justas para que no pudiese evitar hacerlo.
…
El atestado policial decretaría que la anciana había sufrido un accidente al intentar coger la tapa metálica de un bote de cristal en el que guardaba los macarrones. Esta había caído de sus manos temblorosas y había rodado por el suelo antes de colarse por detrás de la nevera. Entonces ella había soltado su bastón, y se había colado entre la nevera y la pared intentando empujar el electrodoméstico para tratar de coger la tapa. En algún momento debió perder el equilibrio, cayó al suelo, y se fracturó el cráneo y la cadera con el impacto.
El forense calculó que su agonía debió durar al menos dos largos días hasta que, víctima de las heridas, la sed y su avanzada edad, su cuerpo no pudo resistirlo más. Llevaba al menos cuarenta y ocho horas muerta cuando fue hallada por los sanitarios.
— Si hubiésemos pasado antes, si hubiésemos venido antes de ayer —lloraba con amargura de regreso a la central.
— No podíamos saberlo, por Dios. ¿Quién podía imaginarlo?
Jacob la abrazó, tratando de consolarla.
— Sola, se ha muerto sola, era lo que más temía y así se ha muerto. No es justo. No es justo, tenía seis hijos y se ha muerto sola.
— Puta vida —clamó Harry dando un puñetazo al volante.
Los pequeños ojos verdes de la anciana, su sonrisa delicada y su olor a jabón de talco acudieron a su mente. El cabello blanco siempre en un rodete, las manos suaves prestas de un cariño y la voz temblorosa y ronca por los años vividos. Cuando reía a carcajadas por las ocurrencias de Harry, tanto que casi se ahogaba, y su mirada de ilusión cuando levantaba el paño de cocina de cuadros de colores en el que solía envolver los dulces y pasteles que les preparaba con tanto mimo. Así quería recordarla, no con la cruel imagen que se le acababa de grabar en la retina.
Los brazos de Jacob la envolvían, sintió su beso en el pelo y se dejó mimar por él, sintiéndose desolada.
Una vez en la ducha liberó toda su tristeza en un mar de llanto.
No podía parar.
Su turno había acabado del peor modo posible, menudo inicio de vacaciones ironizó para sí.
Se puso el vestido de tirantes y se miró en el espejo, los ojos estaban muy rojos, no podía negar que había estado llorando. Se recogió el pelo y se dispuso a marcharse para tomar el autobús.
— ¿Adónde vas? —le preguntó Jacob desde el coche.
— A casa.
— Te llevo.
— No hace falta.
— Ya lo sé, pero quiero hacerlo.
Bella pensó que no le apetecía compartir viaje en autobús con medio centenar de desconocidos que la mirarían preguntándose qué narices le pasaba. Comenzaba a anochecer y decidió que por una vez, solo por una vez, permitiría que la llevase a casa.
— No ha sido un buen comienzo de vacaciones, ¿verdad? —preguntó tratando de romper el hielo cuando atravesaban el Puente de las Delicias. Ella asintió desviando la mirada al sentir cómo volvían a empañársele los ojos—. Pero tienes un mes por delante para remediarlo, un mes que se me va a hacer eterno sin ti.
— Tranquilo, con lo altas que se han quedado las notas de corte para los contratos este verano, seguro que mi sustituta tendrá mucha experiencia.
— Sabes que no lo digo por eso. Podemos quedar algún día para ir al cine o a tomar un café.
— Jacob.
— Como amigos, ¿vale?
— No creo que sea buena idea.
— Y un nuevo par de calabazas para el caballero—cantó como si fuese el propietario de una tómbola. Bella no pudo reprimir una sonrisa—. Vamos, te invitaré a comer en ese restaurante tailandés en el que sirven grillos.
— Mmm…, suena tentador —bromeó.
— No, en serio. Me apetece invitarte a tomar algo y charlar como en los viejos tiempos.
— Bueno, ya lo hablaremos, ¿vale? —dijo cuando en realidad en su interior estaba convencida de que no lo haría. Ella y su maldita dificultad para decir que no, para ser tajante. Era demasiado blanda, y él lo sabía.
— ¿Tu hermano vino a hablarte de Rose?
— Cambió de tema, su falta de negativa le había sabido a victoria.
— Sí.
— Marta Fernández está loquita por él —dijo refiriéndose a la médica del equipo dos, la misma que la había avisado de su visita esa misma mañana.
—Pues que se ponga a la cola.
— Tu hermano está hecho un ligón.
— Le dijo la sartén al cazo —chistó, y él aceptó el reproche con una sonrisa.
— En serio, cuando os fuisteis a desayunar estuvimos hablando y me pidió que le tantease, que le hablase bien de ella.
— ¿Y lo harás?
— ¿Es que me has visto cara de celestino? Además, a tu hermano no le gusta Marta. Una vez me dijo que tenía cara de… —soltó, y de pronto se contuvo.
— ¿De qué? Ahora no te calles.
— De ser de las que ordenan en la cama, de las que te dicen: hazme esto y lo otro, bájate al pilón, ahora súbete, ahora misionero. —Bella no pudo evitar echar a reír. No dijo nada, pero lo cierto es que conociendo su fuerte carácter podía imaginarla en la situación, incluso vestida de cuero con un látigo en plan dominatrix—. Bueno, hemos llegado.
— Muchísimas gracias, Jacob —dijo dispuesta a bajar del coche, que había aparcado en el vado de su garaje—. Si te enteras de cuando es el funeral de doña Blanca, avísame, por favor. La señora del segundo dijo que se quedaba con Bigotes, si no es así, dímelo también.
— Tranquila, yo me informo. Pero, Bella, no puedes martirizarte así, no puedes sufrir de ese modo.
— ¿No puedo? Dime tú cómo evitarlo. Cada vez que lo pienso… Cómo estaba, cómo… — La emoción le robó la voz y las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos.
— Tienes que hacerte fuerte.
— ¿Y eso cómo se hace? —preguntó cuándo ya rodaban por sus mejillas.
Jacob se liberó de su cinturón y la abrazó, ella descargó sobre su hombro la mezcla de dolor y frustración.
— Eres tan buena, tan dulce —susurró a su oído y deslizando su mejilla sobre la suya la besó en los labios. Aquel beso la pilló por sorpresa y trató de apartarse. Pero entonces, empeñado en recuperar la pasión que sus labios habían levantado en ella en el pasado, insistió sujetándola del pelo.
Bella trató de empujarle, de rechazarle, pero el cinturón de seguridad la mantenía presa, así que le mordió el labio inferior y él, lejos de amedrentarse, se subió encima de ella en el asiento para aprisionarla contra este.
Pero entonces desapareció.
La puerta del copiloto se abrió, y Jacob salió disparado del coche y se estrelló contra la acera.
Sus ojos, a pesar de la tenue luz de las farolas, no tardaron ni medio segundo en reconocer la silueta del hombre que acababa de tirarle por los aires.
— Te voy a enseñar a respetar a las mujeres, desgraciado —dijo Edward agarrándole por el cuello de la camisa y levantándole del suelo.
—Suéltame, hijo de puta.
— A mi madre te aconsejo que no la menciones. — Sus palabras vinieron seguidas de un fuerte puñetazo en el estómago que le hizo doblarse por la mitad. Bella se soltó el cinturón y bajó del coche a toda velocidad. Jacob volvía a levantarse.
— ¿Este es el tipo con el que estás? ¿El puto americano que recogimos de la calle? —le preguntó con una mirada llena de odio. Edward volvía a lucir su poblada barba, lo que hizo más fácil que le reconociese.
— Señor Puto Americano para ti, imbécil. —Al oír aquellas palabras Jacob se abalanzó contra él, pero tan solo consiguió que le atrapase la cabeza con sus brazos en una llave con la que apenas podía respirar.
— Déjale, Edward, por favor.
— Pídele perdón, de rodillas —ordenó. El joven médico se resistió y la presión contra su garganta aumentó.
— Edward, te lo pido por favor.
— Pídele perdón o te parto el cuello.
— Pe… Perdón —gimió.
Y entonces le liberó.
Cayó de rodillas en la acera y comenzó a toser y a inspirar haciendo mucho ruido.
— No vuelvas a dirigirme la palabra, Jacob, jamás, en toda tu vida. Mañana mismo llamaré a la supervisora para que me cambie de equipo porque no quiero volver a verte en mi vida.
— Si vuelves a acercarte a ella o a tocarle un solo pelo, te arrancaré el corazón con mis propias manos. —Su voz era gutural, profunda, parecía casi un rugido. Le miró seducida por su fiereza, por el modo en el que la había protegido.
Reviews…?
